Hambrienta de amor de Sophie Saint Rose

Hambrienta de amor de Sophie Saint Rose

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Hambrienta de amor de Sophie Saint Rose pdf

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Gina no ha tenido una vida fácil. Sola desde su más tierna infancia ni se imagina que después de salir de una entrevista de trabajo, encontrará lo que siempre ha estado buscando. Tiene una hermana gemela de la que no sabía nada. Pero no había que ser muy lista para darse cuenta de lo que su aparición provocaría en su vida, así que se mantuvo alejada. Hasta que Bolton Drachen pide su ayuda. Si su hermana la necesitaba no dudaría en hacer lo necesario. Pero nunca sería suficiente.

Sobre la autora Sophie Saint Rose

Sophie Saint Rose es una prolífica escritora que tiene entre sus éxitos “Fue una suerte encontrarte” o “La joya del Yukón”. Si quieres conocer todas sus obras publicadas en formato Kindle, solo tienes que escribir su nombre en el buscador de Amazon o ir a su página de autor. Allí encontrarás más de cien historias de distintas categorías dentro del género romántico. Desde época medieval o victoriana, hasta contemporáneas de distintas temáticas como la serie oficina o Texas entre otras.

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Hambrienta de amor

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Capítulo 1
Gina empujó la puerta de cristal totalmente decepcionada, porque estaba segura de que no la contratarían, y cuando llegó a la calle se miró el tacón de su zapato negro que estaba a punto de caerse. Estaba claro que no era buena idea comprárselos de segunda mano. Bufó bajando la pierna y apartó de mala manera un largo mechón de cabello negro del hombro antes de colgarse la correa del bolso, cuando salieron de la central del banco un grupo de chicas muy bien vestidas.
—¿A dónde vamos a comer? —preguntó una de ellas al grupo.
Admirando su vestido verde levantó la vista hasta su perfil y se quedó helada al verse a sí misma.
—He reservado en el de enfrente —dijo otra chica.
—¿Otra vez? —protestó yendo hacia el paso de peatones.
—Es lo más rápido.
Fascinada sin poder evitarlo caminó tras ellas. Eran exactamente iguales excepto por el color de cabello. Gina se quedó a cierta distancia, pero se dio cuenta enseguida que se había teñido el pelo con muchas mechas rubias. Hasta se teñía las cejas, pero sus pestañas delataban que era tan morena como ella. Se quedó allí de pie mientras ellas riendo cruzaban de acera. Cuando entraron en el lujoso restaurante se llevó la mano al vientre mientras miles de pensamientos pasaban por su mente. ¿Estaría equivocada y no se parecía tanto a ella? ¿Pero qué tonterías pensaba? Si era como mirarse al espejo. Y eso no podía ser. Mirando el restaurante caminó hacia la boca de metro sin darse cuenta de que tropezaba con alguien. —Perdón —dijo sin mirarle.
—¿Cuándo has ido a la peluquería? ¿Durante mi reunión?
La voz grave hizo que levantara la vista para ver unos ojos verdes que le robaron el aliento. El guapísimo hombre de traje que tenía delante, la miraba como si la conociera con una agradable sonrisa en su rostro. —¿Qué?
El hombre la miró de arriba abajo. —¿Te has cambiado?
—¿Me conoce? —preguntó impresionada por lo atractivo que era con su cabello negro repeinado hacia atrás y ese traje gris que le quedaba de miedo. Alucinada miró su corbata de seda gris. Dios, qué bien olía.
—¿Cristine? —Frunció el ceño y al darse cuenta de que hablaba de la otra mujer se asustó mirando sus ojos para alejarse a toda prisa. —¡Eh! ¡Espera!
Corrió hacia la boca del metro perdiendo el tacón del todo. Al llegar a la entrada miró hacia atrás y suspiró del alivio cuando no le vio. Pasó la tarjeta de acceso y fue hasta el andén jurando por lo bajo porque había perdido el tacón y ahora iría coja hasta su casa.
Cuando llegó al tren se dejó caer en su asiento aún asombrada. Ese hombre la había confundido con esa chica. ¿Cristine? Sintió un vacío en el estómago que la angustió. ¿Qué estaba pasando allí? Había oído una vez que todo el mundo tenía un doble en algún sitio, pero era tan exacta a ella… Tenía que ser eso porque la otra cosa que se imaginaba le puso los pelos de punta.
Cuando llegó a casa en Queens tiró el bolso sobre el viejo sofá que había rescatado de un contenedor y corrió hasta el armario donde guardaba su vieja maleta. La sacó a toda prisa dejándola caer en el suelo y abrió las correas. Cuando la habían echado del centro donde había llegado a la mayoría de edad, le dieron unos papeles que ni había mirado. Sacó el viejo sobre amarillo y lo abrió a toda prisa. La mayoría de los papeles eran informes médicos. Frustrada pasó las hojas buscando algo sobre su adopción cuando era apenas una recién nacida, pero allí no aparecía nada. Al ver el certificado de defunción de los únicos padres que había tenido sus ojos se llenaron de lágrimas y frustrada dejó caer los papeles. Era imposible. No podían haberlas separado al nacer. ¿O sí? Se levantó de un salto y agarró su bolso tirando su contenido al suelo. Cogió su móvil y buscó el número de su asistente social, pero hacía años que no hablaba con ella y había cambiado el móvil varias veces desde entonces. Seguramente lo había perdido. Gimió llevándose las manos a la cabeza y apartando su largo cabello de su rostro. Sus ojos negros no pudieron retener las lágrimas y sollozó intentando encontrar respuestas. ¿Dónde podía enterarse de si estaba en lo cierto? Se volvió de golpe hacia los papeles y revolvió en la maleta sacando los documentos de su adopción. Ansiosa los leyó a toda prisa y sus ojos brillaron al ver que mencionaba que había nacido en el hospital de Brooklyn el cuatro de diciembre de mil novecientos noventa y cinco. En el hospital tenían que saber algo. Entrecerró los ojos incorporándose y dejó caer la hoja al suelo.
Caminó como si nada hasta el control de enfermería empujando el carrito de limpieza y sonrió a la enfermera que estaba tras el mostrador. —Una noche tranquila, ¿verdad?
—Sí, y menos mal. Aunque mañana cambiará la cosa.
—¿Si? ¿Y eso por qué? —preguntó escurriendo la fregona con la palanca.
—Porque es luna llena. Los partos se elevan cuando hay luna llena —dijo divertida.
Soltó una risita. —¿Eso no son cosas de viejas?
—Te aseguro que es verdad. ¿Eres nueva? —Frunció el ceño. —Normalmente a esta hora no limpia nadie.
—Es que se han quejado a administración y me han alargado el turno.
—Estos chupatintas siempre tocando los huevos. —Exasperada cogió un expediente. —Me llamo Sara.
—Louise. —Sonrió agradablemente ganándose su confianza.
—Encantada.
Pasó la fregona ante el mostrador y sonó un pitido. Sara se levantó en el acto y miró unos monitores. —Nos ponemos en marcha. —Levantó un teléfono y dijo —¿Doctor Madison? La trescientos seis en marcha. —Colgó y le guiñó un ojo antes de alejarse casi corriendo hacia una de las habitaciones.
Gina miró a su alrededor y se apuró para pasar al otro lado del mostrador. Puso su nombre en el buscador, pero no se encontraron resultados. —Joder… —Probó con su fecha de nacimiento y salieron veintitrés nacimientos ese día. Al pinchar en el primero vio que era un niño que había pesado casi cuatro kilos, pero lo más interesante es que ponía todos los datos de sus padres, dirección e informes médicos. Escuchó pasos corriendo y le dio a la tecla de Escape antes de coger la papelera para salir y vaciarla en el carrito. —Oh, perdona —dijo cuando casi se choca con Sara.
—Falsa alarma. A ver si intercepto al médico o me tirará de las orejas por molestarle.
Ella dejó la papelera en su sitio y regresó a su carrito empujándolo. —Yo voy a seguir…
—Vete a casa. Nadie se dará cuenta —dijo divertida.
—Sí, ya.
Cuando ya estaba al final del pasillo vio como llegaba una mujer en una cama y su marido iba al lado cogiéndole la mano. Se le puso un nudo en la garganta por lo felices que se les veía.
—Ahora lo llevarán al nido, pero seguro que en nada nos lo traerán para que le veas de nuevo, amor —dijo él tranquilizándola—. Ahora van a acomodarte a ti mientras le asean.
—Es guapo, ¿verdad?
—Es perfecto.
Sus ojos se empañaron por la ilusión que les hacía. Estaba segura de que su nacimiento no había sido igual porque a ella no la habían querido. Dejó el carrito en el cuarto donde lo había encontrado y después de quitarse la bata y el pañuelo que cubría su cabello pasó ante el nido deteniéndose para ver a todos aquellos bebés en sus cunitas. Unos familiares llegaron con globos, flores y muchas sonrisas agolpándose ansiosos ante el cristal. —¿Es ese?
—Todavía no ha debido llegar —dijo un hombre mayor que debía ser el abuelo.
En ese momento llegó una enfermera empujando una cunita y al verles allí sonrió antes de cogerle en brazos. Era tan pequeñito que encogía el corazón y sonrió con tristeza mientras se acercaba.
—Oh… —dijeron todos.
—¿Has visto, Harry? Tiene tu nariz.
—Sí —dijo el abuelo orgulloso—. Es un Stelman en toda regla.
Varios se echaron a reír mientras sacaban fotos y Gina sintiendo una tristeza enorme de repente perdió la sonrisa poco a poco alejándose. Ella nunca había visto una foto suya de bebé. Ni siquiera de cuando era pequeña. Había sido adoptada en su nacimiento y al año sus padres murieron en un accidente de coche. Había visto una foto de ellos porque estaba en un expediente, pero nada más. La metieron en un orfanato porque al parecer no tenía familia que la acogiera hasta que tuvo cuatro años. Nunca supo por qué a ella no la quería nadie. No había sido consciente de que no tenía familia hasta que estuvo en una casa de acogida donde había cuatro niños más. Niños que fueron desapareciendo para llegar otros. Cuando murió de un infarto la mujer que la atendía tenía ocho años. La trasladaron de casa y así se pasó toda la vida hasta que terminó en un horrible orfanato regentado por monjas. Odió estar allí. Era como una prisión donde controlaban todo lo que hacía y casi celebró llegar a su mayoría de edad para largarse. Afortunadamente siempre había estudiado bien y le dieron una beca, pero en una universidad estatal que no tenía ningún prestigio. Su licenciatura en económicas era de risa comparada con la competencia que había en Manhattan y más en esos tiempos donde tenían masters carísimos a los que ella jamás podría aspirar. Pero lo que la había agobiado era la soledad que la había acompañado toda la vida. Sin vínculos con nadie porque tarde o temprano los apartaban de ella. Y su hermana siempre había estado ahí. Porque algo en su interior le decía que era su hermana. Lo sentía. Siempre había estado en la misma ciudad y ella sin saberlo. El nudo que tenía en la garganta amenazaba con ahogarla y le costó respirar apoyándose en la pared al lado del ascensor.
—¿Se encuentra bien?
Se volvió para ver al abuelo del bebé que estaba a su lado. —Sí, gracias.
—Estás muy pálida, niña. —La cogió por el brazo. —¿Por qué no te sientas un rato?
—Estoy bien, de verdad —dijo emocionada porque parecía preocupado, pero ya le había pasado antes. Esa preocupación era temporal y enseguida se olvidaban de ella. Se enderezó forzando una sonrisa y soltó su brazo con delicadeza—. Gracias.
Él sonrió. —De nada.
Se metió en el ascensor y pulsó el botón del bajo. Reteniendo las lágrimas se dijo que era una estúpida. Llevaba sola toda la vida y seguramente seguiría así. Igual todo eso era una tontería. Antes de llenarse la cabeza de pájaros debía asegurarse de que Cristine era su gemela.
—¿Te ha vuelto a tocar esta noche? —le preguntó a Sara afable empujando su carrito de limpieza.
—Uff… y menuda noche. ¿No te lo había dicho? Paren como conejas.
Rio por lo bajo cogiendo la bayeta y la pasó por el mostrador. —¿No exageras?
—Dieciséis llevamos ya y lo que queda. —Se puso unos guantes de látex y en ese momento llegó una compañera. —Hay que preparar la epidural de la trescientos cinco.
—Enseguida lo hago. Ya viene el anestesista.
—Bien.
La mujer que tendría la edad de ser su madre la miró de reojo sentándose tras el ordenador. —¿Eres nueva?
—Es Louise —dijo Sara cogiendo una bandeja y yendo hacia una habitación.
—Hola.
La mujer sonrió tecleando en el ordenador. —Hola.
Ella cogió la fregona esperando que se fuera, pero le daba la sensación de que no se movería de ahí en un rato.
—¿Te conozco?
La miró sorprendida. —¿Perdón?
La enfermera se levantó. —Me suena tu cara. Muchísimo.
—Pues… —Entrecerró los ojos mirándola. —Pues no caigo, la verdad.
—Bah, ya me acordaré. —Sonrió cogiendo una bolsa de suero antes de alejarse.
Ella estiró el cuello para ver que iba al final del pasillo y entraba en una habitación. Miró a su izquierda y Sara aún no había salido. Puede que no tuviera otra oportunidad… Rodeó el mostrador y en el buscador del hospital volvió a introducir su fecha de nacimiento. Abrió todas las pestañas de todos los nacimientos y le dio a imprimir. Con el corazón en la boca salió del mostrador mientras la impresora sacaba una hoja tras otra. Miró tras ella con la fregona en la mano para comprobar que Sara salía en ese momento hablando con un hombre.
—Por favor, seca bien el suelo.
Se sobresaltó dándose la vuelta para encontrarse a la compañera de Sara ante ella. —Ya sé de qué te conozco. —Sonrió de golpe. —Bueno, no te conozco a ti, debió ser a tu madre. ¿Naciste aquí? —Se quedó de piedra. —Porque tuvimos una paciente cuando entré a trabajar aquí que era igualita a ti. Recuerdo esos ojos negros rodeados por esas… —De repente perdió la sonrisa poco a poco.
—¿Conoció a mi madre? —preguntó ansiosa.
—No —respondió rápidamente.
—¿Seguro?
—He debido confundirme. Acabo de recordar que te pareces a una vecina mía. —Se echó a reír. —Pero está claro que no eres tú.
No se creyó ni una palabra porque vio su sonrojo y como quiso entrar tras el mostrador a toda prisa. —¿Qué se está imprimiendo?
Se acercó a los papeles y Gina dijo rápidamente —Vino un doctor. Parecía muy serio. Debe ser algo personal. —La enfermera apartó la mano a toda prisa. —¿De veras no conoció a mi madre?
La mujer forzó una sonrisa. —Claro que no, tonterías mías. Me hago mayor. —Salió del mostrador con una tablilla en la mano. —Voy a hacer la ronda y tomar la fiebre a las pacientes.
—Entonces hasta mañana.
—Hasta mañana —dijo aliviada de que se fuera.
Se puso a fregar sin quitarle ojo y esta a toda prisa se metió en la primera habitación que pilló. Se escuchó un pitido y Sara llegó corriendo. —¿Ves? Otra. —Salió corriendo de nuevo y gritó —¡Tess a la trescientos cuarenta!
La de la fiebre la siguió y ambas se metieron en otra habitación. Gina miró la bandeja de la impresora y en ese momento salió la última hoja. Pasó a toda prisa y cogió el montón de hojas doblándolas y metiéndoselas bajo la camiseta. Vació la papelera y llevó su carrito hasta el armario. Quería dejarlo todo en su sitio por si tenía que regresar por alguna información.
Ya en el ascensor sacó los papeles de la camiseta y aprisa revisó las hojas. Se le cortó el aliento al encontrar a una paciente que había tenido dos niñas. Gemelas. Su nombre era Gina Rizzo. Tenía dieciocho años y estaba ingresada en un centro penitenciario. En rojo ponía “Adoptadas”. Pasó la hoja para ver sus informes médicos. Una de ellas se llamaba Antonella y había pesado dos kilos setecientos gramos. En el informe decía que todo estaba muy bien. Volvió la hoja y frunció el ceño al ver lo largo que era el otro historial y supo que era el suyo porque la niña se llamaba Gina. Al parecer había tenido una insuficiencia respiratoria y estuvo ingresada un mes más que su hermana. Por lo visto sus pulmones no se habían desarrollado correctamente por la dependencia de las drogas de su madre natural. Pero después de un mes en la incubadora le habían dado el alta. Dejó caer la hoja con la mirada perdida. Era evidente que su mala suerte había empezado desde el principio porque su hermana había tenido una vida mucho mejor que la suya.
Saliendo del hospital volvió a revisar las hojas y cuando volvió a releerlo todo se dijo que ya tenía la confirmación que necesitaba. Era su hermana. Se sentó en un banco sin poder creérselo y una alegría inmensa la invadió. ¡Tenía una hermana! Chilló de felicidad y se levantó de golpe corriendo hacia la boca de metro.
Ante Drachen Bank observó el escudo que había sobre la puerta. Un dragón de estilo medieval con las alas extendidas. Drachen significaba dragón en alemán y era de Alemania de donde provenía la familia, que se había trasladado a América varias generaciones atrás. Hizo una mueca. Seguro que no estarían nada contentos con su descubrimiento. Que se fastidiaran. Mira que no contratarla… Si era una mierda de puesto de secretaria de la secretaria de la secretaria del último mindundi de allí. Con sus notas estaba más que cualificada. Pero al parecer no era lo suficientemente pija para ese lugar, pensó viendo salir a los trajeados a comer.
Cuando salió una chica rubia hablando con un hombre de traje se tensó enderezando la espalda. La chica miró a su lado de la calle y sonrió porque era su hermana. Se ajustó las gafas de sol y les observó cruzar la calle. Pasaron tras ella hablando animadamente sobre unos bonos y Gina disimuló mirando la carta del restaurante donde Antonella había comido una semana antes. Menos mal que no iban allí, aquello costaba una fortuna. Como si nada caminó tras ellos con el móvil en la mano. Había bastante gente como para que no se fijaran en ella.
—¿Y qué ha dicho tu padre?
—Me ha tirado de las orejas por fiarme de un chivatazo así. Hemos perdido dos millones.
Se le cortó el aliento. Joder con su hermana. Sí que tenía ojo para invertir, pero para su sorpresa se echaron los dos a reír como si no pasara nada. —Vamos, que me muero por una hamburguesa. —Tiró del brazo de aquel tipo y entraron en una hamburguesería. Casi chilla de la alegría porque allí podía entrar y sin perderles de vista, dejó que en la fila para pedir se pusieran ante ella un grupo de chavales. Ellos seguían hablando animadamente y se fijó en el hombre que la acompañaba. Era rubio y muy guapo. La miraba como si la adorara escuchando cada palabra que salía de su boca atentamente y a Gina se le encogió el corazón porque era evidente que estaba enamorado de su hermana. Sin poder evitarlo sonrió porque parecía buena persona. Vio como ella pedía y su amigo sacaba la cartera del bolsillo interior de la chaqueta. Cuando les sirvieron su hermana cogió la bandeja y se volvió. Gina agachó la cabeza semicubriendose el rostro con su largo cabello negro cuando llegó otro empleado y se puso tras la caja vacía. Ella fue hasta allí y pidió una hamburguesa con una cola mirando de reojo donde se sentaban. Cuando la sirvieron fue hasta allí y se sentó tras su hermana de espaldas a su mesa.
—Oh, sí… Es esta noche. ¿Vendrás? —preguntó Cristine.
—No he sido invitado.
—Te invito yo.
—Es una noche importante para tus padres —dijo algo incómodo—. No pinto nada allí.
—Vamos… Somos amigos.
Gina se mordió el labio inferior sintiendo su decepción. —Sí, precisamente… Somos amigos. ¿A que nadie lleva a sus amigos? —preguntó molesto.
—¿Te has enfadado? —Parecía sorprendida.
—No —respondió incómodo—. Claro que no. ¿Por qué iba a enfadarme?
—Esto está buenísimo —dijo su hermana con la boca llena.
—No deberías…
—Venga, no me fastidies como los demás. Contigo puedo hacer lo que quiera. No me regañes por hablar con la boca llena.
—No es eso y lo sabes.
—Sobre esta noche…
—Ya te he dicho que allí no pinto nada.
—James estás gruñón, come patatas.
Sonrió divertida porque era evidente que siempre conseguía lo que quería.
—Bolton va a llevar a esa novia que tiene ahora.
—¿Así que va en serio?
—Qué va. Pero la va a llevar. ¿Por qué no puedo llevarte a ti?
—Si fuéramos novios… Pero solo somos amigos —dijo irónico.
—Pues serás mi novio esta noche. —Escuchó como a él se le cortaba el aliento. —Mañana lo dejamos.
¿Su hermana era ciega? Es que era para matarla. Si estaba loquito por ella, ¿cómo no se daba cuenta?
—Muy bien —gruñó antes de beber de su cerveza—. Iré.
—Tienes que llevar smoking.
Suspiró como si fuera una pesadez. —Tendré que salir antes para alquilar uno.
—Perfecto —dijo con alegría.
A través de uno de los espejos de la hamburguesería vio como sonreía sin dejar de masticar. —Come que tenemos la reunión. No quiero llegar tarde.
—Total hoy ya has superado tu récord. Bolton va a estar encantado cuando vea las cifras de los bonos.
—Da igual, a mí nunca me regaña. Tengo enchufe.
—Sí, más bien una central eléctrica.
Ella soltó una risita. —Tenemos dos.
Durante la comida se enteró de muchas cosas porque su hermana no era precisamente discreta. Era rica, muy rica. Sus padres eran los dueños del banco y por eso tenía el trabajo allí. Había ido a un colegio carísimo en el centro que celebraba una reunión el sábado siguiente y ella se moría por ir para ver a sus antiguos compañeros. Se notaba que era muy sociable y alegre. Y se notaba que James era su confidente porque hablaba con él de todo. Incluso de un médico que tenía que visitar para una revisión. Él se preocupó enamorado como estaba, pero Cristine le dijo que no era nada que era el ginecólogo. Su hermana se echó a reír cuando él se puso colorado.
—Vamos a trabajar o Bolton me retorcerá las pelotas.
—No le dejaré.
—Ni tú puedes detenerle cuando se pone de mala leche.
Puso la mano en la parte baja de su espalda llevándola hacia la salida y Gina sonrió viendo cómo se alejaban.
—¿Le ocurre algo a la hamburguesa?
Sorprendida vio a su lado a una de las empleadas con una redecilla en la cabeza y se sonrojó. —Oh, no. Es que me gusta fría.
La miró como si le faltara un tornillo y ella sonrió disimulando. Volvió la vista hacia el escaparate y vio a su hermana riendo. Se notaba que era muy feliz. Miró su triste hamburguesa fría perdiendo la sonrisa poco a poco. ¿Y si ella no lo sabía? ¿Y si con su presencia explotaba su burbuja y le amargaba la vida? Porque no es que ella fuera la alegría de la huerta. Seguro que nunca había conocido a una persona que reutilizaba hasta los vasos de café para meter el cepillo de dientes. Se mordió el labio inferior. Sí, igual aquello no era buena idea. Sintió que se le retorcía el corazón, pero ella no le iba a aportar nada. Era feliz, tenía la vida perfecta y ella solo sería una molestia. La hermana fracasada y amargada que había aparecido de la nada para joderle la existencia. Se quedó mirando la hamburguesa pensando en ello tanto tiempo que el encargado de la hamburguesería se acercó a su mesa golpeándola en el hombro. —Oye, aquí no se puede venir a dormir.
Sorprendida se quitó las gafas de cinco pavos. —¿Qué has dicho?
El chico se sonrojó. —Perdona, pensaba que eras una indigente.
Atónita se miró la ropa. Una camiseta vieja que tenía desde la adolescencia y unos vaqueros desgastados por el uso. Eso la decidió y cogió su hamburguesa metiéndola en el bolso antes de agarrar su refresco. Sintiendo que hacía lo correcto salió de la hamburguesería alejándose de Drachen Bank.
Capítulo 2
Un año después
—Capuchino y café latte —dijo poniendo los cafés sobre la mesa.
Uno de los yuppies dejó veinte dólares al lado de su taza. —Quédate la vuelta —dijo sin mirarla siquiera.
—Gracias.
Se volvió con la bandeja en la mano y fue hasta la caja marcando su número de mesa. Metió la vuelta en el bote de las propinas y levantó la vista quedándose de piedra al ver a aquel tipo con el que se había topado ante el banco un año antes. Era increíble que le reconociera al instante, pero es que estaba igual de guapo. Puede que incluso más porque estaba muy moreno después de un crucero por las Bermudas, seguramente. Vio como se sentaba en una de sus mesas. A toda prisa se acercó a Prue. —¿Puedes atender la cinco por mí?
Su compañera miró sobre su hombro mientras hacía unos cafés en la cafetera y sonrió como si le hubiera tocado la lotería. —Hecho.
—Perfecto.
Vio que iba hacia allí pasándose la mano por la cadera de manera descarada. Y es que lo que le sobraban a Prue eran curvas por todas partes. A pesar de pasar de los cuarenta no le faltaban hombres que la admiraran y lo demostraba que tres estaban a punto de tener una dislocación cervical por mirarle el culo. Vio como él levantaba la vista hacia ella y pedía algo muy serio. Perdió el aliento al ver de nuevo esos ojos verdes que fueron a parar a ella. Sorprendida se giró de golpe. —Mierda. —Gimió pensando en qué hacer y vio por el espejo que uno de los yupis intentaba llamar su atención. Disimulando cogió un muffin y lo puso en un platito volviéndose y dejándolo sobre el mostrador antes de ponerse a limpiar la barra como si fuera lo más interesante del mundo. Prue se puso a su lado y susurró —Quiere que le atiendas tú.
—¿Qué? —preguntó mirándola con horror.
—Dice que te conoce. —Se encogió de hombros. —Los de la cuatro quieren sacarina. —Le puso los sobrecitos en la mano y le guiñó un ojo. —No seas tímida. Está buenísimo. Echa una cana al aire.
Ella siempre pensando en lo mismo. Salió de la barra y tomando aire dejó de la que pasaba la sacarina sobre la mesa forzando una sonrisa y casi arrastrando los pies llegó hasta él que levantó una ceja mirándola fijamente. —¿Qué le pongo?
—Siéntate.
Se quedó de piedra. —Perdón, pero tengo novio y estoy trabajando —dijo como si estuviera ofendida, aunque que quisiera hablar con ella casi la mataba de gusto.
—Siéntate, Gina.
Separó los labios de la sorpresa y él le indicó con la mano la silla que estaba en frente. —Tengo algo muy importante que contarte.
—¿Cómo sabe mi nombre?
—Siéntate —dijo muy serio.
Entonces se dio cuenta. —Ah, es por la placa. —Se miró la plaquita del pecho y soltó una risita nerviosa. —Claro. —Le miró de nuevo. —Mire, tengo trabajo. No puedo sentarme con los clientes.
Él cogió su mano cuando iba a volverse. —Siéntate, tenemos que hablar de tu hermana.
Perdió todo el color de la cara. —¿Qué has dicho?
—Tengo algo muy importante que decirte.
Se sentó de inmediato. —¿Cómo sabes que tengo…?
—Aquel día me quedó muy claro. Cuando vi llegar a mi prima a la oficina, me di cuenta de inmediato de lo que ocurría. —Apoyó su espalda en el respaldo de la silla deslizando los dedos por su corbata.
—¿Tu prima?
—Soy Bolton Drachen.
Nerviosa miró hacia la barra para ver que Prue parecía asombrada y le decía con las manos que se levantara. Sin hacerle caso volvió la vista hacia él. —¿No podemos hablar de esto en otro momento? Me van a despedir y no está la cosa como…
—Cristine te necesita.
Se tensó con fuerza. —¿Qué has dicho?
—Mira, esto no puede salir de aquí, ¿de acuerdo?
Asintió sin entender ni una palabra y de repente él sacó un documento del interior de la chaqueta. —Firma esto.
—¿Qué es?
—Un documento de confidencialidad.
—¡Pero si todavía no me has contado nada! —Él levantó sus cejas negras y exasperada empezó a leer el documento. No podía revelar a nadie cualquier cosa relacionada con Drachen Bank, con los Drachen ni podía revelar que era hermana biológica de Cristine. Sin poder creérselo levantó la vista hacia él. —No sabe que existo, ¿verdad?
—No. Y no lo va a saber. Jamás, ¿me oyes? Ella no sabe nada y va a seguir así.
La decisión de sus ojos verdes hizo que mirara el documento de nuevo. —No pensaba decírselo.
—Más te vale. Ahora firma para que pueda acabar con esto.
¿Pero de qué iba ese tío? Deslizó la hoja sobre la mesa. —No pienso firmar una mierda. Has venido tú, tendrás que confiar en mí.
Él se tensó. —No, no confío en ti. Firma.
—Ni hablar. —Se levantó. —No voy a firmar no hablar con mi hermana en el futuro de lo que nos ocurrió, porque puede que en unos años o en unos meses ella venga a mí. No voy a firmar eso.
Se volvió y fue directamente a una de las mesas donde se acababan de sentar. Cuando fue hasta la barra vio a través del espejo que él se había ido y suspiró del alivio apoyando las manos en la cafetera.
—¿Estás bien?
—Oh, sí. Era un tema legal de ese curso que quiero hacer. Al parecer me falta por firmar un papel.
—Sí que debe ser interesante con hombres así.
Forzó una sonrisa y miró hacia la pared de cristal que daba a la calle, pero por supuesto él ya no estaba. Seguramente ya no volvería a verle más y lo sintió, porque era increíble pero los minutos que había estado allí se había sentido viva como nunca en su vida.
Subió los escalones hasta el último piso y cuando llegó a su rellano juró por lo bajo cuando le cayó una naranja al suelo. Esta rodó hasta unos impecables zapatos negros. Levantó la vista por su traje azul hasta sus ojos verdes. —No quería discutir en la cafetería —dijo muy tenso con las manos metidas en los bolsillos del pantalón. Era tan masculino que su corazón saltó en su pecho sin darse cuenta—. ¿Abres o no?
Ella entrecerró los ojos por su tono. —¡Oye, seguro que estás acostumbrado a hablar a los demás como si fueran tus criados, pero a mí me hablas con respeto! ¡Ahora largo de mi casa!
La puerta de al lado se abrió y aquella vieja antipática sacó la cabeza. —¿Qué hacéis gritando a estas horas?
—Señora, son las seis de la tarde —dijo Bolton tan seco que la mujer parpadeó antes de cerrar la puerta de golpe.
—¡Llamaré a la policía!
—Encantadora.
—Sí, estoy rodeada de gente encantadora. ¿Por qué no te largas para que tenga uno menos dándome el coñazo?
Él levantó una ceja. —Tu hermana te necesita. ¿No te interesa?
—Me interesa mucho. —Dejó las bolsas en el suelo y cogió la naranja metiéndola en la bolsa antes de sacar la llave de su vaquero. —Pero no con tus condiciones. Dímelo ya y vete de una vez.
La observó mientras abría la puerta y cuando se agachó a cogerlas bolsas él entró en el apartamento antes de que pudiera evitarlo. Mierda. Ni se quería imaginar lo que estaba pensando. Seguramente que vivía en un estercolero. —Pasa —dijo con ironía.
—Gracias —dijo mirando su destartalado sofá antes de abrirse la chaqueta y sentarse. Se hundió completamente, pero tenía tanta clase que ni se había notado—. Interesante.
Chasqueó la lengua entrando en casa y cerrando con el pie antes de ir a su minúscula cocina. —¿Y bien?
—¿No dirás nada?
Sacó dos naranjas y le miró exasperada. —¿Acaso he dicho algo hasta ahora?
—¿Y por qué no se lo has dicho?
—Eso no es asunto tuyo. ¿Vas al grano o no?
Él apretó los labios mirando al frente y parpadeó como si estuviera asombrado. —No tienes televisión.
—Muy observador. —Sacó una caja de cereales de la bolsa y la colocó en el estante. —Oye, tengo que irme así que…
—Está enferma.
Se detuvo en seco dejando caer la manzana que estaba poniendo en el frutero. —¿Qué?
Se levantó suspirando. —Tiene una insuficiencia renal desde los dieciséis. Pero ahora sus riñones ya no le responden y necesita un trasplante. Tú eres compatible. Un millón de dólares por uno de tus riñones. Eso es lo que queremos. —Ella palideció por su frialdad. —No dirás nada a nadie. Ni a Cristine. Y cuando cobres te largarás de la ciudad. Ese es el trato.
Se quedó en silencio varios segundos simplemente observándole y él apretó las mandíbulas. —¿Sí o no?
—Pero somos gemelas —dijo recuperando el aliento.
—No genéticamente iguales. Habrá que hacerte pruebas…
—¿Cómo sabes que no somos genéticamente iguales? —Rodeó la barra que dividía el salón y la cocina. —¿Me has hecho un estudio de ADN?
—Hace diez días comiste una ensalada antes de ese curso al que vas. El dinero te vendría muy bien para… —Miró a su alrededor con desprecio. —Para todo.
Se tensó por la manera en que miraba sus cosas. Estaba claro que estaba impresionado, pero para mal. Para su sorpresa levantó el portarretratos que tenía al lado del sofá y vio cómo se tensaba. —Al parecer has conocido a tu madre.
Se acercó y le arrebató la foto. —No la conocí, murió. —La puso con cuidado sobre la mesa al lado de la de sus padres adoptivos. —Se la robé a mi abuela.
Él la observó. —No sabía que había muerto. No dábamos con ella.
—Murió en la cárcel hace cinco años. Pasaba droga. —Se sonrojó por lo que pensaría. —Pero la he puesto aquí porque intentó hacer lo correcto, al menos con su embarazo. La abuela no quería que nos diera en adopción. Quería hacerse cargo de nosotras.
—¿Para qué? —preguntó con ironía—. ¿Para qué terminarais pasando droga como su hija?
—Es una buena mujer, solo ha tenido mala suerte en la vida. Trabaja limpiando una residencia de ancianos por el día y una oficina por la noche.
—Así que ella te conoce.
—Quedamos al menos una vez por semana. —Colocó de nuevo la foto mostrando bien a su madre.
—Eres igual que ella —dijo pensativo.
—Sí, nos parecemos mucho. —Sonrió antes de volverse hacia él y se sonrojó. Debía pensar que estaba loca. Disimulando volvió a la cocina y colocó las cosas bajo su atenta mirada. Al ver que colocaba una lata de sopa con el logotipo hacia afuera observó toda la casa. Todo estaba meticulosamente colocado.
—¿Tienes un toc?
Ella se detuvo en seco y le miró de reojo antes de decir —Me gusta tener mis cosas colocadas, ¿qué pasa?
Bolton levantó las manos en son de paz. —Perfecto.
—¿Y si no soy compatible?
—Lo eres. Los médicos ya han revisado tus análisis de sangre.
Se le cortó el aliento. —El reconocimiento médico del trabajo del lunes.
—Somos de la aseguradora, tiene que pasarse por aquí para un reconocimiento —dijo con burla—. Sencillo.
—Serás…
—Por cierto, estás muy sana.
—¿Por eso quieres mi riñón, no? ¿Qué es esto? ¿Un culebrón de la tele? No me creo una palabra. Hace dos meses estaba sanísima.
La miró asombrado. —¿La espías?
Incómoda negó con la cabeza. —Claro que no. Fue una casualidad. Si has venido para asegurarte de que no me meto en su vida no pienso hacerlo, ¿de acuerdo?
—Hablo en serio, Gina. Necesita ese riñón. Aunque por supuesto tienen que hacerte más pruebas, claro. Ya te lo he dicho.
—¿Y ella cómo está?
—Bastante deprimida. —Se mordió el labio inferior viéndola en su imaginación salir de la empresa riendo. —Lo está pasando mal. Ha tenido que convivir con la diálisis estos años, pero esto no se lo esperaba, aunque la llevaban avisando mucho tiempo. No quería verlo.
—Sí, parece muy despreocupada. Pero es lógico, ¿no? No va a machacarse continuamente con su enfermedad.
Él se tensó. —Igual si se hubiera cuidado un poco más, ahora no estaría en esta situación.
—Eso no lo sabremos nunca, ¿no? —preguntó cabreándose porque seguro que él siempre hacía lo correcto. Se notaba que era un estirado de primera. Un estirado guapísimo. —¿Qué tengo que hacer?
Ahora el sorprendido fue él. —Firmar el contrato de confidencialidad.
—Ni hablar. ¿Quieres mi riñón o no?
—Lo quiero.
—Pues dime qué tengo que hacer ahora —siseó.
Él fue hasta la salida. —Tendrás noticias mías. —Abrió la puerta y se volvió hacia ella. —Y no bebas alcohol. Al menos hasta la operación.
Jadeó indignada mientras el salía de su apartamento. ¿Pero qué se creía ese hombre? ¿Que era una borracha o algo así? Se volvió y al ver la botella de champán que Prue le había regalado por su cumpleaños puso los ojos en blanco.
Llegó a la puerta de la clínica y las hojas de cristal se abrieron a su paso. Se acercó al mostrador y esperó a que la chica colgara el teléfono.
—¡Gina!
Se volvió y Bolton se acercaba hacia ella recorriendo un pasillo. No llevaba chaqueta y su camisa blanca estaba arremangada hasta los codos. Parecía cansado y se acercó a toda prisa. —¿Está peor?
Le quitó su bolsa y la cogió por el brazo. —No ha pasado buena noche. ¿Estás en ayunas?
—Sí, sí. Para que me repitan todas las pruebas y me hagan las otras. Y traigo la bolsa por si me tengo que quedar como me dijeron.
—Bien. —Recorrieron el pasillo y fueron hacia el ascensor. En ese momento salió una mujer rubia que miró a Gina asombrada. —Tía…
—Es ella —susurró—. Gracias, gracias. —Cogió sus manos y las apretó mientras sus ojos azules se llenaban de lágrimas. —No sabes lo que te lo agradezco.
—No es nada —dijo incómoda mirando de reojo a Bolton que era evidente que no se esperaba eso.
—Tía, tenemos que irnos.
—Sí, sí claro. —No le quitó la vista de encima mientras entraba en el ascensor. —Suerte.
Ella forzó una sonrisa mientras las puertas se cerraban. —¿Ellos lo saben? —preguntó asombrada.
—Claro que lo saben.
Gina frunció el ceño. —Se lo dijiste hace un año, ¿verdad?
Él se tensó. —Tenían que estar preparados por si te presentabas.
Increíble. No habían querido que entrara en sus vidas entonces, pero ahora le daban la bienvenida con los brazos abiertos. Por un riñón, por supuesto.
—Nadie sabe que Cristine es adoptada —dijo él muy tenso.
—¿La publicidad les perjudicaría?
Las puertas se abrieron. —No saben cómo manejar esta situación.
—Claro —dijo con ironía saliendo con él. Cuando iba a cogerle el brazo de nuevo ella lo apartó de malas maneras—. Sé ir sola.
—Por supuesto. —Apretó la mano en un puño antes de indicarle. —Por aquí.
Caminaron por un pasillo y se cruzaron con una enfermera, pero no les interrumpió. La llevó hasta una habitación que tenía la puerta abierta. —Puedes desvestirte y ponerte esa bata que tienes sobre la cama. Vendrán a buscarte.
—De acuerdo. —Entró en la habitación y estaba cerrando la puerta cuando sus ojos se encontraron, pero ella agachó la mirada a toda prisa antes de cerrar.
Se cambió lo más rápido que pudo y cuando terminó de abrocharse la bata se sentó en la cama a esperar. Aquello era una clínica de primera. Levantó una ceja al ver la cesta de aseo que había sobre la mesa de al lado de la puerta. Hasta tenía zapatillas. Ella siempre se ponía calcetines en su apartamento. Miró sus pies desnudos y se levantó para abrir la cesta. Olía maravillosamente. Se puso las zapatillas que asombrosamente eran de su número. Qué extraño. Llamaron a la puerta en ese momento y abrió ella misma. Una enfermera estaba allí con una silla de ruedas. —¿Señorita Gavis?
¿Quién era esa? Bolton apareció tras la enfermera y asintió. —Sí, soy yo.
—Venga conmigo.
Algo nerviosa se sentó en la silla y Bolton le dijo a la enfermera —¿Puede dejarnos unos segundos?
—Sí, por supuesto.
Se acuclilló ante ella. —Todo va bien, ¿de acuerdo?
—Sí, claro —dijo apretándose las manos.
Él las miró y se las cogió cortándole el aliento. —Todo irá bien. Estaré aquí cuando terminen.
Gina asintió emocionándose y Bolton se levantó haciéndole un gesto a la enfermera. —Estaré aquí.
Le creyó y cuando empujaron su silla se volvió para mirarle. Él metió las manos en los bolsillos del pantalón muy tenso sin dejar de observarla.
—Su novio es muy guapo —dijo la enfermera.
—No es mi novio —susurró mirando al frente.
—Pues le importa. Está preocupado.
Se miró las manos que aún sentían su contacto segura de que no estaba preocupado por ella. Estaba preocupado por su prima porque su riñón era su única oportunidad.

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