Cuando vuelva a encontrarte pdf – Mar Carrión

Para la acaudalada gente de Alice Mathews lo más importante es el éxito sindical, el parné y las exterioridades, por eso, para Wayne Mathews, el tirano de su autor, el único futuro veraz para su hija es que se convierta en la abogada de la cometida que él dirige en Chicago.

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Recién licenciada, Alice se conducción a Nueva York para verificar las prácticas en el despacho de un amigo de su generador.

Sin embargo, ya que está tan lejos de arquitectura y del examen del presidente, encontrará una ocasión seductora de contemplar llenos sus puros espejismos.

De Mar Carrión

Amante de la pintura, su verdadera inclinación, se muda a un viejo alojamiento en un ghetto artesano de Brooklyn, que deberá adjuntar para rendimiento permitirse enterar sus saberes de ingenio.

Pero ¿qué sucederá cuando descubra al verdadero compadre de asfalto, Jake Mancini, un chico con el rizo largo que toca en una chía de rock? ¿qué impresiones les deparará el azar a dos habitantes tan rebeldes como Alice y Jake?

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Prólogo

Nada más llegar a casa, entró en la cocina para besar a Ava y luego subió la escalera a toda prisa para encerrarse en su dormitorio. Soltó la mochila sobre la cama y comenzó a abrir y a cerrar los cajones de su escritorio. Colocó sobre la mesa el set de acuarelas que le había regalado Ava por su último cumpleaños y fue disponiendo el resto de los materiales alrededor de los folios en blanco. Se sentó y observó con embeleso el paisaje otoñal que se extendía al otro lado de la ventana. Tonos marrones, ocre y ámbar envolvían la calle residencial de Golden Coast, mientras que el cielo del atardecer era una explosión de azules, violeta, rosa y naranja. ¡Qué desafío recrear tantos colores! Miró su paleta de acuarelas emocionada y su mente comenzó a mezclarlos mucho más rápido de lo que lo hacían sus manos.

Se le pasó la tarde volando, aunque la caída de la luz la obligó a terminar su boceto de manera algo precipitada. Ése era un escollo con el que se enfrentaba cada tarde y que todavía no sabía cómo salvar. Los colores, las luces y las sombras se movían constantemente como si tuvieran vida propia, por lo que era muy difícil capturarlos en el papel. Agarró su dibujo ya terminado y lo observó con una sonrisa. A la abuela le encantaría, así que corrió a mostrárselo.

Estaba sentada en su sillón orejero del salón, tejiendo una funda muy bonita para el cojín que siempre se ponía en la zona lumbar cuando tomaba asiento. Su estudiosa hermana estaba sentada a la mesa, con la nariz enterrada en los libros de historia. La abuela la ayudaba con esa asignatura, sabía tantas cosas… Pero lo que mejor sabía hacer, a su juicio, era hornear galletas de todos los sabores e ingredientes. El aroma a vainilla y chocolate procedía de la cocina y se expandía por todo el salón. A Alice se le encogió el estómago como un acordeón. ¡Qué hambre tenía!

—¡Mira lo que he dibujado, abuela!

—Chisss, no seas tan escandalosa. Algunas tratamos de hacer los deberes —la riñó Erin.

Ava dejó a un lado las agujas de tejer y cogió el dibujo de sus manos. Lo contempló con mirada cándida mientras ella la observaba sin parpadear, esperando su veredicto con excitación.

—Qué preciosidad, cariño. Qué colores tan bonitos… —Retiró un momento la mirada orgullosa del dibujo para aposentarla en su nieta—. Eres una verdadera artista, pequeña. ¿Has visto lo que ha dibujado tu hermana, Erin?

Ella desenterró la cabeza de su libreta y miró el dibujo.

—Sí, es muy bonito, pero como te hayas pasado toda la tarde dibujando y no hayas hecho los deberes, te va a caer una buena bronca en cuanto llegue papá.

—Los has hecho, ¿verdad, cariño? —le preguntó la abuela con expresión preocupada.

Alice torció el gesto.

—Los haré ahora. Tenía que aprovechar la luz y me estaba quedando tan bonito que no me he dado cuenta de la hora que era.

—Pues venga, bájate los libros si quieres y hazlos aquí. —Lanzó una mirada al reloj de pared que pendía sobre la chimenea—. Se ha hecho un poco tarde y tu padre estará a punto de llegar. Helen ya ha empezado a preparar la cena.

—Vale —asintió con un movimiento de hombros—. ¿Mamá no ha llegado todavía?

—Ha llamado hace un rato para decirnos que se retrasaría. Por lo visto, esas clases de aromaterapia a las que acude los miércoles han empezado un poco más tarde de lo habitual.

Alice subió a su dormitorio, agarró la mochila y volvió a bajar como un rayo. Descendía la escalera hacia el salón cuando oyó el característico sonido que hacía la puerta del garaje cuando su padre regresaba a casa después de un largo día de trabajo.

Días antes le había sucedido lo mismo que esa tarde. Tanto se había entusiasmado pintando las siluetas tan originales que las nubes formaban en el cielo que, cuando quiso darse cuenta, su padre subía la escalera. La había reprendido severamente, y ni siquiera el bonito dibujo había suavizado su mal humor. Pero ese día sería diferente, porque el dibujo de las nubes no le había quedado tan espectacular como el que acababa de realizar. Si se enfadaba porque no había hecho los deberes, se lo mostraría y seguro que se le pasaría el enfado.

Dejó la mochila sobre la mesa, al lado de los cuadernos de Erin, y sacó su libro de matemáticas. Ese día, el señor Atkins les había mandado un montón de ejercicios, pero Alice apenas había prestado atención a las explicaciones en clase y ahora no tenía ni idea de cómo resolverlos. Odiaba las matemáticas, tampoco era la asignatura favorita de Erin, así que no le quedó más remedio que esperar a su padre para que le echara una mano. Él sí era bueno con los cálculos.

Wayne Mathews asomó su esbelta y trajeada silueta en el salón, aunque saludó desde el umbral. Nunca les daba un beso cuando llegaba del trabajo, y rara vez reía o sonreía. Se limitaba a preguntarles sobre las clases, los estudios y los deberes, y si le daban la respuesta que quería oír, entonces desaparecía en su despacho hasta la hora de la cena. Cuando Alice le preguntaba a la abuela la razón por la que los papás de sus compañeras de clase eran cariñosos con sus hijas y, por el contrario, su padre no lo era, Ava solía justificar ese desapego aduciendo que era un hombre muy ocupado, pero que eso no significaba que no las quisiera. «Os quiere muchísimo a las dos, y vuestra madre también. Sois su vida», solía decirles cuando hacían preguntas.

Sin embargo, ese día no se marchó a su despacho. Después de que quedara complacido con las explicaciones de Erin, las que le dio Alice hicieron que frunciera el ceño en ese gesto suyo tan característico que tanto aterraba a su hermana, incluso cuando su enfado no tenía nada que ver con ella.

—¿Se puede saber qué has estado haciendo durante toda la tarde para que tus deberes no estén terminados?

—Claro —contestó Alice con una sonrisa. Cogió el folio y corrió hacia el umbral de la puerta para enseñárselo—. Mira.

Wayne Mathews lo agarró y observó con gesto pétreo el conjunto de líneas y colores.

—¿Qué es esto?

—Es la calle, papá. La he pintado porque tenía unos colores muy bonitos. ¿Te gusta?

Sus oscuras cejas casi se tocaron en el centro. Al alzar la mirada, sus ojos azules brillaban con un furor que hizo temblar a Alice.

—¿Y en esto has malgastado toda la tarde?

—No la he mal-malgastado. De mayor quiero ser pintora, papá.

—¿Pintora? ¿Qué te dije el otro día?

—Pero el otro día el dibujo no me salió tan bien como éste.

Wayne Mathews miró a Ava y la anciana dejó de tejer.

—Deberías vigilarla más de cerca, madre. —Ni siquiera la dejó responder—. Y tú quítate de la cabeza esa ridiculez de que quieres ser pintora.

—No es una ridiculez. —Alice irguió la barbilla con obstinación.

—Sólo tiene ocho años, hijo —intervino Ava—. Cambiará de idea varias veces antes de que descubra qué es a lo que quiere dedicarse de verdad.

—A su edad, yo ya lo tenía muy claro. Y Erin también. —Su hermana no se atrevía a levantar la cabeza de los libros—. Ya puedes ir olvidándote de esa tontería, ¿me oyes? —Arrugó el folio en una mano y lo hizo una pelotita. Alice chilló desolada y enseguida se puso a llorar—. Me da igual que llores, ya te advertí el otro día que los deberes tienen que estar listos antes de la cena, y que si te veía otra vez distraída con las puñeteras acuarelas que te regaló la abuela te las quitaría.

—Pero, papá…

—No hay peros que valgan. La próxima vez que decidas ser una irresponsable seguro que lo pensarás dos veces.

En el salón, su voz de trueno se fue apagando conforme subía la escalera hacia la habitación de Alice. Ella se quedó mirando a su abuela, que no pudo hacer otra cosa más que enviarle una mirada afectuosa cargada de tristeza. Nadie, ni siquiera Ava, podía doblegar jamás la voluntad de su padre.

Con el rostro encharcado en lágrimas, Alice subió la escalera como un torbellino. Tiró de la manga de la chaqueta de su padre cuando chocó con él en la entrada de su dormitorio, pero sus súplicas no lo detuvieron. Wayne Mathews cruzó la habitación en tres zancadas, agarró el set de acuarelas que todavía estaba encima de la mesa y se lo llevó consigo.

—Papá, te prometo que no volverá a pasar, ¡pero no me quites mis pinturas! —Lloró amargamente.

—¡Te dije que no te avisaría dos veces!

Alice se colgó de su brazo para detener sus furiosos pasos. Alargó la mano para intentar apoderarse del estuche, pero su padre le dio un empujoncito para apartarla de su camino.

—No quiero más llantos. Baja ahora mismo a hacer tus deberes y conviértete en una mujer de provecho. ¡No volverás a ver esto hasta que se te quiten de la cabeza todas las tonterías! —Zarandeó las acuarelas en el aire.

Wayne entró en su despacho y cerró de un portazo. Alice temblaba de pies a cabeza en medio del corredor mientras observaba la puerta prohibida. No les estaba permitido entrar allí, así que no podría recuperar sus acuarelas de ningún modo. Su llanto aumentó, sintió como si su pequeño mundo acabara de romperse para siempre. Ella no tenía la cabeza llena de tonterías. Sus padres siempre le decían que debía ser abogada, durante las cenas no se hablaba de otro tema que del futuro profesional de sus hijas; pero ella tenía muy claro que quería ser pintora. Lo sabía casi desde que era un bebé.

Regresó al salón con los hombros desplomados, los ojos hinchados como pelotas y la nariz congestionada. Entre los brazos de la abuela halló algo de consuelo y las palabras comprensivas de Erin también la reconfortaron. Pero en lo único que podía pensar era en cómo recuperar sus acuarelas o en cómo hacerse con unas nuevas.

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Capítulo 1

Nueva York, veintitrés años después

Nueva York era una ciudad de recuerdos. Algunos eran malos, los peores de su vida, pero otros eran buenos. Los mejores. Hacía muchísimos años que no visitaba la ciudad, ocho en concreto, pero tan pronto como puso los pies en el aeropuerto JFK tuvo la sensación de que nunca se había ido de allí.

Durante el trayecto en taxi hacia su hotel, cada edificio, cada calle, cada establecimiento, cada sonido e incluso cada olor que le llegaba a través de la ventanilla abierta del vehículo estaba impregnado de recuerdos que comenzaron a removerle las emociones. Pensó que en cuanto deshiciera la maleta y se pusiera a repasar sus notas los ánimos se le calmarían y todo volvería a su ser, pero no fue así. No podía desconectar la mente de esa marea agitada que le había ido inundando el corazón.

Era un viaje relámpago para atender un par de asuntos con dos clientes potenciales de la compañía. No iba a entretenerse mucho tiempo. Tenía programadas un par de reuniones por la mañana, una por la tarde y otra más a la mañana siguiente antes de coger su vuelo de regreso a Chicago. Pan comido. Estaba deseando darles carpetazo a esas soporíferas reuniones para pasar al siguiente tema. Aunque lo que le aguardaba después eran más aburridas e interminables negociaciones. Se había pasado los últimos ocho años dedicándose a su profesión en Londres sin cuestionarse lo poco que la motivaba. La desempeñaba y punto. Pero desde que había regresado a Estados Unidos notaba un constante desasosiego, una persistente necesidad de mandarlo todo al cuerno. Un intenso deseo de plantarse delante de su padre y decirle que abandonaba el barco y que le importaban un pimiento las consecuencias.

Exhaló el aire pesadamente y se llenó los pulmones con el oxígeno limpio de la habitación de su hotel. Se cambió de ropa, se colocó los zapatos de tacón y agarró su cartera de cuero.

Y puso el piloto automático.

La reunión de la tarde terminó antes de lo previsto y le dejó tiempo libre antes de la hora de la cena. No sabía muy bien en qué emplearlo. Se le ocurrió que podría dar una vuelta por la Sexta Avenida para estirar las piernas y aprovechar para hacer unas cuantas compras. Había pensado en adquirir nuevos utensilios de pintura y que alguien experto en la materia la pusiera al corriente de los últimos productos que habían ido apareciendo en el mercado. Estaba tan oxidada… Hacía siglos que no pintaba nada decente. ¿Habría alguna tienda de arte en la Sexta? Habría un montón. Se le pasó una idea por la cabeza, pero la apartó al instante por considerarla absurda. Y entonces regresó con más fuerza.

La tienda de Colette.

¿Existiría todavía? Bueno, por consultarlo en internet no perdía nada. Se quitó los zapatos de tacón, que lanzó bien lejos, y movió los dedos de los pies mientras hacía la búsqueda en su teléfono móvil. Sí, todavía existía. La inquietud volvió a agitarle las entrañas. Era una tontería viajar hasta Brooklyn sólo para hacer unas compras que podía realizar perfectamente en Manhattan, en la misma calle en la que estaba hospedada, y aun así… Pensó en la increíble sorpresa que se llevaría Colette si la veía aparecer por la tienda después de tantos años. Se le curvaron los labios. A ella también le haría mucha ilusión volver a verla.

Estaba indecisa. Regresar a Brooklyn iba a llevar consigo una avalancha de recuerdos nostálgicos. Mucho más que moverse por Manhattan. ¿Era necesario? No, pero desde que la tienda de Colette había cruzado por su mente ya no podía pensar en otra cosa.

Habló con recepción y pidió que pusieran a su disposición un coche de alquiler. Se conocía el camino a Brooklyn como la palma de la mano, lo había hecho tantas veces en el pasado… La agobiaba el ajetreo del transporte público, y como la empresa no escatimaba en gastos iba a aprovecharse de ello.

Mientras recorría el puente de Brooklyn con el aire veraniego agitándole el cabello y los rayos de un sol ya tardío coloreando de oro los edificios, la invadió una sensación de libertad tremenda que se mezcló con la inevitable nostalgia. Y es que nunca se había sentido tan libre como en aquella época ya tan lejana, mientras residía allí, en el vecindario de Sunset Park.

La tienda de Colette estaba muy cerca, en Borough Park. Se fijó en que el distrito no había cambiado casi nada. Los mismos negocios, las mismas calles tranquilas… Estacionó el coche frente a la puerta y se quedó mirando el establecimiento antes de apearse. Los ladrillos de la fachada conservaban la tonalidad escarlata, y también seguía allí el rótulo blanco con letras negras que anunciaba el fructífero negocio. El enorme cerezo continuaba frente a la entrada.

Tomó aire y salió del coche.

El olor a barniz, a pintura y a disolventes le anegó las fosas nasales nada más poner un pie en el interior. Maravilloso aroma. Había dos clientes que ya estaban siendo atendidos por una dependienta joven a la que no conocía, y también por Colette. Alice la observó desde el fondo de la tienda y apreció los cambios físicos que el paso del tiempo había obrado en ella. Las canas campaban a sus anchas por su cabello oscuro y había arrugas gestuales mucho más pronunciadas que antaño, pero sus ojos marrones tenían la misma expresión amable y risueña. Con la salida del cliente al que atendía, Colette se la quedó mirando con síntomas de reconocimiento y Alice esbozó una leve sonrisa mientras se acercaba a ella.

—¿Alice Mathews?

—La misma. Hola, Colette.

—¡Demonios! —La mujer salió de detrás del mostrador—. ¿Cuánto tiempo hace que…?

—Poco más de ocho años. —Colette la encerró entre sus rechonchos brazos, expresando mucha más alegría de la esperada, ya que la relación que las había unido en el pasado no había sido tan íntima. Alice acudía a realizar sus compras y la mujer le daba conversación, eso era todo—. ¿Cómo estás?

—Oh, ¡yo estoy genial! Dime, ¿dónde te has metido todo este tiempo? —La agarró por las muñecas con la sonrisa ensanchada—. ¡Estás espléndida, cariño!

—Tuve que marcharme a Londres precipitadamente y ni siquiera pude despedirme. —Miró a su alrededor e inspiró el olor característico con ilusión. En el interior tampoco se habían producido cambios aparentes—. Me alegro mucho de que la tienda siga funcionando igual de bien.

—Me vi obligada a contratar a una ayudanta, así que no puedo quejarme. Cuéntame, ¿qué te trae por la gran ciudad? ¿Vives aquí?

—No, sólo he venido a atender unos asuntos de trabajo. Mañana tengo que regresar a Chicago. Ahora vivo allí. —Le contó que hacía poco tiempo que había regresado de Londres—. No quería marcharme sin antes hacerte una visita. Además, necesito un montón de materiales de pintura. —Sonrió.

—¡Así que continúas pintando!

—Sí, yo… Bueno, lo dejé durante un tiempo porque el trabajo me absorbía mucho, pero… estoy pensando en retomar las viejas costumbres.

—Pintabas unos cuadros preciosos.

—Gracias, Colette.

Una vez, Alice le había enseñado algunas fotografías de su trabajo para que la ayudara a escoger nuevos colores y nuevas texturas con las que ensayar, y había descubierto que Colette no era simplemente la dueña de un establecimiento que vendía material de bellas artes, sino que además entendía muchísimo del tema. Estaba al día de los nuevos artículos y las tendencias que iban surgiendo en el mercado.

—Me gustaría echarles un vistazo a tus catálogos y que me asesoraras. Ando un poco perdida.

—Oh, por supuesto que sí, cariño.

La mujer le soltó las manos y acudió detrás del mostrador. De la estantería que había en la pared frontal cogió dos volúmenes que depositó sobre el mármol. Alice se acercó para ojearlos al tiempo que un par de clientes entraban en la tienda.

—Aquí los tienes. Tómate el tiempo que quieras, y cualquier duda que te surja me interrumpes.

Colette se dispuso a atender a uno de los recién llegados y Alice comenzó a pasar las hojas. A medida que se adentraba en el fascinante mundo de las pinturas, los barnices, los lienzos y los pinceles, notó una explosión de emoción que le agitó la respiración. Estaba excitada. A veces, en sus momentos más oscuros y de desánimo, había creído que jamás volvería a ser capaz de pintar. Pero ahora creía que sí. Su pasión por el arte había florecido de nuevo. La vocecilla interior que la animaba a agarrar de nuevo un pincel había vuelto a hablarle.

En cuanto Colette se quedó libre volvió a atenderla. Alice había hecho una lista de los productos más básicos que necesitaba para comenzar, pero tenía un montón de preguntas que hacerle sobre los que le resultaban más novedosos.

—Nunca llegué a pintar con la marca Rembrandt. Comencé utilizando Van Gogh y luego me pasé a Amsterdam. ¿Me la recomiendas?

—Es un poco más grasa, necesitarías utilizar algo más de secativo de cobalto para acelerar el secado. Pero se consiguen muy buenos resultados. Ten, te regalo una muestra para que la pruebes.

—Oh, muchas gracias, Colette.

—No se merecen.

Con expresión sonriente, la mujer fue colocando con cuidado en una bolsa de papel cartón todos los productos que iba localizando.

—¡Por cierto! —Colette abrió mucho los ojos al tiempo que se dirigía a uno de los estantes que había a su derecha—. ¿Qué tal te va con aquel chico tan guapo que a veces te acompañaba a la tienda? Supongo que estaréis juntos, se os veía tan enamorados…

Alice se demudó. No pudo evitar ponerse seria y que un pinchazo doloroso, como el de un alfiler clavándosele en el corazón, la dejara momentáneamente sin palabras. La mujer se dio cuenta.

—Oh, cariño, perdóname si he sido indiscreta. No quería incomodarte.

—No te preocupes, es sólo que… No he vuelto a verlo desde que me marché a Londres.

Tomó aire y forzó una sonrisa. Como no quería darle la oportunidad de que hiciera más preguntas sobre ese tema, desvió la atención hacia el catálogo y aprovechó el repentino silencio para pedirle asesoramiento acerca de más productos.

Algunos minutos después, abandonó el establecimiento cargando con dos bolsas repletas de todo tipo de materiales. Seguro que no utilizaría ni la mitad, pero no había podido evitar encapricharse de todo cuanto había visto.

Mientras atravesaba Borough Park en busca del desvío hacia la Decimotercera Avenida, vio una señal que indicaba que para ir a Sunset Park había que seguir recto. Fue como si la señal le hablase.

«Sigue recto. Sigue la flecha.»

Tras un breve titubeo, se pasó el desvío de regreso a Manhattan y continuó por la calle Cincuenta y Dos. Tan pronto como penetró en su antiguo barrio, la nostalgia contra la que peleaba desde que había aterrizado en Nueva York se hizo mucho más fuerte.

Con las manos bien aferradas al volante y la mandíbula apretada, observó que Sunset Park era tal y como permanecía en sus recuerdos. Edificios bajos de ladrillo oscuro, casas unifamiliares de fachadas rojizas, hileras de árboles flanqueando las calzadas… Algunos negocios eran nuevos, pero la gran mayoría continuaban siendo los mismos. La inercia, o tal vez la necesidad de seguir enfrentándose a sus fantasmas, la guio hacia la calle Cuarenta y Cinco. Dejó atrás la zona de brownstones tan características de Brooklyn y sintió un pellizco en el alma cuando sus ojos se toparon con el viejo edificio de tres plantas, con la escalera de incendios que afeaba la fachada, con la tienda de móviles de la planta baja y con la cafetería de paredes de color rosa que había en la esquina.

Detuvo el coche con la única intención de echar un rápido vistazo al exterior y después seguir con su camino, pero lo que hizo fue girar el volante y estacionar en un hueco que había allí mismo. Y luego se apeó. Desde la acera de enfrente, alzó la cabeza hacia la tercera planta y observó las estrechas ventanas. Los recuerdos comenzaron a multiplicarse. Fogonazos y más fogonazos que no había manera de parar. Eran tan reales, tan cercanos en la memoria, que sólo un pequeño puente separaba la distancia entre su vida actual y la que había vivido ocho años atrás. Y decidió cruzarlo. Tenía que hacerlo.

Atravesó la calle, pulsó el botón del timbre y aguardó.

La puerta se abrió con un bramido electrónico y Alice penetró en el interior. El aire oxigenado del exterior se vio reemplazado por el olor húmedo y mohoso del antiguo edificio. En la penumbra, atisbó la familiar distribución del portal. La escalera estaba al fondo, los buzones a la derecha, y a la izquierda el mostrador de madera. El hombre enjuto y encorvado que se hallaba sentado detrás la observó ceñudo, pero su cerebro estaba tan remojado en alcohol que Alice dudaba que la reconociera. Jamás habría imaginado que el señor Stevens continuara desempeñando su trabajo de portero. Sus ojos castaños estaban más hundidos que antaño y apenas le quedaba algo de cabello. Junto a un paquete de folios tenía la botella de vodka. Tampoco eso había cambiado.

—Buenos días. —Alice saludó con amabilidad y se aproximó. El hombre inclinó la cabeza para corresponderla—. Quisiera hacerle una pregunta. Verá, hace unos cuantos años, bastantes en realidad, estuve residiendo en el apartamento tercero derecha. Pasaba por aquí por casualidad y me ha surgido la duda de si actualmente hay alguien viviendo en él.

—¿Dice que era el tercero derecha? —Su voz cavernosa y demasiado alta retumbó en el pequeño portal. Era tan desagradable como el olor a alcohol de su aliento.

—Así es.

—Está desocupado desde hace un par de semanas. ¿Quiere alquilarlo?

—No, yo… Bueno, quizá —mintió—. Pero antes me gustaría verlo, claro.

—Eso tiene fácil arreglo. Cojo las llaves y subimos.

El hombre se volvió para buscarlas en un armario metálico que había a su espalda.

—Disculpe, pero si no es mucho inconveniente preferiría subir sola. Ya conozco el apartamento, por lo que no tiene que enseñármelo. Sólo quería… ver en qué condiciones está. —Trataba de sonar natural y espontánea.

—Siempre acompaño a las personas que vienen a ver los pisos, señorita, es parte de mi trabajo. Sin embargo, voy a hacer una excepción con usted. Hoy me he levantado con la maldita artritis jodiéndome las rodillas y no soy capaz de subir más de tres peldaños seguidos. Estoy esperando a que pongan un ascensor, pero la gentuza del ayuntamiento está demasiado ocupada en vaciarnos las carteras con sus malditos impuestos en lugar de facilitarnos la vida a los enfermos —blasfemó. Al volverse de nuevo para apoderarse de la llave estuvo a punto de derribar la botella de vodka—. Tenga.

Alice tomó la llave de su flacucha mano y le dio las gracias.

Mientras ascendía por la añeja y sombría escalera se preguntó dónde demonios pretendía el portero que se colocara el ascensor. Tendrían que derribar el edificio entero para acoplarlo.

El aspecto general se veía más deteriorado. Había manchas de humedad en las paredes, la barandilla necesitaba una mano urgente de pintura y había suciedad acumulada en los rincones que formaban los escalones. Tenía la sensación de que el abandono obedecía al alcohol más que a la artritis.

Se plantó ante la puerta del apartamento y metió la llave en la cerradura. Los goznes gruñeron al abrirse y el aire viciado del interior le anegó las fosas nasales. Alice metió las manos en los bolsillos de su chaqueta y se quedó mirando las baldosas de color café, el minúsculo pasillo y las puertas carcomidas que conducían al resto de las habitaciones. Tomó aire y se quedó allí quieta. No dio un paso adelante hasta asegurarse de que podría lidiar con el huracán de emociones que se le echó encima.

Finalmente, entró y cerró la puerta a su espalda. Se dirigió al salón y lo observó desde el umbral. Como si fuera la espectadora de una película en la que ella misma era la protagonista, se vio sentada frente a un bastidor, junto a la ventana. Tenía una expresión risueña mientras imprimía dinámicos trazos al lienzo. Jake estaba sentado en el sofá marrón de tres plazas —aunque ahora estaba tapizado en verde hierba—, los pies descalzos sobre la mesa y la guitarra acústica sobre el regazo, arrancándole acordes deliciosos que acompañaba con su voz templada de roquero.

Salvo una lámpara de pie que había en un rincón y la tapicería del sofá, el mobiliario continuaba siendo el mismo, incluso las cortinas blancas con florecillas azules, que de tan largas como eran descansaban en el suelo. Alguno de los inquilinos posteriores les había hecho un dobladillo.

La imagen le hirió las retinas y tuvo que cerrar los ojos para hacerla desaparecer. Se volvió y vio la cocina con el rabillo del ojo. Más recuerdos. Evocó las pizzas y las hamburguesas, los perritos calientes y los postres de mascarpone con galleta y mermelada que comían con fruición allí mismo, en la mesa que cojeaba y que Jake calzaba con una servilleta doblada.

Se asomó al que había sido el dormitorio de él hasta que se convirtió en el de los dos. La cama seguía ubicada bajo la ventana y ahora estaba cubierta con un edredón de color rojo. Casi como si acabara de tumbarse, pudo sentir el tacto del colchón amoldándose bajo su cuerpo cada vez que él se acoplaba sobre ella. Y revivió los besos, y las caricias, y el azul intenso de sus ojos enamorándole el alma.

Un nudo de emoción le apretó la garganta y ya no quiso inspeccionar nada más. Necesitaba salir de allí y regresar cuanto antes a su zona de confort. Erin siempre decía que todo el mundo tendía a idealizar las historias de amor inacabadas. Quizá tuviera razón, pero eso no importaba. La única realidad era que Wayne Mathews había truncado la suya con Jake, y no tenía claro que algún día cesara de dolerle.

Dejó escapar un suspiro entrecortado y salió del apartamento sin mirar atrás. La tristeza era tan profunda que había arañado sus antiguas aunque perpetuas cicatrices. El señor Stevens le preguntó si quería alquilar el apartamento y ella negó con la cabeza sin apenas detenerse. Alice había dado por hecho que todo el tiempo que había pasado en Londres había servido para mitigar el odio que llegó a sentir hacia su padre, pero acababa de descubrir que sólo lo había cubierto con capas y más capas de resignación.

Tardó en sentirse un poco mejor.

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Capítulo 2

Alzó la cabeza de su cuaderno de dibujo y observó a través de la ventanilla el extenso y hermoso manto de luces de un Chicago ya nocturno. Admiró los luminosos perfiles de la torre Willis y de la torre Trump, que se alzaban grandiosos sobre el resto de los edificios colindantes. El avión se preparó para realizar la maniobra de aterrizaje, ya que notó un leve descenso.

Estaba exhausta. Menuda semana tan larga. Casi había empalmado su viaje a Nueva York con el de Boston, y sólo podía pensar en llegar a casa y meterse directamente en la cama. Ni siquiera había tenido tiempo de dar un paseo por la ciudad, aunque sí que había aprovechado los tiempos muertos entre reunión y reunión para crear unos cuantos bocetos. El lápiz había vuelto a cobrar vida entre sus dedos y en los trazos volvía a dominar la pasión y el entusiasmo. Tan pronto como tuviera unas cuantas horas libres iba a sentarse frente al bastidor. No podía esperar.

Cruzó las instalaciones del aeropuerto O’Hare en dirección a la zona de recogida de equipaje. Los pies le dolían porque llevaba todo el día subida a sus zapatos de tacón. No había podido coger unos más cómodos porque estaban en el fondo de su maleta, que había dejado todo el día en el servicio de consigna del hotel tras abandonar la habitación por la mañana temprano.

Mientras aguardaba a que apareciera su equipaje por la cinta transportadora, la inconfundible melodía que les había puesto a las llamadas de su padre comenzó a sonar desde el interior de su bolso. El estómago se le encogió.

¿Qué demonios querría? Lo había mantenido puntualmente informado de todos los temas que había tratado durante esos días en Boston, ¿es que no podía dejarla en paz hasta el día siguiente? Lo último que le apetecía era hablar con su padre de más negocios.

Él no tenía otro tema de conversación.

Hizo caso omiso, pero antes de que transcurriera un minuto la irritante melodía volvió a machacarle los oídos. La gente que se agolpaba a su alrededor comenzó a observarla con curiosidad, como si fuera poco menos que un delito no contestar a una llamada.

Cuando el señor Mathews insistió por tercera vez, ya tenía los nervios a flor de piel.

—¡Maldita sea! —Abrió el bolso y agarró el móvil—. Dime, padre —contestó con sequedad.

—Ésta es la tercera vez que te llamo, ¿por qué no respondes? —Su voz rugió como la de un león, obligando a Alice a retirarse el móvil del oído.

—Acabo de aterrizar, ni siquiera he recogido mi equipaje. ¿Qué es tan urgente?

—Quiero que te pases de inmediato por las oficinas, tengo que hablar contigo de un asunto muy serio.

—¿Cómo? ¿Ahora? —Se alteró—. Es tarde y estoy cansada. ¿No puedes esperar a mañana?

—¡Por supuesto que no puedo esperar a mañana! —Que le llevase la contraria empeoró su humor, pero a ella la traía sin cuidado. Estaba harta. Harta de aguantar su soberbia, harta de recibir órdenes y harta de oír esa voz despiadada y malhumorada todos los puñeteros días. Y eso que sólo hacía unas pocas semanas que había regresado a Chicago—. Te espero en mi despacho. —Y cortó la comunicación.

Alice cerró un momento los ojos. Respiró hondo para que se le calmaran los nervios porque como llegase en ese estado a la empresa iba a tener una discusión épica con el señor Mathews. Sabía que tarde o temprano iba a producirse, ya que su autocontrol era cada vez más endeble. A veces se preguntaba cómo era posible que su hermana Erin llevase diez años trabajando en Mathews & Parrish codo con codo con su padre sin haberse vuelto loca.

Había dejado su coche estacionado en las inmediaciones del aeropuerto, pero no se dio ninguna prisa en llegar a la torre Willis. Disfrutaba de sus pequeños actos de rebeldía y por eso condujo lo más despacio posible, buscando que se le pusieran todos los semáforos en rojo. Al cabo de unos treinta minutos cruzó el enorme vestíbulo del edificio a paso tranquilo, y si las oficinas no hubiesen estado situadas en la centésima planta, habría subido por la escalera para malgastar un poco más de tiempo.

Wayne Mathews estaba sentado tras la mesa de su despacho con el semblante tan apretado que parecía esculpido en piedra. La verdad era que tenía una imagen imponente. Alto, delgado, con una espesa cabellera plateada que siempre peinaba con pulcritud, con esos ojos azules que se clavaban como dagas sobre el interlocutor de turno, ataviado con trajes caros hechos a medida y ese rictus serio que jamás sonreía. Causaba miedo entre sus empleados y mucho respeto entre sus socios. Era muy influyente y tenía muchas conexiones importantes con personas poderosas: abogados, jueces, políticos, empresarios, policías… Nadie se le resistía. Debía de ser uno de los hombres más temidos de todo Chicago.

Aunque ahora estaba con el agua al cuello. Su poderosa empresa de transporte aéreo, Mathews & Parrish, estaba siendo cuestionada nuevamente ante los tribunales.

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