Aunque no lo sepas PDF

Max regresa a Madrid seguidamente de una larga recibidora en Londres, con un divorcio a sus columnas vertebrales, una noticia andanza empresarial y un sobrino rebelde, Coque, al que su fulana Florencia le ha resuelto la representación de centrarle.

Max acepta la catequesis, luego con pinzas porque no piensa abofetear a Coque en su residencia, sino en el ático de enfrente que tiene alquilado a Blanca, cuyo convenio está aproximado a caducar.

Blanca no está dispuesta a renunciar la nidal por nada del universo, es el almacén adonde más se inspira para su tajo y adonde parasita desde hace meses Ben, su profesor de yoga, que está a sitio de venir a sus quesos. O eso cree y por eso le propone a su propietario que Coque se vaya a palpitar con ellos.

A Max le parece un dislate que su sobrino conviva en el vorágine de Blanca, empero fue la primera señora que le rechazó, cuando tenía siete años y esas cosas no se olvidan.

La revancha se sirve en plato congelado y Max piensa disfrutarlo con palomitas y binóculos, desde el ático de enfrente adonde disfruta de su mandato, de su paz y de su aproximación.

Por un rato… porque Coque no para de liarla parda y Blanca es demasiada Blanca…

 

 

 

PRIMEROS CAPÍTULOS

Capítulo 1
Max todavía no entendía qué hacía llamando a la puerta de su inquilina, pero
ahí estaba con su mejor cara de perro y agotado después de una larga jornada
laboral, tocando el timbre con una irritante persistencia.
Blanca escuchó el timbre y sonrió: su casero parecía un poquito ansioso, sin
embargo estaba convencida de que con la dosis justa de persuasión, jamón y
vino, acabaría aceptando su propuesta.
—¡Hola! ¿Qué tal? Soy Blanca, no sé si te acuerdas de mí… —se presentó con
su mejor sonrisa, tras abrir la puerta y darle dos besos rápidos a Max que estaba
tieso como el palo de una escoba.
Él la miró sorprendido y pensó que cómo no iba a acordarse de la tía que le
rompió el corazón cuando apenas tenía siete años. Y encima la muy cabrona
seguía igual, con los ojazos verdes de pupilas enormes, la boca de geisha, la
nariz respingona, las pecas que le volvían loco y hasta una faldita de tablas
marrón que le recordaba a la que llevaba en el colegio. ¿Se podía ser más
cruel?, pensó.
—Para no acordarme —masculló con el ceño fruncido.
Blanca pensó que a pesar de que no veía a Max desde hacía mil años, seguía
siendo el mismo de siempre: ojos azules, nariz larga y torcida, cara de asco y el
mismo tupé del que se enamoró sin remedio.
—Sí, es verdad. Para no acordarse… —replicó Blanca, suspirando de
nostalgia.
—Debiste de disfrutar muchísimo aquel bofetón que me metiste a tenor de la
profundidad de tu suspiro —dijo Max, molesto y muerto de calor porque, a pesar
de ser primeros de septiembre, hacía un día de pleno verano.
Blanca le miró perpleja, soltó una carcajada y le recordó:
—¿Qué esperabas? Te dije mil veces que dejaras de llamarme “Sandwichito”.
—Era cariñoso, nunca me entendiste —explicó Max en un tono grave.
—Sí, claro, decirle a alguien que tiene la cara cuadrada es muy cariñoso —
ironizó Blanca entre risas.
—A mí me encantaba tu cara de sándwich, aunque ahora se te han afilado los
rasgos. —Y estaba guapísima, siempre lo había sido, pero ahora más, pensó,
pero no se lo dijo.
—Tú en cambio sigues teniendo la misma cara de malo de siempre —comentó
Blanca, con una sonrisa enorme.
—¿Malo?
—Te llamaba MaxMalo ¿no te acuerdas?
—Lo recuerdo todo, Sandwichito… Y era tan inmerecido… —bromeó sin
mover ni un solo músculo.
—No me hagas reír. Inmerecido… Jajajaja. Te pasabas el día poniéndome en
evidencia, sacando puntilla a todo lo que decía, te partías de mí en clase de
gimnasia…
—Sí, y tocabas la flauta como un mono loco, pero solo quería llamar tu
atención.
—Y siempre con una cara de asco… —siguió Blanca recordando.
—No tengo otra. Y funciono muy bien con ella. Es importante tener
controlada la gestualidad. Con los gestos no se puede mentir tanto como lo
hacemos con las palabras.
—Eso es cierto, a mí suelen traicionarme mis gestos con frecuencia. Venga,
pasa, no te quedes ahí… —le indicó Blanca, con un leve movimiento de cabeza.
—Paso, pero no te hagas ilusiones. No hay nada que negociar. Se acaba el
contrato y necesito mi casa para mi sobrino.
Blanca cerró la puerta, condujo a Max hasta el salón y le pidió en voz baja:
—Déjame que te lo explique… ¿Quieres tomar algo?
—No, gracias. Solo quiero que terminemos cuanto antes y marcharme a casa a
cenar —respondió mirando sorprendido la decoración de la casa.
Y la verdad era que parecía otra, las paredes que estaban cubiertas con un
papel pintado con hojas de plantas exóticas y todas las piezas modernas que
había escogido Blanca combinaban a la perfección con los muebles que su
abuelo Maximiliano se había traído de la India, el piano del año de la pera y
hasta el viejo tocadiscos que tal vez hasta funcionaba…
—A Ben le encantan los muebles de tu abuelo —susurró Blanca con los ojos
chispeantes.
—¿Quién es Ben? —preguntó Max al que ese nombre le sacó del estado de
ensoñación nostálgica en el que estaba inmerso.
—Es mi profesor de yoga, vive conmigo y ahora está dando clase online en su
habitación. Por eso te estoy hablando en voz baja, aparte de que no quiero que se
entere de lo que quiero contarte.
—¿Estáis liados? —quiso saber Max, para su propia sorpresa, porque él no era
para nada cotilla.
—Ojalá, por eso necesito que me renueves el contrato.
Max tenía tanto calor que se quitó la chaqueta del traje oscuro que llevaba y
luego le pidió a Blanca, mientras se remangaba las mangas de la camisa:
—Tengo la garganta seca, dame algo de beber y pon el aire un poco, por favor.
Conociéndote seguro que lo de ese Ben es una historia para no dormir.
—¿Cómo que conociéndome? Perdona, pero te recuerdo que la última vez que
nos vimos teníamos nueve años —inquirió Blanca, arrugando el ceño.
—Pero sigo tus andanzas a través de Simona, la de la agencia inmobiliaria,
cuando me pasó tus datos como inquilina perfecta, me chivó algunas de tus
rachas de mala suerte.
Blanca pensó que siempre pecaba de lo mismo: hablaba demasiado.
—No sé de qué me estás hablando —mintió porque lo sabía perfectamente. Se
había sincerado tanto con Simona que se temía lo peor.
—Lo entiendo puesto que la cosa es como para olvidarla, pero yo te refrescaré
la memoria: perdiste un trabajo muy bueno en una constructora porque tu jefe
huyó perseguido por la Interpol. Luego, trabajaste de camarera en Irlanda, pero
tuviste que dejarlo después de que tu jefe borrachín y endeudado hasta sus cejas
de oso no te pagara el sueldo de tres meses. Entonces fue cuando regresaste a
Madrid y te colocaste de comercial en una fábrica de patatas fritas…
—Me sé mi vida. No hace falta que me la refresques… —le interrumpió
Blanca, muerta de la vergüenza.
—Como dudabas de lo que sabía sobre ti…
—Lo que no entiendo es cómo me alquilaste la casa después de semejante
currículum.
—Confío totalmente en Simona. Te echó las cartas y me aseguró que tu racha
de mala suerte había pasado. Que veía prosperidad en tu vida al menos para los
próximos tres años, justo el plazo para el que quería firmar el contrato.
—No te pega para nada confiar en tarotistas…
—Soy una caja de sorpresas —replicó Max, arqueando una ceja.
—Pero el caso es que acertó, desde que monté mi propia empresa no me
puedo quejar. Por eso no puedo marcharme de aquí, esta casa es todo para mí, mi
oficina, mi hogar, mi refugio…
—No me hagas chantajes emocionales baratos y pon el aire acondicionado de
una vez.
—Ben no lo soporta: contamina y es malo para salud. Pero bueno, lo pondré
un ratito —susurró mientras buscaba el mando para encenderlo.
Luego, se marchó a la cocina y regresó con una botella de vino, dos copas y
un plato de jamón.
—¿Ben te deja comer jamón? —preguntó Max con guasa.
—Dice que tiene vibración de muerte, no puede verlo. Pero yo lo suelo comer
a escondidas.
Max se metió un trozo de jamón en la boca, en tanto que Blanca le servía el
vino. Si bien, en ese justo instante, de repente se escucharon unos jadeos
provenientes de la habitación del fondo, cada vez más fuertes, más rápidos y más
intensos…
—Ah, ah, ah, ah, ah…
Max, que por poco no se atragantó con el jamón, le preguntó a Blanca:
—¿Tú estás segura de que ese tío está impartiendo clases de yoga? Porque
más bien parece que se la esté pelando a dos manos…
—Tranquilo —explicó Blanca, sosteniendo un trozo de jamón—. Es la
respiración de fuego, viene muy bien para el estrés y la ansiedad. Te lo reajusta
todo…
—Será a él, porque a mí me está poniendo de los nervios.
—Pues todavía tiene para rato. Vamos mejor fuera a la terraza y te sigo
contando…
Capítulo 2
Max salió a la terraza con vistas a la Gran Vía cuando ya la noche había caído
completamente, pero lo que más le llamó la atención fue la cantidad de plantas
que Blanca tenía…
—¿Este tío tiene una plantación de marihuana en mi terraza? —preguntó
ofuscado, desaflojándose el nudo de la corbata.
—Calla, anda. No seas paranoico. Son jazmines, me encanta abrir la ventana
del dormitorio cuando no hace frío y que me invada el olor de las flores.
—No se ve nada, ¿cómo quieres que distinga? Pero me gusta… ¿Y eso de ahí
qué es? ¿El yogui no será también psicoanalista? —preguntó señalando un diván
rojo que estaba un poco más allá.
—Es mío. ¿Tú no sabes que la imaginación se desata cuando estás en
posición horizontal?
Max esbozó media sonrisa perversa y luego contestó mordaz:
—¿De qué me estás hablando ahora, Sandwichito?
—¡Vete a la mierda, tío! —replicó Blanca, muerta de risa.
—De verdad qué grosera. ¿Esa es tu estrategia para camelarte a tu casero?
—En serio, me encanta trabajar tumbada. Fluyo mucho mejor, por eso tengo
ese diván ahí. Lo encontré en el Rastro y no imaginas la de ideas brillantes que
se me han ocurrido ahí tumbada…
—Yo tumbado hago otras cosas… Bueno, hacía… Pero no estoy aquí para
hablar de eso.
—Pues yo sí —reconoció Blanca, dando un pequeño sorbo de la copa que
llevaba en la mano.
—¡No me jodas que me vas a hablar otra vez del Osito Yogui!
—Estoy colgadísima de él. Me apunté a sus clases hace un año y me volví
loca, tiene una mirada tan profunda, una sonrisa preciosa, una voz que te
envuelve, unas manos largas y fuertes, unos rizos salvajes…
Max dio un sorbo a su copa y la interrumpió antes de que siguiera con la
descripción de otras partes de la anatomía de ese tío que ya le caía gordo, así sin
más, y fue al grano:
—Necesito la casa para finales de mes, me gusta mucho cómo la tienes
decorada. La quiero tal cual está… jazmines y diván incluidos. ¿Cuánto me
cobras por las piezas de tu adquisición? No mucho que casi todo tiene pinta de
que fueron gangas.
—Que no puedo irme, Max. Primero porque este lugar es muy inspirador,
nunca he trabajado tan bien como aquí.
—No digas bobadas, la ciudad está llena de pisos igual o más inspiradores que
este.
—Qué va. Un ático así, con tanta magia y encanto, con vistas a la Gran Vía,
los muebles de tu abuelo, la terraza y a tres pasos del centro del yoga de Ben.
¡Imposible! ¿Dónde voy a encontrar algo parecido?
—¡Qué pesada con Ben! ¿Y a todo esto por qué tienes metido en tu casa al
yogui? Dime la verdad: ¿ha vuelto tu mala racha?
—¿Qué dices? Me va mejor que nunca con la agencia profesional de
redacción multilingüe que monté con mi amiga Casilda. Además ahora tengo un
nueva línea de negocio, desde hace un par de años también me dedicó a la
asesoría de moda.
—Es verdad, que tienes un módulo de estilismo en la St. Martins —recordó
Max.
—¿Eso se lo he contado a Simona alguna vez? —preguntó intrigada porque no
recordaba habérselo dicho nunca.
—Lo pone en tu perfil de Linkedin. ¿Tú nunca me has buscado? —inquirió
entornando los ojos.
—¿Yo? ¿Para qué?
—Curiosidad. Todo el mundo lo hace, es normal buscar a los amigos del
colegio y demás…
—Ya, pero tú eras mi enemigo.
—Con más razón para saber de mí —replicó con esa sonrisita perversa, otra
vez.
—Pues no. Ninguna. Te tenía completamente olvidado hasta que Simona me
pasó el contrato de alquiler y vi tu nombre: Max Sánchez Mallow. Solo podías
ser tú: MaxMalo.
—Yo cuando vi el tuyo pensé que jamás había conocido a nadie con tan poco
tino para elegir a sus jefes y que no podemos escapar al destino, por supuesto —
concluyó Max, encogiéndose de hombros—. Más de veinte años después
estamos otra vez frente a frente… —comentó, clavándole la mirada.
—Sí, porque el destino te da otra oportunidad para que esta vez seas bueno
conmigo y me dejes que siga viviendo en tu casa. En ningún otro sitio soy tan
creativa y solo tengo que asomarme a la terraza para encontrar inspiración para
los estilismos de mis clientes.
—¿Y quiénes son tus clientes? Porque por aquí debajo pasa cada fauna… O es
eso… ¿Te va de pena con el negocio de los estilismos para tiesos y por eso le
tienes alquilado al yogui una habitación?
—¡Mira que inventas! Los clientes de mi asesoría de moda son casi los
mismos que los de la agencia. De hecho, todo comenzó cuando uno de mis
clientes me pidió consejo porque no sabía cómo acudir a una reunión donde se
jugaba mucho. Era un hombre grande, bastante voluminoso, de pelo cano y
barba abundante…
—¿Quién era? ¿El Yeti?
—Es secreto profesional. Solo puedo decirte que encontré el traje perfecto:
uno enorme de tres botones para estilizar su figura, luego le aconsejé que se
pusiera una camisa de rayas verticales, una corbata maravillosa y unos buenos
zapatos de cordones… Y ¡su reunión resultó un éxito! A partir de ahí empezó a
funcionar el boca oreja y aquí estamos… —dijo haciendo la uve con los dedos.
Max apuró su copa y preguntó porque no entendía nada:
—Entonces ¿para qué tienes metido en casa a ese yogui con tirabuzones
salvajes?
—Porque me encanta. Ya te lo he dicho… La verdad es que fue un flechazo —
suspiró apurando la copa—, y cuando un día de lluvia tan horrible como
romántico me confesó que estaba en la mierda, ni me lo pensé. Le ofrecí mi casa
y aquí me tienes dispuesta a dárselo todo, en cuanto me lo pida.
—O sea que el yogui está de gorra… Es un jodido cuco de voz envolvente.
—No imaginas lo mal que está el mundo del yoga, ahora cualquiera se hace
un curso de doscientas horas y ya es profesor… Hay muchísima oferta y los
precios de las clases cotizan a la baja. Ben trabaja cuatro horas al día en el centro
de yoga de la esquina impartiendo un yoga fitness muy exigente, que le tiene
destrozados los hombros y las rodillas.
—¿Qué tienes metido en casa? ¿Un yayo yogui? —preguntó Max con sorna.
Blanca se mordió los labios para no echarse a reír y luego le explicó tras dejar
la copa en la mesa:
—Tiene treinta y dos años, pero está machacadísimo. Antes trabajaba en más
centros, si bien entre lo poco que pagan, el transporte y las lesiones que arrastra,
le compensa más dar clases online de Kundalini Yoga o Hata Yoga.
—Qué pena me da… —ironizó Max.
—Lo ha pasado fatal, vivía en la casa de una pareja amiga pero ahora esperan
un bebé y…
—No es plan que el niño crezca entre esos jadeos, aunque ya sabes lo que
dicen: cuanto más ruge el mono, menos esperma produce.
Blanca soltó una carcajada y luego se puso seria:
—Ben se quedó en la calle, lo único que podía pagar con sus ingresos era una
pequeña habitación en barrios a una hora en Metro del centro y estaba
desesperado. Para impartir clases necesita estar conectado con su ser esencial y
eso es imposible si está contaminado con la energía tóxica que se genera cada
vez que atraviesa la ciudad de punta a punta.
—Me parece que es la misma energía con la que está contaminada la mayoría
de la gente de bien, sensata y cabal.
—Ya, pero no todos se dedican a impartir la disciplina del yoga. Y luego para
las clases online, necesita una atmósfera de serenidad y equilibrio que era
imposible de alcanzar en un piso compartido con catorce. Total, que cuando me
contó la horrible situación en la que se encontraba, ni me lo pensé. Le dije que se
viniera a mi casa y que por el dinero ni se preocupara. Es muy buena persona y
además me gusta tanto… —contó Blanca, llevándose las manos al pecho.
Max resopló, apuró su copa y luego habló sin compadecerse lo más mínimo:
—Todo ese dramón barato está genial, pero a finales de mes os quiero fuera a
los dos. ¿Estamos?
Capítulo 3
Blanca cayó en el diván y dejó vagar la vista por las incontables estrellas que
pespunteaban el cielo esa noche.
—Tú ya tienes un ático, Simona me contó que el de enfrente también es tuyo
—le recordó a Max, que la miraba con absoluta perplejidad.
—¿Y? Como si tengo ochenta, es mío y lo quiero, punto.
Blanca respiró hondo sin dejar de contemplar el cielo de Madrid, ese cielo que
era como todos, pero que no se parecía a ninguno y le pidió:
—Anda enróllate y ayúdame para que viva al fin mi gran historia de amor.
—Jajajajaja. Amor, ¡folláis y punto! Ese tío es un cara dura que se está
aprovechando de la colgadera que tienes encima.
—Ojalá… —musitó Blanca.
—¿Ojalá qué? —farfulló Max, nervioso.
Blanca se giró para mirarle y confesó con toda la naturalidad del mundo:
—Que ojalá folláramos, pero nada… Es un tío puro, de los que solo la clavan
por amor.
—¡Ese tío es gilipollas! ¡Eso es lo que es! —exclamó Max a la vez que se
sentaba en un sillón azul que estaba a su lado.
—Es también cama… Si te echas para atrás, se abate el asiento… —le
propuso Blanca señalando al sofá.
—¿Y qué pretendes tumbándome que la mente se me expanda y puedas así
manipularme a tus anchas? —replicó sentándose con la espalda bien recta en el
sofá—. Mira, Blanca, mi tía Florencia me ha pedido que haga carrera del
descarriado de Coque, el hijo de mi hermana, y a finales de mes llega a Madrid
para cursar sus estudios.
—¿Descarriado por qué?
—Tiene veinte años. Está estudiando Empresariales, pero le pierden las
mujeres. La última, una patinadora mexicana del Circo Ruso sobre Hielo. Le
doblaba la edad y este verano decidieron irse a vivir su romance a Benidorm,
donde Coque se ganaba la vida haciendo de doble de Maluma en los hoteles de
la zona…
—Ah, mira qué bien…
—Fue bien hasta que ella le dejó en agosto y tuvimos que ir a Benidorm a
recoger sus cenizas.
—Pobrecillo…
—¿Qué esperaba? Tanto cantar “vamos a ser felices los cuatro” tenía que traer
consecuencias. El caso es que sigue sin levantar cabeza y la tía Florencia que es
la matriarca del clan familiar ha decidido que lo mejor es que cambie de aires:
me ha pedido como favor especial que me lo traiga a Madrid.
—Es buena idea. Que se quede en el ático de enfrente.
—¡Sí, hombre, no tengo otra cosa que hacer! Estoy haciendo unas pequeñas
reformas y en un par de semanas me instalo yo.
Blanca le miró extrañada, porque por lo que le había contado Simona Max
trabajaba en Londres.
—¿Cómo que te instalas?
—Sí, he decidido dejar por fin el calorcito seguro de las aulas para lanzarme a
la aventura empresarial. Ya iba siendo hora de que pusiera al servicio de la
sociedad toda mi experiencia investigadora y académica en el Departamento de
Ingeniería especializada en sistemas de aviónica.
—¿Aviónica? ¿Dónde? ¿Aquí? —preguntó con recelo, pues no le apetecía
tener a Max en el ático de enfrente.
—Sí, cerca de Getafe. Me he traído a parte de mi equipo de Londres, es gente
pirada que confía en mí. ¿Por qué pones esa cara de pánico?
Blanca se mordió los labios con nerviosismo y contestó intentando fingir que
aquella noticia no le afectaba para nada:
—¿Y por qué no te buscas algo en Getafe y le dejas el ático de enfrente a tu
sobrino?
—Porque ¿tal vez es mi casa?
—Llevo tres años aquí y no te he visto ni una sola vez. No la tendrás mucho
cariño…
—Jane y yo trabajábamos muchísimo…
—¿Quién es Jane?
—Mi mujer. Mi exmujer. Llevamos un año y medio divorciados.
—Vaya, lo siento —musitó Blanca, aunque lo entendía a la perfección, ya que,
para ella, casarse con ese tío era apostar por un divorcio seguro.
—Fui yo el que decidí romper con todo. Y no creas que me siento orgulloso.
Fue una decisión dolorosa, porque nos llevamos genial. Es ingeniera aeronáutica
como yo, trabajábamos juntos en el mismo Departamento, si bien llegamos a un
punto en el que solo éramos dos colegas que compartían piso. Jane lo llevaba
bien y yo creía que también, pero un amanecer en la sábana africana, mientras
montaba en bicicleta entre hipopótamos…
Blanca no pudo evitar echarse a reír e interrumpir el relato:
—¿Pero qué me estás contando?
—La verdad que no saben ni mis mejores amigos y que no sé por qué te estoy
contando a ti. Estábamos en la sabana africana con mi tía Florencia que le
encanta hacer viajes exóticos, es una tradición que heredó de mi abuelo
Maximiliano…
—El que trajo los muebles de la India de mi salón…
—Mi salón, perdona…
—No, perdona mi salón porque todavía tengo el contrato en vigor y yo he sido
la que lo he decorado.
—Esto es discutible, pero sí, ese abuelo… A lo que voy: llegamos a nuestro
destino y a mí me entraron unas ganas loquísimas de pasear en bicicleta. Fíjate
que no cogía una desde que tenía once o doce años, pero fue verla en la
recepción del hotel y sentir el impulso irrefrenable de pedalear.
—Y entre hipopótamos… —le recordó Blanca que seguía muerta de risa.
Max, sin embargo, continuó con el relato muy serio y concentrado:
—Los del hotel me recomendaron que no lo hiciera y menos al amanecer. Los
hipopótamos son unos cabrones, pero fue más fuerte la llamada de la Tierra o
qué sé yo y me subí a la bici. La sensación de libertad que sentí fue tan poderosa,
con esos cielos africanos, con ese paisaje tan bestia que me empalmé…
—¿Qué? —replicó Blanca a punto de caerse del diván de la risa.
—¡Sí! Me puse duro, durísimo, como no me había puesto en meses.
—Ya… Perdona, pero… Jajajajajajajajajajaja.
—Sí, por lo que te digo de que Jane y yo éramos más colegas que pareja…
Pero cuál no fue mi sorpresa que de pronto, en mitad de ese despertar sexual,
aparece al final del camino un pedazo de hipopótamo mirándome con cara de
psicópata…
—Jajajajajajajajajajajajaja.
—Tú ríete, pero algo hizo clic dentro de mí. Los del hotel me habían
aconsejado que si me topaba con un bicho de esos no hiciera aspavientos, ni
saliera corriendo como un histérico. Y eso hice, frené la bici, me quedé quieto
mirando a los ojos del hipopótamo, erecto como no recordaba, y de repente sentí
que mi vida era una auténtica mierda.
Blanca doblada de la risa, no pudo evitar soltar:
—Tío, tú estás como una regadera. Jajajajajajajajajajaja.
—Te lo estoy relatando tal y como lo viví. Prueba a tener un hipopótamo
mirándote y me cuentas… Yo desde luego sentí que mi vida era un fiasco, que
llevaba un tiempo más que estancado y que si ese bicho me comía vivo me iba a
quedar sin experimentar muchas cosas. Así que muy despacio y con un aplomo
que todavía hoy no sé ni de dónde saqué, di la vuelta a la bicicleta y pedaleé de
regreso al hotel, convencido de que mi vida ya no iba a ser la misma. Meses
después me divorcié y decidí montar mi empresa en Madrid, ya no podía seguir
en Londres… Y el resto de la historia, ya la conoces, en un par de semanas, mi
nueva vida empezará ahí, justo en ese ático de enfrente que compré a mis
padres…
—¡Qué acaparador, si ya tenías uno!
—Fue por una cuestión sentimental, mi abuelo compró primero este ático y
luego el de enfrente para regárselo a mi madre cuando se casara. Allí estuvimos
hasta que nos mudamos a Londres, cuando yo tenía nueve años. Luego mis
padres lo conservaron hasta que se jubilaron que fue cuando decidieron venderlo
y yo ni lo dudé. Venderlo hubiese sido como perder mi infancia para siempre. Y
no estaba preparado para deshacerme de tanto recuerdo… Me hipotequé y lo
pago con el dinero del alquiler de este ático que fue un regalo de mi abuelo.
—Jo qué suerte…
—En su testamento puso que me lo había ganado a pulso por gustarme
demasiado el sol y tener la sangre demasiado caliente…
—Menudo regalazo, yo amo tanto esta casa… ¡No me eches, por favor! —le
miró Blanca, con los ojos brillantes de pura súplica.
Max no dijo nada, estaba tan a gusto que echó para atrás el respaldo del sofá y
se quedó callado con la vista puesta en las estrellas…
Capítulo 4
Blanca pensó que como no hiciera algo rápido, ese tío no iba a marcharse de
allí ni con agua caliente.
—Parece que refresca… —insinuó frotándose los brazos con las manos,
porque solo le faltaba que Max redescubriera las bondades del ático de su abuelo
y decidiera quedárselo para él.
Max miró a Blanca como si acabara de decir una estupidez y siguió con la
vista puesta en el cielo.
—¿Y tú qué tal? —le preguntó Max, sin ninguna prisa por marcharse.
—¿Cómo que yo qué tal? —preguntó Blanca, sin entender nada.
—Sí, en el amor. Yo te he contado lo mío, ahora te toca a ti…
—Cómo te gusta hurgar en la herida. El amor, mal. Gracias —farfulló Blanca
cruzándose de brazos.
—Jajajajajajajaja.
Blanca le miró ofuscada y replicó con el ceño fruncido:
—No te rías tanto, MaxMalo, y ayúdame a ser feliz.
—No seas insensata, con el yogui de los tirabuzones insumisos jamás vas a ser
feliz.
—¿Ah no? ¿Y por qué si puede saberse?
—¿Qué puedes esperar de un tío que no come jamón?
—Pues todo, qué tontería… —respondió Blanca, entre resoplidos.
—¿Tú crees que vas a soportar que un tío se te ponga a jadear como un puerco
todas las noches a la hora de la cena?
—A mí no me molesta…
—No te molesta porque tienes la fantasía de que algún día se pondrá así
estando tú debajo, pero no te engañes… Esos tíos son muy malos amantes…
—¡Qué sabrás tú! —murmuró Blanca entre risas.
Max imperturbable, con su flema de medio inglés, confesó sin dejar de
contemplar el cielo:
—Es pura intuición.
—No conoces a Ben de nada, estás siendo terriblemente injusto con él.
—Es un yogui trucho, te lo digo yo. Créeme que ese ni con Viagra te monta
una buena fiesta…
—¡Qué sabrás tú de yoguis truchos!
—Mi abuelo estuvo con yoguis auténticos perdido en cuevas del Himalaya,
me enseñó a meditar siguiendo la tradición de la India antigua para que
aprendiera a enfocar los problemas con claridad de mente, a no perder nunca el
respeto, el asombro y el interés por el otro, a tener el coraje de seguir mi
intuición y mi corazón… En fin, muchas cosas pero soy tan cazurro que se me
tuvo que poner un hipopótamo en el camino para que empezara a digerir sus
enseñanzas.
—Nunca es tarde…
—Me temo que no tengo remedio, aunque ya me he leído ocho veces
Autobiografía de un yogui de Yogananda.
—Como Steve Jobs.
—Steve Jobs se lo leyó unas cuantas veces más…—recordó Max, colocando
las manos debajo de la cabeza a modo de almohada.
Blanca viendo cómo ese tío estaba a cada instante más a gustito en su casa,
sintió que o lo echaba o se iba a quedar allí para siempre. Así que con todo el
tacto y disimulo que pudo, le preguntó como el que no quiere la cosa:
—¿Tú no tenías tanta prisa por irte a cenar a tu casa?
Max esbozó media sonrisa malévola y contestó, tras hacer una respiración
profunda:
—Tú lo has dicho: tenía. Improvisa algo y cenamos aquí. ¿Cuánto le queda al
yogui de clase?
—Después de esta tiene otra… Pero lo mejor es que te vayas a casa, apenas
tengo nada en la nevera —mintió mientras se incorporaba.
—¿No tienes un par de huevos?
Blanca de repente se vio descubierta: No claro que no los tenía, no podía
correr el riesgo de perderlo todo, pensó pero obviamente no se lo dijo.
—¿Qué? —masculló Blanca con el corazón encogido—. No me da ningún
miedo cenar contigo, pero es que… —mintió poniéndose de pie.
—No me refiero a tu valor, que debe ser mucho para meter en tu casa a
semejante engendro. Digo que si no tienes un par de huevos para hacernos unas
tortillas.
Blanca respiró aliviada por no verse descubierta, pero aun así habló nerviosa:
—Sí, pero seguro que en tu casa tienes cosas más ricas…
—Estoy viviendo en un apartamento en Tirso porque mañana me cambian los
suelos del ático. En la nevera tengo restos de comida china y un melocotón
pocho, así que no te preocupes. Puedo cenar contigo perfectamente…
Max se puso de pie y mientras se planchaba con las manos el pantalón del
traje, a Blanca de repente se le vino a la cabeza el estribillo de la canción de
Maluma y tuvo una iluminación:

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