Beber de tus labios de Alma Fernández

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Beber de tus labios de Alma Fernández pdf

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Una trágica, pero a la vez esperada noticia, lleva a Carla de vuelta al hogar en el que creció. Poco piensa cuando emprende el regreso que allí encontrará el refugio y la paz que tanto ansía.

Dejar Madrid atrás no le supone en principio mayor problema, pues nada la ata a esa ciudad, ya que incluso ha perdido su empleo. Comenzar de cero puede ser una buena idea y más cuando el destino le depara cruzarse con Mario, que no solo es atractivo por fuera, sino también por dentro.

Un nuevo amor es capaz de hacer magia e incluso de resetear la mente, pues Carla por fin pasa del motivo que un día la empujó a marcharse de su hogar; la infidelidad del que fue su novio, Tony, al enamorarse de Virginia, a la que ella consideraba su mejor amiga.

Con el chip renovado, decide que no huirá más de sus raíces, si bien no cuenta con que el pasado a veces retorna para golpearnos… Y adopta formas muy distintas.

Mentiras, intrigas y un gran secreto son algunos de los ingredientes que abundan en este cóctel romántico que desearás beber sorbo a sorbo y que te dejará el mejor sabor de boca.


A mi Jenny Del, ese torbellino…
Gracias por estar en mi vida y por ser ese apoyo que nunca me falla… Sabes que eres mi amiga y que contigo iría al fin del mundo porque me conoces y porque siempre encuentras, con tu inconfundible alegría, las palabras de aliento que necesito.
Eso sí, un pequeño inciso, el destino me da lo mismo, pero conduzco yo, preciosa mía, dicho desde todo el cariño. Te quiero, locuela.
Capítulo 1
 
Me llamo Carla y tengo claras en la vida tres cosas; que todo sucede por algo, que los acontecimientos se desencadenan en el momento menos esperado y, la más importante; que es inevitable encarar el destino.
Llevaba diez años fuera de mi pequeño pueblo de la provincia de Salamanca. Un buen día cogí la maleta y le dije a mi abuela Amalia que allí me agobiaba, que necesitaba respirar aire puro.
Y ese aire lo encontré en Madrid… Como si allí no estuviera viciado. Ya, ya lo sé, la contaminación, la polución, la emanación de gases tóxicos… Sin embargo, a mí el aire de Madrid me dio lo que más ansiaba; la libertad.
Me había criado en el pueblo con mi abuela. Mi padre cogió el pescante poco después de nacer yo y, en cuanto a mi madre, murió al fallarle el corazón cuando yo tenía siete años.
No puedo decir que la mía, pese a estar marcada por tan trágico suceso, fuese una infancia triste ni mucho menos. Mi abuela se encargó de que jamás me faltase de nada y, sobre todo, de regalarme lo más grande que una persona puede regalarle a otra; su inmenso cariño.
En el pueblo me hice una mujer, viví mi primer amor y también mi primer desengaño con Tony, a quien creí el hombre de mi vida y quien terminó dejándome por mi amiga Virginia.
Virginia y yo crecimos juntas como hermanas por lo que aquel fue el segundo gran palo que me asestó la vida. Me lo tomé tan mal que recuerdo que les dije cosas horrorosas a ambos, pero, con la vista retrospectiva, la traición de quien fue para mí como sangre de mi sangre me dolió especialmente.
Yo tenía por entonces veinte añitos y verlos por la calle de la mano me superó. Nuestro pueblo tampoco es que fuese una aldea, sino que contaba con sus cincuenta mil habitantes y, aun así, era inevitable que de vez en cuando me los cruzase. Y entonces me entraban los siete males.
Un buen día, no pudiendo más, los paré. Tony me miró altanero y para mí murió en ese momento, pero a quien realmente enterré fue a ella, dado que me confesó que bastante había hecho por mí…
Me quedé a cuadros, totalmente loca, ¿hacer por mí? ¿Qué había hecho por mí más que estar en mi vida para lo bueno y para lo malo, lo mismo que yo en la suya?
Virginia vomitó en ese momento; soltándome por la boca que ella sabía cosas que yo no, que eran muchos los que las sabían en el pueblo. Creí que me estaba poniendo de pilingui o algo parecido, por lo que estuve a punto de engancharme de los pelos con ella, pero no… El tema, por lo visto, iba con mi madre.
Al parecer, y siempre según su turbia versión, mi madre no habría muerto de una forma natural como afirmó el forense, sino que podrían haberla asfixiado. Os prometo que yo sí que estuve a punto de asfixiarla a ella y con mis propias manos, puesto que tamaña mentira solo podría haber sido inventada por una mente maquiavélica.
Mi examiga quiso desviar mi atención y para ello no dudó en asestarme una puñalada de la que no me recuperé hasta que salí del pueblo. Todas las personas con las que consulté, incluida mi abuela, que no me hubiera mentido jamás, me prometieron que eso era totalmente incierto.
Una mentirosa, Virginia era una mentirosa y no sabía yo de qué me asombraba, si ya llevaba unos meses con Tony cuando descubrí la traición de ambos.
Justo por aquel entonces yo, que no había sido precisamente una estudiante modelo, acabé el Segundo de Bachillerato. Hablé con mi abuela y le dije que necesitaba el mencionado cambio de aires. Puede sonar a tópico, pero poner tierra de por medio cuando te sientes al límite supone un bálsamo para el corazón. Y en mi caso no pudo ser mejor.
Un par de meses después de llegar a Madrid ya estaba trabajando en unos grandes almacenes donde conocí a Quique, el que había sido hasta el momento el hombre de mi vida.
Quique, que no era más que un chiquillo como yo, se volcó en la relación y me dio más cariño del que yo pudiera esperar. El problema, eso os lo puedo asegurar y aunque también suene a tópico, no fue él; el problema fui yo.
Para mi desgracia, ya que habría sido maravilloso que ocurriese de otra manera, yo solo me dejé querer, aunque lo cierto es que no era consciente de que no estaba enamorada de él.
Fue tan bonito lo que Quique me puso por delante que no dudé en tomarlo. Y que conste que me porté bien con él, que traté de darle lo mejor de mí y que lo hice feliz. Lo único es que, en el fondo de mi corazón, yo seguía notando un hueco; un hueco que había dejado Tony y que Quique, por mucho que se afanó en hacerlo, no pudo llenar de ningún modo.
Es injusto, tremendamente injusto, que llegues a enamorarte hasta la médula de quien no se lo merece y que, sin embargo, no puedas entregarle tu corazón por completo a alguien que te hace la vida lo más bonita posible.
Cuando me dieron la noticia de que mi abuela se moría yo ya llevaba un par de meses separada de Quique. Lo nuestro fue agonizando lentamente y todo mi mundo se vino abajo, pues coincidió con el momento en el que me dieron otra demoledora noticia; los grandes almacenes en los que trabajaba iban a llevar a cabo un reajuste de personal y yo me quedaba en la calle.
Me entregaron una indemnización, eso sí, pero aparte solo me quedó la calle para correr.
Todo lo pensaba mientras entraba con mi coche por las calles del pueblo; ese al que solo había vuelto en vacaciones para ver a mi amada abuela, la mujer que jamás quiso salir de él, pues para la Señora Amalia, como todos la conocían, su pueblo era su vida.
Capítulo 2
 
Cuando llegué solo tenía un hilo de vida, pero di gracias al universo por poder despedirme de ella. De haber sido de otro modo, no me lo habría perdonado.
—Hija, estás aquí, has llegado…
—Pues claro, abuelita, ¿qué querías? Me han dicho que tienes ganas de fiesta y he venido a festejar contigo—Me senté a su lado y besé sus arrugadas manos, esas que siempre me parecieron las más bonitas del mundo.
—Sí, cariño, me vas a traer ahora mismo los zapatos y nos vamos para las fiestas del pueblo, que seguro que todavía hay algún buen mozo al que encandilo.
Yo había heredado las ganas de bromear, que siempre estaban presentes en mí, de mi abuela, quien me había enseñado que, por muchas curvas que vengan, la vida hay que vivirla en clave de humor.
—Tú encandilas a quien te dé la gana, abuelita, si no puedes estar más guapa…
—Ay, hija mía, con qué buenos ojos me miras. Si estoy hecha un adefesio, tú sí que vienes guapa, cada vez me recuerdas más a tu madre—Comenzó a toser.
—No hagas esfuerzos, abuelita, ya estoy aquí y me pienso quedar hasta que te pongas bien, ¿vale?
—¿Ya no estás con Quique, cariño?
—Sí, abuelita, él se ha quedado en Madrid, no ha podido venir, pero te manda muchos besos y me ha dicho que no aparezca por allí sin un buen táper de tus croquetas.
—Estaré moribunda, Carlita, pero no ciega. Tú ya no estás con Quique, nunca has sabido mentirme…
—Ay, abuelita, por favor, que no te estoy mintiendo.
—¿Temes que sufra por dejarte sola en el mundo? Que te quedases con Quique tampoco me hubiera servido.
—¿Qué dices? ¿No estarás delirando?
—No, cariño, el corazón es el que no me funciona, pero la cabeza la tengo intacta; tú nunca has estado enamorada de ese muchacho. Lo has querido, sí, pero no has estado enamorada de él. Me tienes que prometer que lucharás por ser feliz y por buscar a alguien de quien de veras te enamores, como en su día te enamoraste de Tony.
—Tony era una pieza, abuela, yo no quiero sufrir…
—Pero tú ya tienes otra edad, tontuela mía… La próxima vez acertarás; no es ni enamorarte de una joyita así ni quedarte con un buen hombre al que no ames… El truco está en enamorarte del que te haga cosquillitas en el estómago y tú ya lo sabes, ya lo has aprendido, por eso has dejado a Quique.
—¿Y tú cómo sabes que lo he dejado yo y no al contrario?
—Porque ese chavalín no te habría dejado nunca. No hay mayor ciego que quien no quiere ver y él no estaba dispuesto a admitir que tú no estás enamorada de él…
Mi abuela era como un libro abierto, daba hasta miedo, aunque en realidad lo que me daba miedo, verdadero miedo, era perder a esa mujer que fue el gran pilar de mi vida.
Pese a ello, no había remedio, los médicos habían sido tajantes; su corazón se apagaba y podía ocurrir en cualquier momento. No obstante, aquella obstinada mujer se negó a abandonar la casa en la que tan feliz había sido y en la que crio primero a su hija y, una vez que esta faltó, a su nieta.
De mi madre, que se llamaba Bárbara porque mi abuela siempre fue fan de Bárbara Rey, tenía varias fotos por toda la casa, muchas de ellas en mi compañía, ya que fue una madre cariñosísima que dio lo mejor de sí en una faceta que la llenaba como ninguna otra.
Lástima que su corazón petase tan joven, lástima que no pudiera acompañarme en la aventura de la vida y lástima que el que un día fue un matriarcado viera su fin, dejándome a mí como única testigo de lo que antaño formamos las tres.
Mi abuela murió aquella madrugada y en mi compañía. Lo hizo con una sonrisa, signo inconfundible de las mujeres Soler, el apellido que un día adoptó de su difunto marido y que era el mismo de mi madre y el mío.
La casa se llenó de gente por la mañana, pero al menos pude despedirme con tranquilidad de ella en aquella interminable madrugada en la que le dije muchas cosas y le prometí otras tantas.
Mi abuela me hizo prometerle que lucharía sin miedos por mi felicidad y así sería. Yo ya no era aquella chiquilla de veinte años que se desinfló como un globo ante la traición de quienes más quería.
Carla Soler se había convertido en una mujer con ganas de tomar las riendas de su vida.
Por delante tenía un par de días complicados y luego todo volvería a una mediana normalidad. Yo ya tenía experiencia en eso de pasar duelos y, aunque era inevitable que este me acompañara durante una serie de meses, al menos lo haría en tranquilidad.
Mi tía abuela María, hermana de mi abuela, se ofreció a quedarse allí mientras yo salía un poco a que me diese el aire y a comenzar a hacer gestiones aquella mañana.
La gente se agolpaba en la puerta de nuestra casa para despedirse de mi abuela, una mujer querida donde las hubiese. Yo miraba el pórtico de aquella casa y entonces tuve una idea, ¿y si me quedaba en el pueblo?
Puede sonar a locura, ya que un día me fui dejando allí a mi abuela y me planteaba volver cuando ella se había marchado para siempre. Sin embargo, yo era consciente de que ella habría estado muy contenta de saber que yo volvía a casa, a esa casa que, en realidad, su espíritu nunca abandonaría, pues siempre permanecería allí conmigo.
Lo maduré y una sonrisa salió de mis labios. Había vuelto a mi hogar y no tenía ganas de marcharme. La vida son etapas y yo había culminado una muy provechosa en Madrid que, pese a ello, quizás hubiera llegado a su fin.
Todavía apenas había pellizcado el dinero de la indemnización y podría tirar un tiempo. El problema sería el trabajo, pero mi abuela siempre decía que los problemas, de uno en uno.
Por primera vez, respirando allí en plena calle, fui consciente de que la libertad se siente o no se siente. Y de que nada tiene que ver con el lugar en el que se viva…
Capítulo 3
 
Llegué dando un paseo a la floristería de toda la vida en la que comprábamos las flores. Y, en su lugar, me encontré una sucursal bancaria.
—Sí, chica, la han cerrado, pero si quieres flores han abierto una muy bonita dos calles más allá—me indicó una amable señora.
Me encaminé hacia ella y la vi de lejos; era una floristería preciosa, como de cuento, con la carpintería exterior e interior en madera lacada en verde agua y unos vistosos escaparates en los que destacaban flores de intensos colores…
Un paraíso multicolor en el que tampoco faltaban figuritas para jardín y otros motivos de atrezo como jardineras, jarrones o bonitos maceteros.
—Hola, buenas—murmuré al entrar mientras miraba todo al detalle.
Siempre me ha pasado que, cuando tengo la mente demasiado ocupada por un problema, me gusta prestar atención a ciertos detalles que puedan distraerme un poco.
—Hola, ¿en qué puedo ayudarte?
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Si bonita era la floristería, más bonito era el chico que la llevaba… Bueno, lo del chico era un decir, debía rondar los cuarenta, aunque era de esos que quitaban el hipo; de pelo castaño y ojos claros, tenía una sonrisa que invitaba a ser observada y un agrado que debía ser directamente un obsequio de los dioses.
—Necesito… necesito flores.


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