Amor por accidente de Sarah Saint Rose

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Karen vivía el sueño americano: una casa preciosa en las afueras, barbacoas todos los domingos y un marido ideal. Pero todo se tuerce cuando el ginecólogo le avisa de que no podrá tener hijos. De pronto, su vida se viene abajo, su marido le es infiel y la deja, y encima la culpable parece ser ella por no poder cumplir con lo que la sociedad espera de «una familia ideal».
Así que Karen, con el corazón roto en mil pedazos, decide dejar su trabajo y marcharse del país. Romper lazos y empezar una nueva vida en una isla española que parece cautivar a todo aquel que la pisa.
Solamente tiene una norma: no enamorarse.
O, bueno, esa era la norma hasta que el guapo de Lucas, un surfero de sonrisa de infarto, se cruza en su camino…


AMOR
POR ACCIDENTE
SARAH SAINT ROSE
1
Ciudad nueva, trabajo nuevo, amigos nuevos, vida nueva.
Hoy empiezo de cero, y eso hace que se me pongan los pelos como escarpias. Admito que estoy nerviosa, muy nerviosa, pero a la vez terriblemente emocionada.
Bueno, creo que voy a empezar por presentarme. Me llamo Karen, tengo treinta y ocho años y estoy divorciada. No tengo hijos y he vivido toda mi vida en Nueva York, aunque por fin me he tirado del barco y he decidido emprender en lo que siempre me hubiera gustado: un nuevo proyecto, algo más personal. Desde que era muy joven, siempre soñé con ser mi propia jefa y con trabajar para mí misma. Por desgracia, eso no lo he podido cumplir hasta ahora porque la vida, en general, me ha arrastrado. Una carrera convencional, un empleo aburrido en una oficina, casarme a los veintiocho, comprarme una casa y… tener hijos. Bueno, tener hijos entraba dentro del plan, pero resulta que no soy compatible con esa parte de “una vida tradicional”. Admito que siempre quise niños. A veces creo que solamente me casé por esa razón, porque era el orden y la forma correcta de tenerlo, pero el destino es caprichoso. ¡Vaya que sí lo es! El destino es muy caprichoso y yo no puedo tener hijos. Al principio no sabíamos quién era el problema, pero luego ya descubrimos que, claramente, el problema era yo. El médico me dijo que, quizás con estimulación y tratamientos, podría lograrlo. Pero decidí que no estaba dispuesta a sufrir más de lo que ya había sufrido, y supongo que esa decisión que tomé fue la responsable de dinamitar mi matrimonio. ¿Y sabéis qué? Que he sufrido mucho pensándolo y dándole vueltas —muchas más de las que merecía—, pero que ahora mismo me alegro de haberlo hecho. No soy un útero andante, no soy una fábrica de bebés. Y si la persona que está a mi lado decide seguir a mi lado, que sea por mi esencia y por lo que yo soy en realidad.
En definitiva, haber perdido a Leonard de mi vida no ha sido un drama de verdad. Ha sido, en realidad, la oportunidad de comenzar de cero en un lugar tan paradisíaco como este. ¡Estoy en España! ¡Dios, en España!
A ver, comenzaré diciendo y explicando que mi madre es española y que mi padre es inglés. Desde muy pequeña aprendí español, aunque realmente no visité el país en más de dos ocasiones y nunca llegué a practicarlo más allá de la academia y de mi entorno familiar. Y bueno… Acabo de aterrizar en Fuerteventura, una islita del país que es maravillosa y donde, por supuesto, he comprado mi casita. Una casita rural que, dentro de poco, se convertirá en apartamentos turísticos.
Arrastro la maleta y el carro con las bolsas hasta la zona de alquileres de coche. Acabo de aterrizar, y aunque el viaje no ha sido muy largo, me duele la cabeza y me encuentro un poco mareada. Necesito dormir unas cuantas horas y descansar.
Les cuento que tengo un coche alquilado para los próximos días —tengo pensado comprarme uno propio cuando ya esté instalado— y les proporciono los datos de la reserva. Dos minutos después, estoy subida en mi Fiat 500 de marchas automáticas y camino a mi nuevo hogar. Decido poner el GPS, porque lo de guiarme con mapas nunca ha sido mi fuerte, y me doy cuenta de que mientras conduzco se me caen las lágrimas.
Lloro de emoción, por supuesto.
Porque cuando Leonard me dejó hace unos meses sentí que mi vida se acababa. Todos nuestros amigos, que en ese momento eran comunes, se esfumaron y me sentí más sola que nunca. Me sentí perdida.
Y sí, ahora también estoy sola. Pero estoy comenzando de cero, y creo que…
Despejo la mente cuando una moto se salta un ceda al paso y me obliga a dar un volantazo del quince. Estoy a punto de salirme de la carretera —que además conducir por el lado contrario al que estoy habituada no es nada fácil— y al final termino pegando un frenazo en la cuneta. Tengo el corazón a mil por horas. Veo al conductor de la moto derrapar y caer al suelo. El chico —es un hombre el que conduce, creo. Eso interpreto por la vestimenta que lleva— sale disparado hacia un lado y la moto hacia otro.
¡Dios mío! ¡Por Dios! ¿De verdad me tiene que pasar esto a mí? ¿Es que acaso no puedo tener un ratito de paz? ¿Es que el universo se confabula para que todo salga mal y que mi vida no pare de torcerse?
Pongo las luces de emergencia y rebusco en los asientos traseros a ver si, por un casual, hay por aquí un chaleco reflectante. Pero no tengo tanta suerte. Respiro hondo, compruebo que no pasen más vehículos y me bajo del coche con el corazón en un puño, rezando porque el tipo se encuentre bien. ¿Quizás debería llamar previamente a emergencias? ¡Mierda! ¡Joder! ¡Ni siquiera sé cuál es el teléfono de emergencias de España!
Me dirijo hasta él y le escucho haciendo ruiditos. ¡Uf, bien, está vivo!
—¿Estás bien? —preguntó con mi marcado acento inglés—. ¿Te encuentras bien? ¿Hola?
Él se incorpora lentamente y se queda sentado en mitad de la calzada. Yo vuelvo a mirar a ambos lados de la carretera, asustada porque algún coche pueda pasar y llevarnos por delante. Entonces él, el conductor de la moto, se quita el casco. Una sonrisa blanca, de esas de anuncio, ilumina su rostro de oreja a oreja. Es moreno, piel morena, pero oscuro, ojos casi negros. Y debo admitir que, casi con seguridad, podría afirmar que es el chico más guapo que he visto jamás.
—¿Estás bien? —me pregunta, levantándose para caminar en mi dirección—. Siento haberte asustado, me he distraído.
Yo estoy muda. Admito que, si no lo tuviera frente a frente y a un palmo, pensaría que es un modelo de televisión y que estoy viendo un anuncio. ¿Cómo narices puede ser taaaaan guapo?
—Sí, estoy bien.
—Me alegro —asegura él justo antes de darme una palmadita en la espalda.
Me pasa de largo y se dirige hacia su moto mientras yo le miro con gesto de circunstancia.
—Aunque en realidad es culpa tuya —continúa—. Si hubieras ido un poco más despacio…
—¿Culpa mía? —repito, anonadada.
¡No puede ser verdad! ¡Pero sí iba como un caracol!
Entre que no conozco la isla, que voy con un GPS y que aún no me he acostumbrado a conducir por el lado contrario… ¿Pero cómo demonios va a ser culpa mía?
—Pero bueno, no pasa nada —responde, mientras inspecciona su moto—. Lo importante es que todos estemos bien. Incluida ella —añade, dándole un par de palmaditas.
Es una Vespa Beige, de esas antiguas. La verdad es que es preciosa. Me fijo en que tiene un rayón enorme en el lateral derecho, aunque él no parece darle importancia.
—Un poco de pintura y solucionado… —dice, guiñándome un ojo—. Ve con cuidado la próxima vez, ¿vale? Quizás no tengas tanta suerte.
¿Pero cómo demonios se puede ser tan chulo y prepotente? ¿Cómo puede tener tanta caradura?
—¿Perdona? —respondo—. Claramente, todo ha sido culpa tuya. Te has saltado el ceda.
El chico de sonrisa de anuncio se pone el casco, levanta la pantalla y me guiña un ojo de forma divertida y juguetona. Justo después arranca, acelera y… desaparece.
Yo aún tengo el corazón a mil cuando me subo en el coche.
2
Puede que no haya sido el mejor comienzo para mi estancia en España, pero decido que no pienso dejarme llevar por el malhumor y que voy a dar un vuelco a mi llegada. Quiero que sea un día para recordar.
El GPS me indica que estoy solamente a dos manzanas de la playa y, cómo no, de mi nuevo hogar. Admito que no soy experta en reformas, pero también tengo que decir que estoy hecha una manitas y que no se me da nada mal la carpintería. Si el edificio está como se veía en las fotos, entonces yo solita podré encargarme de él. Me llevará tiempo, por supuesto. Y puede que necesite la ayude de un fontanero y un electricista para los temas más tediosos, pero el resto seré capaz de apañármelas por mí misma sin necesidad de mucha ayuda.
Doblo la calle y veo cómo el mar se extiende frente a mí. Las arenas blancas, las dunas y el agua revuelta y oscura. Es precioso, todo lo que veo es precioso. Y lo mejor de todo es que estás serán las vistas con las que, a partir de ahora, me despertaré cada día de mi vida. Es genial.
Veo mi casa de lejos y me da otro vuelco el corazón. Aparco en la calle de enfrente, con el corazón a mil por hora y los nervios a flor de piel. La inmobiliaria que me la vendió se preocupó por hacerme llegar las llaves a mi casa, a Londres, así que ya está todo listo para mi llega. O, bueno, mejor dicho… No hay nada listo y, a su vez, está todo más que preparado.
Me bajo del coche y dejo la maleta en el maletero. Ya me preocuparé por cogerla más adelante. El edificio es precioso, antiguo y no demasiado alto. Dos plantas que, en mi opinión, le proporcionan el tamaño perfecto. En la planta de abajo estarán los apartamentos. Dos pequeños, con una habitación cada uno y un salón con cocina americana que contará con un sofá cama. ¿Para qué más? Y la parte de arriba será para mí, mi hogar, mi nuevo hogar. Y lo mejor de todo es que solamente está a unos pocos metros de la arena y del mar. Respiró. El olor a salitre inunda mis fosas nasales mientras yo cierro los ojos y me digo a mí misma que así huele mi nuevo hogar. A sal. A mar. A arena.
Después cruzo la calle y me dispongo a abrir la puerta principal. Me gusta la fachada. Necesita unas cuantas capas de pintura y, quizás en un futuro, unas ventanas nuevas de PVC. Veo desde lejos que las que tiene son de madera y que dejan filtrar el frío con facilidad, aunque por el momento tendré que conformarme con ellas. No me puedo cambiarlas, así que lo haré será sellar bien las juntas con gomas y pintarlas, para que le den un toque de color a la estancia.
Abro el portón principal y una oleada de polvo me saluda. Paso al interior y me sorprendo al comprobar que hay un pasillo largo, estrecho y oscuro que culmina en unas escaleras que suben a la segunda planta. A cada lado del pasillo dos puertas, que cada una de ellas da a un apartamento de los que tendré que reformar y poner en alquiler. Me pregunto si empezar revisando esa zona o si, directamente, pasar a mi hogar. A la planta de arriba. Decido subir, porque me guste o no, será lo que más urja condicionar para poder vivir tranquila. Y una vez termine con mi casa, entonces podré ponerme manos a la obra con los dos apartamentos.
Al final de la escalera hay otra puerta más. Saco el manojo de llaves y voy probando una a una hasta dar con la adecuada. Cuando paso dentro me doy de bruces con un hall. La pared del fondo es todo un espejo gigante. Me quedo mirando mi aspecto y me doy cuenta de lo desaliñada que estoy. Mi pelo rubio, casi blanco, está revuelto y atado en un moño alto que más bien parece un nido para pájaros. Voy vestida con unos leggins y una camiseta de tirantes negra que tiene casi más años que yo. En los pies, unas deportivas que más bien parecen un horno. A pesar de que estamos en otoño, en la calle debe de hacer uno veinticinco grados centígrados o más. Y en la casa, parecido. Se nota que llevaba mucho tiempo cerrada y que el calor se ha ido condensando dentro.
Paso de largo hasta la zona del salón, que es inmensa. ¡Me encanta! ¡Es preciosa!
En dos minutos, me imagino todo lo bonito que lo puedo dejar y que emociono de la misma, deseosa de empezar manos a la obra cuanto antes. La cocina también es americana, abierta a la estancia, y aparte de eso tengo otras tres habitaciones más y un baño de tamaño considerable, con bañera. No soy muy partidaria de las bañeras, pero una vez más, esa es una obra que tendré que posponer hasta que me recupere de la inversión. Tengo pensando que, en un mes, quizás dos, podré poner en marcha los apartamentos. Si no son los dos, al menos uno. Eso sería lo ideal, porque según mis cálculos podré permitirme vivir de mis ahorros ese tiempo y poco más. Tres meses, quizás, a lo sumo. Todo eso dependiendo del dinero que invierta en la reforma.
Repaso cada estancia y cada centímetro de mi nueva casa con ilusión. Sí, está anticuada y necesita una actualización, pero me encanta. Y estoy taaaaan emocionada que casi no puedo controlar las ganas de echarme a llorar. Siento cómo la lagrimita me recorre la mejilla derecha mientras en mi mente intento proyectar a todas esas personas que me dijeron que estaba cometiendo una locura, que no sabía dónde me estaba metiendo o que, no era ser valiente, sino ser inconsciente. Ojalá se equivoquen, pienso. Porque después de tantos golpes que me ha dado la vida, necesito que esto me salga bien.
Empiezo por abrir todas las ventanas para airear la estancia. Huele ha cerrado y necesita ventilación. Después subo la maleta y hago una pequeña lista mental de lo que necesito para poder ir empezando: pintura, muchos litros de pintura, lijas para nivelas las paredes y mucha paciencia para vaciar el lugar.
La cocina es antiquísima, pero me consuelo diciendo que podré apañar esos armarios con un poco de papel vinílico y muuuucha paciencia. Sí, creo que sobre todo necesito eso: mucha, muchísima paciencia.


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