Una irresistible excepción – Loles Lopez

Una irresistible excepción pdf

Laura, una compañera de aldea, se refugia en un pequeño pueblo de Soria huyendo de un pasado traumático.

Una mala veteranía hizo que dejara la pócima, empero cuando Ángel, el corregidor, se entera de que hay una médica entre ellos, tratará de convencerla para que se quede a cultivar en aquel remoto motivo.

Laura deberá acostumbrarse a la existencia en el ambiente, a ayudar a raspadura aquel pasado que la hizo ramificarse de su recorrido, a imprimir a fraternizar con unos próximos demasiado entrometidos y a luchar con Ángel, un macho brutalmente seductor con la estructura de regañar de novias y opresiones, que le hará ocultar la rectitud por la que huyó al lugar.

De Loles Lopez

Lo que ella pensaba que iba a ser una granja sin muchas complicaciones, acaba convirtiéndose en una remolino de impresiones, situaciones graciosas y calurosos encuentros.

¿Conseguirá Laura ejecutar su esquema en aquel estado?

¿Podrá Ángel negarse a la inaguantable seducción que ella le supone?

Una irresistible excepción pdf - capítulo 2 No había empezado con el mejor de los pies, eso lo sabía. La primera impresión que iba a causarle a su nuevo casero sería parecida a un cuadro de Dalí, por culpa de la multitud de manchas que poblaban su otrora precioso vestido y, para añadir más dramatismo a su deplorable aspecto, había que sumar el hecho de que su hermosa melena rubia se había convertido en una deforme maraña de pelo debido a la velocidad de aquella carrera a caballo y a los movimientos de éste... En definitiva, que la apariencia que deseaba transmitir desde un principio, de mujer de fiar, seria y madura, se había quedado en una caricatura. Y, para redondear todavía más su llegada, había tenido que dejar todas sus pertenencias en el coche, que se encontraba parcialmente hundido en aquel fangoso camino. Aun así, Laura no iba a dejar que aquel paso que había dado se torciese más; había llegado hasta allí con una finalidad muy concreta y haría todo lo que estuviera en sus manos para conseguirla. Por lo tanto, con la valentía que la caracterizaba, se desprendió de lo que había vivido para llegar hasta allí y tocó a la puerta de la pequeña cabaña de madera que le había señalado Ángel; tras una leve espera, le abrió un hombre de unos setenta años que la miraba con una tierna sonrisa en los labios. —¿Laura? —preguntó frunciendo el ceño al ver su ropa y sus zapatos. —Sí. Hola, don Pedro —contestó esbozando una sonrisa y tendiéndole la mano para estrechársela—. Perdóneme por presentarme así, pero he tenido un ligero contratiempo... —susurró, avergonzada por su aspecto. —Ay, monina, no me llames «don», que me haces más mayor de lo que soy —le pidió a la vez que cogía una boina del perchero situado al lado de la puerta y agarraba unas llaves—. Llámame Redondo o Pedro, como prefieras. ¿Qué te ha pasado? —Bueno, he tenido un pequeño incidente a mitad de camino; me he quedado atascada en la pista que conduce hasta aquí y me ha rescatado un vecino... —le explicó mientras seguía a su casero, quien había comenzado a andar con paso tranquilo hacia la que iba a ser su casa. Laura aprovechó para estudiarlo detenidamente; para tener como mote el Redondo, distaba bastante de serlo. Era un tipo delgado, con el cabello repleto de hebras plateadas, la tez morena por el sol y una mirada en la que se podía intuir toda la sabiduría que albergaba. —Vaya... ¿Qué vecino? —inquirió con curiosidad, haciéndola sonreír al notar que aquella información, para él, era importante. —Ángel. —Ah, es un buen muchacho este alcalde nuestro. —¿Ese chico es el alcalde? —Sí, el mejor que hemos tenido en años, una buena persona que siempre mira por los lugareños —afirmó con cariño en la voz—. Mira, Laurita —añadió mientras abría la puerta de la casa que había alquilado—, como te conté por teléfono, tiene un salón comedor con chimenea, que da calor a toda la vivienda; al lado se encuentra la cocina, que mi nieto ordenó reformar hará un par de años —explicó a medida que pasaban al interior—. Por aquí se accede a los dos dormitorios y aquí está el cuarto de baño completo —agregó a la vez que abría y cerraba las puertas, para mostrarle las estancias que iba mencionando. —Todo es precioso —declaró Laura admirando la decoración rústica y sencilla que reinaba en aquel hogar. —Sí, es muy bonita —susurró con una sonrisa enternecedora—. Lo bueno de esta casa es que está muy bien distribuida; mi señora se aseguró de que no hubiese pasillos inútiles ni rincones sin utilizar. Es una vivienda práctica, cómoda y, sobre todo, cálida en invierno y fresca en verano. —Su señora tiene un gusto exquisito. —Sí, lo tenía... —murmuró a la vez que se quitaba la boina y se acariciaba la cabeza con frustración. —Lo siento mucho, Pedro. —Gracias, monina, son cosas que pasan... ¡Qué le vamos a hacer! Bueno, te dejo aquí las llaves. Cualquier cosa que necesites, ya sabes dónde encontrarme —concluyó tendiéndole el llavero para que ella lo cogiera. —La verdad es que me he quedado sin coche y no puedo ir al pueblo a comprar comida... —intervino en voz baja, con timidez. —No te preocupes por eso. Mientras no ponemos remedio a eso, puedes venir a mi casa a comer y así me harás compañía. —Muchas gracias, Pedro. —Nada, nada, para eso estamos los vecinos —replicó el hombre con alegría. Laura sonrió mientras su casero se marchaba, tras levantar la mano a modo de despedida, con paso tranquilo, hasta su cabaña. Parecía un buen hombre; sus ojos reflejaban la bondad que poseía e intuyó que se llevaría muy bien con él. Cerró la puerta para comenzar a inspeccionar el lugar con más detalle. La casa era una preciosidad, con grandes ventanales que daban luminosidad a las estancias. El olor a madera era algo reconfortante para una chica que jamás había pisado el campo, ni siquiera para hacer una excursión cuando era niña. Entró en la cocina, moderna, aunque no desentonaba en absoluto con la decoración imperante, y empezó a abrir los cajones y a probar los electrodomésticos. Tenía todos los utensilios necesarios para cocinar y, además, había conservas que podría utilizar. Pasó un buen rato indagando por la casa, observando todos los rincones que se convertirían en rutinarios para ella con el tiempo, hasta que de repente oyó un ruido que le heló la sangre por completo, seguido de unos golpes fuertes que la hicieron palidecer y, por último, una voz llamándola. Laura sonrió negando con la cabeza y se dirigió a la puerta de entrada. Estaba paranoica, lo sabía; el contacto con la naturaleza no le estaba sentando especialmente bien. ¿O habría sido la primera impresión que se había llevado de ella aquel muchacho, que había resultado ser el alcalde del pueblo? Lo desconocía, pero era obvio que estaba totalmente descentrada.

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