El vacío que dejas de Lorena Franco

A compartir, a compartir! Que me quitan los posts!!

***SOLO HOY Las Guerreras Maxwell, 8. Mírame y bésame de Megan Maxwell

Regresa Megan Maxwell con una novela romántico-erótica tan ardiente que se derretirá en tus manos.

Sexo. Familia. Diversión. Locura. Vuelve a soñar con la nueva novela de la autora nacional más vendida…  

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VUELVE ALEX DUARTE, LA PERIODISTA QUE DESCUBRIÓ LA VERDAD SOBRE EL ÚLTIMO VERANO DE SILVIA BLANCH.

El apacible pueblo costero de El Port de la Selva oculta un temible secreto desde que Arsenda, una joven condenada por brujería en el siglo XVII, lanzó una maldición: llevarse a una niña del pueblo cada diez años.

Tres meses después de descubrir el misterio que envolvió la desaparición de Silvia Blanch en Montseny, la periodista Alex Duarte, sin inspiración para una nueva novela, decide alejarse de todo y encerrarse en un retiro literario en el pueblo marinero de El Port de la Selva. Su intención también es olvidar la historia de amor inconclusa que tuvo con Jan, cuyo recuerdo la persigue, pero se topa con otra desaparición con la que no tarda en obsesionarse, la de Ally Fian, una niña inglesa desaparecida hace un año.

Durante su estancia, Alex conocerá a Luke, un supuesto escritor inglés, cuya motivación al alojarse en el retiro es muy distinta a la de centrarse en escribir.

Alex y Luke no tardarán en descubrir un oscuro secreto que algunos habitantes del pueblo se han esmerado en proteger durante siglos. Y, para mantener ese secreto a salvo, hay quienes son capaces de hacer cualquier cosa.

¿Quién, cuatrocientos años después de la maldición, sigue llevándose a niñas que no vuelven a aparecer?

Sobre la autora Lorena Franco:

Lorena Franco, autora de más de 20 títulos entre los que destacan La viajera del tiempo, finalista en el Premio Literario de Amazon 2016 y uno de los libros más vendidos de la plataforma en España y México, y de los thrillers publicados con editorial Planeta El último verano de Silvia Blanch, Todos buscan a Nora Roy, Los días que nos quedan y El lugar donde fuimos felices, vuelve a dar vida a la controvertida periodista Alex Duarte (El último verano de Silvia Blanch) en esta trama repleta de misterio, secretos y romance, con una serie de personajes de lo más peculiares y ambientada en un retiro literario ubicado en un entorno paradisiaco que dejará al lector pegado a sus páginas.


A Chloe.
Mi chica favorita
Recordar es fácil para el que tiene memoria.
Olvidar es difícil para quien tiene corazón.
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
Después de ciertos infiernos,
no cualquier demonio te quema.
NIETZSCHE
NOTA DE LA AUTORA
Aunque estás a punto de adentrarte en un caso distinto al de El último verano de Silvia Blanch (2020), es recomendable haberlo leído para entender algunos detalles que aparecen en esta segunda parte en la que nos reencontraremos con Alex Duarte y Jan Blanch. Quién sabe. Igual tienen el final que tanto habéis pedido.
¡Feliz lectura!
Encuéntrame en Instagram y Twitter:
@bylorenafranco
1
ARSENDA
En el poblado de Selva de Mar
1620
He visto más, mucho más de lo que nunca verán estas gentes que hoy, reunidos a mi alrededor, jubilosos por las desgracias ajenas, aguardan ansiosos el momento en que verán arder mi cuerpo, liberándome al fin del castigo que supone vivir en una época tan ignorante como cruel.
—Sí, soy bruja —les he retado a mis torturadores para acallar sus voces delirantes. Me estaban volviendo loca, no lo soportaba más.
En cuanto pronuncié la palabra maldita, bruja, se detuvieron un instante contemplando con horror la marca en forma de corazón que tengo en el cuello. La marca del diablo, aseguran ellos. Y aun así, el dolor de la carne en sangre viva de mi espalda después de lo que me parecieron cientos de latigazos, no cesó. Fue entonces cuando percibí un destello de terror en sus ojos, el pánico adueñándose de sus almas insignificantes, como si pudiera transformarlos en polvo con solo mirarlos
Hasta hace una semana era feliz.
Cómo puede cambiar la vida en un instante…
Dentro de poco las llamas me alcanzarán. El único consuelo que me queda es que a unos pocos pasos se halla la mar. Quiero que sea lo último que mis ojos, anegados en lágrimas de rabia e impotencia, vean. Pensaba que sería rápido, pero eso solamente debe de ocurrir cuando eres un mero espectador, porque ahora que llega mi turno, que soy yo quien va a morir, se me está haciendo eterno. Me aferro a la vida aun sabiendo que no hay escapatoria. Puede que por eso esta situación a la que he llegado me parezca irreal. No puede estar sucediendo. No puede estar ocurriéndome también a mí, cuando pensaba que tenía toda una vida por delante. Somos muchas las que hemos terminado en la hoguera o con la soga al cuello acusadas de brujería. ¿Qué podría salvarme a mí, que no soy más que una campesina que ha jugado a ser Dios al intentar salvar vidas, y he amado al hombre equivocado más que a mí misma? Ese ha sido mi pecado. Tratar de ayudar a los necesitados, a quienes la salud ha abandonado, y enamorarme, enamorarme como una loca y escapar por las noches al bosque solo para ver a Oriol… mi amado Oriol, hijo de un terrateniente tirano del condado de Osona, que nunca me ha querido para su descendiente por ser poco para él. Fue quien me acusó de brujería. Quien, con malas intenciones y adelantándose a lo que ocurriría, encerró a su hijo para que me descubrieran sola en el bosque donde me atraparon, creyendo que estaba realizando magia negra. Fue una emboscada. Y yo caí.
Pero no importa… ya no importa. Esto también estaba escrito en las estrellas. Esto, como todo, también pasará. Ahora solo me queda rezar y creer firmemente que después del sufrimiento hallaré la paz. Cerrar los ojos para siempre y descansar, aunque la conciencia se empeñe en recordarme que no hay tiempo, tiempo para algo más.
¿Mereció la pena? No lo creo. A fin de cuentas, Oriol no se ha prodigado hasta este poblado de pescadores al pie de la montaña. No está para defenderme de las falsas acusaciones, para gritarles que están cometiendo un grave error, que no soy una bruja ni una mala mujer, ni para decirme por última vez, en este acantilado que parece el fin del mundo, que no ha amado a nadie más que a mí.
La pena se entremezcla con la rabia. Qué poco vale una vida. Un velo de lágrimas me nubla la visión y empiezo a ver borroso, los rostros se distorsionan ante mí. No quiero morir.
Hace calor.
Quema. Quema. Quema.
Contengo la respiración.
De mi garganta, seca e irritada por el humo, emerge un gorgoteo. Son asesinos. ¡Asesinos! La rabia impulsa en mí una fuerza hasta ahora desconocida, para maldecir a quienes ríen como hienas. Si voy a morir hoy, y no me cabe la menor duda, que sea contemplando el terror en los ojos de quienes aseguran que soy una bruja.
—¡Os maldigo! ¡Os maldigo a todos!
Los señalo uno a uno con dedo tembloroso. Todo mi cuerpo sufre convulsiones que no soy capaz de controlar. La tensión crece, mi ira va en aumento, la locura se apodera del público y una mujer grita aterrada llevándose las manos sucias a la boca. Me alegra ser la responsable de sus temores. No soportaría morir viendo cómo el público ríe y sigue humillándome. Quiero que recuerden este día, que lo recuerden durante mucho tiempo con tanto miedo como el que tengo yo.
—Vuestra descendencia pagará este castigo —prosigo con voz trémula—. ¡Cada diez años me llevaré a una niña de este poblado! ¡Las niñas se evaporarán dejando un reguero de lágrimas y sufrimiento! ¡Yo os maldigo! Os… mal…
No soy capaz de continuar hablando. Se me cierra la garganta de golpe debido al humo negro que asciende cada vez más rápido y más intenso y se me mete en la boca. Pero he logrado mi propósito. Porque no hay nada más temible que condenar el amor sincero y verdadero que se siente por un hijo.
Consternados, quienes presencian mi final ya no ríen. Petrificados, levantan las miradas al cielo e imploran clemencia. Las maldiciones aterrorizan hasta al más agnóstico.
Ahora se ven tan indefensos desde aquí arriba…
De manera inconsciente, me llevo la mano a mi vientre y lloro por la vida que nunca podrá ser. Anoche soñé que, de haber nacido, habría sido una preciosa niña de ojos azules como el mar que se desvanece ante mis ojos y se tiñe del rojo del fuego que me devora hasta hacerme desaparecer.
2
ALLY
Port de la Selva
7 de marzo de 2020
Papá y mamá estaban discutiendo cuando me he escapado de casa, así que no se han enterado de que me he ido. A lo mejor piensan que estoy en la habitación jugando o haciendo deberes. No sé de qué hablaban, por qué se estaban peleando (otra vez); nunca entiendo lo que dicen, gritan demasiado, se pisan el uno al otro. El otro día mamá rompió un jarrón. A papá le salió sangre de la frente. Me asusté. Le puse una tirita, una de Dora, la exploradora que papá compró en la farmacia. Me fui a la cama llorando. No soporto que riñan tanto. Mamá me prometió que, con el cambio de pueblo y de casa, todo mejoraría, pero no. Ha ido a peor. Y no entiendo por qué.
Hoy es mi cumpleaños. Cumplo diez años. Me han felicitado, me han dado muchos besos y hay un regalo grande esperándome en el salón.
—Lo abriremos después de soplar las velas —me ha prometido mamá sonriente, y yo me he tenido que aguantar la curiosidad.
Hacía días que no veía a mamá sonreír. He pensado que era porque había arreglado sus problemas con papá. Pero, luego, he subido a la habitación y mamá le ha gritado a papá. ¿Por qué mamá es tan mala? Ella dice que algún día lo entenderé.
Me descalzo y dejo los zapatos en la orilla. La arena me hace cosquillas en la planta de los pies, la sensación de frescor me relaja. Recojo unas cuantas conchas. Me gusta el sonido que hacen en la palma de mi mano al chocar entre ellas. Sé que no tengo que alejarme mucho y volver pronto a casa. Si tengo suerte, hasta puede que papá y mamá no se enteren de que he salido un ratito. Eva, mi mejor amiga, me contó que hay niñas que desaparecen en Port de la Selva, que se las lleva una bruja a su guarida secreta, porque, igual que yo colecciono conchas, ella colecciona huesos de niñas de diez años como yo. Se me puso el pelo de punta.
—Eso son cuentos para niñas tontas —le dije riendo.
Pero ¿y si es verdad?
Miro a mi alrededor. Estoy sola en la cala. Llegar hasta aquí no es fácil, por eso nunca hay nadie, y, además, hoy el cielo está nublado. Me acuerdo de aquella chica que olía mal y que me perseguía. Me dijo que no fuera sola a ningún sitio, que tuviera cuidado.
—¿Tu madre nunca viene a buscarte al colegio? —me preguntó.
Me entran escalofríos cuando me acuerdo de ella. Porque no acabó bien.
Juego un rato con la arena, vuelvo a poner los pies en el agua fría. Creo que va a llover. Me entretengo mirando al cielo. Las nubes son cada vez más grises. Sonrío. Sonrío porque aquí no hay gritos, solo silencio, y el silencio me gusta, aunque empiezo a aburrirme un poco. Ojalá Eva estuviera aquí.
El agua ahora me llega hasta las rodillas.
Oh, oh…
Mamá se va a enfadar si llego con los pantalones mojados.
Pero es que se está tan a gusto… Cuando llegue a casa, espero que mamá esté entretenida con sus cosas, con alguna serie de Netflix o distraída con el móvil. Entonces, aprovecharé para subir corriendo a mi habitación, me pondré el pijama, y no se dará cuenta de que me he mojado los pantalones. Es un plan perfecto.
Cierro los ojos. Imagino un mundo más bonito, uno en el que papá y mamá se quieren, son felices y no se hacen daño. Pero la imagen desaparece cuando unos brazos me agarran por detrás sacándome del agua. Pataleo, me sacudo, intento resistirme mordiendo los brazos lechosos que me acorralan y me asfixian, pero no sirve de nada. En el momento en que voy a gritar, una mano vieja y arrugada con las uñas largas como las de una bruja, me tapa la boca. Antes de cerrar los ojos, porque me entra mucho sueño, alcanzo a ver un mechón de pelo blanco revuelto por el viento.
Eva tenía razón. Y aquella chica también. Tendría que haberle hecho caso.
Hay una bruja que, cada cierto tiempo, se lleva a una niña, y, de entre todas las niñas del pueblo, me ha elegido a mí.
UN AÑO MÁS TARDE
Marzo, 2021
3
ALEX
Han pasado tres meses desde que el mundo supo la verdad de lo que le ocurrió a Silvia Blanch. Mi madre, orgullosa, guarda todos los recortes de prensa para presumir de hija, sobre todo los que me dejan como una heroína, algo que, a nivel editorial, me ha metido un poco de presión.
—Nos gustaría una nueva novela, Alex. Un nuevo caso. Eres periodista, encontrarás la historia.
Tonta de mí por aceptar el suculento adelanto que me compromete a presentar un manuscrito en seis meses. Seis meses, pero si el tiempo vuela, les dije, y las ideas no fluyen con tanta facilidad como cuando me topé con la desaparición de Silvia Blanch. A veces es duro que crean en exceso en tus capacidades cuando has perdido la confianza en ti misma. La vida era más sencilla trabajando de periodista en Barcelona ahora, yendo de aquí para allá y limitándome a cubrir la noticia sin necesidad de fantasear ni opinar. A veces hasta me da por echar de menos a Pol, el jefe.
He tenido mucho tiempo libre mientras me recuperaba de la bala que fue a parar a mi pulmón, así que no hay serie de Netflix que se me haya resistido, con la excusa de que alguna de sus tramas activaría la bombilla fundida de mi cerebro para ponerme a escribir. Pero nada. Porque lo que me funciona es obsesionarme con algo que haya ocurrido de verdad, será que fantasear no es lo mío, así que, después de un mes buscando qué hacer, aquí estoy, en el portal de casa esperando al chófer que me llevará hasta Port de la Selva, un pequeño pueblo de pescadores situado en el norte de Cap de Creus, último contrafuerte de los Pirineos. A diferencia de otros pueblos de la Costa Brava, no está tan masificado por el turismo, y ahora lo que necesito es tranquilidad y cero distracciones para ponerme a escribir. A las afueras del pueblo de gran tradición pesquera, en lo alto de una colina, descubrí la existencia de un retiro literario con vistas al mar y acceso privado a una cala. Me apetece decirle adiós a Barcelona por un tiempo, cambiar de aires, y lo ideal es un lugar así, inspirador y campestre. Eso fue lo primero que pensé cuando di con el lugar tras una ardua búsqueda en internet. No fue fácil encontrarlo. No es un retiro que se publicite en todas partes, tal vez porque quieren darle un aire de exclusividad. O esa es la conclusión a la que he llegado. Uno de mis requisitos era que hubiera playa; no quiero estar en un lugar que me recuerde a Montseny. A lo mejor así consigo olvidarme de Jan. Mi cerebro, sádico donde los haya, sigue empeñado en volver a él una y otra vez.
«¿Qué estará haciendo? ¿Habrá conocido a alguien?», me fustigo.
En mi fuero interno he mantenido discusiones silenciosas con él cada día. Mi yo racional terminaba entrometiéndose, explicándome que no tenía sentido pensar en él. A lo hecho, pecho. Le había dicho adiós. Fin de la historia. Y eso que, a lo largo de estos meses, me ha escrito wasaps interesándose por mi estado de salud, aunque yo, orgullosa, no he contestado a ninguno, que sé que jode. No le perdono lo que hizo. Bueno, más bien lo que no hizo. Aún no. Al menos de momento, nuestros futuros evolucionarán a unos pocos kilómetros de distancia.
Impaciente, miro la hora en el móvil. El chófer ya tendría que estar aquí. ¿O a lo mejor me he equivocado de hora? Cuando ayer mi coche decidió tomarse unas vacaciones en el taller del mecánico, que me sugirió que jubilara al viejo Saxo porque me llevaría a la ruina, llamé a la propietaria del retiro. En la web había visto que hay servicio de chófer. Supongo que va bien para los escritores que vienen de lejos y hay que ir a buscarlos al aeropuerto. Me vino de perlas que me dijera que no tenía nada programado para hoy, así que, por un extra, viene a buscarme.
Y entonces, justo en el momento en que, cansada de esperar de pie, me siento en el escalón de la portería, un Mercedes negro y reluciente se detiene junto a mí. No me levanto, me quedo mirándolo con desconfianza. A ver si ahora me van a secuestrar.
—¿Señorita Alejandra Duarte?
—Sí —confirmo—. ¿Adónde voy?
—¿Perdone?
—Le estoy poniendo a prueba. Con la de cosas que pasan, solo me falta que me suba al coche equivocado.
—Pero he dicho su nombre… —ríe, componiendo una mueca nerviosa—. Bien. Señorita Duarte, la llevo al retiro literario de Nimue, situado en el paradisiaco pueblo de Port de la Selva. ¿Mejor?
—Estupendo, vámonos.
El conductor, sonriente y servicial, baja del coche para recoger mi maleta y meterla dentro del maletero. Debe de tener unos cincuenta y largos años, va vestido con traje negro, como si fuera a un funeral, y parece inglés.
—Puedes llamarme Alex.
—Mi nombre es Bruce, Alex. Siento la tardanza. ¿Puedo tutearla?
—Claro, Bruce.
—Adelante —me ofrece, abriendo la puerta trasera del coche.
—Si no te importa, preferiría ir delante. Atrás me mareo.
—No hay problema —dice, permitiendo que me acomode en el asiento del acompañante. Bruce vuelve a subir al coche y arranca el motor—. Llegaremos a Port de la Selva en una hora y cincuenta minutos —me informa con profesionalidad—. ¿Conoces la zona, Alex?
—No, es la primera vez que voy.
—Te encantará. Además, el retiro literario de la señorita Nimue es muy especial. Ya lo verás, ya —asegura misterioso.
—Nimue es un nombre curioso —medito—. No lo había oído nunca.
—Procede de la leyenda del Rey Arturo. Nimue era la bruja que hechizó y enamoró al Mago Merlín. Precisamente, Port de la Selva, aunque muy poca gente lo sepa, está repleto de leyendas. Las irás descubriendo.
—¿Leyendas? No creo mucho en esas cosas, la verdad.
—¿No? Yo soy escocés, aunque mi padre era de Santander, por eso hablo con fluidez español, y en mi país creemos mucho en leyendas. Que se lo digan a los Fian.
—¿Los Fian?
—Ajá. La pequeña Ally Fian. Vivía en Port de la Selva con sus padres desde hacía unos pocos meses y desapareció el año pasado debido a la maldición, hace cuatro siglos, de una mujer a la que condenaron por brujería en Vic y quemaron en lo alto de una colina del pueblo. La bruja Arsenda.
—Vaya —me sorprendo—. Lo buscaré en internet —zanjo, sin muchas ganas de continuar hablando. Ir de copiloto también me marea, da igual ir delante o detrás, aunque detrás lo paso peor, algo que, inevitablemente, me recuerda a las curvas de Montseny.
«No. No. Olvídalo, Alex. Olvídalo de una vez por todas. Por eso te vas a Port de la Selva, a un escenario distinto, para estar lejos de todo aquello, de todo lo que sigue doliendo», me reprendo, anotando mentalmente un nombre en el que centrarme para dejar atrás a los fantasmas del pasado: Ally Fian.
4
LUKE
—Ya la he conocido. Es más joven de lo que pensaba.
—Aquí en España tiene fama de meterse donde no la llaman, Luke. Vigílala de cerca.
—Por supuesto. Pero llevo dos semanas aquí y…
—Me da igual. Tómate el tiempo que necesites, pero no salgas de ahí hasta que descubras algo, ¿entendido?
—De acuerdo.
5
ALEX
Pensaba que no podían existir peores curvas que las que conducen a Montseny, pero, ¡ay!, inocente de mí, por poco no tengo que bajar la ventanilla y echar la pota, porque la llegada hasta Port de la Selva me ha parecido una tortura. Y lo peor ha sido el tramo final. Bruce se ha desviado del centro del pueblo y ha ascendido por un sendero de tierra repleto de baches y curvas en dirección a la colina donde se encuentra el retiro literario de Nimue. Pensaba que me moría. Para más inri, al llegar, un gato negro, indiferente a nuestra presencia, se nos cruza en el camino antes de que el coche frene frente a la verja doble de hierro, cuyas bisagras exhalan un profundo lamento cuando Bruce la abre de par en par. Noto que un escalofrío me recorre el espinazo al ver al gato esfumarse por un bosque situado a la derecha, donde destaca un cobertizo destartalado. Un gato negro como recibimiento no augura nada bueno. Es como cuando en un hotel te alojan en la habitación número 13, un moscardón se empeña en ser tu sombra, o vas caminando por la calle y no te queda más remedio que pasar por debajo de una escalera.
A pesar de todo, las vistas son una maravilla y se respira paz y tranquilidad. Demasiada tranquilidad, me temo, volviendo a mirar el bosque que se atisba a través de la verja que estamos a punto de cruzar.
—¿Y qué creen los escoceses de los gatos negros, Bruce? —le pregunto en el momento en que vuelve a subir al coche y conduce unos pocos metros adentrándose en el arbolado recinto.
—Que son los gatos de las brujas —responde riendo, sacudiendo la cabeza y bajando del coche para rodearlo y, caballeroso, abrirme la puerta.
Mientras Bruce abre el maletero y saca mi maleta, alzo la cabeza para contemplar la casa. Es de estilo victoriano, de tejados en mariposa con las aguas invertidas, bastante peculiar y poco frecuente en esta zona, donde lo que más abunda son las casitas blancas. La fachada de piedra oscura de tres plantas, invadida por enredaderas, nos recibe lóbrega. Todo a mi alrededor es un poco siniestro, parece que me haya metido en una novela de Stephen King. En la página web parecía un lugar más alegre, si bien había menos hiedra ocupando la fachada y la fotografía estaba hecha en un día soleado. Hoy el cielo gris augura tormenta.
—Espero que tu estancia sea agradable, Alex —me desea Bruce dándome mi maleta.
—Gracias, muy amable.
—¿Cuánto tiempo tienes pensado quedarte?
—En principio un mes.
—Es un buen lugar para escribir —opina, desviando la mirada hacia la entrada, donde una mujer alta, de cabello largo y blanco, deduzco que Nimue, la propietaria del retiro, me espera de brazos cruzados apoyada en el marco de la puerta.
—Eso parece —le doy la razón.
Le dedico una sonrisa a Nimue, que, extraña, en lugar de acercarse para recibirme, se gira en el momento en que aparece otra mujer arrastrando un par de maletas. La situación es rara, se vuelve tensa. A Bruce también debe de parecérselo por cómo mira incómodo a la que reconozco como una de las autoras americanas de thriller más populares del momento. Tengo su nombre en la punta de la lengua, pero es tal mi aturdimiento que no me sale.
—¡Nunca más, esto es de locos! —grita en inglés, ante la mirada imperturbable de Nimue. Sale de la puerta como si se la llevaran los demonios, aunque su semblante cambia de repente al ver a Bruce. Se apacigua un poco—. ¡Qué bien que estés aquí, Bruce! ¿Puedes llevarme al aeropuerto?
—Por supuesto, señorita Clark.
¡Eso! Sarah Clark, neoyorquina, la reina del thriller, adicta a los tacos mexicanos y a correr por Central Park, más bajita y pecosa en persona que en sus fotos de Instagram. No creía que este retiro literario, que parece estar en el fin del mundo, fuera tan internacional.
Me aparto para dejar pasar a Sarah, no vaya a ser que pague su irrefrenable cólera conmigo, pero no tengo el don de hacerme invisible, todavía no, por lo que, cuando Bruce está metiendo sus enormes maletas dentro del maletero, repara en mi presencia.
—¿Escritora?
—Ssssí… —titubeo.
—¿Y vienes a escribir aquí? —inquiere, señalando la casa y, seguidamente, a Nimue.
—Eh…
—¡Ja! —Enarca las cejas, me dedica una sonrisa tirante como una goma de mascar y vuelve a mirar en dirección a Nimue—. Buena suerte.
«¿Qué habrá pasado?», me pregunto, mirando a Bruce, que, a su vez, saluda con un gesto de cabeza a Nimue, quien adopta la misma postura que antes: apoya el peso de su cuerpo contra el marco de la puerta de entrada. La escritora americana sube al coche con la elegancia de un burro y se acomoda en la parte de atrás sin decir ni una palabra más. Bruce se encoge de hombros y me sonríe.
—Nos veremos por aquí, Alex. Un placer.
En el momento en que el coche desaparece por el camino, me siento como una niña abandonada frente a una institutriz. La presencia de Nimue es regia y su mirada gélida de ojos azules me analizan sin disimulo.
—¿Nimue? —pregunto forzando una sonrisa.
A medida que me acerco a ella, me doy cuenta de que no es tan mayor como me lo ha parecido desde lejos. El cabello largo y plateado le suman años. Su piel es blanca y lechosa, apenas tiene arrugas, y lo que más destaca de sus facciones es la nariz aguileña. Es bella de una manera poco convencional.
—La misma —asiente tranquila—. ¿Alejandra Duarte?
—Puedes llamarme Alex.
—Es un placer tenerte aquí, Alex. —Me tiende la mano, se la estrecho, y por fin me dedica una sonrisa cálida y amable—. Te pido disculpas por lo que acabas de presenciar. Supongo que no se puede complacer a todo el mundo.
—Claro, es normal —le resto importancia, barriendo el aire con la mano.
 Me da cosa preguntar qué ha pasado, así que me limito a darle la razón. La entrada no es tan grande como cabe esperar en una casa centenaria. El vestíbulo me recibe oscuro. Huele a cedro viejo y flores frescas.
—¿Puedes esperar un momento en el salón? —propone Nimue, señalando a su izquierda, donde diviso a través de un arco el reposabrazos de un sofá de cuero marrón—. Hay una biblioteca inmensa, seguro que te gusta. Creo que Luke, un escritor inglés que lleva alojado en el retiro un par de semanas, está ahí. Así lo conoces. Oh, y verás qué bien te caen las hermanas Juliette y Alizee Baudin, que escriben a cuatro manos. ¿No te parece de lo más curioso? Mientras tanto, voy a prepararte la habitación. Te alojarás en la que estaba Sarah, es la más luminosa. En fin…, bienvenida. Siéntete como en casa, Alex.
Me da una suave palmadita en el hombro y desaparece escaleras arriba, silenciosa como un gato. Dejo mi maleta en el suelo y me asomo al salón. Está decorado en blanco con toques de azul marino y dorado, un estilo tradicional y elegante, donde veo al que deduzco que es Luke, el escritor que acaba de mencionar Nimue, hojeando un libro frente a una librería que ocupa toda la pared. No hago ruido, por lo que no se da cuenta de mi presencia, y me permito la licencia de observarlo más de lo que debería. Es alto, atlético, nadie diría que se trata de un escritor que pasa sus días sentado frente al teclado, porque ese cuerpo esculpido por los dioses requiere de un trabajo exhaustivo en el gimnasio. Cabello castaño claro ondulado, intuyo que tiene los ojos azules, y una elegancia natural que me recuerda a James Bond. No me cuesta mucho elucubrar sobre su vida en solo un segundo: es probable que fuera a un colegio de pago de lo mejorcito, que sus padres aún vivan en una casa señorial en el campo con pista de tenis en la que se crio rodeado de montones de hermanos y hermanas, primeras ediciones en las estanterías y cuadros que podrían ser o no ser valiosos, pero ni lo sabían ni a nadie le importaba. Sigo mirándolo en silencio, regalándole una vida que puede que sea, puede que no, y así durante un rato más, hasta que doy un paso y la madera vieja del suelo me traiciona crujiendo estrepitosamente. El tal Luke, pese a lo centrado que parecía estar en el libro, un tomo viejo con letras doradas incrustadas en la cubierta de cuero, levanta la vista y, al verme, sonríe. Tengo la seguridad de que esa sonrisa ha provocado unos cuantos vuelcos en el estómago.
—Hola, perdona la interrupción —me disculpo—. Soy Alex.
—Hola, Alex, encantado.
Habla muy bien castellano. Deja el libro en el estante con cuidado y lentitud y se acerca a mí. Huele maravillosamente, a lima y a algo suave y almizclado. No tiene los ojos azules como creía, sino verdes. Un verde claro precioso. Me tiende la mano y se la estrecho. Me pone un poco nerviosa. Vuelvo a pensar que no tiene pinta de escritor. Rozo su piel unos pocos segundos, los suficientes para notar que la tiene áspera. Más bien parece un hombre de acción.
—Soy Luke Campbell —se presenta.
—Escritor, imagino.
—Sí, estoy escribiendo mi primera novela —contesta mirándome con interés—. ¿Y tú?
—Publiqué un libro el año pasado.
Me quedo callada un momento. Otra vez los recuerdos. Tan solo es un flash, pero Jan tiene la mala costumbre de perseguirme como una sombra pesada allá donde voy. Luke no tiene nada que ver con él, son polos opuestos, tanto físicamente como intuyo que de carácter. No sé por qué los comparo. Jan no tiene ni de lejos la elegancia que desprende el hombre que tengo delante, pero, sin que venga a cuento ni la situación se parezca lo más mínimo, me acecha el recuerdo del día en que conocí a Jan en la terraza del hostal Montserrat como si hubiera ocurrido ayer. En realidad, ¿cuándo lo he olvidado? Nunca. Solo han pasado tres meses, necesito más tiempo.
—Ahora busco la inspiración para el segundo libro —añado mirando al suelo, después del raro silencio en el que Luke ha esperado pacientemente a que añadiera algo más.
—¿Eres de Barcelona? —pregunta curioso.
—Sí.
—Qué bonita ciudad. Y qué acogedora. Me encanta la Sagrada Familia.
—Dicen que la terminan en 2026.
—¡Por fin! —ríe despreocupado—. Bueno, Alex, será mejor que suba a mi habitación a escribir un poco.
—Claro.
—¿Nos vemos en la cena? —Esboza una sonrisa, lenta y sexi. Asiento no muy convencida. ¿Es obligatorio cenar todos juntos? ¿Hay una especie de horario, puedo cenar sola en mi habitación e ir a mi bola, o tengo que relacionarme con la gente sí o sí? Últimamente he estado un pelín antisocial—. Después de la cena suelo escaparme a un bar del pueblo a tomar una copa. Si te quieres escapar conmigo, ya sabes.
Su propuesta hace que me ruborice. Ya ves tú, qué tontería, pero noto que las mejillas me arden. ¿Se me nota mucho? ¿Por qué se ríe? ¿Se está riendo de mí?
—Juliette y Alizee también salen a tomar una copa después de cenar, les va bien porque ellas escriben de noche —añade.
—Ah… Bueno, me encantará ir con vosotros al bar —acepto la invitación, recalcando el «vosotros».
—Nos vemos luego. Para lo que necesites, habitación 1. Es la mía.
Cuando Luke se va, me acerco a la biblioteca. Hay títulos interesantes, primeras ediciones de clásicos con un valor incalculable. Con delicadeza, como si las páginas amarillentas pudieran resquebrajarse, cojo una edición antigua de Don Quijote de la Mancha, que examino durante poco rato, ya que el crujido de la tabla de madera me advierte de una presencia bajo el arco. Es Nimue, observándome en silencio, cautelosa, con la mirada perdida en el libro que sostengo entre las manos.
¿Qué tendrá de especial observar en secreto a alguien mientras lee? Yo lo suelo hacer mucho en el metro, las caras que pone la gente al leer son de lo más curiosas. Al principio, me ilusionaba ver a alguien con un ejemplar de mi libro Todos mienten, y hasta hice alguna foto con disimulo. Pero supongo que me fui acostumbrando y ya dejó de parecerme insólito. El encanto de las primeras veces nunca vuelve.
—Ya has conocido a Luke. Es agradable, ¿verdad? —comenta Nimue de manera sugerente, esbozando una sonrisa maliciosa. Me recuerda a mi madre cuando se empeña en organizarme una cita a ciegas con algún hijo de sus amigas, haciéndome sentir como una de las hermanas Bennet, versión siglo XXI—. Tu habitación ya está lista. Es la de la puerta número 3.
«Tres… Tres… No pasa nada, no lleva el uno delante», rumio, y ahora es Montse quien me viene a la cabeza por la tabarra que le di en su hostal con la habitación número 13.
—Gracias, Nimue. Subo a dejar mis cosas.
—¿Quieres que te acompañe?
—No es necesario.
—A las ocho y media sirvo la cena. Puedes bajar, cenar con nosotros, en tu habitación… lo que te apetezca. No hay normas. Abrí este retiro hace un par de años y todos los escritores salen de aquí con una novela bajo el brazo —me cuenta orgullosa—. Salvo Sarah —ríe nerviosa—. Espero que salgas de aquí con un próximo éxito de ventas, Alex, sé que tu anterior novela tuvo mucha repercusión. Estaba inspirada en un caso real, ¿no?
—Sí, aunque no acerté en la resolución, así que dejémoslo en que se trata de una ficción —le explico, dejando el libro de Cervantes en la estantería con el mismo mimo con el que lo he cogido, emprendiendo el camino en dirección a las escaleras.
—Este sitio te inspirará —me asegura, dándome la llave de mi habitación en el momento en que paso por su lado.
Nimue es agradable. Pero hay algo en ella que no me gusta. Puede que, después del caso de Silvia Blanch, me haya vuelto más recelosa, algo que me desagrada, pero, tras comprobar de primera mano de lo que es capaz de hacer el ser humano, no lo puedo evitar. He aprendido que tengo que hacer más caso a mi intuición y a Nimue la envuelve un halo misterioso que me provoca cierta incomodidad. Quizá es este ambiente de casa victoriana, cielo gris, acantilados y bosques bucólicos a su alrededor que influye en que vea a la propietaria del retiro literario con malos ojos, aun sin conocerla de nada.
6
LUKE
—Soy yo otra vez. He hablado con ella, parece de confianza.
—No te fíes de las apariencias, Luke, ya sabes que quien menos…
—Ya, ya, pero creo que solo viene a escribir.
—Bueno, tú no la pierdas de vista. Es una chica lista, basta un empujoncito para que se dé cuenta de lo que pasa.
—Igual es lo que nos conviene. Que se dé cuenta. De todas formas, yo me encargo. Seré su sombra.
—Bien. Ahora te tengo que dejar.
—Te iré informando.
7
ALLY
5 de marzo de 2020
Dos días antes de desaparecer
—¿La has vuelto a ver, eh? ¿Has vuelto a estar con ella? ¡Maldito cabrón!
Me tapo los oídos. La voz de mamá es cada vez más rabiosa, insoportable. Me pregunto qué dirán los vecinos, qué pensarán de ella, siempre tan histérica, siempre tan mala. A mí me miran con cara de pena. Solo hace siete meses que estamos en este pueblo y la gente ya habla de nosotros. Los ingleses chiflados. Mamá no trabaja, dice que no vale para casi nada, pero para lo que sí vale es para llamar la atención. Papá no habla, al menos desde mi habitación no lo oigo. Si lo hace, es en un susurro, porque no quiere preocuparme. Pero mamá vuelve a gritar.
—¡Te odio, Arturo! Eres lo peor que me ha pasado en la vida. ¡Lo peor!
Lloro.
Lloro porque soy demasiado pequeña para defender a papá y, si lo hago, tengo miedo de que mamá se enfade conmigo y me dé un bofetón. La odio con todas mis fuerzas.
Cojo mi peluche, el que siempre tengo en la cama. Soy muy mayor para peluches, pero abrazarlo y acariciarlo me calma. Así parece que lo que dice mamá no tiene tanta importancia, es como si doliera menos, aunque veo en los ojos tristes de papá que está loca. Sí, eso es. Está loca. Y papá no la deja por mí, para seguir estando conmigo.
A lo mejor la locura es genética y se hereda como el color de ojos. Mamá siempre dice que la abuela está loca, por eso no vamos a verla, pero ¿qué es lo que ha vuelto loca a mamá?
8
ALEX
En el pasillo de la segunda planta, cuyas paredes están decoradas con fotografías locales en blanco y negro de Port de la Selva, hay seis puertas. Cada habitación tiene una placa dorada con su respectivo número: 1, 2, 3 y 4. Al fondo, hay un par de puertas más que he comprobado que conducen a los cuartos de baño, uno para hombres y otro para mujeres. Lo de compartir cuarto de baño no me hace gracia, me recuerda a las convivencias de tres días del colegio a las que nunca quería ir, pero mi madre me obligaba. «Tienes que sociabilizar más, Alejandra», decía. Una excusa como cualquier otra para quedarse a solas con mi padre y ahorrarse una canguro. En fin. Espero que las escritoras alojadas sean pulcras y ordenadas y no dejen sus pelos estancados en el desagüe de la ducha.
Abro la puerta 3. Mi habitación. Vuelvo a pensar en Montse y en su hostal, en la brasa que le di, en que al 3 le faltaría un 1 delante para que regresaran los recuerdos de Montseny.
Quita, quita.
El cuarto me recibe oscuro. Son casi las siete de la tarde y apenas entra luz por la ventana de guillotina, que abro nada más dejar la maleta sobre la cama con dosel. Creo que Sarah Clark fumaba, huele a tabaco y el aire está viciado.
Frente a la cama, hay un sofá de terciopelo granate, y debajo de la ventana un escritorio de grandes dimensiones. Nimue debe de saber que todo escritor que se precie no se caracteriza por ser ordenado mientras trabaja. En mi caso, entre el portátil y el despliegue de apuntes y libros que esparzo sobre la mesa, me va a venir fenomenal que la mesa de trabajo sea tan grande.
Deshago la maleta y dejo la ropa colgada en el armario. Lo hago rápido porque en mi cabeza empieza a asentarse algo, pero antes tengo que saber quién es o quién era Ally Fian. Qué le pasó. La desaparición de una niña… ¿Acaso hay algo más triste? Pienso en sus padres. En los padres de Silvia Blanch, especialmente en su madre. En todas las personas a las que parece que se las traga la tierra y de las que nunca se vuelve a saber nada, y da igual dónde sea, porque hasta los lugares en calma como en el que me encuentro, son posibles escenarios para que suceda lo peor.
Abro el portátil. Nimue ha dejado escrito en un papelito la clave wifi. Me sorprende que en un lugar así llegue internet, pero qué sería de mí sin «San Google». Mientras el ordenador arranca, miro el móvil. Lo tenía en silencio, ya que, con tanta curva, haberlo mirado a cada rato habría tenido fatales consecuencias. Tres mensajes de mi madre en el buzón de voz. Ya la llamaré. Me entretengo mirando Instagram y Facebook. Tengo cientos de comentarios deseándome suerte debajo de la foto de una cala cualquiera de Port de la Selva que he cogido de Pinterest y he subido a las redes por puro aburrimiento mientras esperaba al chófer. El ordenador está listo, pero no puedo apartar los ojos de la pantalla de mi móvil. El último comentario es de Jan.
—Jan… —murmuro su nombre.
¿Cuándo se ha abierto un perfil de Facebook? ¿No era de los que estaba en contra de exponer la vida personal en redes? No le pega nada usar redes sociales.
«Te deseo lo mejor, Alex», ha escrito hace veinticuatro minutos, sin tener en cuenta que su comentario puede volver a abrir la caja de Pandora.
Me da un vuelco el corazón. Y tengo ganas de llorar. Entro en su perfil. Jan Blanch. No tiene foto de portada, pero sí una de perfil de su caballo preferido, Tristán. Sonrío. Ni siquiera me ha enviado una solicitud de amistad. ¿Sabrá cómo funciona Facebook? De pronto, solo me asaltan recuerdos bonitos. Los atardeceres estivales desde la granja, nuestros cigarros a medias, la ternura con la que me rozaba la comisura de los labios con el pulgar justo antes de besarme, su sonrisa, sus miradas… Esas miradas de reojo… Él creía que no me daba cuenta, pero siempre le pillaba. Siempre. Echo en falta que alguien me mire como lo hacía él, tan pendiente de mí, como si nunca quisiera perderme de vista. Supongo que es normal idealizar momentos del pasado con alguien cuando lo echas de menos. En realidad, ninguno de nuestros momentos fueron tan perfectos como se me antoja recordarlos ahora, pero eso le convierte en una persona tan especial, que tampoco quiero despedirme de lo poquito que me queda de él. A veces, visualizo con tanta claridad a Jan, aunque sea en sueños, que es como si lo tuviera delante y pudiera tocarlo. Pero no me viene bien. Me pongo triste. Y no me gusta esta melancolía, por mucho que aseguren que es vitamina para los artistas.
Pensativa, me asomo a la ventana, desde donde tengo unas vistas privilegiadas de la entrada y, más allá, alcanzo a ver un pedacito de mar. Nimue, inconfundible por su melena blanca, está de pie frente a la verja. Al otro lado hay alguien, un hombre, pero no alcanzo a verle bien la cara, solo puedo distinguir que tiene barba. Están hablando, diría que en tensión por cómo Nimue aprieta cada vez más fuerte la mano que tiene colocada alrededor del barrote. Me fijo en la rigidez de su espalda y en la de los hombros. Los espío durante dos o tres minutos, hasta que ella se gira y levanta la mirada hacia mi ventana, momento en que me agacho dejando caer la cortina.
¿Me habrá visto? Niego con la cabeza. No es posible, he sido rápida.
Cuando el wifi obra el milagro y consigo conectarme, abro Google.
Tecleo Ally Fian.
«Quizá quisiste decir: Ally Final», sugiere el buscador erróneamente.
No, no, no.
«Ally Fian», insisto.
Y es que no aparece nada, absolutamente nada, de una niña desaparecida en Port de la Selva, lo cual me extraña, porque toda desaparición, en cualquier parte del mundo, el buscador, valga la redundancia, la encuentra.
Pruebo con «Ally Fian desaparecida», «Ally Fian, niña desaparecida en Port de la Selva», «Desapariciones en Port de la Selva 2020»… Me estrujo la cabeza durante un buen rato con infinitas posibilidades que no dan ningún resultado. La única noticia que se le parece se remonta al año 2009. Y es igual de terrible: hallazgo del cuerpo de una niña alemana de seis años en el fondo de un acantilado de cuarenta metros de altura, después de perderse cerca de la ermita de Sant Baldiri, en Cap de Creus, mientras estaba de excusión con sus padres y hermanas.
Google no sabe nada, no conoce a Ally Fian.
¿Cómo es posible?
A lo mejor Bruce se ha confundido con el nombre o el apellido, parece un tipo distraído. Entonces, recuerdo un detalle más: dijo que la niña desapareció por culpa de la maldición de la bruja Arsenda. Busco su nombre. «Bruja Arsenda, condenada por brujería», «Maldición en Port de la Selva»… Y así, llego hasta un artículo que habla de la caza catalana de brujas, especialmente intensa en la Cataluña del siglo XVII en los tribunales civiles. Leo entre líneas, salto párrafos enteros que hablan de aquelarres, pactos satánicos, pócimas, pobreza…, y pongo especial atención a la parte en la que se habla de la primera oleada de represión, que se dio antes de 1620 y afectó a comarcas como Osona, La Segarra y Urgell. En Vic, que es donde Bruce me ha dicho que condenaron a Arsenda, fueron procesadas cuarenta y cinco mujeres entre 1618 y 1622 que, en su mayoría, murieron ahorcadas. En los años sucesivos, en el Berguedà y en las tierras cercanas a Montseny, se produjeron numerosas detenciones y ejecuciones que se extendieron también al Rosellón y a la Cerdaña.
Histeria colectiva, voy llegando al final, al final y…
No puede ser.
9
ALEX
ARSENDA EIMERIC,
LA BRUJA QUE ARDIÓ EN PORT DE LA SELVA.
Aún no he conocido a nadie que sea tan supersticioso como yo, pero no creo en brujería ni en temas esotéricos, los evito, me dan mal rollo. Las pocas veces que he visto el programa sobre fenómenos paranormales Otra dimensión me ha costado conciliar el sueño pensando que en cualquier momento se me podía aparecer el espíritu de mi abuela a los pies de la cama.
No se sabe mucho sobre Arsenda, pone en el inicio del párrafo, solo que fue una de las mujeres procesadas en Vic durante la segunda mitad del siglo XVII y condenada a muerte, siendo la única a la que trasladaron al poblado de Selva de Mar por orden de un poderoso terrateniente que la quería alejar de su hijo, con quien huía por las noches al bosque para hechizarlo. Era tal el dolor que le causaba Arsenda al chico, que apenas era capaz de levantarse por las mañanas.


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