Perdida entre tus recuerdos de Moruena Estríngana

Perdida entre tus recuerdos de Moruena Estríngana

A compartir, a compartir! Que me quitan los posts!!

***SOLO HOY ¿Un último baile, milady? de Megan Maxwell 

Regresa Megan Maxwell con una novela romántico-erótica tan ardiente que se derretirá en tus manos.

Sexo. Familia. Diversión. Locura. Vuelve a soñar con la nueva novela de la autora nacional más vendida...

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Perdida entre tus recuerdos de Moruena Estríngana pdf

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Calíope ha empezado a trabajar para Cole, a quien conoció en un viaje universitario.
Pero él no la recuerda tras el paso de los años, y desconoce que compartieron esos días juntos.

Un pasado oscuro marcado por amargos recuerdos y por un futuro que no parece muy
esperanzador. Calíope debe empezar a vivir si quiere olvidar aquello que la sumió en las
pesadillas que revive cada noche.

Desea ser amada, pero teme que sus fantasmas nunca la dejen ser feliz. Unos fantasmas
que la persiguen desde la distancia y que no la quieren abandonar.
Cole se convertirá en el faro que alumbra la oscuridad que la invade, con paciencia…

¿Cuándo se darán cuenta de que ambos se buscan porque se
necesitan?
Para descubrirlo, solo debes adentrarte en esta historia que te mostrará que el
amor, si es de verdad, solo espera el momento oportuno para llegar a los brazos del ser
amado.

»LEER

Prólogo
Calíope esperó a Cole en el mismo lugar donde se había conocido hacía unos días. Le parecía increíble la cantidad de cosas que había vivido en tan poco tiempo. En los veinte años que tenía nunca se había sentido tan viva, ni había sentido tanto por alguien.
La atracción era evidente entre los dos, aunque ninguno había hablado de amor.
No tenía sentido que Cole le atrajera de esa manera. Era mirarlo y sentir que él podía ser el amor de su vida. Era una locura, y acostarse con él la pasada noche había sido precioso y a la vez intenso. Fue su primera vez, y ahora mismo sentía que flotaba.
Había ido por un viaje de la universidad. Le había costado apuntarse, porque siempre encontraba más diversión entre los libros y estudios que con la gente, y sus padres tampoco es que se lo pusieran fácil. Pero ahí estaba y, sin saberlo, se había visto arrollada por un sentimiento del que algunos podrían llamar amor a primera vista.
Ella era más real y prefería darle al tiempo el poder de saber si era amor, porque las mejores historias de amor se cuecen a fuego lento y tras descubrir cada uno de los defectos del otro.
Nunca había amado a nadie. No sabía lo que era, pero sí sabía que, si un día llegaba a mar, lo haría para siempre. Por eso lo quería todo: lo bueno y lo malo. Para hacerlo real.
Esperaba que con Cole tuviera tiempo para eso.
Habían quedado para verse antes de irse y planear juntos cómo quedarían luego para seguir con su historia.
No tenía forma de localizarlo.
La verdad es que era un chico muy intenso, y siempre se estaba riendo. Todo le hacía gracia. Claro que habían estado de fiesta y bebido mucho, por lo que su estado, tal vez, se debiera a eso.
Cole le había dicho que venía de una buena familia, lo que era perfecto porque sus padres querían obligarla a tener citas con los hijos de sus amigos y, así, todo eso se acabaría si Cole cumplía su promesa.
Quería a sus padres, porque eran sus progenitores, pero no porque se lo hubieran currado alguna vez, y hacía tiempo que sentía que vivir bajo sus normas era casi igual que estar en una cárcel. Querían organizar toda su vida sin importar lo que ella deseara, y Calíope quería descubrir el mundo… aunque, por culpa de sus padres, vivía aterrada de todo lo malo que le podía pasar.
Pero todo iba a ir a mejor. Lo sentía así. Lo había visto cada vez que se perdía en los ojos verdes de Cole.
Y allí estaba; esperándolo cerca del muelle.
Con el paso de las horas su sonrisa se borró y la certeza de que Cole no aparecería se acrecentó en su pecho cada vez más. Sentía que la habían engañado. Tal vez para acostarse con ella, porque tras tres días de besos robados, solo la noche anterior había aceptado ir a su cuarto. Debió de haberse dado cuenta de que algo no iba bien cuando al despertar no estaba y había solo una nota donde decía que la citaba en el muelle.
La noche cayó y regresó al hotel de Cole.
Llamó a su puerta y apareció un hombre que no era Cole.
—Perdón me he equivocado… Buscaba al chico que se alojaba aquí antes.
—Se habrán ido porque a mí me han dado este cuarto. Lo siento, bonita.
Calíope asintió y lo buscó sin éxito por los lugares que frecuentaba.
No estaba. No había ni rastro de él. Se había marchado, y ella se sentía muy tonta por haber creído que esta locura la vivían los dos. Solo la quería para el sexo y nada más. Solo quería de ella su virginidad, porque la primera noche le dijo que nunca se había visto atraído por una chica virgen.
El odio creció en su pecho, porque era más fácil vivir odiando que recordar que por un segundo creíste que podías amar.
Y lo peor estaba por llegar…
***
Eso no era lo peor que iba a vivir en su corta vida.
***
Años más tarde
—Si le cuentas a alguien esto, no te van a creer.
—¿Es una amenaza?
—Es un consejo.
Calíope lo vio alejarse sabiendo que su vida ya nunca volvería a ser la misma. Estaba rota. Destrozada y no era capaz de poder recomponer los pedazos que quedaban de ella. Tal vez, debía aceptar que nunca se sentiría completa de nuevo.
Capítulo 1
Cole
Mis padres se han jubilado, y lo primero que han hecho es irse de viaje para desconectar de todo. De hecho, solo podemos llamarlos para ver cómo están, para decirles cómo estamos, pero no quieren saber nada de trabajo. Nos han indicado que nos apañemos nosotros solitos. Mi sobrina es la única que tiene vía libre para llamarlos cuando quiera y hacer videollamadas con ellos. Sé que es lo que más extrañarán de este sitio.
Yo he estado un año fuera, en un importante trabajo para conseguir fondos para la empresa. Mi padre nos ha dejado un buen fondo y no creo que tengamos problemas, pero no podemos olvidar que estamos en crisis y que toda precaución es poca. Tenemos que ser cautos e ir con pies de plomo.
Aparco el coche cerca de mi nueva casa. No la he visto salvo por las fotos que me mandaba mi hermana Valeria. Su casa está muy cerca y hemos construido un muelle próximo al lago que comunica las dos viviendas.
Todo está dentro de un cercado, donde compartimos jardines y piscina. Pasamos por la misma entrada, pero cada uno tiene su propia casa. En medio de las dos construcciones hay un parque infantil. Idea de Eros, ya que ha decidido que quiere tener muchos hijos. Lo complicado va a ser convencer a mi hermana porque, aunque quiere ser madre, ahora que somos los tres jefes de la empresa familiar, está más estresada que nunca.
Gus, nuestro hermano mayor, lleva todos los temas de construcción; yo, al ser arquitecto, hago los planos y apruebo que las obras que reformamos sean rentables, y mi hermana diseña el interior y vigila que todo salga como desean los dueños.
Mañana es la inauguración de la nueva empresa. Le hemos cambiado el nombre. Idea de mi padre para que nadie le moleste. En verdad se merecen tener este descanso tras tan duro trabajo.
Salgo del coche y cojo mi maleta. Todas mis cosas están ya en la casa y mi hermana la ha decorado como sabe que me gustaría. Me mandó las llaves por correo.
A Valeria no se le pasa nada.
Ando hacia la puerta de mi casa y abro.
Al entrar lo veo todo como imaginé: techos altos, espacios diáfanos y mucha luz. Es increíble ver cómo tus ideas cobran vida. Es algo que nunca deja de sorprenderme y más con el hogar de mis sueños.
Dejo la maleta y reviso toda la casa. Está todo perfecto y listo para entrar a vivir. La cama de matrimonio es grande —odio las camas pequeñas— y con un gran ventanal que da al precioso lago artificial que mandaron construir los abuelos de Eros.
Una prueba de amor y que ahora está lleno de belleza.
Me siento en la cama tras un largo día de trabajo y mi idea es la de descansar, pero el timbre de la puerta suena. Me toca bajar a abrir.
Miro quién es y abro la puerta a mi cuñado Eros que ha traído unas cervezas frescas.              —Bienvenido —me dice entrando a mi casa—. Espero que todo esté como querías. Me ha tocado hacerlo a mí.
—¿Y Valeria?
—¿Atacada con la inauguración? —Sonríe cuando asiento—. La adoro, pero nunca creí que encontraría a alguien que trabajara más que yo.
—Valeria odia los imprevistos. Por eso se anticipa a todo. A ver si ahora que he vuelto para quedarme, se relaja.
—Lo espero de verdad y para celebrar tu vuelta, he traído cervezas y una bolsa de patatas. Son sin alcohol.
—Gracias. No me gusta mucho beber alcohol, lo que sabes porque te lo habrá contado mi hermana.
—Sí, también me ha contado que tienes un pingüino tatuado muy ridículo y que no sabes por qué.
—¿Y que perdí la virginidad a los dieciséis? O eso ya es demasiado. —Asiente—. Joder…, no sé si alegrarme porque sepas tanto de mí o molestarme.
—Si no me lo cuenta tu hermana, me lo cuenta Lena que, desde que está con mi mejor amigo, pasa mucho tiempo en mi casa. A Zeus le encanta ver los patos que hay en el lago. Les da de comer.
—Sí, menudo par de dos. ¿Algo más que te hayan contado? Solo he estado un año fuera y pareces saberlo todo de mi vida —lo pico y asiente. Sé que seguramente lo sabrá todo de mí.
Al menos todo lo que muestro al mundo. Hay una parte que nadie conoce, porque es más fácil que la gente lidie con mis cosas buenas y mis sonrisas que con lo que me inquieta.
Vamos a la isla de la cocina y Eros me dice dónde está el abridor.
Abro las cervezas y me siento frente a él.
—Solo que Calíope te conoce y tú no la recuerdas —dice, siguiendo la conversación de las cosas que sabe de mí—. Te aviso que ahora es íntima de Lena y Valeria.
Pienso en Calíope. Nuestra secretaria. El pelo lo tiene castaño, tirando a rubio y los ojos grandes y violetas. Es preciosa. No acordarme de ella me sorprende. Me acuesto con mujeres de una noche, pero nunca me ha pasado no recordar a una u olvidar su nombre. Siempre me acuerdo de todas. Le he estado dando muchas vueltas a cuando la pude conocer y solo hay una etapa de mi vida que he olvidado por culpa de pasarme casi una semana sin dormir, bebiendo sin parar y de fiesta hasta que casi me maté por un coma etílico. Desde ese día, bebo lo justo y si puedo evitarlo, no pruebo nada de alcohol.
Despertar en el hospital sin recuerdos y con mi madre llorando, es una de las experiencias más horribles que he vivido nunca. Mi madre creyó que me moría y el dolor que vi en sus ojos, se me clavó como una daga en el pecho.
Olvidé todo. No recuerdo qué pasó o qué hice. Ni cómo llegó mi tatuaje a ese lugar.
Tengo que hablar con Calíope. Tras darle muchas vueltas, la única explicación es que nos conociéramos en ese viaje. Por eso no digo nada a Eros, porque si olvidé a Calíope, la primera que debe saber qué pasó es ella y más si vamos a trabajar juntos.              —Me alegro por ellas —respondo y me guardo el resto para mí.
Eros se queda un rato viendo un partido en mi gran tele. Una que se esconde en un mueble para cuando no quiero que la tecnología rompa la magia del lugar. Soy más de leer un buen libro que de ver la tele. Por eso tengo una biblioteca con todos los libros que he ido coleccionado desde niño en mi despacho.
Cuando Eros se va, me doy una larga ducha y me acuesto. Estoy agotado y mañana me toca arrimar el hombro, además de tratar que mi hermana Valeria delegue. Tenemos que hacer esto juntos. Somos un equipo y no puede agobiarse tanto.
Pero eso mañana. Ahora solo pienso en dormir.
Capítulo 2
Cole
Llego a la empresa familiar el primero. El nuevo estilo me encanta. Tiene más luz, el edificio es más moderno y da la sensación de que estamos listos para emprender el deseo de cada cliente.
Hay una pared con algunos de nuestros proyectos; de cómo eran antes y cómo han terminado siendo tras la restauración. Fue mi idea. Me gusta ver cómo cambian las cosas. Mi padre tenía las fotos, pero no las tenía expuestas, y pensé que así estarían mejor.
Voy hacia mi despacho, donde pone mi nombre en la puerta.
Se me hace raro, porque antes siempre me ponía donde podía y mi padre tenía habitaciones para usarlos sin nombre y sin orden.
Ahora está todo cuidado al mínimo detalle, lo que seguro que es cosa de mi hermana.
Tengo un cómodo sofá, una librería, un archivador y la mesa de despacho. Hay también una mesa alta e inclinada donde me gusta trabajar en mis proyectos, y que está cerca de la ventana. Además, hay plantas. Me gustan los lugares con plantas. En mi casa hay varias preciosas.
Lo reviso todo para hacerme con el lugar.
Me siento tras la mesa y enciendo el ordenador, momento en el que escucho las voces y la risa de mi hermana hablando con Gus. Al poco los tengo en mi puerta.
—El hijo pródigo ha vuelto —dice mi hermano antes de abrazarme, cuando me levanto para recibirlos.
—Yo también os he echado de menos, aunque sé que vosotros a mí más porque sin mí nada es igual —lo pico.
—Ya será menos —me dice Gus.
Valeria me abraza.
—Ayer estuve de cervezas con tu marido.
—Con mi marido. ¿Recuerdas que no pudiste venir a mi boda? No sé cómo te lo perdono.
—Te dije que no podía ir en esas fechas, ¿lo recuerdas?
—Sí, pero el tío de Eros se puso muy enfermo y temíamos que muriera. Deseaba tanto acudir a la boda, que lo adelanté todo.
—¿Va mejor? —pregunto.
—Sí, al final se quedó en un susto. Me alegro porque Eros lo pasó muy mal cuando pensó que lo perdía.
—Sabes que te perdono —la pico—, pero ahora que estoy aquí, podemos quedar en tu casa una tarde y me pones el vídeo de la boda.
—Eso será si Valeria recuerda que el tiempo libre existe.
—Eso —apoyo a Gus.
—Idos un poco a la mierda —nos dice nuestra hermana—. Si queremos que esto salga bien, el tiempo libre está sobrevalorado.
—Y que caigas enferma por estrés, también —indico—. Ahora que estamos los tres juntos en esto, tenemos que remar a la vez. Somos un equipo, Val, y los fines de semana nadie trabaja. —Me mira desafiante—. Nadie o me marcho ya.
—Vale, pero como esto se vaya a la mierda y no pueda pagar mi casa, y vivamos en la calle cada día de mi vida, te recordaré que fue por tu culpa —me apunta con el dedo y se marcha.
—Joder, está peor de lo que imaginaba —le digo a Gus.
—Sí, o esto mejora o le va a acabar dando una úlcera.
—¿Y sabes por qué?
—Pues Lena cree que es por algo de tener hijos, pero tiene unos objetivos antes de ello. Ha visto como a su amiga le ha cambiado la vida con Zeus y como a Lena le cuesta llegar a todo… Eso, o que está ya embarazada y no se lo quiere decir a nadie porque espera dejarlo todo listo antes de coger la baja. Yo creo más que es la segunda opción por los cambios de humor repentinos. Mi mujer los tenía igual.
—¿Todo eso te ha dicho Lena?
—Sí, me lo contó un día cuando a Valeria le dio por no dormir en toda la noche para organizar archivadores por fechas. Eros estaba de viaje con su padre y su madrastra, y Lena me llamó al ver luz en la oficina a las cuatro de la mañana. Ella había salido a tomar algo con sus amigas del hospital y nadie le abría —me explica—. Temía que fuera un ladrón y también llamó a Hector que, tras dejar a Zeus con su suegra, vino para ver qué pasaba. Cuando abrió la puerta, era Valeria. Estaba con los cascos puestos y, por lo que parecía, no paraba de tomar café. La obligamos a irse a la cama y Lena me dijo, mientras Valeria recogía todo, que creía que era por eso. Parece tener muchas prisas por adelantar trabajo.
—Joder, la cosa está mal. Voy a ver si puedo quitarle carga. Yo de interiores sé algo y puedo ayudarla. Si está embarazada, tiene que cuidarse, Gus. No podemos dejar que caiga enferma y pierda al bebé.
—Si no te muerde, es toda tuya, y no, no podemos dejar que le pase nada.
Escuchamos la puerta abrirse y pasos. Miro hacia donde están las mesas de los trabajadores y observo que acaba de llegar Calíope. Deja sus cosas y nos mira.
Noto la tensión brillar en sus preciosos ojos violetas.
—Y tú ya puedes ir recordando de qué la conoces —me dice Gus al oído antes de volver a su despacho.
Me acerco a Calíope sabiendo que no puedo ignorarla. Es muy bonita. Lleva el cabello en una tiesa coleta, y va vestida de manera formal, aunque sus curvas se pueden apreciar bajo la ropa. Me encantan las mujeres que no ocultan su belleza a pesar de no entrar dentro de la moda convencional. Ella tiene todo para enamorar a cualquier hombre, aunque no es alguien en quien yo me fijaría. Por alguna extraña razón siempre me atraen las rubias platino. No sé por qué.
Calíope clava su mirada en mí y, aunque no es mi tipo, tiene algo que me atrae; algo que hace que sus diferencias me parezcan hermosas. Tal vez es lo que vi hace años y por eso di un paso más con ella. Porque si me mira con tanto odio, es porque pasó algo entre los dos. Algo que quiero descubrir como sea, aunque tal vez nunca recuerde a qué sabía su atractiva boca cuando la besaba.
—Hola —la saludo.
—Hola. ¿Quieres que te ayude con algo? —me pregunta mordaz.
—Me gustaría hablar contigo. Si no te importa, en mi despacho.            
Duda, pero al final asiente y coge su carpeta para tomar notas.
Anda hacia mi despacho con paso seguro. Sus tacones resuenan contra el piso marmolado que de tan pulido que está parece un espejo.
Entra en la habitación y yo tras ella.
Cierro la puerta y noto como se tensa levemente por tenerme cerca. Por eso abro la puerta de nuevo y noto cómo se relaja.
«Genial, la pongo nerviosa».
—Quiero pedirte perdón por no recordarte.
—Me da igual. Solo quiero hablar de trabajo.
—¿Te conocí hará unos once años de viaje en un complejo hotelero junto a la playa? —Por su mirada sé que he dado en el clavo—. Vale, he notado que sí y quiero decirte que he olvidado todo lo que hice en esos días porque iba muy borracho.
—No lo parecías —dice seria, confirmando que fue ahí cuando nos conocimos.
—Ya, no se me nota cuando voy borracho y yo me sentía bien porque seguía bebiendo y no durmiendo… Había tenido algunas borracheras buenas, pero nunca había acabado en Urgencias por un coma etílico que casi me mató. —Algo cambia en su mirada. No sé bien si es preocupación.
—Te jodes por borracho —me responde fría, y reconozco que su forma de decirlo me ha hecho gracia.
Escondo la sonrisa que casi se me escapa.
—Si, era un gilipollas y, si te hice algo malo o nos acostamos… Siento no recordarte. De verdad. Siempre me acuerdo porque me gusta no olvidar a las mujeres que han sido parte de mi vida, aunque solo sea una noche.
—Es pasado. Ahora sé por qué no me recuerdas y que eres un borracho. Algo que odio de una persona. Así que tranquilo, mientras solo me hables para el trabajo, todo irá bien. —Me mira seria y su nariz se arruga de forma graciosa.
Cuanto más tiempo paso con ella, más cosas encuentro que me llamaron la atención. Sus graciosas pecas de la nariz entre ellas.
—No soy un borracho. Tras esa noche no bebo. Solo si es necesario. Era joven y estúpido. Me creía invencible.
—Me importa muy poco. —Veo tal frialdad en sus ojos que me quedo helado; como si saber todo esto, no removiera nada en ella.
Viendo la forma en la que me mira con resentimiento, que saber la verdad le haga reaccionar así, no lo esperaba. No sé qué esperaba, pero no esto. Vi cómo reaccionó hace un año cuando me vio. Le cambió el gesto, pero ahora saber que la olvidé porque casi me maté, no ha removido nada en ella. Lo que me deja claro que tal vez no hicimos nada y yo he estado imaginando cosas. Me deja más tranquilo saber que no intimamos, porque odiaría haberme olvidado de ella. Si me acuesto con alguien, quiero recordarlo; que Calíope fuera la primera que olvidara, no me hacía gracia.
Pero dudo que pasara nada de eso.
Cuanto más tiempo pasamos juntos, más tensa se pone y me mira con tal frialdad que me hace pensar que le soy indiferente.
«Tal vez sea lo mejor», pienso, pero algo en mi interior me dice que hay mucho más de lo que parece. No la recuerdo, pero lo siento así.
—Vale, pues aclarado eso, te pido perdón si te hice daño y podemos dejar esto a un lado para empezar a trabajar —se lo digo de forma fría porque, visto lo visto, tal vez sea lo mejor.
—Como quieras. Ya sabes dónde encontrarme. —Se marcha a su lugar de trabajo.
Algo no me encaja. Hay algo raro en todo esto que acaba de pasar. Cuando le dije lo que pasó, vi en sus ojos un cambio y luego la frialdad más absoluta. Sé que no voy a poder dejarlo aquí.
***
Me hago enseguida con el control de todo.
Me estudio los casos que tenemos abiertos para ver cómo van. Todos los he revisado antes de venir, pero quiero comprobar ahora cómo va todo de verdad.
Salgo para prepararme un café y veo a Calíope en su puesto de trabajo tensa, mientras habla con un obrero que ha venido a por unas cosas. Cuando este trata de acerarse, ella se aparta y le sonríe.
Es entonces cuando me ve y su mirada se torna más fría si cabe.
Decido marcharme a la sala de empleados para prepararme el café.
Estoy tomándomelo cuando Calíope se acerca a la puerta.
—Te necesito.
—Y eso parece joderte mucho —rumio entre dientes.
—Soy una profesional. Es mi problema. Necesito que revises unos planos que me acaba de dejar Gus. Dice que los mires y lo llames. Él ha salido hacia esa obra.
Termino la bebida.
—Vale, vamos.
Anda hacia mi despacho.
Al llegar veo que ha dejado los planos ordenados sobre la mesa, listos para que yo lo vea.
Se aparta a un lado y se pone cerca de la puerta. Una vez más dejando claro que no me tolera.
Su perfume inunda la estancia. Huele a frambuesas de una forma muy sensual que me gusta, y que no me es indiferente; como si ya lo hubiera olido antes. Me pregunto si no la recuerdo a ella, pero sí a su perfume.
Me centro en los planos. Veo algo que se ha modificado y no por mí. No me cuadra en el diseño. Me siento tras el escritorio y hago mis cálculos. Si eso se queda ahí, la estructura será débil.
—Esto está mal. Llamaré a Gus para hablarlo con él. Puedes irte si quieres.
—Perfecto. —Se marcha cerrando la puerta como si así evitara que la moleste en un rato. Dudo que lo haga para darme intimidad, cuando parece que estar cerca de mí le tensa tanto.
Llamo a mi hermano y le explico que esa modificación no puede ser así.
Lo hizo su jefe de obra asegurando que no pasaba nada por el cambio que sugería el dueño. Como es idea del dueño, me lo pasa y hablo con él sobre lo que implica el cambio.
Se pone algo difícil al asegurarme que le han dicho que podía llevarse a cabo y que le gustaba más esa idea.
—Yo no puedo aprobar esta obra. No, cuando la seguridad de los que vivan en ella está en juego. Si quiere seguir adelante con ella, búsquese a otra empresa que no prime antes la seguridad que la belleza estética.
Se queda callado. —¿Tan peligroso es?
—Sí —afirmo tajante.
—Vale, la seguridad de mi familia está por encima. Me fio de su palabra. —Recula y todo se queda como estaba.
Cuando Gus regresa, le digo que nunca más deje que su jefe de obra haga algo así. Esto solo nos deja con el culo al aire.
Gus me da la razón y me indica que ya ha hablado con él para decirle esto mismo.
Son los mejores trabajando. Sé que Gus solo tiene a los más competentes, pero a veces se toman libertades que pueden poner en peligro toda la estructura. Un simple cambio puede desestabilizar todo un edificio. No se pueden tomar a la ligera las modificaciones porque mi meta siempre es crear y restaurar edificios que sean capaces de aguantar el paso del tiempo.
Al acabar el día, estoy agotado.
Me despido de Valeria y le pido que no se vaya tarde a casa.
Asiente, pero dudo que esté pronto en su casa.
Al salir de su despacho, veo a Calíope recogiendo sus cosas.
Al escucharme, se gira y su actitud cambia. Se tensa y eso me hace sentir mal, como si le hubiera hecho algo malo por no recordarla.
—Buenas noches —le digo amable, sabiendo que no recibiré el mismo trato.
—Buenas noches, Cole —me responde con algo que parece ternura y me sorprende.
Al girarme y quedarme cerca de ella, sus ojos muestran una frialdad que contrasta con sus palabras.
Se aparta fría y esto me deja aún más desconcertado, si cabe.
***
Los días siguientes la cosas con Calíope no mejoran.
Se tensa cuando me tiene cerca. Está claro que mi presencia le molesta.
El problema es que necesito su ayuda en varias ocasiones y la tengo que llamar. Siempre deja la puerta abierta y está cerca de ella.
Me hace sentir como un ogro. Nunca me ha pasado esto con una mujer. Para no dar importancia a lo que vivimos, está claro que le molesta mucho estar cerca de mí. Con Gus no le pasa; cuando lo tiene cerca, está relajada y con Valeria igual. Soy yo el causante de que esté así.
Los días siguientes no mejoran. Cada vez que me siente cerca, se pone tiesa, y cuando le mando algo, me dice un frío vale y se marcha casi corriendo.
Todo esto me tiene mosqueado. No recordarla no para de angustiarme, por si en los recuerdos que he perdido está la clave de que me trate así.
Me pregunto si pronto lo sabré. Espero que sí. No puedo seguir trabajando así.
Capítulo 3
Cole
Todo está listo para la fiesta de inauguración de la nueva empresa formada por mis hermanos y yo. Nuestros padres nos han hecho una videollamada para darnos ánimos. He visto a mi padre más relajado que nunca. Siempre estaba tan perdido en el trabajo que, verlo relajado tomando una cerveza con mi madre, me ha sorprendido y gustado al mismo tiempo. En la vida no todo es trabajar.
Entro a la empresa y veo a Calíope ir de un lado a otro con una carpeta, dejando en las mesas altas, que hemos traído para el evento, tarjetas de contacto. Hoy vendrá mucha gente que ya es cliente y otros que hemos invitado porque queremos que lo sean. Además, asistirán algunas personas influyentes del pueblo.
—Relájate —le digo al ver que se tiesa cuando me acerco.
Tenso la mandíbula al no poder hacer nada para que mi presencia no le moleste tanto.
—No puedo relajarme. Todo tiene que salir perfecto —Piensa que se lo digo por el trabajo, pero lo decía por su actitud con respecto a mí.
—Y lo hará. Ya lo verás. —Calíope me observa con frialdad y se marcha sin hacerme caso. Por un segundo he pensado de verdad que su frialdad hacia mí eran imaginaciones mías. Pero no es así.
Regresamos a la normalidad.
Debí de cagarla mucho con ella. Nunca alguien me ha observado con tanta dureza. Lo mismo fui un borracho pesado a su lado, aunque no se me suele notar cuando bebo. Tal vez esa vez sí… Yo que sé.
Voy al despacho de mi hermano Gus y veo a mi sobrina sentada sobre sus piernas. La pequeña de casi tres años sale corriendo al verme y me abraza con fuerza.
—Mi tío Col. —Siempre me ha llamado así.
—Mi princesa… —Le doy un besito y la abrazo con fuerza. Es a quien más he echado de menos estando fuera, la verdad—. No te quejarás. Menuda ayudante más guapa te has buscado.
—La mejor.
Mi sobrina regresa con su padre y voy a ver a Valeria.
La encuentro en su despacho con Eros, que la está ayudando. No sé si con el trabajo o a que no se vuelva loca.
—Relájate. Todo irá bien.
—No sé cómo puede ser así. Si no fuera por mí y por Gus esta empresa se iría a la mierda —estalla y miro a Eros que niega con la cabeza como diciendo: yo tampoco sé qué le pasa, y menos cuando se pone a llorar—. ¡¿Puedes por favor ir a tu despacho y ver que está todo listo?!
Eros coge a Valeria de los hombros y le seca las lágrimas mientras la observa.
Al final mi hermana se relaja y lo abraza.
—Todo irá bien —dice mi cuñado.
Me marcho a mi despacho para comprobar que todo esté bien otra vez. Que sea más alegre o despreocupado, no me hace menos serio. Lo que pasa es que yo no pienso en los problemas que pueden salir, sino en los que hay. Los arreglo y me relajo mientras no hay más. Es por eso por lo que la gente piensa que no me involucro.
Los invitados empiezan a llegar y salgo para hablar con ellos. Tengo don de gentes. Me gusta moverme entre ellos. Enseguida me fijo en dos o tres detalles de lo que hacen o cómo se mueven, y llevo la conversación por esos derroteros hasta quedarme con ellos.
Antes de que mi hermana salga a dar el discurso junto con Gus, yo ya tengo cerrados dos proyectos.
Busco a mis hermanos y no los encuentro. A quien sí veo es a Calíope que se sobresalta cuando un cliente le toca el brazo. Toma aire antes de girarse y sonreír como si nada. No es una relación muy normal. A mí me trata así.
Una idea empieza a formarse en mi cabeza y me empieza a faltar el aire.
—¿Estás bien? —Me giro y veo a Lena con Zeus en los brazos.
El pequeño ha crecido mucho. Tiene casi dos años. El pelo lo tiene cobrizo oscuro como su madre y es precioso. Solo quiere estar en el suelo corriendo. Llora hasta que Lena lo baja y le digo que sí a su respuesta, al mismo tiempo que ella corre tras el fierecilla.
Hector la ayuda y Fidel, el padre de Zeus, anda cerca con su mujer y su hijo, que se ríe cuando el pequeño le abraza las piernas. Por lo que sé, llama papá a Hector y a Fidel. Zeus adora a su hermano pequeño y pasa mucho tiempo con su madrastra y su hermano.
Nunca hubiera imaginado que la gente fuera capaz de cambiar hasta que conocí el caso de Fidel. El amor le cambió y le hizo darse cuenta de todo lo que perdía por su estupidez.
Valeria agarra el micrófono y Calíope le pasa el discurso.
Gus está cerca y también tiene preparado un tocho de páginas.
Yo he pasado. En verdad, habría dicho que gracias por venir, que esperaba que confiaran en nosotros y punto. La gente odia los discursos y yo el primero, ya que solo me entero de la mitad de lo que dicen.
Cuando acaban, aplaudo y no, no me he enterado de nada. Todo ha ido bien hasta que la gente me anima a decir algo.
Pienso que se han vuelto locos.
Mis hermanos se han tirado veinte minutos hablando y deberían estar agotados de tanta charla. Pero no. Parecen masoquistas.
Cuando me subo al escenario, Valeria me mira como rogándome que no la cague.
¡Qué poca fe tiene en mí!
—Gracias a todos por venir y por no dormiros con los discursos de mis hermanos. —La gente se ríe. Valeria me asesina con la mirada y Gus pone los ojos en blanco—. Lo siento, pero no tengo discurso preparado. Los odio. Pero he elegido el mejor champán para brindar y eso sí sé me da bien. Coged vuestras copas —la gente lo hace—, y brindemos porque este nuevo comienzo nos traiga solo cosas buenas.
La gente alza sus copas como yo y luego beben. Yo solo me mojo los labios. Luego aplauden y fin de mi espectáculo.
—Corto y directo —le digo a mi hermana que está roja de rabia.
Sigo hablando con la gente y como hay algunos críos, acabo por jugar con ellos y hacerles tonterías. Me encantan los pequeños. A veces me entiendo mejor con ellos. No buscan tantos pies al gato. Solo quieren ser felices y nada más, como yo.
Estoy por ir a mi despacho cuando veo una vez más como Calíope se aparta cuando le van a coger el brazo, como si la fueran a pegar.
Joder, joder, joder… ¿Fui yo quien le hice ese daño? ¿Por eso me mira con esa frialdad?              La idea se me pasa por la cabeza y me destroza. Me mata con lentitud porque nunca he hecho daño a una persona intencionadamente y odio el maltrato. Pero no saber esa parte de mi vida, me hace temer que yo fuera el causante.
El resto de la velada me cuesta estar como siempre y, cuando Calíope se marcha, la sigo.
Al darse cuenta de que la siguen, se gira asustada. En sus ojos hay verdadero miedo y creo de verdad que es por mí.
—Eres tú. —Por su mirada no sé si eso es algo bueno o malo.
—¿Te hice daño? —le pregunto casi sin voz. Me cuesta hablar ante la idea de haberla lastimado.
—¿Qué?
Me aclaro la garganta.
—He visto cómo te apartabas de dos hombres… Es como si tu acto reflejo te hiciera protegerte como si temieras que te fueran a golpear. —Calíope se queda pálida—. Si en ese tiempo que no recuerdo te hice daño, te pegué o te maltraté, por favor denúnciame y que la justicia se haga cargo de mí.
Calíope agranda los ojos ante mis palabras, pero no dice nada.
Imaginar que le pude hacer daño, me está matando. Si lo hice, lo justo es que pague por ello.
Los segundos se me hacen eternos mientras espero que responda.
Capítulo 4
Calíope
Observo a Cole roto ante la idea de que me hiciera daño. En sus ojos verdes veo el terror de que pueda ser un maltratador. Cole es muchas cosas, pero dudo que sepa lo que es hacer daño a una mosca.
Ha cambiado en estos más de once años. Es mucho más guapo de lo que recordaba. Alto, de anchos hombros y cintura estrecha. El pelo rubio lo tiene un poco más oscuro. Ahora lleva una sexi barba de esas de varios días que realzan los ángulos de un hombre. Todo en él es distinto menos sus ojos verdes. Es un verde jade que parece sacado de una cueva de piedras preciosas. Nunca he visto a nadie con unos ojos tan increíbles, y más por ese brillo pícaro y juguetón que sigue bailando en ellos.
Están llenos de vida.
Lo he estado viendo estos días y tiene es aire alegre y juguetón que tanto me atrajo hace años, que tan de los nervioso pone a su hermana porque piensa que pasa de todo. Yo sé que no es cierto, porque he estado en su despacho y lo tiene todo controlado. Pero así es Cole: alegría y luz.
Por eso, hace años, cuando nos apoyamos en el mismo lugar de la barandilla del muelle, me dejé atrapar por él. Nunca había conocido a una persona así, y que estuviera borracho y no se le notara, me siegue sorprendiendo. Pero sé que me dijo la verdad. A mi lado bebió muchas veces y yo también, pero, cuando nos despedíamos, pensaba que se iba a dormir y no a seguir de fiesta.
Cole fue mi primer flechazo o tal vez en él encontré la liberación que buscaba. Ya no sé lo que sentí. Si fue amor a primera vista o locura.
O el querer creer que toda mi vida podía ser diferente.
—No, Cole. No me hiciste daño. Nunca me pusiste la mano encima… para pegarme. —Me sonrojo y alza una ceja tras su alivio.
Cole decía en serio lo de ir a la cárcel si era culpable. Que sea tan justo, me hace verlo de otra forma. Me hace temerlo menos. Alguien que no tiene miedo a pagar por sus errores, no puede ser malo.
Siento como esto cambia algo en mí. Su gesto, sin él saberlo, me ha hecho dejar de temerlo… como por desgracia temo a tanta gente.
—¿Nos acostamos? —se interesa con esa medio sonrisa de chulito.
—Eso no importa. Ni tú eres el mismo de hace tantos años ni yo tampoco. Que me olvidaras, fue lo mejor.            
—Yo no lo veo así. Nunca me he olvidado de una cara y de la tuya sí. No me gusta y nunca lo recordaré.
—Seguramente no, pero ya no somos esos críos de viaje de estudios. No le des más vueltas.
—No puedo no hacerlo. Alguien te hizo daño.
«Mucha gente», pienso, pero no se lo digo.
—No le des vueltas a eso tampoco. No me gusta que la gente me toque, pero no tiene que ser por algo. Cada uno es como es y ahora me marcho que estoy cansada.
Me alejo de él para poner distancia porque no me gusta el giro que puede tomar esta conversación.
No siento nada por Cole. Ya he aceptado que dice la verdad y no me recuerda porque casi se mató por su borrachera, pero eso no explica por qué tenerlo cerca me tensa.
Poco a poco… Sé que solo necesito tiempo y más tras lo de esta noche.
Mi mirada lo sigue, aunque no quiera cuando lo escucho alejarse. Cuando él entra al despacho es como si la luz cambiara. Cole sigue siendo luz y, tal vez yo, que estoy tan sumida en la oscuridad, me vea cegada por ella como le pasó a Ícaro con el sol.
No debo olvidar que al final murió absorbido por el astro.
Ahora mismo lo único que quiero en mi vida es paz, porque sé lo que es vivir dentro de una lucha.
Capítulo 5
Cole
Al llegar al trabajo el lunes, escucho a mi hermana quejarse de todo.
Calíope sale del despacho cargada con muchos archivadores y la ayudo sin tocarla. Ahora que sé que no le gusta que le toquen, no quiero invadir su espacio.
Dice que es solo por eso, pero yo siento que hay algo más.
—¿Qué le pasa a mi hermana?
Calíope se gira y me mira, y en sus ojos violetas no veo la frialdad de días atrás. Algo ha cambiado. Lo puedo notar y saberlo me relaja. Casi sonrío como un tonto, pero tal vez la asustaría y nos haría regresar al punto de partida. No quiero eso con ella. Me gusta ver cómo sus muros se rompen ante mí.
Me gusta mucho.
—Pues al parecer hay un nuevo proyecto y el hombre quiere que le hagamos lo mismo que hace diez años. Tu hermana no encuentra lo que fue y no quiere preguntarle al hombre.
—No veo tan complicado preguntarle.
—Dice que no muestra profesionalidad si no lo tenemos archivado.
—¡En serio! La vida ya es complicada para joderla más con tantas tonterías.
—Sí, y ahora tengo que mirar esto. Podrías ayudar.
—Me tengo que ir a ver un proyecto nuevo. De hecho, necesitaba que vinieras conmigo para ayudarme con las notas. ¿Puedes venir y te ayudo luego a revisar todo esto?
—No lo sé. Tantea el terreno con Valeria para ver quién me necesita más o al final enloqueceré. —Se sienta en a su mesa y se pone a revisar los archivadores.
Llamo a la puerta del despacho de mi hermana.
—¿Por qué papá no lo tenía todo digitalizado? ¿Sabes lo que cuesta revisarlo todo una y otra vez? —Es su saludo.
La tomo de los hombros y me da un manotazo.
—Cálmate, Valeria, o te pondrás enferma.
—No puedo. No soporto este desorden. No soporto no tener el control de todo, pero como a ti te da todo igual…
—Claro, yo soy un gilipollas al que todo le importa una mierda.
Alza la mirada.
—Lo siento. Estoy muy agobiada.
—Ya veo. Voy a ver cómo resuelvo esto. Dame el número del cliente.
—No le vas a preguntar qué fue lo que le hicimos.
—No directamente, Valeria, pero puedo hacer preguntas al azar para que, sin que se dé cuenta, me diga lo que quiere. Confía en mí o vuélvete loca.
Duda, pero al final me da el número y el nombre del cliente.
Llamo delante de ella usando su teléfono para que vea que puede confiar en mí. Tomo notas de todo lo que le voy sacando y, al acabar la conversación, donde me ha acabado invitando a su casa a cenar, tengo todo lo que quiero.
—No me lo puedo creer. Eres como un puto encantador de serpientes.
—De nada, hermanita. Me llevo a Calíope que la necesito para un trabajo.               —Vale, pero solo porque me has salvado el culo. Calíope es imprescindible para mí.
Salgo hacia mi despacho y recojo unas cosas.
Informo a Calíope de que se viene conmigo, y recoge sus cosas para seguirme hasta mi coche, que es un deportivo negro.
Entro y me desabrocho la chaqueta del traje para conducir mejor.
—Vamos a por unos cafés y luego a viajar.
—¿Cuánto de lejos está eso?
—Una hora… o poco más. —Me mira tensa—. Si te agobias o necesitas parar, me lo dices. No me importa llegar tarde.
—Vale. Calíope se pone el cinturón, pero se le engancha y no puede ponérselo.
—¿Te puedo ayudar? Juro que no te toco.
Alzo las manos y Calíope lo intenta varias veces antes de asentir.
De niño me gustaba pasar tiempo en la perrera del Ayuntamiento con uno de mis amigos de clase que acabó estudiando Veterinaria. Cuando llegaba un nuevo perro callejero, casi siempre dañado por sus dueños antes de ser abandonado, había que tener mucha paciencia. No podías ir a tu ritmo, sino que tenías que jugar al suyo para que confiara de nuevo en las personas.
Con Calíope siento que es así.
Alguien le hizo mucho daño, y no puedo quitarme esa idea de la cabeza. Saberlo no me gusta. Nadie merece ser maltratado.
Le ayudo con cuidado y, sin invadir su espacio, aspirando su perfume a frambuesas que tanto me gusta.
La miro un segundo a los ojos y no veo el miedo, pero hay vacío en su mirada. Tristeza. Saber que es por culpa de alguien, me destroza.
Aparto la mirada porque sé que mi compasión no le ayudará. Ahora necesita normalidad y sentir que puede confiar en mí, porque juro que averiguaré quién la dañó. Y cuando lo haga… No sé si podré quedarme quieto, la verdad. La rabia corre por mis venas y no sé ahora mismo de lo que seré capaz de hacer. Solo espero que esté en la cárcel. Solo eso me detendría por lastimar a alguien.
—Listo —le digo regresando a mi sitio—. Y ahora ponte cómoda que el viaje es largo.
Calíope no lo hace. Sigue tensa, y, por eso, paro más de una vez para fingir que quiero estirar las piernas.
Ella siempre va al servicio o a la cafetería a por algo. Sé que necesita distancia.
Es en una de estas paradas que decido llamar a Hector, tras ver algo en la cafetería que me ha dado nuevas pistas. Seguro que él sabe algo. Esto no se le ha podido pasar desapercibido. Este tipo investiga, aunque no sea su trabajo.
—Buenos días —me saluda—. ¿Qué quieres de mí, Cole?
—¿Cómo sabes que no te llamo para que vengas a mi casa a ver el partido el sábado?
—Porque no me sueles llamar para eso. Me mandas un mensaje.            
—Vale, bien, pues te llamo por Calíope. Sé que habrás notado que salta cuando un hombre se le acerca mucho o se pone a la defensiva, cosa que no le sucede con las mujeres. Acabo de ver cómo la camarera de la cafetería le está tocando el brazo y no se ha apartado. Su excusa de que no le gusta que le toquen se acaba de caer sola. Y si no lo has notado, deja tu trabajo de detective, porque estás perdiendo facultades.
—¿Qué quieres saber?
—Qué le pasó.
—Lo sé y no te lo pienso decir.
—¿Por qué?
—Porque lo hablé con ella y me pidió por favor que nadie lo supiera. Así que como soy muy bueno en mi trabajo, mantendré mi boca cerrada.
—Eres bueno para lo que quieres —lo pico—. Vale, bien, pues ya lo descubriré. Lo mismo hasta me tienes que contratar.
—No, no quiero un vende motos en mi oficina.
—Ja, ja… No sé cómo te soporto —le indico con una sonrisa—. Y, por cierto, lo del partido iba en serio. Te espero.
Calíope no tarda en regresar con un café para mí y otro para ella.
—Estoy a tope de cafeína.
—Por eso, este es descafeinado —me dice con lo que parece una sonrisilla que la hace parecer más joven de lo que es y más dulce.
Noto algo latir dentro de mí y una vez más mi deseo de protegerla ante todos.
—Gracias por cuidarme —afirmo apartando la mirada.
—De nada.
Entramos al coche y se toma el café mientras conduzco. Como parece más relajada, no detengo el vehículo más hasta llegar al terreno donde quieren construir una casa.
Salgo del coche y la mujer me mira enfadada.
—No se enfade señora Gutiérrez que eso afea su belleza. —La mujer alza una de las cejas, pero al final sonríe.
—Vale, pero espero que haya merecido la pena —me responde y le guiño un ojo.               —Le aseguro que sí. Soy todo suyo.
—Eso no me lo dices en serio —me pica la mujer y su marido pone los ojos en blanco.
—Por mí es toda tuya, así no tengo que soportar sus tonterías. —Su mujer lo fulmina con la mirada—. Que, por otro lado, son adorables y me encantan.
—Eso se nota. Se os ve muy felices juntos —afirmo y esto lo aplaca todo. Sin más llevo todo a mi terreno.
Me informan de lo que quieren y yo me fijo en el sitio para dar vida a su idea. Imaginar una casa donde quieren pasar su jubilación, donde quieren que sea un hogar para cuando sus hijos y nietos deseen venir a pasar los veranos.
Calíope toma nota de todo.
Yo hago fotos con el móvil y luego me voy solo al espacio donde irá la casa y me imagino ya en ella. Cierro los ojos y la veo. Es preciosa y será un hogar moderno y acogedor, como quieren.
Cuando regreso, Calíope está hablando relajada con la mujer.
—Ya lo tengo todo. Va a ser perfecto. En unos días os mando planos y si aprobáis el proyecto, nos ponemos manos a la obra. —La mujer me observa emocionada—. Va a ser todo lo que imaginas y más —le digo.
—Eso espero. Vamos a poner todos nuestros ahorros en esto. Tiene que salir bien —responde su marido.
—Saldrá. Nos invitan a comer en un restaurante del pueblo y aceptamos.
Está todo muy rico y ellos son gente muy llana. Acabo hablando con ellos de todo.
Calíope no comenta nada, pero se le ve tranquila mientras escucha.
Cuando acabamos y nos despedimos, me llegan varios avisos al móvil de llamadas que tengo que hacer a través de mi agenda digital.
—¿Puedes conducir mientras yo hago unas llamadas?
—¿Me dejas tu coche?
—Sí.
—¿No te importa que lo raye?
—Me importa que nos hagas daño. Si rayas el coche ya se arreglará. Solo es un objeto.
—O no das valor al dinero o de verdad valoras más a la gente que lo material.               —Ya lo descubrirás. —Saco del bolsillo las llaves del coche y se las lanzo.
Las atrapa al vuelo y veo la emoción en sus ojos por montar en mi coche. De hecho, vi como lo miraba con admiración cuando aceleraba y se escapaban varias sonrisas. Puedo llamar y luego conducir, pero quiero dejarme llevar por mi instinto y confiar en ella.
Entramos al vehículo.
Calíope se coloca el asiento y los espejos. Cuando está todo listo, pone el coche en marcha y ahí está esa sonrisa que no puede ocultar, aunque se acaba de morder los gruesos y rojos labios para reprimirse. Como si acabara de recordar que no puede ser feliz.              Siento tristeza por ella.
Me mira y se tensa.
Aparto la mirada y me centro en mis llamadas para que sea feliz, para que disfrute y no se sienta condicionada por mis miradas. No puedo evitar desear saber qué le ha pasado para ser así. Para tener miedo, para temer ser feliz.
Lo descubriré tarde o temprano.

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