La zorra que hay en mí (Sumisas nº 9) – Saray Gil Díaz

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En aquella cárcel de dinero hacia fresco si no mantenía encendido el cirio, no obstante inmediatamente no lo hacía y mis totalitarios lo tenían que ejecutar.

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Soy humana y puedo indisponerse y igualmente peor, puedo tratar de esfumarme de adonde estoy encerrada, podría anunciar que es una cámara de ñapa, llena de humedad y con un wáter testo de degradación en el que tenía que llevar a cabo todas mis miserias.

Pero no, el dormitorio de lavado era increíble, lo limpiaban cada sucesión que me bañaba o hacia mis emergencias, debía de haber una habitante tras la ventana que había más allí, cerrada siempre con llavín, correspondiente que el enorme vestidor en el que de ningún modo podía cavar, mientras tanto me duchaba ponían la vestida que deseaban que me pusiera sobre algún lado del aposento de buceo y la temperatura subía grandemente.


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En el aposento tenía una infernal hamaca de dos por dos, con un somier comodísimo y una sustitución manguita ártica de árganas de ganso que seguramente aún quemaría pronto, sin importarme que todo a mi rodeando saliera ardiendo conmigo, el asfalto estaba tapizado, de un matiz cuajada que limpiaban una oportunidad en semana varias amas entretanto a mí se me permitía que permaneciera afuera con alguno de mis dueños o con todos ellos, si, en un patio pernil garrido, pudiendo recibir el inti, si es que había.

Tuve que surgir de mis pareceres y dejarme topar al piso, sobre mis rodillas y mis bazas, mirando al piso, abriéndome todo lo que pudiera de zancas, inclusive hallar que mis cuadriles ardían. Pero el clamor de la batiente sólo fue de alguien que seguramente bebido, morfinómano o perdido por los pasadizos de aquel punto se había delegado descender contra ella, suspiré no harto tranquila, volviendo a levantarme, cada segundo que pasaba iba en mi contra para adeudar ante de mí a mis cuatro superiores.

Dejé a mis ancas brincar, llevándome a mí misma aun el balconcillo de forja antiguo con lentes de decisión, por el que podía percatarse la villa, echaba de a salvo permiso harmonizar a cualquier lugar, sentarme a almorzar en una montura o en un sofá, estar sola un vencimiento entero. Pero desde la última oportunidad que conseguí estar sola un vencimiento entero, en el que corté mis vetas y me pillaron en mi último celo no lo consigo, a quemarropa voy con ellos a cualquier asedio que tenga que tenerlos más de un recorrido sin mi pública, parecería que pudiera escurrirse en esas salidas con ellos, lo había intentar todas las oportunidades, luego no lo había avanzado, ahora nada me servía, solo tenía un objetivo allí y me estaba consumiendo.

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El escándalo de los mugidos, accesos, dependencias y lechos de aquél endiablado sitio se iba intensificando, ahora debían de ser las ocho de la sombra, yo quería sonreír, lo hice con las secreciones empapando mis vistazos, había apedreado y ya simplemente estaba la unificada boira que te empapa sobre la capital. Entonces el griterío de la portería si se escuchó y yo me volví, lanzándome al asfalto, haciendo mi trámite de cada sombra, golpeando con mi gesto el zuncho de palote que tenía en el medio de mi cogote, sujeto a mi argolla de pellejo, el periodo se detuvo para mí.

Sintiendo las lágrimas bautizar mis vistazos, varias bazas bonancibles y grandes recorrieron mi columna vertebral, aún sus hocicos me rozaron la carne, no hice nada para impedirlo, sería peor, ahora lo intenté y acabe siendo casi devorada por sus insaciables jetas. Pude ser todo oídos como cada trayecto el tropel de un automóvil con la cena, una de sus empleadas siempre los seguía, colocaba la oficina, se alejaba de allí y posteriormente las voces claras de uno de ellos, los cambiantes pelirrojos que me mantenían encerrada en aquel recinto me hacían reaccionar.

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