Leal al Corazón de Noa Xireau

Leal al Corazón de Noa Xireau

A compartir, a compartir! Que me quitan los posts!!

***SOLO HOY ¿Un último baile, milady? de Megan Maxwell 

Regresa Megan Maxwell con una novela romántico-erótica tan ardiente que se derretirá en tus manos.

Sexo. Familia. Diversión. Locura. Vuelve a soñar con la nueva novela de la autora nacional más vendida...

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En sus manos estaba salvarla, en las de ella devolverle la libertad…

Sinopsis de Leal al Corazón

A veces hay que tomar decisiones y otras aceptar las consecuencias de lo que hemos hecho. Ser reina en un mundo gobernado por hombres no podía ser fácil, sobrevivir en un mundo regido por las traiciones y la ambición aún lo era menos.

Nací para ser reina; Kaden para protegerme.

Él era todo lo que me separaba de la muerte, mi tabla de salvación… también era mi perdición, todo lo que no podía tener y aquello con lo que no debía soñar.

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Capítulo I

María

Lissy y yo intercambiamos una mirada divertida cuando el carruaje cogió un bache y los ronquidos de mi tía resonaron en el pequeño espacio como los gruñidos de un cerdo al atragantarse. Ambas nos tapamos la boca para acallar nuestras risitas, aunque no sirvió de mucho. Mi tía abrió un ojo y se incorporó. Frente a mí, mi tutor, nos echó una de esas miradas recriminatorias con las que pretendía aleccionarnos, pero le traicionó el leve temblor en la comisura de sus labios y que escondiera sus manos bajo su hábito de fraile.

—¿Cuánto falta? —Mi tía se limpió apresurada el fino hilillo húmedo que le caía por la barbilla.

Solté un profundo suspiro. ¿Cuántas veces le había respondido a la misma pregunta desde que habíamos salido de la posada al amanecer? Con su acostumbrada cortesía, Fray Roland se asomó por la ventana.

—El paisaje se está volviendo cada vez más empinado y los bosques más frondosos, Crowshead ya no debe estar demasiado lejos.

Mi tía asintió con expresión agria, apretó los labios y se limitó a estudiar enfurruñada una protuberancia en la madera algo desgastada de la puerta.

—¿Desea algo de comer, tía? —Señalé la cesta que tenía a mis pies.

Si a mí me dolía la espalda y estaba desesperada por estirar un rato las piernas, ella, con su corpulencia, debía de encontrarse agonizando. Negó abstraída hasta que de repente se puso rígida y le lanzó una mirada a fray Roland.

—¿Podemos hacer una parada?

Mi tutor puso cara de «¡¿aquí en medio?!», pero acabó por asentir con un disimulado suspiro.

—Por supuesto, lady Grey.

Sacando su bastón por la ventana, dio varios golpes en el techo del vehículo indicándole al cochero que frenase. Enseguida se acercó el oficial de la guardia que nos acompañaba.

—¿Ocurre algo, padre?

—Lady Grey desea hacer un alto.

El hombre estudió con rostro grave el trayecto por delante y detrás de nosotros.

—No es el mejor sitio. El camino es estrecho y, en caso de una emboscada, el carruaje tendría problemas para girar si nos cerrasen la huida hacia el frente. Tampoco es un buen lugar en el que dividir a los hombres.

Fray Roland hizo un gesto de confirmación como si ya hubiese previsto aquella respuesta, pero mi tía resopló y se bajó del carruaje con un gimoteo.

—Si nos atacan, lo mismo da que sea aquí que dentro de cien metros y prefiero tener la vejiga vacía de darse el caso —gruñó con una mueca mientras arqueaba la espalda con las manos en la cintura.

—La acompañaré —me ofrecí cuando quedó claro que la decisión ya estaba tomada—. Lissy, ¿vienes?

La chica asintió reajustándose inquieta su falda. No es que me hubiera esperado otra cosa, podíamos ser amigas, pero Lissy jamás olvidaba cuál era su posición como mi sirvienta.

—No tienes que venir si no quieres —le recalqué con tranquilidad, a sabiendas de lo miedosa que era.

Lissy negó.

—Como dice milady, hay cosas que es mejor enfrentarlas con la vejiga vacía.

Apenas habíamos entrado en la línea de la arboleda cuando mi tía se giró hacia nuestra escolta.

—¿A dónde creen que van? —preguntó con los brazos en jarras a fray Roland y al oficial de la guardia, que iba seguido por uno de sus soldados.

Los hombres se miraron entre ellos y no me pasó desapercibido cómo el joven soldado apartó incómodo la vista en tanto que Fray Roland se masajeó el puente de la nariz. Me mordí el interior de la mejilla para no reír. Dudaba mucho que ninguno de ellos quisiera espiar a mi tía mientras se levantaba las enaguas. El oficial era lo suficientemente atractivo como para no echar en falta la atención femenina en su vida y el joven guardia tenía ese tipo de facciones lindas que le hacían a una desear robarle su inocencia en la parte trasera del establo.

—No vamos a permitir que se adentren a solas en el bosque, nos quedaremos a una distancia prudencial —el tono del oficial era de pura resignación.

—Está bien así, tía —intercedí—. Tras unos arbustos o un buen tronco no la verán, y nos avisarán si viene alguien —murmuré solo para ella cuando por su semblante quedó patente que estaba a punto de decirle al pobre hombre dónde se podía meter su «distancia prudencial».

—Al menos guarda tu capa, María. ¿Cómo pretendes hacer una entrada grandiosa en Crowshead si llegas como si fueras la hija de un leñador? —me reprochó, con la mirada sobre el borde de la exótica piel de oso blanco que remataba mi larga capa azul, en la que ya se habían enganchado algunas ramas y hojas secas.

Con un suspiro, la deslicé por los hombros y se la entregué a Lissy.

—¿Te importa dejarla en el asiento? —Me froté los brazos en un intento por contrarrestar el frío.

—Tome la mía. Hace fresco y tampoco queremos que enferme. Cogeré la manta para envolverme —se anticipó Lissy a mi protesta.

Colocándome su capa, mi tía y yo retomamos el camino. Si había esperado que mi tía siguiese teniendo prisa, por desgracia me equivoqué. Su vejiga pasó a un segundo plano y no cesó en su búsqueda del mejor sitio para aliviarse hasta que encontró un viejo abedul con un enorme tronco, flanqueado por varios arbustos.

—¿Necesita ayuda, tía? —le pregunté apenas se escuchó su gemido de placer desde detrás de los arbustos.

De repente, alguien me tapó la boca y tiró de mí hacia el suelo.

—¡Shhh! —El oficial señaló una mancha oscura a unos treinta metros por delante de nosotros.

Me llevó algo de tiempo discernir que se trataba de un hombre agazapado de espaldas a nosotros y, aún más, detectar a otras siete figuras que también se ocultaban. Con un vistazo asustado sobre mi hombro, comprobé que el joven soldado se había hecho cargo de mi tía. Fray Roland, por su parte, se encontraba escondido tras un roble y rodeaba su cruz con ambas manos.

—¡Lissy! Tenemos que avisarla a ella y a los demás —susurré lo más bajo que pude.

El oficial vaciló como si le costara tomar aquella decisión.

—Iré yo, pero necesito que se quede aquí escondida. Será menos peligroso para mis hombres si no tienen que estar protegiéndolas a usted y a su tía. Tiéndase y cúbrase de hojas secas, mientras menos visible sea, más segura estará y, sobre todo, no haga ruido.

Asentí aterrada. ¿Qué otra cosa podía hacer? Como si fueran una máquina bien engrasada, bastaron algunas cortas señales del oficial para que fray Roland se aproximase a nosotros, escondiéndose conmigo entre los matorrales y que el oficial se marchase.

Apenas habían pasado unos minutos antes de que comenzaran a oírse los gritos de batalla y el estruendo de las armas al chocar. No hacía falta ver lo que ocurría para adivinar qué alaridos eran de rabia y cuáles de dolor. No mirar era lo más difícil que había hecho en mi vida. Fray Roland permaneció con los labios apretados, pero, lejos del nerviosismo que habría esperado de él, conservaba una férrea calma.

—¡Corra! —El rugido urgente del oficial, que se oyó desde la contienda, me llegó hasta los huesos.

Asustada miré a mi tutor. No hubo tiempo de formular preguntas. Un agónico chillido femenino atravesó el bosque.

—¡Lissy! —Intenté incorporarme llena de pánico, pero el peso de fray Roland me aplastó sobre el terreno y su mano acalló mis sollozos con eficiente frialdad.

—Demasiado tarde —murmuró con pesar—. Nos matarán a todos si nos descubren.

El mundo, el tiempo, todo pareció detenerse a mi alrededor mientras seguían sonando algunos los gritos, los lamentos de los heridos, las voces camufladas de los desconocidos, los relinchos de los caballos y lo que suponía que era el estruendo de nuestras baúles al estamparse contra el suelo.

Cuando las voces se alejaron y se hizo el silencio, fray Roland me mantuvo atrapada durante un buen rato más. Por entre las copas de los árboles iban entrando algunos rayos de sol que parecían irreales, casi mágicos. Deseé perderme en ellos para que me trasladasen a otra dimensión, cualquier cosa por no tener que enfrentarme a lo que me esperaba cuando me levantara. Pero los deseos eran solo eso, la ilusión de alguien que se aferra a la más exigua esperanza con tal de no enfrentar la realidad.

El soldado que había estado junto a mi tía apareció a nuestro lado con el rostro inexpresivo, como si se hubiera obligado a no sentir.

—Parecen haberse ido. Iré a comprobar si queda alguno en la retaguardia —le informó a fray Roland en murmullos—. Se han marchado en la misma dirección a la que nos dirigíamos. Si me ocurre algo, será más seguro que regresen hasta el último poblado por el que hemos pasado.

Fray Roland asintió y aligeró el peso con el que me mantenía aprisionada, pero no me soltó hasta que el soldado regresó. Mi tía se acercó enseguida a mí y se lanzó a mi cuello con un sollozo.

—Se han ido —anunció el soldado—. No eran ladrones, excepto sus heridos, no se han llevado nada más.

Mi tutor escrutó el paisaje con una mirada distante, como si considerase las palabras del guardia.

—Me lo imaginaba. El populacho no posee espadas como esas. Había al menos dos nobles entre ellos y el resto eran sin duda sus hombres o mercenarios.

—¿Y Lissy? —Mi voz salió tan apagada y temblorosa que apenas se escuchó.

—Cielo… —Mi tía me abrazó cuando el soldado apartó la mirada.

No esperé a que me revelasen lo evidente, me alcé las faldas y corrí dando tumbos en busca de Lissy. La encontré al principio de la arboleda, tendida bocabajo, la cabeza ladeada, los ojos abiertos de par en par y el horror aún escrito en su semblante.

Fray Roland se arrodilló a mi lado y le cerró los párpados mientras murmuraba una oración.

—Era una buena chica —dijo después de hacer la señal de la cruz.

—Llevaba puesta mi capa. —Mi voz se quebró.

—Sí, te era fiel. —Fray Roland me apretó la mano.

—¿Por qué iba a llevar mi capa si dijo que cogería la manta? Ella nunca se ponía mi ropa —balbuceé.

—Era una chica lista. Sabía que venían a por ti y que si no te encontraban saldrían a buscarte. —La compasión en los ojos del fraile fue inconfundible mientras dejaba que sus palabras penetraran en mi mente.

—¿Ha dado la vida por mí? —musité.

—A ella ya no le quedaban esperanzas, la habrían matado de una u otra forma. Seguro que lo intuía y tomó la decisión más noble.

—¡Oh, Dios! —Me tapé el rostro y rompí a llorar.

—Hemos de marcharnos, mientras más tiempo permanezcamos aquí, mayor será el peligro. Además, algunos de los heridos aún siguen vivos. Debemos atenderlos y llevarlos al pueblo más cercano. ¿Puedes ayudar?

Asentí agradecida de que me diera una tarea que no me permitiese pensar demasiado.

Después de atender a los heridos y subirlos como pudimos al carruaje junto a los muertos, me volví hacia fray Roland y el soldado, quienes discutían en voz baja. Ambos se callaron cuando me acerqué a ellos.

—¿Qué ocurre? —exigí.

—Tenemos dos opciones —me explicó mi tutor con su usual paciencia—. Regresar por donde hemos venido, dejar a los soldados en un lugar seguro en el que puedan ser atendidos y procurar llevaros a ti y a tu tía a la protección de su ducado, o seguir adelante para que puedas reclamar tu trono. Aunque ahora carecemos de la más mínima defensa si vuelven a venir a por nosotros.

—En apariencia la primera opción sería la más factible y segura. ¿Cuáles son los inconvenientes? —Lo conocía lo suficiente como para sospechar que no me habría presentado una alternativa si tuviera solución indiscutible.

—Fueran quienes fuesen esos atacantes, es muy posible que acaben por enterarse de la existencia de dos mujeres viajando junto a un grupo de soldados malheridos. En cuanto lo hagan, vendrán a por nosotros con el objetivo de terminar su trabajo. También te mostrará como una persona débil y dependiente que huye ante el más mínimo obstáculo, lo que no favorecerá en absoluto tu ya de por sí inestable posición como la sucesora de tu tío.

Si ser una mujer en el trono iba a resultar difícil, más aún lo sería si daba muestras claras de debilidad. No necesité que me explicase más y me tomé tiempo para sacar mi propia lista de posibilidades.

—En ese caso, solo nos queda la tercera opción —decidí al fin.

—¿Sí? —Mi tutor no parecía sorprendido de que le propusiese una vía diferente a las que él me había ofrecido.

—Usted llevará de regreso a mi tía junto a los guardias heridos —le indiqué al soldado.

—No puedo abandonarla sin protección —protestó el hombre—. Mi deber es protegerla a usted.

—Y eso es justo lo que hará. También se llevará a Lissy. De esa forma recibirá el funeral que se merece a su llegada a Goodshire. Entretanto, la gente la confundirá conmigo y creerá que he muerto. De ese modo, yo y fray Roland podremos seguir nuestro viaje con tranquilidad. Nadie espera que la futura reina llegue a caballo, acompañada solo por un religioso. Una vez en Crowshead, no podrán atacarme en público y habremos superado el primer escollo. En cuanto llegue a casa, ocúpese de elegir a hombres de confianza que puedan venir a apoyar a mi Guardia Real. Eso ayudará a reforzar mi seguridad.

—¿Y luego? —indagó Roland complacido.

—Tendremos la oportunidad de plantearnos ese luego mientras viajemos. ¿No has dicho que debíamos partir cuanto antes?

Intenté aparentar fortaleza y calma mientras me despedía de mi tía. Vi cómo el soldado se llevaba el cuerpo ensangrentado de Lissy al carruaje y la depositaba en lo alto del techo, junto a uno de los heridos. Al observarlo, no dejé de preguntarme qué sería lo que me esperaba cuando llegase a mi destino, un sitio en el que, a todas luces, me deseaban muerta.

Capítulo II

Kaden

—¿Qué tal un ratito a solas, capitán? —Las cejas rubias se arquearon en una provocación casi tan abierta, como la mano femenina que fue deslizándose por mi estómago acompañado por un lento ronroneo—. Contigo sería capaz de pasarlo gratis.

Sonreí divertido ante el descaro de Sira, una de las camareras más codiciadas de la taberna del Pato Cojo, y le sujeté la muñeca antes de que alcanzase terreno peligroso.

—¿Eso no sería desperdiciar un tiempo valioso para una mujer como tú? —Me llevé su mano a los labios y le besé la parte interna de la muñeca con delicadeza.

—Una también tiene que consentirse un capricho de vez en cuando —murmuró Sira, recorriéndome con la mirada sin ocultar el apetito en sus ojos verdes.

—Lo tendré en cuenta, pero me temo que ahora mismo estoy de servicio.

—¿Qué tal a media tarde? —Poniéndose de puntillas, se inclinó hacia mí regalándome un tentador vistazo a su escote—. Procuraré estar libre para ti —me murmuró al oído, acariciándome con su aliento mientras sus generosos pechos se aplastaban contra mi brazo.

Sira no era exactamente mi tipo, pero podría llegar a ser una bienvenida distracción de la tensa situación en el castillo.

—Veré qué puedo hacer —respondí sin comprometerme.

No era del todo mentira. Puede que realmente me plantease su oferta. ¿Por qué no? Le eché una ojeada a la elegante figura encapuchada a la que llevaba siguiendo las últimas dos calles. Con ella probablemente no hubiera dudado en aceptar una propuesta como aquella, aunque, para ser sincero, tampoco parecía el perfil de mujer que las hiciera.

Cuando la forastera se acercó a otro puesto y olisqueó un ramo de especias, cerrando los ojos de placer, avancé unos pasos más. Sira me sujetó del brazo.

—Acuérdate, a media tarde.

Asentí y me olvidé de ella tan pronto como quedó a mi espalda. Apreté la mandíbula al reparar en los zapatos de terciopelo azul bordado de mi sospechosa. Puede que vistiera una capa de lo más corriente, una digna del personal de servicio de alguna casa de bien o de un familiar de algún mercader, pero su calzado era harina de otro costal, lo mismo que el vestido que ocultaba bajo la capa.

Tenía la gracia de una dama en sus ademanes, pero una verdadera señora jamás se aventuraría a solas al mercado, ni se entretendría en inspeccionar las mercancías más simples con aquel interés desbordado. ¿Le habría quitado la ropa a su ama? ¿O se había buscado un amante que pudiese mantenerla bien? Esa habría sido una explicación plausible. Por lo poco que había conseguido ver de ella, tenía un corte de cara agraciado, una nariz quizá demasiado recta y puntiaguda, aunque su estrecha cintura y caderas anchas lo compensaban, al igual que lo hacían sus pechos. Habría apostado mi próxima paga a que cabrían en mis manos. La simple idea de constatarlo ya hacía que las palmas me cosquillearan.

Crucé los brazos sobre el pecho cuando una de las ratas callejeras, que solían dedicarse a birlar a los incautos compradores, la convirtió en su objetivo y le sacó de la falda, sin ella percatarse, lo que probablemente era un saquito de monedas. En el último segundo ella se giró con un jadeo ahogado, sin embargo, al contrario de lo que hubiera hecho cualquier otra víctima, no hubo gritos de auxilio ni acusaciones, ni un solo: «¡Al ladrón! ¡Acaba de robarme!». Lo que en sí mismo atizó aún más mi curiosidad por descubrir quién era aquella desconocida y lo que hacía allí.

Sonreí para mis adentros cuando el ladronzuelo corrió en mi dirección y me bastó estirar un poco la pierna en el momento adecuado para que acabase estampado contra el suelo. Se giró de inmediato hacia mí, seguramente con la intención de soltarme una ristra de insultos y amenazas, pero, en cuanto me reconoció, sus ojos se agrandaron y, bajo las capas de tizne, su piel palideció.

—Bryan, creo que la última vez te advertí que esto de los robos se acabó —gruñí con los ojos entrecerrados.

—Mi madre va a dar a luz de nuevo, necesito el dinero para mis hermanos —protestó el pilluelo de apenas nueve años.

Con un profundo suspiro recuperé el botín de sus manos y me incorporé.

—Largo de aquí, Bryan —le gruñí lanzándole la moneda suelta que me quedaba en el bolsillo.

¿Qué más podía decirle? Yo era el primero que había robado por motivos no muy distintos a los de aquel muchacho. Probablemente seguiría haciéndolo si el que fuera en aquel entonces el capitán de la Guardia no me hubiese sacado de las calles para llevarme al castillo y entrenarme como soldado.

No esperé a comprobar si Bryan se largaba corriendo. Me giré hacia la dama misteriosa, que lo había observado todo boquiabierta, y dejé colgar el pequeño bolsito de terciopelo de un dedo. Por el peso, lo que llevaba podía muy bien duplicar mi sueldo trimestral en la Guardia Real, lo que significaba que difícilmente acabaría viéndose seducida por mi capacidad para sustentarla o proporcionarle algún que otro caprichillo. Tampoco es que aquella fuera siquiera una opción que yo considerase, me recordé a mí mismo con un cierto deje amargo sobre el paladar. Los hombres como yo no se podían permitir el lujo de tener una familia, no cuando mi cercanía solo podía acarrearles sacrificios y pesares.

Ella se aproximó reticente, con la desconfianza reflejada en su rostro, cuando no hice el intento de jugar al caballero y me mantuve en mi sitio.

—¿Es suyo? —Esperé a que estuviera lo bastante cerca como para distinguir las motitas doradas en sus ojos color miel antes de preguntarle.

—Sí, gracias. —Alargó el brazo con la intención de recuperarlo y yo retiré mi mano antes de que pudiera alcanzarlo.

La había seguido para averiguar su identidad y eso era precisamente lo que pensaba hacer. Era lo suficientemente sospechosa para haber llamado mi atención, y en los tiempos que corrían, no era bueno bajar la guardia.

—Creo que no me equivoco al afirmar que este dinero bien vale un beso de una hermosa dama como usted.

Ella parpadeó varias veces.

—¿Perdón?

—Un beso y se lo devuelvo —repetí inmutable.

—¡Cómo se atreve!

Su exclamación airada no coincidió con ninguna de las respuestas que había esperado. Una ladrona ya habría recuperado el bolsito o habría fingido estar dispuesta a besarme para quitarme lo que era suyo, y, de paso, birlar cualquier otro objeto de dudoso valor que pudiera llevar encima. La amante de un hombre poderoso me hubiese amenazado con el poder de su protector. Si no era ni lo uno ni lo otro, ¿qué era entonces? Una mujer no solía pasear con esa cantidad de dinero encima.

—¿Prefiere que lo tome por voluntad propia? —la reté, acortando sin prisas el escaso espacio entre nuestros cuerpos.

A pesar de la oportunidad que le ofrecí para alejarse de mí, se mantuvo quieta. Sus mejillas se cubrieron de un tono rosado tan encantador que me resultó difícil resistirme a la tentación de descubrir si sus labios sabrían tan dulces como me resultaban aquellos ademanes o si, por el contrario, mi misteriosa extraña sabía perfectamente lo que se hacía y era una excelente actriz.

Aun cuando no perdí de vista sus ojos, no me pasó desapercibido cómo se entreabrieron sus labios cuando bajé la cabeza. Mi mano se deslizó por su exquisita cintura para acercarla a mí. Por si el calor que me transmitió a través de las capas de tela no hubiera sido suficiente invitación, la forma en la que su cuerpo se amoldó al mío hizo el resto.

Dudaba de mi fuerza de voluntad para detenerme si cedía a mi instinto por besarla, aun así, no pude evitar concederme el capricho de sentir sus labios sobre los míos. Con un débil roce le recorrí los suyos. Suaves, tiernos… Casi gruñí y mi resolución de mantener las distancias se evaporó.

—¡¿Qué hace?! —Una enojada voz masculina me devolvió a la realidad y me enfrentó al error que había estado a punto de cometer.

Retrocedí dos pasos, no sin antes ver cómo ella parpadeaba en un intento por recuperar la compostura, al igual que trataba de hacerlo yo, o cómo su tez se había vuelto de un profundo tono rojizo que le llegaba hasta las orejas.

Estiré el brazo y le ofrecí su bolsito. Fue el espigado fraile quien me lo arrancó con frío desdén, el mismo que yo le devolví de regreso.

—Su… milady, ¿se encuentra bien? —le preguntó el fraile a la mujer.

Entrecerré los ojos cuando ella se limitó a asentir. No era el primer religioso al que había conocido que mantuviera a una amante, pero si de algo estaba seguro en aquel instante era de que ese no era el caso. La educada frialdad que existía entre ambos, jamás habría podido dar lugar a una relación apasionada.

—¿Puedo saber quiénes son y de dónde vienen? —Me decidí a un interrogatorio más directo cuando resultó obvio que la sutileza ya no me serviría para alcanzar mi objetivo.

—¿Por qué habría de importarle? —indagó el fraile sin dejarse inmutar por mi presencia física, que fácilmente le duplicaba en anchura, a pesar de que ambos éramos inusualmente altos.

—Porque no creo que quiera enfrentarse a un miembro de la Guardia Real y porque no es una buena época para ser un forastero en esta ciudad, al menos no sin tener un buen motivo para encontrarse aquí —repliqué con la calma que me daba mi estatus mientras abría mi capa para que pudieran vislumbrar mi uniforme.

—¿Pertenece a la Guardia Real? —Los ojos masculinos se entrecerraron al pasar la vista desde el descolorido escudo sobre mi pecho, a los remiendos poco acertados que trataban de disimular las desafortunadas incidencias de mi último viaje en nombre del rey.

—Consulte a cualquiera de las personas que le rodean —le ofrecí con ironía.

—¿Y por qué dice que es un mal momento para ser un forastero por aquí?

Le sostuve la mirada. No me gustaba mentir, pero tampoco pensaba traicionar mi obligación de mantener el secreto que conllevaba mi posición ni poner en peligro el viaje de la futura reina.

—Vivimos tiempos agitados, el rey acaba de morir.

—¿Y no cree que la inminente llegada de la nueva reina pondrá la situación en orden?

Mis músculos se tensaron y lo estudié con más atención.

—¿Cómo sabe que la reina está a punto de venir?

—¡Basta ya! —saltó la dama con una decisión que no había mostrado hasta ese momento, sorprendiéndome a mí y, por su expresión, al religioso que la acompañaba—. Si sois guardia real, imagino que reconoceréis esto, ¿no? —La mujer estiró el brazo para mostrarme su anillo.

Rara vez, ni siquiera en las batallas más cruentas, había sentido que mi sangre me bajase a los pies, y eso fue justo lo que me pasó en aquel momento.

—¿Majest…?

Ella posó su mano sobre mi boca, pero la apartó con rapidez, como si la hubiese quemado.

—No aquí —me advirtió con solemnidad.

Me bastó ver sus ojos para adivinar que algo ocurría y que, fuera lo que fuese, estaban en peligro. Aquella realidad fue lo que me devolvió la compostura. Era mi trabajo protegerla y en ese preciso instante comprendí que había estado preparándome toda mi vida para cumplir con aquel cometido.

Capítulo III

María

Cabeza de cuervo, ese era el significado exacto de Crowshead. A medida que nos acercábamos por el irregular camino al castillo, intenté centrarme en él y no en el desconcertante capitán de mi guardia que cabalgaba al lado del carruaje escoltándonos con sus hombres, ni en los recuerdos de los nefastos sucesos de aquella mañana, cuyo oscuro peso, seguía atenazándome el pecho.

De la imponente edificación, que una vez fue renombrada y generó la envidia de otros reinos por la majestuosa elegancia de su construcción, ahora solo quedaban frías paredes grises llenas de manchas impresas por el tiempo y la dejadez. Ni siquiera el escudo desteñido sobre el portón de entrada carcomido por las polillas, o los jirones de lo que alguna vez fueron orgullosas banderas, conseguían con sus apagados rojos y amarillos cambiar la impresión sombría y mustia de la fachada.

—¿Desde cuándo está así el castillo? —susurré impactada.

Lady Hemsword, designada provisionalmente como mi dama de compañía, asomó la cabeza por la ventana sin demasiado interés antes de recuperar su porte regio.

—Su tío estuvo enfermo durante mucho tiempo.

Enfermo… ¿Se refería a la gota, o era su forma de justificar la incapacidad de mi tío de despegarse de su copa de hidromiel y de las mujeres? Podía ser joven e inocente, pero incluso a Goodshire llegaban los rumores de lo que sucedía en Crowshead. A pesar de su apariencia bonachona y su carácter afable, mi tía no tenía un pelo de tonta y, con dos de las posibles herederas al trono bajo su custodia, se aseguró de estar al tanto de lo que acontecía en la Corte.

—¿Se refiere a la enfermedad que se lo llevó?

Mi tutor me lanzó una mirada de advertencia y lady Hemsword titubeó por un instante tan efímero que daba buena cuenta de lo acostumbrada que estaba a mentir.

—Sí. Sufrimos todos con él durante sus últimos días.

Fray Roland me miró fijamente, puede que a la espera de cuál sería mi reacción o, tal vez, para invitarme a imitar su rostro inexpresivo. Me eché atrás en el asiento y devolví mi vista al castillo. Lady Hemsword mentía. Ambos lo sabíamos. No importaba que en la misiva que nos había enviado el secretario de mi tío anunciando su fallecimiento, dijera exactamente lo mismo: defunción por enfermedad.

Hay cosas que no se pueden ocultar, no cuando los que están envueltos son los sirvientes y soldados llanos, y menos aún, cuando estos forman parte de un pueblo aterrorizado que se muere de hambre sin la más mínima esperanza en el horizonte.

Mi tío murió envenenado. Fue una noticia que nos llegó a través de uno de sus criados personales, el único de los tres que sobrevivió tras presenciarlo. Su suerte fue la de abrir la puerta de servicio en el mismo instante en que el rey comenzó a retorcerse de dolor y a echar espuma verdosa por la boca y, sobre todo, tener la suficiente lucidez de ocultarse antes de que nadie lo viera y escapar después a Goodshire para pedir la protección de mi tía.

Tragué saliva y me froté los brazos. Por si aquel no hubiera sido ya suficiente aviso, la emboscada a la que nos habían sometido en el camino lo terminaba de dejar claro. Quien quiera que asesinase a mi tío, tampoco me quería a mí en el trono. Solo iba a ser una cuestión de tiempo el que acabase asesinada y yo no era la única que lo veía venir. Aunque evitaba mencionarlo a las claras, mi tutor me había estado previniendo y haciéndome reflexionar sobre cualquier eventualidad. En cuanto a mi tía, se había tomado mi nombramiento como sucesora con demasiada calma. Yo era seis meses mayor que mi prima, pero existían los suficientes recovecos legales que le habrían permitido deshacerse de mí como legítima heredera a la Corona. No cuestionaba que me quisiera, pero ¿qué madre no preferiría que fuese su hija la próxima reina? Una pregunta que solo se podía responder con otro interrogante: ¿qué madre expondría a su hija a una condena de muerte segura?

¿Cuántas probabilidades había de que al amanecer mi corazón siguiera latiendo?

Al traspasar el gigantesco portón de las murallas, los semblantes de aquellos que se encontraban en la calle, me advertían que no muchas. No hubo vítores ni alegres saludos, ni siquiera miradas abiertamente curiosas. Aquellos que se atrevían a contemplar el carruaje y mi séquito, lo hacían con la cabeza agachada, con disimulo y hasta con miedo, como si el ver a su nueva reina pudiera dejarlos fulminados en el sitio. Estaba tan cansada de darle vueltas, tan harta del dolor que sentía por la muerte de Lissy, que ni siquiera me importaba.

Donde mis sirvientes y el pueblo llano evitaban mirarme, los nobles, que me esperaban ante los robustos escalones del castillo, no perdían de vista nuestra llegada a medida que nos aproximábamos a ellos. Con las cabezas altas, intercambiaban cuchicheos y alguna que otra sonrisa despectiva.

Traté de prepararme para lo que me esperaba al bajar del coche, pero nada podría haberme prevenido para el odio y el abierto desdén que encontré en los ojos de aquellos que me recibieron, y decir «recibieron» era una manera muy generosa de definirlo.

La puerta del coche se abrió desde el exterior y ante mí apareció una robusta mano masculina para ayudarme a bajar. El capitán no se inmutó cuando tardé en aceptársela. Era áspera, con callos en su palma que atestiguaban las largas horas de entrenamiento con su espada, pero, sobre todo, era fuerte, cálida y transmitía una sensación de seguridad y protección que me hacía querer mantenerme aferrada a ella. A pesar de que en su duro rostro no se traslucía ni una sola emoción, no se me escapó la preocupación en sus ojos grises. Más que hermosos eran fascinantes, tanto como una tormenta en una tarde de verano.

Con destreza me sujetó por la cintura mucho antes de que mi mente registrase, que mis pies se habían resbalado sobre los inestables escalones del carruaje. Mi respiración se cortó ante su cercanía y, por un efímero instante, su máscara se resquebrajó, dejándome entrever al hombre que me había exigido un beso a cambio de mi dinero.

—No se entretenga aquí afuera y evite que puedan rodearla. Nos será mucho más sencillo protegerla en el interior. Nadie se atreverá a atacarla si los saluda de uno en uno —murmuró tan bajo que solo yo pude oírlo.

—Gracias. —Me forcé a sonreír cuando me soltó sana y salva sobre el suelo, regresando a su rígida postura de guardián.

Inerte estudié a los silenciosos asistentes, que no vacilaron en estudiarme del mismo modo. Lo que, indiscutiblemente, constituía una abierta falta de respeto hacia mi persona. Sin inmutarme, descansé la vista sobre un hombre mayor que, a deducir por su generosa panza, gustaba del buen comer y disfrutaba de los lujos que le ofrecía la vida, y cuya abundante joyería de oro, debía ser el motivo de que estuviera ligeramente encorvado, además de ser indicio de que ocupaba algún importante cargo en la administración del reino. El hombre comenzó a ponerse nervioso cuando no me acerqué a él ni le quité la vista de encima, y terminó por aproximarse a mí con pasitos apresurados para terminar con una reverencia llena de florituras, que era digna al menos de un bailarín de la Corte, por no decir del bufón.

—Su majestad, permítame presentarme: soy el duque de Clouthsword, secretario del difunto rey y consejero del reino.

—Duque… —Le ofrecí mi mano para que me la besara—. Me alegra conocerle al fin más allá de sus cartas.

—Gracias, su majestad. Siento mucho lo que he oído acerca del desagradable incidente que ha sufrido durante su viaje.

Parecía que las noticias volaban o quizá no tanto. Lo escruté con la mirada. ¿Sería él uno de los implicados?

—No se preocupe, lo importante es que ya estoy aquí. —Fingí una sonrisa despreocupada y crucé los dedos para realmente parecerlo ante los demás—. No fue más que el ataque patoso de lo que sin duda eran unos incompetentes bandidos de tres al cuarto.

A través de la multitud resonó un jadeo colectivo, lo que no pude discernir fue quién se había escandalizado por mi presunto valor y quién se había alterado sintiéndose insultado por mi afirmación. A nadie se le ocurrió cuestionar que fueran meros delincuentes o mencionar que en realidad no habían robado nada. Por los ojos como platos del secretario, y la forma en la que le temblaban los labios entreabiertos, parecía haberlo dejado sin habla. En lo que a mi guardia de ojos grises se refería, y, al contrario que al resto del público, se le había curvado casi imperceptiblemente la esquina derecha de sus labios, algo de lo que jamás me habría percatado de no ser porque antes habían formado una perfecta línea recta.

—Tenga por seguro que haremos todo lo que esté en nuestras manos para que apresen a esos desalmados y reciban el castigo que se merecen —aseveró el secretario en cuanto recuperó la compostura.

—Tengo la total certeza de que así será —le repliqué con un mal ocultado sarcasmo, aunque esperaba que él lo interpretase como desprecio hacia los «ladrones».

—Si me permite que la introduzca a los miembros de la Corte…

—Duque —lo interrumpí antes de que pudiera iniciar las presentaciones—, le agradecería que me guiase al salón del trono para hacerlo allí. Hace frío. No quisiera que mis súbditos enfermen por mi causa. Además, me gustaría tomarme mi tiempo en conocerlos. Dentro al menos estaremos protegidos de la intemperie.

—Sí, sí, por supuesto… —balbuceó el secretario—. Si es tan amable de seguirme…

—Eso ha sido una jugada inteligente —murmuró mi tutor que se había colocado a mi izquierda, justo un paso detrás de mí.

—No ha sido idea mía sino del capitán —contesté sin volverme—. Puede que tengamos a nuestra primera persona de confianza.

—O al primero que trata de hacértelo creer —me advirtió con cautela.

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