Esposa por placer

Ella lo terminará pagando simplemente con dos voces: el sí, quiero.

Piper Riley se quedó atónita cuando leyó en una comedia que el inaguantable inexplorado al que había suministrado la virginidad era el crápula Dante Mancini.

Aquella perplejidad, rápida y proverbial, los había aglomerado de una suerte que no esperaban.

Cuando Dante se enteró de que Piper estaba gestante, el despiadado ligón vio la vez perfecta para distinguir su celebridad y pluralizar su empresa… casándose con ella.

Piper, empero, no se conformaba con nada que no fuese un final feliz y para toda la existencia.

Dante tenía que exceder su pasado para demostrarle a Piper, y a todo el universo, que no era un vínculo de conveniencia.

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