Vas a ser mi salvación (La tentazione nº 7) de Dylan Martins y Janis Sandgrouse

A compartir, a compartir! Que me quitan los posts!!

***SOLO HOY Las Guerreras Maxwell, 7. Atrévete a retarme De Megan Maxwell

Regresa Megan Maxwell con la séptima entrega de la famosa saga «Las guerreras Maxwell».

Sin duda te llegará al corazón. Descubre, con esta nueva entrega, cómo los retos acaban dando paso a nuevas oportunidades...

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Vas a ser mi salvación de Dylan Martins y Janis Sandgrouse pdf

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SERIE INDEPENDIENTE “LA TENTAZIONE”

Hay errores del pasado que, por mucho tiempo que pase, no pueden olvidarse.

Para Stefano la vida no ha sido fácil, perdió el pilar más importante de su vida demasiado pronto, lo que le llevó a dejar sus metas a un lado para cuidar de su familia.

Una decisión que le cambiará la vida para bien, pero, por desgracia, será la causa de que pierda la libertad y a la mujer que ama.

Los errores cometidos hacen que veamos el futuro de otro modo, y Stefano encauzó su vida con la llegada de una oferta que no podría rechazar.

En ese futuro poco podía imaginar que aparecería la persona capaz de hacerle sentir aquello que creía muerto, que en esos ojos vería cuanto necesitaba saber para ser consciente de que ella seria la mujer que el destino le tenía preparada.
Pero ese destino a veces es tan caprichoso, que trae de vuelta los demonios del pasado que creíamos olvidados.

Amistad, amor, risas, secretos, sorpresas que nadie espera, dosis de pasión y mucho más te acompañarán a lo largo de esta historia.

Bienvenido, una vez más, a La Tentazione. Traspasa las puertas del lugar donde, con solo dejarte llevar, todo puede pasar.

»cap1″

1
 
Madrid, viernes treinta y uno de enero de 2020
Aún sigo sin poder creerme que esta noche, mi amigo Brian, haya hecho esa locura, pero le entiendo.
Cuando tienes tan claro que quieres a una persona, el tiempo que lleves con ella no es impedimento para querer estar con ella el resto de tu vida.
Voy conduciendo de camino a casa, con mis sobrinos durmiendo en el asiento de atrás, y Yara a mi lado.
Yara, mi bella Yara.
Es una mujer de casi veintiocho años, trece menos que yo, y tiene ese rostro angelical y de inocencia que tanto me gusta de ella.
Lleva nueve años a mi lado, como Luana, Nina y Amila, después de que Antonino Carusso, Tony desde aquella noche, las encontrara en la casa a la que fuimos buscando a su esposa Chesca.
Una sola mirada bastó para saber que estaría perdido el resto de mi vida, solo una, y los ojos de Yara me dijeron cuánto había sufrido en la vida, el dolor que arrastraba y lo frágil que era.
Pero con la ayuda de todos nosotros, esas cuatro chicas se convirtieron en las mujeres fuertes que son hoy en día, unas que nos acompañan en cada trabajo, jugándose la vida tanto como nosotros.
—Stefano, te has pasado el desvío —me dice Yara, dándome un leve apretón en el brazo.
— ¿Qué? —Miro a la derecha y sí, tiene razón, me he pasado el desvío por ir pensando en otras cosas— Lo siento, pensaba en… —no digo más, me quedo callado porque no puedo decirle que pensaba en ella, que siempre estoy pensando en ella.
—Se han casado, ¿te lo puedes creer? —pregunta, con ese tono sonriente en su voz.
—Sí, una locura.
—Pero muy bonita. Brian la ha sorprendido de verdad. Tal vez no era la boda que ella esperaba tener, pero ha sido preciosa y única.
— ¿Tú has pensado en casarte alguna vez?
—Sí, pero de ahí a que pase, va un mundo. También me gustaría tener hijos, eso lo sé desde que conocí a tus sobrinos.
—Para mí, es como si fueran mis hijos. Así lo prometí hace años.
—Lo sé, y se te da muy bien eso de ser padre.
—Gracias.
Y vuelve a hacerse el silencio en el coche, un silencio que me mata porque me encantaría poder decirle a Yara tantas cosas que ahora tengo que callar, que me vuelvo loco.
Alguna noche me ha costado dormirme y, al ir a ver cómo estaban mis sobrinos, la encontraba a ella en una de las camas con los dos durmiendo a su lado, abrazándola.
Yara fue mi salvación cuando me vi, hace tres años, con dos niños pequeños a los que debía cuidar.
Apenas contaban ellos con cuatro, estaban en esa etapa en la que todo lo preguntan, todo lo quieren saber, y necesitaban a sus padres, esos a quienes perdieron de la peor manera.
Sí, Yara fue mi salvación desde la mañana siguiente a mi llegada, porque en cuanto mis sobrinos la vieron, fue como si acabaran de conocer a su ángel guardián.
Cuando llegamos a la casa ya están todos allí, aparco el coche y cojo a Santino para llevarlo dentro, mientras que Yara, coge a Stella.
Vamos hacia su habitación, les ponemos el pijama sin que despierten, porque estos dos mellizos tienen un sueño de lo más profundo, y le doy las buenas noches antes de ir a por una copa.
Alguna que otra noche me tomo un whisky sentado en el porche del jardín, no me importa si hace frío, casi que lo agradezco para así estar bien despejado.
Son tantas las cosas que me han pasado en estos años, que muchas veces los recuerdos se agolpan en mi mente y me cuesta conciliar el sueño.
Solo el alcohol me ayuda, así que me tomo dos copas y me acuesto.
Ya estamos comenzando nuevo mes, dejamos enero atrás hace apenas unos minutos, y llega febrero, este año, como pocas veces, con sus veintinueve días.
Un trago tras otro, recordando cada momento de mi vida, se van pasando los minutos aquí sentado, contemplando la noche, ese manto negro cubierto de estrellas que abriga la ciudad.
Cierro los ojos, respiro hondo y lleno mis pulmones de aire, pero al estirar los brazos, doy sin querer a la botella de whisky y acaba cayendo al suelo, haciéndose añicos.
—Mierda —digo, poniéndome en pie para recogerlo todo.
— ¿Qué haces aquí fuera? —pregunta Yara.
Miro hacia la puerta y la veo cubierta con una manta, cruzada de brazos.
—Estaba desvelado, salí a tomarme una copa y se me ha caído la botella.
—Vaya desastre, Stefano. Anda, deja, que ya lo recojo yo.
—No, no, puedes cortarte.
—Si lo hago con cuidado, no —arquea la ceja, se quita la manta y veo que lleva un camisón.
—Yara, vas a coger frío.
—Tranquilo, que no.
Y no es solo por el frío que pueda coger, es porque me cuesta concentrarme teniéndola así vestida ante mis ojos.
— ¡Joder! —exclamo, al notar un corte en la mano.
—Te has cortado.
—No es nada.
— ¿Cómo que no? Está sangrando mucho. Vamos dentro, hay que curarte esa mano.
—Yara, que no es nada, de verdad.
—Stefano, no me hagas llevarte de las orejas, como a Santino.
Y la veo capaz, por supuesto que sí, por lo que sonrío y acabo entrando tras ella hasta la casa.
Una vez tira los restos de la botella a la basura, vamos al cuarto de baño de mi habitación, donde tengo el botiquín.
—Lávate con un poco de agua a ver si corta la hemorragia, voy a cogerlo todo.
Voy al lavabo y pongo la mano bajo el agua fría, no deja de salir sangre abundante, pero me veo el corte perfectamente. Va de lado a lado en toda la palma.
—Déjame ver —Yara me coge la muñeca y al verlo, hace un chasquido con la lengua a modo de protesta—. Eres igual que Santino.
—En todo caso, él sería igual que yo.
—Pues sí, sois los dos iguales, no paráis quietos. ¿Cuántas heridas de guerra tiene ya ese niño?
—Perdí la cuenta el verano pasado.
— ¿Y tú?
—Ninguna, ninguna.
—Stefano Mancini, no mientas, que te han disparo alguna vez.
—Simples rasguños.
—Venga, pues para ti la razón, claro que sí.
Yara coge la toalla para envolverme la mano, apenas tarda en empaparse por la sangre, así que se da prisa en coger agua oxigenada para cortar rápido la sangre y ponerme la crema cicatrizante que tenemos.
Un apósito de gasa y listo.
—Ya está, mañana miramos a ver cómo lo tienes.
—Estás helada —digo, al ver que se le ha erizado la piel de los brazos.
—No es frío, tranquilo.
— ¿Entonces?
—Nada, nada, no es nada, Stefano —contesta, recogiendo todo y tirando a la papelera los algodones.
—Yara —la cojo del codo, gira para mirarme y juraría que en sus ojos veo deseo, más aún cuando los desvía a mis labios.
—Es tarde —hace que la suelte y sale del cuarto del baño—. Que descanses.
La veo marcharse y me quedo con las ganas de decirle tantas cosas, de pedirle que se quede un poco más.
Pero no lo hago, es tarde y quiero que descanse. Tenemos por delante un fin de semana de lo más movido, ya que los dos vamos a llevar a mis sobrinos a Disneyland.
Pero Yara, todavía no lo sabe.
Cojo un pantalón para dormir, me meto en la cama y trato de dormirme, pero el sueño se me resiste.
Cierro los ojos y no hago más que dar vueltas en la cama, hasta que me levanto de nuevo y empiezo a hacer algo de ejercicio, a ver si, de ese modo, me agoto un poco y puedo dormir, al fin.

»cap2″

París, febrero de 2020
Sí, estoy en París con mis sobrinos y con Yara.
Se han llevado una gran sorpresa, y es que le pedí a Amila que hiciera una maleta con ropa de los niños, otra para Yara y las dejara en mi armario, sin que ella se diese cuenta.
Nada más despertarme a las ocho, los he levantado para desayunar y que se dieran un baño, a las diez ya estaba esperándolos a los tres con nuestras maletas en el salón.
Yara no entendía nada, pensaba que le estaba gastando una broma, los niños estaban encantados con la idea de irse a pasar el fin de semana fuera y, al ver en el aeropuerto que viajábamos a París, es cuando se han imaginado cuál era nuestro destino.
La verdad es que en estos tres años que llevo cuidando de los mellizos, han sido pocas las veces que los he llevado a algún sitio, siempre es Luana quien se encarga de que pasen un día en el centro comercial, o Yara quien los lleva al parque de atracciones o al zoo.
Yo estoy mucho más centrado en el trabajo, y a pesar de estar pendiente de que no les falte de nada, en ese aspecto los he tenido algo desatendidos.
Por eso quería hacer este viaje, para que disfruten como niños que son, de ese lugar mágico que es Disneyland.
—No me puedo creer que hayas hecho esto sin contarme nada —dice Yara, cuando vamos de camino a uno de los hoteles que hay en el parque.
—Si te lo hubiera dicho, no habría sido sorpresa.
—Pero la sorpresa era para ellos, no para mí.
—Era para los tres, Yara —contesto, cogiéndole la mano para darle un leve apretón.
El taxi nos deja en el hotel y uno de los botones se encarga de cargar las maletas en el carrito, nos acompaña a la recepción y hago el registro mientras Yara y los niños miran todo a su alrededor, haciéndose fotos incluso con los personajes que están por la zona para dar la bienvenida a los visitantes.
—Chicos, ya podemos subir —digo, y los tres vienen cogidos de la mano.
Verla con mis sobrinos de ese modo siempre me ha gustado, y es que es como si estuviera viéndola con nuestros hijos.
—Tío Stefano, ¿has visto a Mickey? —pregunta Stella, una vez subimos al ascensor.
—Sí, preciosa, os ha dado la bienvenida.
— ¿Vamos a ir ahora a ver el parque, tío? —se interesa Santino.
—Claro, colocamos el equipaje y damos una vuelta, comemos y seguimos disfrutando del parque. Tenemos todo el día de hoy, y hasta mañana después de comer para verlo.
— ¡Bien!
En cuanto entramos en la habitación, Yara se queda mirándome, y es que he cogido una con dos camas, pero son grandes, de esas de matrimonio.
—Tranquila, que yo dormiré con Santino y tú con Stella —le hago un guiño y ella sonríe al tiempo que asiente.
Guardamos la ropa, colocamos las cosas de aseo personal en el cuarto de baño, y nos disponemos a pasar el día en ese lugar mágico donde los sueños se pueden hacer realidad, y todos volvemos a ser niños de nuevo.
En recepción me indican que hay un autobús que puede llevarnos al parque, así que en vez de hacer a los niños caminar hasta allí, vamos en el autobús.
—Hala, ¡qué grande es todo! —exclama Santino, cuando atravesamos el arco de la entrada.
—Sí, en la tele sé ve más pequeño —dice Stella.
— ¿Listos para vivir un día de cuento? —pregunto, cogiendo a mi sobrina y sentándola sobre mis hombros.
Santino le da la mano a Yara y yo, yo hago lo mismo.
Cuando ella me mira con los ojos abiertos por la sorpresa, me encojo de hombros.
—No quiero que os perdáis.
—No soy una niña, ¿eh?
—Aun así, no me sueltes de la mano.
Ella sonríe, volteando los ojos, pero no pienso soltarla, solo para lo básico, que voy a aprovecharme de este día, pero bien.
Comenzamos la visita y los niños no dejan de dar grititos al ver a todos los personajes caminando por el parque.
Se hacen fotos con todos y cada uno de ellos, abrazándolos como si fueran peluches. Verles las caras de felicidad que tienen hoy, con ese brillo en los ojos, compensa el acabar agotado por este viaje express después de un trabajo de varios fueras fuera de casa.
Una atracción tras otra, Santino y Stella, se pasan la mañana riendo, hasta que paramos a comer y somos recibidos en la entrada del restaurante por el mismísimo Buzz Lightyear.
— ¡Hasta el infinito, y más allá! —gritan mis sobrinos, haciendo la pose con él, para que les haga una foto.
Comemos mientras vemos el plano del parque para saber dónde iremos después, ya que quiero que vean todo lo que puedan hoy y que dejemos para mañana solo un poco.
Mientras Yara y yo nos tomamos un café, los mellizos van a la zona de juegos.
—Se lo están pasando en grande —dice Yara, viéndolos jugar con otros niños en el parque de bolas.
—Eso quería, que disfrutaran de su infancia. Los tengo metidos en casa todo el tiempo.
—Bueno, Luana y yo nos encargamos de que salgan y se diviertan.
—Lo sé, pero no es lo mismo. Quiero que tengan una bonita infancia, y que cuando tengan dieciocho años, no comentan los errores que yo, ni que hagan las mismas locuras. Tampoco las de su padre.
—Lo de tu hermano…
—No, no hablemos ahora de eso, este fin de semana es para vosotros —la corto, cogiéndole la mano por encima de la mesa—. Tú también te mereces desconectar. Llevas casi diez años sin hacerlo.
—Oye, que esas noches de cena y cine con las chicas y vosotros, fueron perfectas para mí.
—Bueno, pero tú me entiendes. Eres mercenaria y madre a tiempo completo, no te has tomado ni un solo día para ti.
—Madre, postiza, que no los he parido —sonríe.
—Ya sabes lo que dicen, no es padre quien engendra, sino quien cría, y tú estás ayudándome a criar a ese par de diablillos.
—Son unos niños buenísimos, así que, no los llames así —me riñe, señalándome con el dedo.
—Vale, vale, no los llamo diablillos. ¿Pequeños monstruitos, está mejor? —entrecierro los ojos y ella me mira enfadada.
—Cuidado con mis niños, que te saco un ojo como te metas con ellos.
—Me encanta que seas tan protectora con ellos.
—Me siento como mamá gallina con sus polluelos.
—Son tus polluelos, no me cabe duda.
— ¡Yara! —grita Stella desde la piscina de bolas.
Ambos miramos y mi sobrina agita su mano para saludar.
—Te adora —le aseguro, porque lo que siente mi sobrina por ella, es pasión.
—Y yo a ella, igual que a Santino. Los quiero como si fueran mis hijos.
—No me importaría tener una esposa como tú, fíjate.
— ¿Tú quieres casarte? —pregunta, arqueando la ceja.
— ¿Tan raro sería?
—Hombre, no sé, es que… La verdad, no os imaginaba a ninguno de los cinco casados.
—Pues Tony se ha emparejado, y Brian se casó anoche.
—Lo de Brian sí que no lo esperaba, cuando nos llevasteis a la capilla, casi me muero —ríe.
¿No te gustaría casarte? —pregunto, cogiendo mi taza de café para dar un sorbo.
—Sí, y con un vestido blanco como el de Cenicienta cuando se casó en el cuento —voltea los ojos.
—No me has contestado en serio.
—Nunca he creído que fuera a casarme, ahora mismo, soy feliz con lo que tengo, que no es poco, ¿sabes? Una gran familia, amigos, y dos niños que son el motivo de muchas de mis sonrisas.
Se queda mirando a mis sobrinos, sumida en sus pensamientos, con una sonrisa preciosa en los labios.
Poco después regresamos al parque, a seguir con la visita y montar en cuantas atracciones pudiéramos.
Los niños no dejaban de sonreír, pedir subir una y otra vez a alguna de las atracciones, e incluso nos llevaron arrastras, literalmente, hasta una de las tiendas de regalos para que les compráramos un disfraz a cada uno.
Santino, quería ser Buzz, y Stella, la princesa Merida. Desde luego, mi sobrina iba a salir a Yara, toda una guerrera.
Acabamos la noche cenando mientras veíamos un espectáculo, regresamos al hotel con los niños en brazos puesto que se habían quedado dormidos.
Mientras Yara se cambiaba en el cuarto de baño, yo acosté a Santino con Stella, me puse el pantalón para dormir y me metí en la cama.
En cuanto escuché la puerta abrirse, me hice el dormido.
—Vaya por Dios —susurra Yara, y yo procuro no moverme.
La escucho respirar, caminar de un lado a otro, y finalmente se sienta en la cama.
—Stefano —me llama, dando un toquecito en mi hombro—. Stefano, despierta.
—Hum.
—Esto… Santino se ha ido a la cama con Stella. ¿Dónde duermo yo ahora?
Doy un leve ronquido, porque sigo haciéndome el dormido, y ella resopla.
—Pues qué bien, a dormir aquí.
La noto entrar en la cama, pero se queda pegada en el extremo opuesto al que estoy yo.
Me espero unos minutos a ver si se queda dormida y, cuando escucho que su respiración es más tranquila y regular, me giro y la estrecho entre mis brazos.
Ni se mueve, ni se aparta, por lo que sonrío ante mi primera victoria. Como esta, creo que serán muchas otras noches. Voy a tener que llevarme a los niños y Yara a pasar el fin de semana fuera, más a menudo.
Respiro el aroma de su perfume, ese que tanto me gusta y que quisiera que tuviera mi almohada, me acurruco en su cuello y dejo un beso en él, abrazándola aún más fuerte.
Por primera vez en mucho tiempo, cierro los ojos y apenas tardo en quedarme dormido, por lo que sé que esto es justo lo que necesito, tenerla a ella a mi lado, puesto que de su compañía depende que controle esos demonios que me acompañan.
Ella fue mi salvación, fue el motivo de que me olvidara de aquellos errores del pasado, fue quien, sin pedírselo, comenzó a hacerse cargo de mis sobrinos.
Ella, y solo ella, es la mujer con quien me casaría llegado el momento, y sí, le compraría el vestido de novia de la Cenicienta, con los ojos cerrados.
Porque ella es la princesa que quiero en mi cuento, la mujer con quien compartir algún día mi reino.
La luchadora y la guerrera que me comprende como nunca nadie más lo ha hecho.

»cap3″

Unas risitas me despiertan. Abro un poco los ojos y veo a mis sobrinos a los pies de la cama, con los codos apoyados en ella, murmurando.
Es entonces cuando soy consciente del motivo por el que se están riendo, y es que tengo a Yara durmiendo sobre mi pecho.
—Son novios —susurra Stella.
— ¿Se habrán besado? —pregunta Santino.
—Claro, tonto, es lo que hacen los novios.
—Qué asco, yo no voy a tener novia nunca —contesta mi sobrino, haciendo una mueca.
Me controlo para no reírme, porque sé que, cuando sea mayor, cambiará de opinión.
—Pues yo sí voy a tener novio.
Noto que Yara se remueve un poco, cierro los ojos de nuevo y finjo estar dormido.
—Ay, Dios —murmura, cuando se da cuenta de dónde y con quién está.
—Buenos días, Yara —dicen mis sobrinos al unísono, con una risita.
—Oh, buenos días, mis amores —contesta mientras se incorpora, y dejo caer el brazo, recordemos que debe parecer que estoy dormido.
— ¿Por qué has dormido con el tío? —pregunta Stella.
—Es que, cuando me cambié, Santino estaba en la cama contigo.
—Me despertaría y no me acuerdo —contesta el muy diablillo.
— ¿Sois novios?
— ¡No, cariño! No, no, Stella, tu tío y yo no somos novios.
—Qué pena, a mí me gustaría que fueras la novia del tío.
—El tío no va a tener novia nunca, hermanita.
— ¿Por qué no, listo? Que tú no quieras, no significa que el tío tampoco.
—Bueno, vale, venga, vamos a bañaros y dejamos que el tío siga durmiendo.
Se levanta y escucho los pasos de los tres ir hacia el cuarto de baño, hasta que se cierra la puerta.
Abro los ojos y me quedo mirando al techo, es la primera vez en mucho tiempo que consigo dormir del tirón, sin despertarme ni una sola vez.
Las risas al otro lado de la puerta me sacan la sonrisa, y es que esa mujer se ganó el cariño de mis sobrinos enseguida.
¿Stella dice que le gustaría que Yara fuera mi novia? Yo quisiera que se casara conmigo, pero creo que lo nuestro no es más que una relación de amistad.
Decido levantarme, preparo la ropa de los pequeños y la mía, y llamo a la puerta.
—Pasa —contesta Yara.
Cuando abro, la veo completamente mojada, mientras los mellizos miran al techo disimulando.
— ¿Qué ha pasado aquí? —pregunto.
—Tus sobrinos, que se han puesto a jugar con la ducha y he acabado más mojada que ellos.
—Ya os vale, ¿eh? Anda, salid que os secamos y os ayudo a vestiros mientras se ducha Yara.
—Vale.
Una vez están los dos secos, dejamos a Yara sola y volvemos a la habitación, donde mientras ellos se visten, reviso los mensajes de mi móvil.
Brian: Buenos días, socio. Tenemos un nuevo trabajo, Óscar y Emmanuel están revisando lo que recibió Amila. En cuanto llegues a Madrid nos ponemos todos manos a la obra para verlo. ¿Qué tal los pequeños con Mickey?
Stefano: Buenos días, de acuerdo. Los mellizos bien, disfrutando como enanos. Creo que voy a hacer esto más a menudo, ¿sabes? Llevarlos a pasar el fin de semana fuera.
Brian: Me parece perfecto, ahora que tendremos dos hombres más, podremos prescindir de Yara y de ti algún fin de semana. Patrick también es un buen conductor, por lo que tengo entendido.
Stefano: ¿Quién ha dicho que Yara venga con nosotros?
Brian: ¿Quieres que me haga el tonto, colega? Vale, me lo hago, y no sé qué estás enamorado de esa mujer, desde el primer día que la viste. Ahora dime que no la vas a llevar a pasar los fines de semana contigo y los niños, y me lo creo.
Qué cabrón, y yo que pensaba que nadie sabía nada.
Sigo charlando un rato con él, hasta que Yara sale del cuarto de baño, con el albornoz, y entro yo a darme una ducha rápida mientras ella se viste.
Una vez estamos los cuatro listos, bajamos al restaurante a desayunar, y volvemos al parque para pasar el resto del día hasta que toque regresar a Madrid.
—No hemos hablado de lo que ha pasado —me dice Yara, cuando nos quedamos esperando a los niños, que están subidos en una de las atracciones infantiles.
—Y, ¿qué ha pasado?
—Bueno, pues, que me tuve que acostar en tu cama.
—Ah, ¿sí? No lo sabía —me voy a ganar un Goya al mejor actor, lo estoy viendo.
—Sí —contesta, y se sonroja.
—Oye, ni que hubiera sido tan malo —digo, pasándole el brazo por los hombros y pegándola a mi costado.
—Los niños se despertaron antes que nosotros, y nos encontraron… bueno, durmiendo juntos.
— ¿Bebimos más de la cuenta anoche y no me acuerdo? Porque creo que no hicimos nada en la cama, ¿o sí?
— ¡No, no, por Dios! —Me mira con los ojos muy abiertos— Es solo que nos han encontrado juntos y creían que éramos novios.
—No estaría mal.
—Stefano, ¿cómo puedes estar tan tranquilo, después de lo que te acabo de decir?
—Porque no ha pasado nada, solo hemos dormido en la misma cama, ya está. No te preocupes más por eso, ¿quieres? —la beso en la frente y saludamos a los mellizos cuando nos llaman.
Aprovechamos esas últimas horas en el parque para que los niños se hagan fotos, comprar algunos recuerdos para ellos y comer.
Volvemos al hotel y, mientras Yara prepara la maleta de mis sobrinos y la suya, yo organizo la mía y bajo a recepción para pagar la estancia.
— ¿Listos para regresar a casa? —pregunto, entrando en la habitación de nuevo.
—Sí, pero tenemos que volver otro día, tío —dice Stella.
—Si lo hemos visto todo, preciosa.
—Pero me ha gustado mucho, y quiero repetir.
—El año que viene volvemos, te lo prometo.
—Vale —ella sonríe, me abraza y no puedo evitar comérmela a besos.
Es mi debilidad, la niña de mis ojos, por muy valiente y luchadora que quiera mostrarse siempre.
Santino es un poco más independiente, pero no deja de ser un niño que necesita todo el cariño que pueda dársele.
Cuando salimos del hotel, ahí están Mickey y Minnie para despedir a los visitantes que acaban su estancia, mis sobrinos se abrazan a ellos con fuerza y les prometen que vendrán el próximo año a verlos.
Subimos al taxi y ellos siguen mirando por la ventana, contemplando ese lugar en el que la magia está tan presente.
Que me lo digan a mí, que utilicé un poquito de esa magia para dormir con la mujer de mis sueños.
Facturamos en el aeropuerto, embarcamos cuando nos llaman, y en cuanto nos sentamos, los niños no dejan de hablar sobre lo bien que lo han pasado estos dos días.
Ha sido un viaje rápido y breve, pero de lo más satisfactorio para mí, porque ellos han disfrutado como niños que son, han conocido a esos personajes que tanto les gustan, y no han perdido la sonrisa en ningún momento.
—Volvemos a la rutina —le digo a Yara, mientras los niños están viendo una película con los auriculares puestos.
—Sí, toca volver a la realidad.
— ¿Lo has pasado bien? —pregunto, cogiéndole la mano.
—Ajá. Verlos a ellos disfrutando, me hace disfrutar a mí.
—Me pasa lo mismo. Por cierto, Brian me mandó un mensaje, tenemos un trabajo nuevo del que hay que hablar.
—Bien, pues mañana retomamos los quehaceres.
Yara vuelve a mirar por la ventana, y yo no le suelto la mano. Le doy un leve un apretón y ella me lo devuelve.
El simple hecho de que no me suelte, es un gran paso.
Tendré que seguir avanzando.

»cap4″

Madrid, febrero de 2020
Lunes, y de nuevo a retomar el día a día de hombre entregado al trabajo, y a mis sobrinos.
En la cocina ya están todos desayunando, y es que admito que, por primera vez, se me han pegado las sábanas.
—Buenos días, bello durmiente —dice Óscar.
— ¿Tú no te has quedado dormido nunca un lunes, o qué?
—Pues mira, no.
—Deja a Stefano, que, después de volver del viaje, cogió un avión para ir a París con los niños —le pide Nina.
—Amor, que soy tu chico, no lo defiendas a él.
—A ver, cavernícola, te defenderé cuando tengas razón, pero Stefano se ha dado varios viajes en avión en solo una semana, normal que se quedara dormido.
—Gracias, bonita —sonrío y le beso la frente a Nina, lo que hace que Óscar me mire con la ceja arqueada.
—Tío, ¿nos llevas al cole? La tía Luana aún no se ha levantado.
—Claro, Santino. ¿Qué le pasa a Lu?
—Mi hija se ha resfriado —contesta Ana, la madre de Luana.
Me sirvo un café y veo a Yara como en otro mundo, mirando su taza de café sin decir una sola palabra.
Voy hasta a ella, colocándome a su lado y me pongo en cuclillas para ver qué le ocurre.
—No es nada, estoy bien —sonríe, pero no me convence—. Lleva a los niños al cole, no vayan a llegar tarde.
Le doy un beso en la mejilla y me quedo ahí un poco más tiempo del que suele ser normal para ese simple gesto, hasta que escucho las sonrisitas de mis sobrinos.
—Al cole, diablillos —digo, poniéndome en pie—. Vamos, Hanna, que tú empiezas hoy también. ¿Estás nerviosa?
—Un poco, pero se me pasará enseguida, espero.
—Seguro que sí.
—Stefano, cuando vuelvas, nos reunimos todos en el despacho —me informa Brian.
—Entendido.
Salgo con los tres de casa y, en el camino, mis sobrinos no dejan de contarle a Hanna lo bien que lo pasaron el fin de semana en Disneyland.
Ella se ríe cuando escucha decir que se vistieron de Buzz y Merida, y les dice que quiere que le enseñen todas las fotos por la tarde.
Si duda, esta cría va a ser de gran ayuda para todos en lo que a mis sobrinos respecta, y es que, es tan parecida a Luana en su forma de ser, que se lleva muy bien con los mellizos.
—Cuando acaben las clases, esperáis a Hanna en la puerta, ¿de acuerdo, chicos? —les pido una vez llegamos.
—Sí, tío.
—No te preocupes, Stefano, que estaré pendiente buscándolos.
—Que vaya bien el día.
Espero que entren y vuelvo a casa, donde me encuentro a todos, incluido Tony, en el despacho, excepto a Luana, que sigue enferma.
—Mat, Patrick, bienvenidos —saludo a los dos nuevos miembros del equipo, le doy a Brian las pastillas, y me siento en mi mesa.
—Bien, como sabéis —comienza a hablar Brian—, tenemos un trabajo nuevo. Nos han pedido que encontremos a esta mujer —nos entrega una carpeta a cada uno con varias fotos de una pelirroja joven, con la ficha de nombre, edad y quiénes son sus padres—. Al parecer, se fue de casa hace un par de años, todos creían que no fue de manera voluntaria, y por eso ahora han contactado con nosotros.
—Es la hija del secretario del embajador francés, la he visto en La Tentazione varias veces en los últimos meses —dice Tony—, por eso estoy aquí. Los padres quieren saber si realmente se fue de manera voluntaria, o no. Carlo está al tanto de todo, y necesita saber que no están utilizando a esta chica.
— ¿Creéis que la estén prostituyendo, en el local?
—Espero que no, Nina, porque si no va allí de manera voluntaria, el socio que la esté obligando se verá en serios problemas.
— ¿Qué tenemos que hacer, seguirla? —pregunto.
—Vamos a infiltrarnos en el local —contesta Brian.
— ¿Infiltrarnos? Yo ahí no entro, que no quiero que me entre algún socio queriendo llevarme a las salas —dice Amila.
—Pues justo a los cuatro que menos han visto por allí, sois tú, Emmanuel, Yara y Stefano, así que tenéis que ir como parejas, o que os conocéis allí, qué sé yo.
—Brian, no me pidas eso, por favor.
—Amila, tranquila, que tú y yo iremos como si fuéramos pareja, estaremos en el jacuzzi —responde Emmanuel, que le pasa el brazo por los hombros.
—Podéis incluso entrar en la sala de baños, y en la Sala París —interviene Tony—. Allí nadie te obligará a hacer algo que no quieras. Además, estoy yo en la puerta, una llamada, y voy donde me necesitéis.
—Bien, Yara y yo fingiremos conocernos allí.
—Yo también soy socio —dice Mat—, podemos ir los tres a la sala y sin que nadie sospeche.
Veo que Yara empieza a ponerse nerviosa, sé por lo que pasaron las chicas en aquella casa durante dos años, al igual que Mat, por lo que me parece perfecto que se alíe con nosotros en ese sentido.
— ¿Estás de acuerdo, Yara? —pregunto, y ella, mirándome con ese brillo en los ojos, asiente—. No se hable más, ya tienes equipo.
—Yo también seré de apoyo —contesta Patrick—, estaré siempre por las mesas del bar por si alguno necesitáis que os acompañe.
—Perfecto, pues, Tony, diles cuándo empiezan.
—Esta misma noche.
— ¿Qué? No estoy preparada para esto —dice Amila, poniéndose en pie.
—Vamos, pequeña, que no pasa nada. Voy a estar contigo.
—Ni siquiera tenemos ropa adecuada.
—Bueno, pues vamos de tiendas y os compráis un vestido elegante —contesta Nina—. Venga, coged el bolso que nos vamos.
—Esto es una locura.
—Amila —Emmanuel se levanta, entrelaza la mano con la de ella y se inclina para darle un breve beso en los labios—. Intenta no sonrojarte cada vez que lo haga, porque se supone que eres mi novia.
—No va a salir bien, Brian —Amila mira a nuestro jefe, con cara de pena.
—Verás que sí, siempre salen bien nuestros trabajos, somos buenos en lo que hacemos.
—Venga, a comprar. Hoy quemamos la tarjeta de empresa —Nina sonríe, se despide de Óscar con un beso en los labios, y salen las tres del despacho dejándonos a solas.
—Colega, te he dicho que tienes que llevar una fregona siempre contigo, que se te cae la baba con esa chica —le dice Emmanuel a Óscar, riendo.
—Espero que sepas aprovechar la misión, colega —contesta con retintín—, y que la próxima pareja sea la tuya con Amila, que a ti sí que se te cae la baba y no dices ni pío.
—Espera, ¿es que están todas las chicas ya casi emparejadas o qué? —pregunta Patrick.
—Sí —contestan Brian, Tony y Óscar.
—Pues qué bien, tendré que buscar novia en ese local.
—Oye, que Yara no está emparejada con nadie.
—Emmanuel, debes ser el único que no se ha dado cuenta de que le queda poco para ser la futura mujer de Stefano.
— ¿Ya me estáis casando?
—Serás el siguiente, sí.
—Óscar, te recuerdo que deberías casarte tú, antes que yo.
—No lo creo, tú eres más de traje y pajarita que yo.
Acabamos riendo los siete y poco después se van marchando todos, hasta que me quedo solo en el despacho.
Reviso bien el expediente y veo que, por lo que nos han contado los padres, la chica tenía muy buena relación con la sobrina del Embajador de Italia.
Cuando llega la hora de ir a por los chicos al colegio, Yara me llama para decirme que van ellas a recogerlos, y que se los llevan a comer fuera, ya que aún les quedan algunas compras por hacer.
—Vale, no hay problema. Yo voy a ver si Tony me presta uno de sus trajes.
— ¿Qué dices? Te va a quedar grande.
—Oye, que tengo músculos como él, ¿eh?
—Pero no tan grandes, Stefano. Deja, que ya te compro yo un traje negro.
—Aprovechad y preguntad si le hace falta otro a Emmanuel, que ese es más de vaqueros.
—Vale, nos vemos después.
— ¿Te apetece cenar comida china?
—Esto… sí, sí. Y a las chicas seguro que también.
—Claro, claro, pues esta noche comida china para todos.
—Nos vemos.
—Adiós, preciosa.
Y el día se me va en comprobar que los pagos del último trabajo le han llegado a todo el mundo, que no debemos nada a nuestros contactos, y en hacer un traspaso a la cuenta de mis sobrinos.
No quiero que el día de mañana les falte de nada, tengo que encargarme de que se quedan bien cubiertos, no como cuando perdieron a sus padres.
Aún hay días que vuelvo a ver esa vieja foto que tengo con mi hermano pequeño, la última que nos hicimos, cuando decidí que iba a cambiar mi vida para siempre, y me metí en el Ejército.
Fueron años difíciles los míos también, demasiados problemas para la poca edad que tenía.
Si fuera ahora, mi yo de entonces, no volvería a hacer nada de todo aquello.

»cap5″

Un último vistazo para comprobar que llevo todo, y salgo de mi habitación para ir a ver a mis sobrinos, que están ya en la cama.
Cuando mires al cielo, por la noche, como yo habitaré en una de ellas, como yo reiré en una de ellas, será para ti como si rieran todas las estrellas. ¡Tú y solo tú, tendrás estrellas que saben reír! —escucho a Hanna leer esa parte del libro que tanto les gusta a mis sobrinos, El principito, porque es el que solía leerles su madre cuando eran pequeños.
—Hanna, ¿a qué nuestros padres están en una de esas estrellas? —pregunta Stella.
—Claro que sí, os ven desde el cielo, y velan vuestros sueños.
— ¿Tu papá también está en una estrella?
—Supongo que sí, Santino, yo no le conocí, como Luana.
—Yo casi no me acuerdo de mi mamá —la voz de Stella me parte el alma, está a punto de llorar, lo sé.
—Pero tenéis una foto donde podéis verla, ¿verdad?
—Sí, pero, por ejemplo, no recuerdo cómo olía su perfume.
—Eras muy pequeña, Stella, por eso no te acuerdas. Pero, ¿a que sí sabes de qué color era su pelo?
— ¡Sí! Era marrón. Como el mío.
—Y el de papá negro, como lo tiene el tío Stefano, y como yo —sonrío cuando habla Santino.
— ¿Y sus ojos?
— ¡Verdes! —grita mi sobrino— Mamá los tenía verdes, iguales que los míos, mira.
—Los de papá eran marrones, como los míos y los del tío.
—Vaya, así que, cada uno tiene algo de vuestra mamá y de vuestro papá.
—Sí.
—Pues nunca podréis olvidaros de cómo eran porque, ¿sabéis? Siempre veréis algo suyo, en vosotros mismos.
— ¿Cómo están mis chicos? —pregunto, entrando en la habitación.
—Ya se iban a dormir, ¿verdad? —dice Hanna.
—Sí, sí. Nos ha leído un poquito del cuento, y ya nos dormimos, tío.
—Muy bien, princesa. Que descanséis. Os quiero.
—Y nosotros a ti. ¡Buenas noches!
—Gracias, Hanna —digo, una vez que salimos de la habitación.
— ¿Por qué?
—Por lo que has hecho ahí dentro con ellos. Tan solo Yara y tu hermana tienen tanta complicidad con mis sobrinos.
—Bueno, me gustan mucho los niños. En Londres teníamos un par de vecinos de su edad, y siempre estaban conmigo, yo era algo así como su niñera —sonríe.
—Pues me alegro de que les gustes a Santino y Stella, para que Luana y Yara, puedan verse un poco más libres y puedas acostarles tú.
—Sin problema. Buenas noches, Stefano.
—Que descanses.
Cuando entro en el salón, Emmanuel me espera con una cerveza en la mano, la cojo y doy un buen trago.
—Lo vas a necesitar, colega —me dice Brian, cuando sale de la cocina.
— ¿Y eso?
—Estamos listas —escucho a Amila a mi espalda.
Me giro, y se me van los ojos a Yara, que camina hacia mí y me da la sensación de estar viéndola a cámara lenta.
Vestido negro, entallado, a la altura de las rodillas, con escote en forma de corazón, cubierto de encaje, también negro y de manga larga.
Labios rojos, a juego con los zapatos, y la melena recogida en un moño bajo.
—Te lo dije —susurra Brian a mi lado.
Y sí, tengo que beberme el resto de la cerveza de un trago.
—Estás preciosa —acierto a decir, cuando está a mi lado.
—Gracias, a ti el traje te queda perfecto, como hecho a medida —contesta, colocándome bien la corbata.
El perfume a vainilla y canela que usa me da de lleno en la nariz, cierro los ojos y aspiro, inclinándome para disfrutar de él un poco más.
—Me encanta cómo hueles —susurro, y me atrevo a dejar un breve beso en su cuello.
— ¿Nos vamos, chicos? —pregunta Emmanuel.
—Sí, nos vemos allí.
—Cierto, tú vas con tu coche y entras después que nosotros. Señoritas —con una sonrisa, mi amigo y compañero le ofrece un brazo a cada una, ellas lo aceptan y, tras coger sus abrigos, salimos de la casa despidiéndonos de Brian.
Sigo con el coche a Emmanuel, aparco un poco más lejos que él y espero sentado esos diez minutos que dijimos para entrar.
—Buenas noches, Tony.
—Buenas noches, Stefano.
— ¿Cómo las has visto? —pregunto, refiriéndome a las chicas.
—Amila nerviosa, pero Yara más tranquila, ella sabía lo que iba a encontrar ahí dentro.
—Bueno, estaremos con ellas, y Mat también está, me ha enviado un mensaje cuando salía de su casa.
—Sí, está en la barra tomando una copa.
— ¿La chica en cuestión ha llegado ya?
—No, pero no tardará mucho. Te mando un mensaje cuando llegue, así que no os mováis de la barra, por el momento.
—De acuerdo, no hay problema.
—Anda, pasa y disfruta de la preciosa mujer que vas a conocer esta noche —me hace un guiño, y me echo a reír.
—A Yara la conozco más que de sobra.
—Lo sé, capullo, pero, métete un poquito en el papel de hombre misterioso con esa diosa.
—Joder, Tony, sí que te cambió empezar a trabajar aquí.
—No lo sabes tú bien…
Entro y camino por el pasillo en penumbra hasta que la chica me da la bienvenida ofreciéndome un antifaz, me lo coloco y traspaso la cortina, encontrándome una sala con un ambiente de lo más sensual.
Música de fondo, apenas iluminada, una zona de mesas con bastante intimidad, y mis amigos en la barra.
Yara me mira de reojo, sonrío y me acerco a ellos.
—Buenas noches —saludo, poniendo un poco de mi acento italiano, de modo que nadie pueda reconocerme, salvo ellos y Alana, que está al tanto de todo.
—Hola —contesta Yara, con esa sonrisa tímida y el bonito rubor en sus mejillas.
—Un whisky, por favor —le pido al que imagino es Christopher, el camarero, tal como me dijo Tony que se llamaba.
—Enseguida.
— ¿Estás sola? —me giro mirando a Yara, que bebe con una pajita su cóctel, y ella niega.
—He venido con unos amigos —señala a nuestros compañeros, y los veo de lo más juntos.
Amila sigue nerviosa, se le nota, pero Emmanuel no deja de acariciarle la espalda y darle algún que otro beso en la mejilla. No sé yo si con eso la tranquilizará, o la pondrá aún más nerviosa.
—Bueno, si quieres puedo ser tu acompañante esta noche.
—Hum.
— ¿Hum? —Arqueo la ceja.
—Ajá. Eso quiere decir que lo pensaré.
—Bien, en ese caso, mientras tú lo piensas, yo me siento aquí, en este taburete libre que, curiosamente, está junto al tuyo.
—Me parece bien —sonríe, y es la sonrisa más bonita que han visto mis ojos en años.
Me va a gustar esto de fingir que no la conozco, al menos mientras tenemos que mantener una conversación ante completos desconocidos para nosotros, porque me puede servir para acercarme aún más a ella.
— ¿Habías venido antes por aquí? —pregunto, cogiendo mi whisky para darle un buen trago.
—Una vez, con otra amiga, pero no entré en ninguna de las salas —contesta, y esta parte me interesa, necesito saber el motivo de que no quisiera entrar.
— ¿Por qué? ¿No te invitó nadie?
—Sí, se me acercaron varios hombres, incluso mujeres, pero solo vine para acompañar a la curiosa de mi amiga, yo me quedé en ese rincón de ahí —señala el extremo opuesto de la barra—, tomando estos cócteles que están riquísimos.
—Y esta noche, ¿vas a entrar con tus amigos?
—Pues… no sé —se encoge de hombros.
—Te propongo algo —digo, levantándome y colocándome a su espalda, bien pegado, con ambas manos sobre la barra, me inclino y aspiro su aroma antes de acercarme para susurrarle en el oído—. Ven conmigo a la sala de los baños, nadie podrá vernos, y te garantizo que haré disfrutes, como nunca lo has hecho, Yara.
¿Es atrevido por mi parte decirle eso? Sí, lo es, pero me muero por estar a solas con ella.
No solo se ha sonrojado, sino que se ha estremecido con el tono de mi voz.
Le doy un leve mordisquito en el lóbulo de la oreja y, cuando me mira, puedo ver en sus ojos el reflejo de esa lucha interna que tiene ahora mismo.
Quiere, sé que quiere entrar conmigo en esa sala, en una de las bañeras, y que la toque, la acaricie y la bese como nadie lo ha hecho.
Pero también sé que tiene miedo de hacerlo, que no quiere caer en la tentación porque, quizás como me pasa a mí, sienta que se nos puede ir de las manos.
—Acepto —susurra.
— ¿Cómo has dicho? —pregunto, con los ojos muy abiertos, porque no estoy seguro de si he escuchado bien o no.
—Que sí, que acepto ir contigo a la sala de los baños, Stefano —murmura, y no puedo evitarlo.

PREPARANDO LA DESCARGA...



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