La elección de Theo de Victoria Aveline

La elección de Theo de Victoria Aveline

A compartir, a compartir! Que me quitan los posts!!

***SOLO HOY Y ahora supera mi beso de Megan Maxwell 

Regresa Megan Maxwell con una novela romántico-erótica tan ardiente que se derretirá en tus manos.

Sexo. Familia. Diversión. Locura. Vuelve a soñar con la nueva novela de la autora nacional más vendida…

DESCARGAR AQUÍ


La elección de Theo de Victoria Aveline pdf

La elección de Theo: Serie Clecania, Libro 1 de Victoria Aveline pdf descargar gratis leer online

Que la secuestren unos alienígenas es solo el inicio de los problemas de Jade. Por suerte, sus rescatadores, una raza alienígena conocida como clecanianos, están dispuestos a protegerla, pero Jade tiene que quedarse un año en su planeta y respetar su cultura, además de elegir a un esposo. Al principio se niega, pero decide aceptar hasta que encuentre una forma de volver a la Tierra.

Theo, un mercenario lleno de cicatrices que prefiere una vida en soledad, se sorprende cuando Jade lo elige como esposo. Después de años sin que nadie lo escogiera, no imaginaba que fuera a suceder, ni él ni nadie. Solo hay una posible explicación: esta mujer seductora debe de ser una espía, y Theo está decidido a delatarla haciendo uso de todos los medios necesarios.

Jade y Theo se ven obligados a pasar tiempo juntos y la química entre los dos se vuelve innegable. Pero ninguno puede permitirse pensar en amor, en especial porque Jade parece decidida a regresar a casa. A fin de cuentas, ¿cómo va a quedarse aquí?


Capítulo 1
—Las dos de la mañana —gruñó Jade. Tenía que levantarse para ir al trabajo en seis horas—. ¿Por qué me hago esto? —murmuró.
A Jade nunca le había resultado fácil dormir. Envidiaba a las personas que podían tumbarse y dejarse llevar al mundo de los sueños en cuestión de minutos. Cada vez que ella intentaba dormir, su cuerpo cansado se mostraba en desacuerdo con su mente activa.
Como diseñadora de jardines, Jade podía permitirse dormir y trabajar en horarios poco convencionales. Su oficina en casa era una zona creativa muy refinada y la mayoría de los diseños los había producido ahí en lugar de en un despacho sofocante. No tenía que salir de su hogar y lanzarse al mundo muy a menudo, y lo prefería de ese modo.
Al día siguiente tenía una reunión con un cliente especialmente acomodado, quien quería que el patio de la casa que tenía enfrente del lago pareciera un auténtico jardín japonés. Buscar plantas que se asemejaran a las que había en el clima templado de Japón, pero que pudieran sobrevivir al clima húmedo subtropical de Carolina del Sur sería, cuando menos, un reto interesante.
Frunció el ceño al ver la montaña de bosquejos a medio terminar.
Apagó la televisión y recorrió los pocos pasos que la separaban de la cocina. Cuando enjuagó la copa de vino, vio un destello de luz por la ventana que había encima del fregadero.
Qué extraño. No estaba lloviendo. Esperó a oír el trueno, pero no llegó.
Las tormentas eléctricas eran habituales en Carolina del Sur, pero la luz que había visto venía de cerca, tan de cerca que tendría que haber oído el trueno.
Se estremeció. Apartó el vaso y se dirigió a su dormitorio.
¡Pum!
Jade se tensó.
¡Pum! ¡Pum!
El pánico inicial al oír el estruendo se convirtió en fastidio.
—Maldita puerta —gruñó.
El pestillo del mosquitero llevaba semanas roto. Si no se aseguraba de cerrarlo correctamente, acababa abriéndose y golpeando el marco de la puerta con el viento.
Esta semana se había despertado de improviso en más de una ocasión por el golpe repetitivo.
Cerró bien el mosquitero y miró los árboles que había en el límite de la propiedad. No vio más destellos de luz iluminando el cielo, pero el aire de la noche era cálido y húmedo. Puede que se acercara una tormenta.
Por el rabillo del ojo vio movimiento en la oscuridad. Oyó un susurro afuera y aguzó el oído. Probablemente era un animal.
Encendió la luz del porche con la intención de ahuyentar al intruso peludo. Sin embargo, afuera había una criatura reptiliana del tamaño de un humano.
Jade chilló aterrada y cerró de golpe la puerta. Echó el pestillo y retrocedió. Se tropezó con la alfombra de la entrada y se tambaleó hacia atrás, moviendo los brazos.
Una cara espantosa y con escamas apareció en la ventana del porche. Los ojos de la criatura, inyectados de sangre, examinaron la habitación antes de fijarse en ella. Jade se quedó paralizada por el miedo cuando vio desaparecer la cara de la ventana.
Cuando recuperó el control de las piernas, se abalanzó hacia su teléfono, que estaba en el sofá. Oyó un golpe fuerte detrás, justo antes de que algo grande y pesado colisionara contra su espalda. Estaba de bruces en el suelo, atrapada debajo de lo que ahora comprendía que era la puerta.
Reptó para tratar de salir de abajo de la puerta. Un momento después, el peso desapareció y unos dedos helados le agarraron el hombro para darle la vuelta.
Jade comenzó a patear en dirección a la criatura. Su rodilla conectó con algo duro y gritó de dolor. Lo último que notó antes de que todo se quedara negro fue un siseo estridente y una neblina en la cara.
Capítulo 2
Habían pasado unos cuatro días desde que secuestraron a Jade. Era un secuestro aburrido.
Al principio estaba aterrada; gritaba en la celda hasta que los monstruos reptilianos la dejaban aturdida con el espray somnífero que llevaban ajustado a los cinturones. Cuando se calmó lo suficiente para examinar su entorno, dedujo dónde se encontraba.
Luces cegadoras y murmullos suaves manaban de un bloque gris cerca de donde estaban sentados los monstruos. Se encontraban los dos reclinados frente a una pantalla enorme de cristal en la que aparecían y desaparecían símbolos extraños. Jade había visto suficiente ciencia ficción para saber que tenía que tratarse de una nave espacial. En la Tierra no había nada que pudiera parecerse a esto, a menos que la NASA hubiera decidido construir un escape room de secuestro alienígena superrealista.
En cuanto aceptó que la habían secuestrado unos alienígenas y no unos monstruos terrícolas, y que estaba en una nave espacial y no en una guarida de reptiles en la Tierra, los gritos y el terror absurdo cesaron.
En retrospectiva, comprendió que había pasado dos días en esta nave sufriendo un completo colapso mental y luego recuperándose de él. Pasó los siguientes dos días sentada en una celda y recibiendo comida que se negaba a ingerir.
La celda parecía más bien una habitación poco amueblada a la que le faltaba una pared. En una esquina había un váter y un lavabo, y en la de enfrente, un catre pequeño. Las tres paredes de metal gris oscuro eran frías y estaban desnudas. El último lado de la habitación parecía vacío, pero Jade sabía ahora que en realidad había un campo de fuerza transparente e impenetrable que le impedía salir.
Cuando recuperó la conciencia intentó salir por esa abertura. En lugar de llegar al pasillo, la recibió una barrera sólida invisible.
Cuando los alienígenas decidieron darle lo que supuso que era comida, presionaron un botón del cinturón y deslizaron una bandeja por el aire aparentemente vacío.
Jade intentaba atravesar la barrera cada vez que le daban comida, pero, al parecer, solo se podía penetrar desde afuera.
En los primeros días a bordo, se negó a comer. Al principio estaba tan asustada por lo que le habían hecho que, entre los episodios de llanto y de murmuraciones histéricas, vomitaba bilis en el pequeño y elegante retrete.
Una vez que llegó a la conclusión de que el llanto no la llevaría a ninguna parte, intentó dejar de pensar en su situación actual y centrarse solo en lo que podía lograr minuto a minuto.
Cada vez que sentía la necesidad de analizar sus circunstancias, apagaba el cerebro concentrándose en la primera canción repetitiva que se le venía a la cabeza.
Ahora estaba sentada en el suelo con las piernas cruzadas, mirando con aire ausente la bandeja de comida y agua que le habían ofrecido los alienígenas un momento antes.
Sonrió a la porquería verde de la bandeja. Una de sus únicas amigas, Annie, una vegana estricta, intentó una vez hacer que comiera algo que se parecía mucho a eso. Solía alabar sin descanso los superalimentos hechos con algas, pero Jade, que era muy testaruda, se negó a probarlo.
Cerró los ojos cuando empezaron a escocerle por las lágrimas. Nunca volvería a ver a Annie.
¡No pienses en eso! ¡No pienses en eso! Abrió los ojos y comenzó a cantar el estribillo de una balada pegadiza de la década de los ochenta.
Uno de los alienígenas reptilianos se puso frente a ella y siseó de forma agresiva. Jade retrocedió al rincón de la pequeña celda y dejó de cantar en voz alta. Se limitó a murmurar la melodía y lanzó una mirada asesina a la criatura.
A ninguno de los alienígenas color verde brillante le gustaban sus intentos de calmar sus emociones. Cada vez que se ponía a cantar, ellos se acercaban y le sostenían la mirada con ojos entrecerrados hasta que dejaba de hacerlo.
Sabía que evitar la realidad no era a la larga la idea más inteligente ni madura. Sabía que enfrentar las cosas de frente era mucho más sano; pero estaba segura de que no le quedaba nada para venirse abajo. Sabía también por experiencia que fingir que no tenía miedo ni estaba afectada por la situación la ayudaría a mantenerse cuerda.
La criatura volvió a sisear por encima del hombro y llegó una segunda criatura. Uno de los alienígenas usó una garra larga y puntiaguda para mover la bandeja llena de pringue verde.
Cuanto más tiempo pasaba observando a los extraterrestres, más le parecía que podía leer su humor. Cuando estaban frustrados o posiblemente enfadados, como ahora, Jade notaba que los siseos eran más cortos y les saltaba saliva de la lengua con cada palabra que pronunciaban.
Cuando recuperaron la bandeja de comida, emitieron un siseo duro y movieron las colas gruesas adelante y atrás.
Parece que les frustra mi huelga de hambre, pensó mientras los observaba sisear y señalar la bandeja.
El más menudo de los dos se retiró. Cuando regresó a la celda un instante después y Jade vio lo que llevaba, se puso pálida. La criatura señalaba la comida con la garra y sostenía un tubo largo y claro en la otra. Levantó un poco más el tubo y Jade comprendió lo que quería decir. O comía por sí sola o lo haría por la fuerza.
Los dos seres con forma de lagarto esperaron en silencio en la celda. La idea de que la retuvieran y la obligaran a comer con un tubo hizo que la asolara el miedo. A regañadientes, decidió que era más importante para ella mantener a raya a los alienígenas que sufrir una posible intoxicación.
Se movió vacilante hacia la bandeja y con el dedo índice cogió una pequeña cantidad de comida. Cerró los ojos y dio un bocado. Notó un sudor frío en la piel y se concentró en seguir respirando mientras aguardaba cualquier reacción. Al ver que no se le hinchaba la garganta, empezó a relajarse.
Exhaló un suspiro hondo al comprobar que los dos alienígenas se habían marchado, al parecer satisfechos con la pequeña cantidad de comida que había probado.
Le rugió el estómago y engulló el resto. Aunque tenía un aspecto desagradable, no sabía mal. Era dulce y sorprendentemente saciante. El agua, sin embargo, estaba rancia y tenía un gusto metálico.
Se sentó en el pequeño camastro y se preguntó por enésima vez por qué la habrían secuestrado.
Aparte de alimentarla y aproximarse de vez en cuando a su celda para comprobar que estaba bien, los alienígenas la habían dejado tranquila.
¿Qué fin tiene esto?, pensó una vez más. Desde que estaba consciente, no la habían tocado ni habían experimentado con ella; solo la habían mantenido alimentada. Tenía que haber algún motivo para el secuestro.
Las posibles razones para secuestrar a una persona que se le pasaban por la mente eran aterradoras. Una cosa tenía clara: lo que tuvieran planeado hacerle o hacer con ella se llevaría a cabo cuando llegaran a su destino.
¿Cuánto habremos recorrido en unos pocos días?
Resopló. ¿A quién quería engañar? Jade se pasaba la vida dibujando jardines y alejándose del mundo. ¿Cómo se le ocurría pensar que podía adivinar cuánto podía viajar una nave espacial en unos días?
De pronto se sintió exhausta y deshecha. Se tumbó en la cama, y el suave murmullo y la vibración de la nave la arrastraron al sueño.
***
La despertó un intenso dolor de oídos. Cuando se le aclaró la visión, vio a uno de los alienígenas reptilianos retroceder por el campo de fuerza. Se lanzó hacia él con la esperanza de que siguiera funcionando lo que le había permitido a él acceder.
¡Pum! Se estampó de lleno en el muro, rebotó y cayó en la cama. Se rascó la oreja y gritó al alienígena, que seguía mirándola desde fuera de la celda.
—¿Qué me has hecho en la oreja, hijo de perra con escamas?
En lugar de responder, el alienígena siseó y se retiró.
***
Jade llevaba en esa estúpida nave más de una semana. Aparte del dolor de oído que la despertó unos días antes, no había cambiado mucho más.
Desde la celda podía estudiar la consola delante de la cual estaban sentados los dos alienígenas. Debe ser desde donde conducen esta nave.
Tras observarlos estos días había llegado a varias conclusiones. Una: estaba muy segura de que la iban a vender. Una de las criaturas, a la que había empezado a llamar Cosa 1, había regresado y la había apuntado con un aparato. Más tarde, vio una imagen de ella en la pantalla de la consola y los oyó hablar con alguien que no se encontraba a bordo de la nave.
El corazón empezó a martillearle en el pecho cuando adivinó qué suponía que la comprara alguien. ¿Para qué la querían? ¿Sería alguna clase de exquisitez para los alienígenas? ¿La exhibirían como a una langosta y la hervirían viva a continuación? Tras ocurrírsele esa idea, se pasó una media hora meciéndose adelante y atrás en el rincón.
Lo segundo que descubrió fue que estaban acercándose a su destino.  El alienígena número dos, es decir, Cosa 2, le había dejado hoy en la celda un vestido enorme que parecía un saco con agujeros para los brazos.
Se negó a cambiarse de ropa solo por buscar una razón para desafiar a sus secuestradores. El tejido gris del vestido era grueso y le recordaba el material de un traje de neopreno. Una ventaja obvia de ponérselo era que estaba limpio. Solo le bastó olisquear por encima su ropa sucia para cuestionarse si era una batalla estúpida.
Tras aceptar al fin el agua que le habían traído con la comida, se mostró decepcionada al reparar en que el pequeño grifo del rincón dispensaba una especie de espuma limpiadora en lugar de agua. La espuma disolvía la tierra de las manos y la usó para asearse lo mejor que pudo, pero el pijama que llevaba puesto no había recibido la misma atención y el olor empezaba a molestarle. La batalla por conservar la ropa sucia fue breve.
Cosa 2 le siseó y fue bajando gradualmente la temperatura de la celda. Poco después, se vio obligada a ponerse el vestido para no morir congelada.
La última cosa que descubrió y la más problemática fue que no era la única cautiva en esa nave. Cuando Cosa 1 le lanzó el vestido gris, comprobó que llevaba más de uno. También reparó en que llevaba más de una bandeja con comida cuando le dejaba a ella la suya.
Al principio pensaba que la otra bandeja era para ellos. Los lagartos también tenían que comer, ¿no? Pero desestimó esa idea cuando vio a uno caminando por allí y comiéndose a un pequeño animal de dos cabezas que chillaba. Tras presenciar eso, le costó imaginarlos comiéndose la sustancia verde con la que la alimentaban a ella.
Se oyó un pitido rápido en la consola que atrajo la atención de Jade. Cosa 1 y Cosa 2 se levantaron y se acercaron a la celda. Antes de que entendiera qué estaban haciendo, desactivaron el campo de fuerza y la arrastraron mientras pateaba y gritaba.
La cogieron cada uno de un brazo, medio escoltándola, medio arrastrándola por el pasillo. Sus manos eran ásperas y escamosas, pero también frías y húmedas. A Jade le dio un escalofrío.
Por fin estaba fuera de su celda y lo único que quería era regresar. El aire de la nave era sofocante y olía un poco dulce, como a fruta podrida. Se puso a sudar. El suelo de metal caliente le quemaba los pies descalzos.
—¿De dónde sois, del sol? —resolló, tratando de apartarse de sus manos viscosas.
Al final del pasillo había tres enormes estructuras con forma de huevo. Cuando se acercaron, se abrió un panel redondeado en uno de los huevos que dejó a la vista un pequeño compartimento con un solo asiento. En cuanto Jade entendió lo que pretendían hacer con ella, empezó a forcejear.
—Ni por asomo vais a dejarme sola en esa cosa. Yo no sé pilotar una jodida nave espacial, o cápsula espacial, ¡o lo que sea esa cosa!
Cosa 1 ignoró sus protestas, se la echó al hombro y la llevó el resto del trayecto hasta la cápsula. La metió en el interior, dejándola sin aliento. La puerta de la cápsula se cerró centímetro a centímetro hasta que quedó sellada.
Jade miró horrorizada por la ventana a los lagartos, quienes tecleaban algo en un panel de control que no había visto antes en la pared.
La cápsula empezó a retroceder, alejándose de los alienígenas reptilianos. Se imaginaba lo que significaba eso.
—¡Mierda, mierda, mierda! —Desesperada, examinó cada centímetro de la cápsula en busca de una salida, pero el interior estaba vacío, salvo por el asiento solitario. Estaban a punto de lanzarla al espacio y a saber a qué otro lugar. Suspiró, miró el frasco de espray somnífero que tenía en la mano y que había robado en el forcejeo—. Espero que este espray funcione con todo.
Capítulo 3
Si Jade no sabía qué se había perdido por no estudiar una carrera de astronauta, ahora tenía la respuesta. Volar en el espacio abierto dentro de un huevo era aterrador. El miedo le hacía experimentar una intensa claustrofobia y agorafobia al mismo tiempo.
Cuando apareció un enorme planeta en su campo de visión, el ataque de pánico se intensificó. En la nave podía respirar y el sentido común le decía que no la habrían mantenido tanto tiempo con vida para enviarla a un planeta donde no pudiera respirar o donde la gravedad fuera tan fuerte que acabara aplastada como una tortita.
Lo sabía, lógicamente; pero, por desgracia, en ese momento la lógica no estaba al volante. Cuanto más se acercaba la cápsula al planeta, más rápido respiraba y empezó a hiperventilar. Cuando el huevo atravesó la atmósfera, la visión se le oscureció.
***
Había insectos ruidosos a su alrededor y soplaba una brisa fría que la hizo estremecer. Cuando abrió los ojos comprobó que seguía en la cápsula, pero la puerta estaba abierta.
Inspiró profundamente y contuvo el aire. Un instante después, se reprendió para sus adentros. No seas idiota, Jade. Si no pudieras respirar ya habrías muerto. Exhaló el aliento y miró fuera de la cápsula.
Estaba en un claro rodeado por un bosque espeso. Era de noche, pero la luz de la luna iluminaba el entorno. Cuando salió de la cápsula, comprendió por qué había tanta claridad. ¡Había dos malditas lunas!
Miró a su alrededor y se maravilló al comprobar que todo le resultaba al mismo tiempo familiar y asombrosamente extraño. La intensa luz de dos lunas, en lugar de una, brillaba sobre un bosque oscuro de árboles. El bosque en su conjunto era bastante ordinario. Los troncos de los árboles parecían de madera y los árboles eran altos, pero nada fuera de lo común. Las hojas, sin embargo, eran diferentes a todo lo que había visto. Eran muy grandes y redondeadas, como nenúfares gigantes. Las hojas gruesas y redondas se extendían y creaban un dosel muy denso que bloqueaba prácticamente toda la luz.
Los insectos zumbaban a su alrededor, pero no era un ruido bueno. Había algo en el extraño patrón de zumbidos y chasquidos que hizo que el temor aumentara.
Al menos la temperatura es normal. Se acordó del calor intenso de la nave espacial.
Sacudió la cabeza, incrédula, rodeó la cápsula e intentó valorar la situación. ¿Qué hago ahora? ¿Me he estrellado o algo así? ¿Me he salido de la trayectoria? ¿Por qué me han lanzado Cosa 1 y Cosa 2 en medio de un bosque?
Oyó un crujido suave a la derecha y se quedó inmóvil. ¡El espray! ¿Dónde está? Se me ha debido de caer al desmayarme. El pequeño cilindro ya no estaba en sus manos.
Cuando el crujido se hizo más fuerte, volvió a la cápsula y buscó a tientas el bote. Sus movimientos se tornaron más desesperados cuando el crujido se convirtió en el sonido de unos pasos suaves contra el suelo mullido.
¡Aquí! Encontró el bote sin un segundo de sobra. Los pasos estaban detrás de ella y sentía una presencia a su espalda. Apuntó a ciegas por encima del hombro y se lanzó hacia el bosque. Antes de llegar a la fila de árboles, oyó el bendito ruido de un cuerpo cayendo al suelo.
Corrió con el corazón acelerado. El bosque era denso y prácticamente negro. Tropezó con ramas caídas y se resbaló con una sustancia que no supo identificar, pero continuó corriendo.
El instinto le decía que la persona o la criatura que estaba allí se había asegurado de que llegara de noche a un lugar apartado de la civilización y de otras personas. Jade dudaba que el motivo fuera noble.
No tenía ni idea de cuánto tiempo llevaba corriendo cuando los árboles empezaron a clarear. Le ardían los pulmones por el esfuerzo, pero los obligó a ellos y a las piernas temblorosas a seguir funcionando. Los árboles siguieron clareando hasta que lo hicieron por completo.
Se detuvo. En la distancia vislumbró la forma de una ciudad iluminada por las dos enormes lunas resplandecientes. No había rascacielos ni almacenes grises, sino torres altas y puntiagudas que parecían sacadas de un castillo medieval.
A la derecha el suelo se inclinaba y daba a un campo enorme. A la izquierda había un sendero escarpado lleno de arbustos y peñascos. Ir por el campo sería más sencillo, pero no tendría escondite si quien la seguía la alcanzaba. Tardaría más tiempo en atravesar la colina, pero tendría mucho espacio para refugiarse.
Para cualquiera que no conociese a Jade, el campo parecería la opción más atractiva. Eligió el terreno más complicado con la idea de que, si un posible secuestrador la seguía, pensaría que había elegido el campo llano. Manteniendo a la vista la ciudad, comenzó a escalar. Si seguía a ese paso, tardaría unas pocas horas en llegar.
Con la mirada fija en el perfil de la ciudad, se detuvo de pronto. ¿Y si allí todo es peor que aquí? Igual caminaba directo a una pesadilla.
Una cosa era segura. La criatura de la que escapaba había orquestado su secuestro. Esperaba que llegase sola. ¿Por qué? Jade esperaba que se debiera a que el secuestro iba en contra de la ley, incluso en un planeta alienígena.
Cayó de rodillas; las lágrimas descendían calientes por sus mejillas. Alienígenas, pensó, deshecha. Todo su universo había cambiado.
Este era un planeta alienígena. Aunque encontrara a otros seres, ¿quién le aseguraba que entenderían lo que le había sucedido? Ella solo era una humana miserable de un mundo que aún no había viajado tan lejos en el espacio. ¿Por qué iban a mostrar ningún interés por ella?
Ahora que estaba sola, se permitió pensar en los sucesos de las últimas semanas. Llevaba una vida solitaria en su casa. No tenía familia, contaba con muy pocos amigos de verdad y tendía a alejarse de la gente.
Se llevó la cabeza a las manos y lloró en voz baja para no hacer ruido. A nadie le importa que ya no esté. ¿Se darán cuenta acaso de que me he ido?
Por supuesto, su jefe repararía en que había dejado de ir. Probablemente intentaran ponerse en contacto con ella cuando faltó a la reunión con aquel cliente hacía unos días. Esperaba que hubieran llamado a la policía tras una semana sin tener noticias de ella.
Su casa mostraría signos de que habían forzado la entrada. Se rio sin ganas mientras lloraba. En este momento probablemente estuviera clasificada como desaparecida.
Pensó que la única foto que tenían sus colegas de ella era la de la tarjeta del trabajo. Imaginar la triste foto del trabajo en un informe de desaparición la hizo llorar más que cualquier otra cosa. ¿Cómo se había cerrado tantísimo al mundo?
Se limpió las lágrimas. La suya no era la mejor vida, pero era suya. Tenía una casa y una carrera, y si conseguía regresar a la Tierra, juró que se esforzaría al máximo por dejar que otras personas entraran en su vida.
Lograría hacer comprender a los extraterrestres lo que le había ocurrido. Lo explicaría con mímica si era necesario. Quien la había secuestrado no se iba a salir con la suya.
Se dispuso a caminar a hacia la ciudad, la ira la motivaba. Si lo que habían hecho era ilegal, encontraría a alguien que la ayudara a coger a los culpables y castigarlos.
Capítulo 4
—¿Es que la ciudad es un condenado espejismo? —gritó Jade entre resuellos.
Llevaba casi dos días caminando en dirección a las torres de la ciudad y se había acercado muy poco. Esos chapiteles debían de ser mucho más grandes de lo que creía.
Estaba exhausta, deshidratada y tenía cortes y moratones por todo el cuerpo, debido a su huida por el bosque impulsada por la adrenalina.
El día anterior había pasado junto a varios riachuelos con agua, pero evitó beber nada que no supiera con certeza que era seguro. Sin embargo, tras unas horas de caminata esta mañana, comprendió que necesitaba agua si quería seguir avanzando hacia la ciudad elusiva que se atisbaba en el horizonte.
Alrededor de mediodía, cuando pensaba ya en beber el agua del próximo charco sucio que se encontrara, se encontró con un pequeño arroyo que discurría colina abajo. Sin pensárselo dos veces, se agachó junto al río y tomó varios puñados de agua. Aprovechó ese instante para estudiar las pequeñas plantas que se rizaban en la orilla.
De pequeña, su tía solía llevarla al bosque que había detrás de su casa y le enseñaba qué plantas eran comestibles, cuáles eran venenosas y cuáles podían usarse con otros fines. Jade podría haber sobrevivido meses en el bosque de Carolina del Sur.
La planta menuda que estaba examinando tenía unas hojas rizadas que se enrollaron sobre sí mismas cuando acercó la mano.
Gritó y apartó la mano. Las hojas volvieron a abrirse. Esto no es tu casa, no sabes qué aspecto tienen aquí las plantas comestibles. No las pruebes.
Oyó la voz de su tía en la cabeza, recitándole su frase favorita mientras buscaban. En caso de duda, mejor dejarla.
La frase le recordó que, si no conocía la planta con seguridad, mejor no llevársela a la boca. Incluso en la Tierra, la planta más venenosa podía confundirse con perejil.
Lo que daría ahora mismo por aquel engrudo verde.
La golpeó una profunda tristeza al recordar a su tía. Ella sabría qué hacer.
Se movió al borde de la colina y se sentó en una piedra plana del color de la lavanda. De espaldas al arroyo, contempló un precioso paisaje que se expandía ante ella. Al menos hay unas vistas estupendas, pensó mientras esperaba los efectos negativos del agua.
La colina descendía a un valle que se extendía kilómetros antes de desaparecer en otro bosque denso. Un río refulgente serpenteaba entre la hierba de colores del valle hasta que desaparecía también en el bosque. Las montañas estrechas y escarpadas se alzaban en el horizonte hacia el cielo formando ángulos poco naturales.
El sol que brillaba con fuerza encima de ella era un poco más pequeño y más naranja que el de la Tierra y proyectaba una luz cálida en todo el paisaje.
—Vaya —fue lo único que pudo exclamar. Hasta este momento, estaba asustada y enfadada por encontrarse en un planeta alienígena al que la habían transportado por la fuerza.
Sentada allí sola y admirando la preciosa escena que tenía delante, pensó en lo maravilloso que era este lugar. La habían dejado abandonada en un planeta extraño, pero tenía que admitir que era dolorosamente bonito e irreal.
Por el rabillo del ojo atisbó movimiento y se ocultó detrás de un arbusto grande.
A unos treinta metros de distancia, un objeto redondo y plateado flotaba por una zona despejada del valle. El corazón le dio un vuelco. ¡Parece una carretera!
La enorme bola plateada tendría unos tres metros y medio de alto al menos, pero la brillante superficie gris era tan reflectante que casi no la veía. Si estaba en lo cierto y se trataba de una carretera, la bola tenía que ser alguna especie de vehículo.
El cansancio amenazaba con sobrepasarla mientras contemplaba el objeto flotante. Si no comía ni bebía nada, nunca llegaría a la ciudad. Pedir al conductor que la llevase allí era la única posibilidad de sobrevivir.
Estaba indecisa. Se balanceó sobre los talones, valorando si era mejor intentar alcanzar el objeto o permanecer escondida. La bola bien podía ser algún tipo de vehículo, pero también podía ser un millón de cosas más que no había considerado.
Aunque se tratara de un vehículo, no tenía ni idea de qué clase de criatura iría dentro. ¿Y si el conductor era el alienígena que había intentado atraparla en el bosque? No había permanecido tiempo suficiente para ver bien a su secuestrador, solo había oído los pasos. No había forma de reconocerlo a menos que fuera la única criatura del planeta con dos pies.
El vehículo no venía de la dirección de donde ella había escapado, pero eso no quería decir nada.
Se miró los pies descalzos y llenos de ampollas, y decidió que tendría que arriesgarse. El temor hizo que el agua se le agriara en el estómago.
Con el bote de espray somnífero fuertemente aferrado en la mano, se obligó a bajar por la colina para interceptar el vehículo volante. Cuando se acercó a él, este aumentó la velocidad. No voy a lograrlo. Vamos, pensó, rogando a sus piernas que fueran más rápido.
La bola plateada se movía con demasiada rapidez para que pudiera alcanzarla a pie. En un impulso, lanzó el tubo de espray con todas sus fuerzas.
¡Pam! El bote golpeó el lateral de la bola, pero el objeto plateado no desaceleró. Jade corrió moviendo los brazos por encima de la cabeza.
Justo cuando la bola iba a desaparecer por la cresta de una colina, se detuvo.
Jade cayó de rodillas y a punto estuvo de llorar de alivio cuando la enorme bola comenzó a moverse hacia ella. El sudor frío le empapaba la frente y aparecieron puntitos delante de sus ojos. Iba a desmayarse de nuevo.
Por favor, que estos alienígenas sean buenos, pensó al caer en el suelo.
Capítulo 5
Jade se estaba hartando de desmayarse y despertar en lugares desconocidos. Esta vez, cuando abrió los ojos, estaba tumbada en un sofá grande.
Se examinó el cuerpo, pero no vio ninguna herida. Lo último que recordaba era correr detrás de una bola plateada que se movía. Estaba amoratada y los músculos le dolían muchísimo. No debería de ser capaz de moverse sin sentir dolor, pero no sentía nada. ¿Por qué? ¿Estaba muerta?
Se incorporó e inspeccionó la habitación con más detenimiento. Había una mesa grande delante de una ventana, frente a ella. La mesa, junto al sofá, hacía que la sala pareciera el despacho de un psicólogo. Lo sabía porque había estado ya en algunos.
Al otro lado de la ventana vio los chapiteles brillantes que se alzaban hacia el cielo. Se acercó a la ventana y los contempló más de cerca. En la base del chapitel se concentraban varias bolas redondas flotantes como la que había perseguido y vio figuras diminutas saliendo y entrando en las cápsulas.
Retrocedió varios pasos y miró la pared en la que estaba apoyada un momento antes. Había una curva superficial en la pared. Seguramente estoy en uno de esos rascacielos extraños.
Sintió una felicidad y un orgullo momentáneos al comprobar que sus suposiciones eran correctas. La bola redonda era un vehículo y la criatura que había dentro la había traído hasta el lugar donde quería ir.
Saltó casi un metro en el aire cuando la puerta que había a su izquierda se abrió. Entró una mujer alta de mediana edad y Jade retrocedió detrás del reposabrazos del sofá.
¿Una mujer? Jade se enderezó y olvidó el temor. El ser que había delante de ella tenía el aspecto de una mujer humana.
Se agachó detrás del reposabrazos mientras examinaba con detenimiento a la mujer. No era humana exactamente. Esta alienígena era más alta que la mayoría de las mujeres y era increíblemente preciosa. Se movía con una gracia sobrenatural que Jade no había visto nunca antes. Llevaba puesto un mono de color crema que le marcaba la cintura y se inflaba alrededor de las piernas y los brazos de forma elegante mientras se movía.
La mujer la miró cuando entró en la pequeña habitación.
—Bien, estás despierta. —Le lanzó una sonrisa breve y fue entonces a sentarse a la mesa.
Jade parpadeó, forzando su cerebro para comprender. ¿Estaba sufriendo una apoplejía o esta mujer hablaba su idioma? ¿Cómo era posible?
—¿Me entiendes? —le preguntó a Jade con calma.
Aún agachada detrás del reposabrazos del sofá, Jade asintió.
La mujer tenía un rostro amable, alienígena, pero amable. Tenía los ojos un poco grandes para ser humanos, pero le daban un aspecto dulce y compasivo. El pelo largo y negro le caía por la espalda, y cuando se lo metió detrás de la oreja, Jade vio que tenía las orejas puntiagudas por arriba y por abajo.
—¡Bien! —exclamó, dejando a la vista unos caninos alargados—. ¿Te importaría hablar para que pueda ver si yo te entiendo?
Jade abrió la boca para hablar, pero, aunque lo intentó, no se le ocurrió nada que decir. Era todo muy surrealista.
—Solo di hola y tu nombre —la animó la mujer.
Jade habló con voz ronca.
—Hola, me llamo Jade.
—Maldita sea, no se ha traducido. —La mujer frunció el ceño, visiblemente decepcionada—. Esperábamos que, como tenías un traductor instalado en la oreja, tu lengua sería común.
Jade puso cara de sorpresa y se tocó la oreja. Los alienígenas con forma de lagarto debieron de hacer eso. Le implantaron un traductor. Si estaba en lo cierto, era algo increíble. Cuando la mujer habló, Jade la oyó de inmediato. Incluso su boca parecía estar formando las palabras.
—Veo por tu expresión que no lo sabías. —Lo dijo más como si fuera una pregunta y no una afirmación.
Si tengo un traductor, ¿por qué no entendía a los lagartos?
—Voy a hacerte unas preguntas y a intentar explicarte algunas cosas. Me gustaría que asientas para decir que sí. —La mujer asintió para mostrárselo—. Y que sacudas la cabeza para decir que no. —Sacudió ella la cabeza.
Jade asintió para expresar que había comprendido. La mujer parecía encantada.
—Estás en otro planeta. —Hizo una pausa—. ¿Sabías que había vida en otros planetas aparte del tuyo?
Jade sacudió con energía la cabeza.
—Eso me parecía. —Exhaló un suspiro—. Mi nombre es Meya. Estamos en un planeta que se llama Clecania, en una ciudad denominada Tremanta. Yo soy clecaniana. —La miró muy seria y continuó—: Siento mucho lo que te ha sucedido. Posiblemente tu planeta esté considerado como un planeta de cuarta clase, y sacarte de allí va en contra de la ley. No solo de la ley de este mundo, sino de la mayoría de los mundos de esta sección del universo. ¿Lo entiendes?
A Jade le daba vueltas la cabeza.
—Cuando te trajeron aquí tenías algunas heridas. Te he puesto una inyección suave para calmar el dolor, pero no puedo sanarte por completo ni alimentarte hasta que no conozcamos tu especie. ¿Viste quiénes te secuestraron?
Asintió.
—¿Siguen aquí?
Jade no supo cómo responder. Los lagartos se habían marchado, pero el que los había contratado seguía aquí. Asintió y sacudió después la cabeza.
—¿Sí y no? —preguntó Meya—. Eh… Tengo que examinar el traductor de tu oreja para averiguar a qué lengua está traduciendo. —Levantó un artilugio menudo similar a un lector de precios.
La mujer no le había hecho nada hasta el momento, y si de veras quería, Jade pensó que podría haberle escaneado el traductor mientras dormía. Pero había esperado para pedirle permiso, lo que decía mucho a su favor.
Jade asintió. La mujer se levantó y se acercó a ella despacio, como si Jade fuera un animalillo asustado al que no quería espantar. Podía imaginarla diciendo: «Tranquilaaaa, chica». Jade frunció el ceño. Era una humana, no un asno, pero para una especie tan avanzada como esta, bien podría tratarse de uno.
Giró la cabeza para darle acceso a la oreja. El aparato emitía un zumbido suave. Meya se movió a la mesa para examinar una pantalla pequeña en el dispositivo.
—Inglés. Una lengua terrícola—leyó.
—¿Terrícola? —El pelo de la nuca se le erizó al escuchar la palabra. Solo un alienígena llamaría así a una humana.
Meya la miró.
—La buena noticia es que hay documentación sobre las lenguas terrícolas en los Archivos Interplanetarios, así que es posible actualizar nuestros traductores para que podamos entenderte. La mala noticia es que podemos tardar un poco en localizar la actualización. No había escuchado nunca antes a una terrícola—. Miró de nuevo el dispositivo—. La zona del espacio de la que procedes está muy lejos de aquí. —Observó detenidamente a Jade—. Es curioso lo mucho que nos parecemos. Me refiero a nuestras especies. —Empezó a hablar más para sí misma que para Jade—. Es increíble que la especie de un planeta de cuarta clase haya podido evolucionar de una forma tan similar. —Ladeó la cabeza y sonrió.
»Con suerte, podrás hablarnos más de tu especie mientras estás aquí. Yo voy a estudiar lo que pueda sobre los humanos y voy a ver cuánto puedo sanar antes de un reconocimiento de cuerpo completo. También me aseguraré de comprobar qué comida y bebida puedes ingerir.
»Me gustaría reunir a los líderes de la ciudad para que puedas contarnos lo que te ha sucedido y decidamos así qué hacer contigo.
—¿A qué te refieres con qué hacer conmigo? ¡Enviadme de vuelta a casa! —Se vio sobrecogida por el pánico y el temor, pero cuando comenzó a protestar, recordó que Meya no la entendía. Cerró la boca, enfadada.
—Lo siento, no te he entendido —se disculpó Meya con rostro preocupado—. Debe de ser frustrante, pero una vez que hayamos actualizado los traductores será mucho más sencillo. —Se levantó para salir de allí—. ¿Te parece bien esperar aquí hasta que concierte la reunión?
Jade exhaló un suspiro de frustración, pero asintió.
Meya sonrió.
—De acuerdo, volveré en unos minutos con algo de comida.
Cuando salió, Jade apoyó la cabeza en el sofá. No poder comunicarse era más frustrante de lo que esperaba.
Meya no había mencionado nada acerca de enviarla de nuevo a su hogar. Sabía a qué especie pertenecía y estaba claro que conocía también dónde estaba la Tierra, pero no había sugerido devolverla allí.
Espero que estos alienígenas sepan lo que están haciendo porque en cuanto me entiendan se van a llevar una buena bronca.
Capítulo 6
La reunión más rara de la historia.
Cuando regresó Meya, le dio una pasta de color beis que hizo que añorara el engrudo verde y le pasó un dispositivo con forma de sable con luz por el cuerpo. La guio a continuación por un pasillo curvo hasta una sala.
Por el camino, le informó de que habían localizado el programa que contenía las lenguas terrícolas. Le dijo que los asistentes a la reunión estaban actualizando sus traductores en ese momento y que estos deberían de funcionar cuando llegaran a la sala de reuniones.
¿Cómo podía una sala que se encontraba a años luz de la Tierra en un edificio que se asemejaba al chapitel de un castillo ser igual que cualquier otra sala de reuniones aburrida? Era alucinante.
La mayor parte de la sala estaba ocupada por una mesa larga y rectangular con unas sillas negras a cada lado y dos sillas un poco más grandes posicionadas en los extremos de la mesa. Cuando entró Jade, había ya seis personas sentadas, esperando.
Meya le hizo un gesto para que se sentara en un extremo de la mesa y ella se movió para acomodarse a su lado.
Jade observó a las personas que se encontraban allí. Había dos mujeres sentadas en el lado izquierdo de la mesa. Las dos eran guapas y ambas la miraban con interés.
La mujer que estaba a la derecha era muy pálida y flaca. Tenía el pelo verde trenzado con hilo dorado y le caía por encima del delicado hombro. Lo que resaltaba más en ella eran sus ojos grandes. Los tenía inclinados hacia arriba, más de lo que a Jade le resultaba normal, y los iris eran de un rojo brillante, casi refulgente.
La mujer que había a su lado era distinta, pero no menos bella. Tenía el pelo muy corto y rubio. La piel bronceada poseía un brillo dorado a la luz, y Jade vio unas marcas geométricas doradas en los brazos desnudos.
Meya se inclinó hacia ella.
—Se llaman Wiye y Treanne —le susurró—. Son quienes te encontraron vagando por las colinas y te trajeron aquí.
—¡Gracias! —balbuceó ella, sorprendida y avergonzada por no haber preguntado antes por sus rescatadores.
Las mujeres no dijeron nada, pero le sonrieron.
Meya se volvió para mirar una pantalla holográfica que había junto a la pared y se inclinó hacia Jade de nuevo.
—Aún no han actualizado los traductores, pero ya queda poco.
Jade examinó al resto mientras esperaba. Directamente a su izquierda, un hombre mayor y bajito la saludaba con alegría. Parecía encantado con su presencia. Jade no supo qué hacer, así que le ofreció una sonrisa y apartó la mirada.
En el lado derecho de la mesa, al lado de Meya, había dos hombres sentados. Eran grandes y musculosos. El más joven de los dos tenía el pelo castaño con mechas rubias. Cuando le sonrió, dejando a la vista los dientes blancos, apareció un hoyuelo en su mejilla.
Si Jade tenía dudas de si podía parecerle atractivo un hombre alienígena, ya tenía su respuesta. Era más guapo que cualquier hombre al que hubiera visto en persona. Le daba la sensación de que debería de estar corriendo sin camiseta por una playa australiana, preparándose para surfear.
Tenía los brazos, el cuello y parte del rostro llenos de dibujos dorados. Estos se enroscaban con delicadeza en sus rasgos marcados.
Se le erizó el pelo de la nuca. Apartó la mirada del surfista y se fijó en otro hombre que la miraba atentamente con sus ojos oscuros. Se figuró que también tendría tatuajes dorados por el cuerpo, pero llevaba una camiseta de manga larga y el pelo castaño hasta los hombros, por lo que solo atisbó una marca que subía por su mejilla.
El hombre frunció el ceño y el gesto contrastaba mucho con la sonrisa con hoyuelo del joven que tenía al lado. Casi parecía enfadado con ella, y se preguntó si él y el surfista estarían juntos.
Apartó la mirada rápidamente. ¡Es todo tuyo!
La última persona de la habitación, una mujer anciana, estaba sentada justo enfrente de Jade. Llevaba puesta una chaqueta de cuello vuelto y color lavanda que iba a juego con sus ojos de color morado claro. Estaba sentada muy recta, con la barbilla levantada, y el pelo blanco se rizaba por encima de sus hombros. Todo, desde la postura regia hasta los ojos sabios, le decían que era ella la que estaba al mando.
Meya se concentró en ella y aguardó hasta que la mujer asintió despacio y empezó a hablar.
—Creo que todos somos conscientes de la situación actual. —Los miró a cada uno de ellos y esperó a que asintieran. Habló entonces a Jade—. Hemos actualizado los traductores ya. ¿Puedes decir algo para que nos aseguremos de que funcionan?
—Eh…, hola. Me llamo Jade —recitó sin saber qué otra cosa decir.
Meya sonrió.
—Hola, Jade. Encantada de conocerte.
Toda la bravuconería que había sentido antes se disipó. Se había imaginado cantándole las cuarenta al grupo cuando al fin fuera capaz de hablar con ellos. Ahora, sentada delante de una reunión de alienígenas que la miraban, solo pudo esbozar una sonrisa débil.
Meya se dirigió a los asistentes:
—Jade ha sido secuestrada de su hogar y ha aterrizado en Clecania. Tenemos que asegurarnos de tomar medidas para solventar este problema, pero el tema principal de la reunión de hoy es decidir qué hacer ahora con ella. —Se detuvo un instante y continuó—. Dejaré que Jade explique lo que le ha sucedido y después hablaremos de qué hacer.
Meya se quedó callada y todas las miradas se centraron en Jade.
Sabía que tendría que contar lo sucedido, pero pensaba que sería a un agente de policía, que estaría sola con otra persona. Siempre había temido hablar en público.
—Eh…, bien —comenzó con voz temblorosa. Meya le hizo un gesto con la cabeza para animarla. Tomó aliento y describió todo lo que le había sucedido.
Todos permanecieron en silencio y escucharon atentamente hasta que llegó a la parte en la que la siguieron en el bosque.
—¿Viste a ese ser? —preguntó una de las mujeres con cara de enfado.
—No. Estaba oscuro y rocié el espray detrás de mí antes de salir corriendo. No sé si era un hombre o una mujer. Ni siquiera sé si era de Clecania o pertenecía a otra especie.
La mujer guapa se retrepó en la silla y pensó en ello.
—¿Es esa la formulación que debo usar? —preguntó Jade al reparar en que, incluso en la Tierra, la cuestión del género era más compleja que aludir solo al hombre y a la mujer—. Os parecéis mucho a los humanos y no puedo evitar pensar en vosotros como personas, hombres o mujeres, pero… no lo sois. —Miró a su alrededor—. ¿Hay otro vocabulario que deba usar?
El hombre amable que había a su izquierda se inclinó hacia ella.
—Tu traductor usa el contexto para traducir, no solo las palabras. Puedes estar diciendo una palabra que significa humano, pero si tu intención es dirigirte a un grupo, traduce al término que empleamos nosotros para ese grupo.
—Vaya. —Miró nerviosa a su alrededor—. Estáis muy avanzados. —Se acordó de una pregunta que le surgió antes acerca del traductor—. A ellos no los comprendía. A las personas con aspecto de lagarto —aclaró.
—¿A quienes te raptaron? —preguntó Treanne, la mujer rubia, con el rostro marcado por la preocupación—. No sé quiénes fueron, pero sí sé que tu traductor contiene solo las lenguas que se hablan en este planeta. Probablemente no añadieron la suya para evitar que escucharas información sensible.
El hombre de ojos oscuros, que seguía con el ceño fruncido, los interrumpió:
—La ley intergaláctica dice que tiene que permanecer en Clecania por un periodo de un año. Nuestra ley dice que una foránea necesita protección y vigilancia por parte de un residente durante ese año. Si mi conocimiento sobre la ley es correcto, claro —afirmó con tono sarcástico, como si ya supiese que lo era—. Sabemos qué tenemos que hacer con ella. Lo único que tenemos que decidir es con qué residente vamos a instalarla.
No, no le gustaba ese hombre. Nada. ¿Estaba sugiriendo que se quedara con un extraño?
—¿Por qué un año? —preguntó.
—Un año es tiempo suficiente para que cualquier especie que se encuentre con otra de cuarta clase pueda ofrecerle información sobre el universo —respondió con tono melódico la mujer bonita de pelo verde claro.
—Aunque no toda, obviamente —añadió la mujer que estaba sentada a su lado—. Solo suficiente para que puedas manejarte fuera del único planeta que conoces. Tenemos la obligación de ayudarte a aprender cómo construir una nueva vida fuera de la Tierra.
—Antes de que se promulgara la ley, se dejaba a los individuos de cuarta clase a su suerte, sin ninguna información acerca de cómo sobrevivir —comentó con tristeza Meya—. Muchos individuos se aprovecharon de ello. Fue bárbaro.
Antes de que Jade pudiera de nuevo dar voz a su objeción porque no la enviaran a la Tierra, habló la mujer de pelo verde.
—¿Por qué sugieres vigilarla, Xoris? —preguntó al hombre enfadado que había hablado de vigilarla como si fuera una delincuente.
Él le lanzó una mirada fría.
—Supongo que alguno de nosotros podría llevársela.
El hombre joven se llevó la mano al corazón, se inclinó hacia Jade, y habló con voz grave:
—Sería un honor para mí protegerte. —Esbozó una sonrisa lobuna que a punto estuvo de hacerla olvidar la desgracia de su situación. Soltó una risita y se ruborizó.
—Tú nunca estás en casa, Kadion —protestó Xoris—. ¿Cómo esperas protegerla cuando estés combatiendo a los intrusos de Tagion en el norte? La acogeré yo.
—¡No! —exclamó Jade, atrayendo así la atención de todos—. Es decir… —Buscó un argumento convincente, pero no halló ninguno—. No quiero irme con un extraño y que me vigile como si fuera una delincuente. ¡Alguien de aquí me ha traído a este lugar en contra de mi voluntad!
—Sí, y has escapado —indicó Xoris con tono frío—. Eso significa que querrán recuperarte. Ahora estás aquí y eres nuestra responsabilidad. —Enarcó una ceja y preguntó—: ¿Preferirías que te dejáramos por tu cuenta en este planeta del que no conoces nada? La persona que te raptó podría abordarte por la calle, dejarte inconsciente y llevarte a rastras sin que pudieras siquiera gritar hasta que ya fuera demasiado tarde.
Jade perdió la compostura y gritó.
—¡Prefiero que me mandéis a casa!
—¡Ya basta! —exclamó con tono firme la mujer del extremo de la mesa y todos se callaron—. Jovencita —comenzó, dirigiéndose a Jade—, desafortunadamente no podemos enviarte a tu planeta. No solo va en contra de nuestras leyes, también de las leyes intergalácticas que mantienen nuestros mundos en paz. Hace mucho tiempo se tomó la decisión de que los planetas de cuarta clase han de contar con la posibilidad de evolucionar y explorar el universo. Nosotros no nos mostramos a ellos y, si por algún motivo se llevan a un individuo como tú, no puede regresar. Es ilegal que nosotros vayamos a tu planeta, incluso que volemos cerca de tu atmósfera.
—Pero… —Jade se quedó en silencio al ver la expresión dura de la mujer. Mejor no incordies a la abeja reina.
La mujer continuó:
—Te quedarás aquí un año y vivirás con otro residente, pero tienes derecho a elegir a esa persona. —Lanzó una mirada fría a Xoris y a Kadion—. Solo voy a requerir que vivas con un clecaniano tres meses. Después podrás elegir en qué lugar de Clecania te gustaría habitar. Cuando termine el año, podrás abandonar Clecania si lo deseas y nosotros no quebrantaremos la ley para devolverte a la Tierra.
Jade se quedó con la boca abierta ante semejante injusticia.
—Por suerte para ti, mañana tenemos una ceremonia de unión. Creo que Zikas no tiene este ciclo a ninguna mujer a quien ayudar. —Enarcó las cejas con la vista fija en el hombre menudo que se encontraba al lado de Jade.
Zikas esbozó una sonrisa amplia.
—Estás en lo cierto, señora.
—Entonces está decidido. —Se levantó de la silla—. Zikas, te quedarás con Jade y la prepararás para mañana. El resto vendréis conmigo para que podamos idear un plan para atrapar a los criminales que la han traído a nuestro planeta.
Se marcharon antes de que Jade tuviera tiempo de protestar. Se volvió hacia el hombre llamado Zikas.
—¿Qué acaba de pasar?
Él le sonrió.
—¡Vas a convertirte en una esposa!
Capítulo 7
—¿Una qué? —gritó y Zikas hizo una mueca.
—La reina ha permitido un compromiso a tu favor. Podrás elegir a tu marido y te convertirás en su esposa.
—¿En qué mundo se llega a un compromiso así? —Ah sí, en este mundo, pensó—. ¡No quiero ser esposa de nadie! —Empezó a moverse por la sala. Esto no podía estar sucediendo. No pensaba convertirse en la ama de casa de un alienígena.
—Nuestra reina es muy sabia —indicó Zikas mientras la seguía por la habitación—. No habría decidido esto sin haber pensado antes en todas las posibilidades.
Tenía que salir de allí. Tenía que escapar.
Miró la puerta por la que había entrado. Recordó el largo pasillo que había al otro lado. Seguro que conducía a un ascensor, a unas escaleras, a algo. Solo tenía que echar a correr.
Se volvió y caminó en un intento de alejar a Zikas de la puerta. Era más bajo que ella, pero mucho más fornido. Aunque era mayor, seguro que podía detenerla si así lo quería. Jade notó que todo el cuerpo le vibraba por el temor.
Cuando llegó a la pared del fondo, se volvió y echó a correr. Cruzó la puerta antes de que Zikas reparara en lo que estaba haciendo.
Lo oyó gritar mientras corría por el pasillo. Lanzó un puño al aire en señal de victoria cuando, al llegar al fondo, vio unas escaleras. Miró por la baranda de la enorme escalera y le pareció que habría al menos treinta plantas.
Los escalones que bajó no se parecían en nada a ninguno que hubiera visto en un edificio grande. Era una escalera en espiral, una increíblemente larga y grande.
Tras un momento, Jade perdió la cuenta de las plantas que había descendido. Al bajar en círculos empezó a marearse. Se detuvo un momento, se puso derecha y volvió a mirar por la barandilla.
Solo le quedaban unas cuantas plantas. Comenzó a correr de nuevo. Delante de ella se abrió una puerta y salió un hombre fornido uniformado.
Jade no redujo la velocidad. La única forma de escapar de un hombre como ese era cogiéndolo por sorpresa.
Cuando él la vio, levantó las manos con las palmas abiertas para indicarle que se detuviera. Puso cara de sorpresa al ver que ella no mostraba señales de hacerlo.
Cuando estaba cerca de él, el hombre extendió los brazos para detenerla.
Mala idea, tío. Siempre has de protegerte la cara.
Jade apretó el puño tal y como le enseñó su padre cuando era joven y le asestó un puñetazo con todas sus fuerzas. No tenía mucha puntería, pero acertó en un ojo. El hombre gritó de dolor y se tambaleó contra la pared. Ella pasó corriendo junto a él. Casi había llegado, solo le quedaba una vuelta.
De pronto, las escaleras se movieron y a punto estuvo de perder el equilibrio. Cuando se concentró de nuevo, vio que estas ascendían. Siguió intentándolo, siguió bajando, corriendo hacia la planta baja, pero no sirvió de nada.
Estaba en una escalera mecánica circular gigante y no había manera de salir de ella. Cada puerta que intentaba abrir a su paso permanecía cerrada. Se dio la vuelta y vio al guardia de pie en una puerta con lo que parecía un control remoto en la mano. Tenía el ojo izquierdo hinchado.
¡Tienes que subir!
Empezó a subir los escalones con la esperanza de conseguir pasar una vez más a su lado. Esta vez el hombre actuó demasiado rápido, la agarró por la cintura con tanta fuerza que se quedó sin aire. La levantó del suelo y la pegó a su cuerpo. La rodeaba con fuerza, inmovilizándole los brazos.
Jade forcejeó, pero él apretó la mano y, con un grito de dolor, ella dejó de moverse. La sacó a la escalera del infierno y se quedó parado mientras subían.
Reconoció la puerta por la que había salido cuando pasaron junto a ella. En lugar de cruzar esa puerta, siguieron subiendo más y más.
Al fin la escalera mecánica se detuvo. El hombre que la agarraba salió al pasillo y la dejó en el suelo, delante de él, bloqueándole la salida.
—Muévete —gruñó y la empujó para que avanzara.
Se tambaleó por el pasillo con él a sus espaldas. Seguramente es demasiado tarde para tratar de hablar civilizadamente con este tipo. Pero hay que intentarlo de todos modos.
Esbozó una sonrisa y lo miró.
—Te agradecería que me soltaras.
Él frunció el ceño y se cruzó de brazos.
—No han actualizado mi traductor.
Jade hundió los hombros.
—Por el tono de tu voz, supongo que estás pidiéndome que te suelte.
Ella asintió, esperanzada.
El hombre se inclinó hacia ella.
—Tal vez si me lo hubieras pedido con amabilidad en lugar de golpearme en la cara, podríamos haber llegado a un acuerdo. —Bajó la mirada a sus pechos.


por

Etiquetas:

Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.