Adversarios del destino de Vanny Ferrufino

Adversarios del destino de Vanny Ferrufino

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Adversarios del destino de Vanny Ferrufino pdf

Adversarios del destino (Libertinos Enamorados nº 10) de Vanny Ferrufino pdf descargar gratis leer online

Francis Montgomery, vizconde de Aberdeen, necesita una esposa respetable y adecuada para salvar del escándalo a su familia, y está a punto de conseguir una. No obstante, cuando una extraña mujer termine bajo su poder y se vea irremediablemente atraído por la belleza de cabellos rojos y pocas palabras, Francis terminará gravemente comprometido con el hombre que nadie quiere tener como enemigo.
Effie McDoughall no tiene ni la menor idea de todos los problemas que sus mentiras le causarán al vizconde de Aberdeen, quien ahora debe desposarla si no quiere que su hermano, la bestia escocesa, el nuevo duque de Argyll y un escándalo con patas, lo mate de la misma manera que mató a su abusivo padre.
Él tiene muchas razones para rechazarla y ella jamás podrá escuchar ninguna, pero es muy consciente de todas.


Prólogo
“De casualidad, ¿alguien sabe dónde está lady Montgomery?
Sección de chismes aristócratas de lady Berricloth.
Francis sentía que si esa mujer seguía actuando de esa manera la mataría con sus propias manos. Según sus lacayos, no importaba que estuviera muriendo de hambre, de sed o de frío, ella no decía absolutamente nada.
Ingresó a las caballerizas donde la tenía como rehén y paró en seco al ver que estaba sentada sobre la paja con las manos y piernas atadas. Sólo llevaba puesto su camisola. Su cabellera rojiza estaba sucia y enmarañada, pero incluso así, se asemejaba a las llamas del fuego más ardiente por su exótica textura y color. No obstante, no fue eso lo que captó su atención, sino que al parecer no pensaba levantar el rostro para recibirlo.
Esa mujer no le temía al peligro.
—Estoy harto de tu silencio —decretó y sacó su pistola.
Iba a hacerlo, si ella no sería de ayuda, la enviaría al infierno.
La mujer no levantó el rostro.
—Desátenla y tráiganla hasta aquí —ordenó y sus lacayos no demoraron nada en complacerlo.
La mujer respingó cuando ellos la tocaron y como si recién fuera consciente de lo que estaba sucediendo a su alrededor, levantó el rostro con rapidez y buscó con la mirada. Sus enormes ojos verdosos se posaron en él y luego en su arma.
Francis se tensó cuando la obligaron a levantarse y ella no opuso resistencia alguna cuando la pusieron frente a él. Sabía que estaba herida, su rostro estaba manchado con sangre seca y posiblemente necesitaba un doctor. Sin embargo, no estaba dispuesto a sentir pena por ella.
—Lo preguntaré una vez más —arrastró sus palabras y ella achicó los ojos, como si no pudiera acostumbrarse a la escasa luz del lugar. Era de noche y solo algunos de sus hombres llevaban lámparas de gas—. ¿Dónde está mi hermana?
No hubo respuesta.
Ella negó lentamente con la cabeza y siguió mirándolo con curiosidad. Su actitud perturbada lo enfureció y levantó su arma. El cañón estaba contra la frente femenina, un disparo sería suficiente para enviarla a una mejor vida.
La mujer abrió los ojos con desmesura y apartó la vista de su boca para conectar sus miradas. Francis pudo escuchar como tragaba saliva, pero incluso así ella no mostró intención alguna de suplicar por una segunda oportunidad o luchar por su vida.
Ellos habían matado a su hermano.
Ellos se habían llevado a su hermana.
Él tenía todo el derecho de matar a una de los suyos.
—Te daré una última oportunidad; ¿dónde está mi hermana?
La mujer permaneció en silencio y muy lentamente juntó los ojos con resignación, esperando su final. Esa insoportable actitud acabó con el buen juicio de Francis Montgomery, vizconde de Aberdeen.
Capítulo 1
«Dispara», se ordenó a sí mismo con determinación, pero todo el odio que sentía en aquel momento no parecía ser suficiente para instarlo a tirar del gatillo y acabar con la vida de la pelirroja de una vez por todas. No importaba cuan furioso y frustrado se sintiera ante los acontecimientos que se suscitaron en Aberdeen Abbey en los últimos días, Francis jamás podría arrebatarle la vida a una mujer sin estar plenamente seguro de su culpabilidad.
«Ellos mataron a Byron y se llevaron a Raphaella», le recordó aquella vocecilla con insistencia, indicándole que no apartara el dedo del gatillo, que esa mujer debía morir esta misma noche, puesto que su gente no tuvo piedad a la hora de meterse con sus pequeños hermanos.
La mano masculina empezó a temblar sin control alguno, algo bastante curioso porque nunca antes le había sucedido algo así. Todo el cuerpo de Francis se puso alerta cuando la mujer conectó sus miradas y sujetó su muñeca con firmeza. Ella se encontraba en un estado lamentable, pero incluso así tenía la energía suficiente como para sujetarlo con determinación.
—Dispara… —rogó con voz baja y cualquiera podría deducir que decir aquella palabra le generó un gran dolor en la garganta—. Acaba con esto. —Se podía percibir la angustia y desesperación en cada una de sus palabras.
Se sintió algo inquieto con su petición. ¿De verdad acababa de pedirle que disparara?, ¿podría ser que ella pensara que su muerte era la solución más rápida para librarse de todos los problemas que su gente causó en su vida?
No, lo que ellos hicieron con sus hermanos jamás tendría una solución. Byron no volvería a la vida y cuando recuperara a Raphaella nada volvería a ser lo mismo para ella.
Respiró profundamente y el pecho le ardió con creces al pensar en todo lo sucedido. Desde que llegó a Escocia, no había hecho más que vivir un horrible infierno. Regresó a su hogar después de diecisiete años para encontrarse con la noticia de que su hermano estaba muerto y su hermana secuestrada. La única imagen que tenía de ellos en su cabeza era la de un niño de cinco años y una niña de tres años, ambos castaños y con enormes ojos color cielo.
Nunca se imaginó que su abandono tendría tan grandes consecuencias.
«Es mi culpa, no debí retrasar mi viaje», se lamentó en silencio, odiando con cada fibra de su ser el haber preferido quedarse a retozar con su amante en vez de ir en busca de sus hermanos. Si hubiera llegado antes, habría estado aquí para ayudarlos e impedir que toda esta desgracia sucediera.
Lo cierto era que nunca quiso una obligación tan grande y la muerte de sus adorados padres tampoco le sentó nada bien. Él sólo tenía diecinueve años cuando todo ocurrió y salir huyendo de su hogar le pareció lo más sensato en aquel entonces. En ningún momento pensó en las dos criaturas que dejó atrás, sólo los dejó bajo el cuidado de su nana y su esposo, Coral y Tilney, dejando que ellos se hicieran cargo de toda la situación en cuanto a su crianza y el manejo de Aberdeen Abbey.
Su comportamiento en los últimos meses no había sido el mejor de todos, la presión que sintió al tener tantas responsabilidades sobre su espalda lo hizo actuar como un chiquillo inmaduro. A decir verdad, la idea de tener que lidiar con sus pequeños y traviesos hermanos lo había disgustado, porque si bien no los había visto en los últimos diecisiete años, Tilney siempre lo mantenía al tanto de todo y ambos eran dos rebeldes sin causa. Y, por si fuera poco, debía encontrar una esposa respetable porque a sus treinta y seis años era inaudito que no tuviera un heredero para el vizcondado.
Francis se mantuvo reacio ante todas sus responsabilidades y ahora lamentaba fervientemente su decisión. Tuvo que perder a Byron para saber cuánto lo amaba y no estaba dispuesto a permitir que Raphaella corriera con la misma o peor suerte. Iba a encontrarla y mataría al malnacido que se la llevó consigo, al igual que a toda su gente.
—¿Deseas morir? —preguntó en tono mordaz, no muy seguro de querer complacerla.
La mujer ni siquiera lo miró a los ojos cuando le habló.
—Por favor. —Fue su única respuesta y esas simples palabras hicieron que se zafara de su agarre y bajara el arma.
La muerte sería un premio y no un castigo para ella.
—Trae tu lámpara, Manfred —le ordenó al lacayo que estaba al mando.
Cuando Francis levantó la lámpara para alumbrar a su rehén, pudo notar con inmediatez como el cuerpo femenino se sacudía con violencia, ya fuera por miedo o frío, y se relamió los dientes con disgusto. Estaban a muchos grados bajo cero y ella sólo estaba cubierta con una fina camisola.
Era desagradable, ver a una mujer en este estado era lamentable y no le permitía sentirse a gusto. Sus miradas se encontraron y le fue imposible no reparar en los enormes ojos verdes que lo observaban con pavor. Eran de un tono peculiar, nunca antes había visto unos ojos así, porque el verde era pálido y suave, y combinaba armoniosamente con su cabellera rojiza. No se detuvo en sus inquietantes ojos y detalló su rostro con una mueca de disgusto. Estaba sucia y la sangre seca no le permitía distinguir sus facciones, lo único que podía apreciar eran sus finos labios que ahora portaban una tonalidad violeta un tanto alarmante.
Dio un paso en su dirección y la mujer retrocedió dos.
Francis se detuvo en seco y enarcó una ceja, no se había dado cuenta de lo alta que era, su peso le había parecido algo ligero cuando llegaron a su casa y la llevó hacia las caballerizas.
—¿Cerraron los caminos? —inquirió y Manfred dio un paso hacia adelante. Ese simple movimiento logró que su rehén dejara de observarlo y se centrara en su empleado.
—Sí, milord. Nadie podrá entrar ni salir de Escocia sin antes ser revisado por nuestra gente. —El ceño femenino se frunció y la mujer achicó los ojos, como si quisiera agudizar la vista, dado que Manfred estaba resguardado en las sombras de las caballerizas.
—Él buscará refugio en el campo o en una de sus propiedades, si es que tiene una en Escocia, claro está —añadió con seriedad y su rehén lo observó—. Quiero que averigüen su nombre, de dónde viene y por qué acabó con la vida de mi hermano. Necesito saber qué tipo de relación tenía ese hombre con Byron.
Los ojos verdosos se abrieron con sorpresa y Francis avanzó peligrosamente en su dirección, uno de sus lacayos se puso tras la mujer para impedir que siguiera retrocediendo y ella se encogió en su lugar, totalmente atemorizada.
Era una cobarde.
—Debido a que tú no quieres decirme quién es tu amigo, lo descubriré yo solo y los mataré a todos cuando los encuentre.
Las lágrimas amenazaron con escapar de las comisuras de sus ojos y ella se cubrió la boca con una mano. En ese momento, un sentimiento intenso y desconocido se alojó en su pecho, porque ese simple movimiento le permitió ver la sortija que ella llevaba puesta.
—Eres su esposa —susurró con indignación y ella escondió su mano tras su espalda y negó rápidamente con la cabeza—. No me gustan las mentiras —siseó e ignorando su queja adolorida tiró de su mano y le arrebató la sortija que llevaba en el dedo anular.
No había nada grabado en la joya, ni sus nombres ni la fecha de su matrimonio, pero no descansaría hasta descubrir el nombre de su enemigo.
—Quiero que dupliquen la seguridad de la casa. —Guardó la joya en el bolsillo de su abrigo—. Tal vez alguien esté desesperado por encontrar a su mujercita.
Ahora todo tenía sentido, por eso el rubio gritó a todo pulmón cuando la pelirroja salió expulsada del carruaje y cayó por el precipicio. No era una simple ayudante, amante o acompañante, ¡ella era su mujer!
«Un intercambio, debo hacer un intercambio», pensó con emoción contenida, era el camino más fácil para llegar a su hermana.
—Dime dónde puedo encontrarlo —masticó sus palabras y ella ladeó el rostro, consternada. ¿De verdad fingiría ignorancia?—. ¡Habla, maldita sea! —vociferó fuera de sí y la mujer cubrió su rostro con sus brazos, como si él le hubiera levantado la mano, y por inercia Francis dio un paso hacia atrás—. ¿Ya no dirás más? —siseó con rabia, viendo como temblaba sin control alguno, y apretó la mandíbula al no recibir una respuesta y percatarse de los cardenales que tenía en los antebrazos. La manga de su camisola se había deslizado por su tersa piel dejando a la vista las marcas.
¿Estaría muy herida? Su caída por el precipicio no era algo que pudiera tomarse a la ligera. A decir verdad, estaba gratamente sorprendido de que la mujer estuviera de pie, y con vida, para ser más preciso.
¿Su cara habría quedado con alguna marca que pudiera considerarse desagradable?
—¿Está herida?
—Tiene la camisola manchada con sangre en la espalda, milord —informó el lacayo que estaba tras de ella y Francis la rodeó con rapidez para confirmar ese hecho con sus propios ojos.
Cada músculo de su cuerpo se tensó al ver la prenda manchada de sangre, incluso sus rizos color fuego estaban enmarañados por el líquido rojo y espeso. Extendió la mano con mucho cuidado para retirar sus cabellos y ver qué pudo haberle pasado, pero la sangre se le congeló al ver como ella se encogía de dolor y caía de rodillas contra el piso.
—¡No! ¡No quiero! ¡No más golpes, por favor! —gritó a todo pulmón, poniéndole los pelos de punta, y se arrodilló junto a ella para ver qué diablos estaba pasando.
—Quieta —ordenó y la sujetó de los brazos, temiendo lastimarla—. ¡Una cuchilla! —exigió y la mano de su lacayo dudó a la hora de cederle el arma.
¿Qué?, ¿creían que la atacaría? Eso era imposible, en su vida podría ponerle una mano encima a una mujer. Desgarró la prenda con mucho cuidado y la bilis trepó por su garganta al ver la piel blanca y delicada totalmente desgarrada.
Eso no se lo hizo al caer por el precipicio.
—¡Vayan por el doctor! —ordenó y tocó la frente femenina para medir su temperatura.
Estaba caliente, casi sudando, y su respiración era lenta y cansada.
Quizá él la asustaba, pero era evidente que todo este tiempo esa mujer estuvo temblando por el dolor y la fiebre que la estaba consumiendo por dentro. Apartó el cabello rojizo con cuidado y una nueva preocupación se instaló en su pecho al ver que tenía una herida en la nuca.
«Dispara. Acaba con esto».
Pasó saliva, abatido.
Ella no quería morir porque se sintiera en un callejón sin salida, quería hacerlo para así acabar con su sufrimiento físico de una vez por todas. Se pasó sus largos dedos por su cabellera negra y espesa, e inhaló con pesadez.
¿Por qué estaba tan herida?, ¿quién podría ser capaz de hacerle algo así a una mujer?
Él… ¿realmente había atrapado a la cómplice de su enemigo jurado o a una de sus víctimas?
—Mátame, por favor.
Era imposible, ¿es que no se había dado cuenta que le resultaba imposible tirar del gatillo si era ella quien estaba contra el cañón? Francis no permitiría que otra persona muriera en su propia casa, menos si estaba bajo su cuidado.
—Voy a levantarte —le informó con cautela antes de someterla a un nuevo sufrimiento.
Lo sentía por ella, pero la única forma de meterla a su casa era tomándola en brazos. Nunca se imaginó que los gritos de dolor de una completa desconocida podrían afectarlo de esa manera y provocar que los latidos de su corazón se desbocaran sin control alguno, ni mucho menos pensó que terminaría vomitando mientras el doctor curaba su maltratada espalda, ordenando firmemente a su ayudante y a las criadas que no la soltaran, puesto que ella no tenía la más mínima intención de colaborar en su proceso de curación.
Por todos los santos, ¿quién era la mujer que terminó bajo su poder y por qué sentía que acababa de salvarle la vida?
—Milord… —Coral, la mujer que lo crío en su infancia y cuidó de sus pequeños hermanos en los últimos diecisiete años, le entregó un paño húmedo para que se limpiara el sudor y así lo hizo, mirando de reojo como su rehén se sacudía en la cama, mientras el doctor la obligaba a consumir más láudano.
¿Cuándo acabaría la pesadilla que estaba viviendo en Escocia?
Capítulo 2
El suplicio de su rehén llegó a su fin hace una hora y Francis seguía merodeando en la habitación que dispuso para ella. Cada vez más cerca de la cama y con mayor curiosidad respecto a la fémina. Era extraño, debía admitir, nunca una herida o una escena de curación le había generado tanta repulsión; si era sincero, uno de sus sueños frustrados era ser médico, por lo que su actitud estaba totalmente injustificada.
Dio un respingo en su lugar cuando Coral extendió un paño limpio y húmedo sobre la magullada espalda desnuda de la pelirroja y la buscó con la mirada. ¿Eso quería decir que por fin dejarían de aplicarle ungüentos y brebajes?
El carraspeo del doctor le advirtió que era momento de abandonar su letargo y regresar a la realidad. Al parecer la situación era muy delicada, porque sólo eso podía explicar que el hombre se hubiera quedado para supervisar paso a paso todo lo que se aplicaba en la espalda de su rehén.
—¿Cómo se encuentra? —recuperó la voz, la misma sonó ronca y rasposa, como si no la hubiera utilizado en días—. ¿Ella estará bien?
«Tiene que estarlo, ella debe vivir». No quería cargar con la muerte de una inocente sobre sus hombros, él no era un asesino.
El hombre de edad avanzada cuadró los hombros y miró a la mujer con preocupación.
—La sutura de su nuca es de nueve puntos, es un milagro que no se hubiera infectado. —Se frotó la barbilla con preocupación—. La herida no fue tratada cuando el golpe abrió su piel, ella pudo haber muerto de haber transcurrido más horas con la herida abierta.
El enojo de Francis le nubló la bondad y no quiso darle la oportunidad de ser asistida por un doctor. Cometió un terrible error al ser tan descuidado, por todos los cielos, esa mujer cayó por un precipicio. El que siguiera con vida no era más que un milagro.
—Lo que me preocupa es su espalda, milord. —Coral apartó el paño y la mujer tiritó sin control alguno y toda su delicada piel se puso de gallina, alertándolo—. No podemos cubrirla, las heridas son recientes y deben secarse.
—Pero ella tiene frío. —No había que ser un genio para notarlo.
—Y está con fiebre, debe entrar en calor si queremos que sobreviva.
—¿Cómo diablos entrará en calor si su espalda debe estar descubierta? —Empezó a exasperarse, ¿se daba cuenta de lo que le estaba pidiendo?
—Su piel debe estar expuesta por dos horas y luego podrán cubrirla con el cubrecama. —Maldición, el clima en las tierras altas era amenazador, ni siquiera avivando el fuego conseguirían mejorar la temperatura en la habitación—. Le seré sincero, ella no se encuentra bien, tal vez podríamos limitarnos a darle algo de comodidad en sus últimas horas.
Un escalofrío recorrió su espina dorsal y cuadró los hombros con determinación. Ella dejó claro que deseaba morir, le rogó en más de una ocasión para que la matara, pero él no podía permitir algo así, eso era simplemente imposible.
—Le di una gran cantidad de láudano, se encuentra muy aturdida como para saber lo que está pasando. —Empuñó las manos con impotencia, ¿drogarla para que su muerte no fuera tan dolorosa era la solución que le ofrecía?
—¿Cómo se hicieron esas heridas? —quiso saber y Coral subió el cubrecama tanto como le fue posible para cubrir la mitad inferior de su rehén. Sujetó dos mantas y cubrió cada hombro con mucho cuidado, siguiendo las instrucciones del doctor.
Su pregunta tomó desprevenido al hombre, lo más probable era que hubiera creído que él le causó ese daño a la pelirroja, algo que era simplemente imposible porque la violencia bruta nunca sería uno de sus recursos para castigar a los demás.
—Con un látigo, milord.
Sus uñas se clavaron en sus palmas desnudas con tal rabia que por un momento pensó que se incrustarían en su piel. El malnacido que estaba buscando había desfigurado la espalda de esa pobre mujer, quien posiblemente era su propia esposa, y ahora su vida estaba en sus manos.
—Ella pasará la noche —prometió y Coral lo miró de reojo, su nana estaba muy preocupada por la joven.
—Si eso sucede, milord, la joven necesitará curaciones diarias por al menos cuatro días. Si todo va bien, al quinto todo esto será parte de un horrible pasado.
Nada quedaría en el pasado por el momento, no hasta que él encontrara a su hermana.
—Puede retirarse, mi mayordomo se encargará de pagar sus servicios. —Le hizo una seña a una de las tres criadas que estaban en la habitación y la joven acompañó al doctor y su ayudante hacia el recibidor—. ¿Qué sugieres, Coral?
—Debemos avivar el fuego y calentar la cama cada hora, milord.
—Ya escucharon. —Las criadas se movieron con prisa para seguir con las órdenes del ama de llaves—. Ambos sabemos que no será suficiente —espetó una vez que estuvieron solos y la anciana suspiró con pesar.
—Ella no se ve bien, tiene todo el cuerpo golpeado y no quiero ni imaginarme lo que estuvo viviendo en los últimos días, ¿de verdad le haremos un favor al salvarle la vida?
Era verdad, cuando sus criadas la despojaron de la camisola, Francis pudo ver todos los hematomas que decoraban su piel, unos que no se hicieron únicamente en su caída por el precipicio.
—No sé si salvarle la vida será un favor o una maldición para ella, pero no permitiré que nadie más muera en mi casa. —Se quitó el abrigo con rapidez y prosiguió a abrirse el chaleco—. Me recostaré a su lado, no existe mejor fuente de calor que el cuerpo humano, sólo serán dos horas y luego la cubriremos.
—Pero, milord, ella ni siquiera está limpia, nosotras hicimos lo que pudimos a la hora de apartar la tierra de su cuerpo para que el doctor pudiera atenderla.
—No me importa.
Lo único que quería era brindarle el calor que ella necesitaba para sobrevivir.
Coral se dio cuenta que no lo haría cambiar de parecer y giró sobre su eje con las mejillas sonrojadas. Sí, estaba actuando desvergonzadamente al desvestirse ante ella, pero era la única solución que había encontrado por el momento.
—Puedes retirarte, pero necesitaré que regreses en dos horas.
—Como usted ordene, milord.
Una vez que se quedó a solas con su rehén, Francis se despojó de su camisa y sus pantalones hasta quedar únicamente en calzoncillos. La cama no era tan espaciosa como la suya, pero entrarían perfectamente cuando la acomodara como tenía pensado hacerlo. Se deslizó bajo las sábanas y cuando quiso sujetarla, los nervios se le pusieron de punta al verla tan magullada, sentía que el más mínimo toque la lastimaría.
«Pero es la única manera».
Quizá ella era alta, más alta que cualquier otra mujer que hubiera conocido, pero su peso era ligero y eso le permitió acomodarla correctamente sobre su cuerpo. Sus esbeltas piernas se deslizaron entre las suyas y sus pechos se presionaron contra su tórax con dificultad, eran generosos y el exceso de piel lo estaba llevando a pensar en cosas inapropiadas.
Agradeció en silencio que Coral y dos criadas ingresaran a la habitación para seguir con sus órdenes y llamó a su nana con voz tensa, las muchachas simularon ignorancia, ni siquiera lo buscaron con la mirada por la pena, pero Coral se acercó a la cama con determinación.
—¿Sí, milord?
—Cúbrenos tanto como puedas. —El movimiento había provocado que la destapara y no pensaba rodear su redondeado trasero para subir el cubrecama. Ni siquiera un libertino de su calaña haría algo tan impropio con una mujer inconsciente.
Durante las siguientes dos horas, Francis se sintió abrasado en las llamas del infierno y le pareció algo entretenido tener bajo su barbilla la cabellera color fuego de la fémina atada en un rodete desordenado. El fuego del hogar estaba más vivo que nunca y sus cuerpos estaban sudados donde se juntaban, lo que quería decir que ella estaba caliente y cómoda, porque su respiración era regular y su mejilla reposaba complacida sobre su pecho desnudo.
Los brazos le picaban con necesidad, llevaban mucho tiempo pegados a su cuerpo, por lo que no muy seguro rodeó la nuca femenina con una mano y con la otra la abrazó por la cadera.
—Estarás bien —susurró con suavidad e inconscientemente besó su coronilla.
Todo su cuerpo se puso tan rígido como una vara cuando ella cerró sus delicadas manos en dos puños y apartó sus manos del cuerpo femenino con cautela al tiempo que ella movía muy lentamente el rostro en su dirección.
Estaba despierta, ¿cuánto tiempo llevaba en ese estado?
Ahora que su rostro estaba libre de sangre y tierra, Francis se sintió aliviado al no ver una cicatriz en su piel; no obstante, lo irritó en exceso ver su ojo derecho moreteado y su labio partido.
—¿Qué fue lo que te hicieron? —preguntó con voz ronca y los enormes pozos verdosos se llenaron de lágrimas—. Tranquila, aquí estás a salvo, corazón. —Regresó las manos al cuerpo femenino y ella cerró los ojos con lentitud, brindándole su voto de confianza.
No debería, pero le complacía saber que ella no lo odiaba después de todo lo ocurrido.
Un suave toque en la puerta lo llevó a afianzar su abrazo y ladeó muy lentamente el rostro al ver a Coral ahí. Los años no la habían cambiado, ella era tan responsable como su esposo, el mayordomo, y ahora lo miraba con cierta curiosidad e incertidumbre.
—Pasaron las dos horas, milord.
—Ayúdame a taparla correctamente, pon más mantas si es necesario.
Coral se movió por la habitación con cautela, sus cabellos castaños con destellos blancos estaban atados en un moño bajo, y abrigó a la mujer lo mejor que pudo, sin poner mucho peso sobre su delicada espalda.
—¿Ella está bien?
—Ella está mejor que nunca. —Porque mientras estuviera bajo su cuidado, él no permitiría que ningún otro hombre le pusiera una sola mano encima—. Puedes retirarte.
—¿Va a quedarse? —Otro empleado no habría sido tan impertinente, pero Coral era alguien muy espacial para su familia, después de todo, ella ocupó el puesto de madre para Byron y Raphaella.
—Sí, quiero vigilarla. —Quizá ella no podía ver nada debido a todas las mantas que estaban sobre ellos, pero su rehén lo había abrazado con tal firmeza que dudaba mucho poder moverse de su lugar por el momento—. Recuerda que ella no puede sentir frío durante esta noche, debo brindarle mi calor.
«Ella confía en mí, debo cuidarla y alejarla del peligro», susurró para sí mismo y se quedó junto a ella por el resto de la noche, la mayor parte del tiempo despierto, pensando en su pequeña hermana y como estaría, hasta que finalmente cayó profundamente dormido.
Cuando su cuerpo empezó a recuperar consciencia de sus extremidades y todo lo que estaba sucediendo a su alrededor, Francis luchó contra sus pesados párpados para abrir los ojos. Todo estaba demasiado oscuro para ser de día, pero cuando un trueno retumbó en sus oídos, comprendió que el clima no tenía planeado estar a su favor.
Una extraña sensación contra su palma derecha hizo que recordara a la mujer que estaba bajo su cuidado y apartó la mano de su cabellera para observarla, todas sus alarmas se apagaron cuando pudo sentir su suave respiración contra la piel de su pecho.
—Aún respira.
Se cubrió los ojos con el antebrazo, ¿por qué ese hecho le generaba tanta tranquilidad? Ella era una completa extraña, ni siquiera debería preocuparse tanto por su bienestar, pero ahí estaba, tratando de encontrar una manera de protegerla del hombre que le hizo tanto daño.
Abandonó la cama con mucho cuidado y el frío lo hizo estremecerse en su lugar, mas no regresó a la cama y se vistió con rapidez, recordando que debían ir en busca de su hermana, y tiró del cordón para solicitar la presencia de una criada.
Fue Coral quien llegó a la habitación.
—Buenos días, milord —lo saludó con cautela y observó a su rehén de reojo, ella seguía dormida y permanecía boca abajo como el doctor les indicó. La habitación aún estaba en penumbras y suponía que era algo bueno para ella, porque podría dormir tanto como quisiera—. ¿Cómo se siente?
—Está estable, deben ir por el doctor.
—Dijo que volverá para las cuatro de la tarde —le informó y él asintió, distraído.
—¿Qué hora es?
—Son las dos de la tarde.
Cada músculo de su cuerpo se tensó al oír aquella respuesta y miró a Coral con los ojos muy abiertos. Seguramente escuchó mal, no era posible que él hubiera perdido toda una mañana por quedarse dormido junto a una mujer.
—¿Por qué no me despertaste?
¡Él debía ir en busca de Raphaella! Llegó tarde a Escocia por quedarse con una mujer y no permitiría que otra fémina lo llevara a perder a su pequeña hermana también.
—¿Con qué fin, milord? El diluvio no permitirá que ningún alma con sentido común aborde el camino, creo que es muy arriesgado que usted abandone la casa.
Se frotó el rostro con frustración, era normal que Coral actuara como una madre sobreprotectora, pero no le gustaba la idea de mostrarse tan irresponsable ante sus empleados. Es decir, su hermana estaba secuestrada, quien sabe dónde y cómo, y él se había quedado dormido junto a una extraña como si no tuviera cosas más importantes que hacer.
—Salir no tiene sentido —musitó Coral con congoja, ella no se sentía mejor de lo que él se sentía—, no se martirice sin razón alguna. El día de hoy no podemos hacer más que esperar.
—Encárgate de ella a partir de ahora. —Fue lo único que pudo decir antes de abandonar la habitación con la dignidad por los suelos. Muchas personas podían decir que era un excelente amigo, pero nadie jamás aseguraría que era un buen hermano.
¿En qué momento determinó que viajar por el mundo y disfrutar de su soltería sería mucho mejor que preocuparse por la educación de sus hermanos más pequeños?
Byron y Raphaella crecieron bajo el cuidado de sus empleados, nunca pasaron una fiesta navideña en familia y tanto él como sus hermanas mayores, Virginia y Harriet, los descuidaron vilmente. Sus hermanas se casaron, formaron sus propias familias y ahora ni siquiera le habían escrito para saber qué había ocurrido con Byron y Raphaella.
«No soy mejor que ellas».
Aunque le doliera admitirlo, Francis debía reconocer que la idea de ir por sus hermanos a Escocia lo había disgustado con demasía, tanto que había renegado durante meses por ese hecho.
Francis abandonó la cama de su amante, la hermosa Vivianne, con quien estuvo retozando con mucha frecuencia en los últimos días y comenzó a vestirse con poco entusiasmo, puesto que ahora no tenía excusa alguna para seguir dilatando su viaje a las tierras altas y finalizar de una vez por todas su amorío con la cantante.
—A ver si entendí bien, ¿renunciarás a todo lo que te ofrezco sólo porque pedirás la mano de lady Briseida Milton en matrimonio?
No era como si ella le ofreciera algo excepcional, lo que Vivianne tenía para ofrecerle era lo mismo que encontraría en cualquier otro burdel de la ciudad. No obstante, Francis jamás diría algo tan grosero en voz alta, no cuando todo el mundo lo creía un caballero intachable.
—Si quiero garantizar el éxito de mi hermana en su presentación, necesito la aprobación de las familias más poderosas y respetables de Londres. Un matrimonio con lady Milton lo facilitará todo.
La joven era hermosa, rica y poseía una educación envidiable, era uno de los mejores partidos de la temporada, no había manera de que dejara pasar la oportunidad de desposarla. Ella era todo lo que estuvo buscando durante años: la perfección hecha mujer. Además, había que mencionar que era la hermana menor del duque de Carlisle, un hombre que era aclamado en todos los salones de baile y tenía las puertas abiertas en cualquier establecimiento que se considerara respetable.
—¿Te preocupa porque tu hermana dilató su presentación dos años?
Sí, a sus veinte años, para muchas personas, Raphaella ya estaba pasada de edad, por lo que ni siquiera su cuantiosa dote sería de mucha ayuda para posicionarla entre las damas solteras más elegibles. Además, debía añadir el hecho de que la joven, según su mayordomo, tenía un carácter complicado.
—Entre otras cosas —espetó con sencillez, no era como si fuera a hablarle de su familia a una simple cantante.
—Hasta el noble más respetable tiene una amante, hace poco Carlisle estuvo muy atento con una aprendiz, dudo mucho que él pueda culparte por algo.
Ciertamente no podría hacerlo, al menos no hasta que su compromiso con su pequeña hermana fuera oficinal; no obstante, si era sincero consigo mismo, había perdido todo su interés por Vivianne, la mujer ya no le aportaba nada bueno a su vida y él se sentía malditamente aburrido y sumido en la monotonía.
Sus amoríos nunca duraban más de dos meses y con las tres semanas que estuvo con Vivianne tuvo más que suficiente.
—Si llego a cambiar de parecer, te prometo que vendré a buscarte.
La mujer enarcó una ceja, como si supiera perfectamente que eso no sucedería, y Francis le guiñó el ojo. A sus treinta y seis años de vida, era difícil que una fémina pudiera engatusarlo hasta tal punto de tenerlo a sus pies, eso era simplemente imposible.
—¿Me crees tan ilusa como para creer que volverás por mí?
Al menos la morena era realista.
—Cuídate mucho, te dejé un regalo en tu cómoda.
Un hermoso collar de zafiros que estaba seguro se convertiría en la mejor joya de su colección.
—Vas a enamorarte, Aberdeen —decretó la mujer antes de que pudiera abandonar su habitación—. No subestimes a las mujeres, menos cuando tu destino es caer rendido por una de nosotras.
—No las subestimo, querida —respondió con educación—. Simplemente sé cual está a mi nivel y elijo correctamente a mis parejas.
Vivianne se rio sin humor alguno, ella odiaba que fuera tan sobrador.
—Llegará el día en que anhelarás tener aquello que no deberías querer y comprenderás que no todo en la vida puede ser tan perfecto.
Francis decidió zanjar el tema con su silencio y abandonó el piso de la cantante con rapidez. Vivianne estaba muy equivocada, él jamás se fijaría en alguien que no estuviera a su altura, no por nada se mantuvo soltero durante tantos años. Llevaba mucho tiempo esperando por la mujer adecuada para hacerla su vizcondesa y no le cabía la menor duda de que lady Milton era la mujer ideal para el puesto.
En ese momento, fornicar con la cantante le había parecido un plan más agradable que salir en busca de sus hermanos. Había perdido tiempo valioso en los brazos de una mujer y eso no era lo peor de todo, sino que una vez que estuvo lo suficientemente cerca de su hogar, decidió hacer un desvío para dilatar su llegada a Aberdeen Abbey e hizo una aparición en la casa del duque de Carlisle.
Lady Briseida Milton era una joven de diecinueve años cuya belleza era envidiada y admirada por todo ser que poseyera dos ojos, no había manera de que alguien pudiera decir lo contrario. La dama era la beldad de la temporada y un dechado de virtudes con una reputación intachable. Era todo lo que él necesitaba para garantizar una incorporación en sociedad exitosa para sus escandalosos hermanos, quienes sin haber sido vistos en sociedad ya tenían sus reputaciones por los suelos.
Byron Montgomery era conocido como un jugador de primera y un pícaro descarado, algo lamentable si se consideraba que el mocoso sólo tenía veintidós años. Fue expulsado de la escuela a sus quince años, por lo que terminó siendo relegado en el campo con el fin de evitar que ocasionara estragos en la ciudad. Con Raphaella la situación era un tanto complicada, puesto que, al ser mujer, era un flanco bastante certero para las críticas y no era para menos, su hermana ya tenía veinte años y se rehusaba a ser presentada en sociedad.
No entendía cuál era su problema, pero no había hecho todo este viaje para sentarse a hablar del mismo, sino para poner los pies de sus hermanos sobre la tierra y obligarlos a cumplir sus funciones como portadores del apellido Montgomery.
El salón de té de Carlisle Abbey era un espacio agradable y lujoso, era evidente que la familia poseía una gran fortuna y un excelente gusto para la decoración, algo que le gustó en demasía porque deseaba una esposa que fuera lo suficientemente capaz de llevar su hogar a la perfección.
Se dio cuenta que lady Georgia Milton, la tía de la joven que pensaba desposar, estaba demorando más de la cuenta y se preguntó si las notas de lady Berricloth, la chismosa anónima de Londres, eran tan ciertas como parecían, puesto que la desaparición del duque de Carlisle era algo que no se podía ocultar con tanta facilidad, el hombre llevaba días sin ser visto en la ciudad.
Se frotó el mentón, pensativo.
¿Las cosas estarían bien para la familia Milton?
Comprendía que las damas estaban en el campo por la muerte del antiguo duque y porque su buen amigo, el marqués de Winchester, había provocado que la gente murmurara sobre lady Briseida Milton porque prefirió a una viuda en quiebra en lugar de al mejor partido de la temporada.
La partida de las damas fue la mejor decisión porque los rumores se disiparon con bastante facilidad, lo cierto era que de no haber sido así, Francis no se habría presentado en el lugar.
Él necesitaba una mujer que estuviera libre de escándalos.
—Qué grata visita, lord Aberdeen.
Lady Georgia lo sacó de su letargo y Francis la saludó con propiedad y elocuencia. Debía ganarse su favor si quería verse como un candidato elegible para su hermosa sobrina.
—Milady. —Esa familia adoraba las normas y él sabía llevarlas al pie de la letra cuando la situación lo requería—. Espero no ser una molestia, me he tomado la libertad de pasar por su propiedad con la intención de reunirme con el duque de Carlisle.
La mujer no mostró expresión alguna en el rostro, pero sí que palideció y eso se notó muy bien en su semblante avejentado.
—Me temo que mi sobrino aún no ha llegado a Carlisle Abbey, pero cualquier asunto que tenga con él puede comentarlo conmigo. —Le indicó los asientos de alto espaldar que estaban frente al fuego y él asintió. Esperó que la dama tomara asiento para hacer lo propio—. ¿En qué puedo ayudarlo?
—Seré sincero con usted, milady, quiero casarme con su sobrina.
—¿Qué? —susurró en voz baja, anonadada.
—Tal vez lo mejor será esperar por el duque de Carlisle —reconoció al notarla tan sorprendida, de cierta manera todo estaba sucediendo muy rápido—. Comprendo que usted no puede aprobar mi oferta.
—Nada de eso. —Se despabiló y agitó las manos, exasperada. Le pareció curioso, esa mujer casi nunca expresaba sus emociones—. Es sólo que su petición me tomó por sorpresa, lord Aberdeen, no esperaba que su visita tuviera como objetivo pedir la mano de mi sobrina.
—Sé que están de luto y debemos respetar el año correspondiente, pero me gustaría que la boda fuera en septiembre del próximo año.
—¿Sin un cortejo previo? —Se oía y veía bastante conmocionada—. Vaya, esto es muy repentino.
—Como usted sabe, no tengo mucho tiempo y…
—Tiene dos hermanos un tanto escandalosos. —Se tensó, esto era malo, los Milton no aceptaban que nadie con un pasado o presente escandaloso se adentrara en su círculo—. Algo que se puede corregir con un buen matrimonio —añadió finalmente y asintió con determinación—. Mi sobrina estará encantada de aceptar su oferta —completó finalmente.
—¿Qué? —Ahora fue él quien se quedó sin palabras y con los ojos abiertos de par en par—. ¿No lo consultará con el duque primero?
—Mi sobrino quedará encantado con la idea —dijo rápidamente y Francis se cuestionó si realmente el duque de Carlisle estaba en problemas. No era algo normal que lady Georgia se saltara una norma de decoro tan grande y decidiera por su sobrino—. Es más, planeo enviar una nota a Londres para anunciar el compromiso.
—¿Por qué? —Frunció el ceño.
—Ambos sabemos que su amigo dañó el buen nombre de mi sobrina cuando insinuó que se casaría con ella. —Winchester hizo cosas muy malas para llegar a su actual esposa—. Si anuncio que están prometidos, para el siguiente año todos habrán olvidado el incidente.
—Está bien.
Si era lo que la mujer quería hacer, él no iba a detenerla. De todas formas, la decisión estaba tomada y lady Briseida Milton sería su vizcondesa. Abandonó la casa sin poder reunirse con la joven y se preguntó cómo tomaría la noticia de su compromiso.
¿Podría ser que Carlisle realmente estuviera en peligro y lady Georgia solo lo estuviera utilizando para garantizar el futuro de su sobrina?
De ser así, suponía que dentro de su destino estaba hacer algo por la joven.
Un suave toque en la puerta de su despacho lo obligó a abandonar su ensimismamiento y Francis se frotó los ojos con cansancio. Llevaba horas tras de su escritorio, no muy seguro de qué camino tomar porque la tormenta que se estaba suscitando en el exterior no haría más que estropear los caminos y él nunca realizaba un viaje en días lluviosos.
—Adelante.
Tilney, su mayordomo y el esposo de Coral, ingresó a su despacho con paso resuelto y Francis apoyó el mentón en la palma de su mano. El anciano se había demorado mucho para ir a verlo, pero ahora mismo su llegada le parecía adecuada. Necesitaba un consejo y él era lo más cercano a un amigo que tenía por el momento.
—Sé que tu esposa te contó todo. —El hombre no se atrevió a negarlo—. ¿Dirías que es una víctima más?
—Como se lo dije a mi querida esposa, yo no vi a la joven cuando ese hombre mató a su hermano, milord.
Lo que quería decir que su rehén era una víctima más y él un imbécil por no haberlo deducido antes. Si hubiera escuchado a su mayordomo y a Coral, nada de esto estaría sucediendo y esa joven no estaría tan adolorida.
Observó la hora en el reloj que estaba sobre su chimenea.
Pronto serían las ocho de la noche.
—¿Qué dijo el doctor?
—Ella está mejor, dejó una medicación y unas pomadas para sus heridas y hematomas.
—¿La viste?
—Mi esposa me contó algo al respecto.
—Un intercambio sería duro para ella, ¿verdad?
—Un intercambio la mataría. —Ese pensamiento hizo que la piel se le erizara y tragó con fuerza, la decisión que estaba a punto de tomar cambiaría el curso de las cosas, pero él jamás sacrificaría a una inocente—. Quiero que a partir de mañana circule por el pueblo el rumor de que ella murió al caer por el precipicio. Si todo queda como un accidente, él no buscará venganza ni se desquitará con mi hermana.
—Como usted lo ordene, milord.
—¿Comió algo?
Ella lo preocupaba más de lo que debería.
—Sólo un poco de caldo, el doctor dijo que su estómago tendrá problemas para aceptar la comida debido a todo el láudano que se le está suministrando. —Miró su pluma como si fuera lo más interesante del mundo y esperó un poco más de información—. Pero el peligro se ha ido, lo único que ella necesita por el momento es descansar.
«Y un hombre que la proteja de su esposo», pensó distraídamente, preguntándose si haría bien en visitarla esta noche para brindarle una vez más su calor.
Capítulo 3
Effie jamás entendería por qué todos los hombres que llegaban a su vida tenían cierto afán en ser tan crueles y déspotas con ella. No era una mala persona, en su vida se atrevió a sentir rencor por nadie ni a menospreciar a los demás, pero todo parecía indicar que su destino era sufrir a manos de puros varones abusivos e inhumanos.
«¿Por qué ese hombre no tiró del gatillo?»
Ese disparo habría acabado con toda la agonía que estaba viviendo, dado que el tirarse por el precipicio no fue suficiente para ponerle fin a sus veintisiete años de vida. Una lágrima rebelde se deslizó por su mejilla y cerró las manos en dos puños contra su almohada. Ese salto sólo empeoró su situación porque ahora no sólo estaba herida por los latigazos que Bastian le propinó, sino porque su cuerpo sufrió muchos golpes al rodar por la tierra.
No lo entendía, ¿por qué la muerte le rehuía de esta manera?
Effie sufrió un terrible accidente mientras cabalgaba a sus quince años, estuvo inconsciente por varios días, todos pensaron que moriría —y claramente habría sido lo mejor para ella—, pero no fue así, al décimo quinto día abrió los ojos para descubrir que a partir de ese momento su vida sería muy silenciosa.


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