El escondite de Greta de Lorena Franco

A compartir, a compartir! Que me quitan los posts!!

***SOLO HOY Las Guerreras Maxwell, 8. Mírame y bésame de Megan Maxwell

Regresa Megan Maxwell con una novela romántico-erótica tan ardiente que se derretirá en tus manos.

Sexo. Familia. Diversión. Locura. Vuelve a soñar con la nueva novela de la autora nacional más vendida…  

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¿ESTÁS SEGURA DE QUE FUE UN ACCIDENTE?

Las vidas de Greta Leister, la pintora de renombre que lo dejó todo por amor, y de Diego Quirón, escritor de éxito discreto, se entrelazan en Redes, un pueblo costero de A Coruña, por Leo Artes, el marido de ella. Leo, una leyenda de la música pop, empezó a formar parte del club maldito de los 27, al fallecer a esa edad en trágicas circunstancias.

Tras muchas negativas, Greta tiene motivos ocultos para acceder a que solo Diego, presionado por su hermano y por sus problemas económicos, sea quien escriba la biografía de Leo con todo lo que eso implica. Porque la vida del cantante, todo corazón en las letras de sus canciones, fue una mentira que está a punto de salir a la luz.

Una muerte supuestamente accidental.
Una historia de personajes en la que todos tienen algo que ocultar.
Escenarios de película.
Y un pasado que regresa para poner a cada uno en su lugar.

Sobre su autora:
Lorena Franco, autora de más de 20 títulos entre los que destaca La viajera del tiempo, finalista en el Premio Literario de Amazon 2016, publica una de las novelas más completas de su trayectoria. Intriga, acción y romance se dan la mano en este vertiginoso thriller ambientado en la costa gallega y en otros enclaves como Madrid o el pintoresco pueblo medieval de Aiguèze, Francia, al que desearás regresar una y otra vez.


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12 respuestas a «El escondite de Greta de Lorena Franco»

  1. QUE EL AMOR NOS SALVE DE LA VIDA
    Redes, A Coruña
    19 de noviembre de 2015
    Existen las palabras malditas. Son las que anuncian un fin. Cualquier fin. Las que son tan necesarias y, al mismo tiempo, tan indeseables para quien las tiene que recibir. Las que se te clavan muy adentro y te desgarran, provocándote un dolor que roza la locura, una locura por la que podrías cometer una atrocidad con la que luego tendrías que aprender a vivir aunque te cueste trabajo hasta respirar.
    ​Voy a dejarla.
    ​Esas tres palabras malditas se habían formado en su cabeza convirtiéndose en una obsesión. Su obsesión. Una de tantas.
    ​Voy a dejarla.
    ​Esas eran las tres palabras que se repetían una y otra vez en bucle como un mantra, adueñándose incluso de su última canción.
    ​Y ella lo sabía.
    ​No hay mayor error que dejar entrever tus intenciones.
    ​Cuidado. Hay ojos y oídos en todas partes.
    ​Voy a dejarla.
    ​Ese pensamiento lo acompañaría también durante los últimos minutos de su existencia. No vio venir una presencia velada por culpa de la bruma tras su espalda, anticipándose a algo que no tenía que ocurrir, que no podía ocurrir. Ya era tarde cuando sintió la mano fría que lo empujó al vacío. Su cuerpo empezó a flotar en el espacio hasta aterrizar con violencia en la formación rocosa de Punta da Agra, quedando encajonado entre dos rocas afiladas de aspecto salvaje que evitaron que el mar bravo lo arrastrara hasta las profundidades.
    ​El cielo salpicado de estrellas fue lo último que vio.
    ​No tuvo tiempo de entender qué estaba ocurriendo, por qué volaba.
    ​Esas tres palabras se esfumaron con la misma fugacidad con la que sus ojos se cerraron para siempre, sumiéndolo en el sueño eterno de los que nos dejan sin querer dejarnos.

    Alguien a quien una vez amé me dio
    una caja llena de oscuridad.
    Tardé años en comprender
    que eso, también, era un regalo.
    MARY OLIVER
    Los usos del dolor

  2. PRIMERA PARTE
    1
    TRES AÑOS MÁS TARDE
    Redes, A Coruña
    Greta Leister conduce como cada mañana desde hace tres años los siete kilómetros que separan su casa del cementerio Cruceiro de Caamouco. Conoce tan bien el camino que podría hacerlo con los ojos cerrados, si no fuera por los animales que, imprevisibles, cruzan por las estrechas carreteras flanqueadas por bosques con olor a mar.              
    ​Aparca su vieja camioneta de color cereza levantando gravilla con las ruedas. Sale con determinación, cruza la verja del cementerio custodiada por cipreses que parecen guardianes serios e indulgentes, y camina con calma, trescientos metros en línea recta, saludando a esos viejos conocidos que la observan desde sus fotografías en blanco y negro incrustadas en sus lápidas. Mecánicamente y sin titubear, gira a la izquierda y se detiene junto al sauce llorón donde suele sentarse durante diez minutos a pintar esbozos en su eterna libreta, una de esas cuyas páginas en blanco parece que nunca se vayan a acabar.
    ​Las tumbas son solitarias. Las hay tan viejas que no existe nadie en el presente que las recuerde, pero a la que ella viene a visitar no le falta nunca una visita. Puede que el futuro de esa tumba ahora cuidada y repleta de obsequios sea incierto, como el de todos, porque el olvido llegará, pero, mientras tanto, Leo Artes puede presumir de compañía. Dicen que nadie muere del todo mientras siga siendo recordado; Leo parece más vivo ahora que cuando vivía. Es por la maldición del artista muerto a los veintisiete, en la flor de la vida, piensa Greta a diario con cierto resquemor.
    ​Greta espera pacientemente a que el grupo de tres chicas jóvenes que, cabizbajas, miran con desolación la tumba, se marchen. Pero no se impacienta, no le incomoda, las mira con una sonrisa discreta y la cabeza ligeramente ladeada. No tiene prisa. La prisa, como tantas otras cosas, la dejó olvidada en su vida anterior, esa en la que tenía la mala costumbre de correr a todas horas sin permitirse respirar la calma. Parecía que el tiempo pudiera terminarse o fuera manipulable como un mando a distancia.
    ​Hoy, la tumba de Leo Artes, además de más flores de las que puede cobijar, también tiene una braga de encaje de color rojo, un búho de cristal, una botella de whisky y un anillo con una inscripción:
    No te olvidamos
    19-11-2015
    ​—Hola, Leo —saluda Greta, como quien saluda a un viejo amigo al que ve a diario, agachándose para recoger los regalos y meterlos en la mochila que trae para tal labor. Nada más llegar a casa, colocará cada obsequio en un altar privado cerrado con llave al que apenas le queda un hueco libre. Coge las bragas con cuidado de tocar la menor tela posible y la tira a la papelera del cementerio. Es de lo único de lo que Greta se desprende, de la ropa interior que suelen dejar las fans como si la tumba de Leo fuera un escenario—. Espero que no te importe. Seguro que lo entiendes —añade, refiriéndose a los ramos de flores que coge con ambas manos para repartirlos entre las tumbas olvidadas, esas que no tienen visitas, esas que ya nadie recuerda ni limpia ni llora.
    ​Seguidamente, Greta se sienta con las piernas cruzadas al estilo indio y apoya la espalda contra el tronco del sauce llorón que la abraza en esta mañana fría de octubre. Hasta hace un rato había una bruma ligera y lechosa que había dado paso a un cielo teñido de rosa y naranja difuminando el contorno de las cosas. Las ramas se mecen al mismo compás lento y cuidadoso con el que Greta traza el rostro del hombre al que le es imposible olvidar. Ese hombre al que conoció siete años atrás en una exposición que hizo en una importante galería del centro de Madrid y que la dejó sin habla cuando le confesó:             
    ​—Soy un gran admirador de tus obras, Greta.
    ​Greta, incrédula ante lo que estaba viviendo, no le diría que la admiración era mutua hasta tres meses más tarde. Que, cuando él, humilde y excitado, con esa imponente presencia que hipnotizaba, le confesó que ni Picasso ni Monet, ni Velázquez ni Rembrandt, le provocaban las emociones que sí conseguían cada una de sus pinturas, ella, en soledad, se dejaba transportar por sus canciones y hasta lloraba con algunas de ellas. Era inevitable. Letras profundas y secretas cargadas de historias sobre amor y desamor que, en mayor o menor medida, nos pertenecen a todos, porque Leo conseguía conectar con el corazón de quienes estaban atentos a sus letras. A Greta cada canción de Leo le pertenecía. Aunque aún no se conocieran. Aunque, con el tiempo, habría preferido no pertenecer a ninguna de esas letras.
    ​Qué pequeño le pareció Madrid entonces. Qué grande se le hace ahora el pueblo, sus calles empedradas, la casa en ruinas convertida en un cálido hogar, el mar y hasta el acantilado que, de un modo inexplicable, aún la encadena al que fue el lugar de Leo como si Greta fuera una presa incapaz de escapar.
    ​—El paso del tiempo no lo cura todo, Leo. El tiempo no apaga el dolor, lo intensifica. Cada vez me siento más perdida —confiesa en un murmullo. A los muertos se les da muy bien escuchar.
    ​Greta besa la palma de su mano y la lleva a la fría piedra de la tumba de Leo, donde la arrastra hasta su fotografía a modo de despedida. Hace un año dejó de llorar, cuando se dio cuenta de que las lágrimas no iban a devolverlo a la vida ni a mitigar la culpabilidad.

  3. 2
    Madrid
    Diego Quirón, profesor de escritura nivel iniciación y escritor de éxito discreto, se mueve en bicicleta a todas partes. Así se mantiene en forma y, además, el transporte público no está hecho para él, la culpa es del sentido del olfato, que lo tiene muy fino. Podría atravesar Madrid con su bicicleta con los ojos cerrados, conoce la ciudad como la palma de su mano, si no fuera por los viandantes imprevisibles con las cabezas enterradas en sus móviles a los que no quiere arrollar. Con la mala suerte que tiene últimamente, seguro que saldría peor parado, con la cadera rota, sin dientes o algo así.
    ​Llega a su destino a las once menos diez de la mañana: calle Cervantes, número 21. No existe mejor arteria en todo Madrid para alojar un taller de escritura creativa. En la calle Cervantes está todo pensado, desde el restaurante El Barril de las Letras, hasta el Hostal Dulcinea o el Hostal Cervantes, que convive con el Hostal Gonzalo y la Pensión Corbero. Mención especial a la casa museo de Lope de Vega, de quien se sabe que siempre andaba metido en conflictos con colegas y a quien no le haría ni pizca de gracia hallarse en una calle con el nombre de Cervantes. Ambos se conocieron en Lavapiés allá por 1583, se hicieron amigos, compartieron inquietudes y hasta llegaron a ensalzar sus respectivas obras. Pero los celos desgastaron su relación hasta exterminarla por completo. Algo parecido le ocurrió a Diego con su hermano mayor Amadeo. Amadeo se llevó el nombre feo, pero sus cinco novelas escritas hasta la fecha han sido traducidas a más de veinte idiomas y ha vendido la friolera cantidad de diez millones de ejemplares en todo el mundo, algo que le ha permitido comprarse un chalecito en La Moraleja del que le gusta presumir casi más que de sus obras. Diego, por su parte, tiene que seguir viviendo como el noventa por ciento de los escritores, de alquiler en un piso en el que a duras penas cabe su bicicleta, compaginando la escritura con las clases para llegar a fin de mes.
    ​Arrastra la bicicleta por la entrada y saluda al conserje con un gesto automático de cabeza. La costumbre. Cientos de veces le ha pedido que deje la bici en la calle, amarrada a una farola como hace todo el mundo, pero Diego no es todo el mundo y tiene miedo de que se la roben.
    ​Nada más poner un pie en clase, suena su móvil con la canción Aserejé. Se la puso Begoña, su última novia, por la gracia de que la canción hablaba de un tal Diego rumbeando con la luna en las pupilas y su traje aguamarina y ahora no sabe cómo cambiarla y pasa de que nadie le toqueteé el móvil, que capaces son de ponerle otra canción peor. Amadeo, su hermano, el escritor de éxito, lo reclama.
    ​—Vete al cuerno —espeta Diego, colgándole el teléfono con una sonrisa triunfal por la satisfacción que eso le produce.
    ​Mientras Diego silencia el móvil, los tres alumnos, dos chicas y un chico de veintipocos años y grandes aspiraciones, lo miran impasibles, tragándose la risa por la torpeza del profesor.
    ​—Los sobrinos, que me pusieron la cancioncita y… —se inventa Diego, con el móvil en alto, sin darse cuenta de que les está mostrando su intimidad en forma de fondo de pantalla de Star Wars. Ni siquiera tiene sobrinos—. En fin. Último día. ¿Va a venir alguien más? —pregunta sin esperanza, mirando de reojo hacia la puerta entreabierta y repasando la lista de los diez alumnos que empezaron hace un mes. Solo quedan tres y no parecen muy entusiasmados, por lo que Diego emite un suspiro, consciente de las consecuencias. Últimamente, sus cursos de quince días o un mes empiezan con una lista decente y no llegan al último día ni la mitad.
    ​La hora y media transcurre sin emoción, con un cielo azul tan brillante ahí fuera que hasta duelen los ojos si lo miras fijamente. Los alumnos leen sus relatos, mil quinientas palabras comprimidas en historias cargadas de clichés que no muestran, sino que hacen un intento por contar algo que se queda en agua de borrajas, mientras Diego ahoga varios bostezos de puro aburrimiento y frustración.
    ​«No han aprendido nada», se lamenta, para, al segundo, replantearse que tal vez es por su culpa, que no tiene nada interesante que enseñar.
    ​Los alumnos se despiden de Diego con indiferencia. A sus oídos llega la conversación, demasiado cerca de la puerta, como si creyeran que Diego es sordo, cuando la realidad es que, al igual que el sentido del olfato, el oído también lo tiene muy fino:
    ​—Vaya mierda de cursillo.
    ​—Ya ves. ¿Pero quién es ese tío? 
    ​—Por lo menos está bueno.
    ​Y, tal vez, si solo hubiera llegado a oídos de Diego, se habría quedado en una mera anécdota, pero Eloísa, la directora del centro, también ha oído la breve y banal conversación de los alumnos y entra en clase con una mirada compasiva. Eloísa sacude la cabeza y chasquea la lengua contra el paladar a medida que se acerca a Diego, que baja la mirada y hace como que tiene muchas notificaciones en el móvil que atender.
    ​—Diego. Esto no funciona —sentencia.
    ​—¿Qué? ¿Cómo?
    ​Diego se hace el loco. Eso tampoco funciona.
    ​—Llevas ocho meses impartiendo clases. Hay inscripciones, el temario en un principio es atrayente, algunos alumnos te conocen, te han leído, pero la mayoría… la mayoría no llegan al último día, Diego, a la vista está. No puedes empezar un curso diciendo que de la escritura no se puede vivir. Hundes a los aspirantes cuando les aseguras que encontrar agente y editorial es un reto prácticamente imposible.              
    ​—Pero… pero Eloísa, es que es verdad. Hay que preparar a la gente para lo peor, que luego se hacen ilusiones, se creen el próximo Ken Follett y pasa lo que pasa.
    ​—Mira. Me encanta cómo escribes. Me gusta tu técnica, de verdad que sí, por eso te fiché, porque creía que tenías mucho que ofrecer. Pero no considero que seas el mejor para impartir clases, Diego. Eres… ahora mismo eres… un escritor frustrado —se sincera Eloísa, componiendo un gesto de apuro—. Y aquí no queremos escritores frustrados que contagien su negatividad. Me he enterado de que te han rechazado el último manuscrito. ¿Tienes algo entre manos? ¿Un plan B?
    ​«Joder, parece mi padre», calla Diego, frotándose la barbilla y limitándose a negar con la cabeza.
    ​—Te deseo lo mejor. Pásanos la factura de los dos últimos cursos para hacerte el ingreso a final de este mes. Y ya… ya te llamaré.
    ​—Gracias, Eloísa.
    ​Diego sabe que ese «ya te llamaré» seguido de un carraspeo al que está más acostumbrado de lo que querría, ha sido una despedida elegante. Pero, por mucho que necesite el trabajo, no va a suplicar ni a mentir a la gente diciéndole que está a punto de adentrarse en los mundos de Yupi. No. Ni hablar. Se niega. Se las apañará. Y, si tiene que servir mesas o fregar platos, hacer de botones o lo que sea, lo hará con gusto sin que se le caigan los anillos, faltaría más. Desanda el camino con su bicicleta a cuestas hacia la salida. Se despide del conserje con el mismo gesto con el que lo ha saludado al llegar, como si fueran a verse al día siguiente. Pero ya no va a haber día siguiente, no en el taller de escritura creativa para este escritor de éxito discreto. No hay más cursos programados para Diego ni los va a haber. La vida tiene un plan muy distinto para él y se encuentra a seiscientos kilómetros de distancia, treinta y cinco horas —sin contar paradas— si cometiera la locura de ir pedaleando en su bicicleta. Que ya te adelanto que no va a ser el caso.

  4. 3
    Redes, A Coruña
    Hay un lugar en el que Greta se siente tan a gusto como en casa. Es en la librería de Celso, ubicada en la rúa Nova que desemboca en la praza do Pedregal, al lado del edificio pintado de azul de la Casa Do Concello, la sede de administración local. Solo ahí siente que puede ser ella, recuperar la seguridad en sí misma, su esencia perdida. Celso no solo vive de las ventas de los libros, también prepara el mejor café para llevar o para tomar sentado en unos sillones orejeros que, junto a las sillas plegables, están de lo más solicitados los jueves a las siete de la tarde en el club de lectura. Greta no falta ni un solo jueves a la cita y, cuando sale del cementerio, sobre las once de la mañana, suele ir a ver a Celso, que, como siempre, le dedica una sonrisa paternal. Antes de que diga nada, Greta ya tiene hecho su café con leche lleno de espuma. En el hilo musical de la librería suena, como cada día en bucle, la balada Frente a frente emergiendo de la voz de su cantante original, Jeanette, una letra que a Greta la estremece por todo el significado que entraña, especialmente para Celso.
    ​—¿Qué tal miña Lucía?
    ​Lucía era la mujer de Celso. Su gran amor. La canción Frente a frente sonaba desde el salón cuando expiró en la cama de su casa con una lágrima rodando a cámara lenta por su mejilla hasta terminar en la comisura de sus labios exangües. Falleció de cáncer de mama hace seis años; Greta no la llegó a conocer, pero ha oído hablar tanto de ella que la siente como si hubieran sido amigas.
    ​—Le he dejado un ramo de lirios blancos preciosos.
    ​—Seguro que le han encantado, muchas gracias. ¿Has leído Los puentes de Madison County?
    ​—Ajá —contesta Greta, distraída, dando un sorbo al café humeante—. Preparada para la cita del jueves. ¿Cómo es posible que no hayamos leído el libro antes?
    ​—Las adaptaciones cinematográficas nos hacen perezosos —argumenta Celso con una media sonrisa.
    ​Greta, a sus treinta años, es la más joven del club de lectura. La sigue Celso, que tiene sesenta y tres. Candela, Fina, Lucio y Margarita no aspiran a vivir diez años más a sus setenta y ocho, ochenta, ochenta y tres y ochenta y cinco años respectivamente; de hecho, han sido más las bajas en el club de lectura que las altas en los dos últimos años. Entre todos suman cuatrocientos diecinueve años. Y un impecable gusto por la literatura. Para Greta, las reuniones alrededor de un buen libro son muy importantes, como lo es un grupo de alcohólicos anónimos para alguien que necesita apoyo para mantenerse sobrio.
    ​—¿Qué planes tienes para hoy?
    ​—Pues no mucho, pero me han ofrecido exponer en el centro social y me lo estoy pensando —contesta Greta.
    ​—¡No me digas! —se emociona Celso—. ¿Tienes obras preparadas?
    ​—Sí, son de hace tiempo, pero…
    ​—¿No te animas a pintar, pequena?
    ​Greta no contesta. Hace dos años y medio que no pinta, la última obra le dejó un regusto amargo. Ahora mismo no le saldría nada decente. Pese al tiempo transcurrido y a la seguridad que ha vuelto a instalarse en ella gracias a un día a día tranquilo, siente que en su interior aún habita un resquicio de oscuridad. Nada que ver con los colores vibrantes que le gustaba usar en el pasado en sus obras, jugando con distintos estilos que la hacían saber que, mientras visualizara lo que quería, no había nada que se le pudiera resistir. Inspira hondo, se muerde los carrillos, Celso la mira como si fuera la hija que nunca pudo tener.
    ​—Sé que exponer aquí no es como en Madrid. Sé, que lo he visto en internet aunque tú nunca me cuentas nada, que eres una pintora de renombre muy famosa, que hasta has hecho ilustraciones para cubiertas de libros.
    ​—No es para tanto. Que mi nombre salga en Google no me convierte en famosa —ríe Greta, sacudiendo la cabeza ante la ingenuidad cibernética del librero.
    ​—Pero te han hecho entrevistas. Has salido en televisión, que lo he visto en Youtube —prosigue Celso henchido de orgullo—. Ábrete una cuenta de Instagram de esas, parece mentira que no estés al día. Seguro que triunfas.              
    ​—Esa vida ya pasó, Celso.
    ​—Solo tienes treinta años. A esa edad no puedes decir que ninguna vida pasó. Que lo diga Margarita, vale, pero tú… no, pequena, non podes falar así. Aún tienes mucho que ofrecerle al mundo.
    ​—Gracias.
    ​Es todo cuanto puede decir. Greta siente el ataque de un nudo atenazándole la garganta que le tensa el semblante. Hace un intento por no echarse a llorar, que es lo que suelen provocar las palabras de Celso, siempre dulces y acertadas. Paga el café, se da una vuelta por la librería de suelos desgastados de madera y altas estanterías sin una mota de polvo ni un solo hueco libre, y echa un vistazo a los nuevos títulos que han llegado esta semana. Tiene una buena pila de lecturas pendientes, pero le es inevitable acumular más libros. Le encantan, es su vicio. Siempre encuentra el lugar idóneo para ellos y así le hace gasto al librero, que lo necesita. Se decanta por un par de thrillers, novedades del mes, y una bonita edición en tapa dura de El fantasma de la ópera que no tiene. Ha perdido la cuenta de cuántas ediciones hay en casa de la novela de Gaston Leroux, la preferida de Leo, aunque Greta todavía no se ha animado a leerla, no vaya a ser que se reencuentre entre sus páginas con su propio fantasma.

  5. 4
    Antes de regresar a casa, Greta se detiene en el supermercado. Tiene la nevera vacía como suele ser habitual. No es que no sea una cocinitas, es que no le ve la gracia en cocinar para sí misma, por lo que come a deshoras y no cuida su alimentación. Cualquier cosa le sirve para llenar la tripa. Por los pasadizos del familiar supermercado, se encuentra con Elsa, una buena amiga y de las pocas en el pueblo de su edad que la ha ayudado a sobrellevar la muerte repentina de Leo. Elsa, quien conocía a Leo desde la más tierna infancia, ha sido como un bálsamo para Greta. A través de sus historias, ha podido conocer al niño y al adolescente que Leo fue antes de mudarse a la capital para probar suerte como músico, aun teniendo la seguridad de que acabaría regresando a su tierra. Elsa le ha contado infinidad de veces lo mismo: Leo, a partir de los doce años, tenía dos novias de las que nunca se separaba, su guitarra y su libreta, con las que soñaba despierto inventando acordes, plasmando palabras y sentimientos a cualquier hora y en cualquier lugar, daba igual si la inspiración lo pillaba en mitad de una fiesta o en el momento álgido de un botellón en la playa. Por supuesto, entre ellas no ha habido medias tintas. Elsa, con naturalidad, respondió a todas y a cada una de las preguntas que Greta le formuló respecto a la parte oscura de Leo que muy poca gente conoció. No obstante, Greta es consciente de que Elsa ha omitido las partes más escabrosas y que no conoce toda la verdad. Probablemente, nunca la sabrá. Y puede que sea lo mejor.
    ​—¡Greta! Hoy me iba a pasar por tu casa, que anoche me enredé haciendo croquetas y he hecho de más. ¿Querrás?
    ​—Claro, te salen riquísimas. Hoy tengo lío, pero mañana, a partir de las once, vente a casa a tomar un café.
    ​—Hecho.
    ​—¿Cómo está tu madre? —se interesa Greta.
    ​María, la madre de Elsa, tiene alzhéimer precoz. El olvido más cruel con solo cincuenta y cinco años. Durante el día, una chica va a su casa a ayudarlas, pero Elsa lo ha dejado todo para cuidarla, negándose a internarla en un centro especializado aun estando cada vez peor. Hasta hace un par de años, Elsa trabajaba como profesora en el colegio As Mirandas, en Ares, el pueblo vecino, y tenía una relación con Javier, el camarero del bar donde iba a desayunar cada mañana. Pero la vida puede cambiar en un instante, ambas lo saben bien. Cuando a María le diagnosticaron la enfermedad, Elsa no se detuvo a pensarlo ni un segundo. Su madre es lo más importante. De la noche a la mañana, tomó la decisión de que se dedicaría en cuerpo y alma a ella, a pesar del gran sacrificio que eso implica. A Elsa se la ve agotada, más delgada, ojerosa, y con el cabello descuidado anudado en una coleta baja. Desde que lo dejó con Javier, no se le ha vuelto a conocer ninguna relación.
    ​—Como siempre —contesta Elsa con un deje de amargura que no pasa desapercibido—. Le cuesta hablar. Apenas podemos salir a pasear y menos con este frío. El alzhéimer es devastador.
    ​—Lo siento mucho.
    ​—Es lo que hay —se conforma Elsa que, pese a todo, no ha perdido su bonita sonrisa—. Nos vemos mañana, ¿sí?
    ​—Sí. Hasta mañana.
    ​Se dan dos besos de despedida y cada una vuelve a su lista de la compra, la de Greta más escueta que la de Elsa, que tiene buena mano en la cocina, su bálsamo para combatir los nervios y la pena. 

  6. 5
    Greta conduce por los senderos flanqueados por muros rudimentarios de piedra llenos de baches sin asfaltar y llega a casa al mediodía. Vive como si se escondiera de alguien, a las afueras del pueblo y sin vecinos en dos kilómetros a la redonda, en una casa de piedra del siglo XVIII que Leo y ella reformaron con la esperanza de llenar de niños que se han quedado tristemente anclados en el inventario de su imaginación. Lo único que se oye desde aquí es el canto de los pájaros, los grillos en la época estival y el rumor hipnótico de las olas rompiendo en los peñones colindantes a una pequeña cala llamada praia Coído. La soledad en este rincón del mundo es apacible, si bien no han sido pocas las veces en las que Greta ha saltado la valla que rodea el jardín trasero y ha corrido hasta el acantilado con deseos suicidas.
    ​Saluda a Frida, su perra, su anclaje en el mundo para no desaparecer de él. Frida depende de ella, la necesita. Es una bulldog americana marrón con manchas blancas en el lomo que infunde respeto dada su imponente presencia, pero en realidad es de carácter afable, dulce y vaga, el único perro en el mundo, Greta está convencida de ello, que no se levanta del sofá para recibir a nadie, ni siquiera a ella, y tampoco suele ladrar cuando vienen desconocidos. Es como si a Frida le diera igual todo, y, por eso, Greta a veces la envidia. Ojalá vivir sin tensión, sin la mala costumbre que tiene el ser humano de angustiarse por cualquier nimiedad.
    ​Durante la media hora siguiente, Greta se dedica a organizar la cocina y a llenar la nevera y la despensa. Cuando termina, sube las escaleras hasta la tercera planta, donde está ubicada la buhardilla de techo abovedado apuntalado con vigas con una claraboya en el centro por la que se puede contemplar las estrellas. La mayor parte de las paredes están cubiertas de arriba abajo por estanterías hechas a medida repletas de libros. Y, en una esquina discreta, Greta guarda sus lienzos y pinturas cubiertos con sábanas viejas y deslucidas. Ahí están, abandonados, esperando pacientes a que vuelva a perderse en su mundo de color para encontrarse. Busca la balda de honor donde reposa cada edición de El fantasma de la ópera que Leo fue recopilando en vida, le hace un hueco y coloca el nuevo ejemplar.
    ​—Espero que te guste, Leo.
    ​—Tienes que leerlo, Greta. Es increíble.
    ​—Lo leeré. Pero aún no estoy preparada. No es el momento.
    ​Seguidamente, abre la mochila y saca cada obsequio que ha recabado esta mañana en la tumba de su marido, reservándose la botella de whisky para cuando necesite evadirse de la realidad.
    ​—Para ellos eras un gran artista. No te han olvidado. Pero para mí…
    ​—Era tu marido. Y era lo que más me gustaba ser, Greta. Más que subirme a un escenario, más que componer, más que… Vivimos tan rápido que no nos damos cuenta de lo verdaderamente importante hasta que ya es demasiado tarde. Hasta que estamos muertos.
    ​«Esta no es la voz de Leo —reflexiona Greta, cabizbaja—. Este no es Leo, él nunca diría algo así», se repite internamente, para convencerse de que subir hasta aquí a hablar con él es una locura que tiene que llegar a su fin. No es más que una invención que su mente fabrica para protegerse.
    ​—¿Por qué discutíamos tanto, Leo? Por qué… —Greta cierra los ojos. Sacude la cabeza y barre el aire con la mano como si estuviera espantando una mosca. ¿Por qué se lo pregunta si ya conoce la respuesta?—. Bah. Me voy a volver loca. Si no lo estoy ya. No quiero hablar más. No puedo seguir con esto. La tristeza es como una pastillita para envejecer que hace que el tiempo pase sin que nos demos cuenta, encaneciéndonos, arrugándonos la piel… El tiempo pasa y yo no recupero mi vida y necesito recuperarla. Necesito alejarme de ti.
    ​El búho de cristal y el anillo están dentro del armarito, junto a la variopinta colección de velas, inciensos, medallones, camafeos, colgantes, pulseras de cuero como las que le gustaban a Leo, cartas sin abrir, postales, vasos de chupito, pañuelos, pendientes… A Greta le cuesta cerrar el armario, está demasiado lleno, un día de estos va a reventar.
    ​—Quizá tenga que dejar de ir a verte al cementerio. No es sano. Y aquí ya no cabe nada más.              
    ​—Yo no estoy allí, cariño. Sigo aquí. Estoy aquí, en casa, en esta buhardilla, contigo.
    ​Greta se queda quieta un instante, como intentando revivir un recuerdo muy lejano. Lo mismo le ocurre por las mañanas, cuando se despierta. Lo primero que hace es rebuscar en su memoria las imágenes de la noche en la que Leo murió y volver a proyectarlas. Pero, por más que lo intenta, la nada más descorazonada se adueña de su mente con el poder de enturbiarla.  
    ​—Sobre las siete viene Yago. Será mejor que te vayas si no quieres ver… en fin, ya sabes —dice al cabo de un rato sin mirar a los ojos de su fantasma.
    ​—Sí, sé, y te lo he dicho cien veces. Me parece bien. Tienes que seguir con tu vida, Greta. Es importante que sigas con tu vida.
    ​«No eres Leo. No eres Leo. He devuelto a la vida a un espejismo», se muerde la lengua Greta, presa de un dolor intenso en el pecho.
    ​—No puedo.
    ​—Podrás. La vida está a punto de cambiar.
    ​En el preciso instante en que la voz imaginaria del fantasma de Leo pronuncia esas palabras, Greta está a punto de replicar: «siempre dices lo mismo». Pero no le da tiempo. Su móvil suena desde la cocina, se había olvidado por completo de que lo había dejado ahí. Baja las escaleras de dos en dos pensando que será Celso, Elsa o Yago, no hay mucha gente que tenga su número; sin embargo, la llamada proviene de un contacto desconocido que no tiene guardado en la agenda.
    ​—¿Sí?
    ​—¿Greta Leister?
    ​—Sí, soy yo —contesta extrañada mirando a Frida, cuyos ronquidos resuenan en todo el salón.
    ​—Verás, soy… soy Diego Quirón y… —La voz al otro lado de la línea, aunque grave y potente, una buena voz digna del mejor locutor radiofónico, suena errática, insegura. Parece que le estén dictando las palabras o no tuviera muy claro qué decir. Mientras se decide, Greta espera, preguntándose si se trata del mismo Diego Quirón que ella conoce. ¿Cuántos Diego Quirón debe de haber en el mundo?—. Perdón. Greta, ¿sigues ahí?              
    ​—Sí.
    ​—Soy Diego Quirón, escritor —vuelve a empezar el hombre tras inspirar hondo, más confiado que instantes antes, y a Greta le da un vuelco el corazón—. Y… y tengo una propuesta para escribir una biografía sobre Leo Artes, tu marido.

  7. 6
    Madrid
    Amadeo, explotador de los adjetivos delante de los indefensos sustantivos, tiene muchas cualidades, como la de arrastrar a cientos de lectores a la Feria del Libro de Madrid. En la última arrasó, incluso vinieron los Reyes y le estrecharon la mano, momento histórico que inmortalizaron en una fotografía que, cómo no, tiene enmarcada presidiendo con orgullo la pared de su despacho. Sin embargo, es un plasta y nunca ha tenido el don de la oportunidad. Ocurre, por ejemplo, con sus llamadas telefónicas a deshoras, creyéndose el ombligo de un mundo que siempre tiene que estar disponible para él. Parece que lo hace a propósito. Que se lo digan a su editor, que está hasta las narices de que lo llame con alguna de sus neuras a las dos de la madrugada, justo cuando su bebé de tres meses se ha quedado frito por fin.
    ​¿El secreto del éxito reside en no dormir? Tal vez.
    ​Así que, con su hermano Diego, Amadeo no va a ser menos. El Aserejé del móvil de Diego, colocado en una esquina de la mesita de noche, suena estridente en el momento en que Ingrid, la vecina de arriba, actriz de teatro y amante ocasional, yace sudorosa bajo su cuerpo desnudo y alcanza el orgasmo. Su jadeo coincide con la estrepitosa caída del móvil al suelo. Un móvil inmortal que sigue sonando pese a la aparatosa caída. Diego, hundiéndose en el interior de su vecina con la misión de provocarle un segundo orgasmo y que le tiemblen tanto las piernas que al día siguiente le cueste hasta caminar, mira de reojo la pantalla iluminada. Amadeo reclama la atención de su hermano pequeño a la una y media de la madrugada.
    ​—Sigue. Sigue, no pares… no pares… —le pide Ingrid entre jadeos, apretando a Diego contra su cuerpo.
    ​Y Diego, que es muy obediente en la cama, no para. Una vez más, sonríe triunfal por el poder que le otorga ignorar a su hermano, pero que lo llame dos veces en menos de veinticuatro horas suena a algo urgente. ¿Y si ha ocurrido algo? ¿Algo malo? Diego se pone en lo peor. Piensa en sus padres. En algún ingreso hospitalario urgente, un accidente… Se desconcentra y sus movimientos, hasta ahora perfectos y rítmicos, se vuelven torpes y descoordinados. Ingrid lo nota, compone un gesto de fastidio y la excitación se va con la misma rapidez con la que ha llegado cuando una hora antes se ha presentado en su piso ligera de ropa y con la típica broma de: «¿Tienes sal, vecino?».
    ​—¿Qué tiene que decirte a la una de la madrugada? —inquiere Ingrid, resollando, cuando Diego se levanta. 
    ​Con la respiración irregular, Diego recoge los calzoncillos del suelo, se los pone y coge el móvil ignorando a su vecina, que profiere un suspiro y se cubre con la sábana, decidiendo si se queda a dormir o sube a su piso. Aunque en la cama se compenetran más que bien y la atracción física fue evidente e inevitable desde que se conocieron hace siete meses, cuando Ingrid alquiló el piso de arriba, últimamente es ella quien busca a Diego y no al revés. Empieza a estar cansada de que Diego no parezca estar interesado en algo más que en un par de revolcones a la semana, y lo peor de todo es imaginarlo con otra. Se la llevan los demonios, no lo puede evitar, se está empezando a enamorar y tiene miedo de decírselo. Con los ojos clavados en Diego, más interesado en su móvil que en ella, Ingrid lamenta internamente que hoy en día parece que todos seamos como bolas de billar: chocamos brevemente unos con otros y luego nos alejamos rodando.
    ​—Voy a llamarlo. A ver qué quiere. Ahora vuelvo.
    ​Diego recorre los dos pasos que lo separan del estrecho pasillo y, de ahí, gira a la derecha y cruza el arco adentrándose en la estancia favorita de su pisito de soltero de Lavapiés. Un chollo por quinientos euros al mes. Cocina, salón, comedor, despacho, libros en el suelo, en estanterías torcidas con baldas a punto de partirse en dos y plantas mustias, conviven en un desorden equilibrado de treinta metros cuadrados. Apenas hay espacio para una sola persona. Diego se deja caer en el sofá de dos plazas de IKEA y llama a Amadeo.
    ​—¡Dieguito, joder, por fin!
    ​—¿Qué pasa?
    ​—Tengo algo importante para ti —contesta Amadeo con aires de grandeza. Diego entorna los ojos, resopla, se revuelve el pelo, desconfía.
    ​—¿El qué?
    ​—Vente mañana por la mañana a casa y te lo cuento.
    ​—No voy a poder, estoy muy ocupado y…
    ​—Genial, sí, a las doce me va bien. Hasta mañana, hermano.
    ​Y cuelga. Amadeo cuelga y Diego, con la boca entreabierta, se queda mirando la pantalla de su móvil fundida a negro, asqueado por tener que ir hasta La Moraleja, con la pereza que le da. Sin dudarlo ni un segundo, abre la aplicación de WhatsApp y le escribe a Amadeo: «Vale, a las doce. Pero me pagas el taxi».
    ​—Diego, me voy —le dice Ingrid desde el umbral de la puerta.
    ​—¿Te vas? ¿No te quedas a dormir? —pregunta Diego sin mucho interés. Ni siquiera la mira.
    ​—No, mañana tengo que estar en el teatro a las ocho de la mañana. Nos esperan unos días de ensayo bastante intensos.
    ​—Vale —acepta Diego sin insistir. Prefiere dormir solo.
    ​En vista de que Diego no se levanta del sofá, Ingrid, sin ocultar lo molesta que está, le pregunta:
    ​—¿Es que no me vas a dar ni un beso?
    ​—Joder, perdona. —Diego deja el móvil sobre el sofá y la mira como si se hubiera acabado de despertar de la siesta y estuviera confuso y desubicado. Se pelea con su bicicleta para llegar hasta Ingrid y la besa.
    ​—¿Te veo mañana? —le pregunta ella—. Así terminamos lo que tu hermano ha interrumpido… —ríe traviesa.
    ​Diego le dedica una sonrisa forzada, pero no dice nada. Empieza a darse cuenta de que Ingrid quiere más y de que él no puede darle lo que ella necesita. No la quiere. No de ese modo. Diego opina que entre ellos hay chispas, sí, pero no fuegos artificiales, que es lo que él necesita para comprometerse al cien por cien con alguien. Y ese alguien, aunque cuando están juntos se lo pasan bien, no es Ingrid. Qué más querría él que fuera tan fácil, conocer a alguien y enamorarse al instante. A lo mejor tendría que cortar lo que tienen, sopesa Diego, al ver cómo a Ingrid le brillan los ojos cuando sus labios se separan. No quiere hacerle daño, pero cierra la puerta sin miramientos y sin tan siquiera intuir que su vecina regresa a su piso llorando.

  8. 7
    Madrid se ha despertado perezoso, casi tanto como Diego, con un cielo encapotado que apenas deja ver el sol. Las hojas otoñales, brillantes como llamas, ondean en las copas de los árboles que flanquean la calle y se vislumbran desde los balcones. Apura el café americano cuando el taxi, puntual, le manda un mensaje avisando de que ya lo está esperando en la calle. Nada más salir por la puerta, Diego oye voces. No hay ascensor ni manera de escabullirse. Dolores, la vecina del segundo A, le cuenta a Aurelia, la vecina del segundo B, que su nieto Teo le ha pintado las paredes del salón.
    ​—¡No se le puede dejar solo ni un segundo!
    ​Aurelia sacude la cabeza escandalizada, desaprobando el acto vandálico de Teo.
    ​Diego desciende las escaleras con rapidez. Saluda esquivo, no permite el contacto visual, no vaya a ser que lo entretengan como es habitual. Diego es el más solicitado por sus vecinas octogenarias. Lo adoran. La frase que más ha oído desde que se instaló en el tercero B hace tres años es: «Ay, criatura, si fuera cincuenta años más joven, no te dejaba escapar».
    ​—¿Dónde vas con esas prisas, Diego? —se interesa Dolores.
    ​—Quédate con nosotras un ratito, anda —le pide Aurelia.
    ​—¡Ojalá pudiera! —se disculpa Diego, con una de esas sonrisas deslumbrantes con las que sabe ganarse a todo el mundo. O eso le parece a él por la de veces que las ha ensayado frente al espejo.
    ​A Diego, cambiar Lavapiés por La Moraleja le apetece tanto como bailar desnudo en la Puerta del Sol en pleno mes de diciembre, en cuanto el taxi deja atrás el barrio y se adentra en la concurrida M-30. Media hora más tarde, el taxista silva cuando se detiene en el número 19 del Paseo del Conde de los Gaitanes. A Diego le parece oír que murmura con ironía:
    ​—Igualito que Carabanchel.
    ​El hombre debe de preguntarse qué hace un tipo como Diego, a quien hoy, para rebelarse, se le ha ocurrido ponerse unos tejanos desgastados de mendigo, como diría su madre, en el paraíso de los ricos de la capital. Las mansiones no se atisban desde las amplias avenidas por la privacidad de las vallas de setos perfectamente recortados. A lo mejor el taxista no se pregunta nada. Bueno. A quién le importa. En La Moraleja hasta el aire huele distinto.
    ​—Espere un momento, por favor —le pide Diego, enviándole un wasap a Amadeo para que salga y pague la carrera.
    ​Pero transcurren veinte minutos en los que Diego ha bajado del taxi y ha llamado al timbre sin que nadie conteste al otro lado. El taxímetro no se ha detenido y a Diego le toca sacar la cartera y acarrear con los gastos más los intereses por la espera. Parece que Amadeo, malicioso, lo ha visto todo desde la cámara de seguridad que hay colocada encima de la verja y, para fastidiarle, en cuanto el taxi se aleja, abre a un Diego cabreado que se jura a sí mismo que va a cobrar los cuarenta y cinco euros que le ha costado venir aquí sí o sí. Cruza a grandes zancadas el jardín sin entretenerse en contemplar la belleza que hay a su alrededor hasta plantarse frente a su hermano, que lo espera esbozando una sonrisa socarrona en el umbral de la puerta de la entrada de su gran mansión.
    ​—¡Dieguito! —Le da una palmada en la cara. Diego odia esa mala costumbre de macho alfa, así que, como por instinto, se la devuelve, quizá un poco más fuerte de lo debido—. Hostia. ¿Has entrenado? Te veo en forma —ríe Amadeo dándole la espalda y entrando en la casa, repleta de ventanales por los que, a pesar de estar a punto de llover, entra claridad. Se sienta en el descomunal sofá de cuero negro con los brazos abiertos y señala un sillón en el que Diego, obediente como es en casas ajenas, se acomoda—. Te preguntarás qué haces aquí. Bien, tengo un trabajito para ti.
    ​—Mira, si ese trabajito implica cargarme a alguien, olvídalo —bromea Diego mirando a su alrededor. La de horteradas inútiles que ha acumulado Amadeo con los años, incluida la pintura de una mujer desnuda encima de la chimenea que debe de costar un riñón.
    ​—Joder, qué gracioso eres.
    ​Amadeo, con el porte elegante que lo caracteriza, enciende un cigarrillo. Le ofrece uno a Diego, que declina la invitación. Con lo apurado que va de pasta, como para tener vicios, con lo caro que sale fumar. En todos los sentidos.
    ​—Al grano. Sé que las cosas no te van bien. Que han rechazado tu último manuscrito.
    ​—¿Pero qué pasa? ¿Ha salido en los informativos?
    ​¿Cómo es posible que lo sepa todo el mundo?
    ​—El mundillo es pequeño, hermano, parece mentira que aún no lo sepas. En fin. La editorial Viceversa, que, como bien sabes, es uno de los numerosos sellos del grupo editorial más influyente del país, me ha ofrecido una biografía muy importante, pero tengo un proyecto entre manos más ambicioso, novela histórica, por si te interesa saberlo, y les he dicho que lo harás tú. Han estado de acuerdo.
    ​—¿Una biografía?
    ​—De Leo Artes. El cantautor.
    ​—¿El que se mató hace unos años en un acantilado?
    ​—Ajá, ese. Hace tres años para ser exactos, sí. Hay opiniones para todos los gustos, allí te dirán que fue un accidente, pero yo soy de los que piensan que se suicidó. La maldición de los veintisiete.
    ​—Pero yo nunca he escrito una biografía. No sabría ni por dónde empezar.
    ​—Te pagarían veinte mil de adelanto —lo tienta Amadeo con mirada afilada, como un águila a punto de saltar sobre su presa—. Un cinco por ciento para su mujer y el otro cinco por ciento para ti de las ventas en papel. Ganancias de un veinte por ciento en digital. Puede que audiolibro, que dicen que lo va a petar dentro de nada. Y hasta un documental basado en la biografía que tú, hermano, tú, escribirás, y del que también recibirás pasta gansa. ¿A que es un caramelito?
    ​—Bueno, sí, pero…
    ​—Pero hay un problema —interrumpe Amadeo chasqueando la lengua contra el paladar. Lo hace mucho. Es un tic—. Hay que convencer a la mujer. Greta Leister. ¿Te suena?
    ​Diego niega con la cabeza, la ladea un poco, bueno, ahora que lo dice… Greta Leister, Greta Leister, repite mentalmente. Sí, le quiere sonar de algo, pero no cae. Amadeo coge el móvil y le muestra la fotografía de una chica atractiva de unos veintipocos años, de melena rubia, larga y lacia, unos ojos verdes felinos preciosos y un reguero de pecas sobre el puente de la nariz que a Diego, más que pecas, le recuerdan a una constelación de estrellas.
    ​—Un bombón, ¿eh? —prosigue Amadeo—. Era pintora. Bastante reconocida, tuvo éxito en su momento. Que yo sepa, ahora no hace nada. Era la mujer de Leo, se fueron a vivir juntos al pueblo de él. Uno de costa en A Coruña donde Almodóvar rodó algunas escenas de la película Julieta. Parece que Leo regresó a su tierra para encontrar la muerte. Y ella sigue ahí, aferrada al recuerdo —comenta con gesto dramático, insensible ante la tragedia—. Difícil de convencer, un hueso duro de roer. La editorial lo intentó hace un año y es la única que puede dar permiso para que se publique la biografía; los padres de Leo la palmaron hace años. 
    ​—¿Y no les sirve una biografía no autorizada?
    ​—No, no, que con las biografías no autorizadas siempre hay marrones, que se lo pregunten al primo de doña Letizia. Necesitan la autorización de la mujer —insiste Amadeo ceñudo.
    ​—Pero si hace un año dijo que no, ¿qué va a ser diferente esta vez?
    ​—Tú, Dieguito, tú. Te he vendido a la editorial como lo más grande, un fuera de serie capaz de convencerla. Llevar mi apellido también ayuda, obvio.
    ​—No soy quien para forzar. Si no quiere que la biografía de su marido salga a la luz, hay que respetarlo. Demasiado tiene la pobre con el dolor de la pérdida.
    ​—Ya, ya, ya… Pero hay más.

  9. 8
    Amadeo levanta una de sus cejas pobladas, gesto con el que cree que vuelve locas a las mujeres, y da una calada al cigarro tomándose su tiempo. Sentado en su pose favorita, con la copa suspendida en el aire de manera elegante mientras observa a Diego, se relame los labios, asiente un par de veces con la cabeza… Las palabras flotan en el aire manteniendo el suspense mientras forma aros perfectos como hacía cuando era un adolescente desgarbado, inspira hondo y machaca la colilla contra el cenicero haciendo tamborilear la mesa de centro.
    ​—Se comenta que Leo Artes compuso una última canción que vale oro. He oído que fue su nota de suicidio, una despedida. ¿Sabes el morbo que eso despierta? Y el morbo vende. Vaya si vende. La discográfica con la que trabajaba ha intentado por todos los medios conseguirla, pero no hay manera. Como te he dicho, esa mujer es un hueso duro de roer, debe de tener la canción guardada bajo llave. Se nota que no necesita la pasta porque le han ofrecido una millonada, y la tía, nada, ni se inmuta.  
    ​—No todo el mundo es como tú —rebate Diego—. Hay cosas más importantes que el dinero.
    ​—Eso lo dices porque estás en números rojos. Quien no se consuela es porque no quiere —lo pica su hermano.
    ​—Bueno. —Diego se cruza de brazos, resopla, le ruega a un Dios en el que no cree que le dé paciencia—. ¿Y yo qué tengo que ver con eso?
    ​—Cien mil.
    ​A Diego se le atraganta el café de la mañana. Está a punto de pedirle un cigarro a Amadeo. No, un cigarro no, un puro, de esos habanos que duran ocho horas. Y, ya puestos, el mueble bar entero que Amadeo tiene en una esquina bajo una lámina enmarcada del autorretrato de Van Gogh.
    ​—Lo que yo te propongo es que la convenzas. Mírate, aún estás de buen ver; no sé qué tienes, pero todas caen rendiditas a tus pies. Lo único que tienes que hacer es colarte en su casa con la excusa de que ahí, entre sus recuerdos, en el lugar donde el mismísimo Leo Artes vivía, podrás inspirarte mejor. Y, además de escribir la biografía, consigues la canción. Con Leo muerto, esa canción inédita y póstuma vale mucha pasta. ¿Sabes que cientos de fans visitan su tumba cada día? No me caerá a mí esa breva, no. Todavía quieren a ese hombre. Se ha convertido en una leyenda que crece con los años. Vende más muerto que vivo, a veces ocurre. Igual te pasa lo mismo a ti, como le pasó a Kafka o a Edgar Allan Poe, que murieron en la indigencia y ahora, fíjate, los conoce todo quisqui.
    ​—¿Y si sigue negándose a vender la canción? —se preocupa Diego, pensando en los cien mil euros, ¡cien mil euros!, cayendo en la tentación económica que hasta hace escasos segundos repudiaba, e ignorando la pullita de su hermano. ¿De qué sirve el reconocimiento una vez extinto? Diego no aspira a un chalet en La Moraleja, pero sí a vivir dignamente de la escritura, aun sabiendo que, a veces, de los sueños no se puede comer ni pagar las facturas.
    ​—Hay maneras y maneras de conseguirla…
    ​—¿Estás insinuando que la robe?
    ​—A ver, si no queda más remedio.
    ​—¿Qué ganas tú con eso? —desconfía.
    ​—El cincuenta por ciento, por supuesto. Cincuenta mil tú, cincuenta mil yo.
    ​—No, Amadeo, no me veo haciéndole algo así a…
    ​—…Greta Leister. Qué nombre tan exótico. Su padre era alemán. O es, qué sé yo. Vamos, Diego, si lo hago por ti. Podrías ganar mucho dinero. Lo necesitas. Estás en la quiebra.
    ​—No me ha quedado claro si lo importante es conseguir su autorización para escribir la biografía o entrar en su vida para robarle la canción en el caso de que exista.
    ​—No, la canción, no. ¡La última canción! Las dos cosas son importantes —replica Amadeo con voz grave como si estuviera tramando una conspiración. Qué teatrero es—. Debes tener en cuenta que Leo era un romántico. Nada de ordenadores. Por lo visto, era enemigo de Spotify, Youtube y toda la mandanga. La letra tiene que estar escrita en alguna libreta vieja y grabada a viva voz, a capela o acompañada de su guitarra, en una maqueta como las de antes, según dice el que fue su mánager, un facineroso con el que espero que no tengas que relacionarte. En un CD, seguramente, tampoco me hagas caso que de esas cosas yo no entiendo. Lo importante es que sea en el formato que sea, des con ella, y, si no la consigues con el permiso de la mujer, la robas —zanja contundente.
    ​—Que es un delito —insiste Diego, sacudiendo la cabeza, con el «no» en la punta de la lengua.
    ​«Esto es una locura», piensa, a punto de levantarse del sillón que, de lo cómodo que es parece que se haya tragado su trasero, declinar la propuesta y largarse de La Moraleja de vuelta a su vida sencilla en Lavapiés sin mueble bar ni copias de cuadros de Van Gogh.
    ​—Cincuenta mil. Más los veinte mil de adelanto por el libro, que tampoco te tienes que comer mucho la cabeza. No tiene que ser excesivamente largo, doscientas páginas y listos. Setenta mil euros para ti. Setenta mil.
    ​—Ahora mismo me solucionaría la vida, la verdad.
    ​—¿Entonces? ¿Eso es un sí, Dieguito?
    ​Diego, que suele ser impulsivo por naturaleza, esta vez se replantea qué decisión tomar. El dinero le tienta, pero lo que quieren hacerle a esa mujer no le parece ético. Y, a pesar de no conocer a Greta, no le gusta cómo su hermano habla de ella. Sin embargo, Amadeo, con esa mirada de águila despiadada y esas arrugas que se le forman en la frente, mete presión, y Diego se siente agobiado, acorralado, sin otra opción que contestar:
    ​—Vale. Lo intentaré.
    ​—Inténtalo ahora mismo.
    ​—¿Qué?
    ​—Que llames a Greta.
    ​—Pero si yo… yo no… —balbucea, nervioso, con un tono de voz inusualmente agudo, visualizando a la chica de la foto y sus espectaculares ojos verdes.
    ​—Venga, Dieguito, un poco de sangre, más decisión. Dame tu móvil.
    ​Diego, como si hubiera caído hechizado, le tiende el móvil. Amadeo coge el suyo, busca en la agenda y graba el número de Greta en el móvil de su hermano. Para cuando se lo devuelve, Diego ve incrédulo que está realizando la llamada.
    ​—¿Pero qué haces?
    ​Sin tiempo para nada más, una voz femenina suave como el terciopelo suena al otro lado de la línea. A Diego le empiezan a sudar las manos, está a punto de colgar, pero algo, quizá la mirada severa de Amadeo, lo impulsa a hablar: 
    ​—¿Greta Leister?
    ​—Sí, soy yo.
    ​—Verás, soy… soy Diego Quirón y…
    ​—Vamos, joder, no te quedes callado. Di algo, que te veo alelado. Invéntate lo que sea, pero hazlo ya. No podemos perderla, es la oportunidad de tu vida —susurra Amadeo gesticulando en exceso.
    ​—Perdón. Greta, ¿sigues ahí? —vuelve a preguntar Diego un tanto inquieto, componiendo un gesto de irritación dirigido a Amadeo.
    ​—Sí.
    ​«Joder, joder, joder. ¿Y ahora qué?», piensa Diego, mirando a todas partes salvo a su hermano. Lo importante es evitar el contacto visual con Amadeo. Es muy persuasivo. Inspira hondo y vuelve a empezar:
    ​—Soy Diego Quirón, escritor. —No hay gota de sudor resbalando por su sien, pero la siente como si existiera—. Y tengo una propuesta para escribir una biografía sobre Leo Artes, tu marido.
    ​—…
    ​—Eh… ¿Greta?
    ​—…
    ​Acto seguido, unos pitidos le hacen saber que Greta ya no está. Ha colgado abruptamente como si Diego la hubiera llamado para venderle un seguro de vida.
    ​—Ha colgado.
    ​—Vaya, qué predecible. Pues no te queda más remedio que irte.
    ​—Sí, será lo mejor. Me debes cuarenta y cinco euros del taxi. Y otros cuarenta para el de la vuelta. No tengo cambio, dame cien y ya…
    ​—No, no me has entendido —niega Amadeo—. Que te tienes que ir a A Coruña. A ver a esa mujer.
    ​—Estás loco.
    ​—Cuanto antes, mejor. Llévate mi coche. El Audi, que es el más barato y tú para aparcar siempre has sido muy torpe.
    ​—Pero que me ha…
    ​—¡A ver! ¿No pensarás ir en tu bicicleta, no?
    ​—Amadeo, que me ha colgado. Que es inútil. Que no quiere ni va a querer y yo no soy nadie para convencerla. ¿Qué coño hago yo en A Coruña?
    ​—En Redes. El pueblo se llama Redes. Dicen que es precioso, aprovecha la visita para hacer turismo.              
    ​—Me va a mandar a la mierda —predice Diego con gesto sombrío.
    ​—¡Fuera negatividad, coño! Por eso no has alcanzado la cima del éxito, porque siempre te pones en lo peor y al universo hay que mandarle señales positivas para que los planes salgan como queremos. Si no lo intentas, no lo sabrás nunca. Recuerda, Dieguito: setenta mil.
    ​Hora y media más tarde, Diego, sin saber muy bien cómo se ha dejado embaucar, coge el Audi con lo puesto y se dispone a conducir hasta Redes bajo un chaparrón de órdago. Parece que Amadeo tenía la jugada bien planeada, ya que le da una maleta con una bolsa de aseo personal, cepillo y pasta de dientes incluidos con el logo de un hotel NH y ropa cara, de marca y elegante, polos Ralph Lauren y pantalones de pinza que no van acorde con su estilo y tienen pinta de irle enormes.
    ​—Y quinientos euros. Coño, parezco tu padre. Para tus gastos y gasolina, no apures el depósito que me jodes el coche. Eso sí, te lo descontaré del adelanto de la discográfica, fíjate la fe ciega que tengo en ti. En la lista de reproducción tienes todas las canciones de Leo Artes para que te vayas familiarizando.
    ​—Lo tenías todo planeado, ¿verdad? —Amadeo se encoge de hombros y pone ojos de cordero degollado—. ¿Pero por qué das por hecho de que voy a convencer a esa mujer?
    ​—Porque a ti, salvo tu editora, nadie se te resiste, Dieguito.
    ​¿Ha habido cierto resquemor en el tono de voz de Amadeo? ¿Algún trauma infantil que se remonta a 1986, cuando un Amadeo de seis años se vio relegado a un segundo plano por culpa de un recién nacido tan adorable como llorón que se quedó con el nombre bonito?

  10. 9
    Redes, A Coruña
    Día 1
    Yago Blanco, policía local en Redes, se presenta en casa de Greta a las siete y media de la tarde. Quería salir antes de comisaría, pero le han enredado. Viste de uniforme, que sabe que a Greta le pone. Hace una semana que, por decisión de ella, no se ven, así que se tienen ganas. Es un tipo alto, fuerte y atractivo que, tras mucho insistir, consiguió conquistar a Greta hace un año y medio. El luto no puede durar toda la vida, ¿verdad? No somos de piedra, tenemos nuestras necesidades, cualquier excusa es válida para no sentirse mal.
    ​Yago se enamoró de Greta desde que llegó a Redes con su famoso marido, pero es algo que no reconocerá, ni ahora ni, posiblemente, nunca. Su conversación es limitada y no provoca en Greta el mismo fuego que desató Leo al principio, aún le es inevitable compararlo todo a él, su única relación, pero Yago tiene sentido del humor. Su compañía es agradable cuando no se enfada por cualquier tontería o se pone a hablar de trabajo. Hay poca acción en un pueblo con pocos habitantes como Redes, cero casos emocionantes, que era lo que buscaba cuando se hizo policía. Sus besos enganchan. Le huele bien el aliento, que ya es mucho. Cuando hacen el amor se compenetran, fue así desde el principio; ambos son amantes apasionados. Pero no es más que una fuerte atracción que, con el tiempo, no conducirá a nada, solo al vacío y, en el caso de Yago, que está más enganchado a Greta, al dolor. Nunca han dormido juntos. Han follado en la cocina, en el sofá y hasta en el porche trasero con vistas al mar cuando llega el buen tiempo, pero nunca en la cama que Greta compartió con Leo. Nunca. Ese lugar es tan sagrado como lo es la buhardilla. Y, en el caso de que algún día vuelva a compartir esa cama, será con alguien especial y definitivo, aunque, ¿qué es definitivo en esta vida? Nada. A pesar de que el policía es lo más cerca que ha estado de una relación sentimental desde que Leo murió, a ella le es imposible comprometerse seriamente. Se trata, por así decirlo, de una ilusión que aporta una pizca de emoción a sus días grises y solitarios.  
    ​—Qué ganas tenía de verte, nena —dice Yago con voz ronca, agarrándola por la cintura y devorándole la boca. Greta detesta que la llame nena, pero nunca se lo ha dicho. Si no se lo dice, ¿cómo va a saberlo? Yago no tiene muchas luces, esa es la verdad; sin embargo, no hace falta ser un lumbreras para darse cuenta de que Greta está absorta, en su propio mundo. Mira a Yago, pero en realidad no lo ve—. Eh, ¿estás bien?
    ​—Sí. Sí, claro.
    ​Greta no le cuenta que lleva horas dándole vueltas a un nombre. Diego Quirón. Y a su propuesta, la misma que rechazó hace un año cuando unos buitres carroñeros tuvieron la cara dura de presentarse en su casa con ofertas millonarias y malos modales para escribir una biografía sobre su marido. Pero ahora es distinto. Ese hombre es distinto. Y puede que lo que les une aun sin conocerse en persona, sea una señal para dar el paso. De alguna manera, Greta lo había estado esperando.
    ​¿Pero a Leo le habría gustado que se supiera la verdad sobre él?
    ​Su misión, según sus propias palabras, era hacer reflexionar a la gente con las letras de sus canciones. Paradójicamente, ya que a nivel personal Leo era una persona complicada, quería hacer felices a los demás, a gente que ni siquiera conocía ni le importaba. Estaba convencido de que cada persona viene al mundo con una misión y esa era la suya. La felicidad ajena. Muy ajena, tanto, que con Greta no lo tuvo en cuenta. Puede que en eso también le mintiera. No obstante, Greta batalla internamente y, si una biografía puede hacer felices a los miles de fans que sienten que se han quedado huérfanos tras su fallecimiento, ¿por qué no? A veces siente que no le debe nada, pero sería un bonito gesto por su parte. Perdonar es también perdonarse a uno mismo. Desea hacer las paces con el pasado para seguir mirando hacia delante, si bien descubrir según qué cosas sobre Leo puede conllevar a una polémica que él siempre se esforzó en evitar. A Greta le da miedo meterse en la boca del lobo y no saber cómo salir.  
    ​Pero lo que Greta necesita ahora es evadirse. Olvidarse del escritor y de su propuesta. Centrarse en el instante presente y divertirse. Así que le devuelve el beso a Yago con la misma efusividad y lo arrastra hasta el sofá. Hoy Greta no tiene ganas de complicarse la vida con poses imposibles encima de la encimera de la cocina que luego desinfecta como si fuera la maniática de la limpieza que en realidad no es. Frida los mira con el rabillo del ojo. La perra emite un gruñido de fastidio; Yago nunca ha sido santo de su devoción y no tiene ningún reparo en demostrarlo dedicándole constantes desaires. Seguidamente, la perra salta y se aleja de la pareja que, semidesnudos y sin tiempo que perder, se meten mano. Parecen dos adolescentes con las hormonas a mil revoluciones. Yago sienta a Greta a horcajadas encima de él. Le susurra algo:
    ​—Te tengo tantas ganas…
    ​Yago le muerde con suavidad el lóbulo de la oreja, sus labios descienden con avidez hasta sus pechos, los envuelve con sus manos y le mordisquea el pezón. Greta arquea la espalda hacia atrás, gime, sus movimientos se vuelven más provocativos, tortuosamente lentos a medida que palpa la erección de Yago, que la agarra de las caderas marcando el ritmo que desea. Pero entonces, cuando están a punto de bajarse los pantalones y dar rienda suelta a la pasión, algo cambia. Las respiraciones agitadas son engullidas por los ladridos de Frida que, en estado de alerta, mueve el rabo a una velocidad desorbitada frente a la puerta de entrada.
    ​—Pero si nunca ladra —se extraña Greta, separándose de Yago e incorporándose para ver qué pasa.
    ​—No será nada. Anda, ven aquí…
    ​Yago la agarra de la muñeca, pero Greta, con un pie en el suelo, se zafa al oír el sonido de un motor que se detiene enfrente de casa. La luz de unos faros atraviesa las ventanas.

  11. 10
    —Viene alguien.
    —¿Tengo que coger el arma?
    ​—No digas tonterías, Yago.
    ​Yago suspira maldiciendo a quienquiera que se haya atrevido a interrumpirlos, mientras Greta se pone el jersey y se abrocha los tejanos. Se acerca a Frida, que continúa ladrando, le acaricia entre las orejas levantadas en posición de alerta, y abre la puerta ensimismada con la silueta que acaba de salir del coche y viene hacia ella con pasos cortos e indecisos.
    ​Greta enciende la luz del porche para ver de quién se trata. Frida corre hacia el invitado inesperado dejando a Greta atónita, porque recordemos que Frida nunca recibe a las visitas. Nunca. Hasta hoy.
    ​—¡Frida! —grita Greta avanzando, pero la perra no le hace ni caso. Está ocupada olisqueando al hombre que, sonriente, se agacha a acariciarla.
    ​—Así que te llamas Frida. Como Frida Kahlo —la saluda Diego, agasajando a la cariñosa perra.
    ​Es Diego.
    ​Diego Quirón, que viene muerto de cansancio, con un dolor de lumbares terrible debido al viaje en coche que ha hecho del tirón. Solo ha parado un par de veces para repostar, con ganas de tirarse por uno de los acantilados de Redes después de estar escuchando durante más de seis horas las canciones deprimentes sobre amor y desamor de Leo Artes. Dios mío. O estaba muy enamorado o muy deprimido, no había término medio, ha pensado Diego con la cabeza como un bombo a punto de estallar.
    ​Greta reconoce a Diego enseguida. Y, sin motivo aparente, durante unos segundos le da la impresión de que se le ha paralizado el corazón.
    ​—Perdona. Frida nunca… nunca molesta a nadie, a duras penas me cuesta sacarla del sofá para salir a pasear.
    ​—Umm… entonces Frida es muy especial —murmura Diego, levantando la cabeza y clavando sus ojos en Greta.
    ​No es la misma chica de la fotografía que Amadeo le ha enseñado. Los años pasan, las penas pasan factura, y han borrado de su rostro cualquier rastro de dulzura, volviéndolo anguloso, de pómulos prominentes y una mirada directa y beligerante. Ya no luce una melena larga y lacia, ahora lleva el pelo corto y ni una gota de maquillaje disfraza su rostro, lleno de sombras bajo la luz tenue del porche que no le restan ni un ápice de la belleza que, desde la distancia, Diego contempla con una media sonrisa. Avanza con Frida a su lado, que lo mira con la misma fascinación con la que mira los huesos de cordero. La entusiasta acogida de la perra le ha insuflado la seguridad de la que carecía hasta hace escasos minutos, cuando ha cruzado el cartel que le daba la bienvenida a Redes en esta noche fría de luna llena y mar revuelto en la que un límpido y nervioso viento del norte bate la hierba, que se ondula como las olas.
    ​—Soy Diego Quirón, hemos hablado por teléfono este mediodía… —se presenta, silenciando en su cabeza lo de: «Y me has colgado como si te hubiera llamado para venderte un seguro de vida»—. Sé que no son horas, que tendría que haber avisado, pero…
    ​—Pasa, por favor —lo sorprende Greta, que ha olvidado por completo que ha dejado a Yago empalmado en el sofá.
    ​Antes de entrar en casa, las miradas de Greta y Diego se entrelazan con una complicidad familiar, lo cual es extraño, porque, supuestamente, es la primera vez que se ven.
    ​Supuestamente.
    ​¿Sabe Diego quién es ella?
    ​Al percibir la amabilidad de la viuda, aunque usar una palabra tan deprimente para alguien tan joven debería considerarse sacrilegio, a Diego se le cae el mundo a los pies. Durante el trayecto ha imaginado cientos de posibilidades y ninguna se acercaba a esta ni remotamente. Para él, Greta tenía que ser una mujer arisca, borde, antipática, estúpida, malcarada y un sinfín de adjetivos despectivos que no se corresponden con la realidad. Al fin y al cabo, presentarse así, insistente, en un lugar donde no te esperan y donde imaginaba ser mal recibido, no es de buena educación. Después de que le colgara el teléfono, daba por hecho que lo mandaría a freír espárragos, que le cerraría la puerta en las narices, que lo insultaría e incluso que lo abofetearía. Que las artistas tienen un carácter imprevisible, ha dicho en voz alta para sí mismo, haciendo tamborilear los dedos sobre el volante forrado de cuero al ritmo de Tú eres mi reflejo, una de las canciones del cuarto disco de Artes. Ahora Diego se pregunta si esa canción estaba dedicada a la mujer que entra en casa un par de pasos por delante de él.

  12. 11
    En el sofá, Yago, aún empalmado y desnudo de cintura para arriba, alterna la mirada de Diego a Greta y de Greta a Diego, con los ojos muy abiertos y las cejas enarcadas.
    ​¿Quién es este tío? ¿A qué ha venido a estas horas?
    ​¿Debe preocuparse? ¿Le ha salido competencia?
    ​Se levanta como un resorte mientras Greta se pregunta cómo demonios ha podido olvidar que Yago estaba aquí.
    ​—Yago.
    ​El nombre del policía brota de los labios de Greta en una exhalación, como pensando: «Anda, si estás aquí». Yago, molesto, sintiéndose que sobra, busca la camisa, la encuentra tirada en el suelo, se agacha a recogerla y se la pone. No es tan veloz abrochándose los botones, se toma su tiempo para examinar a Diego con ojos escrutadores como dos polígrafos.
    ​—Yago, él es Diego Quirón, un escritor con el que tengo una reunión. Se me había olvidado por completo, perdona.
    ​—¿Qué? ¿A estas horas? 
    ​Es lo que Diego quiere decirle también: «¿Qué? ¿Por qué le mientes? ¿Por qué me sonríes así, echando por tierra al personaje malvado que había creado para ti?». Está claro que ha pillado a la pareja en un mal momento o en uno muy bueno, según se mire, envidiando en silencio el abdomen musculado del hombre que no aparta los ojos de él. Lo de ser inoportuno le recuerda a Amadeo. Igual viene en los genes.
    ​—Pues eso… —balbucea Greta—. Que lo dejamos para otro día, ¿vale? —prosigue con tono melifluo.              
    ​—Soy Yago —se presenta el policía con gesto sombrío y un marcado acento gallego, tendiéndole la mano a Diego, que se la estrecha arrepintiéndose en el acto por la fuerza que emplea, como si quisiera partirle los huesos—. Policía local aquí en Redes —añade altivo y, por su tono, parece una amenaza.
    ​—Encantado —dice Diego con la mano dolorida.
    ​—Bueno. Pues me voy. ¿Seguro que estarás bien, Greta?
    ​—Sí. Te llamo mañana.
    ​Yago sabe que no lo llamará. Que Greta no suele cumplir con su palabra, al menos con él. Es lo que siempre dice y al final es Yago quien la llama a ella, quien se traga el orgullo y va detrás como un perro faldero que se contenta con unas pocas migajas. Echa un vistazo al salón para comprobar que no se ha dejado nada. En realidad lo hace para ganar tiempo, mirando de refilón a Diego, memorizando su cara. Finalmente, sin necesidad de palabras, Yago se planta frente a Greta, coloca las manos en su nuca, la atrae hacia él y le planta un beso en la boca incomodando a la visita. Es Greta quien, correspondiendo a su beso más por compromiso que por ganas, tiene que separarse esbozando una sonrisa tirante como una goma de mascar. Nunca se han besado delante de nadie, pero es la necesidad que tiene Yago de hacerle ver a Diego que esta mujer ya está comprometida, que ni se le ocurra acercarse más de la cuenta o se las tendrá que ver con él. Aunque sea mentira. Una farsa que solo existe en su cabeza. Greta le da una palmadita en la espalda y lo acompaña hasta la puerta.
    ​—¿Seguro que prefieres que me vaya? —insiste Yago.
    ​—Que sí, vete tranquilo.
    ​—Me he quedado con su cara, eh.

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