LA CONDESA BLANCA de Mónica Gallart

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***SOLO HOY Las Guerreras Maxwell, 7. Atrévete a retarme De Megan Maxwell

Regresa Megan Maxwell con la séptima entrega de la famosa saga «Las guerreras Maxwell».

Sin duda te llegará al corazón. Descubre, con esta nueva entrega, cómo los retos acaban dando paso a nuevas oportunidades...

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LA CONDESA BLANCA de Mónica Gallart pdf

LA CONDESA BLANCA: Libro solidario a beneficio de la Fundación Aladina de Mónica Gallart pdf descargar gratis leer online

La condesa Irina Viázemskaia, irrumpe en la sociedad londinense con la intención de rehacer su vida, atrás ha quedado un difícil pasado que la ha marcado profundamente.

Con una nueva filosofía de vida en la que procura bloquear sus emociones, intenta recuperarse, pero la inseguridad la atenaza cuando William Howard aparece insinuando que es una impostora. ¿A caso conoce su secreto?, ¿ese que podría arruinar su reputación? Sabe que debería alejarse de ese hombre, pero hay algo en él más poderoso que su fuerza de voluntad.

Un viaje desde la Primera Guerra Mundial, pasando por la Revolución Rusa, hasta los locos años veinte, en el que la vida no se detiene a pesar de todo aquello que amamos, y que irremediablemente, nos vemos obligados a dejar atrás.

Los beneficios íntegros de esta novela irán destinados a la Fundación Aladina, cuyo objetivo es ayudar a niños y adolescentes enfermos de cáncer y a sus familias. www.aladina.org

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LA CONDESA BLANCA

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A la memoria de mi padre, Ramón.
Siempre guio mis pasos e iluminó mi camino.
1
Londres 1921
 
Del brazo de Maximillian Fiennes, entró en el salón rebosante de lujo. El brillo de las lentejuelas de los vestidos femeninos y los destellos de las joyas llegaban hasta sus pupilas para hacerle evocar un pasado que había quedado enterrado, hacía tiempo, bajo muertes, odio y dolor. Ni siquiera sabía si quería estar allí y sintió un miedo repentino que le hizo detenerse un momento.
Max la miró al instante, y poniendo su mano sobre la que ella tenía asida al brazo de él, la instó a seguir caminando con una cariñosa sonrisa en los labios.
Reanudó sus pasos junto a aquel hombre al que tanto apreciaba y al que tanto debía. Con su porte erguido se desplazaba entre los presentes, tal y como su madre le había enseñado años atrás, mientras despertaba miradas de admiración y curiosidad.
—Mi queridísimo, Maximillian, cómo me alegra verte de nuevo en Londres ¿Qué tal por París?
La anfitriona se había acercado a ellos. Su vestido negro, con multitud de pedrería adherida, la hacía brillar con cada uno de sus movimientos.
—Lo que ocurre en París siempre es inolvidable, querida.
Maximillian besó la mano de su amiga y con esa mirada juguetona, que Irina ya conocía muy bien, la presentó a la mujer.
—Margaret, ella es la condesa Viázemskaia. Nos conocimos en París —le aclaró a la joven, consciente de que sabía perfectamente toda la historia, ya se había encargado él personalmente de que todos supieran de ella.
—Querida, estábamos impacientes por saber de la mujer que ha acompañado al vizconde desde Francia. No se habla de otra cosa en los salones londinenses.
—¡Por Dios!¡Qué aburrimiento! —afirmó Max.
—Es un placer conocerla —contestó Irina con su inequívoco acento ruso, el francés lo hablaba como su propia lengua, pero con el inglés le resultaba mucho más difícil ocultar su procedencia.
—El placer es mío, no todos los días se conoce a alguien que ha estado tan estrechamente relacionada con el zar.
A Irina le sorprendió el comentario, no pensó que nadie le iría a recordar su pasado, ni mucho menos que supieran de él. Estaba claro que Max había tenido algo que ver en ello. Ya casi lo había olvidado, había olvidado muchas cosas que tenían que ver con sus orígenes, su corazón lo había arrinconado en algún lugar. Su madre siempre le decía que no había que vanagloriarse por sus posesiones ante los demás, porque demostrar ostentación era falta de refinamiento. Ahora no lo ocultaba por eso precisamente, de algún modo era como si todo lo que fue en el pasado fuera algo vergonzoso, ya no tenía orgullo por ser una condesa «blanca», tal y como denominaban a la ya acabada aristocracia rusa. Ser aceptada en aquellos salones sin ocultar sus orígenes era algo que debería alegrarle después de tanto tiempo, pero estaba descubriendo que no era así. Todo, absolutamente todo, era similar a lo que sus ojos habían visto en el pasado, pero ella sabía que no era lo mismo, que aquel no era su lugar, y se fue dando cuenta de que, en realidad, estar allí no era lo que deseaba. Ser aceptada por una sociedad que nada tenía que ver con la que había desaparecido, le importaba bien poco. Ella ya no se consideraba la condesa Viázemskaia porque no quedaba nada de lo que le hizo ser condesa, en su lugar solo había cenizas y mucho dolor. Ni siquiera deseaba volver a serlo, ahora solo quería vivir en paz. Y en ello pensaba mientras respondía con elegante parsimonia a su anfitriona.
—Esos días terminaron, baronesa. — Su lánguida mirada azul ratificó sus palabras.
—Claro, lo entiendo —dijo la anfitriona separándola de su acompañante mientras la tomaba del brazo—, siento haber removido heridas del pasado. Ahora solo quiero que en mi casa se encuentre a gusto.
Irina se dejó llevar por aquella mujer, mientras la convertía en el centro de atención de sus invitados. Fue desplazándose entre ellos, presentándola a cada uno de los miembros de la nobleza británica. La alejó tanto de Max que desapareció de su campo de visión, en su lugar detectó una mirada oscura, que desde un rincón del salón apresaba cada uno de sus movimientos. Quizá si el curso de la historia hubiera sido distinto, Irina se habría sentido cómoda en aquel ambiente, pero estaba desubicada, aquel ya no era su lugar; y la persistente mirada del caballero acentuaba su inquietud, se sintió aún más cohibida. Había perdido su valentía, ya no era la muchacha que se presentó en casa de Mikhail para declararle abiertamente su amor, esa niña decidida y alegre había muerto en Rusia.
Las sonrisas y las palabras amables desfilaban ante sus ojos y oídos como hacía años que no ocurría, pero era imposible que volviera a sentirse como antaño. Sonreía como un autómata, aunque en la mayoría de las veces ni siquiera le interesara lo que le decían. Por fortuna, el caballero indiscreto parecía haber desaparecido.
De vez en cuando paseaba disimuladamente su mirada fuera del corrillo de personas en el que estaba y buscaba a Max sin lograr dar con él.
La música de una orquesta amenizaba la velada y camareros con bandejas se paseaban entre los asistentes ofreciendo champagne. Localizó el impoluto esmoquin blanco de Max al otro lado del salón, charlaba distendidamente con esa jovialidad que lo caracterizaba, los demás lo escuchaban riendo con cada ocurrencia. Se excusó con sus acompañantes y se encaminó hacia allí. Los asistentes se cruzaban por delante de ella y hacían que lo perdiera de vista, pero el vizconde permanecía en el mismo lugar. A punto estuvo de alcanzar su objetivo cuando una dama de ondulado y oxigenado cabello corto la alcanzó por un flanco.
—Condesa Viázemskaia, soy lady Sophie Spencer, es un placer recibirla en nuestros salones. —Le sonrió mostrando unos dientes blancos y perfectos.
—El placer es mío, lady Sophie.
—El vizconde Fiennes nos ha estado hablando de sus días en París. Es una ciudad maravillosa, hay tanto que hacer allí…
Irina le sonrió.
—Así es, en París uno no puede estar quieto. Hay muchísima oferta cultural y de ocio.
A Irina le parecía grotesco que después de todo lo que había pasado allí, estuviera conversando de sus días en París, como si hubieran sido maravillosos. Menuda mentira.
—Comer en Maxim’s y pasear por Le Champs Élyséesagregó la joven.
Irina sonrió sin decir nada, ella poco salió de Montparnasse. Aquella conversación la incomodó de nuevo y se disculpó con la joven alegando que debía reunirse con el vizconde. Pero Max había desaparecido de nuevo, así que antes de que volviera a sentirse agobiada por la situación se escapó a una de las terrazas que había en los laterales.
Dejó que el aire fresco de la noche entrara en sus pulmones. Se acercó a la barandilla y contempló los faroles encendidos que iluminaban parte del jardín que se abría ante la casa. Allí se sintió de algún modo segura, la terraza estaba prácticamente en penumbra, iluminada tan solo por la luz que llegaba del alumbrado del jardín.
—¿Abrumada?
La voz surgió de las sombras del otro lado de la terraza y de entre el humo de un cigarro aparecieron aquellos ojos oscuros que la habían estado escrutando hacía tan solo unos minutos.
—¡Ay!, me ha asustado —le dijo llevándose la mano al pecho —. ¿Qué le hace pensar eso? —le preguntó mientras lo veía acercarse hasta ella.
—Creo que está nerviosa, ¿quizá la falta de costumbre?
Se situó junto a ella y pudo mirar mejor aquellos ojos que la observaban por debajo de unas cejas también oscuras, pobladas, pero bien definidas. Era un hombre alto y se movía con ese porte aristocrático que se aprende desde pequeño. Su esmoquin se amoldaba perfectamente a las formas de su constitución estilizada, sin duda tenía un buen sastre.
—Es cierto, hacía mucho tiempo que no asistía a un baile —reconoció la joven.
El hombre la miró de arriba abajo, cosa que de alguna manera la ofendió, podía esperar ese comportamiento de alguno de los hombres que frecuentaban los locales de Montparnasse, pero no en aquel salón, le pareció demasiado descarado. El caballero dio una última calada al cigarrillo que llevaba y lo apagó contra el suelo.
—Su acento ¿es natural? —preguntó mientras sacaba una pitillera de su chaqueta.
Irina frunció el ceño molesta.
—¡¿Por qué no habría de serlo?!
Él le ofreció un pitillo antes de hablar, pero ella lo rechazó con un movimiento de cabeza.
—Supongo que hay demasiado impostor venido desde Rusia afirmando tener algún tipo de relación con los Románov.
—¡Pues yo no soy una de esos! —aseguró sintiéndose agraviada.
—No se moleste, condesa Viázemskaia. —Cierto tono sarcástico se apreció cuando pronunció su título—. A mí en realidad me da lo mismo, pero ellos —señaló hacia el salón—, se abalanzarán como fieras sobre usted si se sienten engañados.
—¡Yo jamás he engañado a nadie! —se defendió irguiendo su espalda aún más, mirándolo con severidad y pasando por alto que el joven ya conocía su nombre.
—No se enfade, matrioshka. —Apareció una sonrisa socarrona en sus labios— ¿Tiene intención de casarse con él?
Hasta ahí habían llegado, no iba a tolerar que ese hombre, a quien no conocía de nada, la tratara de ese modo.
—Veo que usted ya sabe quién soy. ¿Puedo saber yo con quién tengo el honor de hablar?
—¡Oh, qué desconsiderado!, William Howard, conde de Lindsey. —Le tendió la mano para estrechar la suya como hubiera hecho con un varón, y no tomó la de ella para besarla como se solía hacer con las damas.
Irina estrechó su mano a pesar de estar disgustada. Levantó su ceja y lo miró durante unos segundos antes de hablar.
—Vaya, no esperaba encontrarlo aquí. He visto su trabajo.
La sorpresa se reflejó en el rostro del hombre, al parecer aquello no lo esperaba.
—¡¿Mis documentales?! Pues esto es la primera vez que me pasa. Tengo la sensación de que nadie los ve.
—Me entretendría en decirle qué fue lo que me gustó de ellos, pero después de lo grosero que ha sido conmigo creo que me retiraré. Y en cuanto a su pregunta impertinente, no tengo ninguna intención de contestarla.
Se dio la vuelta y volvió al salón mientras sentía a su espalda la mirada de William Howard. Caminó entre la gente en busca del vizconde. Lo encontró entreteniendo a un grupo de seis personas, se acercó con discreción y le dijo que no se sentía demasiado bien. En realidad, las palabras del conde de Lindsey no solo le habían provocado disgusto, también la hicieron sentir vulnerable, como si ciertamente la hubiera descubierto, como si en verdad ella no tuviera ningún derecho a estar allí.
—¿Qué ocurre, condesa? —le preguntó el vizconde con verdadera preocupación.
—Nada importante. —Quiso quitarle gravedad para que no se preocupara demasiado mientras aún permanecían en el salón, rodeados de gente—. Es solo un dolor de cabeza.
—Bien, pues entonces nos vamos.
Se despidieron de todos y salieron a por el vehículo del vizconde. Arrancó con la manivela y se pusieron en marcha, pero cuando hubieron avanzado unos metros, Max paró y la miró a los ojos, mientras el ruido del motor emitía un sonido rítmico.
—¿Qué ha pasado? —inquirió preocupado.
—¿Tanto se me nota? —dijo levantando sus finas cejas oscuras y poniendo cara de circunstancias.
—No, es solo que ya te conozco bien.
—¿Qué sabes de William Howard?
Max sonrió con picardía.
—¿Te ha impresionado? Tú a él sí, no te ha quitado ojo de encima desde que entraste en el salón, lo he visto. Ese vestido que llevas es…
—No se trata de eso —lo interrumpió de inmediato—. ¿Qué clase de hombre es?
—Conozco a su hermana porque su esposo es amigo mío, pero a él tan solo de encuentros ocasionales en fiestas, no he mantenido conversaciones de más de diez minutos con él. No sé, no encajamos demasiado, no le gustan esta clase de eventos como a mí. Héroe de guerra, antropólogo, aventurero y un tanto excéntrico. Coge su avión y se marcha al Amazonas a grabar un documental, tan fácil como si fuera ir de aquí a su casa. Poco más sé de él.
—Cree que soy una impostora. Supongo que ha supuesto que pretendo engatusarte para que nos casemos y conseguir la fortuna de la casa Fiennes.
Max comenzó a carcajearse.
—¿De verdad? ¿Pero, qué te ha dicho?
—No te lo tomes a risa. La cuestión es que me ha hecho sentir como una auténtica impostora —le dijo con seriedad—. ¿Y si sabe algo?
—¿Algo de qué?
—De mi pasado, de lo que hice para…
—Mi querida condesa, no has hecho nada malo, si ha visto algo, en todo caso lo único que podría pasar es que se enamorara perdidamente de ti porque eres preciosa.
Pellizcó su mejilla con cariño.
—Qué tonto eres, Max. —Le dio una palmada en la pierna—. Pero es algo ilegal.
—¿Y? En Estados Unidos está la ley seca y allí bebe todo el mundo. Déjate de tonterías. —Se cogió al volante dispuesto a reiniciar la marcha de nuevo.
—Si se supiera no tendría ninguna posibilidad en tu mundo. Me rechazarían.
—Pues peor para ellos, condesa.
Miró hacia la carretera y se puso en movimiento de nuevo.
2
Petrogrado 1914
 
—Estate quieta, Irina —protestó su madre, Yecaterina, mientras trataba de enderezar el adorno que su hija llevaba en el pelo.
La joven estaba tan nerviosa que le resultaba difícil controlar los movimientos que hacían sus piernas, que sin saber por qué, parecían querer adelantarse y ponerse a danzar ya.
—Madre, ¿cree que alguien me sacará a bailar?
Yecaterina volvió a su hija tomándola por los hombros y la miró a los ojos.
—Mi querida niña ¿aún no sabes lo bonita que eres? —Tomó su mentón—. Esta noche vas a tener que tomar la dura decisión de quien se queda sin bailar contigo, porque no habrá tiempo para que lo hagan todos.
Irina sonrió, sabía que su madre lo decía para tranquilizarla, ese era su primer baile y se sentía inquieta.
Vestido de etiqueta, Alexey Viázemski, bajó las escaleras para reunirse con su hija y su esposa. Dmitri, su hijo mayor, lo hacía detrás.
—¡Qué preciosidad! —exclamó su padre cuando la vio—. Dmitri, esta noche vas a tener que estar muy atento a lo que suceda alrededor de tu hermana.
—Me temo que mi querida hermana va a ser de esas damas que provocan en los hombres el deseo de batirse en duelo por ellas.
—¡Calla, hijo, no la pongas más nerviosa —lo increpó Yecaterina.
La joven contaba con dieciséis años, llevaba días sin poder dormir por su presentación en sociedad, aquella iba a ser su primera aparición en público y a partir de ese momento sabrían de su existencia. Irina nacía socialmente esa noche, y los caballeros la tendrían en cuenta a la hora de pensar en hacer un buen matrimonio. Era un buen partido, su familia era una de las más importantes de Rusia. Todos sus antepasados habían prestado un gran servicio a la familia imperial y eso se traducía en derechos y compensaciones económicas que habían hecho que el patrimonio de la familia creciera. A partir de esa noche surgirían multitud de pretendientes, pero Irina sabía perfectamente lo que quería y sus ojos se habían puesto, desde hacía mucho tiempo, en un solo hombre. Esperaba que estuviera en el baile que la condesa Bobrínskaia daba en su palacio. Todos los oficiales de los Caballeros Guardia estarían allí y la joven se sentía impaciente por encontrarse con el príncipe Mikhail Vasiliev.
La abuela Anna apareció en el vestíbulo para despedirse de su pequeña y desearle suerte. Ella no iba a asistir, sus días de fiestas se habían acabado y prefería quedarse en casa.
—¡Aquí está mi pequeña condesa! ¡pero qué mujer tan bonita!
La abuela repasó con la mirada a su nieta. Por primera vez, Irina lucía las joyas de la familia, las mismas que su madre había llevado a su edad. Sobre su pelo negro lucía una peineta de plata con zafiros engarzados que hacían juego con el tono azul índigo de sus ojos, una gargantilla descansaba sobre la piel blanca de su escote y en las orejas exhibía dos zafiros completando el conjunto. Anna se acercó a ella después de su escrutinio y la besó en la mejilla.
—Baila todo lo que puedas por mí.
—Claro que sí, abuela.
Se volvieron a besar, luego la familia se acercó a la puerta. El Suetzar abrió, salió a la calle y tendió la alfombra roja hasta el coche para que pudieran llegar al carruaje sin mancharse los ropajes.
Irina se frotaba las manos en el coche pensando en su encuentro con Mikhail, ¿qué iba a pasar cuando la viera de nuevo? Habían pasado tres años desde su último encuentro, su familia y la de Misha, que así era como los más cercanos a él lo llamaban, eran amigas y vecinas en Buchalki. Las tensiones que había en las zonas rurales había hecho que sus padres decidieran trasladarse a Petrogrado y desde entonces ya no se habían vuelto a ver. Misha era cuatro años mayor que ella y la última vez que estuvieron juntos, él le había dicho, de manera despectiva, que solo era una niña, cosa que por aquel entonces le sentó muy mal, pero también sabía que el tiempo cambiaría eso y Mikhail Vasiliev la miraría con otros ojos en cuanto creciera. Por eso ahora estaba impaciente, soñaba con ese encuentro, Misha hacía tiempo que formaba parte de los Caballeros Guardia y esa noche asistiría uniformado a la fiesta, con lo bien que le sentaba. No siempre había amado a Misha, bueno, sí, lo había amado siempre, pero había habido momentos en que no lo sabía, sobre todo cuando eran niños y Mikhail le hacía alguna que otra jugarreta, aprovechando que era mayor que ella. Cuando eso sucedía olvidaba por completo lo guapo que era, solo veía a un monstruo. Sonrió al recordar el día en que las dos familias estaban en la estación de tren Nicolayevsky, iban a viajar juntas desde Petrogrado a Buchalki. Ella tenía siete y el príncipe once años. Jugando, hizo que lo siguiera hasta la primera planta del edifico, donde estaban las viviendas de los trabajadores ferroviarios, a esas horas los corredores estaban vacíos porque estaban todos trabajando. Se coló por un pasillo, sabiendo que Irina lo seguía, entró a una estancia que tenía dos puertas, una que normalmente se utilizaba como almacén y tenía cerrojos por fuera, así que entró por una y salió por otra cerrándola después, cuando Irina entró por donde le había visto hacerlo a él, Misha se apresuró para pasar el cerrojo desde fuera, dejándola atrapada dentro. Y se marchó. Estuvieron una hora buscándola hasta que el príncipe contó lo que había hecho. Los Viásemski y los Vasiliev perdieron el tren, y a Mikhail le cayó una buena, cosa que alegró a Irina. Pero a ella pronto se le olvidó y volvió a perseguirlo para jugar con él, para la joven condesa, Misha era la sabiduría y la belleza personificadas, tenía ocurrencias magníficas y cuando no recaían sobre ella, como aquella vez en la estación, le parecían de lo más ingeniosas.
El salón de baile de la condesa Bobrínskaia despedía destellos dorados por doquier e Irina intentó no dejarse llevar por la efusión, erguida, entró con su familia, procurando no hacer ningún gesto que desvelara su exaltación interior. Ahora debía de comportarse como la mujer que todos esperaban. La música de violinistas rumanos, ataviados con bonitas camisas rojas, envolvía a los asistentes en una atmósfera mágica, a Irina le pareció que acababa de atravesar una puerta a un nuevo mundo y en realidad así había sido. Las tensiones políticas y los problemas del país se habían quedado fuera, ahora solo había lujo y diversión.
Iba del brazo de Dmitri y con toda su familia fueron recibidos por la anfitriona.
—Una fiesta impresionante, querida —la halagó su madre.
—Sin duda esta es la mejor de la temporada, condesa Bobrínskaia —alegó el conde Viázemski.
—Sois muy amables —agradeció la mujer— ¿Pero quién es esta belleza que os acompaña?—preguntó prestando toda su atención a Irina —. Si hace nada era un niñita. ¡Cuánto ha crecido! —exclamó, fijándose en las líneas esbeltas de la constitución de la joven.
—Así es, esta es nuestra condesa Irina Viázemskaia, que ya se ha hecho una mujer —aclaró su padre con orgullo.
—Estoy segura de que esta cara tan bonita se va a quedar grabada en el corazón de muchos de nuestros muchachos —afirmó, haciendo enrojecer a Irina.
—Gracias, condesa —le contestó con timidez.
—Pues sed bienvenidos, comed, bebed y disfrutad de la velada.
Se mezclaron con los demás invitados y Dmitri enseguida se topó con amigos, dejó a su hermana con sus padres y comenzó una charla con otros jóvenes.
Irina comenzó a sentir cierta angustia mientras veía a las parejas desplazarse por la pista de baile ¿dónde estaban esos jóvenes que su madre le había dicho que harían cola por bailar con ella? «Seguro que mi altura los para», pensó con preocupación, Irina era una joven delgada, pero no era menuda, todo lo contrario, alcanzaba a muchos barones en altura, con su metro casi setenta y cuatro. Era cierto que acababan de llegar, pero empezó a pensar que se marcharía de allí sin que nadie hubiera reparado en ella. Había multitud de muchachos uniformados bailando en la pista e instintivamente buscó los bucles dorados de Misha. Estaba entretenida en ello cuando su hermano apareció con varios de sus amigos para presentárselos. Y a partir de ahí las invitaciones para ir a la pista de baile comenzaron a lloverle.
En brazos de Boris, uno de los amigos de su hermano, daba vueltas al son de un vals, luego llegó Petro y luego Pável, y después Vladimir y muchos más, más bajos y más altos que ella, hubo de todo y probablemente al día siguiente no recordaría sus nombres. Bailó hasta que se sintió exhausta y necesitó descansar. Fue cuando se dio cuenta de que las miradas de los jóvenes estaban puestas en ella y aquello alimentó su vanidad. Se sintió hermosa y se regocijó pensando que los tenía comiendo de su mano, cosa que hizo que los miedos con los que llegó se desvanecieran. Se acercó a un extremo del salón para sentarse en una silla, pero antes de que lo hiciera la mirada azul cristalina de Misha estaba ante ella observándola con un brillo que jamás había visto en ella.
—Irina Viásemskaia, ¿dónde está la niña con la que jugaba en el jardín de mi casa?
La joven pestañeó un par de veces con lentitud, y adoptando una actitud coqueta que desconocía que fuera capaz de asumir, le habló.
—Mikhail Vasiliev, te dije, hace mucho, que el tiempo solucionaría lo que al parecer era un problema para ti. Aún me duelen tus palabras. Aquí. —Se llevó las manos al corazón y frunció sus labios fingiendo tristeza.
—Ahora me duele a mí, por haber sido tan desdeñoso contigo, ¿me permites resarcirte trayéndote algo de beber?
—Lo aceptaré, gracias —Acompañó sus palabras con un gesto de aprobación de su cabeza.
Pero en el tiempo en que Misha fue a por la bebida, un muchacho, aprovechando que estaba sola, le pidió un baile y ella, que había descubierto los elementos básicos del flirteo decidió aceptar, y de algún modo, castigar a Misha. Cuando llegó el muchacho, Irina estaba dando vueltas por la pista. Lejos de desilusionarse, el joven esperó a que terminara la pieza y antes de que alguien se le adelantara, dejó las bebidas y se acercó a la joven.
—Irina, ¿qué te parece si dejamos los juegos para otros que no se conozcan tan bien y me reservas todos los bailes que quedan de esta noche?
—¿Por qué habría de hacer eso?
—Porque además de ser tu amigo, cuento con el beneplácito de tus padres. —Se giró hacia el lugar donde estaban los progenitores de la joven, quienes los miraban complacidos.
—Acabas de hacer trampa.
—Pero ha funcionado —le dijo ofreciéndole su brazo para acompañarla hasta la pista.
Irina se aferró a él, altiva y distinguida, ocultando la satisfacción que le producía el saber del interés de Misha por ella como mujer y no como la niña con quien jugaba en la niñez.
Un brazo de Mikhail rodeó su cintura y sobre la palma de su otra mano ella dejó reposar la suya enguantada. Los ojos de Misha se clavaron en los suyos mientras la música flotaba por el aire hasta adentrarse en sus oídos y se movieron con ella. Irina también flotaba, la sonrisa de él y su cercanía la hacían volar.
—Me alegro de haberte encontrado aquí. Ha sido una sorpresa muy agradable —le dijo él.
—A mí también me alegra.
Omitió decirle que ella esperaba encontrarse con él, que su mirada lo buscó entre todos los oficiales en cuanto entró en aquel salón.
—Es en serio lo de acapararte toda la noche, ¿lo sabes?
—Te conozco lo bastante bien para saber que hablas en serio.
—¿Y te importa?
—En absoluto, Misha, me complace pasar el resto de la noche bailando contigo.
Ahora sí optó por ser sincera.
Misha respondió afianzando más la mano que estaba en la cintura de ella.
—Pues voy a ser la envidia de todos.
La joven sonrió, perdiéndose embobada en sus ojos.
Bailaron y conversaron, bebieron juntos y se miraron con complicidad, e Irina quiso pensar, que con veneración. Se fue de aquella fiesta creyendo que había conquistado a su adorado Misha y con la promesa de él de que se verían más veces.
Hubo más fiestas, la temporada ese año fue frenética, después de las tensiones políticas parecía que la alta sociedad se había lanzado a disfrutar intensamente, como si adivinaran que sería la última en la que podrían hacerlo. Irina bailó con Misha nuevamente, disfrutó de las atenciones del joven y se convenció de que el destino uniría sus vidas para siempre.
3
Londres 1921
 
Max era un hombre entregado a los placeres mundanos, le gustaba vivir la vida intensamente, las fiestas y reuniones eran el centro de su actividad. Tener dinero le proporcionaba la posibilidad de abandonarse a esa vida hedonista que había elegido y de la que no podía separarse.
Desde fuera parecía un hombre superficial al que solo le importaba divertirse, pero Irina sabía que no era así, Max era sensible y guardaba lo mejor de sí mismo para aquellos que lo conocían íntimamente. La condesa era una de ellas y se sentía afortunada por ello. Ella suponía que su actitud se debía a los tiempos difíciles que habían vivido, la Gran Guerra había hecho que la filosofía de muchos hubiera cambiado y vivieran el presente con intensidad. Para ello Max necesitaba la herencia familiar, y a Irina.
Ahora era su invitada, mejor dicho, la invitada de su abuelo materno, Adrien Brown, un hombre de moral recta y firmes convicciones. Su abuela Anna y ella, vivían en su casa desde que habían llegado a Londres. A Adrien le pareció correcto ser hospitalario con unas invitadas tan distinguidas, cuyo padre de una e hijo de la otra había sido Mariscal de Campo del zar Alejandro III y posteriormente había servido al zar Nikolái II. Estar tan estrechamente relacionadas con los altos dignatarios del ya extinguido imperio ruso había abierto las puertas de la casa Brown. Eso lo sabía Max, el muy zalamero sabía que su abuelo reaccionaría aceptando a las dos mujeres de buen grado, y si le hacía creer que había una posibilidad de emparentar con ellas a través de su adorado nieto, todavía lo iba a entusiasmar más, por eso le daba esperanzas, aun estando convencido de que él jamás se casaría.
A las doce en punto de la mañana un Max vestido con ropa de calle llamaba a la puerta donde Irina y su abuela estaban instaladas.
—¿Las damas están listas? —le preguntó en cuanto Irina abrió.
—Sí, mi abuela hoy está deseando dar su paseo.
—Pues vamos allá.
Anna apareció con el abrigo ya puesto y su bastón para ayudarse a caminar.
—Oh, aquí está el apuesto muchacho que nos acompaña todos los días. ¿Te ha enviado Alexey? —le preguntó en inglés, Anna no tenía problemas en cambiar el idioma según el que se usaba en cada conversación, y lo hacía con naturalidad. Todos y cada uno de los miembros de la familia habían aprendido tanto inglés como francés, lenguas en las que hablaban dentro de la unidad familiar cuando estaban en Rusia.
—No, querida, me envía el señor de la casa ¿lo recuerda? Adrien Brown —contestó ofreciéndole aquella sonrisa encantadora que solía conquistar a todo el mundo.
—¿¡El señor inglés!?
—El mismo —ratificó Max.
—Es un hombre muy atento —alegó mientras se cogía del brazo de su nieta para emprender la marcha —¿Él no nos acompaña?
—El señor Brown jamás sale de casa, el miedo a la gripe española se encargó de enclaustrarlo de por vida, además no le gustan los cambios que se están produciendo en el mundo y prefiere no pisar la calle —expuso su nieto.
—Es una lástima —dijo con pena.
La mansión del señor Adrien se hallaba situada en Belgravia y todos los días daban un paseo por los alrededores, Anna necesitaba ejercitar sus entumecidos músculos. Los tres, caminaban por las calles señoriales de aquel lujoso barrio y se cruzaban con los vecinos de los Brown, quienes los saludaban con cortesía. Max sabía que aquello suscitaba curiosidad, y sobre todo, estaba convencido de que todos habían sacado sus propias conjeturas, y eso, era un añadido al placer que le pudiera proporcionar la caminata con las damas. De algún modo, estimulaba esa parte de su personalidad que sentía placer por el juego.
Se encaminaron al parque más cercano para que Anna pudiera descansar en uno de sus bancos cuando lo necesitara. Y justo, poco antes de llegar, se interpuso aquel hombre en su camino. Irina iba distraída y pensó que era un transeúnte más con el que se cruzaban, pero aquel caballero, ataviado con un elegante abrigo gris a cuadros y un sombrero homburg, se había detenido ante ellos. Aquellos ojos oscuros se asomaron por debajo del ala de su sombrero e Irina se encogió al toparse de nuevo con aquella mirada que no esperaba. Incrédula, sus ojos repasaron su rostro para cerciorarse de que, efectivamente, no se había equivocado y el conde de Lindsey estaba frente a ellos saludándolos. ¿Por qué lo había hecho, cuando era evidente que no era amigo de Max? Podría haberlo evitado cruzando a la otra acera, pero parecía querer recordarle a Irina su presencia. Los ojos de William Howard se detuvieron en Max mientras lo saludaba con cortesía.
—¿Cómo está su abuelo? —se interesó por su familiar.
—Recluido en su castillo, apenas sale, pero bien, es lo que él ha elegido. ¿y su familia?
—Todos bien, gracias. ¿Ha venido a ver a su hermana?
—Así es.
—Ahora que somos vecinos, pasaré a visitarla algún día.
—Estoy seguro de que lo recibirá encantada —respondió el conde cortésmente.
—Permítame que le presente a mis acompañantes. —Max miró a las damas con las que iba, consciente de que la muchacha rusa ya lo conocía.
—Tuve el placer de conocer a la condesa Irina la otra noche —aclaró dirigiendo su mirada a ella —¿Condesa?—. Hizo una especie de reverencia fijando sus ojos en la joven.
Irina sonrió sin demasiadas ganas, de niña le habían enseñado a ser correcta incluso cuando no deseaba serlo.
—Pero a la condesa Anna, no —puntualizó Max.
William Howard tomó la mano de la anciana mujer y se la llevó a los labios, algo que no hizo con Irina.
—A sus pies, señora.
—¡Otro joven inglés! —exclamó la mujer causando desconcierto en el conde—. ¿Ha venido a visitar al zar?
—Abuela, estamos en Londres —se apresuró su nieta a aclararle.
—¡Oh! entonces nosotros deberíamos presentar nuestros respetos al rey —dijo con preocupación.
—No pasa nada, el rey no nos espera —le explicó Irina un tanto tensa por la situación que se estaba dando.
Su abuela olvidaba las cosas, algo que fue en aumento paulatinamente desde que dejaron Rusia.
—Es un placer conocerla, señora.
Anna le sonrió.
—El placer es mío ¿Querrá venir a visitarnos algún día? —lo convidó la anciana mujer.
Irina tragó saliva incómoda.
—Por supuesto, sería un honor para mí hacerlo.
Un hombre mundano, como se suponía que era el conde, ¿no tenía una respuesta para evitar aceptar la invitación de una anciana a la que seguro debía de tomar también por una impostora?
—Pues la invitación está hecha —afirmó Max ante la sorpresa de Irina. Después de lo que le había contado ¡¿cómo podía invitarlo?! —Le enviaré un mensaje para confirmar día y hora.
—Iré encantado.
Sonrió, y al hacerlo dos líneas surcaron su rostro enmarcando su boca, junto a la comisura de los labios. La volvió a mirar e Irina pensó que lo hacía regodeándose. Sabía que su presencia le molestaba y aún así aceptaba aquella invitación que no tenía ningún sentido. Estaba enfadada con ese hombre y estaba enfadada con Max por no haber puesto freno a aquella estupidez.
El conde se despidió de ellos y antes de marcharse la miró de nuevo para irritar aún más a la joven.
—¿Por qué has hecho eso? —recriminó a Max molesta.
—¿El qué?
—¡Invitarlo!
—¡Irina Viásemskaia! ¿qué modales son esos? —la amonestó su abuela— ¿Tú madre no te enseñó las reglas básicas de cortesía?
—Abuela ¡por favor!
—Eso, Irina, ten en cuenta las reglas de cortesía —reafirmó Max con cierta mofa.
—Después de lo de la otra noche…
—Por eso mismo, querida. —Tomó su mano y dio unas palmaditas sobre ella—. Al enemigo no hay que perderlo de vista y para eso hay que tenerlo cerca y controlado. —Le guiñó un ojo.
—Pero es que me hace sentir insegura, Max, me asusta que… —Miró a su abuela y se detuvo.
—¿Te asusta qué? —preguntó la mujer.
—Nada, vamos a continuar con el paseo.
—Lo que tenéis que hacer es casaros y protegeros el uno al otro.
La risa de Max sonó estentórea y la mujer lo miró con sorpresa.
—¿Qué gracia he dicho? —preguntó.
—Ninguna, querida mía —le contestó Max dándole un beso en la frente.
—Eres un buen hombre, a la vista está que quieres a mi nieta y ella te quiere a ti, mi nieta es una belleza y tú eres un hombre guapo, seríais la envidia de todos.
—Estoy seguro de ello —afirmó Max.
—Bueno, lo pensaremos —concluyó Irina aferrándose al brazo de su abuela e instándola a caminar de nuevo.
4
Petrogrado 1914
 
Alexey Viásemski se dejó caer, abatido, en el butacón de su salón.
—Esto no traerá nada bueno. Primero la guerra con Japón y ahora con Alemania. No sé cuál será el futuro de Rusia, pero me temo que la política de Nikolái no nos llevará a buen puerto. Hay demasiados problemas, demasiados… y esto los aumentará.
Los conflictos internos que arrastraba el país desde hacía mucho tiempo se unían ahora a la guerra con Alemania, y eso preocupaba a Alexey. El malestar de las clases bajas explotó en mil novecientos cinco con una revolución que pareció extinguirse, pero aún no se había dado una solución al problema que lo generó, por lo que continuaba latente. ¿Era momento, entonces, de entrar en guerra con otro país, cuando había tanto descontento interno?
Yecaterina se arrodilló en el suelo junto a él y le tomó las manos.
—Debemos confiar en el zar.
Alexey puso la mano sobre la mejilla de su esposa.
—La guerra contra Alemania ha despertado el sentimiento patriótico del pueblo y parece que eso lo ha unido, ha habido una pausa en las tensiones entre compatriotas, pero Rusia necesita un cambio que Nicolai no está dispuesto a dar. Y mucho me temo, que como todas las guerras, esta traerá más pobreza y desazón.
—La Duma[1] ha sido tan solo un placebo cuyo efecto pasó hace tiempo—declaró Dmitri. No se cumplieron los compromisos del manifiesto de octubre o mejor dicho no sirvieron de nada.
El joven hijo del conde estaba convencido de que su país necesitaba un cambio importante, para él era necesario, pero el temor, después de las últimas revueltas, en las que los campesinos habían saqueado y matado a hacendados, hizo que, inevitablemente, él y su familia se apoyaran en el zar. Aún así, a pesar de su juventud, estaba convencido de que las cosas se podían modificar y el único camino era a través de la política, por eso pertenecía al partido octubrista.
—Confiemos en que nuestros soldados ganen esta guerra —dijo Yecaterina levantándose.
—¿Qué guerra?
Irina acababa de entrar en el salón en el que estaban sus familiares. Su hermano y su padre se miraron antes de decir nada.
—Hemos entrado en guerra con Alemania —Dmitri fue el primero en hablar.
—¡¿Qué?!
—El zar ha ordenado una movilización general de las tropas. Estamos en guerra con Alemania, Irina.
—¿Movilización de las tropas? Pero eso significa que…
Su mente visualizó a Mikhail uniformado y la angustia la sacudió.
—Que nuestros soldados parten para defender nuestros intereses, pequeña —continuó su padre.
—¿Y Misha?
—Me temo que será inevitable que vaya —contestó Yecaterina.
—Pero eso… es horrible.
—No, hija, cumple con su deber, está al servicio de Rusia y ahora lo necesita —habló su madre —. Tu padre también irá.
Irina miró a sus progenitores con preocupación, luego miró a su hermano.
—¿Y tú Dmitri, también?
—De momento seguiré con la política, aquí.
Irina suspiró al saberlo, era un consuelo tonto pensar que su hermano se quedaba cuando su padre y Misha se marcharían a la guerra.
Multitud de pensamientos acudieron a la cabeza de la joven, pero solo una única sentencia prevaleció en ella: «Misha y padre podrían no volver». Su corazón se aceleró ante la idea de no verlos más y una necesidad de salir en busca de Misha comenzó a presionarla.
Ella misma era consciente de su juventud y de que no la iban a dejar salir de casa en aquellos momentos, mucho menos para ir a casa de un hombre, por muy amigo de la familia que fuera, así que ni siquiera lo planteó. Ocultó la angustia que le producía el pensar en la posibilidad de que, el hombre al que quería se hubiera marchado ya y no pudiera despedirse. No se quedó en el salón para debatir sobre la situación del país con su familia, se retiró en cuanto pudo y salió por la puerta de la cocina a hurtadillas.
Corrió por las calles de Petrogrado sola, la casa en la que vivía Misha no estaba demasiado lejos, pero el miedo de que al llegar ya no estuviera hizo que el trayecto le resultara más largo. Cuando arribó, llamó a su puerta como si le fuera la vida en ello. Abrió un sirviente al que no conocía, Misha se había trasladado a Petrogrado sin su familia y probablemente había contratado allí al servicio.
—Buenas tardes, soy Irina Viásemskaia y estoy buscando al príncipe Mikhail Vasiliev.
Tan solo unos segundos tardó en contestar aquel hombre, pero Irina creyó que se iba a desmayar si no sabía ya si su Misha estaba en casa.
—Un momento señorita.
No la hizo pasar, cerró la puerta y la dejó en la calle con aquella inquietud palpitando en sus entrañas. Cuando se volvió a abrir la puerta no fue el sirviente quién lo hizo.
—¿Pero qué haces aquí? ¿No te acompaña nadie?— preguntó Mikhail.
Irina negó con la cabeza, aliviada de verlo aún allí. Él la tomó del brazo y la invitó a entrar.
—Ay, Misha, me he enterado de que vamos a entrar en guerra —dijo mientras pasaba a la casa del joven.
El muchacho la condujo a un salón y cerró la puerta.
—No deberías haber venido sola.
—¿Te vas? —preguntó ignorando la reprimenda de su amigo.
—Parto esta tarde, iba a acercarme a casa de tu familia para despedirme.
Irina se llevó la mano al pecho e intentó retener las lágrimas que pretendían desbordarse por sus ojos. No lo iba a tolerar, no iba a dejar que su llanto estropeara lo que había ido a decirle.
—Misha, yo…
Ese nudo en la garganta le estaba molestando. Carraspeó y miró un momento al suelo para serenarse.
—¿Qué pasa? —preguntó él acercándose a ella.
La muchacha levantó de nuevo los ojos y fundió su mirada con la del joven.
—No podía dejar que te fueras sin decirte que… yo te quiero. Siempre lo he hecho.
Misha sonrió.
—Ya lo sé. Y yo te quiero a ti ¿Lo sabes tú?
Los ojos de Irina brillaron antes de dejar soltar las lágrimas que retenían y sin contestarle alargó sus brazos e hizo que el joven se agachara para poder besarlo. No dudó ni un solo momento, no pensó si estaba bien o mal, se dejó llevar por aquel impulso y Misha no lo impidió, la aferró pegándola a su pecho cuando sintió sus labios suaves sobre los suyos.
—No lo sabía —susurró cuando se separó de él —¿Tendrás cuidado?
Asintió.
—¿Y tú me esperarás?
—Siempre.
Se volvieron a besar con pasión, como si a través de aquel acto pudieran entregar parte de su propia alma al otro, conscientes de que su separación estaba próxima y podría ser larga.
5
Londres 1921
 
Dado que la invitación había partido de Anna Viásemskaia, Max y el dueño de la casa habían tenido la deferencia de considerarla la anfitriona y hacer como si la casa en la que estaba como invitada fuera suya, por ello no estaban presentes. Un bonito detalle dado el estado de salud de la mujer. Anna hacía tiempo que no vivía en el mundo real, su mente se marchaba al pasado y mezclaba acontecimientos vividos con el presente. Esa situación incomodaba a Irina, ya que ella sí acompañaba a su abuela, se sintió desamparada sin Max a su lado.
El salón en el que estaban le parecía un minúsculo cubículo en presencia de William Howard. Por lo menos no estaba sola con él y tampoco era la anfitriona, por lo que se mantenía en un segundo plano. Su abuela estaba encantada con la visita. El conde de Lindsey le había traído unos dulces y se mostraba amable con ella, como si fuera otro hombre y no el que la acusó de ser una farsante la otra noche. ¿Cómo podía haber tenido la desfachatez de aceptar aquella invitación, después de cómo la había abordado en la fiesta? La única respuesta que acudía a su mente era que lo hacía para intimidarla, lo veía en esos ojos que se escapaban furtivamente hasta ella mientras conversaba con su abuela. «¿Qué quieres de mí, William Howard?», pensaba conforme intentaba evadir su mirada.
Lo observaba mientras se mantenía al margen, cuando él tenía la atención sobre su abuela, intentando adivinar qué clase de hombre era. Ahora mismo, a simple vista, parecía encantador. Sus modales eran perfectos, ¿quién era el farsante aquí? Esas impecables maneras no eran las que le mostró a ella. Todo en él parecía correcto, pero mientras permanecía sentado junto a su abuela, a Irina le llamó la atención verlo tomar una rosquilla con la mitad de chocolate y la otra mitad de almendra, y partirla para comerse solo la parte de almendra, dejando el chocolate en el platillo. Justo después de que Anna le hubiera comentado que eran sus favoritas y que por eso las había elegido para ofrecérselas a él esa tarde.
—Me alegra que nos haya visitado, conde de Lindsey. —comentó ana con cordialidad.
—Es un honor que me haya recibido.
—¿Como está su familia? —le preguntó como si la conociera.
—Muy bien, gracias. Mi hermana Roberta se casó hace poco y vive muy cerca de aquí. Mi madre está en nuestra finca en el campo, desde que murió mi padre no ha salido de allí.
¿A qué venía toda aquella explicación tan cercana? Como si conociera a su abuela de toda la vida.
—Tendremos que organizar alguna comida para que nos visiten ¿verdad, querida? —buscó en su nieta confirmación.
—Abuela, no estamos en casa.
La mujer hizo caso omiso y miró de nuevo a su invitado.
—¿Qué le pareció la fiesta que dio la condesa Bobrínskaia el otro día? Yo no pude asistir. Irina estaba preciosa ¿verdad?
Irina se levantó y se sentó junto a su abuela antes de que continuara.
—Abuela. —La tomó de la mano y esperó a que la mirara a los ojos para hablar—. No estamos en Petrogrado y este caballero no estuvo en la fiesta de la condesa Bobrínskaia.
—¡Oh! —exclamó algo aturdida—. Discúlpeme. —Se dirigió a William Howard—A veces no sé lo que me pasa.
—No se preocupe, me hubiera gustado mucho asistir a esa fiesta y encontrarme allí con su nieta.
La mujer sonrió.
—Todos querían bailar con ella.
—No lo dudo. —Sus ojos miraron a Irina fugazmente.
—El príncipe Mikhail Vasiliev está enamorado de ella, es un guapo oficial de los Caballeros Guardia, pero se fue a la guerra.
Escuchar de nuevo aquel nombre hizo que la nostalgia invadiera el corazón de Irina y se revolvió inquieta, no deseaba mostrar sus emociones ante el hombre que las visitaba.
—Abuela, por favor —murmuró la joven suplicante, con la mano de la anciana entre las de ella.
—Estas pastas están deliciosas —dijo el conde mientras hacía un gesto complacido.
Irina miró el chocolate que había apartado en su platillo e ignorando que quizá aquello lo había dicho para desviar la conversación, no pudo evitar hacer su comentario, solo por el simple hecho de que el señor Howard no le caía bien.
—Entonces ¿por qué ha apartado el chocolate?
—Sí, lo siento, soy alérgico.
Alzó sus cejas poniendo cara de circunstancias.
Irina se levantó bruscamente.
—Lo siento. —Se agachó y retiró el plato de la mesa —. Creo que lo mejor sería que dejáramos esto para otro día.
No aguantaba más.
—¡Irina! —exclamó su abuela sorprendida —, ¿qué actitud es esa?
—No se preocupe —se apresuró a decir el conde—. He de marcharme ya.
Se puso en pie también.
—Ha sido un placer charlar con usted —se dirigió a Anna, tomó su mano y la besó.
Irina lo acompañó hasta la puerta y antes de despedirse, William Howard le habló.
—Su abuela es una gran mujer.
—¿También piensa que ella miente? —soltó a bocajarro.
William sonrió haciendo que se estirara el fino bigote que delimitaba su boca, aquellas dos líneas de expresión junto a sus labios aparecieron asimismo descendiendo hasta su mentón, que para que su dueño pudiera observar a Irina mejor, se había agachado.
—No. Ella no lo hace.
—Pero yo sí. —Sintió miedo al formular la sentencia, pero afrontó su mirada con valentía.
—No, aunque algo esconde —afirmó el conde sin apartar su mirada de ella, acercándose un poco más.
No podía más, si algo tenía que decir que lo dijera ya.
—Está bien ¿qué es lo que quiere de mí? —le preguntó ceñuda.
—¿Qué le hace pensar que quiero algo de usted?
¡Oh! La exasperaba ¿Es que pensaba que ya había olvidado lo de la fiesta?
—No lo sé, dígamelo, me abordó la otra noche acusándome de mentir y ahora afirma que oculto algo.
—Yo no tengo nada en contra de los secretos que cada uno quiera guardar, al final todos tenemos alguno.
—¿Entonces qué hace aquí?
—Usted me resulta interesante, eso es todo.
Sonrió de nuevo mirándola fijamente. Irina dio un paso atrás para poner distancia entre los dos. Aquello la dejó descolocada. «¡¿Eso es todo?!», pensó sin poder articular ni una sola palabra. William Howard la tenía desconcertada, había llegado a esperar de él un sucio chantaje: su silencio a cambio de no sabía muy bien qué. Pero ahora no tenía muy claro que él supiera algo, porque si fuera así, ¿no se lo habría dicho ya?, ¿no habría expuesto sus intenciones? No había motivos para rodeos. Quizá era cierto que sospechaba que no era una condesa y quería ahorrar la vergüenza a los de su círculo por admitir en sus salones aristocráticos a una impostora.
Irina tardó en reaccionar, pero cuando lo hizo fue para contraatacar.
—Y a todo el mundo que considera interesante lo acusa de engañar.
—Condesa Irina Viásemskaia, no está entendiendo nada. No pretendo ser su enemigo.
—Entonces ¿qué pretende?
William Howard la miró con seriedad.
—Cuando lo sepa, se lo diré —murmuró.
Le tendió su mano para que se la estrechara e Irina se la tomó mirándolo a los ojos. Aquel calor que sintió sobre la suya ¿lo podía considerar como el calor de una mano amiga? Su enfado fue sustituido por el desconcierto y su miedo se esfumó mientras veía la espalda de William Howard alejarse por la calle. Todo le pareció tremendamente extraño.
6
Petrogrado 1915
 
Los tiempos habían cambiado, mucho. Rusia había comenzado la guerra con empuje, pero después de un año de contienda, Varsovia cayó a manos de los alemanes. Las damas de la alta sociedad rusa, movidas por ese sentimiento patriótico y piadoso, inculcados desde la cuna, se lanzaron a crear hospitales y dirigirlos, donaron dinero para material e incluso comenzaron a ejercer como enfermeras de sus soldados heridos. Todo pareció convertirse en una competición para ver quién hacía más por su país, una carrera cuyo pistoletazo de salida había sido dado por la propia zarina, Alejandra, que después de que su esposo hubiera decidido tomar las riendas de la situación e ir él personalmente al frente, organizó trenes sanitarios, hospitales, y ella y sus hijas mayores comenzaron a trabajar como enfermeras.
Yecaterina nunca había tenido demasiada afinidad con la zarina, su esposo había tenido que reunirse con el zar en varias ocasiones y su familia había pasado algunos días en el palacio de Tsárskoyes Seló en el que vivían los zares. Así fue cómo pudo conocerla personalmente. Alejandra le parecía una mujer extremadamente seria que mantenía las distancias, no era demasiado conversadora lo que le hacía pensar que le disgustaba tener que atenderla, pero cuando estalló la guerra admiró profundamente el valor que demostró y su capacidad de trabajo. Si Alejandra, que era la zarina, podía mostrar ese carácter piadoso, ella y su hija tenían que seguir el mismo ejemplo. Por su amada Rusia. Así que Yecaterina y su hija hicieron el curso de la Cruz Roja para convertirse en enfermeras, y todos los días, a primera hora de la mañana iban a uno de los palacios de la familia imperial, donde se había improvisado un hospital, dada la oleada de soldados heridos que se había producido últimamente.

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