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Amor de la infancia
Triángulo amoroso
Doloroso
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Heredero / Heredera
Belleza inusual
Arrogante
Posesivo
Dominador
Maquinador

La novela Desafío al destino es una historia romántica, los protagonistas son Jenifer Quintana y Luciano Salas

Capítulo 1 Otra vez tú

  • Mi mejor amiga me había embriagado. En mi estado de ebriedad, tropecé y me tambaleé cuando dejé que me llevara a casa. Sentí que no nos habíamos demorado mucho en llegar, quizá fue debido a mi estado de ebriedad. Me di la vuelta y me acurruqué en las mantas mientras murmuraba:
  • —Me duele la cabeza…
  • En medio de mi confusión, sentí, sin lugar a duda, que unos dedos delgados me rozaban el cuerpo antes de desabotonar la blusa.
  • —Ya basta, Sabrina…
  • Mi voz se oyó apagada, ya que había enterrado la cabeza en las suaves mantas. Sin embargo, los dedos no se detuvieron. De hecho, incluso bajaron hasta mi cintura. Tras unos segundos de jugueteo, oí el tintineo de la hebilla de mi cinturón antes de que una ráfaga de aire frío circulara por la parte inferior de mi cuerpo.
  • En ese estado de ebriedad, no me importaba que mi mejor amiga me viera desnuda. Aun así, Sabrina se estaba pasando de la raya. Antes de que pudiera decir algo, sentí de repente un terrible dolor que venía de cierta parte de mi cuerpo. Era como si algo se estuviera rasgando dentro de mí, y me desgarraba. De hecho, el dolor era tan intenso que comencé a llorar.
  • El estado de ebriedad se me pasó al instante, giré la cabeza para mirar detrás de mí y abrí los ojos de par en par ante lo que vi. Al contrario de lo que esperaba, no era Sabrina quien estaba de pie junto a la cama. Era un hombre alto y bien fornido. De espaldas a él, le resultó fácil apuntar y empujar hacia delante. ¡Zas! Todo mi cuerpo se estremeció.
  • —¿Qué estás haciendo? —grité.
  • Luego, me escabullí hacia delante tan rápido como pude y me escondí bajo las mantas. El dolor punzante que provenía de la parte inferior de mi cuerpo me dijo lo que necesitaba saber: ya no era virgen.
  • Sin embargo, el hombre no tenía miedo para nada. Por el contrario, su mirada se ensombreció y dijo entre dientes:
  • —Jenifer, ¿no es esto lo que querías?
  • ¿Eh? ¿Me conocía? Lo examiné con atención, observando los rasgos duros de su rostro y los ojos profundos y oscuros. Tenía su cuerpo envuelto con una toalla que dejaba al descubierto el resto de su piel suave y tersa, mientras presumía sus abdominales bien definidos. Espera un momento… Cuando por fin me di cuenta de quién era, grité a todo pulmón:
  • —¡Luciano Salas! ¿Qué demonios estás haciendo en mi casa?
  • Era el hombre con quien tenía un acuerdo prenupcial, un acuerdo que se firmó cuando aún éramos muy jóvenes. Sin embargo, después de que la familia Quintana se declarara en quiebra, el acuerdo nunca se volvió a mencionar.
  • —¿«Tu» casa? ¿Estás segura de que esta es tu casa? —Luciano rio sin gracia. Mientras subía a la cama, alargó la mano para agarrarme el mentón con un chasquido de lengua—: Pf… Jenifer, de verdad eres una desvergonzada, ¿no? Incluso apareciste por tu propia voluntad ante mí para poder asociarte con la familia Salas.
  • Aparté su mano de un manotazo y le contesté furiosa:
  • —Luciano, ¿de qué demonios estás hablando? ¿Qué es esa tontería de que quiero asociarme con la familia Salas?
  • Un instante después, me di cuenta de lo que había dicho. Eché un vistazo rápido a la habitación antes de quedar estupefacta; no era mi casa; ¡era una suite de hotel!
  • —¿Qué…? ¿Qué sucede? —No podía entender lo que sucedía.
  • Antes, Sabrina me había dicho que me llevaría a casa, así que ¿por qué me llevó a un hotel? Sin embargo, cualquier explicación que se me ocurriera me parecía poco razonable y no era suficiente en ese momento. Además, era probable que Luciano se negara a escuchar lo que le dijera ya que él pensaba que yo lo hacía para congraciarme con su familia.
  • Arrastré la ropa bajo la manta, y me preparé para vestirme y marcharme. Luché violentamente, arañando y golpeándolo con todas mis fuerzas. A pesar de eso, mis esfuerzos fueron en vano. Al final, lo único que pude hacer fue quedarme acostada sin poder hacer nada mientras jadeaba para respirar, como una liebre salvaje perseguida por un depredador salvaje.
  • —¡Luciano Salas, te voy a demandar por esto! —gruñí con los dientes apretados.
  • Frustrada y furiosa, le arañé el brazo con toda la fuerza que pude juntar.
  • —¿Te enfadas ahora que desenmascaré tu plan? ¡Eh! ¿Qué derecho tienes a demandarme? ¡Tú eres la que ha venido a mi habitación! —Llevó la mano a su traje con desprecio antes de sacar la cartera. Luego de tantear un poco, sacó un fajo de dinero en efectivo y me lo arrojó al rostro—. Quieres dinero, ¿verdad? Aquí lo tienes. ¿Es suficiente?
  • Las constantes humillaciones hacían que se me llenaran los ojos de lágrimas. Giré la cabeza hacia otro lado y parpadeaba furiosa para forzarlas a volver. Una Quintana no debe llorar; y menos delante de un maldito Salas.
  • Estuve a su merced durante el resto de la noche, y no me tuvo piedad. Al amanecer, me despertó un dolor punzante en el cuerpo y, cuando me miré, vi que mi piel estaba llena de moretones de color violeta; parecía que había sido torturada. En efecto, así fue: él se comportó como un animal y me mordió innumerables veces.
  • Después de eso, me vestí en tiempo récord antes de huir de la habitación.
  • —¡Espera! —Luciano salió de la habitación, me agarró la mano y me dio una tarjeta de débito. Su voz era distante cuando dijo—: No quiero volver a verte nunca más. Este es el pago por tus servicios de anoche.
  • Ni siquiera esperé a que terminara de hablar y ya había doblado la tarjeta en dos. La furia emanaba desde mi interior mientras le lanzaba las dos mitades en el rostro.
  • —¡Luciano Salas! No seas arrogante conmigo. Algún día me vengaré de esto. Cuando llegue ese día, me aseguraré de que me pagues con intereses.
  • —Estaré esperando —respondió con una sonrisa.
  • Lo miré por última vez y me di la vuelta para marcharme. No sabía que ese hombre se convertiría en la persona con la que viviría el resto de mis días.
  • Después de salir del hotel, rápido tomé un taxi para ir al trabajo, pero, por desgracia, aun así, llegaba tarde.
  • Trabajaba en una empresa financiera. Aunque no era muy grande, éramos bastante conocidos. Debido a mi excelente rendimiento en ese último tiempo, en el que había conseguido varios casos sobresalientes para la empresa, mi jefa incluso estaba considerando ascenderme a gerente.
  • Cuando llegué, ya estaban todos en el despacho de la jefa para la reunión de la mañana. Busqué entre la multitud con cuidado y por fin crucé la mirada con Sabrina. Como de costumbre, me dirigió una dulce sonrisa antes de hacerme un gesto para que me sentara a su lado. Aunque tenía muchas ganas de pedirle respuestas en ese momento, sabía que tenía que esperar hasta después de la reunión.
  • Nuestra jefa, Isabela Sáez, estaba vestida con un traje verde pálido ese día. Se encontraba sentada en su silla de oficina y nos miraba a todos con severidad así que, al ver su mirada, nadie se atrevió a moverse. «Alguien debe estar en un gran aprieto». Eso pensé mientras trataba de evitar hacer contacto visual con ella. Después de todo, no estaba de buen humor precisamente.
  • Justo entonces, la mujer gritó de golpe y rompió el silencio:
  • —Esta mañana se filtraron algunos documentos clasificados de nuestra empresa. Estoy segura de que sabes quién eres, así que por favor da un paso al frente de inmediato.
  • El ambiente se volvió aún más tenso cuando todos nos enteramos de un asunto tan grave y nos miramos unos a otros con curiosidad, pero nadie admitió el hecho.
  • Enfurecida porque nadie había confesado nada, Isabela sonrió con maldad antes de señalarme. Luego, golpeó su mano sobre la mesa y gritó:
  • —¡Jenifer! ¿Qué diablos pasa entre tú y el presidente ejecutivo de la Financiera Toluc? ¿Le filtraste nuestros documentos clasificados?
  • —¿El presidente ejecutivo de la Financiera Toluc? —Sacudí la cabeza aterrorizada. —Isabela, ni siquiera sé quién es. ¿Por qué piensa que yo lo hice?
  • —Sigues negando todo, ¡eh!
  • Isabela recogió una pila de fotos que tenía sobre la mesa y me las lanzó. Me agaché para recogerlas y las hojeé con prisa antes de que mi mente se quedara en blanco; eran fotos en las que aparecíamos Luciano y yo en el pasillo del hotel. Lo peor era que en las fotos solo aparecía él entregándome aquella maldita tarjeta de débito que recordaba haber roto en dos.
  • Cuando los demás empleados vieron las fotos, clavaron sus miradas en mí como cuchillos afilados. Aunque no dijeron ni una sola palabra, sabía lo que pensaban en ese momento y era la palabra que más odiaba: traidora.
  • Yo, Jenifer Quintana, me había convertido en una «traidora».
  • Sin embargo, no había tiempo para pensar en lo que los demás pensaran de mí, ya que mi jefa me miraba con las cejas levantadas, esperando una respuesta. Muy confundida, los engranajes de mi cerebro se agitaron mientras levantaba la cabeza para mirarla.
  • —Isabela, ¿está diciendo que el presidente ejecutivo de la Financiera Toluc es Luciano Salas?
  • —¡Como si no lo supieras! Anoche estuviste con él, ¿verdad? ¿Tienes idea de quién es? ¡Es el presidente ejecutivo de la mayor financiera de Ciudad Gema! Este hombre es nuestro mayor competidor. —La expresión de Isabela era glacial mientras se acercaba a mí—. Dime, ¿cuánto te pagó?
  • Aunque lo hubiera intentado, mis ojos no podrían haberse agrandado más: estaban casi a un milímetro de salirse de sus órbitas. En ese momento, solo una frase resonaba en mi mente: «¡Luciano Salas es el presidente ejecutivo de la Financiera Toluc!»
  • En comparación con su empresa, nosotros éramos más bien insignificantes. Sin embargo, eso no cambiaba el hecho de que estuviéramos en el mismo ámbito empresarial. Además, la forma en la que se tomaron esas fotos solo sirvió para profundizar el malentendido. ¿Cómo podría siquiera empezar a demostrar mi inocencia?

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