La Secretaria (¡Ponte a Rodillas! nº 1) – A.C. Labouche

Ya pasaron más de tres años desde que Nicole se mudara a la ciudad de Nueva York, la gran manzana, grueso de deslumbramientos y sobretodo seguridades.

En realidad no creía que la fuerza en la capital sería tan y tan difícil.

Porque cada plazo es una lucha.

Ella trabaja como muchacha, debe una adicción imposible para sus pagos estudiantiles y su enamorado en absoluto está cuando lo necesita, no, nunca.

Pero justo cuando ella pensaba que las cosas no podían desmerecer, el oculto Yahvé Daniels, todo un gran magnate del immobilario neoyorquino, le hace una proposición que ella ni siquiera se atreve a pensar el rechazarla.

Nicole terminó el último de sus fideos fríos de sésamo, con los ojos cerrados, saboreaba el sabor helado del maní, el cual inundaba sus sentidos y calmaba sus nervios. En un húmedo día de julio en Manhattan, cuando todo el mundo pareciera estarse derritiendo, lánguidos cuerpos se empapan en transpiración, camisas de vestir muestran enormes manchas de sudor, este era justo el tipo de comida vegetariana ligera que ella necesitaba. Seis meses. Eso era lo transcurrido  desde que  había ingerido un pedazo de carne. Bueno, eso no era del todo cierto. Una o dos veces se deslizo una pieza de pollo asada en una parrillada en una azotea. Schwarma de carne una noche de borrachera en el centro de la ciudad. Pero después de esos lapsus volvió al carril. Absteniéndose de la carne, yendo hacia el otro lado como el ranchero de su padre hubiera dicho, no fue ni tan casi difícil como ella hubiese creído. Ella se limpió las manos y sacó su teléfono. Ningún mensaje. Deseaba encontrar alguno de James. ¡Hey sexy! Ten un estupendo día. ¿Cómo van las cosas? ¡No puedo esperar a verte más tarde! Algo. Eso es todo lo que ella necesitaba, alguna señal de que él estaba pensando en ella, que no importara cuan desalentador fuese su búsqueda de trabajo actual y de cuantos muchos problemas habían tenido juntos durante el transcurso del año pasado, él estuviese aun pensando en ella, palpitando con amor y deseo por ella. Pero no había nada. ¡A la mierda! Se dijo a sí misma. Eran las 12:55. Tenía diez minutos para regresar al trabajo. Tenía permitido tomarse una hora para almorzar (una de las pocas ventajas de su desagradable trabajo). Una amplia sonrisa cruzo por su cara, recordó la resolución que tomo justo antes de salir de su trabajo. Esta era: Su último día. No más trabajo en ese repulsivo lugar, el cual debió ser la fachada para algo. Debió renunciar a algo. Debió renunciar inmediatamente, en el minuto en que entró allí. 100 mesas, difícilmente algunos clientes, un solitario chef francés. Era tan extraño. Nicole sintió que flotaba de regreso al restaurante, con los brazos desplegados ampliamente, una sonrisa triunfante en su cara mientras pasaba sobre la muchedumbre de peatones que caminaban arduamente, nubes borrosas moviéndose una tras otra sin echarse un vistazo, sin el menor reconocimiento de la existencia de cada otro. Cuando apenas llegó estuvo desconcertada de cuan fríos, distantes y desinteresados parecían  ser  los moradores de Manhattan. Pero después de unos meses de retrasos de trenes, cambios extremos de clima, viajes de Uber súper caros, terribles resacas en las mañanas domingueras, cornetas y sirenas estallando a toda hora en la noche, constantes aumentos de rentas, vecinos ruidosos, techos con goteras; comprendió mejor el por qué los neoyorquinos se comportaban de la manera en que lo hacían. Fue un viaje trepidante. Tal vez demasiado trepidante para ella. Unas vacaciones en algún lugar tropical, con brisas frescas, arenas inmaculadas, aguas translúcidas y cielos claros y azules remontándose hacia el infinito es justo lo que  necesitaba. Nicole sonrió al escuchar su teléfono sonar. Quizás era James. A lo mejor le tenía algo especialmente planeado para ella. Tal vez podrían ir a por pizza y una garrafa de vino rojo por los alrededores del lugar de San Marcos. Más tarde podrían fumarse juntos un porro en el parque, besándose, acurrucándose, mimándose, coqueteándose, paseándose tomados de la mano como en los viejos tiempos. Eso es lo que solían hacer antes de que las presiones de vivir en la ciudad los derrumbaran al piso. No había con quien más desquitarse. Así que se desquitaban el uno contra el otro en ese pequeño apartamento, más parecido a un closet por el cual pagaban 1.500 $ al mes. ¡1.500 $ al mes, que estafa! Pero eso es lo que hay que pagar por vivir en el corazón de la acción, en el centro de la gran manzana. Sacó su teléfono de la cartera, miró fijo la pantalla y frunció el ceño. No reconoció ni el nombre ni el número. ¿Nueva Jersey? ¿Quién podría estarla llamando de Nueva Jersey? Iba a dejar que respondiera la grabadora cuando recordó que james tenía unos cuantos primos en Nueva Jersey; el tipo de primos que raramente son invitados a las reuniones familiares. También eran el tipo de primos que te protegerían en caso de encontrarte en la salida equivocada de una deuda de apuestas con el corredor de apuestas equivocado. James se encontró a merced de uno o dos corredores de apuestas en los últimos años. Fue amenazado con cuchillos, pistolas, bates de beisbol si no pagaba a tiempo. Un corredor de apuestas lo amenazo que no iba a volver a caminar o tener hijos si no escupía el dinero rápido. Hasta ahora había sido capaz de mantener todos sus huesos intactos. Siempre fue capaz de conseguir algún dinero, estafar algunas personas, rogarle a algunas otras. Nicole contesto el teléfono. Pero la voz del otro lado no era la de James. -¿Hablo con Nicole Waters? Dijo la voz. Nicole tragó grueso y cerró sus ojos antes de contestar. -Si, dijo finalmente. -¡Hola Srta. Waters! Le llamo de parte de Sallie Mae. Cuando la llamada finalmente termino, Nicole sintió como si la hubiesen pateado en la cabeza repetidamente, su cuerpo y alma vapuleado hasta la sumisión. ¿Cómo podría estarle sucediendo esto a ella? ¿17.000 $? Eso es lo que todavía debía por préstamos estudiantiles. Podría jurar que el balance estaba en cero. Después de que su padre repentina y sorpresivamente falleciera de un ataque al corazón su madre le había asegurado que el préstamo sería cancelado con el dinero que su padre le dejaba en su testamento. Por lo cual  entendía que tanto ella como su hermana menor Jessica recibirían alrededor de 50.000 $ cada una. ¡Qué demonios estaba pasando! Nicole sentía la urgencia de gritar, de clamar a los cielos y maldecir su destino. Justo cuando estaba al borde de tomar una decisión importante, rehusándose asentarse en ese repulsivo trabajo sin futuro y ahora se entera que está hasta el cuello en deudas. Por supuesto que había mucha gente con más de 17.000 $ en cuentas, pero eso no la hacía sentirse mejor. Esa perra de la Sallie Mae tuvo que aparecerse y arruinar todo. Necesitaba ponerse en contacto con su madre y hermana. Probablemente lo haría antes de regresar al trabajo. Tenía que haber una completa y lógica explicación acerca de por qué aún debía tanto dinero. Iba a llamar pero se dio cuenta de que ya paso cerca de una hora y media desde que se fue. Suspiro y sacudió la cabeza. Que maldita ironía, pensó. Ahora me preocupa que me boten de este trabajo de porquería.

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