No mentías, era amor: Recopilación de Aitor Ferrer

No mentías, era amor de Aitor Ferrer

A compartir, a compartir! Que me quitan los posts!!

***SOLO HOY Las Guerreras Maxwell, 8. Mírame y bésame de Megan Maxwell

Regresa Megan Maxwell con una novela romántico-erótica tan ardiente que se derretirá en tus manos.

Sexo. Familia. Diversión. Locura. Vuelve a soñar con la nueva novela de la autora nacional más vendida…  

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Nada como dejaos llevar por esta recopilación de 4 historias independientes en las que el amor estará entrelazado con el humor y salpicado con unas notas emotivas de esas que, más de una vez, os sacarán la lagrimilla.

Cuatro historias que os atraparán de comienzo a fin, ya que están escritas desde el corazón del autor para que, como si de un moderno Cupido se tratase, lleguen directas al vuestro. Suspiros, risas y emociones garantizadas, un cóctel perfecto que no os deberíais perder.


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9 respuestas a «No mentías, era amor de Aitor Ferrer»

  1. Capítulo 1

    Metí el equipaje en el coche y me aseguré de que había dejado todo en orden en la casa, alarma puesta y todo listo para no regresar en varias semanas. Me iba a la que fue la casa de mis padres los últimos años antes de morir, un bonito y acogedor chalé en el sur donde pasaría el mes de julio y agosto.
    Hacía mucho tiempo que no cogía dos meses seguidos, pero este año mi socio y yo, decidimos que así lo haríamos, él quería irse durante diciembre y enero para realizar el viaje de su vida, así que yo me cogí los dos de verano para darme un chute de sol y playa para recargar pilas.
    Bertín y yo, teníamos una constructora desde hacía diez años y, la verdad es que crecimos enormemente y nos hicimos con un capital importante en los cinco primeros años y ya luego todo marchó sobre ruedas.
    En el amor no había tenido suerte, estuve con Estrella, una chica con la que me llevé cuatro años conviviendo y que al final, se marchó con un compañero suyo del banco donde trabajaba, pero aquello estaba más que superado.
    Cinco horas después ya estaba entrando en la urbanización en primera línea de playa. El chalé me lo había estado cuidando un matrimonio que iban a cortar el césped, limpiar la piscina y mantenerlo todo en orden durante la época que yo no estaba, así que cuando entré todo estaba perfecto, incluso la compra colocada de la lista que le había puesto el día anterior.
    Dejé todo colocado y me fui a comer al bar de la playa, eran las tres de la tarde y me moría por una bandeja de pescado frito.
    Me senté en aquella terraza frente al mar y aquello era vida, además, era un rincón prácticamente privado para los de la urbanización, también podían acceder los demás bañistas, pero tenían que caminar un montón por la arena hasta llegar, nosotros lo hacíamos directamente desde nuestras casas.
    —Buenas tardes ¿Qué le pongo? —Su rostro era serio y miraba hacia el block de notas. Era preciosa, pero tenía un mal humor que se podía apreciar a leguas.
    —Buenas tardes —miré la carta —. Para comenzar una sonrisa, de segundo, un vino Marqués de Cáceres y para continuar, un surtido de pescado.
    —¿Sonrisa? —preguntó resoplando.
    —Por ejemplo, te verías más guapa —sonreí.
    —Yo me cago en la put* madre de mi jefe, luego vuelvo y te sonrío —volvió a resoplar mientras tomaba nota y se marchaba.
    Me quedé sonriendo, lo había dicho de forma que le había salido del corazón, se notaba que no tenía un buen día la pobre.
    Regresó de nuevo con la botella y la copa que puso sobre la mesa, me puso una sonrisa de lo más falsa y sirvió para que lo probara.
    —Veo que no, que no hiciste lo que dijiste.
    —No, no lo hice, pero por dentro le dije lo más grande. Puta vida, puto trabajo, puto jefe y verano. Por cierto, ¿qué tal el vino?
    —Bien, puedes servirlo —sonreí —. Deberías de relajarte.
    —Te presto mis zapatos, a ver si lo aguantas —sonrió y se marchó.
    No, no debía de tener un buen día porque parecía que iba a explotar, todo lo contrario, a mí, que fue pisar ese trozo de tierra y ya respiraba relajado, un entorno que era para desconectar de todo.
    —Al final voy a tener que coger el otro trabajo que me han propuesto —dijo, afirmando y agobiada cuando regresó a traerme la bandeja de pescado frito.
    —¿Se puede saber en qué consiste el otro trabajo?
    —Claro que sí, dar masajes eróticos a domicilio.
    —Apúntame el primero —murmuré apretando los dientes y no se le ocurrió otra cosa que darme una colleja y marcharse.
    Me quedé riendo, tenía mucha gracia a pesar de ese agobio que le recorría por el cuerpo ese día.
    La volví a llamar para que me llenara la copa de vino con esa sonrisa falsa de no aguantarse hoy ni ella misma.
    —¿Te dejo la botella?
    —No —me reí —. Por cierto ¿Cómo te llamas?
    —Candela, menos mal que algo tengo bonito.
    —No, no, tienes muchas cosas bonitas, eres muy guapa y tienes un cuerpo espectacular —la verdad es que, a pesar de no medir más de uno sesenta, estaba con un color tostado precioso y un cuerpo que no era muy delgado, pero sí muy llamativo.
    —¿Cuánto me vas a pagar por el masaje?
    —¿Cuánto ibas a cobrar por cada uno?
    —Me ofrecen sesenta de los ciento veinte que cobra la empresa —me hizo una burla y se marchó riendo.
    Terminé de comer y se acercó de nuevo a recoger la mesa.
    —¿Café, postre?
    —Un café con hielo, por favor.
    —¿Ya has decidido cuanto me pagarás por el masaje? No es que tenga experiencia, pero digo yo que con un poco de aceite de oliva y las manos, algo bueno haré —sonrió.
    —No lo dudo —me reí.
    —Y tú, ¿cómo te llamas?
    —Nicolás.
    —Por Dios, que nombre más pijo. Ahora vuelvo, ve pensando el precio que pagarás por el masaje, con doscientos euros hasta te la chupo —bromeó, marchándose de nuevo.
    Me tuve que reír, sí o sí, la verdad es que era muy graciosa, pero se le veía con un estrés de esos que iban a acabar con ella.
    Regresó con el café y la cuenta que le había pedido.
    —Aquí tienes —puse el dinero en la bandeja —¿A qué hora terminas?
    —En dos horas me piro hasta mañana —sonrió con asco.
    —Doscientos euros y una mariscada, a las nueve en el chalé número trece —le hice un guiño.
    —Y serás capaz…
    —La que tienes que serlo eres tú —me encogí de hombros.
    —Capaz y me lo pienso y todo. Con ese dinero me libro de venir cinco días a aguantar al jefe y como cobro por día trabajado… —Se encogió de hombros.
    —De ti depende.
    —Luego no me dejarás en la puerta con cara de tonta, ¿verdad?
    —En absoluto.
    —Pues me lo pienso, pero vamos, que casi lo tengo claro —se marchó riendo.
    Obvio que no iba a permitir que me diera el masaje, pero oye, pasar una velada con ella debía ser algo fascinante y si le tenía que dar el dinero para que estuviera unos días aliviada, como que no me importaba.
    Me di un baño en el mar antes de subir al chalé a descansar un rato, estaba un poco cansado, ya que había madrugado para hacer el viaje temprano.

  2. Capítulo 2

    No eran ni las nueve menos cuarto cuando sonó el timbre de fuera y salí a abrir, me había acabado de duchar.
    —No sé qué hago aquí, pero la mariscada espero comérmela —dijo cuando abrí la puerta.
    —Pasa, Candela —sonreí echándome hacia un lado para que entrara.
    —Joder, que jardín más guapo, vamos que tú hambre no pasas.
    —Hombre, espero que tú tampoco.
    —Bueno, ya lo que me faltaba, tener una jodida vida y encima no comer —rio.
    —¿Una copa de vino blanco?
    —O dos —sonrió.
    Estaba preciosa con una faldita corta blanca de vuelo y una camiseta del mismo color.
    Le enseñé la casa y nos sentamos en el jardín a tomar la copa de vino, ya había llamado para que nos trajeran una mariscada para dos.
    —Entonces tu jefe te está machacando…
    —Mi jefe es un tonto que se cree que puede tener a todo el mundo como esclavos y encima paga una mierda, pero bueno, no tengo otra cosa y mi madre no me da ni para pipas.
    —¿Cuántos años tienes?
    —Veintiséis.
    —Eres una niña…
    —A la mierda, ya me quedé sin los doscientos euros del masaje —se puso la mano en la cara y suspiró.
    —Tranquila, te lo pago, pero no me lo tienes que hacer.
    —¿Me estás contratando de chica de compañía?
    —Si lo prefieres llamar así —sonreí.
    Charlamos y le conté que venía a pasar el verano, que era la casa de mis padres y, por ende, la mía, a lo que me dedicaba y tal.
    —Joder ¿Y cuántos años tienes?
    —Treinta y ocho.
    —¿No necesitas una interna que te limpie, te cocine y te tenga todo impoluto?
    —Pues mira, no lo había pensado —sonreí.
    —Soy un amor de “niña” —hizo el entrecomillado con sus dedos —. Juro que no me cagaré en tu familia —se echó a reír —. Daría lo que fuera por pasar dos meses fuera de mi casa, aquello es un manicomio, mis padres siempre están peleando, cualquier día los monto en el coche y los suelto en una sierra donde no puedan regresar —nos reímos, la verdad es que estaba sembrada.
    —Puedes quedarte aquí los días que quieras, Candela, además tienes el trabajo ahí delante.
    —¿Y no puedo hacerte un masaje cada día por veinte euros y así no tener que ir a trabajar? —se rio —Con esta casa y veinte euros, ya como y me compro tabaco.
    —Pues sí que has bajado la oferta.
    —Estoy desesperada, te lo juro —se le cambió la cara —. Fuera de bromas, lo de masajista no me lo ofrecieron, estaba de coña, pero joder, me dijiste lo de la mariscada y hasta pensé en hacértela —volteó los ojos.
    —No te lo iba a permitir… —sonreí.
    —Ya me quedé sin los doscientos pavos —se dio una palmada en la frente.
    —Ah no, te los regalo gustosamente.
    —¿Sin chupártela?
    —Claro —me reí.
    —¿Lo ves? Hasta para eso tengo mala suerte, para una vez que me iba a comer algo en condiciones —dio un trago largo al vino, mientras me levantaba a abrir la puerta muerto de risa por sus cosas.
    Llegó el pedido, coloqué el marisco en una bandeja y puse los platos, la verdad es que me estaba riendo de lo lindo con Candela, tenía cada cosa que no era normal, era buenísima, al menos humor no le faltaba.
    Lo que nos reímos durante la cena fue apoteósico, a mí se me iba a desencajar la mandíbula con las cosas de esa chiquilla.
    Luego serví unos cubatas y seguimos charlando en el sofá del jardín que tenía una mesita delante. Me había hecho gracia, pues decía que traía en el bolso la ropa para cambiarse e ir a trabajar a la mañana siguiente.
    —La traje por si acaso, una nunca sabe si al final la cena puede durar hasta las ocho de la mañana.
    —Chica previsora, de todas formas, no tiene que durar toda la noche, puedes descansar, ya que hay camas de sobra, pero oye, que si mañana no quieres currar estoy dispuesto a pagarte el día gustosamente. Es más, te iba a dar los doscientos euros.
    —Ni de broma, soy graciosa pero no aceptaría algo así, estaba bromeando por reírme de mí misma y sacar un poco el agobio que llevo. No es fácil mi vida, pero espero que algún día un rayo de sol me ilumine y cambie mi suerte.
    —Estoy seguro de que así será, eres muy joven y tienes una vida por delante.
    —Mi vida estaba siendo perfecta, pero se jodió —negó cerrando los ojos.
    —¿Qué pasó?
    —Yo vivía con mi novio Sergio, hasta hace un año que me dejó y me puso de patitas en la calle para vivir con otra, vamos que me mandó de vuelta con mi madre, para colmo yo trabajaba en su restaurante y hasta me dejó sin empleo.
    —Lo siento.
    —Más lo siento yo, que tuve que volver al manicomio —nos reímos.
    —Eres muy joven, preciosa, puedes tener a quién quieras, no te agobies, solo espero que lo hayas olvidado.
    —Bueno, dicen que el tiempo todo lo cura, pero me costó y mucho, yo era muy feliz con él, no he sentido más dolor en mi vida que el día que me dijo que se había enamorado de otra y que no podía seguir conmigo, vamos que cogiera la puerta y me fuera. Pero me da rabia, vivo todo el día escuchando peleas en casa, no tienen ni un poco de afecto, no son capaces ni de darme un beso ni de abrazarme, tengo muchas ganas de conseguir ahorrar un poco y tener un trabajo más o menos estable y pirarme. Por cierto, siento todo esto que te estoy contando —se le escapó unas lágrimas —, pero es que no tengo con quién desahogarme —se rio entre lágrimas y es que era en el fondo tan dulce y niña, que me partió el alma.
    —No llores, preciosa —me pegué un poco a ella y la abracé, dándole un beso en la coronilla —. Tranquila, que no estoy intentando nada, solo quiero que te sientas bien —la zarandeé con mucho cariño.
    —No pasa nada, vaya comienzo de vacaciones te estás comiendo.
    —No te preocupes. Por cierto, mañana no vas a trabajar, te vas a quedar aquí unos días conmigo y desconectas de todo, no te preocupes que cobrarás como si hubieras ido.
    —No, no, yo voy a trabajar, si hago eso me sentiré una puta y ya es lo que me faltaba, desgraciada y sintiéndome así. Además, no te voy a poner la cabeza como un bombo, ni quiero que me tengas aquí por pena y menos pagarme, que no, que no, eso sí, hoy me quedo aquí, aunque sea en este sofá al aire.
    —Candela… —La agarré por los hombros y la hice que se girara para mirarme.
    —Dime Nicolás —sonrió.
    —Disfruta de la noche, mañana Dios dirá.
    —Soy atea —dijo riendo y secándose aún las lágrimas.
    —Y yo, pero si hay que rezar, se reza —le di un toque en la nariz y sonrió.
    —Tenía tantas ganas de hablar con alguien aparte de conmigo misma, que te juro que me vine sin pensarlo, esa es la verdad.
    —¿No tienes amigas?
    —Si a Merche y Pepa, pero las dos tienen sus familias, hijos y demás, apenas si tienen tiempo para ellas, como para escucharme a mí.
    —Entiendo.
    —Ellas hicieron sus vidas con sus parejas, al igual que yo, lo único que a mí me dieron por saco —sonrió con tristeza —. Encima mis padres que son para echarles de comer aparte, se matan entre ellos y a mí me ignoran, son patéticos.
    —Mira —le cogí la mano y se la acaricié —, piensa que hay mucha gente peor que tú y, sobre todo, piensa que tú vales mucho y vas a conseguir encauzar tu vida.
    —Bueno, ya, que por mi culpa vas a terminar tomando pastillas para la depresión —murmuró, causándome una risa increíble.
    —Tranquila, solo quiero que estés bien —le acaricié la mejilla —¿Hasta cuando trabajas en el restaurante?
    —Hasta final de agosto.
    —Pues fuera, te contrato yo, quiero que te encargues de la comida y limpieza, te pago lo mismo que allí y te puedes quedar aquí los dos meses, tampoco tienes que trabajar por horas, cuando haya que hacer algo lo haces y listo, además —puse mi mano en su oído —, te pienso ayudar —le dije en voz baja, causándole una carcajada.
    —No, no, yo me quedo y te lo hago gratis, pero no te cogería dinero y sí que tengo que trabajar por mucho que me joda, luego me vengo, te limpio y me das alojamiento —se rio.
    —En serio, tienes la oportunidad de trabajar para mí, no me voy a arruinar, solo quiero que te tomes dos meses para ti más relajado.
    —Pero si no me conoces de nada —sonrió con gesto de no entenderlo.
    —Bueno, pero hay algo de ti que me causa mucha ternura.
    —Pena, dilo, te doy pena —se echó a reír —. Mañana me voy a currar y punto —me dio una palmada en la pierna —. Pena, la novia del pene y yo no tengo ni una cosa ni la otra.
    —Tú, te lo guisas y tú te lo comes —reí haciéndole una caricia en su mejilla —¿Cuándo tienes que avisar a tu jefe de que no vas si faltas un día?
    —Una hora antes, pero que voy a ir.
    —No, vas a trabajar para mí, te pago lo mismo que él, te vas a quedar conmigo.
    —No me digas eso que lloro.
    —¿Lloramos los dos? —No sé ni como lo hice, pero la cogí, la senté de lado en mis piernas y la abracé. Ella se dejó abrazar, se agarró a mi cuello como una niña pequeña y se refugió en él.
    —¿Y tú, porque me invitaste? —preguntó echándose hacia atrás para mirarme.
    —No lo sé, pero me alegro de que estés aquí —apreté su muslo con mi mano a modo de cariño.
    —Eres muy guapo —me dijo, ruborizándose y tirándose en mi hombro.
    —¿Cómo de guapo? —La agarré por la cintura, acariciando su espalda.
    —Muy guapo, exageradamente guapo —se reía y no me quería mirar.
    —Dímelo mirándome.
    —No, no que me muero —la eché hacia atrás, se tapó la cara con las manos y se las quité y aguanté.
    —Dame un beso —murmuré mirándola, mientras se reía a carcajadas.
    —No beso a nadie desde que mi ex me dejó y es con el único hombre que estuve ¡Me puedo morir!
    —No te vas a morir ¿Te gustaría dármelo?
    —Sí, pero no te lo voy a dar —reía.
    —¿Por? —Acaricié su muslo por debajo de la falda y es que estaba tan suave y apetecible que no me pude resistir, ni ella me dijo nada.
    —Me da mucha vergüenza, me impones mucho.
    —¿Te impongo? —reí echándola hacia mí y le seguí acariciando hasta las nalgas y es que me encantaba, no me podía resistir.
    —Sí —decía con su cabeza en mi pecho riendo y agarrada a mi brazo al que apretaba entre risas.
    —¿Y si te beso yo?
    —Me encantará, pero puedo correr el riesgo de desmayarme.
    Busqué sus labios y los besé, sonreía mientras seguía mi beso y yo le acariciaba sus nalgas y piernas.
    —¿Mejor?
    —No — ahora fue ella la que me besó e hizo que se me escapara una sonrisa.
    El beso fue más intenso, mis manos no dejaban de acariciarla, me gustaba su tacto, su niñez, su dulzura, su locura… La verdad es que sentía unos deseos que intentaba frenar para no asustarla, pero mis manos no dejaban de juguetear con ella.
    —Ahora sí que vas a tener que cargar conmigo toda la noche —volvió a reírse y a mí, me encantaba que lo hiciera.
    —¿Segura? —Me arriesgue a acariciarla entre su entrepierna cerca de su braguita.
    —Sí —reía sin decirme nada al respecto.
    —¿Y me dejarás quedarme pegado a tu lado? —Mis dedos pasaron por encima de su zona.
    —Claro — se le veía súper nerviosa, me encantaba.
    —Entonces ten claro que no te dejaré ir a trabajar por nada, irás a por ropa a tu casa y te quiero aquí de interna dos meses —me atreví a meter mis dedos por debajo de sus bragas y no me dijo nada, solo sonreía y me daba besos.
    —No me lo digas dos veces, que me quedo.
    —Te quedas, te quedas… —Metí mis dedos entre sus labios buscando el calor de su zona.
    —No sabes la que te caería conmigo, que soy muy tontorrona —me besó y aproveché ese momento para acariciarla con mis dedos por el clítoris.
    Soltó el aire sin perder la sonrisa y mirándome sonrojada.
    —Quiero que me caiga, lo asumo —la penetré lentamente con los dedos y ella dejó caer su cabeza sobre mi hombro.
    —Me estoy muriendo de la vergüenza —decía, dejando que la tocara por esa zona.
    —Si quieres, paro.
    —No —se rio —, tranquilo —casi soltó un jadeo que intentó aguantar —, a nadie le amarga un dulce.
    —¿Sabes una cosa?
    —Dime.
    —Soy yo el que quiere regalarte un masaje, ¿me dejas?
    —No eres capaz… —dijo, muerta de risa.
    —Sí, necesito que esperes aquí cinco minutos.
    —Pues me fumo un cigarrillo.
    —Claro.

  3. Capítulo 3

    En una habitación tenía un colchón sobre el suelo, puse música relajante, velas e incienso, además tenía unos aceites para la piel que valdrían para el momento, así que los puse a calentar un poco en el microondas para que luego hiciera un tacto más sensual.
    Fui a por ella, me la llevé por el hombro mientras se persignaba riendo, la llevé a la habitación y le dije que volvería en un momento, que se desnudara, se acostara bocarriba y se echara la toalla por encima.
    —Esto no me puede estar pasando —dijo riendo.
    —Verás que placentero.
    —No me pidas doscientos euros que no te los pienso pagar —murmuró, mientras yo cerraba la puerta e iba a por el aceite que había dejado en el microondas con el tiempo que quería, vamos que ya se había parado hacía tiempo.
    Yo llevaba un pantalón corto de sport y una camiseta, así que estaba cómodo, entré y ya estaba tumbada y riendo, me encantaba verla sonreír.
    —Relájate, disfruta del masaje, verás lo bien que duermes hoy —dije metiendo un poco la toalla entre sus piernas para que fuera relajándose y se las abrí para comenzar a masajearlas con ese aceite que cogía con mis manos y la embadurnaba.
    —Joder, Nico, esto es lo más placentero que me han hecho en la vida.
    —¿Te gusta? —No dejaba de echarle bastante aceite e iba subiendo de los tobillos hacia arriba por sus piernas.
    —Me encanta —su tono se iba debilitando y es que estaba entrando en conexión con ese momento.
    Estuve un buen rato así por todas sus piernas, yo iba notando como se movía levemente buscando que siguiera más.
    Metí la mano en el aceite que dejé caer por su zona, se le escapó el aire y se retorció un poco y eso que aún no la había rozado, pero no tardé en hacerlo.
    Abrió sus piernas más aún sin pedírselo para dejarme jugar a mis anchas, se lo extendí por el clítoris y la penetré con los dedos de nuevo bien impregnados.
    Usaba las dos manos y eso me daba más libertad para ir jugando, con esa cantidad de aceite que le estaba echando, además de excitarla, me daba un fácil manejo.
    Le quité la toalla cuando la noté con más confianza, su reacción fue abrir las piernas, símbolo de que estaba disfrutando de una experiencia única para ella.
    Le eché por la barriga y se lo extendí por los pechos, se los masajeé apretando un poco los pezones y con la otra mano seguí por abajo.
    Volví a coger más aceite y le puse un poco entre sus nalgas, era una zona erógena y quería ver si le importaba o no, con eso podía disfrutar mucho.
    Me dejó tocarla por ahí, la acariciaba por fuera metiendo un poco el dedo y noté que no le importaba, así que a dos manos jugueteé por todas sus zonas y no dejaba de echarle más aceite. Fue cuando estaba con su clítoris y ano cuando noté que comenzó a llegar al clímax, por lo que aceleré un poco esos movimientos por detrás y al final estalló doblándose por completo.
    —Es el mayor placer que he sentido en mi vida —murmuró avergonzada, tapándose la cara.
    —¿En serio?
    —Te lo juro, jamás pensé que el que me tocaran por detrás podría proporcionarme esa excitación, esas manos combinadas con el aceite, hacen que te hayas ganado los doscientos euros, pero ya te los pago cuando sea rica —reía.
    —Ponte bocabajo, aún queda aceite —le dije riendo.
    —No, no, te toca a ti disfrutar.
    —Lo estoy disfrutando, pero ahora relájate de lo que has vivido y luego lo hacemos.
    —¿Eres de verdad? —preguntó sin dejar de reír y poniéndose bocabajo.
    —Y tú, ¿lo eres? —pregunté, volviendo a echar aceite ahora por detrás de su cuerpo.
    —Yo no sé ni lo que soy, esto no me puede estar pasando a mí —reía bocabajo mientras yo comenzaba con sus piernas.
    Tenía un cuerpo para andar ahí perdido acariciándolo horas y horas, me encantaba, era muy sensual.
    Se dejó llevar de nuevo por el masaje que le di por toda la parte de atrás, desde los tobillos a la espalda, luego cuando vi que era el momento, comencé a tocarla de nuevo desde atrás por sus partes y me gustó como levantaba un poco su culo. Le había gustado esa sensación, por lo que fui a darle más placer por ahí y la noté que se vino arriba por completo, momento que aproveché para ponerme un preservativo, levantarle las caderas y penetrarla por la vagina, mientras seguía penetrándola con el dedo por detrás.
    Gemía tanto de placer, que daba gloria escucharla, yo estaba también de lo más excitado y me era muy fácil manejarla, ya que no se oponía a nada, todo lo contrario, lo disfrutaba.
    Fue una experiencia increíble, llegué al clímax disfrutándolo al máximo, ella cayó hacia abajo rendida, la había hecho llegar a ella también de nuevo.
    Fui al baño y cuando regresé le quité todo el aceite que pude del cuerpo con la toalla, ella reía diciendo que le podía freír beicon en el cuerpo, luego la llevé a la ducha, la enjaboné bien, con una manopla le quité todo lo que pude, su piel era suave, pero con ese masaje le dejé el cuerpo más suave todavía.
    Se puso un camisón cortito de algodón y me la llevé a la cama, la eché sobre mí y comenzó a acariciar mi pecho, estaba pensativa.
    —¿Mejor?
    —Mucho mejor —la sentí sonreír —. Jamás estuve con nadie como te dije y menos con esta diferencia de años. Ahora entiendo porque a las chicas les dieron por los maduros —murmuró sacándome una carcajada.
    Se quedó dormida en mi pecho, yo tardé un poco en conciliar el sueño, la verdad es que había sido un comienzo de vacaciones de lo más agradable, ni en mis mejores sueños hubiera imaginado algo así. La verdad es que Candela me encantaba, era muy divertido y emotivo charlar con ella.
    Fue por la mañana al ir a abrazarla que algo me hizo abrir los ojos ¿Dónde estaba? Me levanté y fui a la cocina, ni rastro de ella ni de su ropa por ningún sitio, lo primero que pensé es que se había ido a trabajar y yo no quería eso, la quería haber retenido a mi lado.

  4. Capítulo 4

    Me vestí y fui a desayunar al bar para verla y hablar con ella, me extrañó que ni rastro de ella por ningún sitio, así que cuando se acercó uno de los camareros y le pedí el desayuno aproveché para preguntarle por Candela.
    —Ya no trabaja aquí —eso me dejó en shock.
    —Pero, ¿vino hoy a trabajar?
    —Sí, pero el jefe la despidió —el chico lo dijo un poco triste y preocupado.
    —¿Sabes dónde vive?
    —Exactamente el bloque y piso no, pero junto al supermercado de la entrada del pueblo, en la plazoleta que hay.
    —¿Por qué la echó?
    —Si lo digo corro el riesgo de perder mi trabajo.
    —Dímelo, no diré nada, necesito saber que pasa.
    —El jefe está detrás de ella, como no se deja llevar por él, no dejaba de putearla por decirlo de alguna manera, ella aguantó por no perder el trabajo, pero hoy la rozó, ella le dio una guantada y él, le tiró el bolso de malas maneras para que se fuera.
    —¿Aquel de la barra?
    —Sí.
    —Ok, gracias, no me has dicho nada, vete tranquilo que ya me encargo yo.
    —¿Eres amigo de Candela?
    —Sí.
    —Está en peligro también en su casa no sé si te lo dijo, ha venido más de una vez con golpes en su cuerpo, su padre cuando bebe la maltrata, yo la quiero mucho y no se merece eso —esas palabras me hicieron un entripado increíble.
    —¿Tienes una foto de ella? ¿Y su teléfono?
    —No, pero en su Facebook las tiene públicas. Su teléfono se lo dejó aquí en la barra.
    —Dime su nombre completo.
    —Candela Lara Astorga.
    —Gracias, vete ya que no te vean hablar conmigo mucho que ahora voy a por tu jefe para que me de unos datos por las buenas o por las malas.
    —Vale. Dile si la encuentras que puede contar conmigo.
    Me contuve de no ir a reventarle la cara, me tomé el café y me dirigí a la barra.
    —Me dijo Candela que se dejó el teléfono aquí, además quiere su copia de contrato.
    —¿Quién eres?
    —Su abogado.
    —¿Me va a denunciar?
    —Eso a ti no te interesa, dame lo que te he pedido o te lleno esto de policías.
    —El contrato aún no lo llevé a la Seguridad Social —dijo, entregándomelo junto al móvil.
    —Págame ahora mismo lo que le corresponde de aquí a finales de agosto que iba a estar contratada, o te juro que va a ser tan grande la denuncia, que no vas a vivir más que para pagarle a ella.
    —Pero…
    —¡Ya! O mañana estás en los periódicos por abusos.
    Entró en un cuarto y salió con un sobre, me lo puso en la barra, lo abrí y eran las nóminas del mes de julio y agosto, conté dos mil euros y me largué.
    En el contrato pude ver su dirección, así que me fui directo para su casa, era un barrio un poco de aquella manera, pero aparqué en un Mercadona que había allí y anduve hasta su bloque.
    La puerta de abajo estaba abierta, así que cogí el ascensor y al abrir la puerta en su planta lo primero que escuché fue horrible.
    ¡Hija de putaaa, que no vales para nada, ni para conservar el trabajo! ¡Si te tenías que acostar con él, lo haces, que es quien te da el pan, zorra! —se oyó una hostia que sonó en toda la planta y que me retorció de dolor como si me la hubieran dado a mí. Se escucharon sus sollozos y sus suplicas para que no le pegara.
    Llamé a la puerta a golpes, ni siquiera toqué el timbre, di tantas veces y tan fuerte que casi la tiro abajo. No tardó en abrirme el padre con un aspecto de borracho y una peste increíble, encima en calzoncillo y con ese barrigón fuera, daba pena y asco verlo.
    —¿Quién cojones eres?
    —Háblame mal y sales por las escaleras rodando —fue decir eso y asomarse Candela, casi me da algo cuando le vi sangrando un lado del labio.
    —Candela, coge todas tus cosas y sal para afuera, no te dejes nada —le advertí, señalándole con el dedo.
    —Nicolás… —dijo llorando.
    —¡Ya! —le grité para que espabilara y no entrara en una espiral de no querer hacerlo.
    —No te la vas a llevar —dijo el padre y lo cogí por el cuello.
    —Métete en la cocina y no salgas hasta que escuches que tiramos la puerta abajo al cerrarla.
    —Vale, vale —dijo, levantando las manos.
    Ni rastro de su madre, él se metió en la cocina y yo me quedé esperando en la puerta de la cocina cerrada para que no saliera e hiciera una locura.
    Salió con bolsas de hombro y una maleta, llorando y con un apósito colocado en el labio para no seguir sangrando.
    —Vámonos preciosa, ya no vas a volver aquí.
    —Pero, Nico…
    —Vamos —cogí sus cosas y cerré de un portazo.
    La abracé en el ascensor y le dije que no hablara, que estuviera tranquila y se relajara, que estaba a salvo y no iba a permitir que nadie más la humillara ni vejara en su vida.
    —No tienes que meterte en esto, no te pertenece.
    —Ya, sí —abrí la puerta del ascensor para que saliera y en ese momento se le cambió la cara.
    —¿Dónde vas? —le preguntó una mujer con muy mala hostia y ella, agachó la cabeza, entendí que era su madre.
    —Se va donde nadie va a tener los santos cojones de volverla a tratar mal, allí se va —la agarré mientras con la otra mano llevaba su maleta y bolsas y la saqué de allí.
    Metí todo en el coche y la monté a ella, que no dejaba de llorar con el corazón encogido.
    —No llores —le acaricié la cara —, no llores que ya no lo vas a volver a pasar mal en la vida. Toma tu móvil —lo saqué de la guantera —y esto —le puse el sobre en las manos —. Es lo que me dio tu jefe por los dos meses que no vas a trabajar por su culpa.
    —¿Has hablado con él?
    —Por supuesto, ya se acabó todo, no estás sola y ya está bien de que te use como saco de boxeo todo el mundo.
    —Pero, no tengo nada.
    —Sí, nos quedamos en el chalé y cuando yo me marché, te vendrás conmigo, en mi empresa no te quepa duda de que tendrás trabajo y tampoco te faltará un techo. Soy constructor y si algo tengo son viviendas, aunque en mi casa también te puedes quedar.
    —No quiero ser un estorbo en tu vida.
    —No, no lo eres, no vuelvas a decir eso.
    —No me conoces de nada.
    —Me corto un brazo a que no eres mala persona, no suelo equivocarme.
    —No sé, déjame pensar unos días, con esto —se refirió al dinero del sobre —puedo irme a trabajar fuera y coger un piso compartido.
    —Candela, no hay nada que pensar, te vas a venir conmigo y si no quieres estar en mi casa, te irás a uno de los pisos. No te estoy pidiendo que te cases conmigo, te estoy diciendo que, a partir de ahora, tienes un amigo que no te va a dejar sola.
    Miró por la ventanilla mientras lloraba, yo le acariciaba la mano y con la otra conducía.
    No, no iba a permitir que a esa chica le volvieran a hacer nada, no sabía por qué, pero para mí ya era alguien como si de mi propia familia se tratara.

  5. Capítulo 5

    Metí el coche en el chalé y bajé sus cosas, ella no dejaba de llorar, la senté en el sofá y le preparé un desayuno, aún era temprano.
    —Candela, lo sé todo, no me vas a tener que contar nada, pero ya pasó.
    —No quiero estar aquí —dijo con el corazón encogido.
    —Vale, no te voy a obligar, pero a tu casa tampoco vas, te alquilo algo, te voy a ayudar.
    —Eso es lo que no quiero, que te impliques en algo que no te pertenece.
    —Dime una cosa —me agaché y me puse entre sus piernas —¿Te incomodo?
    —¡No! Soy yo la que estorbo.
    —No vuelvas a decir eso, si fuera así, no te habría buscado.
    —Quiero morirme, pero no tengo las agallas para hacerlo, lo intenté en dos ocasiones —lloraba con una tristeza y dolor, que me partía por la mitad.
    —No vuelvas a decir eso, no lo hagas, créeme que ya no estás sola.
    —No soy la que conociste ayer, esa quiso evadirse por unas horas, disfruté, no lo niego, ¿quién no lo haría con una persona como tú? Pero yo no soy esa, vivo con ansiedad, estoy al borde de una depresión y a veces, tengo que tirar de pastillas para dormir.
    —Te voy a ayudar con todo eso y cuando nos vayamos, buscaremos un especialista en la ciudad.
    —No, no, por favor, no quiero ser una carga.
    —Candela, deja de decir eso, por favor.
    Le di un abrazo y dejé que se desahogara con ese llanto que tenía que soltar, era necesario.
    La senté en mi regazo y la obligué a que desayunara, en ese momento solo hacía tirar del tabaco, pero no le quise decir nada, yo fumaba, pero poco, ella en ese momento se agarraba a eso y la comprendía.
    Se tomó un zumo, el café y casi nada de la tostada, tenía el estómago cerrado, estaba muy nerviosa, ida, pensativa, con una tristeza que ningún ser humano se merecía y menos ella.
    La acompañé a colocar sus cosas, le dejé un baño completo para que pusiera sus productos personales y un armario en la habitación para que colocara su ropa. No dejaba de decir que le daba mucho apuro, pero yo la animaba y abrazaba para que viera que yo estaba feliz de que estuviera aquí conmigo.
    Nos fuimos a la cocina a preparar la comida de mediodía, la intenté animar, intentaba que no pensara y que volviera a sonreír como ella lo hacía, la mimaba todo lo que podía y es que me nacía del corazón, ese que ya se había ganado por completo.
    La mañana para mí había sido como un choque contra algo que no puedes permitir, bajo ningún concepto, es algo que escuchas y te escandalizas, pero cuando te toca en cierto modo de cerca, eso te vuelve loco y te llevas por delante a quién sea por proteger a la persona que está vulnerable en manos de personas indeseables.
    Dejamos la comida lista y salimos a pasear un poco, a tomar un vino en otro bar que había en la playa, era obvio que el del capullo ese no lo íbamos a pisar por nada del mundo, más que nada porque lo mataba y tenía mucho odio dentro de mí en esos momentos hacia ese tiparraco.
    Ella estaba mal, de vez en cuando sonreía cuando la abrazaba y le soltaba una de las mías, pero estaba mal, debía ser fuerte estar en su lugar, incluso ahora que se sentía de prestada, pero nada que ver con la realidad No se podía imaginar lo feliz que me hacía estando a mi lado y la compañía tan grande y agradable que era para mí.
    Estábamos sentados frente al mar y se hacían muchos silencios, yo le acariciaba la mano en todo momento y se la apretaba para que supiera que estaba de su lado, que la entendía…
    —Nico, no te sientas mal por lo que te voy a decir, pero buscaré el modo de encontrar algo donde meterme.
    —Te estás buscando que te ate en la casa para que no te escapes —hice un sonido con la garganta y sonrió tristemente.
    —No, por favor, es que…
    —Solo dime una cosa ¿Estás incómoda a mi lado?
    —No, es lo más bonito que he sentido en mi vida, jamás nadie me trató y dio la cara por mí como tú, además te lo dije, eres una persona que cualquiera desearía tener en su vida.
    —Pues no vuelvas a decir esas cosas, quiero que estés conmigo y quiero curar todas esas heridas que te causaron injustamente.
    —No tendré vida para agradecerte…
    La corté, acercándome a ella y dándole un beso, luego pedí la cuenta y nos marchamos, ella quiso pagar a toda costa, pero una mirada fulminante al camarero fue suficiente para que no le hiciera caso.
    La llevé entre mimos, besos, abrazos y conseguí hacerla reír.
    Nos sentamos a comer en el jardín, el día estaba lindo y no se podía desaprovechar, ya se fue animando, aunque la procesión la llevara por dentro, pues no debía de ser fácil digerir todo lo que había pasado.
    Cuando terminamos de comer nos metimos en la piscina a darnos un baño, la tuve abrazada y sobre mi cintura todo el tiempo, ella no dejaba de abrazarme bien fuerte y darme unos preciosos besos y yo, me sentía el hombre más dichoso del mundo, ni que decir tiene que ella no tenía ni la más mínima idea de lo que me hacía sentir.
    La dejé en la hamaca y encerrada en la casa, vamos con llave, esa no se me escapaba, me fui a comprar dulces a una pastelería y regresé lo más rápido que pude.
    —¿Te pensabas que me iba a escapar? —sonrió.
    —Sí, pero no porque te quieras ir, sino porque piensas lo que no es y por no molestar.
    —Tranquilo, no te haré buscarme más —me acarició el brazo.
    —Más te vale, Candela —le di un beso en los labios.
    —Me encanta cuando pronuncias mi nombre —me acarició la mejilla.
    —Tu nombre es que se las trae…
    —¿Por?
    —Es un nombre con carácter, me suena sexy, con personalidad, me gusta…
    —¿Sexy? —sonrió.
    —Muy sexy —dije cogiendo el merengue de un pastel y poniéndoselo en la nariz.
    —Te la has buscado, Don Nicolás —me puso chocolate en la cara y comenzó la guerra.
    Nos comimos los dulces a trozos, aquello fue una guerra en vivo, pero le agarré las manos, la senté en mi falda y comencé a darle pastel obligada, lo que se reía era poco.
    Terminamos teniéndonos que meter bajo la ducha del jardín, pero muertos de risa, eso es lo que quería, verla reír, que no dejara de hacerlo.
    Pasamos una tarde en el jardín de lo más divertida y luego preparamos unas hamburguesas con un pan redondo y crujiente que traje para cada uno y hacía que quedara espectacular.

  6. Capítulo 6

    Nos tomamos una copa en el sofá del jardín, estaba ya más relajada y muy cariñosa conmigo, me encantaba esa parte de ella en la que no dejaba de darme besos y abrazos.
    Nos habíamos duchado y tenía puesto un vestidito camisón que le quedaba de lo más sensual, además me tenía malo, no llevaba sujetador y era rozarla y no poder contenerme.
    Se sentó encima de mí, de frente y comenzó a darme besos por toda la cara mientras reía.
    —Eres lo más guapo del mundo —se reía sin dejar de besarme mientras yo la agarraba por las nalgas.
    —Un poco mayor, pero tengo mi punto —le busqué la lengua.
    —Eres jodidamente sexy —mordisqueó mi labio.
    —Te gané con ese masaje —la moví un poco encima de mí, mientras la besaba.
    —Buah, ya me estoy poniendo mala —reía.
    —¿Un masaje?
    —¡Sí! —Levantó sus brazos haciendo la v con sus dedos —, pero dormimos allí, con el aceite y todo.
    —Claro —me levanté con ella encima y me la llevé mientras me abrazaba y besaba a la habitación de la cama baja.
    Le puse los cojines bien para que se pusiera cómoda y me fui a calentar el aceite. Dejé música relajante puesta y las velas encendidas junto al incienso.
    Cuando entré se reía, desnuda con su toalla sobre el cuerpo.
    —¿Te has tapado hoy?
    —Claro, como ayer, que una siente vergüenza, aunque no lo parezca —reía.
    —Pero imagino que menos nerviosa que ayer —me puse de rodillas al principio del colchón entre sus piernas y cogí un buen pegote de aceite y se lo comencé a untar en una de sus piernas.
    —No te creas, pero bueno, no me resisto a algo así, yo me dejo hacer lo que quieras y tan feliz —reía.
    —Eso me parece perfecto, me alegra que te fíes de mí.
    —Yo leo muchas novelas románticas con erotismo y siempre pensé que algo así no me pasaría a mí ¿Quién me lo iba a decir?
    —¿Qué tipo de erotismo?
    —Todo, suave, más fuerte, con juguetes —se reía.
    —¿Y te daba morbo?
    —Me ponía malísima.
    —Imagino que luego te tendrías que quitar a ti misma el calentamiento —le seguía subiendo hacia los muslos y ya veía como ella contoneaba las caderas y las levantaba deseando que mis manos llegaran a sus partes.
    —Sí, hasta estuve a punto de comprar el Satisfayer —se echó a reír justo cuando le toqué con bastante aceite su zona y le salió un pequeño gemido.
    —Nunca lo usé con nadie, pero oye, que todo es pedirlo y hago que lo pruebes.
    —Contigo, lo que sea —murmuró con la respiración agitada al notar mis dedos penetrándola por la vagina y estimulándole con la otra mano el clítoris.
    —Pues haré un pedido, a mí me encanta hacer disfrutar en el sexo, me vuelve loco.
    —Eres muy generoso, sí.
    —Disfruto tocando, tanto, o más que haciéndolo.
    —Pues me puedes tocar todo lo que quieras que yo me dejo —decía riendo y moviéndose de lo más excitada.
    —Ese es el mayor regalo que le podían hacer a mis oídos —saqué las manos y le eché un chorro de aceite en su estómago.
    Con una mano iba extendiéndolo por sus pechos y apretando con cuidado sus pezones mientras que, con la otra, iba penetrándola por delante y alternando con tocarla por detrás, por sus movimientos, sabía que le apetecía.
    Por detrás iba con mucho cuidado y echando mucho aceite para no hacerle daño en ningún momento, pero ella relajaba la zona muy bien y me era muy fácil ir introduciendo el dedo.
    Por sus resoplos sabía que la tenía muy excitada y abierta a todo, así que seguía tocándola por ambos lados y jugando a la vez con el dedo gordo en el clítoris. Cuanto más rápido tocaba por detrás, más notaba que iba llegando al clímax, así que, con cuidado, pero seguridad, le metí el dedo un poco más y fue cuando chilló de placer y sé que llegó. Le noté ese temblor de piernas.
    Hice que se girara para descansar bocabajo y yo seguir relajándola con los masajes, quería que disfrutara, que se olvidara de los problemas que había tenido tan graves, quería dejarla agotada para que esa noche durmiera de lo más relajada.
    Le eché un chorreón desde el cuello hasta los muslos, comencé a tocarla de una manera muy plácida, que notara aquellas caricias por toda su espalda, nalgas y muslos.
    —No me he recuperado, pero me da igual ir a por un segundo —murmuró poniendo la cara de lado y riendo.
    —Y si hace falta un tercero, aquí estoy para dártelo.
    —Joder, Nico ¿Eres de este planeta?
    —Sí, del mismo que el tuyo —le daba entre las piernas y veía que de nuevo se venía arriba, me encantaba verla excitada y más, que yo fuera el responsable.
    —Pues qué lástima que no te conocí antes —rio.
    —Nunca es tarde, si la dicha es buena —le rocé por delante, pero sin llegar a más nada, quería que disfrutara más tiempo, quería agotarla, claramente eso quería, además, yo disfrutaba como un niño pequeño disfrutando de ese cuerpo que era un placer estar en contacto con él.
    —Eso es verdad —ya tenía de nuevo la respiración entrecortada.
    —Creo que lo vamos a pasar estas vacaciones muy bien —apreté sus nalgas con fuerza, tenía un tacto perfecto, daban ganas comerla a bocados.
    —Jo, yo me siento mal, de vacaciones por la cara, quiero que te quedes lo que me dio… ¡Ahhh! —La penetré con dos dedos para que no siguiera hablando.
    —Eso es tuyo y lo vas a guardar, no quiero que hablemos de dinero ni de sentirse en casa ajena, quiero que te sientas como en casa —volví a sacar los dedos para echarle más aceite por la espalda y acariciarla, mientras sabía que suplicaba interiormente que jugara con todas sus partes.
    —Pero… —Le toqué el ano, sabía que la callaría —Deja ya de joderme para que no hable —dijo muerta de risa y le metí el dedo un poco más adentro —. Nicolás —reía sin poder casi ni hablar —, eres un caso.
    —Pero el mejor de los casos, ¿no? —Lo saqué y seguí masajeando.
    —Házmelo hasta por las orejas, pero házmelo, estoy que me subo por las paredes — reía con esa suplica que le salía del corazón, y es que yo la notaba que estaba a mil, como yo, que la giré, le abrí las piernas y me lancé con mi boca a sus partes.
    Se agarró a la toalla y se retorció para atrás, le succioné y no se lo esperaba, soltaba el aire agitada y gemía.
    Mi lengua y labios se volvieron locos entre sus partes, mi mano derecha le apretaba un pezón y con la otra la penetraba con un dedo para ponerla aún peor.
    Llegó al clímax cayendo derrotada, temblando a más no poder, me puse encima y la abracé, me encantaba esa adorable loquita que había irrumpido en mi vida.
    La tapé con las sábanas y me puse junto a ella.
    —Ah no, ahora te toca a ti.
    —No, descansa, de verdad, he disfrutado viendo como tú lo hacías.
    —Ni de broma —quitó la sábana, cogió un preservativo, vino toda graciosa y me lo colocó. Luego se sentó encima de mi miembro y comenzó a moverse de la forma más sensual y elegante que jamás había visto.
    La agarré y me moví con ella, la ayudé, aquello fue uno de los mejores momentos sexuales que jamás había tenido, los dos haciéndolo y ella encima de mí de esa manera.
    Nos mirábamos y era una conexión total, se podía ver en sus ojos que estaba disfrutando tanto como yo, y que aquello era algo muy intenso que estaba pasando entre nosotros, algo que estábamos sintiendo con cada momento.
    La dejé tumbada cuando terminamos y me fui al baño, cuando regresé me pegué detrás de ella, la abracé y así fue como nos quedamos dormidos, con gel por todos lados y de lo más relajados, sobre todo ella. Sabía que eso le había venido bien.

  7. Capítulo 7

    Desperté en medio de una excitación muy grande y no era para menos, tenía a Candela entre mis piernas lamiendo y mordisqueando mi miembro.
    —Candela… —murmuré, aguantando esos gemidos que me salían.
    —¡Buenos días, jefe, aquí la interna haciendo los deberes! —gritó como si yo estuviera en otro lado y luego siguió lamiendo.
    —¿Jefe? ¿Deberes? ¿Qué me he perdido?
    —Que acepto la oferta de limpiar y cobrar, además, entra el sexo.
    —Ah, muy bien, que me va a costar hasta el dinero —me reí en medio de aquella excitación.
    —Es broma, hombre, yo te lo hago todo gratis y con muchas ganas.
    En ese momento me corrí, pero vamos sin poderlo ni remediar. Sacó su cara de entre las sábanas y vi la que había liado.
    —Perdón —me reí.
    —No le eches hoy leche a mi café, por favor —dijo, causándome una carcajada.
    Me la llevé para el baño mientras lloraba de la risa, ese momento se me iba a quedar grabado para toda mi vida.
    La enjaboné jugueteando con su cuerpo, hasta le di por sus partes con el mango de la ducha que echaba el chorro a presión, además lo había comprado nuevo, así que la puse de nuevo de lo más excitada y allí la hice correrse de espaldas a mí, mientras la agarraba por su pecho con un brazo y con el otro le tocaba el clítoris con esa ducha y el agua a presión.
    —De esta no sobrevivo —dijo riendo, es lo que más me gustaba, estaba consiguiendo que no dejara de hacerlo.
    Le puse las manos contra la pared en alto y la penetré, lo hicimos de la manera más excitante que se podía hacer a primera hora de la mañana.
    Salimos de la ducha y cambié la cama del suelo, quité todas las sábanas para lavarlas con las toallas y la dejamos hecha de nuevo.
    —Esta nos espera de nuevo —dijo palmeando la cama cuando la hicimos e íbamos ya para desayunar.
    —Por supuesto, no lo dudes.
    Desayunamos en la terraza y me puse a mirar una tienda de juegos eróticos mientras ella estaba con su móvil. Ni vio la compra que estaba haciendo, ni se imaginaba que lo estuviera pidiendo o mirando. Satisfayer, aceites de muchos tipos, algunos vibradores, tanto vaginales como anales, incluso unas plumas para jugar por el cuerpo y otras cosas que estuve viendo y me parecían excitantes y morbosas. Inclusive cogí otras para hacerle la broma, sabía que con su sentido del humor lo íbamos a pasar muy bien.
    Lo compré en una tienda cerca de aquí y lo entregaban en menos de una hora para la ciudad, es más, cuando estábamos desayunando llegó el mensajero y me entregó la caja.
    Candela ni se imaginó que era algo que había acabado de pedir, pensaría que era algo que estaba esperando de antes, no dije ni media, lo llevé a esa habitación y volví a seguir disfrutando de aquel relajado desayuno.
    Luego le dije que se pusiera el bikini y ropa cómoda, que nos íbamos a pasar el día fuera. No le desvelé hacia donde íbamos y cuando llegamos en el coche hasta la entrada una hora y pico después, se puso las manos en la boca.
    —¡Aqualirenaaa! —gritó emocionada, al descubrir que íbamos a un nuevo parque acuático que era alucinante.
    —Nos lo vamos a pasar pipa —le hice un guiño y nos bajamos del coche.
    Se puso a saltar como una niña pequeña, emocionada a más no poder. Cogimos la entrada en la que no tenías que esperar colas y fuimos flechados a la zona de toboganes acuáticos, después de dejar las cosas en la taquilla que había entre las hamacas nuestras.
    Yo miré hacia abajo una vez arriba y me entró hasta cosquilleo, ella toda decidida se sentó y se lanzó diciendo adiós, mientras el monitor se reía de verla tan decidida.
    —Esta hoy me mata —le dije al chico, que soltó una carcajada.
    —Es lo que tiene traer a las hermanas.
    —¿Qué dices? Es mi… Déjalo, me está esperando —murmuré cuando escuché los chillidos de ella desde abajo.
    Me tiré y juro por mi vida que pensé que me mataba cuando me estampara contra el agua, solo esperaba no arrepentirme de haberla traído.
    —Vamos a los donuts, Nico —gritó haciéndome el gesto con la mano para que la siguiera, pero yo tenía un mareo que pensaba que caía desfallecido.
    Y, cómo no, la seguí hasta los donuts donde nos montamos, eso comenzó a dar giros por todas esas curvas y Candela, gritaba emocionada y yo solo pensaba que de la otra me había salvado, pero de esta, ni un milagro lo hacía, además que llevaba un mareo de esos que sabes que vas a terminar echando la primera papilla.
    Salimos vivos, sí, pero yo tenía que frenarla.
    —Tengo un hambre que me muero —me toqué la barriga.
    —Espera, nos tiramos de eso y luego vamos a comer —jalaba de mi mano para ir hacia arriba de nuevo en los carritos que nos trasladaban y ahora quería tirarse desde el tobogán doble más alto y con más curvas de todo el parque.
    —¿Estás segura de que quieres? —pregunté, cuando ya estaba sentada en la parte de delante de la esterilla donde nos teníamos que sentar y no me quedó otra que hacerlo detrás de ella, agarrarme a una goma que nos separaba y listo para ver de nuevo a San Pablo, abriéndome los brazos.
    Yo no sé qué hacía que me daba cada golpe en los brazos, que ya me dolían una barbaridad y la niña ahí iba, con los brazos en alto como la que celebra un gol, en fin, que la llegada a los cuarenta me estaba pasando factura.
    —Cuando comamos nos tenemos que montar en todo —decía tocando las palmas emocionada y yo solo pensaba que entonces es cuando echaría la primera papilla y hasta lo que no era la papilla.
    —Yo te espero en la hamaca luego y tú, disfruta tranquila.
    —No, no, me has traído y tú, te montas también.
    —Vaya por Dios, que suerte tengo —murmuré y me dio una palmada en el hombro.
    Pedimos unos menús de hamburguesa con patatas y refresco, además de unos complementos de bolas de queso y de pollo, nos lo llevamos a nuestras hamacas y comimos allí.
    —Me lo estoy pasando como una enana —dijo emocionada, mientras mordisqueaba la hamburguesa.
    —Yo también, yo también —murmuré con ironía y yo solo sabía que me estaba comiendo la hamburguesa a pellizcos, no la quería acabar por nada del mundo.
    El resto del día fue tirándonos de todo, pero al final como que me adapté y me lo estaba pasando pipa, se me fueron esas sensaciones fuertes del principio.
    Candela, me dio un abrazo fuerte cuando salimos, antes de montarnos en el coche.
    —Me has hecho pasar un día impresionante, gracias.
    —Nos queda mucho verano y cosas por vivir —le apreté la nalga.
    —Y muchos masajes —se reía.
    —De eso tenemos que hablar —aguanté la risa arrancando el coche y recordando lo que había llegado a casa.
    —¿Qué pasó?
    —¿Recuerdas que esta mañana me llegó un paquete?
    —Sí.
    —Lo pedí esta misma mañana, es de juguetes eróticos y…
    —¡Me muero! Yo quiero probar todo lo que hayas pedido —reía.
    —Claro, cuando quieras.
    —Hoy mismo, después de la euforia, el relax —se acercó a besar mi cara y me tocó el miembro.
    —Dios no me hagas eso ahora que nos podemos estampar.
    —Me has puesto mala, Nico, encima de cómo tocas y que ahora tengas esas cosas como en las novelas —no dejaba de reír nerviosa y feliz.
    Llegamos a la casa y preparamos la cena, nos salimos al jardín a cenar, no dejaba de reírme con ella cuando recordaba las cosas del parque, lo que había disfrutado Candela, no tenía precio en absoluto.

  8. Capítulo 8

    Se fue directa a la habitación de los masajes, no tardó en desnudarse y tirarse con la toalla por encima mientras yo sacaba todo lo del paquete, ni tiempo me dio a la música y las velas, cosa que hice en este momento.
    —Pero, ¿sigues poniéndote la toalla a estas alturas? —pregunté riendo.
    —Sí, que tiene su erotismo cuando comienzas el masaje y luego la quitas.
    —Por cierto, luego nos duchamos y nos vamos a la cama de la habitación principal que al final nos vemos todos los días durmiendo en el suelo.
    —Pues a mí me encanta —se rio.
    —Pues entonces no he dicho nada —le hice un guiño mientras desenchufaba el calentador de aceite que había comprado, para no tener que estar andando hasta la cocina para hacerlo.
    Me desnudé antes de ponerme entre sus piernas y a un lado de la cama había colocado todo para tenerlo a mano, tenía que ir viendo cómo iba reaccionando a esos juguetes y no hacerlo de golpe, pero sabía que ella se dejaba llevar bastante bien.
    Le recogí las rodillas y abrí las piernas…
    —Ya estoy caliente —murmuró de forma graciosa.
    —Aún ni te eché el aceite.
    —Para que veas como me subes el termómetro corporal.
    Cogí un antifaz y se lo puse en los ojos.
    —Verás que así las sensaciones son más fuertes.
    —No veré, con los ojos tapados no veré —murmuró riendo.
    —Piensa en algo muy agradable —dije, mientras le untaba en las piernas aceite y comenzaba a masajearla.
    —En ti, es en lo único que puedo pensar para que así sea.
    —Me encanta, pues disfruta…
    —Lo hago, solo con el contacto de tus manos ya me quiero rozar con todo —se reía.
    —Paciencia —murmuré sonriendo, aunque ella no me podía ver, pero es que verla así y diciendo esas cosas, me sacaba la mayor de mis sonrisas.
    Fui, poco a poco, llegando hacia arriba y acariciando sus partes sin quitarle esa toalla que estaba dejada caer por su pubis. Hoy quería hacerla sentir más profundamente todo, no la iba a dejar que llegara al clímax tan fácilmente.
    Después de ponerla malísima continué hacia sus pezones, yo estaba en medio y ella me rodeó con sus piernas, quería apretarme para sentir mi miembro y yo la rocé un poco para que se complaciera algo, pero quería que fuera lento.
    —¡Me estás matando, necesito que hagas algo para que me corra! —gritó entre jadeos y risas.
    —No hemos hecho más que empezar, tienes que aprender a aguantar para disfrutar mejor.
    —Tengo la sensación de que voy a explotar.
    —Vale, pega el culo al colchón, vamos a jugar un poco, no levantes las caderas.
    —Sí hombre, con el calentón que tengo.
    —Ponte bocabajo —le dije y no me dio tiempo a terminar, cuando ya se había dado la vuelta.
    Le abrí bien las piernas y le eché un chorro de aceite en el trasero, eso resbaló bien mi dedo hacia dentro y ella gimió por completo, me gustaba que no pusiera peros y disfrutara de esa zona que era tan erógena como la delantera.
    Saqué el dedo y comencé a jugar con un dilatador anal que la volvió loca, gritaba, jadeante y pedía más, ella quería más y eso me ponía a mil por horas.
    Le hice levantar el culo con sus piernas recogidas hacia dentro y su cuerpo hacia delante, le coloqué unas bolas chinas que la hicieron reventar de placer, se las dejé dentro y la giré.
    —Hazme ya lo que sea o me vuelvo loca —dijo, agarrándose a las sabanas.
    —Calma, disfruta…
    Le metí los dedos por delante y se retorcía de placer, luego le introduje un vibrador y lo puse al máximo, tenía más juguetes, pero, poco a poco. Ahora mismo tenía claro lo que quería, así que, con las bolas por detrás, el vibrador por delante, faltaba el succionador de clítoris que había cogido el más potente, le abrí con los dedos los labios y lo coloqué arriba, comenzó a volverse loca, era para verla.
    Con una mano aguantaba el succionador y con la otra pellizcaba sus pezones, ella no dejaba de levantar las caderas y gritar de placer, se corrió y cayó, que parecía que no tenía ni conocimiento.
    Le saqué todo menos las bolas chinas, me coloqué entre sus piernas la eleve y comencé a lamerla, se agarró a las sábanas diciendo que no lo soportaría, pero lo hizo, hice que se corriera de nuevo y la dejé agotada.
    La puse bocabajo y la dejé reposar un poco, le saqué las bolas y no le levanté las caderas, la dejé tumbada mirando al colchón, le llene de aceite su ano y puse mi miembro en la entrada, iba a intentar hacérselo por ahí, si podía, claro, iría poco a poco.
    —Si te duele lo más mínimo, me avisas —murmuré, introduciéndola lentamente.
    —Vale —murmuró soltando el aire mientras la iba penetrando.
    Ni se quejó, todo lo contrario, se relajó y me dejó entrar por completo.
    Me moví lentamente, aquello me daba un placer muy fuerte, a ella la sentía jadear por lo que sabía que también estaba disfrutando. Se lo hice por detrás de una manera de lo más sensual, la verdad es que para ser tan joven ella sabía disfrutar y no poner pegas, sabía cómo controlar la relajación y no ponerse nerviosa.
    Me eché a su lado y la giré para abrazarla.
    —Estoy muerta, te juro que no he disfrutado del sexo más en mi vida.
    —Me alegro, espero hacerte disfrutar mucho más.
    —Yo me dejo, claro que sí —se rio pegándose más a mí, para que la abrazara.
    —Me encantas… —le mordisqueé el labio —¿Quieres dormir con unas bolas en la vagina?
    —¡Sí! —gritó feliz y me giré a coger unas que no había usado aún.
    Se las metí, eran tres y se quedó de lo más relajada con ellas dentro dispuesta a dormir así esa noche.

  9. Capítulo 9

    Noté un chorro de aceite por mis piernas y sus manos comenzando a masajearme, reí sin aún haber abierto los ojos.
    —Buenos días, Candela.
    —Buenos días, jefe, te toca relajarte.
    —Pero al que le gusta dar placer es a mí —carraspeé y solté el aire al notar sus manos acariciando mi miembro y acariciando por dentro de mis glúteos.
    —Calla, que ahora me toca a mí —restregó sus partes de una manera muy sensual entre mis piernas —, además, yo no me quejé de nada, así que tú, chitón, o te meto por detrás mi gran vibrador vaginal.
    —No, no, yo me callo —reí mientras soltaba el aire del calentón que tenía.
    Jugueteó con mi miembro y la entrada de mi culo, además de lamerme por completo y ponerme a mil, me hizo llegar al clímax de una manera asombrosa.
    Me levanté y me la llevé a la ducha donde se lo hice de espaldas, mientras le acariciaba el clítoris y ella se apoyaba contra la pared levantando su culo, me gustaba ver cómo se soltaba para mí, como se dejaba llevar por esos momentos de lo más sensuales.
    Nos pusimos los bañadores, ya que íbamos a pasar el día aquí, de piscina relajadamente.
    Ella se puso un bañador blanco que hacía como un semicírculo en su barriga y por los lados se dejaba entrever algo de su pecho, ya me había puesto malo de nuevo solo de verla.
    Metí en un neceser dos geles, el Satisfayer y algunos juguetes, sabía que hoy nos iba a entrar un calentón en el jardín y, por supuesto, íbamos a terminar allí liando lo más grande, y es que Candela era pura pasión, esa mezcla entre clara juventud y la lujuria que me provocaba su cuerpo.
    Dejé el neceser sobre el sofá y nos fuimos a la mesa a desayunar, ella sabía lo que contenía porque hasta metió descaradamente las bolas chinas, le propuse ponérsela, pero me dijo que un rato después.
    Desayunamos tostadas de queso Philadelphia con mermelada, a ella le encantó, decía que nunca lo había probado así.
    Luego la dejé relajada leyendo en el sofá y me fui a preparar el fondillo de la paella que iba a hacer para comer, pero dejé listo todo para solo echar luego el arroz.
    Regresé y me tumbé a su lado, nos pusimos a charlar entre risas y se subió para sentarme sobre mí, aquello me hizo ponerme de nuevo de lo más excitado y es que aquel bañador me ponía de lo más cachondo.
    Se lo bajé por los brazos hasta dejarlo por la cintura, me encantaban sus pechos, eran de un tamaño perfecto, los acaricié mientras ella sonreía, moviéndose sobre mi miembro y buscando su propio placer.
    —En tres días me he quitado las telarañas de todo el año—murmuró mientras se movía y me causó una sonrisa.
    —El sexo está para disfrutarlo.
    —Pero el bueno no lo conocí hasta que llegaste tú —apretó los dientes.
    —Me alegro haber despertado esa parte de ti.
    —Una vez, mi ex, me lo intentó hacer por detrás, pero fue imposible, ahora entiendo que no tenía ni idea de cómo dilatar y estimular con los aceites.
    —Eso en seco y de golpe es una salvajada.
    —Lo es, por eso me he quedado impactada del placer que tenemos ahí y que mucha gente ni lo sabe ni lo va a experimentar jamás.
    Se estaba poniendo muy excitada, así que me incorporé, le saqué el bañador por completo y yo me quité el mío. Cogí un preservativo, me lo coloqué, me tumbé y ella se sentó encima.
    Le toqué el clítoris mientras se movía para ayudarla a llegar también al clímax, se volvió loca, saltaba de forma que el placer era mutuo e intenso. Con mi otra mano comencé a juguetear con su culo y ahí fue cuando llegamos los dos al orgasmo.
    Se echó sobre mí y la abracé.
    —El día que no estemos juntos te voy a echar mucho de menos.
    —¿Por qué piensas en eso? —Le acaricié la cabeza.
    —No sé, pero algo tan bonito e intenso no puede ser real, además, tenemos vidas diferentes.
    —No veo la diferencia, ahora estamos juntos.
    —Pero no somos novios —se rio, pero noté cierta tristeza.
    —¿Y qué somos?
    —Dímelo tú que eres el jefe —me abrazó, metiendo su cabeza en mi hombro.
    —Te voy a cuidar siempre que me dejes, llámalo como quieras, pero me siento muy bien a tu lado y no quiero perderte.
    —¿Te vas a enamorar de mí?
    —¿Quién dice que ya no lo esté?
    —Me muero, si me pasara eso contigo, me muero, eres como algo que es impensable tener.
    —Pues me tienes, pero vamos, me tienes en un pedestal, que tampoco soy…
    —Para mí eres un mundo.
    —Y para mí, también lo eres tú —me levanté con ella en brazos y fui a la ducha del jardín, ella me seguía detrás desnuda y riendo.
    La abracé bajo la ducha y nos besamos un rato con una pasión desenfrenada, me alucinaba ver como ella siempre estaba dispuesta a más y encima feliz de la vida.
    Nos metimos en la piscina desnudos e igual, nos tocábamos, besábamos, me dejaba penetrarla y me facilitaba el acceso. La senté en el borde y la lamí haciéndola estremecer por completo, luego ella a mí, éramos incansables, nos estábamos convirtiendo en el tándem perfecto.
    Eché el arroz y nos sentamos a comer con un vino que estaba para morirse, como decía ella.
    —Después de esto nos vamos a la habitación del erotismo y jugamos un poco —le hice un guiño.
    —¡Sí! Y dormimos luego la siesta ahí.
    —Te dejaré lista para que disfrutes tanto, que caigas rendida.
    —¿Te puedo hacer una pregunta?
    —Claro —vi cómo se sonrojaba.
    —¿Es lo mismo bondage y sado? ¿Hemos hecho algo de eso?
    —No, no lo hemos hecho y tampoco es lo mismo. El sado son prácticas sexuales en las que el dolor es parte de los juegos y el bondage, es una técnica de inmovilizar a la persona con esposas, cuerdas u otras cosas.
    —Eso me da morbo —se echó a reír poniéndose la mano en la cara.
    —¿Quieres sentirte atada? —Le pellizqué la mejilla.
    —Sí —reía —. Inclusive no me importaría que utilizaras la fusta que vi que compraste —apretó los dientes.
    —Te iba a gastar una broma, pero eso no solo es para dar, también proporciona placer recorriendo tu cuerpo, como la pluma, pero eso sí, lo de causar dolor no tiene por qué ser duro, es más, eso jamás lo haría, pero si hacerlo de forma controlada para estimular los sentidos y provocar mayor placer.
    —Yo quiero probarlo todo —se puso las dos manos en la cara.
    —Define todo —le acaricié la entrepierna mientras sostenía la copa en la mano y le daba un trago.
    —A mí es que contigo me encanta el sexo, he conseguido sacar algo de mí que desconocía y si te digo la verdad, estoy todo el día caliente —soltó una carcajada.
    —Eso es el morbo del comienzo, luego lo sigues teniendo, pero de manera más alargada en el tiempo. Ahora mismo la fogosidad está presente todo el tiempo.
    —Pues yo no quiero que se me pase esto, aunque es mejor que sí, no puede ser que yo trabaje pensando en llegar a casa para que me la metas hasta la garganta —volteó los ojos, consiguiendo que yo estallara a reír —. Te juro que estoy aquí comiendo la paella y hasta imagino que me penetras con un buen pegote de arroz.
    —Lo tuyo es grave —reí acercándome para darle un beso.
    —¿A qué sí? Yo lo reconozco, lo mío es para que me seden y me dejen durmiendo hasta que se me pase el calentón permanente que tengo. Si te digo la verdad, hoy hasta me dolía el clítoris cuando lo tocaste, de lo irritado que lo debo tener —rio —, pero ese dolor era tan placentero, que hasta me venía más arriba.
    —¡Madre mía! — Ahora fui yo el que me puse la mano en la cara.
    —Una pregunta, pero no es que yo quiera ni nada de eso, es por curiosidad.
    —Suelta, pero miedo me dan tus curiosidades.
    —¿Permitirías que hiciéramos un trio con otro hombre?
    —Eso, con un hombre, no puede ser con otra mujer —reí —No, ni con un hombre ni con una mujer, en ese aspecto soy muy receloso, lo que considero mío, es mío y no paso por que nadie lo toque.
    —¿Eres celoso?
    —No sabes hasta que límites, pero claro, cuando tengo sentimientos fuertes por una persona.
    —Ah, entonces conmigo no hay problema, soy un juguete —se echó a reír.
    —No digas eso —le agarré la mano y la miré fijamente —. Me haces sentir más de lo que imaginas y no, no permitiría que nadie te tocara, eso lo hago yo —la besé.
    —¿Te gusto mucho? —Me encantaba esa parte adolescente que sacaba.
    —Demasiado y ahora mismo me volvería loco si no estuvieras conmigo y sí con otro.
    —Pero a ver, que hay muchos tipos de celos.
    —No te pondría bajo ningún concepto, pero bajo ninguno, una mano encima, para eso no se necesitan cojones, se necesita poco valor por la vida y el ser humano, pero sí que, mi tono y mi forma de ser podría ser un poco incómodos.
    —Que yo me aclare —se reía mientras daba un trago —. Imagina que ahora te digo que me voy un rato que he quedado con un chico ¿Con qué me encontraría?
    —Con Bondage —me encogí de hombros.
    —¿Me atarías? —se rio.
    —Por supuesto, por la puerta no saldrías, a no ser que recogieras tus cosas y te fueras convencida de que no ibas a volver, en ese caso te dejaría ir. No voy a tener bajo mi voluntad a alguien que no lo desea, pero eso de ir a tomar un café con otro que encima te gusta, no, no te lo permitiría.
    —Esa mentalidad es machista.
    —No me considero machista, pero, o se está conmigo, o no se está.
    —Pero hay muchas parejas que son felices y no se roban la libertad.
    —No hay tema de debate en eso.
    —Pues no es justo, o sea, si sigo aquí contigo no puedo ir a tomar un café con un amigo.
    —No —murmuré sonriendo y sabiendo que no le iba a gustar, pero mentir no lo pensaba hacer, yo tenía muchas cosas buenas, pero algunas que quizás fueran difíciles de entender o aceptar.
    —¿Y con una amiga?
    —Yo te acompañaría.
    —¿Y si estás currando?
    —Puedo hacer un alto —le acaricié la mejilla.
    —Pero a ver, yo tendré que trabajar y relacionarme con gente.
    —Te he dicho que te voy a ayudar a que tengas una vida, pero también te ofrezco la posibilidad de que te quedes a mi lado, pero si lo haces, no vas a trabajar, prefiero tenerte en casa, no te faltará de nada.
    —A ver, a ver… —se echó otra copa y dio un gran trago —Dime que te estás quedando conmigo.
    —No, para nada. Te estoy diciendo que te ayudaré a que comiences una vida con un piso y un trabajo, pero también te ofrezco la posibilidad de que hagas una vida conmigo.
    —Y que no trabaje, que no me relacione y que te espere abierta de piernas a que llegues —hizo un gesto de ladeo de cara y de no estar conforme.
    —Tú tienes la decisión en tus manos.
    —Tú te estás quedando conmigo, pero vamos, y encima quedándote tan pancho.
    —No, no me estoy quedando contigo —hice que se levantara y la senté de lado en mis piernas.
    —Aún no terminé de comer —murmuró volteando los ojos y le puse su plato en la falda con el tenedor.
    —-Soy como te he explicado, tengo mis manías, pero quitando eso, soy generoso, no me suelo enfadar, me gusta estar atento, viajar, salir a cenar, a tomar algo…
    —Pero todo contigo —se rio —, no lo veo justo. A mí me gustaría estar contigo, pero también trabajar y tener una amiga con la que tomar un café.
    —Puedes tener una amiga y que venga a casa a tomar un café y lo de trabajar, me puedes ayudar desde casa a muchas cosas.
    —Mira, Nico, te estás quedando conmigo, tú no tienes pinta de ser así.
    —No me estoy quedando contigo —sonreí, acariciándole el brazo.
    — A ver, vamos por partes, ahora voy a ir andando a la pastelería a comprar dulces y tú me esperas aquí, lo mismo me tomo un helado allí en una mesita mirando al mar.
    —No, no lo vas a hacer, irás conmigo si quieres. A no ser que te quieras ir y te doy libertad para coger las maletas.
    —No, de eso nada, las dejo aquí, voy a ir y voy a regresar.
    —Entonces no te dejaré.
    —Lo veremos —rio, retándome.
    —No hay nada que ver —dije quitándole el plato de encima y metiendo mi mano por su zona.
    —Nico, no, hasta que no vaya por los pasteles, no me toques.
    —No vas a ir.
    —¿Qué no? Ahora mismo cojo mi cartera y te juro por mi vida que voy —se levantó para ir a por ella, me estaba poniendo a prueba.
    Fui detrás, la cogí en brazos y me la llevé al cuarto de los masajes, la até con las esposas a una barra de colgar ropa que había a un lado del colchón y que pegué a este, eso sí, ella me estaba diciendo de todo menos bonito.
    —Si te quieres ir, es para siempre, así que, tú elijes.
    —Un mojón, que entonces me tengo que ir a casa de mis padres y después de la visita de Superman —se refirió a mí —, cualquiera es la guapa que entra por la puerta —me gustaba que al menos se lo tomara todo con humor.
    —Pues quieta.
    —No, porque cuando me sueltes me pienso ir.
    —No te soltaré, no te dejaré sola y listo —le eché aceite caliente en sus partes para intentar relajarla de esa idea.
    —Nicolás, si es verdad —gimió cuando le metí dos dedos —que eres así…— volvió a gemir cuando le eché aceite por su ano, empujándolo con el dedo —¡Me cago en mi vida! —Soltó el aire y se dobló hacia atrás, retorciéndose en placer —Que voy a salir y no me vas a poder retener —abrió más sus piernas para que la tocara libremente.
    Me levanté y cogí otro perchero para atarle la otra mano, quería verla inmovilizada y disfrutando para mí, me excitaba mucho.
    Cogí una cuerda larga, me subí a la silla y la pasé por un espiche desde donde colgaba un atrapasueños, la dejé en doble y le até cada pierna para que quedaran en el aire, con lo que soltaba por esa boca entre risas, me tenía que echar a reír, sí o sí.
    Me puse entre sus piernas y le vertí aceite en su zona.
    —Cuando me sueltes me pierdo toda la noche de marcha.
    —No te pienso soltar…
    —Si hombre, me vas a tener colgando como un cerdo hasta mañana, vamos que si no me voy hoy lo hago mañana, pero ir me voy para que veas que no se acaba el mundo. Joder solo quería ir a por pasteles —le di con la fusta en el culo, pero de manera moderada mientras la penetraba con los dedos.
    —Joder, para eso no me des, o lo haces en condiciones o no lo hagas, que eso es hacer el payaso —le gustaba retarme y ponerme a prueba.
    Cogí la pluma y comencé a jugar con sus pezones, se la metí por la vagina, por el culo, la puse a mil, además iba relajado, pero la penetraba bien, hasta el final. Ella chillaba para que le pusiera el Satisfayer, por supuesto que no lo iba a hacer.
    —Después de esto me busco a alguien para hacer un trío —gritó riendo, pero agitada por el calentón que tenía, yo ni hablaba.
    Pero fue decir trío y ponerme más contenido, había temas que me costaban mucho digerir y ese precisamente el que más.
    Le metí en la vagina una perla de triple excitación y la moví todo el tiempo con mis dedos para que se desintegrara, no tardó en comenzar a hacerle efecto.
    —¡A la mierda el salir! A partir de ahora soy tu monja de clausura, pero por Dios, haz que me corra que me muero —decía riendo y jadeante —. Suéltame solo una mano que quiero hablar seriamente con mi clítoris —gritaba desesperada, pero sin dejar de reír.
    Me encantaba su forma de ser, su descaro, su seguridad, su manera de disfrutar… La penetré por ambos lados sabiendo que peor la pondría y sin tocarle esa zona que ella deseaba.
    Jugué con su cuerpo por lo menos media hora en que me gritaba de todo menos bonito, estaba loca por que le tocara el clítoris y yo hacía todo menos eso. La estaba llevando al límite, masajeando todo su cuerpo y penetrándola de forma intensa.
    La penetré con mi miembro por delante y se lo hice agarrando sus caderas y moviéndola de forma desmesurada, estaba agotada de aguantar esa presión y no poder desencadenar en nada.
    Terminé y la dejé colocada tal cual, le metí un dilatador anal y un vibrador mientras yo me lavaba, la escucha llamarme de todo menos bonito.
    Regresé y la miré como me hacía gestos mientras me insultaba.
    —Te voy a soltar y tocarte, pero me tienes que prometer que no me vas a volver a retar con salir sola.
    —Te lo prometo —sonó a ironía.
    —Dímelo más convincente, o te vuelvo a hacer pasar un mal rato.
    —Me voy a desmayar que lo sepas.
    —No pasa nada, agua en la cara y te repones —reí.
    —De verdad que no quiero salir —se reía echando su cara hacia su brazo atado.
    Le solté las piernas, pero la dejé atada de manos, sabía que si la soltaba se iba a querer tocar ella y prefería hacerlo yo.
    Metí mi mano en aceite y la penetré por los dos lados, ella gemía y se movía retorcida de placer, así que le puse el succionador de clítoris a la máxima velocidad y comencé a tocarla.
    Ni diez segundos y llegó al clímax, la solté y no se movió, se echó hacia un lado y la tapé para que durmiera.
    Bajé a recoger la mesa y todo un poco antes de subir a echarme junto a ella.

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