En busca de Philbert Woodbead de Anya Wylde

En busca de Philbert Woodbead de Anya Wylde

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***SOLO HOY ¿Un último baile, milady? de Megan Maxwell 

Regresa Megan Maxwell con una novela romántico-erótica tan ardiente que se derretirá en tus manos.

Sexo. Familia. Diversión. Locura. Vuelve a soñar con la nueva novela de la autora nacional más vendida...

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En busca de Philbert Woodbead de Anya Wylde pdf

En busca de Philbert Woodbead: Una alocada novela de Regencia de Anya Wylde pdf descargar gratis leer online

La vida de la señorita Celine Fairweather se deslizaba como una balsa por un arroyo tranquilo hasta que una llamada de su querida hermana Penélope Radclyff, duquesa de Blackthorne, lo cambió todo. Celine se instala en Londres para ayudar a la duquesa a dirigir la mansión Blackthorne al tiempo que trata de descubrir el paradero de Philbert Woodbead, su amor desaparecido.

Durante una semana, se las ingenia para que todo sea mortalmente aburrido y nada escape a su control, hasta que el apuesto lord Elmer —un bribón, expirata y seductor incorregible al que los maridos de todas las mujeres atractivas de Inglaterra querrían echar el guante— se ofrece a ayudarla en su búsqueda. Juntos correrán un sinfín de aventuras y escaparán del peligro por los pelos mientras buscan a Philbert en sórdidas posadas y calles polvorientas.

Entretanto, Celine procurará mantener el sombrero en su sitio, los guantes impecables y el corazón en sintonía con la cabeza. La vida se ha vuelto emocionante de la noche a la mañana y el amor le ha dado un buen mordisco en las posaderas. Ahora solo falta saber… ¿quién la ha mordido?

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PRÓLOGO
A finales de marzo del año mil setecientos y pico, una enorme goleta reposaba sobre un mar azul en calma, frente a las costas de Inglaterra.
Era media tarde y nada turbaba la lisura del agua cristalina, pues allá arriba, en lo alto, el cielo había enviado sus nubes grises rumbo a Londres.
El sol bañaba la cubierta, donde diversos caballeros a los que les faltaban dedos, dientes, un pie o una mano yacían en el suelo por toda la goleta, sesteando para pasar el rato.
Aquella no era una goleta corriente (como puede adivinarse por los miembros amputados a los que aludíamos más arriba), sino una goleta pirata, y los caballeros que la poblaban no eran verdaderos caballeros, sino saqueadores, ladrones y facinerosos.
Sí, señor, eran aventureros sin escrúpulos ni respeto por la vida ajena, además de ratas de agua apestosas.
Eran todos piratas. Todos y cada uno de ellos. Hasta el último. De hecho, no podrían haber sido más piratas ni aunque lo intentaran. Y lo intentaban. ¡Ah, cómo se esforzaban por ser más diabólicos que el mismo diablo!
Uno de ellos era casi, casi diaboliquísimo, si es que existe esa palabra. Y, si no existe, debería existir, porque describe a la perfección a aquel hombre alto y fornido, de ojos grises, larga melena negra entreverada de plata y boca cruel. Un hombre tan malvado que su sola mención hacía que la luz de la tarde se empañara, que el viento soplara con más brío, que los hombres despertaran de su siesta, que el té se saliera de la taza… ¿Por dónde íbamos?
Ah, sí, el capitán del barco, el filibustero mayor, el infame Black Rover —cuyo nombre bastaba por sí solo para asustar a los niños y obligarlos a comportarse— era el dueño y señor de esta goleta pirata llamada La Alondra Desesperada y el cabecilla de aquella banda de fornidos holgazanes.
Irrumpió ahora en medio de la cubierta, espantando a las gaviotas, que echaron a volar entre chillidos. Su aparición hizo que los hombres se dispersaran al instante, y su ceño fruncido los hizo buscar refugio en el pantoque. Mientras corrían a esconderse, Black Rover agarró por la manga a un hombre con una sola pierna —su ayudante de confianza— y en voz baja, refinada y cortante preguntó:
—¿Quién ha sido, Tim? ¿Quién es el ladrón?
—George Rodrick Irvin, futuro conde de Devon, quien de momento ostenta el título honorífico de vizconde Elmer —respondió Tim con voz chillona—. Ese al que apodamos Lord Bribón.
—Matadlo. —Black Rover era hombre de pocas palabras.
Tim respondió con una reverencia.
—Y secuestrad a los cocineros —añadió Black Rover.
Tim se atrevió a fruncir el ceño.
—¿A los cocineros?
El capitán torció el gesto, furioso.
—Y a los jefes de cocina también. Quiero que todo el que sepa cocinar sea secuestrado y torturado hasta que lo recuperemos.
—¿Hay que torturarlos? —preguntó Tim, incómodo—. ¿No podemos matarlos y ya está? Odio torturar. Es un engorro. No me gusta nada que lloren, y todos lloran.
Black Rover esbozó una sonrisa cruel. Se inclinó hacia Tim y le susurró tres palabras a la oreja carcomida:
—Plumas de paloma.
—Uy, uy, uy. —Los ojos de Tim, con sus cuatro pestañas, se agrandaron llenos de admiración. Meneó la cabeza, maravillado por la inteligencia de su capitán. Tenía delante de si al hombre más listo del mundo, se dijo con orgullo.
Plumas de paloma… Black Rover era un genio, pardiez.
CAPÍTULO UNO
Era primero de abril y la hora, las siete de una mañana fantasmagórica. Finnshire estaba sumido en una luz gris y apagada y soplaba un viento frío, brumoso y fétido. Las abejas y los saltamontes se resguardaban tristemente bajo las hojas empapadas, y los pájaros piaba y gorjeaban y piaban.
Los labriegos de Finnshire alargaban el desayuno a la espera de que el sol se abriera paso entre las nubes mientras los chiquillos se acurrucaban bajo las mantas haciendo oídos sordos a los gritos de sus madres, que les mandaban levantarse para ir a ordeñar a las vacas. En cuanto a las vacas mismas, olfateaban con melancolía el aire helado y movían el rabo con desgana para ahuyentar a las pocas moscas que revoloteaban ávidamente a su alrededor.
Se suponía que era primavera.
Era también uno de esos días que ponen a prueba el ánimo, uno de esos días en que el mundo parece haber perdido toda su vitalidad, como si se la hubieran absorbido hasta dejarlo seco. El típico día en que nadie en su sano juicio se aventura a salir por simple diversión. No era, por descontado, un día para dar un paseo y, sin embargo, eso era lo que hacía la señorita Celine Fairweather: pasear.
Hay que decir, en justicia, que Celine no paseaba por gusto. Era más bien un deber, un hábito y una cuestión de disciplina. El Manual de la señora Beatle para la perfecta dama inglesa afirmaba categóricamente que una dama debía levantarse temprano para salir a dar un paseo a pie o a caballo. Al parecer, hacer un poco de ejercicio era bueno para la salud.
Por eso Celine avanzaba con denuedo por aquel camino rural que conocía tan bien, hundiendo los botines marrones en el barro, con la cara, normalmente atractiva, teñida de un color rojo muy poco favorecedor.
Y mientras caminaba, inflándose y desinflándose sus carrillos como dos pelotitas encarnadas, no reparaba en el hermoso pájaro de pecho verde brillante posado en una rama, ni en la media luna plateada que rielaba aún en el cielo sonrosado. Tampoco se detuvo a admirar al apuesto granjero que cortaba leña exhibiendo su musculatura con un brillo de sudor en la piel.
Tenía los ojos fijos en el suelo embarrado, y sus pies pequeños y delicados sorteaban cuidadosamente las lombrices y escarabajos y las boñigas de estiércol que encontraba en el camino. Y mientras su cuerpo marchaba adelante sin reparar en el aire gélido o en los olores repulsivos, su mente estaba atareada planificando la jornada, pues Celine Fairweather no era, ni muchísimo menos, una persona fantasiosa.
No era tampoco, por otro lado, una anciana de noventa años con el cabello blanco y la piel arrugada. Era una joven en edad casadera que se pasaba el día siendo buena y obediente y cultivando los modales corteses y refinados de la perfecta dama inglesa.
En resumidas cuentas, Celine era desmañada, insulsa y aburrida, y había que hacer algo con urgencia o pronto pasaría de ser medianamente prosaica a ser insoportablemente mojigata y relamida.
Dio la casualidad de que ese algo sucedió justo en el momento en que Celine doblaba la curva que llevaba a su casa, cuando vio que un hermoso carruaje adornado con el blasón de los Blackthorne avanzaba a toda velocidad hacia ella desde el otro extremo del camino.
El carruaje y ella se detuvieron al hallarse frente a frente. Celine se quedó paralizada de asombro; el carruaje, en cambio, no sintió nada, pues era un objeto inanimado.
El cochero, al reconocerla, saltó del pescante.
—¿Ocurre algo? —preguntó ella, preocupada.
El hombre se encogió de hombros.
—La duquesa le manda esta carta, señorita. Es urgente.
—Vaya a la cocina. El cocinero le dará algo de comer —contestó Celine.
Tomó la carta y pasó el dedo con nerviosismo por el sello de la duquesa.
La duquesa de Blackthorne era su querida amiga y hermana, Penélope Radclyff. Celine apretó el paso. Penélope estaba embarazada de ocho meses. No le habría pasado nada malo, ¿verdad?
Abrió la verja de un empujón y avanzó por el sendero que conducía a la casa. Su mente bullía, llena de interrogantes. ¿Por qué le enviaba Penélope la carta de esa manera? ¿Por qué había mandado el coche?
Debería haber esperado hasta entrar en la casa para leer la misiva de su hermana. Era lo que le habría aconsejado la señora Beatle, puesto que la paciencia era una virtud que toda dama debía cultivar.
Celine decidió cultivarla después y rasgó el sobre.
Echó un rápido vistazo a su contenido y llegó al final de la página. Le dio la vuelta y volvió a ojearlo de un lado y de otro. Estaba leyendo la carta por tercera vez cuando una fría gota de lluvia le dio en la nariz.
Levantó la cabeza, aturdida.
Otra gota helada la hizo volver al presente.
Abrió la boca y, desoyendo por una vez los consejos de la señora Beatle, que afirmaba que una señorita no ha de levantar la voz bajo ningún concepto, vociferó como un guerrero tribal fuera de sí:
—¡Haz las maletas, Dorothy! ¡Nos vamos a Londres dentro de una hora!
***
Se abrieron las nubes y el sol radiante brilló en todo su dorado esplendor sobre los habitantes de Finnshire. Al entrar en calor, los pájaros, las abejas y los saltamontes cantaron y zumbaron más alegremente y la brisa se tornó dulce y agradable. La primavera había decidido descender por fin sobre Inglaterra, bendiciéndola con su suave aleteo.
Celine y Dorothy sonreían, encantadas. Hacía un día muy hermoso para viajar.
—Empezará a llover en cuanto salgáis —vaticinó Lily.
Ellas ignoraron a su hermana y se concentraron en el lacayo, la doncella y el cochero, que estaban atareados metiendo las maletas en la parte de atrás del carruaje.
—Acordaos de lo que os digo —añadió Lily en tono agorero—. Está al caer una horrenda tempestad. Yo que vosotras retrasaría el viaje un par de meses.
—Penélope nos necesita ahora —repuso Celine escuetamente, y dio indicaciones al cochero para que colocase las maletas más pequeñas debajo del asiento. Las más grandes iban en el techo, bien sujetas.
—¿Cuántos años pensáis pasar en Londres? —preguntó Lily mientras encajaban otra maleta debajo del asiento.
—Poco menos de dos meses —contestó Celine.
—El carruaje no aguantará tanto peso, me temo —comentó Dorothy—. Las maletas grandes romperán el techo y se nos caerán encima, y las de abajo reventarán, porque para cerrarlas hemos tenido que sentarnos encima tres personas.
—Ojalá revienten —dijo Lily.
Celine la miró con mala cara. Lily no había dejado de incordiarlas desde que sabía que se marchaban a Londres sin ella.
—Veintiuna maletas quizá sean demasiadas, Celine —opinó Dorothy.
—Todas son esenciales —repuso su hermana con firmeza.
—Deberíamos ir contigo —dijo Lily, poniéndose a lloriquear de repente—. Tenemos dieciocho años, mientras que esa pillina de Dorothy solo tiene trece.
—¿Quiénes? —preguntó Celine, desconcertada. Allí no había nadie más que tuviera dieciocho años, salvo Lily. A no ser que… Celine agarró la mano de su hermana y se la acarició con ternura—. Lily, ¿cuántas personas viven dentro de tu cabeza? —preguntó con delicadeza.
—Hablaba en plural mayestático, como una reina —resopló ella apartando la mano—. De verdad, Celine, mira que eres boba a veces.
—Tú no eres reina —replicó Dorothy.
—Pero podría serlo. A fin de cuentas, si Penélope consiguió pescar al duque de Blackthorne, yo puedo encontrar a un príncipe.
Celine apretó los labios y se abstuvo de responder. Le había dicho a todo el mundo que Penélope le había pedido que llevara consigo a Dorothy, cuando en realidad su hermana no había hecho tal cosa.
A decir verdad, Lily era un facsímil de su madre. Celine podría haber pasado por alto su avaricia, su mal genio y su humor bilioso, pero no podía ignorar que, además, Lily era una entrometida. Y eso era sencillamente inaceptable.
—Dorothy, dile a Gunhilda que se dé prisa —dijo dándole la espalda a Lily.
—¿No podemos dejarla aquí? —preguntó Dorothy, esperanzada.
—Me temo que no, tesoro. Tu institutriz tiene que acompañarnos —contestó Celine al tiempo que acariciaba la cabeza de su hermana.
—Cuidar de la duquesa no va a ser nada divertido —comentó Lily cuando Dorothy echó a correr hacia la casa.
—Sí, será trabajoso —convino Celine.
—¿Va a entregar su alma a Dios?
—Penélope está perfectamente sana, Lily. Va a dar a luz dentro de menos de dos meses y necesita alguien que la ayude a llevar la casa durante una temporada.
—Tiene a la duquesa viuda para que la ayude.
—La duquesa viuda se ha roto una pierna en Bath. Ella y Anne, la hermana del duque, habían ido allí a visitar a un pariente enfermo.
Lily sonrió, ufana.
—No tendrás ni un minuto libre.
—Cierto.
—Además, no tienes ni idea de cómo llevar la casa de una duquesa.
—El mayordomo, el ama de llaves y Penny me ayudarán.
La sonrisa de Lily se hizo aún más grande.
—Qué aburrimiento. Dudo que tengas oportunidad de ir a visitar los monumentos o de asistir a fiestas.
—Penélope no puede salir de Blackthorne y yo no puedo ir sola a recorrer Londres.
Lily se apoyó en su sombrilla, visiblemente complacida y satisfecha.
—No me explico cómo has convencido a mamá de que te deje ir. No es ningún secreto que detesta a Penélope.
—Puede que deteste a su hijastra, pero se preocupa mucho por sus hijas.
—¿Y qué?
—Que le recordé que el duque tiene muchos amigos.
—¿Amigos varones?
Celine asintió con un gesto.
—¿Solteros?
—Y que buscan esposa.
A Lily se le ensombreció otra vez el semblante.
Después de aquello, las dos hermanas guardaron silencio, hasta que Dorothy regresó dando brincos, seguida por la institutriz y la doncella de Celine.
Pasaron diez minutos recolocando las maletas dentro del carruaje para que estorbaran los menos posible, y otros veinte intentando que Lily se despegase de la rueda del coche.
Por fin, se despidieron y el carruaje con el escudo de los Blackthorne grabado en las portezuelas abandonó la casa de los Fairweather y salió a la carretera, rumbo a Londres.
CAPÍTULO DOS
El espino negro es, como su propio nombre indica, un arbusto espinoso de corteza casi negra. Las hojas de esta planta se disfrazan de hojas de té común, mientras que sus frutos son prácticamente inservibles.
El arbusto suele usarse para formar un seto afilado, a fin de disuadir a los animales de acercarse a una zona acotada o impedir que entren alimañas.
La mansión Blackthorne poseía muchas de las características de esta planta, con la que compartía nombre. Sus muros grises e imponentes protegían a sus habitantes manteniendo fuera a individuos sin escrúpulos y procurando al mismo tiempo que los ocupantes menos cuerdos de la casa siguieran dentro de ella.
Situada en el corazón de Londres y rodeada de exuberantes y cuidadas praderas de césped, la mansión era como un hermoso cactus que brotara airosamente del suelo.
Había sido construida en el siglo xiv y, con el paso de los años y las generaciones, el edificio original había ido creciendo, prosperando y extendiéndose. Y como las modas cambian con las épocas y los gustos difieren de una familia a otra, a medida que crecía había ido incorporando elementos romanos, griegos, góticos y orientales.
Cuando se juntan y se embarullan tantos hermosos estilos arquitectónicos, el resultado tiende a ser digno de pasmo, y Blackthorne no era una excepción a esta regla.
Era, sin duda, un edificio antiestético. Cualquier persona sincera habría estado tentada de decir que no solo era antiestético, sino que era, de hecho, una monstruosidad y un baldón para Inglaterra. Pero la familia Radclyff, que actualmente residía en ella, defendía su amado hogar alegando que «aunque quizá fuera una ofensa para la vista, nadie podía negar que tenía carácter».
Celine habría deseado que lo tuviera en menor grado. De hecho, preferiría que no tuviera ningún carácter, porque la mansión no solo era grande y estaba llena de recovecos difíciles de limpiar, sino que caminar por sus pasillos de noche era una perspectiva muy poco agradable. Llevaba una semana allí y todavía, de vez en cuando, necesitaba la ayuda de una criada para orientarse por los largos y serpenteantes corredores de la casona.
Ahora se hallaba apoyada en el alféizar de una ventana de la sala del desayuno, reflexionando sobre la vida. El estilo de vida londinense, pensaba, era muy distinto del mundo rural en el que ella había crecido. En Finnshire, sus días eran como un barquito de madera que se deslizaba balanceándose suavemente por un arroyo tranquilo. En cambio, la semana que llevaba en Londres había pasado tan rápidamente como una rana lanza su lengua pegajosa para atrapar una sabrosa mosca.
El aire fresco de la mañana acariciaba su cara mientras observaba a las lecheras de tez blanquísima que miraban a los sirvientes de la mansión agitando las pestañas. Algunos muchachos se atrevían a guiñar el ojo a las ruborizadas jovencitas y otros se limitaban a comérselas con la vista durante un rato.
A Celine le habían dicho que el coqueteo entre las lecheras y los criados era ya costumbre en la casa y que no pasaba una mañana sin que tuviera lugar este ritual de apareamiento.
Estaba empezando a poner los ojos en blanco de puro fastidio al pensar en los hombres y sus tonterías cuando vio algo extraño por el rabillo del ojo y se quedó paralizada.
Ahogó una exclamación y entornó los ojos, inclinándose aún más sobre el alféizar.
—¿Intentas suicidarte? ¿Quieres que te dé un empujón? —preguntó Dorothy, solícita.
—Deberías estar durmiendo —contestó Celine dándose la vuelta.
—Es hora de dar de comer a mi mascota. Iba a la cocina a pedirle al cocinero un poco de leche —respondió su hermana mientras trataba de deslizarse por debajo del brazo de Celine para asomarse a la ventana—. ¿Qué estabas mirando?»
—¿Qué mascota? —Celine la apartó hábilmente de la ventana y se acercó a la Gran Escalera—. ¿Desde cuánto tienes tú una mascota? ¿Acaso has pedido permiso a tu institutriz, Gunhilda, o al duque? No estamos en nuestra casa, Dorothy, y…
—¿Por qué corres, Celine? —la interrumpió su hermana.
—No estoy corriendo. Solo camino deprisa —dijo Celine jadeando, y saltó por encima de una criada que estaba fregando el suelo de mármol. Siguió subiendo las escaleras a toda prisa, obligando a apartarse a la criada del salón y al ama de llaves, la señora Cornley, para dejarla pasar.
A Dorothy no le costó seguir el ritmo de su hermana.
—Gwerful está a punto de ponerse histérica. Es la primera vez que te ve correr. ¡Celine, para! No te tropieces con el pobre Perkins, o lo matarás.
—Repito que no estoy corriendo. Solo camino muy, muy deprisa. Una dama… nunca… corre —jadeó Celine. Apenas dirigió una mirada al anciano mayordomo, que se quedó paralizado de terror cuando hizo un quiebro para sortearlo y siguió subiendo hacia la Galería de Tapices.
Dorothy se detuvo un instante para comprobar que el mayordomo seguía respirando.
Así era, en efecto.
Luego, volvió a echar a correr detrás de Celine.
—¿A quién buscas? ¿Qué has visto?
—Al duque —respondió Celine casi sin resuello—, busco al duque.
Al enfilar el pasillo apretó el paso y esquivó a los sirvientes que iban de acá para allá preparando la casa para la jornada. Buscó al duque en la salita de mañana, en el comedor y en la sala de visitas.
Por fin, lo encontró en el despacho.
Estaba de pie frente a la chimenea, besando apasionadamente a Penélope.
—Tendrías que haber llamado a la puerta —le susurró Dorothy al oído a Celine.
Ella no respondió. Enrojeció al contemplar la escena.
El duque tenía todo el derecho a besar a Penélope. Después de todo, estaban casados. Pero la estaba besando en el despacho, y además Penélope estaba embarazada de muchos meses. El duque tenía que inclinarse bastante para sortear su barriga.
Celine entornó los ojos.
Para pegar los labios a los de su esposa, el duque se inclinaba decididamente hacia delante, formando un ángulo de setenta y dos grados sobre el enorme vientre de Penélope. Además, aquel beso parecía demasiado fogoso y se estaba prolongando en exceso. Resultaba un tanto indecoroso.
Celine resopló con desaprobación. Su resoplido se convirtió en un estornudo al que siguieron rápidamente cuatro breves y delicados achís.
—Charles, ¿te he hablado de los famosos estornudos de Celine? Creo que es la única veleidad que se le puede reprochar —comentó Penélope, apartándose del duque y alisándose el pelo.
Su marido frunció el ceño.
—Tendrías que haber llamado a la puerta. Además, parece que has estado corriendo. Celine, cuento contigo para mantener esta casa en orden. Mi madre ha tenido que romperse la pierna justo ahora y Penélope no está en condiciones de llevar la casa. Y hete aquí, la única mujer sensata que hay por estos contornos, correteando por la casa…
Penélope se acercó de nuevo al duque y le frotó el brazo.
—Vamos, deja de regañarla. Seguro que hay una buena razón. Celine siempre es sensata. Siempre lleva recogida con sensatez su larga melena castaña. Siempre viste con discreción, y se enfrenta a cualquier circunstancia con prudencia. La verdad es que sus únicos caprichos son sus estornudos y su nombre.
Celine se puso tensa.
—Excelencia, necesito hablar con usted urgentemente. Podemos hablar de mis estornudos en otro momento más propicio, pero…
—Ya decía yo que tenía que haber una buena razón para que mi hermana corriera —la interrumpió Penélope triunfalmente.
—¿Puedo tener una mascota? —preguntó de pronto Dorothy.
—No —contestó el duque.
—Un momento, Excelencia —dijo Celine con urgencia.
—Excelencia… —suplicó Dorothy.
—Excelencia… —ronroneó Penélope agitando las pestañas con aire seductor.
—Necesito una copa —masculló él.
—Son las seis y media de la mañana —dijo Celine, sorprendida.
—Daré de comer y vestiré a mi mascota y no dejaré que se escape del cuarto de los niños ni de mi dormitorio. Penélope tiene una cabra. ¿Por qué no puedo tener yo una mascota? —gritó Dorothy con los ojos desorbitados, a punto de tener una rabieta.
—Puedes tener tu mascota, Dorothy. Penny, un momento. —El duque depositó suavemente a su esposa en una silla y le envolvió los hombros con un chal, procurando cubrir todo lo posible su pecho generoso—. Bueno, Celine, ¿qué es lo que querías decirme?
—Excelencia… —empezó a decir ella, y luego se detuvo y miró de reojo a Penélope.
—Por favor, Celine, no te calles por mí —le rogó esta al advertir su mirada—. Si es algo urgente, significa que es espantoso y, si es espantoso, quiere decir que es emocionante. Por culpa de mi estado estoy confinada entre las cuatro paredes de esta mansión. No puedo hacer nada emocionante. Ni siquiera darme un paseo. Me han dicho que no me mueva de la cama porque estoy a punto de dar a luz. Los lacayos me han estado llevando de un lado a otro en un colchón gigante. Ha sido todo muy angustioso…
—Un caballero muy apuesto viene a visitar al duque. Está a punto de llegar —la interrumpió Celine.
—¿Y te has enamorado de él? ¿Ha sido amor a primera vista? —preguntó Penélope con aire soñador.
—No, aunque es el hombre más guapo que he visto nunca —respondió su hermana.
—Debe de ser lord Adair —dedujo Penélope.
—¿Eso es todo? —preguntó el duque echando un vistazo al reloj.
Celine respiró profundamente.
—Estaba contando la plata en la sala del desayuno cuando por casualidad he mirado por la ventana y he visto… he visto…
El duque asintió, urgiéndola a seguir.
Celine se agarró las faldas y dijo de corrido:
—He visto por la ventana a un apuesto caballero que venía a pie hacia la entrada de la mansión. Y le seguía un hombre igual de guapo, pero difunto… O sea, un cadáver.
CAPÍTULO TRES
—¿Te encuentras bien, Celine? Dices unas cosas muy raras —preguntó Penélope, preocupada.
—Los muertos no andan —añadió el duque.
—No iba andando. Lo llevaban entre dos hombres —repuso Celine con indignación.
—Es una pena —resopló su hermana—. Un hombre tan guapo, muerto… Qué tragedia.
El duque frunció el ceño.
—También sería una tragedia si fuera feo.
—Llegarán de un momento a otro, excelencia —terció Celine. Abrió la puerta y se asomó al pasillo—. ¿Le pido a una doncella que traiga té? Es muy temprano para almorzar, pero quizás el cocinero pueda preparar algo.
—No hay té para el muerto —dijo Penélope con una risita, y al instante rompió a llorar—. Soy un ser humano despreciable.
—Solo estás un poco alterada —la consoló Dorothy—. Las mujeres en tu estado siempre lo están y suelen decir cosas de lo más extrañas. Me lo contó la señorita Berry, allá en Finnshire.
—¿Y cómo lo sabe la señorita Berry? ¿Acaso está casada? —preguntó el duque, extrañado.
—La señorita Rosie Harlington Berry no puede casarse aún —le informó Dorothy—, porque tiene diez años. Pero lo sabe todo sobre el estado en que se encuentra Penny porque su madre ha tenido…
—Dorothy, vete a tu habitación —ordenó Celine.
—No quiero —respondió su hermana pequeña, horrorizada—. ¿Cómo puedes sugerirlo siquiera, sabiendo que nunca he visto a un muerto? Yo de aquí no me muevo.
—A tu habitación. —Esta vez fue el duque quien lo intentó.
Dorothy se quedó mirándolo un momento y luego dijo dócilmente:
—Como desee, excelencia.
Él levantó una ceja con incredulidad.
Todos sabían que, teniendo en cuenta lo morbosos que eran los jovencitos de trece años, Dorothy se quedaría merodeando en el rellano hasta que pasara el muerto. Solo después de echarle un buen vistazo y de pinchar un poco, quizá, al pobre hombre, se retiraría a su habitación.
El duque se frotó la sien y fijó la mirada en Celine.
Ella suspiró y asintió.
—Dorothy —le dijo a su hermana en tono de advertencia—, si ves el cadáver, su fantasma se te aparecerá eternamente.
—Tengo trece años, no cinco.
—Pues entonces deberías ser más responsable e ir a dar de comer a tu mascota —replicó Celine.
—¡Mi mascota! —chilló Dorothy—. Me había olvidado completamente de Tommy, aunque él insiste en que lo llame Littlebury.
—¿Tu mascota habla? —preguntó el duque, divertido.
—No muy bien, pero estoy intentando enseñarle.
Penélope se rio y la llamó «cielito», mientras Celine miraba a su hermana menor con preocupación. Le daba en la nariz que allí pasaba algo raro, pero antes de que pudiera interrogar a Dorothy el mayordomo llamó a la puerta.
Perkins asomó su cabeza canosa y anunció:
—Lord Adair, sus sirvientes y un caballero difunto vienen a verle, excelencia.
***
La puerta del despacho se abrió de par en par, entró una ráfaga de viento y lord William Ellsworth Hartell Adair, marqués de Lockwood, se adentró en la habitación con paso decidido.
Celine, Dorothy y Penélope ahogaron al unísono un grito de sorpresa, el duque enderezó la espalda, el mobiliario pareció de pronto más lustroso e incluso las velas mortecinas ardieron con renovado vigor.
Lord Adair era guapo, en efecto. Celine tuvo que reconocer para sus adentros, de todo corazón, que Penélope estaba en lo cierto: nunca había visto un ejemplar de hombre más atractivo. Tenía los hombros anchos, las caderas estrechas, facciones sensuales y ojos inteligentes, párpados ligeramente caídos y densas pestañas.
Saludó a las mujeres con voz grave y atrayente y procedió a dar instrucciones a los sirvientes para que depositaran al muerto en el suelo alfombrado.
Cuando las mujeres consiguieron, a fuerza de abanicarse, sustraerse al efecto que causaba sobre sus sentidos el físico de lord Adair, fijaron su atención en el infortunado cadáver.
El muerto tenía unos rasgos finamente cincelados. Su mentón denotaba un carácter obstinado, sus labios eran generosos, su nariz aguileña y su pelo, rizado, negro y rebelde, tan suave que habría sido la envidia de todos los dandis de Inglaterra. Era guapo, sí. Quizá incluso tan guapo como lord Adair, aunque resultaba difícil saberlo debido a la tétrica palidez de su piel, cuyo tono enfermizo era una mezcla de amarillo y verde.
—Adair, espero que tengas un buen motivo para depositar a un muerto sobre mi alfombra turca —comentó irritado el duque.
El muerto dejó escapar un suave ronquido.
Penélope y Celine soltaron un chillido agudo.
—Excelencia, ¿cómo puede pensar que sería tan insensible como para traer a un finado a su casa, especialmente estando su esposa en…? —Todos esperaron a que dijera «en estado de buena esperanza», «esperando un hijo» o «encinta». Pero evitó mirar el vientre abultado de Penélope y concluyó discretamente—: Habiendo damas en la casa.
Los hombros del duque se relajaron.
—Entonces, ¿le has dejado sin sentido de un puñetazo?
—Nada de eso. Anoche estuvimos en El Gorro Azul y bebimos más de la cuenta. George tiene una constitución delicada y gran afición por los licores fuertes. Una mala combinación, a la vista está. Lleva cuatro horas inconsciente.
Celine miró a George, tendido en el suelo.
—No parece muy delicado —comentó.
—No. De hecho, tiene los hombros anchos, los brazos musculosos, las caderas… — empezó a enumerar Penélope, y el duque soltó un gruñido. Sin hacerle caso, ella continuó—: Las caderas, imagino, bien firmes, aunque no puedo estar segura dado que está tumbado de espaldas.
—Estás casada —le recordó el duque—, conmigo.
—Lástima —suspiró ella.
—Tiene unos rizos morenos preciosos —comentó Dorothy con delectación.
—Dorothy, vete ahora mismo o tu mascota acabará en la carnicería —susurró Celine.
Su hermana se fue.
—¿Qué te parece, Celine? —preguntó Penélope señalando al hombre dormido.
Ella se quedó mirándolo mientras se retorcía las faldas. Por fin se dio por vencida y sacó un pañuelo bordado con rosas con el que limpió la marca de suciedad que el hombre tenía en la mejilla izquierda. Luego le enderezó una bota, le apartó un rizo de la frente y le alisó una arruga de la manga.
—Celine, no es un sofá cuyos cojines haya que enderezar —comentó Penélope—. Vamos, deja de recolocarle y dime, ¿te parece guapo?
—Tiene la cara un poquito verdosa, pero aparte de eso es muy guapo. Solamente un ojo bizco podría afear un rostro tan hermoso. ¿Es bizco, lord Adair?
—¡Ah, ya está aquí el té! —exclamó Penélope, y siguió con la mirada los platos cargados de frutas y tostadas—. ¿Azúcar? —preguntó mientras le servía una taza a lord Adair.
—Sí, por favor —respondió él.
Celine masticó una galleta. Allí estaban, tomando té en la fastuosa vajilla de porcelana de la duquesa, con un hombre postrado sobre la magnífica alfombra turca del duque. Era una situación un tanto extraña y, sin embargo, nadie parecía advertirlo.
—Creo que le he vertido encima un poco de té —dijo Penélope mirando al hombre dormido.
—Opino que deberíamos sentarnos —repuso el duque, y condujo apresuradamente a su esposa al sofá—. Así, Adair, podrás contarnos qué te trae por aquí a estas horas y quién demonios es este individuo.
Lord Adair bebió un sorbo de té. La taza de porcelana parecía ridículamente pequeña entre sus grandes manos. La vació de un solo trago y la dejó sobre la mesa.
—Resulta que este caballero ebrio es el vizconde Elmer.
—Te equivocas, Adair. Elmer es el doble de grande y bastante más fofo que este hombre, y tiene solo dos mechones de pelo aceitado en la cabeza —dijo el duque.
Lord Adair suspiró.
—Ya veo. Sin duda has estado ocupado y todavía no te has enterado de la pequeña revolución que se ha producido en casa del conde de Devon…
Penélope levantó la mano.
—Adair, ¿podrías empezar desde el principio? He estado confinada entre las cuatro paredes de esta mansión desde que descubrí que estaba encinta… Celine, cierra la boca, lord Adair sabe mucho más de mujeres de lo que tú puedas llegar a sospechar. Ahora, Adair, quiero que nos cuentes con detalle y sin prisas la historia de este vizconde. Charles, no te atrevas a interrumpir. No veo a nadie, ni a un alma, desde hace meses. Necesito oír hablar a otro ser humano, que me cuenten una historia, una chispa de entretenimiento…
—Tienes a tu alrededor casi trescientos sirvientes, a tus dos hermanas, a tu marido… Y hasta el mes pasado mi madre no se movía de tu lado. Y, por supuesto, también está sir Henry —repuso el duque, pero una mirada de su esposa le hizo callar.
—Sí, bueno, permitidme que empiece por el principio —dijo lord Adair cuando el duque y la duquesa se hubieron acomodado—. El noveno conde de Devon tiene dos hijos varones. El mayor, Richard Irvin, decidió hace poco casarse con una joven española que no sabía ni jota de inglés. El conde de Devon dio un gran baile para celebrarlo. El rey en persona sacó a bailar a la novia y fue entonces cuando sobrevino la catástrofe. La chica, que tenía la sangre caliente y la lengua afilada, protestó con demasiado brío cuando los dedos del rey empezaron a vagar con excesiva libertad mientras bailaban. No comprendió que se trataba de las yemas del mismísimo soberano, ya que su traductora y acompañante, una joven encantadora, la señorita Daisy, no pudo ilustrarla al respecto porque había bebido demasiado ponche y en esos momentos yacía despatarrada en el cenador. —Lord Adair sonrió—. Como es natural, la prometida de Richard le quitó una copa de vino de las manos a la señora Melford y la vació sobre la cabeza de su alteza real.
—¡No! —exclamaron los demás.
—Sí, y eso no es todo: cuando él se negó a soltarla, procedió a pellizcarle cierta parte carnosa cerca de la cintura. Richard y su novia huyeron a España esa misma noche.
—Cómo no —comentó Penélope.
—Después de aquello —continuó lord Adair—, el conde de Devon temía perder su título. Así que desheredó a su hijo mayor y nombró heredero al pequeño, George Irvin. Y este joven es George Irvin, vizconde Elmer y futuro conde de Devon.
—Santo cielo, así que este es el famoso George —dijo el duque mirando con renovado interés al hombre postrado.
—¿Famoso por qué? —preguntó Celine.
Lord Adair meneó la cabeza.
—De niño era un demonio y no ha mejorado con los años. Le expulsaron de Oxford, lo que para su padre supuso una humillación. Por eso el conde de Devon le echó de casa. Después, George empezó a llevar una vida verdaderamente pintoresca. Se dedicó a espiar para los franceses en contra de los ingleses, aunque en realidad estaba espiando para los ingleses en contra de los franceses. Y ha causado innumerables escándalos al coquetear con mujeres casadas. A la mitad de los maridos de Inglaterra les encantaría echarle el guante.
—Sus aventuras me traen sin cuidado —refunfuñó el duque—. Lo que quiero saber es por qué has traído aquí a este tunante.
—Se está escondiendo. Su padre le anda buscando desde que es el heredero. Quiere que vuelva a casa y entrenarle para que sea su sucesor. Pero él no quiere que lo encuentren y, al parecer, de momento no puede embarcarse, aunque no quiere decirme por qué. Vino a buscar refugio a mi casa. —Lord Adair cerró su tabaquera de plata con un chasquido—. Pero no puedo soportarlo más. Me roba el tabaco y luego se atreve a echarme el humo en la cara. Se pone mi bata, me despierta a horas intempestivas, hay gente que le persigue y no puedo aventurarme a salir con él. Coquetea con mi cocinera, tiene a mi ayuda de cámara embelesado…
—Pero ¿por qué lo has traído aquí? Eso que cuentas es un horror —insistió el duque, con los músculos de la cara crispados en señal de advertencia.
Lord Adair le dio la espalda y miró a Penélope.
—Es encantador, extremadamente encantador… Hace estragos entre las damas. Le tengo mucho cariño. Puede que me haya dejado llevar y haya exagerado al hablar de sus malas costumbres…
—Cuando hablas bien de él, no pareces muy convincente. Olvidas que yo también vivo en Londres y que por tanto he oído hablar mucho de sus andanzas —gruñó el duque.
Lord Adair irguió la espalda y miró al duque a los ojos.
—Soy su primo tercero, mientras que tú, Blackthorne, eres su primo segundo. Por lo tanto, es tu deber acogerlo. Yo tengo que irme al extranjero por un asunto urgente que me ha encomendado el rey y no puedo tenerlo en mi casa. Es una cuestión delicada. Vas a tener que cumplir con tu deber y darle a este hombre un techo bajo el que cobijar sus rizos.
CAPÍTULO CUATRO
—Creo que te estás inventando lo de ese asunto urgente para librarte de él y encasquetármelo a mí. Me dijiste que te habías retirado del espionaje —repuso el duque frunciendo el ceño.
—Había decidido retirarme, pero se trata de un caso apasionante. No me ha quedado más remedio que aceptar —respondió lord Adair.
—No creo que sea mi primo segundo. Te lo estás inventando.
—Me he pasado toda la noche repasando mi árbol genealógico en busca de la persona adecuada para encasquetarle… digo, para que le acoja. Aquí tengo la prueba —dijo lord Adair triunfalmente, y le entregó al duque el árbol genealógico—. Como ves, mi bisabuela Beatrice era hermana de la bisabuela de George. Por lo tanto, la tía abuela de George, Rebecca, es mi bisabuela.
Los otros tres miraron confusos el extenso árbol genealógico.
El duque pasó unos minutos examinando el papel.
—Puede que sea tu primo tercero, pero no veo ninguna relación con mi familia —graznó el duque—. Sabía que no éramos parientes, maldita sea.
Lord Adair se inclinó más hacia él.
—Sophia —dijo con una tosecilla.
Blackthorne palideció.
—¿Quién? —preguntó Penélope.
—Sophia —masculló su marido—, mi abuela.
—También es tía abuela de George —añadió Adair.
Penélope puso cara de comprender al fin.
—Esa cuyo nombre tachó tu familia…
—Sí —la interrumpió él bruscamente.
—¿Por qué la repudiaron? —preguntó Penélope obviando la mirada de advertencia de su marido.
—Porque…
—Deja que lo cuente yo —cortó el duque a lord Adair—. Es mi abuela.
A lord Adair le brillaron los ojos. Hizo un gesto al duque para que continuara.
—Bien, Sophia Radclyff, mi abuela, es una persona de la que no se habla en esta casa y así seguirá siendo en el futuro —dijo el duque con los ojos clavados en los tres rostros que tenía delante.
—Después de hoy, quieres decir. O sea, después de que nos cuentes por qué no debemos hablar de ella —repuso Penélope.
—Lo que voy a revelaros no puede salir de esta habitación —añadió él en voz baja. No era un ruego, sino una orden.
Celine se mordió el labio y se preguntó si tenía derecho a conocer aquel secreto familiar. Penélope alargó la mano y le apretó el brazo, obligándola a quedarse.
—Continúa —le rogó a su marido.
Él cerró los ojos.
—Sophia Radclyff…
—Sí —dijo Penélope, animándole a continuar.
—Tuvo una aventura adúltera con un miembro de la familia real francesa.
—Hmm —dijo Penélope, poco impresionada.
—Ella tenía veinticinco años en ese momento —prosiguió el duque—. Y luego, al cumplir los treinta…
—¿Sí? —le instó Penélope.
—Tuvo otra aventura con un miembro de la realeza española.
Celine arqueó las cejas con asombro.
—Después de eso —concluyó el duque con crispación—, huyó con un sultán. Cuando volvió a Inglaterra, fue del brazo de un rajá. Murió a la respetable edad de ochenta años, en brazos de un domador de pulgas.
—Dios mío —musitó Penélope. Ahora sí que estaba impresionada, igual que Celine.
Tras esta revelación, se hizo un breve silencio.
—Aun así, me niego a creer que mi abuela sea la tía abuela de este sinvergüenza —estalló el duque. Agarró la campanilla y la hizo sonar con furia—. Voy a sacar mi árbol genealógico y ya veremos.
La vetusta nariz de Perkins asomó por la puerta.
—¿Sí, excelencia?
—Tráigame el árbol genealógico de los Radclyff —ladró el duque.
Le llevaron el árbol. El duque lo examinó. Frunció el ceño, siguió algunas líneas con el dedo, hizo cálculos, acercó el papel a la luz y, finalmente, puso cara de enojo.
Después de pasar un minuto más mirando de una hoja a la otra, dijo:
—Mi esposa está indispuesta y Celine no está casada. No pienso tener a un individuo de esa catadura en mi casa en estas circunstancias.

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