Inocente en el harén del jeque de AKASH HOSSAIN

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Verano, 1818

«¡Oh, George, ven a ver! En su excitación, Lady Celia Cleveden se inclinó precariamente sobre la borda del dhow en el que acababan de completar la última etapa de su viaje por la parte norte del Mar Rojo. La tripulación arrió la vela latina que se elevaba por encima de sus cabezas y dirigió la pequeña embarcación con destreza a través de la masa de otros dhows, feluccas y caiques, que se disputaban el espacio en el concurrido puerto. Celia se aferró a la parte baja de madera de la embarcación con una mano enguantada y la otra sujetando firmemente su sombrero, observando con ojos muy abiertos cómo se acercaban a la orilla.

Iba vestida con su habitual elegancia, con un vestido de muselina verde pálido, uno de los varios que había mandado hacer especialmente para el viaje, con mangas largas y un escote alto que en Londres habría estado bastante fuera de lugar, pero que aquí, en Oriente, según le habían informado con toda seguridad, era absolutamente imprescindible. Un sombrero de paja con un largo velo, también imprescindible, cubría su inconfundible pelo cobrizo, pero su alta y esbelta figura y su juvenil tez cremosa seguían llamando mucho la atención de los pescadores, los barqueros y los pasajeros de las demás embarcaciones que se disputaban el espacio en el concurrido puerto.
George, ven a ver», dijo Celia por encima de su hombro al hombre que se refugiaba bajo el escaso abrigo que ofrecía una tienda de campaña hecha jirones sobre la popa. Hay un burro en ese barco con una expresión positivamente indignada. Se parece a mi tío cuando una votación parlamentaria ha sido contraria a él en la Cámara», dijo divertida.

George Cleveden, su marido desde hace unos tres meses, no hizo ningún movimiento para acompañarla, y era evidente que no estaba de humor para divertirse. Él también iba vestido con su elegancia habitual, con un abrigo recortado de color azul oscuro superfino, acompañado de un chaleco a rayas del que colgaban una serie de elegantes broches, y unos pantalones de piel de ante con botas altas. Lamentablemente, aunque su atuendo habría sido perfecto para un viaje en carruaje desde la casa de su madre en Bath hasta su propio alojamiento en Londres, o incluso para el viaje desde su alojamiento en Londres hasta su pequeña finca en Richmond, estaba muy lejos de ser ideal para un viaje por el Mar Rojo en el calor abrasador del verano. Los puntos almidonados de su paño de cuello se habían marchitado hacía muchas horas. Le dolía la cabeza por el calor del sol, y había un borde de sudor muy característico sudor marcando la banda de su sombrero de castor.

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