Una boda a medianoche de María Fornet

A compartir, a compartir! Que me quitan los posts!!

***SOLO HOY Las Guerreras Maxwell, 8. Mírame y bésame de Megan Maxwell

Regresa Megan Maxwell con una novela romántico-erótica tan ardiente que se derretirá en tus manos.

Sexo. Familia. Diversión. Locura. Vuelve a soñar con la nueva novela de la autora nacional más vendida…  

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¿Y si descubrieras que tu perfecta vida es todo menos perfecta?

 

Leona Leal, madre de seis, disfruta de sus previsibles y tranquilos días en una villa de ensueño construida sobre el lujoso barrio de Santaurora.

Cuando su marido Polo desaparece con todos los ahorros de la familia, Leona se encuentra sin recursos para afrontar esta crisis sin precedentes. Sin dinero, sin trabajo y con seis niños a su cargo, lucha para mantener su reputación y continuar con la vida a la que han sido acostumbrados.

En medio de la decadencia, Leona y sus cuatro amigas redactan cada semana Socialité, una revista que versa sobre los personajes del barrio y sus ostentosas vidas, y busca el modo de sobrevivir socialmente a semejante escándalo.

Cuando un objeto con una extraña insignia aparece como primera pista, Leona abre la puerta al tipo de aventura que ya nunca pensó que viviría. Un misterioso inglés se presenta como guía por un mundo nocturno cuyos secretos y tentaciones van a ayudarla a dar con la respuesta a la pregunta que más le quita el sueño:

¿Qué es lo peor que un padre respetado podría haber hecho con el dinero de sus hijos?

Si te gustó Gilmore Girls, Big Little Lies, Good Girls, o Mujeres desesperadas, o eres lectora habitual de ficción de mujeres, Una boda a medianoche cumple con las expectativas de los libros de suspense e intriga conservando los elementos sorpresa de un mundo aparentemente idílico y que invita a perderse en él.


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10 respuestas a «Una boda a medianoche de María Fornet»

  1. A los amores
    de mi vida:
    Gonzalo,
    Santiago,
    Rodrigo y
    Bubú.
    «No dejes que los bastardos te carbonicen».
    Margaret Atwood, El cuento de la criada
    «La normalidad es un marco convencional
    que homogeneiza a los humanos,
    como ovejas encerradas en un aprisco;
    pero, si miras desde lo suficientemente cerca,
    todos somos distintos».
    Rosa Montero, La ridícula idea de no volver a verte
    «Es posible que el mundo en sí no tenga sentido».
    Virginia Woolf
    «Las emociones que vivimos a través de la novela, sin embargo, nunca son ficticias. Las emociones son reales y las experiencias imaginarias que obtenemos a través de ellas afectan a nuestras vidas».
    Siri Hustvedt

  2. Título original: Una boda a medianoche
    Bienvenida a Santaurora

    Bienvenida a Santaurora, un barrio de ensueño erigido sobre una hermosa colina en una lujosa área de la Costa del Sol. Un lugar donde la vida explota en cada esquina como lo hace el fucsia de sus buganvillas en mayo, sus plumerias y glicinias, sus espectaculares palmerales, los rosas atardeceres y la inmutable belleza de sus calas.
    Santaurora es un rincón ficticio del modo en que lo son las cosas más reales de la vida: las prisas de los lunes, las noches de desvelo, los secretos que guardan las mujeres o el silencio que necesitan las madres y que raras veces tienen. Digamos que no existe, pero podría. No existe, pero, sin duda, debería.
    El Universo Santaurora consiste en una saga de novelas autoconclusivas creadas por María Fornet y cuyos libros relatan la historia de una de las ochenta y ocho viviendas de las que dispone el barrio. Un barrio en el que, aunque todos se conocen y los personajes, los lugares y las costumbres resultan recurrentes, cada trama es distinta de la siguiente.
    La mejor manera de sumergirte en Santaurora es hacerlo a pie de calle, de ahí que hayamos creado un mapa a todo detalle para que conozcas todos los lugares emblemáticos y puedas situarte mentalmente en cada lugar importante antes de comenzar a leer.
    Si quieres ver el mapa en detalle y a todo color diseñado por la artista responsable, @giselfust, solo tienes que dejar tus datos aquí (www.mariafornet.com/mapa-santaurora).

  3. Prólogo
    Esta es la única verdad inmutable: todo cambia en un instante.
    Y bien que lo sé yo.
    Si alguien me hubiera dicho hace solo treinta días que mi vida tendría ahora mismo el aspecto que hoy tiene, no habría habido manera de que me convenciese. Hay cosas para las que no hay modo de prepararse. Aunque, pensándolo bien, tampoco eso me lo habría creído hace un mes.
    Yo, Leona Leal, firme defensora de la preparación en la vida, la preparación como actitud, como modo de habitar este espacio que regento. «Que nada te pille con la maleta a medio hacer», les he dicho siempre a mis niños. A mis seis niños. Sí, has oído bien. Tengo cuarenta años recién cumplidos y seis niños a los que preparar para un mundo cuyo suelo se tambalea con furia bajo nuestros pies. «Una siempre debe tener un plan B y un plan C», solo así se pueden esquivar todos los peligros que nos acechan. Todas las mentiras y las traiciones. Todo conato de decadencia. Cualquier posibilidad de fracaso y descenso. En fin, ¿qué puedo decir?; se ve que me equivoqué.
    Lo más extraño es que, hasta hace solo treinta días, mi vida era perfecta. Y, bueno, ya sé lo que estarás murmurando entre dientes: que nada es perfecto. Pues yo objeto: sí que lo puede ser. Yo quería que lo fuese, desde luego, y por mí nunca quedó para que lo fuese. Para mí, mi vida era absolutamente perfecta, y por eso me ha molestado tanto la situación en la que me he visto envuelta: yo me merecía lo que tenía, me lo había ganado y lo llevaba mejor que bien. Mi casa de tres plantas en el maravilloso barrio de Santaurora, desde la que, con mis enormes ojos marrones, disfruto de una privilegiada vista al mar que se despliega más allá de nuestro Club Náutico. Mi Mercedes-Benz GLS en azul marino que resalta a la perfección el ocre brillante de mi pelo y que mis niños, jocosamente, apodaron la tartana, donde cabemos todos casi holgadamente y que conduzco cada mañana cantando animosamente con mis pequeños terroristas de camino a Palms-International, un colegio exclusivo a la altura de las circunstancias que rodean el entorno que nos hemos trabajado con sudor y sangre. Mi arrebatador marido, Polo, del que caí irremediablemente enamorada en el instante en que lo vi por primera vez y que no había faltado un día a sus obligaciones como el hombre de esta casa.
    De modo que no. Si alguien me hubiese venido a decir que buena parte de todo esto se derrumbaría, ni siquiera me habría dispuesto a temer. Simplemente, le habría dado con la puerta en las narices, con la arrogancia grácil de la que siempre se ha salido con la suya. Además, si ese mismo alguien se hubiese atrevido a decirme que en mi vida nada es lo que parece, le habría dado un buen bofetón en la cara y habría vuelto a enredarme con la merienda de los niños, habría rematado las costuras de los disfraces de la siguiente celebración del cole o me habría ido a renovar la matrícula de vela para los tripletes. «Tripletes»: así es como llamamos a los trillizos. Dios, o el Universo, o quien quiera que esté ahí arriba y guste de tener un humor, cuando menos, inglés, me bendijo con seis hijos y tres embarazos de los que procuro no acordarme: mis trillizos, mis mellizas y mi pequeño, que aún no me creo que haya cumplido los cinco hace menos de un mes. Cosme, Caye y Camilo, ya a las puertas de la adolescencia; Águeda y Aída, con ocho preciosos años y un temperamento de aúpa, y mi pequeño Telmo, la luz de esta casa. No te preocupes si no recuerdas los nombres: mi suegra, con la que por suerte convivimos ca-da-mi-nu-to de nuestras vidas, la mitad de las veces los dice al revés.
    Pero, en fin. En ocasiones, la vida te viene como te viene y tú poco puedes hacer. O no. Quizá es precisamente ahí donde te demuestras todo lo que sí que puedes. Igual es justo en esas circunstancias donde te das cuenta de quién has sido toda tu vida sin tú saberlo, donde le enseñas al mundo de qué pasta estás hecha, donde la vida te pone en la terrible tesitura de elegir una última vez: seguir siendo la que eras y hundirte con el barco, con los músicos aún tocando y sin salvavidas…, o convertirte en la que ya no tienes otra que comenzar a ser.
    Sea como sea, precisamente de esto va mi historia.
    ¿Ves esta revista que tengo en la mano? En ella hay muchas claves de por qué toda mi vida está al revés.
    Pero no quiero adelantarme mucho.
    No quisiera liarte.
    Deja que te cuente.
    Rebobino un poco y empiezo otra vez.

  4. Capítulo 1
    Nada es (solo) lo que parece
    Un mes antes
    Escena 1: «Un paraíso con más de trescientos días de sol»

    —Os diré algo: la portada de esta edición no tiene nada que envidiarle al TELMA, queridas. Estoy verdaderamente orgullosa del esfuerzo que habéis hecho esta vez —les había dicho durante la videollamada mientras abría la ventana del salón para dejar entrar la brisa marinera.
    Aquel lunes de mayo había amanecido como lo hacen los lunes corrientes: con la promesa de dar pie a otra semana cualquiera. Los niños desayunaban y se tiraban los trastos, y, a pesar de que hacía un calor inusualmente pegajoso para aquella época del año, Aída, la pequeña de mis repes —cuando tienes mellizas, también una de las dos es la pequeña—, había aprovechado para quejarse, que es exactamente lo que hace Aída estupendamente, y cerrar el portón del patio tras de mí para eliminar la corriente.
    —¡Hace frío! —me había gritado desde lejos mientras yo me recogía los pelillos húmedos de la nuca dentro de la pinza.
    Gozo del privilegio de vivir en el punto justo en el que el reflejo rosa del sol besa el mar antes de caer cada día, sobre la cima de una colina que esconde una gruta, en la que se levanta una virgencita que vino a darle nombre al barrio que llamamos Santaurora. Así, todo junto: Santaurora.
    Acepté mudarme aquí con Polo antes de nuestros seis cachorros, en lo que ahora parece un universo paralelo, bajo su promesa de un paraíso con «más de trescientos días de sol» —eso decía el cartel de la inmobiliaria el día que lo vimos por primera vez—, y tras quince años en esta casa a la que bautizamos como Majopama, puedo decir que, al menos en eso, cumplió.
    Santaurora tiene todo con lo que una persona con cierto gusto por una vida absolutamente genial puede soñar: ochenta y ocho viviendas de las cuales ninguna se parece demasiado a la otra y donde aquello que nos une se presenta en forma de rutinas y costumbres. Nuestra verbena del 13 de agosto, los jueves de cineclub, los paseos por el Parque Central o los eventos en el Club Náutico hacen de esta comunidad precisamente eso, una comunidad de verdad. Y eso es algo importante, ¿sabes? Sobre todo, cuando estás pensando en poner el huevo, en asentarte, en encontrar un lugar paradisíaco en el que formar una familia ideal. Aquí, de un modo u otro, nos conocemos todos. Todos saben de los secretos que acontecen en el resto de las casas, y a veces, te diré, incluso antes que los que viven en ellas.
    —Aún me cuesta creerme que Fausta os haya contado todo esto. Ni tan siquiera conmigo se abre así —dijo Bé acercándose torpemente a la cámara y dejando media frente fuera—. En serio. Fausta se piensa y mucho a quién le cuenta cómo y qué, Gabi. Reservada es su segundo nombre.
    —Es Beltrán —había bromeado Maya—. Pero es que Fausta es del 22 de noviembre, ¿no dijiste? Es Escorpio, pero piensa que a las puertas de Sagitario. «Es recelosa de su intimidad, pero confía en aquellas que se acercan a su corazón (siempre y cuando no se sienta acorralada)». Pero sí —recalcó Maya volviendo al asunto, con tono de haber constatado una obviedad—, lo cierto es que la entrevista lo tiene todo, Gabi: es íntima, es transgresora, es divertida. Creo que es el mejor número que hemos sacado hasta la fecha. ¡Yuju!
    Gabi ha sido mi mejor amiga desde hace justo quince años y sesenta y dos días, momento que coincide con el punto exacto en el que me mudé a Majopama y descubrí que era mi vecina. Pared con pared toda una vida. Hemos estado en todos los cumpleaños de nuestros niños —Gabi tuvo a Fer más o menos a la vez que yo a mi Telmo—, hemos traficado con calditos de pollo en la gripe de rigor de cada uno de ellos, yo he apoyado cada paso en su proyecto laboral y fue la primera que se sumó cuando, hace ya cuatro años, compartí con ella la idea de una revista dominical que retratase lo que en Santaurora se cocía.
    Hace falta más de un encuentro con ella para caer en la cuenta de que es alguien verdaderamente especial. Gabi tiene una gran melena oscura que no adorna nunca con nada, dos ojos rasgados del mismo color que se hunden bajo el marco de unas cejas pobladas y dos piernas larguísimas, que una vez me confesó eran una mezcla de la herencia materna y de sus años en gimnasia rítmica. Celita, su madre, que vive con ella, le enseñó a que no le temblase un labio cuando alguien le dirige un cumplido merecido, por eso que nos dijo:
    —Está bien. Feliz de que os guste. Supongo que, bajo todas esas capas de misterio que tiene tu mujer —dijo dirigiéndose a Bé—, no reside más que otra humana Escorpio corriente y moliente. Escorpio a las puertas de Sagitario, quiero decir —se corrigió—. Pues bueno. Pensemos ya en el siguiente número, que estoy con muchísimo lío en la asesoría y esta vez necesito tener la entrevista lista antes. Martes 16:30 h en Dulcísima. Podemos sincronizar agendas en…
    —Ese día no puedo —interrumpí a Gabi—. Nada. Me es absolutamente imposible. Tengo reunión de la AMPA. Tenemos que mantener nuestra reunión del miércoles a las once, tengo la agenda apretadísima, me es imposible cambiarla estos días, disculpadme…
    —¿Y no puedes saltarte la reunión de la AMPA o pedirle a Polo que vaya él a esta por una vez? —Fede es de pocas palabras, pero siempre dice lo que quiere.
    —Polo salió ayer tarde de viaje, así que no, no puede ir él por esta vez. Además, estaría un poco feo, teniendo en cuenta que ostento el título de presidenta.
    Claro que, si yo hubiera sabido en lo que acabaría esa reunión de la AMPA, quizá no habría acudido. Quizá ese día me habría tumbado en el sofá, como jamás hago, una vez colocados todos los niños en el colegio, me habría puesto un Moscatel a las once, con el sol bien alto, habría horneado una bandeja de lacitos de hojaldre, habría programado el calendario mensual de los niños en la pizarra de la cocina, a la que había añadido estrellitas y frases motivacionales del tipo «podéis conseguir todo lo que queráis en esta vida», porque, por aquel entonces, yo lo habría creído aún a pies juntillas, y habría dejado que el tiempo pasase como siempre hace. Como hasta ese momento de vida había visto, sin más esfuerzo, al tiempo hacer.
    —¡Caye, NO! —grité al ver cómo empujaba, con saña propia de un adolescente, la coronilla de Camilo al pasar por su lado.
    Pero ya era demasiado tarde. Socialité 56 se encontraba emborronado y pegajoso bajo la pulpa del zumo de naranja recién exprimido que cada mañana sirvo religiosamente a mis seis hijos y con el que espero que hagan acopio de las vitaminas necesarias para hacer frente a todas las exigencias del cole.
    La flamante foto de Fausta Beltrán, la famosa actriz de teatro, conocida por su tremendo papel en Dos mitades y de la que tanto había presumido Bé durante toda su gira por América Latina, luciendo en la portada de nuestro mejor número hasta la fecha, había perdido el brillo y amenazaba con difuminarse hasta perderse, como una mala caricatura de lo que la habíamos preparado para que fuera aquel mes de mayo.
    Supongo que si, como Maya, supiera conectar con las señales del Universo, habría entendido esta alto y claro.

  5. Escena 2: «Debe de haber un error»

    El telefonillo de la puerta sonó en el momento exacto en el que yo apagaba la tele que mi suegra había dejado encendida de fondo. En la pantalla, una mujer de falda corta y estrecha que reposaba de pie junto a un tipo con la corbata corta sobre una tripa abultada decía que aquel sería un mayo excepcionalmente caluroso.
    —Saquen su ropa de verano —había sentenciado—, pero no le pongan aún el candado al baúl del altillo, es probable que nos quede algo de fresco.
    Hay algo importante que debo recalcar aquí y es que aquella sería la última vez que no me sobresaltase el telefonillo de la puerta, algo que hasta ese momento me había sido absolutamente ajeno, diría que contrario a mis hábitos perceptivos. Soy una persona tranquila, de respuesta sosegada, o eso siempre es lo que me han dicho. Como aquella mañana en la que se coló un ratoncito por la puerta trasera y tuvimos que darle caza para devolverlo al campo, o cuando Águeda tuvo aquella horrible meningitis y pasamos noche tras noche a su lado. Te puedo asegurar y te aseguro que, pese al miedo, no se me salió un pelo del moño. Así que nunca antes había yo pensado que alguien podría llamar a la puerta y tirarme a la cara, entiéndase, metafóricamente hablando, una gran bola de nieve que más grande iba a hacerse conforme pasaran los días y la dejase yo seguir rodando, y lo haría a pesar de la temperatura infernal que tendríamos en mayo —que sería un mes excepcionalmente caluroso— y de mis vanos intentos por sujetarla con mis brazos dispuestos a cada lado.
    —¿Esto no será lana, verdad, mamá? —había dicho Aída, que, tras cerrar el portón del patio, se había vuelto a la mesa a desayunar.
    —¿Cómo? —contestaba yo, con un ojo puesto en la entrada y en Paula, mi suegra, que contestaba al telefonillo.
    «El pedido», había pronunciado con sus labios hacia mi dirección, sin hacer un ruido, consciente de que no habría manera de que el sonido cruzase la algarabía del comedor a esa hora del día.
    —Mamá, no pienso ponerme lana: ha salido de un animal. No quiero lana. ¡Te da igual todo! ¡Te da igual de mí! ¡Esto lo hemos hablado! —seguía gritando Aída mientras yo me acercaba a la puerta a recibir al repartidor—. Sí, es lana. ¡Es lana! Mira, lana —decía estirando la etiqueta.
    —Tú sí que eres lana, renacuaja —le decía Cosme, revolviéndole el pelo—. Venga, y ponte a desayunar, que vamos a llegar tarde por tu culpa y hoy tengo en Ciencias presentación oral.
    El repartidor apareció en la puerta con las bolsas de papel llenas de los mismos productos frescos que consumíamos cada semana. Quince hogazas de pan de masa madre 100 % integral, mitad centeno, mitad espelta, cortadas con precisión milimétrica para congelar la mitad y consumir las demás en los días siguientes; una bolsa con dos docenas de huevos recién cogidos de gallinas locales y criadas en libertad y dos garrafas de leche fresca. Dos bolsas con verduras de temporada, ecológicas y de primera calidad, y dos hermosos contenedores del tamaño de un puño con nueces peladas y almendras Marcona a granel. Nada especial en él. Simplemente, el mismo encargo que habíamos realizado durante los últimos cinco años y que habíamos disfrutado sin siquiera plantear que algo en él pudiera, en algún momento, cambiar.
    Así es la vida, ¿no es así a veces? Una convive con la ilusoria sensación de que todo lo que tiene en el momento presente permanecerá de este modo por siempre. Que el sol seguirá levantándose por Cala Nueva en Santaurora y poniéndose cada tarde por Cala Vieja estando todos bien y juntos y felices sin que el aire nos roce. Y, bueno, no quiero adelantarme mucho, pero la vida iba a traernos algún que otro cambio de pendiente. Estaba a punto de vivir el mayor punto de inflexión al que nunca hubiese tenido que hacer frente, pero también mi historia me reservaba alguna que otra Gran aventura. Nótese la mayúscula del Gran.
    Así que habían llamado al telefonillo y mi suegra había atendido la llamada. Hoy, sin embargo, no había venido Antonio, el padre, sino el hijo mayor, al que solía abrir Polo por petición mía, porque yo solía decir que me miraba como se mira a un jugoso muffin con frosting de queso cuando una se ha puesto —una vez más— a dieta. Supe que algo andaba mal tan pronto como abrí el pomo de la puerta y lo vi cruzando el jardín camino a la entrada principal.
    —Aquí tiene, señora —me dijo—. Son noventa y ocho euros con treinta y tres céntimos.
    —¿Cómo?
    —Noventa y ocho euros…
    —No, no, ya te escuché. Quiero decir, esto ya está formalizado —dije bajando el tono y sacando con cuidado mi cabeza para mirar a ambos lados de la calle—. Llevamos años haciéndoos una transferencia automática al final de cada mes. Tu padre debe saber; vete a decirle a él.
    —Mi padre ha sido el que me ha dicho que le diga a usted que son noventa y ocho euros con…
    —Pues tiene que haber un error —le corté—. ¿Es que no habéis recibido la transferencia?
    —Ni la de este mes ni la del mes anterior.
    —¿Cómo va a ser?
    —Pensando en que habría un error, no quisimos decir nada, pero ya viendo que son dos meses seguidos, pues mi padre pensó que mejor sería que os lo dijese yo.
    —Aquí va —interrumpió Paula abriendo la puerta del todo, haciéndome ver que había estado todo este tiempo a mi lado—. Doscientos euros, por este mes y el anterior. Puedes quedarte con el cambio como compensación por las molestias. Gracias por todo, nos vemos el lunes que viene —sentenció, arrancándole las bolsas de las manos y cerrando la puerta con energía.
    Algo que aún no te he comentado es que Polo no se parece a su madre en casi nada. Ella siempre ha dicho que es una calcamonía de su marido, también por fuera como por dentro. Esos ojos tan de torero andaluz, en contraste con los de ella, azul claro; sus facciones duras, su pelo grueso y oscuro como el de un miura. Había un gesto, eso sí, pues la genética no es cosa mental, que los unía a los dos: los ojos sobre las gafas con la mirada saltando la montura del cristal, el mentón hacia el pecho y la boca hecha un puño. Lo hacían cuando algo cavilaban.
    Por ejemplo, justo ahora. Paula me miraba ese lunes tan caluroso de mayo desde la esquina del comedor mientras me observaba sacar los productos en el islote que construimos en el centro mismo de la cocina, mientras yo reflexionaba sobre lo que acababa de ocurrir y me apartaba el pensamiento de la cabeza como un moscardón.
    Yo no lo noté, claro, porque esas cosas nunca se notan hasta después, pero ahora, recordando, puedo decirte que ese fue el momento exacto en el que la gran bola de nieve cayó rodando bajo mis pies y, antes de haberme querido dar cuenta, ya había alcanzado el tamaño de un gran iceberg.

  6. Escena 3: «Percibí algo que no había visto antes»

    Es importante que entiendas que a mí me encantaba mi vida. Ya te lo he dicho: era una vida perfecta. Adoraba la carrera de las mañanas arrastrando niños al coche, la marcha militar para meterlos a todos en las bañeras, frotando espalditas y piececitos mientras me destrozaba la manicura francesa; adoraba los malabares para encajar los horarios de los seis y las reuniones en la AMPA organizando eventos y hablando con el resto de las mamás del cole.
    Fíjate que hemos podido buscar ayuda afuera, como es el caso de muchas de mis amigas aquí en Santaurora, pero yo nunca lo he deseado así. Polo me decía: «Leona, cariño, no hace falta que te cargues con todo a las espaldas, que nos va muy bien. Relájate y vete a jugar al pádel con Maya al club cuatro veces por semana en lugar de solo dos, o dedica más tiempo a la revista, que es lo que más te gusta y una buena distracción de todo tu estrés». Pero ¿una mujer que tiene hijos para que otra se los críe? No seré yo la que juzgue a nadie, claro, pero yo tengo el privilegio de haberme podido entregar de lleno a mi familia. Eso es: he sido una privilegiada. O así siempre lo pensé. He acostado a estos seis niños cada una de las noches de sus preciosas vidas y los he despertado después.
    —Lidia, por favor, que no me encuentre la mesa sucia cuando llegue —dije a la mujer que me ayuda con la casa en referencia al zumo que Cosme había tirado unos minutos antes sobre Socialité—: El olor a cítricos me resulta de lo más desagradable. Y, ¡niños!, ¡vamos!, ¡¡se nos está haciendo tarde!! —grité alargando la última e bajo la mirada inquisidora de mi suegra, que acababa de devolver su cartera al bolso.
    ​Aquel lunes, los metí en la tartana sin darle más importancia a lo que había pasado. Hice nota mental de preguntar luego a Polo, de arreglar el tema pasando por la sucursal del banco y de hablar con Antonio sobre los malos modales de su hijo. No me gustó su tono, y cualquier vecina se podría haber enterado. Pasó primero Águeda al asiento justo tras de mí, después Cosme y Camilo; luego se subió de un salto, que es lo que más practicaba esos días, Telmo, y, por último, entró Aída en los brazos de Caye, para cerrar tras de sí la puerta.
    ​Hay algo importante que igual no sabes y que debes saber: los ricos no andan. Quiero decir: andan tan poco como pueden. Tampoco conducen sus propios coches. Claro que nosotros no éramos tan ricos, pero estábamos bastante bien, y hacer cosas de ricos es vital para pertenecer. Además, tres calles a tu ritmo de adulta pueden parecerse en lo fundamental a un agradable y apacible paseo por el parque, pero, si has tratado de andar con un solo niño de la mano por más de tres minutos seguidos con cierta presión de tiempo, entenderás la complicación de multiplicarlo por seis. De modo que siempre vamos en la tartana al cole. Es bonito, es elegante, es rápido y no me hace llegar a la puerta del colegio sudada como una butifarra andante, lo cual agradeces, créeme si te lo digo, una vez llegas a la puerta de Palms-International y ves al resto de las madres.
    ​La siguiente generación natural de Santaurora, que por suerte es extensa porque somos una comunidad prolífica y fértil, acude al colegio que está al otro lado del barrio, justo al cruzar la avenida Freire. Es un edificio de corte moderno con un centro deportivo agregado que sería la envidia de cualquier medallista olímpico. Sus valores, como reza el cartel de la entrada a modo de arco, son: «Sabiduría, Hermandad y Liderazgo». Lo visitamos por primera vez tras escuchar a Paula, que nos había contado que en el club había oído a Bernardita, la hija de Rete, hablar maravillas de él, y tras el Open Day, nos pareció el lugar perfecto al que llevar a nuestros pequeños. Nos hemos equivocado en muchas cosas en esta vida, ahora eso bien lo sé, pero no en esta: Palms-International ha dado a mis hijos el lugar en este mundo que ellos merecen.
    ​Los mayores acudieron juntos a su clase, como juntos iban los tres siempre; dejé a las repes en la puerta de cuarto C bajo la promesa de llevarlas a ballet después y acompañé a Telmo de la mano hasta su profe.              
    ​No fue hasta que se quedó otra vez la tartana vacía que percibí algo que no había visto —estoy bastante segura, por más vueltas que le he dado— antes. La imagen entró por el rabillo de mi ojo derecho mientras rotaba el volante a la entrada de la calle Riesco, dejando a un lado el cine de verano, donde anunciaban la reposición de Grease en un par de jueves, y en un instante me invadió la sensación de que aquello no debía estar allí.
    ​Bajé el volumen de la emisora de radio local que había sintonizado Polo el día anterior cuando lo había acercado al aeropuerto, y en la que hablaban con cierta alarma de la ola de calor que había acechado la Costa del Sol y lo extraño que era que se hubiera sumado a niveles de humedad tan espectaculares para un aparentemente inofensivo mayo.
    ​En la puerta de casa me encontré a Gabi, que me habló mientras yo pulsaba el botón del mando de mi garaje para guardar de vuelta el coche. Recuerdo exactamente lo que me dijo:
    ​—Solo es lunes y ya necesito el fin de semana otra vez.
    ​Lo que no recuerdo es lo que yo le contesté, porque, para entonces, ya había cruzado, en piloto automático, la puerta del garaje y había estirado mi mano para alcanzar el extraño objeto que se había quedado enganchado en el espacio estrecho que une el respaldo y el asiento del copiloto, y que supuse se le había caído a Polo el día antes.
    ​Lo saqué con cierto esfuerzo, presionando para hacer palanca con la parte baja del respaldo, y lo observé bien mientras descansaba sobre la palma de mi mano.
    «Pero ¿y esto qué es?», pensé.

  7. Escena 4: «Carpe Noctem»

    No te he contado aún que en mayo se desvisten todos los árboles de Santaurora y eso también lo organizo yo. Mi gobierno como presidenta de la comunidad de vecinos no ha sido nunca un proceso realmente democrático, y tampoco es que haya pretendido serlo. Es más bien una simple valoración de descarte. Nadie podría hacerlo tan bien como yo lo hago, de modo que, año tras año, la votación es más un paripé en el que todos sabemos cuál será el final, pero que tratamos de que no parezca tiránico.
    La AAAS (Asociación de Abuelas y Abuelos de Santaurora) comenzó siendo algo sin demasiada ambición: una mesita en la esquinita del club que se reunía los domingos para jugar al dominó y no mucho más que eso, pero pronto se vinieron arriba hasta convertirse en lo que hoy es. Son verdaderamente fabulosos: mujeres que sacan todas sus joyas para colgárselas de una vez y sentarse frente al mar antes de que acabe el fin de semana, hombres con chalequillos, que no se quitan ni en pleno agosto, y grandes puros humeantes que desafían la lógica del cáncer. De allí han surgido maravillosas iniciativas impulsadas por nuestros vecinos más mayores, como la vuelta de la verbena del 13 de agosto, el mercadillo de antigüedades de los domingos, la casetilla de intercambio de libros o esta, la ornamentación de las calles.
    ​—Durante el invierno —falló una vez Celita—, los árboles pasan frío. Es la humedad, ¿saben? Aquí, cuando hace frío, de verdad que lo hace.
    Piensa que no es hasta mayo cuando vemos cómo la vida explota en cada rincón de este barrio: la fuerza de las buganvillas trepa por las fachadas de cada una de nuestras idiosincrásicas viviendas y pone relieve al blanco de la caliza que escupen nuestras paredes; las palmeras que bailan cuando el poniente entra desde el club hasta la gruta de la virgencita; las plumerias y los glicinos, los pinares, los hipnóticos jazmines que casi te hacen perder la cabeza cuando caminas de noche, la pureza de nuestra flor más típica, la biznaga. Es tan bonita esta época del año que Celita tuvo que verlo claro:
    ​—Deberíamos vestir los árboles del Parque Central con ganchillo para que estén guarecidos de la humedad.
    ​Acogimos la idea con inquietud, pero mi suegra apuntilló:
    ​—Solo si usamos seda pura de morera.
    ​Paula aborrece las ordinarieces.
    ​Y desde entonces, los vecinos se reúnen a primeros de mayo para retirar el ganchillo de los troncos y revestir las calles, colgando banderillas de un lado al otro de las farolas y de las copas los árboles, de modo que no les falte un perejil al menos hasta octubre, que es cuando se produce el cambio de hora y los días se acortan inevitablemente, dándonos una tregua del sol que por aquí siempre es notable.
    ​Mientras las catorce personas que forman la AAAS me esperaban reposando sus traseros al filo de la fuente de Buenaesperanza, justo en el centro de nuestro Parque Central, yo seguía en el coche enfrascada con el objeto que había encontrado en el asiento del copiloto y que supuse pertenecía a Polo, mi marido, que a estas horas ya debía de estar saliendo de su hotel para ir a las reuniones que tenía agendadas para estos días en los que estaría fuera del país. Me volví a reprender el no haber estado encima de su agenda. Polo tiene muy mala cabeza. Si no le pones el plato de comer bajo sus narices, apuesto y gano a que se olvidaría de cómo freír un huevo. «Si quieres que algo salga bien, hazlo tú», me he dicho a mí misma siempre, y así estoy: soy la presidenta de la AMPA en Palms-International, la presidenta de la comunidad de vecinos en Santaurora, la orgullosa madre de mis seis enérgicos hijos y la directora de operaciones de todo mi hogar. Lo hago con gusto, que conste. Y, además, me lo puedo permitir, porque no trabajo y dispongo de todo mi tiempo para entregárselo a los demás. Dejé mi carrera atrás hace ya quince años, al quedarme embarazada de mis tripletes, y gracias al cielo que lo hice, porque aún no sabía que Dios me bendeciría con tantos hijos como lo hizo después.
    ​De formación soy periodista, de ahí mi caprichito con Socialité. Me licencié con honores y, gracias a un contacto de Polo, por aquel entonces mi novio, pronto entré a formar parte de la plantilla de TELMA, en la posición de ayudante de dirección de doña Rosario Estrada, la dueña y señora de la más prestigiosa revista que jamás haya visto España. Entré por un contacto, es verdad, pero doña Rosario me dijo, tras mis ocho meses trabajando con ella, que nunca había tenido en su despacho a alguien tan eficiente. No habría sido elegante, y de ahí que no lo hiciese, pero estuve muy cerca de decir: «lo sé». No te diré que nunca había echado de menos aquella vida de entrevistas, de trajes de chaqueta y pantalón, de tacones de infarto, de prisas saltando de un coche privado a otro sujetando a su lado una carpeta con documentos importantes, porque te mentiría. Pero para eso monté Socialité, para quitarme el gusanillo, ¿sabes? Quien te diga que se puede tener todo en la vida no sabe lo que quiere. Quererlo todo es no querer nada, hay que saber elegir, y elegir es renunciar. Yo elegí a mis niños y con ellos siempre he estado. Enterré a la Leona profesional y me dejé cuidar por Polo para cuidar yo de los demás, y, al menos hasta ahora, nadie había tenido una queja de nuestro pacto tácito.
    ​De modo que aquella mañana llegaba tarde a mi cita con la AAAS, la Asociación de Abuelas y Abuelos de Santaurora, porque me había entretenido llamando desde el bluetooth de la tartana a Polo, con la esperanza de que me explicase por qué la transferencia a Antonio no estaba funcionando y cómo podía yo hacer para arreglarlo. Yo siempre he estado a cargo de los gastos de la casa, pero desde que el mes pasado el banco me devolviera el recibo del agua por un error administrativo y que Polo se prestase con diligencia a solucionarlo, yo había estado mucho menos encima de estas cosas. A veces, es estupendo tener su apoyo y delegar algo. Pero, sobre todo, quería que Polo pusiera luz sobre aquel objeto de madera circular que sujetaba con mi mano y en cuyo dorso se encontraba serigrafiado un emblema… algo extraño. Un emblema del que no supe su significado hasta después, y del que ni de lejos imaginé todo lo que traería consigo:
    —«Carpe Noctem» —leí en voz alta.
    Desde el asiento del piloto, levanté los ojos hacia el retrovisor delantero y los entorné a modo de interrogante.

  8. Escena 5: «Júrame que vas a recordar esto»

    El lunes 3 de mayo vi por primera vez aquel símbolo redondo que rezaba «Carpe Noctem». Un modesto y elegante logo compuesto por una C que parecía engullir a la N, y que adornaba el pequeño objeto circular que no había soltado desde que me bajé del coche.
    Lo sujeté con fuerza en las muchas llamadas que hice a Polo, y tuve que contenerme porque, aunque una vocecita desde dentro me decía que algo podría estar pasando, ya te he dicho que no he sido como otras mujeres: no me es sencillo sucumbir a la histeria. Mido, y bien, mis estados de ánimo. Polo había ido a reunirse con un nuevo contacto para la urbanización que se estaba construyendo a pocos metros de la prestigiosa Zabaleta. No puedo decirte esta vez el nombre exacto, porque el rato que normalmente yo habría dedicado a sincronizar agendas… nos liamos. Polo cogía el vuelo a las 19:47 y llegamos al aeropuerto a las 18:00 y casi derrapando. Paula había estado viendo la versión de Aladdín de Will Smith con los niños en el salón, les había preparado unas palomitas con azúcar y la casa estaba, por fin, en estado de relativo silencio, de modo que nos echamos una siesta. No somos de siestas, la verdad, pero aquella noche anterior habíamos dormido poco. Polo había dado mil vueltas a la cama, lo que yo interpreté sería fruto de su estrés en estas últimas semanas cerrando aquel importante trato, y, al despertarnos de la siesta, mi marido pareció sentirse especialmente fogoso. Y digo especialmente porque él ha sido fogoso siempre. En dieciséis años de matrimonio, no hemos pasado una semana en la que no nos tocáramos el uno al otro. Pero esta vez, fue diferente. Yo tenía que haberme dado cuenta, después de tantos años de matrimonio y cama, de que aquel sexo era, en todo, diferente. Polo parecía desesperado por tenerme. Sus manos me apretaban la carne en cada caricia; me mordió los hombros, los pechos, el costado. Las sábanas habían acabado empapadas de sudor a nuestros pies, y yo había explotado en un orgasmo al que solo el confeti le había faltado.
    —Dime que me vas a querer siempre. Dime que siempre vas a estar a mi lado. Júrame que vas a recordar esto. Pero mírame, Leni —repetía una y otra vez llamándome por ese apodo que solo usa él, y yo me agarraba al cabecero de la cama para amortiguar los golpes de sus embestidas—. Mírame y dime que tú y yo vamos a estar siempre juntos.
    A mi favor diré algo: Polo es bastante dramático. No había razón para no pensar que había tenido uno de sus legendarios ataques de hipocondría con una gran revelación tras sentirse al borde de la muerte. Una vez, y esto es absolutamente cierto, se fue a la cama a dormir con un vaso de agua lleno hasta el filo y el teléfono de emergencias preparado en la marcación rápida. Cuando le pregunté qué ocurría, me dijo: «Me temo que voy a tener un cólico nefrítico esta noche». Cólico que, ya imaginas, nunca vino, como nunca había venido antes. Pero, aunque aquella sesión de sexo desmedido no me resultó rara en el momento, ahora ya comenzaba a ser más extraño. No era habitual en Polo no responder al teléfono. Yo siempre sé dónde están todos, y todos los que tienen móvil en esta casa tienen terminantemente prohibido no responder, incluido él. Claro, que yo sé cuándo puedo llamar y cuándo no, y supongo que hoy me estaba saltando mis propias normas llamándolo a sabiendas de que podía estar reunido, pero la ocasión lo merecía.
    Hice tres llamadas con una mano mientras sujetaba el objeto de madera circular en la otra. Dándome por vencida, colgué el teléfono y escribí un mensaje:
    «Devuélveme la llamada. Es importante».
    Luego, sin embargo, caí: ¿qué voy a decirle? ¿Que he encontrado un trozo de madera que me cabe en el puño con unas extrañas letras en un lado? No parece un argumento de peso para una llamada importante. ¿Que ha venido el hijo de Antonio y que su madre tuvo que pagar en efectivo los dos últimos meses? Tampoco parece una urgencia. Iba a tener que pensar mejor cómo contestarle una vez llamase. O igual podría decirle simplemente la verdad: «Cariño, tengo un mal presentimiento. No me gusta esto que he encontrado en el coche y que debe de ser tuyo; menos me gusta no saber dónde ni con quién estás, y ni te cuento la poca gracia que me hace que no hayas estado encima de las cuentas como me dijiste tras el disgusto que me dio el agua».
    El agua: más de tres días con los grifos vacíos por culpa de un problema con mi tarjeta del banco.
    Cuando solté el teléfono, vi que Paula estaba sentada junto a la ventana del jardín, viendo a la gente pasar. Se sobresaltó al verme entrar.
    —¡No te esperaba tan pronto!
    —Sí, qué cosas —contesté mirando la hora de mi FitBit—. Hoy no había atasco… Toda una novedad. ¿Cómo es que no estás ya hoy en la reunión de la AAAS? Me consta que Celita ha horneado toda una bandeja de cruasanes, me lo dijo anoche Gabi, así que, si aún no has desayunado, podemos salir ya. Caminemos juntas, si te apetece, y así nos ganamos las calorías del hojaldre, que Celita es de poner bien de mantequilla, como Gabi tiene ese metabolismo que tiene… Yo en breve salgo para allá —dije guardando mi iPhone y el objeto no identificado en mi Louis Vuitton—, solo déjame que suba a cambiarme esta camisa que llevo pegada por esta humedad insoportable y bajo en un seg…
    —No, hija, no te molestes por mí, yo me quedo.
    —¿Que no vienes? ¿Es que te encuentras mal?
    Mi suegra jamás se ausenta de una reunión social, así esté al borde del colapso, aunque sea solo por no perderse nada de lo que después se pueda hablar. Como yo bien lo sé, le pregunté:
    —¿Y qué les digo a los demás?
    —Diles que estoy indispuesta.
    —¿Pero lo estás?
    —Tú diles.

  9. Escena 6: «Sé dónde vives»

    —Por el amor de Dios, Andrés, ¡baja ahora mismo de ese árbol! Te vas a partir la crisma —dije al verlo trepar para recolocar las banderillas del Parque Central.
    —Se cree que tiene quince años. No tiene remedio. Míralo —se quejaba Celita, quien sujetaba garbosa con la mano izquierda la cesta con cruasanes recién horneados y reposaba la otra en jarra sobre su cintura—. ¡Que ya están bien! ¡Que no hace falta que los toques más, Andrés! ¡Que los vas a acabar estropeando de tanto manosearlos! Le gusta el protagonismo —le decía bajando algo la voz a una Milagros que miraba a Andrés como una estatua a su lado—, es que de siempre le ha gustado. Todo lo que sea ser el centro de atención… Virgen santísima. ¡Hombres!
    Llegué, solucioné aquella reunión como pude, conseguí que acabaran todos sanos y salvos, que no es fácil a una edad y con escaleras de madera de por medio, y corrí calle abajo con un vestido vaporoso de flores ocres, a juego con mi tono de pelo, y unas manoletinas planas de camino a la Tiendecita, el único local que vende comestibles en toda Santaurora. Por aclarar: tenemos Dulcísima para el brunch, los desayunos y las meriendas; el restaurante del Club Náutico, donde sabes que siempre vas a encontrarte con todo el barrio, y, siendo el único en su género, la Tiendecita. En la Tiendecita puedes adquirir cualquier producto clásico de un supermercado, lo cual es medio mágico porque es verdaderamente pequeña, y eso hace que tenga aún más encanto. Sobre su puerta color albero, se abre como un gran pavo real una toldilla con un dejo asalmonado que le sirve de modesta sombra desde la que poder asomarte por la ventana sin entrar, y eso siempre está bien, una siempre agradece poder mirar a los sitios, ver quién está ese día dentro y quién no, antes de decidirse a entrar.
    Justo eso hice ese día, que iba yo con cierto desasosiego, antes de girar el pomo y pasar a comprar. Su dueño, Octavio, que no vive en el barrio, me recibió aquella mañana con el mismo humor rancio del que siempre hace ostento.
    —El viernes es el cumple de Telmo, mi pequeño, y aunque el catering está contratado, claro que una no va a poder con todo, y más con Polo en Londres… Yo misma quiero encargarme de los cupcakes, ya sabes, los que yo hago son sus favoritos —dije, sin tratar de esconder una mueca de orgullo—. Van a ir todos de Frozen, niños y niñas, que es una fiesta sin imposiciones de género, no queremos distinciones en los disfraces, ya imaginas las caras de algunas madres cuando lo propuse en el colegio, pero no vamos a bajarnos en esto, ¿sabes? Es importante, ¡los niños también pueden llevar vestido si eso es lo que quieren! —Tomé buena nota de la expresión de indiferencia de Octavio y atajé—: Así que vengo por harina de trigo sarraceno, estevia, leche de avena y zanahorias de cultivo ecológico, y para el frosting, me preguntaba si dispones de algún queso vegano con base de anacardos, que con la canela de Ceilán y la zanahoria quedan estupendam…
    —Final del tercer pasillo a la derecha.
    Octavio no es la clase de hombre que una esperaría encontrar regentando un local tan cuco en un barrio como este, pero no tenemos quejas de él: es eficiente, no se mete en nada, tras todos estos años, sigue sin saberse el nombre de nadie y tiene todo, absolutamente todo lo que puedas necesitar, en sus estantes. Estoy razonablemente segura de que, si un día viniese pidiéndole dos bolas de dragón y un hilo de cola de mamut gigante, me contestaría «a tu izquierda, sobre la lechuga iceberg».
    Cogí el doble de todo lo que yo había calculado que necesitaría, porque mi pequeño, Telmo, es increíblemente popular en clase, y no hay nada peor que dejar a una jauría de niños rabiosos con hambre. Así, cargada con la gran cesta de mimbre que había cogido a la entrada, me dispuse a pagar en caja.
    —Tarjeta denegada —dijo Octavio repitiendo, sin emoción que trasluciese, lo que podía leerse en el datáfono.
    «Qué extraño», pensé, mirando a cada lado para asegurarme de que no lo hubiese visto nadie.
    —Prueba con esta.
    —Denegada —repitió, tras intentarlo otra vez.
    Nos miramos a la cara por lo que pareció un segundo eterno y comenzamos a hablar a la vez:
    —Quizá…
    —Prue…
    —Leona —me interrumpió. Bueno, pues quizá sí que sabía algunos nombres—. Majopama. Bajando por la Senda Zambrano, la casa con vista lateral a Cala Nueva, la que tiene el recibidor largo a la entrada con el ficus, la número 3. Te he llevado la compra con la furgoneta muchas veces a casa. Sé dónde vives. Te lo dejo a deber.
    «Te lo dejo a deber» no es una frase con la que una mujer como yo esté acostumbrada a toparse, esa es la verdad. «¿Qué le pongo?» o «como usted desee» están más en mi registro habitual, no te mentiré, pero, de algún modo, creo que necesité escucharlo, porque no fue hasta que salí de la Tiendecita que tuve la certeza absoluta de que la incómoda sensación de tener el pulso en la garganta no era culpa de un mal presentimiento. Algo iba verdaderamente mal, e iba a empeorar mucho antes de ir a mejor otra vez.

  10. Escena 7: «¿Qué es la amistad sino aguantar las medias mentiras de la otra parte?»

    A la salida de la Tiendecita, me topé con Viriato, al que le precedían, como le preceden siempre, los ladridos de los más de diez perros que pasea cada mañana a la vez, cinco en cada mano, y quien, como siempre, parecía inmune ante semejante estruendo.
    —¡Buenos días, señora Leal! —me costó oírlo entre tanto perro—, qué calor hace, ¿no? Viene una DANA, y si no, ya vas a verlo; como la última que tuvimos en 2013, que después de todo ese calor pegajoso —los perros seguían, y yo entendía a trozos—, vino la lluvia y bajó la temperatura en un día más de quince grados, ¿se acuerda? De treinta y uno que hizo aquella mañana a catorce dos horas más tarde. Una locura… Bueno, señora Leal —dijo al ver mi expresión confundida—, ¡que tenga usted un gran día!
    Me protegí el auricular con la palma para aguzar el oído mientras me despedía de Viriato y a la vez marcaba el teléfono incesante, con la esperanza de que Polo pudiese aclararme todo este lío desde Londres, pero lo único que escuchaba era el sonido de mi mente repitiendo sus palabras: «Júrame que vas a recordar esto», una y otra vez. ¿Qué era eso que tenía que recordar exactamente?
    Resuelta a encontrar respuestas, me dirigí a casa con la compra. Guardé los ingredientes en los armarios correspondientes, corrí las cortinas para gozar de cierta intimidad y comprobé que Paula estuviese en su habitación, seguramente cosiendo los disfraces de los niños para este viernes. Abrí entonces el portátil y tecleé algo que debía haber tecleado ya mucho antes:
    «Carpe Noctem».
    Eché un rápido vistazo para comprobar que Google me daba un total de 190.000 entradas bastante imprecisas al respecto, pero ninguna satisfizo en lo más mínimo mi curiosidad, que a esas alturas del día había crecido como un monstruo gigante. En la primera de ellas, descubrí que aquel aforismo latino se traducía por «aprovecha la noche», y en el resto de las entradas había poco más contenido interesante. ¿Qué sentido tenía todo aquello? «Aprovecha la noche», me repetí. ¿Será que el objeto no identificado pertenece a un club de alterne? ¿Me casé con un abusador de mujeres?
    Miré la pantalla del portátil horrorizada, para pronto decidir que no: tras más de quince años de matrimonio, una sabe cómo de oscura es la oscuridad que cierne a su otra mitad, o eso es lo que siempre creí. Veía a Polo capaz de muchas cosas terribles, como me veía capaz de cometer atrocidades, llegado el caso, también a mí, pero nuestro matrimonio había estado cargado de un magnífico sexo, de seguridad y, con seis niños, ya imaginas, de un delicioso y permanente entretenimiento. Recordé entonces al marido de Rubí y al escándalo que su ruptura supuso en el club… ¿Cómo se llamaba?… Alfonso. Alfonsito, que lo llamaba mi suegra, y que no resultó al final tan inocentón, y lo cierto es que lo parecía; realmente lo sentí por su mujer. ¿Por qué iba él a buscar nada más por ahí? Se tratase de lo que se tratase, no podía ser eso. Además, ¿quién acude a un puticlub y se lleva de regalo un souvenir? Nadie, tampoco Polo, puede ser tan imbécil.
    —Querida —Paula tocó la puerta de mi habitación, y yo cerré de un solo movimiento el portátil—, Gabi está en la puerta pulsando machaconamente el timbre, la he visto por la ventana y parece apurada, ¿es que no lo escuchas?
    De pronto, caí en la cuenta de que sí, llevaba un rato escuchando un sonido irritante al que mi mente había resuelto no hacer caso. Escondí el portátil en el armario, devolví el objeto no identificado al bolso y corrí escaleras abajo para abrir a Gabi.
    Gabi siempre había sido una gran amiga. Quiero decir: una de esas amigas a las que se lo contaría absolutamente todo menos lo que una no le cuenta a nadie, que son muchas cosas, al menos en mi caso. Proteger una familia con seis hijos y una suegra insidiosa requiere de mucho blindaje emocional, de una buena dosis de límites sociales y de mil caretas para los días grises. Aunque probablemente Gabi sabía esto también y aceptaba el trato, al fin y al cabo, ¿qué es la amistad sino aguantar las medias mentiras de la otra parte? Me dijo:
    —A ti te andaba yo buscando. —Y antes de que pudiese darme cuenta, se había sentado de piernas cruzadas en el centro mismo de mi sillón blanco hueso de nueve plazas, con su bolso descansando sobre la mesita baja de metacrilato.
    —¿Algo de beber? Te noto acalorada, es este tiempo terrible, ¿no? Dice Viriato que acabará en DANA, como en el 2013, con una de esas lluvias torrenciales tan exageradas de Santaurora, y, visto este calor, no creas que va a molestarme si ese es el caso…
    —Ah, no. Yo sí que soy de calor, ya lo sabes, no me afecta como a ti, ¿pero quizá una limonada?
    Saqué la jarra con la limonada casera de la nevera y se la serví en un gran vaso que cogí del congelador, que llené primero con hielo picado, tras pasar los bordes por un platillo con azúcar y plantarle una sombrillita de papel. Satisfecha conmigo misma, lo coloqué frente a ella sobre la mesa y le dije:
    —Esta mañana he estado con Celita en la reunión de AAAS, nos ha puesto unos cruasanes de mantequilla que no va a haber manera de quemar hasta julio del verano que viene…
    —Ya me dijo, ya.
    —¿Está todo bien?

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