Se Busca Niñera Para Esta Noche de Bianca de Santis

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Una terrible noticia lo obliga a escapar junto a sus hijos y dejar todo atrás.

Matías sufrió la pérdida del amor de su vida, su confidente, su compañera… su esposa.

Quedo solo con sus dos hijos, con quienes debe lidiar con este tremendo dolor.

Pero lo peor aún está por venir. El día que declararon muerta a su esposa, también se enteró de una desgarradora noticia que le remeció hasta la última fibra de su cuerpo.

Matías hace todo lo posible por sobrellevar esta carga, pero la ira, rencor y culpa amenazan con vencerlo.

Cada día es una lucha, cada día es una batalla por ganar.

Luego de no poder más con el estrés y la carga emocional, decidió que lo mejor para él y sus hijos es mudarse a donde nadie los conozca para comenzar desde cero.

Lamentablemente los problemas no acaban ahí, ahora son mayores las responsabilidades y necesita de forma urgente alguien que le ayude a cuidar a sus hijos mientras él trabaja e intenta reconstruir su vida.

Isidora

Una joven encantadora, con un baúl lleno de sueños, pero también con una gran maleta de deudas a causa de su carrera universitaria la obligan a ganarse la vida como niñera.

Recibió la noticia que un nuevo vecino necesita ayuda con sus hijos, pero también se enteró de su frio y fuerte carácter… pero eso no debía ser un problema, al fin de cuentas ella solo es una niñera ¿No?

A pesar del duro comportamiento de Matías, Isidora se sintió fuertemente atraída por él, sin conocer el oscuro secreto que arrastra.

Ella podía ver algo detrás de esa fría armadura que lo protegía del mundo exterior.

Ella podía ver a un hombre noble que se encontraba luchando su propia batalla interior en contra de sus demonios.

Podía notar que él la necesitaba y deseaba tanto como ella a él.

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Prólogo
«Por Dios, eres extremadamente hermosa», dijo ya sin fuerzas y contemplando mi cuerpo. «Carajo, creo que aun así me quedo corto».
Cerré los ojos para subir sobre él, con más fuerza, una fuerza inusitada hasta ahora, un huracán que me hacía moverme con un poder que hasta ese momento estaba dentro de mí pero yo lo desconocía. Sus gemidos, esos alaridos profundos y excitantes, se convirtieron en gruñidos cuando me vio encima de su poderoso cuerpo, como si fuese la dueña del momento y de nuestros cuerpos. En sus ojos podía notar su deseo feroz por mí, y eso me hacía sentir un deseo feroz por él también.
«Cariño, hazlo más fuerte», le dije, casi implorándole que se empleara a fondo para hacerme venir. El placer me alcanzaba.
Con esa frase bastó. Tomó por las caderas y golpeándome con un ritmo desesperado llegó arriba. Grité y grité sin parar y cabalgué más fuerte sobre él cuando empujó sobre mí por primera vez. Rápidamente pudimos sincronizar nuestro ritmo, y eso no bajó nuestro deseo mutuo, todo contrario; lo incrementó al máximo.
«¡Dios mío!», grité. En ese momento ya no podía controlar mis palabras ni mis acciones.
«Cariño, ven aquí por mí», dijo con una voz baja y ronca, que me hacía sentir que era imposible negarme a su invitación. «Ven aquí por mí, repitió».
De inmediato acepté sin mediar palara alguna, y sintiendo que estaba hecha para él. Con sus empujones frenéticos sobre mi cuerpo, temblé de excitación, de emoción. Fui hacia adelante, busqué su pecho con mis manos, busqué una pizca de calma, pero era imposible, sus continuos golpes en mi interior apretado me hacían sentir un placer en cada célula de mi piel, un fuego volcánico tan grande que me cortó la respiración y cortó mis pensamientos y mis movimientos por completo.
Con fuerza me giró. Mis piernas temblorosas quedaron atascadas sobre sus hombros sudorosos. Fue ágil para mantenerse siempre dentro de mí, chocando mi vagina para buscar alcanzar el orgasmo que tanto quería. El placer se mantenía ahí, con un rastro de él se deleitaban mis dedos y mis brazos, y mientras me poseía con todas sus fuerzas para llegar al punto máximo, sentí que mi orgasmo estaba cerca, muy cerca.
El deseo y la urgencia pasaban por sus ojos. Sus músculos estaban empapados de sudor y con cada vez más rítmico azotaba mi vagina, trepidantemente, para saciar su hambre. Me vine, era la tercera vez que alcanzaba el orgasmo, y su nombre salió con fuerza de mis labios. Ya no podía frenar el placer.
«Carajo», dijo, y se oyó apenas como un susurro, con mis paredes vaginales como una cascada hambrienta sobre su pene.
1
Matías
«Papá, ¿de verdad crees que esta fue la mejor idea que pudiste tener?».
En la cara de Leonardo noté cierta molestia, una expresión que yo conocía muy bien y solía aparecer cuando no estaba convencido del todo de la conveniencia de algo. Desde la muerte de Martina, Leonardo tomaba todo muy en serio, a tal punto de ser la persona de mi familia que más se preocupaba. Mientras yo me cerraba con frecuencia y meditaba en soledad, Leonardo actuaba siempre como un adulto, o peor aún, como un anciano, pensando en cada detalle de cualquier situación, por muy simple que fuese o pudiera al final ser irrelevante para los resultados.
Leonardo era igual a mí. Era una copia de mis rasgos, con su cabello oscuro como el mío, sus ojos eran idénticos a los míos, con un azul oceánico, profundo como el mar frente a nuestra antigua casa, y su nariz perfilada como la mía Si alguien tenía la mala suerte de toparse con nosotros y habíamos tenido un mal día, sería terrible para ellos. Los dos éramos protectores en extremo, además de ser temperamentales casi siempre.
«Sí, Leonardo, te entiendo», le dije sin dudar y dándole la razón. Evitaría a toda costa contarle a Leonardo la verdadera razón de esta mudanza hasta que sintiera que era el momento oportuno o él tuviera la madurez suficiente… si es que ese día llegase.
Lo que sucedió en realidad es que el padre biológico de Elena me contactó recientemente por correo electrónico. Quiere llevársela.
Apenas unos minutos después de leer ese correo electrónico decidí mudarme, lo más lejos posible. Habíamos pasado por circunstancias muy duras, y no iba a permitir que nada nos afectase así de nuevo.
Conduje por la autopista para huir de mi antigua casa durante dos días que parecieron infinitos. Por más de trece largas horas desde Puente Sur hasta Fuente Azul, en Fuerte La Loma manejé mi auto y quedé agotado. El viaje habría sido más corto, pero los dos chicos traviesos que venían en el asiento trasero retrasaron todo con las pausas para ir al baño y las comidas. Todo se demoró, y ocasionalmente tenía que detenerme para parar una pelea entre los dos o pedirles que se relajaran un poco.
Volví a mirar al asiento trasero. Vi a Elena. Estaba profundamente dormida. Se parecía tanto a su madre, Martina, con su cabello oscuro y sus ojos verdes tan hermosos como un bosque. Podrían haber sido hermanas gemelas y nadie notaría que no era así.
Busqué alguno de mis rasgos en la cara de Elena. Lo hice por mucho tiempo, pero la búsqueda fue infructuosa. Entonces lo entendí. Me enteré de la verdad sobre ella. Había vivido una mentira todo el tiempo. Pero aun con la novedad, seguí queriendo a Elena. A pesar de saber la verdad sobre “el romance”, pero Elena era mi hija pequeña y así sería siempre. Nadie, absolutamente nadie, me arrancaría a Elena ni al amor que sentía por ella.
Supe que al mudarme hacía lo correcto. Elena y su hermano fueron la única razón para continuar con mi vida y derrotar la profunda tristeza que sentía y no me permitía vivir ni pensar en el futuro. Vivía un infierno y necesitaba hacer algo para que los chicos estuviesen en un mejor lugar. En mi interior, los demonios querían tomarme de nuevo, llevarme a un pozo de oscuridad y dejarme allí, pero tenía dos buenas razones para decirles que me dejaran tranquilo, que no quería volver a pasar por esa etapa de desconsuelo.
Ya con cinco años, Elena era un problema para su hermano. Leonardo tenía siete años y estaba viviendo aquello de «las chicas no valen la pena». Si Elena estornudaba o tosía en el camino, su hermano se irritaba de inmediato y tardaba horas y horas en calmarse. Elena, por supuesto, se sentía contenta por lograr irritarlo. Durante todo el trayecto a nuestro nuevo hogar, se empeñó en enfadarlo lo más posible y luego reír mientras él se le reclamaba por portarse así. Sabía que no era justo, pero consideraba que Leonardo podía reaccionar mejor. A fin de cuentas, era su hermano mayor.
Salimos de la autopista y comenzamos la ruta hasta Fuente Azul. Los niños, tras el cansancio por estar tantas horas en el auto, se quedaron dormidos. Miré en el espejo y los vi con sus cabezas inclinadas hacia atrás, reposando contra sus asientos. Sonreí por esa imagen y seguí conduciendo, esta vez a menor velocidad. Durante el viaje en auto, me pregunté varias veces por qué no habíamos tomado un vuelo. Podría haber comprado boletos de primera clase a Fuerte La Loma, pero la idea de viajar en auto con mis hijos me trajo recuerdos felices de mi infancia. Supongo que quería que viajaran en auto por varias horas como cuando yo era niño. También sentí que podía reducir su crecimiento, compartir con ellos más mientras se veían tan pequeños e inocentes. Quise tenerlos así, diminutos e ingenuos, para siempre.
Para mí seguían siendo unas criaturas pequeñitas, pero era consciente de que mis hijos habían experimentado mucho dolor y tristeza, más del que otras personas hubieran podido soportar. Mi esposa, su madre, falleció meses antes de nuestra mudanza a nuestro nuevo hogar en Fuente Azul.
Tras el primer cumpleaños de Elena, a mi esposa le diagnosticaron cáncer, y tres años después, no pudo más. La inocencia de los niños les ayudó a recuperarse rápidamente y seguir adelante, pero fue diferente en mi caso.
Llegamos finalmente a la entrada de nuestra nueva casa después de un rato. Allí nos esperaba el camión de la mudanza. Salí del auto y saludé a los chicos encargados de la mudanza y abrí la puerta de la sala para que pasaran. Descargamos las cosas y dejé que los niños siguieran dormidos. Quería que no estuvieran allí, atravesados en medio del camino, mientras los chicos de la mudanza descargaban todos los muebles y cajas. Sabía que podían ser muy juguetones y atravesarse justo cuando los empleados de la mudanza pasaran con alguna caja.
«Señor Méndez, ¿necesita algo más?», me preguntó uno de los chicos de la mudanza después de llevar la última caja a la sala de la casa.
«No», dije mientras negaba con mi cabeza.
«Perfecto, señor», dijo el chico. «Le deseo buena suerte en su nuevo hogar».
«Gracias», le respondí para despedirme. Ya había desembolsado una abultada cifra a la compañía de mudanzas, así que me pareció que no había ninguna razón para darles propina a estos empleados por hacer su trabajo.
Mi querida Elena se despertó y salió del auto, cerrando con un fuerte golpe la puerta detrás de ella. Leonardo despertó con el fuerte sonido y frotó sus ojos. Miró a su alrededor durante unos segundos y luego él también salió del auto. Entonces tomé el equipaje del maletero y los invité a pasar.
«¿Ya llegamos?», preguntó Leonardo.
«Sí», le respondí con alegría. «¿Qué opinan?».
Leonardo y Elena examinaron cuidadosamente con sus ojos la casa. Seguí sus miradas y contemplé la majestuosidad de la gran vivienda que se aparecía ante nuestros ojos y el jardín alrededor. Este, al ser un pueblo tan pequeño, nos brindaba la posibilidad de comprar algo mucho más grande que nuestra casa en Puente Sur.
«Es una porquería», dijo Elena con osadía.
«Elena»… la miré con expresión de molestia. Ella se encogió de hombros, como si no le preocupara mi tono de voz
«Bueno, preguntaste qué opinábamos», dijo.
«Me parece bien», dijo Leonardo. «Es linda, papá».
«¿Ya podemos entrar?», preguntó Elena con inquietud.
«Por supuesto, hija». Asentí con la cabeza, y los niños corrieron para entrar.
Mis nervios me abrumaban, así que respiré hondo para tratar de calmarlos. Bajé el equipaje del maletero y lo subí por la pequeña escalera de la entrada. Llevé las bolsas al vestíbulo y salí a buscar a los chicos. No los encontré, como de costumbre. Ya estaban jugando.
«¡Elena!», «¡Leonardo!», los llamé con insistencia.
«¡Estamos arriba!», gritó él.
Suspiré largamente. Subí las escaleras para encontrarlos. Estaban en el dormitorio principal y miraban por la ventana.
Se dieron la vuelta para hablarme y noté la mirada en la cara de Elena. Ella me observaba con sus ojos verdes entrecerrados por una mezcla de ira y resentimiento.
«¿Qué te sucede?», le pregunté.
«Este lugar no me gusta para nada», dijo sin ningún rasgo de duda.
«¿Exactamente qué te desagrada?», le pregunté.
«Todo».
Carajo. Está claro que odian este lugar. ¿Cómo resolveré esto aquí, estando solo?
Me arrodillé y tomé sus manos y las volteé para que me miraran. Leonardo me miró, con sus ojos muy abiertos, esperando mis palabras de ánimo. Elena también me miraba fijamente. «Miren», les dije, «Sé que no he sido el mejor padre para ustedes desde la muerte de su madre. No he podido mantener todo en orden, lo sé, y les pido perdón por eso, pero estoy intentando hacer lo mejor que puedo. Los tres necesitamos esta mudanza. Podemos empezar de nuevo en esta linda casa».
La parte en la que el padre biológico de Elena tenía la osadía de intentar entrar en su vida y sacarla del único hogar que había conocido decidí omitirla. Claramente, no me quedaría allí de brazos cruzados, dejando que me quitara a mi hija. Obviamente, yo podría ir a tribunal y pelear la custodia, pero él le haría a creer que ella no era mi hija, y ese sería un pensamiento que la carcomería. Y además, ya había perdido a su madre; no había forma de saber los problemas que este nuevo escenario con su padre biológico le causaría. ¿Iba a quedarme inmóvil sin hacer nada? ¿Dejaría que el hiciera lo que quisiera? Ni por el carajo.

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