Playboy x contrato PDF

Una novelística sexy y graciosa, ideal para relajarte y olvidarte del planeta que te rodea. Cuando su antecesor prostitución de presionarlos hacia un embrollo, tanto Gema como Brian Riley lo tienen claro y responden con un No rotundo. ¿Qué cortesana cuerda querría casarse con el conquistador más cotizado de Nueva York y atropellar el vencimiento espantando acompañeras babosas de su trayecto? ¿Y por qué iba a dimitir un playboy a su vida de placer y soltura para atarse a una chica que no es tampoco su ideal? Ni la existencia, siquiera las respuestas suelen ser sencillas, no obstante hay una menstruación que en absoluto deberíamos despistar: ¡Lee siempre la letrilla corta!

Una entretenida farsa romántico-erótica que te hará reír, padecer y enamorarte.

Y tú… ¿Te dejarás agradar por el ligón?

DESCARGAR PDF GRATIS CapÍtulo I Colocándose un caracolillo a espaldas de la audición, Gema bostezó y echó otro examen al enorme cronómetro de la ostentosa admisión del hotel. Las saetillas azafranadas parecían negarse a proseguir. Entrelazó agitada los dedos y se movió incómoda en el holgado asiento de cáscara. Después de casi diecisiete horas entre tren, tejadillos y paciencias en aeródromos para aglomerarse a Nueva York, quedarse sentada se convertía en la peor de las inmolaciones, en particular cuando sus párpados insistían en aborrascarse y su azotea parecía respetar fundirse con el señal del asiento.  ¿por qué tardaba tanto esa abogada? Quizás debería haber proliferado en acompañarla. No acababan de convencerle las defensas de la señora para dejarla esperando en el zaguán mientras tanto anunciaba su arribada. Se sentía como una pupila a la que la profesora la hubiera zurrado a entregarse en manos al gestor del seminario para que le echara una gruñida. Ni que le afuera a suceder al macho un ataque al sentimentalismo solo por verla horadar por la persiana. Aunque su yayo no se alegrara demasiado de conocerla, según la abogada, él ahora estaba más que avisado de que llegaba hogaño; posteriormente de todo, había sido él quién le había purgado el lance.  ¿y por qué había desistido que esa dueña la representara en todo caso? Gema se mordió los morros. Apenas conocía a María José. Había aparecido en el enterramiento de su matriz presentándose como una amiga de la niñez y no la había trastornado a apreciar hasta hoy. Una señal de teléfono y algunos emails no permitían saber a quid a una habitante; que afuera abogada y trabajara en uno de los más acreditados ministerios de abogados de Nueva York, o que hubiese sido la que encontró a su ascendiente, no significaba que tuviera que dejarse manejar por esa aristócrata, ¿o sí?  «deja de decidir burradas, deberías estarle reconocida por lo que ha hecho».  Gema se frotó los cuidados. Estaba aburrida, demasiado aburrida, por eso no paraban de cruzarse bobadas por su mente. Cuarenta minutos esperando era mucho momento, sobre todo, cuando la señora sentada allá del recibimiento no hacía más que acortar la puntiaguda hocica y engurruñar las cejas trazadas artificialmente, observando con descenso sus viejos apresadores y las desgastadas abarcas de ejercicio. Los intelectos de la aristócrata casi se podían estudiar en rojo fluorescente escritos sobre su atildada frente: «¡¿quién ha mandado excavar a esta imprudente aquí?!».  Cuando la aristócrata, aparentemente cansada de ojearla con lamento, comenzó a relatarle su estimación en habla entrada al can grueso sentado, orgulloso, en su regazo, Gema se hundió un poco más en el avecindamiento.  —no sé cómo dejan lograr a cualquiera en un avecindamiento de esta jerarquía. Deberían poseer una ritual mínima para tolerar el ataque a la gente.  El chucho entrecerró los cuidados salientes y, mirando fijamente a Gema, dio un grito como si quisiera dejarle claro que ese comentario iba por ella.  Hasta las narices de la intransigente aristócrata, Gema abrió la jeta para responderle y dejarle claro que ahora en momento una podía ponerse como quería y que acababa de cumplir un recorrido desde el otro costado del universo, sin embargo acabó por angustiar los morros y morderse la jerga. En un lugar en el que incluso un perro tan mico como ese llevaba puesto un atuendo que parecía de Armani, ¿qué podía esperarse? Apostaría que le bastaría rabiar en la organización de la vieja pedante para que esta se pusiera a vociferar como una neurótica, acusándola de ansiar atacarla o robarla o Todopoderoso sabría qué más. «¡joderrr! ¡debería haberme metamorfoseado de vestidura en el aeropuerto!». Gema ignoró a la vieja y le mantuvo la ojeada al bicho de vistazos salientes. Ya era horripilante que una cortesana con esos meteorismos tuviera un perro en sucesión de un chucho de calidad, aunque más además uno tan… aterrador. Tenía cuidados de loco y la napias chata como una de esas genealogías de canes enanas de las que no recordaba el renombre; enormes aurículas y las piernas zambas de un bulldog. A pesar de su presencia de gozque mafioso, con un cerviz tan gordo que tampoco era cerviz siquiera nada, las dobleces en la frente y el belfos con las comisuras de los bordes decadencias, no parecía bélico; pero en medios de dirección ganaba aun a su madama, y eso ahora era toda una hazaña en sí misma. «¡ufff! ¡y mira que es feo!». Como si la ama le hubiera leído los intelectos, rascó al perro con sus largas ganzúas de cerámica entre los pliegues de cuero y retó a Gema con una ceja alzada a que se atreviera a anexar mirando. Gema no entró en el descanso. ¿de qué le servía entarimar una querella de ojeadas con esa repelente señora? ¿acababa de darle el rótulo de señora? Debía de ser el desfallecimiento. «¡vieja bruja!». María José podía haberle advertido de a dónde se dirigían cuando la recogió en la ventana de desembarque del Jfk, sin embargo, contemplándolo desde ese tratamiento, incluso podía haberle mezclado con antelación que «tu antecesor trabaja en el borde de la hostelería» significaba que era el amo de una de las argollas hoteleras más importantes y pomposas del espacio y no el guardián o el cocinero, como Gema había confiado. Gema se abrazó ante la meditación de conocerle. «abuelo». Se le hacía irregular aproximarse a estas alzadas de su historia con un varón por el que debería haber percibido amor y que debería haber fogueado parte de su niñez o, lo que era también peor, de la niñez de su sora y que, no obstante, no era más que un virgen sin semblante. Intentó no estudiar en cómo el macho les podía haber subvencionado a sobrevenir los apresuramientos económicos y emotivos que supusieron los últimos años de la excusa de su sora. Gema tragó babaza e ahora trató de redirigir sus mentes en otra tutela. No era el término de recapacitar a su matriz y venirse debajo.  ¿cómo sería su yayo? Siempre se lo había concebido como un caballeroso escaso, uno de esos varones amerindios que trataban de sobrevivir plazo a viaje en las duras exigencias de los Estados Unidos. Una estampa que, a todas claridades, no tenía nada que contemplar con la existencia. De candoroso inmigrante a magnate acaudalado había un intervalo. ¡y vaya trozo! Aunque, siendo honesta, hubiera escogido que afuera miserable y tuviese una existencia dura, porque así al aparte podría haber englobado que abandonara a su abuela cuando asimismo estaba grávida o que no volviera a sujetar referencias de él.  ¿qué categoría de varón sensato y crudo tenía uno que ser para obtener a esa actitud y no echar de menos de la hija que había legado antes? Ese enjuiciamiento la trajo de nuevo al flagrante. ¿qué pensaría de ella cuando la viera? ¿que venía a mendigarle? ¿que solo había datado para tratar de sacarle oro? Gema se apartó el bigote de la expresión. ¿en efectividad importaba? Desde el enterramiento había estado conviviendo con la parentela de su gachó, que no la tragaba siquiera bajo líquido. Seguro que la superficie de su antecesor al verla no podía ser peor que la seña con la cual su galla la saludaba cada porvenir, o la inacción llena de quebranto con la que sus primas pasaban de ella. Total, probablemente luego de ahora tampoco tampoco tendría que invertir a verle.  Gema no esperaba desempolvar la lista que en absoluto tuvieron, se conformaba con las prácticas de ocupación remuneradas que María José le había jurado con la muleta de su antepasado. A un magnate hotelero no debería costarle demasiado castigo concedérselas. Al término y al promontorio, bastaba que le diera una puntería como la que podía otorgarle a cualquier otra solicitante. Además, seguro que el hotel ofertaba puestos de prácticas de misiones de suerte perseverante. Era una manera de abaratar precios y favorecer la lámina de obligación social de semblante a los clientes.  Se fijó en sus blue jeans incoloros. ¿le daría lapso de conciliar a los aseos a cambiarse? No había encargado que la reunión afuera nada más arribar, sino que su antecesor se la conseguiría para el viaje subsiguiente de su presentación. Tampoco había maliciado que sería él quién la entrevistaría. Soltó un grito de enojo. ¿a quién quería mentir? Ponerse un vestido de casaca y una torera, que a estas categorías estarían más engurruñados que unas pasas, ni iba a hacerla ensamblar mejor en ese ambiente de gente rica. Ya lo que le faltaba era que la confundieran con una criada y le hicieran un trámite sin viáticas. Escudriñó de nuevo el sobrado porche del hotel, haciendo lo realizable por ignorar a la suficiente aristócrata y los faroles abombados del can mafioso. Sonrió con zabida al gozar a una feliz yunta con su bebé recién nacido. ¿sería Pedro igual de protector cuando cogiera a su hijuelo en brazos? Seguro que sí. Él no estaría invirtiendo la anciano parte de su salario en sus artífices si no afuera de este modo. Suspiró. No es que le reprochara que cuidara de sus artífices, luego las cosas habrían sido mucho más comprensibles sin esa tasa añadida. Aunque afuera egoísta, con sus treinta y un años, ella tenía gazuzas de resultar de una sucesión por todas sus aprendizajes, de hacerse un buen forcejeo, avezar su propia categoría y iniciarse a beneficiarse de la vitalidad. Con el estipendio de Pedro, eso no debería haber sido un quebradero de cabeza, si no tuviera que finiquitar el anticipo de su automóvil y diera la parte de su emolumentos a sus artistas. La agresividad volvió a desarrollarse interiormente de ella. ¡lo conseguiría! Estaba aquí para eso, para dar una de sus porterías. Las prácticas en una multinacional como esta le abrirían muchas umbrales en el mercado escolar y, una oportunidad que consiguiera un buen jornal, todo lo demás vendría solo. Detuvo la visión en visita. Su inspección recorrió las letras mordaces de A. Z. Corporation que destacaban con índole en la tapia de chasca a pesar de su reducido pandeo. ¿cuántas sucesiones había disfrutado ese renombre durante sus tratados de Turismo? Ni tampoco las podía narrar y, no obstante, en la vida había mancomunado el renombre del imperio hotelero con el de su casta. ¿cómo había logrado María José topar a su ascendiente y que hasta le pagara el volado?  La repentina alteración de entreambas chicas tras el expositor, cuyas faces se habían centelleado de repente mientras tanto cuchicheaban, captó la atención de Gema. Una de ellas se peinó instantáneamente con los dedos, en punto que la otra se abría un pulsador de la guayabera y se mojaba los ribetes para dejarlos rutilantes. Gema siguió su observación inclusive la portería de inclusión de lente. También el zaguero parecía albergar la cruz más recta inmediatamente, sin embargo eso no fue lo que la hizo pestañear, sino el gigante castaño castaño que se veía más allá. Por si su talla o la circunstancia en que rellenaba su elegante atavío de americana gris no hubieran sido ahora lo suficientemente llamativas, su sonrisa de intérprete de cine hacía el remanente. A Gema no le extrañaba que la dama que le tocaba el brazo y lo que parecían ser sus dos hijas adolescentes estuvieran compitiendo por la atención del guaperas.  ¿el varón longevo que observaba la ambiente con el entrecejo fruncido sería el consorte secreto?  —¿gema?  Gema dio un salto preocupado ante la palabra intolerante de María José.  —¿sí? —gema se levantó disparada. —ya he versado con tu anciano —la informó María José echando un examen a su cronómetro de pulsera—. Te recibirá en la actualidad. —¡oh! —gema parpadeó sin saber enormemente admisiblemente qué sostener. La abogada lo había afirmado como si afuera una adjudicación, sin embargo ¿no era para eso para lo que su yayo la había obrado arribar?  María José no parecía economizar voluntad de explicarle qué era ajustadamente lo que había balbucido con él y la empleada del hotel, a su lado, se limitaba a estudiarla con disfrazada rareza.  —la señorita… Eh… —maría José echó un rápido examen a la felicitación de filiación que la chica llevaba sujeta a su americana azur marino—, Kelly, nos acompañará al bufete de tu ascendiente.  —encantada de conocerla, muchacha Fuentes. —kelly le ofreció la partida con una impresionable sonrisa. —gracias, aún, Kelly.  Gema intentó sonreír, sin embargo, con la repentina impresión ácida extendiéndose por su mondongo y la endeblez adueñándose de sus ancas, no resultaba nada comprensible. Iba a retener a su abuelo… A un rico macho de flirteos que nunca había apreciado saber nada de su cañada y que, probablemente, tampoco se había pagado de que ella existía incluso que María José lo contactó. Gema tragó baba.  —uhm… ¿kelly? ¿no habrá algún punto adonde podamos donar el equipaje de la muchacha Fuentes? —preguntó María José estudiando con el entrecejo fruncido la enorme bolsa de arboleda apoyada en el asiento.  Gema sintió cómo le subía el rubor por las mejillas. Sabía que la bolsa no era bastante elegante, luego era lo único que había podido averiguar. Nadie iba a prestarle una bala durante un trimestre entero cuando las holganzas estaban a la vuelta de la arista. Ya era una pasada que igualmente conservara esa bolsa de sus recorridos de campamentos de estío.  —por supuesto. Pueden transmitir la bolsa en la marca si lo desean —ofreció Kelly con gentileza. —se lo agradecería mucho —accedió Gema, aliviada por no tener que asistir como la nieta escaso y badila que viene del lugar cargada con su hatillo.  Gema siguió a Kelly incluso el dormitorio de divisas, adonde la bolsa llena de bártulos sobresalía cerca de los esculturales conjuntos de maletas entumecidas como un destartalado Seiscientos en un concesionario de Ferrari. Gema se mordió los morros cuando la engorrosa bolsa no quiso establecerse quieta.  —¡ufff! Lo siento, ahora no parece ser mi viaje. —gema hizo una seña cuando la bolsa cayó por tercera oportunidad, tirando dos pacas al adoquinado. —¿qué estáis haciendo? Tu anciano nos está esperando, Gema. Pensé que lo mínimo que querrías sería causarle una buena primera conmoción —amonestó María José desde la persiana ojeando febril su cronómetro. —sí, claro… —gema levantó una bolsa, mientras tanto Kelly se encargaba de desovar en cimiento la otra. Respiró aliviada cuando comprobó que no se habían raspado. Kelly sonrió. —¿me deja? Estoy perseverante a pelearme con este tipo de impedimentas. Uso una correspondiente cuando voy al lago con mis frailes. —kelly se hizo reproche de la bolsa, tendiéndola en una de las estanterías—. Todo listo. ¿nos vamos?   «¡mierda! ¿por qué no se me habrá sucedido tenderla? ¿se puede ser más torpe?». —sí, simpatías. —gema asintió impotente, cruzando los dedos para que su fealdad se tomara un asueto durante el encuentro con el varón que María José afirmaba que era su anciano. CapÍtulo Ii —¿tienes poco para recogerte el cabello? —preguntó María José en cuanto entraron en el montacargas. Cuando Gema negó, la abogada rebuscó en su proyectil y sacó una diminuta pinza que Gema ojeó amoral. ¿maría José no se daba nota del grosor de mostacho que tenía? Lo más que podía llevar a cabo con esa nadería era reconcentrar algunos tirabuzones. Con un oscitación de rendición, aceptó la pinza y se giró hacia la fulgurante capacidad nota del montacargas para mirarse en el escaparate y peinarse con los dedos. No necesitaba una pinza, lo que necesitaba era una tina, lavarse la mollera y una buena siesta.  —¡señor Riley! ¡señor Riley! Gema parpadeó al presentarse, a través del escaparate, a la repelente vieja del recibimiento tirando de su can mafioso entretanto trataba de demorar al gigante guaperas, quien avanzaba con largas zancadas incluso el montacargas. Por la comunicación masculina, resultaba más que evidente que el viril ignoraba a la esposa a objetivo. —kelly, hacia lo alto, ¡rápido! —el macho entró en el montacargas y se apartó ahora de la batiente, apoyándose en la tapia de la costada. —¿al último? —maría José fue más diligente en reaccionar que Kelly.  Alucinada, Gema trató de abrigar la jeta cerrada cuando María José se inclinó hacia el bancal de gobiernos del elevador, rozando al viril innecesariamente con sus senos. ¿cómo podía una laboral fría y eficaz convertirse en una gata en celo en cuestión de milésimas de segundo? Terminó de llevarse la pinza en el bisoñé y se giró cotilla para nombrar al viril. Tan de cerca, no habría retenido si definirlo como guapo con esas tres estrías que cruzaban su frente y la napia un poco irregular a la costada, no obstante definitivamente era atractivo y bastante, en gran medida sexy con esa barba acusada, la sotabarba de tres recorridos, unos resaltes que invitaban a mordisquearlos y el vestido de ejecutante gris que parecía hecho a la medida de sus atléticos hombros.  «de entente, lo confieso, el individuo está para chuparse los dedos». Gema se movió incómoda. Era el tipo de varón en cuya facha cualquier señora se tornaba consciente de sí misma. Cruzó los dedos para que no se fijara en su verdad. «debería haber una constitución que decretara que este tipo de individuos solo pudieran cruzarse contigo los vencimientos que estás guapa y arreglada». Aunque, por la apariencia en que María José lo mantenía atrapado con su visión, era difícil que el guaperas se fijara en alguien más.  La existencia era que había aguardado de la abogada un poco más de honorabilidad femenina, Gema tenía que cantar que envidiaba la consistencia de la cortesana y su guisa de armonizar a por lo que quería. Resultaba bastante fácil vestir en el cuero de María José y percibir sus voluntades con respecto al tío ese. ¿qué señora no querría la ocasión de mentir sus dedos en esa vedeja rubia oscura para desenfundar ella y llegar sus resaltes?  —sí, elegancias, señorita… —los lunares del varón bajaron aun el escote de María José. —maría José, María José González. Abogada en Brogan & Dells. —le ofreció una elegante felicitación de visita—. Aquí tiene mi espectáculo. Nunca se sabe cuándo puede presentarse aceptablemente una abogada —propuso con un ligero ronroneo y una sonrisa sugerente. El hombruno pareció vacilar atrás de que las comisuras de sus morros se curvaran mostrando su lumínica dentadura. —sin incertidumbre, siempre es cabal adeudar al alcance el teléfono de una cortesana como tú… María José —respondió el guaperas aceptando la tarjetita. —en ese suceso no dude en usarlo. Le prometo que soy experta en todo lo que ofrezco.  Gema tragó baba. ¿maría José estaba ofreciéndole sus tocadores de abogada o de prostituta de aparato? El grado parecía guiar más aceptablemente lo segundo. ¡acababa de asimilar a ese semental hacía escasamente treinta segundos!  —esa es sin incertidumbre la mejor proposición que… —¡señor Riley! Unos dedos desiguales, con espinas rojas y largas como pezuñas, aparecieron por la meta que estaba a lugar de nublarse, abriendo de nuevo el montacargas. —¡señora Davies! —¡señor Riley, he estado llamándolo y me ha incógnito! —lo acusó la vieja intransigente con un tic grotesco mientras tanto entraba en el elevador zarandeando la brida del gozque.  Si el gozque no hubiera sido tan macaco, Gema casi le habría sujetado pena al notar cómo era arrastrado sobre su culo a un emplazamiento al que rotundamente no quería introducirse.  —¡vaya! Lo siento, aristócrata Davis. ¿a qué gallardía va? Gema se percató de la galanura con la que el guaperas evitaba contar el juicio por el que había anónimo a la pedante señora. —a la antepenúltima, a mi suite —indicó la cumplida Davis, interponiéndose entre María José y el guaperas como quién no quiere la cosa—. Y me gustaría que me acompañara para enseñarle una cosa, noble Riley. Estoy harta de quejarme al avío del hotel, luego no sé si son tan ineptos que no saben solucionarlo o si no me quieren ejecutar acontecimiento. Me parece una auténtica dolora que eso ocurra en un hotel como este, pone en recelo su buena fama.  La idoneidad huesuda sobre el seno del hidalgo Riley parecía ejemplarizar mucho más que una simple clamora y, por la manera en la que se congeló el faz del guaperas, pasarse la alcoba de la señora Davis no se encontraba entre sus esquemas.  ¿cuántos años podía poseer esa madama? Gema la estudió más de cerca. Tenía la frescura envarada a más no esplendor y la túnica, sin embargo no era transparente, revelaba lo conveniente como para encontrar que la señora no llevaba sujetador y que sus rabillos despuntaban a una cumbre que podría ser la sospecha de cualquier chica de dieciséis años. Aun de este modo, la corteza de gollete, brazos y jugadas revelaba que la cumplida Davis era una abuela en todo su apogeo… Suponiendo que no afuera inmediatamente bisabuela, o rebisabuela, o una devoradora de hombres inmarcesible.  —¿ha comprobado a desovar una quejida en aceptación o orar que la cambien de suite? —inquirió María José con frialdad. La señora Davis giró la cabeza hacia la abogada y la inspeccionó de por encima debajo con una ceja alzada. —soy una clienta normal de este hotel y siempre me alojo en la misma suite. —por supuesto, comprendo que con su época prefiera la invariabilidad de saber cada indeterminación dónde dormirá e imagino que al hidalgo Davis le ocurrirá lo mismo, ¿no es cierto? —preguntó María José con el viso entintado de falsa apertura. —soy viuda y me temo que discrepo con usted, mi etapa en la vida ha afectado para saber qué quiero y cómo conseguirlo. Eso es lo que me ha indicado aun dónde estoy, el sitio al que otras aspiran sin éxito a entrar.  Por el abanico con el que pronunció otras, quedaba claro que incluía a María José en ese partido. «¡vaya!». Gema cruzó los dedos para que llegaran a su azar con antelación de que entreambas sacaran los lanzamisiles y salpicaran el elevador con sus entrañas.  —señora Davis, le aseguro que me encargaré personalmente de que alguien vaya a compulsar su suite —le prometió el guaperas. —yo preferiría que viniera usted a revisarlo en habitante, no obstante será además un placer que venga y acepte una combinada de reconocimiento. —eh… Señora Davis, debería hacer efecto que su can entre en el elevador, la batiente no se cerrará del todo aun que se aparte de ahí —cambió el guaperas de libreto, sujetando la muñeca de la valiente matrona Davis justo atrás de que bajara demasiado al sur.  Gema le habría compadecido si le hubiera asestado momento, aunque entre el tinte rojo del semblante de María José, que parecía a aspecto de estallar, y la meta del elevador que se abría una repetición para donar obtener a unas adolescentes pijas sin vigor, tan pronto como podía perseguir toda aquella escena surrealista.  —¡brian! —¡hola, Caroline! Tiffany, ¿qué tal se encuentra tu generador? —la algazara de Brian era la propia de un saludo afable y educado, empero Caroline lo contempló con agujeros de fervora y unos enormes parches sonrosados sobre las mejillas. —¡qué eventualidad encontrarnos contigo, Brian! —exclamó la amiga de Caroline, cuyo matiz de llamada no tenía nada que envidiarle al de la pedante señora Davis, tan falso como el pajizo platino de su perfecta vedeja.  «¡dios mío de mi fuerza! ¡esto es increíble! ¿es que han traicionado un chute de hormonas en la portería del hotel?». Las cejas de Gema casi se fundieron con el nacimiento del mechón al revistar cómo Caroline se enganchaba del brazo de Brian y la otra, fielmente, se le tiraba al gollete para darle un ósculo, obligando a la vieja señora Davis a alejarse un peldaño para sortear caerse y a María José arremolinarse al costado de Gema para marcharse corte. Gema echó un examen a Kelly, que parecía estar mordiéndose el interior de las mejillas mientras tanto apretaba los bordes.  —¿esto siempre es precisamente? —preguntó Gema a Kelly moviendo los hocicos sin irradiar acordes.  Las comisuras de los bordes de Kelly temblaron, no obstante su única respuesta fue un leve acortamiento de hombros. Cuando Gema devolvió su atención al guaperas y su serallo, lo encontró con el entrecejo fruncido y los inexistentes lunares verdes puestos bruscamente en ella. «¡mierda!». ¿se había alcanzado tabla de la pregunta que le acababa de efectuar a Kelly? Gema no pudo precaver el entusiasmo traicionero que le subió por las mejillas. Le entraron carpantas de darle las debido a la rubia pija por extraviar los ojos la atención del guaperas cuando le habló: —¡qué perfectamente haberte hallado! Caroline quiere invitarte a su reunión de natalicio y necesitamos la sentida de tu estudio para mando enviarte la carta.  «cielos, como les dé la administración a esas barbies hormonadas irán a su conejera a violarlo». A su costado, a Kelly se le escapó un acezo, aunque los lunares masculinos entrecerrados se dirigieron a quemarropa a Gema. «¡no fui yo!». Gema miró a Kelly, sin embargo la chica parecía haber actualizado la compostura y mantenía la traza fija en la portería del montacargas.  —dile a tu procreador que me llame y mandaré a alguien a que recoja la nota, así no se perderá en el transporte. Las chicas intercambiaron una limitada visión; Caroline pareció venirse debajo, no obstante Tiffany hizo un guiso y posó su pasada sobre el mismo sitio de su busto en el que la señora Davis la había economizado casi nada sesenta segundos a priori. «¡pues sí que está manoseado el guaperas!». —pero, Brian, eso es demasiado impersonal, queremos llevártela nosotras mismas. —¿se puede saber qué están haciendo, muchachas? ¿es que sus creadores no las han pulido para vivir? ¡el gentleman Riley tiene mejores cosas que llevar a cabo que sostener a dos jovenzuelas, que podrían ser sus hijas, tratando de seducirlo! —exclamó la cumplida Davis irguiéndose en esbozo señorona. —ver para abandonarse —murmuró María José.  A Gema le dio grima la vagamundo Caroline, cuyo semblante se había entintado de un rojo borgoña, sin embargo María José tenía objetividad. ¿la vieja, que había estado metiéndole facultad al guaperas, ya usaba la diferencia de edad contra las chicas? El interés de Gema por controlar su semblante bajo la irascible inspección masculina hizo que rompiera a rezumar. «dios mío, ¿se puede modificar esta ubicación más pomposa? ¿y por qué me mira a mí? ¡ha sido María José la que lo ha dicho!». Lo cierto era que, a pesar de su sempiterna sonrisa, los faroles verdes del guaperas imponían. Todo el comité de Gema parecía estar inundándose de rubor. Demasiado entusiasmo. Jamás le había andado que por la vista de un viril le subiera un urticante entusiasmo desde los fundamentos aun la espinilla y... ¡ese fervor no era de ella! «¿qué demonios…?».  —¡ahhhh…! —gema miró horrorizada al can mafioso ubicado ante ella con la zanca alzada, ayer de apartarlo con un puntapié. —¡¿cómo se atreve a echar a mi Giorgio?! —¡su perro me acaba de orinar además! —gema no podía creerse que la vieja pérfida le echara la infracción a ella. ¡tenía la pantorrilla llena de pis y la zapatilla de adiestramiento se le estaba inundando! —¡qué devuelto! ¡tiene todo el granjero manchado de pipí! —chilló una de las barbies rubias tapándose la trufa (del perro) y apartándose al linde más lejano del elevador.  Gema comenzó a percatar en rojo.  —¡mi Giorgio no es un can! ¡es un pug carlino, ascendiente de tres concepciones de campeones gabachos!  «¿pug carlino? ¡y un huevo!».  —me importa un pinchila que ese bicho sea el nieto de María Antonieta, ¡lo que tiene que originar es educarlo! —replicó Gema tratando de enterarse los juramentos que tenía en la punta de la tierra. —¡cómo se atreve a hablarme de esta manera!  ¿hablarle mismamente? ¡¿cómo se atrevía esa vieja a atacarla luego de lo que había pasado?! Gema intentó relatar aun tres, atrás de descararse a por ella y arrancarle la admonición que seguramente llevaba sobre esa habitante hueca.  —señora Davis, estamos en su vegetal. —el guaperas recogió al perro con una seña y cogiendo a la vieja encantadora del brazo la sacó del elevador alejándola del eco de Gema—. Kelly, encárgate de que limpien este accidente y que faciliten a la damisela indumentaria noticia en la boutique de Verena. Dile que lo cargue a mi escala. —por supuesto, jefe Riley —contestó Kelly justo antaño de que la portería del elevador volviera a cerrarse—. Siento mucho lo que le ha superado —le aseguró a Gema mirando pesarosa el lagunajo en el pavimento.  En la otra arista del elevador, Caroline de repente rompió a reír.  —jamás había distinguido a ningún can haciéndose pis por otra parte de ninguno. ¡qué ocurrente! Parece que la confundió con una fanal.  «¿gracioso? Si te hubieran orinado además de tus piececitos de geisha seguro que no te reirías, niñata».  —puedo asegurarte que no tiene nada de bullicioso —espetó Gema. —tranquilízate, ahora no tiene alternativa. Deberías haberte enemistado atrás de ese chucho. Gema miró sorprendida a María José, ¿estaba hablando en serio? Caroline por su parte siguió riéndose como si nada. —deja de reírte como una gilipollas. Ese vejete se ha admitido a Brian. Ahora tendremos que dar otra suerte de atrapar su regencia o todos nuestros emprendimientos se irán al garete —siseó Tiffany por lo bajo, aunque no lo petulante como para que no pudieran oírla todas las que estaban en el elevador. La distracción de Caroline se esfumó de contiguo. —¡ainsss, es fiabilidad! ¿y si hago que mi artista lo llame para lo de la papeleta? La vivienda en Atlantic City está vacía por estas datas. Seguiríamos teniéndolo para nosotras solas. —tu aniversarios no es incluso adentro de dos meses, ¿no crees que tu productor sospecharía poco, Caroline? —espetó Tiffany con dardo, saliendo del montacargas cuando las batientes se abrieron de nuevo.  Caroline la siguió más encarnada que un tomate.  —kelly, deberías predisponer al dandi Brian de que esas chicas pretenden prepararle una celada. Si son pequeños de edad podrían meterle en un jaleo. O mejor déjalo, me encargaré personalmente de comunicárselo. —maría José abrió su saco y comenzó a rebuscar—. Aquí tienes paños, intenta limpiarte un poco —le ordenó a Gema mirando con una gesticulación la enorme gotera oscura de su apresador.  Gema aceptó el atadijo sin saber harto acertadamente si tratar de momificarse o si tirar a gemir y disfrutar los paños para sonarse la picota. ¿tenía que radicar a ese gozque ajustadamente hoy día?  —si quiere puedo conseguirle el paso a una casa y, si me dice su altura, puedo traerle vestimenta de la boutique o acercarle la bolsa de marca, si lo prefiere —se ofreció Kelly comprensiva. —puede cambiarse cuando hayamos determinado el asunto del educado Azaña. Me avisó que tenía una fiesta en un rato, sin valer que yo siquiera puedo permitirme el aparato de quedarme mucho más periodo. Ella tendrá el remanente del trayecto para ducharse y cambiarse de indumentaria. —no quiero concertar a presentarse a mi ascendiente de este modo. Necesito quitarme esto de adicionalmente. —gema alzó la mosca, animosa a no dejarse disminuir. —¿tienes a dónde acoplar acá, en Nueva York, inclusive que tu ascendiente acceda a recibirte de nuevo? —preguntó María José, dejándole claro que no iba a ser ella la que la acogería en su vivienda.  Los ánimos de Gema cayeron a sus fundamentos y se ahogaron en el sosiego de pis. No había nada que pudiera objetar y la abogada lo sabía. Aunque encontrara un refugio guardoso y comiera a peana de emparedados, eso afectaría a sus carentes fundamentos y no podía atañer el numerario para el voladizo de regreso a España. ¿quería aprovecharse los viajes esperando a que su antepasado encontrara un hueco para recibirla, sin saber tampoco cuándo tampoco cómo? Gema dejó resbalar los hombros y negó con la habitante.  —bien, en ese acontecimiento creo que estamos todas de acuerdo en que cuanto antiguamente dejemos esta agrupación a espaldas, mejor —decidió María José con su mejor viso de cortesana de affaires.[amazon_link asins=’B077BC1QZL’ template=’ProductGrid’ store=’investymister-21′ marketplace=’ES’ link_id=’85b7b50b-cc6d-11e7-9ddd-fdf62f38ace6′]

 

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