Sabor a Regaliz de Tessa Cooper

Sabor a Regaliz de Tessa Cooper

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***SOLO HOY Y ahora supera mi beso de Megan Maxwell 

Regresa Megan Maxwell con una novela romántico-erótica tan ardiente que se derretirá en tus manos.

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Sabor a Regaliz de Tessa Cooper pdf

Sabor a Regaliz: ¿Qué ocultarías por amor? de Tessa Cooper pdf descargar gratis leer online

¿Qué ocultarías por amor?

En la familia De la Vega, todos son especialistas en contar medias verdades y aparentar lo que no son.

Aura, cansada de su relación venida a menos con Lucas de la Vega, tiene un plan: asistir a una comida, romper con su novio y alejarse de ellos. Pero no cuenta con la presencia de Mateo ni con el tiempo que pasarán a solas, que le hará plantearse si lo que quiere la hará feliz.

La primera vez que Mateo se fija en Aura se propone no mirar, no hablar, no sentir. Pero Mateo mira, habla, y, sobre todas las cosas, siente. Aunque ella sea la recién descubierta novia de su hermano y aunque sepa que, si se acerca, los secretos que los suyos han ocultado durante años saldrán a la luz y arrasarán su frágil realidad.

Y es que, nos guste o no, todos somos capaces de mentir por amor, ¿verdad?


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Sinopsis
¿Qué ocultarías por amor?
En la familia De la Vega, todos son especialistas en contar medias verdades y aparentar lo que no son.
Aura, cansada de su relación venida a menos con Lucas de la Vega, tiene un plan: asistir a una comida, romper con su novio y alejarse de ellos. Pero no cuenta con la presencia de Mateo ni con el tiempo que pasarán a solas, que le hará plantearse si lo que quiere la hará feliz.
La primera vez que Mateo se fija en Aura se propone no mirar, no hablar, no sentir. Pero Mateo mira, habla, y, sobre todas las cosas, siente. Aunque ella sea la recién descubierta novia de su hermano y aunque sepa que, si se acerca, los secretos que los suyos han ocultado durante años saldrán a la luz y arrasarán su frágil realidad.
Y es que, nos guste o no, todos somos capaces de mentir por amor, ¿verdad?
A todas aquellas personas que saben
que el amor no siempre es suficiente.
No puedes volver atrás y cambiar el principio, pero
puedes comenzar dónde estás y cambiar el final.
C.S. Lewis
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1 Demasiada fuerza
Aura adivinó el desenlace en cuanto el balón alcanzó su máxima altura. Apareció en su cabeza como un fogonazo en plena noche y, decidida a salvar a Nico del impacto, se dirigió como un relámpago hacia el pequeño.
Miró hacia arriba para calcular si disponía de tiempo suficiente para avisar al pequeño o a Lucas, su pareja y tío del niño, que a escasos metros de distancia charlaba con su madre como si la vida siguiera igual de tranquila que unos míseros segundos atrás.
—¡Nico! ¡Apártate de ahí!
El grito de Borja, padre de Lucas y abuelo de la criatura, rasgó el aire. Las cabezas de los grupos vecinos se giraron y algunas personas echaron a correr.
Nadie llegó a tiempo.
El balón, convertido en proyectil, alcanzó su objetivo tal y como estaba previsto: el cuero dio de lleno en la frente de Nico y el niño cayó colina abajo entre gritos y sollozos.
Lucas, alertado por el bullicio, se percató por fin de la inminente catástrofe. Se levantó repleto de energía, pero la debió perder en cuanto abrió la boca, porque se quedó paralizado. A su lado, Isabel se cubrió la cara con las manos, sin llegar a asimilar lo que ocurría frente a ella: su marido rodaba entre las primeras hojas caídas de octubre.
Aura no fue menos. Mientras su vocecilla interior gritaba que para qué quería piernas si no era para un momento como ese, sus pies echaron raíces al comprobar que Borja seguía el destino de su nieto. Nico colisionó contra un tronco. Y no era el tronco de un árbol cualquiera —eso hubiese sido tener mucha suerte—, sino de uno que necesitaría al menos tres personas con los brazos bien abiertos para abarcar su anchura. El mismo árbol que, unos segundos después, cobijó el cuerpo de Borja.
—Pero ¿qué has hecho? —gritó Lucas.
—¡¿Qué?!
—¡Joder, Aura! Eres un puñetero peligro. Mamá, llama a una ambulancia; vamos a necesitarla. —Lucas, entonces sí, esprintó y se colocó junto a su padre—. Papá, ¿estás bien? ¿Nico? Mamá, tráeme una botella de agua. ¡Date prisa!
Tras recuperar la movilidad, Aura bajó hasta el lugar del siniestro y ayudó a Borja a incorporarse. El hombre se sostenía el codo con la mano izquierda sin apartar la vista de su nieto. Nico, que, tenía una brecha en la cabeza de la que brotaba un reguero de sangre, no respondía a las llamadas de su tío.
—¿Cómo estás? —preguntó a Borja.
—No te preocupes, Aura, yo estoy bien. Ha sido un accidente. Y Nico se pondrá bien, seguro que sí. Se pondrá bien.
—Pero ¿qué ha pasado? —Lucas derramó el agua del botellín que su madre le alcanzó sobre el pelo de Nico. Necesitaba ver la herida, confirmar que no era profunda y que, en nada y menos, Nico esbozaría su sonrisa mellada y restaría importancia a la situación.
—Jugábamos a pasarnos el balón. Calculé mal, lancé con mucha fuerza… No sé… Yo…
—Ni te molestes. Mamá, ¿has llamado a la ambulancia?
Aura se agachó frente a Nico. Los primeros espectadores los rodearon hasta asfixiarlos y una voz desconocida preguntó a gritos si había algún sanitario. Ante el silencio, se imaginó que unos y otros se miraban y que después posaban de nuevo los ojos en Nico, en Borja, en el árbol, en ella. Se fijarían en su cara desencajada y se dirían que no era para menos.
Repleta de dudas por la posible reacción de Lucas o la de Isabel, levantó los dedos y los pasó por la mejilla del pequeño. Estaba frío. Mala señal.
Lucas no se atrevía a mover a su sobrino de sitio. Se tumbó junto a él para darle calor en una postura casi imposible de mantener por mucho tiempo.
—Se recuperará, ¿verdad? —balbuceó Aura más para sí misma que para el resto.
Retiró su atención del niño y se topó con la mirada gélida de su tío, que le revolvió las entrañas mucho más que el pánico por ver así a Nico. Lucas estaba furioso. Aura se levantó con cuidado de no perder el equilibrio. Solo faltaría que los nervios le jugasen una mala pasada y acabara por aplastarlos.
Lucas se concentró en un punto indeterminado hasta que el sol lo cegó. Aura se había movido. Recorrió con la vista su cuerpo y se preguntó en qué momento creyó que sería una buena idea mezclar a su novia con su familia. No por ella, aunque en esos momentos no fuese su persona favorita, sino por ellos. En realidad, por su madre. Siempre su madre. Bajó los párpados y negó con la cabeza al tiempo que estrujaba el cuerpo huesudo de Nico contra su pecho.
—¡Nico, vida mía! —Isabel se lanzó sobre su nieto en cuanto el pequeño abrió los ojos y empujó a su hijo para expulsarlo de su lado.
El sonido cada vez más cercano de unas sirenas consiguió que los allí reunidos respiraran con un poco de tranquilidad. Borja caminó hasta Aura y le aseguró que todo iría bien.
Isabel rompió a llorar con una servilleta manchada de sangre entre las manos. Nico se percató de que esa sangre era suya y tembló. Al verlo, Lucas supo que, en cuanto el niño entrase en urgencias, su hermano Mateo pediría su cabeza en bandeja de plata.
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2 Es mi hijo
Mateo sujetó el bisturí que le ofrecía la enfermera cuando la puerta del quirófano se abrió y Raúl, su mejor amigo, entró como un toro en la plaza.
—Doctora Gutiérrez, ¿puede acabar sola la intervención?
—¿Qué ocurre? —interpeló Mateo.
—Tu hermano ha llamado. Una ambulancia llegará en cinco minutos. Nico se ha golpeado contra un árbol y tiene una brecha considerable, pero está consciente. El doctor Cervillo lo espera en la entrada e irán directos a resonancias. He creído que…
No esperó a que su amigo acabara. Abandonó la sala de operaciones, se deshizo de la bata, se limpió las manos con menos precisión que en toda su carrera y salió disparado escaleras abajo. Esquivó a pacientes y compañeros seguido por Raúl, que se arrepintió de haber ido en busca de su colega en cuanto se enteró de la noticia, sin calcular que actuaría de forma desmedida.
—Deja actuar a Cervillo. Tú eres traumatólogo. Es tu hijo, pero no interfieras. Es que ni me escuchas, joder, Mateo. Si lo llego a saber…
—Aún no he hecho nada.
—Que no… ¡Un poco más y te llevas a Soriano por delante!
—¡¿Qué?!
—Soriano. Un poco más y chocas con él cuando salía del ascensor.
—No me toques las pelotas, Raúl, que lo he esquivado en el último segundo.
—Pues eso, que un poco más y te lo llevas por delante. Para un momento. —Mateo por fin se detuvo y se volvió hacia su amigo con los brazos cruzados. Raúl, con la respiración agitada tras la carrera, tomó aire—. Gracias, muy amable. Está consciente, viene para aquí y Cervillo es el mejor en su campo. Tranquilízate.
—Cuando lo tenga en su cama, sano y salvo, seré una balsa de aceite. —Mateo se pasó la mano por el rostro—. ¿Pero qué demonios ha pasado? Déjame tu móvil.
—¿Ves? Si es que la vas a liar. Tu hermano llega en nada, así que paciencia. —Mateo avanzó dos pasos, pero Raúl lo interceptó—. Déjame acabar. Ten paciencia con tu madre. Conociéndola, doña Isabel estará descontrolada.
Mateo llegó a Urgencias con la intención de dejar actuar a Cervillo, pero Nico cruzó la puerta más pálido de lo habitual, con la cara ensangrentada y el pelo pegado al cráneo como si de una masa viscosa se tratase. Escuchó con atención al médico del SAMUR mientras se aferraba a la mano de su hijo.
—Ya estamos juntos —murmuró. Cuando la primera lágrima del pequeño rodó por su mejilla, perdió el control y las órdenes emergieron a gritos de su boca sin contención alguna.
Los compañeros de resonancias, avisados de antemano por el neurólogo, se volcaron en atender a Nico. Cervillo, que estaba acostumbrado a que sus colegas perdieran los estribos cuando uno de los suyos ocupaba el tubo, se acercó con calma a Mateo.
—¿Qué harás con el resultado?
—Cervillo…
—De la Vega…
—Es mi hijo.
—Por eso he dejado las consultas y he bajado cagando leches. La guardia es de Toledo y me comeré una bronca por saltármelo, así que no me lo pongas más difícil.
—No puedo perderlo.
—El niño está consciente, te ha reconocido, hasta te ha explicado lo ocurrido.
—Es mi hijo.
—Y como padre tienes dos opciones: o te quedas como observador o te vas con el resto de la familia a la sala de espera. Tú eliges.
Antes de entrar en la cabina, Cervillo palmeó la espalda de Mateo, que vio cómo introducían a su hijo en el interior del tubo de la resonancia magnética. De repente, un espacio para él de sobra conocido se convirtió en demasiado frío. Esperó que el pequeño dijese que tenía miedo o que se agobiaba, pero no ocurrió. A través del micrófono, Cervillo le explicó a Nico que, desde su posición, podía ver las estrellas que habían colocado en el interior del aparato para los niños valientes como él. Eran solo pegatinas, claro, pero señaló que eran muy chulas y le prometió que, si no perdía detalle y contestaba correctamente a una pregunta que le haría al acabar la prueba, tendría un premio.
Mateo dejó a Nico y fue en busca de Lucas. Con los codos sobre las rodillas y la vista clavada en el suelo, su hermano esperaba sentado en una silla de plástico gris mientras su madre, apoyada en la ventana, tenía la vista perdida en el exterior.
—¿Qué ha pasado?
Lucas se puso en pie.
—Ha recibido un balonazo, ha caído colina abajo y ha impactado contra un árbol. Papá ha tratado de agarrarlo para evitar la colisión, pero también ha chocado con él. Nico ha perdido la consciencia unos segundos.
—¿Cuántos?
—No lo sé. Todo ha pasado muy rápido, pero no sería más de un minuto.
—Han sido tres. —Aura, que había entrado en la sala de espera al mismo tiempo que Mateo, levantó la mano en señal de saludo. Mateo la observó desconcertado. No conocía a esa chica, pero no tardó en deducir que se trataba de la novia de su hermano, una tal Sandra—. Nos pasábamos el balón y lo lancé con demasiada fuerza. Mucha, en realidad. Le di de lleno. Lo siento mucho.
—Más vale que no le pase nada o lo sentirás de verdad —sentenció Isabel.
—¡Mamá!
—Lucas, ni se te ocurra defenderla. Ni siquiera entiendo por qué ha venido hasta aquí —se quejó Isabel.
—De verdad que no me lo puedo creer. En fin… ¿Y papá?
—En el box número cuatro. Se ha lesionado el brazo derecho.
—¿Y a nadie se le ocurre decírmelo?
Aura vio alejarse a Mateo y pensó que ojalá ella también pudiera soltar una frase y desaparecer. No porque hubiese dejado de importarle la situación ni porque creyera que con su disculpa ya había compensado lo sucedido, sino porque la bloqueaba el rechazo sistemático de Isabel desde que la había conocido unas pocas horas atrás.
—Lo mejor será que te vayas. —Isabel se colocó frente Aura y se cruzó de brazos—. Dudo mucho que mi nieto se sienta a gusto contigo aquí una vez nos dejen entrar a verle. Lucas, por favor.
Y Lucas, sin mediar palabra, colocó su mano sobre la cadera de Aura y la guio hacia el exterior.
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3 Recaída
Los neumáticos del Mercedes chirriaron cuando Lucas se alejó y el sonido permaneció en el cerebro de Aura hasta que entró en su piso. El silencio los había acompañado durante el trayecto desde el hospital. La incomodidad creció entre ellos hasta convertirse en una masa sólida que los rodeó como si fuese un grillete. Él le escupió una frase como despedida y ella dio un portazo por toda respuesta. Todo, absolutamente todo, se mezcló en su mente y rebotó entre sus neuronas.
Carlota, su compañera de piso y socia en el taller de vidrio, asomó la cabeza por la puerta del cuarto de baño.
—¿Ya estás aquí?
—Sí.
—¿Se acabó la fiesta?
—Ya te digo.
Aura se dejó caer contra la pared. Los ojos le escocían tanto que parpadeó un par de veces. Carlota no necesitó más. Abandonó el cepillo a su suerte sobre el lavamanos, se acercó a ella y la agarró por los hombros.
—Cuéntamelo, soy toda oídos, pero tendrá que ser rápido. Si no salgo en media hora, me comeré todo el tráfico de Madrid de un viernes tarde, cuando todos enloquecemos por ver un puñado de árboles y un par de vacas. ¿Qué te ha hecho ese estirado de mierda?
Aura apretó los labios y miró al techo. Si lloraba, si se atrevía a mostrarle a Carlota lo pequeñita que la habían hecho sentir, su amiga iría a por Lucas y le arrancaría las pelotas de cuajo. Respiró hondo y clavó la vista en un cuadro de la isla de Murano que colgaba en la pared de enfrente.
Los ojos verdes de su amiga la escrutaron expectantes, sedientos de motivos por los que destruir a Lucas. Lo suyo había sido odio a primera vista. En realidad, estaba segura de que, si hubiese sido Carlota la que hubiera atendido a Lucas el día que se puso en contacto con su taller, en esos momentos no trabajarían para una de las familias más adineradas de Madrid.
—Ha sido culpa mía.
—Eso lo decidiré yo. Empieza.
El sonido de las ruedas derrapando en el asfalto la asaltó de nuevo, igual que la frase. La maldita frase. Se tapó el rostro con una mano al recordar la sangre en la cara de Nico y a Borja subiéndose en la ambulancia con Isabel a su lado, que la miraba como si fuera una asesina en serie. Recordó a Lucas tirándole las llaves de su coche para que se lo llevase al hospital. No para que fuera ella, sino para que le acercase el coche. «Más estúpida y no naces, Aura», se dijo al comprenderlo.
Empezó con el relato.
—Cuando ha parado frente al portal le he preguntado si vendrá a dormir, para saber si lo esperaba para cenar, pero me ha contestado que, por hoy, ya he hecho suficiente. Aunque lo peor ha sido cómo ha sonado. Era puro desprecio. Y no lo entiendo. Te juro que no reconozco al hombre con el que he pasado el día. Sé que en las últimas semanas todo ha ido mal entre nosotros. Hay algo en él que lo oscurece, pero lo de hoy ha superado con creces cualquier otro día. Y su madre es… horrible. Entiendo que esté enfadada, la situación ha sido terrible. Pero es que no ha sido eso. No me ha tragado desde el principio. Y su hermano… Solo lo he visto un par de minutos, pero es frío como un témpano de hielo.
Carlota condujo a Aura hasta el sofá, se sentó frente a ella y le cogió las manos.
—Lo del nieto y el abuelo son cosas que pasan. Lucas es un gilipollas de manual, te lo he dicho siempre. No entiendo a qué esperas para cortar con él.
—Te juro que yo tampoco. No debería ni haber aceptado conocer a su familia. Pero, aún así, si les quedan secuelas, no me lo perdonaré jamás.
—No seas tremendista.
—Tengo razón.
—Sí, tienes razón, pero yo también.
Dos horas más tarde, cuando Carlota acababa de salir por la puerta para disfrutar de un fin de semana prometedor que empezaba tarde, Aura cogió el móvil y escribió un mensaje a Lucas.
¿Se sabe algo de Nico? ¿Y de tu padre? Por favor, contéstame.
Esperó durante más de diez minutos con la vista clavada en el teléfono. Jugó con él entre los dedos, abrió las redes sociales, comprobó si Lucas se había conectado.
Su relación empezó como un fuego abrasador. Apenas habían trabajado juntos un par de semanas cuando se reunieron para que él le enseñase los planos definitivos del proyecto en el que estaban sumergidos. No necesitaron más. La tensión sexual entre ellos explotó en el aparcamiento del edificio en el que Lucas tenía su estudio de arquitectura.
Aura jamás había hecho nada semejante a plena luz del día. Él, sí.
Ocho meses después, allí se encontraba, sentada en su sofá azul con cojines amarillos, rodeada de plantas y vidrio de colores, de fotos en las que Carlota y ella hacían el tonto y de un ramo de rosas marchitas que Lucas le regaló por su cumpleaños diez días atrás.
Ojeó el móvil: doble check azul, cero respuestas.
Se levantó. Se sentía miserable y pensó que sería maravilloso disponer de una máquina del tiempo para viajar al pasado y evitar el balonazo. O, ya puestos, la tarde de sudores en el aparcamiento. Si no se hubiesen apresurado tanto, quizá la historia sería otra.
Con un nudo en la garganta, se tiró en plancha sobre la cama de metro ochenta de ancho envuelta en seda negra. Contuvo un sollozo. Ella era fuerte. O lo había sido. Sabría reencontrarse. Tenía que acabar de una vez con un idilio que se torció a medida que conocía a su pareja, cuando las necesidades primarias estuvieron resueltas y los silencios espesos pasaron de ser esporádicos a convertirse en un miembro más de la relación.
Cogió de nuevo el aparato. Comprobó otra vez que seguía sin noticias, que tenía el volumen al máximo y que Lucas pasaba de ella olímpicamente. Giró la cabeza para toparse con una foto de ambos sobre la mesita. Estaban en París, en un viaje relámpago que él le había regalado tan solo un mes atrás, después de una discusión porque ella había salido con unas amigas. Era el típico selfie con la Torre Eiffel de fondo. Se les veía radiantes.
Agotada, bajó los párpados. La imagen del pobre niño con la cara ensangrentada acudió a su mente de una forma tan vívida que los abrió de sopetón.
Le importó un pimiento lo que dijese la abuela ni lo que opinase Lucas. Cogió su bolso y la chaqueta tejana y descendió las escaleras con la certeza que su lugar se encontraba en el hospital y no entre las cuatro paredes de su apartamento. Abrió el portón con energías renovadas para darse de bruces con la realidad.
Frente a ella estaba Lucas, con su traje impoluto y el semblante de embaucador que lo caracterizaba. Arqueaba los labios con una sonrisa que le recordó a la de los primeros meses.
—Hola. Iba a llamar al portero automático. ¿Vas a algún sitio?
—Al hospital.
—Ya no es necesario. —Una zancada. Falta de aire. La nariz de él hundiéndose en su cuello.
Retrocedió un par de pasos y lo examinó como si se tratase de un desconocido. Le rogó a cualquier ser divino que estuviese disponible un poco de cordura y serenidad.
—¿Cómo están?
Lucas se pegó a ella con un movimiento ágil. Demasiado perfecto para que incluso Aura comprendiera que era tan innato en él como respirar. Colocó un dedo en sus labios al mismo tiempo que rodeaba su cintura con la mano libre.
—Eres preciosa, un poco kamikaze, pero preciosa.
—Contéstame —le imploró olvidándose de sus ruegos.
—Se pondrán bien. Nico pasará la noche en el hospital por precaución, nada más. Mi padre tendrá que cuidarse un poco ese brazo, pero ya. —Las yemas de Lucas se colaron bajo su camiseta.
—Me alegro mucho, yo…
—Shhh… Ahora, no.
Y a Aura, que unas horas atrás había imaginado que tener una máquina del tiempo que borrara aquella tarde en el aparcamiento sería una pasada, le faltó convicción para detener el juego al que la tenía acostumbrada Lucas.
Y Lucas, que sabía muy bien que jugaba con ella —con ellos en realidad—, fue en su busca en cuanto se deshizo de su madre porque ir a dónde deseaba era algo que no podía permitirse.
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4 Un whisky doble
Los ojos de Aura se perdieron entre los primeros rayos de sol que entraban por la ventana de su habitación. Tumbada de lado, dándole la espalda a Lucas, contemplaba las pequeñas motas de polvo suspendidas en el aire. Se arrepentía de haber caído de nuevo con todo el equipo. Una sonrisa y las yemas de Lucas rozando su piel fueron suficientes para eliminar de un plumazo su preocupación por Nico y Borja, la humillación por el silencio de Lucas mientras su madre lanzaba serpientes por la boca y la frase de despedida en el coche. Todo borrado a cambio de una noche de sexo que consiguió que se sintiera muchísimo peor.
Tenía que dejarle. Frenar esa dependencia que no acabaría bien. Lo que ellos tenían no era amor; probablemente, jamás lo había sido.
—Buenos días, preciosa. —Lucas tiró de ella hasta acomodarla sobre su pecho—. Yo me encargo del desayuno mientras te duchas. Salimos en media hora.
Aura se sentó y se cubrió con la sábana.
—¿A dónde?
—Comemos en casa de mis padres.
—¿Qué?
—Tras lo de ayer, ¿qué menos que ir a ver cómo se encuentran?
—Pero ¿has quedado con ellos? De todo el universo, soy la última persona a la que tu madre le gustaría ver. Meterme en su casa es una locura.
Lucas se incorporó de mala gana, dejándole a la vista el trasero, aunque no tardó en cubrirlo con uno de los pocos calzoncillos que guardaba en el primer cajón de la cómoda.
—Fue idea mía. Al ver tu mensaje imaginé que te gustaría ver a Nico y a mi padre.
—¿Nico estará en casa de tus padres?
—Sí. —Cogió el móvil con brusquedad y le mostró un mensaje—. ¿Ves? Mi hermano dijo ayer que hoy le darían el alta y tenía razón. Como siempre. Venga, dúchate. Salimos en nada.
En la calle, de nuevo los acompañó el rechinar de los neumáticos y el silencio se convirtió en un pasajero más. Se juró que cortaría con Lucas esa misma tarde, tras comprobar que Nico y Borja se encontraban bien. O todo lo bien que se puede estar después de empotrarse contra un árbol gigante.
Las calles de Madrid pasaron frente a ella sin que las prestara atención. Aura estaba perdida en su mundo, con las decisiones postergadas quemándole en la punta de la lengua.
Cogió el móvil para teclear un mensaje rápido a Carlota:
Comeré en casa de los padres de Lucas. No me eches la bronca, que ya sé que soy medio lerda. Después acabaré con esto. Ya te llamaré.
Preocupado por su mutismo, Lucas la miró de reojo un par de veces. Había tenido muchos silencios en el pasado con otra persona, así que sabía que la tormenta se acercaba. Debía actuar, llevarla de nuevo a su terreno si quería conservarla. Conservarla, se repitió, como si fuera un trofeo. No. Un trofeo, no. Pero sí una tabla de salvación, lo más parecido al amor que llegaría a alcanzar.
—Todo irá bien. —Los dedos de Lucas se entrelazaron con los de Aura al bajar del coche.
—No sé yo.
—No te preocupes por mi madre, de verdad.
Lucas pulsó el interfono mientras Aura no daba crédito a sus palabras. ¿Que no se preocupase? Ese hombre tenía que estar ciego si no veía que su madre no desistiría en su empeño de ningunearla.
—¿Diga?
—Tu hijo y la kamikaze.
—Cómo te pasas, ¿no? —Aura acompañó la frase con un capón que aplastó la cara de Lucas contra el hierro forjado de la puerta—. ¡Ostras! Lo siento, lo siento —gritó al tiempo que rebuscaba en el bolso un paquete de pañuelos de papel para taponar la nariz de Lucas, que sangraba a borbotones.
—¡Ni me toques!
Se mordió el interior de los carrillos; notó las lágrimas al límite de la contención. La certeza de que entraba en la boca del lobo cobró forma en su cabeza. Si no quería liarla más, debía atarse las manos. Y es que, en situaciones como aquella, no comprendía cómo era capaz de templar vidrio y, a la vez, ser un peligro para la humanidad en general y para esa familia en particular.
Siguió a Lucas por el amplio vestíbulo de baldosas hidráulicas hasta llegar al ascensor, en el que lo único que se escuchó fueron los engranajes de la vieja maquinaria de hierro que los elevaba.
Isabel abrió la puerta.
—¡Dios Santo! Entrad. Lucas, pasa al baño. ¿Qué ha pasado?
—Mejor no preguntes que la volvemos a tener.
—¿Qué quieres decir?
—Ahora no, Aura. —Lucas, con voz nasal, señaló su cara inclinada hacia atrás.
Su madre lo guio pasillo abajo entre frases susurradas.
—Hijo, ¿en serio que te gusta esa chica? No sé qué la ves… Cualquier día mata a un miembro de la familia.
La voz de Isabel, que había sacado medio cuerpo del baño, sonó alta y clara. Aura frunció el ceño para mirarla con la misma cara de pocos amigos que lo hacía ella. Le daba igual. Total, esa misma tarde dejaría a Lucas. Estaba allí por Nico y Borja. Nada más.
Observó las fotografías repartidas por el distribuidor. En todas ellas aparecían varios miembros de la familia: sonrisas perfectas, pelos bien colocados, París, Londres, Roma y hasta una playa de aguas cristalinas que no se aventuró a ubicar. Se acercó para contemplar un retrato en el que Lucas, con muchos años menos, abrazaba a Mateo. Un escalofrío recorrió su espalda al recordar a Nico. El niño debía odiarla.
Inclinó la cabeza para atisbar el fondo del pasillo, como si así llegase a ver lo que sucedía en el interior del escondrijo escogido por Isabel. Avanzó poco a poco. Por mucho que ellos actuaran mal, ella no debía seguir su ejemplo. Al fin y al cabo, a Lucas le debía doler horrores la nariz.
—Sigo sin entender por qué ha venido. Ya te dije ayer que no quería volver a verla.
—Mamá, estoy con ella, ¿de acuerdo? Es lo mejor a lo que puedo aspirar.
Tardó unos segundos en reaccionar. «Lo mejor a lo que puedo aspirar, lo que mejor a lo que puedo aspirar». Toda la tranquilidad que había aparentado saltó por los aires. Dio un par de pasos en dirección al baño, decidida a tomar partido en esa conversación. El calor de la vergüenza la detuvo. No porque ella fuese menos, sino porque, con esas palabras, él demostraba que no la merecía. Se dio la vuelta. ¿Por qué seguía allí? No tenía sentido. Sus piernas recorrieron el pasillo, giró el pomo y abrió la puerta.
—¿A dónde crees que vas?
Borja la interceptó cuando una de sus suelas pisó la alfombrilla y la sensación de libertad ya invadía su cuerpo.
Miró al hombre que la sujetaba por el hombro.
—Parece que no es un buen día. Podemos dejar la comida para dentro de una semana, un mes, un año, ¿una vida? —Borja le caía bien. Qué pena que el resto de su familia fuese una estirada—. ¿Cómo estás?
Borja señaló el cabestrillo del brazo y, de un tirón, la metió en el piso, cerró la puerta y la condujo hasta la cocina.
—¿Una cerveza sin alcohol? Siéntate, por favor.
—Mejor un whisky y que sea doble. —Borja enarcó las cejas, lo que provocó que a Aura se le escapara una risita. Aceptó un botellín—. Era una broma, supongo. ¿Tienes molestias?
—No te voy a mentir: duele a rabiar cuando la medicación deja de hacer efecto. Así que voy drogado todo el día y listo. Dime, ¿sueles ser así de destructiva siempre?
—Soy un poco gafe, es cierto, pero tantas veces seguidas…, no. Y tú, ¿haces mucho de superhéroe?
La risotada de Borja flotó en el ambiente hasta derretir el nudo que se le había formado en el estómago en cuanto Lucas se comió el hierro de la puerta.
—Solo cuando la necesidad lo requiere. —Se sentó junto a ella—. En un rato vendrá Nico. Su padre ya le ha explicado que fue un accidente, aunque no descarto que te mire mal.
Aura se removió en la silla. Que el niño la mirase mal era de lo más lógico. De hecho, si hubiese sido ella la que con seis años recibiese un pelotazo de su recién estrenada tía hubiese encontrado la forma de hacerle vudú.
—Lo siento mucho, Borja. Que ahora parece que me lo tome a broma, pero no. Te juro que quise morir cuando vi a Nico rodar colina abajo y a ti detrás, dispuesto a quedarte sin huesos con tal de ahorrarle al crío el batacazo que al final os distéis los dos. Por cierto, ¿cómo está? Yo me hubiese quedado en el hospital, pero…
—¡Eh! ¡Eh! —Borja paró su retahíla—. No pasa nada. En unos días recuperaré la movilidad de mi brazo. Solo es un golpe mal dado. Es más, si no tuviese un hijo traumatólogo, seguro que ni cabestrillo ni nada, que Mateo es muy exagerado. Y en cuanto a Nico, en un par de semanas tendrá la frente como nueva.
Aura abrazó a Borja, apretujándolo contra su pecho. Era el único de esa familia que parecía actuar como un adulto.
—¿Qué se supone que haces?
Se separó y vio a Isabel y a Lucas en la puerta, que los observaban sin entender qué pasaba.
—Nada.
Levanto el botellín de cerveza, brindó con el de Borja y lo vació de un trago.
«Aguanta, Aura. Un par de horas. Solo eso».
—¿Me pasas una, mamá? —Lucas señaló la cerveza mientras se colocaba a su lado.
Evidentemente, a Isabel le faltaron segundos para darle a su hijo lo que pedía.
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5 Sorpresa, sorpresa
—Mamá, ¿a qué hora has quedado con Mateo y Nico?
—Para el postre.
Lucas miró a su padre con la duda reflejada en el rostro. ¿Acaso su hermano estaba molesto con Aura? El día anterior, antes de abandonar el hospital, le explicó lo sucedido y en ningún momento pareció enfadado.
Borja, que entendió la inquietud de su hijo, negó con la cabeza.
—Entonces, ¿comemos ya?

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