El hombre que se fue a Marte porque quería estar solo

El limítrofe gruñón que se plañida de tu proceder incívico en las juntas de la agrupación de contiguos.

El noble que te chista si tiene que abandonarse un minuto atrás de ti en la goma del hipermercado.

El concomitante que encomienda un mail con lluvia a toda la oficina si por error acabas el último rollo de papel higiénico.

Thomas está exactamente satisfecho yendo siempre por su escala, alejándose de los demás y de sus papelones.

Pero bajo esa frente gruñona se esconden una exposición y una pesadumbre que a todos nos resultan dolorosamente parentescos.

Y está a tanto de hallar una parentela que cambiara su rutina de gozar las cosas.

Un semental que había propinado el espacio por perdido.

Una gente que le enseñará a habitar.

El varón que se fue a Marte porque quería estar único es una fábula invencible y reconfortante sobre sobre honradeces improbables y segundas punterías, perfecta para los conferenciantes.

Una quimera graciosa, sentimental, tiernamente optimista.

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