No te merezco PDF

Michelle deseaba lo que había ingresado su prima. Un cónyuge que la amara y que protegiera todo lo que había accedido nunca. Para eso inicia un largo episodio adonde conoce a un varonil irascible, cerril y que no la aprecia de ningún modo. Fue una intranquilidad para los dos que fueran parientes lejanos, no obstante Michelle con su objetivo en mente no se dejaría aletargar por lo que Edward opinaba de su pesquisa de cónyuge. Ese estirado no la conocía de ningún modo.

Sophie Saint Rose es una prolífica ensayista que tiene entre sus éxitos “elizabeth Bilford” o “lady Johanna”. Próximamente publicará “las evidencias del amor” y “no puedo fiarme de ti”.

Capítulo 1
Lady Johanna Fishburgne sonrió a través del espejo a su doncella
mientras le peinaba sus negros rizos colocándoselos a un lado de la cabeza.
Betsy fruncía el ceño mientras con las horquillas en la boca luchaba porque el
peinado quedara como ella quería.
—¿Has salido esta tarde?
—No, milady. Me he quedado planchando su vestido de esta noche. —
Sonrió colocando la horquilla en su sitio. —Ya está. Perfecto. Será la más
hermosa de la cena.
—¿Con Elizabeth en la mesa? —dijo irónica sin sentir ninguna envidia
por la belleza de su amiga.
—Es por el cabello de color caoba. —La doncella empezó a recoger la
ropa que su señora había llevado antes de cambiarse y Johanna la miró
preocupada girándose en el banquito del tocador. —Y esos ojos verdes —susurró
distraída mirando las medias.
—Betsy…
Su doncella la miró con la ropa en la mano. —¿Sí, milady?
—¿Eres feliz?
—¿Feliz? Claro que sí, milady. Soy muy afortunada al vivir aquí y por
cómo me trata toda la familia.
Johanna se levantó mostrando su precioso vestido verde esmeralda con
encajes negros y se acercó cogiéndola de las manos, mirándola con sus preciosos
ojos color ámbar. —Sé que amabas a ese canalla que se aprovechó de ti y no
hemos hablado de eso.
—Esa es agua pasada, milady. —Se sonrojó intentando apartarse y
suspiró al ver que no la soltaba. —En el salón su marido debe estar impaciente
por su llegada, Condesa.
—Betsy…
—Se aprovechó de mi amor. Pasa mucho. Hay historias como esa en
todas las casas. No se preocupe más, que ya lo he superado.
—¿De verdad? ¿No me mientes?
Su doncella la miró maliciosa. —El nuevo mayordomo no está mal.
Johanna jadeó sorprendida. —¡Pero si George te dobla la edad!
—Pues me ha echado el ojo.
Johanna se echó a reír. —¿De verdad? ¿Qué te ha dicho?
—Me ha invitado a pasear el domingo —dijo emocionada—, y me ha
hecho un regalito.
—¡No me cuentas nada! ¿Qué te ha regalado?
Miró a la puerta de comunicación con la habitación del Conde y sacó una
cadenita de plata con una estrellita que llevaba colgada al cuello. —Vaya… —
dijo la Condesa impresionada.
—Sé que no son como las joyas que su marido le regala a usted, pero…
—Lo que importa es el detalle y me agrada que sea detallista contigo. —
Sonrió encantada. —¿Estás contenta?
Betsy se sonrojó de gusto. —Mucho. Ningún hombre me ha tratado con
tanto cariño como él.
—Me alegro mucho.
—Lo sé, milady.
La puerta se abrió sobresaltándolas y James vestido con traje de noche y
con su impecable pañuelo blanco, las miró con desconfianza. —¿Qué tramáis?
Ambas se echaron a reír. —¿Por qué piensas que tramamos algo?
—Vuestra cabecita no deja de trabajar. —Se acercó y besó a su mujer en
los labios mientras Betsy salía de la habitación discretamente. —Está preciosa
esta noche, Condesa.
—Y tú cada día eres mejor marido. —Le abrazó por la cintura y suspiró
pegándose a su pecho. —Mi gigante escocés.
Su marido rió por lo bajo. —¿Qué te ocurre?
—Estoy algo cansada. Eso es todo.
—Desde que tuviste a las niñas no has parado. Y antes tampoco, ya que
estamos. Quizás deberíamos tomarnos un descanso e ir a Escocia un tiempo. Mi
padre estaría encantado.
—Liss me mataría si me voy en el inicio de la temporada.
—Lo entenderá. —Acarició su nuca y ella gimió levantando la cara para
mirar sus ojos verdes. —Preciosa, serán unos meses.
Escucharon un portazo en el piso de abajo y Johanna frunció el ceño
mientras su marido se tensaba al escuchar llorar a una de sus hijas. Salieron de la
habitación para ver correr a una de las nanis hasta la habitación de las niñas,
entrando inmediatamente mientras ellos se acercaron a la barandilla para ver a
Elizabeth Torrington sonrojada quitándose la capa. —Lo siento, se me ha
escapado.
Johanna fue hasta las escaleras a toda prisa al ver a su amiga disgustada.
—¿Qué ocurre, Liss?
En ese momento llamaron a la puerta y George muy tieso la abrió de
nuevo dando paso al Duque de Stradford que sonreía de oreja a oreja. Elizabeth
gruñó caminando a toda prisa hacia el salón dejándola con la boca abierta. —
¿Qué ha ocurrido? ¡Está furiosa contigo!
—Se le pasará —dijo en alto para que su esposa le oyera dándole la capa
negra a George y frotándose las manos.
James bajó las escaleras sonriendo divertido. —Te veo muy satisfecho,
amigo.
Johanna les ignoró para ir hacia su amiga, que sentada en el sofá con un
maravilloso vestido granate se apretaba las manos como si quisiera estrangular a
alguien. —¿Qué ocurre, Liss? —Se sentó a su lado. —¿Qué te ha hecho?
—¿Qué me ha hecho? —Fulminó con la mirada al Duque que entraba en
ese momento guiñándole un ojo a su esposa encantado de la vida. —Lo ha
vuelto a hacer. Eso ha hecho.
—¿Lo ha vuelto a hacer? —Confundida miró a su marido que
disimulando puso la mano en el vientre dando una palmadita antes de pasarse la
mano por su cabello rubio disimulando. Johanna jadeó mirando a su amiga. —
¿Ya? Pero si el niño no tiene ni ocho meses.
—En este momento le estrangularía.
—Te entiendo. Cómo se nota que no tienen que parirlos.
Fulminaron con la mirada a sus apuestos maridos, que ya estaban
conversando pasándoselo en grande mientras su amiga sufría. Elizabeth gimió.
—Ayer estaba en una fiesta y no me encontraba demasiado bien. Esta mañana mi
doncella me ha dado la noticia. Este hombre me va a hacer parir una vez al año.
Ya verás.
—Seguro que no. —Le dio palmaditas en la mano. —Mi madre solo me
tuvo a mí. Igual tú tienes dos o tres y se termina.
Como si la hubiera invocado, Rose Sherman entró en el salón del brazo
de su marido. —Henry, ya están aquí los Duques. Te dije que tenías que darte
prisa.
—Lo siento, querida. Estáis muy hermosas esta noche —dijo dejándola
en el sofá al lado de Liss. Al mirar a su yerno, se acercó como si fuera su
salvación para no recibir una regañina de su esposa.
Johanna reprimió una risita al mirar a su madre, que parecía pensar en
levantarse para decirle cuatro cosas. —¿Cómo va la búsqueda de casa, madre?
Rose la fulminó con la mirada. —¡No me separarás de las niñas ni con
agua caliente, Johanna Sherman!
—Es Fishburgne, mamá.
—Serás una Sherman hasta que te mueras.
Liss se echó a reír olvidándose de su enfado con su marido y Johanna le
susurró a su madre —Viene de camino otro Torrington.
—¡Felicidades! —Extasiada se levantó y besó a Liss en las mejillas antes
de acercarse al duque para hacer lo mismo.
—¿Dónde están tus suegros?
—Estarán al llegar —dijo Johanna. Llamaron a la puerta en ese momento
—. ¿Ves? Ahí están. Susan va a estar… —Miró hacia la puerta y chilló
sobresaltando a todos cuando vio en el hall a un hombre moreno quitándose el
guardapolvos que llevaba y sonriéndole abiertamente. —¡Edward! —Se levantó
de un salto y corrió hasta el hall para abrazar a su primo, que la alzó girándola y
haciéndola reír.
La besó en la mejilla antes de dejarla en el suelo mirándola de arriba
abajo. —Pero mírate… Estás preciosa.
—El Conde está a punto de pegarte un puñetazo seas quien seas —dijo el
duque divertido por el ceño fruncido de James, que no les quitaba ojo.
—¡Cariño, es mi primo Edward!
Eso pareció aliviar al Conde que extendió la mano. —Encantado de
conocerte.
—Así que tú eres el escocés. Jo me ha escrito mucho sobre ti.
El conde se sonrojó haciéndoles reír a todos y Johanna cogió a su marido
por la cintura pegándose a él mientras sus padres abrazaban al recién llegado.
—Qué alegría verte aquí —dijo Henry.
—Permite que te presente —dijo Johanna—. Ella es mi amiga Liss y él
es Alex, los Duques de Stradford.
—Mucho gusto.
—Debes estar agotado del viaje.
—Sí, sobre todo porque me tocó una chiflada en el camarote de al lado,
que no hacía más que tocar el banyo.
—¿El qué? —preguntó Elizabeth divertida.
—Es una especie de guitarra —explicó Edward molesto—. Además es la
mujer más maleducada de la tierra. Nunca había visto algo igual. Bebe como un
cosaco y eructa. ¡Ni se peina! No puedo entender cómo consiguió un billete en el
Libertad porque con las pintas que llevaba, avergonzaba a todo el mundo en la
mesa.
—Ven, amigo. Necesitas una copa —dijo James guiándole al salón.
Johanna miró a George. —Prepárele a mi primo la habitación del fondo.
—Sí, milady.
Encantada fue hasta el salón, sentándose de nuevo para escuchar a su
primo. —Han sido los días más estresantes de mi existencia, os lo juro. —Se
sentó en la butaca y cogió la copa de coñac que le tendió su marido.
Johanna se echó a reír. —Serás exagerado.
—¿Exagerado? El primer día yo estaba trabajando en mi camarote y se
presentó en la puerta con el banyo para cantarme algo. —Todos se echaron a reír.
—Decía que se aburría y que ya que viajábamos juntos podíamos divertirnos.
Cuando le dije que estaba trabajando, me miró como si no supiera lo que era eso
y se metió el dedo en la nariz para…
Todas jadearon. —¡Sí! ¡Y no solo eso! ¡Habla como entrecortado, como
si no supiera terminar las palabras! ¡Y su aseo dejaba bastante que desear! ¡Os
juro que tenerla sentada al lado en la mesa era un suplicio!
Henry frunció el ceño. —¿Y dices que pudo permitirse un billete en uno
de nuestros barcos?
—Sí, tío. No sé quién se lo ha vendido, pero cuando vuelva a Boston y le
pille… —Bebió de su copa mostrando lo alterado que estaba. —Perdón, pero es
que nunca he deseado tanto salir de un barco. De hecho, no he esperado a
atracar. Ordené a los marineros que me trajeran al puerto en un bote, porque me
sentía incapaz de esperar allí ni un segundo más. ¡He estado a punto de tirarme
por la borda!
Todos se echaron a reír y él los miró asombrado con sus ojos negros. —
Hablo en serio.
—¿Era bonita? —preguntó Johanna maliciosa.
Miró a Johanna y después a Elizabeth que se sonrojó por el escrutinio
hasta que Alex se tensó acercándose a su esposa por detrás. Edward le miró. —
Disculpe Duque, es que estaba intentando descubrir cómo sería vestida como
una dama.
—No has contestado a la pregunta. ¿Era bonita?
—Cielo, deja de torturarle —dijo James divertido.
—Supongo que detrás de toda esa roña sería bonita —gruñó molesto.
—¡Lo sabía!
—¿Y eso qué tiene que ver? —preguntó Rose.
—Si hubiera sido fea, ni se acordaría ya de ella —dijo maliciosa mientras
su primo gruñía—. ¿A qué has venido a Londres? No nos has avisado.
—Niña, eso son negocios —dijo Henry poniéndose serio—. Es cosa
nuestra.
—Pero te quedarás una temporada, ¿verdad? —preguntó ilusionada.
—Un par de meses, supongo. Depende de cómo vayan las cosas. —
Edward bebió de su copa y sonrió a James. —Estoy deseando conocer a las
niñas, pero antes me asearé un poco.
—Son rubias y dos preciosidades —dijo Rose orgullosa.
—Siendo hijas de Johanna, no podían ser de otra manera.
—Zalamero.
Su primo se levantó. —Si me disculpan…
—No seas tan formal, Edward —dijo Rose encantada—. Estamos entre
amigos.
—Muy bien. Bajaré cuanto antes.
—No te apures. Todavía faltan mis suegros por llegar. —Johanna le vio
salir y miró a Liss. —¿A que es encantador?
—Y muy atractivo. —Su marido carraspeó y Liss sonrió girándose a su
duque. —Yo solo tengo ojos para ti, amor.
—Ya, eso ya lo veo.
Susan y Nelson, los Marqueses de Wildburg, llegaron en ese momento y
emocionados felicitaron a los duques por su próxima maternidad. Susan, que
había sido la institutriz y dama de compañía de Elizabeth y que la quería como
una hija, se emocionó muchísimo.
Johanna sonrió. —Esta noche es especial. Liss está en estado y ha venido
mi primo de Boston. Tenemos que celebrarlo.
—Claro que sí. Tomaremos champán —dijo Henry levantándose para
hablar con George, que escuchó sus instrucciones y asintió antes de salir del
salón—. Van a traer un champán francés que es una maravilla.
—Papá, ¿van a ir a buscarlo al puerto?
—No tardarán nada.
Conversaron durante un rato y Edward llegó al salón impecable con su
traje de noche negro y su chaleco blanco. —Siento el retraso.
—Ven que te presente a los Marqueses de Wildburg. Mis suegros. —Se
echó a reír. —Me falta uno, pero está en Escocia. Espero que algún día puedas
conocer al conde. Es un hombre maravilloso.
James sonrió cogiendo a su mujer de la cintura mientras Edward hacía
una reverencia a Susan antes de besar su mano enguantada. —Es un placer.
—Debe estar agotado del viaje.
—Un poco.
Todos se echaron a reír y Liss dijo —Ha tenido un viaje algo estresante,
Susan. Su vecina era algo molesta.
—¡Molesta! Eso es decir poco, Excelencia. No existe algo que la
describa.
—Pasemos a cenar. —James cogió del brazo a su esposa saliendo al hall.
—Seguro que una buena cena, un buen coñac y una buena cama, te hacen
olvidar cualquier viaje.
—Eso espero.
Entraron en el comedor y James se sentó en la cabecera mientras Johanna
distribuía a sus invitados. Su primo sentado al lado de su marido como invitado
de honor y los demás se sentaron donde quisieron.
—Y dime Edward, ¿cómo va tu búsqueda de esposa? —preguntó
Johanna maliciosa. Él gruñó antes de beber de su copa de vino. —Mal, ¿eh?
—Incomprensible —dijo Rose—. Tan apuesto y trabajador, deberías
tener candidatas a millones.
—Será mi carácter. —Cogió la cuchara de plata mientras Johanna soltaba
una risita. —No tiene gracia, prima.
—Sí que la tiene. Siempre tan serio y responsable. Deberías soltar un
poco tu carácter. Las intimidas.
—Un hombre de negocios debe ser serio —dijo Henry apoyando a su
sobrino—. Además, la persona que dirige los negocios Sherman en los Estados
Unidos, tiene que ser responsable.
—Papá, igual estás cargando a Edward con demasiada responsabilidad
—dijo Johanna preocupada—. Para él ha sido un trastorno nuestro traslado aquí
y puede que sea demasiado para él.
—Lo está haciendo estupendamente. Estoy muy orgulloso de él.
—Gracias, tío. Y respondiendo a mi prima, te diré que es más
responsabilidad, pero no me quejo. Además, James me ayudará en el futuro
cuando tenga que hacerse cargo del negocio Sherman aquí. Espero que mi tío ya
te esté poniendo al día.
James asintió. —Sí, pero tengo la sensación de que eso no debe
preocuparnos, porque tenemos Henry Sherman para largo.
Todos se echaron a reír. La cena fue muy amena. Hablaron de los
conocidos en Boston y Elizabeth estaba fascinada con la vida allí deseando
conocer esa parte del mundo.
—¿Lo habéis escuchado? El dragón dorado ha hundido otro barco.
—Tenemos una suerte enorme de que no se meta con nosotros —dijo
Henry Sherman sonriendo—. Eso hace los barcos Sherman los más seguros en
los traslados de cargamentos. Tenemos meses de espera para los billetes porque
no se quieren arriesgar con otras compañías.
—¿No es extraño? —preguntó Alex—. ¿Que a vosotros no os haya
molestado nunca?
—Una vez uno de mis barcos se lo encontró cerca del Caribe y dio la
vuelta. —Henry se encogió de hombros. —No sabemos la razón, pero nunca nos
ha molestado.
—Se dedica más a barcos italianos o franceses —apostilló James—.
Seguro que Sterling sabe la razón.
—¿Sterling? —preguntó Edward.
—Es un conocido nuestro. El rey de la zona del puerto. —James le miró
a los ojos. —No sé si me entiendes.
—Sí, lo entiendo.
—Él domina esa parte de la ciudad —añadió Liss—. Es un hombre
encantador.
Los hombres pusieron los ojos en blanco mientras las mujeres sonrieron.
—El encanto de un asesino —dijo Alex—. Mi mujer no se da cuenta de hasta
dónde puede llegar su carácter. Pero con nosotros siempre se ha comportado
como un amigo. Deberías conocerle. Organizaremos una cena para que charléis.
—Estaré encantado. Nunca está de más fomentar ese tipo de relaciones.
—Sterling es todo un caballero —dijo Rose ganándose una mirada de
sorpresa de su marido y la pobre se sonrojó—. Lo es. No me mires así. No es
como esos asesinos que hay por ahí. Es todo un galán. —Todos se echaron a reír
al ver que Henry entrecerraba más los ojos como si estuviera celoso. —Pero yo
solo te quiero a ti, mi vida.
Johanna levantó una ceja mirando a su marido que reprimió la risa.
En ese momento escucharon un portazo en la salida y todos miraron
hacia el hall mientras George asustado salía del comedor.
—¡Ya toy aquí, familia! —dijo una mujer a voz en grito—. ¿A que no me
esperabais?
Rose palideció con la cucharilla de postre cerca de la boca, antes de mirar
a Henry que miraba hacia la puerta muy interesado.
—¡Eh! ¿Es que no hay naide en la choza?
Johanna asombrada se levantó, pero su marido la cogió por el antebrazo
levantándose también. —Espera. Quédate aquí.
—¡Aparta, bicho! —gritó la mujer—. ¡Soy de la familia!
Escucharon pasos rápidos y una cabeza se asomó al comedor. Una chica
rubia con la cara sucia sonrió encantada. —¡Sorpresa!
Johanna jadeó llevándose una mano al vientre y su marido la miró
sorprendido. —Cielo, ¿quién es?
—¡La loca, que me ha seguido! —dijo Edward levantándose—. ¡Fuera
de esta casa, chiflada!
La chica le miró sin comprender y enseñó todo el cuerpo entrando en el
comedor mientras todos la miraban estupefactos. Llevaba una camisa que en
alguna vida debió ser blanca y una falda marrón que no se pondría su criada ni
muerta. Sus botas de hombre estaban sucias como si hubiera caminado entre el
barro. La chica puso los brazos en jarras.
—¿No os llegó la carta de padre? —Se echó a reír. —¡Anda, si es verdad
que no sabe escribir, el muy ceporro!
Liss levantó una ceja y sonrió a su marido, que intentaba contener la risa.
La chica miró con sus ojos azules a Edward. —¡Pero si ta aquí el guapetón!
¿Cómo sabías que taría aquí?
—¿Qué ha dicho? —preguntó Susan sin salir de su asombro.
Rose carraspeó y forzando una sonrisa miró a su hija antes de levantarse.
—Cielo, ¿no saludas a tu prima?
Para asombro de todos, la rubia abrió los brazos mostrando el vello rubio
de debajo de los sobacos. —¡Ven aquí, mozuela! No nos habíamos visto nunca,
pero pa mí como si fueras mi mana.
—¿Su qué? —Susan no salía de su asombro.
—¿Tu prima? —preguntó Edward con asombro antes de mirarla de
nuevo.
Johanna carraspeó y forzó una sonrisa caminando hacia ella. —Tú debes
ser Michelle.
—¡La mismita! —Abrió más los brazos y Johanna se acercó forzando
más la sonrisa.
—¿Es una broma? —preguntó Edward atónito.
—Es hija de mi único hermano, Martin —dijo Rose nerviosa apretándose
las manos.
Henry gimió. —Vive en Arizona. En una mina de oro.
Johanna se dejó abrazar cerrando los ojos por el olor que despedía. Su
primo no exageraba ni un ápice. Se apartó como pudo y le dio una palmadita en
el hombro. —Bienvenida.
—¡Gracias, guapa! —gritó sobresaltándola.
—¿Y dónde está tu padre?
—¡Oh, se quedó en la mina! ¡Paque no nos roben! ¡Tamos forraos y me
dijo, Michi, vete a la madre patria a buscar marío, pa que ningún chulo nos afane
las ganancias!
Alex se echó a reír a carcajadas mientras su mujer le daba un codazo.
—¿Ha dicho marido? —preguntó Susan mirándola de pies a cabeza.
—Me pondré finolis para pillar un buen mozo. —Se acercó a la mesa y
cogió un bollo para metérselo en la boca. Con la boca llena continuó —No será
difícil. Si tu pillaste marío a mí no me costará na. —Michelle miró a su
alrededor y le guiñó un ojo a Alex. —Aquí hay mozos de mu buen ver.
—Madre mía —dijo Johanna tras ella.
—Este está casado, bonita —dijo Liss con una sonrisa falsa en los labios.
—Vaya, ¿y tú? —Miró a James.
—¡Es mi marido!
—Prima, qué buen mozo. Yo quiero uno como ese. Uno bien grandote.
¿Dónde lo encontraste? —Alex se echó a reír mientras Michelle señalaba a
Edward. —Aquel tien un carácter… —Abrió los ojos como platos. —No le he
gustao nada. No me había pasao nunca.
—Querida, ¿por qué no vas a asearte? —Johanna le hizo un gesto a
George que se acercó con un banyo en la mano y una maletita de cuero. Era
obvio que allí no llevaba un vestuario adecuado. —Debes estar agotada del viaje
y un baño te vendrá de perlas para descansar.
—¡No, si yo duermo en cualquier parte! —Le dio un golpe en el hombro,
que Johanna trastrabilló cayendo al suelo al pillarla desprevenida.
—¡Jo! —James corrió hacia ella y la recogió del suelo.
—Madre mía, James —susurró rogándole con la mirada—. ¡Haz algo!
—¿Y qué quieres que haga?
—Qué delicadita que eres —dijo Michelle doblando la espalda para
mirarla—. ¡Hay que comer más! ¡Tas en los huesos! —Miró a todos en la mesa y
cogió otro bollo dándole un mordisco. —¿No comen más? ¡No hay que tirar el
rancho! —Cogió con la mano la tarta de Elizabeth y se la metió en la boca
dejando toda la nata alrededor de sus labios. —Esto ta bueno. ¿Qué es?
—Tarta —respondió Liss sonriendo—. De fresas con nata.
—Mmmm. —Miró a Susan que empujó el plato de su postre con el dedo
índice. Michelle sonrió mostrando la nata antes de dar otro mordisco a la que
aún tenía en la mano.
George carraspeó. —Señorita, si me acompaña. Haré que le sirvan la
cena en su habitación.
Michelle no se dio por aludida mientras James levantaba a Johanna.
—¡Te están hablando a ti, paleta! —dijo Edward exasperado.
La chica parpadeó cogiendo el pedazo de Susan. —¿Qué? ¿Me has
llamao paleta? —Se agachó y todos estiraron el cuello para verla aparecer con
un revólver enorme. Todos gritaron apartándose de la mesa mientras apuntaba a
Edward. —Repite eso, chulo.
Edward puso los ojos en blanco. —No va a disparar. ¡Sacó su arma al
menos diez veces en el barco y no disparó a nadie!
Michelle se pasó la mano por la cara sacando la lengua para limpiar la
palma. —Puedo pegate un tiro entre ceja y ceja por mucho guapetón que seas.
—Michelle, baja el arma —dijo Rose exasperada—. Eres igual que tu
padre.
—Sí, ¿y qué? —Apuntó a su tía que chilló escondiéndose tras Henry, que
levantó una mano como si quisiera calmarla. —¿Qué os pasa?
—Chiquilla, ¿te importaría apartar el arma? —preguntó Alex divertido.
Michelle sonrió dejándola caer. —Vale, pero que naide mi ensulte.
—Nadie te insultará.
Enfatizó la última palabra, pero ella ni se dio cuenta mirando a Edward.
—A ti no te canto más.
—¡Menos mal! ¡Tus gallos no me dejaban dormir!
—Padre dijo que lo hago mu bien.
—Señorita, ¿me acompaña? El baño debe estar listo.
Michelle le miró con desconfianza y levantó el arma. —Deja la maleta.
El mayordomo la dejó caer al suelo y ella se acercó a la maleta sin dejar
de apuntarle. —Padre me dijo que no la tocara naide menos mi tío.
—¿Yo? —Henry miró atónito a su esposa. —Si me odia.
—¡Pero tú sabes de dineros! —Se acercó a la mesa y la abrió volcándola
sobre la superficie dejando ver pepitas de oro.
Asombrados dieron un paso hacia la mesa. —Son enormes —dijo
Johanna—. Pensaba que serían más pequeñas.
Henry cogió una de las pepitas que era tan grande como su puño. —
Tienes aquí una fortuna. ¿Y has viajado con esto?
—Pesa un poco. Pero padre me dijo que era lo mejor —dijo sin darle
importancia—. Y eto no es na. Migajas.
—Eres rica —dijo Rose sorprendida—. ¡Pero si tu padre no tenía donde
caerse muerto!
—¡Ya, pero conseguimos un filón! —Sonrió orgullosa subiéndose la
cinturilla de la falda antes de meterse la pistola en ella. —¿Te cuparás tío?
—Sí, vete tranquila. Hablaremos mañana.
—Tupendo. —Se volvió y cogió el banyo de manos de George. —
¿Dónde ta el catre?
—Arriba, señorita.
—¿Aquí toos sois finolis?
—Más o menos, señorita.
Johanna con los ojos como platos miró a su madre. —¿Cómo sabía que
estábamos aquí?
Rose Sherman se sonrojó. —Le envié una carta cuando te casaste.
—¿Querías restregarle que me había casado?
—¡Quería restregarle que eras condesa y que te habías casado bien!
¡Siempre dijo que mi matrimonio con Henry era una bazofia!
Liss miró a Susan. —Es obvio que no se soportan.
—Y que lo digas.
—Es un bruto insensible —dijo Rose molesta—. ¡Y a Henry por poco lo
mata de una paliza cuando le dijimos que nos habíamos casado!
Todos miraron a Henry. —Lo de bruto se queda algo corto. —Se volvió a
sentar mirando el oro. —Y ahora es rico. —Movió la cabeza de un lado a otro.
—Si es un borracho ignorante. Hay gente que tiene suerte en la vida.
—Pobre chica —dijo Susan—. ¿Habéis visto su aspecto? No sabe ni lo
que es el aseo, ni sabe hablar correctamente. ¿Cómo vais a presentarla en
sociedad?
James carraspeó. —No ha dicho precisamente eso. Sólo quiere un
marido. Tengo la sensación de que le vale cualquiera que cuide de sus dineros.
Liss miró a Johanna. —¿Y su madre?
—Desapareció —respondió Rose cuando Johanna se encogió de hombros
—. Y no me extraña. Si viven en una choza. Esa muchacha no ha visto una
bañera en la vida.
—Eso no es tan importante como su falta de modales —dijo Liss
preocupada—. Está asilvestrada.
—Asilvestrada —dijo Edward exaltado—. ¡No habéis visto nada! ¡A uno
del barco le mostró el trasero y os aseguro que no lleva nada debajo!
—¿Y para qué le mostró el trasero? —preguntó Johanna atónita.
—¡Para que se lo besara!
Las damas jadearon atónitas mientras los hombres aguantaban la risa. —
Es peculiar —dijo Nelson intentando no reírse.
—¡Peculiar! Ya veréis, ya.
—¡Señorita! ¡Tiene que meterse dentro de la bañera! —gritó Betsy desde
arriba.
—¿Paque? ¡Ta caliente!
Johanna se sentó en la primera silla que pilló. —Ay, madre.
—No te aflijas —dijo Liss.
—¿Cómo no me voy a afligir? ¿La has visto? Es rica. ¡No la puedo casar
con cualquiera!
—¿No estarás pensando en casarla con un noble? —preguntó su marido
atónito.
Johanna miró a su marido fijamente. —Puede que no la haya conocido
hasta hoy, pero es de mi sangre. ¡No pienso casarla con cualquiera!
—Bien dicho, hija —dijo Henry—. Su padre puede ser una fiera, pero es
tu prima y hay que protegerla.
Liss sonrió. —Entonces tenemos nuevo proyecto.
Alex se echó a reír. —Ya decía yo que no os podíais quedar tranquilas.
Nuestras mujeres no.
Rose gimió dejándose caer en la silla. —Nunca estaremos tranquilos,
¿verdad?
—¿Pero qué rayos haces, mujer? —gritó Michelle desde arriba—. ¡Saca
la mano de ahí o te pego un tiro! ¡Ahí solo me tocará mi marío!
Todas se pusieron como un tomate mientras los hombres se reían y
Edward ponía los ojos en blanco. Se acercó a su prima y se acuclilló ante ella. —
Que no te parezca mal, cielo. —Johanna le miró atentamente. —Pero yo me
mudo a un hotel.
—¡No puedes irte!
—¡He pasado unos días horribles al lado de esa mujer! ¡Ya he tenido
bastante!
—Edward, al menos se está lavando —dijo Alex intentando ayudar a su
amiga.
—Oh, si eso es lo de menos… ya lo veréis.
—¡Tienes que quedarte! —protestó Johanna disgustada. James dio un
paso hacia ella y le acarició el hombro mirando a Edward como si quisiera
cargárselo. Edward carraspeó sin dar su brazo a torcer—. Ya verás cómo en
cuanto la domemos un poco se comporta. Solo necesita unas reglas básicas. —
La pobre buscó a su alrededor y Susan dio un paso adelante haciéndola sonreír.
—Tenemos a Susan y a mi madre. Son unas profesionales de la buena educación.
—Explícame algo, Rose —dijo Liss—. ¿Cómo es que tu hermano salió
así y tú…?
—Oh, tenías que haberla visto cuando la conocí. Era prácticamente como
Michelle.
—¡Henry! ¡Eso no es cierto! —dijo ofendida sonrojándose mientras
todos la miraban atónitos—. ¡Yo no comía con las manos y me aseaba!
—Era otra época y los dos éramos pobres —dijo Henry—. Fuimos
aprendiendo a medida que lo íbamos necesitando, trabajando como mulos.
—Os admiro mucho —dijo Alex—. Es sorprendente lo que el esfuerzo
puede conseguir.
Johanna sonrió asintiendo antes de mirar a su primo a los ojos. —Por
favor… Hace dos años que no nos vemos.
—Está bien. Pero que no se me acerque.
—No, si a ti ya te ha descartado como marido —dijo James satisfecho—.
Pobre de quien le eche el ojo. Si es parecida a mi Jo, y tengo la sensación de que
sí, no tiene escapatoria.
Johanna se sonrojó con fuerza mientras los demás se reían. —Muy
gracioso, mi amor.
—No ha sido nada.
Capítulo 2
Michelle sentada en la cama ante el fuego, miró la manga de su camisón
con el ceño fruncido. La puntilla desde encima del codo hasta el puño era
prácticamente transparente y muy ligera. —Esto no abriga. Menudo desperdicio.
¿Pa qué hacen un camisón que tien gujeros?
Miró a su alrededor. Se levantó para acercarse a un tocador que tenía tres
espejos y su imagen se reflejó en ellos. Su cabello rubio platino caía en hondas
hasta debajo del trasero y se acarició la mejilla sonrosada después del baño como
si la imagen que veía no se correspondiera con ella. Se tocó el camisón y se
sobresaltó cuando llamaron a la puerta. Avergonzada corrió hasta la cama y se
cubrió con las sábanas.
—¿Si?
La puerta se abrió y su prima entró en la habitación sonriendo. —¿Estás
cómoda?
Michelle abrió los ojos como platos. —¿Cómoda? Eto es mu lujoso. No
sabía que eras tan rica.
Johanna se sentó en la cama maravillada por lo que un baño había
conseguido. Era muy hermosa y su cabello ahora limpio, era muy llamativo. —
Tú también eres rica. Debes aprender a administrar lo que habéis ganado.
Michelle asintió. —Sí, no puedo dejar que pa se lo beba to.
—No, por Dios.
—Con tanta puta y tanto whisky, no me quedaría na en unos años.
—Exacto. —Se miraron a los ojos. —No nos parecemos en nada.
—No. Pero eso es por fuera.
—Cierto. Somos de la misma sangre. —Johanna carraspeó. —Así que
necesitas marido…
—Padre no quería un charrán. Me he deslomao pa conseguir ese oro y
naide me lo va a quitar.
Johanna decidió ser firme porque al fin y al cabo era de la familia y no se
andaban por las ramas. —Pero para conseguir un buen marido en Inglaterra,
tendrás que seguir unas reglas.
Michelle asintió. —Soy virgen.
—Bueno, eso también. Pero debes comportarte de una manera para que
te acepten.
—Si te han aceptao a ti, a mí también, ¿no? —dijo algo ofendida—. Soy
americana y tengo cuartos.
—No es por eso, Michelle. Yo he recibido cierta educación que me hace
una igual, ¿entiendes?
—¿Tengo que ser como tú?
—Sí, más o menos.
—Sé leer. Le leí la carta de la tía a pa. Taba medio borracho, pero la
entendió toa y por eso me dijo que…
—¡Ya, pero no puedes comportarte como lo has hecho en el comedor!
¡No te aceptarán!
—¡Pero tengo cuartos!
—¡No seas cabezota! —gritó perdiendo la paciencia—. ¡Harás lo que yo
te diga!
Michelle entrecerró los ojos como si estuviera a punto de lanzarse sobre
ella y Johanna se puso en tensión. —Ni se te ocurra o te rajo. —Antes de que
Michelle se moviera, Johanna sacó el cuchillo que siempre llevaba en su
pantorrilla y se lo puso bajo la barbilla sorprendiéndola.
—Eres rápia.
—No sabes cuánto. ¿Ahora me vas a escuchar?
—No tengo más remedio.
—Pues eso. ¡Aprenderás a hablar, a comer y a todo lo que yo o las demás
te enseñemos y no protestarás!
—Ya sé hablar.
—¡Y no refunfuñes! ¡No es de señoritas!
—¿Así que tengo que ser finolis para gutar a un macho como el tuyo?
Más relajada quitó el cuchillo. —Aquí las cosas son así. Cuesta un poco
al principio, pero te acostumbrarás.
—No sé si me gusta eto. —Miró a su alrededor. —En mi choza hago lo
que quiero.
—¡Pero es que una señorita no puede hacer lo que quiera, Michelle! —
Nunca se imaginó que diría esa frase, pero con ella tenía que ser dura. —Mañana
empezamos. Te traerán unos vestidos y harás caso a Betsy cuando te vista, ¿me
oyes?
—¡Esa chica no me gusta! ¡Me ha lavado too el cuerpo! ¡No es decente!
—Abrió los ojos como platos. —Me ha dicho que se lava tos los días. Eso no
pue ser sano.
—¡Lo que no es sano es no lavarse, al menos para mi nariz! A partir de
ahora te bañarás al menos cada dos días y no hay más que hablar. —Fue hasta la
puerta mientras su prima gruñía. —Ahora descansa que mañana tenemos mucho
trabajo.
Michelle chasqueó la lengua mirando la puerta por donde había salido su
prima. Lavarse todos los días. Menuda locura.
Se tumbó en la cama, pero como no podía dormirse de la excitación se
volvió a sentar. Al ver su banyo saltó de la cama y lo cogió para sentarse al lado
de la ventana. Empezó a tocar con estridencia y a cantar una canción que su
padre le había enseñado, soltando unos gallitos que ponían los pelos de punta. La
puerta se abrió y apareció Johanna con el vestido desabrochado en la espalda.
Mirándola como si fuera a la guerra se acercó a ella con grandes zancadas y le
arrebató el banyo. —¡A dormir!
—Vale. —Atónita vio que se iba con su instrumento. —Pero…
—¡He dicho que a dormir!
Michelle suspiró dejando caer los hombros y fue hasta la cama. Johanna
desde la puerta la vio arroparse. —Y no quiero oír una mosca hasta mañana, ¿me
oyes?
—Sí, prima.
Johanna volvió a su habitación haciéndoles un gesto a todos los que
estaban en el pasillo observándola. Edward la miró como si fuera su heroína. —
Gracias, gracias.
—Es muy fácil de manejar. Solo hay que ser firme.
Rose sonrió aliviada pero cuando Johanna entró en su habitación dejando
el banyo apoyado en la pared, James sonrió desde la cama. —Cielo, a mí me
gustaba.
—Muy gracioso.
Entonces escucharon una armónica y Johanna puso los ojos en blanco
haciendo reír a su marido a carcajadas. Volvió a salir de la habitación y la verdad
es que con la armónica no lo hacía mal, pero no podía consentir que no dejara
dormir a toda la casa. Cuando entró en la habitación Michelle sentada sobre la
cama escondió la armónica debajo de la almohada. —¡Dámela!
—¡Johanna!
—¡Dámela!
—¡Es que no me pueo dormir!
—¡No puedes tocar cuando todo el mundo está intentando dormir!
¡Dámela!
—No la tocaré más. —Juntó las manos suplicando con sus ojos azules
que se la dejara.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.
—Muy bien. —Cogió sus faldas dándose la vuelta. —Que no tenga que
volver.
—Vale.
Volvió a su habitación con ganas de matar a alguien y su marido se echó
a reír. —Me lo voy a pasar estupendamente.
—Espero que no tenga un silbato escondido por algún sitio. —
Exasperada se quitó el vestido y los faldones mientras su marido la miraba con
deseo.
—Ven aquí, preciosa.
Johanna se detuvo en seco y entrecerró los ojos. —¿Oyes eso?

 

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