Prohibido besar a Dexter Royal de Ella Valentine y Emma Winter

Prohibido besar a Dexter Royal de Ella Valentine y Emma Winter

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Dexter Royal y Havana Gardner se odian desde siempre.

Bueno, quizás decir siempre sea exagerar un poco.

Se odian desde que se conocieron siendo adolescentes en el instituto de élite de Las Vegas en el que estudiaban.

¿Cómo no iban a odiarse? Dexter detestaba la frivolidad que Havana representaba. No era más que una niña mimada que lo tenía todo y, aun así, se negaba a valorarlo.

¿Cómo no iba Havana a odiar a Dexter? Lamentaba su pasado, pues al parecer había perdido a su familia, pero eso no le daba derecho a ser cruel. Él no sabía lo que le ocurría, pero eso no le impedía ridiculizarla y… y…

Se odiaban. Sí. Era un hecho. Llevaban toda la vida odiándose y quizás, por culpa de ese odio, se habían perdido durante años una relación que podría haber hecho historia.

Claro que Dexter prometió no acercarse nunca a Havana, aunque fuera hermana de uno de sus mejores amigos, y Havana prometió no bajar la guardia nunca con Dexter.

El único problema es que ahora están obligados a trabajar en el mismo hotel y ¿quién sabe? Igual descubren que, a veces, el odio enmascara el amor más grande e intenso del mundo.

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Prólogo Dexter Dexter miró a su amigo Logan, afinó la puntería y golpeó el balón con tan mala suerte que este se desvió de la trayectoria y golpeó la ventana que daba al salón de la casa. El sonido de unos vidrios haciéndose añicos fueron la confirmación de que acababa de firmar su sentencia de muerte. Ted Barrie, su padre de acogida, siempre le decía que no debía jugar al balón en el jardín delantero, pero a Dexter no se le daba demasiado bien seguir órdenes. Se oyó un grito enojado dentro de la casa y los dos chicos intercambiaron una mirada cargada de pánico. Segundos después, Ted apareció tras la ventana rota. Tenía el rostro enrojecido, la vena del cuello hinchada, las fosas nasales agrandadas y el ceño tan fruncido que sus cejas prácticamente se tocaban. Cuando clavó sus ojos enfurecidos en ellos, Dexter supo de inmediato que había despertado a la bestia. Ni siquiera culpó a Logan por huir despavorido de la escena montado en su bicicleta. Él lo hubiera hecho de no haber vivido allí. —¡¿Has visto lo que has hecho, niño estúpido?! —preguntó fuera de sí Ted.  Ted Barrie no solía perder los estribos en público, era uno de aquellos hombres que sabía muy bien cómo guardar las apariencias, por ello, que se expusiera de aquella manera frente a los vecinos solo podía significar una cosa: que había bebido. Solo perdía el sentido del decoro cuando iba ebrio. —Lo… lo siento —musitó con el miedo atenazándole la garganta. —Eso no me vale, chico, entra en la casa. —Pero… —Que entres. Tembloroso, Dexter subió las escaleras del porche y entró en la casa de decoración anticuada. No pudo dar ni un paso al interior de la vivienda, porque una mano grande y callosa, de dedos cortos y regordetes, lo agarró del cuello de la camiseta y lo estampó contra la pared más cercana. Ted Barrie lo observó con los ojos fuera de sus órbitas, alzó la mano libre y le golpeó con fuerza el lado izquierdo de la cara. Dexter giró el rostro siguiendo la inercia. Un dolor intenso le atravesó los músculos faciales y notó las lágrimas agolparse en sus ojos, pero las contuvo hasta que Ted lo liberó de su agarre. —Vete a tu cuarto y no salgas de él en todo lo que queda de día. No quiero verte, ¿entendido? Dexter le lanzó una mirada llena de odio y enfiló escaleras arriba hacia el primer piso, donde se encontraba su habitación. Tumbado en la cama, Dexter lloró de rabia e indignación.  Lloró por sus padres, fallecidos en un accidente dos años atrás.  Lloró por haber tenido la mala suerte de haber terminado en la casa de acogida de Ted, aunque sabía por otros huérfanos que existían muchos Teds dentro del sistema.  Lloró por su hermano mayor, Brooklyn, que intentando protegerle de ese monstruo había acabado en un reformatorio. Y lloró por él, por la soledad que se colaba por las noches en su cama recordándole entre sueños que ya nunca volvería a sentir el amor incondicional que su padre o su madre le profesaban a pesar de sus travesuras. *** Al día siguiente, a pesar del moratón que decoraba la parte izquierda de su cara, Dexter fue al colegio. Sabía perfectamente que tenía que decir en caso de que algún profesor le preguntara. En aquellos últimos meses había aprendido que la mayoría de adultos preguntaban por inercia y que estaban dispuestos a creerse cualquier mentira con tal de no meterse en problemas. —Eh, chico, eres Dexter, ¿verdad?  Dexter se detuvo frente al autobús escolar del que acababa de bajar buscando al propietario de aquella voz desconocida que había mencionado su nombre. A unos metros de él, un hombre trajeado, de aspecto impoluto que le recordaba vagamente a uno de los actores preferidos de su difunta madre, lo miraba con una sonrisa amable. Dexter frunció el ceño con desconfianza. Sabía muy bien que no debía acercarse a extraños. Asió con fuerza las asas de su mochila de las Tortuga Ninja que aún conservaba de su antigua vida y le dio la espalda, enfilando hacia el colegio. El hombre lo alcanzó fácilmente y caminó a su lado.  —Eh, tío, no me sigas —espetó Dexter deteniéndose en seco para enfrentarlo. Se encontraban en medio del camino que daba acceso al centro donde estudiaba, rodeados de otros niños que charlaban y jugaban a la espera de que la sirena que anunciaba el inicio de las clases sonara. —No soy tu tío. Soy Max Royal, amigo de Brooklyn, tu hermano —dijo el hombre con un tono sereno. Dexter se detuvo y miró a aquel hombre con una ceja enarcada.  La mención a Brooklyn había conseguido llamar su atención. —¿Conoces a Brooklyn? —Soy su padre de acogida —especificó. Dexter lo miró con perplejidad. Aquel tipo no tenía pinta de padre de acogida. Los padres de acogida solían ser viejos y tener cara de malas pulgas. Aquel hombre, a pesar de ser mayor, pues para Dexter, que solo tenía nueve años, todo aquel que tenía más de veinte le parecía mayor, no era viejo y parecía amable. —¿Y cómo sé que es eso cierto? —preguntó con recelo. —Porque me ha dado esto para ti. —Max sacó de su bolsillo una nota doblada y se la tendió. Dexter la desdobló con las manos ligeramente temblorosas. El corazón le dio un vuelvo al reconocer la letra de su hermano en el papel.  Estoy bien. Nos veremos pronto. Confía en él, Dex. Es de los nuestros. Brooklyn. Las lágrimas escaparon sin censura por los ojos de Dexter, visiblemente emocionado. Puede que Brooklyn hubiera sido muy escueto en su mensaje, pero este había sido suficiente para hacer que la semilla de la esperanza germinara en su interior. —No estoy llorando, es solo que se me ha metido algo en el ojo. —Dexter odiaba llorar, le hacía sentir débil y no quería que aquel extraño se llevara esa impresión de él. —Está bien, chico. A todos se nos mete algo en el ojo en alguna ocasión. —De nuevo, aquel hombre le sonrió amable.  —Entonces, ¿ya no está en el reformatorio? —Hace semanas que salió de él bajo mi tutela. —¿Y se encuentra bien de verdad? Max asintió y el alivio recorrió el sistema nervioso de Dexter. Llevaba meses sintiéndose culpable por lo ocurrido con Brooklyn. Si Brooklyn había acabado en un reformatorio había sido porque él no había podido controlar sus impulsos. Era revoltoso por naturaleza y ni todos los golpes y las amenazas del mundo habían podido domarlo. —Hubiera venido él mismo a verte, pero el juez decretó una orden de alejamiento y no puede ponerse en contacto contigo bajo ningún concepto. Así que tienes que prometerme que la nota que te he entregado será un secreto entre nosotros dos, ¿de acuerdo? —No se lo diré a nadie, se lo prometo, señor. —No me llames señor, llámame Max. —Te lo prometo, Max. Max sonrió una vez más y fijó los ojos en su cara con expresión de preocupación. —Dexter, ¿quién te ha hecho eso?  Fue entonces cuando Dexter recordó su aspecto. Se tapó el moratón algo avergonzado, bajó la cabeza y negó con un movimiento. —Nadie, me caí de la bici y me di con el suelo. —No mientas, Dexter. Eh, mírame —le ordenó, alzando su rostro por la barbilla con suavidad para que sus ojos se encontraran—-. Te lo ha hecho él, ¿verdad? —No sé a quién te refieres. —Te lo ha hecho tu padre de acogida. —No… Yo me caí y… —Dexter, a mí puedes contarme la verdad. Yo voy a creerte. De nuevo, unas lágrimas se precipitaron hacia abajo. Dexter asintió lentamente, recordando la petición que su hermano le hacía en la nota. Le había dicho que confiara en él. —Bien —dijo Max con una mirada cargada de determinación—. Me ocuparé de eso. El corazón dio un brinco dentro del pecho de Dexter. —¿Qué? ¡¿Cómo?! —No necesitas conocer los detalles, pero te prometo que, a partir de ahora, todo irá bien. —En ese momento el timbre de la escuela resonó con fuerza a su alrededor y una procesión de alumnos se encaminaron a toda prisa al interior del recinto—. Ve a clase, Dexter. Volveremos a vernos pronto.  Sin saber muy bien cómo sentirse, Dexter asintió una vez más con un movimiento de cabeza, se despidió del hombre agitando la mano y se dirigió hacia la entrada de la escuela. Cuando se giró para verle una vez más antes de entrar, Max ya no estaba. Durante los siguientes días Dexter dudó sobre si su encuentro con Max Royal había sido real o una fantasía que su cabeza había inventado para que la vida le pesara menos. Por suerte, la respuesta llegaría solo dos semanas después: Ted Barrie fue encarcelado por maltrato y Dexter fue destinado a otra casa de acogida, en esta ocasión, en Las Vegas. De camino a Las Vegas, Dexter no podía imaginarse que su nueva casa de acogida era uno de los hoteles más prestigiosos de la ciudad. De camino a Las Vegas, Dexter no podía imaginarse que en esa nueva casa de acogida vivía también su hermano Brooklyn. De camino a Las Vegas, Dexter no podía imaginarse que su nuevo padre de acogida sería Max Royal. De camino a Las Vegas, Dexter no podía imaginarse que en ese lugar volvería a formar parte de una familia dispuesta a darle toneladas de amor incondicional y cariño. Dexter no podía imaginárselo, pero Las Vegas estaba a punto de hacer realidad sus más anhelados deseos. 1 Havana Havana Gardner era conocida por muchas cosas en Las Vegas, pero escatimar en boutiques, desde luego, no era una de ellas. Quizás por eso la dependienta no alteró lo más mínimo el gesto de su rostro al informarle de que el total del regalo que pensaba hacer a Paris Royal ascendía a 4.200 dólares. Havana entregó la tarjeta de crédito familiar con una sonrisa y se recreó en la cestita que había rellenado de prendas elegidas personalmente por ella. Un pijama de Dolce & Gabbana, uno de Balmain, un trajecito de Gucci y uno de Versace que iba a juego con un vestido que había comprado a Charlotte y otro a Jolie. ¡Estarían tan guapos vestidos a juego! Como toque final había añadido una mantita Gucci y unos patucos Burberry. Havana no era estúpida, sabía que cualquier bebé podría vestirse un año entero con lo que ella había gastado en aquella cesta, si no más, y aunque una parte de ella se sentía un poco mal por gastar tanto dinero, se dijo a sí misma que también hacía bastantes buenas obras al cabo del año. A fin de cuentas, ella no tenía la culpa de ser rica, ¿no? Además, sabía que en cuanto viera al bebé vestido con todo aquello el sentimiento de culpa pasaría a la historia, porque estaría tan adorable que solo podría pensar en comprarle algo más. —Espero que la mamá disfrute del regalo —dijo la dependienta. En realidad, sonó a “lo va a disfrutar solo por lo que vale” pero Havana conocía a Jolie y algo le decía que a lo mejor le incomodaría un poco recibir regalos tan caros, por eso decidió no hacer ninguna alusión al precio que tenía aquel regalo. Total, no lo hacía para fanfarronear de dinero, sino porque de verdad quería que el bebé tuviera un buen regalo de su parte. Salió de la boutique, entró en el coche con chófer que la esperaba y sonrió con cierto gesto travieso a Chase, su adorado hermano mayor. —¿Cuánto ha sido? —preguntó este con una pequeña sonrisa. —Menos de lo que merece ese precioso bebé —respondió ella con gesto altivo. Su hermano rio y ella, como siempre, se alegró. Para la gente que no lo conocía podía parecer que Chase Gardner se pasaba la vida de fiesta y riendo, pero ella sabía que debajo de todo aquello había más. De igual modo que debajo de lo que podía intuirse de ella había mucho más, solo que no todo el mundo era digno de ser conocedor de esas facetas. Su hermano era un mujeriego y un fiestero, sí, pero también era el mejor hermano mayor del mundo y se mataba a trabajar en la empresa que su padre había puesto a su cargo.   —Creo que era suficiente con el Porsche a batería. Ese niño ya tiene coche y ni siquiera es capaz de abrir los ojos sin cansarse aún. —Eso no importa. En unos meses podrá pasearse por el hotel de papi o el restaurante de mami subido en su cochecito mientras alguien lo controla con el mando. Y cuando sea más mayor, será él mismo quién conduzca. ¿No te parece adorable?   —¿Mimar a un niño hasta esos extremos? No lo sé, tengo pensamientos encontrados. —¿Y eso por qué? —Porque una parte de mí me dice que será insoportable y la otra, esa que te conoce y sabe lo adorable que eres, pese a lo mimada que estás, piensa que no tiene por qué salir mal. Havana rio mientras el coche avanzaba en dirección al hotel Royal Vegas. No le molestaba que su hermano dijera que era una mimada, porque lo era. Sus padres la habían consentido toda la vida, sobre todo desde que su dislexia se hiciera patente y ambos se compadecieran hasta el punto de tratarla como si fuera un ser frágil e inútil. A Havana la actitud le había dolido mucho tiempo, pero luego asumió que nunca sería tan lista como su hermano y se dedicó a gastar dinero y vivir la vida, que era para lo que, al parecer, sí servía. A veces todavía se sentía mal, sobre todo cuando intentaba leer un libro y le resultaba prácticamente imposible concentrarse y hacerlo bien, o cuando confundía derecha e izquierda. Por fortuna, su fama de niña mimada siempre había ayudado en este aspecto, porque la gente daba por hecho que, simplemente, era un tanto inútil. No lo decían, claro, y Havana pensaba que suplía bastante bien sus carencias con sus dotes sociales, pero a veces era difícil. Una vez, incluso, se preguntó por qué sus padres no la ayudaron con algún tipo de apoyo profesional, en vez de tratarla como a una muñeca inválida, pero luego miró a su alrededor, se percató de la vida que tenía y pensó que, en realidad, no tenía mucho derecho a quejarse. Lo mejor que podía hacer era disfrutar las partes buenas y bonitas de su vida, que eran muchas, e ignorar las malas y tristes. Así pues, desterró todos estos pensamientos, miró la cesta que tenía frente a sí y luego sonrió a su hermano. —Paris estará precioso con todo esto, ¿no crees? —Lo estará —concordó Chase—. Y qué suerte que no haya nacido niña, porque entonces habrías arrasado con los mini vestiditos. Havana rio. Era cierto. No lo iba a reconocer tan fácilmente, pero en su fuero interno estaba deseando tener algún día una niña solo para vestirla igual que ella. Serían la sensación de Las Vegas. Entraron al hotel poco después, Chase conduciendo el coche a batería con un puzle sobre desiertos para Charlotte dentro y Havana cargando su preciada cesta. La gente los miraba, pero era algo a lo que ella estaba habituada. Subieron hasta la planta familiar y, una vez que entraron en el apartamento, se percataron de que Jolie y Brooklyn no estaban solos, algo normal, porque el bebé solo tenía dos días de vida y estaban todos como locos con él. En el salón principal estaba Jolie dando el pecho a su hijo, a su lado, Brooklyn hablaba con Charlotte sobre algo de un desierto y alrededor estaban la abuela Abigail, Summer Royal y, como colofón, Dexter Royal. Los únicos que faltaban eran Blake, Max y Lucky, pero conociéndolos pasarían por allí en cualquier momento. —¿Y todo esto? —preguntó Jolie sonriendo cuando ella y su hermano entraron. —Nos han dicho que ha nacido un principito y queríamos estar a la altura —dijo Havana justo antes de mirar a Charlotte—. También traemos cositas para ti. —Yo no quepo en ese coche. —La niña la miró y, como siempre, Havana tragó saliva. Charlotte era tan lista que Havana tenía la sensación de que, si la miraba mucho tiempo, averiguaría lo estúpida que ella era. —Lo tuyo es lo que hay dentro. Charlotte se levantó, hurgó en el coche y sonrió agradecida cuando sacó su puzle. No le dijo nada del vestido a juego con el de su madre y Paris porque intuía que a la niña no le importaba demasiado la moda. —Déjame cargar con eso —dijo Brooklyn cogiéndole la cesta—. Guau, pesa, ¿eh? La verdad es que sí pesaba y Havana agradeció que le quitara el peso de encima. Brooklyn abrió la cesta ante la atenta mirada de su mujer, que abrió los ojos como platos cuando vio las marcas grabadas en las etiquetas. —Havana ¿cuánto has gastado? —Ya te lo digo yo: una puta barbaridad, pero tranquilos, que la princesita tiene para comprar mil cestas como esa sin que su cuenta corriente se inmute. Aquella voz, evidentemente, no era de ella, sino de Dexter Royal, su archienemigo, si es que se le podía llamar así, desde el colegio. En realidad, a Havana solía divertirle provocar a Dexter, era uno de esos hombres con poca mecha que ardían enseguida y no le importaba lo más mínimo que fuese amigo de su hermano. Él la provocaba pensando que saldría airoso de la batalla y ella le demostraba una y otra vez que necesitaba algo más que un par de frases con tono acusador para ofenderla. —Havana, cielo, me encanta todo pero me sabe mal que… —Es para Paris, que se merece todo esto y más. —Havana cortó a Jolie y sonrió a Dexter—. Hola, nene, ¿me has echado de menos? Por respuesta, Dexter apretó los dientes y Havana se apuntó el primer tanto. Odiaba que lo llamara “nene”, razón por la que, obviamente, ella no dejaba de hacerlo. —Chicos, por favor, delante de los niños, no —pidió Brooklyn. Havana sonrió y luego, solo por fastidiar, guiñó un ojo a Dexter, que estiró los brazos hacia Jolie, que acababa de destetar a Paris. —¿Puedo cogerlo ya? —Creo que lo justo es que lo coja Havana —dijo ella—. Tú tienes ocasión de cogerlo más tarde y… —Oh, no hace falta —respondió ella de inmediato—. No se me da bien coger bebés. Jolie sonrió y palmeó un sitio a su lado. —No se te tiene que dar bien para coger a uno. Ven, tía Havana, alguien quiere conocerte de cerca. Havana se sentó un tanto temerosa, pues odiaría hacer daño al bebé y no había cogido nunca a uno, pero puso las manos en la posición que le indicaron Brooklyn y Jolie y, cuando Paris cayó entre sus brazos, sintió que se enamoraba inmediatamente de él y la sensación de tener algo tan frágil y precioso entre las manos. —Hola, pequeñito. Soy la tía Havana y pienso mimarte más que nadie en esta familia. —Nadie lo duda, querida —dijo Dexter—. ¿Me toca ya? Lo miró divertida y le sacó la lengua, juguetona. —Espera un poco, gruñón. —Es mi sobrino, quiero cogerlo. —Si tantas ganas tienes de coger bebés, puedes tener tu propio hijo y así no tendrás que pedir permiso. —No necesito tener un hijo, teniendo un sobrino tengo las mejores partes. Puedo consentirlo y luego, cuando me canse, dárselo a sus padres. Un poco lo que hicieron contigo tus padres, solo que te daban a la niñera. El dardo estaba envenenado, pero a Havana no le importó. Era cierto que se había criado buena parte del tiempo con una niñera, así que solo sonrió y miró abajo, besando la frente de Paris. —Tener niñera está bien, a mí me gusta tener a Eva —alegó Charlotte. —Punto para Charlotte —dijo Chase, su hermano—. Dex, amigo, ¿no crees que ya has hecho mucho el capullo por hoy?   ¿Te ha gustado esta muestra? Descarga el libro para seguir leyendo

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