Mi corazón lleva tu nombre de Susana Vega

Mi corazón lleva tu nombre de Susana Vega

A compartir, a compartir! Que me quitan los posts!!

***SOLO HOY ¿Un último baile, milady? de Megan Maxwell 

Regresa Megan Maxwell con una novela romántico-erótica tan ardiente que se derretirá en tus manos.

Sexo. Familia. Diversión. Locura. Vuelve a soñar con la nueva novela de la autora nacional más vendida...

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Mi corazón lleva tu nombre de Susana Vega pdf

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Sabía que lo nuestro era pasajero. Me había dejado en claro que no quería una relación, no quería ataduras, no soñaba con una familia. Él era ese tipo de hombre indomable, de los que no se enamoran, no conocen el amor, o simplemente le huyen. Su único propósito en la vida era llegar a la cima de la riqueza, sin importar las consecuencias.

Y ahí entro yo. Vamos a llamarlo: un daño colateral.

Me enamoré de la mayor hazaña de hombre y, muy en el fondo, esperaba que cambiara. Pero eso solo quedó en una ilusión.

Me dejó, con el corazón hecho añicos. Y semanas más tarde, lo veo de camino al altar con otra mujer.

Me juré alejarme, no volver a verlo nunca más, desterrarlo de mi vida… pero el destino tiene sus maneras misteriosas de obrar, y olvidarlo ya no sería una opción para mí.

Una novela romántica de segundas oportunidades, cargada de sorpresas muy reales, que te atrapará por completo entre sus páginas.

»cap1″

1
Brenda
Comprobé la hora en el pequeño reloj de mi tocador. ¿Cómo es que siempre se me hacía tarde? No importaba lo temprano que me levantara, siempre tenía prisa.
Me coloqué los pendientes mientras entraba en la cocina.
—¡Derek! ¡Derek! ¿Estás listo?
—Estoy aquí, mamá.
Solté un grito y di un pequeño salto hacia atrás cuando lo vi de pie a menos de 15 centímetros de mí.
—¡Jesús, María y José! ¡Me has asustado! No te había visto.
—No soy invisible. —Echó los cereales en un bol.
Me reí y le revolví el cabello.
—No, supongo que no lo eres. —Saqué la leche de la nevera y se la serví.
—Mamá, puedo hacerlo solo.
—Sí, puedes, pero quiero ayudarte.
La verdad, era que quería evitar limpiar la leche derramada. Tenía ocho años, pero era un poco pequeño para su edad. Sin embargo, estaba segura de que algún día acabaría siendo tan grande como su padre. Solo le faltaba llegar a la etapa del gran estirón.
—¿Puedo ir al trabajo contigo? —preguntó, antes tomar un bocado de cereales. La leche le chorreó por la barbilla.
—¿Por qué quieres ir a mi aburrido trabajo? —le pregunté mientras metía un K-pod en la máquina.
—Porque no me gusta la escuela.
—Tienes que ir a la escuela para ser inteligente, prepararte, y así conseguir un trabajo cuando seas mayor.
Eso no lo hizo feliz. Llevó su tazón a la mesa y se dejó caer.
—No quiero conseguir un trabajo.
Sonreí y negué con la cabeza.
—Nadie lo quiere, pero es lo que todos debemos hacer.
—¿Por qué?
No creía que la excusa habitual de “porque así es la vida” fuera a funcionar.
—Porque necesitas pagar una hipoteca y comprar comida. Necesitas electricidad y agua, y quizás incluso un auto.
—Pero siempre voy a vivir contigo —dijo con naturalidad.
No pensaba reventar su burbuja diciéndole que no estaría para siempre.
—Muy bien, termina de comer. Tamara estará aquí en cualquier momento.
Se oyó un golpe en la puerta, seguido de una serie de pequeños golpecitos. La abrí para encontrar a Tamara y su hija, Heidi. Ella y Derek tenían la misma edad, pero por desgracia, no estaban en la misma clase. Me habría encantado que tuviera una amiga en su aula.
—Hola, chicas —saludé.
—Tengo hambre. —Heidi se quejó.
—Los cereales están en la encimera —le dije al pasar, dirigiéndose directamente a la cocina.
—Lo siento. —Tamara sacudió la cabeza—. Es que le gustan más tus cereales. Te compraré una caja.
—No te preocupes por eso. —Entramos en mi cocina inundada por la luz del sol de la mañana—. ¿Quieres café?
—Estoy bien.
Asentí.
—Gracias por llevarlos hoy de nuevo. Te juro que voy a empezar a adaptarme al ritmo. Me siento como si estuviera corriendo a la velocidad de Mach todo el tiempo.
—Tranquila. Tampoco tengo mucho que hacer.
—¿De qué hablas? Tienes mucho que hacer. Trabajar desde casa no es ninguna broma.
—Pero mi horario es flexible. —Se rio—. Lo contrario de tu trabajo. ¿Tienes una semana muy ocupada?
Asentí.
—Sí. Siempre animo a mis clientes a que se adelanten con sus impuestos. Preferiría que empezaran en mayo o al minuto siguiente de presentarlos. ¿Crees que alguna vez me harán caso?
—Nadie quiere que se le adelante el pago de los impuestos —gimió—. Son una pesadilla.
—Pero no desaparecen si los ignoras.
—Hablas como un verdadero contador público —bromeó.
No era realmente una contadora. Bueno, sí; pero rara vez calculaba los impuestos de alguien. Era la gerente de impuestos, me encargaba de todo lo relacionado con planificar y gestionar mejor la carga fiscal de una empresa, pero tenía empleados que hacían el papeleo.
—Derek, no te olvides de darle a tu profesor el sobre que tienes en la mochila —le recordé—. Tienes que entregar esa papeleta.
—Lo sé, mamá.
Tamara sonrió mientras veía a los niños. Estaban hablando y llevándose cereales a la boca.
—¿No te preguntas cuándo fue que se convirtieron en niños independientes con personalidades y actitudes?
Sacudí lentamente la cabeza.
—En la etapa en la que no te dejan dormir toda la noche, lo único en lo que piensas es en el día en que puedas acostarlos y dormir ocho horas seguidas. Sin embargo, no creo que ningún padre primerizo se dé cuenta de que cada paso adelante en el camino hacia la independencia es un paso lejos de ti. Echo de menos a mi bebé.
—Yo también. ¿Alguna vez piensas en tener otro?
La miré con los ojos muy abiertos.
—He oído que hay un truco para conseguir uno de esos.
Se rio, con sus ojos marrones llenos de calidez.
—Me refiero a que si considerarías tener otro hijo si volvieras a tener un hombre en tu vida.
Me encogí de hombros.
—Sinceramente, no lo sé. Tengo treinta y dos años y estoy muy soltera. Solía pensar que iba a tener al menos dos hijos, pero ahora no parece que esté en las cartas. Sería diferente si estuviera casada o tuviera un novio estable. ¿Y tú?
—Quiero más, pero como dijiste, eso requiere tener un hombre.
Levanté un dedo.
—Técnicamente, no.
Ella curvó el labio.
—Mi reloj biológico está muy bien. Aún no voy a tomar el camino del pavo. Pero cuando mi pequeña llegue a los trece años será el límite, me removeré los ovarios y lo daré por terminado.
—Creo que cuando sea el momento adecuado, lo sabrás. Pero ahora mismo, es el momento de ponerme los zapatos y salir de aquí.
Tamara dio una palmada.
—Terminen con sus cereales, chicos, el autobús escolar sale en dos minutos.
—No conduces un autobús escolar —refutó Heidi.
Sonreí mientras me alejaba. No había nada que se les escapara. Me puse los tacones, me metí la blusa por dentro y me aseguré de que no hubiera ni una mota de pelusa en mi falda lápiz negra. Le insistía a mi equipo para que se vistieran para el éxito y siempre me esforzaba por dar un buen ejemplo.
—Brenda, nos vamos de aquí —anunció Tamara.
Regresé a la sala de estar.
No me atreví a darle un abrazo a Derek. Mi capacidad de abrazarlo delante de testigos se había interrumpido al comenzar el tercer grado, pero todavía podía hacerlo en algunas ocasiones especiales.
—Diviértete hoy, cariño. —Le entregué su mochila—. No olvides…
—Lo sé, mamá. —Resopló.
Le toqué el hombro y le ofrecí una sonrisa. Me quedé mirando esos bonitos ojos que me recordaban a un hombre al que creía amar. Sin embargo, amaba a mi hombrecito más que a nada en el mundo.
—Te veré esta noche.
Los despedí mientras salían por la puerta. Podría jurar que cada día veía cuanto crecía, mi pequeño ya no era tan pequeño. Me sacudí la melancolía que siempre surgía cuando pensaba en el paso del tiempo. A menudo me preguntaba si estaba haciendo lo correcto al criarlo sola. Necesitaba un padre, pero resulta que había pocos candidatos cualificados. Si no podía tener lo mejor para él, no quería ninguno.
Agarré mi bolso y mi maletín, y salí por la puerta.
—Buenos días, señora Benson —saludé a mi vecina, antes de abrir la puerta de mi Nissan Maxima.
—Que tengas un buen día —respondió.
Me encantaba mi barrio.
Arranqué el auto y me dirigí a la carretera. Echaba de menos el corto trayecto al trabajo cuando vivía en la ciudad, pero cuando Derek cumplió los tres años, me di cuenta de que necesitaba un patio y un poco de espacio para respirar. Compré una casa en Brooklyn y nunca miré atrás. No me importaba un viaje más largo cada día.
Cuando llegué al bufete, inmediatamente sentí que algo no iba bien. Pasé por delante de los escritorios con gente inmersa en sus trabajos, me dirigí a mi oficina y estaba a punto de entrar cuando mi jefe, el propietario de nuestra empresa, me llamó.
—Brenda, ¿puedo hablar contigo un minuto?
Eso nunca era bueno.
—Claro. —Dejé el maletín y el bolso en mi oficina y me dirigí a la suya que era un poco más grande—. ¿Qué pasa Henry? —Tomé asiento sin invitación.
Parecía incómodo.
—Quiero que sepas que has sido la mejor empleada con la que he tenido el placer de trabajar. Siempre lo das todo, y sé que puedo confiar en tu honestidad e integridad.
—Gracias, Henry.
—He convocado una reunión —anunció.
—¿Cuándo?
—En diez minutos, en la sala de conferencias.
Ahora estaba preocupada.
—¿Esto es sobre la cuenta de Bonner? —pregunté.
Sonrió, haciendo que las arrugas en las esquinas de sus ojos se profundizaran.
—No. Esa situación se ha solucionado.
—Entonces, ¿eso es todo?
—Sí. Solo quería hacerte saber lo mucho que he apreciado trabajar contigo.
Fruncí el ceño, pero decidí esperar.
—Bien, ¿necesito algo para la reunión?
—No, solo esa sonrisa ganadora tuya.
Ahora sabía que algo pasaba.
Volví a mi oficina para revisar mis correos electrónicos rápidamente. No vi ninguna pista allí. La curiosidad y el nerviosismo me estaban creando un gran malestar estomacal.
Seguí al resto del personal a la sala de conferencias, exactamente ocho minutos después. Henry estaba de pie en la parte delantera de la sala, y juro que vi una gran gota de sudor cayendo por un lado de su cara. Definitivamente esto no era bueno.
Mi mente se precipitó sobre las muchas posibilidades que podría tener la reunión.
—Todos se estarán preguntando de qué va esto —empezó Henry—. Voy a decirlo directamente. Nos han comprado, he vendido la empresa y me voy a Florida a disfrutar de mis años de gloria.
Se hizo un silencio tan denso y pesado en la sala que pude sentir que me pesaba sobre los hombros. Después del silencio, la sala estalló en conversaciones y murmullos bajos, mientras todos digerían la información. Mi mente se aceleró, calculando mis ahorros y cuántos pagos de la hipoteca podría hacer hasta perder mi casa. Podría encontrar un nuevo trabajo, pero ¿cuánto tiempo me llevaría?
—¿Nos quedamos sin trabajo? —preguntó alguien.
Mis oídos se agudizaron y mi mirada se centró en Henry.
—No —respondió—. Todos mantendrán sus puestos. No cambia nada, más que el nombre en los cheques. La misma empresa, los mismos clientes, solo que con un nuevo propietario.
Quería creerle, parecía que estaba siendo honesto, pero yo sabía cómo se manejaban estas cosas. Se hacían promesas, y unos meses después, esas promesas se cancelaban.
—¿Quién? —pregunté—. ¿Es una de las grandes empresas?
—No, se llama Allen Prince —respondió Henry.
El zumbido en mis oídos se hizo más fuerte y la sangre huyó de mi cara.
No puede ser.
No podía ser él. ¿Era una de esas extrañas coincidencias donde tienen el mismo nombre pero son personas diferentes?
—¿Conoces a este tipo? —me preguntó uno de los contables.
—¿Qué?
—Por tu reacción pareciera que conoces el nombre. ¿El tipo es malo?
Lo miré a los ojos.
—Destruirá esta empresa, si tiene la oportunidad.
Sus ojos se abrieron de par en par.
—Oh no.
—Miren, sé que todos están preocupados —intervino Henry—. Démosle una oportunidad al tipo. Vendrá al final de la semana para conocer a todo el personal y comprobar el aspecto operativo de las cosas. Sería bueno que todos dieran lo mejor de sí mismo. Queremos brillar para él. Quiero entregarle la empresa que ha comprado.
Henry estaba preocupado, podía verlo en su cara. Debía estarlo, dado que no eran buenas noticias. Él sabía que todos estábamos en peligro de perder nuestros puestos de trabajo cuando el nuevo propietario llevara la empresa a la ruina.
Se iba a beber Mai Tais y jugar al golf, mientras todos nosotros quedábamos sometidos a los horribles hábitos de Allen Prince.

»cap2″

2
Allen
Golpeé con mi bolígrafo la mesa de conferencias, estaba tan brillante que podía ver mi reflejo en ella. No estaba prestando atención a lo que decía el tipo sentado frente a mí. Eran un montón de tonterías. Hacía lo posible por ser cortés, pero estaba poniendo a prueba mi paciencia.
—Sabes, te agradezco que me consideres a mí y a mi empresa para invertir en tu negocio, pero no creo que sea lo más adecuado.
—Pero no has escuchado mi propuesta completa —tartamudeó.
He oído lo suficiente para saber que tu idea es basura.
—Lo siento, pero sigo pensando que no es una buena opción —dije, en un intento de ser diplomático.
—¿Cómo lo sabes? No lo has oído todo.
—Mira. —Me incliné hacia delante para asegurarme de que escuchara bien mis palabras—. Si sigues adelante con este nuevo plan de reestructuración, vas a quebrar. Tu empresa va a sufrir una hemorragia de dinero hasta que no quede nada. He revisado los datos financieros que me has proporcionado y no estás en condiciones de hacer cambios. No tienes dinero, y no necesitas un inversor; necesitas un milagro. No puedo involucrarme en esto.
Me miró fijamente, con la boca abierta.
—Hemos tenido un año difícil, pero nos recuperaremos. Siempre lo hacemos.
Sacudí la cabeza y cerré el bonito portafolio que me había presentado al principio de la reunión. Luego se lo deslicé por la mesa.
—Gracias por venir, y buena suerte.
Me puse en pie y salí de la sala de conferencias con el tipo detrás de mí, intentando detenerme.
Seguí adelante.
—A mi despacho —gruñí al pasar junto a mi asistente.
Su escritorio estaba justo fuera. Era mi portera.
Abrí de golpe la puerta y me senté en mi escritorio.
Diana entró detrás de mí.
—Antes de que diga algo… —comenzó.
—¿Por qué? —le pregunté—. ¿Por qué has organizado una reunión con ese hombre?
Suspiró y miró a sus pies.
—Es un amigo de la familia. Mi padre me pidió que le consiguiera una reunión con usted.
La miré durante unos largos segundos.
—Diana, ¿has visto mi calendario de esta semana? ¿De la próxima semana?
—Sí. Sé que está ocupado, pero…
—No, no hay peros. Mi negocio no está aquí para que repartas favores a tus amigos o familiares. Estoy ocupado. Hay cientos de otras personas que quieren conseguir una reunión conmigo. Esas personas podrían tener realmente propuestas de negocio dignas. Acabo de perder treinta minutos escuchando a un tipo con el que nunca haría negocios. Treinta minutos. ¿Sabes cuánto dinero hago en un día? Si haces un poco de matemáticas, puedes calcular lo que gano en una hora y luego en media hora. Ese favor me acaba de costar unos diez mil dólares, más o menos.
—Lo sé —lamentó—. Lo siento. No me di cuenta de que su propuesta era una basura. Lleva mucho tiempo en el negocio. Pensé que era sólido.
—Créeme, no es sólido y estará fuera del negocio en seis meses.
Parecía sorprendida.
—Oh.
—¿Qué tengo ahora? —pregunté.
Se aclaró la garganta.
—Tiene una conferencia telefónica en veinte minutos y una reunión a las cuatro. Eso es todo lo que tengo.
—Bien, gracias.
—Necesito saber cuándo quiere que programe la reunión con la nueva empresa que acaba de comprar.
Lo pensé.
—El viernes. Quiero ir cuando la gente esté de buen humor.
—¿Mañana o tarde?
—Prográmalo para media mañana por si tarda un poco.
Ella asintió.
—Entendido. ¿Algo más? ¿Café?
—No, gracias. Estoy bien.
Me dejó a solas para filtrar la pila de papeles que tenía sobre mi escritorio. Mientras lo hacía recordé el tiempo que me costó ganar mi primer millón. El trabajo duro había sido desalentador, pero ahora estaba sentado al frente de un negocio de gran éxito y la gente quería que les mostrara el camino, querían que les ayudara a alcanzar el mismo éxito, y yo tenía el poder de darles la mano que pedían.
Al final del día, recogí mis cosas y salí de mi despacho. A juzgar por el silencio del lugar, todo el mundo ya se había ido. Era el capitán del barco y no esperaba que se quedaran tanto tiempo como yo.
Bajé las escaleras y, como era habitual, me dirigí al bar del edificio. No era exactamente convencional, pero sí muy conveniente tenerlo en la planta baja. Era de mi propiedad, y no más que una fuente de ingresos adicional.
Estaba destinado a la gente que trabajaba en el edificio y a los numerosos empleados de la manzana. Mi bar estaba diseñado para ser relajante, un lugar al que un hombre podía ir después de un largo día de llevar una corbata demasiado apretada. Podía aflojársela, sentarse en una silla cómoda y beber algo bueno.
La música era baja y, como conocía a mi clientela, había varios televisores instalados alrededor, donde podían ver las noticias del momento. Mucha de la gente que frecuentaba era del tipo Wall-Street, e incluso cuando se suponía que deberían estar relajados, siempre estaban mirando lo que pasaba.
—Camarero —llamé y di una palmada en la barra lisa que tenía suaves luces LED a lo largo del semicírculo.
Jeremy levantó la vista y puso los ojos en blanco.
—Imbécil. Nadie me llama así.
Sonreí.
—Yo lo hago.
Dejó a la bella dama con la que había estado hablando y se acercó a mí.
—¿Por qué estás aquí un lunes? ¿No tienes millones de dólares que contar?
—Necesito un trago.
Hizo una mueca mientras sacaba un vaso de debajo de la barra y cogía la botella habitual de la estantería. Sirvió dos dedos de whisky y lo deslizó hacia mí.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Lo de siempre.
Se rio.
—¿Sigues aplastando los sueños de los jóvenes empresarios que quieren crecer y ser como tú, diciéndoles que sus negocios se van a hundir en unos meses?
Eso sonó casi perfecto.
—¿Cómo sabes eso?
Se rio.
—No sé la historia completa. Solo fui el afortunado que tuvo que servir al hombre que echaste de tu oficina hoy.
Levanté un dedo.
—No lo eché. Me fui después de darle treinta minutos de mi valioso tiempo. Creo que eso fue más que generoso.
—Eso no fue lo que dijo.
—¿Por qué escuchas esas mentiras? ¿Y por qué vienen aquí a decírtelo? ¿Tienes algún tipo de cartel ofreciendo apoyo emocional? —Miré alrededor del oscuro bar para hacer entender mi punto de vista.
—No hace falta mucho para que estos tipos se desahoguen. Piden un trago a la una de la tarde y está bastante claro que algo tienen en mente. Mi trabajo como camarero es preguntarles qué es.
—¿Y por casualidad mencionas mi nombre?
Se rio y negó con la cabeza.
—No, por supuesto que no. No me atrevo a admitir que te conozco. Empiezan a quejarse de un imbécil llamado Allen. Mi favorito fue el tipo que te llamó pene flácido, ese fue divertido. Bastardo e imbécil son insultos aburridos. Me gustan los que son creativos.
Le di un sorbo a mi bebida.
—¿Por qué vienen aquí y te lo dicen?
—Porque este es el bar más cercano a tu oficina. Los mandas de paseo y acaban aquí, ha sido así durante más de cinco años. Ni siquiera pueden llegar a casa sin alcohol en su sangre después de conocerte.
—Te conozco desde hace cinco años.
Guiñó un ojo.
—Y yo te conocí antes de que tú me conocieras.
Fruncí el ceño.
—Nunca me dijiste eso.
—No te lo cuento todo.
—Entonces, ¿no les dices que eres amigo mío? —pregunté.
Sus ojos brillaron con diversión.
—No, claro que no. No me dejarían ni una propina.
—¿Así que dejas que hablen mal de mí?
Asintió.
—Sí. Les ofrezco consejos, como hace un buen camarero. Luego les digo que te ignoren y sigan adelante. Les digo que solo eres un idiota, y no el fin de todo.
—Con amigos como tú, no necesito enemigos.
Sonrió.
—Creo que lo que quieres decir es que soy tu único amigo y que el lado de los enemigos está demasiado lleno para meterme.
—Realmente no sé por qué no te despido —murmuré.
Sonrió y volvió a meter la mano bajo el mostrador. Llenó un vaso del grifo y se lo entregó a otro cliente de la barra.
—Porque te agrado —me respondió.
—No, creo que quieres que te despida. Quieres que lo haga para poder cobrar la liquidación. No voy a dejar que te salgas con la tuya.
Echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.
—Demonios, me has descubierto.
—Sabes que lo hice.
—¿Por qué querría dejar todo esto? —Levantó los brazos señalando todo a su alrededor—. Es el trabajo de mis sueños.
—Muy gracioso —dije, moviendo la cabeza.
—Creo que deberías pagarme un extra por todo el asesoramiento que debo dar a tus víctimas.
—Por favor, me han dicho que no innumerables veces y nunca fui a un bar a llorar porque alguien fuera malo conmigo.
—¿Quieres una estrellita dorada por eso? —bromeó.
—Soy semental, un ganador, no lo olvides.
—¿Vas a ser capaz de salir por esa puerta esta noche? Creo que tu ego ha crecido unas tres tallas desde que estás aquí.
—¿Sabes que fui a un colegio comunitario? —le pregunté mientras tomaba otro trago.
—No. Creía que eras uno de esos peces gordos de Yale.
Sacudí lentamente la cabeza.
—No. Ni siquiera tengo un título de cuatro años. Fui a una escuela de negocios y la abandoné antes de poder seguir. No podía permitírmelo, y pensé que no tenía mucho sentido empezar con deudas. Soy más bien un tipo práctico. No quería ni necesitaba la ayuda de mi padre para lograrlo. Me pagué mi propia educación, la poca que tengo. No quería que nadie pensara que le debía algo.
—No lo sabía —admitió, sonando sorprendido—. Supuse que habías nacido con una cuchara de oro en la boca.
—Mucha gente lo cree, y no me molesto en decirles lo contrario porque no me importa lo que piensen de mí. Quien era hace veinte años no es quien soy ahora.
—Así que eres un hombre hecho a sí mismo. Felicidades.
Lo miré.
—Por eso cuando estos tipos vienen aquí lloriqueando y quejándose, no me importa. No siento ninguna empatía por ellos. Esfuérzate más, hazlo mejor y piensa inteligentemente.
Jeremy hizo una mueca de dolor y se retiró.
—Diablos, eres un tipo duro.
Me encogí de hombros.
—Es que no me gustan las excusas.
—Ya lo veo.
—Un trago más. Luego me voy a casa.
—Por cierto, Gary estuvo aquí antes.
Levanté una ceja.
—Espero que no le hayas servido alcohol a mi chofer. Eso anularía el propósito de su contrato.
—Tienes un chofer porque eres demasiado flojo para llevar tu trasero real.
Lo miré con el ceño fruncido. Parecía estar extra insultante hoy.
—Tengo un chófer porque trabajo mientras él conduce, y suelo beber antes de salir del edificio. Se llama ser responsable.
Sonrió.
—Lo que usted diga, jefe.
—Yo digo que me des otro trago.

»cap3″

3
Brenda
Me quedé mirando la pantalla y luego los papeles que tenía adelante. Algo no cuadraba.
—No lo entiendo —dije en voz alta.
Hablaba conmigo misma, pero mi empleada sentada frente a mi escritorio no lo sabía.
—Lo siento por molestarla con esto. Juro que puse todo correctamente, pero los números no cuadran.
Susan acababa de salir de la universidad y me recordaba mucho a mí misma a esa edad.
—Está aquí. Solo tenemos que verificar todas las líneas. Lo encontraremos.
—Lo siento —repitió.
—Susan, no lo sientas. Me alegro de que te hayas dado cuenta antes. Los impuestos no son más que números, y cuando son tan complicados, es lógico que haya números transpuestos o mal introducidos. Eso pasa.
—¿Crees que nuestro nuevo jefe va a ser bueno? —preguntó.
Me estremecí, pero me negué a mostrar alguna emoción. Se suponía que yo era una líder, así que no podía menospreciar al nuevo propietario. Pondría en peligro mi puesto de trabajo y solo provocaría problemas en la oficina. Tenía que fingir que las cosas estarían bien, o todo el mundo entraría en pánico.
—Creo que debemos seguir haciendo nuestro trabajo lo mejor posible —le respondí.
Ella resopló.
—Eso ha sonado a respuesta de político.
—Estoy tratando de ser políticamente correcta. Quiero que todos mantengamos nuestros puestos de trabajo, y quiero que Henry esté orgulloso. Si fallamos o parece que no sabemos lo que hacemos, lo haremos quedar mal.
—Y a ti —aclaró.
Asentí una vez dándole la razón.
—Sí, y a mí. Un nuevo propietario no significa nada, no se involucrará en nuestras operaciones diarias. Todos tenemos que seguir trabajando como siempre.
Susan asintió, pero me di cuenta de que no se creía del todo mi historia. No pasaba nada. Solo tenía que mantener una buena actitud, tenía que ser fuerte para mi gente. Si entraban en pánico, sus trabajos se resentirían y acabarían absolutamente en la guillotina de Allen. El tipo era despiadado y no dudaría en despedirlos.
—Soy la novata del grupo —se lamentó con un suspiro—. Seré la primera en irse.
Dejé la pantalla y la miré fijamente.
—Todos hemos sido el nuevo. No puedes dejar que eso defina el trabajo que haces. Tienes todas las oportunidades para ser mejor que el resto. Puedes decidir ser mejor que yo. No puedes frenarte solo porque seas nueva.
—Como lo has hecho tú, ¿eh? —dijo con un toque de admiración en su voz.
No necesitaba su admiración ni quería una palmadita en la espalda, pero era cierto.
—He trabajado mucho para llegar a donde estoy. Muy duro, y nunca dejé que nadie me dijera que no podía o que no era lo suficientemente buena.
Ella sonrió.
—Deberías ser la dueña.
—¿Qué?
—Eres una buena jefa. Ojalá hubieras podido comprar la empresa.
Me reí y negué con la cabeza.
—No apunto tan alto. Me gusta mi trabajo y me gusta la gente con la que trabajo. Me parece bien que siga así.
—Apuesto a que algún día podrás tener un lugar como éste.
—Tal vez, pero eso no es hoy. —Volví a prestar atención a los formularios y fue como si se encendiera un faro—. ¡Lo encontré!
—¡No puede ser! —exclamó.
—Línea diecinueve. —Rápidamente ajusté el número en el programa, lo guardé y lo envié a su correo electrónico—. Te lo acabo de enviar. Me alegro de que te hayas tomado el tiempo de revisarlo antes de enviarlo. Eso es una señal de buen trabajo y lo aprecio de verdad. El cliente también lo hará.
—Gracias, Brenda. Realmente aprecio tu ayuda.
—De nada.
Todo el mundo estaba al límite, y yo hacía todo lo posible por seguir adelante como si el día de mañana no existiera. Conocía a Allen, y estaba casi segura de que perderíamos a algunas personas en los próximos días y semanas. Él solo conocía de números y dinero, no le importaban las personas ni el trabajo duro detrás de cada uno de ellos, solos sus cifras.
Me pareció una estupidez que esperara una semana entera antes de presentarse. Estaba haciendo sudar a la gente, su gente. Me molestaba que se enseñoreara de su poder y su dinero sobre trabajadores buenos que no merecían ser tratados como objetos. Un hombre de verdad habría aparecido el lunes para hacer el anuncio junto a Henry. Pero no, Allen Prince siempre hacía lo que le diera la gana desde su pequeña torre de marfil.
No iba a darle una razón para despedirme a mí o a cualquier otra persona a mi cargo. Me pasé la semana poniendo los puntos sobre las íes y asegurándome de que todo estuviera en orden. Si quería despedir a uno de nosotros, iba a tener que buscar mucho para encontrar una razón.
Cuando llegué a casa esa noche, Tamara estaba sirviendo un helado a los niños.
Levanté una ceja y miré la hora.
—Son las siete y media —señalé.
Sonrió.
—Hoy se han portado muy bien. Se merecían un regalo —se excusó.
—¿Pero un helado una hora antes de acostarse?
—Fueron muy buenos —insistió.
—Muy bien, chicos, vayan a jugar. Drenen un poco de esa energía.
—Te serviré una copa de vino —ofreció Tamara, sabiendo inmediatamente lo que necesitaba.
Me quité los tacones y luego arrastré mis dedos por mi cabello. Me froté el cuero cabelludo y traté de liberar la tensión que se había acumulado durante toda la semana.
—Gracias, Tamy.
Me entregó una copa antes de que ambas nos sentáramos en la mesa de la cocina.
—¿Qué ha pasado? —preguntó.
Había estado ocupada toda la semana y trabajando hasta tarde, lo que me impidió contarle la gran noticia.
—El lunes se anunció que nuestra empresa fue comprada.
Se quedó boquiabierta.
—¡Oh no! Eso nunca es bueno. ¿Estás sin trabajo?
—No. Todavía no. El jefe nos aseguró que todos conservaríamos nuestros puestos.
—¿Pero estás preocupada?
—Lo estoy.
—Brenda, no sé nada de lo que haces, pero sé que lo haces muy bien. Tienes mucho éxito. Nadie va a despedirte.
—Hay un pequeño detalle que no te he contado.
—¿Qué?
—Conozco al nuevo propietario.
—¿Trabajaste para él antes?
—No, en realidad fue un cliente. Fue hace casi diez años, cuando yo estaba empezando en el negocio. Él era un completo imbécil. Nos enfrentamos, por decir lo menos. Es arrogante y tiene un aire que me pone de los nervios, creo que tiene ese efecto en todos. Es realmente uno de los mayores dolores de cabeza con los que he tenido la desgracia de tratar.
Se rio.
—Eso suena mal.
—Es malo. Es muy malo.
—¿Crees que se acordará de ti?
No podía imaginar cómo no podría recordarme.
—No estoy segura. Quiero decir que sí, pero tal vez no lo haga.
—¿Quedaron en malos términos?
—Definitivamente.
No podía contarle mi relación a puerta cerrada con él, no quería admitirlo todavía. Tenía la sensación de que todo iba a salir a la luz muy pronto. Quería disfrutar de mi vida tal y como era un poco más.
—Entonces se acordará —dijo ella.
—Probablemente.
—¿Crees que intentará deshacerse de ti en venganza?
Sacudí la cabeza.
—No tengo ni idea.
—Te ves muy preocupada.
—Tengo razón para estarlo. No puedo permitirme perder mi trabajo.
Ella asintió, y pude percibir como analizaba la situación.
—¿Puedo darte mi humilde opinión?
—Te lo agradecería —dije con una sonrisa.
—Creo que ambos necesitan tener una conversación de adultos. Eres una mujer mayor y supongo que él también lo es. Las aventuras, amores y desilusiones a los veinte años no son precisamente una rareza. Todo el mundo pasa por eso.
—¿Todos?
—Ya sabes lo que quiero decir. Es común. Nuestros veinte años son una extensión de nuestra adolescencia, con algunos derechos legales más. Es natural querer explorar quiénes somos y divertirnos. Cuando tienes veintidós, veintitrés o lo que sea, sigues siendo un niño que aprende a crear sus propios límites. Es común comer postre en el desayuno o quedarse despierto hasta muy tarde en una noche de trabajo a los veintitantos años. Lo que sea que haya pasado entre ustedes deberían aclararlo y resolverlo ahora. Especialmente después de tantos años y dada la posición en la que estarán.
Tamara tenía razón.
—Pero todavía tengo que verlo —me quejé.
—No tomes a mal lo que te diré —advirtió, lo que prácticamente garantizaba que sería así—. ¿Y si no te recuerda?
Lo pensé.
—Supongo que no sería lo peor que podría pasar.
—Si se acuerda de ti, sé educada. Lo que pasó está en el pasado. Ambos necesitan seguir adelante.
—Lo intentaré, pero a menos que haya cambiado su actitud, ser educada no es una posibilidad que asociaría con él. Creo que lo máximo que puedo esperar es una antipatía mutua. Él se quedará en su rincón y yo en el mío.
Se rio.
—Sí, claro. Te conozco. Nunca te quedas en tu rincón.
—Trataré de ser amable. Es todo lo que ofrezco. Solo le hablarle para lo estrictamente necesario.
—Eso podría ser incómodo.
—Lo evitaré lo mejor que pueda. —Suspiré—. Y rezaré para que no se acuerde de mí.
Puso su mano sobre la mía.
—Hay mucho silencio aquí —dijo, refiriéndose a los niños—. Creo que es la bajada de azúcar. Me voy a casa. Te veré por la mañana.
Después de despedirnos, metí a Derek en el baño y empecé a lavar la ropa. Mientras echaba sus jeans manchados de hierba en la lavadora, pensé en lo que me pondría para ir a la oficina. Tenía que ir con mi mejor traje de poder para enfrentarme a mi ex. Quería que viera lo que había conseguido a pesar de lo sucedido entre nosotros y de su poca fe en mí.
Tenía que mantener la calma y la profesionalidad. No iba a dejarle ver que la mera idea de trabajar con o para él me incomodaba. Me ponía nerviosa, pero no le daría el placer de verme mal.
Derek salió del baño con el cabello mojado y la pijama puesta.
—Sécate el cabello —le ordené.
Se quejó y volvió a entrar en el baño.
—¿Por qué tengo que hacerlo?
—Porque si te vas a la cama con el cabello mojado, va a estar feo por la mañana. Entonces va a tomar tiempo extra para arreglarlo.
Le oí murmurar algo, pero dejé que lo resolviera por sí mismo. Treinta minutos después, estaba en la cama con el cabello seco. Me metí en su pequeña cama gemela y lo acerqué.
—Tu cabello huele muy bien.
—Lo dices todo el tiempo.
—Porque es verdad. Te estás haciendo grande, demasiado rápido.
—Supongo que sí —dijo como si fuera obvio.
No me echó de su cama, y tampoco me iba a ir por voluntad propia. Quería apreciar estos momentos. En un mes, tres meses o quizás un año, no me dejaría abrazarlo. Mi bebé estaba a un paso de ser un adolescente, y a partir de ahí, su camino a la independencia lo alejaría cada vez más de mí.

»cap4″

4
Allen
Salí del ascensor y tuve un impulso de nostalgia. Fue la primera firma de contadores que contraté. Acababa de empezar en los negocios y de ganar un buen dinero cuando me hablaron de este lugar. Mis visitas como cliente no eran todos buenos recuerdos, hubo mucho drama en ese entonces, drama en el que no me importaba pensar. Además de algunos buenos momentos.
Dudaba que Brenda siga trabajando allí. Los contadores públicos suelen a ir de un bufete a otro. Seguramente ya se había ido.
Inmediatamente me recibió una mujer joven sentada en un escritorio con unos auriculares puestos. Odiaba eso, sería una de las cosas que cambiaría.
—Hola, ¿cómo puedo ayudarle? —preguntó.
Era lo suficientemente amigable, pero demasiado falsa.
—Estoy aquí para ver a quien sea que esté a cargo.
Me miró con extrañeza.
—¿Hay algo en lo que pueda ayudarle específicamente?
—Sí, quiero hablar específicamente con el responsable —dije con un tono duro. Era el mismo tono que utilizaba cuando sermoneaba o regañaba a un empleado.
Se levantó de un salto.
—Un segundo, por favor.
Observé cómo se alejaba a toda prisa, dejando al descuido la recepción. Había escritorios colocados alrededor de la gran sala, y algunas puertas en uno de los extremos. Recordé que eran baños y supuse que una sala de descanso. En el lado opuesto de la sala había otras tres puertas con ventanas que posiblemente eran los despachos de los directores.
Observé a las personas sin que supieran que estaba allí. Todos charlaban, y ninguno de ellos estaba al teléfono o tratando con un cliente. Vi a una mujer con el teléfono en la mano y, desde mi punto de vista, parecía que estaba consultando las redes sociales.
Me irritaba cada vez más mientras observaba al personal. Capté un movimiento por el rabillo del ojo, y cuando miré qué era lo que llamaba mi atención, vi a la recepcionista con una mujer muy sexy que la seguía.
La mujer, que supuse que era la jefa, se acercaba a mí con expresión severa. Tenía el cabello oscuro y corto, que le caía justo por encima de los hombros en gruesos mechones. La falda negra que llevaba era ajustada, con un dobladillo que le llegaba justo por encima de la rodilla, y combinada con una blusa beige que resaltaba su impresionante figura curvilínea.
Cuando estuvo a pocos metros me di cuenta de que estaba mirando a Brenda Watts.
Ella seguía allí, y estaba al mando.
No debí haberme sorprendido.
Se detuvo frente a mí. Sus ojos azul pálido se clavaron en los míos y nos miramos fijamente durante varios segundos. No tuve que preguntarme si me había reconocido. Era evidente.
—Hola —la saludé.
—¿Pidió verme? —preguntó escuetamente.
—Pedí ver a quien estaba a cargo.
—Y yo lo estoy.
Sonreí.
—Sí, ya lo veo.
—¿Qué puedo hacer por usted? —volvió a preguntar.
Miré a la recepcionista y esperé a que captara la indirecta. Ella asintió y volvió a su escritorio, así que dirigí mi atención a Brenda.
—Me gustaría hablarle en mi oficina.
Ella enarcó una ceja.
—¿Su oficina? ¿Tiene una oficina cerca?
—Tengo una oficina aquí.
—¿Dónde?
No estaba seguro de si estaba siendo obtusa a propósito o si realmente no lo sabía.
—No sé dónde. Me gustaría que me mostraras.
—Sr. Prince, no puedo mostrárselo porque no lo sé.
—¿Dónde está la oficina del antiguo propietario?
—¿Henry?
Me encogí de hombros.
—Si ese era su nombre, sí.
—Henry está en su oficina.
—Mi oficina —corregí.
Ella estrechó la mirada, frunciendo los labios.
—Él estará allí hasta el final del día. Por ahora, usted no tiene oficina.
Apreté la mandíbula.
—Bien, entonces la acompaño a la suya.
Ella forzó una sonrisa.
—Por aquí.
Caminé detrás de ella y comprobé su trasero. Una mujer con una falda tan ajustada sabía que los tipos como yo iban a mirarla.
Abrió la puerta de su oficina y esperó a que yo entrara antes de cerrarla.
—Tome asiento, por favor —dijo, y se sentó detrás de su escritorio.
—Me gustaría hablar de las operaciones —aclaré.
—De acuerdo.
La miré fijamente durante unos segundos y me pregunté si debía abordar el elefante en la habitación. ¿Seguía resentida por lo que pasó entre nosotros?
Pero por la forma en que me miraba, con algo más que desdén, me decía que lo mejor era fingir que nada había ocurrido.
—Me gustaría empezar diciendo que todas las decisiones tendrán que pasar por mí.
—¿Todas las decisiones?
—Sí.
—¿Cómo se supone que vamos a pasar todas las decisiones por usted cuando no está aquí? Tomamos decisiones todo el día. ¿Me está pidiendo que lo llame cada vez que la fotocopiadora se quede sin papel?
No había cambiado, siempre fue una mujer obstinada. Estaba convencida de que sabía más que los demás. Tal vez lo hacía en algunas cosas, pero este era mi negocio ahora. Iba a ser un desafío, y necesitaba asegurarme de que cada empleado entendiera que yo era el dueño, el jefe.
Brenda era la encargada del día a día, pero yo tenía la última palabra.
—Le pido que todas las decisiones las tome conmigo —dije con firmeza.
Sus labios se apretaron de nuevo, como si tratara de mantener las palabras dentro.
—Muy bien. Mantenga su teléfono a mano.
—Lo haré. Me gustaría tener una reunión. Ahora.
—¿Ahora? —preguntó.
—Sí. Ahora. ¿Hay una sala de conferencias?
—Sí, la hay.
Esperé a que cogiera el teléfono o hiciera algo, pero no se movió.
—¿Conoce el significado de la palabra ahora, señorita Watts? Tengo una agenda bastante ocupada y no puedo esperar.
Podía sentir la tensión en la habitación, me gustaba. Estaba acostumbrado a incomodar a la gente, y no me molestaba en absoluto. Descubrí que la gente hablaba más cuando estaba tensa.
—Generalmente intentamos notificar al personal con anticipación.
—Le doy diez minutos —dije y me puse de pie.
—Sí, señor. Todo el personal estará en la sala de conferencias en diez minutos.
—¿Dónde está la sala de conferencias? —pregunté desde la puerta.
Puso una sonrisa brillante que era más dientes que otra cosa.
—Hay un mapa colgado en la pared junto al extintor. Tiene una pequeña flecha que marca dónde está. Estoy segura de que podrá encontrar el camino desde allí.
Era descarada, incluso más de lo que recordaba. Salí de su oficina y localicé rápidamente el extintor con el mapa. El lugar era mucho más grande que antes. A Henry le había ido bien, haciendo crecer el negocio, pero yo pensaba hacerlo mucho más grande, llevarlo al siguiente nivel.
No me perdí las miradas de los empleados que ahora parecían un poco preocupados. Nadie hablaba y la “Srta. Redes Sociales” había guardado su teléfono. Me paseé un poco antes de dirigirme a la que sería mi oficina.
Llamé una vez y esperé.
—¡Entra! —gritó alguien.
Abrí la puerta y traté de no acobardarme. El espacio parecía sacado de mil novecientos sesenta. Eso también debía cambiar.
—Henry, me alegro de conocernos por fin en persona.
El hombre levantó la cabeza. Miró su reloj y luego a mí.
—Oh, cielos —murmuró y se puso en pie de un salto—. Tú debes ser Allen Prince. —Extendió su mano—. No me di cuenta de lo tarde que era.
—Está bien.
Había unas cuantas cajas en el suelo y otra en su escritorio.
—Estoy recogiendo algunas cosas de última hora. Te presentaré a Brenda Watts, es la gerente de impuestos. Ella dirige el espectáculo realmente, yo solo soy la cabeza visible. Corrección, lo era. Ahora serás tú.
—Ya he conocido a la señorita Watts.
—Oh, bien. Ella va a ser tu activo más valioso. Toda la gente de aquí la respeta. Hace un gran trabajo dirigiendo este lugar.
Asentí mientras hablaba.
—Es bueno saberlo.
—Mire Sr. Prince, durante las negociaciones, fui muy claro sobre lo que quería para la empresa.
Esto no era nada nuevo. Los propietarios siempre se arrepentían después de que la tinta se secaba.
—He leído su declaración.
—Entonces espero que cumplas con tu palabra y te quedes con el bastón —dijo en voz baja.
Apreciaba a alguien que se preocupaba por sus empleados, pero yo me preocupaba por llevar un negocio exitoso.
—No tengo intención de despedir a nadie al azar. Estoy a punto de comenzar una reunión para hablar con el personal sobre mis expectativas. Si tales expectativas no se cumplen, tendré que hacer algunos cambios.
Asintió con los hombros caídos. Se veía derrotado.
—Entiendo. Tengo a alguien que vendrá en una hora para ayudarme a sacar estas cosas de aquí. Luego será todo tuyo.
—Perfecto. Buena suerte con tu jubilación.
Salí de su oficina y me aventuré por el resto del gran espacio. Me parecía enorme e impersonal, con más aspecto de almacén que de una firma de contadores. No podía imaginar que los clientes se sintieran cómodos en ese entorno. Por lo general, los impuestos eran un tema muy personal, no era algo que a nadie le gustara discutir con veinte personas alrededor.
Ese era otro cambio que quería hacer.
Terminé mi visita autoguiada y me encontré con una sala de descanso bastante lujosa. Observé el surtido de rosquillas y panecillos frescos que había en el mostrador. Abrí la nevera y la encontré repleta de agua embotellada, Coca-Cola Light y Sprite.
Sin duda estaba pagando por todas esas cosas.
Miré un cuenco de fruta fresca sobre la mesa, alguien intentaba fingir que era saludable. Parecía el montaje del desayuno continental de un hotel. Abrí la alacena y me estremecí, había al menos seis cajas diferentes de té, con una variedad de tazas de café escondidas en el armario. Definitivamente, esta gente estaba bien cuidada.
Salí de la sala de descanso y me dirigí a la sala de conferencias. Ya había visto suficiente.

»cap5″

5

Brenda
No sabía cómo iba a superar esto. Era el mismo imbécil arrogante que recordaba. De hecho, estaba segura de que era aún más arrogante. Me sorprendió que no chasqueara los dedos y exigiera que saltara para hacer su voluntad.
—Susan, necesito que me ayudes a llevarlos a todos a la sala de conferencias —ordené.
—¿Cuándo?
—Ahora mismo.
—¿Y los clientes?
—Estamos libres hasta esta tarde.
Ella asintió.
—De acuerdo.
Necesitaba un minuto para recomponerme. Empujé la puerta del baño y agradecí la soledad, me puse delante del espejo y respiré profundamente. Esperaba que cuando lo viera de nuevo, los viejos sentimientos hubieran desaparecido.
Sin embargo, no me esperaba que estuviera tan bueno. El tipo era odioso y un poco grosero, pero también era absurdamente guapo. ¿Cómo podía estar más sexy? Podría jurar que se había vuelto más alto y grande. Y ni hablar de esos ojos…
Recordé la forma en que me miraron tantas veces justo antes de besarme. Sus ojos marrones claros no iban con su personalidad, eran suaves, él no.
La mandíbula cuadrada, los hombros anchos y el torso definido me decían que todavía estaba nadando. Había sido un nadador de competición en el instituto.
¿Cómo iba a trabajar con él y no pensar en sexo?
Necesitaba concentrarme. Allen iba a comenzar con fuerza y apretando su puño. Éramos su nuevo juguete, su nueva posesión. Luego se cansaría de nosotros y seguiría adelante, y yo podría volver a dirigir la firma. Él vendría, haría lo suyo y nos dejaría en paz. Solo tenía que mantener la calma, podía hacer eso. Me gustaba mi trabajo y necesitaba el sueldo.
Salí del baño y me sentí más tranquila. Estaba preparada.
Solo había dado unos pasos cuando oí mi nombre.
—Brenda.
—Hola, Lana, ¿qué pasa? —pregunté—. ¿Les ha dicho Susan que tenemos una reunión en la sala de conferencias?
Hizo una mueca.
—Sí, pero tengo un problema.
—¿Qué pasa?
—Daniel tiene fiebre. La enfermera del colegio acaba de llamar. Tengo que ir a recogerlo.
—Oh no, pobrecito.
Como madre soltera, podía empatizar con ella. Odiaba cuando recibía una llamada del colegio, todo se detenía hasta que me decían que Derek estaba a salvo y que no se trataba de un horrible accidente. Era el precio de ser madre. Nadie puede mantener a tu hijo tan salvo como tú.
—¿Te importa si voy? Sé que es un mal día para hacer esto, pero está enfermo.
Abrí la boca para decirle que me encargaría de ello, pero no tuve la oportunidad. Al parecer, Allen había desarrollado poderes de sigilo.
—¿Es una fiebre alta? —preguntó él.
Lana parecía confundida.
—No, pero…
—¿No les dan Tylenol y lo acuestan en enfermería o algo así? —cuestionó.
—Bueno, sí, pero…
—Entonces me imagino que estará bien —concluyó sin ningún sentimiento—. No hay nada que puedas hacer que ya no se haya hecho. Los necesito a todos en la sala de conferencias.
No podía creer lo que estaba escuchando. Nunca había oído decir cosas tan egoístas e insensibles a una persona, y mucho menos a un empleado. Lana parecía que iba a llorar.
—Está bien —murmuró y se fue a la sala a paso rápido.
Él se giró para seguirla.
—Sr. Prince, espere.
Se detuvo y se dio la vuelta.
—¿Necesita algo?
—Sí —siseé.
Me alejé de la sala de conferencias, obligándolo a seguirme. No quería que nadie escuchara lo que tenía que decir.
—Tengo que entrar allí —dijo impaciente.
—¡No puede hacer eso!
—¿Perdón? ¿Qué no puedo hacer?
—No puede hablar con la gente así.
—Srta. Watts le recuerdo que ahora soy el jefe. Puedo hablar con ellos como me parezca. Su hijo no está en una emergencia de vida o muerte.
No podía creer lo inhumano que era. El hombre era realmente la persona más egoísta.
—Vaya —dije atónita, a falta de una palabra mejor.
Simplemente no podía con él.
Entré en la sala de conferencias y ya podía imaginar lo que le diría a la gente. Sería un milagro si ninguno de ellos renunciara después de que terminara su pequeño discurso.
Me senté en el fondo de la sala. Me pareció que era lo más seguro para todas las partes implicadas. Necesitaba cierta distancia entre nosotros, ya que aquel hombre tenía la habilidad de sacarme de mis casillas.
Todo el mundo me miraba y luego a él.
Tenía un aspecto imponente. Cuando entraba en una habitación, la gente lo miraba. Era imposible no notarlo.
—Gracias a todos —comenzó—. Soy Allen Prince. Como ya sabrán, soy el nuevo propietario de esta firma. No voy a pretender saber de impuestos, pero sí sé de negocios. Todos ustedes tendrán en el mismo cargo que han estado ejerciendo hasta ahora. Tengo un alto nivel de exigencia, no acepto nada menos que lo mejor. Mis empresas son las mejores. —Se detuvo un segundo y miró a sus nuevos empleados—. No escucho excusas, no tolero la impuntualidad ni los esfuerzos a medias. Si a alguien no le gusta mi forma de hacer las cosas o cree que mis exigencias son demasiado altas, sé que hay muchas empresas que buscan empleados. Es temporada de impuestos, estoy seguro de que cualquiera de ustedes encontraría un trabajo rápidamente. Repito, no me conformaré con nada menos que los estándares que he establecido. ¿Alguien tiene alguna pregunta?
Contuve una burla.
Era imposible que alguien le hiciera preguntas. Dijo las palabras, pero con su comportamiento dejó claro que no le interesaba lo que tuvieran que decir. La arrogancia que rezumaba por cada uno de sus poros me llenó de impotencia.
—Muy bien, entonces —continuó cuando nadie habló—. Sé que todos tienen mucho trabajo que hacer. No quiero retrasarlos. La señorita Watts continuará como gerente. Si tienen algún problema o pregunta, hablen con ella y luego me informará.
Levanté las cejas hacia él.
Me mordí la lengua para tratar de mantener mis comentarios profesionales.
—Todos saben que pueden hablar conmigo —afirmé.
Podía sentir el miedo y aprehensión de todo el personal. Allen estaba haciendo muy poco para tranquilizarlos. Cuando lo miré noté una sonrisa arrogante contenida en sus labios. Estaba disfrutando de eso, le gustaba meterse con la gente. Iba a necesitar más paciencia de la que tenía para lidiar con este hombre.
No podía creer como alguna vez estuve convencida de que lo amaba.
—Gracias a todos. Eso es todo lo que tengo.
Nadie se movió, y de nuevo, pude sentir el estrés en el aire. Allen me miró y se marchó. Pasó un segundo antes de que alguien hablara, y luego fueron todos a la vez.
Levanté las manos.
—Chicos, tenemos un día completo por delante. Volvamos al trabajo. Todos queremos salir de aquí a una hora decente, ¿no? Vamos.
Todos se levantaron y salieron de la sala. Lana iba a salir de la habitación cuando la detuve.
—Lana, ve a buscar a tu hijo.
—No puedo. No quiero perder mi trabajo. Tengo que trabajar.
—Me ocuparé de tus cosas. Tu hijo es más importante.
Parecía estresada.
—¿Estás segura?
—Estoy segura. Sé que no podría concentrarme en el trabajo si mi hijo estuviera enfermo. Me ocuparé de las cosas aquí.
—Puedo ver si mi madre puede buscarlo.
—Lana, vete —insistí.
—Gracias.
Volví a mi oficina. Había planeado trabajar hasta la hora del almuerzo, pero no dejaría que Allen dictara la paternidad. No tenía ni idea de lo que era tener un hijo enfermo que te necesitaba. A veces, el trabajo no era lo más importante del mundo.
No me importaba intervenir y ayudar cuando era necesario. Era divertido hacer algunas de las cosas normales. Me gustaba rellenar formularios y tratar de resolver problemas matemáticos.
Era casi el final del día cuando escuché la voz de Allen.
—Demonios —murmuré.
Había vuelto.
No me lo esperaba, dado que no había nada que tuviera que hacer en la oficina que lo hiciera regresar. No era un contador, no sabía nada sobre los impuestos. Contrataba a gente como yo para averiguar cómo mantener su trasero fuera de la cárcel por no pagar suficientes impuestos.
Llamó a mi puerta pero no se molestó en darme la oportunidad de decirle que entrara.
—No he visto a la señora de antes.
—Tendrá que ser un poco más específico —dije con disgusto—. Hay muchas señoras que trabajan aquí.
—Sabes exactamente de quién estoy hablando. La madre del niño que tenía fiebre.
—Lana. Se llama Lana. Normalmente, cuando se habla con un empleado, es bueno saber su nombre. “Esa señora” podría considerarse un término bastante despectivo.
Sonrió.
—No era consciente de que estaba tratando con la policía de la ética profesional.
—Se trata de alguien que se preocupa por sus empleados. Creo que hay que tratar a la gente con respeto. Le doy un consejo que quizá quiera probar un día de estos; hable con la gente como si le agradaran.
Se encogió de hombros.
—¿Por qué? No la conozco. No sé si me agrada.
Era como si se hubiera perdido el aprendizaje de algunas de las costumbres sociales básicas.
—Tiene razón. No lo sabe y dudo que alguna vez lo sepa.
Señaló con la cabeza los papeles en mi escritorio.
—¿Desde cuándo los gerentes trabajan rellenando formularios?
—Tengo un enfoque muy práctico de mi trabajo.
—Estás haciendo su trabajo.
Fue un poco sorprendente que fuera capaz de entender todo eso.
—Estoy ayudando a una compañera de trabajo.
—Estás haciendo su trabajo —repitió—. Eso no es ayudar. Eso es reforzar un mal comportamiento. Es un signo de gestión débil.
No podía tirarle el ordenador. No podía lanzarle la grapadora. No podía gritarle. Era mi jefe. Así que sonreí y cerré el portátil.
—Resulta que he terminado por hoy. A menos que tenga algo más que necesite que haga, voy a terminar y salir de aquí.
—¿Hiciste tu trabajo y el de ella?
—Sí. Si su preocupación es el trabajo, ya está hecho.
Asintió una vez.
—Bien.
—Y está bien hecho. Eso es todo lo que tiene que preocuparle.
Parecía molesto.
—¿Me está diciendo de qué tengo que preocuparme?
—Sí. Preocúpese si quiere. Ahora, es un viernes por la noche y me gustaría ir a casa. ¿Necesita algo más?
Parecía que iba a decir algo, pero se detuvo.
—No. No necesito nada.
—Entonces que tenga una buena noche, señor Prince.
—Hasta el lunes.
Puse los ojos en blanco.
—¿En serio?
—¿Tiene algún problema con que venga a mi bufete?
Tenía que recordar que era el dueño.
—En absoluto. No sabía que esta iba a ser su nueva base.
—Este lugar necesita algo de atención. Quiero que mi inversión valga la pena.
—Genial —dije con una sonrisa forzada.
Sin decir más se dio la vuelta y salió, y fue como si se hubiera llevado el aire con él.
Esto realmente apestaba. Había millones de empresas, de bufetes. ¿Por qué tenía que comprar justamente esta? Esto era demasiado complicado, iba a hacer un lío en mi vida. Tenerlo cerca complicaba las cosas. Realmente, las complicaba.
Lo único que podía hacer era esperar que volviera a desaparecer de mi vida. Que comprara otra empresa y se fuera.
—Por favor, vete —susurré.

»mas»

6
Allen
Eso no había resultado tan bien como esperaba. Ver a Brenda fue una sorpresa, porque no me esperaba que siguiera trabajando en el mismo lugar. Yo no le agradaba, eso estaba claro, y no era algo nuevo para mí ya no le agradaba a la mayoría de la gente. Descubrí que la vida era mucho más fácil y llevadera cuando no me preocupaba por tratar de caerle bien a la gente. La forma en que los demás se sentían no era de mi incumbencia. Tenía mis propios problemas.
Subí a mi oficina, en mi edificio principal. El lugar estaba vacío, lo que esperaba ya que era un viernes por la noche. Todo el mundo tenía lugares donde estar y familias con las que pasar el tiempo. Yo era un soltero sin familia. Técnicamente tenía una, pero no una cercana.
Pasé varias horas solo, haciendo lo que mejor sabía hacer, ganar dinero. Oí el gruñido de mi estómago y me di cuenta de que había trabajado durante toda la cena. Miré la hora y vi que eran más de las nueve. Decidí dar por terminada la noche. Necesitaba un trago fuerte y, con suerte, un poco de conversación.
El bar estaba por cerrar, no era de esos que atendía a la gente de madrugada. Con suerte, Jeremy podría quedarse un rato después del cierre. No quería pensar en lo que significaba que, básicamente, le pagaba para que fuera mi amigo. Sabía que no era algo literal, pero ciertamente era un acuerdo extraño.
Me alegró ver que el bar estaba prácticamente vacío. Había algunos rezagados, pero las sillas sobre las mesas eran la señal de que había llegado el momento de terminar. Como propietario, debió molestarme el hecho de que hubiera exactamente tres tipos en el bar un viernes por la noche, pero no me preocupaba lo más mínimo. Estaba ganando mucho dinero y una noche lenta no me iba a matar.
—Te hacía en los brazos de alguna modelo sexy esta noche —dijo Jeremy cuando me senté en la barra.
—No hoy.
—¿Qué pasa? Parece que llevaras días despierto.
Sacudí la cabeza.
—Te aseguro que no. Solo ha sido un día largo y necesito un trago.
Sonrió mientras alcanzaba un vaso.
—Eso lo dices todos los días.
—Cada día parece largo —comenté—. ¿Estás cerrando?
—En cinco minutos.
—Quédate y toma algo conmigo, por mi cuenta —añadí.
Sonrió.
—Solo si dices que soy tu mejor amigo en todo el mundo.
Puse los ojos en blanco.
—No seas idiota.
Retiró la bebida que me sirvió.
—¿Quieres saber lo que le hago a las bebidas de los imbéciles? —Acercó el vaso a su cara y fingió que escupía en él.
—Muy gracioso.
Se rio y deslizó el vaso por la barra.
—Voy a tomar una cerveza. Estos chicos pueden terminar, los pies me están matando. Sentémonos en una mesa.
Me bajé del taburete y me dirigí a un rincón del fondo. Aparté las sillas y me senté en una. Jeremy se unió a mí un minuto después con una botella de Coors Light.
—Espero no tener que pagar horas extras por esto —dije secamente.
Me guiñó un ojo.
—Por supuesto que no. —Dio otro largo trago a su cerveza—. ¿Qué tal el nuevo negocio?
Me encogí de hombros.
—Está bien. No es una maravilla, pero lo pondré en forma en poco tiempo. Será uno de los mejores despachos fiscales del país. Ya estoy pensando en comprar más espacio en el edificio. También necesitaré contratar a más gente.
—Mírate, siempre mejorando la economía trabajo a trabajo —se burló.
—Hago lo que puedo.
Podía sentir que me observaba.
—¿Por qué no pareces feliz con este nuevo negocio? Cada vez que adquieres una nueva empresa sueles estar emocionado. Esta vez no tengo esa sensación.
—Porque ésta viene con complicaciones añadidas —admití.
—¿Qué significa eso?
—Significa que tengo un pasado con la gerente del lugar.
Sus ojos azules relampaguearon y una sonrisa estalló en su rostro. El tipo era un par de años más joven que yo, pero parecía tener veintiún años. Vivía sin ninguna preocupación en el mundo, especialmente cuando sonreía así.
—¿Un pasado? —se burló—. ¿Significa que fue una de las tantas mujeres que dejaste a tu paso?
—En realidad no.
—Por favor, cuéntamelo todo. He estado esperando una historia jugosa toda la noche.
—No es tan jugosa —mentí. Realmente no pensaba entrar en detalles—. Fue alguien que se encargó de mis impuestos al principio de mi carrera. En aquel entonces, ella era contadora pública en la firma. No tenía ni idea de que siguiera allí, mucho menos dirigiendo el lugar.
—¿Y eso es algo malo? ¿No es buena en el tema de los impuestos?
—No, al contrario, es muy buena. Un poco mandona, pero me salvó el pellejo y evitó que pagara una barbaridad de impuestos. Era inteligente y sabía mucho sobre todas las pequeñas lagunas y cómo evitar que me auditaran.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
—No hay ninguno.
Levantó las cejas.
—No soy un idiota, Allen. Te conozco, esto es claramente un problema para ti.
—Solo me trae viejos recuerdos, es todo.
Ese era realmente el problema. Ver a Brenda me devolvió a una parte de mi vida que había intentado olvidar durante mucho tiempo. No es que fuera algo de lo que me arrepintiera, pero todo ese tiempo fue… una mala jugada del destino, por decirlo de alguna manera.
—Ahora me has despertado la curiosidad. Escúpelo.
Me di cuenta de que los últimos clientes se habían ido, al igual que los demás empleados. El bar estaba cerrado. Estábamos solos Jeremy y yo.
—Me casé y no terminó bien. Tampoco empezó bien, pero el final fue especialmente malo.
—¿Tú y esta mujer de los impuestos estuvieron casados?
—No, no. Estuve casado con otra persona.
Parecía confundido.
—Entonces, ¿ella fue solo tu contadora? ¿No es tu ex?
Esa era una pregunta complicada.
—No.
Sacudió la cabeza.
—¿Estás siendo cauteloso a propósito? ¿Quieres que lo sepa o qué? Quieres decírmelo, puedo sentirlo. Escúpelo.
—Mi matrimonio fue una broma estúpida —comencé—. Una muy cruel. No me gusta admitir que me he equivocado, pero ese ha sido el mayor error de mi vida.
—¿Qué ha pasado?
Levanté mi vaso vacío.
—Voy a necesitar otro. Solo de pensar en esos días me dan ganas de beberme la botella completa.
Me levanté al mismo tiempo que él.
—Yo me encargo —dijo.
—No, estás fuera de servicio.
Se rio.
—Tacaño. No quieres pagarme.
Me moví detrás de la barra, encontré la botella y la llevé a la mesa.
—Entonces, ¿así de mal fue? —preguntó mientras llenaba mi vaso.
—Peor que mal.
—¿Te engañó?
—Incontables veces. Pero eso no me importaba. No la amaba.
—¡Demonios! —exclamó—. ¿Por qué te casaste con ella?
—Porque era bonita y muy sociable. Pensaba que necesitaba una esposa del brazo para impresionar a la gente. Intentaba demostrarle a esos bastardos millonarios que dirigían los negocios de la ciudad que yo era igual que ellos. Todos tenían sus esposas trofeo y jugaban al golf los fines de semana, mientras ellas hacían las cosas de caridad. Intentaba encajar y acabé haciéndome desgraciado.
—Duro —dijo con una mueca—. ¿Qué pasó con ella? ¿La dejaste?
—Ciertamente no se casó conmigo por amor. Al final del matrimonio resultó que ni siquiera le gustaba. A mí tampoco me gustaba mucho. No compartíamos habitación. Apenas estábamos en la misma ciudad. Ella viajaba y vivía como una reina con mi dinero, y no me cabe duda de que yo también mantenía a su catálogo de amantes.
—Diablos, eso es muy duro. Lo siento.
—Al carajo eso. Lo he superado, está en el pasado. No es algo en lo que piense. Ella consiguió su dinero y ahora está fuera de mi vida. Rara vez la pienso. Pero ver a Brenda me ha despertado esos viejos recuerdos.
—Brenda, ¿eh? Un bonito nombre.
Me encogí de hombros. Nunca había pensado en si era bonito o no.
—Supongo.
—Estoy percibiendo cierto resentimiento ahí.
—¿Dónde?
—Entre tú y Brenda. ¿Te dejó ella o al revés?
Sacudí la cabeza.
—No dije que hubiera una relación.
Sonrió.
—Y no tienes que decirlo. ¿Lo hace bien?
Casi me atraganté.
—¿Qué? ¿Qué carajo? No estamos en un casting.
Se echó a reír.
—Supongo que ya sé dónde está tu mente. Me refería a si hace bien su trabajo. ¿Puedes permitirte que renuncie? ¿Puedes hacer que la empresa sea mejor sin su ayuda si tienes que despedirla?
—No la voy a despedir.
—Pero parece que te molesta la idea de trabajar con ella.
—No es eso. Es buena en lo que hace, pero hay algunas cosas que quiero cambiar para que la empresa mejore.
Asintió lentamente mientras daba un sorbo a la cerveza.
—Entonces es miedo.
Le fruncí el ceño.
—¿Qué demonios te pasa? ¿De qué estás hablando?
—Estás fuera de sí y creo que es porque la has vuelto a ver.
No estaba equivocado, pero no iba a decírselo.
—Estoy seguro de que será capaz de adaptarse a los cambios que quiero hacer.
—No pareces muy seguro de ti mismo —dijo, riendo.
—Es de carácter fuerte.
—Me parece que vas a pasar mucho tiempo con Brenda.
—¿Por qué dices eso?
Se encogió de hombros.
—Porque lleva mucho tiempo haciendo el trabajo y tú quieres hacer cambios. Según mi experiencia, cuando alguien lleva un tiempo trabajando en un sitio, desarrolla su propia forma de hacer las cosas.
—Sí, lo entiendo, pero su forma de actuar está mal.
Volvió a reírse.
—Ahora entiendo por qué estás soltero.
—Por elección.
—Te va a costar mucho conseguir que esta mujer cambie su forma de ser. Vas a tener que estar allí y pasar tiempo con ella. ¿Podrás manejarlo?
—No se trata de si yo puedo hacerlo o ella puede hacerlo, eso no importa. De cualquier manera esos cambios se tienen que hacer.
Asintió y se quedó pensativo.
—¿Crees que volverás a casarte?
Casi me atraganté con mi bebida.
—¿Por qué demonios preguntas algo así?
—Es una pregunta válida. En un abrir y cerrar de ojos comenzarán a pesarte los años. ¿No quieres sentar cabeza y tener un par de pequeños Prince?
Sacudí la cabeza.
—No estoy listo para eso todavía.
—¿Cuántos tienes, cuarenta años?
—Idiota. Tengo treinta y ocho años. Estoy en la flor de la vida, y ni loco pienso volver a colocarme el grillete del matrimonio.
Volvió a reírse.
—Muy bien, tienes algunos sentimientos serios sobre este asunto del matrimonio.
—No me gusta y no lo quiero.
—Lo entiendo. Sin embargo, tengo la sensación de que te voy a ver por aquí más seguido.
—¿Por qué?
—Porque vas a intentar hacer cambiar de opinión a una mujer —dijo con una sonrisa—. Yo personalmente lo he intentado hacer y no es algo que quiera repetir de nuevo.
—No tengo miedo de una mujer.
—Famosas últimas palabras —dijo con una risa—. Pediré más licor para semana.
—No va a ser malo. De hecho, estoy deseando hacerlo.
—Buena suerte.

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