El peligro de amarte PDF

Llevaba una edad general, rutinaria, transcurría entre percibir a mi productor, ejecutar en el alfar y concluir con mis amigas algunos weekends.

Pero todo cambió cuando Noah apareció adelante de mí, con su patrón ochenta y cinco de majeza, sus penetrantes agujeros celestes y esa inteligencia impactante de hacerme extraviar la madurez.

Noah era la fruta constreñida del Edén, su tino era adictivo, sus besuqueos impulsivos, y sin embargo intenté alejarme, rehusar a lo que sentía cuando estaba con él, no pude; se metió bajo mi corteza, tomó mi sentimentalismo y luego, inhumanamente, me lo arrebató.

PRIMEROS CAPÍTULOS

Capítulo 1
Esa mañana no parecía diferente a las anteriores, todo transcurrió de la
misma forma, me levanté a las seis de la mañana, tomé una ducha, me puse unos
pantalones cortos, una camiseta y mis botas de montaña; bajé las escaleras y
saludé a papá con un beso en el costado de su cabeza, estaba sentado en una silla
frente a la mesa del comedor de la cocina leyendo la prensa. Hice café, preparé
el desayuno –huevos, tocino y pan tostado– y serví todo en dos platos. Desde
que mamá murió, a causa de una afección cardíaca cuando yo tenía ocho años,
esa había sido nuestra rutina, con la diferencia de que antes él cocinaba para mí,
y en lugar de ir a trabajar, asistía a la escuela. Pero las cosas habían cambiado
mucho en los últimos años.
—Gracias, cariño —dijo mi padre con un guiño y luego comenzó a comer.
Papá no lo notó, pero mis ojos se quedaron sobre él por varios minutos,
apreciando con nostalgia que se hacía cada vez mayor. Él siempre fue un hombre
fuerte, pero cuando cumplió los setenta y cinco años, su cuerpo comenzó a
pasarle factura por todo el esfuerzo al que lo había sometido a lo largo de los
años. Su cabello, antes negro, se llenó de canas, al igual que su bigote y barba;
arrugas profundas marcaron su ceño, debajo de sus ojos grises y en la comisura
de sus labios finos. Y ahora, cuando sostenía su taza de café –esa que tenía una
rotura en el borde pero que por nada del mundo cambiaría porque fue un regalo
de mamá– su mano temblaba.
—Estaba pensando en contratar a un nuevo mecánico. ¿Qué opinas? —
pregunté para que se siguiera sintiendo parte del taller que levantó con esmero,
pero que tuvo que dejar un año atrás a causa de artritis degenerativa que afectó
severamente sus manos.
—Suerte con eso —dijo entre risas.
—Sí, sí, sé que nadie estará a tu nivel, pero necesito un poco de ayuda.
—Entonces prepárate para enseñar, muñeca, porque nadie en West es tan
bueno como yo, o tú. —Volvió a reír. Esa era su mayor cualidad, encontrar en
cualquier cosa un motivo para reír. Yo era más seria, aunque él trató por años de
que no lo fuera, pero era luchar contra la corriente, mi carácter lo heredé de
mamá y nadie puede cambiar la genética.
—¿Yo enseñando? —reí a manera de burla—. Creo que querrás ver eso.
—Puedes hacerlo, solo tienes que recordar cómo lo hice contigo. Hubo un
tiempo en el que no sabías ni sostener una llave ¿recuerdas?
Asentí con una sonrisa. Tenía diez años cuando me llevó a su taller para
enseñarme lo que hacía. Lo había visto muchas veces lleno de grasa y con la
cabeza metida en un auto, pero esa vez no sería una simple espectadora, él quería
que aprendiera. A partir de ese día, al salir de clases, lo ayudaba en el taller;
primero, pasándole las herramientas, pero poco a poco fui aprendiendo y, a mis
diecisiete años, era capaz de diagnosticar y reparar cualquier tipo de motor.
—Es distinto, papá, tú debías ser paciente conmigo por ser tu hija, pero no sé,
sabes que yo soy demasiado… volátil. Así que, por el bien de todos, contrataré a
alguien que sepa cuál llave usar y no a un aprendiz.
—Me gusta tu optimismo. —Se estaba burlando.
—Lo que sea —dije entre dientes—. Bien, volveré al mediodía para que
almorcemos juntos. Te amo, papá.
—Yo más a ti, muñeca. Cuídate.
Le di un beso en la mejilla y salí de la cocina.
Hasta ese momento, todo seguía en el rango de lo normal, pero cuando puse
un pie en el pórtico y vi a un sujeto sin camisa abriendo la puerta del garaje de la
casa del frente –una que estuvo abandonada los últimos diez años–, mi mañana
rutinaria dio un vuelco. ¿Quién era él y qué hacía ahí? No había escuchado que
alguien hubiera comprado esa propiedad. Y créanme, en West –y más en nuestro
vecindario– los chismes volaban. El hombre era alto, de cabello rubio y con
grandes músculos que marcaban sus brazos, espalda y trasero. Sí, ese último lo
pude apreciar muy bien a través de sus jeans gastados mientras caminaba al
interior del garaje. No alcancé a ver su rostro, y menos su pecho, uno que
imaginé esculpido como el resto de su cuerpo, pero ese sujeto desconocido sin
duda llamó mi atención, algo incorrecto para una mujer que tenía un novio del
que estaba enamorada y quien físicamente no tenía nada que envidiarle al vecino
misterioso. Aarón era marine y estaba sirviendo a los Estados Unidos en
Afganistán. Para esa fecha, tenía casi un año sin verlo, pero esperaba que
volviera a casa pronto.
Cuando la distancia me impidió mirar más allá, abandoné el pórtico, me subí
a la Ford F-100 del año 61 estacionada frente a mi casa y la encendí sin
problemas. La vieja camioneta conservaba el motor original y nunca fallaba,
había pertenecido a mi padre desde antes de que yo naciera y siempre la cuidó
muy bien, ahora era mi turno de hacerlo. Di marcha atrás y giré a la derecha para
tomar la carretera principal, pero el sonido de un motor intentando ser encendido
me sedujo como polilla a un farol. Era como música para mis oídos. Me
estacioné a un costado de la calle, me bajé y caminé hasta el garaje de donde
provenía el sonido.
—Es un gran auto el que tienes aquí. —Le dije al desconocido, asomándome
por la ventanilla del copiloto. Era un Ford Torino negro del año 72 y estaba en
perfectas condiciones de pintura y latonería. Por la capa de polvo que cubría el
techo y el capó, asumí que estuvo guardado mucho tiempo en ese garaje. El
sujeto apartó la mano de la llave y me miró disgustado. Tenía expresivos ojos
celestes, cabello rubio cenizo cortado al ras, como un militar; labios rosados y
simétricos –que sin duda serían generosos al besar–, pectorales fuertes, como
dos rocas sólidas, y un abdomen delineado con un perfecto six-pack. Imaginé
mis dedos recorriendo sus grietas y descubriendo si más al sur había otro
perfecto gran paquete por apreciar.
¿Qué carajos me pasa? No se supone que deba tener estos pensamientos
eróticos por un hombre que ni conozco, y menos teniendo novio.
—¿Qué haces aquí? —gruñó de mal humor.
Volví mi mirada a sus ojos y, lo que vi, me intimidó lo suficiente para pensar
que fue una muy mala idea entrar ahí. Él tenía derecho a enojarse, irrumpí en su
propiedad sin pedir permiso.
—Pensé que querías una mano—contesté sin inmutarme. Él podía mirarme
como le diera la gana, pero no por eso correría como una niña asustada. Yo era
de todo menos cobarde.
—¿Tú, ayudarme? —bufó—. ¿Acaso sabes cómo luce un motor?
Sonreí con suficiencia. El jodido machista no sabía con quién se había
metido.
—Asumiendo que este auto estuvo guardado por una década, y que conserva
el motor V6 de siete litros, necesita un cambio de aceite, verificar el filtro del
carburador, recargar la batería y llenar el tanque de gasolina. Y por lo que veo, lo
único que has hecho es meter la llave en el switch e intentar prenderlo ¿o me
equivoco?
El sujeto arqueó las cejas y separó los labios para contestar quién sabe qué,
pero lo detuve.
—No lo digas, sé que tengo razón y que acabo de pisotear tu jodido ego. —Di
media vuelta y comencé a caminar hacia el exterior del garaje con una sonrisa
presuntuosa dibujada mis labios. Si había algo que me gustaba era humillar a
hombres de su tipo. Había lidiado con muchos de su clase a lo largo de los años
y sabía muy bien cómo demostrar que una mujer podía saber tanto o más de
motores que un hombre.
—¡Espera! —gritó, bajándose del auto y cerrando la puerta con un azote
fuerte que me dolió como si hubiera sido yo la golpeada. ¿Acaso no sabía que
ese era un clásico por el que cualquiera mataría?
Me detuve y me giré hacia él, viéndolo caminar hacia mí como si lo hiciera
en cámara lenta. Su andar era sexy, masculino, malditamente seductor… Y por si
fuera poco, estaba esa intensa mirada que me atraía y repelía la vez. No sabía si
aquella atracción se debía al tiempo de abstinencia al que me había sometido la
ausencia de Aarón, o si esa mañana en particular mis hormonas decidieron
volverse locas, pero sin duda mi vecino me gustaba mucho.
—Creo que te conozco —dijo cuando estaba a cinco pasos de mí. Su voz
coincidía con su aspecto, era fuerte y poderosa como los músculos que
ostentaba, esos que se habían llenado de polvo y que quería limpiar con mi
lengua.
¡Dios, Audrey! En serio. ¿Qué mierda pasa contigo hoy?
—¿¡Ah, sí!? Espero que no me salgas con el viejo chiste de que soy Scarlet
Johansson porque te juro que patearé tu culo. —No bromeaba.
—No, tú eres Audrey Gunnar, la hija de Jace —aseveró con una casi sonrisa
que se esfumó cuando lo miré con el ceño fruncido.
—¿Quién eres tú?
¿Cómo sabe quién soy, si yo no lo conozco a él?
Bueno, tal vez alguien le habló de la rubia del taller Gunnar, era la única
mecánica en West.
—Soy Noah Cohen —respondió con severidad. Sabía muy bien la razón, su
nombre era sinónimo de peligro y nadie en West lo quería de vuelta, de eso no
tenía dudas. ¿Cómo no me di cuenta antes de que era él? ¿Estaba tan
deslumbrada con su físico que olvidé por completo al chico de ojos claros que
vivía en esa casa?
—No-Noah ¿Cu-cuándo…? —balbuceé. Sí, yo no era cobarde, pero nunca
me había enfrentado a un brutal asesino cara a cara.
Noah se rio sin gracia y sacudió la cabeza en negación.
—¿Por qué entraste aquí si me temes? —preguntó enfocando sus ojos en los
míos, provocando que el miedo se disparara en mi corazón y acelerara mis
pulsaciones.
—No sabía que eras tú —respondí sin fallar esa vez. Estaba determinada a
demostrarle que no lo tenía miedo, aunque lo hacía—. Tenía trece años cuando
todo pasó, has cambiado —añadí.
—Sí, tú también. —Me miró de arriba abajo, apreciando cada parte de mi
cuerpo; y sin importarme que supiera quién era él, el deseo se avivó en mí, como
si sus ojos irradiaran fuego con el poder de calentarme sin necesidad de ser
tocada.
—¿Crees que soy inocente o culpable? —indagó, cerrando la distancia entre
los dos, empotrándome contra una pared del garaje y su cuerpo.
Mi respiración se aceleró, provocando que mi pecho se inflara y desinflara a
un ritmo frenético, no supe si por el miedo o por el deseo, porque ambos corrían
en mi torrente sanguíneo a la vez.
—Déjame ir o te lastimaré —amenacé. Sabía qué hacer para defenderme;
ningún hombre, por muy grande que fuera, iba a someterme. Liberarme sería
fácil, pero por muy enfermo que esto suene, su sometimiento me resultaba
placentero.
—¿Culpable o inocente, Audrey? —insistió sin apartar su gélida mirada de
mí. Y no, no por el color de sus ojos, sino por la carencia de sentimientos en
ellos.
—No lo sé —respondí con la verdad. Todos decían que era culpable, pero yo
no estaba segura. Noah siempre me pareció un chico dulce, cuidaba de su mamá
y trabajaba duro para mantener su casa y llevar comida a su mesa cada día.
¿Cómo era capaz alguien así de asesinar a su novia de una forma tan violenta?
—Sí lo hice, asesiné a Dess con mis manos y luego la colgué del techo para
que pareciera un suicidio. Fue fácil, no se resistió, solo… puse mis manos en su
cuello así —Rodeó mi garganta con sus largos dedos, pero mantuvo libres mis
extremidades. Podía levantar la rodilla y golpear su ingle para inmovilizarlo,
pero no lo hice porque sabía que él no me lastimaría. La forma en la que me
sujetaba no era dominante—, y lo apreté con fuerza mientras la follaba hasta que
dejó de respirar
—¿Por qué lo hiciste? —dije sin ninguna dificultad ni temor. Él estaba
mintiendo, su lenguaje corporal me lo decía, y también su mirada. Ahí no había
odio ni malicia, aunque sí rencor.
Su aliento se cruzaba con el mío entre respiraciones y el deseo de probar mi
teoría, en cuanto a lo generosos que serían sus labios al besar, crecía con
indecorosa ansiedad.
—Porque que quise —respondió antes de liberarme. Todo mi sistema estaba
sobrecalentado como un radiador sediento por agua, y Noah era el vital líquido
que mi cuerpo estaba ansiando. Aquel anhelo era ilógico e irracional, pero era
irrebatible—. No vuelvas a entrar aquí —advirtió mientras caminaba de regreso
a su auto.
—¡No la mataste! —grité desde la pared, donde seguía aplastada como
insecto.
Noah se giró y me miró con los ojos entrecerrados. Esa era yo, jugando con
fuego. No, mejor dicho, bailando sobre él.
—Sí lo hice, y te mataré a ti también si sigues jodiendo mi paciencia —
amenazó con las manos empuñadas, marcando gruesas venas en los dorsos y en
sus antebrazos.
—Tendrás que hacer más que amenazarme y sostenerme contra una pared
para que te tenga miedo —espeté dando pasos seguros hacia él. No tenía idea de
por qué lo hacía, pero ese era uno de mis grandes defectos, me gustaba el
peligro, era mi adrenalina.
—Lárgate de mi propiedad, maldita sea —apuntó su dedo índice hacia fuera,
su brazo temblaba.
—Y si no ¿qué harás? —Lo reté. Me acercaba a las flamas y estaba empapada
en gasolina; un poco más, y me quemaría en el infierno que yo misma estaba
desatando.
—Bajaré tus pantalones cortos junto con tus bragas y te follaré contra el
maletero de mi jodido auto.
¿Pero quién mierda se creía? Nadie me hablaba así y él no sería el primero.
—¿Y apretarás mi cuello hasta que muera? —dije con ironía.
—Vete de aquí. ¡Vete de aquí ahora! —gritó, dándole puñetazos a la pared,
atravesándola. Parecía una bestia.
—¿Audrey? —me llamó papá desde el pórtico de nuestra casa—. ¡Audrey!
¿Estás bien?
—¡Mierda! —murmuré antes de salir corriendo del garaje de Noah.
Capítulo 2
Mi corazón seguía agitado cuando me encontré con papá en la entrada de
nuestra casa. Él me miraba con preocupación y expectativa a la vez. Esperaba
que le diera una explicación de lo que estaba pasando en ese garaje, pero no
sabía qué saldría de mis labios cuando comenzara a hablar. Me tomó un par de
minutos articular palabra, la extraña experiencia que viví con Noah me
desestabilizó de tal forma que era incapaz de hilar mis pensamientos.
Miente, Audrey. No digas la verdad, dije en mi cabeza para no meter la pata
hasta el fondo. Si papá se enteraba de lo que él me había hecho, iría por su rifle y
mataría a Noah sin dudar, o fallaría, dada la condición de sus manos, pero sabía
que lo intentaría.
—Pretendía ayudar al tipo del frente con su auto. Tiene un Ford Torino del 72
—dije con una sonrisa demasiado entusiasta e irreal. Mentirle a mi padre no era
lo mío, odiaba hacerlo, pero lo hacía por el bien de todos.
—¿Noah regresó? —preguntó con un ligero temblor en sus labios.
¿Le asustaba la idea de él en la ciudad? No, mi padre nunca le temió a nadie,
y menos a Noah. Papá fue uno de los pocos en la ciudad que intercedió de
alguna forma por él.
—Sí, lo hizo. —Mi sonrisa falsa se borró y una línea fruncida ocupó su lugar
al recordar lo que pasó minutos atrás en aquel garaje. El olor a jabón que brotaba
de su cuerpo, su aliento a enjuague bucal acariciando mis labios con la
proximidad y la cálida sensación de sus pectorales desnudos empujando mis
pechos, era algo que me tomaría mucho olvidar—. Espera, papá. No creo que
sea buena idea ir ahora —advertí cuando comenzó a caminar hacia la casa de
Noah.
—Tengo que hacerlo, se lo prometí a Juliet —murmuró sin detenerse. Juliet
era la madre de Noah, murió dos años después de que lo condenaran a veinte
años de prisión por asesinar a su novia. No sabía por qué lo liberaron antes,
quizás por buen comportamiento o algo así.
Tomé a mi padre del brazo y lo ayudé a cruzar la calle; no era muy transitada,
pero debía ser precavida con él. Una caída en su condición sería muy mala para
sus huesos.
Temblores involuntarios sacudieron mi estómago a medida que la brecha se
cerraba. En cuestión de segundos, estaría de nuevo en presencia del peligroso
Noah Cohen, y no porque fuera exconvicto, sino por la forma en la que mi
cuerpo reaccionaba al estar cerca de él.
—¡Noah, muchacho! ¿Cuándo te liberaron?, ¿por qué no me llamaste? —
preguntó mi padre, entre tanto caminaba más rápido de lo que había hecho en
años, para poco después abrazar a Noah. Pero eso no me impresionó tanto como
su pregunta. ¿Por qué tendría que llamarlo? ¿Hablaban con frecuencia?
Miré a Noah con suspicacia mientras él le devolvía con afecto el abrazo a mi
padre, pero él apartó la mirada en seguida.
—Lo siento, viejo, pero sabes muy bien la razón —respondió cuando se
separaron.
Okey. Entre esos dos hay una historia desconocida para mí. Sabía que papá
lo apreciaba, pero no que estuvieran en contacto y que se trataran con tanta
confianza. Es como ver a un padre con su hijo. Mierda. ¿Eso en qué nos
convierte a Noah y a mí?
—Le prometí a tu madre cuidar de ti y yo siempre cumplo mis promesas —
palmeó su hombro con su mano. Mi padre era más alto que Noah, pero la edad le
restó varios centímetros y perdió altura—. Ven, vamos a casa, mi muñeca te hará
una buena comida casera mientras me cuentas cómo lograste salir antes.
¿Que yo qué? No, tengo tres autos en el taller. No tengo tiempo para cocinar.
—Tranquilo, viejo, iré por ahí más tarde a comer algo —contestó, notando mi
gesto de no puedo hacerlo en mi rostro.
No quería ser descortés, pero en mis planes para el día no estaba incluido
cocinarle a Noah.
—¿Comer por ahí? Nada de eso. Encenderemos la parrilla y cocinaremos
unas buenas piezas de carne para celebrar tu regreso, ¿verdad, Audrey? —Mi
padre me miró por encima de su hombro y me dijo con la mirada «por favor».
¿Cómo podía decirle que no?
—Sí, claro. Llamaré a Manuel para decirle que no iré hoy al taller. —Mi tono
fue dulce, pero en mi interior echaba chispas. ¿Qué pretendía papá? No dudaba
de su buena intención, él era así de amable con todos, pero algo tramaba y
necesitaba averiguar qué.
—Gracias, muñeca.
—Los alcanzo en un par de minutos, debo ir por una camiseta —refirió Noah
saliendo del garaje.
Estuve a segundos de gritar ¡no!, a nadie le haría daño ver un poco de piel
expuesta… y menos a mí. Me lo debía al menos ¿no?, iba a cocinar para él.
—¿Qué fue todo eso? ¿Acaso hablaste con él mientras estuvo en prisión? —
Le pregunté a mi padre mientras cruzábamos la calle de regreso a nuestra casa.
Mi tono fue más duro de lo que pretendía, no estaba acostumbrada a que me
ocultara cosas, y admito que estaba molesta. Mi relación con él era lo más
importante de mi vida… y más desde que perdí a mamá, quince años atrás.
—Sí, y también lo visitaba, se lo prometí a Juliet —reiteró.
Era la tercera vez que mencionaba a la madre de Noah, junto con la palabra
“promesa”, en la última media hora. ¿Acaso me había ocultado más cosas de las
que pensaba?
—Papá ¿tú…? —titubeé. ¿Cómo le preguntaba algo así? No, no podía.
Imaginar a mi padre con otra mujer era absurdo; él aún conservaba los mismos
sofás que mamá eligió cuando se mudaron a nuestra casa, su ropa seguía colgada
en su lado del closet, incluso su cepillo, perfume y joyas permanecían en la
peinadora. Suponer algo como eso era insultar su amor por ella.
—¿Yo qué, muñeca?
—¿Piensas que él no lo hizo, por eso lo ayudas? —No era la pregunta que iba
a hacerle, pero esa también estuvo rondando en mi cabeza.
—Lo ayudaría de todas formas, Audrey. Todo el mundo merece una
oportunidad, hasta los exconvictos.
—Pero ¿crees que no lo hizo? —insistí.
—Te di esa respuesta en mi garaje —dijo Noah detrás de mí.
Erizos salpicaron mi cuello y se establecieron en cada parte de mi cuerpo por
su proximidad. Me sorprendió tanto que hasta di un brinquito.
—Te dijo que era culpable ¿verdad? —Papá negó con la cabeza mientras
sonreía.
—Algo así —rechisté, pugnando con la tentación de decirle que el idiota de
Noah hizo una puesta en escena del asesinato de Dess, usándome a mí como
ejemplo.
Entré a casa, dejándolos a ellos detrás. Necesitaba cinco minutos a solas para
intentar asimilar todo lo que mi sexy vecino despertaba en mí. Él me encendía
como flama puesta sobre el cordel de una vela.
Subí a mi habitación y me metí a mi baño para mojar con agua helada mi
rostro enrojecido. Habían pasado años desde la última vez que me sonrojé de esa
forma por un hombre, tantos que no recordaba cuándo. Eso sin duda era un
indicio de que algo estaba mal conmigo.
—¿Dónde está mi moral? ¿Por qué él me conmociona de esta manera? —reñí,
mirándome al espejo.
¡Ahhhh!, pero es que lo sabía, claro que lo hacía. Noah Cohen había sido mi
amor platónico de niña, lo miraba embelesada cuando podaba el jardín y gruñía
cuando lo veía besándose con Dess; pero desde entonces, habían transcurrido
más de once años y ya no era una pequeña enamoradiza sino una mujer. Además,
tenía un novio que me llamaba cada vez que podía y me enviaba cartas. ¡Cartas!
¿Qué hombre, en pleno siglo XXI, enviaba cartas? Uno que estaba locamente
enamorado, sin duda.
—¿Audrey, estás ahí?
¿Qué mierda? ¿Acaso Noah entró a mi habitación?
Me sequé el rostro con una toalla y salí del baño dispuesta a reclamarle al
idiota de mi vecino por entrar sin permiso. Irónico ¿verdad? Eso fue justo lo que
hice yo en su garaje.
No, era distinto, este era un lugar mucho más privado que un almacén de
autos.
—¿Qué haces aquí? —Mis dientes crujieron. Estaba enojada con él, conmigo
por mis incontrolables impulsos… hasta con papá, por dejarlo subir a mi
habitación.
Noah cruzó sus brazos, incrementando el tamaño de sus ya enormes bíceps,
se recostó contra el marco de la puerta y escaneó mi cuerpo con una mirada
lasciva y hambrienta, transformando mi enojo en algo peligroso e incontrolable.
Sus ojos eran la chispa que desencadenaba mi deseo.
—¿Por qué una mujer como tú está tan necesitada de atención? —preguntó
con petulancia.
—Yo no…
—¿No? —Arqueó una ceja y sus labios se curvaron hacia un lado con una
sonrisa arrogante—. Tu respiración desigual, las gotas de sudor brillando en tu
cuello, ese color carmesí marcando tus mejillas, las dos protuberancias que
comienzan a asomarse debajo de tu camiseta… Estás malditamente excitada,
Audrey. Deseas que te tumbe en esa cama de sábanas color rosa y te folle hasta
dejarte sin aliento.
—¿Cómo te atreves? —reclamé con furia. Era la segunda vez que me
amenazaba con follarme, y esa no se la iba a dejar pasar. Puede que sí, que todo
indicaba que quería sexo, pero eso no se significaba que lo tendría, y menos con
él.
—Porque puedo. —De nuevo, su arrogancia salió a flote.
¿Acaso se creía un todopoderoso?, ¿un dios? ¡Ja! Sí, el dios del jodido
infierno.
—¡Vete a la mierda, imbécil! —Caminé hasta la puerta, le di un certero
empujón hacia un lado y me abrí espacio para salir de mi habitación. No iba a
permanecer un segundo más delante de su engreído rostro. ¿Quién carajo se
creía él para decirme que estaba necesitada?
—Más temprano que tarde, estarás rogando para que suceda —siseó, pasando
por mi lado.
Una vez más, la ira se apoderó de mí y las ganas de robarle su arrogancia con
eficaces puñetazos en el rostro recorrió mis venas, pero si lo hacía tendría que
explicarle a mi padre porqué hice sangrar a Noah y a qué se debía mi furia,
preguntas que odiaría tener que contestar.
Caminé detrás de él, pisoteando fuerte el suelo con cada paso que daba, y
sintiendo cómo la ira aumentaba con cada segundo que transcurría. Ese idiota
me sacaba de mis casillas. Cuando llegamos a la planta baja, el visitante
indeseable se dirigió hacia la cocina y abrió el refrigerador como si fuera suyo.
—¿Qué crees que haces?
—Lo que tu padre me pidió, muñeca—dijo en tono burlón mientras mantenía
su cabeza metida en el refrigerador—. Aquí está —cerró la puerta y vi que
sostenía en sus manos una bolsa hermética que contenía carne roja—. ¿Dónde
están los condimentos?
—¿Vas a encargarte tú de la carne? —Fruncí el ceño y crucé mis brazos por
debajo de mis pechos.
—Sí. ¿O es que crees que por ser hombre no sé cocinar? —inquirió con un
gesto presuntuoso.
—¿Así como tú pensaste que por ser mujer no sabía de autos? —repliqué con
la barbilla elevada. No iba a perder la oportunidad de echárselo en cara.
—Sí, me merecía esa respuesta —dijo con una sonrisa ladina—. Entonces…
¿los condimentos?
Bufé y liberé mis brazos para acercarle la sal, el adobo, el ajo y la salsa
parrillera que tanto le encantaba a mi padre. Puse todo en la mesada, sin mirarlo,
y me giré hacia el refrigerador para sacar las verduras que usaría para preparar la
ensalada cruda.
—¿Qué? —espeté cuando cerré la puerta y encontré la mirada de Noah sobre
mí.
—Haces que cocinar sea jodidamente sexy —murmuró con voz gutural y se
mojó los labios lentamente con la lengua. En su mirada había lujuria y deseo, lo
mismo que ardía en mi ser.
—Eres un enfermo —reproché y le di la espalda para lavar las verduras en el
fregadero. No iba a admitir que me atraía, no le diría lo caliente que estaba por
él.
Noah siguió con su tarea de adobar el solomillo y luego dejó la cocina sin
decir nada más.
—¡Ven aquí, muñeca! —gritó papá desde el patio unos minutos después.
—¡Estoy haciendo la ensalada! —respondí. Era una muy buena excusa para
mantenerme lejos de mi sexy y atractivo vecino, pero no funcionó, mi padre no
tardó en entrar y darme un pequeño pero efectivo sermón de la hospitalidad y de
las buenas costumbres.
Fue humillante, me sentí de nuevo como una niña de diez años.
Metí las verduras en un bol y llevé un cuchillo y una tabla al patio para cortar
las verduras sobre la mesa de picnic, que era tan vieja como todo en casa pero
que, por ser de roble, seguía siendo tan fuerte y funcional como siempre. Me
senté al lado de papá y vi a Noah cerca de la parrilla, tratando de encender las
brasas. El sudor comenzaba a mojar la camiseta blanca que cubría su torso,
marcando manchas húmedas en su espalda y pecho, convirtiendo una simple
barbacoa en un momento excitante. No sabía qué rayos me pasaba, mi mente
estaba sobrecargada de pensamientos indecorosos que no debía alimentar.
—Nos sentarían muy bien un par de cervezas —comentó mi padre. Aparté
mis ojos del objeto de mi deseo y sacudí la cabeza con un no rotundo—.
Muñeca, la ocasión lo amerita.
—Pues podría visitarnos el mismísimo Obama y aun así no te daría cerveza.
Sabes que, por los medicamentos que tomas, el alcohol está prohibido.
—Apoyo la moción —intervino el cretino sin filtro de Noah Cohen. Aunque
esa era la única cosa sensata que había dicho hasta ese momento.
—Limonada por cerveza —dije poniéndome en pie.
—Esto apesta. —Se quejó papá como un niño malcriado, y así actuaba en
algunas ocasiones. Sabía que eso era normal para alguien de su edad, pero jamás
diría en voz alta la palabra “vejez” delante de él. Ya tenía suficiente con la
maldita artritis –que le costó su trabajo– para añadirle demencia temprana a su
ficha médica.
—Igual que mis vitaminas cuando tenía nueve —repliqué bromista.
Noah esbozó una sonrisa triste antes de ocuparse de nuevo de la parrilla.
Imágenes de él solo en una celda cada noche, durante diez años, estremecieron
mi corazón. No debió ser fácil para él estar ahí, y mucho menos después de la
muerte de su madre, su única familia. Noah no tuvo oportunidad de decirle adiós
ni de lanzarle un ramo de flores en su funeral, como yo lo hice con mamá, y eso
me entristecía. Yo más que nadie sabía lo que era perder a una madre, es como si
una parte de ti fuera arrancada y enterrada junto con ella.
Sequé rápidamente las lágrimas que se aventuraron a escaparse de mis ojos y
me puse en pie para ir a la cocina y preparar la limonada. Una vez dentro,
busqué varios limones y los corté por la mitad para ponerlos en el exprimidor.
Cuando llevaba cinco, la puerta que llevaba al patio se abrió, develando la
silueta varonil de Noah. Sus pesados pasos hicieron chillar la madera a medida
que se acercaba. Él también usaba botas de montaña, aunque las suyas estaban
muy gastadas.
—¿Estás bien? —preguntó en tono conciliador.
—¿Por qué lo preguntas? —repliqué de mala gana. Mi actitud era defensiva,
debía mantenerla de esa forma para protegerme de lo que sentía cuando él estaba
cerca.
—Te vi llorar. —Mantuvo la misma inflexión en su voz.
Una risa nerviosa se escapó de mis labios cuando escuché su respuesta.
¿Me vio? ¿Cómo pudo? Pasó muy rápido y solo fueron un par de lágrimas.
—Fue la cebolla —mentí.
—No estabas cortando cebolla, muñeca —se acercó a mí lo suficiente para
sentir el ardor de su cuerpo transfundiéndose con el mío. ¿Qué pretendía con
eso? ¿Torturarme?— ¿Te asusté en mi garaje?
—No, pero eso querías —contesté con la misma actitud implacable. No iba a
ceder, no iba a dejarle ver lo mal que me hacía tenerlo pegado a mí.
—Tú eres como una fiera indomable, Audrey, siempre lo fuiste; no le temías
a nadie, y yo no seré la excepción. —Pronunció cada palabra cerca de mi oído,
socavando mis barreras con el tono profundo de su voz.
—Tú no sabes nada de mí —dije arisca, apartándome de la zona roja de
peligro. Abrí el refrigerador y saqué agua fría y unos cubos de hielo para
preparar la limonada. Él se mantuvo en el mismo lugar, junto al fregadero.
—Sé lo suficiente como para advertir que tu actitud es una máscara, que estás
tan interesada en mí como yo en ti —aseguró con su habitual prepotencia.
Puse la jarra con agua en la mesa junto con los cubos de hielo y caminé hacia
él.
—Sí, Noah, me gustas —coloqué mis manos en sus hombros—. Eres
atractivo, fornido y seguro de ti mismo, todo lo que me atrae de un hombre —me
metí entre sus piernas separadas y pegué mi pelvis contra su bulto en aumento.
Un gemido gutural se escapó de sus labios entrecerrados ante mi cercanía.
Contuve un jadeo, su paquete era generoso, tal como imaginé, y lo quería dentro
de mí, tanto. Pero eso no pasaría, tenía otros planes con él. Acerqué mis labios lo
más que pude, y cuando sentí su aliento uniéndose con el mío, dije—: Pero hay
algo que ignoras, Noah Cohen, existe un solo hombre que puede tenerme, y no
eres tú.
Hasta ese momento, él estuvo inmóvil, pero en cuanto pronuncié la última
letra, tomó mis muñecas, me giró contra su cuerpo y me empotró entre él y una
de las paredes de la cocina, al lado de la puerta. Ubicó mis manos por encima de
mi cabeza y, con sus piernas, unió las mías, inmovilizándome.
—Te equivocas, muñeca. No solo puedo tenerte, lo haré, y será tan
jodidamente bueno que volverás a mí suplicando para que lo haga una y otra
vez. Y para cuando termine contigo, no recordarás qué se sentía estar con ese
imbécil, olvidarás su nombre y hasta el color de sus ojos. —Después de tan
impulsiva advertencia, deslizó su lengua por mis labios separados como un
preámbulo del mejor beso que me dieron jamás. Sus labios se sentían suaves
contra los míos y, a la vez, dominantes y codiciosos. Su lengua saboreó el
interior de mi boca, la rozaba con la mía y la reclamaba para él como si fuera de
su pertenencia. Mientras todo eso pasaba, su erección apretaba un punto sensible
de mi pelvis, como si tuviera un GPS que lo dirigiera al lugar preciso.
Jodido Noah, está probado su engreído punto. No solo quiero más, lo quiero
ahora mismo.
—¡Chicos! ¿Qué les toma tanto? ¡Aquí está haciendo un calor del infierno!
—gritó papá desde el patio.
¡Ja! No tienes idea de las flamas que se encendieron aquí, contesté en mi
cabeza.
—No he terminado contigo —indicó con arrogancia antes de liberarme de la
prisión en la que me mantuvo cautiva a voluntad. Caminó hasta la puerta, y
cuando la tuvo abierta, a punto de salir, objeté:
—Cualquier hombre puede excitar a una mujer, pero no todos son capaces de
amarla.
Su mirada se tornó lúgubre y dolida, como si mis palabras hubieran tocado
una herida sangrante. Sin embargo, respondió con su acostumbrada petulancia.
—Bien para mí entonces, porque quiero joder entre tus piernas, no ganarme
tu corazón. —Después de su declaración, se fue, dejándome completamente
aturdida.
Capítulo 3
Su descaro era tan grande como su ego, pero él no sabía a quién se estaba
enfrentando. En West no solo me conocían como una ruda mecánica, también
por mi testarudez ante un reto, y Noah Cohen acababa de agitar el banderín
bicolor, anunciando el inicio de una carrera en la que yo sería la vencedora.
Nadie tomaba mi cuerpo sin ganarse primero mi corazón… y ese ya tenía dueño.
¿Y por qué dejaste que te besara?, acusó la voz de mi razón.
Porque fui débil, pero nunca más permitiré que Noah me toque ni un pelo,
Aarón no se lo merece. Y hasta esos pensamientos calienta bragas que surgen
cuando lo tengo cerca quedan prohibidos a partir de ahora, me dije con
determinación. Tenía que construir un muro alto entre ese hombre y yo.
Cuando logré retomar el control de mis emociones, ya que el jodido de Noah
me dejó acalorada y enojada, terminé la limonada y regresé al patio con papá y
el vecino de la discordia. No hice contacto visual con él, estaba concentrada en
la palabra que titilaba en mi cabeza como las luces de Navidad: «no».
No sentirme atraída por él.
No mirar sus ojos láser calienta bragas.
No pensar en el beso.
No más de su cuerpo acorralándome.
Pero él no lo hacía fácil, podía sentir su mirada clavada en mí como si fuera
un delicioso plato de comida, y yo tenía una enorme idea de lo hambriento que
estaba.
¿Será tan talentoso en la cama como lo es besando?
No, Audrey. Basta. Si sigues por ese camino, el «no» se convertirá en un
rotundo sí, el pensamiento en deseo y el deseo en tú en una cama con Noah,
justo como él quiere.
¡Ja! Como si tú no quisieras, acusó esa voz en mi cabeza, que era mi peor
enemiga. Estaba ahí para “hacerme entrar en razón” y para burlarse de mí.
Ignorando la intensa mirada de mi vecino, o, mejor dicho, intentando hacerlo,
serví la ensalada y la carne en los platos –que él amablemente trajo de la cocina–
y me senté al lado de papá, lo que me dejó justo al frente del hombre prohibido.
Sus ojos se veían más claros a la luz del sol y hasta puedo decir que había cierta
dulzura e inocencia en ellos. Noah era una mezcla de cuerpo sexy y varonil con
rostro de ángel, pero no hay que olvidar que el diablo era un ángel, que bajó del
cielo, desató el infierno y se volvió el príncipe de las tinieblas. Las apariencias
engañan, nadie puede estar seguro de qué esconden las personas detrás de su
mirada ni en lo más íntimo de su corazón. Él podía ser un lobo vestido de
cordero y yo tenía que ser muy astuta.
—¿Te piensas quedar en West? —pregunté en tono áspero y cortante, tratando
de enviarle un mensaje claro: No te quiero aquí.
—Qué bueno que lo preguntas, cariño. Justo de eso estuvimos hablando. Le
dije a Noah que estás buscando mecánico, y ya que él necesita un empleo…
—¡No! —Me levanté de un salto del asiento y me sostuve del borde de la
mesa con las manos, clavando mis uñas en la vieja madera. Primero, la idea de
tener a Noah a mi alrededor ocho horas diarias sería masoquismo, y a mí no me
daba eso de ser torturada; y segundo, él no sabía nada de mecánica. Le había
dejado muy claro a papá que no quería a un aprendiz.
Mi padre tocó mi muñeca con suavidad, instándome para que lo mirase. Iba a
convencerme, sabía que lo haría, pero no pude controlar el enérgico impulso de
imponerme a ese absurdo de magnitudes astronómicas. Noah + Audrey no era
una buena combinación, sería como ponerle agua al tanque de la gasolina. Pero
antes de mirar a papá, cometí el error de ver los ojos claros de Noah, que
trasmitían desesperanza, y eso me conmovió hasta los huesos. ¿Y si ese trabajo
era su única oportunidad? Sabía muy bien que nadie en la ciudad estaría
contento con su regreso; y que, con su antecedente criminal, le sería muy difícil
encontrar empleo. Además, tenía esa estúpida mirada de condenado al exilio que
le ganaba a todos mis razonamientos.
—Él aprende rápido. Además, es muy bueno manejando.
—¿Pretendes ponerlo a competir? —grité alarmada. Ese era el colmo, papá
no solo me lo imponía en casa y en el taller, ¿también lo quería en las carreras?
Noah frunció el ceño y apretó la mandíbula. ¿Acaso no tenía idea de los
planes de mi padre?, ¿o lo que le molestaba era mi actitud? Bueno, si se trataba
de eso, me valía mierda. Lo que él pensara no me importaba, me preocupaba
más saber por qué mi padre estaba tan interesado en meterlo a la fuerza en mi
vida.
—Creo que debería irme —dijo Noah poniéndose en pie.
—Sí, deberías —afirmé al mismo tiempo que mi padre dijo «no».
El invitado indeseado miró a mi progenitor con un claro agradecimiento en
sus ojos y luego se marchó, rodeando el costado de nuestra casa.
—¿Qué pasa contigo, Audrey? Yo no te crie de esa forma —recriminó.
—¿Me quieres culpar? —rechisté, sentándome frente a él con las piernas a
cada lado del asiento y los brazos cruzados—. ¿Y desde cuándo tomas las
decisiones tú solo? Porque, hasta esta mañana, nos consultábamos todo. Y desde
que entraste a ese garaje, no has hecho más que imponerme a Noah, metiéndolo
en casa, mandándolo a buscarme a mi habitación, queriendo que trabaje
conmigo…
Mi padre endureció el rostro y miró hacia el camino por el que se había ido su
protegido, antes de decir:
—No le pedí que subiera a tu habitación, me dijo que iría a su casa. ¿Hizo
algo indebido? —su réplica me pilló desprevenida. ¿Por qué fingió que iba a su
casa y subió a mi habitación?— Audrey, te hice una pregunta. —Su tono fue
severo, estaba molesto.
—No, no me tocó ni un pelo –no en mi habitación, sí en la cocina–. ¿Crees
que me lastimaría? —Ahora fue él quien guardó silencio—. ¿Papá…?
—No lo creo, si fuera así no lo permitiría acercarse a ti, pero él estuvo diez
años en prisión y tú eres hermosa, sería normal que de sintiera… atraído por ti.
—Lo último le resultó más difícil de admitir, pero no me sentí incómoda con su
franqueza, nuestra relación siempre se basó en la confianza.
—Claro que puede, pero eso no significa que pasará algo. No olvides que no
estoy disponible.
Papá rio fuerte, sosteniendo su estómago con sus manos.
—¿Qué es tan gracioso?
—Robé a tu madre de su boda —dijo entre risas. Me había contado la historia
miles de veces y el recuerdo siempre lo hacía sonreír—. Lo que quiero decir es
que no estás atada al Aarón ni a nadie, así lleves un anillo en tu dedo y un
documento que lo certifique.
—¿Estás diciendo que debería dejar a mi novio de cinco años por un
exconvicto recién liberado? —Sí, sonó mal, y eso que no escucharon el tonito
con el que hablé.
—No, solo que nadie debe condicionar tu vida, es tuya, solo tienes una, y
ninguna persona puede decirte cómo vivirla ni con quién —aleccionó. Él
siempre procuraba aconsejarme de la mejor manera, lo admiraba muchísimo por
eso. Cuando mi madre murió, le tocó levantarme solo. No teníamos parientes
cercanos, mamá migró desde Inglaterra cuando cumplió la mayoría de edad, y él
era huérfano, se crio en hogares de acogida.
—Eso sin contar lo poco que te gusta Aarón —repliqué con reticencia. Mi
padre y mi novio jamás se llevaron bien, para nadie era un secreto, pero él
trataba de no involucrarse en mis decisiones, solo me daba consejos y quedaba
de mi parte tomarlos o hacer caso omiso.
—Escucha, muñeca, no intento empujarte a Noah de ninguna manera, lo
único que quiero es ayudarlo, sabes que nadie más aquí lo hará.
—¿Por qué regresar a West? ¿No sería mejor comenzar en otro lugar donde
nadie lo conoce?
—Sin dinero ¿a dónde podría ir? —contrarió.
—Puede vender la casa y el auto y trasladarse a otra ciudad —insistí.
Él bajó la mirada y frunció los labios.
¿Ahora qué?
—¿Qué me estás ocultando, papá?
—Nada de eso es de él, Audrey, es tuyo —contestó sin entrar en detalles.
—¿Qué? ¿Cómo que mío? —grité alterada. Mi día “rutinario” iba de mal en
peor.
—Noah no lo sabe, le dije que la casa estaba hipotecada y que estuve pagando
los intereses, por eso quiere trabajar, para reunir el dinero y pagar la hipoteca.
Pero yo la compré con un poder que él me había firmado y puse todo a tu
nombre, pensé que sería lo mejor.
—Tienes que decirle, papá.
—Pensaba hacerlo más tarde, pero no tuve oportunidad. —Y la culpa era mía
porque lo eché de nuestra reunión improvisada—. Sé que debí decírtelo antes, y
que todo esto te toma por sorpresa, pero pensé que aún teníamos varios años
para hacerlo, no sabía que lo liberarían antes.
Exhalé y luego invité a papá a entrar a casa, llevaba mucho tiempo sentado en
ese asiento sin espaldar y sabía que debía estar cansado, aunque jamás lo
admitiría. Tenía muchas dudas con respecto a Noah y su preocupación por él,
pero me sentía exhausta y no quería seguir ocupando mi cabeza con ese asunto.
Una vez que estuvo en su sofá reclinable frente a la televisión, regresé al patio
y recogí los platos y demás cosas que usamos para la comida. Lavé los platos,
los sequé y luego salí de casa para ir al taller, necesitaba distraerme y trabajar era
la forma más productiva de hacerlo.
—¡Mierda! —murmuré cuando salí al pórtico y vi mi Ford frente a la casa de
Noah. Tenía que ir por ella para poder marcharme.
¿Pero quién me mandó a dármelas de buenas e intentar “ayudarlo”? Debí
seguir mi camino, me hubiera ahorrado un montón de eventos desafortunados.
Pero no, tuve que ir derechito a la cueva del lobo, uno que no tenía garras ni
colmillos, pero de quien sin duda debía mantenerme alejada.
Bien, él no está por ahí, puedo cruzar rápido la calle, subirme a la camioneta
y conducir al taller, como debí hacer esta mañana.
Bajé los tres escalones de la entrada y comencé a caminar a las andadas hacia
mi auto, con los ojos fijos en su color rojo que relucía con los rayos del sol.
Estaba a tres metros de la puerta cuando escuché su voz pronunciando mi
nombre.
¿De dónde carajos salió? No lo vi antes de cruzar y aparece como un
fantasma, de la nada.
Lo ignoré, no iba a detenerme a hablar con él y correr el riesgo de terminar
acorralada entre su cuerpo y algo más.
—¿A dónde vas vestida así? —preguntó detrás de mí.
—¿Y a ti qué te importa? —Ataqué sin enfrentarlo. Abrí la puerta e intenté
subirme al auto, pero él me detuvo, cargándome en su hombro sin ningún
problema. Pataleé, tratando de golpearlo en la ingle, y aporreé su espalda con
mis puños, pero el imbécil era jodidamente fuerte. Pude gritar y pedir ayuda,
pero el único que me iba a escuchar era mi padre y no iba a darle un susto de
esos por algo que iba a resolver en un par de segundos, cuando el bruto que me
llevaba a la fuerza me bajara.
—Deja de luchar, muñeca —refirió una vez más. Solo mi padre me decía
muñeca y el muy idiota se había apropiado del apodo sin permiso ni derecho.
—No hasta que me bajes —contesté sin dejar de mover mis piernas
frenéticamente, pero eso no estaba funcionando, así que levanté su camiseta y
clavé mis uñas en su espalda, arañándola de abajo arriba. Eso tampoco sirvió—.
¿A dónde me llevas? —pregunté cuando subió las escaleras de la entrada. La
pregunta fue tonta, sabía que me iba a meter a su casa –bueno, mi casa, pero él
no sabía que lo era–.
—Te voy a bajar ahora, pero tienes que prometerme que no huirás —negoció
cuando estuvimos dentro.
—Tú a mí no me pones condiciones, maldito imbécil —reñí.
—Joder, Audrey. No me provoques, ya estoy muy excitado y tu altanería lo
empeora. Solo dime que te quedarás para bajarte de una puta vez.
Todas las luces de alerta comenzaron a titilar en mi cabeza a la vez cuando
dijo la palabra «excitado». Se suponía que me mantendría lejos de él, y resultó
que estaba sola, en su sala, con su peligroso asunto latiendo debajo de sus jeans.
¿Qué pasaría si intentaba besarme de nuevo… o si quería ir más lejos?, ¿lo
detendría?, ¿sería capaz de hacerlo? No estaba segura de poder resistirme,
porque desde el momento en el que me puso en su hombro, el deseo se
estableció entre mis piernas.
—Me quedaré. —Accedí finalmente. Estar de cabeza comenzaba a marearme.
Además, quería saber qué pretendía con todo eso.
Noah me bajó lentamente, deslizándome contra su cuerpo a propósito, y me
mantuvo pegada a él sosteniéndome por mi espalda baja con sus manos anchas,
propagando calor en mi piel, sin importar que siguiera vestida. El bulto de su
erección comprimía mi pelvis, reclamando atención… y la tenía toda,
completamente. Ya había olvidado quién era él y lo incorrecto de su cercanía. Mi
cuerpo había hecho su elección y mi mente estaba demasiado obnubilada para
batallar en contra del deseo.
—Comencemos de nuevo —susurró cerca de mi boca, a centímetros de ella.
Me humedecí los labios con la punta de la lengua.
Los ojos de Noah siguieron el movimiento y la bestia acorralada debajo de su
ropa se tensó un poco más, incrementando mis ansias.
Un grueso nudo se formó en mi garganta, atrapando mi respiración y mis
palabras detrás de él, y lo peor de todo era que no podía desbaratarlo para decir
algo.
—Me gustas mucho, Audrey, jodidamente demasiado, pero Jace me dijo que
tienes novio y no soy del tipo que come de plato ajeno, a menos que él no
signifique nada para ti, porque si es así, si me dices que puedo tenerte sin
remordimientos, te llevaré a mi habitación y haré lo que he deseado desde que te
asomaste en la ventanilla de mi auto.
¡Buen Dios! ¿Por qué me presentas esta peligrosa tentación? Soy débil, como
Eva en el Edén. ¿Noah es la manzana o la serpiente?
Tragué con fuerza y contesté:
—No sé qué clase de mujer crees que soy, pero no acostumbro a tener sexo
con cualquiera que me lo pida y tú no serás la excepción. —Lo dije todo de
prisa, atropellándome con mis palabras, nerviosa, desesperada por separarme de
él y deseando a la vez que me llevara a su cama—. Suéltame ahora —exigí.
—No quiero. —Me apretó más fuerte.
—Entonces lo haré yo —advertí antes de elevar mi rodilla y tratar de pegarle
en la entrepierna, cosa que Noah intuyó y me giró con rapidez, recostando mi
espalda a su pecho mientras sujetaba mis manos y mis piernas con las suyas,
inmovilizándome una vez más.
—No tengo amor para dar, muñeca, me lo arrebataron, no sé cómo volver a
querer, pero si tú lo deseas, si me lo pides, buscaré la manera de arreglar mi
corazón jodido y te lo daré.
—¿Por qué lo intentarías? —Noah respiró profundo en mi cuello, liberando
aire caliente con una suave exhalación, erizando mi piel expuesta, llevándome
un paso más cerca de morder el fruto prohibido… Era una locura, lo que pasaba
en esas cuatro paredes era tan absurdo como acelerar un carro sin frenos.
—Jace me hablaba de ti cada vez que me llamaba, pensar en ti hacía todo más
soportable, y cuando te vi esta mañana… ¡Joder, Audrey! Eres preciosa,
inteligente, tienes carácter y me vuelves loco. La lista es más larga, te
sorprendería si te revelara punto por punto, pero creo que puedes entenderlo. ¿Lo
haces?
Asentí, absolutamente imposibilitada para hablar. Eso explicaba muchas
cosas, sobretodo la locura de colarse a mi habitación con falsas excusas y su
arrebato en la cocina.
Capítulo 4
Noah seguía sosteniéndome contra su cuerpo, respirándome, despertando
emociones adversas en mi interior al mantenerme en custodia… Mi piel había
sucumbido a la calidez de la suya, y mi corazón rugía acelerado, pero mi mente
me avasallaba con razonamientos y sentimientos de culpabilidad, trayendo a mi
memoria a Aarón, a la última vez que lo vi sonriéndome y mirándome con un
brillo especial en sus ojos grises.
Él y Noah eran tan distintos como un auto híbrido y uno de combustión
interna. Aarón siempre era dulce conmigo, a pesar de su rango de teniente en el
cuerpo de la Marina de los Estados Unidos y lo intimidante que alguien como él
podía llegar a ser. Era fuerte, fornido y alto, pero jamás me había tomado de la
manera que Noah lo hacía, mucho menos diría que me follaría contra su auto o
mencionaría lo duros que se volvieron mis pezones por mi excitación. Él me
respetaba como mujer, me trataba conforme a ello, y no me veía solo como una
pieza de carne follable. Entonces ¿por qué seguía siendo presa de un tipo como
Noah? Por qué me excitaba al verlo, al escucharlo hablarme de una forma tan
descarada… Y más todavía cuando me sostenía de esa forma bruta y dominante.
¿Acaso era un tipo de masoquista o alguna mierda de esas? No, yo no era así.
Nunca permitía que nadie me subyugara y Noah Cohen no tenía derecho a tomar
el título del primero.
—Aarón no lo significa algo, lo es todo. Lo amo y le pertenezco a él —dije lo
que tuve que afirmar desde el minuto uno.
—Eres una gran mentirosa, Audrey Gunnar —pronunció con voz ronca. Su
voz tentaba a mis sentidos, me hacía dudar de mis sentimientos, de mi moral,
pero no bastaba para destruirlos por completo, seguían braceando, luchando por
no ahogarme en el mar de deseos primitivos que prevalecen en todo ser humano.
—Me atraes, Noah, de eso no hay duda, pero eso no quiere decir que me
entregaré a ti.
—Tu novio es un jodido afortunado —dijo antes de soltarme.
Caminé diez pasos lejos de él –sí, los conté, quería asegurarme de estar tan
apartada como pudiera– y me giré para enfrentarlo.
—Deberías ocupar tu tiempo en limpiar esta cueva en lugar de traerme en tu
hombro como cavernícola —recriminé, cruzando los brazos sobre mi pecho. Las
ventanas cubiertas con periódico y todo estaba cubierto con sábanas blancas que
se encontraban llenas de polvo.
—Soy un hombre de prioridades. —Avanzó un par de pasos.
Retrocedí el mismo número, manteniendo la distancia que había marcado.
—No vuelvas a intentar tocarme o pagarás las consecuencias —advertí.
Todavía no me había recuperado del primer asalto y no resistiría un segundo.
—¿Qué me harías? He demostrado tres veces que puedo inmovilizarte —
refirió con una sonrisa socarrona. Los años en prisión no afectaron su ego ni un
poco.—
Porque me tomaste desprevenida, pero puedo lastimarte. Mi novio es
Marine y me ha enseñado a defenderme de hombres como tú —alardeé.
—¿Debería intimidarme que sea un Marine? —Se rio burlón—. Estuve diez
años en el infierno, muñeca, no hay nada a lo que le tema.
—Nadie es tan valiente, Noah. Todos le temen a algo, hasta los engreídos que
pretenden no hacerlo. —Le sostuve la mirada mientras le hablaba. Sus ojos se
veían sombríos, llenos de turbación. En aquel momento, me sentí mal por
cuestionarlo cuando no tenía idea del verdadero infierno que debió vivir, no solo
por pasar años en prisión, sino por perder a la mujer que amaba de una forma tan
trágica, y a su madre de manera inesperada.
—El miedo se aloja en el corazón de quien lo alimenta y en el mío no hay
espacio para ese sentimiento. —El tono de su voz me causó calosfríos, había
algo lúgubre detrás de su afirmación. Además, su mirada se tornó densa, sus
brazos se flexionaron sobre su pecho y sus labios formaron una línea dura, como
si los sellara para no decir más de la cuenta.
—¿Por qué regresaste realmente? ¿Buscas venganza? —No titubeé al
preguntar. Noah no me intimidaba, aunque él intentara que lo hiciera, alardeando
al referir que me había sometido sin dificultad tres veces.
—¿Estás asegurando que no lo hice? —debatió.
¿En serio iba a jugar de nuevo esa carta? Puede que fuera solo una niña, y que
pasaran años desde la última vez que lo vi, pero no percibía malicia en sus ojos.
Había rencor, dolor y tristeza, sí, pero no vileza. Él no pudo asesinar a Dess de
esa forma tan atroz y conservar esa mirada.
—¿Y tú vas a insistir en decir que lo hiciste? —contraataqué.
Noah bajó la mirada al suelo, apoyó sus manos en cada lado de sus caderas y
liberó una larga exhalación.
—Haces que reparar un corazón jodido no parezca tan difícil —murmuró sin
mirarme.
¡Dios! ¿Acaso dijo lo que creo que dijo? No, Noah. No te pongas romántico,
que me matas. Apenas puedo contigo siendo tan perfectamente atractivo, no
podré con tu versión dulce.
—De-debo irme —farfullé.
Ahora si estaba terriblemente asustada, y no por lo fuerte que era y lo fácil
que podía someterme, sino por lo peligroso que sería llegar a sentir por él más
que deseo. Si apenas podía alejarme cuando solo se trataba de atracción ¿qué
pasaría si lo llegaba a querer?
—¿A dónde? —Me miró de forma demandante, como si tuviera tal derecho.
—Dejé de pedir permiso cuando cumplí dieciocho —contesté de camino a la
salida.
—Eres un pecado andante, Audrey Gunnar. Tú y esos pantalones cortos
deberían recibir una multa por ser jodidamente atrevidos. ¿Acaso tu novio está
ciego? ¿Cómo deja que salgas así por ahí?
—¿Dejarme? —Puse mi mano izquierda en mi cadera—. ¿Y qué crees, que
Aarón es mi dueño?
—Eso lo dijiste tú, no yo ¿recuerdas? «Le pertenezco a él» —citó, con su
particular arrogancia dibujada en sus labios.
—¡Vaya! ¿Te recuerdo en qué siglo estamos o que vivimos en un país libre?
Porque tienes una mentalidad bastante retrograda. Y no uses tu encierro de
excusa, no estabas en el exilio, sé que en las prisiones hay televisión, bibliotecas
y hasta que puedes leer la prensa.
—No lo entiendes ¿verdad? ¿No eres consciente de lo que puedes despertar
en un hombre luciendo así?
—Claro que lo sé, y también he pateado un montón de traseros por ello, pero
me gusta vestir así; y si alguien tiene problemas con eso, me vale mierda.
Noah rio fuerte y sacudió la cabeza a la vez. Para ser alguien que acababa de
salir de prisión, tenía muy buen humor.
—Solo logras que me gustes más, Scarlet —bromeó.
Giré los ojos y di media vuelta para salir de la cueva del lobo. Ya había
perdido la mitad de mi día por él, y no desperdiciaría el resto con conversaciones
insustanciales.
Noah no dijo nada más, tampoco me siguió o me impidió salir. Me subí a mi
auto y lo puse en marcha enseguida para ir al taller. No quedaba lejos de casa, a
menos de tres kilómetros, y justo en la zona más comercial de la ciudad. En
menos de diez minutos, estacionaba mi auto en mi puesto habitual en el taller, al
lado del viejo Jeep de Manuel –uno de los mecánicos, quien se encargaba de
todo si yo no podía llegar–. Como era mi costumbre, alcé la mirada hacia las
letras Taller Gunnar´s pintadas en amarillo pollito –que colgaban desde lo alto
del techo triangular del viejo almacén que papá transformó en un taller, treinta
años atrás– y sonreí. Mi padre amaba esas letras, verlas lo trasladaba al pasado,
al día que inauguró el taller junto a mi madre. Ella fue su pilar, su motivación, la
voz que decía a diario «vamos a lograrlo, amor», cuando nadie más creía en él y
lo tildaban de loco. Según vi en las fotos, el lugar estaba hecho un asco, requirió
de muchas reparaciones para hacerlo funcional, y mis padres no contaban con
los recursos, así que lo hicieron con mano propia. En cada parte de ese lugar,
había una anécdota de mis padres y por eso amaba trabajar ahí.
Me bajé del auto y caminé al interior con una sonrisa amplia dibujada en mis
labios. Pocas cosas me hacían sonreír a plenitud, entrar al taller era una de esas.
Aarón no lo entendía, decía que nadie era tan feliz trabajando, pero yo lo era.
La voz de Paul McCartey, cantando Four Five Seconds, predominaba en el
amplio almacén de techos altos y paredes de ladrillos. La acústica ahí era genial
y todos disfrutábamos de la música mientras trabajábamos, en especial Miguel,
un fan acérrimo de The Beatles y de todos los grupos y cantantes de su época. Él
era el empleado más antiguo del taller, y el más viejo, después de mi padre.
Había cumplido sesenta años el mes pasado, pero parecía tener mucho menos.
Su humor ligero encantaba a todos, menos a Paul, el hombre más obstinado que
había conocido en mi vida. El tipo tenía un serio problema de ira, pero era el
mejor electricista automotriz que puedas encontrar en Estados Unidos. Solo por
eso no lo botaba a patadas, y porque era parte de la familia. Todos lo eran.
—Bienvenida, alteza —bromeó Alex, el más joven del equipo. Él se
encargaba de cambiar, alinear y balancear las llantas.
—Créeme, no estaba en una celebración precisamente —repliqué ante su
burla. Mi plan jamás fue llegar a las tres de la tarde al taller, y mucho menos
pensé en la posibilidad de que Noah Cohen cambiara el curso normal de mi día.
Él solo apareció como el peor desastre natural jamás predicho. Y como todo
hecho inevitable, no tenía fecha ni hora de culminación.
—¿Se trata de Jace? —preguntó, cambiando su gesto socarrón por uno
nervioso.
—No, papá está muy bien. Anda, vuelve al trabajo, no hay nada de qué
preocuparse.
—Sí, señora —contestó antes de irse.
Giré los ojos y negué con la cabeza. Estaba harta de decirle que no me
llamara así, pero él insistía en envejecerme con el bendito “señora”.
Saludé al resto con un gesto de la mano y caminé a la oficina para comprobar
que no tuviera nada pendiente antes de meterme en el taller a trabajar. Al entrar,
vi a Cristal –la secretaria de Gunnar´s, y una de mis mejores amigas– sentada
detrás del gran escritorio caoba que tenía los años de Matusalén. Mamá lo había
comprado en una venta de garaje y no había forma de deshacerse de aquella
pieza invaluable. No la odiaba, solo que era bastante anticuada y quería
cambiarla por algo más moderno. Eso era algo que tenía que negociar con mi
padre en los días próximos. El espacio no era muy grande, pero tenía todo lo que
necesitábamos: un juego de cuatro sillas se alineaba contra la pared, en las que
los clientes podían sentarse mientras eran atendidos; dos sillas delante del
escritorio, una computadora portátil, teléfono con fax, impresora y otros
artículos de oficina.
—Hasta que te dignas a aparecer —dijo Cris con una sonrisa, empujando con
su dedo índice los lentes de pasta que la ayudaban con su problema de
astigmatismo.
Cristal era hermosa, tenía bonitos ojos verdes y un delicado tono amarillo
bordeando sus pupilas, como un girasol se hubiera dibujado en ellos; liso y largo
cabello negro, labios carnosos, pómulos elevados y un cuerpo esbelto y bien
trabajado. Trotaba todas las mañanas y hacía ejercicios cada tarde al salir del
taller, algo que yo no hacía ni dormida. Odiaba ejercitarme, y por suerte, mi
metabolismo me permitía evitar tener que hacerlo. Podía comer lo que quisiera y
no engordaba ni una onza.
—No tienes idea de lo que ha sido mi día —resoplé, dejándome caer en una
de las sillas frente al escritorio.
—¿Me lo piensas decir o tengo que adivinar? —replicó enarcando una ceja.
—No lo adivinarías ni con magia —bromeé.
Cris entrecerró los ojos y frunció los labios. No era necesario que dijera más,
quería toda la historia. Le relaté los hechos con lujo de detalles. Era mejor que lo
dijera todo de una vez, me evitaría su interrogatorio de mil preguntas. Cuando
terminé de hablar, se dejó caer contra el respaldo de la silla, se quitó los lentes y
estrujó su rostro con sus manos. Entendía su frustración, había cometido un error
garrafal al permitir que Noah me besara y ahora me tocaba lidiar con las
consecuencias.
—Si Aarón se entera…
—No lo hará —intervine. Solo fue un beso, y su cuerpo pegado al mío, y mis
bragas húmedas de excitación… Bueno, en fin. No lo sabría, punto.
—¿Y qué crees que pasará cuando vuelva a Estados Unidos y conozca a tu
acosador personal? Aarón no es tonto, Audrey. Además, es el tipo más celoso y
territorial del mundo. Apenas soporta que trabajes con un montón de hombres en
el taller y que la mayoría de tus clientes también lo sean.
—Bueno, espero que cuando él regrese, Noah ya se haya ido de la ciudad,
porque no creo que dure mucho por aquí.
—¡Ujumm! —murmuró no muy convencida.
—¿Qué?
—¡Ay, niña! Es que lo que sale por tu boca no concuerda con tu mirada. Tenía
tiempo sin ver tus ojos tan… brillantes. Todo tu rostro resplandece cuando dices
su nombre. ¿Acaso ese hombre te flechó?
—¡No! ¿De dónde sacas eso? Yo quiero a Aarón, lo sabes. Ese beso solo fue
un desliz. Y la calentura, fruto de mis locas hormonas y el tiempo de abstinencia,
nada más.
Cris se rio como si le estuviera contando un estúpido chiste. No necesitaba
eso, requería de alguien que me empujara al lado contrario de Noah y no hacia
él, y ella no era esa persona.
—Olvídalo, hablaré esta noche con Olive, ella me gritará como poseída, me
dará una larga lista de lo incorrecto que fue todo eso y me dirá lo que debo hacer
para no caer en la tentación.
—¡Oh! Yo también puedo hacerlo, pero no lo haré ¿sabes por qué? porque
eso es lo que quieres escuchar, no la verdad.
—¿Y la verdad, según tú, es que Noah me flechó? Sí, y las vacas vuelan —
ironicé.
—A las pruebas me remito. Una mujer “enamorada” —gesticuló comillas con
los dedos— no se hubiera besado con el primer sujeto que se cruza en su
camino.
—¡Él me besó! —defendí. Pero a quién quería engañar, yo correspondí ese
beso con la misma ansiedad.
Cris agudizó sus ojos verdes sobre los míos, intimidándome. La mujer tenía
un don para esas cosas. Sabía cuando alguien le mentía y por eso estaba sola,
todos sus novios la habían engañado de alguna manera y no confiaba en los
hombres.
—Bien, lo admito, yo también lo besé. Pero eso no significa que no quiera a
mi novio.
—Estás en negación, Audrey. Y mientras eso sea así, no vas a comprenderlo.
Solo te doy un consejo, ten cuidado con ese tipo. Sé que piensas que es inocente,
pero no por nada fue condenado en un juicio. Tuvieron que existir pruebas
suficientes para culparlo.
Ella tiene razón, Noah puede ser responsable de la muerte de Dess y yo le
permití someterme más de una vez, arriesgándome a sufrir el mismo final de esa
chica. ¿Qué me está pasando? Yo no soy así, jamás había engañado a Aarón ni
de pensamiento ni de hecho, y entonces aparece Noah y dejo que me bese, que
me acorrale, que me provoque de una forma tan intensa que me olvido del
entorno…Pero ¿y dónde queda mi padre en todo esto? Él parece muy
convencido de que Noah es inocente. Incluso, lo llevó a casa y le ofreció un
empleo en el taller. Papá no me expondría de esa forma si pensara que él es
culpable.
—¿Estás racionalizándolo, ¿verdad? —intuyó mi amiga.
Asentí, lo hacía. No podía evitarlo. Mi cabeza funcionaba como un reloj
suizo, le gustaba engranar las piezas.
—Esto será interesante —sonrió con picardía.
Bufé. «Interesante» no era la palabra que usaría, una más acertada sería
caótico.
—Me voy a trabajar, necesito un poco de distracción —anuncié abandonando
la silla—. ¿Irás hoy a Holly´s? —pregunté mientras caminaba hacia la habitación
privada que quedaba detrás de la oficina. Contaba con una cama, Tv, nevera
ejecutiva, escritorio, una computadora personal y un baño.
—Sí. ¿Tú?
—Hoy más que nunca —respondí con un guiño cómplice. Holly´s era un bar
que ofrecía música en vivo y las mejores bebidas de todo Texas. Necesitaba
tomar algo fuertecito para sacar de mi sistema la mala semilla que sembró Noah
en mi cuerpo. Sí, beber y divertirme, eso alejaría mi mente de mi atractivo
vecino.
Me puse un overol sobre mi ropa de diario y entré al taller para trabajar en el
motor de un viejo Jeep del año 76. Marshall, el propietario, era uno de los
clientes más antiguos de Gunnar´s y el mejor amigo de papá. Lo había llevado
hacía unos días para un cambio de aceite, pero el motor necesitaba un servicio
completo y él estuvo de acuerdo con que lo hiciera. Se lo regalaría a uno de sus
nietos y quería asegurarse de que nada fallara.
Forever Young, de Jay-Z, sonaba fuerte en el taller, reemplazando a Paul
McCartey. Teníamos un trato, dividimos el día en bloques y cada tres horas se
podía escuchar la música que eligiera cada empleado. En ese momento, era el
turno de Alex, y toda su música era R&B, Soul, Hip-hop o Rap. Era el único
momento del día en el que Miguel no sonreía, pero bueno, no a todos le gustaban
The Beatles y de todas formas lo tenían que escuchar. No había discusión.
Trabajé en el Jeep por dos horas y luego me cambié la ropa para volver a
casa. Tenía que verificar a papá, servirle la cena, darme una ducha y vestirme
para ir al bar. Estaba ansiosa por llenar mi sistema de alcohol y bailar como loca
hasta perder la razón. No hacía esas cosas todo el tiempo, pero ese día lo
necesitaba demasiado.


—¿Dónde es la fiesta? —bromeó papá cuando bajé las escaleras. Vestía jeans
ajustados, un top amarillo sin tirantes y botines marrones. Un look casual, nada
extravagante como para que pensara que iba a una fiesta.
—Solo voy a Holly´s.
—Pero te hiciste rulos en el cabello y te maquillaste —replicó con el mismo
tono socarrón.
—No es la primera vez.
—Es la primera vez en un año, muñeca —sonrió.
¿Era cierto? ¿Había pasado tanto desde la última vez que me arreglé para
salir? Mierda, creo que sí. ¿Por qué lo hice? ¿Tenía algo que ver Noah en esto?
De nuevo, la respuesta fue sí. Pero no lo hice a conciencia, solo me duché,
saqué la ropa y comencé a vestirme. Luego me miré en el espejo y decidí
trabajar en mi cabello rubio. Siempre lo llevaba recogido, muy poco me lo
soltaba, y pensé que esa noche podía ser distinto. Ya que toda mi rutina fue
cambiada, también podía pasar con mi cabello. Tomé las pinzas y me hice rulos
sueltos, como Cris me había enseñado, y me gustó el resultado. Después,
maquillé mis párpados con tonos oscuros con la técnica de ahumado y delineé
los bordes con crayón negro. Me puse un poco de colorete rosado en las mejillas
y un brillo labial en los labios. Que fuese mecánica no significaba que no supiera
arreglarme, era tan mujer como cualquiera.
—Adiós, papá. Nos vemos en la mañana. —Cuando iba a Holly´s a
divertirme, me quedaba en casa de Olive, que vivía cerca del bar. No tomaría el
riesgo de tener un accidente por volver ebria a casa. Le di un beso en la frente
como despedida y luego salí, llevando en mis manos mi teléfono móvil y las
llaves de mi Honda NSX, el auto deportivo que usaba para competir en las
carreras. No era legal lo que hacíamos, pero sí divertido y peligroso, y disfrutaba
mucho de la adrenalina de lo prohibido.
Abrí la puerta del garaje y quité la cubierta que protegía mi auto deportivo.
Lo cuidaba mucho, había invertido una gran suma en las mejoras que le hice al
motor y al diferencial para ganar potencia y lucirme en las carreras. Ese bebé me
había generado muy buenas ganancias.
La voz de Carrie Underwood, cantando Dirty Laundry, se hizo presente
cuando encendí el auto. Yo era fan del Country, aunque también disfrutaba de
otros géneros. Era una ironía que sonara precisamente una canción que hablaba
de infidelidad, tomando en cuenta lo que había pasado en la mañana con Noah.
Sacudí los pensamientos que me comenzaban a arrastrar a un lugar oscuro y
abandoné el garaje, manejando en retroceso hasta alcanzar la calle y enfrentando
la casa en penumbras de mi vecino.
¿Qué difícil era encender una luz para que no pareciera la casa del terror?
¿Y si no estaba ahí? ¿Y si se había marchado después de que me fui de su
casa en la tarde?
La duda provocó un doloroso espasmo en mi estómago, un claro signo de
miedo. Miedo de no verlo otra vez.
Reacciona, Audrey. Esto no es normal ni correcto, me reprendió la voz de mi
conciencia.
Dándole la razón, pisé el acelerador y me alejé de ese lugar como si mi vida
dependiera de ello. De seguir ahí, me hubiera bajado a comprobar si Noah se
había marchado o si solo amaba la penumbra y por eso todo estaba oscuro en su
casa.
Me tomó solo minutos llegar a Holly´s, quedaba cerca y las calles estaban
bastantes solitarias. La mayoría de los habitantes de West se dormían temprano,
el resto íbamos al bar por alcohol y buena música. Estacioné mi Honda junto al
Volkswagen Escarabajo amarillo de Oli. Lo tenía bien cuidado, yo misma había
reparado el viejo motor y le hice algunos arreglos para que corriera más rápido,
algo innecesario, ya que mi amiga no aprovechaba todo su potencial. Conducía
como una abuelita.
Me bajé del auto y entré al abarrotado local, abriéndome paso entre la gente
mientras pronunciaba la palabra «permiso». Holly´s era muy popular, y más los
sábados. Jason, el DJ, se encargaba de hacer mezclas fabulosas que a más de uno
invitaba a bailar. En ese momento, sonaba música electrónica con apariciones
intermitentes de Firework, de Katty Perry. No estaba segura de cómo se llamaba
técnicamente lo que hacía, solo sabía que estaba lista para tomar unos chupitos e
ir a bailar.
—Hola, sexy. ¿Te vestiste para impresionar? —burló Cris junto con verme.
Estaba sentada frente a la barra, sosteniendo una margarita en su mano derecha.
Vestía similar a mí, con la diferencia de que no se peinó o maquilló de forma
especial; su habitual cabello suelto y un poco de brillo labial, nada más.
—¿Tú también? —resoplé girando los ojos.
—¿Por qué lo dices?
—Papá. Según él, había pasado un año desde la última vez que me arreglé —
dije con una sonrisa forzada.
—Fue por Noah —murmuró entre risitas. No la refuté, era cierto, aunque lo
hice de forma inconsciente.
—¿Tequila? —preguntó Olive cuando se detuvo frente a mí. Trabajaba detrás
de la barra y tenía las manos bastantes ocupadas esa noche.
Sonreí al ver el color fucsia en su cabello en puntas y asentí. Cada mes, lo
cambiaba de color, era una persona muy inquieta y extrovertida. Todo en su
aspecto gritaba punk, pero su personalidad era muy dulce. Amaba la naturaleza,
a los animales, a la vida…; iba a marchas para defender los derechos humanos,
estaba en contra del aborto y del uso de armas, y tenía fuertes principios de
fidelidad, tolerancia, respeto y amor, inculcados por su abuela Helen, quien la
crio desde que era un bebé. Oli sin duda me señalaría con el dedo en cuanto
supiera lo que pasó con Noah, pero estaría bien con eso, me lo merecía. Oli era
la más delgada de las tres, apenas llenaba una copa “A” en su brasier y carecía
de curvas y trasero. Al verla, podías pensar que tenía dieciséis años en lugar de
veintisiete. Y no solo por su cuerpo, también por su bonito rostro en forma de
corazón, con delicados ojos celestes, largas pestañas marrones y labios rojos, que
le habían otorgado el apodo de carita de ángel.
—Gracias, Oli. —Le dije con un guiño cuando alineó tres chupitos de tequila,
junto con sal y limón, delante de mí.
Ella me sonrió de vuelta y luego se alejó para atender al siguiente cliente.
—¿Le vas a contar lo de tu sexy vecino? —inquirió Cris. Las tres éramos
mejores amigas, como hermanas, y nos contábamos todo.
—No sé, depende. —Alcancé el primer vasito de tequila y me tomé el
contenido, poniendo antes un poco de sal en mi lengua y chupando la mitad de
un limón después. El alcohol se deslizó en mi garganta y viajó de prisa hasta mi
estómago vacío. Tomé un puñado de cacahuetes del cuenco y los metí a mi boca.
—¿Depende qué?
—De si sigue en West. No tiene sentido ganarme un sermón de Oli si él se ha
marchado. —Soné más desdichada de lo que pretendía.
Cris lo notó y frunció el ceño.
—¿Por qué crees que se fue? ¿No se supone que tiene que trabajar para
ahorrar dinero antes?
—Me dio esa impresión cuando vi su casa oscura. Quizás siga ahí, no lo sé,
por eso quiero esperar antes de decirle a Oli.
—Bueno, cambia entonces esa cara de desdicha si no quieres que sospeche
algo. Te ves tan triste como la primera vez que Aarón fue a una misión fuera del
país —atribuyó con gesto serio. Me estaba juzgando, lo sabía, yo también lo
hacía. No tenía idea de cómo podía sentirme así por alguien que apenas conocía.
Habían pasado solo doce horas desde que lo vi entrando a su garaje. Y sí, estuve
enganchada por él cuando tenía trece años, pero era una niña, no podía tratarse
de viejos sentimientos aflorando.
—Tienes razón. —Me levanté del taburete donde me había sentado al llegar,
sostuve otro chupito en mi mano y lo vacié en mi boca de un solo trago, sin sal
ni limón. Necesitaba un poco de valor líquido para salir a bailar, dejando atrás el
tema Noah y todo lo que él implicaba.
Cris me acompañó a la pista y bailamos al ritmo de Talk That Talk de Rihanna
ft. Jay-Z, que Jason mezcló con música tecno. Era una rara combinación, pero
me ofrecía lo que necesitaba, una distracción.
Mientras me contoneaba de un lado al otro, a un ritmo un poco torpe y
descuidado, comencé a sentirme observada. Era una tontería, ya que había un
gran número de personas a mi alrededor que me miraban, pero la sensación
estaba ahí y era un tanto perturbadora. Le comenté a Cris y, tanto ella como yo,
miramos alrededor, tratando de dar con el responsable. No me tomó mucho
tropezarme con los profundos e intensos ojos celestes de Noah. Estaba de pie en
una esquina, con los brazos cruzados y las piernas ligeramente separadas. Era
una postura defensiva y hostil, nada acorde con el ambiente ligero que había en
Holly´s. Mi corazón cobró fuerza desde el primer segundo que lo vi y un
retorcijón fuerte se agudizó en mi estómago. ¿Cuándo fue la última vez que me
sentí así? No recordaba, tal vez a los diecisiete, cuando me fijé en Aarón. Pero
incluso entonces, el efecto no fue tan… intenso.
—¡Mierda! No me digas que el tipo que te está mirando como si quisiera
comerte es Noah —preguntó Cris por encima de la música.
Solo moví la cabeza con un asentimiento, mi concentración estaba en Noah,
en lo sexy que se veía con aquella camiseta negra ceñida a sus músculos y en lo
bien que colgaban de sus caderas aquellos jeans raídos. Si Cris tenía razón y él
me miraba como a un cuerpo que quería devorar, entonces yo lo estaba
imaginando desnudo sobre mí, tomándome.
—Ahora todo tiene sentido. Es un bombón con todo y envoltorio.
Capítulo 5
Una mezcla de felicidad y ansia se apoderó de mí de manera contundente
conforme pasaban los segundos. La emoción recorrió mis venas como adrenalina
pura, y el deseo se estableció en mis terminaciones nerviosas al notar aquellos
ojos claros sobre cada tramo de mi cuerpo, como si me desnudaran. Ambas
sensaciones escapaban de mi control. Y tan incorrectas como eran, debido a que
tenía una relación significativa con un hombre que me quería, no podía
empujarlas fuera de mí como debía. Incluso, deseaba más de lo que estaba
experimentando. Mi cuerpo codiciaba su tacto, lo había anhelado desde la última
vez que sus manos recorrieron una parte de mi piel.
—¡Ay, Dios! Viene para acá —gritó Cris por encima de la música,
emocionada. Parecía que era a ella a quién había besado Noah y no a mí.
—Vamos. —Tomé a Cris por la muñeca y serpenteé con ella a través de la
gente hasta llegar a una mesa al fondo del bar, donde siempre se sentaba mi
amigo Brandon, el exnovio de Olive. Necesitaba crear distancia entre Noah y yo.
Le temía a lo que podía consentir si él llegaba a tocarme, y más aún después de
los chupitos de tequila que había tomado.
Me senté en una silla frente a Brandon. Cris rodeó la mesa y ocupó otra a mi
lado, y fue entonces cuando Brandon miró hacia nosotras. Estaba idiotizado con
su Smartphone, quizás acechando a Olive por mensajes, aunque ella no los
leyera hasta que se acostara en su cama más tarde, o solo los borrara sin darle
ninguna oportunidad. Habían roto y ella estaba negada a escucharlo. No sabía
qué hizo él para enojarla, Oli no quería decirlo, pero no pintaba nada bien.
—¿Audrey? ¡Joder! No te había visto maquillada desde… —comenzó
Brandon.
—Calla. —Lo detuve. Estaba harta de que me trataran como a Cenicienta
después de que el Hada Madrina hiciera su magia. Sí, me arreglé más de la
cuenta esa noche, pero no era para tanto—. Necesito que me hagas un favor. —
Su ceño se frunció y sus ojos avellanos se concentraron en los míos, cargados de
duda. Muy pocas veces admitía que necesita algo de alguien, y menos de un
hombre, por eso su gesto de preocupación.
—¿Cuál es el nombre de la víctima?
—Nada de eso —giré los ojos—. Lo único que tienes que hacer es quedarte
justo ahí.
—Bien, puedo hacerlo —contestó elevando los hombros con ligereza y volvió
a enfocarse en el teléfono celular.
—¡Qué cobarde eres! —Se burló Cris.
La fulminé con la mirada. Necesitaba cerrar la boca, no quería que Brandon
supiera nada de lo que estaba pasando, y hubiera preferido no tener que recurrir
a él, pero no tuve más opción.
—Déjala en paz, Brandon. Vas a empeorarlo todo —exhorté al ver que
tecleaba como loco sobre la pantalla.
—¿Y qué más puedo hacer? No deja ni que le hable —rebatió, mirándome
con desdicha y tribulación. Él era un hombre de rasgos duros, de contextura
robusta y de estatura promedio, pocas veces se mostraba vulnerable, a menos
que discutiera con Olive.
—No imagino qué pudiste haber hecho para que esté tan enojada —apuntó
Cris.
—¿No lo saben? —replicó Brandon.
Las dos nos miramos. No teníamos idea.
Él se rio tristemente, como si recordarlo le doliera profundamente, se levantó
del asiento, metió su mano en el bolsillo y puso un anillo de compromiso en la
mesa. Era sencillo pero hermoso.
—¡Oh mi Dios! —gritó Cristal—. ¡No puedo creerlo!
—Dijo que no —murmuró con tristeza.
Un escalofrío recorrió mi espina dorsal y el ambiente se volvió denso a mi
alrededor, de la misma forma que pasó cuando me sentí observada, pero esa vez
sabía quién lo estaba provocando. Me resistí a mirar a los lados, por temor a
encontrarme con los ojos de Noah, y mantuve mi mirada al frente, a sabiendas de
que él me estaba observando.
—Tranquilo, Brandon, hablaré con ella esta noche —prometí, poniendo una
mano sobre la suya. Había vuelto a sentarse en su lugar y sostenía entre sus
dedos la fina joya que había comprado para Olive.
Él asintió cabizbajo y suspiró, dejando caer sus hombros hacia adelante.
—Asesino sexy a las once —murmuró Cris en mi oído.
Miré hacia el lugar correcto de forma automática y me estremecí al ver que
sus ojos irradiaban oscuridad, rabia y maldad. Miraba a Brandon como si
quisiera asesinarlo, haciéndome dudar de su inocencia. Sus retinas tenían una
capacidad camaleónica, a veces se tornaban dulces y amables; otras, temibles y
oscuras.
Instintivamente, aparté mi mano de la de Brandon y me senté erguida, sin
dejar de mirar al primer hombre que me había intimidado en mi vida. Nunca me
sentí así. Era extraño, inquietante e inexplicable lo que Noah hacía conmigo.
¿Tenía un poder místico sobre mí que me dominaba? No tenía la certeza, pero
por alguna razón, la incomprensión de lo que estaba pasando me infundió un
terrible miedo. No estaba segura de si le temía a Noah o a la sensación de
pérdida que estaba experimentando. Sentía que le cedía espacios de mi vida que
nadie más había logrado tomar.
Noah movió la cabeza a un costado, como una invitación a que lo siguiera,
pero estaba tan aterrada con la idea de encontrarme a solas con él que no fui
capaz de mover ni un músculo. Cris percibió mi tensión y apretó mi mano,
susurrándome al mismo tiempo una pregunta al oído: «¿Llamo a la policía?».
Mis entrañas se retorcieron propagando dolorosas punzadas en mi estómago al
imaginar que se lo llevaran escoltado como a un criminal. No quería eso para él,
y no había razón para hacerlo realmente. ¿Qué excusa usaría con el oficial? No
podía admitir que estaba terriblemente asustada por la fuerte atracción que sentía
hacia él, que se intensificaba cada vez que lo veía.
—No hace falta, él no me lastimaría —respondí con total seguridad. El que
me preocupaba era Brandon y las conclusiones erradas a las que pudo haber
llegado Noah al ver mi mano sobre la suya.
—¿Qué tanto miran? —preguntó Brandon, girando su cabeza por encima de
su hombro, pero Noah ya no estaba ahí. No supe cuándo se fue, había dejado de
mirarlo para hablar con Cris.
—La barra, deberíamos ir por unos tragos —contestó mi amiga.
Esa fue una buena excusa, y yo no tenía una mejor. En mi mente solo había
espacio para un problema a la vez, y Noah era uno inmenso. ¿Seguía ahí? ¿Me
esperaría al salir? Eso me inquietaba.
—Vamos, Drey —ordenó Cris, poniéndose en pie.
Asentí dos veces antes de levantarme de la silla para seguirla.
Brandon sujetó mi muñeca con suavidad y, mirándome con ojos de perrito
abandonado, pidió:
—No olvides hablar con Olive, por favor.
—Haré todo lo posible —prometí.
Me dio las gracias y luego liberó mi mano.
Cris caminó delante de mí, abriéndose paso entre la gente sin ningún
problema. Yo, por mi parte, por andar distraía buscando señales de Noah, tropecé
con algunas personas y pedí disculpas el mismo número de veces. Al no hallarlo,
traté de no sentirme desdichada por su ausencia, pero fracasé miserablemente.
Esperaba chocar contra él y caer en sus brazos como una damisela en apuros que
necesita ser rescatada por el Príncipe Encantador. Así de patéticos eran mis
pensamientos. Pero segundos después, me estrellé contra la cruda realidad,
transformando mis estúpidas ilusiones en coraje. El tipo en cuestión estaba
coqueteando con una exuberante morena de pechos prominentes y mano suelta.
Sí, la muy zorra toqueteaba sus bíceps como si nunca en la vida hubiera sentido
unos. Y él, como todos los de su especie, estaba maravillado con ella.
—¡Olive! —grité desde la barra.
Mi amiga me encontró con la mirada y caminó hacia mí frunciendo el ceño.
—Necesito cuatro tequilas.
—¿Qué está pasando contigo? —Su tono era de reproche.
—Te diré luego. —Ella asintió y sirvió lo que le había pedido. Antes de
volver a su faena, compartió una mirada interrogativa con Cris, quien solo elevó
los hombros sin darle respuesta a su pregunta silenciosa.
—Ve con calma, Drey —advirtió Cristal.
Asentí, sin que eso significara aceptación.
Sostuve el primer vaso y lo llevé a mis labios previamente salados, vertiendo
todo el contenido en mi boca, tragándolo después. Alcancé el limón cortado y
chupé su jugo, lamiendo el líquido cítrico que se corrió en la comisura de mis
labios. Repetí la acción poco después, ansiando que el alcohol consumiera el
veneno de los celos que corría con ímpetu por mi torrente sanguíneo.
Vine esta noche a Holly´s a olvidar a Noah y el muy idiota se presenta
delante de mí, me mira con deseo y luego se junta con la primera vieja que le
hace ojitos. ¡Lo odio! ¡No! Me odio a mí misma por sentir tanto por un cínico,
salvaje, engreído y petulante como él. Me odio por traicionar a Aarón tan
vilmente, mientras su vida peligra cada día. Me odio aún más por haber dejado
que me besara y por desear que lo haga de nuevo…
—¡Detente! —siseó con voz de mando el muy cretino cuando iba a tomar mi
tercer tequila de esa ronda.
—Tú no me ordenas nada a mí —contesté altanera. Puse sal en mis labios y
llevé el vaso de cristal a ellos, decidida a tomarme todo su contenido, pero él
sostuvo mi muñeca justo antes y gran parte de la bebida cayó en mis pechos—.
¡Mira lo que hiciste! —grité ofuscada. ¿Quién carajos se creía él para impedirme
nada?
—Terminarás ebria y no podrás conducir ese bonito auto que está allá afuera
—advirtió. Pero a mí me importaba un comino lo que él pensara. Era una mujer
adulta, independiente, y sabía lo que hacía. No tenía que darle explicaciones a él
ni a nadie.
—Eso no es tu problema —reñí—. ¿Y cómo sabes cuál es mi auto?
Noah agudizó su mirada pétrea sobre mis ojos y apretó la mandíbula.
—Contesta, Cohen.
—Te vi saliendo en él —dijo entre dientes.
Cris se aclaró sonoramente la garganta, llamando mi atención.
Miré hacia ella, pero no era la única que tenía los ojos puestos en mí. Olive
estaba justo detrás, mirando la escena con suspicacia.
—Él es Noah Cohen, mi vecino —dije a manera de presentación.
—Hola, un gusto. Soy Cristal. —Mi amiga extendió su mano hacia él, pero
Olive intervino antes de que pudieran tocarse.
—¿Noah Cohen? ¿El Noah que fue condenado por asesinato? —Su voz
flaqueó y su rostro se tornó pálido. Se veía terriblemente asustada.
Mientras tanto, los ojos de Noah se dilataron como los de un gato en la
oscuridad y sus labios formaron una línea fina, sellándolos como compuertas de
seguridad. Todo su semblante pasó de ser convincente y vigoroso, a débil y
avergonzado.
—¿Algún problema? —inquirió Luca, uno de los guardias de seguridad del
bar.—
Ninguno —respondí antes de que alguien más lo hiciera—. Vamos, Noah.
Busquemos un lugar más privado para hablar —pedí, entrelazando sus dedos con
los míos. Un centellazo se propagó en las prolongaciones de mi mano cuando lo
toqué, agudizándose a medida que los segundos trascurrían con lentitud a
nuestro alrededor. Al menos, así lo percibía. Todo lo demás había pasado a un
segundo plano; la música, las risas, los murmullos de conversaciones… Éramos
solo él, yo y el deseo.
—¿Audrey? —gritó Olive con firmeza, regresándome al plano donde mis
fantasías eran inmorales.
—¿Qué? —contesté de la misma forma.
—No te irás con él, puede lastimarte —aseveró sin miramientos.
¿Cómo decía algo así, sin importar que él la escuchara? ¿Acaso su lema de
paz y amor estaba condicionado para algunas personas?
—No, no lo hará —repliqué a la defensiva. Sentí los dedos de Noah
reteniendo los míos con mayor solidez, como un gesto de agradecimiento o
contención, tal vez—. Habla con ella, Cris. Regresaré en un momento. —Y sin
esperar que Olive dijera nada más, comencé a caminar hacia la salida del bar,
sujetando en todo momento la mano áspera y tibia de Noah.

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