El Sabor de tu Mirada de Anna Crenwood

El Sabor de tu Mirada de Anna Crenwood

Él llego un soleado y tranquilo día de principios de junio para ser el nuevo jefe de policía luego de que el antiguo sheriff, un hombre de sesenta y siete años llamado Robert Alastor, decidiera dejar a un lado las presiones del trabajo y se retirarse a vivir en alguna bonita playa del Caribe. Elizabeth fue una de las primeras personas en verlo, cuando ella misma se dirigía a su turno como enfermera de guardia en el hospital general que quedaba a una calle de allí. Se trataba de un hombre alto, moreno y vestido con un traje azul oscuro, que bajó de un viejo Cadillac gris plata antes de entrar en la comisaria con paso firme, sin embargo la presencia del recién llegado paso casi desapercibida para la joven, al menos al principio. Las veces inmediatamente posteriores en que le vio, como es natural, no le llamo la atención en lo más mínimo, le pareció solo otro hombre, tal vez demasiado joven para ser elegido sheriff, pero eso fue todo; sin embargo una mirada más inquisitiva, varios días después, le hizo ver las cosas desde otro ángulo, sin duda alguna.

El hombre en cuestión era un espécimen raro en su tierra natal, donde la tendencia general era de personas rubias y de ojos transparentes, él por en cambio se destacaba por ser una rareza de ojos marrones y profundos que invitaban a cualquiera que los mirase a descubrir el misterio que se hallaba detrás de ellos. Su lacio cabello era color chocolate oscuro, casi negro, y su tez magníficamente bronceada le hacía lucir por completo fuera de lugar, estuviese donde estuviese.

A ella le gustaba mirarlo todas las mañanas cuando se dirigía a trabajar, lo observaba con atención desde la seguridad de la acera de enfrente, al menos por los pocos segundos en que él se mantenía dentro de su campo de visión. Su cuerpo, bien formado, era fuerte y masculino, a través de su uniforme reglamentario de color negro y caqui se podían percibir las incitantes líneas de los músculos de sus brazos, su pecho y de su amplia espalda, lo cual la desarmaba irremediablemente, hasta el punto en que ya no podía pensar en otra cosa que entrelazar los dedos en su maravillosa cabellera castaña.

Sin embargo hacía ya más de dos años que no tenía una relación con nadie y la idea de dar el primer paso le era completamente ajena a ella, así que se mantenía al margen, tratando de convencerse a sí misma que pronto pasaría, que dejaría de desearlo en algún momento, que esas febriles ansias pasarían a un segundo plano en cuanto algo nuevo llegara para distraer su atención; sin embargo ese gran elemento de interés no aparecía, y ella seguía desviviéndose por él, al menos la mayor parte del tiempo.

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