Crash Boom Bang pdf – Dona Ter 26ML

Manuela tiene veintiocho años, es grafóloga legal y vive en Barcelona con su prima Nerea…

Descargar gratis Crash Boom Bang Dona Ter pdf epub

Manuela, como todos, tiene ensueños y secretos que jamás deberían apreciar la electricidad.

Entre ellos está que, encerrada en su pieza y bajo apodo, escribe exitosas novelísticas sensuales.

De Dona Ter

Un término, su prima organiza una cena con sus amigos para comentar a su nuevo futuro, y a partir de esa confusión la edad de Manuela se volverá un enredo absoluto y ahora nada volverá a ser textual.

En la ley hay rectitudes no escritas que en absoluto se deberían transferir.

Sin embargo lo prohibido seduce, y más si se negociación de él, Abel.

Descargar gratis Crash Boom Bang Dona Ter pdf epub


Capítulo 1 Las palabras y yo

Hay momentos en la vida que significan un salto en el camino, ese hito que marcará un antes y un después. Muchas veces, la vida misma te distrae y cuesta darse cuenta del momento en que se originó todo, cuando se inició ese camino sin retorno. Yo no sé si llamarlo suerte, pero tuve el privilegio de ser consciente de cuándo empezó mi propio big bang. Podría ponerle fecha, hora y hasta lugar.

Fecha: 30 de septiembre de 2016.

Me hallaba tan inmersa en la historia que cuando sonó el despertador me costó saber qué estaba ocurriendo. «¡Maldito jet lag…!» Con pereza, alcé los brazos como si la intención fuera tocar el techo y me estiré toda yo al tiempo que me levantaba de la silla. Volví la cabeza hacia el ventanal y vi los colores del amanecer teñir el cielo.

Lo más normal era que me pillara durmiendo, apagarlo de un manotazo antes de remolonear un poco más en la cama buscando las fuerzas para levantarme y salir a correr. Parece mentira que yo, una marmota de siempre, encuentre placer en levantarme al amanecer para salir nada menos que a correr. Y todo porque tengo unas musas de lo más cabronas y de lo más fit que suelen aparecer entre el sudor. Cuando casi no puedo pensar por la falta de aire, cuando las piernas se quejan por vicio, ahí aparecen, con ideas que surgen a raudales.

Pero esa mañana aún estaban bajo el efecto del jet lag, lo que repercutía en mí; por eso llevaba desde las cuatro y media de la madrugada sentada frente al ordenador escribiendo. Fue uno de esos días en que parece que tus dedos vuelan sobre el teclado, las palabras surgen con fuerza y sin descanso. Estaba feliz pensando que, si seguía a ese ritmo, terminaría el libro antes de lo previsto. Andrea, mi editora, daría saltos de alegría; parecía que, por una vez, no tendría que perseguirme con la fecha de entrega.

Aparté la vista de la ventana y releí lo que llevaba escrito. Me gustó. Estaba bastante contenta con el resultado, hecho casi insólito, ya que lo más normal era leer, releer y cambiar veinte veces el mismo párrafo. Como siempre, hice una copia triple; con una vez que lo perdiera todo era suficiente para aprender la lección. Mientras el ordenador trabajaba, abrí el armario y me peleé con mi ropa. ¡Es superior a mí! Es lo que menos me gusta del otoño, nunca sé qué ponerme cuando estamos en esta época porque tengo que vestirme a capas, como una cebolla. Como ese día sólo tenía trabajo de despacho, me decidí por un vestido en tonos marrones con un estampado de diminutas flores, medias tupidas negras y botines del mismo color, y, encima, una rebequita en color caramelo a juego con las flores.

Hace un tiempo habría dicho que el piso estaba anticuado, pero ahora que se han vuelto a poner de moda los suelos de baldosas hidráulicas, los techos altos y los ventanales grandes, puedo decir que todo lo que tiene de viejo lo tiene de encantador. Está situado en el corazón de Barcelona, en el paseo de Sant Joan, cerca del Arc de Triomf. Cuando el abuelo Tomás murió, dejó escrito en el testamento que no se podía vender hasta que ninguno de los nietos dejara de necesitarlo para sus estudios. Unos cuatro años después de casarse con mi abuela Amalia, cuando mi padre —el hijo menor— tenía unos dos años, se instalaron en el pueblo natal de ella, Puigcerdà, en el Pirineo catalán. Conservaron el piso porque les encantaba hacer escapadas de fin de semana y disfrutar de la ciudad.

Así que en quince años esas paredes habían visto pasar a mi hermano Eric y a mi primo Charlie, y desde hacía diez años lo ocupábamos mi prima y yo. Somos de la misma edad, veintiocho, nos llevamos sólo cinco meses. Nos entendíamos de maravilla y por aquel entonces la consideraba como a una hermana.

Aunque hacía años que habíamos dejado de ser estudiantes, hicimos un pacto con nuestros padres para poder seguir viviendo en él. Pagábamos los gastos y cada mes ahorrábamos con la intención de ir haciendo arreglos poco a poco. Aunque la idea al principio no convencía mucho a nuestros progenitores —lo que querían era venderlo y sacar tajada—, visto el panorama del ladrillo, era mejor que siguiéramos cuidándolo y reformándolo antes que malvenderlo. Ellos lo veían como una inversión y nosotras seguíamos viviendo en un piso que poco a poco habíamos ido construyendo a nuestro gusto y donde nos sentíamos como en casa.

La última inversión fue el baño: con la excusa de una fuga ya nos pusimos a cambiar azulejos y, claro, ya que estábamos, la bañera… En fin… Bueno, tengo que decir que después de las obras, los baños en la nueva bañera de patas lacadas en negro parecían más relajantes. Hasta en temas escatológicos era mejor…, vamos, que hasta cagar en un váter nuevo parecía que sentaba mejor. Lo sé, tan sólo era una pantomima para no recordar el riñón que habíamos pagado, pero, oye, que el efecto placebo también sirve en estos casos.

El año anterior había sido la cocina, y aún quedaba la terraza, que la pobre necesitaba un repaso de arriba abajo, pero esperaría a la primavera siguiente. O ésa era la intención.

En aquella época sólo vivíamos las dos, aunque durante el tiempo que estuvimos estudiando lo compartimos con Ivet, que se convirtió en una gran amiga, aún hoy. Cuando acabó la carrera se buscó un piso cerca del hospital donde trabajaba de enfermera en la planta de neonatos.

Al salir al pasillo vi que la puerta de la habitación de mi prima estaba entornada. La luz que se colaba por los postigos me reveló que no estaba sola, porque cuatro pies me saludaban bajo unas sábanas arrugadas y deshechas. Fui directa a la cocina y me preparé unas tostadas para desayunar. A esas horas ya llevaba dos cafés largos. Aunque Clooney siga promocionando el mejor café del mundo, yo en ese sentido soy muy proyanqui, y a mí me va más el agua de calcetines que dice mi madre. Cafés largos, sin azúcar ni leche. Cuando miré la hora me asusté: las ocho y media, iba con el tiempo justo.

«¡La madre que me parió! Despierta desde las cuatro y voy a llegar tarde…»

—Por fin te veo —me saludó mi prima desde el umbral de la puerta de la cocina.

Había pasado las dos últimas semanas en México. La primera me la había cogido de vacaciones y la segunda había participado en un congreso en la Universidad del Valle, en la misma capital. Había regresado el día anterior y no nos habíamos visto. Al llegar a casa me puse a hacer la colada, deshacer maletas, me di una ducha… Por mucho que quise esperar y hacer frente al cambio horario, a las siete y media de la tarde caí rendida en la cama. No era nada raro entonces que mis musas, a las cuatro de la madrugada, dijeran que era hora de despertar.

—Buenos días, Nena. —La verdad es que se llama Nerea, pero desde pequeña, como no sabía decir su nombre, la llamaba así, y al final se le quedó—. ¿Qué haces levantada?

Era raro verla despierta a esas horas, ya que trabajaba en el turno de tarde y hasta las tres no entraba en el hospital. Era enfermera quirúrgica en el Clínic.

—Te he oído y quería verte —dijo, y dando saltitos llegó a mi lado y me abrazó—. Te he echado de menos.

—Y yo. —Sonreí devolviéndole el gesto.

Vestía sólo una camiseta de hombre básica negra que olía de maravilla, y mis musas de nuevo volvieron a susurrarme escenas.

«Mamá, ¡qué inspiradas estáis hoy!»

—Toy namoráaaa —anunció suspirando como una quinceañera.

Si hubiera sido otra persona, la revelación me habría pillado por sorpresa y miles de preguntas me habrían venido a la lengua para descubrirlo todo, pero era tan normal en ella que casi ni le hice caso. Había estado fuera dos semanas, tiempo suficiente para que mi prima se creyera enamorada. Nerea era así, en cambio yo, desde la experiencia con mi ex, de lo último que tenía ganas era de una relación. Sólo a veces me sentía sola al ver algunas parejas haciéndose mimos, especialmente los domingos. No sé por qué, era como si ese día el vacío fuera mayor. Las ganas de levantarse sin prisas, de pasear, de tardes de sofá y manta, de noches de confesiones… Era un día para dedicarlo exclusivamente a disfrutar en pareja. El resto de la semana, imagino que entre el trabajo y mi pasión por escribir, no tenía tanta necesidad. Los sábados siempre los había dedicado a mí, por lo que supongo que, en mi planning de mujer soltera, como quien dice, sobraba ese día. Pero no tenía ninguna prisa, no estaba a la caza, todo lo contrario que Nerea.

—Vale, y yo llego tarde, me voy.

—¡Nola, lo digo de verdad! —me espetó haciendo un mohín.

Yo también tengo un apodo: Nola, que viene de Manola.

—Y yo, me lo cuentas esta noche, ¿de acuerdo?

—Quiero que conozcáis a Abel. Es viernes, ¿quedamos para cenar todos? —preguntó acompañándome a la puerta.

—Perfecto, háblalo en el grupo; nos vemos luego.

—Me vuelvo a la cama, que él hasta las diez y media no tiene una reunión. —Se alejó meneando las caderas de forma sensual.

Salí escopeteada de casa, tanto, que en el ascensor ya me fui poniendo el casco y apunté en las notas del móvil la última escena que había imaginado.

Aunque, a puerta cerrada, en mi habitación escribiera libros de romántica, el suspense siempre me ha apasionado. Creo que me viene ya de enana, cuando me encantaba Angela Lansbury en «Se ha escrito un crimen». En la adolescencia, viendo uno de los capítulos de «CSI», descubrí que la grafología —ya no sólo la parte psíquica de la misma, sino también la parte más forense— era lo que quería hacer. Y lo conseguí. Estudié durante cuatro años Criminología, luego un posgrado en Caligrafía, Grafología y Pericia Documental, y al final un máster en Grafopatología y Grafología Forense. Aunque, en casa, cuando les dije a lo que quería dedicarme se lo tomaron a broma: «Una cosa es jugar a detectives y la otra dedicarte a ello».

En definitiva, y sin siquiera planearlo, mi vida estaba rodeada de palabras.

Trabajaba en el Gabinete J. Miller, un despacho especializado en peritajes grafológicos muy reconocido en todo el país. Entré para hacer prácticas y me quedé. Me encantaba y tenía ganas de volver a él, pero empezar un viernes después de estar dos semanas de vacaciones era…, para ser claros, una putada. Resignada a comenzar la jornada laboral, aparqué la moto y entré en el edificio que estaba situado en la plaza Lesseps. Subí la escalera hasta el segundo piso. Las oficinas ocupaban toda la planta. Al final había llegado puntual. Sólo con abrir la puerta, Nico vino hacia mí. Era el secretario y el chico para todo.

—Mira a quién tenemos aquí —dijo abrazándome—. ¿Me la has traído?

—Si no fuera porque te conozco, pensaría que sólo me quieres por interés —contesté al mismo tiempo que sacaba del bolso su regalo. Una taza. Las coleccionaba desde hacía años y siempre que viajaba le traía una. Sólo tenía una petición: que llevara el nombre del lugar.

—Te di el dinero, pero te negaste a cogerlo. No me hagas pasar por un interesado, al menos, no en esto… Te odio, estás muy morena.

Y, no, no era gay. Tenía mujer, hija y cuatro gatos.

—Te recuerdo que, mientras todos estabais de vacaciones en agosto, yo estuve aquí dentro encerrada trabajando.

—Sabes tan bien como yo que, en agosto, como cierran los juzgados, es un mes tranquilo.

—Cada vez hay más abogados que no cierran y piden pruebas y más pruebas para tenerlo todo listo a la vuelta en septiembre.

En ese momento la puerta principal se abrió y entró Ingrid, mi jefa. Era una mujer que imponía con su presencia, siempre tan elegante. Rondaba los cuarenta y se mantenía estupenda. Teníamos muy buena relación, y desde que empecé se había comportado más como mi mentora que como mi jefa.

—Manuela, no esperaba verte hasta el lunes.

«¿Y me lo dices ahora?»

—No podía saberlo, en ese caso me voy y…

—Ah, no, ahora ya te quedas —me interrumpió sonriendo—. Tengo la mañana algo liada. Nico, pásale el informe del médico, por favor. Ponte con él, que es urgente. ¿Quedamos para comer y me pones al día?

A Ingrid le encantaban los congresos. A mí, aunque algunos me parecían interesantes, no me gustaba mucho participar. Pero desde que se había quedado embarazada hacía dos años, yo había asumido esa parte. Luego le pasaba informes y me tenía horas y horas contándole todo lo debatido. No es que me molestase, al contrario, esa parte me gustaba, y más si podía combinarlo como había hecho esa vez. ¿Congreso internacional en México? Pues me cogía una semana antes de vacaciones y la pasaba allí. Tenía el viaje pagado, sólo corrían de mi cuenta los gastos del hotel, y no escatimé, me pasé los días descansando bajo el sol de Cancún y recabando información para un libro que tenía en mente desde hacía algunos meses.

Ella se fue a su despacho y yo me encaminé al mío. No es que fuera muy grande, pero, como todo el edificio, tenía las paredes exteriores de cristal, era luminoso, y eso es lo que más agradecía. Toda la oficina estaba pintada de blanco, igual que los muebles. Era todo muy sobrio, de líneas limpias y funcionales. Lo único de color que había eran los cuadros que pintaba la señora Marqués —más conocida coloquialmente como «la mujer del gran jefe»— y que adornaban todos los despachos y las salas. Eran bastante abstractos y algunos diría que hasta algo macabros; como el que estaba en la sala que utilizábamos de cocina y que representaba a un hombre fumando una pipa con un ojo más alto que el otro y la cabeza despegada del cuerpo. También tengo que admitir que, al final, de tanto verlos ya ni les prestabas atención.

Encendí el ordenador y, mientras dejaba la chaqueta en el colgador, Nico entró con una taza humeante de café en una mano y en la otra un dosier; se sentó en una de las sillas que había frente a mi mesa. En general, la gente suele confundir mi trabajo con el de un grafólogo. Ellos determinan la personalidad del individuo a través de la escritura, y es más una rama de la psicología. En cambio, la grafología forense o pericia caligráfica es una disciplina utilizada en criminalística y se centra en determinar la autoría de un manuscrito.

—Gracias. Ponme al día. —Me acomodé y le di un sorbo al café, esperando que empezara.

Nico se tomó su tiempo, primero haciéndose el ofendido, pero al final sonrió como un niño pillado con la cara llena de azúcar y las manos en el bote de las chucherías. No era su trabajo, pero era un curioso nato. Sabía mejor que nadie de qué trataba cada caso, y su memoria era impresionante. Él siempre decía que sólo era un administrativo friki de Perry Mason, que odiaba estudiar y nunca llegó a hacer carrera.

—Imprudencia profesional. Cirujano oftalmológico que dejó ciego a un paciente al insistir en operar en la consulta sin los medios ni las precauciones debidas. Es sencillo, hay que demostrar el agravante de su estado ebrio y, de ahí, sus temblores a través de las recetas que adjuntan y otros documentos.

—¿Ah, sí? Qué fácil, ¿eh? —sonreí alzando las cejas.

—Para ti, sí. Bueno, sigo con lo mío. Gracias por la taza.

Pasé el resto de la mañana poniéndome al día con los correos, agendé los juicios a los que tenía que acudir como especialista y me puse con el caso del médico. A las doce y media, mi jefa me llamó para que fuera a su despacho. Ordenó a Nico que nos pidiera comida china de un restaurante cercano y empecé a relatarle al detalle el congreso recuperando las notas que había tomado.

—Me sigue fascinando que puedan encontrarse patrones similares en un peritaje entre secuestradores, por ejemplo —señalé, terminando de contarle una de las charlas.

—Veo que la parte psicológica te sigue atrayendo. Recuerdo cuando me hablaste de aquel estudio de una doctora de Polonia sobre la escritura y la esquizofrenia.

El tema me atraía y, con ella, las horas de charla podían hacerse interminables, pero por mucho que lo evitara no podía dejar de bostezar.

—Discúlpame, pero ayer me dormí a las siete de la tarde y esta mañana a las cuatro ya estaba despierta y ahora… Además, la cabeza va a estallarme.

—Vete a casa.

Ingrid era una jefa estricta, pero también sabía cuándo dar algo de margen.

—Gracias, disfruta del fin de semana.

—Igualmente, nos vemos el lunes.

Descargar gratis Crash Boom Bang Dona Ter pdf epub


Capítulo 2 ¡Crash, boom, bang!

Aunque no estaba dormida cuando la puerta de mi habitación se abrió de sopetón, me llevé tal susto que me senté de golpe.

—¡Joder! —rugí llevándome la mano al pecho.

—¿Qué haces en la cama? —me preguntó Nerea.

Miré la hora en la mesilla: eran las nueve menos cuarto.

—¿Y tú en casa? —contesté dejándome caer hacia atrás y tumbándome de nuevo.

—Mery me debía un favor y he podido salir dos horas antes.

No dijo nada más y se tumbó a mi lado. Tiene un carácter un poco absorbente por el que chocábamos bastante a menudo. Yo soy más tipo ermitaño y necesito mi espacio. Parecía que el dolor de cabeza había menguado algo, pero de lo último que tenía ganas era de salir.

—No voy a permitir que me dejes plantada —susurró como si me leyera la mente.

—Me duele la cabeza, estoy agotada —me excusé.

—Por favor… —suplicó con voz de niña malcriada.

Suspiré resignada.

Después de insistir como unas cien veces, y viendo que mi dolor de cabeza empezaba a remitir y que si seguía escuchándola sólo iba a conseguir empeorarlo, claudiqué. Aunque fuera lo último que me apeteciera. Decidí pasar por la ducha para despejarme un poco y prepararme para la presentación de su nuevo novio en sociedad, bueno, a nuestro grupo de amigos.

Ahora, con la perspectiva del tiempo, creo que ese dolor de cabeza no era una simple migraña, sino una especie de aviso que no supe entender. Habría sido mucho más evidente un billete sólo de ida a una isla paradisíaca o a Siberia…, pero no. Fue un simple dolor de cabeza. Está claro que lo mío no es entender las señales, el tiempo me lo ha demostrado.

Como no tenía mucho coraje para arreglarme, opté por unos vaqueros de pitillo y una sencilla blusa en color rosa palo. Me recogí mi melena morena en un moño flojo, y, sin ganas, me terminé con un poco de maquillaje suave: eyeliner y los labios con el Lolita de Kat Von D que me había regalado Ivet por mi cumpleaños y que me encantaba. Lo mínimo para disimular un poco la cara de cansancio que tenía.

Oí a Nerea maldecir una y otra vez desde su cuarto, al otro lado del pasillo, hasta que se coló en mi habitación vistiendo sólo un conjunto de ropa interior gris de satén con un bordado rojo en las puntas, muy provocador.

—No sé qué ponerme —se quejó con la cabeza escondida en mi armario.

—Así y una gabardina, seguro que le gusta —bromeé.

—Sí, a Abel y a todo el local.

—Entre nosotras —cuchicheé, como si alguien pudiera oírnos—, sabemos que te gusta ser el centro de atención.

—Entre nosotras —me miró haciéndose la ofendida antes de sonreír traviesa—, sí, pero no en la cárcel, cuando me encierren por exhibicionista.

Parecía realmente nerviosa, y me sorprendió. Digamos que, viniendo de ella, ese tipo de cenas no es que fuera algo excepcional. La única excusa que encontré fue que a lo mejor ese tal Abel sí le gustaba de verdad, o más que la mayoría.

Al final optó por una minifalda de pequeñas lentejuelas plateadas que combinó con un top negro de cuello barco asimétrico y, para rematar, unos peep toes de plataforma. Se dejó la melena rubia suelta y se maquilló con un ahumado intenso que agrandaba y favorecía sus ojos azules. No tengo problemas en reconocer que la falda le quedaba mucho mejor que a mí…, estaba espectacular. Un antiguo novio suyo la había descrito diciendo que tenía la cara de un ángel y un cuerpo de pecado.

Sí, éramos primas, pero creo que en apariencia lo único igual era la altura. Rondamos el metro setenta. Pero Nerea es rubia, ojos azules, y yo morena con los ojos marrones. Ella es curvilínea, y yo, en cambio, soy un palo. Hay gente para todo, y a veces admiran mi delgadez cuando yo las admiro a ellas. ¿Qué puede haber más sexy que un cuerpo de mujer con sus curvas? Sólo soy una mujer tipo autopista, sosa y aburrida. Si quieres disfrutar de la carretera, no hay nada mejor que una serpenteante, y, si no, que se lo pregunten a los motoristas… Bueno, puede que no sea la mejor comparación, pero creo que la idea queda clara.

Vale que tengo las piernas bien definidas y musculadas de tantos kilómetros gastando zapatillas, pero bueno, un poco más de muslo, un poco más de culo, de tetas… estaría genial. Como todas, hay días que me veo más guapa que otros. Tengo los ojos almendrados, cara en forma de corazón y una boca pequeña. Aunque dicho así no lo parezca, hace años que dejé los complejos y que he aceptado cómo soy.

—¿De verdad no quieres venir con nosotros? —dijo una vez lista para salir.

—No, prefiero ir por mi cuenta.

No era sólo por las pocas ganas que le tenía a la velada, y que antes de llegar ya estuviera pensando en la hora de volver a casa, es que no me gusta interferir en los planes de los demás y depender de ellos.

—Pasamos a buscar a Ivet por el hospital y nos vemos en el Mixturis directamente —se despidió, mandándome un beso desde el pasillo.

—Perfecto, hasta ahora.

Terminé de arreglarme. Me puse unos pendientes y rebusqué en la caja de los anillos. Tengo que confesar que son mi objeto fetiche; me gustan grandes, pequeños, de todos los colores y formas. Escogí uno sencillo de plata con un cuarzo rosa en forma rectangular. Me calcé unos stilettos en fucsia que eran la mar de cantones, pero muy cómodos. Cogí la chaqueta de cuero negra y me fui con la moto directa al restaurante, que está situado en una de las callejuelas que dan a la rambla del Poblenou.

***

Era viernes, las diez de la noche, y como es normal el tránsito de la ciudad era un poco caótico; esos pequeños inconvenientes que tenía vivir en la city, aunque me moviera con mi Avespa. Sí, no es un error. Porque es una Vespa negra preciosa, pero con el asiento en amarillo canario —en el tono más chillón que puedas imaginar—, un detalle que tuvo Eric, mi hermano, que fue el encargado de buscarla cuando me mudé. Cuando la vi por primera vez por poco no lo estrangulo; tantos años deseándola y ese amarillo me mortificó durante días. Luego, cuando Eric se fue —eso ya os lo cuento en otro momento—, cada vez que me sentaba sobre aquel asiento canario me acordaba de él, y así fue cómo pasó de ser un tormento y una vergüenza a sacarme una sonrisa. Una de mis películas favoritas y también de mi abuela es Vacaciones en Roma. Su pasión por el cine clásico lo compartimos todas las mujeres de mi familia. Supongo que mi vena romántica surgió de ver esos amores en blanco y negro.

Aparqué sin problemas delante mismo del local, otro de los motivos por los que mi moto me encantaba. Nada más cruzar la puerta vi a Quim y a Elsa, que ya nos estaban esperando tomando un vino en la barra.

Todos somos de la misma quinta, Quim, Ivet y mi prima compartieron carrera, los tres son enfermeros. Después de horas y horas de estudio en casa, acabamos formando este grupo. Quim es alto y delgado; moreno con el pelo algo ondulado y ojos marrones. Físicamente no tiene nada destacable, pero es directo y transparente, y muy buen amigo de los suyos. Estaba trabajando también en el hospital del Mar, como Ivet, él en la planta de cardiología.

Elsa, para que os hagáis una idea, es igualita a Adriana Ugarte. Es sencilla, tanto en el vestir como en su forma de ser, pero siempre va a la última en moda. Tiene una tienda de decoración, Kukicasa, y es entrar en ella y querer llevártelo todo. El nombre le va perfecto. Lo compagina con el estudio de interiorismo y con la empresa de materiales para la construcción que tiene su padre. Fue ella la que nos aconsejó cómo rehabilitar el piso, y su padre nos hizo un buen descuento que nos vino de maravilla.

Ella y Quim son novios desde el instituto; llevan casi media vida juntos y la verdad es que dan envidia. Nunca he visto una pareja tan unida, pero con un comportamiento de total libertad y confianza en el otro. Viven juntos desde los veinte, y hace unos meses —el 25 de junio—, creo que más para darle el gusto a la madre de ella y que no los interrogara más con el tema de casarse, se dieron el «sí, quiero». Todos sabíamos que los niños no tardarían en llegar.

Después de saludarlos, me quité la chaqueta y me senté junto a ella. Quim me pidió lo de siempre, una copa de vino blanco. El restaurante lo había encontrado Ivet por casualidad una noche y, desde entonces, siempre que quedábamos solíamos hacerlo allí. Era pequeño, coqueto, con una decoración bastante ecléctica, pero agradable. La cocina era a base de tapas, tostadas y pa amb tomàquet. Lo que nos sorprendió la primera vez es que la carta de vinos y postres era más larga que la del menú, y eso acabó de convencernos a todos para convertirlo en nuestro lugar favorito.

—Sigo enamorada de esa blusa —dije.

Elsa llevaba un pantalón de pinzas negro y una blusa del mismo color que me encantaba. Era de manga larga, pero con los hombros al descubierto y dos tirantes muy finos.

—Lo sé. Es de mis favoritas.

Les hablé de mi viaje. Ellos habían estado en Cancún para su luna de miel y, al buscar un destino donde pasar la semana de vacaciones, me acordé de su estancia allí. Cuando recabé información sobre la zona en internet fue como una señal, y la idea de escribir un libro con los mayas de fondo y sus creencias fue lo que me hizo decidirme. Aproveché al máximo aquellos siete días. Disfruté de la playa y las notas llenaron una libreta entera. Tenía claro que la historia se situaría en la isla Mujeres, e Ixchel, la diosa del amor, de la luna y la medicina, sería una de las protagonistas.

Vi llegar a Ivet; como siempre, venía muy arreglada. Se había dejado su pelo, moreno y liso, suelto. Vestía un blazer entallado color burdeos y un vestido a medio muslo con vuelo y algo acampanado negro y con pequeños lunares blancos. Y si los anillos son mi fetiche, para Ivet son los zapatos. Ese día eran unos Mary Jane en rojo, igual que el cinturón. Tiene complejo de ser bajita y sin ellos no va a ningún lado. Estaba muy guapa, y eso que salía de trabajar en el turno de tarde. Es muy coqueta, cuando vivíamos juntas al principio creó más de un conflicto. Al final optamos por poner unas normas y que acabara acicalándose en su cuarto, dejando así el baño libre. Es el único defecto que podría encontrarle a Ivet, y eso dice mucho de ella.

Se mudó al piso casi dos meses después de que empezáramos en la universidad. Ella es de Girona y cada día hacía el trayecto en tren, y pronto se cansó de llegar tarde o no llegar. Nerea le comentó que, si quería, teníamos una habitación de sobra. Y desde entonces. Es divertida, muy sensata, y la mejor amiga que puedas tener. Un poco bruta al decir las cosas, pero suele tener razón. Es como la voz de la conciencia de todos. Yo digo que hasta el nombre le va que ni pintado, porque Ivet me recuerda al Tíbet y a las creencias budistas. Ya la iréis conociendo.

Por cierto, puede que me veáis llamarla Dalai. Fue una noche, al principio de empezar a vivir juntas, en una de esas cenas que comienzan de lo más banales y aburridas y van cogiendo forma. Forma de cogorza monumental a base de chupitos, confesiones y risas.

—Podéis llamarme Dalai Mama.

—¿Sólo nos deleitarás con tu sabiduría cuando estés mamada?

—No de bebida, ¡mama de mujer! Aunque, ya se sabe, los niños y los borrachos siempre dicen la verdad. Allá vosotras si no queréis hacer caso de mis consejos…

—Tienes mala cara —dijo antes de darme dos besos, devolviéndome al presente.

Si había alguien en este mundo que me tenía calada y me conocía hasta mejor que yo, era ella. Desde siempre, tenía como un sexto sentido para detectar mi humor.

—Vaya, hola —repuse vocalizando cada letra—, será porque me duele la cabeza.

—¿Por qué no te has quedado en casa? —La miré alzando las cejas—. Vale, tu prima.

—Pues eso, la conoces, no he podido decirle que no. ¿Vienes sola?

—He dejado a los tortolitos aparcando. —Besó a la pareja y se sentó en el taburete a mi lado.

—¿Y qué tal es? —pregunté curiosa. Había estado tan espesa todo el día que hasta minutos antes de conocer al novio no me había planteado cómo sería.

—Pues, la verdad, un bombón. Te va a gustar, no sé por qué me ha recordado a Bernardo —dijo guiñándome un ojo.

—¿Bernardo? —cuestionó Quim desconcertado al no saber de quién hablábamos.

—El protagonista de la trilogía de Vino y canela —le contestó su mujer—. Nos has oído hablar de él.

—Ya, ya. Otro Grey con el que competir —la interrumpió poniendo los ojos en blanco.

—Tiene mucho futuro esa escritora; está arrasando —añadió Ivet sin dejar de mirarme y sonriendo pícara.

Las dos se pusieron a hablar de la trilogía y yo decidí ir al baño. Era la historia sobre una pastelera francesa, Amélie, y un enólogo español, Bernardo, que se encontraban en un château en la zona del Loira donde se abriría un hotel de lujo con restaurante. Ambos habían sido preseleccionados y tenían que terminar de pasar las pruebas. El erotismo y la pasión —en la cocina y fuera de ella— eran los platos fuertes.

Aún hoy, ese tema me hace sentir incómoda. No sé muy bien por qué lo guardo en secreto, pero resulta raro cuando la gente habla de tus libros frente a ti sin que sepan que eres la autora. Por aquel entonces, la única que sabía que me dedicaba a escribir erótica era Ivet, y todo porque una noche en casa, después de cenar las dos solas, no sé cómo acabamos hablando de esos libros y, sin querer ni pensar qué estaba diciendo, le conté el final de la trilogía. Después de que casi le diera un patatús al saberlo, me acribilló a preguntas. De ahí, ese juego de provocarme siempre que podía. No entendía, y sigue sin hacerlo, por qué utilizo un seudónimo. Por qué me escondo y no digo a voz en grito que escribo libros que se venden muy bien, ¿qué mal hay para no divulgarlo? Supongo que lo que me impedía, como quien dice, salir del armario es lo que escondía esa parte de mí. Me sentía segura creyendo que era imposible que se descubriera. Creía que si algún día se sabía me moriría de vergüenza, pero me quedé corta. Muy corta, imaginando qué ocurriría si se diera el caso. Escribir desde el anonimato me daba seguridad, y disfrutaba escribiendo esas historias. Por aquel entonces tenía entre manos una que mezclaba mis dos pasiones: la grafología y la romántica. Aunque aún no tenía la trama del todo clara, sí lo era el argumento. Sólo eran unas páginas de una novela que ahora puedo decir que fue un éxito.

Cuando volví de mi miniescapada al baño, me quedé petrificada en medio del restaurante mirando al grupo de mis amigos y sintiendo cómo el suelo se movía bajo mis pies. Como un puñetazo en el estómago que no me dejara respirar y me desgarrara entera por dentro. Negué con la cabeza creyendo ver entre ellos un fantasma. Parpadeé dos o tres veces, pero al abrirlos, en lugar de esfumarse, mi visión se volvió de lado y sonrió. Y ésa fue la primera vez que noté cómo el corazón me explotaba en mil pedazos.

¡CRASH, BOOM, BANG!

No sé el rato que pasó hasta que volví a la realidad. Seguro que fueron sólo unos segundos al ver que todo a mi alrededor seguía como si nada. Nadie se dio cuenta, nadie vio cómo mi vida se partía en dos.

Hora: Once menos veinte de la noche.

Lugar: Mixturis, Barcelona.

Ése fue el momento, el que marcó un antes y un después. Ese que sirve de referencia para el «pre» y el «post». Fue ése. Justo ése. Aunque no lo asumí hasta tiempo después. Y todo porque mi fantasma estaba con mis amigos, agarrando a mi prima por la cintura.

Me di media vuelta y corrí sin mirar si había alguien en mi trayectoria, tuve la suerte de no tentar a Murphy y no me llevé a ningún un camarero cargando platos en mi huida. Volví al baño y me atrincheré en él.

«¡¡¡NOOOOO!!! No puede ser…, ¡imposible!»

Me encerré sentándome en el retrete, suspirando sonoramente mientras trataba de respirar; estaba temblando. Sin ser muy consciente, me balanceaba adelante y atrás, negando con la cabeza una y otra vez. Me abrazaba fuerte renegando a media voz…

«¡Hostia!» ¿Qué posibilidad había? «¡Joder!»

Fue en ese momento que empecé a creer que realmente era cierto el dicho ese de «el mundo es un pañuelo».

Sólo una palabra retumbaba en mi cabeza: «IMPOSIBLE».

Por mucho que intentara tranquilizarme y murmurara entre dientes que a lo mejor me había equivocado y que no era él, algo me decía que me estaba engañando. Sabía que era él. Por saber, hasta acababa de descubrir su nombre: Abel.

Verlo así, a bocajarro, sin preliminares, sin anestesia ni redoble de tambores era de ataque al corazón. Fulminante.

Me costó como mínimo cinco años de vida tener la sangre fría para despejar un poco la mente y pensar qué hacer, porque si algo tenía claro era que no podía sentarme a aquella mesa. Mi cabeza estaba bloqueada repitiendo sin cesar como una vieja cinta de casete rayada la palabra «imposible». No me sentía con fuerzas para afrontarlo, ni a él, ni la situación. Necesitaba digerirlo antes de… ¡de nada!, porque tenía claro que no habría ningún «momento» perfecto para algo así. Para algo así no se está nunca preparada, y mucho menos aquella noche.

«Imposible.»

Necesitaba tiempo, no sabía muy bien para qué, pero lo necesitaba.

Sin dudarlo, ni esperar más, salí del local. Entonces descubrí por qué las chicas solemos coger el bolso para ir al baño: la huida es más fácil.

Mandé un mensaje a Ivet para decirle que no me esperaran, que me iba a casa con la excusa del dolor de cabeza. Intentó llamarme, pero no lo cogí. Me puse el casco y hui escondiéndome entre las calles de la ciudad. El ruido del tráfico, las luces…, todo me parecía verlo en diferido, porque la imagen de un rostro sonriendo y mesándose la nuca estaba grabada en mi retina.

«Imposible», repetía mentalmente una y otra vez.

¡Como si sirviera de algo!

¡Como si con esa palabra fuera a desaparecer!

¡Como si con desearlo fuera suficiente como para que él no fuera el novio de mi prima!

—¡Deja de repetir que es imposible y busca una solución! —Entre el ruido de la moto, del tráfico y el casco, pude gritar sin que nadie más oyera mi locura.

Cuando llegué a casa lo primero que hice fue abrir el congelador y darle un buen trago a la primera botella que pillé. El sabor anisado de la ratafía me calentó la garganta. Odio el anís, así que, para cambiar el gusto, cogí la otra, que era de tequila.

«Pedazo de pedo voy a coger en treinta segundos sentada frente al congelador…»

Estaba muerta de frío.

—¡Ir en moto sin chaqueta es lo que tiene, pava! —bufé en voz alta, aunque sabía muy bien que el temblor no se debía al frío de esa noche de principios de octubre—. ¡Es que es imposible, joder! —grité mientras gruñía y pataleaba como una cría—. ¡Necesito una solución!

El pavor a no saber cómo gestionar lo que se me venía encima me tenía al borde del colapso. Quería huir, esconderme lejos y no volver a sacar la cabeza en años. La idea de convertirme en un conejito y desaparecer dentro de un sombrero de copa me parecía la mejor solución.

«¿Dónde está Houdini cuando se lo necesita?»

Desde ese primer momento supe que ésa sería la solución, pero no quise verlo, ni creerlo. Hasta que fue tarde. Demasiado tarde.

Notaba el corazón retumbando histérico. Me daba palmadas en la frente, no llegaba a ninguna conclusión lo suficientemente atractiva o plausible. El teléfono volvió a sonar, rebusqué en el bolso y vi que tenía diez llamadas perdidas y no sé cuántos mensajes. Todos habían intentado contactar conmigo.

Informé al grupo —así todos se enteraban al mismo tiempo— de que sólo era un dolor de cabeza y necesitaba dormir.

En el pasillo, al pasar frente la puerta de la habitación de Nerea, la imagen de aquella misma mañana me vino a la mente, la de cuatro pies saludándome bajo las sábanas.

—¡Putas musas…, claro que estabais inspiradas esta mañana, si lo teníais al otro lado de la pared!

Di un portazo y me encerré en mi cuarto. Sin miramientos, me desnudé y me tiré en plancha en la cama. Necesitaba dormir. Dormir, apagar la luz y que todo volviera a su sitio. Sobre todo, un hombre de pelo oscuro y ojos marrones…, que volviera a ese lugar secreto donde había estado hasta entonces porque en mi vida real no pintaba nada de nada, sólo podía acarrear problemas. Un sinfín de problemas que me tenían sin saber qué iba a estallarme antes, si la cabeza o el corazón de tanta presión.

Busqué en mi faceta de escritora algún argumento o idea válida, en mi experiencia en resolver casos de mi trabajo, en los conocimientos de la vida misma…, pero nada fue suficiente para llegar a imaginar todo lo que me esperaba.

Era incapaz de encontrar una solución que me convenciera, o que resultara, como mínimo, lo menos dañina para mí.

Hacer realidad el sueño de conocerlo al fin.

Fingir.

Callar.

Ignorar.

Huir.

Contar la verdad.

Nada, ninguna era lo suficientemente aceptable. Las dudas se sucedían mientras yo, Manuela Esteve, no sabía cómo afrontarlas. Me puse los cascos y, con la magia de los dedos de Ludovico Einaudi sobre las teclas del piano, cerré los ojos e intenté recuperar mi respiración al ritmo de la melodía de Nuvole bianche.

Descargar gratis Crash Boom Bang Dona Ter pdf epub


Capítulo 3 Sueños de carne y hueso

1 de octubre. El mes empezaba fuerte. Demasiado, la verdad. Decir que la noche había sido un asco era como si los meteorólogos de la tele informaran del tiempo que había hecho, un dato que no requería de estudio ni ser vidente. Ni me asusté al ver mi cara de mapache cuando me la lavé. Ni las ojeras que había debajo. Aunque era sábado, salí a correr e hice el doble de kilómetros que solía hacer con la esperanza de que así las musas me hablaran. No esperaba que me contaran ninguna escena, sino que me revelaran una solución; pero, para no variar, las cabronas desaparecieron en el momento de la verdad. Seguía sin saber qué hacer.

Los fines de semana no suelo salir a correr, es una actividad que dejo para los días laborables, el resto me gusta tomarme la mañana con tranquilidad. Pero ese día necesitaba salir, tomar aire y despejarme un poco. Si algo bueno tiene correr al amanecer, cuando, como dicen algunos, las calles no están puestas todavía, es el fresco de la mañana. Las posibilidades que se abren con la llegada de un nuevo día, la tranquilidad que envuelve esas horas y el olor de las panaderías…, eso es de lo mejor y de lo peor de salir tan temprano. Ese seductor olor a pan recién hecho, a chocolate, a mantequilla… Hay días, como ése, que conseguían su objetivo, y, como siempre llevaba algo de dinero en el bolsillo, compré unos cruasanes y el periódico antes de subir a casa.

Enriqueta, Queta, la quiosquera, era una mujer extravagante y muy pintoresca a la hora de vestir, además de llevar el pelo corto y teñido de violeta. No obstante, yo siempre creí que formaba parte de un uniforme que había elegido para estar vendiendo periódicos. Soy de esas personas a las que aún les gusta leer las noticias en papel, y, después de años viéndonos cada día, habíamos llegado a congeniar de una forma especial. A pesar de su vena cotilla, me gustaba hablar con ella.

Queta estaba plano en mano atendiendo a unos turistas, no tenía prisa y dejé que terminara con ellos. Sí, soy de las que les gusta leer el periódico y ensuciarse las manos con su tinta mientras disfruto de un buen desayuno.

—¿Corriendo un sábado? —me saludó pellizcándome la mejilla a conciencia como harían las viejas tías de las novelas y dejando el churrete de pintalabios, ese día en un color melocotón, en la frente.

—Sí. La vuelta está siendo muy dura —dije con pesadumbre.

Supongo que mi cara reveló mi estado, porque, en lugar de ponerse a contarme las novedades que habían ocurrido en mi ausencia, me mandó a casa a descansar.

Dejé la compra en la encimera de la cocina y me fui al baño. Bonnie Tyler cantaba que necesitaba un héroe a través de los auriculares. Yo, por esa época, ya había decidido apuntar mucho más bajo y me conformaba con que fuera sólo un hombre, y, a poder ser, con los calzoncillos por debajo del pantalón.

Al abrir la puerta del baño, el vaho me nubló la vista… ¡Y una mierda! No me nubló nada, estaba todo muy muy claro. Nítido. DESNUDO.

—¡Joder! —Me di media vuelta para salir tan rápido que no me percaté de que tenía la puerta cerca y me di con ella un buen porrazo que me tiró para atrás. Unos brazos de hombre impidieron que me cayera de culo al suelo.

El dolor me cegaba por momentos, no podía ser…

«Quiero desaparecer, ahora, quiero huir. Tierra, trágame.»

Recé, pero nadie me hizo caso. Así que seguí allí, en el suelo, en brazos de mi fantasma. Desnudo, repito, mi fantasma pegado a mí y sin ropa.

«Tierra, trágame…, y a él conmigo.»

No sabía a qué atender primero, si al dolor o a él. Noté cómo un hilo de sangre empezaba a bajarme por la cara. Ganó el porrazo. Me quité los cascos de un tirón y me llevé la mano a la cara; me dolía la frente y la nariz, ¡qué dolor!

«¡Por Dios, ¿de qué hacían antes las puertas?!»

—¿Estás bien? —Sin soltarme, cogió una toalla y me la puso en la frente.

«¡Ay, madre, qué voz!»

Eso yo lo desconocía porque sólo lo había oído susurrar. Ese mismo sonido que tenía guardado dentro apareció levantando el polvo de mi secreto más íntimo y abriéndose paso para salir a la superficie. Tomando forma. Siendo Palpable. Real.

—¡Joder, ni que fuera la primera vez que te veo desnudo! —exclamé.

—¿No es la primera vez? —preguntó desconcertado.

«¡Mierda, Nola, cómo la estás liando y sólo has dicho una frase!»

—Digo… a… un hombre —balbuceé haciendo un verdadero esfuerzo por mirarle sólo a la cara y no bajar la vista e inspeccionarlo como se merecía. Como deseaba. Como llevaba queriendo hacer desde hacía años…

«¡¡Frena!!»

Sólo era el cuerpo de un hombre desnudo. Estaba harta de verlos en la playa, en mi cama —bueno, es sólo una forma de hablar—, pero él era especial. Ese cuerpo en mi mente, para mí, lo era todo, y tenerlo en la realidad, tocándome y sintiéndolo tan cerca, me estaba afectando. El pulso me martilleaba en las sienes y aumentaba la sensación de dolor.

Por un momento, vamos a llamarlo efecto secundario del shock —así, como a modo de excusa—, me di el gustazo de hacer realidad mi sueño de poder observarlo sin pudor y sin nada de por medio. No parecía tener problemas por estar desnudo frente a mí, y yo mucho menos. Estaba visto que los años le sentaban igual de bien que a un buen vino. Alto, su constitución y sus facciones se habían endurecido y ensanchado, dejando muy lejos la pinta de estudiante, para convertirse en un icono de belleza ruda y algo salvaje. Llevaba el pelo igual de largo. Una mata de pelo morena, espesa y algo ondulada, una que me pedía que escondiera la mano y, sobre todo, tirar de ella pidiendo más… Ojos almendrados, y una barba recortada que perfilaba su rostro ovalado. Sus labios gruesos y carnosos me recordaron a un melocotón en su punto, daban ganas de hincarle los dientes y dejar que su dulce jugo resbalara por la comisura de mi boca…

Mis ojos se detuvieron en su pecho y en aquel tatuaje que debía de ser más reciente, porque yo no se lo había visto. Era un círculo, un árbol de la vida. Desde allí, la desvié lentamente hasta llegar a su antebrazo, donde yo me sujetaba. Casi me pareció sentir cómo se removían las olas de aquel mar de tinta negra bajo mis dedos. Al levantar la vista choqué con su mirada, que me escrutaba expectante. Directa. Penetrante. Sus labios sonreían enigmáticos, y mandaron una descarga hormigueante por todo mi cuerpo.

«¡Ola de calor en el sur!»

No sé si fue efecto del momento, pero pensé —sí, mi cabeza fue capaz de procesar algunos datos— que era demasiado íntimo y sexy para ser nuestro primer encuentro, sobre todo teniendo en cuenta quién era él y cómo había llegado a estar desnudo en mi baño.

Notaba la garganta seca y sentía que toda yo temblaba. Tenía un calor horrible, las mejillas me ardían y al mismo tiempo tenía la piel erizada, que ni que estuviera en el Ártico en biquini.

—¿Qué ha pasado? —La voz de mi prima hizo que los dos, de forma automática, miráramos hacia arriba y volviéramos a la realidad.

Apareció vestida como el día anterior, sólo con la camisa azul claro de él. Retiré la mano de Abel —grande, masculina, con sus dedos perfectos para hacerte levitar— y le cogí la toalla para levantarme. Se apartó y me dejó espacio. Me tambaleé un poco y Nerea acudió en mi ayuda.

Completamente perturbada por la situación y, sobre todo, avergonzada por mi comportamiento, contesté en un tono demasiado enfadado que poco tenía que ver con ellos, y sí con mi estupidez:

—Que aquí, tu colega, no sabe que las puertas se cierran si hay alguien dentro y no se vive solo.

—Lo siento, no lo pensé —se justificó Abel.

Me acerqué al espejo mientras él se cubría con una toalla y se iba a la habitación, no antes de que el espejo me mostrara su espalda. Y ahí estaban, tan cerca y en todo su esplendor aquellas alas. ¡Las alas! Fue lo primero que me llamó la atención de él. El tatuaje le cubría toda la parte superior hasta llegar al interior de los brazos. El dibujo en sí, cada pluma…, era extraordinario. Parecía que iban a emprender el vuelo cada vez que movía los brazos. De frente ni se veían y ni me acordaba de ellas, pero al darse media vuelta, aquella espalda y aquel culo…

«¡Cómo gana este hombre en directo!»

Es ahora, escribiéndolo y recordándolo todo por enésima vez, que me doy cuenta de que, hasta aquel momento, no hizo el amago de cubrir su desnudez. Estaba más pendiente de mí, y, la verdad, yo tampoco pensé en pedirle que cubriera semejante escultura. Concentrándome en mí, me miré la frente. Era un corte limpio y no parecía profundo. Sin decirle nada a mi prima, la dejé allí plantada y me fui en busca de mi cama.

Nerea apareció casi al instante a mi lado, se puso de rodillas y apartó la toalla.

—Deja que te cure. —Antes de apoyar un trapo con hielo para evitar que se inflamara, me limpió la herida con Betadine. Sirvió de poco, porque al cabo de unas horas mi cara parecería un mapamundi.

Entre el caos que reinaba en mi vida y el golpe que tenía en la cabeza, parecía que tuviera una taladradora de las del tamaño de los túneles del AVE perforando mi cerebro.

—Vaya manera de conocer a Abel. Entre que ayer te largaste de la cena y ahora esto… ¿Se puede saber qué te ocurre?

«Si tú supieras…» Tragué saliva y la verdad con ella. Opté por una escapatoria dudosamente digna: una media mentira.

—Lo siento, ¿qué esperabas? Llego de correr, abro la puerta del baño y me encuentro a un tío desnudo. Y lo de ayer sabes que tenía dolor de cabeza.

—Por eso no sales huyendo así, que hasta te dejaste la chaqueta. Por cierto, está colgada en el perchero del recibidor. ¿Tiene algo que ver con G?

—Eh… —Asentí con la cabeza sin ser muy consciente de lo que hacía. Aunque no tuviera nada que ver con mi ex, no sería nada raro, así que por una vez le eché una culpa que no tenía y me sirvió de tapadera.

Gervasi, mi ex, es de esas personas que te alegras de que ya formen parte de tu pasado. Habría sido mucho mejor que no se cruzara en mi camino y no desperdiciar seis años de mi vida. Lo conocí en una fiesta de la universidad. Yo estaba en el tercer año de carrera y él estaba terminando su doctorado en Química. Es dos años mayor que yo y me atrajo al instante con su magnetismo. En cuatro días pasamos a ser una perfecta pareja unida que lo compartía todo. Pensé que había encontrado al hombre de mi vida. Hasta que hablamos de vivir juntos, de avanzar; una noche me propuso compartir piso y empezar nuestra vida a dos, y al día siguiente apareció diciendo que no estaba preparado. Y ahí se quedó lo nuestro, mis sueños, en un adiós.

Cuesta asumir una ruptura así, pero no pude seguir con él después de aquello. Hacía un año que lo habíamos dejado y desde entonces él iba de mártir. Sólo repetía que se había equivocado y que quería volver, pero yo no creo en las segundas oportunidades. Si no era lo suficientemente buena o algo no le encajó al día siguiente de planear una vida juntos, tampoco lo iba a ser ahora porque yo seguía siendo la misma.

Gervasi formaba parte de mi pasado, y si mientras estábamos juntos me encantaba que fuera cariñoso y que estuviera pendiente de mí, luego acabé aborreciendo todas sus atenciones. Parecía incapaz de entender que lo nuestro era ya historia. Creía que era un capricho de niñata. Que ese año de negativas era para hacerlo sufrir y que sólo lo estaba torturando un poco antes de caer rendida.

—Bueno, cuando quieras contármelo, ya sabes dónde estoy. —La voz de Nerea me devolvió al presente.

Me sorprendió que no insistiera más porque no era propio de ella dejar el tema así, sin intentar averiguarlo todo, pero, fuera por lo que fuese, lo agradecí. Mi prima es de esas personas de todo, aquí y ahora. Terca, que cuando se le mete algo entre ceja y ceja no hay forma de hacerla cambiar de opinión.

—Gracias.

—Deberías darte una ducha, apestas. —Cerró la puerta y me dejó sola.

Como una niña pequeña, rompí a llorar con tanta intensidad que hasta yo me sorprendí. Las preguntas de qué iba a hacer y cómo iba a hacerlo retumbaban dentro de mí en cada latido. Mi mente mezclaba imágenes entre las que tenía encriptadas y guardadas de él en mi cerebro con las de hacía unos minutos en el baño. Me regalé un instante. Sólo uno para rememorarlo cada milésima de segundo.

Pocas veces me había permitido la licencia de soñar que lo conocería, pero después de la «cena» del día anterior era de esperar que ocurriera. Durante la noche, por mi mente habían desfilado más de mil formas de presentación y qué le diría…, pero en ningún momento imaginé que sería en un baño y los dos solos. Él desnudo y yo en sus brazos. Un sueño hecho realidad, pero en una realidad muy distorsionada.

Como un perro mojado, me sacudí para apartar esos recuerdos y me obligué a centrarme. Tenía que actuar como si de verdad no lo conociera.

«¡Pero es que no tengo que fingirlo!

»Sólo conozco cada centímetro de su cuerpo… Joder, ¡qué mal suena!»

¡Sí, era tan horrible como parece!

«Pero… ¿cuándo me pareció que todo esto podría salir bien? ¿Cuándo me pareció una buena idea?»

Ellos estaban en la cocina, y yo seguía en mi habitación. Tenía que afrontarlo, no podía seguir escondiéndome como un oso en plena hibernación. «Conociendo a mi prima, puede que su enamoramiento dure dos días.» Podía hacer frente a la situación. O, al menos, intentarlo. Sólo tenía que evitarlo, evitarlos. Verlo lo menos posible. Tampoco se iban a pasar el día dentro del piso…, ¿verdad?

Cambié el refugio de mi cuarto por el baño. Pero allí encerrada aún me torturé más. Nada era lo que parecía. Ya no era un suelo damero, ni sólo una bañera de estilo antiguo. Era el lugar donde hacía unos minutos él se estaba duchando y donde había sentido el calor de su piel junto a la mía.

«¡Qué duro va a ser esto…!»

No sé si fue adrede o mi cuerpo tomó la iniciativa, pero hice tiempo entre aquellas cuatro paredes. Me mimé con Rituals. Mascarilla en el pelo y en la cara mientras tomaba un baño con aceites esenciales, exfoliante, tónico, crema…, todo buscando retrasar al máximo el momento. Como me había llevado ropa limpia, me vestí allí mismo, un short de pijama corto azul con estrellitas y una fina camiseta de manga larga blanca. Me sequé el pelo a conciencia. Lo recogí todo y me llevé la ropa de correr para meterla en la lavadora. Había llegado el «ansiado» —léase con retintín— momento de la presentación oficial.

Al salir al pasillo y oír sus risas me llevé una decepción, pues por alguna estúpida razón deseaba que se hubieran cansado de esperar y ya no estuvieran en casa. Pero no, tenía que aceptar que la suerte no estaba de mi lado.

—Vamos allá —gruñí entre dientes cruzando el comedor de punta a punta.

Si debajo del chorro de agua creí que iba a ser duro y complicado, sólo por imaginarlo minutos antes en aquella misma posición, cuando llegué a la cocina vi que me había quedado corta con mis pronósticos. Encontrar a Nerea sentada en la encimera, con la camisa de él abierta de par en par como única vestimenta y él dándose un festín de carne era quedarse muy corta con las previsiones.

Descargar gratis Crash Boom Bang Dona Ter pdf epub



ENLACES PATROCINADOS

Deja un comentario:

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.