Así soy de Silvia Luz Sánchez Sánchez

A compartir, a compartir! Que me quitan los posts!!

***SOLO HOY Las Guerreras Maxwell, 8. Mírame y bésame de Megan Maxwell

Regresa Megan Maxwell con una novela romántico-erótica tan ardiente que se derretirá en tus manos.

Sexo. Familia. Diversión. Locura. Vuelve a soñar con la nueva novela de la autora nacional más vendida…  

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¿Seguir escondiéndose y aparentar lo que no era o confesarle a todo el mundo lo que había sentido desde siempre?

Una difícil decisión, meditada durante demasiado tiempo, que llevará a nuestro protagonista a una situación extrema.
Adrián no es más que el reflejo de muchos adolescentes, chicos y chicas que, en su misma situación, se preguntan durante mucho tiempo qué hacer por miedo a la respuesta de los demás.


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  1. CAPÍTULO 1

    Primer día de clase

    Abrió los ojos cuando sonó el despertador y Adrián, a pesar de que la noche anterior había puesto una segunda alarma diez minutos más tarde por si se quedaba dormido (algo que solía sucederle muy a menudo en agosto) la apagó puesto que llevaba ya un rato despierto. Le ponía muy nervioso el primer día de clase. Desde pequeñito siempre había sido un día diferente al resto del curso por la emoción de reencontrarse con aquellos compañeros a los que no había podido ver durante todo el verano, volver a ver a los que sí habían compartido los días estivales con él y por conocer a los que habían llegado nuevos a su centro por diferentes motivos siempre.

    Él era un chico muy extrovertido al que nunca le había costado hacerse con nuevas amistades, un chico muy afable y educado con todo el mundo (fuera de la edad que fuera) ya que así se lo habían transmitido sus padres intentando siempre enseñarle una buena educación basada en el respeto y la solidaridad con los demás. Nunca había tenido problemas serios con nadie, quizás las discusiones típicas entre amigos que se odian por un momento y que, a las dos horas, vuelven a reír juntos como lo han hecho siempre.

    El último curso había sido algo más duro de lo que estaba acostumbrado, un cuarto de la ESO en el que había tenido que dedicar más tiempo que nunca a los estudios, pero este nuevo curso presagiaba que iba a ser muy bueno.

    Permaneció acostado un poco más recordando los buenos momentos que había vivido el curso anterior con sus compañeros y amigos. Sonó la segunda alarma y la canción de Lady Gaga que había seleccionado la noche anterior lo sobresaltó haciendo que pegara un salto en la cama y saliera de ella.

    Agarró su móvil, buscó su lista de reproducción de música favorita en la aplicación que solía utilizar habitualmente y se metió directo a la ducha. Quería sentirse a gusto consigo mismo. Le encantaba ir recién duchado al instituto y que todo el mundo le dijera siempre lo bien que olía por las mañanas cuando se sentaba en su pupitre, era… su seña de identidad. Salió de la ducha y notó un fresquito por el cuerpo fruto del madrugón. Entró a su habitación de nuevo y comenzó a vestirse.

    La noche anterior había dejado preparada su indumentaria de ese día, sin embargo, esa misma mañana ya no le parecía lo suficientemente buena como para un primer día de clase, así que abrió de nuevo el armario y comenzó a sacar camisetas de todos los colores, muchas de ellas con mensajes motivadores o con nombres de sus grupos de música favoritos: Queen, Elton John, George Michael, Madonna, Lady Gaga…

    Eligió la que parecía predestinada a ese día tan especial, una en la que una conocida marca había estampado un mensaje en el que se leía “Hoy será un día genial” y comenzó el mismo ritual que antes, pero esta vez para los pantalones decidiéndose, finalmente, por unos vaqueros algo más ajustados que los que preparó la noche anterior.

    Entró al baño y cepilló su pelo castaño con tanta delicadeza como lo hacía su abuela cuando todas las mañanas se lo peinaba antes de irse al colegio y recordó lo que siempre le decía: “Si te gustas a ti mismo, gustarás también a los demás” y fue corriendo de nuevo a su habitación a por el colgante que ella le regaló. Era su secreto. Carmen, su abuelita, le había contado un tiempo antes de dejarlos que la gente siempre le decía lo bien que olía y que a ella le encantaba escucharlo. Por eso, llevaba siempre colgado su relicario, pero en lugar de guardar dentro una o dos fotos de algún familiar como hacía todo el mundo, ella metía cada mañana un trocito de algodón empapado en su perfume favorito. El día que comenzó su enfermedad se lo regaló a él y le dijo que hiciera lo mismo para que impregnara con su olor cualquier espacio que pisara y siguiera manteniendo esa costumbre que llevaba haciendo toda su vida, así que Adrián continuó con esa tradición encantado. Cada mañana, tras acicalarse bien, cogía su guardapelo y le colocaba delicadamente su algodón embebido en su colonia favorita. Al cerrarlo, siempre repetía las mismas palabras: “Ya estamos listos, abuela” y sonreía mientras guiñaba un ojo a aquel chico guapo que se reflejaba en el espejo.

    A Adrián le gustaba mucho cuidarse y mimarse. Por suerte, sus padres tenían un buen trabajo y podía permitirse muchos de los caprichos que solían querer los jóvenes a sus 16 años. Además, al ser hijo único, solía conseguir casi todo aquello que deseaba, siempre que no fuera algo con un precio desorbitado o completamente innecesario.

    Le gustaba mucho ir bien vestido ya que, a pesar de que su físico no era el que él hubiera deseado porque su complexión era más bien débil, siempre procuraba ir a la última, bien peinado y, cómo no, oliendo perfectamente bien.

    Bajó a la cocina y encontró a su madre preparando el desayuno para toda la familia. Notó el olor a café y pan recién tostado que impregnaba el ambiente conforme cruzó el umbral de la puerta.

    —Buenos días, mamá —dijo mientras aparecía envolviendo con su perfume toda la cocina.

    —Buenos días, cariño —contestó su madre mientras se giraba hacia él con un gesto raro en la cara. —¿No crees que te has pasado con la colonia hoy? —preguntó haciendo una mueca rara y con un tono un tanto exagerado.

    —Bueno, igual se me ha colado alguna gota de más, pero es el primer día y ya sabes lo importante que es ese día para causar buena impresión entre los compañeros, sobre todo, los nuevos —le contestó con una pícara sonrisa que a su madre le encantaba.

    Estaban a medias de las tostadas con aceite y queso fresco que habían preparado de desayuno cuando bajó su padre. Adolfo era un hombre serio, aunque muy amable y cariñoso con su familia. Había ido forjando su carácter en base a su puesto de trabajo, un cargo al que había dedicado más de media vida. Era directivo en una gran empresa dedicada a la hostelería y llevaba muchos años, quizás demasiados, luchando con “peces gordos” tanto de otras empresas como de la suya propia para que a su hijo y a su mujer no les faltara de nada nunca. Un hombre que, debido a todos los problemas con los que tenía que lidiar durante el día, llegaba a casa demasiado cansado y sin muchas ganas de conversación por las noches. Un hombre que, a pesar de tener todo lo que otros muchos hubieran deseado, nunca parecía estar feliz del todo. Adrián siempre pensaba que su padre debía sonreír más, pero no se atrevía a decírselo ya que su seco carácter no hacía fáciles algunas conversaciones.

    Dio un bocado al trozo de tostada que le quedaba y le pidió un café con leche a su madre, que ya le había preparado su habitual vaso de leche con Cola-cao matutino.

    —¿Café con leche? —preguntó la madre sorprendida —. ¿Desde cuándo tomas tú café? —.

    —Lo probé el otro día en la plaza del castillo, aunque era granizado, y me gustó. Mamá, tengo ya 16 años y creo que ya puedo empezar a tomar café, ¿no? Además, hoy es el primer día y llevo todo el verano durmiendo hasta las tantas, no quiero que me entre sueño tras la primera clase de Historia, por favor —y juntó sus manos en señal de petición poniéndole esa carita que tenía muy bien aprendida a la que su madre nunca podía decir que no.

    Salió de casa eufórico, no solo por el café, sino por la emoción del reencuentro con el insti, los profesores y sus amigos Álex, Laura e Irene. Cogió la línea de bus que le llevaba hasta la acera de enfrente del instituto.

    Empezaba el bachillerato y no se lo podía creer. Sentía diferentes cosas en su estómago: por un lado, lo tenía encogido por la emoción de comenzar esa nueva etapa; por otro, sentía miedo a no estar a la altura ya que todos los profesores, en 4º de ESO, se habían encargado de dejar bien patente el salto que había de una etapa a otra. También los amigos que hicieron este curso el año pasado se lo habían ratificado y toda esa seguridad con la que contaba en su vida personal le faltaba en los estudios.

    Ya en el autobús se pasó todo el tiempo que duró el trayecto saludando a compañeros de otros años y entonces recordó que este año tampoco iba a encontrarse con Clara en clase, lo que hizo que, por un momento, su semblante cambiara y desapareciera de él esa sonrisa que le había acompañado desde que se había despertado.

  2. CAPÍTULO 2

    Mejor amiga

     

    Clara había sido su mejor amiga desde siempre. La conocía desde infantil. Era una chica muy alegre y cariñosa con todo el mundo, lo que hacía sentir a Adrián que había encontrado a su alma gemela. Físicamente con algunos kilitos de más para su estatura, pero con una cara de ángel que todos admiraban y todas envidiaban.

    Sus padres se habían trasladado, por motivos laborales, a la ciudad vecina y, a pesar de que la distancia era mínima, solo 14 kilómetros separaban su vida de siempre de la nueva, se habían trasladado a vivir allí, dejando su casa del pueblo como “la casa de vacaciones”. También, debido a ese traslado, a Clara se la habían llevado en 4º de ESO a un instituto de esa misma ciudad, lo que rompió a Adrián en dos pedazos ya que, con su hija, se llevaban a un trocito de sí mismo a 14 kilómetros de distancia. Llevaban juntos toda la vida, se conocieron con solo un añito y hasta el año anterior, no se habían separado nunca.

    Como todos los años, habían pasado todo el verano juntos, pero comenzaba septiembre y, con él, las clases en diferentes institutos y sus vidas en diferentes ciudades, aunque por las tardes seguirían viéndose casi a diario y, por supuesto, los fines de semana también ya que sus padres preferían relajarse en la casa de la playa.

    Seguía pensando en ella cuando alguien tocó avisando al conductor de la siguiente parada y Adrián, al notar el frenazo que dio el conductor, se percató de la llegada a su destino. Bajó del bus junto a muchos más estudiantes (algunos conocidos y otros no) y lo vio. Por un momento se quedó mirando esa fachada que tantas veces había visto antes, pero en ese mismo momento se dio cuenta de que nunca lo había observado. Se fijó en la larga escalinata de la puerta de acceso al instituto y le pareció más larga que nunca. También le pareció más viejo que nunca ya que estaba algo más deteriorado…— Otro año más aquí, qué pereza —pensó para sus adentros.

    Al entrar al edificio, el recibidor estaba abarrotado de alumnos nerviosos buscándose en las listas que había colgadas en los tablones de la entrada para encontrar sus clases. Como todos los demás, él hizo lo propio, buscó su nombre y apellidos y comprobó su clase, 1º Bach. B. Inmediatamente después, comenzó a leer, entre empujones de todos los compañeros que ansiaban también conocer sus grupos, uno por uno los nombres de todos los que iban a ir a su clase: María, Irene, Álex, Rodrigo, Laura, Ethan… ¿Ethan? Y se alegró porque a muchos de ellos no los había visto en todas las vacaciones.

    —Mierda, las nueve y diez, llego tarde —se dijo a sí mismo mientras corría escaleras arriba hasta encontrar su clase. — 4º A, B, C, 1º A… ¡1º B! —.

    Tocó a la puerta mientras notó cómo una gota de sudor le corría por la espalda. Pasó el reverso de la mano derecha por detrás disimuladamente y se la secó mientras abría la puerta preguntando: —¿Se puede? —.

    —Se puede llegar antes —le contestó Sara, que ya había ocupado su lugar delante de la pizarra y automáticamente mostró esa sonrisa que reproducía siempre que les daba algún corte en clase.

    Sara era su profesora de Lengua que, casualmente, ese año se presentó también como su tutora de grupo. A Adrián le hizo mucha ilusión, puesto que siempre había sido su profesora favorita y pensaba que, sobre todo, este año era cuando más la iba a necesitar por la presión del bachillerato. Era una profesora muy seria en clase, pero muy enrollada fuera (en patios, excursiones o durante los intercambios de clase todos los alumnos la buscaban para hablar con ella) y siempre estaba dispuesta a ayudarles y escucharles cuando la habían necesitado.

    Buscó un sitio vacío y se sentó. Los compañeros le fueron saludando conforme fue pasando por su lado en los pupitres. Aunque las mesas estaban dispuestas en parejas, el pupitre que había junto al suyo estaba vacío así que no sabía si era de alguien que había faltado o se trataba de una mesa que sobraba.

    Comenzó a sacar su material – una libreta y un estuche – y a ponerlo sobre la mesa cuando volvió a escucharse un traqueteo en la puerta. La profesora interrumpió nuevamente su discurso y afirmó en tono sarcástico: “Otro al que se le han pegado las sábanas hoy”.

    La puerta se abrió y apareció un chico al que Adrián no había visto nunca.

    —Buenos días, ¿puedo entrar? Perdón, es que no encontraba la clase —dijo con tono firme mientras se apartaba un mechón que se había separado del resto y le caía sobre la frente tapándole un poco los ojos.

    —Claro, pasa, pero aprovecho esta segunda interrupción —dijo poniendo énfasis en lo de segunda para que el chico nuevo no se sintiera aún más avergonzado —para recordaros a todos que las clases empiezan a las nueve y hoy porque es el primer día, pero a partir de mañana no entra nadie fuera del horario establecido. Tendréis que quedaros fuera y esperar a la siguiente clase, no podéis interrumpir constantemente una vez han comenzado, ¿de acuerdo? Ni a primera ni a ninguna —respondió la profesora algo molesta y con contundencia.

    El chico nuevo miró a Adrián para preguntarle si se podía sentar junto a él, lo hizo y se presentó a él ofreciéndole su mano. Adrián hizo lo mismo y ambos se percataron del silencio que se había creado en clase ya que Sara se había callado y estaba esperando a que acabaran cruzada de brazos y con cara ya de pocos amigos.

    —Bueno, ya que han comenzado las presentaciones y tenemos un alumno nuevo, vamos a presentarnos todos y a decir cuáles son nuestras aficiones, así Ethan, ¿verdad?, sabrá algo más de todos nosotros. Como parece que, aunque os conozcáis ya muchos años, siempre os da vergüenza este momento el primer día empezaré yo misma: Mi nombre es Sara, voy a ser vuestra tutora y la profe de la asignatura más bonita de todas, Lengua, durante este curso. Me gusta mucho bailar (ya lo sabéis los que me conocéis), leer buenos libros y ver que mis alumnos escriben y hablan bien, ahí lo dejo. ¿Quién quiere seguir? —preguntó pasando su mirada por todas las filas de clase y sentándose tras la mesa de profesor.

    Uno a uno fueron todos haciendo lo mismo y, cuando llegó el turno de Ethan se presentó como un chico que disfrutaba mucho cuidando su cuerpo, algo que corroboraba su físico. Era alto, moreno de pelo y piel, con un cuerpo muy definido para su edad, igual demasiado trabajado en el gimnasio, y unos ojos verdes gigantes, que pusieron a Adrián aún más nervioso cuando lo miró.

    El primer día, como cada inicio de curso, pasó entre presentaciones de profesores y de sus asignaturas (cómo iban a organizar sus temarios, porcentajes de las notas, etc.) y sin hacer mucho más. Se escuchó la palabra selectividad unas cien veces y, aunque aún faltaban dos cursos enteros para que llegara, eso hizo que el día fuera algo recurrente y más aburrido de lo que Adrián y todos sus compañeros de clase esperaban.

  3. CAPÍTULO 3

    Más dudas

    Estaba en casa solo, sus padres aún tardarían en llegar ya que seguían en sus correspondientes trabajos: Adolfo, dirigiendo su departamento y asistiendo a una reunión tras otra; y Luisa, empleada de marketing en una pequeña empresa.

    Cogió el móvil y abrió el whatsapp para hablar con su amiga Clara:

    —Hola, preciosa, ¿qué tal tu primer día?

    —Aburrido, todos los primeros días de curso son iguales: llego emocionada y los profesores hacen que me deprima en cuanto empiezan a decir lo que van a dar, cómo lo van a calificar, etc., etc. ¿Y el tuyo?

    —Pues igual, salvo por una cosa… —(e insertó una carita feliz).

    —¿Una cosa o una persona? —dijo en tono divertido demostrando lo mucho que se conocían.

    —Bueno, alguien nuevo. Ha entrado hoy. Viene de Madrid por no sé qué del trabajo de su padre…

    —Uf, eso me suena.

    —Sí, la verdad es que parece simpático.

    —¿Simpático? ¿Cómo es? ¿Le has hecho alguna foto? Cuenta, cuenta…

    —¿Qué dices, loca? ¿Cómo le voy a hacer una foto? Lo primero que nos ha dejado claro Sara es que los móviles están terminantemente prohibidos en clase.

    —¿Sara? ¿Es vuestra tutora? ¡Jo, qué suerte! La nuestra se llama Dolores y creo que su nombre ya nos indica lo que vamos a sentir este año en sus clases —y soltó un bufido que retumbó en los oídos de su amigo.

    —Jajaja, ¡qué exagerada eres!

    —Ale, sí, pero no te desvíes del tema. ¿Cómo es? —volvió a preguntar con insistencia.

    —Jajaja, ¡qué tenacidad, hija! Pues es alto, moreno, fuerte y con unos ojos verdes que quitan el hipo.

    —Oooooohhhhh, creo que alguien se ha enamorado… —soltó en tono jocoso con una musicalidad ridícula.

    —No sé, Clara. Me ha gustado, lo reconozco, pero creo que es demasiado hombre para mí.

    —¿Qué dices? Aún no sabes nada de él, no te empieces a rallar sin sentido —afirmó tajante.

    —Además, no creo que le gusten los chicos, las miraditas que han intercambiado él y Laura no me han hecho presagiar lo contrario.

    —Bueno, vamos a ver qué pasa cuando lo conozcas más. Te tengo que dejar, mi madre está pegando gritos diciéndome que baje a no sé qué. Luego hablamos.

    —Vale, ¡te quiero!

    —Y yo a ti, ya lo sabes. Te he echado de menos en clase y en el patio y en la cantina…

    —Yo a ti más —la interrumpió Adrián para que cortara el rollo.

    Se tumbó sobre su cama, se conectó con el móvil a su música y extendió los brazos a ambos lados mientras cerraba los ojos para seguir dándole vueltas al mismo tema. Tenía mil dudas que le rondaban en su cabeza. Ese verano lo había hablado muchas veces con Clara. Estaba cansado de pensar en eso desde hacía ya años. Por primera vez en su vida, sentía la necesidad de contarlo, decir ya lo que llevaba ocultando tantos años. Necesitaba poder ser él de una vez por todas y dejar de fingir algo que no era; decirle a todo el mundo que no era como ellos creían, hacerles ver a sus padres que no iba a traer nunca a esa novia por la que tanto preguntaban, que jamás le habían interesado esos deportes a los que lo habían apuntado cada año, como extraescolar, desde que su memoria le permitía tener recuerdos, que lo que le interesaban eran otro tipo de cosas y, sobre todo, de personas… pero aún no sabía cómo hacerlo porque le preocupaba cómo se lo tomarían sus familiares y amigos.

    Hasta ese momento solo había podido hablar abiertamente de sus sentimientos con dos personas: su amiga Clara y su abuela Carmen, pero su abuela, con la que tanto disfrutaba en esas conversaciones vespertinas que mantenían cuando volvía del instituto, les había dejado hacía justamente un año y medio. La echaba tanto en falta… Siempre había podido hablar con ella de todo. Echaba de menos esas tardes de invierno en las que preparaba chocolate caliente y ambos se sentaban a ver alguna película antigua aguardando la llegada de sus padres desde el trabajo.

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