Amor Latente: Romance y Pasión con el Jefe de Policía – Isabel Conde

Bárbara Jensen ya se ha cansado de besar tanta rana, ahora buscan Amor Latente.

Lo tiene más que claro: lo príncipes encantados no existen de verdad.

Ya hay demasiado error y exceso en su fortaleza soñadora.

Es mejor estar sola y olvidarse de los varones.

Pero todo cambia cuando Víctor Sanz aparece.

Su nuevo próximo trajeado de aspecto inhabitado y temerario.

Alto, guapo, atlético, cronómetro de pasta, mosca de tres trayectos.

Sonrisa encantadora no obstante alicaído, artejos sanguinolentos.

El nuevo jerifalte de gendarme de la capital, fachada con tapia…. Ella intenta contenerse, evitarle…

Pero semana tras semana terminan viéndose, la verdad siempre gazuza.

Y ¿si son consumados para el otro?

Su vecino, la plaga del barrio, había llegado a su casa a las tres de la madrugada haciendo un ruido insoportable. Si su automóvil tenía un silenciador, hacía mucho tiempo que había dejado de funcionar. Por desgracia, su dormitorio estaba situado justo al frente de la entrada del vecino; ni siquiera tapándose la cabeza con la almohada pudo amortiguar el ruido de aquel Volkswagen. Cerró la puerta oxidada de golpe, encendió la luz del porche —la cual, por algún cruel y desconocido propósito, estaba colocada de forma que le daba a ella directamente en los ojos si se volteaba de frente a la ventana, tal como era el caso—, dejó que la puerta de rejilla golpeara tres veces al entrar, salió de nuevo unos minutos más tarde, luego volvió a entrar en la casa, y evidentemente se olvidó de la luz del porche, porque momentos después se apagó la luz de la cocina, pero aquella maldita lámpara del porche permaneció encendida. Si antes de comprar aquella casa hubiera sabido que iba a tener aquel vecino, jamás de los jamases habría firmado los papeles que decían legalmente que estaba destinada a la desgracia junto aquel sujeto. En las dos semanas que llevaba viviendo allí, aquel tipo había conseguido él solito estropearle toda la alegría que le había causado el hecho de comprarse su primera casa. Era un borracho. ¿Pero por qué no podía ser un borracho feliz?, se preguntó con amargura. No, tenía que ser un borracho desagradable, de los que hacían que una tuviera miedo de dejar salir al gato cuando él estaba en casa. Pantera no era gran cosa como gato —ni siquiera era de ella—, pero su madre le tenía mucho cariño, de modo que Bárbara no quería que le sucediera nada mientras estuviera temporalmente bajo su custodia. Jamás podría volver a mirar a su madre a la cara si sus padres regresaran de las vacaciones de sus sueños, un viaje de seis semanas por Europa, y se encontraran con que Pantera había muerto o desaparecido.   * * * *   Por suerte para ella, se marchaba a trabajar a la misma hora que él; por lo menos, en principio creyó que él se iba a trabajar. Ahora pensaba que probablemente iba a comprar más bebida. Si es que trabajaba, desde luego tenía un horario de lo más extraño, porque hasta el momento no había logrado percibir pauta alguna en sus entradas y salidas. De todas formas había intentado mostrarse simpática el día en que él descubrió las huellas del gato en el parabrisas de la cafetera que tenía por coche; incluso le sonrió, pero el tipo no prestó la menor atención a aquel sonriente ofrecimiento de paz, sino que en cambio saltó furioso de su automóvil casi en el mismo momento de haber puesto las posaderas en el asiento. — ¿Qué te parece si no dejas que tu gato se suba a mi coche? A Bárbara se le congeló la sonrisa en la cara. Odiaba desperdiciar una sonrisa, sobre todo con un individuo sin afeitar, malhumorado y que tenía los ojos inyectados de sangre. Le vinieron a la mente varios comentarios feroces, pero los reprimió. Al fin y al cabo, ella era nueva en el barrio y con aquel tipo ya había empezado con mal pie. Lo último que deseaba era declararle la guerra. Así que decidió probar una vez más con la diplomacia. —Lo siento —dijo, manteniendo un tono tranquilo—. Procuraré vigilarlo. Estoy cuidándolo hasta que vuelvan mis padres, así que no va a estar aquí mucho tiempo. —Sólo otras cinco semanas. El vecino contestó con un gruñido murmurando cosas, volvió a entrar en el coche cerrando de un portazo y se alejó haciendo rugir el potente motor con un ruido de mil demonios. Bárbara ladeó la cabeza, escuchando. La carrocería del Volkswagen ofrecía un aspecto deplorable, pero el motor sonaba suave como la seda. Había muchos caballos debajo de aquel capó. Era evidente que la diplomacia no funcionaba con aquel tipo. Pero allí estaba ahora, despertando a todo el vecindario a las tres de la madrugada con aquel maldito automóvil. La injusticia de ese hecho hizo que le entraran ganas de ir una noche hasta su casa y pulsar el botón del timbre hasta que él estuviera tan levantado y despierto como todos los demás. Sólo que había un pequeño problema. Le tenía un poco de miedo y eso no le gustaba. Bárbara no estaba acostumbrada a retroceder ante nadie, pero aquel individuo la ponía nerviosa. Ni siquiera sabía cómo se llamaba, porque las dos veces que se habían visto no fueron encuentros de los de “Hola, me llamo fulano de tal”. Lo único que sabía era que era un personaje de aspecto desaliñado y que por lo visto no tenía un empleo fijo. En el mejor de los casos, era un borracho, y los borrachos pueden ser mezquinos y destructivos. En el peor, estaría metido en algo ilegal, lo cual agregaba a la lista el calificativo de peligroso. Era un individuo grande y musculoso, con cabello oscuro y tan corto que casi parecía un militar. Cada vez que lo veía tenía el aspecto de no haberse afeitado en dos o tres días. Si a eso se le añadían los ojos inyectados en sangre y el mal genio, la palabra que le venía a la cabeza era borracho. El hecho de que fuera grande y musculoso no hacía sino incrementar su nerviosismo. Aquel barrio le parecía muy seguro, pero ella no se sentía segura teniendo a semejante tipo por vecino. Gruñendo para sus adentros, saltó de la cama y bajó la persiana de la ventana. Con los años se acostumbró a no cerrar las persianas, ya que era posible que no se levantase con el ruido del despertador, pero sí con la luz del sol. El amanecer era mejor que un molesto sonido metálico para levantarse de la cama. Como varias veces se había encontrado el despertador tirado en el suelo, supuso que la habría reanimado lo suficiente para atacarlo, pero no lo bastante para despertarla del todo. Ahora su sistema consistía en usar visillos y una persiana; los visillos impedían que se viera el interior del dormitorio a no ser que estuviera la luz encendida, y levantaba la persiana sólo después de haber apagado la luz para dormir. Si hoy llegaba tarde a trabajar, sería por culpa del vecino, por obligarla a depender del despertador en vez del sol. De vuelta a la cama tropezó con Pantera. El gato dio un salto con un maullido de sorpresa, y Bárbara estuvo a punto de sufrir un infarto. — ¡Dios santo! Pantera, me has dado un susto de muerte. No estaba acostumbrada a tener un animal doméstico en casa, y siempre se le olvidaba mirar dónde pisaba. Siguió balbuceando cosas referente a su vecino insoportable y el bendito gato de sus padres. Pensando que su vecino le impediría volver a dormirse, Bárbara cruzó las manos por detrás de la cabeza y contempló el oscuro techo mientras trataba de enumerar todas las cosas que quería hacer con la casa. La cocina y el baño necesitaban modernizarse un poco, lo cual constituía una reforma muy cara que económicamente no estaba preparada para afrontar. Pero pintar la casa y poner persianas nuevas haría mucho por mejorar el interior, y además quería derribar la pared que separaba el salón y el comedor. Despejar aquel espacio para que el comedor fuera más una continuación que una habitación independiente, con un arco que podría decorar con una de esas pinturas de falsa piedra para que pareciera de roca... Se despertó con el molesto sonido del despertador. Por lo menos aquel maldito trasto la había despertado esta vez, pensó mientras rodaba hacia un costado para silenciar la alarma. Los números rojos que brillaban ante sus ojos en la penumbra de la habitación la hicieron parpadear y mirar una vez más. —Mierda —gimió disgustada al tiempo que saltaba de la cama. Las seis cincuenta y ocho; la alarma llevaba casi una hora sonando, lo cual quería decir que era tarde. Muy tarde. —Maldita sea, maldita sea —recalcó, mientras se metía en la ducha y, un minuto después, volvía a salir. Mientras se lavaba los dientes, corrió a la cocina y abrió una lata de comida para Pantera, que ya estaba sentado junto a su cuenco mirándola con el gesto torcido. Escupió en el fregadero y abrió el grifo para que el agua arrastrara la pasta de dientes. —Precisamente hoy, ¿no podías haber saltado encima de la cama cuando te dio hambre? Pero no, hoy decides esperar, y ahora soy yo la que no tiene tiempo de comer nada. Pantera dio a entender que no le preocupaba lo más mínimo que ella comiera o no, siempre que él tuviera su comida. Entró de nuevo como una flecha en el cuarto de baño, se maquilló a toda prisa, se colocó un par de pendientes en las orejas, el reloj en la muñeca y a continuación cogió la ropa que se ponía siempre que llevaba prisa, y no tenía tiempo de preocuparse si se veía bien o no: pantalón negro y blusa blanca de seda, con una elegante chaqueta roja como complemento. Se puso los zapatos, agarró el bolso y salió por la puerta. Lo primero que vio fue a la mujer de cabellos grises que vivía al otro lado de la calle sacando la basura. Era día de recogida de basuras. —Diablos, mierda, maldita sea y todo lo demás —balbuceó Bárbara por lo bajo al tiempo que giraba en redondo y volvía a entrar en la casa—. Estoy intentando disminuir un poco el número de groserías que digo —le espetó a Pantera al tiempo que sacaba la bolsa de basura del cubo y ataba las cintas—, pero tú y Don Simpático me lo están poniendo difícil. Pantera le dio la espalda. Bárbara salió de nuevo de la casa, entonces se acordó de que no había cerrado la puerta con llave y volvió sobre sus pasos. Arrastró el enorme cubo metálico de la basura hasta el bordillo y depositó en él la ofrenda de la mañana, encima de las otras dos bolsas que ya había adentro. Por una vez, no intentó no armar ruido; esperaba de verdad despertar a aquel desconsiderado tipo que vivía en la casa de al lado. Regresó corriendo hasta el coche, un Mustang de color rojo cereza que le encantaba, y sólo como buena norma, al encender el motor, lo revolucionó unas cuantas veces antes de meter la marcha atrás. El automóvil se lanzó hacia atrás y con un poderoso entrechocar metálico colisionó con el cubo de la basura. Se produjo otro estruendo más cuando el recipiente se inclinó contra el cubo del vecino y lo tumbó. La tapa del mismo rodó calle abajo. Bárbara cerró los ojos y golpeó la cabeza contra el volante... con suavidad; no deseaba un moratón. Aunque quizá debiera infligirse uno, al menos así no tendría que preocuparse por llegar al trabajo a la hora, lo cual ya era imposible físicamente. Pero no lanzó ningún juramento; las únicas palabras que le vinieron a la mente eran palabras que en realidad no deseaba pronunciar. Puso la palanca en la posición neutra y salió del coche. Lo que necesitaba en aquel momento era control, no una rabieta temperamental. Volvió a colocar en su sitio su maltrecho cubo y a introducir de nuevo las bolsas de basura, y después encajó de un golpe la tapa deformada. Acto seguido, devolvió el cubo de su vecino a la posición vertical, recogió la basura — no estaba tan ordenada como la de ella, pero qué se puede esperar de un borracho— y luego se fue calle abajo a buscar la tapa. Ésta yacía ladeada contra el bordillo enfrente de la casa siguiente. Cuando se agachó para recogerla, oyó que alguien a su espalda cerraba de golpe una puerta de rejilla. Bueno, su deseo se había hecho realidad: el tipo desconsiderado estaba despierto. — ¿Qué diablos estás haciendo? —ladró desde el pórtico. Tenía un aspecto que daba miedo, con aquellos pantalones de algodón y aquella camiseta sucia, además de la siniestra expresión que ofrecía su rostro sin afeitar. Bárbara se volvió y se dirigió hacia el deteriorado par de cubos para poner la tapa al cubo del vecino. —Recoger su basura —replicó. Sus ojos despedían fuego. De hecho, estaban inyectados en sangre, como de costumbre, pero el efecto era el mismo. — ¿Se puede saber por qué te empeñas en no dejarme dormir? Eres la mujer más ruidosa que he jamás he conocido... La injusticia de aquello la hizo olvidar que le tenía un poquito de miedo. Bárbara se acercó a él lentamente, contenta de llevar unos zapatos de cinco centímetros que la elevaban hasta ponerla a la altura de... su barbilla. Casi. ¿Y qué importaba que fuera un individuo grande? Ella estaba furiosa, y estar furiosa siempre ganaba a ser grande. — ¿Que yo soy ruidosa? —dijo con los dientes apretados. Costaba mucho subir el volumen con la mandíbula fuertemente cerrada, pero lo intentó. — ¿Que yo soy ruidosa? —Lo señaló con el dedo. En realidad no quería tocarlo, porque llevaba la camiseta desgarrada y manchada de... algo. —No fui yo la que anoche despertó a todo el vecindario a las tres de la madrugada con ese montón de chatarra que al que llamas coche. ¡Cómprate un silenciador, por el amor de Dios! No fui yo la que cerró de golpe la puerta del coche una vez, la puerta de rejilla tres veces... ¿Qué pasó? ¿Se le olvidó la botella y tuviste que volver a buscarla? Tampoco fui yo la que se dejó encendida la luz del porche que se ve desde mi dormitorio y no me dejó dormir. Él abrió la boca para contestar a su vez, pero Bárbara no había terminado. —Además, resulta muchísimo más razonable suponer que la gente esté durmiendo a las tres de la madrugada que a las dos de la tarde, o —consultó su reloj— a las siete y veintitrés de la mañana. —Dios, qué tarde era—. ¡De modo que váyase a la verga, amigo! Vuelva a su casa a buscar su botellita, si bebe lo suficiente, se dormirá y no se enterará de nada.

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