Contrato: Lo que esperas de mi

Para Katheryne Cortéz la biografía de su hija es lo más importante y la salvará al coste que sea.

Alessandro D´angelo es un arquitecto italiano conocido por su mal rasgo. Su edad y su pasado son espacios a los que pocas cualquieras tienen umbral.

Someterse al espacio del arquitecto es su último cuestionario para favorecer sus desasosiegos, no obstante ¿podrá vadearla semblanza de su hija sin atribuir la suya a la turbiedad de un macho cuyo alma ha estado frío por años? Cuando un nudote une más allá de lo increíble.

Cuando es la última alternativa que te queda.

Cuando ahora no hay más senderos, ¿qué estarías conveniente a martirizar?

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PRIMEROS CAPÍTULOS

Prefacio
New York, 2014
Estaba decidiendo qué peinado hacerme cuando Gabriel entró al salón, lo vi
mirarme con desaprobación y sentarse en uno de los sofás que adornaban la
estancia. El sonido de nuestras respiraciones inundaba el lugar mientras Gabriel
me daba un rictus serio a través del espejo, haciéndome sentir más nerviosa de lo
que estaba.
Dejé que mis ojos abarcaran todo el espacio, intentando distraerme en otra
cosa que no fuera el zumbido en mis oídos y la mirada dura de mi mejor amigo,
el salón de Gab –como él lo llamaba– era amplio, constaba de dos partes; la
primera, era una especie de boutique, donde estaban expuestos algunos de los
diseños que él mismo creaba; la segunda parte era un mini spa, un lugar donde
las mujeres iban a relajarse a un precio módico y justo.
—¿En realidad lo harás? —La voz de Gabriel me sacó de mi divagues, había
estado haciéndome la misma pregunta desde esa mañana.
Di un suspiro frustrado, observando su reflejo.
—No encuentro otra opción, Gabriel, es eso o eso —solté mi cabello con
desesperación, tenía el cabello demasiado liso para poder hacerme un moño alto
que se viese elegante y sofisticado; y si agregábamos que, hacía un par de
semanas, lo había cortado dos dedos debajo de mis hombros con el fin de vender
mi larga melena dorada y así pagar la última factura del hospital, causaba que el
recogido se desarmara incluso antes de atarlo. Me llené de paciencia, volviendo
a tomar el peine y empezando a recogerlo.
—Hay más opciones, podemos trabajar… —Los ojos grises de mi amigo me
miraron con súplica. Sabía que lo que estaba a punto de hacer era una completa
locura, pero no me quedaba otra opción. Tenía que hacerlo.
—Tú, Chris y yo ya trabajamos. —Si es que podía llamar trabajo a hacer
turnos de mesera en el bar del cual Gab era el estilista.
Me levanté de la silla en la que estaba sentada, dejando que mi cabello
volviese a caer sobre mis hombros; me acerqué a mi amigo, colocando mis
manos sobre sus hombros. Odiaba causar eso, esa mirada desolada en su rostro,
esa impotencia a la que él parecía no dar mayor importancia cuando yo sabía que
no era así.
Gabriel y Christian eran todo lo que yo tenía, me habían ayudado mucho
desde que me había quedado sola y tenía una deuda con ellos que no pagaría
jamás.
—Tú tienes tus propias responsabilidades. Antonella es mi responsabilidad.
—Me giré de vuelta al espejo y tomé el estuche de maquillaje, si no podía hacer
nada con el cabello, al menos me maquillaría para la ocasión. De verdad
esperaba que todos esos tutoriales que había visto de Dulce Candy por YouTube
sirvieran de algo… Estaba intentando que el delineado del ojo derecho quedara
igual al izquierdo cuando el grito de Gabriel hizo que fracasara en el intento.
—¡Pero, mujer!… Podemos hipotecar la casa y el negocio, hacer un nuevo
préstamo en el banco…
—Gab —volví a mirarlo y dejé el lápiz negro en el tocador antes de clavar mi
mirada en la suya—, no voy a permitir que arriesgues tu negocio y tu casa con
una segunda hipoteca. —Sentencié. —Además, sabes que para aprobar un
préstamo de la cantidad que necesito toma muchísimo tiempo y, al final, nos
dirán lo de siempre. “No tenemos capacidad de endeudamiento” —imité la voz
del señor Arthur, nuestro asesor bancario.
—No hay que tomar una decisión tan radical, pequeña. —Se acercó a mí.
—Y yo no puedo seguir exponiendo a Antonella.
Fijé mi mirada en él.
—Cada segundo cuenta, Gab. —Suspiré —Tú la viste hace un mes, viste lo
que le costaba respirar. —Negué con mi cabeza—. Necesita esa intervención, así
que, nada me hará cambiar de idea. No intentes convencerme —tomé una toallita
desmaquilladora para empezar de nuevo. Una vez estuvieron parecidos, tomé el
brillo labial y un poco de rubor—. ¿Cómo luzco?
—Como un conejo asustado —respondió escaneándome con la mirada de
arriba abajo.
Lo miré con una ceja en alto. Era más que obvio que estaba aterrorizada, no
todos los días se le entregaba la virginidad a un completo extraño.
—No lo hagas más difícil —murmuré cerrando los ojos, buscando el valor
necesario para no arrepentirme, ya era bastante difícil aceptar la decisión que
había tomado.
Fue el turno de Gabriel de negar con la cabeza, emitió un sonido parecido a
un bufido y se levantó de su silla.
—Te ayudaré un poco, siéntate, primero hay que limpiarte esa cara. —Tomó
un paño húmedo y limpió mi rostro con suavidad—. Cierra los ojos, peque —
hice lo que me pidió y lo escuché escarbar entre los cajones del tocador del
salón; pronto sentí cómo empezaba a aplicarme bases, polvos y rubores.
—Gab, debo irme, me están esperando —repliqué impaciente—. Haz algo
sencillo.
—Lo bueno se hace esperar, Kath. Déjame encargarme de ti, ya que es lo
único que puedo hacer.
Rodé mis ojos, aunque él no pudiera observarme y lo dejé maquillarme. Una
vez hubo terminado, peinó mi cabello, echándome laca suficiente como para que
el moño en lo alto de mi cabeza quedara estable.
—Ya puedes abrir los ojos —giró la silla, dejándome ver a la mujer que había
creado.
Me observé a conciencia, completamente asombrada por el cambio. Me veía
diferente, aunque el miedo corroía mis entrañas, el maquillaje me hacía ver
fresca, juvenil y sofisticada… tal cual como quería. A pesar de ser suave, éste
resaltaba el marrón tierra de mis ojos y, la base que me había aplicado, ocultaba
cada una de mis pecas.
Aparentaba mucha más edad que mis escasos diecinueve años.
—Has quedado preciosa —dijo con voz suave—. ¿Te ha gustado?
¿Estaba preguntándomelo en serio?
Asentí y miré a Gabriel; a pesar de que una sonrisa estaba plasmada en su
cara, sus ojos tenían una mueca triste.
—Gab… —Quería borrar esa mirada de culpabilidad que me regalaba, no
quería que pensaran que hacía un sacrificio, no lo veía así. Antonella nunca sería
un sacrificio, era el precioso ángel que mi mejor amiga me había confiado;
garantizar que fuera feliz y estuviera sana sería siempre mi más placentera tarea
—. Gabriel… —deslicé mis manos bajo sus hombros, apoyando mi cabeza en su
pecho, dándole un abrazo con mucho cuidado, no quería estropear mi cabello y
menos mi maquillaje.
—Mi niña. —Deshice el abrazo observando a Christian apoyado en el marco
de la puerta con Antonella en la cintura colgada como si fuese un monito—. Vas
a hacerlo. —No fue una pregunta, sin embargo, me vi asintiendo—. Estás
guapísima. —Me dio una sonrisa radiante, pero conocía muy bien a Chris, no era
una sincera.
—Voy a colocarme el vestido y ya regreso. —Aunque intenté sonar fuerte, mi
voz se quebró. Me negaba a llorar, había tomado una decisión y llegaría hasta el
final.
Caminé hacia mi habitación y saqué de mi armario el vestido azul rey tipo
cóctel que había comprado hacía unas semanas atrás con lo que había quedado
del dinero por la venta de mi cabello. Era en tela de gasa, corto, de corte recto y
un solo hombro. La dependienta había dicho que era informal pero glamuroso.
Pasé la mano por la tela y luego lo deslicé por mi cuerpo. No tenía la gran figura
y tampoco era muy alta, pero el vestido parecía resaltar en mi piel. Aunque
estaba algo corto, pero me sentía bien. Tomé los zapatos de tacón negros que me
había comprado Isabella esa vez que nos permitimos ir de compras, cuando aún
no sabíamos sobre la llegada de Antonella.
Una vez lista, salí de la habitación, resuelta a comerme el mundo.
«Ojalá no sea al revés».
—Estás preciosa, muñeca. —Christian fue el primero en verme. Sonreí a mi
amigo, era extremadamente guapo, de piel canela y ojos oscuros. Lo mejor de
todo, estaba completamente enamorado de Gabriel.
Antonella sonrió, batiendo sus manitos pegajosas hacia mí mientras me
ofrecía su piruleta color verde. Sus negros rizos estaban sueltos y tenía un pijama
de cerdito. Al verla, nadie podía imaginar lo enferma que estaba, pero la verdad
era que, a sus cortos catorce meses, el corazón de Nella no era lo suficientemente
fuerte para su cuerpo.
Agarré un par de paños húmedos y metí la piruleta en la boca de Chris
mientras limpiaba sus manitos. La tomé de brazos de mi amigo y la apreté contra
mi pecho.
—Esta noche saldré, no sé a qué hora llegue, muñequita de mi corazón. —Di
un beso en su sien—. Te quedarás con los tíos, así que sé buena con ellos —
Antonella colocó sus manos en mis mejillas y planté un beso en cada una de
ellas antes de darle una mirada a Chris.
—Es hora de dormir, Pitufina[1]. —Se la entregué y él me atrajo a su pecho,
dejando un beso en mi frente.
—Pase lo que pase, respira profundo, relájate y déjate llevar…Entre más te
tenses, más difícil será.
—¡Joder! ¿Te estás escuchando? —Gabriel, que había permanecido callado,
se pasó la mano por el cabello, completamente enojado, antes de caminar hasta
quedar un paso separado de su pareja—. ¡Ella va directo a la boca del lobo y tú
le das consejos!
—¡¿Y qué quieres que haga?! —vociferó Christian con voz dura, pero en el
tono justo para no impresionar a Antonella—. Diga lo que le diga, va a ir, no
puedo hacer su decisión más difícil de lo que ya es.
—¡Es que no lo entiendes!
—Chicos, por favor, no discutan. —Me metí entre los dos—. Solo será esta
noche, para mañana a esta hora, todo habrá pasado. Estaremos riéndonos de todo
esto y tendremos el dinero suficiente para la operación de Nella.
—Espero que para mañana estés riendo de verdad, porque si algún imbécil te
lastima… ¡demonios! No vas a vender fresitas, vas a tener sexo con alguien que
no conoces.
—¡Mierda! No le des tanto ánimo, cabrón. —Nella empezó a gimotear en
brazos de Chris y él la arrulló antes de acercarse a mí—. Te quiero, cariño, no
deseo que hagas esto, pero lo has decidido y, haga lo que haga, no vas a cambiar
de parecer. Solo recuerda porqué lo estás haciendo y, por favor, no dejes que esto
arruine tu vida.
No quise decir nada, no podía. Por un lado, estaba Gabriel, cuya frustración
había pasado, dándole lugar al enojo; y por otro, Chris, que intentaba disfrazar su
sentimiento de culpa con “buenos deseos”
—Tengo que irme, chicos. —Tomé mi abrigo de la mesa donde lo había
dejado.
La cabeza de Gabriel se levantó tan rápido como si tuviese un resorte—: Te
acompañaré.
—Gab…
—Sin excusas, te espero fuera.
—Gabriel, no es necesario, yo…
—Mira, Laura Katheryne Cortéz, ¡te vas a meter a la boca del infierno! —
retrocedí ante su explosión. Gabriel respiró un par de veces, llevó una mano a su
frente y cerró los ojos antes de volver a hablar—. Sharon Adams es el ser más
perverso que yo haya tenido el infortunio de conocer. Si no fuera porque es una
buena clienta que paga lo justo y en el tiempo estipulado, te aseguro que no le
daría ni el saludo. Así que nada de Gab, Gabriel o lo que sea, voy a ir contigo y
es mi última palabra.
Me vi asintiendo antes de que terminara, no tenía caso pelear con él.
—Te amo, Antonella —dije dándole un nuevo beso en su cabecita antes de
sonreírle a Chris.
—Hay una maratón de Los Simpson en Fox, así que estaré en la habitación
mientras la Pitufina se duerme. ¡Suerte!
Gabriel negó con la cabeza antes de salir completamente cabreado de la casa.
Respiré profundamente antes de seguirlo.
El frío de la noche me golpeó con fuerza, aun así, caminé lo más erguida que
pude hasta donde Gab me esperaba.
—Lo odio cuando se comporta así, ¿cómo puede estar tranquilo y decirte eso?
A veces no sé ni cómo estamos juntos, somos como el aceite y el agua.
—Chris solo está respetando mi decisión, Gab.
—Yo la respeto, pero no la comparto. —Mi amigo extendió su mano,
llamando a un taxi—. ¡Es tu primera vez! Eres demasiado inocente para la
mierda que vas a hacer. Temo que te lastime, Katheryne, se supone que debe ser
con la persona que ames y que te ame.
—¿Sabías que del 99% de las parejas que hacen el amor solo un 15% se
aman? —Lo interrumpí antes de que empezara con su diatriba poética.
—La diferencia es que tú no harás el amor, follarás, Kath, follarás con un
hombre que puede llegar a ser un sádico, un fetichista, un jodido maltratador…
—Gracias por la motivación, Gabriel —bufé y extendí mi mano para llamar
un taxi que se acercaba; cuando se detuvo, abrí la puerta dispuesta a subir, pero
Gabriel tomó mi mano acercándose a mi oído y murmurando solo para los dos:
—No quiero ser el malo, quiero que entiendas que, si un hombre se ve en la
necesidad de ser tan asqueroso como para comprar a una mujer, no es porque
vaya a hacerle el amor entre rosas y miel.
Asentí porque sabía lo que estaba enfrentando. Gabriel me soltó y me subí al
coche. Lo escuché decir la dirección de The Chalets al conductor cuando se
sentó a mi lado; sin embargo, no lo miré. Afortunadamente, el local no quedaba
muy lejos de nuestra casa en Brooklyn, llevaba seis meses ahí trabajando como
mesera por las noches y limpiadora en la mañana, si bien la paga no era mala,
cubría de manera justa los gastos de Antonella.
Mientras el conductor sorteaba el tránsito, me dediqué a mirar por la ventana.
El cielo estaba nublado y Gabriel se mantenía callado. Sentía que, aunque estaba
a mi lado, su mente estaba en otra parte.
Una vez el taxi se detuvo frente al edificio de ladrillos donde se ubicaba The
Chalets, respiré profundamente mientras Gabriel entregaba un par de dólares al
taxista, abrió la puerta y salió tendiéndome su mano.
—Última oportunidad de abandonar esta locura.
—No, voy a hacerlo.
Uno
El local de la señora Adams era un edificio de tres pisos, de ladrillo rojo, que
ocupaba una esquina en una de las calles más concurridas de Brooklyn. Quien
llegaba al local, podía observar que era un bar cualquiera, con algunas bailarinas
de pole dance, nada fuera de lo normal…
En el segundo piso, se encontraban los reservados y, en el tercer piso…
Bueno, la verdad era que nunca había ido al tercer piso, pero había escuchado a
las chicas decir que en ese lugar se hacían las transacciones cuando había una
fiesta de vitrina o una subasta por alguna chica.
Hoy yo sería una de ellas…
—¿Kath? —Miré a Gab—. ¿Vas a salir del auto alguna vez? —preguntó
extendiéndome su mano. La tomé, saliendo del coche, y me erguí correctamente
a pesar de que sentía el leve temblor en mis piernas. Erick, el hombre contratado
para la seguridad del primer piso, nos abrió la puerta dándome una mirada
lasciva, su sonrisa se curvó a medio lado dejándome ver sus dientes un poco
amarillentos. Mi estómago se revolvió ante su repugnante postura.
—Hola, bomboncito —susurró cuando estuve junto a él—. Es una lástima que
los empleados de este lugar no podamos ofertar por ti hoy —su asquerosa lengua
remojó sus labios resecos—, pero ese coñito tuyo me pertenecerá algún día;
quizás ahora que te rebajaste como una vil puta, puedas aceptarme esa cita que
llevo pidiéndote hace tiempo.
Tragué grueso, quedando completamente petrificada. ¿En eso iba a
convertirme después de esa noche?
La respuesta llegó rápidamente a mí. No, después de esa noche, no regresaría
a ese lugar.
—¿Por qué demonios te quedas atrás? —Gabriel tomó mi brazo haciéndome
entrar—. Sabes que a Sharon no le gusta esperar. Y tú… —señaló con su dedo a
Erick—, olvídate de ella, es demasiado buena para ti.
—Es una puta como las demás —dijo con sorna.
Gabriel iba a decirle algo más, pero fue mi turno para tomarlo del brazo y
obligarlo a entrar mientras escuchábamos la risa de Erick
—¡Es un imbécil! —Gabriel se paró frente a mí una vez llegamos al descanso
de las escaleras, entre el primer y el segundo piso—. ¡Escúchame bien, lo que
pase esta noche, no te convierte en una puta! ¡No eres una mujerzuela!
Estreché a mi amigo entre mis brazos—: Lo sé, Gabriel, esto es por Nella.
—Por Nella —repitió junto a mí—, te acompañaré hasta la oficina de
Madame Sharon, hablaré con ella para que me deje estar presente en la vitrina,
aunque no vaya a ofertar por nadie, estaré contigo hasta el momento que seas…
—Hasta el momento que sea vendida. —Completé por él.
—No lo digas así, no eres ganado.
Sonreí.
—Gracias, Gab.
—No, pequeña —su mano acarició mi mejilla—, gracias a ti por todo.


Sharon sonrió socarronamente al verme llegar. Estaba sentada detrás de su
escritorio y un chico medio desnudo yacía a sus pies. Nunca había entrado a esa
oficina, mi labor de limpieza se limitaba al primer piso; para el segundo y el
tercero, otra de las chicas se hacía cargo. Había una pared completa rodeada de
pantallas, cada una transmitía algún lugar de The Chalets.
—Mi chica indecisa ha llegado. —Espantó al chico que estaba a sus pies y me
señaló la silla frente al gran escritorio de madera—. Espero que no vengas
dispuesta a echarte para atrás.
Negué con la cabeza y ella hizo un ademán para que me sentara. Lo hice y
Gabriel colocó una de sus manos en mi hombro, infundiéndome el valor que
estaba perdiendo.
—Este es el contrato que celebraremos tú y yo, en él, está estipulado que
tengo derecho al 25% de la oferta final que hagan por ti, Katheryne.
—¿No era el 15%, Madame? —El tono de voz de Gab se mantuvo neutro;
aunque yo sabía perfectamente que estaba que se lo llevaba el diablo solo por
saber que Sharon había aumentado su porcentaje un 10% por encima de lo
normal.
—Mi querido Gabriel, este negocio es entre Katheryne y yo. Tus diseños, sin
duda alguna, son unas obras de arte, dejan a mis niñas muy sexys para sus
trabajos… He aumentado el diez por ciento en el contrato de Katheryne porque
esto no es una casa de caridad. —Extendió el vaso y el chico que había estado de
rodillas lo rellenó con algún tipo de licor, bebió un sorbo y volvió a sonreír. Era
un tipo de sonrisa rapaz. Sharon Adams podría ser comparada con una serpiente
venenosa, pero era mi última opción—. Además, a nuestra vitrina de esta noche
vienen varios de los hombres más importantes de este país —su mano tomó una
de las mías y temblé ante el tacto—. No quiero que abandones la vitrina, Kath,
eres tan hermosa pero reemplazable, muchacha. Si tú no estás, alguna de mis
niñas ocupará tu lugar.
—Firmaré —escuché el gruñido de Gabriel—, pero tengo dos peticiones. —
Intentaba que mi voz fuese normal, neutra, aunque por dentro estaba
completamente aterrorizada.
—Solo si está dentro de mis posibilidades, niña. —Sharon se recostó en su
mullido sillón y bebió de su copa, sin apartar su mirada de la mía.
—Primero, tan pronto como haya un ganador… —de repente, me sentí como
un trofeo—, quiero que se deposite el dinero a la cuenta de Gabriel. —Mi amigo
me miró alarmado—. Segundo, no me voy a vender por menos de medio millón
de dólares. —No esperaba que ofrecieran tal cantidad por mi virtud, pero con esa
cifra cubriría perfectamente la operación de mi hija y la hipoteca del
apartamento de los chicos.
—Hecho —dijo Sharon con una sonrisa de triunfo—. No pienso venderte por
menos de esa cantidad, muñeca, puedes firmar con total tranquilidad.
Suspiré fuertemente antes de estampar mi rúbrica en la línea señalada.
—Bien, ahora ve al vestuario. El peinado me gusta, sin duda es una obra de
Gabriel, pero estás muy vestida para la vitrina.
—Antes que Kath se marche —la voz de Gab se escuchó ruda, —quisiera
solicitarle, Madame, estar en la sala de vitrinas.
—¿Piensas ofertar por alguna de mis chicas? —sonrió con evidente ironía.
—Sabe perfectamente bien que soy homosexual, Madame. A no ser que haya
un chico guapo entre sus ofertas, no me interesa. —Gabriel peinó su cabello en
un gesto despreocupado. —Simplemente quiero estar cerca de Kath.
—Me encantaría, pero es mejor que no. Por conflictos con mis clientes, solo
pueden estar las chicas en vitrina, uno de mis guardaespaldas, y las meseras que
se harán cargo de los clientes, pero… por ser tú, puedo hacer algo mejor que
dejarte ir a la vitrina —giró su silla señalando una pantalla, estaba en total
oscuridad—. Dentro de unos minutos, esa pantalla se encenderá y ahí podrás ver
y escuchar lo que suceda en el tercer piso. Es lo único que puedo hacer por ti,
Gabriel, y solo porque te estimo.
Miré a Gabriel pidiéndole que aceptara. Los minutos parecieron detenerse.
—Se lo agradezco, Madame.
—Toto —miró al chico—, tráele un margarita a Gab ¿o prefieres una piña
colada?
—Un tequila estaría bien, cargado y solo. —Le dio una deslumbrante sonrisa
a “Toto”.
Sharon sonrió y su mirada se enfocó en mí.
—¡Todavía aquí! —Me gritó—. Ve a cambiarte, niña, en media hora
empezará el festín… ¡Molly! —gritó de nuevo y una de las chicas, que solo
había visto un par de veces, entró vestida con un diminuto vestido de baño de
color verde—, lleva a Kath al camerino y luego a la fiesta de vitrinas. —La chica
dio un asentimiento y me invitó a seguirla.
Llegamos al frente de un elevador y ella presionó el botón del piso tres.
Durante el corto trayecto, ninguna de las dos dijo alguna palabra; cosa que le
agradecí, sentía como si me hubiesen colocado piedras en la garganta. El
ascensor se detuvo y empezamos a caminar por un pasillo poco iluminado; con
cada paso que daba, me sentía más tensionada. Imaginé que así debía sentirse un
sentenciado a muerte, me aterraba el futuro, temía que el hombre que más
ofertara por mí fuese un sádico, morboso o viejo verde que me obligara a hacer
algo que no quería.
Por esa noche, no tendría voluntad sobre mi vida, sobre mi cuerpo. No sería
más que una muñeca hinchable de carne y hueso, destinada a satisfacer los más
sórdidos deseos sexuales del que fuese mi comprador.
Cerré los ojos, evocando la carita redonda de Antonella. Por ella, lo hacía por
ella.Mi pequeña había nacido con un defecto congénito en su pequeño corazón.
Ella había sido un bebé azul, pero sin duda, el bebé más lindo que yo había
podido tener entre mis brazos. Su mamá Isabella, mi mejor amiga, había muerto
en el parto. Legalmente, yo era la madre de Antonella y mi amiga no era más
que un recuerdo en mi mente y en la de los chicos. Sí, habíamos hecho un
fraude, pero era eso o permitir que mi bella niña fuese una más de tantos niños
que eran olvidados en los orfanatos.
—Madame ha escogido esto para ti. —Salí de mis pensamientos cuando
Molly agitó un diminuto bikini color rojo, ¡era incluso más pequeño del que ella
usaba! —No me mires así, chica, vas a venderte frente a un montón de hijos de
puta, ¿qué esperabas, una sotana? —arqueé una ceja—. Te aconsejo que te
cambies rápido… —Tuvo la intención de salir del camerino y dejarme cambiar,
pero se volvió como si hubiera olvidado algo—. Ah… en esta caja hay unos
zapatos; si bien los que tienes son bonitos, no son lo suficientemente altos para
la vitrina, y aplícate esta —señaló un bote con crema— loción en las piernas, da
un efecto escarchado en tu piel.
Abrí la caja sacando los zapatos, eran unos cinco centímetros más altos que
los que usaba.
—Me caeré si uso estos —señalé la caja.
—La primera vez, yo también pensé que me caería, pero luego me
acostumbré a ellos —apuntó hacia sus propios zapatos.
—¿También te vendiste en una vitrina? —pregunté insegura.
—Hace un año. Supongo que seremos buenas amigas, si no haces que me
castiguen por demorarte tanto. ¡Empieza a quitarte ese vestido, por amor a
Jesucristo! —Ella empezó a tirar de mi vestido.
—No volveré a este lugar… ¡Jamás! —aseguré retirando sus manos de mi
ropa.—
Eso mismo dije yo, pero esto es dinero fácil, nena. Veo que eres de las
puritanas… Consejo número uno: Olvídate del pudor, se hará más fácil mientras
esperas que oferten por ti. Voy a dejarte sola, tienes quince minutos —observó el
fino reloj de pulsera en su muñeca—. Perdón, diez. —La puerta se cerró tras ella
y yo respiré profundamente.
Por Nella. Lo hacía por mi niña. Antonella valía todos los sacrificios.
Me desnudé completamente mientras recordaba el día que escogimos su
nombre… la madre de Isabella era italiana, de ahí su nombre, y desde muy niña,
mi amiga se había interesado en el idioma, así que desde el momento que supo
que estaba embarazada había querido un nombre italiano. Decía que era el
idioma más romántico del mundo, me gustaba molestarla diciéndole que el
francés era el idioma del amor.
Me miré en el espejo de cuerpo completo intentando que el diminuto triángulo
del bikini coincidiera con mi pubis, mis pechos parecían querer salirse del
sostén, y con mi trasero no podía hacer nada, el hilo lo dejaba completamente al
descubierto.
Tocaron un par de veces la puerta y corrí a colocarme una bata de seda roja
que había en una silla y el antifaz de plumas que había en el tocador, que para no
variar, también era rojo.
«¿Qué fetichismo tienen con el rojo en este lugar?».
Abrí la puerta lentamente pensando encontrarme con Molly, pero era Erick el
que estaba allí.
—¡Mierda! —Vi su manzana de Adán moverse de arriba a abajo—. Joder,
linda, mira todo lo que ocultaban los jeans. —Si bien como camarera del local
tenía un uniforme bastante ceñido, Erick nunca me había visto con él—. Te
esperan en la vitrina, bomboncito. —Lamió su labio superior y movió su lengua
con lascivia y vulgaridad. Crucé mis brazos sobre mi pecho ocultándome de su
hambrienta y lujuriosa mirada, pero mientras caminaba hacia la puerta que debía
ser el salón de vitrina, podía sentir sus ojos pegados en los globos de mi trasero.
Saber que él me estaba mirando como un trozo de carne a punto de devorar hacía
que me dieran arcadas.
Cuando llegué a la entrada del salón, vi a Molly esperándome. Tomó mi
mano, llevándome a través de la oscura habitación que solo estaba alumbrada
por un par de tenues bombillas, colocadas estratégicamente dentro de unas cajas
de cristal: Las vitrinas.
Mi corazón empezó a latir frenéticamente mientras Molly me ayudaba a subir
los dos escalones. Quitó mi bata de seda, dejándome solamente en bikini, abrió
la urna de cristal y me invitó a dar el único paso que partiría mi vida en dos.
—Escúchame —no podía, mi corazón tronaba en mis oídos, pero estaba
segura de que lo tenía atorado en mi garganta—. Eh, chica, deja de temblar.
Recuerda porqué haces esto. Debes tener un motivo muy grande, aférrate a él. —
Vimos a otra chica entrar a una de las urnas a mi izquierda. —Cuando Madame
salga a la tarima, solo podrás ver a las chicas que se ofertarán. La sala no se
enciende, así que conocerás a tu comprador cuando él vaya a buscarte al
camerino donde te dejé anteriormente, ¿entendido? —Asentí— Párate derecha y
no se te ocurra llorar, lo odian, lo sé por experiencia. Ya estás aquí, no puedes
echarte para atrás. Buena suerte, niña.
—Kath…Katheryne.
—Emily… Molly solo entre estas paredes. —Asentí una vez más y ella cerró
la urna, dejándome dentro de ella.
Miré hacia todos lados mientras cada urna fue llenándose poco a poco,
diferentes tipos de chicas; la joven frente a mí parecía de descendencia coreana,
y la que estaba a mi lado tenía la piel morena.
Minutos después, dos puertas se abrieron, el lugar se llenó de humo,
murmullos y hielos, golpeando el cristal de las copas. No era capaz de ver a
nadie; sin embargo, sabía que ellos sí podían vernos. Escuchar los susurros y las
palabras grotescas que salían de sus bocas hacía que una desagradable sensación
recorriera mi cuerpo y me entraran ganas de salir corriendo.
Era una tortura…
Recordé a mi niña.
Era tan pequeña cuando nació, padecía de cianosis, su piel, sus labios y uñas
eran de un color azul; su respiración era tan rápida que un pequeño silbido salía
de su cuerpo; de ahí el apodo de Chris, Pitufina. Isa no había alcanzado a
conocerla, había muerto mientras le daba vida, así que tenía que hacerlo por
Isabella, por Nella.
Por lo que parecieron horas, ningún hombre se acercó a las vitrinas, sabía que
estaban ahí; pero todos permanecían ocultos bajo la oscuridad del salón. De un
momento a otro, una luz roja iluminó tenuemente una pequeña tarima en un
costado del salón. Sharon, enfundada en un vestido negro, adornado con
cristales, con el cabello completamente recogido y su cuello adornado por una
fina cadena se ubicó bajo la luz y se acercó al micrófono.
—Bienvenidos una vez más a nuestra cuarta vitrina del año, espero que hayan
observado muy bien a las diez chicas que estarán en exhibición el día de hoy,
chicas completamente sumisas, que estarán dispuestas a cumplir su más oscura
fantasía. No sé si tengo nuevos clientes esta noche, así que les explicaré cómo
funciona nuestro espectáculo. A cada uno les fue entregado un número plasmado
en una paleta, necesito que enciendan y verifiquen que estén en buen
funcionamiento. En la pantalla a mi espalda, saldrán los valores iniciales por
cada chica y cuánto será la oferta final. ¡Preparen sus celulares y billeteras,
señores! Hoy, diez de ustedes se llevarán a la más dócil y servicial mujer que
puedan encontrar para vivir una noche de fantasía y placer.
Tragué el nudo en mi garganta y me concentré en inhalar y exhalar
lentamente.
Todas las luces en las urnas se volvieron más tenues, con excepción de la
primera a la derecha, cuya luz brilló más fuerte.
—Nuestra primera chica es Tracy. ¡Da una vuelta, querida! —Ella obedeció
de manera sensual y terminó lanzando un beso hacia la oscuridad. De no haber
visto a la chica frente a mí temblando, podía jurar que era la única novata en esa
sala—. Aunque Tracy no es virgen, está dispuesta a satisfacer sus más oscuras
fantasías. —No podía observar bien a la chica; pero algo me decía que era muy
guapa, quizás por los murmullos excitados de nuestro público—. Esta oferta
empieza con la suma de cincuenta mil dólares. Señores, pueden ofertar…
La pantalla a espaldas de Sharon se iluminó con la suma y poco a poco los
números fueron cambiando hasta llegar a doscientos veinte mil dólares. ¡Joder!
—Vendida a nuestro cliente ciento seis, puede abandonar la habitación e ir a
por su chica. —La luz de la urna número uno se apagó completamente—
Seguimos. —Esa vez, la antepenúltima diagonal a mí se iluminó—. Tenemos a
Payton. —Me desconecté de lo que decía Sharon y me balanceé en mis pies.
Escuché una sonrisita sardónica debajo de mí; pero por más que intenté, no vi
nada.
Una a una, las urnas se fueron apagando y hombres fueron saliendo de la sala.
Después de media hora, ahí encerrada y de pie, sentía mis piernas
completamente entumecidas.
La luz de la chica coreana se encendió y todo su cuerpo convulsionó en
sollozos. Las ofertas por ella continuaron aumentando en la pantalla detrás de
Sharon hasta que, al final, uno de los hombres había ofrecido quinientos mil
dólares por ella.
«Hombres y sus malditos fetiches».
Miré a la chica afroamericana en la urna contigua, éramos ella o yo. Respiré
profundamente y cerré los ojos justo cuando mi luz empezó a brillar con
intensidad. Había llegado mi momento.
Alcé mi barbilla y mi mirada se centró en Sharon… No, no en ella, sino en la
pantalla tras Sharon.
—Kath es nuestra siguiente chica, es una de las más jóvenes del evento y
completamente virginal, pero con muchas ansias de aprender. Kath es una chica
pura de mente y cuerpo, un lienzo en blanco, preparada para satisfacer —resoplé
un poco fuerte debido a los nervios—. Empezamos la oferta con cuatrocientos
mil dólares —escuché murmullos bajo mis pies, un hombre dijo que no tenía
nada de exótica como para ser tan costosa. Vi hombres abandonar la sala, no
sabía cuántos quedaban, pero esperaba que fueran los suficientes. Si contaba con
un poco de suerte, un viejo verde me compraría, uno de esos que tenían que
ayudarse con la pastilla azul, tendríamos sexo al estilo misionero y no podría
aguantar un segundo round.
La suma detrás de Sharon iba en aumento, pasando la barrera de los
seiscientos mil dólares.
Cerré los ojos y di un silencioso «gracias a Dios».
La pantalla se detuvo en setecientos cincuenta mil dólares.
—Bien, creo que ya tenemos un ganador —dijo Sharon, evidentemente
emocionada—. Vendida a la una, vendida a las dos… —La pantalla cambió,
mostrando ochocientos veinte mil dólares y yo di un jadeo, sorprendida ante
tamaña cantidad—. Parece que alguien más ofertó por Kath, tenemos
ochocientos veinte mil a la una, a las dos…—La suma volvió a cambiar, esa vez,
a ochocientos setenta mil dólares.
¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!
—Parece que alguien está dispuesto a llevarse a esta niña de sangre latina esta
noche. ¿Será que hay una oferta más? A la una… a las dos.
La pantalla cambió nuevamente con la cifra de… ¡Joder! Un jodido millón de
dólares.
¿Quién creería que la virtud costaba tanto?
Alguien maldijo en voz alta y estrelló su vaso contra el suelo antes de salir,
dando un sonoro portazo en la puerta.
—Señor H, se lleva usted una excelente chica. —Sharon sonrió. La puerta de
mi urna se abrió y di una última mirada a la chica de tez morena antes de salir
del salón.
Molly me esperaba fuera, tomó mi mano y prácticamente me arrastró de
vuelta al camerino.
—¡Joder! ¡Un millón de putos dólares! ¿Qué tienes en ese coño, niña? ¿Oro?
¿Es una mina con alguno de esos minerales preciosos? ¡Mierda! ¡Un millón de
jodidos dólares! ¡¿Pero qué diablos haces mirándome como una idiota?!
¡Cámbiate ya! He escuchado que te compró el jodido señor H, o sea, además de
que te dan una millonada por tu coño, te compra uno de los hombres más sexys
de este maldito planeta. ¡Dios! Di algo, pareces un ratón a punto de ser devorado
por una pitón. Un millón de dólares por follar con un tipo que es la combinación
perfecta entre todos los dioses de la Antigua Grecia.
Pasé el nudo en mi garganta—: ¿Lo conoces? —musité mientras ella sacaba
ropa del armario—. ¿Conoces al señor H?
—Solo de vista, viene de vez en cuando y siempre pide a Krystal, ¿has
hablado con Krystal alguna vez? —dijo quitándome la parte de arriba del sostén
y ayudándome a colocar un corsé.
—Nunca, soy muy tímida para relacionarme. Y aquí, a duras penas, conozco
de nombre a las demás camareras del primer piso.
—Bueno, Krys te va a odiar. Dicen que el señor H deja muy buenas propinas
y que es un amante generoso. Es italiano y habla mucho en su idioma natal, lo
único malo que he escuchado de él… —apretó en mi espalda las tiras del corsé.
—¿Qué…?
—Lo único malo que he escuchado es que a él le va lo…—Dos golpes en la
puerta nos hicieron sobresaltarnos antes que las puertas se abrieran y Gabriel
entrara como alma que lleva el diablo.
—¡Nos vamos! —Me tomó de la mano jalándome hacia él—. ¡Un millón de
dólares! Eso no es normal ¡¿Qué clase de loco anormal da un millón de dólares
por una noche de sexo con una virgen?!
—Al parecer, yo. —Una voz grave, profunda, y con un inusual acento, se
escuchó en el camerino. El señor H entró en la habitación, su postura era rígida
pero desafiante. Llevaba puesto un antifaz que ocultaba la mitad de su rostro,
vestía un abrigo de color negro abierto y podía notar bajo él un traje gris de tres
piezas. Todo en él hacía suponer un exquisito gusto más allá del dinero que
poseía. Su cabello estaba cortado al estilo militar, prácticamente rapado. Era alto,
muy alto, como 1.90 metros de puro músculo y, a pesar del antifaz, podía notar
que sus ojos eran verdes como dos esmeraldas. Su nariz era recta, su mandíbula
era cuadrada, enmarcada por una barba en forma de candado, debidamente
cuidada—. Y lo que haga con mi dinero no es incumbencia de nadie.
—Puede coger su maldito dinero y meterlo directo en donde no le da el sol.
—Gabriel se envaró frente a él.
—Gab… —Lo llamé, queriendo evitar cualquier discusión.
Él colocó las manos en mi rostro.
—Pequeña…
—Vete, estaré bien. Nos vemos mañana para desayunar. —Esperaba que mis
palabras trasmitieran seguridad, aunque no me sintiera nada segura bajo el
escrutinio del señor H.
—Ya la escuchó. —El hombre que me había comprado caminó hasta sentarse
en el sofá—. Déjenos solos o me veré en la penosa obligación de llamar a uno de
los guardias… o no, yo me basto solo para sacarlo de aquí. ¡Fuera! —musitó
ferozmente.
—Vete, Gabriel —susurré.
Mi amigo bajó la cabeza, resignado.
—No debiste hacerlo, Kath. —Fue lo último que dijo antes de irse.
—Usted también, váyase. —El señor H señaló a Molly, que huyó como
cordero cuando abren la puerta del corral—. Cierra la puerta con pestillo —
ordenó.
Hice lo que me pidió y él llevó sus manos a la parte de atrás de su cabeza,
soltando las tiras del antifaz, revelando su rostro…
Él era completa y absolutamente fuera de este planeta: rasgos finos y duros,
boca gruesa, labios proporcionados, tal como lo había notado, nariz recta y ojos
de color verde.
—Un millón de dólares —negó con la cabeza y sonrió como si se hiciera una
broma para él mismo—. Quítate el corsé.
—¿Qué?
—¿Tienes problemas auditivos? Acabo de pagar un millón de dólares por ti,
lo mínimo que puedes hacer es dejarme ver un poco la mercancía que acabo de
comprar. —El tono de su voz, su acento, era como el hierro y el fuego, duro y
abrazador.
—Olvídalo —tomó un maletín del suelo, uno que yo ni siquiera había notado,
sacó un sobre color marrón y lo extendió hacia mí—. Firma ese documento. —
Me dio un bolígrafo, saqué la solitaria hoja de color blanco, sin entender. —
Simplemente, te comprometes a que, lo que pase aquí, solo será entre nosotros.
Nunca más hablarás de ello, con nadie, ni siquiera con el impertinente que acaba
de salir.
Leí lentamente y al final firmé la hoja y le entregué el sobre. Él lo guardó en
el maletín.
—No acostumbro a comprar jovencitas puras y virginales, señorita Cortéz —
¿Cómo demonios…? La respuesta llegó a mi mente rápidamente: Sharon—, así
que vengo a ofrecerle un negocio. Antes que nada, tengo que decirle que, si
alguien se entera de lo que conversaremos usted y yo, pasará un largo y no muy
divertido tiempo en la penitenciaría de mujeres. Me encargaré personalmente
que su vida ahí sea un jodido infierno. ¿Entendido?
¡Joder! Su mirada se intensificó, así que asentí.
—Dilo.
—Entendí perfectamente. —Mi voz titubeó un poco.
—Eso está bien, llegué a pensar que, además de sorda, también eras muda. En
fin, manejo una gran constructora a nivel internacional, la sede de Nueva York
tiene algunos problemas, por los que me veré obligado a estar en este maldito
país por lo menos un año —soltó el botón de su saco acomodándose aún más—.
Más que un polvo de una noche o desvirgar a una jovencita, estoy buscando una
mujer que se haga pasar por mi prometida ante los eventos de sociedad, eventos
a los que es completamente engorroso asistir solo —cruzó la pierna a la altura de
la rodilla—. Siempre que estoy en Nueva York, tomo a Krystal para liberar
frustraciones, pero es una puta, la mitad de los hombres de Nueva York han
pasado por su lecho, es por eso que en esta ocasión he escogido una virgen. Te
pagaré la misma cantidad que he ofertado esta noche por ti, a cambio, estarás
junto a mí durante los próximos trescientos sesenta y cinco días, aparentando
que estás locamente enamorada de mí. Compartirás mi casa, mis cosas, pero lo
más importante, compartirás mi cama.
¿Qué?
—¡No soy una puta! —Ese remedo de hombre me estaba comparando con
una prostituta.
—¿Ah, ¿no? ¿Cómo se le puede llamar a una mujer que da su virginidad a
cambio de dinero? —Su mano rascó su barba levemente—. Eso es lo que hace
una puta, Katheryne.
—¡Escúcheme bien! ¡Ni a usted ni a nadie le importa por qué demonios estoy
haciendo esto! Limítese a hacer lo que tenga que hacer. —¿De dónde había
sacado tanto coraje? No lo sabía.
—Tsk, Tsk… —Chasqueó su lengua con desaprobación—. Serás una buena
adquisición si es que aceptas, pero no volveré a aceptar que me retes —dijo con
voz ronca—. No tienes nada que perder, al menos no tendrás que acostarte con
uno y otro. Yo siempre exijo fidelidad, pero eso no quiere decir que yo te sea
fiel. Míralo por el lado amable, te estoy dando mucho más dinero del que podrás
conseguir aquí en toda tu vida.
—No pienso volver a este lugar.
—Lo haga o no lo haga, no es de mi incumbencia, señorita Cortéz .
—¿Puedo hacer una pregunta? —El señor H asintió—. ¿Por qué un hombre
como usted necesita contratar una persona para eso?
—Eso es algo que no debe importarte, Katheryne —frunció el ceño y me miró
de manera fría—. Mira, si vas a aceptar mi propuesta, debes saber que
simplemente tengo tres reglas. —Su mirada se intensificó, mandando a mi
cuerpo una ola de calor. Él me hacía sentir diminuta, y no precisamente por mi
estatura.
Hice una seña con mi mano para que continuara.
—Mis reglas son bastante fáciles de cumplir: la primera… —Me enseñó uno de
sus dedos—, no me interesa tu vida, así que no tiene porqué importarte la mía, el
hecho de que te hayas vendido como una mercancía me importa muy poco; así
que, si yo quiero comprar una o tres mujeres, no debe importarte tampoco. No
puedes meterte en mis asuntos —un nuevo dedo se unió al que estaba en alto—.
La segunda, no me interesa que aflores sentimientos por mí; con que cumplas tu
rol de prometida enamorada en la calle, y de sumisa obediente en la cama, me
doy por bien servido. Ten en cuenta que yo te estoy comprando, Katheryne, soy
tu señor, tu amo. Tú solo debes ser una buena dama de compañía, luego yo
decidiré qué tan bueno puedo ser contigo —alzó un tercer dedo—. Tres, no
reclamos…Lo que nos lleva a la regla número uno. Detesto que se inmiscuyan
en mi vida personal, en mi vida privada, tú simplemente serás un lindo adorno,
un juguete para mis placeres sociales y sexuales. La última es mi regla de oro:
Siempre debes estar dispuesta para mí.
La habitación se sumió en un silencio tenso, mi mente maquinaba todo lo que
podría hacer con esa cantidad. Si con lo primero tenía asegurado la operación de
Nella y las facturas del hospital, con el dinero que él ofrecía podía garantizar el
pago de las deudas de los chicos, podría comprar mi propia casa y pagar mi
carrera universitaria.
Ese hombre estaba ofreciéndome un futuro brillante a cambio de que fuese su
muñeca sexual por un año.
—No soy un hombre paciente… —dijo tamborileando sus dedos en el brazo
del sofá—, pero, aun así, he decidido dejarte pensar hasta mañana. —Iba a
hablar, pero él me detuvo—. Antes que tomes una decisión, necesitas saber algo
importante, no me va lo tradicional. ¿Has oído hablar del BDSM? —asentí.
Sabía perfectamente lo que esas letras significaban, había leído un libro sobre
dominantes y sumisos—. Me gusta tener el control del placer, no me considero
un domine excesivo, pero tengo mis momentos efusivos. No soy tierno ni suave
y, definitivamente, no soy de misioneros. ¡Detesto al personaje que ideó esa
postura! Así que no solo serás mi dama de compañía, la mujer que caliente mi
cama en esta horrible ciudad y la que se verá perdidamente enamorada de mí
cuando estemos en público, sino que, además, serás mi sumisa y me deberás
respeto, obediencia y complacencia. ¿Crees poder con todo, Katheryne? —Su
mirada era oscura y tenebrosa, pero era un millón de dólares, un millón que me
aseguraba un futuro tranquilo, sin presiones y, lo mejor, sin el miedo de que el
padre de Antonella apareciera en cualquier momento, queriendo llevársela con él
porque yo no tenía cómo mantener a la niña.
Si bien Isabella nunca había hablado del padre de mi bebé, sabía que existía.
De hecho, él conocía la existencia de Antonella. Este último año había estado
temerosa de que apareciera y quisiera hacer valer sus derechos. Una prueba de
ADN era todo lo que necesitaba para llevarla lejos de mí, aunque Christian dijera
que él no iba a aparecer nunca.
Era pensarlo y hacerlo… Pensarlo y…
—¿Dónde tengo que firmar? —Mi voz titubeó al final, aun así, erguí mi
cabeza y lo miré de frente.
La sonrisa del señor H se curvó hacia el lado izquierdo de su rostro.
—Obediencia y respeto es la clave de toda buena sumisa,
desafortunadamente, no tengo los documentos aquí. Pero alégrate, te dará unas
horas más para que pienses mi propuesta. —Se levantó del sofá, acercándose
hacia mí. Mis piernas temblaron; pero logré mantenerme erguida—. Si no estás
completamente segura de poder llevarme el ritmo, entonces no firmes. Cobraré
mi deuda y desapareceré de tu vida. —Tomó mi mentón con sus dedos—. Te
diré que conozco una buena sumisa con tan solo observarla a los ojos, y esta
noche, mientras estabas en esa vitrina, no te perdí de vista. Cada movimiento
tuyo en esa urna de cristal mandaba relámpagos de placer a mi polla. —Inhalé su
cálido aliento cuando los dedos que sujetaban mi mentón se deslizaron hasta mi
nuca, atrayendo mi rostro al suyo—. Créeme, si no creyera que vales la pena, no
hubiese dado tanto por ti.
Tragué el nuevo nudo en mi garganta. A esas alturas, toda yo era un mar de
nudos—: Voy a hacerlo, firmaré su contrato y seré su sumisa por un año. A
cambio, usted me dará la mitad del dinero pactado cuando firme y la mitad
restante cuando termine el año.
—Buena chica. —Se alejó completamente, volviendo a sentarse en el sofá—.
Ahora déjame ver lo que he comprado. ¡Desnúdate!
¡Diablos! Era la primera vez que un hombre me vería completamente
desnuda.

Dos
En shock.
Si existía una palabra que podía definir mi estado y situación en ese momento
era esa, me encontraba total y completamente en shock.
«Él quiere que me desnude, ¿aquí?».
Dejé que mi mirada recorriera todo el lugar, la habitación –camerino– no era
muy grande, podía jurar que solo medía dos metros de largo por dos de ancho.
Mi mirada volvió donde el imponente hombre vestido de gris estaba. Su rostro
era perfecto, ni una peca o cicatriz. Tenía la piel levemente aceitunada y sus ojos
parecían ser más verdes cada vez que me detenía a observarlo.
Ese hombre sería el primero en poseer mi cuerpo y lo haría a cambio de
dinero. ¿En qué diablos estaba pensando?
«Antonella».
El nombre de mi niña de cabellos oscuros apareció en mi mente casi
inmediatamente. Lo hacía por ella, y ese debía ser mi mantra durante todo este
año.—
¿Ya terminaste la revisión? —Sacó de su chaqueta, un puro y un
encendedor. Con movimientos suaves, lo encendió y llevó a su boca, aspirándolo
con parsimonia antes de echar su cabeza hacia atrás y soltar el humo—.
Desnúdate, Kath.
—Este… yo…
—Tsk, tsk… —Chasqueó su lengua—. No me gusta que me contradigan, di
una orden y, como sumisa, debes cumplir.
—No soy su sumisa —dije entre dientes.
—Pero lo serás, es mejor que entiendas ahora quién tendrá el poder en ese
contrato. Yo ordeno, tú te limitas a cumplir.
—¿Vamos a hacer el amor aquí?
—No. —Un suspiro de alivio salió de mi interior—. Tú vas a follarme aquí.
El tipo de acuerdo que tendremos es uno para follar, no para decirte palabras
bonitas con el único fin de meterme entre tus bragas o susurrarte estupideces en
el oído mientras descansamos de un orgasmo.
Tragué pesadamente mientras pensaba en cómo haríamos eso.
«¡Monta su polla como una vaquera!».
Negué con mi cabeza, no queriendo escuchar el lado depravado de mi
consciencia.
La carcajada del señor H me hizo dar un salto en mi lugar.
—¿Hablas contigo misma? —Lo miré sin entender—. Acabas de susurrar:
“No montaré su polla”, y no lo entiendo, eso es precisamente lo que quiero que
hagas.
—Yo…

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