Twisted 1. Twisted love de Ana Huang

A compartir, a compartir! Que me quitan los posts!!

***SOLO HOY Las Guerreras Maxwell, 8. Mírame y bésame de Megan Maxwell

Regresa Megan Maxwell con una novela romántico-erótica tan ardiente que se derretirá en tus manos.

Sexo. Familia. Diversión. Locura. Vuelve a soñar con la nueva novela de la autora nacional más vendida…  

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Déjate llevar por la serie más hot de Tiktok

Él tiene el corazón de hielo. Pero por ella, quemará el mundo. 

Sinopsis de Twisted 1. Twisted love:

Aunque Ava Chen y Alex Volkov se conocen desde hace años, él siempre se ha mostrado distante y frío. Pero ahora que el hermano de Ava se ha ido y lo ha dejado encargado de la protección de ella, Alex parece algo menos indiferente.… Y su relación, poco a poco, se va haciendo más estrecha, hasta que llegan a confiarse sus secretos y traumas más profundos… A ella, su madre intentó ahogarla en un arrebato de locura; mientras que Alex presenció el brutal asesinato de toda su familia.

Tras compartir sus más íntimos pensamientos, su relación dará un giro. No pueden negar que existe una fuerte atracción entre ellos, pero ninguno de los dos se atreve a dar un paso adelante. Finalmente, Ava admite la pasión que está surgiendo, y, aunque Alex intenta resistirse tanto como puede, las chispas acaban saltando… y prenden un fuego ardiente. Sin embargo, cuando todo empezaba a funcionar entre ellos, unas sorprendentes revelaciones sobre la verdad de su pasado dinamitarán su relación y pondrán en riesgo sus propias vidas.

POR QUÉ LEER TWISTED 1. TWISTED LOVE

  • Un «placer culpable» que ha estallado en TikTok . Las fans de Twisted Love han convertido esta la novela en un fenómeno dentro de la categoría «smuttok».
  • Atractiva combinación de romance y suspense que transforma la lectura en una experiencia altamente adictiva.

Serie Completa Twisted de Ana Huang

  1. Twisted love
  2. Twisted Games
  3. Twisted Hate
  4. Twisted Lies

Biografía de la autora de Twisted love, Ana Huang

Ana Huang es una autora principalmente de novelas románticas para adultos y contemporáneas. Sus historias van desde alegres a oscuras, pero todas tienen HEA con muchas bromas y desvanecimiento. Además de leer y escribir, a Ana le encanta viajar, está obsesionada con el chocolate caliente y tiene múltiples relaciones con novios ficticios.

1
Ava
Había cosas peores que quedarse tirada en mitad de la nada durante una tormenta.
Por ejemplo, me podría estar persiguiendo un oso cabreado. O podrían haberme atado a una silla en un sótano oscuro para obligarme a escuchar en bucle «Barbie Girl» de Aqua hasta querer arrancarme el brazo de un mordisco con tal de no volver a escuchar el estribillo otra vez.
Pero que hubiera cosas peores no significaba que esto no fuera una mierda.
Basta. Piensa en positivo.
—Seguro que aparece un taxi… ahora mismo. —Me quedé mirando el móvil, muerta de desesperación, cuando me saltó otra vez el mensaje en la aplicación que ponía «Buscando conductor», el mismo que llevaba apareciendo media hora.
Normalmente me habría tomado la situación con más filosofía, porque, oye, por lo menos el móvil me funcionaba y había conseguido refugiarme del diluvio en una parada de autobús. Pero la fiesta de despedida de Josh empezaba en una hora, y todavía tenía que recoger la tarta sorpresa de la pastelería, y además pronto empezaría a anochecer. Me gusta ver el vaso medio lleno, pero tampoco soy idiota. A nadie (y menos a una universitaria con cero conocimientos de lucha) le apetece estar de noche sola en medio de la nada.
Tendría que haberme apuntado a las clases de defensa personal que me dijo Jules.
Repasé todas mis opciones. El autobús que tenía que coger en esta parada no pasaba los fines de semana, y la mayor parte de mis amigas no tenían coche. Bridget tenía chófer personal, pero estaba en un evento de la embajada hasta las siete. No me funcionaba la aplicación de taxis, y tampoco había visto pasar ni un solo coche desde que se había puesto a llover. De cualquier forma, no pensaba ponerme a hacer autostop (he visto demasiadas pelis de terror, gracias).
Solo me quedaba una única opción, una que no quería. Pero tampoco estaba para elegir.
Busqué el contacto en el móvil, recé para mis adentros y le di al botón de llamar.
Un tono. Dos. Tres.
Vamos, cógelo. O no. No estaba segura de qué era mejor, si ser asesinada o tener que aguantar a mi hermano. Por supuesto, siempre estaba la opción de que mi hermano me asesinara por haber llegado a esta situación, pero ese era un problema de mi yo del futuro.
—¿Qué pasa?
Arrugué la nariz al escuchar su saludo.
—Hola también a ti, queridísimo hermano. ¿Qué te hace pensar que pasa algo?
Josh resopló.
—A ver, me acabas de llamar. No me llamarías si no estuvieras metida en algún lío.
Era verdad. Preferíamos mandarnos mensajes, y además vivíamos puerta con puerta (cosa que no fue idea mía), así que ni siquiera nos escribíamos.
—No diría que estoy metida en ningún lío —dije—, sino más bien que… me he quedado tirada. No tengo transporte público cerca ni puedo pillar un taxi.
—Joder, Ava. ¿Dónde estás? —Le dije dónde y añadió—: Pero ¿qué coño haces ahí? ¡Eso está a una hora del campus!
—Tampoco seas dramático. Tenía una sesión de fotos de compromiso en un sitio que estaba a media hora. Tres cuartos de hora con tráfico.
Sonó un trueno que hizo temblar las ramas de unos árboles cercanos. Me dio un escalofrío y me encogí debajo de la marquesina, aunque no sirvió de mucho. La lluvia se inclinó y las gotas empezaron a clavarse en mi piel como agujas.
Escuché un ruido que venía del lado de Josh, seguido de un gemido suave.
Me quedé paralizada. Estaba segura de que no lo había oído bien, pero volvió a sonar. Otro gemido. Abrí los ojos con horror.
—¿Estás… haciéndolo? —grité en un susurro, aunque no había nadie cerca.
El sándwich que me había zampado antes de la sesión de fotos amenazaba con volver a hacer aparición. No había nada (repito: nada) más asqueroso que escuchar a un familiar en mitad del acto sexual. Tan solo pensarlo me daba arcadas.
—Técnicamente no —dijo Josh con un tono impertinente.
La palabra «técnicamente» no ayudaba mucho.
No hacía falta ser un genio para descifrar la vaga respuesta de Josh. Quizás no estuviera haciéndolo, pero estaba haciendo algo, y no tenía ningún interés en averiguar qué era ese algo.
—Josh Chen.
—Oye, tú eres la que me ha llamado. —Debió de tapar el auricular con la mano, porque no entendí muy bien lo que me dijo después. Escuché una risita de mujer seguida de un chillido y me dieron ganas de prenderme fuego los oídos, los ojos, el cerebro—. Un colega me ha cogido el coche para ir a por hielo —dijo Josh, con la voz recuperada—. Pero no te preocupes, que me hago cargo. Mándame la ubicación exacta y ten el móvil a mano. ¿Tienes el espray de pimienta que te regalé por tu cumple el año pasado?
—Sí. Gracias, por cierto.
Yo habría preferido un estuche para la cámara, pero Josh me había comprado un pack de ocho botes de espray de pimienta. No los había usado nunca, lo que significaba que los ocho botes (menos el que llevaba en el bolso) seguían muertos de risa al fondo de mi armario.
Mi hermano no pilló el sarcasmo de la respuesta. Para ser un estudiante de Medicina que sacaba sobresalientes, era un poco corto.
—De nada. Estate atenta, que enseguida va para allá. Y ya hablaremos luego de tu absoluta falta de instinto de supervivencia.
—Yo no tengo falta de instinto de supervivencia —protesté. ¿Se decía así?— No es culpa mía que no haya… Un momento, ¿has dicho que «va para allá»? ¿Quién? ¡Josh!
Demasiado tarde. Ya había colgado.
Para una vez que lo necesitaba, me despachaba por una de sus follamigas. Me sorprendía que no se hubiera preocupado más, teniendo en cuenta que Josh inventó el «sobre» de sobreprotector. Desde «el incidente» se había tomado muy a pecho cuidarme como si fuera al mismo tiempo mi hermano y mi guardaespaldas. No podía culparle (nuestra infancia estaba llena de zonas oscuras, o eso me habían contado) y lo quería a rabiar, pero su preocupación constante era exagerada.
Me senté de lado en el banco y abracé la mochila, dejando que el cuero agrietado me calentara la piel mientras esperaba a que apareciera el amigo misterioso. Podía ser cualquiera. A Josh no le faltaban amigos. Siempre había sido don Popular. En el instituto: jugador de baloncesto, delegado y rey del baile de graduación; en la universidad: miembro de la hermandad Sigma y alumno número uno.
Yo era todo lo contrario. No es que fuera impopular, pero siempre evitaba ser el foco de atención y prefería tener un grupo pequeño de amigos que uno enorme de conocidos. Mientras Josh era el alma de la fiesta, yo me sentaba en una esquina y soñaba con todos los lugares que quería visitar y a los que probablemente no iría nunca. Porque era probable que mi fobia se interpusiera en mi camino.
Mi maldita fobia. Sabía que todo era psicológico, pero parecía físico. Las náuseas, la taquicardia, ese miedo que me paralizaba las extremidades…
Por lo menos la lluvia no me daba miedo. Podía evitar el océano, los lagos y las piscinas, pero la lluvia… habría sido difícil.
No sabía cuánto tiempo llevaba acurrucada en la parada del autobús, maldiciendo mi falta de previsión al rechazar la propuesta de los Grayson de llevarme de vuelta a la ciudad después de la sesión de fotos. No quería causarles molestias y creí que podría pedir un taxi y volver al campus de Thayer en media hora, pero justo al marcharse ellos se abrieron los cielos y, bueno, ahí me quedé.
Ya estaba oscureciendo. Los grises se mezclaban con los azules del crepúsculo, y una parte de mí tenía miedo de que el misterioso amigo no apareciera, pero Josh nunca me había dejado tirada. Si alguno de sus amigos se atreviese a fracasar en la misión de recogerme, al día siguiente Josh le partiría las piernas. Era estudiante de Medicina, pero no tenía reparos en usar la violencia si la situación lo requería, especialmente si la situación tenía algo que ver conmigo.
El resplandor de los faros atravesó la cortina de lluvia. Entorné los ojos con el corazón desbocado por la incertidumbre y el recelo mientras intentaba discernir si el coche era de un amigo de mi hermano o de un psicópata. Esa zona de Maryland era bastante segura, pero nunca se sabe.
Cuando mis ojos se ajustaron a la luz suspiré de alivio, pero unos segundos después volví a entrar en tensión.
La buena noticia era que reconocía el Aston Martin negro y brillante que se había parado delante de mí. Era de uno de los amigos de Josh, lo que significaba que mi nombre no iba a acabar saliendo en el informativo local.
¿La mala noticia? Que la persona que conducía el Aston Martin era la última que quería (o esperaba) que fuera a recogerme. No era el típico amigo que dice: «Te hago el favor de ir a rescatar a tu hermana pequeña». Era más bien de los que dicen: «Como me mires mal te destruiré a ti y a toda tu familia», y que además lo dicen con tanta tranquilidad que no te darías cuenta de que el mundo está ardiendo a tu alrededor hasta que solo fueras un montoncito de cenizas delante de sus zapatos Tom Ford.
Me pasé la punta de la lengua por los labios secos mientras el coche se detenía delante de mí y la ventanilla del copiloto descendía.
—Sube.
No levantó la voz (nunca la levantaba), pero aun así podía oírle alto y claro en mitad de la lluvia.
Alex Volkov era una fuerza de la naturaleza, y me daba la impresión de que hasta la meteorología se rendía ante él.
—No estarás esperando a que te abra la puerta —dijo al ver que no me movía. Parecía tan encantado como yo con toda aquella situación.
Menudo caballero.
Apreté los labios y reprimí una respuesta sarcástica mientras me levantaba del banco y me metía en el coche. Olía bien, como a colonia de especias y a cuero fino italiano. Yo no llevaba ninguna toalla ni nada para poder poner en el asiento, así que solo me quedaba rezar para no estropear aquella tapicería tan cara.
—Gracias por recogerme. Te lo agradezco —dije en un intento de romper el hielo. Fracasé estrepitosamente.
Alex no me respondió, ni siquiera me miró mientras conducía por las intrincadas curvas de las carreteras que llevaban de regreso al campus. Conducía de la misma manera en que caminaba, hablaba y respiraba: pausada y calmadamente, con una amenaza de muerte velada en la mirada hacia cualquier idiota que se atreviera a cruzarse en su camino.
Era todo lo contrario a Josh, y por eso me seguía sorprendiendo que aun así fueran mejores amigos. A mí, personalmente, Alex me parecía un gilipollas. Seguro que tenía sus razones para serlo, o algún trauma psicológico que lo había convertido en un robot sin sentimientos. Según lo poco que me había contado Josh, la infancia de Alex debió de ser todavía peor que la nuestra, aunque no había podido sonsacarle muchos detalles. Lo único que sabía era que los padres de Alex habían muerto cuando él era pequeño y le habían dejado una jugosa herencia cuyo valor se había multiplicado por cuatro cuando la cobró a los dieciocho años. Aunque tampoco es que lo necesitara, porque en el instituto había inventado un software financiero que lo convirtió en multimillonario antes de poder siquiera votar.
Con un cociente intelectual de 160, Alex Volkov era un genio, o casi. Era el único alumno de la historia de Thayer que había terminado en solo tres años una carrera de cinco, seguida de un máster en Administración de Empresas. A los veintiséis ya era jefe de Operaciones de una de las empresas de desarrollo inmobiliario más importantes del país. Era una leyenda, y lo sabía.
Mientras tanto, yo me conformaba con acordarme de comer mientras hacía malabares con las clases, las extraescolares y mis dos empleos: recepcionista de la galería McCann y fotógrafa freelance para todo aquel que quisiera contratarme. Graduaciones, fiestas de compromiso, cumpleaños de perros, hacía todo lo que me saliera.
—¿Vas a ir a la fiesta de Josh? —pregunté, por sacar algún tema de conversación. El silencio me estaba matando.
Alex era el mejor amigo de Josh desde que habían compartido habitación en Thayer ocho años antes, y desde entonces todos los años Alex venía a casa en Acción de Gracias y en otras celebraciones, pero aun así sentía que no lo conocía de verdad. No cruzábamos palabra, salvo para decir algo relacionado con Josh o para pasarnos la fuente de las patatas en la cena o algo así.
—Sí.
Pues nada. Se acabó el tema de conversación.
Mi mente empezó a deambular por las millones de cosas que tenía que hacer ese fin de semana: editar las fotos del compromiso de los Grayson, terminar la memoria para la beca World Youth Photography, ayudar a Josh a hacer la maleta para…
¡Mierda! Se me había olvidado la tarta de Josh.
La había encargado dos semanas antes porque era el plazo mínimo para un sitio como Crumble & Bake. Era el postre favorito de Josh, una tarta de tres capas de chocolate negro glaseada con caramelo y rellena de mousse de chocolate. Solo se daba el gusto el día de su cumpleaños, pero ya que se iba un año al extranjero, me imaginé que no le importaría romper su propia regla.
—Oye… —dije con la mejor sonrisa que pude—. No me mates, pero tenemos que pasar por Crumble & Bake.
—No. Ya vamos tarde. —Alex se detuvo en un semáforo. Ya habíamos vuelto a la civilización, y a través de las ventanillas salpicadas de lluvia se perfilaban los contornos de un Starbucks y un Panera.
Mi sonrisa no funcionó.
—Es un desvío pequeño. Serán quince minutos como mucho. Tengo que recoger la tarta de Josh, ya sabes, la de Muerte por Chocolate que le encanta. Dentro de dos días se va a Centroamérica un año entero, y allí no tendrán Crumble & Bake, así que…
—Basta. —Los dedos de Alex apretaron el volante y mi mente desequilibrada y hormonal de pronto reparó en lo bonitos que eran. Probablemente parezca una locura, ¿cómo se pueden tener los dedos bonitos? Pues él los tenía. Físicamente, todo en él era bello. Los ojos de color verde jade que resplandecían como esquirlas de un glaciar bajo unas cejas oscuras; la mandíbula afilada y elegante, los pómulos esculpidos, la figura esbelta y el cabello grueso castaño claro que parecía peinado y despeinado al mismo tiempo. Era como una estatua viviente salida de un museo renacentista.
Me invadieron unas ganas repentinas de alborotarle el pelo como a un niño, aunque solo fuera para que dejara de ser tan perfecto (algo frustrante para el resto de los mortales), pero no quería morir, así que mantuve las manos sobre el regazo.
—¿Si te llevo a Crumble & Bake, te callarás?
No cabía duda de que se arrepentía de haberme recogido. Sonreí ampliamente.
—Si quieres.
Él hizo una mueca.
—Vale.
¡Bien!
Ava Chen: Uno.
Alex Volkov: Cero.
Cuando llegamos a la pastelería me desabroché el cinturón, y estaba a punto de salir cuando Alex me agarró del brazo y me hizo volver a sentarme. Al contrario de lo que cabía esperar, su tacto no era frío, sino candente, y me traspasó la piel y los músculos hasta inundar mi estómago de calor.
Tragué saliva. Malditas hormonas.
—¿Qué? Ya vamos tarde, y están a punto de cerrar.
—No puedes salir así. —En la comisura de la boca le brotó un gesto de desaprobación.
—¿Así, cómo? —pregunté, confusa. Llevaba vaqueros y una camiseta, nada escandaloso.
Alex señaló con la cabeza mi pecho. Bajé la mirada y se me escapó un grito de horror. La camiseta. Blanca. Mojada. Transparente. No es que se transparentara un poco y dejara entrever ligeramente el sujetador. Es que se me veía todo. El sujetador de encaje rojo, los pezones duros (gracias, aire acondicionado), el tinglado completo.
Crucé los brazos sobre el pecho y las mejillas se me pusieron del mismo color que el sujetador.
—¿Llevo así todo este rato?
—Sí.
—Podrías habérmelo dicho.
—Te lo acabo de decir. Ahora mismo.
A veces me daban ganas de estrangularlo. De verdad. Y eso que yo no era violenta. Seguía siendo la misma chica que dejó de comer muñecos de jengibre durante varios años después de ver Shrek porque le parecía que se estaba comiendo a algún miembro de la familia de Gingy o, lo que es peor, al propio Gingy; pero algo en Alex me despertaba mi parte más oscura.
Respiré hondo y dejé caer los brazos por instinto, olvidando las transparencias de mi camiseta, hasta que la mirada de Alex se volvió a fijar en mi pecho.
Me volví a ruborizar, pero no me apetecía seguir discutiendo con él. Crumble & Bake cerraba en diez minutos y no había tiempo que perder.
No sé si fue él, la lluvia o la hora y media que me había pasado debajo de la parada del autobús, pero antes de que pudiera contenerme, me dio un arrebato de frustración.
—En vez de quedarte mirándome las tetas como un gilipollas, ¿podrías dejarme una chaqueta? Porque necesito recoger la tarta para despedir por todo lo alto a mi hermano, tu mejor amigo, antes de que se vaya al extranjero.
Mis palabras se quedaron flotando en el aire y entonces me llevé la mano a la boca, horrorizada. ¿Acababa de pronunciar la palabra «tetas» delante de Alex Volkov mientras lo acusaba de ser un baboso? ¿Y le había llamado gilipollas?
Dios, por favor, haz que me parta un rayo ahora mismo, no me enfadaré. Te lo prometo.
Alex entornó los ojos ligeramente. Ese gesto estaba entre los cinco más expresivos que le había provocado en ocho años, así que algo era.
—Créeme, no te estaba mirando las tetas —dijo, con una voz tan fría como para transformar las gotas de humedad sobre mi piel en témpanos de hielo—. No eres mi tipo, incluso aunque no fueras la hermana de Josh.
Ay. Yo tampoco estaba interesada en Alex, pero a ninguna chica le gusta ser despachada con esa desfachatez por alguien del sexo opuesto.
—En fin. Tampoco hace falta ponerse así —murmuré—. Oye, la pastelería cierra en dos minutos. Déjame tu chaqueta y vámonos de una vez.
Había pagado por adelantado, así que lo único que quedaba era recoger la tarta.
En la mandíbula se le marcó un músculo.
—Yo voy a por ella. No vas a salir así del coche, ni aunque lleves puesta mi chaqueta.
Alex sacó un paraguas de debajo del asiento y salió del coche con un movimiento fluido. Se movía como una pantera, ágil pero intensamente. Si hubiera querido, habría podido ganar una pasta como modelo de pasarela, aunque dudo que en ningún momento se le ocurriera hacer nada semejante.
Volvió en menos de cinco minutos con la caja rosa y verde de Crumble & Bake bajo el brazo. Me la tiró sobre las piernas, cerró el paraguas y salió del aparcamiento en un abrir y cerrar de ojos.
—¿Sabes sonreír? —pregunté, echando un vistazo a la caja para asegurarme de que había recogido el pedido correcto. En efecto. Marchando una Muerte por Chocolate. Y añadí—: A lo mejor te ayuda con tu enfermedad.
—¿Qué enfermedad? —preguntó con tono aburrido.
—Palometidoporelculitis. —Ya le había llamado gilipollas, ¿qué importaba un insulto más?
Puede que me lo imaginara, pero me pareció ver una pequeña curva en sus labios antes de contestar:
—No. Es una enfermedad crónica.
Se me helaron las manos y la mandíbula se me desencajó.
—¿Acabas de hacer… un chiste?
—En primer lugar, explícame qué hacías en ese sitio. —Alex evadió mi pregunta y cambió de tema tan rápido que me dio un tirón en la espalda.
Había hecho un chiste. No me lo habría creído si no lo hubiera visto con mis propios ojos.
—Tenía una sesión de fotos con unos clientes. Hay un lago muy bonito en…
—Ahórrame los detalles. No me importan.
Se me escapó un gruñido.
—¿Para qué has venido tú? No pensaba que te gustara hacer de chófer.
—Estaba por la zona, y eres la hermana pequeña de Josh. Si te murieras, no habría quien lo aguantara.
Alex detuvo el coche en la puerta de mi casa. Al lado, en casa de Josh, las luces centelleaban y por las ventanas se veía a la gente bailando y riendo.
—Qué mal gusto tiene Josh para los amigos —solté—. No sé qué ve en ti. Espero que el palo que tienes metido por el culo te perfore algún órgano vital. —Y como de pequeña me enseñaron buenas maneras, añadí—: Gracias por traerme.
Salí del coche. La lluvia se había convertido en llovizna, y olía a tierra mojada y a las hortensias de la jardinera de la entrada. Me duché, me cambié y me uní a la segunda mitad de la fiesta. Josh no me echó la bronca por haberme quedado tirada o por llegar tarde, y menos mal, porque no estaba de humor.
No suelen durarme mucho los enfados, pero en ese momento me hervía la sangre y me daban ganas de pegarle un puñetazo en la cara a Alex Volkov.
Era tan insensible y creído y… y… todo. Me exasperaba.
Por lo menos no tenía que verle muy a menudo. Josh solía quedar con él en el centro, y Alex no iba nunca a Thayer, y eso que era exalumno.
Gracias a Dios. Si tuviera que ver a Alex más de unas pocas veces al año, me volvería loca.
2
Alex
—Deberíamos irnos a un sitio más… íntimo. —La rubia deslizó sus dedos a lo largo de mi brazo, y sus ojos almendrados brillaron de excitación mientras se pasaba la lengua por los labios—. O no. Lo que te apetezca.
Hice una mueca que no se podía considerar una sonrisa, pero fue suficiente para expresar lo que estaba pensando. «No soportarías lo que me apetece.»
A pesar de su vestido corto y de sus sugerentes palabras, parecía la típica chica a la que le gustaba hacer el amor y ese tipo de tonterías.
Yo no hacía el amor ni ese tipo de tonterías.
Yo follaba de una manera concreta, y solo a un tipo específico de mujer a la que le gustara ese rollo. No era BDSM duro, pero tampoco suave. Estaban prohibidos los besos y el contacto cara a cara. Las mujeres solían estar de acuerdo, y luego a mitad del asunto intentaban cambiar las normas, entonces yo paraba y les señalaba la puerta. No tengo paciencia con las personas que no saben ceñirse a un acuerdo tan simple.
Por eso tenía un listado de nombres conocidos cuando necesitaba desfogarme, y ambas partes sabíamos lo que había.
La rubia no iba a entrar en el listado.
—Hoy no —dije, dándole vueltas al cubito de hielo de mi copa—. Es la fiesta de despedida de mi amigo.
Señalé con la mirada a Josh, que disfrutaba de la atención femenina. Se despatarró en el sofá, uno de los pocos muebles que quedaban después de haber desmantelado la casa para marcharse un año, y sonrió mientras tres chicas le hacían carantoñas. Siempre había sido el más carismático de los dos. Mientras yo inquietaba a las personas, él las relajaba, y su acercamiento al sexo femenino era el opuesto al mío. Su lema era: «Cuantas más, mejor». A esas alturas ya debía de haberse tirado a la mitad de la población femenina del área metropolitana de Washington D. C.
—Que se apunte también él. —La rubia se acercó tanto que me rozó el hombro con las tetas—. No me importa.
—A mí tampoco —saltó su amiga, una morena bajita que había estado callada todo el rato, pero que desde que entré por la puerta me había estado devorando con la mirada como si fuera un pedazo de carne—. Lyss y yo hacemos todo juntas.
La insinuación no podría haber sido más explícita ni aunque se la hubiera tatuado en el escote.
La mayoría de los tíos se habrían lanzado de cabeza, pero yo ya estaba aburrido de la conversación. Nada me ponía menos que la desesperación, que olía aún más fuerte que su perfume.
No me molesté en contestar. En lugar de eso, examiné la habitación en busca de algo más interesante que me llamara la atención. Si hubiera sido la fiesta de cualquiera que no fuera Josh, habría pasado de ir. Entre mi puesto de jefe de Operaciones en el Grupo Archer y mi… proyecto paralelo, ya tenía suficiente para no tener que ir a reuniones sociales sin sentido. Pero Josh era mi mejor amigo (uno de los pocos cuya compañía aguantaba más de una hora seguida) y el lunes se iba a Centroamérica para trabajar como médico voluntario durante un año. Así que tenía que fingir que me gustaba estar ahí.
Una risa deslumbrante estalló en el aire, y me hizo buscar con la mirada a quién pertenecía.
Ava. Por supuesto.
La hermana pequeña de Josh siempre estaba contenta y risueña. No me habría extrañado que hubieran empezado a brotar flores por el suelo que pisaba, o que un corrillo de animales del bosque la siguiera por una pradera o por donde quiera que fueran las chicas como ella.
Estaba apoyada en una esquina con sus amigas, con la cara resplandeciente mientras se reía de algo que había dicho una de ellas. Me pregunté si sería una risa auténtica o falsa. La mayoría de las risas o, mejor dicho, la mayoría de las personas, eran falsas. Todas las mañanas se levantaban y se ponían una máscara de quien quisieran ser ese día, de cómo querían presentarse ante el mundo. Sonreían a la gente que odiaban, se reían de chistes que no tenían gracia y les lamían el culo a aquellos contra quienes conspiraban en secreto.
No los juzgaba. Al igual que todo el mundo, yo también llevaba varias máscaras que tapaban unas cuantas capas de mi ser. Pero, al contrario que los demás, el peloteo y las charlas de ascensor me interesaban tanto como inyectarme lejía en las venas.
Aunque, conociendo a Ava, su risa era auténtica.
Pobrecilla. El mundo se la comería viva en cuanto saliera de la burbuja de Thayer.
No es mi problema.
—¡Oye! —Josh apareció a mi lado, con el pelo revuelto y la sonrisa amplia. Las garrapatas habían desaparecido… No, perdón, estaban bailando una canción de Beyoncé como si estuvieran en un casting para un concurso de talentos, rodeadas de un corrillo de babosos que las miraban con la lengua fuera. Hombres. La verdad es que mi género tenía poca dignidad y un cerebro de chorlito—. Gracias por venir, tío. Perdona que no te haya saludado hasta ahora. Estaba… ocupado.
—Ya he visto. —Arqueé la ceja al ver la marca de pintalabios que le habían dejado en la comisura de la boca—. Tienes una mancha en la cara.
Josh sonrió.
—Medalla de honor. Por cierto, ¿no te habré interrumpido?
Miré a la rubia y la morena, que habían pasado a enrollarse entre ellas al ver que no captaban mi interés.
—No. —Negué con la cabeza—. Me apuesto cien pavos a que no sobrevives un año entero en Villa Culo del Mundo. Sin chicas, sin fiestas… Antes de que llegue Halloween ya estás de vuelta.
—¡Hombre de poca fe! Claro que habrá chicas, y la fiesta va donde yo vaya. —Josh sacó una cerveza fría de una neverita cercana y la abrió—. De hecho, quería hablar contigo. De lo de marcharme —aclaró.
—No me digas que te vas a poner sentimental. Como hayas comprado pulseritas de la amistad, me piro.
—Vete a la mierda —rio—. No te compraría joyas ni aunque me pagaras. No, me refiero a Ava.
Detuve la copa a un centímetro de mis labios antes de acercarla, y el dulce ardor del whisky me resbaló por la garganta. Odio la cerveza. Sabe a meado, pero es la bebida oficial de las fiestas de Josh, así que yo siempre llevo mi propia botella de Macallan.
—¿Qué pasa con ella?
Josh y su hermana eran uña y carne, aunque a veces discutían tanto que me daban ganas de amordazarlos. Suponía que así eran las relaciones entre hermanos; aunque yo no había vivido la experiencia.
El whisky se me agrió en la boca y bajé el vaso con una mueca.
—Me preocupa. —Josh se pasó la mano por la barbilla y se puso serio—. Ya sé que es mayorcita y que puede cuidar de sí misma… Hasta que se queda tirada en medio de la nada. Por cierto, gracias por ir a buscarla. Pero nunca ha estado sola tanto tiempo y a veces es un poco… ingenua.
Empezaba a intuir adónde quería llegar Josh con todo aquello, y no me gustaba nada. Pero nada.
—No va a estar sola, tiene amigas.
Las señalé con la cabeza. Una pelirroja con curvas vestida con una falda dorada que le daba aspecto de bola de discoteca eligió ese momento para subirse a una mesa y empezar a perrear al ritmo de la canción que sonaba por los altavoces.
Josh resopló.
—¿Jules? Es un lastre, no me sirve. Stella es igual de ingenua que Ava, y Bridget… Bueno, tiene guardaespaldas, pero no suele quedar tanto con ellas.
—No te preocupes. Thayer es muy seguro, el índice de delincuencia es casi cero.
—Ya, pero me quedaría más tranquilo si alguien la vigilara, ¿sabes?
Mierda. El tren se dirigía directo al precipicio y no podía hacer nada por detenerlo.
—No voy a preguntar, sé que tienes un montón de mierdas en tu vida, pero ha roto con su ex hace un par de semanas y él la ha estado acosando. Siempre supe que era un mierda, pero ella nunca me hizo ni caso. De cualquier forma, si puedes echarle un ojo, aunque solo sea para que no la maten, ni la secuestren, ni nada de eso… Te lo agradecería.
—Ya me debes unas cuantas por todas las veces que te he salvado el culo— dije con sorna.
—Pero si te ha encantado hacerlo. A veces eres un muermo —dijo Josh—. Entonces, ¿eso es un sí?
Volví a mirar a Ava. Tenía veintidós años, cuatro menos que Josh y yo, pero podía aparentar ser más joven y al mismo tiempo ser más mayor por la manera en que se comportaba, como si lo hubiera visto todo: lo malo, lo bueno, lo absolutamente horrible… y aun así creyera en la bondad.
Era estúpido y al mismo tiempo digno de admiración.
Debió de darse cuenta de que la estaba mirando, porque paró la conversación y me miró de frente, y se sonrojó ante mi mirada inquebrantable. Se había cambiado la camiseta y los vaqueros por un vestido violeta que se le enrollaba en las rodillas.
Qué pena. El vestido era bonito, pero mi mente volvió al coche, cuando llevaba la camiseta mojada que se le había pegado como una segunda piel y que le marcaba los pezones a través del decadente encaje rojo del sujetador. Hablaba en serio cuando dije que no era mi tipo, pero me había alegrado la vista. Me había imaginado levantándole la camiseta, retirando el sujetador con los dientes y acercando la boca a aquellas dulces y durísimas cumbres…
Me arranqué de la cabeza esa fantasía perturbadora de inmediato. ¿Qué coño me pasaba? Era la hermana de Josh. Inocente, con ojos de corderito, tan dulce que me daban ganas de vomitar. Todo lo contrario a las mujeres frías y sofisticadas que solían gustarme dentro y fuera de la cama. Con estas últimas no tenía que preocuparme por los sentimientos, porque habían aprendido a no tenerlos conmigo. Pero Ava era todo sentimiento, con un toque de insolencia.
Esbocé un amago de sonrisa cuando me acordé de su última frase un rato antes. «Espero que el palo que tienes metido por el culo te perfore algún órgano vital
No era lo peor que me habían dicho, ni de lejos, pero no me esperaba algo tan agresivo por su parte. Nunca la había oído insultar a nadie. El hecho de haberla sacado de sus casillas me produjo un placer perverso.
—Alex —dijo Josh.
—No sé, tío. —Alejé la mirada de Ava y su vestido violeta—. No me gusta hacer de canguro.
—Por suerte no es ninguna niña —bromeó—. Mira, sé que es mucho pedir, pero eres la única persona que tengo claro que no va a…
—¿Follársela?
—Joder, tío. —Parecía que se hubiera tragado un limón—. Ni se te ocurra relacionar esa palabra con mi hermana. Qué asco. Pero… Sí, me refiero a que no es tu tipo, y aunque lo fuera, jamás harías eso.
Me atravesó un destello de culpa al recordar la fantasía galopante que acababa de tener hacía unos segundos. Era hora de que llamara a alguien de mi lista para dejar de fantasear con Ava Chen.
—Pero es más que eso —continuó Josh—. Eres la única persona en quien confío, además de mi familia. Y sabes cómo me preocupa Ava, sobre todo teniendo en cuenta todo lo que ha pasado con su ex. —Se le ensombreció la expresión—. Te lo juro, como vuelva a ver a ese cabrón…
Suspiré.
—Yo me encargo de ella. No te preocupes.
Me iba a arrepentir de esto. Lo sabía, y aun así ahí estaba, renunciando a mi vida, como mínimo durante un año entero. No solía hacer muchas promesas, pero cuando las hacía, las cumplía. Me comprometía al máximo. Lo que significaba que si le prometía a Josh que cuidaría de Ava, tendría que cuidar de ella, joder, y tenía que ser algo más que un mensaje de control cada dos semanas.
Ahora estaba bajo mi protección.
Un mal presentimiento se deslizó por mi cuello y empezó a apretarme, cada vez más fuerte, hasta que empezó a faltarme el oxígeno y se me nubló la vista.
Sangre. Por todas partes.
En mis manos. En mi ropa. Salpicada en la alfombra que tanto le gustaba, la que se compró en su último viaje a Europa.
Me invadió una repentina necesidad de ponerme a frotar la alfombra, de arrancar todas aquellas partículas sangrientas de las suaves fibras de lana, una por una. Pero no podía moverme.
Solo pude quedarme ahí mirando aquella grotesca escena en mitad de mi salón, un lugar que tan solo un cuarto de hora antes rebosaba calor y risas y amor. Ahora estaba frío e inerte, como los tres cadáveres a mis pies.
Parpadeé y todo desapareció: las luces, los recuerdos, la soga alrededor de mi cuello.
Pero volverían. Siempre lo hacían.
—Eres el mejor —dijo Josh, que había recuperado la sonrisa ahora que había aceptado una misión que no me incumbía en absoluto. Yo no era protector, sino destructor. Yo rompía corazones, fulminaba a mis competidores empresariales y no me importaban las consecuencias. Si alguien era tan estúpido como para enamorarse de mí o cabrearme (cosas que siempre advertía que nadie hiciera), es que quería meterse en problemas—. ¡Te traeré algo! Aunque no sé el qué. Café. Chocolate. Kilos de lo que sea que cultiven allí. Y te debo un favor de la hostia para el futuro.
Forcé una sonrisa. Antes de que pudiera decir nada, me sonó el teléfono y le hice un gesto:
—Ahora vuelvo, tengo que cogerlo.
—Sin prisa, tío. —Josh ya había vuelto a entretenerse con la rubia y la morena que habían estado antes conmigo y quienes encontraron mucha más diversión en mi mejor amigo. Cuando salí al patio trasero a contestar la llamada, ya le habían metido los brazos debajo de la camiseta.
  —dije, usando el término ucraniano para «tío».
—Alex. —La voz de mi tío sonó áspera y ronca debido a las décadas acumulando cigarrillos y a los disgustos de la vida—. Espero no haberte interrumpido.
—No. —Contemplé el jaleo de dentro a través de la puerta de cristal. Josh llevaba viviendo desde antes de graduarnos en la misma casa destartalada de dos pisos a las afueras del campus de Thayer. Habíamos compartido habitación hasta que yo me gradué y me mudé a Washington D. C. para estar más cerca de la oficina (y para huir de las hordas de alumnos borrachos y ruidosos que desfilaban todas las noches por el campus y los barrios de alrededor).
Todo el mundo había ido a la fiesta de despedida de Josh, y cuando digo todo el mundo, me refiero a la mitad de la población de Hazelburg, Maryland, donde estaba Thayer. Era uno de los chicos más populares de la ciudad, y me imaginé que todos iban a echar de menos sus fiestas, casi tanto como a él.
Para alguien que siempre se quejaba de estar hasta arriba de tareas, invertía bastante tiempo en alcohol y en sexo. Y no afectaba lo más mínimo a su rendimiento. El cabrón tenía una nota media de ocho.
—¿Te has hecho cargo del asunto? —me preguntó mi tío.
Escuché el ruido de un cajón abriéndose y cerrándose, seguido del chasquido de un mechero. Le había dicho mil veces que dejara de fumar, pero no me hacía ni caso. Cuesta mucho acabar con los viejos hábitos, sobre todo con los viejos hábitos malos para la salud, así que Ivan Volkov ya había llegado a una edad a la que no le importaba lo más mínimo.
—Todavía no. —La luna colgaba baja del cielo, arrojando destellos de luz que serpenteaban por las zonas oscuras del patio. Luz y sombra. Dos caras de la misma moneda—. Lo haré. Ya queda poco.
Justicia. Venganza. Salvación.
Durante dieciséis años me había consumido la búsqueda de esas tres cosas. Era lo primero en lo que pensaba al despertarme, lo único con lo que soñaba, lo único que me provocaba pesadillas. Mi razón de ser. Incluso en situaciones en las que me distraía con otras cosas (el juego de estrategias políticas de la empresa, el placer fugaz de enterrarme en el denso calor de un cuerpo excitado), esto acechaba en mi conciencia, conduciéndome a la cima de la ambición y de la crueldad.
Dieciséis años puede parecer mucho tiempo, pero se me da bien el juego a largo plazo. Me da igual cuántos años esperar con tal de que el final valga la pena.
Y el final del hombre que destrozó mi familia será glorioso.
—De acuerdo. —Mi tío tosió y apreté los labios.
Un día de estos le convencería para dejar de fumar. La vida me había arrebatado cualquier atisbo de sentimentalismo hacía años, pero Ivan era mi único familiar vivo. Me acogió, me crio como a su propio hijo y me apoyó en mi arduo camino hacia la venganza, por lo que al menos le debía eso.
—Pronto tu familia estará en paz —dijo.
Quizás. ¿Y yo también? Esa era una pregunta para otro momento.
—La semana que viene tenemos reunión de la junta directiva —dije para cambiar de tema—. Pasaré el día en la ciudad. —Mi tío era el director ejecutivo del Grupo Archer, la empresa de desarrollo inmobiliario que había fundado una década antes con mi asesoramiento. Desde mi adolescencia tuve madera para los negocios.
La sede del Grupo Archer se encontraba en Filadelfia, pero teníamos oficinas por todo el país. Como yo vivía en Washington D. C., el centro neurálgico real de la empresa estaba allí, pero las reuniones de la junta se seguían celebrando en la sede.
Yo podría haber ascendido a director ejecutivo hacía años, gracias al acuerdo con mi tío cuando fundamos la empresa, pero el puesto de jefe de Operaciones me permitía más flexibilidad hasta que terminara lo que tenía que hacer. De cualquier forma, todo el mundo sabía quién movía los hilos detrás del trono. Ivan era un buen director ejecutivo, pero mis estrategias eran las que habían catapultado a la empresa al olimpo después de una década yerma.
Estuve hablando de trabajo con mi tío un rato más antes de colgar y volver a unirme a la fiesta. Los engranajes de mi cerebro se pusieron en marcha mientras pasaba lista a todos los eventos de la tarde: mi promesa a Josh, el apoyo de mi tío por el contratiempo que había sufrido mi plan de venganza. Este año no podía fallar a ninguno de los dos.
Ordené mentalmente las piezas de mi vida en distintos patrones, visualizando cada situación de principio a fin, sopesando los pros y los contras y estudiando las grietas potenciales hasta que llegué a una resolución.
—¿Todo bien? —me gritó Josh desde el sofá, donde la rubia le besaba el cuello mientras las manos de la morena se familiarizaban íntimamente con el territorio por debajo del cinturón.
—Sí. —Mi mirada se volvió a clavar en Ava. Estaba en la cocina, parecía preocupada por la tarta de Crumble & Bake que no se habían terminado de comer. En la piel morena le brillaba una pátina de sudor de tanto bailar, y su pelo negro azabache le caía sobre los ojos como una nube—. Respecto a lo que me has dicho antes… Tengo una idea.
3
Ava
—Espero que sepas apreciar lo buena amiga que soy —bostezó Jules mientras dábamos tumbos por el patio delantero hacia casa de Josh— por levantarme al amanecer para ayudar a tu hermano a limpiar y a hacer la maleta, cuando además me cae fatal.
Me reí y le pasé el brazo por los hombros.
—Luego te invito a un café de caramelo del Morning Roast. Te lo prometo.
—Vale, vale. —Hizo una pausa—. ¿En vaso grande, con extra de toppings crujientes?
—Sabes que sí.
—Bueno. —Volvió a bostezar—. Entonces sí que merece la pena.
Jules y Josh no se llevaban muy bien, que digamos. Siempre me pareció raro, teniendo en cuenta que se parecían un montón. Los dos eran extrovertidos, carismáticos, muy inteligentes y, sobre todo, unos rompecorazones.
Jules era la versión en carne y hueso de Jessica Rabbit, con la melena roja brillante, la piel cremosa y unas curvas que me hacían mirar con tristeza mi propio cuerpo. En general, estaba satisfecha con mi cuerpo, pero como miembro del Club de las Tetas Pequeñas, me habría gustado tener una o dos tallas más de sujetador sin tener que recurrir a la cirugía estética. Irónicamente, Jules a veces se quejaba de que su copa D le daba dolor de espalda. Debería haber una app con un menú donde se pudiera elegir el tamaño de tus tetas con un solo clic.
Como decía, la mayor parte del tiempo estaba satisfecha con mi cuerpo, pero nadie (ni siquiera las supermodelos o las estrellas de cine) es inmune a las inseguridades.
Pero quitando las quejas por sus tetas, Jules era la persona más segura que conocía, además de mi hermano, cuyo ego era tan grande como para abarcar toda la Costa Este de Estados Unidos y hacer hueco para Texas. Supongo que tenía motivos para serlo, teniendo en cuenta que siempre había sido el niño prodigio y, aunque me doliera reconocerlo porque era mi hermano, tampoco era nada feo. Casi uno noventa de estatura, cabello negro y grueso y una estructura ósea envidiable, que nunca dejaba que se le olvidara a nadie. Estaba convencida de que Josh era capaz de encargar una escultura de sí mismo para ponerla en su propio patio delantero.
Jules y Josh nunca decían por qué se llevaban tan mal, pero yo sospechaba que era porque se veían reflejados el uno en el otro.
La puerta de entrada estaba abierta, así que no nos molestamos en llamar.
Para mi sorpresa, la casa estaba bastante limpia. Josh había retirado casi todos sus muebles la semana anterior, por lo que lo único que quedaba por guardar era el sofá (que irían a recoger más tarde), algunos utensilios de cocina y el cuadro abstracto y raro del salón.
—¿Josh? —Mi voz retumbó por el espacio vacío mientras Jules se sentaba en el suelo y se hacía un ovillo con expresión gruñona. No hace falta jurar que no le gustaba madrugar—. ¿Dónde estás?
—¡En el dormitorio! —Se oyó un golpe en el piso de arriba, seguido de una maldición ahogada. Un minuto después, Josh bajó con una caja de cartón enorme—. Son mierdas varias que voy a donar —explicó, dejándola en la encimera de la cocina.
Arrugué la nariz.
—Ponte una camiseta, haz el favor.
—¿Y privar a J. R. de este bombón mañanero? —dijo Josh con una sonrisita—. No soy tan cruel.
No era la única que creía que Jules se parecía a Jessica Rabbit; Josh siempre la llamaba por las iniciales, lo cual la sacaba de sus casillas. Aunque, por otro lado, todo lo que hacía Josh la sacaba de sus casillas.
Jules levantó la vista y frunció el ceño.
—Por favor, he visto abdominales mejores en el gimnasio del campus. Haz caso a Ava y ponte una camiseta antes de que os enseñe la cena que comí anoche.
—Quien se pica, ajos come —dijo Josh alargando las palabras y acariciándose los abdominales con la mano—. Lo único que se va a enseñar aquí es…
—¡Vale ya! —Agité los brazos en el aire para dar por terminada la conversación antes de que llegara a algún punto traumatizante—. Basta de charleta. Vamos a hacer la maleta antes de que pierdas el vuelo.
Por suerte, Josh y Jules se comportaron durante la hora y media siguiente mientras hacíamos la maleta con todas las cosas que faltaban, y las cargábamos en el todoterreno que Josh había alquilado para la mudanza.
Al final, lo único que quedaba era el cuadro.
—Dime que también te vas a deshacer de eso. —Contemplé el gigantesco lienzo—. Aunque no sé cómo te va a caber en el coche.
—Nada, déjalo aquí. A él le gusta.
—¿A quién?
Por lo que tenía entendido, todavía nadie había alquilado la casa de Josh. Pero aún era julio, así que seguramente volaría al acercarse el inicio del curso.
—Ya verás.
No me gustaba esa sonrisa. Nada de nada.
El rumor de un potente motor invadió el aire.
La sonrisa de Josh se ensanchó.
—De hecho, ahora mismo lo vas a ver.
Jules y yo intercambiamos miradas, nos abalanzamos a la puerta y la abrimos.
En la entrada acababa de aparcar un Aston Martin de sobra conocido. Tenía la puerta abierta y de ella salió Alex, más guapo que lo que cualquier ser humano tenía derecho a ser, con vaqueros, cazadora y una camisa negra con los puños remangados.
Se quitó las gafas de sol y se nos quedó mirando, sin inmutarse ante la pequeña fiesta de bienvenida que le habíamos montado en la entrada.
Aunque yo no tenía muchas ganas de bienvenida.
—Pero… Pero si es Alex —balbuceé. —Y está guapííííísimo, he de añadir. —Jules me dio un codazo en las costillas y solté un gruñido. ¿Qué más daba que estuviera bueno? Era un imbécil.
—Qué pasa, tío. —Josh le chocó la mano a Alex—. ¿Y tus cosas?
—Luego las trae la empresa de mudanzas. —Alex miró de reojo a Jules, quien lo contemplaba como a un juguete nuevo. Además de Josh, Alex era el único tío que nunca se había rendido a sus encantos, lo cual le intrigaba aún más. No podía resistirse a ningún reto, probablemente porque tenía a la mayor parte de los tíos comiendo de su mano antes siquiera de abrir la boca.
—Espera. —Levanté la mano mientras el corazón amenazaba con salírseme del pecho—. Cómo que la empresa de mud… No te vas a mudar aquí.
—Pues sí. —Josh me pasó el brazo por los hombros y le brillaron los ojos con maldad—. Te presento a tu nuevo vecino, hermanita.
Pasé la mirada como una pelota de ping-pong de Alex a él y de él a Alex, a quien no podía aburrirle más la conversación.
—No. —Solo había una razón por la que Alex Volkov dejaría su acogedor ático de Washington para mudarse otra vez a Hazelburg, y me apostaba mi cámara nueva a que no tenía nada que ver con la nostalgia de su época de universitario—. No, no, no, no, no.
—Sí, sí, sí, sí, sí.
Lancé a mi hermano una mirada asesina.
—No necesito un canguro. ¡Tengo veintidós años!
—¿Quién ha dicho nada de canguros? —reculó Josh—. Va a cuidarme la casa. Tengo que volver aquí dentro de un año, así que tiene sentido.
—Y una mierda. Quieres que me vigile.
—Eso es un servicio extra. —Josh suavizó las formas—. No viene mal tener a alguien de confianza cuando yo no esté, especialmente después de todo lo de Liam.
Sentí una punzada de dolor con la mención de mi ex. Liam me había estado acribillando a mensajes desde que le había pillado poniéndome los cuernos un mes y medio atrás. Incluso había aparecido varias veces por la galería donde yo trabajaba, suplicándome otra oportunidad. Habíamos salido durante varios meses, y aunque no estaba enamorada de él ni nada parecido, la situación había sacado a relucir todas mis inseguridades. A Josh le preocupaba que Liam se pasara de la raya, pero, para ser sinceros, Liam no era más que un niñato pijo con pantalones de pinza que vivía de las rentas. Era difícil que hiciera nada que pudiera descolocarle la gomina del pelo.
Estaba más avergonzada por haber salido con él que preocupada por mi integridad física.
—Sé cuidar de mí misma. —Me deshice del brazo de Josh—. Llama a la empresa de mudanzas para cancelar esto —le dije a Alex, quien nos había ignorado completamente mientras miraba la pantalla de su móvil—. No tienes que mudarte aquí. ¿Es que no tienes… cosas que hacer en Washington?
—Washington está a veinte minutos —dijo sin mirarme.
—Que conste que a mí me parece perfecto que te mudes aquí —saltó Jules. Traidora. —¿Cortas el césped sin camiseta? Si no, te lo recomiendo.
Alex y Josh fruncieron el ceño a la vez.
—Tú. —Josh la señaló con el dedo—. Ni se te ocurra hacer de las tuyas cuando no esté.
—Es muy tierno que te creas con derecho a decirme lo que tengo que hacer.
—Me importa una mierda lo que hagas con tu vida. Pero me preocupa cuando metes a Ava en tus movidas.
—Noticia de última hora: tampoco tienes derecho a decirle nada a Ava. Sabe pensar por sí misma.
—Es mi hermana…
—Y mi mejor amiga…
—Acuérdate de cuando casi la arrestan por tu culpa…
—Eso es agua pasada. Fue hace tres años…
—¡Vamos a ver! —Me llevé los dedos a las sienes. Josh y Jules eran como dos niños pequeños—. Dejad de discutir. Josh, deja de intentar controlarme. Jules, deja de provocarle.
Josh se cruzó de brazos.
—Como tu hermano mayor, mi deber es protegerte o nombrar a alguien para sustituirme cuando yo no esté.
Me había criado con él, y por eso reconocí la expresión de su cara. No iba a cambiar de opinión.
—¿Entiendo que Alex es el sustituto? —pregunté con resignación.
—Yo no sustituyo a nadie —dijo Alex con frialdad—. No hagas ninguna tontería y todo irá bien.
Dejé escapar un lamento y me cubrí la cara con las manos.
Iba a ser un año muy largo.
4
Ava
Dos días después, Josh ya estaba en Centroamérica y Alex había terminado de mudarse. Había estado mirando cómo los empleados de la empresa de mudanzas metían en la casa de al lado un televisor de plasma gigante y todo tipo de cajas, y el Aston Martin de Alex ya formaba parte de mi paisaje diario.
Ya que seguir dándole vueltas a la situación no me ayudaba mucho, decidí sacarle provecho de alguna forma.
En verano la galería cerraba los jueves, y no tenía ningún encargo de fotografía pendiente, así que decidí pasar la tarde haciendo mis famosas galletas red velvet.
Acababa de empaquetarlas en una cestita cuando escuché el inconfundible rugido del coche de Alex aparcando en la entrada, seguido del golpe de una puerta.
Mierda. Bueno, estaba preparada. Claro que sí.
Me sequé el sudor de las manos en los muslos. No podía ponerme nerviosa por llevarle unas galletas, por el amor de Dios. Alex había venido a comer en Acción de Gracias los últimos ocho años, y a pesar de todo su dinero y su atractivo, era humano. Intimidante, pero humano, al fin y al cabo.
Además, se supone que tenía que cuidarme, y no creo que arrancarme la cabeza fuera una buena manera de hacerlo, ¿no?
Con este pensamiento cogí la cesta, las llaves y el móvil y fui a su casa. Menos mal que Jules estaba en las prácticas de Derecho, porque si la hubiera escuchado otra vez decir lo bueno que estaba Alex, habría gritado.
Una parte de mí pensaba que lo hacía para fastidiarme, pero a otra parte le preocupaba que a Jules le gustara Alex de verdad. Que mi mejor amiga se liara con el mejor amigo de mi hermano podría abrir una caja de Pandora que no me apetecía tener que cerrar.
Llamé al timbre, tratando de controlar mi corazón desbocado mientras esperaba a que saliera Alex. Me habría gustado dejar la cesta tirada en el umbral y salir corriendo, pero habría sido un impulso cobarde, y yo no era ninguna cobarde. Al menos la mayor parte de las veces.
Pasó un minuto.
Volví a tocar el timbre.
Por fin, escuché el sonido amortiguado de sus pasos acercándose, hasta que abrió la puerta y me encontré cara a cara con Alex. Se había quitado la chaqueta, pero por lo demás llevaba el traje del trabajo: camisa blanca de Thomas Pink, pantalón y zapatos de Armani, corbata azul de Brioni.
Recorrió con la mirada mi pelo (recogido en un moño), mi cara (que abrasaba como la arena al sol, no sé por qué) y mi ropa (mi conjunto favorito de camiseta de tirantes y pantalón corto) antes de reparar en la cesta. Durante todo el rato mantuvo una expresión hierática.
—Son para ti. —Señalé la cesta que había puesto delante—. Son galletas —añadí innecesariamente, porque, en fin, tenía ojos y creo que podía ver perfectamente que eran galletas—. Un regalo de bienvenida.
—Un regalo de bienvenida —repitió.
—Sí. Ya que eres nuevo… en el barrio. —Parecía idiota—. Ya sé que no quieres estar aquí, igual que yo tampoco quiero que estés… —Mierda, eso no ha sonado muy bien—. Pero ya que somos vecinos, deberíamos acordar una tregua.
Alex arqueó una ceja.
—No sabía que hiciera falta ninguna tregua. No estamos en guerra.
—No, pero… —Se me escapó un suspiro de frustración. No entendía por qué tenía que hacerlo tan difícil—. Intento ser maja, ¿vale? Vamos a tener que vernos durante todo el año, así que me gustaría que nos facilitáramos la vida. Coge las malditas galletas. Puedes comértelas, puedes tirarlas, puedes darle de comer a tu mascota la serpiente Nagini, lo que quieras.
Hizo una mueca.
—¿Me acabas de llamar Voldemort?
—¿Qué? ¡No! —O puede que sí—. Lo de la serpiente es un ejemplo. No tienes pinta de tener una mascota peludita.
—En eso tienes razón. Pero tampoco tengo ninguna serpiente. —Me quitó la cesta de las manos—. Gracias.
Parpadeé. Y volví a parpadear. ¿Alex Volkov me acababa de dar las gracias? Había esperado que cogiera las galletas y me diera con la puerta en las narices. Nunca me había dado las gracias por nada.
Excepto quizás aquella vez que me pidió que le pasara el puré de patatas en una cena, pero estaba borracha, así que tenía un recuerdo borroso.
Todavía estaba en shock cuando añadió:
—¿Quieres pasar?
Estaba soñando. Tenía que estar soñando. Porque las probabilidades en la vida real de que Alex me invitara a pasar a su casa eran más bajas que resolver de cabeza una ecuación diferencial.
Me pellizqué. Ay. Vale, no era un sueño. Solo un encuentro extremadamente surrealista.
Me pregunté si quizás los extraterrestres habrían abducido a Alex mientras volvía a casa y lo habrían sustituido por un impostor mucho más simpático y civilizado.
—Vale —dije, porque tenía curiosidad. A ver, nunca había estado en casa de Alex, y tenía curiosidad por ver cómo había dejado la casa de Josh.
Se había mudado dos días antes, por lo que esperaba encontrarme un montón de cajas desperdigadas, pero todo estaba tan limpio y ordenado que parecía que llevara viviendo años allí. Un elegante sofá gris y un televisor de plasma de ochenta pulgadas dominaban el salón, acentuado con una mesa baja blanca, lámparas industriales y el cuadro abstracto de Josh. Me fijé en una máquina de café en la cocina y en una mesa de cristal con sillas blancas acolchadas en el comedor, pero por lo demás, no había muchos más muebles. Había una diferencia abismal con la casa de Josh, que era un acogedor batiburrillo de libros, prendas deportivas y recuerdos que había traído de sus viajes.
—Eres bastante minimalista, ¿no? —Examiné una extraña escultura de metal que parecía un cerebro explotando, pero que debía de haber costado más que mi alquiler mensual.
—No entiendo el motivo de coleccionar cosas que no uso ni me gustan. —Alex puso las galletas en la mesa de café y se acercó al mueble bar que tenía en una esquina—. ¿Quieres tomar algo?
—No, gracias. —Me senté en el sofá, sin saber muy bien qué hacer o decir.
Se sirvió un vaso de whisky y se sentó frente a mí, pero no lo suficientemente lejos. Me llegó el olor de su colonia, que olía a algo silvestre y caro, con un toque de especias. Olía tan deliciosa que quise enterrar la cara en su cuello, aunque no se lo habría tomado muy bien.
—Tranquila —dijo con tono seco—. No muerdo.
—Estoy tranquila.
—Tienes los nudillos blancos.
Bajé la mirada y me di cuenta de que estaba apretando tan fuerte los bordes del sofá que, efectivamente, se me habían puesto los nudillos blancos.
—Me gusta cómo has dejado la casa. —Fruncí el ceño. Menudo cliché—. Aunque no has puesto fotos.
De hecho, no había ningún objeto personal, nada que hiciera ver que estábamos en un hogar y no en una tienda de muebles.
—¿Para qué quiero poner fotos?
No supe distinguir si era una broma o no. Probablemente no. Alex no bromeaba, a excepción del otro día en su coche.
—Por los recuerdos —dije, como si le estuviera explicando algo muy básico a un niño pequeño—. ¿Para recordar a gente y momentos?
—No necesito fotos para eso. Los recuerdos están aquí. —Se señaló la sien.
—Los recuerdos siempre se acaban desvaneciendo. Las fotos no. —Por lo menos, no las digitales.
—Los míos no. —Dejó el vaso de cristal en la mesa, y se le ensombreció la mirada—. Tengo una memoria superior.


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Comentarios

7 respuestas a «Twisted 1. Twisted love de Ana Huang»

  1. Ahytana

    Jurruud

  2. Kris

    El enlace funciona.

    1. Noe

      Hola, ¿me lo podrías enviar por correo? gracias!

  3. Krista

    me podrias mandar el libro por correo porfavor!!!

  4. Rocio

    descargo el libro

  5. Iezik

    ¿Alguien me puede pasar el libro al correo?

  6. luciana

    me podrias mandar el libro por correo

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