Latidos de lujuria – Mimmi Kass

Valiente es quien dice la fiabilidad, hasta sabiendo que puede perderlo todo.

Latidos de lujuria pdf

El tournée a Noruega significa un ayer y un posteriormente en la vinculación entre Erik e Inés.

Juntos definen los nuevos vocablos para desatar la vehemenciazambullirse en un orbe de experimientación y placer.

Pero la existencia los enfrentará con obstáculos bruscos que pondrán en compromiso todo lo que han erigido.

¿Serán eficaces, pese a las desdichas, de proceder su particular determinación del cariño?

Descargar la mujer fetiche pdf

De Mimmi Kass

Por término llega el desenlace de la sensual trilogía En bulto y ánimo.

Los horizontes de Chile y Noruega sirven de alma para un cuento cargado de un libídine no convencional, un respeto discrecional y consciente y unos protagonistas notables. Una biografía que se meterá bajo tu corteza.

Tags: latidos de lujuria descargar, descargar libro latidos de lujuria pdf gratis de mimmi kass PRIMER CAPÍTULO: Una práctica distinta Erik salió de la papelería con un emblema nuevo en la partida. Volvió la visión hacia el inmueble moderno y complicado con morriña. ¿cuántas horas había superado quemándose las cejas estudiando? ¿cuántos compendios había leído cerca de su creador en su infancia? Magnus siempre fue un leyente insaciable. Ahora que sus energías se escapaban con cada latido, era él quien le leía las exposiciones en gruñida entrada; había detallado que cogiera los cuadernos de uno en uno. Bromeaba poniendo en envidia que llegara a asimilar el final. —vamos. Todavía nos queda andar por el autoservicio —dijo su religioso Kurt. Echaron a tocar por Grønnegata, sorteando a la gente que abarrotaba la vía. La capital vibraba con la entrada de agosto. Se escuchaba la mezcolanza ecléctica de peñas en distintos lenguajes de los excursionistas, vestuarios con vestimenta de sierra. Los adolescentes se reunían en los lados constantes en perspectiva de los recitales y se respiraba un ambiente alegre y follonero. Era gentil privarse un poco de la huella opresiva de obra. Desde que llegó a Tromsø, no se había eximido del sitio de su artista. Su religiosa ahora mostraba indicios de enflaquecimiento; Magnus no quería gente extraña a su rodeando durante sus últimos vencimientos, y todos se turnaban para cuidarlo. Lo entendía, aunque no era nada practicable. Sonrió al ingresar al viejo transoceánicos de Strandgata, el Internasjonalt matsenter. Era reconfortante retornar a los motivos de siempre. Kurt iba tachando ítems de la franja confeccionada por su matriz: látex, pan, yogures, puré de papa liofilizado, y cerveza. Recorrió los túneles del hipermercado en inspección de las Paulaner, las preferidas de su creador. Sorprendido, comprobó que el importe era el triple de lo que pagaba en Chile. —joder, qué costoso —murmuró, entretanto metía media docena en el forcaz. Kurt se echó a reír, con esa sonrisa de luceros verdes entrecerrados y mil estrías en su atrevimiento golpeado por el sol. —hace mucho momento que no estás en habitación. Tenía mente. Se sentía extraño en su recinto de inicio, porque sabía que su lar estaba ya en otro punto. Salieron del hipermercado y se frotó los brazos entretanto caminaban de vuelta al garaje. Era tarde, y la temperatura no llegaba a los diez valores. —estás hecho un esponjoso. Necesitas exceder un invierno aquí —dijo su religioso con cierto grado acusador. Erik asintió, y metieron las faltriqueras en el automóvil, en disimulo. Escuchaban las referencias territoriales mientras tanto se dirigían a la colonia a las arrabales de la capital. Su fraile era casi un ignorado para él. Quizá debería absorber su permanencia allí para reforzar los cordones que los unían. Los que lo unían a toda la clase. —¿cómo está Maria? Kurt lo miró de reojo. Parecía sorprendido por su cariño. —está admisiblemente. Queremos aguantar un rorro. Solo espero que la juventud de Astrid no se resienta más de lo que está —dijo, con un porte resignado—. Maria se porta como una raíz para ella, aunque le cuesta mucho admitir que me haya adherido de nuevo. Erik asintió. Su sobrina máximo, con catorce años, estaba siendo un callo duro de roer para ellos. Rebelde, tarambana e impredecible. Adolescente de manual. —¿un niño? ¿a tus casi cincuenta y cuatro años? —preguntó, con una sonrisa amigable. —deberías probarlo. Es una prueba única —respondió Kurt—. Y tú tienes casi cuarenta, no sé a qué estás esperando. Erik soltó una carcajada animada. La paternidad no entraba en sus emprendimientos de historia. Se despidió de Kurt con un apretón y entró a la residencia cargado de mochilas. Su mamá pelaba semillas frente al lavadero de la restauración. —hola, raíz. ¿y la compañera que te égida por las tardes? Ella negó decididamente con la inteligencia. —la ha administrado a vivienda. Necesitaba entretenerme con poco, y estoy preparando la alimentación de antiguo. —¿y papá? —por término se ha reposado, debido a las anfetas. Ha reconocido por ti. Erik asintió. Llevaban toda la semana recuperando el plazo perdido. Su productor parecía estimar engrasar la desidia con que lo había arreglado durante casi dos divisiones y él quería estar ahí para él, pero fuese por poco periodo. Abrió la meta de su alcoba con cuidado para no despertarlo. Magnus dormía con el ensueño pesado y ahogado de los sedantes. Esperaba que el disgusto lo dejase Descansar.y él igualmente necesitaba una paz. ¿qué hora serían en Chile? Echó un ojo a su cambiable, allí serían las siete de la tarde. Se apresuró hacia su aposento con la contemplación de por techo dialogar con Inés. Se estremeció al distinguir que la boquera estaba abierta, y la cerró. La aura de la confusión ártica era álgida, pero estuvieran en pleno estío. Las esplendoras lejanas del meollo de Tromso lo distrajeron durante unos segundos; la villa estaba llena de carrera, ajena a la añoranza y al flato de suerte que se cernía sobre su vivienda. Se tendió sobre la piltra, adherido al portátil encendido. La contrapuerta emitía un resplandor azulado en la penumbra mientras tanto se abría el Skype. Echó un examen rápido al temporalizador de faja, además quedaban unos minutos para que Inés se conectara desde Chile y platicar un rato flojos. Durante la semana, entre el tumulto en su construcción, la diferencia de horas y el tajo de Inés en el hospital, no habían balbucido demasiado. La echaba de a excepción de. Y la falta de acto sexual comenzaba a pasarle nota. Los whatsapps pindios de matiz que llevaban intercambiando toda la semana no hacían más que agrandar su pérdida. El gorgoteo característico que anunciaba que ahora estaba conectada lo sacó de sus pareceres. La película de su barriguita tardó unos segundos en entrar, al simiente pixelada, sin embargo a posteriori justamente transparente. Dio debido a la tecnología por la abacá óptica. —¿hola? ¿erik? Sonrió al oír su bufida. Femenina, aguda, con ese matiz de prisa que ponía siempre en sus voces. —estoy acá. ¿qué tal todo? Movió la uña en un tic de besalamano, e Inés le regaló una enorme sonrisa. Estaba ajustada. Escuchó a medias sus quejidas sobre el trajín en la Uci, las patrullas aburridas y el mal momento, y se concentró en elucubrar la línea de su gollete, su madeja adoptada en un moño y el hombro descubierto por una camiseta suelta. ¿no llevaba sujetador? —inés, ¿por qué no te sueltas el cabello? —interrumpió. Ella se detuvo, lo miró durante un par de santiamenes y retiró la resina que lo sujetaba. El vaivén que hizo para estandarizar su trenza lo obligó a puricarse oculto. Inés seguía contándole cosas y sus ribetes lo hipnotizaban. El apetito por tocarla lo hizo desconectarse del hoy día y opinar en los encuentros personales justo atrás de sincerarse a Noruega. Sintió su nabo suspirar. —¿qué tal las cosas en cimentación? —soltó ella sin rodeos cuando acabó su cuento. La pregunta lo pilló por intranquilidad. No quería revelar de ello: su artista se moría y no había nada que obrar. —mal. Y no quiero hacer referencia de eso inmediatamente. —¡pero, Erik! —dijo Inés, afligida, más allá de la pantalla—. No me enumeraciones nada. ¿cómo está tu autor? —el gesto enfadado lo hizo sonreír de nuevo. —está en arquitectura y lo cuidamos entre todos. Es cuestión de plazos ahora. —vaya. Ambos se quedaron en sigilo. Inés ladeó la chispa en la mampara. —me gustaría estar ahí para abrazarte. Para confortarte —dijo ella al límite. Él suspiró, flemático. —y a mí que estuvieras acá, no obstante esto es un lío. Maia se ha correspondido a proceder con mis artistas, cónyuge y niños incluidos. La conejera está ancas en lo alto, las ausentes y llegadas, los niños, las visitas, los médicos… —se detuvo, y se acomodó de bordo sobre la cama—. De existencia que necesito desconectar. Hablar de otra cosa. Por ejemplo, de qué llevas puesto abajo de esa camiseta. —nada. Es la camiseta del pijama. —¿estás en pijama a las seis de la tarde? —¡es domingo! —protestó ella—. Es el único recorrido que tengo para corromperse en pajarera y estar tranquila. —quítatela. —¿cómo? —quítate la camiseta, Inés. Ella se quedó arraigado allá de la mampara, no obstante luego, esbozando una sonrisa hedonista, agarró el borde de la lona y comenzó a subirla sobre sus bustos. Justo anticipadamente de descubrirlos, se detuvo. —¡hace indeterminado! —vamos Inés. Si tú te la quitaciones, yo me la libre. —ella pareció pensarlo unos segundos. —vale. Terminó de ausentarse la señal y se encogió de hombros, con una sonrisa apocada, sentada con las corvas luchas frente al computador. La ojeada de sus bustos lo excitó igualmente más, y se incorporó sobre un codo, atento a una vista altamente singular a lo que estaba conocido. —te toca. ¡quítate la camiseta! —demandó ella. Erik no la hizo encomendar. Se desnudó de cintura para hacia lo alto y arrugó la garantía entre sus jugadas con la condición de contener poco, de distinguir sus dedos afanados. —uhmmm. Me ha profundizado apetito de dulces. ¿no te puedes ajustar más a la cabina del reformador? —preguntó Inés, señalándolo. —dame un segundo. Se levantó a restablecer la meta con cerrojo. En aquella maldita residencia no había siquiera un ápice de confianza. Confiaba en que ninguno viniese a fastidiar; era ahora tarde y todo estaba en mutismo. —ahora sí. ¿te vale? —acercó la contrapuerta incluso abarcar su tórax. —esto es en gran medida frustrante —se quejó Inés, y se acarició un busto en un ademán divertido. ¿a objeto, o sin apercibirse? —es cierto. Me encantaría que esa partida fuese la mía. —¿esta pasada? —cogió el rabillo entre sus dedos y jugueteó con él incluso convertirlo en un cogollo duro y sonrosado. Por supuesto que lo hacía a fin. Apartó la pelambrera sobre sus hombros y paseó las gemas entre las dos protuberancias. —sí. Esa pasada. —a mí aún me gustaría tocarte. —¿dónde? —primero en la nuca. Ya sabes que me encanta. Erik sonrió y llevó la baza aun la parte posterior de su cogote. Su tórax se estiró, y los pectorales y los intestinales se dibujaron con precisión con el vaivén. Inés soltó un ronroneo de aclamación. —te gusta lo que ves. —no era una pregunta. Ella lo miraba con los ribetes entreabiertos y los párpados entornados entretanto seguía con las carantoñas sobre sus rabillos. Conocía lo que esa ojeada significaba—. ¿por qué no te tocas más debajo? Entre las corvas. Inés sonrió, y llevó la capacidad con flojera incluso el borde de sus tangas. Erik la estudió con atención. No era ganchillo, tampoco cendal, nada aparatoso. Eran unas braguitas de relleno, blancas y sin adornos. Fantaseó con la representación de arrancárselas y vencer la habitante entre sus cuadriles. Su rigidez palpitó, impetuosa. —vamos, Inés. Tócate. —vikingo mandón… Ella se recostó, acomodándose sobre los colchoncillos, y deslizó los dedos bajo la tejida. La estampa de la pasada escondida era hipnotizante. —uhmmm —murmuró Inés, moviéndola en círculos justo en el encuentro entre las ancas. Cerró los agujeros por un instante, y volvió a abrirlos—. ¿y tú? Yo aún quiero verte. Erik sonrió. Primero quería verla a ella. Mirar en la persiana cómo Inés se masturbaba estaba resultando de lo más delirante. Sentía su rigidez desaguarse el bóxer y la badana incontinente y emocionable. Nunca había actuado poco precisamente. —y me verás, aunque quítate las tangas anterior. Inés dudó. —ay, Erik. —arrugó la picota en semblante de enojo, empero se alzó sobre las rodillas, agarró las gomas colaterales de la fianza y la deslizó, bastante despacio, aun quitársela. Después apretó las rodillas y los tobillos frente a su bulto, y se abrazó las pantorrillas flexionadas. —¡así no veo nada! Abre las ancas, Inés. Ella apoyó la barba sobre las rodillas y negó con la presidente con semblante pícaro. —primero quítate el bóxer. Después, ahora veremos. Erik se levantó de la hamaca y giró la bastidora inclusive rodar a enfocarla hacia él. Inés hizo un tic de impaciencia que le arrancó una sonrisa. —¡venga! —dijo, demandante—. ¡con show! —¿con show? —como si afueras un stripper. ¡cúrratelo! —ordenó soltando una carcajada. Erik la ignoró y se quitó el bóxer sin demasiada redundancia. Se irguió en toda su cruz, abriendo las tiradas en señal de obviedad. —estás en plena suerte —observó Inés, con malicia. Él bajó la traza aun su rigidez. Lo que estaba era con un calentón ignorante y la cosa no pintaba mal, si ella colaboraba. —te toca. Abre las zancas. Vamos. Ella estiró los brazos hacia detrás y se apoyó en ellos. Muy pausadamente, con un entusiasmo estudiado, comenzó a eclosionar las rodillas. —más —exigió Erik. Gateó sobre la piltra incluso posicionarse altamente alrededor de la bastidora. Inés separó los pedestales, nada más unos centímetros. La grieta violácea de su amor se entreveía entre las piernas femeninas. Parecía apocada. O quizás estaba jugando con él. —vamos, Inés. Abre las ancas —insistió, con un grado más enérgico. La sutil sonrisa que escapó de sus hocicos plácidos no le pasó desapercibida. Lo hacía de guisa premeditada. Lo estaba provocando. De pronto, abrió las corvas, que abarcaron casi el pancho de su litera. El genital de Inés se exhibió en la mampara sin ningún barrunto de turbación y la jeta se le hizo néctar. —svarte Helvete —gruñó, encerrando su nabo en el mango. —esto es en gran medida porno —dijo ella entre risas. Seguía apoyada sobre las jugadas y los rabillos enhiestos destacaban sobre la badana apagada. —esto es mucho mejor que el porno —aseguró él. No sabía por qué, sin embargo los calcetines de relleno, el edredón de estrechas floras y los pulvínulos de colores le daban un antagonismo justo al espesor escueto y sensual de Inés—. Quiero que te masturbes. —vale. Pero tú aún. No respondió. Comenzó a alabear rítmicamente la pasada sobre su rigidez, tendido de sotabanco sobre la yacija. Fascinado, miró a Inés acodarse sobre los largueros y restregar entreambas preparaciones sobre sus senos, para luego deslizarlas por sus bordos. Al datar a las ancas, se detuvo y miró la contrapuerta. —vamos. ¡sigue! Era una inmolación verla de esta forma. Inés obedeció y llevó las pasadas entre sus pantorrillas. Por un tiempo, perdió el ritmo de la masturbación, al percibir los pequeños clamores que lo volvían loco. Con una pasada, Inés acariciaba su clítoris con un acto sereno y circular. Con la otra, tanteaba entre sus morros, abultados y marítimos. —dios, ¡cómo me gustaría que afuera mi hocica la que estuviera allá, en oportunidad de tus potenciales! —soltó, en una invocación. Ella sonrió, con sensualidad, y aumentó el ritmo de las carantoñas. —y a mí… que fueses tú. Su tratar intermitente, entre ahogos, lo estaba poniendo a cien. La ebullición en sus ingles se hacía maloliento. De pronto, Inés paró y soltó un largo resuello. —¿por qué paras? No pudo callar el borde salvaje en su matiz de habla, no obstante ella negó con la sesera y se puso de soporte. —dame un vencimiento. Voy a apañarse una cosa. —inés, como me acentos así… juro que… —no fue eficiente de unir ninguna observación, y la risita graciosa de ella al acudir de nuevo en la estampa, lo cabreó también más—. ¡oh!, vale. Vale. Inés blandió su vibrante, el de color rosa, adelante de la visera. Erik tragó baba y no dijo nada. —te echo de aparte. Y echo de menos… —se detuvo un instante y lo señaló a él. —¿qué? ¿qué echas de excepto? —el hecho de sus hocicos y la flojera de su batallón, tan real en la escena de la bastidora, y unánimente tan lejano, estaban haciendo que su calma se disolviera. —tu gallina. Enarcó las cejas, sorprendido. No era estándar que afuera tan cruda al murmurar. La fidelidad, el matiz, la observación y la elocución de su semblante hicieron que su rigidez, ahora férrea, palpitara encerrada en su maña. —¿echas de aparte esto? —comenzó un movimiento sanchopancesco y lento. El ronroneo de Inés arrancó una sonrisa de sus labios—. Vamos. ¿a qué posibilidades? Inés encendió el vibrátil. El bordoneo inconfundible del estrépito se interpuso a la música a bajo espesor que se sentía de pedestal desde su estancia. Love on the brain, de Rihanna. Era perfecta. Cerró los vistazos y fantaseando con el reguero de Erik, deslizó la extremidad del tembloroso por su gaznate. Lo llevó entre sus senos y rozó con él sus rabillos. Su cáscara se erizó con el mimo y las ilustraciones evocadas. —así es como lo harías tú, ¿verdad? Erik no respondió, y ella abrió los cuidados para asegurarse de que seguía allí. Vaya que si seguía allí. De rodillas, frente a la bastidora, el busto magnífico en agitación, la jugada empuñando su carajo, la vista hambrienta que tan perfectamente conocía. —dios, ¡cómo te echo de fuera de! —exclamó, sin mando tapar cierta desesperación. Solo habían superado cinco trayectos. Cinco. Tenía la emoción de que habían sido semanas. El individuo le dolía por la estrechez de mimo, el genital se apretaba por la penuria de sentirlo adentro. Soltó un suspiró y llevó el vibratorio entre sus patas. —ah, liten jente —murmuró él, maravillado. Inés paseó el vibrante por sus hocicos azucarados, en lo alto de su clítoris, por su arbolado de Venus, luego no era lo que necesitaba. Lo introdujo nada más un par de centímetros y comenzó un lento balance. Dentro. Fuera. Dentro. Fuera. Lo alternó con balanceos publicaciones que presionaban el área más amable de su genital. Erik soltó un par de injurias en noruego y ella perdió el ritmo. —no gemelos. Más dentro, Inés. Latidos de Lujuriaella emitió una risita angustiada. Ni tampoco la longitud siquiera el potingue que suponía la antipara del coordinador lo detenían para darle órdenes. No. Todavía no. Llevó la otra aptitud a sus rabillos y los recorrió con un dedo. No era lo mismo, por mucho que tratase de emular los revuelos de las garras expertas de Erik sobre su batallón. Era abracadabrante lo que provocaban en ella. —echo de aparte tus jugadas —dijo en un oscitación intermitente. Cerró los agujeros, arqueó el espesor, separó un poco más las rodillas e introdujo el vibrante inclusive el pie. —ah, kjaereste. Inés miró la contrapuerta entretanto se masturbaba. Era entremetido hallarse desnuda, hipnotizada por el balanceo rítmico del vibrátil que entraba y salía de su coito, en el pequeño cuadrado de persiana que la reflejaba a ella. Curioso, no. Morboso, estimulante. Y lo era más todavía la estatua principal, que mostraba a Erik. Un gruñido afónico atrajo su atención hacia el morro masculino. Los hocicos entreabiertos, humedecidos por su lengua, los faroles azules y silvestres, la trenza rubia, demasiado larga, acariciando la línea de su barbada. Empujó la extremidad del vibratorio hacia delante, buscando el acierto fascinante. No era lo mismo, luego era bastante deleitable. Por un periquete se desconectó de Erik para embeberse en las avalanchas de placer que se iniciaban en el acierto más llameante de su grosor. Sentía trasvasar el clímax de rutina inconsciente. —inés… ¡inés! —llamó Erik. Ella protestó. La había interesante y las invasiones se espaciaron, alejando el clímax—. Quiero que me mires entretanto te corres. Vamos. Mírame. Ella engarzó la visión en la bastidora con sus fanales azules y reclamantes. Acomodó el ritmo del tembloroso al de su pomo. Era demasiado lento. —más rápido —rezongó, con un tic hedonista en sus hocicos. Erik esbozó una sonrisa torcida, no obstante aumentó la prisa de la baza sobre su rigidez. —uhmmm… Inés… —no acabó la expresión. Los ventrales se marcaban a la lindura en una cuadrícula que a Inés le hizo la hocica líquido. Ella jadeó. El vibrante zumbaba a sentencia firmeza ahora. Los relieves acariciaban en el lado justo. Estaba cerca. Muy cerca. —¡más rápido, Erik! —demandó con necesidad. Con un gemido quebrado soltó el vibrátil y se pellizcó con capacidad los vástagos. La corriente que alimentaba su acto sexual descargó el fustazo final y se dejó deslizar por la lascivia. Las contracciones rítmicas de su interior dejaron su escuadrón deshecho en magma sensual, trasformada en una pasta informe de badana irradiante y sudada, respiraciones jadeantes, y humedad dulzona. —qué gay catástrofe —gruñó Erik. Inés salió de su gloria y alzó la torrada. Se echó a reír, graciosa, al examinar que Erik además se había pasado y se miraba las garras marquesinas con su semen. —qué despojo —susurró Inés, pasándose la habla con lubricidad por sus morros grandes. —esto me lo vas a restituir valioso —dijo él, igualmente sonriendo, luego dejando adivinar el viso amenazador. Inés se mordió los hocicos y asintió. —cuando quieras.

ENLACES PATROCINADOS

Deja un comentario:

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.