Solo la puntita de A. R. Cid

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A compartir, a compartir! Que me quitan los posts!!

***SOLO HOY Hay momentos que deberían ser eternos de Megan Maxwell 

Una emotiva historia que nos enseña que el mejor viaje de la vida es el amor.

No te la puedes perder. Hay momentos que deberían ser eternos, la nueva novela de Megan Maxwell, llenará tu corazón de emociones y te hará sonreír con esas pequeñas cosas que convierten la vida en algo maravilloso...

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No sabes lo que es poder hasta que rechazas al hombre que hace que te tiemblen hasta las pestañas. No sabes lo que es poder hasta que el dios de tus sueños húmedos decide que te conseguirá a toda costa.

Guido es el más gamberro y travieso de cuatro amigos. Un italiano que disfruta desnudando con sus palabras, humedeciendo a las féminas y preparándolas para cuando acuda a sus camas. Él cree que nadie puede resistirse a sus artes oscuras hasta que se cruza con la horma de su zapato.

¿Quién iba a decirle que una mujer pequeñita y con cara de elfo lograría causarle tantos problemas?

“— ¡Vístete ahora mismo! – exigió Guido fuera de sí.
— ¿Por qué? – preguntó ella con fingida inocencia mientras dejaba caer el vestido del todo y se inclinaba sugerentemente sobre la cama.
— Me niegas tu cuerpo y no dudas en enseñármelo. Después de lo que he tenido que soportar durante toda la noche… – Se llevó la mano a la entrepierna y apretó lo que allí escondía. Le dolía, ¡estaba al borde de la gangrena!
— ¿No te ha gustado?
Era la mejor de las actrices, al menos eso fue lo que pensó el italiano al ver que le ponía morritos.
— ¡Esto es culpa tuya! – gritó cual guerrero antes de lanzarse sobre su presa.
Fue una auténtica pena que ella fuera más ágil y lo esquivase. También que la mano femenina se aferrase, en el fragor de la batalla, a la sábana y tirase a modo de protección. El gigante italiano perdió el equilibrio y acabó de bruces en el suelo.
— ¿Estás bien? – Aunque poco parecía importarle mientras se partía de risa, encogiéndose sobre sí misma y con lágrimas en los ojos –. Te dije que tenía que cambiar el colchón, es muy traicionero.
— Y el secador, el mando de la tele, el coche… – enumeró Guido trazando su siguiente plan -. ¿Cuándo dejarán de tratar de asesinarme los objetos que te rodean?
— Cuando comprendas que no me gustas. – Se cruzó de brazos. Que dios pusiera hielo en las venas de Guido porque quería mordisquear cada pedazo de piel expuesta.
— Mis besos te asquean – le recordó él.
— Sin duda.
— ¿Cómo puedes saberlo si nunca me has permitido demostrarte lo hábil que puedo ser? – Tan despistada estaba que logró aferrar su tobillo y llevarla al suelo con él –. Ahora eres mía.
— Ni se te ocu… ¡No! – gritó, atizándole en los hombros mientras lo veía descender sobre ella. Quiso gemir ante el deseo de que llegase a sus labios, apretó los dientes y contuvo el aliento.
— No muerdas preciosa…”

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