Posibilidades de Anna Casanovas

Posibilidades de Anna Casanovas

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Oscar toma el metro de la ciudad a menudo y durante meses ha visto a una niña que siempre está dibujando en un cuaderno amarillo. Le intriga el cuaderno, sus ojos, cómo sostiene el lápiz y lo que siente cada vez que se cruzan sin decir nada … Valentina ha atraído a multitud de desconocidos, pero hay uno que es especial para ella, un chico, llama al chico de los anteojos. Ambos no se conocen y no tienen posibilidad de encontrarse … y sin embargo, ambos sienten que están unidos por un hilo invisible.

Anna Casanovas

Calella, Barcelona

Anna T. Casanovas nació en 1975 en Calella (Barcelona). En la actualidad trabaja de traductora y continúa escribiendo. Con Esencia ha publicado «La Hermandad del Halcón», una saga histórica, y «Los guardianes de Alejandría», una serie protagonizada por seres extraordinarios, bajo el pseudónimo de Emma Cadwell. Un beso a oscuras (Zafiro, 2012) ganó el premio Rosa Romántica’s 2012.


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7 respuestas a «Posibilidades de Anna Casanovas»

  1. Posibilidades

    Capítulo 1

    «Los viernes Óscar salía tarde del trabajo. Lo prefería así, la gran mayoría de sus compañeros abandonaban la oficina a las tres y él aprovechaba para terminar lo que tenía pendiente. Durante la semana le faltaban horas, no se quejaba, en general le gustaba su trabajo, aunque a veces sentía que más que ser el responsable de recursos humanos era el terapeuta o el confesor de la empresa. Sus dos mejores amigos le decían a menudo que tenía que ser más distante, que hoy en día los de recursos humanos no hacían eso, pero Óscar se encogía de hombros y les decía que no se metiesen en sus asuntos. Él no opinaba o no tanto sobre sus trabajos. Seguro que esa noche, cuando se reuniesen para su habitual cerveza, se encargarían de reñirlo otra vez. Mantenían esa tradición desde los siete años, cuando Ricky, Ricardo, que nunca les dejaba utilizar su nombre entero, se mudó al bloque donde vivían Óscar y Héctor. Estos dos eran más o menos amigos, en verano más que en invierno porque sus madres les dejaban jugar a baloncesto en la terraza del edificio, en un hueco que quedaba libre junto a las cuerdas donde algunos vecinos tendían la ropa. Ricky se unió a ellos y un día lluvioso, cuando una tormenta de verano los encerró en casa, decretó que no podían seguir así, que tenían que tener una alternativa a la pelota y la mejor era jugar juntos a un juego de rol que él había aprendido en el pueblo donde vivía antes. Era un campeón, había ganado incluso una copa. Al principio ni a Óscar ni a Héctor les entusiasmó la idea, pero poco a poco descubrieron que aquel juego era más que unas cartas y se creó la tradición de quedar cada viernes fuese invierno o verano, lloviese o nevase, en casa de uno de ellos y jugar hasta las tantas. Incluso siguieron durante la universidad para mayor asombro de sus respectivos padres y de los nuevos amigos y parejas que habían tenido durante esos años. Ahora, con veinticinco años, quedaban igualmente, pero no siempre jugaban, obviamente. O eso decían ellos.

    Óscar se centró en el trabajo, no sabía por qué había recordado esa historia de su infancia. Bueno, sí lo sabía. Últimamente estaba algo inquieto, triste quizá lo describiera mejor. Tenía un buen trabajo, un piso pequeño en un barrio que le encantaba, sus padres estaban bien, esa misma semana le habían anunciado eufóricos que casi habían reunido el dinero suficiente para hacer el próximo año aquel viaje a los Fiordos con el que llevaban tanto tiempo soñando. Su hermano mayor, al que a penas veía, también estaba bien, seguía subiendo peldaños en esa empresa de nombre impronunciable donde trabajaba y seguro que esa novia suya, también de nombre impronunciable, seguía igual de estupenda que siempre. Óscar no tenía ningún problema y sin embargo desde hacía meses la apatía le carcomía por dentro, apenas nada conseguía emocionarlo y no sabía qué hacer para recuperar la ilusión, la capacidad de sorprenderse esa chispa que hace que cualquiera tenga ganas de hacer algo, lo que sea, y seguir adelante, pero no como un robot, sino como… Dios, siempre había sido un pésimo poeta. Lo más probable sería que solo estuviera cansado, hacía más de siete meses que no hacía vacaciones y las últimas las había pasado ayudando a Ricky a mudarse. Otra vez. Exacto, lo que tenía que hacer era mirar el calendario, buscar un par de días y elegir un destino que le gustase. Seguro que así volvería a ser el de antes.

    Si Héctor no le hubiese mandado un mensaje probablemente aún estaría pegado al ordenador incapaz de escribir más de dos líneas que tuviesen sentido. Miró el reloj y para su asombro descubrió que era más tarde de lo que creía y que sin hacer nada útil había pasado la tarde allí encerrado. Bajó corriendo la escalera y esquivó a dos perros y a un runner antes de meterse en el metro. El tren al que esperaba poder subirse cerró las puertas justo delante de sus narices y Óscar, resignado, sacó el teléfono del bolsillo con intención de avisar a sus amigos. Iba a llegar tarde, ya oía en su cabeza los comentarios que iban a hacerlo en cuanto lo vieran cruzar la puerta del bar donde habían quedado. Pero justo entonces llegó otro metro y Óscar se metió dentro sin dudarlo y sin llamar a nadie. Quizá lo conseguiría. Se plantó de pie donde siempre, cerca de la puerta y levantó un brazo para sujetarse de la barra. Se pasaba tantas horas sentado que cuando salía de la oficina era como si le apareciera un resorte en la espalda que le obligase a estar de pie o en movimiento. Podía escuchar algo de música, pensó, le faltaban cuatro paradas. El vagón se detuvo en la siguiente y entró un equipo de hockey infantil entero, entrenador incluido, que lo obligó a moverse hacia la izquierda y entonces la vio.

    La chica del cuaderno amarillo.

    Sonrió al instante y también sintió algo parecido a los nervios que tenía de pequeño la noche de reyes. La emoción, las ansias que hacía meses que habían desaparecido de su vida. Arrugó las cejas, no conocía a esa chica, era imposible que ella tuviera nada que ver con lo que le estaba pasando a él, aun así nada podía negar el vuelco que le dio el corazón cuando ella también le sonrió. Óscar cerró los dedos alrededor de la barandilla de hierro y se preguntó cuánto hacía que veía a esa chica. Dos meses. Estaba seguro, hasta ese momento habría afirmado que no se había dado cuenta de que no había vuelto a verla, pero no tenía ninguna duda de que ese era el tiempo exacto que hacía que no coincidían. Podría acercarse y hablar con ella, era evidente que ella también lo había reconocido, quizá podría preguntarle cómo se llamaba o quizá… una de las jugadoras de hockey le golpeó la cabeza con el stick.

    -Perdón, lo siento -se disculpó la niña enseguida, avergonzada.

    -No pasa nada -respondió él, frotándose la parte trasera del cráneo que había recibido el impacto.

    El entrenador también se disculpó, lo que obligó a Óscar desviar la mirada hacia él y su equipo para prestarles atención y cuando volvió a girar la cabeza hacia la chica ella ya no lo estaba mirando. Parecía muy concentrada en lo que fuera que estuviera escribiendo o dibujando, a juzgar por los trazos, en su cuaderno. Había pasado el momento, Óscar se convenció de que tal vez se había imaginado la intensidad de la sonrisa y de que había visto en aquel gesto un reconocimiento que en realidad no existía. No podía acercarse a hablar con ella sin más. No podía.

    Era verano cuando la vio por primera vez, un miércoles a eso de las ocho de la noche. Él había salido antes del trabajo y tomó el metro para ir al centro, quería aprovechar para hacer unos recados. Ella llevaba un vestido de flores y unas deportivas rojas atadas en los tobillos, tenía el cuaderno amarillo a medio abrir en el regazo y mordisqueaba un lápiz. No podría decir qué fue lo que captó su atención, solo que le costó desviar la mirada de ella y que le costó respirar durante el trayecto, aunque eso, entonces, lo justificó con el calor. Ya no podían los aires acondicionados tan altos como antes. Unas semanas más tarde volvió a encontrarla, él solía coger el metro cuando salía del trabajo pero hasta entonces nunca se había fijado qué línea utilizaba, todas las que pasaban por allí le iban bien, ni qué hora era cuando se subía. Empezó a hacerlo, solo para llevar una vida más organizada. Nada más. Ella, la chica del cuaderno, fue apareciendo y desapareciendo, los cambios de estación se reflejaban en su ropa y también en su color de piel -era muy pálida y en verano le aparecieron pecas en la nariz-, pero no en su pelo, una melena lisa, oscura y desordenada y tampoco en el cuaderno amarillo que siempre la acompañaba. Ella también lo miraba a veces y hubo una vez, durante la semana de Navidad, que Óscar habría jurado que ella lo había mirado más intensamente y que se había sonrojado cuando él también la miró. Incluso les había hablado de ella a Ricky y a Héctor y sus amigos le habían animado a que se acercase a ella y se presentase. Lo peor que podía sucederle era que ella lo mandase a paseo. Y Óscar les decía que iba a intentarlo, aunque nunca lo hacía porque en realidad así podía seguir esperando esos encuentros, imaginándose qué sucedería cuando un día ella se acercase a él y le dijera simplemente hola. Podía pasar. Había exactamente las mismas posibilidades de que ella se acercase a él que él a ella. Pero ninguno de los dos había convertido esas posibilidad en realidad y un día dejaron de encontrarse.

    Hasta hoy.

    Cerró los ojos y respiró profundamente. No podía dejar pasar esa oportunidad, quizá tardaría meses en volver a presentarse. Quizá no se presentaría nunca más. El escalofrío que le subió por la espalda lo hizo reaccionar de golpe y se giró decidido hacia ella. No estaba. Ya no estaba. El aviso de que el metro cerraba las puertas resonó por el vagón y Óscar vio que la chica se alejaba por la escalera de esa estación. Corrió, se tropezó con una bolsa de las chicas del hockey y el metro se puso en marcha.

    -¿Estás bien? -El entrenador lo ayudó a levantarse.

    -Sí, gracias.

    Óscar no podía creer tal mala suerte. Se frotó las manos, una le había quedado pegajosa y no se atrevía a plantearse de qué. Tenía que sentarse, no podía limpiarse y sujetarse al mismo tiempo y con un aterrizaje forzoso tenía más que suficiente. Se dirigió a los asientos y lo que vio en el que estaba libre resucitó la emoción de antes: el cuaderno amarillo. Ella se lo había olvidado. Lo levantó con la mano que no tenía sucia y tras secarse la otra tanto como le fue posible dobló su abrigo alrededor del cuaderno. Solo abrió la primera página para ver si allí había el nombre de su propietaria y al no encontrarlo volvió a cerrarlo. Había visto como esa chica trataba el cuaderno, como si fuera su bien más valioso, y no sentía que tuviera derecho a husmear en él sin su permiso.

    -A ver, vuelve a contarnos cómo has dejado que esa chica se te escapase -le preguntó Héctor con sorna ofreciéndole otra cerveza.

    -No es un ciervo ni yo la estaba cazando o persiguiendo -se defendió Óscar-. Si no hubiera sido por esa bolsa.

    -Siempre te buscas excusas, te has comportado como un zopenco -se rio Ricky.

    -¿Zopenco? -Óscar casi escupió la cerveza- ¿Desde cuándo usas esa palabra?

    -Desde que su jefa le ha dicho que si vuelve a utilizar capullo en una reunión lo despide -contestó Héctor en lugar del aludido.

    -No es por ella -Héctor se puso a la defensiva-. Además, no será mi jefa por mucho tiempo. Han abierto una posición nueva en la empresa y voy a presentarme como candidato. Por eso estoy cuidando mi lenguaje, imbéciles. Tengo la entrevista la semana que viene.

    -¿Y eso? ¿No decías que lo de prosperar en esa empresa era solo para lameculos sin espíritu?

    -Joder, Óscar, ¿por qué no utilizas tu memoria prodigiosa para recordarte a ti mismo que la próxima vez que veas a esa chica que te tiene idiota vayas a hablar con ella?

    -¿Qué hay en el cuaderno? -preguntó Héctor intentando alejar la atención de Ricky y su situación laboral.

    -No lo sé. No lo he abierto. Solo he mirado si había sus datos.

    -¿No lo has abierto? -Ricky se inclinó tan hacia delante que casi echa la mesa al suelo-. Tú eres idiota.

    -¿Podemos cambiar de tema? -Óscar sabía que sus amigos, aunque estaban llenos de buenas intenciones, no lo entenderían.

    -Siempre puedes dejarlo en la oficina de objetos perdidos.

    -No sé…

    -Claro -intervino Ricky- déjalo allí con una tarjeta tuya y así si tu chica misteriosa quiere puede ponerse en contacto contigo. Ya que visto está que tú solito no puedes hablar con ella. Tendrías que echarle más huevos.

    -No todos vamos por la vida con la testosterona por delante, Ricardo.

    Ricardo le respondió levantando un único dedo.

    -Eh, niños, haya paz. Vamos a hablar de otra cosa. Tengo que contaros algo, creo que por fin puedo comprar el taller.

    Óscar pasó el fin de semana en la boda de su prima Alicia, lo cual fue un suplicio y una bendición al mismo tiempo. El lunes salió del trabajo media hora que el viernes y fue a la estación. Se plantó en el andén y esperó. Esperó. Esperó. Esperó. Y ella no apareció. Uno de los vigilantes de seguridad se acercó a él pasadas las dos horas y le preguntó si necesitaba ayuda a lo que Óscar respondió que estaba esperando a alguien. El gesto del guarda cambió al instante y le dijo con una sonrisa ladeada, chico, creo que no va a venir. El hombre tenía razón. Había sido un tiro al aire. Recordó el comentario de Héctor sobre la oficina de objetos perdidos y tras mirar hacia el andén por última vez se dirigió a información para preguntar.

    -Uy, objetos perdidos está en la estación central. Antes teníamos una ventanilla dedicada a esto en cada estación, pero eran un nido de mierda. Perdón por el lenguaje.

    -No se preocupe -Óscar respondió alucinado a la responsable de información, una mujer que parecía rondar los cien años con un maquillaje hipnótico azul celeste alrededor de los ojos-. ¿Y qué hacen allí con los objetos perdidos?

    -Pues nada. Esperan. Los tienen allí durante un mes y si nadie va a reclamarlos, y casi nadie va, los tiran.

    -¿Los tiran?

    -Bueno, la ropa y cosas así las dan a organizaciones benéficas, pero las cosas inútiles no. No te imaginas la cantidad de coronas de despedidas de soltera o de muñecas inflables que se pueden llegar a acumular. Por no mencionar objetos más surrealistas. A objetos perdidos casi nunca llega nada de valor. Es curioso, ¿no te parece?

    -Sí, supongo que sí.

    -La gente no es de fiar -siguió la mujer.

    Óscar se despidió horrorizado, solo con pensar que pudieran destruir el cuaderno se le hacía un nudo en el estómago, pero tampoco podía no hacer nada. Al final tuvo una idea y ese viernes cometió el error de contársela a los crápulas de sus mejores amigos.

    -¿Qué has hecho qué? -insistió Héctor.

    -He dejado un sobre a la atención de la chica del cuaderno amarillo en la oficina de objetos perdidos del servicio de transportes de la ciudad -volvió a explicarles.

    Ricky no podía parar de reir.

    -Tú eres tonto -dijo este por entre la risa.

    -No quería dejar allí el cuaderno.

    -¿Y si ella no va a la oficina de objetos perdidos? O va y no le dan la carta.

    -No sé qué más hacer, no he vuelto a verla en el metro.

    -¿Has abierto el cuaderno? -siguió Héctor.

    -No.

    Ricky escupió la cerveza.

    -Lo siento. Lo siento, tío. En serio.

    -Pon un anuncio -dijo entonces Héctor.

    -¿Un anuncio? -Óscar lo miró expectante.

    -En ese periódico gratuito que dan en el metro. Casi todo el mundo lo coge y si tu chica misteriosa lo lee quizá pueda ponerse en contacto contigo.

    -Me lo pensaré -accedió Óscar y como estaba harto de ver reír a Ricky como una hiena añadió- ¿Qué tal la entrevista con tu jefa?

    Esa noche Óscar sopesó seriamente lo del anuncio. Podía funcionar. Había bastantes posibilidades de que ella cogiera un ejemplar en alguna estación, los repartían en todas, y lo ojease. Había menos posibilidades de que lo leyera entero, pero las había. Sí, era una locura, pero podía funcionar. Antes de hacerlo, sin embargo, se preguntó si tal vez se le había pasado por alto algún detalle del cuaderno, algo que pudiera conducirlo directamente hasta su propietaria sin cometer ninguna locura o acto desesperado. Quizá sus datos personales estuvieran en una hoja del final y no del principio, que era lo único que él había mirado.

    Sí, estaba justificado que lo abriera. Hacía más de dos semanas que lo tenía en su poder y no había curioseado ni una vez. Quizá ella estaba preocupada buscándolo y él tenía delante de las narices los medios necesarios para devolvérselo. Lo abrió.

    En la primera página había el dibujo de una chica con un bebé en brazos. La chica compartía los mismo rasgos que su desconocida con algunos detalles distintos así que no hacía falta ser un genio de la investigación para deducir que debía de tratarse de su hermana. En la página siguiente había dibujado un paisaje, árboles y flores con una bicicleta tumbada en el suelo. En otra página había dos chicas riéndose, ninguna se parecía a la chica del cuaderno, pero saltaba a la vista que las conocía y que sentía cariño por ellas. Los trazos desprendían amistad. Había páginas con edificios otras con retratos de distintas personas y de golpe a Óscar le falló la respiración. Él. Él estaba en el cuaderno. Le había dibujado con la herida que se hizo en la ceja meses atrás cuando Héctor los convenció para que se apuntasen a una sesión de boxeo japonés. Le había dibujado en verano, aquel día que se encontraron en el metro y que él llevaba esa camisa hawaiana porque su prima Alicia había insistido en montar una fiesta de ese estilo y con los Beach Boys de fondo. Le había dibujado todas las veces que se habían visto, incluso la última. Había captado justo el instante en que él estaba pensando en ella antes de recibir el golpe del stick de hockey.

    Tenía que poner el anuncio. Tenía que volver a verla.»

  2. El anuncio

    Capítulo 2

    «El anuncio que Óscar puso en el periódico gratuito que podía encontrarse en todas las estaciones de metro y tren de la ciudad y también en algunas cafeterías decía así:

    «Encontrado cuaderno amarillo en la línea 2 del metro el viernes 24.» Y añadía debajo su número de teléfono. Nada más.

    El escueto texto ocupaba un pequeño rectángulo justo debajo del colorido anuncio de una paseadora de perros y apretado entre otro de una bicicleta de montaña en perfecto estado que estaba en venta y el de un piso que se alquilaba durante los fines de semana.

    -Es imposible que esa chica vea el anuncio, Óscar. ¿No podías haberlo hecho más pequeño? ¿Quizá omitir algún detalle? No sé, se ve demasiado efusivo, tío. Puedes asustarla -se burló Héctor.

    -Me costó horas convencerlo para que pusiera la fecha -apuntó Ricky quien, muy a pesar de Óscar, estaba con él el día que llamó al departamento de publicidad del periódico.

    -Reíros de mí como si no estuviera, adelante. No me importa. -Óscar bebió un trago de cerveza. Estaba planteándose seriamente no acudir a la próxima cita semanal con sus amigos. Aunque probablemente no serviría de nada y lo encontrarían de todos modos-. Solo tiene que verlo ella, no hace falta que se entere toda la ciudad.

    -Exacto, tiene que verlo. Tiene que llamarle la atención. -Héctor pasó las hojas del ejemplar que al parecer había llevado consigo al bar con el único objetivo de torturarlo-. Yo porque sé que está aquí escondido, asustado en medio de los anuncios de citas y de intercambio de parejas porque si no no lo vería.

    Óscar le arrancó el periódico y lo dobló decidido.

    -No está en medio de anuncios de citas y de intercambio de parejas.

    -Eso crees tú -Ricky atrapó el periódico, ¿qué diablos les pasaba? Cualquiera diría que no habían visto uno en su vida-. ¿Qué crees que quiere el tío que vende la bici?

    -¿Vender la bici?

    -Ja. Eso es solo es una excusa. Tú hazme caso.

    -Estás enfermo.

    -Dejando a un lado las teorías enfermizas de Ricardo, tiene razón. Tendrías que haber contratada más espacio, que fuese más llamativo. Así corres el riesgo de que no lo vea.

    Óscar se encogió de hombros. No quería explicarles que él también había pensado todo eso y que al final se había decidido por el texto breve y discreto porque una vocecita en su interior le había asegurado que la misteriosa propietaria del cuaderno amarillo lo preferiría así.

    -He pagado para que salga todo el mes. -Fue lo único que les explicó-. Si no lo ve esta semana, lo verá la próxima.

    -Eso espero. -Héctor miró a Óscar y levantó el botellín de cerveza-. Suerte.

    Brindaron y Óscar sonrió, en el fondo no sabía qué haría sin ese par de canallas.

    Dos semanas más tarde no había llamado nadie o nadie que no quisiera tomarle el pelo o fuera un ser humano despreciable. En su momento Ricky le había sugerido a Óscar que se hiciera con otro número de teléfono y lo utilizase solo para el anuncio y él lo había descartado. El mundo está lleno de pirados que se siente muy solos le había dicho y Óscar le había respondido diciéndole que tenía que confiar más en la raza humana. ¿Confiar? Era un milagro que no nos hubiéramos extinguido con la cantidad de descerebrados que creían que llamar al número de un desconocido y soltarle obscenidades o chistes de mal gusto era buena idea.

    La chica del cuaderno amarillo no había llamado y Óscar a pesar de que había intentado encontrarla en el metro o en cualquiera de las calles por las que caminaba no había tenido suerte. No había vuelto a cruzarse con ella. Quizá lo mejor sería que dejase el cuaderno en la oficina de objetos perdidos o que contratase un anuncio más espacioso en el periódico. O quizá podía olvidarse de ella, guardar el cuaderno en un cajón cualquiera o incluso deshacerse de él para siempre.

    Sentía una profunda angustia solo de pensarlo. Leer, que siempre había sido su refugio, apenas servía de nada esos días. No podía quitarse de encima la sensación de que tenía que hacer algo, no podía dejar perder esa oportunidad. Si no volvía a tener otra… no sabía qué pasaría. No se imaginaba nada dramático y, sin embargo, en las agallas intuía que ese desconocido futuro cambiaba si la chica del cuaderno amarillo aparecía en él. En calidad de qué no lo sabía. Héctor y Ricky se burlaban de él, cuando le tomaban el pelo le decían que era un idiota por haberse enamorado de una desconocida y cuando le hablaban en serio le recordaban que no podía esconderse detrás de una obsesión absurda para no hablar con chicas de verdad. Óscar no se defendía ni de lo uno ni de lo otro. Él no se había enamorado de esa chica, dijeran lo que dijesen Héctor y Ricky, Óscar se tomaba en serio el amor, sabía que lo contrario acarreaba serías consecuencias, y no podía enamorase de una chica con la nunca había hablado. Pero. Dios. Desde la primera vez que la vio en el metro hasta todas y cada una de las veces que había pasado las hojas de ese cuaderno durante esas últimas semanas sentía la presencia de una posibilidad. De ésa posibilidad. De que entre ellos existía esa única posibilidad de la que hablan las grandes novelas, las leyendas incluso.

    Ésa posibilidad.

    Era una locura. No había vuelto a verla. No había vuelto a cruzarse con ella ni en el metro ni en ninguna otra parte y si aquel dichoso cuaderno amarillo significase tanto para ella seguro que ella lo habría buscado. Seguro que habría ido a la oficina de objetos perdidos del servicio de transportes de la ciudad y seguro que la peculiar encargada le habría dicho que un chico lo había encontrado. Seguro que esa encantadora mujer de poderosos párpados azules celestes le habría hablado del chico que había encontrado el cuaderno y que se había negado a dejarlo allí para evitar que lo destruyesen. Si ella hubiese estado buscando el cuaderno amarillo ya le habría llamado.

    Sonó el teléfono y a Óscar casi le da un infarto. Contestó tan rápido que no atinó a ver el nombre que aparecía en la pantalla.

    -¿Óscar? ¿Estás bien? ¿Te pillo mal? Suenas agobiado. ¿No me digas que estabas haciendo ejercicio?

    Era Alice, su prima y ex archienemiga de la infancia. Se llevaban bien desde hacía años, muy bien. Casi podría decirse que eran muy buenos amigos, aunque en ocasiones revivieran la rivalidad que les había costado más de un tirón de orejas de pequeños.

    -No, estoy bien. Me había dormido en el sofá -improvisó-. ¿Qué pasa?

    -Nada. ¿Te acuerdas de mi amiga Paloma?

    -Sí, claro que me acuerdo de ella.

    Les habían sentado de lado en la boda varias semanas atrás y después habían bailado juntos un par de veces. Era una chica muy lista y con un grandioso sentido del humor. Ahora que pensaba en ella, Óscar tenía que reconocer que si no hubiese sido porque durante el fin de semana de la boda de Alice ya había sucedido lo del cuaderno (así se refería al suceso) le habría costado más hablar con la brillante y muy atractiva amiga de su prima. Al estar tan centrado en la chica del cuaderno se había olvidado de ponerse nervioso con Paloma.

    -Me ha pedido tu número.

    -¿Y me pides permiso para dárselo?

    -No, tontolaba. Y no me vengas con que eso sería lo correcto y bla, bla, bla. Te llamo para decirte que se lo he dado y que no la cagues. Paloma es una de las mejores personas que conozco. No sé qué hiciste para gustarle, enano, así que no la cagues. Dudo que el truco vuelva a salirte bien.

    -No hice nada. Y no soy enano, que tú seas una jirafa no es culpa mía.

    -¡No soy una jirafa! Sí ya eres más alto que yo.

    -Lo sé, has caído en mi trampa.

    -Te odio.

    -No me odias, le has dado mi número a una de las mejores personas que conoces. -Soltó el aliento-. Gracias, prima.

    -De nada, primo. -Hubo una pausa-. ¿Estás bien? Te oigo… preocupado.

    ¿Qué estaba haciendo? ¿Cuánto tiempo más iba a seguir buscando a la chica del cuaderno amarillo en el metro? ¿Podía aparcar su vida hasta que esa desconocida apareciese? ¿Qué sucedería si no aparecía nunca? ¿Y si aparecía y no sabían qué decirse?

    -Estoy bien -respondió a Alice-. Gracias por darle el número a Paloma, ¿puedes darme a mí el suyo?

    -Creía que no ibas a pedírmelo.

    *****

    Valentina por fin regresaba a España, no había tenido previsto quedarse tantas semanas en Japón, pero las cosas en el trabajo se habían complicado y no había podido negarse. Bueno, en realidad sí habría podido, pero prefería no pensar en ello. Ahora por fin estaba en un vuelo de regreso a casa y por fin podría poner su pequeño apartamento patas arriba y buscar su cuaderno amarillo.

    Estaba segura de que lo llevaba encima el día que se fue. Segurísima. Ella había temido aquel viaje desde que el correo de su jefe apareció en la bandeja de entrada anunciándole que era la elegida para ese proyecto. La elegida, cómo si hubiese habido otros candidatos. Ja. Nadie más quería hacerse cargo de aquel encargo y todos sabían que Valentina nunca se quejaba. Basta. Eso iba a cambiar a partir de mañana. Del lunes, mejor dicho. El fin de semana lo iba a dedicar a dormir, a comer tortilla de patatas y jamón y a buscar el cuaderno. Se había comprado otro idéntico en Tokyo y había empezado a dibujar en él, pero quería el viejo. Quería los dibujos que había allí.

    En especial los del chico de las gafas.

    No siempre las llevaba, pero no sabía su nombre y se refería así a él. El chico de las gafas y de la sonrisa que hacía que a ella le temblase el pulso y le emborronaba las páginas.

    La primera vez que lo vio pensó incluso que el vagón del metro la había electrocutado. Recordaba haber mirado si el asiento donde estaba sentada tenía alguna rebaba de metal suelta o algo que le hubiese podido producir ese efecto. El asiento estaba en perfecto estado, había sido la sonrisa de aquel chico que sujetaba una vieja novela de bolsillo en una mano y que se había hecho a un lado para dejar salir a unos turistas cargados con tantos niños como maletas. Había tenido que dibujarlo, no había podido evitarlo.

    Y la segunda vez tampoco.

    Ni la tercera, ni la cuarta. Cada vez se decía a sí misma que tenía que levantarse y acercarse a él, aunque solo fuera para pedirle permiso para seguir dibujándole. Él tenía que haberse dado cuenta, la había pillado al menos tres o cuatro veces mirándole embobada. Seguro que él no le había dicho nada para no hacerle pasar un mal rato. El chico de las gafas no solo tenía una sonrisa demoledora y una mandíbula de infarto sino que además parecía muy buena persona. A Valentina se le daba bien fijarse en los detalles, su trabajo se basaba en eso, y se había fijado en todos los gestos de aquel desconocido; sonreía, era amable, si estaba sentado se levantaba y ofrecía su asiento a las personas mayores o a cualquiera que fuera cargado. Si estaba de pie se colocaba siempre para no molestar a nadie y tenía un excelente gusto literario. Hasta la fecha todos los libros que había leído el chico de las gafas estaban también en su biblioteca.

    Meses atrás, cuando solo se había cruzado con él tres veces, su hermana Penélope la había encontrado un día dibujándolo y le había preguntado quién era.

    -No lo sé. Nadie. Un chico que viajaba en el mismo vagón que yo -le había respondido Valentina.

    -A juzgar por el dibujo se diría que le conoces y mucho.

    Valentina volvía a sonrojarse al recordarlo.

    -No, qué va. No le conozco de nada.

    -Pues quizá deberías. -Su hermana era letal dando consejos-. O deja de dibujarlo.

    Lo había intentado. Había intentado dejar de dibujarlo y casi lo había conseguido. Casi. Si no hubiese vuelto a encontrase con él aquel último día. Le había dibujado con tantas ganas, como si sus manos volasen de alegría por encima de la página por haberlo visto de nuevo, que casi se había olvidado de bajar en su parada. Había tenido que salir corriendo del metro y hacer una carrera por toda la estación para llegar a casa con el tiempo necesario para hacer el equipaje antes de irse.

    Seguro que el cuaderno había quedado enterrado debajo de algún jersey o quizá se le había caído detrás de la cama o de la mesita de noche. No sería la primera vez. O quizá lo había dejado en el baño, había preparado el neceser en menos de un minuto.

    Estuviera donde estuviese iba a encontrarlo.

    Tenía que encontrarlo.

    Abrió el sustituto que tenía en el regazo y deslizó la punta del lápiz por el último retrato de esa página. Aunque había repetido el esbozo necesitaba volver a ver al chico de las gafas tal como le había dibujado aquel último viernes.»

  3. Casi

    Capítulo 3

    «Óscar se estaba planteando seriamente la posibilidad de solicitar un nuevo número de teléfono. Los primeros días había recibido unas cuantas llamadas absurdas, pero justo cuando creía que lo peor ya había pasado apareció esa periodista pidiéndole permiso para hablar de su historia. Se había enterado a través de la encargada de objetos perdidos de la estación, eran vecinas, y la mujer, aunque no conocía todos los detalles, le había regalado la oreja sobre lo preocupado que parecía aquel chico tan guapo por devolver el cuaderno a su misteriosa propietaria.

    Él se había negado en redondo (y en su cabeza había maldecido la fértil -y acertada- imaginación de la encargada de objetos perdidos), pero al parecer la periodista había hablado de él de todos modos en su programa. Un programa del que Óscar nunca había oído a hablar y que al parecer echaban cada tarde. El programa tampoco tenía tanta audiencia, pero el recorte donde hablaban del chico que buscaba a la chica del cuaderno amarillo salió en todos lados. Héctor y Ricky se encargaron de recopilarlos todos por si Óscar se había perdido alguno, los muy cretinos.

    La noticia no decía nada del otro mundo, a decir verdad, no salía en ningún momento el nombre de Óscar ni tampoco su cara pues él no les había dadp permiso. Pero salía el anuncio y una «recreación de los hechos realizada por actores profesionales». Óscar quería morirse cuando su madre lo llamó para decirle que tendría que hacer algo para parecerse más al Óscar de dicha recreación y Alice, con quien se suponía que había enterrado el hacha de guerra, le mandaba fotos casi a diario del actor en cuestión.

    Las llamadas se incrementaron exponencialmente igual que el surrealismo de las propuestas que las supuestas y supuestos propietarios de la libreta. Óscar les hacía a todos la misma pregunta: ¿qué hay en el cuaderno? y había respuestas que jamás lograría borrar de su mente y que todavía le producían escalofríos.

    Aun así era reticente a cambiar de número. Ella aún podía llamarlo. Era posible que no hubiese visto el anuncio y que tampoco se hubiese enterado del reportaje o de los memes que habían hecho sobre su situación.

    -Claro, si ha pasado el último mes en el Polo Norte -sugirió Héctor.

    -O encerrada en un castillo de Transilvania con sus múltiples amantes -añadió Ricky, ganándose que Héctor le diese un codazo y le susurrase que así no ayudaba.

    -Yo no me habría enterado -justificó Óscar.

    -Pero tú eres… tú -puntualizó Héctor a lo que Ricky asintió.

    -Sí, y ella es ella.

    -Vale, pero al menos reconoce que lo del anuncio no ha salido cómo esperabas. Si de verdad quieres encontrar a esa chica, tienes que hacer algo más.

    -Eso en el peor de los casos suena a asesino psicópata y en el también peor, pero quizá con una pena de cárcel menos grave, a acosador. -La cara de Óscar dejó claro lo que opinaba de ambas circunstancias-. Quizá sea mejor dejar las cosas así. Si volvemos a encontrarnos, me acercaré a ella y le diré que tengo su cuaderno. Quizá ha visto el anuncio y la noticia y ha decidido que no quiere llamar. Tal vez le da igual haber perdido el cuaderno.

    -Tal vez -secundó Héctor.

    -Sí, claro, tal vez -Ricky terminó la conversación.

    Ninguno de los amigos se creyó ni por un segundo la indiferencia y resignación de Óscar, pero zanjaron el tema porque sabían que a pesar de que carecía de lógica él lo estaba pasando mal. No lograban entender por qué una chica con la que no había hablado nunca era tan importante para él. No volvieron a mencionar el cuaderno y tampoco a su desaparecida propietaria y en sus cabezas los dos siguieron buscando maneras de ayudarlo. Al menos se había animado a llamar a esa amiga de Alice, Paloma les había dicho Óscar que se llamaba, y tenía una cita con ella la semana siguiente.

    No, Óscar no se había cambiado el número de teléfono ni había accedido a salir en televisión o en la radio y tampoco había colgado pósters en el metro ni había contratado un anuncio más llamativo. No había hecho nada de eso. Lo que sí hacía era ir a la misma estación de metro cada viernes a la misma hora, la estación donde la había visto por última vez, y esperar allí durante un rato.

    De momento no había tenido suerte. De momento, se repetía cada viernes cuando por fin se subía a un metro para irse de allí. Llevaba más de un mes con aquel comportamiento y aunque una parte de él le decía que no podía seguir así otra insistía en que cualquier otra opción era impensable. Aunque solo fuera para devolverle el cuaderno, tenía que volver a verla.

    *****

    El trabajo de Óscar no era excitante como el de Ricky ni trascendental como el de Héctor, lo que no significaba que no fuese importante o a que a él no le gustase ni le resultase gratificante. A pesar de que en muchas películas los encargados de recursos humanos de una empresa aparecían representados como robots o seres sin alma al servicio del diablo él defendía que eran justo lo contrario. Lo que le había llevado más de un disgusto, eso también tenía que reconocerlo. Igual que tenía que reconocer que había partes de su trabajo que odiaba, como por ejemplo la que tenía aquel día: una reunión en una multinacional en el centro de la ciudad para compartir técnicas de motivación y de incremento de la productividad. Él había intentado explicarle a sus jefes que su empresa, una pequeña editorial de libros infantiles, tenía poco o nada en común con un imperio que incluía desde revistas a canales de televisión. Tenemos que estar, le habían respondido, lo llaman networking.

    Esa mañana, anticipando la jornada de networking y el dolor de cabeza que esta le conllevaría, Óscar se había tomado un café doble mientras transcribía en unas tarjetas los puntos básicos de los que iba a tratar su charla. Sí, además de asistir tenía que dar una charla. Todo genial. Llevaba el ordenador, por supuesto, pero siempre le había resultado más útil escribir los datos importantes a mano en esas tarjetas y repasarlas durante el trayecto o en los ratos muertos que solían abonar esa clase de encuentros. Fue a la estación de metro y buscó la línea que no solía utilizar habitualmente porque era la mejor para llegar al edificio de Mordor. El vagón estaba bastante lleno así que se abrió paso como pudo hasta el lateral de la puerta y se sujetó de la barra con una mano para extraer con la otra una de las tarjetas del bolsillo del pantalón. Iba más arreglado que de costumbre, no se lo había exigido nadie pero aquel atuendo era una especie de protección, algo así como un disfraz. Los zapatos con cordones, el pantalón gris más ajustado y la camisa blanca producían el mismo efecto que la capa de invisibilidad de Harry Potter. Era un atuendo tan común entre los trabajadores de la multinacional que nadie se fijaría en él.

    Le costó extraer la primera tarjeta y la releyó sin prestarle demasiada atención, se sabía de memoria los criterios que regían su departamento. Los había escrito él. Se bajó un poco las gafas y se apretó el puente de la nariz, el dolor de cabeza estaba llegando antes de lo previsto, mejor sería que cerrase los ojos e intentase relajarse. El vagón se detuvo y el cochecito de la compra de una señora le dio un golpe al salir. La mujer farfulló una disculpa y Óscar iba a decirle que no pasaba nada cuando vio que de la puerta del vagón anterior salía ella.

    La chica del cuaderno amarillo.

    Tardó unos segundos en reaccionar. Parpadeó dos veces para ver si así la imagen se desvanecía cual espejismo, pero ella seguía allí, caminando, alejándose del metro para subir la escalera y dejar el metro atrás.

    Saltó del vagón sin pensarlo, la puerta casi captura su pie izquierdo y no le importó. Corrió tras ella. Esa estación estaba llena de gente y que fuera hora punta no ayudaba nada. Óscar iba esquivando y pidiendo perdón a todo el que golpeaba en su frenética carrera. Ella había subido la escalera pero en vez de salir a la calle, lo que sin duda habría facilitado la vida a Óscar, había optado por girar hacia la derecha y dirigirse hacia la escalera mecánica que conducía al andén exterior.

    Iba a coger otro tren, probablemente el que anunciaban por los altavoces y que estaba a punto de salir.

    Ella estaba en lo alto de la escalera mecánica y Óscar en el otro extremo. Ojalá supiera su nombre, pensó por encima del ruido ensordecedor que causaba el corazón golpeándole las costillas. Ojalá pudiera llamarla por su nombre y no solo ahora.

    La escalera se detuvo, un adolescente había tenido la genial idea de apretar el botón de alarma y la maquinaria había dejado de moverse en seco. El señor que iba delante de Óscar trastabilló y casi le cae encima, varias bolsas y maletas se sacudieron y la acompañante del causante de todo empezó a cuestionar la inteligencia de su amigo en voz alta. La chica del cuaderno saltó el último escalón y miró hacia el andén, lo tenía pocos metros y acababa de sonar el último timbre. Como si acabase de tomar una decisión, se colocó bien la bolsa que llevaba colgando del hombro y se puso a correr, pero antes…

    -Espera -la palabra escapó de los labios de Óscar sin su permiso.

    Era imposible que ella le hubiese oído, había demasiado ruido; la gente quejándose, el pitido de la escalera porque se había disparado su alarma, los timbres de los distintos trenes de la estación. Casi imposible.

    Ella se giró, tal vez porque quería asegurarse de que no se le había caído nada al suelo tras la sacudida o tal vez algo la había impulsado a hacerlo. Se giró y sus ojos tropezaron con los de Óscar.

    La sorpresa y la sonrisa de ella al reconocerlo hizo que Óscar diese un paso hacia delante y que el caballero de antes lo insultase por haberlo pisado y no tener paciencia.

    Sonó el timbre del tren que estaba en el andén y ella giró la cabeza hacia allí mordiéndose el labio inferior. Fuera cuál fuese su destino a Óscar le resultó evidente que ella tenía que llegar a él y decidió que valía la pena provocar la ira de todos los pasajeros que como él habían quedado atrapados en esa escalera mecánica si con ello conseguía llegar a tiempo de hablar con ella.

    Ella que acababa de girarse de nuevo hacia él para mover los labios y pronunciar un lo siento sin voz antes de iniciar una vertiginosa carrera hacia el tren.

    Un último silbido.

    Las puertas se cerraron

    La chica del cuaderno había conseguido entrar.

    Cuando Óscar llegó por fin al anden el tren ya se alejaba. Apoyó las manos en las rodillas e intentó recuperar el aliento, no se lo había robado solo la carrera.

    Casi.

    Casi había conseguido hablar con ella.

    Tardó varios minutos en deshacer el camino y llegó tarde a la reunión, aunque ahora se alegraba de que la hubiesen convocado y de que le hubiesen invitado. Ella no le había llamado y quizá ni siquiera sabía que él tenía su cuaderno amarillo, pero le había mirado y sonreído, algo mejor, le había reconocido y Óscar sentía en sus entrañas que de haber podido ella no se habría subido a aquel tren.

    -Óscar, Óscar -lo llamó el maestro de ceremonias del encuentro.

    -Sí, perdón. -Tenía que centrarse-. Dime.

    -Es tu turno. Tu presentación -le especificó ante la perplejidad de Óscar.

    -Sí, claro, por supuesto.

    Todavía no sabía cómo había salido airoso, un par de asistentes incluso lo felicitaron al terminar, en su cabeza no había podido dejar de pensar en las posibilidades que tenía de volver a encontrarse con la chica del cuaderno.

    Ojalá supiera su nombre, necesitaba saberlo. Ricky le había sugerido que eligiese uno al azar, cualquiera que le gustase, pero Óscar se negaba a hacerlo. Quería llamarla por su nombre de verdad.

    Cogió el metro de vuelta a casa y la buscó en cada rincón sin hallarla. ¿Cuánto tiempo más podía seguir así? Buscándola siempre y apenas encontrándola, sin llegar nunca a hablar con ella. Hoy casi lo había conseguido. Casi.

    Si era sincero consigo mismo no le bastaba con aquel casi.

    *****

    Le había encontrado otra vez. Valentina todavía temblaba cuando ocupó su asiento en el tren. Le había visto en una estación donde nunca antes habían coincidido y a una hora completamente distinta a la de sus anteriores encuentros. Le había visto y casi había escuchado su voz.

    Por eso se había dado media vuelta antes de salir a la carrera hacia aquel maldito tren, porque había tenido la sensación de que alguien le había pedido que esperase. Era imposible, había demasiado ruido, y sin embargo estaba convencida de que había sido así.

    Le había mirado, seguro que se había sonrojado y no le importaba. Él estaba algo distinto, llevaba camisa y el pelo peinado hacia un lado a pesar de que un mechón le caía en la frente. ¿Había estado corriendo? No se atrevió a imaginarse que había corrido tras ella. Las gafas eran las de siempre y la sonrisa. La sonrisa casi había estado a punto de detenerle el corazón.

    Si no hubiese tenido que coger aquel tren. Había intentado disculparse, aunque no estaba segura de que él le hubiese leído los labios. Tendría que haber gritado. Al menos tendría que haberle preguntado cómo se llamaba. Pero no había tenido tiempo, ojalá no hubiera tenido que salir corriendo.

    Soltó el aliento. De nada servía pensar qué habría hecho si no hubiera tenido que subirse a aquel tren porque allí estaba, sentada en ese vagón con el corazón en un puño y con cosquillas en los dedos de las ganas que tenía de volver a dibujarlo.

    Casi había hablado con él.

    Casi.

    Visto estaba que sus encuentros desafiaban cualquier cálculo de posibilidades. Al menos Valentina quería creerlo así. Volvería a verlo y la próxima vez sería distinto.

    Abrió el cuaderno y trazó las primeras líneas, las de su mandíbula, después bajó por el cuello y siguió con la camisa. Las gafas y la sonrisa las dejaría para el final igual que los ojos. Cuando terminó deslizó la mirada por el retrato. Valentina había dibujado a un sinfín de desconocidos, lo hacía para practicar y porque era un reto intentar capturar la esencia de alguien con quien nunca había hablado en una página. Ella lo veía así, capturaba el instante de la vida de alguien a quien ella no volvería a ver jamás.

    Con el chico de las gafas era distinto, desde el primer día, desde el primer dibujo había tenido el presentimiento de que a él sí volvería a verlo.

    Quizá había llegado el momento de no dejar esos encuentros en manos del destino. Quizá el destino ya había hecho demasiado.

    Tuvo una idea. Ojalá tuviera su antiguo cuaderno amarillo, todavía no se había recuperado de disgusto de haberlo perdido. En ese cuaderno había dibujado al chico de las gafas con una bolsa con el logotipo de una empresa, pero quizá si hacía memoria conseguiría recordarlo y volver a dibujarlo. Era un tiro al aire, pero quizá funcionaría. Sabía donde él solía coger el metro y buscaría si alguna de las empresas cercanas a la estación tenían ese logotipo, si lograba recordarlo.

    Haría memoria y seguiría buscando su viejo cuaderno. Tenía que estar en alguna parte.

    Cuando volviera encontraría la manera de dar con el chico de las gafas y hablar con él.

    Cuando volviera.

    Ojalá no fuera demasiado tarde. »

  4. Mapas y citas

    Capítulo 4

    «Óscar llevaba más de mes sin encontrarse con ella y no había vuelto a pagar para que saliera el anuncio en el periódico. No pensaba en ello, al menos no demasiado, y cuando lo hacía sacudía la cabeza y se reprendía por no haberse acercado a ella cuando había tenido la oportunidad. Lamentarse, a pesar de que no servía de nada, era lo único que le quedaba. Intentaba no buscarla en cada estación de metro o de tren, y aunque no siempre lo conseguía, quizá desde hacía un par de días ya no se le aceleraba tanto el corazón cuando un vagón se detenía delante de él y abría las puertas. O quizá sí.

    Su jefe, el señor Ramón, acababa de llamarlo al despacho así que guardó el archivo en el que estaba trabajando y se levantó de la silla. Mientras recorría el pasillo se aseguró de tener el móvil en silencio y en la pantalla se encontró un mensaje de Ricky recordándole que esa tarde habían quedado para salir a correr. Le respondió con un emoticono y devolvió el móvil al bolsillo, le iría bien hacer ejercicio y seguro que Ricky se encargaría de recordarle que era un idiota por darle tantas vueltas a algo que ya no tenía remedio.

    No sabía que esa tarde tendría muchas más cosas que contarle a su amigo.

    -¿Cómo que tu empresa se traslada? ¿Dónde? ¿Por qué? -Ricky estaba tan perplejo como Óscar.

    -Hemos crecido demasiado, les va demasiado bien. No te imaginas la cara que tenía Ramón, cualquiera diría que me estaba comunicando el cierre y no una expansión -le respondió Óscar, intentando mantener el ritmo de la respiración mientras corrían-. Él quiere ese despacho como si fuera un hijo, diría que incluso más que a alguno de ellos. Odia la idea del traslado.

    -Es su empresa, si no quiere trasladarla que no la traslade -señaló Ricky quien al parecer todavía podía respirar perfectamente.

    -Se lo he dicho, pero no es posible. Falta espacio y donde están ahora ya no pueden crecer. No hay nada que hacer, dentro de un mes estaremos en el nuevo edificio.

    -Bueno, lo cierto es que la zona del 22@ le pega más a tu empresa.

    -No es mi empresa.

    -Ya me entiendes. -Ricky se detuvo de golpe y se secó el sudor de la frente-. Espera un momento. Este mal humor es porque vas a tener que cambiar de línea de metro.

    No fue una pregunta.

    -¿Qué? ¡No! -Óscar reanudó la marcha sin esperarlo-. No digas tonterías.

    -¡Es por eso! -Ricky aceleró y lo atrapó en pocos segundos-. Es por eso.

    Óscar apretó los dientes y apresuró el paso, se preparó para el discurso de Ricky donde sin duda le diría que tenía que dejar de pensar en esa chica a la que ni siquiera conocía y que se centrase de una vez.

    -Mira, Óscar, sé que a veces es difícil dejar de pensar en alguien. Joder, a veces es incluso imposible.

    Ricky lo cogió tan desprevenido que Óscar giró la cabeza para asegurarse de que su amigo no le estaba tomando el pelo, pero lo encontró con la mirada fija hacia delante y los puños cerrados tan fuertes que incluso vibraban.

    -¿Estás bien, Ricardo? ¿Te ha sucedido algo?

    -Tienes que dejar atrás la chica del cuaderno amarillo, olvidarte de ella.

    Óscar esperó a que su amigo añadiera algo más, sin embargo se quedó en silencio y apretó el ritmo.

    -Tienes razón -aceptó y añadió después-. ¿De verdad estás bien?

    -Lo estaré, no te preocupes por mí.

    Terminaron la carrera en silencio sin volver a hablar de ese tema ni de ningún otro hasta que se despidieron en la misma esquina donde se habían encontrado un par de horas antes.

    -Este sábado he quedado con Paloma, la amiga de mi prima.

    Ricky arrugó las cejas.

    -¿No habíais quedado hace unas semanas?

    -Sí, pero a Paloma le surgió algo a última hora y tuvimos que posponerlo. Un familiar llegó de viaje y tuvieron na especie de celebración improvisada. Nos hemos mandado un par de mensajes estos días.

    -Genial. ¿Nos vemos el viernes?

    -Claro.

    El semáforo se puso en verde, Ricky asintió a modo de despedida y cada uno se dirigió a su casa. Óscar tuvo el presentimiento de que el viernes, cuando coincidieran también con Héctor en el bar de siempre, Ricky no mencionaría nada sobre sí mismo ni sobre aquellas respuestas tan raras que hoy le había dado. Al menos, pensó mientras se duchaba, no era el único de sus amigos que estaba hecho un lío.

    El sábado a las siete de la tarde Óscar y Paloma entraban en el jardín d’Horta de Barcelona, brillaba el sol y hacía calor, soplaba una brisa agradable que insistía en despeinar el pelo largo y rubio de Paloma. Ella sonreía y se colocaba el mechón detrás de la oreja derecha.

    -No puedo creerme que sea la primera vez que estoy aquí -afirmó cuando se detuvieron ante la escultura de Eros justo en el corazón del laberinto-. Es precioso.

    -Lo es. -Óscar se alegraba de haber escogido aquel lugar. Esa mañana lo había dudado, había visitado el jardín de pequeño varias veces y le fascinaba desde entonces y nunca había llevado allí a nadie-. ¿Cuándo te mudaste aquí?

    -Hace cinco años. La ciudad siempre me había gustado y ya tenía varios amigos aquí, como tu prima, así que cuando me surgió la oportunidad la aproveché. ¿Tú has vivido en alguna otra ciudad?

    Óscar sonrió.

    -Me temo que en ese sentido no soy nada aventurero. Siempre he vivido aquí, exceptuando el Erasmus que hice en Dublín, pero no quiero echar a perder la imagen que tienes de mí con anécdotas de esos meses.

    -Oh, vamos, tienes que contármelo. Ya sabes lo que dicen, lo que pasa en un Erasmus no cuenta.

    -¿Eso dicen?

    Paloma se encogió de hombros.

    -Ni idea, estoy intentando convencerte para que sueltes la lengua y me cuentes todos tus secretos.

    -¿Todos? ¿Ahora?

    -Bueno, quizá podríamos empezar por uno y ver qué pasa. Y eso vale para los dos, ¿qué te parece?

    La miró, el sol empezaba a despedirse de la ciudad y la sonrisa de Paloma hacía que le brillasen los ojos y que él quisiera creer en principios felices. Era mejor creer en principios que en finales, Óscar siempre lo había visto así.

    -Me parece una gran idea.

    *****

    Valentina no había vuelto a encontrarse con él y tampoco había encontrado el viejo cuaderno amarillo. Había puesto la habitación patas arriba, el comedor, la cocina. Nada. El cuaderno no estaba en ninguna parte. A pesar de que sabía que era absurdo, porque no lo había llevado nunca allí, también lo buscó en casa de sus amigos y de su familia y en el trabajo. El cuaderno no estaba en ninguna parte y a ella le escocían los ojos cada vez que se decía a sí misma que tenía que asumir que lo había perdido para siempre. Le escocían los ojos y se le retorcía el estómago. No se veía capaz de resignarse a la idea de haberse quedado sin esos dibujos. Había intentado repetirlos todos, los de sus sobrinos, los esbozos del parque, cualquier garabato que le había pasado por la cabeza y que había ido a parar a ese viejo cuaderno lo repetía ahora en el nuevo con la esperanza de que así su imaginación adquiriera poderes sobrehumanos y recordase cada detalle de entonces por pequeño que fuera. No había funcionado.

    Al chico de las gafas sí conseguía dibujarlo, algo le decía que podría hacerlo siempre, pero el logotipo de la empresa donde supuestamente él trabajaba no. Había dibujado distintas combinaciones de letras y formas y había buscado como una posesa por las páginas amarillas, google maps y cualquier otra opción posible y sí, había hecho una especie de lista, pero ¿qué podía hacer? ¿llamar y preguntar si allí trabajaba un chico alto, moreno, con gafas y con la sonrisa ladeada? Tendría suerte si no la insultaban antes de colgarle el teléfono. Esa idea había sido una estupidez, una de esas ideas absurdas que solo salen bien en las películas de Hollywood.

    La otra opción, sin embargo, la de resignarse, no se la había planteado porque sabía que de un modo u otro iba a encontrase de nuevo con él. Lo sabía.

    -Eh, Valentina, ¿estás lista para embarcar? Ya han abierto la puerta de nuestro vuelo.

    Levantó la mirada, se había pasado los últimos minutos con los ojos fijos en las baldosas del aeropuerto, pensando en el chico de las gafas y buscando flores imaginarias en el estampado del mármol. Elias la observaba paciente, él siempre lo era.

    -Sí, estoy lista. -Se levantó y se colgó el bolso del hombro-. ¿Vamos?

    Elias le sonrió.

    -¿En qué estabas pensando? Parecías algo preocupada.

    -He perdido mi cuaderno amarillo, el viejo -añadió cuando él clavó la mirada en el cuaderno que ella sujetaba en la mano.

    -Lo encontrarás, ya lo verás. Seguro que está debajo de alguno de esos montones de papeles que tienes en tu mesa.

    -¿Te estás burlando de mí?

    -No, bueno, vale, quizá un poco. Los dos sabemos que no eres lo que se dice ordenada.

    -Soy ordenada a mí manera. Tú podrías dirigir un ejército.

    -Cierto.

    Elias le entregó al empleado de la compañía aérea su perfecta tarjeta de embarque junto con el pasaporte abierto en la página correcta y completamente alineado para que pudiese leerlos ambos sin moverlos. Valentina le dio la tarjeta arrugada, la había doblado para meterla en el bolso, y tuvo y que buscar la página del pasaporte. Dentro del avión ocuparon sus asientos, uno al lado del otro, y se dispusieron a pasar las trece horas de vuelo hasta Japón.

    Cuando a Valentina le preguntaban dónde trabajaba ella respondía en una fábrica de colores. Seguro que el departamento de dirección se quejaría si lo supiera, era una manera muy simplista de definir el alcance de lo que hacía esa compañía, pero eso era a lo que se dedicaban: a hacer colores. Fabricaban las tintas físicas que después se vendían a las imprentas de casi todo el mundo y también las imágenes de las tintas que aparecen en las pantallas de los ordenadores. Era algo difícil de explicar, aunque Valentina conseguía hacerlo muy bien. Ella decía: ¿cómo sabes que el azul de la pantalla de tu ordenador es el mismo azul que el de la mía? Pues porque yo o alguno de mis compañeros nos hemos asegurado de que lo sea.

    De entrada podía parecer un trabajo poco o nada creativo, la misma Valentina lo había creído así el primer día que entró allí para hacer prácticas como estudiante, y en contra de todo pronóstico la enamoró por completo. Sí, había días aburridos, pero otros, como cuando por ejemplo se pasó una semana buscando el lila perfecto para las ilustraciones de un cuento infantil antes de que lo mandasen a imprenta, durante los que se sentía como si fuera una especie de maga. O quizá un hada, como la llamaba una de sus sobrinas, el hada de los colores.

    Ahora Elías y ella iban a pasarse dos meses en Japón porque su empresa se había fusionado con una de allí y tenían que sincronizar su departamento, el departamento de colores, con el japonés. A ella siempre le había fascinado el país nipón, el modo en que tenían de enfocar el arte y sus distintas facetas, la importancia que le daban a cada detalle. En su último viaje había asistido a una reunión en la que se habían pasado dos horas hablando de los distintos matices que podían tener las hojas y las flores de un cerezo. En Barcelona probablemente lo habrían solucionado con un: ¿de verdad tiene que salir ese árbol en esa escena? ¿No podemos quitarlo?

    Cerró el cuaderno, había estado dibujando al pequeño Miguel, su último sobrino. Tenía muchos, nunca demasiados. El padre de Valentina, al que ella adoraba aunque no siempre se llevase bien con él, se había casado tres veces y por eso ella tenía un montón de hermanastros y hermanastras y de primas que en realidad no lo eran o sí lo eran, según con quién hablases. Ella había dejado de buscar etiquetas y simplemente se sentía muy afortunada de tener a tanta gente en su familia. Guardó el cuaderno porque vio que iban a servirles el almuerzo o la cena, ya había perdido la noción del tiempo, antes de aterrizar y despertó a Elias.

    -Eh, despierta y no pongas esa mala cara. Me pediste que te despertase, insiste.- Le sacudió por el hombro de nuevo-. Me dijiste que si no comías o bebías algo antes de aterrizar no servirías para nada.

    -Está bien, está bien -farfulló-, deja de sacudirme.

    -Usted perdone -se burló-. Veo que eres de los que necesitan mimos por la mañana.

    -Quizá. -Estiró los brazos-. Quién sabe, diría que todo depende de quién haga los mimos. -Le guiñó el ojo-. ¿Qué toca ahora, cena, almuerzo, desayuno?

    -No tengo ni idea.

    Los dos sonrieron y aceptaron las bandejas.

    Elías era un par de años mayor que Valentina, se habían conocido una mañana en el trabajo, cuando ella volvió allí al terminar la carrera de bellas artes y tras aceptar un puesto fijo. Él era químico y se encargaba de que las combinaciones que a veces sugería Valentina para las tintas físicas no fuesen dañinas para los humanos y no hicieran estallar las máquinas. Él exageraba al explicarlo así, aunque algo de razón tenía. Se habían hecho amigos casi al instante, después de que él le pidiese para salir una semana después de conocerla y de que ella lo rechazase aduciendo que no quería salir con alguien del trabajo y mucho menos justo después de empezar. Él había asentido y le había dicho: bueno, pues entonces seremos buenos amigos.

    Una vez al año, como si fuera una especie de tradición, él volvía a pedirle una cita «no como amigos», siempre le decía: ahora ya no eres nueva en el trabajo y de todos modos casi todo el mundo cree que salimos juntos.

    Era cierto, no había manera de convencer a ninguno de sus compañeros de que ellos dos solo eran amigos. Vale, ellos no ayudaban, a menudo llegaban juntos a los actos sociales de la empresa porque Elias pasaba a recogerla o porque ella se detenía en casa de él de camino, pero nada más. Y solían comer juntos al menos un par de veces por semana, pero solo porque sus trabajos les llevaban a coincidir casi a diario.

    Y ahora iban a pasar dos meses juntos en Japón. En habitaciones separadas, por supuesto.

    Además, Elias no tenía ningún problema en lo que a citas se refería y estaba al tanto de la «situación con el chico de las gafas», él siempre levantaba las manos y dibujaba comillas en el aire con los dedos para referirse a él, incluso se había ofrecido a ayudarla a buscarlo. Valentina de momento se había negado.

    -Por cierto, ¿llegaste a encontrar alguna pista sobre el chico de las gafas? -le preguntó como si le hubiese leído la mente.

    -No, por ahora nada.

    -Vaya, lo siento. -Engulló el zumo de naranja-. No te preocupes, seguro que cuando vuelvas tendrás más suerte.

    -Quién sabe.

    -Eh, no pongas esa cara. -Le levantó el rostro sujetándola por el mentón y le sonrió-. Piensa que quizá te has salvado de una buena, quizás el chico ese es un imbécil. No todos pueden ser como yo.

    -No, claro que no -sonrió y Elias se apartó porque había conseguido su objetivo.

    -Me alegro de que lo tengas claro.

    La primera semana pasó sin que Valentina tuviera tiempo de respirar ni de pensar en nada excepto trabajo, cuando llegó el viernes lo único que quería hacer era volver al pequeño apartamento que les habían alquilado y desmayarse en el sofá.

    -Ah, todavía estás aquí. -Una de sus compañeras, una alemana instalada en Tokyo desde hacía años apareció frente a su mesa-. ¿Puedo pedirte un favor?

    -Claro -aceptó, bien podía esperar media hora más-. Dime.

    -¿Puedes mandar un correo a esta empresa de Barcelona? Mi ordenador ha muerto y tengo que irme ya.

    -Claro -repitió y la alemana suspiró aliviada y le dejó un papel en el escritorio antes de salir disparada gritándole que no hacía falta que fuese muy formal, que el chico que iba a recibirlo era encantador.

    El correo decía así:

    Hola, Óscar

    Soy Valentina, Helga me ha pedido que te escriba en su nombre. Su ordenador ha pasado a mejor vida.

    ¿Puedes mandarme a mí los contratos?

    Gracias y saludos (agotados) desde Tokyo

    Valentina

    Recibió la respuesta unos minutos después, pero ella ya había apagado el ordenador. Esto es lo que decía:

    Hola, Valentina

    Estos son los contratos que necesita Helga. Gracias por escribir en su nombre, dale el pésame por su ordenador, espero que el pobre no haya sufrido demasiado.

    Saludos desde Barcelona,

    Óscar.

    Por cierto, ¿qué significa exactamente lo de creadora de colores? Lo he visto en tu firma.

    Óscar esperó a ver si recibía una respuesta, pero pasados unos minutos sin éxito volvió a centrarse en lo que estaba haciendo. El traslado había sido un caos y para empeorar las cosas sus jefes habían decidido contratar los servicios de una empresa japonesa para los siguientes proyectos y le había tocado a él «porque tú te entenderás mejor con ellos» gestionar ciertos temas. Él no acababa de entender a qué se debía el cambio, al fin y al cabo ellos hacían mapas. Mapas. ¿Qué diferencia podía haber entre imprimirlos allí o en Japón?

    Actualizó de nuevo la bandeja de correo y aunque recibió unos cuantos ninguno era de esa chica. Valentina. No sabía qué le había llevado a bromear con ella, quizá aquel agotados entre paréntesis o quizá el nombre, al leerlo había tenido una sensación extraña, o quizá… le vibró el móvil. Era un mensaje de Héctor recordándole que habían quedado esa tarde.

    Tenía que dejar de pensar en tonterías y terminar lo que estaba haciendo.»

  5. Posibilidades: mares y bosques

    Capítulo 5

    Óscar nunca había prestado mucha atención a los colores de los mapas que vendía la empresa donde trabajaba. A decir verdad, ni siquiera había prestado atención a los mapas en sí mismos. En el departamento de recursos humanos lo importante son las personas, ese era su mantra, poco importaba si se dedicaban a vender zapatos o a fabricar cohetes que llegasen a la luna. Sin embargo ahora tenía un mapa en la mesa de la oficina y otro en casa, se lo había llevado semanas atrás después de leer el segundo correo de la chica que trabajaba en Japón, Valentina.

    En los mapas los colores son muy importantes, le había explicado ella, nos cuentan muchas cosas sin que nos demos cuenta. No solo desde donde está el mar, algo obvio porque esa zona es azul, sino también lo densa que es una ciudad o lo altas que pueden ser unas montañas. Y no solo eso, un mapa puede conseguir que una ciudad te caiga mejor o peor, puede llevarte a mil aventuras o convertir tu experiencia en un desastre.

    Óscar nunca había pensando nada semejante sobre los mapas, en realidad, estaba seguro de que nunca había pensando nada semejante sobre nada. Él no veía el mundo en esos términos. No se consideraba un tipo vacío, sus amigos sabían que podía pasarse horas dándole vueltas a algo y que cualquier decisión que tomaba era fruto de un proceso de reflexión. También era sensible, estaba en contacto con sus sentimientos y no tenía miedo de reconocerlos. Pero a grandes rasgos, supuso. Él era feliz a grandes rasgos o se enfadaba a grandes rasgos. Nunca se fijaba en los detalles ni le daba importancia a algo como los colores de un mapa. Él nunca le habría contestado aquel correo a aquella chica preguntándole qué significaba ser experta en colores y nunca se habría llevado un mapa a casa -justo el que esa chica, Valentina, había sugerido-. Achacaba esa reacción a que todavía seguía inquieto, aunque estaba mejor que unos meses antes seguía sin estar cómodo en su propia piel. Era como llevar un traje demasiado grande o demasiado ajustado, un traje que le había sentado muy bien durante mucho tiempo y que sin embargo ahora le picaba y necesitaba quitarse. Pero no tenía uno de repuesto. Ni sabía dónde encontrarlo o si quería dejar de llevar ese traje y, quién sabe, disfrazarse de buzo.

    Salió del trabajo, ya se había acostumbrado a las nuevas oficinas y empezaba a disfrutar del barrio que seguía descubriendo. Según la calle que eligiese veía el mar al fondo, en una había una galería de arte, en otra una pequeña librería, los cafés solían estar llenos y si entraba oía siempre tres o cuatro idiomas distintos. Bajó la escalera de la estación de metro y mientras esperaba en el andén no pudo evitar buscar a la chica del cuaderno amarillo. Dudaba que algún día dejase de hacerlo, formaba parte de él y le reconfortaba, le hacía sonreír pensar que quizá llegaría a verla de nuevo. El vagón se detuvo y entró, eran solo tres paradas y durante el trayecto pensó que tenía que llamar a Héctor, llevaba dos viernes dejándolos plantados a él y a Ricky y las excusas que les había dado sonaban a eso, a excusas. Tenía que sucederle algo y Óscar no lograba entender por qué no se los había contado. Se abrieron las puertas y bajó justo a tiempo, no quería llegar tarde y como tampoco quería que la preocupación que sentía por uno de sus mejores amigos entorpeciera la cita mandó un mensaje a Héctor diciéndole que el domingo por la mañana podían salir a navegar. Seguro que no se negaría y Óscar cruzó los dedos para que el barco de su tío, el padre de Alice, estuviera libre ese día. Le mandó un mensaje a su tío y tras ver el ok que este respondió al instante guardó el móvil y aceleró el paso.

    Paloma estaba esperándolo en la puerta del cine. Sonrió al verlo y le dio un beso en la mejilla. Era su tercera cita y en la anterior ya se habían saludado así. Hablaron poco, faltaban un par de minutos para que empezase la película y fueron a ocupar sus asientos. Era una película italiana, de esas con distintas historias de amor que al final se entrelazan de maneras sorprendentes y con casas, paisajes y banda sonora maravillosa. Abandonaron la sala caminando el uno muy cerca del otro, sus hombros se rozaban al andar y se miraban de soslayo cuando creían que el otro no iba a pillarlos. No cenaron en un restaurante, Paloma tenía que levantarse muy temprano, se iba de fin de despedida de soltera, ese año tenía tantas que empezaba a mezclarlas, comieron una ración de pizza cada uno que compraron en un pequeño italiano que solo las servía así, en una servilleta y para comer en la calle o apoyado en la única barra que tenían y en la que cabían dos personas. El local, si podía llamarse así, apenas tenía un letrero con su nombre -eran cuatro letras granates encima de un tablón de madera de dos palmos- y era un secreto a voces en el barrio y en toda la ciudad desde que sus pizzas habían recibido varios premios.

    -Me ha gustado la película, pero he echado en falta una historia más… normal -dijo Paloma entre bocado y bocado. Paseaban por el barrio gótico y la luna se reflejaba en los adoquines húmedos por la lluvia de antes. A ellos por suerte les había pillado en el cine.

    -¿Qué quieres decir normal? Dejando a un lado el tamaño de las casas y los trabajos de los protagonistas, ¿tú crees que existe de verdad eso de ser decoradora de pisos en venta y que está tan bien pagado? -Paloma sonrió y se encogió de hombros-. Dejando a un lado esos detalles, las parejas me han parecido bastante realistas.

    -Ninguna acaba mal.

    -¿Y para ti normal es acabar mal? -Óscar silbó- Y dicen que las mujeres sois más románticas que los hombres.

    -Hay de todo en la viña del señor -bromeó ella.

    -Cierto.

    -No, no digo que lo normal sea acabar mal, solo que a veces es mejor, incluso más romántico, dejarlo. Además, la gran mayoría de nosotros conocemos a nuestra pareja, a nuestro compañero de vida, en una situación cotidiana. Fíjate que no he dicho normal. No vamos por ahí tropezándonos y chocando con el vecino de arriba que resulta ser un artista retirado que se enamora perdidamente de nosotras nada más vernos.

    -Me alegro de que vivas en una casa sin vecinos.

    -Cállate -Paloma se rió-. Lo que quiero decir es que en el mundo real las personas no se enamoran como en las películas o en los libros y alguna vez me gustaría ver reflejado algo así en el cine o en una novela. Fíjate en nosotros.

    Óscar se detuvo y la miró.

    -¿Qué pasa con nosotros? Nos conocimos en una boda, eso sale en muchas películas.

    Paloma enarcó una ceja.

    -No bailamos descalzos hasta las tantas de la madrugada ni me perseguiste bajo la lluvia para pedirme el número.

    -El suelo estaba asqueroso y no llovía.

    -Eres un caso, pero me gustas, Óscar.

    Él se quedó mirándola, ella se había sonrojado y lo miraba expectante. A pesar del tono bromista y de que acababa de afirmar que no creía en las historias de amor y que prefería historias reales, esa última frase allí, en esa calle con balcones llenos de flores y con solo la luna como testigo era romántica.

    -A mí también me gustas, Paloma.

    Ella sonrió y él se agachó despacio hasta que sus labios se rozaron por primera vez.

    No hubo chispas, pero sí una sonrisa lenta y dulce que se extendió despacio por el rostro de Paloma y después de contagió al de Óscar.

    El domingo llegó al puerto media hora antes de la convenida con Héctor. Ricky no había podido unirse a la excursión, estaba de viaje por trabajo, y le había hecho jurar a Óscar y a Héctor que el viernes siguiente ninguno fallaría y los tres se pondrían por fin al día. Sonaba tenso cuando hablaron por teléfono y afirmó que solo estaba cansado, harto incluso de ese trabajo, pero Óscar no terminó de creerle. ¿Qué les estaba pasando a los tres últimamente?

    -¿Llego tarde? -saludó Héctor desde el muelle antes de subir al pequeño velero.

    -No, yo he llegado temprano. Mi tío me pidió que comprobase unas cuantas cosas. Todo está listo, podemos salir cuando quieras.

    Héctor había perdido peso y tenía ojeras, pero Óscar sabía que nada serviría atosigarle. Los dos trabajaron casi en silencio, habían navegado juntos un montón de veces y se habían repartido las tareas tiempo atrás. Se alejaron del muelle y cuando las olas adquirieron un ritmo constante Héctor habló.

    -Mi padre está enfermo. Parkinson, grave e irremediable, acompañado de demencia. Es complicado, cruel e injusto.

    -Joder, Héctor. Lo siento.

    Héctor miraba hacia el horizonte hasta que se giró y agachó la cabeza fijando los ojos en el cabo que todavía sujetaba entre las manos.

    -Es genético. Hereditario. No sé qué mierdas sobre un gen dormido. Mis hermanos y yo tendremos que hacernos las pruebas más adelante.

    -Mierda.

    Óscar no estaba siendo nada elocuente, así que se acercó a su amigo y lo abrazó. Se conocían desde niños y no podía imaginarse un mundo sin Héctor, un mundo sin el Héctor que él conocía.

    -¿Podemos navegar hasta tarde?

    -Claro.

    -Siento no habéroslo contado antes.

    -No te preocupes por eso. -Óscar notó que Héctor estrechaba el abrazo un instante antes de soltarlo y ninguno disimuló la rabia y el miedo que se había instalado en su mirada e iba a quedarse allí durante tiempo.

    -Llamaré a Ricky cuando volvamos y el viernes os pondré al día de todo. -Héctor se apartó-. Ahora quiero navegar.

    -Pues naveguemos.

    Regresaron tarde y no volvieron a hablar del tema. Héctor se fue en su moto y Óscar optó por permanecer en el puerto. Caminó hasta un banco de piedra y se sentó mirando el mar. Obviamente su mayor preocupación era su amigo, aunque tenía que reconocer que la noticia que le había dado Héctor había revivido en él miedos y dudas que creía aparcados o al menos escondidos en alguna parte. Todo podía cambiar en un instante, en meros segundos podían arrebatarte tu identidad, tus sueños, cualquier futuro que hubieras podido imaginarte y cambiártelo por otro.

    Había una imagen que no podía quitarse de la cabeza, un dibujo que había contemplado más veces de las necesarias y que ahora le hacía apretar los puños en aquel banco. Era el dibujo de un bosque espeso, con ramas enlazándose y con una bruma algo mágica flotando en el aire, se insinuaba un camino y de pie, con arbustos casi hasta las rodillas, había una chica de espaldas esperando. La chica era ella, la autora del dibujo, llevaba el pelo recogido y parecía, aunque no podía verle el rostro, perdida o quizá también triste. ¿A quién estaba buscando? ¿De verdad quería encontrarlo, fuera quién fuese? ¿Cómo era posible que sintiera que esos trazos reflejaban justo lo que estaba sintiendo? ¿Cómo podía explicarle a nadie que sabía sin lugar a duda que la persona a la que tenía más ganas de contarle lo furioso que estaba era esa chica, esa desconocida con la que nunca había hablado? La propietaria del cuaderno amarillo que descansaba justo al lado de su cama. Era injusto que no pensase en otra persona, en Paloma, para empezar, o quizá en Ricky o en sus padres. Óscar era afortunado y tenía gente maravillosa a su alrededor, él lo sabía, y por eso se había asustado. La preocupación por Héctor lo sobrepasaba todo, pero no podía quitarse de encima la sensación de que si hablase con la chica del cuaderno se sentiría mejor. Y mirando el mar se odió por ello y también la odió un poco a ella por no estar allí ni en ninguna parte.

    *****

    Valentina estaba dibujando el mar. Se había despertado de golpe, inquieta, sudando y con el corazón golpeándole las costillas. Había intentado recuperar el sueño, el rostro angustiado que con los ojos fijos en las olas se había colado en su cabeza mientras dormía. No pudo y aun así no tenía ninguna de que era él. Absurdo se había repetido una y otra vez mientras se echaba agua en la cara, llevaba meses sin verle, era imposible que se hubiese cruzado con él en Tokyo, había insistido su parte racional mientras ella encía la luz para ir en busca del cuaderno y un lápiz. Sabía por experiencia que todo sería inútil, no podría volver a dormirse si no sacaba aquella imagen de dentro. A él, era a él a quien tendría que sacar de su cabeza, había farfullado en voz baja sabiendo que no iba a lograrlo.

    Estaba dibujando el mar, el mar de Barcelona, porque los mares son distintos según desde donde se miren y quién los mire. Los colores eran importantes. Sonrió al recordar el correo de aquella empresa que hacía mapas.

    Tienes razón, había respondido ese chico, el encargado de recursos humanos, Óscar se llamaba. Nunca lo había visto así, pero los colores son importantes. Tengo una chaqueta roja, solo la utilizo cuando uno de mis amigos nos obliga a dejar la ciudad para vivir aventuras, lo que suele significar que uno de nosotros acabará con algo roto o resaca. Me basta con verla para saber que ese fin de semana sucederá algo que algún día me avergonzará contar a mis nietos.

    Siguió dibujando, no entendía qué la había llevado a mandar aquel primer correo con esa frase ni a responder al de Óscar con esa visión tan suya de los colores. Tampoco podía explicar por qué seguía respondiendo a las preguntas de él y haciéndole ella otras a cambio. Pero le gustaban esos correos y como tantas otras cosas en su vida había dejado de buscarle una explicación. La belleza, igual que la felicidad, no necesita justificarse.

    Tarareó una canción indistinguible, tampoco había nadie escuchándola, y dio los últimos trazos. Tokyo le gustaba, aquel trabajo era una gran oportunidad y había empezado a hacer amigos y a sentirse un poco más en casa. De día tenía ataques de nostalgia, así los había bautizado Valentina, que la sobrecogían cuando menos se lo esperaba. Bastaba con un olor, con un color, con ver a alguien con un rasgo similar a otra persona para que pensara en casa. Esos extraños correos de Óscar, fuera quién fuese, la reconfortaban, servían para mantener a raya las lágrimas. Elias también, quizá tendría que empezar a reconocer que entre ella y Elias las cosas estaban cambiando. Él estaba resultando ser mucho más complejo de lo que ella se había imaginado nunca en Barcelona. Estar allí les estaba acercando, quizá les estaba convirtiendo en otras personas y aquel nuevo Elias y la nueva Valentina podían descubrirse juntos.

    De noche era distinto. Había noches en las que no soñaba, otras en las que caía exhausta después de una jornada inacabable o porque había sido un día excitante, Japón ofrecía tanto por descubrir que quería aprovecharlo. Y otras eran como esa, noches en las que el chico de las gafas se colaba en sus sueños y no podía dejar de verlo. Era extraño, ella había soñado antes con gente, a todo el mundo le ha pasado, pero con él era distinto. Era como lanzarse al mar y nadar contra las olas o como correr hasta que te falta el aliento. Cuando se despertaba tenía que dibujar y después se pasaba horas observando el resultado.

    Aquellos dibujos inexplicables eran su refugio. Días atrás, después de terminar una llamada con Penélope se había puesto a llorar. Su hermana estaba embarazada de nuevo, era una muy buena noticia, una noticia maravillosa, y Valentina no estaba allí para celebrarlo juntas. Había conseguido contener las lágrimas hasta despedirse de ella y después, cuando creía que nada iba a consolarla, decidió abrir el cuaderno y buscar el último dibujo que había hecho del chico de las gafas. Era una escena algo extraña, él estaba rodeado de arbustos en medio de un laberinto y sus ojos, que habían salido de los dedos de Valentina, la observaban expectantes, como si le estuvieran preguntando qué pensaba hacer de allí en adelante. No se lo había contado a nadie, ni siquiera Penélope, que creía en un sinfín de conjeturas místicas, lo entendería. Valentina estaba convencida de que él la entendería, de que si él hubiese estado esa tarde allí con ella habría entendido que aunque se alegraba muchísimo por su hermana odiaba que ella no se hubiese esperado a que volviera. Era irracional, por supuesto, pero él lo habría entendido. Él habría sabido qué decirle. Seguramente habría bastado con tenerlo cerca, a su lado. Habría bastado con abrazarlo.

    Sacudió la cabeza. No podía pensar así, una cosa era dibujarlo y otra atribuir a esos dibujos poderes mágicos. Dejó el lápiz y buscó la caja pequeña de acuarelas, le hacían falta pocos colores. Pintó el mar embravecido, furioso, con olas azul oscuro y negras.

    La chaqueta, roja.

  6. Posiblidades: por fin

    Capítulo 6

    Llevaba días sin dormir apenas, así que cuando aquella mañana sonó el despertador Óscar escondió la cabeza tras la sábana y se preguntó una vez más a qué se debían esas noches de insomnio. Había decidido poner punto y final a sus cábalas, nada le iba mal, era absurdo que siguiera con aquel nudo en el estómago y que no fuera tan feliz como se suponía que debía ser. Como fingía estarlo frente a los demás.

    Salió de la cama y se metió en la ducha, dejó la mente en blanco mientras intentaba que el agua se llevase consigo aquel malestar. Era jueves, le esperaba un día ajetreado en el trabajo y después había quedado con Paloma para ir a cenar y a un concierto en la playa. Iba a ser un buen día. Iba a ser un buen día, quizá si se lo repetía acabaría siendo cierto.

    Una consecuencia más de aquel extraño estado de Óscar era que estaba más despistado, parecía incapaz de centrarse en el aquí y el ahora como si su mente y su cuerpo supieran que tenían que estar en otro lugar, en otro momento. Él, que nunca había creído en supersticiones ni historias mágicas, lo explicaba diciendo que tenía muchas cosas en la cabeza; el trabajo, ayudar a Héctor con lo de su padre, seguirle el ritmo a Ricky, sus padres y ahora Paloma. Paloma, sonrió al pensar en ella. Hacía ya un par de meses que se veían y le gustaba estar con ella, era inteligente, divertida y cuando se veían esas incertidumbres desaparecían un poco. Ella seguía ocupada con su trabajo, a menudo quedaba con sus amigas y hasta el otro día ninguno de los dos había insinuado que quisiera inmiscuirse en esas facetas del otro. Había sido Paloma, ellos dos se habían conocido a través de Alice, la prima de Óscar, así que quedar con ella y su recién estrenado marido no lo había considerado nada especial y lo habían hecho un par de veces, pero el lunes de esa semana Paloma le había invitado a acompañarla a un fin de semana con sus amigos.

    -Será el sábado, estarán todos, hasta el domingo por la noche -le había dicho frente al portal de casa de ella-. Alquilamos la casa rural hace tiempo, es una especie de tradición. Pasamos un fin de semana juntos, es un poco ridículo. No te engañaré. Recordamos el instituto, cosas así, hacemos una barbacoa que siempre acaba en desastre, ya te lo puedes imaginar.

    -Me lo imagino. -No había sabido qué más decir.

    -Genial.

    Paloma había dado por hecho que él aceptaba y Óscar no la había corregido porque tampoco tenía ningún motivo por el que no acompañarla a esa casa rural y conocer a sus amigos. Héctor y Ricky le habían dejado claro que esperaban conocerla pronto y Óscar se estaba quedando sin excusas para no presentársela. Ni él sabía por qué no se la presentaba.

    Palpó los bolsillos para asegurarse de que llevaba las llaves, no podía volver a olvidárselas, y soltando un taco volvió al dormitorio en busca del móvil. Estaba justo donde lo había dejado anoche, encima del cuaderno amarillo de aquella desconocida a la que llevaba casi medio año sin ver, al menos en el mundo real, porque en sus sueños la veía constantemente.

    Ese era el verdadero motivo por el que no dormía o mejor dicho dormía y no descansaba. Se pasaba las noches atrapado en algo que no sabía si eran sueños o pesadillas porque esa chica, la chica del metro, estaba allí y aunque los dos intentaban encontrarse nunca lo lograban. Miró el cuaderno furioso, todo aquello era absurdo y si seguía así acabaría poniéndose enfermo. Quizá ya lo estaba, quizá estaba buscando excusas para no dar una verdadera oportunidad a lo suyo con Paloma, quizá tenía miedo de asumir que se estaba haciendo mayor, que sus amigos y él mismo ya no eran unos niños y tenían problemas y responsabilidades. Quizá tenía miedo de aceptar que a menudo las cosas no salen como esperamos y eso está bien porque quizá lo que esperamos no es lo que necesitamos.

    Pero por más razones que se daba a sí mismo, por más motivos que listase uno tras otro, uno tras otro, sobre por qué era una locura que siguiera obsesionado con esa chica no podía evitar soñar con ella. Tal vez despierto lo conseguía, sí, durante el día a penas pensaba en ella. Claro que en las últimas semanas había modificado su vida para conseguirlo: ahora ya nunca visitaba las paradas de metro donde la había visto y si podía evitarlo ni siquiera utilizaba esa línea. El cuaderno, sin embargo, seguía en su mesita de noche y cada día pasaba página tras página hasta llegar a su preferida.

    -Basta, Óscar. BASTA.

    Cogió el móvil y se lo metió en el bolsillo, después cogió el cuaderno. Podía bajarlo a la calle y lanzarlo al interior del contenedor azul que había en la esquina. Se le retorció el estómago, abrió el cajón y lo dejó caer dentro. Lo cerró con tanta fuerza que la mesita de noche se tambaleó y el par de gafas de repuesto que tenía allí encima cayeron al suelo.

    *****

    -¿Todavía no te has adaptado al cambio de horario?

    -Llevo aquí meses, Penélope, por supuesto que me he adaptado, solo es que me cuesta dormir. Ya lo sabes.

    A Valentina le encantaba hablar con su hermana por Skype, así podía ver a su sobrina, pero si cada vez que se veían iba a decirle que tenía mala cara o que las ojeras estaban a punto de llegarle al suelo iba a sugerirle que se llamasen por teléfono.

    -Mira, tengo una idea, vuelve a casa y te quedas con la niña, seguro que te dejará k.o y podrás dormir… y yo también -suspiró-. Necesito descansar. ¿Cómo va todo?

    -Bien, muy bien -le aseguró, no tenía intención de preocuparla-. Esta noche nos llevan a un karaoke.

    -¿Nos?

    -A Elias y a mí. Para, Pe, para. No te hagas ideas. Solo somos amigos.

    Penélope enarcó una ceja.

    -¿Y de quién es culpa eso? De Elías no, eso seguro. Os vi en esa fiesta antes de que os fueras, ¿te acuerdas? Y saltaban las chispas.

    -Ves demasiadas películas románticas.

    -Y tú demasiado pocas. Además, tienes que distraerme, es tu obligación. Te llamo para que me cuentes lo trepidante que es tu vida en Japón, lejos de casa, con un trabajo interesante y un tío bueno que babea por ti.

    -Elías no babea y el trabajo es igual de interesante que si estuviera en Barcelona.

    -Veo que no has dicho que no está bueno. Me conformo con eso. Cuéntame más.

    Valentina se rió y cambió de tema y Penélope se lo permitió porque la pequeña reclamó su atención y tuvo que terminar la llamada. Minutos después, de camino al trabajo, Valentina se preguntó qué le habría dicho su hermana si le hubiese contado que el motivo por el que no podía dormir era porque se pasaba horas dibujando a aquel chico del metro.

    *****

    El grupo no cantaba del todo mal y las estrellas iluminaban la noche cálida. Óscar y Paloma estaban sentados en la arena, encima de una toalla que ella había traído para la ocasión. Había antorchas colocadas estratégicamente para señalar la zona reservada y en el mar se veían las luces de un par de barcas pescando y las siluetas de unos cuantos surfistas temerarios.

    -¿De qué me dijiste que conocías al cantante?

    -Es el hermano mayor de una de mis amigas, de Mónica, la conocerás este fin de semana. Ella me regaló las entradas.

    -No son malos -dijo Óscar sonriéndole.

    -No, Mónica me ha contado que a Félix le han hecho una oferta para ser profesor de canto en un reality.

    -¿Y ha aceptado?

    -No, qué va -Paloma señaló al chico que cantaba-, Félix se volvería loco en la tele.

    El grupo terminó la última canción, había actuado en una pequeña tarima de madera que habían construido en la arena para aquel festival y Félix saltó cuando cesaron los aplausos y fue a saludarlos. Abrazó a Paloma y después le tendió la mano a Óscar. Charlaron unos minutos, hasta que les dijo que tenía que reunirse con el resto de la banda y se despidió de ellos.

    -Es simpático -señaló Óscar ya en la calle.

    -Eh, no lo digas como si te sorprendiera. Mis amigos son simpáticos.

    Entonces Paloma se detuvo.

    -¿Por eso estás así? ¿Porque crees que te aburrirás este fin de semana si los conoces? ¿O es porque no quieres conocerlos?

    Óscar titubeó y Paloma se dio cuenta. Cómo podía explicarle lo que le pasaba.

    -No, no es eso.

    -Pues qué es. Llevas días ausente, estás aquí y eres encantador, pero es como salir con un autómata. Si no quieres acompañarme este fin de semana a la casa rural, no pasa nada. Si estás preocupado por algo, estoy aquí. Cuéntamelo.

    ¿Y qué iba a contarle? ¿Que ella era fantástica y que le gustaba pero que al mismo tiempo sentía como si no debiera estar con ella, como si tuviera que esperar a otra persona? Llevaban poco tiempo juntos y a pesar de las dudas de Óscar si algo tenía claro era que Paloma no se merecía que jugase con ella ni que la mintiese o utilizase como sustituta. ¡Se estaba comportando como un cretino con ella y tenía que dejar de hacerlo!

    -Lo siento. Siento haber estado ausente, he estado dándole vueltas a algo.

    -¿A qué? ¿Te ha sucedido algo en el trabajo o con tus amigos?

    -No, bueno, el trabajo es trabajo, siempre suceden cosas, y ya te conté lo del padre de Héctor. Ricky y yo estamos haciendo todo lo que podemos para ayudarle y estar a su lado.

    -¿Quieres estar con él este fin de semana, es eso? Por mí no…

    -No, no es eso. Este fin de semana Héctor está fuera y su hermano se queda a cargo de su padre. -Óscar fue completamente sincero-. Me gustas, Paloma, y hacía mucho tiempo que no estaba tan a gusto con alguien.

    -¿Por qué suena como si fueras a añadir un pero?

    -No hay ningún pero. -Comprendió Óscar de repente-. No hay ningún pero.

    Paloma estaba allí, frente a él, se habían reído juntos durante la cena y el concierto en la playa había sido genial. Ella había empezado a presentarle a sus amigos y él, si dejaba de comportarse como un cretino, tenía que hacer lo mismo. La chica del metro había desaparecido de su vida y tarde o temprano desaparecería también de sus sueños.

    Óscar le sonrió a Paloma y levantó una mano para acariciarle la mejilla.

    -No hay ningún pero.

    -Me alegro -sonrió ella.

    Y él la besó.

    No pasó la noche con Paloma, pero por primera vez ella le preguntó si le apetecía subir a su apartamento. Tras aquel beso Óscar se había prometido dar una verdadera oportunidad a esa relación y quizá ella lo había visto en sus ojos porque hasta esa noche nunca le había invitado.

    -No puedo, mañana tenemos una reunión en el trabajo y -Óscar había notado que se sonrojaba- y no quiero tener que irme.

    La sonrisa de ella y un último beso lo habían acompañado de vuelta a casa, donde se tumbó en la cama y se puso a dormir sin abrir el cajón de la mesilla de noche y sin abrir aquel cuaderno amarillo.

    Soñó con ella igualmente, se despertó sudado y con un grito atrapado en la garganta. Le temblaban las manos, era incapaz de recordar qué había sucedido en la pesadilla, pero lo único que consiguió tranquilizarlo fue perderse en los dibujos del cuaderno. El alba lo descubrió pasando los dedos repetidamente los trazos que esa desconocida -aunque él ya no la sentía así- había dibujado meses atrás.

    Llegó al trabajo un poco antes de lo habitual y puso en marcha el ordenador. Hacía días que no recibía ningún correo de Valentina, la especialista en colores que trabajaba en Japón, y echaba de menos esas conversaciones. Nunca había hablado con ella por teléfono, pero para él los emails que se intercambiaban eran eso, charlas que bien podían pasar de un tema absurdo a otro trascendental. Ella le había dicho que echaba de menos la ciudad y días atrás Óscar le había adjuntado en un correo fotos de un par de calles que había descubierto en el barrio. Él le había dicho que no podía dormir, que tenía pesadillas, y ella le había mandado el enlace de una lista con los TED Talks más aburridos para ver si así conciliaba el sueño.

    Es una broma, pero quizá te ayuden. ¿Por qué tienes pesadillas?

    Óscar había dejado esa pregunta sin responder. Quizá Valentina le había escrito de nuevo, lo último que había sabido de ella era que la habían convencido para ir a un karaoke y seguro que tenía alguna anécdota divertida que contarle. Nada, la bandeja de entrada estaba vacía.

    -Buenos días, Óscar -lo saludó un compañero-, ¿vienes a la reunión?

    -Sí, voy en seguida.

    Fue a por un café y con la taza en la mano entró en la sala de reuniones. Era nueva, como todo en ese edificio, y había un televisor enorme en la pared del fondo que utilizaban para hacer presentaciones y también cuando como esa mañana mantenían una reunión con alguna otra empresa. Así se veían las caras, bromeaba siempre su jefe y todos le reían la gracia.

    Lo primero que oyó fue el sonido de la taza rompiéndose al golpear el suelo y un par de gotas de café le quemaron la piel de la mano.

    -¡Óscar! ¿Sucede algo, estás bien?

    -¡Óscar!

    No podía moverse, no podía respirar y tenía miedo de parpadear porque si lo hacía quizá ella desaparecería.

    -¡Óscar! -Pilar, la jefa de producción lo zarandeo por el hombro-. Contesta.

    Por fin reaccionó y giró la cabeza hacia ella un segundo, lo más rápido que pudo, para asentir y volver a mirar la pantalla. Ella seguía allí, sentada en un ordenador que quedaba en el margen derecho casi fuera de foco, pero era ella. La chica del cuaderno amarillo.

    -Estoy bien, Pilar. -Se apartó de ella, seguro que parecía un loco, y caminó hasta la pantalla-. ¿Quién es esa chica? -Todos lo miraban atónitos-. ¿¡Quién es!?

    Ramón, el jefe, decidió hacerle caso, probablemente para ver si así lo tranquilizaba y se dirigió al micrófono. Todavía no había entendido que no hacía falta, que le oían sin necesidad de acercarse tanto.

    -Helga, perdona un segundo, ¿podrías decirle a esa chica que está detrás que se acerque? Óscar pregunta por ella.

    Helga, igual de confusa, se dio media vuelta y llamó a la chica. Esta levantó la cabeza, había estado agachada trabajando en algo, y se quitó los cascos. Óscar la vio arrugar el cejo y le temblaron las rodillas al identificar el gesto, el mismo que hacía cuando dibujaba en el metro. Él seguía de pie frente al enorme televisor y tenía la mirada fija en cada gesto de esa chica, la vio sonreír y dejar los auriculares en la mesa. Se alisó la falda al levantarse y caminó hasta detenerse frente a la pantalla de Helga. Seguía sonriendo cuando se sentó en la silla de Helga, porque esta insistió, y cuando miró hacia la pantalla sin saber qué se encontraría en el otro lado.

    Se le agrandaron los ojos, durante unos segundos su rostro pareció insuficiente para contener tanta sorpresa. Y alegría. Levantó la comisura derecha del labio y acercó dos dedos a la pantalla.

    La voz de Helga se entrometió en aquel instante casi mágico, Óscar estuvo a punto de gritarle y pedirle que se fuera. Solo quería verla a ella.

    -Bueno, aquí está Valentina.

    Valentina.

    Tendría que haberlo sabido.

    Lo sabías

    -Eres tú. -Óscar solo podía decir eso-. Valentina.

    -¿Estás bien, Óscar? -Ramón le tocó la espalda. Seguía tenso e inmóvil frente al televisor, con la camisa y los pantalones manchados de café y comportándose como si hubiese perdido la cabeza.

    -Óscar -Valentina repitió su nombre desde la pantalla-. Eres Óscar.

    Se habían encontrado y estaban a miles de quilómetros de distancia.

  7. Posibilidades: lejos, cerca

    Capítulo 7

    «Helga y Ramón, ella en la oficina de Tokyo y él en la de Barcelona, observaban a Óscar y a Valentina sin entender nada y estos no parecían estar dispuestos a explicarles qué estaba sucediendo. Más que dispuestos, no parecían capaces de hablar ni de reaccionar. Estaban inmóviles mirándose a través de las pantallas de ordenador, casi sin pestañear y apenas pronunciando nada más excepto sus nombres.

    Helga, eficiente y resolutiva como siempre, tocó el hombro de Valentina hasta que esta le prestó atención y hablándole bajito le recordó que estaban en una reunión. Valentina se sonrojó, lo que produjo un efecto curioso en el pecho de Óscar, y se apartó de la cámara. No volvió a su mesa, esa del fondo de la que unos minutos antes se había levantado, sino que desapareció completamente del encuadre y la sensación esa tan peculiar del pecho de Óscar incrementó y mutó hasta convertirse en pánico.

    Ramón le dio las gracias a Helga y dado que Óscar seguía allí petrificado siguió el ejemplo de la mujer y lo zarandeó un poco.

    -Óscar, tenemos que empezar la reunión -fue severo, aunque no alzó la voz. En el aire todavía flotaba la extrañeza del momento.

    -Sí, sí. Perdón. -Parpadeó y sacudió la cabeza-. Tengo que… -¿qué tenía que hacer? Le resultaba imposible pensar-. Tengo que… -Bajó la vista-… a ver si arreglo esto. -Las manchas de café se habían extendido y probablemente la camisa era insalvable.

    -Claro. -Ramón le dio una palmada en el hombro-. Tómate tu tiempo. Pilar y yo empezaremos sin ti, añádate cuando termines ¿de acuerdo?

    -Claro, claro. Gracias.

    Salió apresurado de la sala de reuniones, pero en vez de ir al baño para intentar quitar esas manchas corrió hacia su despacho y puso en marcha el ordenador. «Vamos, vamos». Por fin aparecieron los iconos necesarios y abrió el correo. De un modo u otro tenía que asegurarse de que lo que acababa de suceder era verdad. Los pensamientos se golpeaban unos con otros en su cabeza para abrirse paso y el corazón le latía tan rápido que apenas podía respirar. No tenía ni idea de qué iba a escribirle, quería contarle tanto que no podía elegir cómo empezar.

    Ella sí. En su bandeja de entrada lo estaba esperando un email con una única palabra en el asunto: lejos.

    Lo abrió.

    No puedo creerme que seas tú, el chico del metro, el chico de las gafas.Yo te llamo así… por fin sé tu nombre. Óscar. Óscar. Y estamos tan lejos, no podríamos estarlo más. Lo siento, no tiene sentido lo que estoy escribiendo es que… necesitaría dibujarlo. Tengo que irme. Ahora tengo que irme. Hasta mañana.

    Valentina

    ¿Hasta mañana? ¿Tenía que irse? Óscar observó confuso y furioso, sí, estaba furioso, la pantalla del ordenador. Era injusto que la hubiese visto, que hubiese escuchado su voz, que hubiese descubierto su nombre apenas unos minutos antes y ahora tuviera que esperar hasta mañana. Valentina. Por fin tenía un nombre para la chica del cuaderno y tener era el verbo perfecto para describir aquel instante. Ahora que sabía su nombre Óscar tenía una pequeña parte, pequeñísima, de la verdad de Valentina. Hasta aquel momento se había conformado con el cuaderno, más que conformar, se había refugiado en él, se había agarrado a aquel puñado de hojas de papel como un naufrago a una tabla. Estaba convencido de que sin el cuaderno Héctor y Ricky no habrían creído que la chica del metro era real, le habrían dicho que se la había inventado para no hablar con una chica de verdad.

    Valentina era de verdad y llevaban semanas intercambiándose correos, hablando de detalles que no tenían nada que ver con el trabajo y que, al menos en su caso, no contaba a nadie. No eran secretos, solo anécdotas o curiosidades que solo había compartido con ella.

    Le dio a responder y cambió el asunto del correo: cerca

    Son quilómetros, Valentina. Quilómetros. Nada más. Corrí detrás de ti en una estación hace meses, estábamos en la misma ciudad, en la misma estación, en el mismo metro y no te alcancé. Ahora sé tu nombre y tú el mío. Estamos cerca. Mucho más que antes.

    Tengo tu cuaderno.

    Por fin podemos ser… –dejó el cursor pensando… ¿amigos? borró esa palabra, le había anudado el estómago, y después borró la frase entera-. Por fin podemos ser

    Por fin podemos conocernos

    Óscar

    El chico de las gafas.

    Le dio a enviar.

    Sí, estaban muy lejos, pero podía ser peor. Él podría haber nacido cincuenta años antes que ella, un siglo antes. Podría haber vivido en otro continente toda la vida, cruzarse solo un día en un aeropuerto porque ese día y solo ese día se hubiesen alineado todas las estrellas del universo una a una, de la primera a la última. Óscar sonrió, en realidad, tenían mucha suerte. Se habían conocido y nada de lo que pasase o no pasase a partir de ahora cambiaría eso.

    -Óscar, Ramón tiene una consulta -Pilar estaba de pie junto a él-, ¿todavía no has ido al baño? Dudo mucho que puedas salvar esta camisa.

    Óscar bajó la vista hacia la prenda sin perder la sonrisa.

    -Yo también lo dudo. No importa. Solo es una camisa. -Se levantó y fue a la sala de reuniones.

    Se sentía el hombre más afortunado del mundo, un universo de posibilidades acababa de abrirse delante de él y de Valentina.

    *****

    Valentina estaba sentada en su banco preferido del parque que le había robado el corazón la primera vez que visitó Tokyo. Aquel día estaba muerta de miedo, nunca había viajado tan lejos y tan sola. Había sido por trabajo, el que tenía antes en una empresa donde las chicas por mucho talento que tuvieran y por más eficientes, listas o trabajadoras que fueran quedaban estancadas en ciertos puestos y perdían incluso el nombre. Su exjefe las llamaba nenas o cariño y cuando alguna se quejaba respondía airado que no tenía por qué ponerse así, que acabaría con el cejo arrugado para siempre por ser tan arisca y antipática. Aquel viaje había sido horrible, una pesadilla. Había viajado con él; su jefe lo había llamado su gran oportunidad y Valentina todavía sentía arcadas al recordarlo. No iba a pensar en eso, no quería que esos recuerdos se mezclaran de ninguna manera con lo que acababa de suceder minutos antes.

    Óscar era el chico del metro.

    Tendría que haberlo sabido.

    Sonrió y dejó unas nueces en una esquina del banco. Había un día de aquel primer viaje que seguía siendo una nube negra, pero la mañana siguiente, justo después de que Valentina tomase esa decisión fue a pasear por la ciudad. Era temprano, apenas había salido el sol y sin saber cómo llegó a ese parque, el mismo en el que estaba ahora, y rompió a llorar. Se sentó en ese banco, dejó que las lágrimas le hicieran compañía y se prometió que todo iba a salir bien. Absurdo, por supuesto. Notó algo, unas cosquillas y se sobresaltó asustada. Abrió los ojos y vio una ardilla y después otra. No tenían nada especial, en Tokyo había ardillas voladoras y, sin embargo, esas dos eran ardillas normal y corrientes. Una sujetaba una nuez o algo parecido y la otra una flor, una margarita maltrecha que dejó justo al lado del pañuelo que Valentina había dejado caer al levantarse. Era una tontería, pero había guardado esa margarita durante mucho tiempo. Al principio la había llevado en el monedero, después la había pegado en una de las páginas del cuaderno amarillo, ese que todavía no había logrado encontrar. La margarita ya no le hacía falta, pensó, pero aquel banco seguía siendo su lugar especial en la ciudad.

    Óscar.

    Había empezado a creer que no volvería verlo nunca más y aun así, ahora que lo pensaba, desde que había empezado a intercambiar correos con él los sueños con el chico de las gafas habían cambiado, igual que sus dibujos. Eran más cercanos, más reales como si el destino la hubiese estado acercando a él, preparándola para ese momento.

    Apenas había conseguido pronunciar dos frase con sentido y después de que Helga le recordase que tenían una reunión y que ese instante mágico había sucedido delante de uno de sus mejores clientes había tenido que irse. La realidad se le había venido encima y tenía que refugiarse. Antes le había escrito un correo a Óscar porque quería tener una prueba tangible de que le había conocido de verdad. Y porque no quería que él la llamase o la escribiera y no la encontrase.

    Quizá no lo haría.

    Quizá él no había pensado en ella durante estos meses, quizá no había dedicado ni un segundo de su tiempo a esa desconocida del metro a la que había pillado dibujándole meses atrás. Quizá aquel día que ella había creído verlo corriendo detrás de ella solo había sido casualidad y él había ido en busca de otra persona.

    O quizá sí había pensado en ella, quizá incluso tanto como ella en él y… ¿entonces qué?

    Le vibró el teléfono y miró la pantalla para ahuyentar lo imposible. Era un mensaje de Penélope.

    ¡¡¡¡¡Felicidades!!!!! Sabía que lo conseguirías. Hablamos luego 😘

    Esa mañana Valentina no habría tenido que estar en el trabajo, había ido allí porque necesitaba la firma de su jefa en un documento para la universidad, para formalizar definitivamente la matrícula del curso de ilustración animada al que de milagro la habían admitido. Un curso al que solo admitían dos extranjeros cada año y al que para considerasen tu candidatura tenías que presentar un porfolio impresionante y un proyecto libre, así que además de necesitar un milagro necesitabas tener un currículum impresionante y una dosis nada desdeñable de talento tal como le recordaba Penélope.

    Unos segundos antes de que el rostro de Óscar apareciera en la pantalla del ordenador de Helga y de que esta le pidiese que se acercase Valentina le había dado al intro y había terminado oficialmente de matricularse. Le había mandado una foto a Pe para inmortalizar el momento, en los auriculares sonaba una de sus canciones preferidas y había ignorado el sudor frío y el vértigo. Era normal, se había dicho, acababa de comprometerse a quedarse allí durante mucho más tiempo del que había creído en un principio. Iba a ser una aventura, el principio de algo maravilloso. Aprendería ilustración con profesores a los que llevaba años admirando y tendría acceso a un mundo con el que solo se había atrevido a soñar.

    Lejos de casa.

    Lejos de lo que fuera que quizá algún día habría llegado a suceder con Óscar.

    La sensación de pérdida que la abrumaba era absurda. Tendría que estar flotando en una nube. Apenas sabía nada de ese chico y por primera vez en mucho tiempo, en muchísimo tiempo, su vida empezaba a gustarle.

    -Sabía que te encontraría aquí.

    Valentina se giró.

    -Sí -le sonrió a Elias-, me encanta este parque.

    -Es tu banco preferido. Me lo contaste, aunque no me dijiste por qué. -Señaló el espacio que quedaba vacío-. ¿Puedo sentarme?

    -Claro.

    -Helga me ha dicho que has pasado por la oficina porque te faltaban unos papeles. ¿Ya es oficial?

    -¿El qué?

    -La matrícula. ¿Estoy sentado al lado de la futura creadora de Candy Candy?

    -No. Bueno, sí. Me he matriculado.

    -Me alegro. -Había tal sinceridad en la voz de Elias que Valentina lo miró intrigada.

    -¿Por qué? ¿Por qué te alegras?

    -Estoy impaciente por descubrir qué historias tienes que contarnos, Valentina.

    Ella tuvo que apartar la mirada, la llevó hacia delante, hacía la ciudad que los rodeaba. Llevaba tanto tiempo refugiada en sus dibujos, en el trabajo, incluso en la imposibilidad que representaba el chico de las gafas que había estado a punto de olvidarse de vivir. Arriesgarse a dar una oportunidad al chico que tenía a su lado era más aterrador que dársela a uno que vivía miles de quilómetros de distancia, aun así… Soltó el aliento.

    Era absurdo. Ni Elias ni el chico de las gafas, Óscar, eran pares de zapatos, no eran intercambiables ni tampoco objetos inanimados sin opinión.

    -¿En qué estás pensando?

    -No me gusta el final de Candy Candy.

    Elias ensanchó la sonrisa.

    -Confieso que no lo vi en su momento, yo era más de Bola de Drac, pero tuve una novia que me obligó a pasar por ese rito de paso.

    -¿Y?

    -Tienes razón, es horrible.

    -¿Qué pasó con ella?

    -¿Con Candy Candy? Pues que…

    -No, idiota, con la novia. Ver Candy Candy con alguien es algo serio. -No lo hizo, pero le habría gustado darle las gracias a Elias por ese instante, por alejarla de sus dudas. Por estar allí.

    -Y que lo digas. Lloró desconsolada y no lo entendí, lo reconozco, se sabía el final de memoria y había insistido ella en que lo viéramos. En fin. me alegra poder decirte que Carmen está felizmente casada con un tío estupendo, uno de mis mejores amigos, les presenté yo en realidad, tienen dos niños y gestiona la logística de una flota de camiones. Carmen y Toni, así se llama mi amigo, hacen cosplay. Todavía no he logrado borrarme de la mente la imagen de la última vez que los vi.

    -¿Tienes una foto?

    -Pues claro, ¿quieres verla? -Valentina asintió y Elias buscó el móvil-. ¿Tú qué final le habrías puesto a Candy Candy? Solo por curiosidad.

    -Detecto cierto interés en Candy, Elias, no disimules.

    -Está bien, lo reconozco, me interesa.

    -¿Sabes que hace unos años salió una novela con el «final definitivo» -Hizo el gesto de comillas en el aire- y que Candy se casa con Terry?

    Elias abrió los ojos y fingió, o tal vez no, indignación.

    -Mira, estos locos son mis amigos. -Le enseñó la foto en la que él aparecía en medio sin disfrazar y sujetando en brazos a un niño pequeño.

    -Os lleváis muy bien, salta a la vista.

    -Como amigos no están mal. Cuando volvamos a Barcelona os presento.

    Valentina perdió la sonrisa.

    -Tardaré un poco.

    -No importa. Nos estamos poniendo melancólicos y no puede ser. Tenemos que celebrar que vas a ser una dibujante famosa. -Elias se frotó las palmas y se levantó del banco para tenderle una mano-. ¿Vamos?

    -¿A dónde?

    -A celebrar que pase lo que pase tú nunca le habrías hecho eso a Candy y a Anthony.

    -Lo sabía -Valentina soltó una carcajada-, sabía que Anthony era tu preferido.

    *****

    -¿Me estás diciendo que la chica del metro, la que se dejó olvidado aquel cuaderno amarillo trabaja en Japón en una empresa relacionada con la tuya? -Héctor dejó la cerveza en el aire, a medio camino entre la besa y sus labios.

    -Sí.

    -¿Y te has enterado al verla en una vídeo llamada? -añadió Ricky igual de perplejo.

    -Exacto.

    -¿Y llevas semanas intercambiando correos de trabajo con ella?

    -Sí. Chicos, para ser listos hoy estáis muy ofuscados.

    -Es que, joder, Óscar.

    -Sí, joder -convino él.

    -No la encontraste en Barcelona ¿y la encuentras en Japón? -Ricky bebió un trago largo-. ¿Y qué vas a hacer?

    -¿Cómo que qué voy a hacer? -Óscar bufó frustrado-. Nada. Escribirle. Llamarla, ¿qué sé yo?

    -Eh, calma. Quizá es una imbécil. -Rectificó al ver el cambio en los ojos de su amigo-. Vale, vale, no lo es.

    -Lo que Ricky está intentando decirte con su habitual falta de tacto es que es fácil fijarte en un físico, en una sonrisa, en una mirada, pero que quizá después, cuando hablas con esa persona no hay nada. No hay chispa. Nada de nada.

    -Sí, exacto, eso es lo que quería decir.

    -Suena como si supieras de lo que hablas, Héctor. ¿Ha sucedido algo?

    El aludido miró a Óscar y este tuvo la sensación de que su amigo estaba muy lejos, pensando en otra persona, y que tardaba unos segundos en volver a ese bar en el que se habían reunido.

    -No, nada. Estoy algo ausente, lo siento. Ricky es un bruto -el bruto en cuestión y le hizo un gesto obsceno-, pero tiene razón. Quién sabe qué sucederá si llegas a hablar con esa chica, quizá descubras que solo te dibujaba porque eras el tío más feo del metro.

    Sus amigos se rieron a su costa y Óscar se lo permitió.

    -No sé por qué os cuento estas cosas, tenéis la sensibilidad de una suela de zapato -se defendió en broma.

    -Cuéntaselo a Paloma, seguro que ella te aconsejará mejor -sugirió Ricky.

    -A veces me pregunto cómo es posible que en tu trabajo crean que eres tan inteligente, Ricardo. -Héctor le dio un capirote-. Óscar no puede contarle a Paloma, la chica con la que está saliendo, que antes de conocerla se había pasado meses buscando a una chica que había visto en el metro en plan película romántica inglesa y que por fin la ha encontrado. Eso no se hace.

    -Ah, vale, ya veo por dónde vas.

    -Me alegro, me preocuparía por ti si no lo hicieras.

    Óscar se quedó pensando.

    -Paloma es genial -dijo en voz alta-. Y tenéis razón, quizá Valentina y yo no tendremos nada que decirnos.

    -Exacto. -Héctor levantó la cerveza proponiendo un brindis-. Porque las pelis no existen.

    Los tres chocaron las botellas.

    -Y los finales felices tampoco -añadió Héctor antes de beber.

    -A ti te ha pasado algo, eres huraño pero esto de hoy ya es demasiado. Quizá Valentina y yo no nos llevaremos bien cuando hablemos o quizá se convertirá en una buena amiga. Las posibilidades son infinitas.

    -En realidad, Óscar, no lo son tanto. Cuando alguien no quiere, no quiere. No hay nada que hacer.

    -Eso tampoco es del todo verdad -añadió Ricky serio de golpe-. Puedes irte y buscar a otra persona, darte otra oportunidad. Estás bien con Paloma, Óscar, incluso yo puedo verlo. No la cagues.

    -No la cagaré.

    -Pues brindemos por eso. -Ricky levantó las tres cervezas nuevas que acababa de traerles el camarero-. Por no cagarla.

    -Por no cagarla.»

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