Perdona ¿te conozco? de Olga Salar

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***SOLO HOY Las Guerreras Maxwell, 7. Atrévete a retarme De Megan Maxwell

Regresa Megan Maxwell con la séptima entrega de la famosa saga «Las guerreras Maxwell».

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Sienna Hale se marchó de Rocksport, Massachusetts, con la idea de iniciar una nueva vida lejos de todo aquel que estuviera enterado de lo que sucedió. El problema es que, a veces, las cosas no salen como uno espera y se ve obligada a regresar al que fuera su hogar. Lo bueno es que, a diferencia de cuando se marchó, en esta ocasión no regresa sola, vuelve acompañada de una de sus mejores amigas y de su inmutable gata Hermione, solo para descubrir que en ocasiones las malas noticias también pueden traer consigo grandes historias de amor.

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Perdona ¿te conozco?

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Prólogo
Su mundo se acababa de desmoronar frente a ella y la seguridad de la que siempre había disfrutado se esfumaba ante sus ojos sin que pudiera hacer nada por evitarlo. Desde ese momento ya nada podría volver a ser igual a como lo había sido antes del cataclismo en el que se había visto envuelta.
La peor parte era que Sienna era consciente de que lo mejor que podía hacer, por su propio bien, implicaba alejarse de todo y de todos. Marcharse sin mirar atrás y buscar su propio camino, ya que el que el futuro que imaginaba para sí misma se había desmoronado unas horas atrás.
Quedarse donde estaba era demasiado doloroso, demasiado sofocante, demasiado todo. Por una vez tenía que dejar de pensar en los demás y centrarse en lo mejor para ella.
En cualquier caso, todos iban a estar bien sin su presencia. Su madre estaba conociendo a un hombre y a Melinda le estaba yendo genial en el bar de sus padres, del que había comenzado a hacerse cargo. Lo había transformado en un bar cafetería, por lo que abría durante prácticamente todo el día. Por otro lado, estaba segura de que su amiga la visitaría donde quiera que fuera. Estaba tan segura de ello como sabía que su madre no lo haría.
Los demás, ni le preocupaban ni les preocupaba, ese había sido su mayor error, uno que debería de haber asumido mucho antes. El problema era que jamás imaginó que algo así fuera a sucederle nunca.
Y, aun así, una parte de ella no podía evitar sentirse culpable por haberse dejado engañar, por no haberse dado cuenta antes de lo que estaba pasando justo frente a sus propias narices. ¿Cuántas personas a su alrededor estaban enteradas de todo y se lo habían ocultado? ¿Cuánta gente se encontraría en esos instantes sintiendo lástima por ella o simplemente hablando de lo que había ocurrido…? La respuesta a sus preguntas era uno de los motivos por los que debía alejarse de Rockport.
Para empezar, debía poner distancia cuanto antes, por ello lo mejor era mudarse de casa de su madre y buscar un trabajo a media jornada que pudiera cubrir los gastos de alquiler y alimentación. Quizás Melinda podía hacerle un hueco entre su plantilla mientras terminaba el semestre en la universidad. Gracias a dios, el precio de la facultad quedaba cubierto por la beca. Después buscaría trabajo apartada de todos ellos.
Desaparecería de Rockport y, para ello Boston, era la mejor opción. Quedaba lejos, pero lo bastante cerca como para tener un ojo sobre su madre. Que volviera a la ciudad en algún momento o no ya era otra cosa, en la que no iba a pensar en esos momentos. Las personas más importantes de su vida la habían traicionado y eso era algo que no sabía si podría superar alguna vez. Y era más que evidente que nunca lo olvidaría si se quedaba allí, donde en solo unos días todo aquel que todavía no se había enterado del chisme, estaría ya al tanto de lo sucedido.
Capítulo 1
Seis años después…
El día comenzó como cualquier otro desde que había empezado a trabajar en el bufete cinco años atrás. Llegó diez minutos antes de las nueve y saludó a los compañeros, madrugadores como ella, que se encontró de camino a su despacho, y agradeció a Faith el café con leche de soja y caramelo que la esperaba sobre su mesa.
Una vez sentada frente a su escritorio se dedicó a organizar sus tareas pendientes para ese día. Tenía documentación que revisar y, por suerte, no le tocaba ir al juzgado. De hecho, hasta las doce no tenía prevista ninguna reunión con clientes, lo que le otorgaba tiempo para preparar los tres casos de divorcio que tenía sobre la mesa y revisar un par de contratos para uno de sus clientes.
El sonido de su móvil personal la sobresaltó, tan concentrada como estaba con el trabajo; lo sacó del cajón donde lo guardaba normalmente para concentrarse en las largas jornadas que le esperaban habitualmente. Contestó sin dudas al ver que la llamada era desde el teléfono de su madre, por lo que no esperaba que al otro lado de la línea estuviera otra persona. Una con la que no deseaba hablar bajo ningún concepto:
—Te llamo por dos razones —anunció Savannah a toda prisa, consciente de que si no se apresuraba le iban a colgar sin tener tiempo de exponer los motivos de su llamada.
—No quiero escuchar ninguna de ellas. No me vuelvas a molestar o me veré obligada a cambiar de número y no dárselo a mamá —pidió a punto de colgar.
—Es precisamente de ella de quien quiero hablar.
—¿Ahora vas a usarla de excusa?
—Mamá tiene cáncer —Savannah soltó la bomba antes de que su hermana finalizara la llamada.
Durante unos segundos Sienna Hale se quedó quieta y en silencio, tratando de asimilar lo que acababa de escuchar.
—¿Cómo dices? Si esto es tu idea de una broma es de muy mal gusto —la rabia que destilaba su voz no pasó desapercibida para su hermana.
Era consciente de que esa ira era más por el golpe de la noticia que porque realmente creyera que mentiría con algo así.
—No es una broma, mamá tiene cáncer. Se lo diagnosticaron la semana pasada. Creía que te lo había contado hasta que la escuché hablando con Ryan y supe que no lo había hecho.
—¿Por qué me lo ha ocultado? Hablé con ella hace un par de días y ni siquiera me dijo que se encontraba mal.
—Es evidente que te lo ha ocultado porque vives lejos y no quiere preocuparte.
La rubia suspiró sonoramente antes de anunciar sus intenciones de ir a verla.
—¿De veras vas a regresar, por fin?
—Lo dices como si te importara —ironizó Sienna.
—Eres mi hermana menor, por supuesto que me importa. No te he visto desde la boda de mamá y entonces ni siquiera me permitiste acercarme a ti.
—Eso no va a cambiar. No te quiero cerca.
—¡Somos hermanas! —insistió Savannah.
—Permite que me ría. Al parecer soy tu hermana cuando te conviene y cuando no, lo olvidas.
El silencio se alargó unos segundos antes de que Savannah volviera a hablar.
—¿No quieres saber cuál es la otra razón por la que te llamo?
—¿Sinceramente? No. Si es igual que la primera no creo que pueda soportarlo.
—No es tan mala y, en cualquier caso, te la voy a decir igualmente.
—Típico de ti, hacer lo que te venga en gana sin preocuparte por los sentimientos de los demás.
Savannah no replicó. Sabía que era cierto y en esos momentos lo importante era que su hermana le estaba hablando, aunque la conversación estuviera cargada de desdén y de sarcasmo, el caso era que le hablaba. Se había pasado casi seis años sin verla, sin poder descolgar el teléfono y mantener una agradable conversación con Sienna, y lo peor era que no podía engañarse a sí misma condenándola, porque la única que debía de cargar con la culpa por el distanciamiento era ella misma.
—Necesito que seas mi abogada. Voy a divorciarme.
—¿Me estás tomando el pelo? ¿No has tenido bastante con darme la noticia sobre el estado de salud de mamá? ¿También quieres burlarte de mí?
—No, no lo es. Es la verdad. Voy a divorciarme de Dave.
Sienna suspiró.
—En primer lugar, vete a la mierda, y en segundo lugar no creo que puedas pagar mis honorarios.
—No te preocupes. Puedo hacerlo.
—No sabía que el trabajo de constructor de Dave daba para tanto.
—No voy a pagarte con su dinero, te pagaré con el mío.
—No me digas que no eres una ama de casa al uso. Me sorprendes, jamás creí que fueras capaz de trabajar en algo más que en ti misma —dijo con una risa llena de burla.
—No tienes ni idea, ¿verdad?
—¿Sobre qué? —inquirió un poco a la defensiva—. ¿No me digas que después de casarte incluso fuiste a la universidad?
—¡Lo hice! Pero eso tampoco importa. Supongo que, si regresas, lo sabrás, después de todo hay tiempo.
—Sea como fuese no voy a llevar tu divorcio. Si en algún momento creíste que lo haría es que eres más tonta de lo que creía.
—Soy tu hermana.
—Puedes seguir repitiéndolo las veces que quieras, las cosas no van a cambiar solo porque de repente te acuerdes de nuestro parentesco.
—Nunca lo he olvidado.
—¿De verás? ¿Me estás diciendo que lo recordabas mientras te metías en la cama con mi novio? —espetó antes de colgar en teléfono.
A la mierda los casos pendientes de los que tenía que ocuparse, pensó Sienna mientras buscaba en favoritos el número de su mejor amiga.
Melinda contestó antes del tercer tono:
—¿Por qué eres tan madrugadora? —se quejó con la voz completamente despejada, lo que implicaba que ella también se había levantado temprano.
—Buenos días para ti también. ¿Tienes algo que quieras decirme o empiezo yo?
La voz de su amiga sonó completamente seria.
—¿Qué sabes?
—La pregunta sería qué sabes tú y por qué no me has dicho nada.
—No me correspondía a mí contarte nada.
—¿Ni siquiera que mi madre tiene cáncer? ¿De veras no…?
—¿Qué has dicho? —la cortó Melinda—. ¡Oh, dios mío!
El enfado de Sienna bajó unos puntos al comprender que no lo sabía, lo que significaba que sí debía de estar la tanto del divorcio de su hermana.
Durante los siguientes minutos ambas se olvidaron de todo excepto de la noticia sobre la salud de Susan.
—Seguramente no te lo ha dicho porque sabía que me lo ibas a contar.
—¿Crees que mi madre lo sabe y se lo ha callado? —inquirió Melinda.
La madre de Sienna y la suya se habían hecho amigas estando en el instituto y ambas seguían con la misma relación cercana desde entonces. De hecho, era gracias a ellas que sus hijas se habían hecho inseparables.
—Estoy segura. Mi madre jamás se lo ocultaría. —Suspiró agotada antes de volver a hablar—. Voy a regresar a Rockport y necesito tu ayuda.
—Lo que sea.
—Necesitaré un lugar para vivir. No voy a quedarme en casa de mi madre.
—Puedes quedarte conmigo.
—Te lo agradezco, pero no. ¿Grace Miles todavía tiene la inmobiliaria?
—Sí, ¿quieres que hable con ella?
—Sí, por favor. Voy a estar liada aquí tratando de organizar mis casos y convenciendo a mi jefe de que necesito una excedencia. ¿Podrías conseguirme un apartamento lo bastante grande como para que Hermione pueda pasearse por allí sin querer fugarse cada vez que alguien abra la puerta?
—Cariño, siento decirte esto, pero tu gata es una chica mala. Le gusta escaparse de casa, no tiene nada que ver con el tamaño de esta. —A pesar de la situación, Sienna pudo reír por el comentario de su amiga—. Yo me ocuparé de todo. No te preocupes —y añadió con una sonrisa en la voz—: estoy segura de que Grace te va a encontrar la casa perfecta.
—No le digas a nadie que voy a regresar.
—No se lo diré a nadie más que a Grace.
—¡Gracias! Por favor, pídele que guarde el secreto.
—Nada de gracias y no te preocupes, Grace es discreta. ¿Cuánto tiempo vas a quedarte?
—El que sea necesario.
—Vamos a aprovechar el tiempo perdido y vamos a cuidar mucho de tu madre.
—Gracias, Mel —dijo, consciente de cómo su amiga trataba de subirle el ánimo.
—Lo que necesites.
Capítulo 2
Dos meses después…
Sienna se había pasado el último mes prácticamente viviendo en su oficina, ocupada en cerrar los pendientes y organizar todo el trabajo que tenía acumulado. El resto del tiempo lo dedicó a guardar su vida en cajas y a desmontar el que había sido su hogar hasta ese momento.
Del mismo modo, para no alterar a su madre no le había contado que estaba al tanto de su enfermedad ni que tenía previsto mudarse, lo que la ponía todavía más ansiosa. A pesar de lo que cualquiera pudiera pensar dedicándose a lo que se dedicaba, mentir no era una de sus cualidades.
Gracias a dios contaba con la ayuda de Ryan, el marido de su madre, quien la mantenía al día de todas las pruebas y resultados de las mismas que recibían por parte de los médicos. Una vez que le llamó para contarle que estaba al tanto de todo, se dio cuenta de que él había asumido el mando de la situación, seguramente porque Ryan Mayer estaba acostumbrado por su trabajo de policía a mantener el control, hacía unos meses que se había jubilado, pero seguía conservando esa autoridad que impulsaba a la gente que estaba a su alrededor a dejarse cuidar. Había sido ese halo protector lo que la había tranquilizado seis años antes, cuando hizo las maletas y lo dejó todo para comenzar su vida en Boston. La certeza de que su madre iba a estar bien le permitió centrarse en organizar su propio futuro. Y eso mismo es lo que había hecho Ryan, otra vez: la había tranquilizado haciéndole saber que no iba a tener que volver a hablar con Savannah si no lo deseaba, porque él mismo se ocuparía de darle las noticias pertinentes respecto a la salud de su madre.
—Nunca estuve de acuerdo con que te lo ocultara. Reese y yo tratamos de convencerla para que te llamara, pero ya sabes como es —suspiró resignado—. No quiere preocuparte. Se va a alegrar mucho cuando sepa que regresas.
La mención del nombre de su hijo descolocó a Sienna, hasta donde ella sabía el tipo era militar y estaba destinado en una misión humanitaria en África. No es que lo hubiese conocido personalmente, ya que su trabajo ni siquiera le había permitido asistir a la boda de su padre. Fuere como fuese tenía intención de preguntar al respecto, pero Ryan se puso a hablarle sobre el procedimiento de una de las pruebas que iban a hacerle a su madre y la idea se le fue de la cabeza con la misma rapidez con la que le había llegado.
—¿Qué va a pasar con tu trabajo si te trasladas aquí? —la preocupación teñía su voz.
—Voy a trabajar en un bufete de Lynn un par de días a la semana. Además, abriré mi propio despacho en la ciudad. Ya he conseguido dos clientas —comentó con una sonrisa.
—Puedo adivinar que una es Melinda.
—La otra es Grace Miles.
—¿La dueña de la inmobiliaria?
—Así es. Me voy a ocupar de sus contratos y de cualquier conflicto que pueda llegar a tener con sus clientes.
—Eso es fantástico.
—Sí que lo es.
Sienna había sido afortunada con que su jefe tuviera un viejo amigo de la universidad con un bufete en Lynn a solo cuarenta y siete kilómetros de Rockport, lo que iba a permitirle seguir pagando sus gastos. La idea de montar su propio despacho había sido de Melinda, y también quien le había conseguido su primer cliente. Estaba segura de que Grace Miles solo había aceptado porque eran antiguas compañeras de clase y porque Mel se lo había pedido. Se tragó una carcajada al pensar en que para cuando regresara a casa la próxima semana su amiga ya le hubiera montado una pequeña cartera de clientes
Después de todo, Melinda estaba siendo poco sutil en lo que hacía y a Sienna no se le escapaba que esta pretendía tentarla para que se quedara en Rockport cuando su madre mejorara y la pesadilla hubiese terminado.
—Vas a necesitar ayuda con la mudanza —estaba diciendo Ryan cuando Sienna se centró de nuevo en la conversación.
—No te preocupes por eso. La mayoría de mis muebles y de mis cosas ya van de camino. Yo haré el viaje en coche con Hermione y llevaré lo que se haya quedado aquí.
—Aun así, necesitarás instalarlo todo.
—Melinda se está ocupando de ello. El día que llegue pasaré por su local para recoger las llaves. De veras, no te preocupes.
—No me importa ayudarte.
—Lo sé, pero si lo haces mi madre se enterará y dejará de ser una sorpresa.
—Tienes razón —aceptó el hombre finalmente.
—¿Dónde vas a quedarte?
—En un apartamento en Main Street, justo en el centro.
—Muy buena elección. Reese también vive allí.
—¿De veras? Creía que estaba de servicio en algún despliegue internacional.
—No, hace dos años que dejó el ejercito Ahora trabaja en Rockport.
—Eso es genial. Me alegro de que esté cerca de ti.
—Sí, Sienna, pequeña, tengo que dejarte porque estoy escuchando a tu madre trastear en la cocina y no quiero que me pille contigo al teléfono.
—Por supuesto, Ryan y gracias por todo.
—Nada que agradecer. Te llamaré en cuanto pueda —se despidió antes de colgar.
Sienna se apoyó en el respaldo de la silla de su escritorio y cerró los ojos durante unos segundos. Tenía sueño retrasado, pero no podía permitirse perder el tiempo.
Unos golpes en la puerta la sacaron de los breves segundos de descanso que se había permitido.
Faith, su secretaria, apareció por la puerta con una humeante taza de café en las manos.
—Pensé que era posible que necesitaras una dosis extra de cafeína.
La sonrisa de Sienna le dio la respuesta.
—Gracias, ¿qué voy a hacer sin ti cuando me marche?
Con una expresión indescifrable, la pelirroja tomó asiento frente a ella.
—Puede que no tengas que hacer nada.
—¿Qué sucede? —El comentario la dejó extrañada.
—He escuchado que vas a abrir tu propio despacho —tanteó. Siguió hablando cuando la rubia asintió con la cabeza—, ¿necesitas una asistente con experiencia?
—¿Faith?
—¿Recuerdas que te conté que mi familia es del condado de Essex y que lo dejé todo cuando Ansel fue reclutado por los Red Sox? Ellos pensaron que era una locura que lo abandonara todo solo para estar a su lado. Y lo cierto es que tenían razón.
—¿Está todo bien? —No quiso hacer la pregunta que realmente llenaba su mente por temor a hacerla sentir peor de lo que ya lo hacía.
Faith asintió.
—Voy a dejar a Ansel y no quiero regresar a casa sin un motivo que lo justifique —explicó—. Si vuelvo porque he decidido trabajar contigo no se preocuparán tanto.
—Eres la mejor secretaria que he tenido, por supuesto que puedes venir conmigo, pero no creo que sea buena idea que engañes a tu familia.
—Soy la única secretaria que has tenido y no voy a engañarles, les diré la verdad. Cuando me sienta un poco mejor.
Sienna rio y obvió la parte incómoda de la conversación.
—Es cierto. El problema es que no voy a poder pagarte el mismo salario que…
—Lo sé y no tienes que preocuparte por eso. Puede que Ansel y yo no nos casáramos, pero él siempre se ha hecho cargo de todos los gastos, por lo que yo he ido guardando cada centavo que he ganado.
—¿Necesitas vivir conmigo en Rockport? He alquilado un apartamento.
—No, me quedaré en Newbury hasta que encuentre algo más. Quiero estar una temporada con mis padres y mis hermanos y Rockport está a menos de una hora de distancia.
—¿Estás segura? —Faith sabía que no le estaba preguntando sobre quedarse con ella.
—Sí. Necesito hacer algo con mi vida, no me gusta como es ahora mismo.
Sienna se levantó de su silla y se acercó hasta su amiga para abrazarla. La pelirroja se aferró a ella, permitiéndose dejar salir todo lo que llevaba dentro.
—Egoístamente me alegro de que vengas conmigo —confesó.
—Yo también me alegro de hacerlo. Supongo que el que te fueras me ha dado el último empujón que necesitaba. Eres la única amiga que tengo en Boston, ¿qué iba a hacer sin ti aquí?
Las dos rieron sin dejar de abrazarse y sus risas se convirtieron en carcajadas cuando comentaron que Milo, su todavía jefe, iba a colapsar cuando supiera que las dos lo abandonaban al mismo tiempo.
Capítulo 3
Los compañeros del bufete les habían organizado una cena de despedida. Inicialmente era solo para Sienna, pero tras la noticia de que Faith también se marchaba se había ampliado a las festejadas para incluirla. A pesar de que la fiesta era en su honor ninguna de las dos bebió. Salían de viaje al día siguiente, por lo que no era buena idea pasarse con el alcohol ni trasnochar más de la cuenta. Por todo ello, lo que debería haber sido una velada para dejarse llevar y disfrutar se convirtió en una noche más entre amigos. El problema era lo difícil que había resultado cuadrar agendas, por lo que el día que ha todos les venía bien había coincidido con la víspera del viaje de ambas.
Tras mucho insistir, Faith había aceptado regresar a casa con Sienna. Después de todo, tal y como había dicho su amiga, la distancia entre las dos ciudades era de apenas una hora, por lo que no le suponía ningún problema llevarla hasta allí, sin contar con que le iba a venir bien la compañía, ya que Hermione era bastante silenciosa y se limitaba a dormitar en su trasportín sin preocuparse por nada.
Igualmente, Faith ya estaba viviendo con ella, por lo que la logística las acompañaba.
Desde su conversación aquella tarde en su despacho, las dos habían decidido que lo mejor para la pelirroja era que se mudara cuanto antes de la casa que compartía con su ahora ex. Para ello, ambas habían aprovechado el siguiente fin de semana en el que Ansel jugaba fuera de casa para recoger sus cosas y dejar el lujoso apartamento que la pareja había compartido hasta el momento. Y, mientras que Sienna había esperado que el jugador montara en cólera cuando llegara a casa y comprobara que su novia lo había abandonado, la realidad fue otra distinta y Ansel Bramson no dio señales de vida. Actuó como si nada hubiese sucedido.
Por suerte, Faith no pareció dolida o decepcionada. Más bien parecía esperar ese tipo de reacción.
En cualquier caso, Sienna no había querido preguntarle al respecto, consciente de que cuando su amiga se sintiera preparada sería ella misma la que le contaría los motivos que la habían llevado a separarse de él. Aunque no estaba segura, la abogada sospechaba que en parte se debía al hecho de que, a pesar de los años que estaban juntos, su relación no hubiera terminado en boda.
Fuere como fuese, el día de la partida llegó y cada una, por motivos distintos, se emocionó y preocupó a partes iguales. Sus vidas estaban a punto de cambiar y, mientras Sienna lo sentía como una pausa en la vida que había decidido llevar, para Faith era el comienzo de una nueva vida.
Tenía previsto buscar una casa en algún punto entre Rockport y Newbury, comprarse un coche y permitirse volver a sentir ilusión.
—Estar enamorada es la peor locura —protestó Sienna.
—Eso solo sucede cuando no es la persona correcta.
La rubia bufó.
—Lo de la persona correcta es un invento para justificar que el amor no es ni tan eterno ni tan perfecto como nos venden en las novelas y en el cine.
—Yo creo que lo es. Antes de que todo se fuera a pique, Ansel era la persona que más feliz me hacía sentir.
—Primer error, hay que buscar la felicidad en uno mismo. Los demás terminan por decepcionarte. Siempre.
—La persona adecuada no lo hace.
No insistió, le pareció que era más amable dejarle seguir creyendo que había alguien para ella en alguna parte a dejar que se diera cuenta de que eso era una estupidez inventada por los escritores y los guionistas de Hollywood.
—¿Qué vas a hacer cuando veas a Dave y a Savannah? —preguntó de repente la pelirroja, cambiando de tema.
—Nada. Porque no los voy a ver.

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