Y ahora supera mi beso de Megan Maxwell pdf

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Y ahora supera mi beso de Megan Maxwell pdf

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Guerrera/os
Aquí tenéis la continuación del libro de ¿Y SI LO PROBAMOS?
El libro se llama… Y AHORA SUPERA MI BESO.

Sinopsis de Y ahora supera mi beso de Megan Maxwell:

Una novela romántico-erótica que te hará entender que no hay que dejar para mañana los besos que puedas dar hoy.

Hola, me llamo Amara y estoy aquí no para hablaros de mí, sino de Liam Acosta, ese guapísimo empresario que se dedica al negocio del vino en Tenerife y que sigue soltero porque quiere, pues siempre tiene a una legión de mujeres pendientes de él.

Por lo que sé, un día recibió una misteriosa llamada telefónica para que viajara a Los Ángeles por un asunto urgente, que resultó ser, ni más ni menos, que un bebé. A Liam, al principio, le costó mucho admitir su paternidad, pero cuando vio a la criaturita, el mundo se movió bajo sus pies: al igual que él, tenía el ojo derecho de dos colores.

Así que muy agobiado y tremendamente perdido, regresó a Canarias con su hijo, se dio cuenta de que necesitaba a alguien que le echara una mano y, por recomendación de mi amiga Verónica, me contrató a mí.

Liam y yo, dos personas independientes y acostumbradas a no tener que dar explicaciones a nadie, de pronto hemos tenido que ponernos de acuerdo por el bien del pequeño. Y eso ha hecho que, sin apenas darnos cuenta, reconozcamos el uno en el otro a la persona que nunca hubiéramos esperado encontrar.

SOBRE LA AUTORA de Y ahora supera mi beso Megan Maxwell

Megan Maxwell es una reconocida y prolífica escritora del género romántico que vive en un precioso pueblecito de Madrid. De madre española y padre americano, ha publicado más de cuarenta novelas, además de cuentos y relatos en antologías colectivas. En 2010 fue ganadora del Premio Internacional Seseña de Novela Romántica, en 2010, 2011, 2012 y 2013 recibió el Premio Dama de Clubromantica.com. En 2013 recibió también el AURA, galardón que otorga el Encuentro Yo Leo RA (Romántica Adulta) y en 2017 resultó ganadora del Premio Letras del Mediterráneo en el apartado de novela romántica.


 

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Índice
Portada
Sinopsis
Portadilla
Dedicatoria
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Capítulo 53
Capítulo 54
Capítulo 55
Capítulo 56
Capítulo 57
Capítulo 58
Capítulo 59
Capítulo 60
Capítulo 61
Capítulo 62
Capítulo 63
Capítulo 64
Epílogo
Referencias a las canciones
Biografía
Créditos
Gracias por adquirir este eBook
Y ahora supera mi beso
Megan Maxwell
 
Para mis Guerreras y Guerreros.
Nunca olvidéis que, en ocasiones, las cosas que empiezan
como una locura pueden convertirse en lo mejor de vuestra vida;
que si deseáis recibir besos, no debéis repartir bofetadas, y que si
la vida os da momentos bonitos, es sin duda porque os los merecéis.
Con amor,
MEGAN
Prólogo
Los Ángeles, California, noviembre
La llegada a Los Ángeles de Liam Acosta era extraña.
Ni él mismo sabía realmente qué hacía allí.
Solo sabía que el archifamoso e insoportable actor Tom Blake, pareja de su exnovia, lo había llamado con insistencia porque tenía que hablar con él, y al final Liam había acudido a su encuentro por curiosidad.
Tras recoger su maleta en el Aeropuerto Internacional de Los Ángeles, se dirigió al exterior, donde cogió un taxi que lo llevó al hotel. Deseaba ducharse y descansar. Estaba agotado.
Al día siguiente, mientras desayunaba leyendo la prensa en una bonita mesita junto a la piscina del hotel, pues a pesar de estar en octubre, hacía un día precioso, dio un trago a su café. Al hacerlo, su mirada se topó con la de una mujer morena de unos treinta y pocos años que estaba dos mesas más allá. Guapa, sexy, morena, elegante y, sin duda, adinerada; solo había que ver su caro bolso para adivinarlo.
Sin poder evitarlo, Liam sonrió. Sabía del poder pícaro de su sonrisa, y la mujer se la devolvió. Y en ese lenguaje silencioso que entienden quienes lo utilizan de manera continua, las cosas quedaron claras. ¡Sexo!
Minutos después la mujer, que se llamaba Rebeca, ya estaba tomando café con él en su mesa, y una hora más tarde ambos disfrutaban de sexo sin compromiso en la habitación de ella.
Tras una mañana divertida para ambos, donde primó el morbo y el disfrute por parte de los dos, Liam regresó a su habitación con una sonrisa en los labios. Había estado bien conocer a Rebeca, que era productora de televisión, y esa noche había quedado con ella para cenar. ¿Por qué no?
Después de ducharse y ponerse uno de sus impolutos trajes para acudir a su cita con el actor Tom Blake, Liam salió del hotel con esa seguridad que siempre lo acompañaba. No sabía qué pretendía aquel divo del cine, pero si quería guerra, con él no la iba a tener.
En la puerta cogió un taxi y le dio al conductor una dirección de Beverly Hills. Durante el trayecto consultó su teléfono móvil y contestó distintos mensajes de su hermano Naím y de Aldegonda y Margot, dos amigas con las que últimamente se veía sin ningún compromiso, aunque Aldegonda en ocasiones fuera algo insufrible.
Si algo había aprendido tras su última ruptura amorosa era que el romanticismo le sobraba y que iba a disfrutar de la más absoluta libertad durante una buena temporada. No quería atarse. No deseaba ningún compromiso porque ahora primaba él y solo él. Nadie más.
Poco rato después el taxi se detuvo. Habían llegado a destino. Tras pagar la carrera, Liam bajó del vehículo y se quedó mirando a su alrededor. El sitio era precioso, glamuroso, y a través de la verja contempló la imponente casona que tenía ante él y que estaba rodeada de cámaras de seguridad. Sonrió con amargura. Estaba claro que Jasmina, su exnovia, no solo había buscado la fama, sino también vivir infinitamente mejor.
Parado frente a la propiedad dejó escapar un resoplido. La vida le iba bien. Tenía una preciosa casa, un buen trabajo, una familia estupenda, pero estaba claro que la ambiciosa de Jasmina había querido más. Ella anhelaba otro tipo de vida, llena de lujo y fama, algo que sin duda Tom Blake podía darle.
Tras el palo que había recibido por parte de ella, Liam decidió hacer un cambio en su vida. Sus padres le habían enseñado a amar con libertad, sin egoísmos ni limitaciones, a la persona que le llegara al corazón. Si algo le había gustado siempre de Jasmina era su frescura y su espontaneidad, pero eso se había acabado. Y ahora el amor había quedado relegado a un segundo plano en su vida para dejar paso a la diversión o a su propia conveniencia.
Sin embargo, por desgracia, el destino tenía otros planes para Jasmina, que murió al dar a luz a su primer hijo con Tom.
Liam recibió la noticia muy apenado e incluso lloró. Estaba claro que la ruptura entre ellos fue muy fea por parte de Jasmina, pero su muerte era injusta. Nadie se merecía morir, y menos aún tan joven y dejando a un bebé recién nacido.
Tomando aire, se acercó hasta el telefonillo que había junto a la imponente valla y llamó. Tras anunciar quién era, la portezuela se abrió automáticamente y, cuando él entró, dos vigilantes enormes se acercaron a él; con amabilidad, lo acompañaron al interior de la casa.
Estaba claro que, al ser tan famoso, Tom Blake necesitaba guardaespaldas.
Escoltado por ellos, Liam entró en la casa y, al acceder a una bonita y elegante sala, divisó al fondo a un hombre alto y moreno que hablaba con el actor. Uno de los vigilantes de seguridad se adelantó y se acercó a este último. Tras decirle algo, Tom levantó la vista, miró a Liam y, dejando unos papeles que sujetaba sobre una mesa, se acercó a él y le tendió la mano.
—Un gusto conocerte, Liam —lo saludó mirándolo fijamente.
Él asintió incómodo, pero repuso:
—El gusto es mío.
El hombre moreno que estaba junto al actor se acercó entonces a ellos y Tom se apresuró a presentarlos:
—Liam Acosta, él es Nacho Duarte. Amigo, productor y director de cine.
Los dos hombres se estrecharon la mano con firmeza mientras este, que sabía por qué aquel estaba allí, decía:
—Un placer conocerte, Liam.
El aludido asintió y Nacho, viendo el gesto incómodo de su amigo, preguntó para destensar un poco el ambiente:
—Español, ¿verdad? —Liam afirmó con la cabeza y este añadió—: Voy mucho a España, donde tengo muy buenos amigos, y el año que viene rodaré una película de acción allí junto a Tom y Estela Ponce.
Liam asintió; sabía quiénes eran el célebre director y la famosísima actriz. Entonces Nacho, sintiendo que sobraba, dijo:
—Os dejo. Se me hace tarde y he de solucionar unos asuntos —y, mirando a Tom, indicó con complicidad—: Llámame si necesitas cualquier cosa.
Tom asintió de manera mecánica. Tener allí a Liam, a quien él mismo había llamado, lo estaba dejando en shock.
Una vez que Nacho se hubo marchado, ambos hombres intercambiaron una mirada. Y, sintiéndose incómodo por el modo en que Tom lo observaba, no pudo evitar preguntar:
—¿Algún problema?
El actor negó rápidamente con la cabeza. ¿Qué estaba haciendo? Desvió la mirada y, a continuación, se dirigió hacia una nevera con la puerta transparente que había en la sala.
—¿Te apetece algo de beber? —preguntó.
Liam asintió, estaba sediento y alterado. Todavía no entendía por qué lo había llamado aquel hombre.
—Una cerveza —contestó.
Tom abrió la nevera. El extraño ambiente que se había creado entre los dos los tenía incómodos a ambos. Y, tras coger dos cervezas, el actor las abrió, le entregó una a Liam y murmuró:
—Pasemos a mi despacho.
Liam, que cada vez entendía menos pero que quería saber, decidió seguirlo. Una vez en el despacho, se fijó en un Oscar que había sobre la bonita chimenea.
—Lo gané hace dos años —comenzó a decir Tom—, cuando fui nominado como actor secundario por…
La cena de John —finalizó Liam.
El actor asintió y Liam, recordando haberla visto, añadió:
—Buena película. Y tu papel era excelente.
Ambos asintieron. En cierto modo, hablar sobre aquello había distendido el enrarecido ambiente. Y entonces Tom, que volvía a mirarlo con fijeza, aclaró:
—No sabía que Jasmina y tú teníais una relación cuando la conocí.
—Eso ya no importa —lo cortó él.
—Sí importa, Liam. Me creas o no, si hubiera sabido que existía algo serio entre vosotros, yo nunca… ¡Joder! No soy esa clase de persona, aunque en ocasiones la prensa diga cosas no muy agradables de mí.
Liam asintió. No sabía por qué, pero lo cierto era que lo creía. Sabía lo mordaz que podía ser a veces la prensa. E, incapaz de callar, preguntó:
—Tom, ¿por qué me has llamado?
El actor bebió de su cerveza antes de contestar:
—Tengo algunas cosas de Jasmina que quizá quieras tener.
—No quiero nada de ella —respondió él con seguridad.
Tom asintió y dio otro trago a su cerveza.
—¿Tu hijo está bien? —inquirió entonces Liam.
—Sí. Jan está bien.
Acto seguido guardaron unos instantes de silencio.
—Como te dije por teléfono, siento mucho lo que ocurrió con Jasmina —comentó Liam a continuación.
Tom cabeceó. Nunca había estado enamorado de ella. Si su relación había seguido había sido por su paternidad, pero en realidad su muerte fue un palo. No obstante, había sucedido algo que lo había cambiado todo, y mirando a Liam murmuró:
—Jasmina nos engañó a los dos.
Él, sin entender a qué se refería, levantó las cejas.
—Hace un mes se presentó en la puerta de mi casa la compañera de piso de Jasmina… —soltó Tom.
—¿Diane? —preguntó Liam.
Tom afirmó con la cabeza y, retirándose el pelo del rostro, prosiguió:
—Venía a recoger algunas cosas personales que, según ella, Jasmina se había llevado y eran suyas. Se llevó su ropa, lo que, la verdad, no me importó…
Liam asintió. Conocía a Diane. Era una vividora aspirante a actriz. Cuando iba a hablar, Tom musitó:
—Fue al disponerse a marcharse y ver a Jan cuando dijo algo que… —Liam lo miró y aquel añadió—: Dijo que el niño tenía el mismo extraño color de ojos que su padre.
Al oír eso, se le cortó la respiración. ¡¿Qué?!
Tom se sentó entonces en un butacón y, señalando otro para que él hiciera lo mismo, continuó:
—Desde que Jan nació siempre me sorprendieron sus ojos, pero al no poder consultarle a Jasmina porque no tenía familia, di por hecho que era algo de su genética. Sin embargo no…, resultó no ser así, y Diane me lo confirmó.
—¿Qué estás intentando decirme? —murmuró Liam bloqueado.
El actor resopló. No había sido fácil para él tomar aquella decisión, pero, consciente de que era lo justo, soltó mirándolo a los ojos:
—Que Jan es tu hijo.
Sin dar crédito, Liam se levantó rápidamente del butacón. No, aquello no podía ser. Jasmina no podía haber jugado con algo tan importante como un hijo. Y, mirando a Tom, iba a contestar cuando este añadió:
—Tras ese comentario por parte de Diane, no pude dejar de darle vueltas al tema, por lo que, tratando de encontrar información, rebusqué entre las cosas de Jasmina y di con varias fotos vuestras. Vi tus ojos y, aun sabiendo ya la respuesta, decidí hacerme las pruebas de paternidad.
Liam, a quien la camisa apenas le llegaba al cuerpo, no podía hablar.
—Jan no es hijo mío —declaró Tom—. Y aunque me ha costado aceptarlo y llamarte, mi deber era hacerlo.
—¡¿Qué?!
Apenado por la situación, pues el actor se había encariñado del pequeño Jan, aquel prosiguió:
—Yo no soy Jasmina. Soy consciente de que ella era una mala persona, pero yo no soy así. Creí en sus palabras como creía en ella y como creo que ahora tú deberías hacerte las pruebas de paternidad, aunque, después de verte en persona, no tengo ninguna duda de que Jan es tu hijo.
El desconcierto de Liam era tan grande que le costaba respirar. ¿Qué locura era esa?
—Pero ¿qué estás diciendo? —susurró.
Tom asintió.
—Digo que, por mucho que lo desee, Jan no es mi hijo, porque es tuyo —agregó.
Luego los dos hombres se miraron en silencio. La bomba nuclear que aquel acababa de soltar había dejado totalmente bloqueado a Liam. ¿Su hijo? ¿Él tenía un hijo y la ambición de Jasmina se la había jugado una vez más?
De pronto se oyeron unos golpes en la puerta del despacho y, al abrirse esta, a Liam le dio un vuelco el corazón.
Frente a ellos apareció una señora mayor que llevaba a un niño en brazos. Verlo le aceleró el corazón. El pequeño, además de tener su particular color de ojos, era clavadito a él. Era increíble lo mucho que llegaban a parecerse, y eso lo hizo agarrarse a la chimenea.
Dios santo, ¡aquello era una locura!
En la vida habría imaginado que pudiera ocurrirle algo así. Nunca pensó que Jasmina fuera capaz de jugar tan sucio. ¿Era padre y tenía que enterarse de ese modo?
Al ver al pequeño, Tom se encaminó hacia la mujer y, cogiendo entre sus brazos al chiquillo, lo besó con cariño en el moflete y musitó:
—Hola, Cacahuete.
El niño sonrió al oír su voz. Era un bebé de dos meses muy sonriente. En cuanto la mujer se marchó del despacho, Liam, que no había podido moverse, se disponía a decir algo cuando Tom se le adelantó.
—Recuerdo que, cuando nació, la primera vez que lo cogí en brazos me olió a eso: a cacahuete —afirmó con una sonrisa.
Liam no sabía si reír o llorar. Estaba tan desconcertado que no lograba reaccionar.
—Quiero a Jan —agregó Tom—. Es un niño precioso, maravilloso y encantador al que le gusta mucho la música. Le relaja escucharla. Tiene cantantes favoritos que hacen que deje de llorar: Bruno Mars, Miley Cyrus o Harry Styles. Pero su canción preferida es Can’t Take My Eyes Off You en la versión de Joseph Vincent. Es una buena opción para calmarlo o hacerlo dormir. Prefiere el chupete con el borde naranja a los otros. Pero, por desgracia, este maravilloso niño no es mi hijo biológico, aunque yo lo quiera como tal.
Percibir la pasión con que Tom hablaba del pequeño le erizó el vello de todo el cuerpo a Liam. Y saber que ya de tan pequeño lo calmaba la música lo hizo resoplar. Aquello era muy propio de la familia Acosta. Sin embargo, siseó enfadado:
—Y como no es tu hijo biológico, ¿tiene que ser mío?
Tom suspiró. Entendía que estuviera en shock, a él mismo le había sucedido. No obstante, la situación tampoco le resultaba fácil, e indicó:
—Tiene heterocromía azul y marrón en el mismo ojo que tú. ¿Acaso no es para pensarlo?
Liam no contestó. Sabía que tenía razón, pero se negaba a aceptarlo.
—Aun así, comprendo tu desconcierto —prosiguió Tom—. A mí mismo me costó admitirlo. Sin embargo, créeme, deberías averiguar si este niño es tu hijo, porque mío no es y, que yo sepa, en esa época Jasmina solo estuvo contigo y conmigo.
Liam tomó aire sin apartar la mirada del bebé. Aquello que estaba pasando no podía ser cierto. Y cuando iba a decir algo, Tom continuó:
—Mis padres me enseñaron a ser justo con los demás, y sabiendo lo que sé tenía que llamarte y darte la oportunidad de ser su padre si realmente lo eres y lo deseas. —El pequeño hizo un gracioso bostezo y Tom añadió—: Dicho esto, tú decides. Pero quiero que sepas que, si la respuesta es «no», será un no para siempre, porque daré a Jan de alta en el registro como hijo mío y ya no habrá marcha atrás.
La respiración de Liam estaba tan acelerada como su pulso. Sin poder evitarlo, se acercó al bebé, que al verlo lo miró y le sonrió. Esa sonrisa tan dulce y llena de bondad le puso el vello de todo el cuerpo de punta, pues le recordó a la expresión de su madre y de su hermano Naím y a los ojos de su padre y de él mismo.
Pero ¿qué locura era aquella?
¡¿Un hijo?! ¡¿Cómo iba a tener él un hijo?!
Sin poder dejar de mirarlo, su mente pensaba a toda velocidad. El niño que Tom tenía sonriendo entre sus brazos podía ser hijo suyo. Un hijo que Jasmina le había ocultado y al que, si de verdad era de él, por supuesto que debía criarlo. Los Acosta cuidaban los unos de los otros, y él no lo abandonaría por nada del mundo.
—Me haré la prueba de paternidad —declaró con seguridad.
Tom asintió, dio un beso al pequeño en la cabeza y luego murmuró con tristeza:
—Gracias. Es lo mínimo que se merece Jan.
Los dos hombres se miraron fijamente unos instantes. Estaba claro que el respeto que su madre no le había tenido lo tenían ellos con él. Pero sabían que el resultado de aquello les cambiaría la vida a los tres.
Y así fue. La vida les cambió cuando, setenta y dos horas después, la prueba reveló que Liam era el padre biológico de Jan. Y, sin decir nada a su familia, pues no sabía ni por dónde empezar, y con la ayuda de los abogados de Tom, dio de alta a Jan Acosta en el registro civil de Los Ángeles para poder llevárselo después a España.
¿Cómo reaccionarían sus familiares cuando apareciera con el niño en Tenerife?
Por otro lado, a Tom todo aquello le estaba partiendo el corazón. Le costaba una barbaridad separarse de aquel pequeño, al que adoraba, pero era consciente de que había hecho lo correcto. Era lo que tocaba. Y cuando, pasados los días, todo estuvo solucionado, acompañó a Liam y al chiquillo al Aeropuerto Internacional de Los Ángeles en un coche de alquiler con los cristales tintados para que nadie pudiera verlo y reconocerlo.
Una vez allí, sin apearse, o comenzarían las fotos y las preguntas indiscretas por parte de los periodistas que pudiera haber rondando, el actor abrazó a Jan con mimo y cuchicheó:
—Cacahuete…, te voy a echar mucho de menos.
Liam lo miró emocionado. Ver el amor que aquel hombre le prodigaba al pequeño le demostró que el divo divino de mal carácter del que hablaba la prensa no era tal. Tom Blake era un tío tan normal como él, con sus buenos y sus malos momentos.
—Puedes llamarme siempre que quieras saber de él —susurró.
Tom afirmó con la cabeza intentando contener sus emociones. Pero hacerlo era difícil, mucho, y cuando una lágrima escapó de sus ojos, Liam añadió incapaz de callar:
—Tom, siempre serás bien recibido en nuestra casa.
El actor asintió. La emoción no le permitía hablar. Si lo hacía, se derrumbaría. El engaño y la ambición de Jasmina habían causado mucho dolor.
Entonces la puerta del vehículo se abrió unos centímetros y ante ellos apareció Remedios, la mujer que se ocupaba del pequeño Jan.
—Señor, ¿para cuándo sacó mi boleto de vuelta? —preguntó mirando a Liam.
Liam la miró. Por suerte, aquella había accedido a acompañarlo en el vuelo a España con Jan. Él solo no se atrevía a hacerlo. ¿Cómo se iba a encargar del niño sin ayuda? ¿Y si se le caía? En la vida se había imaginado teniendo que hacer algo así. Y si lloraba en el avión, ¿cómo lo hacía callar? ¿Cómo saber cuándo quería dormir o tenía hambre? Todo aquello atormentaba a Liam, por lo que, sacando de una carpeta unos papeles, se los entregó a la mujer y dijo:
—Para dentro de una semana, como acordamos.
Remedios asintió y, mirando a su marido, que esperaba a su lado, se lo dijo. Su familia estaba en Los Ángeles, y aunque Liam había intentado convencerla para que se quedara con él y el pequeño al menos seis meses en España, ella se negó. Tendría que encontrar a alguien una vez que llegara a Tenerife.
—Gracias, señor. —Ella sonrió.
A continuación cerró la puerta del vehículo y Liam, al ver cómo Tom le cantaba con cariño al pequeño aquella melodía que sabía que le gustaba, sonrió. ¿Tendría que aprendérsela él también? ¡Ni loco! En silencio, observó hasta que acabó y, viendo al pequeño sonreír, musitó:
—No hay duda de que le gusta esa canción.
Tom asintió y, tomando aire, afirmó:
—Le encanta. Te lo dije.
Ambos miraron al pequeño, que se chupaba una mano. Entonces Liam, entendiendo la pena del actor, declaró:
—Tom, me gustaría que te consideraras parte de esta familia.
Oír eso hizo que él lo mirara, y Liam afirmó con seguridad:
—Creo que a Jan le encantará tenerte en su vida. ¡Un tío actor y famosísimo! —Ambos rieron y Liam prosiguió—: Así que he pensado que…
No pudo terminar. Emocionado, Tom estrechó a Liam con el pequeño Jan entre sus brazos y murmuró:
—Gracias. No sabes cuánto significa esto para mí.
Ambos sonrieron sin decir nada. Por suerte, como personas adultas, habían solucionado lo que Jasmina había estropeado. Y, tras un último beso del actor al pequeño en la cabeza, le entregó el niño a Liam y susurró:
—Intentaré no ser un tío muy pesado y consentidor.
Él sonrió. Si algo le había demostrado aquel hombre, al que todo el mundo catalogaba como un divo insoportable del cine, era humanidad y empatía.
—Ni se te ocurra regalarle un Ferrari rojo por su sexto cumpleaños o la tendremos —replicó.
—Me contendré —afirmó aquel sonriendo.
Con cariño y gratitud, Liam y Tom se dieron la mano mirándose a los ojos. Entre ellos había nacido algo bonito y verdadero. Y entonces el actor dijo besando por última vez la manita de Jan:
—Que tengáis un buen viaje.
—Así será —aseguró Liam.
—Quiérelo y cuídalo mucho —insistió Tom.
Liam lo miró. Solo habían bastado unos pocos días para adorar ya a ese pequeño desconocido que ahora era su hijo.
—Con mi vida —declaró.
Una vez que bajó del vehículo con el niño en brazos y este arrancó, al mirar al pequeño y verlo babear rápidamente se lo tendió a Remedios. No quería que le manchara la chaqueta del traje. Además, ella lo entendía mejor que él. Luego la niñera se despidió de su marido y de su hija, con los que quedó en regresar al cabo de una semana.
En su compañía y la del bebé, Liam, que iba impecablemente vestido con su traje gris, entró en el aeropuerto, desde donde partió rumbo a España con un hijo que no esperaba y el corazón tocado por la terrible traición de la mujer a la que había adorado.
Capítulo 1
Madrid, cuatro meses después
¡Rojo!
El semáforo está en rojo y, como no cambie pronto, me va a pillar la lluvia.
Miro al cielo. No ha sido el mejor día para sacar mi moto, pero venga, una cosita: seré positiva y pensaré que la lluvia será buena conmigo y esperará a que llegue al lugar donde he quedado para cenar. Sin embargo, con lo cabrona que es la vida conmigo, me río yo de mi positividad…
Noto cómo vibra mi teléfono móvil en el bolsillo de mi pantalón.
¡Verde!
Apretando el embrague con la mano, meto primera con el pie y, tras soltar la palanca acelero, hasta meter segunda y tercera. Por suerte para mí, pillo el resto de los semáforos en verde. La lluvia y la vida son condescendientes conmigo y llego hasta el aparcamiento del restaurante totalmente seca.
Una vez que me quito el casco y me recompongo, vestida con un top de brilli-brilli que me regaló Mercedes, mis bonitos vaqueros y mis botas, me cierro la cazadora de cuero negra y saco el móvil. Estoy en una aplicación de ligoteo, y compruebo que tengo dos match: Andrés y Dani. ¡Qué monos!
Me guardo de nuevo el teléfono móvil en el bolsillo para escribirles más tarde y entro en el restaurante donde he quedado con mis amigos. Es el cumpleaños de Leo, que me ha invitado junto a otros amigos, entre ellos Alessandro, un guapo periodista con el que siempre tonteo y…, bueno, tengo claro que esta noche el tonteo será algo más.
Al entrar, rápidamente los veo. Mercedes y Leo, mi familia de vida, están al fondo de la sala con los amigos de este último y, tras saludarlos con la mano, me fijo en Alessandro, que está cañón no, ¡lo siguiente!, y que me sonríe en cuanto me ve. ¡Mmm, me gusta!
En cuanto me acerco al grupo, enseguida abrazo a Mercedes.
—Hola, reina —saludo.
Mi maravillosa y loca amiga sonríe, y luego cuchichea mirándome a los ojos:
—¡Qué buenorra estás hoy!
Sin dudarlo, asiento y ambas reímos. Hace tiempo aprendimos que nosotras somos monas y estupendas sin necesidad de ser cuerpazos diez y, oye, ¡tener la autoestima siempre alta es un punto extra!
Mercedes, como todo aquel que me conoce, sabe lo mucho que sufrí a causa de Óscar, mi ex. Pero eso ya casi se acabó. Me está costando, ¡pero lo estoy consiguiendo porque he decidido ser valiente!
Entonces, mirando a Alessandro, Mercedes hace un gesto de «un clavo saca a otro clavo», y yo, que la entiendo, musito:
—Excelente opción.
—¡Esta es mi chica! —se mofa.
Ambas reímos y luego ella añade:
—Más tarde he quedado con mi amor.
Su «amor» es María, la última novia de Mercedes, que, la verdad, es estupenda. Es diferente de todas las novias que ha tenido: es cálida, humana, cariñosa. Me cae muy bien, y a Leo y a Verónica también, y lo mejor es que sentimos que quiere a nuestra amiga como se merece. Por fin Mercedes ha encontrado a alguien que la respeta a ella y respeta sus sentimientos. Por suerte, ya se ha olvidado por completo de Dalila, una mujer que nunca la quiso de verdad y que incluso la llevó a hacer alguna tontería.
—Por tanto —continúa ella—, cuando diga de ir a tomar una copa a Melapela, necesito tu voto.
—Lo tendrás —afirmo consciente de que se refiere al pub de unos amigos.
Asiento al instante, y entonces ella canturrea sonriendo:
—Qué potentón es Alessandroooooo.
Oír eso me hace sonreír. Me van los morenazos de ojos negros y pelo oscuro. Vamos, que Alessandro es de la clase de hombres algo macarrillas con los que me enrollo cuando me viene en gana.
Cuando aquel nos mira, mi amiga cuchichea:
—Creo que esta noche vas a triunfar.
Asiento, sonrío y afirmo consciente de que yo soy de las que van a por lo que quieren:
—Tenlo por seguro.
Ambas reímos, nos entendemos a la perfección.
En ese instante Leo, el homenajeado, se acerca a nosotras y yo digo abrazándolo:
—Felicidades, mi amor.
Leo sonríe. Sabe que lo de «mi amor» se lo digo de corazón, y cuando el abrazo acaba, al ver que sigo sonriendo y que Mercedes lo hace también, pregunta:
—¿Y esas sonrisitas de cachorrillas endemoniadas?
Mi amiga y yo nos miramos, y luego ella suelta:
—Porque esta noche…, y lo diré finamente, ¡follaremos!
Al oírnos Leo parpadea con rapidez, mira a nuestro alrededor para comprobar que no nos ha oído ninguno de sus amigos y, cuando se dispone a gruñir, añado:
—Y creo que tú deberías hacer lo mismo.
Él resopla, nos encanta picarlo con el tema sexo.
—Haced el favor de comportaros —murmura.
—Una cosita… —empiezo a decir.
Pero no puedo continuar pues al final los tres terminamos riéndonos.
—Echo de menos a Verónica —musita él a continuación—. Es mi primer cumpleaños sin ella.
Mercedes y yo asentimos. Nosotras también la añoramos. Los cuatro formamos el Comando Chuminero, pero, por amor, Verónica se ha trasladado a vivir a Tenerife.
—Otra que estará follando con su morenazo —suelta ella entonces.
—¡Mercedes Romero, baja la voz y no seas tan ordinaria! —gruñe Leo.
Divertidas, nos reímos, no lo podemos remediar, y entonces Pili, la mujer de Leo, se aproxima a nosotros y me abraza. ¡Qué mona es Pili! Es encantadora y, lo mejor, quiere de verdad a Leo, y eso para mí es muy muy importante.
Ojalá que algún día yo consiga que alguien me quiera a mí, aunque…, bueno, con mi suerte, no sé, no sé…
Tras los besos y los arrumacos, nos unimos al resto del grupo y Leo me presenta a unos compañeros de trabajo. Cuando llego hasta Alessandro, como ya nos conocemos, simplemente nos acercamos y nos damos un casto beso en la mejilla.
¡Mmm, qué bien huele el jodío!
Diez minutos después pasamos a la mesa que el camarero nos indica y, como era de esperar, Alessandro se acomoda junto a mí, a mi izquierda. ¡Bien! Eso nos hace sonreír a Mercedes y a mí mientras Leo resopla consciente de lo que estamos tramando.
Antes de sentarme en la silla me quito la cazadora de cuero negra con todo el glamurazo que yo tengo cuando quiero. El top deja al descubierto mis hombros, y oye, ¡a lucirlos!, porque la celulitis que tengo en el culo…, esa mejor no la enseño. Veo cómo Alessandro me observa con disimulo. Le gusta lo que ve y, cuando me siento en mi silla, él se apresura a decir:
—Me apetecía mucho verte.
Sonrío. Asiento. Y, consciente de que esta noche le voy a quitar esa preciosa camisa negra que lleva puesta a mordiscos, suelto:
—Pues aquí estoy.
La cena da comienzo y, junto a Mercedes, que está sentada a mi derecha, me pongo fina filipina de jamoncito ibérico del bueno y de todo lo que sirven. Por suerte tenemos buena boca y, oye, sinceramente, comer es un gran placer.
Tras la cena mi amiga sugiere ir a tomar una copa al Melapela y yo secundo su propuesta. Alessandro también, y Leo y Pili se nos unen. En definitiva, ¡todos al Melapela!
Afortunadamente, al salir del local y mirar al cielo soy consciente de que ya no hay atisbos de lluvia, y, dirigiéndome hacia el aparcamiento del restaurante, voy a buscar mi moto. Alessandro me acompaña. Cuando ve mi preciosa Honda CB500F roja y negra se sorprende como la mayoría de los tíos, y eso me empodera. ¿Por qué los hombres creen que las mujeres no sabemos conducir motos? ¿Acaso no tenemos dos manitas, ojos, piernas y cerebro como ellos?
Veinte minutos después, y tras haber aparcado la moto en la puerta del local de nuestros amigos, Alessandro y yo entramos y nos reencontramos con el resto del grupo. Rápidamente diviso a Mercedes, que está hablando con María, y viendo su felicidad yo también soy feliz. ¡Me encanta la preciosa pareja que hacen! Solo hay que verlas para saber que tienen una conexión estupenda.
Alessandro y yo nos acercamos. Como siempre, María nos recibe con su preciosa sonrisa. Pasamos un buen rato hablando con ellas y, en un momento dado en el que Alessandro y María hablan, Mercedes se me acerca y susurra:
—Es la mujer ideal para mí.
Asiento, estoy con ella. ¡Sí que lo es!
Durante un buen rato, en perfecta sintonía, todos bebemos, reímos, bailamos. Eso sí, yo no pruebo el alcohol. He de regresar a mi casa conduciendo mi moto y quiero cero problemas. Pero, vamos, que para pasarlo bien no soy de las que lo necesitan. A mí me pones música y del resto me ocupo yo.
Como siempre, mis amigos me animan a subir al escenario. Es un local de música en directo y karaoke, aunque hoy esté pinchando un DJ. Soy la cantaora petarda que siempre ameniza las fiestas. Y, bueno, como no se me da mal cantar, voy a tirar del karaoke; al verme, el DJ para y entono una cancioncita para Leo, el cumpleañero.
Le canto su tema preferido de Gloria Estefan: Con los años que me quedan, que es la canción de él y su mujer. Una preciosa y romántica balada para mi romántico amigo, que baila con Pili mientras yo disfruto cantándola y mirándolos.
¡Qué bonito tiene que ser quererse así!
¿Por qué no consigo yo tener mi propio final feliz?
Minutos después, tras acabar de cantar, estoy charlando con Mercedes y María cuando comienza a sonar una melodía por los altavoces del local y, viniéndonos arriba, salimos a la pista a bailar el SloMo de nuestra maravillosa Chanel. ¡Qué bien lo hizo en Eurovisión! Y cuánto se merecían ella y sus bailarines ese primer puesto. Aunque, bueno, para mí lo tienen, como lo tiene para mucha gente. ¡Viva Chanel!
Entre risas, Mercedes, María y yo disfrutamos a tope en la pista mientras nos sentimos como Chanel. Y yo, que soy una bailonga, lo doy todo. ¡Hay que ver lo que me gusta bailar!
Tras esa canción suena Ay, mamá, de Rigoberta Bandini, un tema que odio y quiero a partes iguales por mi situación personal, pero que entiendo que se haya convertido en un himno feminista, algo que yo soy y a mucha honra. Y nos venimos de nuevo arriba mientras gritamos a pleno pulmón eso de que no sabemos por qué dan tanto miedo nuestras tetas. ¡Que vivan nuestras tetas!
Entre risas, baile y diversión pasamos la siguiente hora hasta que, de pronto, siento que el cuerpo se me corta al ver entrar en el local a Óscar, mi ex. ¿Qué narices hace aquí, con lo grande que es Madrid?
Pensar en él me desestabiliza, pero verlo más aún.
Lo observo sin que él me vea. Qué guapo se pone cuando sonríe… Entonces se besa con una chica rubia. Ver eso, aunque casi lo tengo superado, todavía me pica, y pienso que esa debe de ser la novieta que su madre, Encarnita, me dijo que tenía.
Óscar no me ve. Por suerte, va con un grupo de gente que no conozco y se instalan lejos de mí. Pero mi lado masoquista no me deja apartar los ojos de él mientras siento que su presencia me desestabiliza. ¿Por qué seré así de idiota?
Bebo de mi vaso con avidez hasta que Leo y Mercedes se me acercan con gesto de preocupación.
—Sí, lo sé. Óscar está aquí —digo mirándolos.
—¿Estás bien? —pregunta Mercedes.
Asiento sin dudarlo, pero segundos después, cuando veo cómo vuelve a besar a la rubia que va con él, murmuro:
—¡Joder!
Mis amigos se miran. Sufren por mí.
Pero ¿por qué me siento mal? ¿Por qué verlo me perturba?
Y, dispuesta a que mi noche y, en especial, la noche de Leo no se tuerzan, saco esa fuerza que sé que tengo en mi interior, sonrío y, mirando a Alessandro, que está hablando con Pili en la barra, exclamo:
—¡Pasémoslo bien!
En ese momento, y como caídos del cielo, Pili y Alessandro se acercan a nosotros, y rápidamente nos sumergimos en una divertida conversación. Eso hace que me olvide de que mi ex está aquí, hasta que de pronto suena la preciosa canción 100 años, de Carlos Rivera y Maluma. Escucharla me hace sonreír. Mercedes también se ríe. Ambas hemos cantado esa rancherita de desamor muchas veces por culpa de nuestras antiguas parejas, Dalila y Óscar; en especial el estribillo, que dice eso de que aunque digan que no hay mal que dure más de cien años. Pero ambas tenemos claro que no queremos ser las primeras idiotas en comprobarlo.
—¿Bailamos? —me pregunta de pronto Alessandro.
Enseguida le digo que sí. Quiero bailar. Quiero pasarlo bien. Quiero pasar de Óscar.
Gustosa, disfruto de la compañía de Alessandro mientras bailamos. Ni él está enamorado de mí ni yo de él. Simplemente nos atraemos, y ambos sabemos que es muy posible que esta noche esa atracción vaya a culminar.
Tras esa canción va otra. Y tras esa, otra más. Durante un rato Alessandro y yo charlamos. Nos seducimos.
Pero de pronto comienza a sonar Qué ironía, de Thalia y Carlos Rivera y yo me cago en todo. ¿Por qué? ¿Por qué tienen que poner precisamente esa canción que tanto le gusta a Óscar?
Intento no pensar en él, olvidarlo. Pero de pronto noto una mano en mi hombro y, al mirar y encontrarme de frente con Óscar, no sé qué decir.
—¿Bailas conmigo, Cosita Linda? —me pregunta.
Uf, madre mía, madre mía…, lo que me entra por el cuerpo. ¿Por qué tiene que llamarme de ese modo? ¿Por qué tiene que acercarse a mí? ¿Por qué no me deja vivir y recomponerme?
El tacto de su piel sobre mi piel, su mirada, la canción… Estoy desconcertada. Mucho. Creía que no me había visto. Y entonces, sintiendo la mirada de Alessandro, e intentando no perder mi sonrisa, indico incapaz de rechazarlo:
—Voy a bailar con este amigo.
Alessandro asiente y sonríe. No me conoce lo suficiente como para leer mis gestos. Y cuando Óscar pasa la mano por mi cintura yo lo miro.
—¿A qué viene esto? —pregunto.
Óscar ríe y, con esa manera de ser suya, responde:
—He visto tu moto aparcada en la entrada.
Maldigo. No debería haber aparcado en la puerta.
—He pedido que pusieran esta canción —añade él a continuación.
¡Joder!
Una parte de mí querría partirle la cara, pero otra parte no. Inexplicable pero cierto. ¡Soy idiota! ¡De remate! Óscar es el tío que más daño me ha hecho en mi vida, pero aquí estoy, bailando esta canción mientras Leo y Mercedes me hacen gestos para que me aleje de él.
Pero no puedo. Ahora que estoy entre sus brazos, mi propio cuerpo no obedece a mi razón, y finalmente bailo mientras la letra de la canción me dice lo tonta y estúpida que soy.
Bailamos en silencio hasta que él me mira y dice:
—Cosita Linda, estás muy guapa.
Lo miro. Ay, Dios… Pero intentando contenerme, respondo:
—Gracias por el piropo, pero, si no te importa, deja de llamarme de ese modo.
Óscar sonríe. Me conoció en un chat hace casi cinco años por ese ridículo nombre.
—Siempre te gustó —cuchichea.
Resoplo. Me están entrando los siete males. Soy tonta. Imbécil. Este tío es un puñetero sinvergüenza, y cuando voy a decirle cuatro cosas, suelta:
—Hoy he hablado con mi madre.
Vale. Su madre, Encarnita, merece toda mi atención.
—¿Qué tal está? —pregunto preocupada.
—Bien, dentro de su estado —afirma—. Me dijo que fuiste el fin de semana pasado a Ávila a verla.
Asiento. La madre de ese sinvergüenza es la mujer más maravillosa que he conocido en mi vida. Todo lo malo que tiene Óscar lo tiene de bueno su madre. Encarnita es una mujer que durante el tiempo que estuve con su hijo me trató mejor que Luisa, mi madre biológica, me cuidó más que él, y me niego a apartarla de mi vida: primero, porque la quiero y ella me quiere, y segundo, porque está enferma y en todo lo que yo pueda ayudarla, ahí estaré para ella.
—Te echo de menos.
Según suelta eso, estoy por partirle la cara.
Oy… Oy… Oy… Odio que me chantajee de ese modo. Lo sabe. Pero aun así sigue haciéndolo.
—Si tú quisieras —añade—, yo…
—No —lo corto.
—Una última oportunidad —insiste.
Suspiro. Resoplo. Volver con él sería mi gran error. Y, conteniendo la mala leche que esto me provoca, murmuro:
—Mira, Óscar, una cosita…
Cuando digo eso, se ríe y murmura:
—Uis, cielo, ya me conozco tus cositas…
Le voy a dar. Al final le voy a dar…
—Olvida lo que acabas de proponer y no vuelvas a mencionarlo siquiera —replico.
Me mira. Lo miro. Cuando nos mirábamos así terminábamos poseyéndonos como animales. Pero no, eso se acabó. Aunque sé que las últimas veces he sido yo la que lo ha utilizado a él para mi propio disfrute.
Estoy pensando en ello cuando suelta:
—Este fin de semana, Rosa y yo…
—¡¿Rosa?!
—Mi chica. —Asiento y él continúa—: Iremos a Ávila a ver a mamá.
¡Vaya tela!
Hace dos segundos me pide una nueva oportunidad y ahora me sale con lo de la tal Rosa… ¿Es para matarlo o no?
Tomando aire por la nariz, miro hacia la derecha e imagino que Rosa es la rubia que nos mira con atención.
—Cosita Linda —dice él entonces—. Te echo mucho de menos y…
—Por favor, Óscar, ¡vale ya! —protesto.
Él calla, noto que me mira de una manera extraña, y luego añade:
—Tengo que decirte algo que espero que no te tomes a mal.
Bueno, bueno, bueno… Cuando dice eso es para echarse a temblar. Aunque, en fin, después de todas las trastadas que me hizo mientras estuvimos juntos, nada de lo que diga me va a sorprender. Y entonces suelta:
—Rosa está embarazada y posiblemente nos casemos.
Según oigo eso siento cómo todo mi cuerpo se rebela. ¡¿Qué?! ¿Óscar se va a casar? ¿Y va a ser padre, cuando yo se lo propuse y me dijo que no? ¿En serio?
Ostras, ostras, ostras… ¡Pues sí que me ha sorprendido!
El estómago se me retuerce. Se me retuercen todos los músculos del cuerpo. No sé qué decir. No sé qué hacer. Solo sé que tengo que alejarme de este hombre o al final acabará conmigo.
Pero, vamos a ver, ¿cómo este sinvergüenza me suelta hace dos segundos que si yo quiero, y ahora me dice que va a ser padre y se va a casar? ¿Cómo se entiende eso?
Tomo aire por la nariz mientras, mentalmente, intento no comportarme como la de la película Carrie y quemar el local con mi furia. Durante un tiempo pensé que él era mi persona especial. El amor de mi vida. El padre de mis soñados hijos. Pero no. No lo es. Y con cada acción que hace me lo deja más claro.
Entonces, de pronto, con un hilo de voz consigo balbucear:
—Enhorabuena.
Óscar sonríe, niega con la cabeza e indica:
—Imagínate lo contenta que se pondrá mi madre cuando se lo diga. Siempre ha querido nietecitos.
Asiento, tiene razón. Encarnita siempre quiso tener nietos. Pero, conociéndola, y sabiendo lo mucho que me quiere, no sé si en este caso se alegrará. E incapaz de callar, pregunto:
—¿Cuánto tiempo llevas con Rosa?
—Cinco meses. Pero, oye, ¡muy intensos! —asegura.
Sin saber por qué, me río. Yo estuve cinco años con él. Y ahora, tras solo cinco meses con la tal Rosa, no solo se casa sino que también va a ser padre. Y susurro con acidez tocándome la cicatriz que tengo en la frente:
—Como dice la canción, ¡qué ironía!
Óscar no contesta. Me conoce, sabe que cuando me toco la cicatriz de la frente es mejor callar; cuando por fin la canción acaba, me aparto de él y digo tomando aire:
—Que seas muy feliz.
—Cosita Linda…
Me rebelo. Odio que me llame así. ¡Basta ya!
—Si vuelves a llamarme así, te tragas los dientes —siseo enfadada.
Y, sin más, me doy la vuelta y me dirijo hacia el baño. Necesito echarme agua en la cara para despejarme un poco o juro que, como Óscar se me vuelva a acercar, no voy a tener el control que he tenido.
Entro en el baño y antes de que la puerta se cierre Mercedes ya está ahí. Me mira en silencio y yo digo:
—Lo odio.
—Normal. Es un asco de tío.
—Se va a casar.
—¡¿Qué?!
—Y va a ser padre.
Mercedes parpadea. Su sorpresa es tan grande como la mía.
—¡Qué despropósito! —murmura.
Nos estamos mirando sin decir nada cuando de pronto la puerta del baño se abre y veo que entra la rubia que acompaña a Óscar. La tal Rosa me mira, me sonríe. Y yo no puedo hacer otra cosa que devolverle la sonrisa. Ella no tiene la culpa de nada, y menos de haberse enamorado de un sinvergüenza como él. Así pues, me acerco a ella y digo:
—Enhorabuena, Rosa. Ya me ha contado Óscar.
De inmediato la joven me mira y repone:
—Disculpa, pero yo no me llamo Rosa. Soy Graciela.
Cuando dice eso cierro los ojos. Me toco de nuevo la cicatriz de la frente. ¿En serio? Y, dándome la vuelta, miro a Mercedes y cuchicheo:
—¿Es o no es para matarlo?
—¡Será cabronazo!
Y, sin poder contenerme, salgo del baño hecha una furia. Mercedes, que me conoce, se apresura a seguirme y susurra:
—Para, que te he visto tocarte la cicatriz de la frente.
Resoplo.
—¿Qué vas a hacer? —insiste mi pobre amiga.
Mi cabreo es tremendo. Pero ¿cómo puede tener tan poca vergüenza?
¿En serio le está poniendo los cuernos a Rosa, que está embarazada, con Graciela, y minutos antes me estaba tirando los trastos a mí? ¡¿En serio?!
Y sin contestarle a Mercedes, me acerco hasta Óscar, que al verme sonríe, y sin pararme a pensar, le suelto tal derechazo que siento que me he destrozado la mano.
¡Joder, qué daño!
Él da un traspié hacia atrás. Me mira aterrado y yo, no contenta con eso, me acerco a él, le cojo los huevos con la mano derecha y, retorciéndoselos con ganas, siseo ante su gesto de horror:
—¿Qué narices haces con Graciela si la que está embarazada es Rosa y te vas a casar con ella? ¿Y qué narices haces tirándome los trastos a mí? —Él no contesta. No puede—. Por Dios, Óscar, ¿cuándo vas a cambiar? ¿Cuándo vas a dejar de romper corazones? —Boquea como un pececillo asfixiado y yo añado—: Si vuelves a acercarte a mí o a llamarme «Cosita Linda», te juro que… que…
Óscar aúlla, grita de dolor. Por suerte, con la música tan alta que suena en el local no se le oye. Pone los ojos en blanco. Sé que lo que le hago le duele más que el puñetazo que le he dado. ¡Que se joda! También me dolió a mí hasta el alma y a él le dio igual. Pero cuando siento que las piernas le flaquean, lo suelto. Él cae al suelo de rodillas y, cuando me mira y va a hablar, grito:
—¡Como digas una sola palabra, te tragarás la punta de mi bota!
Y se calla. No dice nada. Me conoce muy bien y sabe que estoy muy muy enfadada. Dicho esto, me doy por satisfecha y me vuelvo, y Mercedes, que sigue ahí, afirma:
—Estoy por patearle los huevos.
Eso me hace reír. Sin duda, no tener a mi lado a un hombre como Óscar es lo mejor que podría pasarme. Y cuando Leo se acerca a nosotras junto a una sorprendida María, Mercedes suelta con mofa:
—Se ha tocado la cicatriz…
Leo me mira. Quien me conoce sabe lo que eso significa. Y yo, con gesto angelical, digo frotándome los nudillos de la mano derecha:
—Lo siento, pero no he podido contenerme. Me ha pedido una nueva oportunidad y, cuando le he dicho que no, me ha soltado que va a ser padre y se va a casar, y precisamente no es con la chica rubia con la que está ahora mismo.
Horrorizado, Leo mira a Óscar, que continúa en el suelo, con la tal Graciela de rodillas junto a él. Lo que digo: conociéndolo, le parecerá un horror.
—No sientas nada, cielo —dice en cambio—. Poco le has dado para lo que ese imbécil se merece.
Al oír eso sonrío de nuevo y, acercándome a Alessandro, que está hablando con el grupo, le quito la copa de las manos, él me mira y yo doy un trago. Cuando termino, pregunto deseosa de irme de aquí y de sexo para desfogarme:
—¿Me acompañas a casa?
Como imaginaba, él accede sin dudarlo y, ante el gesto de sorpresa de Leo por mi descaro y la risa de Mercedes, nos despedimos del grupo y salimos del local.
Media hora después, tras conseguir que Alessandro casi se mee en los pantalones por la rabia que yo llevaba mientras conducía mi moto, llegamos a mi casa, aparcamos en el garaje y subimos a mi piso. Al abrir la puerta mi perrete se acerca rápidamente y yo, agachándome, lo cojo entre las manos y saludo:
—Hola, Tigre.
El perro, que es negro y no pesará más de kilo y medio, se vuelve loco de felicidad ante mis mimos, y Alessandro se mofa mirándolo:
—Mucho nombre para tan poco perro…
Asiento sonriendo y, tras darle un beso a Tigre, lo dejo de nuevo en el suelo. Luego paso las manos alrededor del cuello de aquel y sugiero:
—¿Qué tal si tú y yo lo pasamos bien?
Alessandro asiente, se olvida del perro y, acercándome a su cuerpo, posa su boca sobre la mía y me besa.
Mmmmm, ¡sabía yo que iba a besar bien!
Un beso. Dos. Adiós, cazadoras. Tres besos. Cuatro. Adiós, top y camisa.
Mientras nos desnudamos lo conduzco hasta mi habitación. Menudos abdominales tiene Alessandro, ¡madre mía!
Al llegar, me quito el sujetador al tiempo que lo miro fijamente. Sé que tengo unos pechos bonitos, y cuando su boca va directa a ellos, cierro los ojos y me recreo. ¡Oh, sí!
Mientras disfruto del momento, mis manos desabrochan el cinturón de su pantalón, como él desabrocha el cinturón del mío. Los dos estamos ávidos de deseo, y creo que en esta ocasión vamos a pasar de los preliminares.
Me quito las botas, él se deshace de los zapatos y, segundos después, nuestros pantalones y nuestra ropa interior vuelan por la habitación. Él saca entonces un preservativo de su cartera, se lo pone a la velocidad de la luz y, cogiéndome entre sus brazos, guía su pene hasta el centro de mi deseo y se hunde en mí.
Mmmmm, ¡sí!
De pie en el centro de mi dormitorio, los dos nos damos gusto, nos movemos buscando nuestro placer y disfrutamos como dos locos mientras lo miro y pienso en el idiota de Óscar… ¿Por qué no podré quitármelo de la mente?
Soy una romántica empedernida de esas que aún creen en el amor y en poder encontrar a esa persona especial que ilumine tu vida. Durante años pensé que esa persona especial era Óscar. A pesar de sus trastadas yo misma lo idealicé y, la verdad, fue un error. Mi gran error. Pero si de algo estoy segura es de que ya no estoy enamorada de él. He reunido los pedazos de mi corazón y lo he recompuesto, y ahora solo tengo que conseguir que su presencia no me desestabilice.
De pronto Alessandro me apoya contra la pared. Mmmm, ¡me gusta! No habla. Parece concentrado en lo que hace, y yo, que estoy sumida en mis propios pensamientos, lo disfruto. Sí, ¡que no pare! Sus acometidas se aceleran. Noto cómo sus pulsaciones y su respiración se atropellan, y siento que estamos cerca del clímax.
Tras un último empellón en el que él suelta un jadeo de lo más morboso, lo beso. Qué bien ha estado el momento sexo.
Tras el primer asalto, que ha empezado en la entrada de casa y ha terminado contra la pared de mi habitación, llega un segundo en la ducha de lo más fogoso. Y, tras el tercero en la cama, cuando veo que son las cinco y diez de la madrugada, con diplomacia y salero le hago saber lo tarde que es, y él rápidamente pilla la indirecta.
¡Anda que no tiene tablas el periodista!
Minutos más tarde, después de intercambiar nuestros números de teléfono, que hasta el momento no teníamos, y de que este se pida un taxi, nos damos un rápido beso de despedida de esos sin compromiso y nos decimos adiós. Otro amiguito más que va para mi chorboagenda.
Una vez que se marcha y cierro la puerta de casa, sonrío. Pero entonces me acuerdo de Óscar y maldigo… ¿Por qué sigo pensando en él?
Como cada noche, tras lavarme los dientes, cojo a Tigre en mis brazos y, juntos, nos metemos en la cama, donde nos arropamos con mi precioso edredón y nos quedamos dormidos. Bueno, Tigre antes que yo…, y con lo pequeño que es, ¡ronca que da gusto!
Capítulo 2
—¡Madre mía, qué fresquíbiri!
Sonriendo a pesar del frío que hace en marzo en Madrid, saludo al entrar en el local a mis amigos Leo y Mercedes, que me besuquean más que otros días porque saben que hoy, precisamente hoy, lo necesito.
Enseguida me pido una Coca-Cola y, al ver un plato de tortilla sobre la mesa, cuchicheo:
—Pero bueno, ¡si tardo un poco más, no me dejáis nada!
—¡Este, que es un ansias! —indica Mercedes.
Leo la mira, yo me río y, como todos sabemos perfectamente que el ansias es Mercedes, él indica mirándome:
—Amara, da gracias porque la he parado… Si hubiera sido por ella, no habría dejado ni las miguitas de pan.
Miro a Mercedes haciéndole un gesto retador y ella sonríe. Me gusta verla feliz.
—Tomo nota —le advierto.
Los tres reímos y en ese preciso instante suena mi teléfono. Esperamos una videollamada y, al ver de quién se trata, rápidamente lo cojo y los tres saludamos:
—¡Holaaaaaaaa!
Al otro lado del teléfono está nuestra buena y mejor amiga Verónica, quien encontró en Naím al hombre de su vida y se ha trasladado a vivir a Tenerife.
¡Que viva el amor, que mueve el mundo!
Siempre quiso vivir en la playa y, sin duda, ¡ahora se va a hartar de ella!
Contenta de verla tan morenita y con esa feliz sonrisa, pregunto:
—¿Qué tiempo hace por allí?
—Mejor imposible —afirma enseñándonos el bonito día que hace en las islas.
Divertida, asiento y, al verla sonreír, prosigo:
—¿Cómo está mi bloquecito deshelado?
Todos reímos. Ese mote es porque mi amiga ha pasado de ser un bloque de hielo a todo lo contrario. Está claro que el amor, y en su caso Naím, la ha transformado.
—Bien, pero os echo mucho de menos —responde.
Leo y Mercedes asienten como yo. Los cuatro formamos el Comando Chuminero y, aunque eso es inamovible y hablamos por videollamada dos veces a la semana, que uno de nosotros esté tan lejos nos apena.
—Nosotros sí que te echamos de menos a ti —dice Leo.
—¿Qué tal la fiesta de cumpleaños? —pregunta Verónica.
Rápidamente se lo contamos todo con pelos y señales. Saber que vi a Óscar la hace enfadar, pero termina muerta de la risa al enterarse de cómo acabó el encuentro. Dicho esto, Leo sigue contándole los pormenores de la fiesta: los regalos, los invitados…
Más tarde le preguntamos por Zoé, su hija, a la que tuvo cuando era una adolescente de quince años y que es nuestra niña consentida. Vive en Nueva York con su noviete y, según nos dice Verónica, está feliz, y más ahora que ha retomado sus clases de danza.
Estamos hablando sobre ella cuando Mercedes de pronto suelta:
—Le he pedido a María que se case conmigo…, ¡y ha dicho que sí!
Al oír eso, todos la miramos. ¡¿Qué?!
—Pero ¿qué me estás contando? —murmuro.
Ella asiente y luego añade tomando aire:
—Sé que solo llevamos unos meses juntas y que puede parecer algo precipitado, pero quiero a María, ella me quiere a mí y…, ¡joder, que nos casamos!
—¿Y no podéis iros a vivir juntas? —sugiere Leo.
Mercedes niega con la cabeza y, con una sonrisa que nos desarma a todos, musita:
—Lo quiero todo con ella y ella lo quiere todo conmigo. Y, la verdad, mi corazón me dice que María es el amor de mi vida.
Los cuatro nos quedamos en silencio. Ninguno sabe qué decir, y Mercedes, viendo nuestro desconcierto, indica dirigiéndose a Leo y a mí:
—A ver, ¡vosotros sois los románticos! ¡Alegraos por lo que acabo de contaros!
Mi amigo y yo intercambiamos una mirada. Tiene razón. Nosotros somos los romanticones del grupo.
—Vale —dice entonces Leo—. Nos alegramos. Pero ¿no crees que casarte es algo precipitado?
Mercedes asiente, pone esa cara de patito que a todos nos enamora y luego musita:
—La amo con locura. Y ya sabéis que ¡yo! soy de locuras.
Oír eso me hace sonreír. Soy una enamorada del amor y, consciente de que yo me habría casado con Óscar en mil ocasiones, sin pensar en nada más, abrazo a mi amiga.
—Dime cuándo y dónde, ¡y allí estaré! —afirmo.
Verónica y Leo se suman de inmediato a mis palabras y, sin esperarlo, nos vemos hablando sobre la boda que nuestra amiga quiere celebrar dentro de unos meses.
—María es la mujer de mi vida —cuchichea al cabo—. Es buena, encantadora, paciente, me quiere…, y si a eso le añades que tiene los pechos más bonitos que he visto en mi vida y que…
—¡Mercedes Romero, para! —protesta Leo.
—¡Leo Morales! —se mofa la aludida—. ¿Me estás diciendo que no te has fijado en los preciosos pechos de mi futura mujer?
Leo resopla, pone los ojos en blanco y a continuación murmura:
—¡La madre que la parió!
Verónica y yo nos reímos divertidas. Si algo nos gusta a las tres es chinchar a Leo. A diferencia de nosotras, él es bastante puritano en lo que a sexo se refiere.
—¡Quiero saberlo todo! —exclama entonces Verónica.
Como siempre, nos salimos con la nuestra y el pobre Leo, durante un buen rato, escucha lo que Mercedes tiene que decir de su futura mujer y lo que Verónica cuenta de su chico. Cuando acaban, se dirige a mí y pregunta con retintín:
—¿Y tú no tienes ninguna burrada que decir?
Divertida, asiento y me mofo:
—Alessandro, ¡espectacular! ¡Qué movimiento de caderas…!
Verónica y Mercedes se parten de risa. Leo no. Él simplemente nos mira y, tras ponerse en pie, dice alejándose para ir al baño:
—No sé por qué os sigo soportando.
Una vez que se va, las tres nos miramos y yo cuchicheo con complicidad:
—Pobre… Cualquier día nos manda a la mierda.
Durante unos minutos seguimos hablando de la boda íntima y divertida que quiere organizar Mercedes. Yo participo de la conversación, pero también sé que estoy más callada de lo normal. Entonces mi amiga se interrumpe y me dice:
—Yo aquí hablando de mi boda cuando hoy, precisamente, no estás tú para celebraciones.
Según dice eso, tomo aire. Hoy es un día complicado para mí.
—No pasa nada, reina —le aseguro.
—Amara… —susurra Verónica.
Intentando sonreír, suspiro. Mis dos amigas y Leo son mi familia, mi máximo apoyo.
—Tranquilas, reinas —suelto—. Sabéis que puedo con esto y con más. Óscar, Luisa o Jesús no me quitan el sueño.
De inmediato el gesto de mis amigas cambia. Luisa y Jesús son esos a los que debería llamar «padres». Mis amigos saben la complicada y tensa relación que tengo con ellos. E intentando quitarle importancia al tema indico:
—Como siempre, será media horita complicada, pero quiero ir.
Noto la mano de Mercedes sobre la mía. Siento su calor, su amor, como a través de la pantalla siento el cariño de Verónica, que pregunta:
—Amara, ¿por qué sigues haciéndolo?
Sonrío con tristeza. A mis padres les da igual si existo o no. Me encojo de hombros y murmuro con rabia mientras mi mano va derecha a la cicatriz de mi frente:
—Porque quiero que se jodan.
—A mi modo de ver, la que se jode eres tú… —indica Mercedes.
Suspiro. Sé que tiene su parte de razón, pero no quiero entrar en debate. Ya son muchos años hablando sobre el tema, y este año me niego.
Las tres nos miramos en silencio. Los problemas familiares nunca son fáciles. Y a continuación Verónica pregunta:
—¿Tu mano está bien?
Sonriendo, asiento.
—Menudo derechazo le metió a ese sinvergüenza —suelta Mercedes.
Las tres nos reímos. Yo no soy de las que se andan con chiquitas.
—¿Óscar ha vuelto a llamarte? —pregunta Verónica.
Afirmo con la cabeza, me ha enviado varios mensajes a través del móvil, pero respondo:
—Tranquilas. Paso de él.
Verónica tose. Mercedes se rasca el cuello y yo, dispuesta a cambiar de asunto, digo en ese tono de humor que siempre utilizo para que mi vida sea mejor:
—Y acabando con esos temas tan aburridos, he de deciros que he tenido dos match con dos hombres monísimos y posiblemente quede con ellos para cenar cualquier día de estos.
—¡Estupendo! —exclama Mercedes.
Sonrío. Sonríen. Sé que querrían que siguiéramos hablando de lo otro, pero, como siempre, me respetan. Entonces añado enseñándoles mi teléfono:
—Andrés. Madrid. Pastelero. Guaperas. Treinta y seis años. Y Daniel. Barcelona. Bombero. Interesante. Atractivo. Cuarenta y cinco años. ¡Este me pone mucho!
—El bombero tiene un buen meneo —cuchichea Mercedes después de ver sus fotos.
Sin dudarlo, asiento divertida.
—Y lo mejor es que esto es sin cepillo de dientes ni compromiso —digo.
Las tres reímos, y luego Verónica pregunta:
—Amara, ¿cómo va lo de encontrar trabajo?
Suspiro. ¡Vaya tela con los trabajos!
Tenía dos. El primero e importante, como enfermera en un hospital privado, en la planta de maternidad. Pero, al tener que renovarme el contrato, mi puesto se lo dieron a la hija de un médico. Y el segundo era dando clases de natación sincronizada a niños, algo que se acabó cuando la piscina donde las daba cerró. Por tanto ahora mismo me encuentro en paro y buscando.
—La cosa está complicada —musito. Y, consciente de algo que llevo pensando hace tiempo, añado—: Justamente esta mañana he estado mirando la bolsa de trabajo internacional y he encontrado algo como enfermera en Suecia, pero sería para octubre. Y…
—¡¿Suecia?! —me corta Mercedes—. ¿Qué se te ha perdido a ti en Suecia?
—Perdido…, no he perdido nada —replico—, pero seguro que allí encuentro algo interesante.
Según digo eso, las tres nos reímos, y luego Mercedes insiste:
—¡Ni hablar! ¡No quiero que te vayas!
—A ver. —Intento tranquilizarla—. Si lo dices por tu boda, ten muy claro que no me la perderé por nada del mundo. Pero, reina, tengo que pagar la luz, el agua, la hipoteca de mi casa…, y para eso necesito trabajar. ¿O acaso te ha tocado la lotería y lo vas a pagar tú todo?
Mercedes resopla.
—Puedo vivir sin muchos lujos durante un año con el dinero que tengo —continúo—, pero necesito trabajar o el dinero se me acabará, y no me veo viviendo debajo de un puente.
Me río. Ver su cara me hace reír. Omito decir que marcharme lejos es algo de lo que ya he hablado varias veces con Verónica. Creo que poner tierra de por medio entre Luisa y Jesús y yo, y, por supuesto, hacer lo mismo con Óscar me vendrá muy bien para mi alma y mi corazón. Pero entonces Mercedes exclama:
—Mira lo que te digo: ¡ni se te ocurra irte a Suecia!
—Los nórdicos nunca te han gustado. Tú eres más de morenos —oigo que afirma Verónica.
—Ese es un gran punto a favor: ¡que allí no habrá morenos! —matizo feliz.
En ese momento vuelve Leo y Mercedes se apresura a soltar:
—Oye, ¡que esta petarda está pensando en irse a vivir a Suecia!
Él me mira, se sienta y, levantando las cejas, gruñe:
—¡Ni se te ocurra! —y con gesto de enfado prosigue—: Verónica en Tenerife. Tú en Suecia… Pero ¿qué narices está pasando?
Miro a Verónica a través del teléfono. Ella entiende mis motivos, y ambas nos reímos hasta que de pronto esta dice:
—A ver, tranquilidad, ¡que no cunda el pánico!
Pero Mercedes y Leo ya se han alterado. No les hace gracia lo que he dicho, y lo entiendo. Siempre quisimos estar los cuatro juntos, envejecer cerca los unos de los otros, pero la vida es la vida, y contra ella no se puede luchar. Entonces Verónica, que tiene más tablas que un tablao flamenco, hace una broma; yo la sigo, Mercedes continúa y dos minutos después ya estamos riendo y todos se han olvidado del tema.
Después de un buen rato de videollamada con Verónica durante el que hablamos de todo y más, tras despedirnos de ella me despido también de Leo y de Mercedes poco después. Les repito una y mil veces que estoy y estaré bien. Se preocupan por mí. Quieren venir conmigo, pero no se lo permito. Esto es algo que yo y solo yo debo hacer.
Una vez sola, entro en una floristería y compro una margarita. Solo una. Con ella en el interior de mi cazadora monto en mi moto y me dirijo hacia la Casa de Campo de Madrid. Allí, al llegar a un punto que conecta con el parque de atracciones, sonrío. Ahora no, pero hace años, siendo yo una niña, por allí había un hueco por el que nos colábamos para disfrutar de la feria. Y, tras emocionarme por los bonitos recuerdos que acuden a mi mente en tromba, saco la margarita del interior de mi cazadora, la dejo en el suelo y comienzo a entonar la canción Love of My Life de Queen, esa que tanto le gustaba.
Emocionada, canto entre sollozos y, cuando acabo, una vez que me seco las lágrimas de los ojos, musito:
—No hay ni un solo día que no piense en ti.
Y, mirando el tatuaje que llevo en la cara interna de mi muñeca derecha, en el que se lee «Love of My Life» por él, susurro:
—Lo sé. Algún año será el último. Pero está claro que no es este.
Minutos después, y haciendo de tripas corazón, me dirijo hacia mi preciosa Honda CB500F, me monto en ella y voy hasta el barrio de mi niñez, Aluche, que es donde siguen viviendo esos que según lo que dicen unos papeles son mis padres.
Con amor, antes de subir al que fue mi hogar, paso a ver a dos de mis vecinas. Y digo dos porque otras ya no viven aquí o por desgracia han muerto. Y, como siempre, me comen a besos. Son maravillosas.
En cuanto me despido de ellas voy también a casa de mi vecina Maribel a tomarme un cafelito, como ella dice. Maribel es una mujer viuda desde su juventud, que no tiene hijos, y más que mi vecina es mi familia. Mi madre. Si no hubiera sido por ella, sinceramente no sé qué habría sido de mí. Como siempre, me pone al día de todo y, después, con fuerzas renovadas, subo a la que fue mi casa.
Cuando Jesús abre la puerta, su gesto no cambia. Ni una sonrisa. Ni un cariño. Ni un beso. Ni un abrazo… ¡Nada! Simplemente me mira y suelta levantando la voz:
—Aquí está.
Dicho esto, da media vuelta y se sienta en su butaca de cuero marrón para seguir viendo algo que dan en la televisión. Está claro que le interesa más que yo. Veo que Luisa sale de la cocina. Su aspecto es tan dejado y desastroso como el de Jesús. Me mira de arriba abajo y, al ver que llevo el casco de mi moto en la mano, dice:
—Cualquier día te matarás.
Bonitas palabras después de estar un año sin verme.
Acto seguido, y sin beso ni abrazo tampoco, entra donde está Jesús, abre la ventana y se enciende un cigarro. Con su actitud me demuestran que, una vez más, mi visita no es bien recibida. Desde la puerta valoro su frío recibimiento. Siempre que llega este momento me pasa lo mismo y pienso: «¿Qué hago aquí? ¿Por qué sigo martirizándome?». Pero al final, consciente de por qué he venido, decido entrar.
Después de cerrar la puerta dejo el casco de la moto sobre la silla que hay en el recibidor y, como cada año, me fijo en la esquina desconchada de la pared. Ver el destrozo que nunca arreglaron me hace tomar aire, y cuando entro en el salón pregunto:
—¿Qué tal todo?
Ellos me miran. Lo lógico sería que se interesaran por mí, por mi vida. Joder, la hija soy yo. Pero no, con ellos eso nunca ha sido así. Decido no comentarles siquiera lo de Suecia. ¿Para qué, si les dará igual?
Sedienta, sin decirles nada, paso a la cocina a por un vaso de agua. Me desagrada ver cómo viven. Aunque me molesta más todavía mirar al suelo y saber que bajo una de esas baldosas guardan la mierda que venden, y que eso los ha llevado al calabozo más de una vez.
Durante unos segundos pienso en ello. Luego, dispuesta a mencionarles algo que con seguridad ni siquiera recuerdan, regreso al salón y digo mirando el tatuaje de mi muñeca:
—Hoy hace veinticuatro años.
Dicho esto, y viendo que no contestan, saco un paquete de tabaco de mi bolsillo, me enciendo un cigarro y entonces Luisa suelta:
—¿Es necesario que vengas cada año a recordarlo?
Asiento. Para mí es totalmente necesario. Sé que mi hermano estará enfadado conmigo por hacer esto, pero aquí sigo. Aquí estoy, año tras año, del mismo modo que, año tras año, le prometo a Raúl que será el último.
Luisa y Jesús fueron los típicos jóvenes porreros y descontrolados a los que sus familias casaron cuando ella se quedó embarazada de mi hermano mellizo Raúl y de mí.
La relación con ellos siempre fue fría, complicada, impersonal. Desde pequeños nos hicieron sentir que éramos un incordio. Crecer junto a unos padres que se dedicaban a vender drogas no fue fácil. Mucha gente nos rechazaba por algo que hacían ellos, y eso fue algo que yo llevé de una manera y Raúl de otra muy distinta.
Mientras yo, por mi carácter y mi forma de ser, supe que no quería drogas en mi vida, con Raúl fue diferente. Por desgracia, mi hermano, mi maravilloso hermano Raúl, al que le encantaban las motos y era la persona más buena del mundo, pero al tiempo también la más débil, cayó en las drogas por culpa de mis padres. En esa maldita lacra que a tantas buenas personas se ha llevado por delante. Y aunque siendo una niña me desviví por cuidarlo y protegerlo todo lo que pude, cuando teníamos catorce años, un 30 de marzo, Raúl murió de una sobredosis de heroína en la cama de nuestra habitación.
Recuerdo el momento justo. Eran las tres menos diez de la tarde. Yo llegué del instituto. Como siempre, Luisa y Jesús estaban con sus amigotes consumiendo en la calle, sin preocuparse de si mi hermano y yo comíamos. Y yo, que sabía que él había faltado a clase, tras buscarlo por el barrio y no encontrarlo, dejé la mochila en el suelo del recibidor al llegar a casa y me dirigí a nuestra habitación.
Al entrar todo estaba oscuro. Ventana cerrada, persiana bajada. Vi su cuerpo tumbado sobre la cama. A Raúl le encantaba dormir. Molesta con él, subí la persiana regañándolo, pero al mirarlo de pronto la vida me cambió en un instante cuando comprendí lo que mis ojos veían y, sin acercarme a él, supe que Raúl estaba muerto.
Chillé asustada. Fui hasta él. Le pedí que se despertara. Que abriera los ojos. Y al no conseguirlo, salí corriendo en busca de alguna vecina. Pero al llegar a la puerta tropecé con mi mochila, me caí y me di en la cabeza con una esquina de la entrada, que, del golpe, se desconchó. Al instante noté que algo corría por mi cara. Era sangre. Pero eso no me frenó. Me levanté. Abrí la puerta. Bajé corriendo a casa de mi vecina Maribel y ella, al verme, como siempre, me atendió, subió a mi casa para corroborar lo que yo le estaba diciendo, llamó a una ambulancia y fue a buscar a mis padres. El resto lo recuerdo vagamente.
Ese fue el primer día en que de verdad los odié y pasaron a ser Jesús y Luisa. ¿Por qué yo, siendo una niña, había tenido que encontrar a mi hermano muerto de ese modo? ¿Por qué ellos no se habían comportado como unos padres? ¿Por qué no me habían ayudado a cuidar de Raúl?
Tres días después, tras hacerle la autopsia, me vi diciéndole adiós antes de incinerarlo, con siete puntos en la frente, de la mano de Maribel y junto a Jesús y Luisa, que no lloraron y cuyas únicas palabras fueron: «Una preocupación menos».
¿Cómo que «una preocupación menos»? Por Dios, ¡era su hijo, mi amado hermano…!
Esa noche, en casa y dolida por todo, tuve la mayor discusión que he tenido en la vida con ellos. En realidad solo he tenido una y no pienso tener más. Siendo una cría de catorce años, les eché en cara todo lo que jamás les había reprochado, y fue tal la herida que me ocasionó esa discusión que la poca relación que había entre nosotros se acabó.
Varios días después nos avisaron para ir a recoger las cenizas de Raúl y, consciente de que ellos nunca irían a buscarlas porque no les interesaban, fui yo, y, sin decirle nada a nadie, las esparcí en la Casa de Campo de Madrid mientras, entre hipidos, cantaba su canción preferida, Love of My Life, de Queen. Fue cerca del parque de atracciones, un sitio del que siempre tendré bonitos recuerdos vividos con él que nunca olvidaré.
Con Jesús y Luisa malviví durante años, aunque realmente me pasaba más días en casa de Maribel que con ellos. Dormir en el cuarto que había compartido con Raúl, y donde yo lo había encontrado muerto, me resultaba imposible. Me faltaba el aire. Por ello Maribel me dio cobijo, comida y amor. Ella se preocupó de que mi vida fuera mejor, e incluso me consiguió una plaza en una piscina donde practicar natación sincronizada. Según ella, eso lograría que me desfogara. Y así fue.
A los diecisiete yo ya era muy independiente. Trabajaba en todo lo que podía para subsistir y, sin ganas de seguir soportando que Jesús y Luisa me siguieran robando el dinero que ganaba, el mismo día que cumplí los dieciocho, sin decirles nada, recogí mi guitarra y mis cuatro cosas y, ayudada por Maribel, que no consiguió frenarme, tirando de mis pequeños ahorrillos me fui a vivir a un piso compartido con otras chicas en el mismo barrio.
A partir de ese momento decidí buscar una vida mejor que la que tenía. Odiaba las drogas. No quería saber nada de ellas, y fue por entonces cuando aparecieron Verónica, Leo, Mercedes y Zoé y sus respectivas familias. Junto a Maribel y la natación, ellos me ayudaban. Durante años la natación se convirtió en mi refugio, hasta que por desgracia me lesioné y, ante la imposibilidad de sufragar la operación que debía hacerme, esta se acabó.
En un principio fue un palo. Mi vida estaba encaminada a ese deporte, pero, reinventándome de nuevo, decidí estudiar Enfermería para poder ayudar a los demás.
Con el tiempo apareció Vasile en mi vida y más tarde también Encarnita, la madre del idiota de Óscar, quienes, junto al que ya estaba en mi corazón, puedo decir que son mi verdadera familia, y no la que me tocó por sangre.
Sin embargo, nunca he olvidado al amor de mi vida, mi hermano Raúl. Y por ello, todos los años, el 30 de marzo voy a ver a esos dos extraños a los que la gente llama «mis padres» para que, con mi incómoda presencia, jamás olviden que Raúl existió y que ellos no lo cuidaron.
Durante una tensa media hora que yo misma controlo mirando el reloj que hay sobre el televisor, los tres permanecemos en absoluto silencio. El aire se podría cortar con unas tijeras. Hasta que, al cabo, me acerco a donde he dejado mi casco, lo cojo y, tras mirar el desconchón de la pared donde me abrí la cabeza aquel horroroso día y que nunca se molestaron en arreglar, me marcho sin decir adiós. No se merecen ni que los mire.
Cierro la puerta a mi espalda y tomo aire. Ya no lloro. Hace años que dejé de derramar lágrimas por ellos. Según bajo por la escalera, oigo que la puerta de Maribel se abre y, cuando quedo ante ella, abre los brazos y me estrecha entre ellos con todo su amor. ¡Qué grande es mi Maribel!
Media hora después, tras asegurarle que estoy bien, me despido de ella, me encamino hacia mi moto y, sonriendo por Raúl y por mí, prosigo con mi vida y vuelvo a pensar con más ahínco en lo de Suecia.
Capítulo 3
Han pasado diez días. En este tiempo me he informado mejor sobre el viaje a Suecia y, si quiero, tengo un puesto de trabajo asegurado el 15 de octubre en Sundsvall, en un hospital llamado Sundsvalls Sjukhus. ¡Menudo nombrecito…! Tras pasear a Tigre por El Retiro, comprarme una revista de motos y pasar por el búrguer, recibo varios mensajes del imbécil de Óscar. Quiere verme, hablar conmigo. Pero yo ni le contesto.
¿Por qué no me dejará en paz y se olvidará de mí?
Antes de llegar a mi casa veo en la esquina a Vasile, que está tocando su violín. Es un hombre de sesenta y cinco años que vino de Rumanía hace quince en busca de una vida mejor junto a una pequeña maleta y su violín. Lo conocí una tarde de hace diez años en la que, al llegar a mi casa, un maldito ladronzuelo me dio un tirón del bolso y, gracias a Vasile, que estaba tocando el violín en la esquina, pude recuperarlo.
A partir de ese día Vasile comenzó a formar parte de mi familia. Siempre que puedo lo invito a comer a casa, al cine o a pasar la tarde sentados en El Retiro hablando de música. También lo ayudé a encontrar un sitio donde vivir, pues se alojaba en una pensión de mala muerte. Al ser extranjero nadie se fiaba de él, pero al final a través de un amigo de un amigo conseguí un pisito pequeño en Vallecas en el que vive muy feliz.
Vasile es un apasionado de la música y, como a mí me encanta, pasamos ratos agradables escuchando canciones desde mi móvil. Y, oye, he aprendido mucho sobre música clásica y él de música moderna.
Cuando me acerco a él sonríe al verme. Gustosa, escucho la pieza de música clásica que está interpretando y, una vez que acaba, me guiña el ojo y para mi sorpresa comienza a tocar The Joker and the Queen, del fantástico Ed Sheeran.
¡Madre mía, qué preciosidad!
El último día que estuvimos juntos en el parque le hice escuchar esa canción desde mi móvil. ¡Es tannnnnn bonita! Y está visto que la ha preparado para mí. Vasile es maravilloso, es un tipo estupendo, y siempre he pensado que habría sido un padre excelente.
Encantada, lo escucho mientras me acerco a él sin ninguna vergüenza y canturreo la melodía. La gente se detiene al oírnos. Sé que no canto mal. Tengo buen oído. Y, complacida, disfruto entonando esa bonita y triste canción mientras él toca el violín.
Cierro los ojos. Me gusta sentir la música cuando noto que me sale del corazón, y sin duda ahora es así, pues el bufón que hay en mí ya no tiene relación con Óscar.
Cuando la canción acaba, tras recibir aplausos y animar a los viandantes que se han parado a escucharnos a que le echen unas monedas en la gorrilla, miro a mi buen amigo, le doy un beso en la mejilla y, enseñándole una bolsita que llevo en la mano, anuncio:
—Hamburguesa con queso y doble ración de patatas. ¿Te lo comes aquí o subes a casa?
Vasile sonríe, pero mirando a su alrededor dice:
—Hoy hace un día espléndido y he de aprovechar la afluencia de gente, aunque gracias por la hamburguesa.
Asiento, lo comprendo. Tocar música en la calle para sobrevivir es su trabajo. Y, con complicidad, dejo la bolsa con la hamburguesa sobre una pequeña banqueta que tiene a su lado.
—Ten un excelente día —digo guiñándole el ojo.
Vasile me sonríe y, después de que Tigre se despida también de él, mi perro y yo nos dirigimos hacia mi casa.
Una vez allí, nada más entrar voy a poner música. Miro en Spotify las listas de reproducción que tengo y…, bueno, casi todo es de estilo romántico. Soy una romántica empedernida. Pienso qué poner. Y cuando mis ojos pasan por la de Pablo Alborán, niego con la cabeza. Me encanta ese intérprete tanto como mi Manuel Carrasco, pero sus románticas canciones de amor son tan reales y me tocan tanto el corazón que lo tengo vetado desde hace tiempo. Lo siento, Pablo.
Al final, dejando mi teléfono a un lado, pongo la radio y sonrío al oír que suena Bam Bam, de Camila Cabello y Ed Sheeran.
¡Qué buen rollito me da esa canción!
Gustosa, me siento sobre la encimera de la cocina de mi casa mientras Tigre, que es un perro bailón, parece bailar y yo me río divertida. ¡No me digas que no es gracioso ver a mi perro a dos patas bailando conmigo!
Estoy riendo con Tigre cuando oigo que suena mi teléfono móvil. Está sobre la mesa y, al ver que se trata de Verónica, me apresuro a cogerlo y la saludo mirando la otra hamburguesa que he comprado para mí:
—¡Hola, reina!
Siempre me ha gustado oír la risa de mi amiga. Adoro a Leo y Mercedes, los cuatro juntos somos una gran familia, pero entre Verónica y yo siempre ha existido una complicidad especial, como la que existe entre ellos dos.
Camino hacia el sofá, donde me siento mientras hablo con mi amiga. La pongo al corriente de cómo fue el encuentro con Luisa y Jesús y le hablo del puesto de trabajo que me han ofrecido en Suecia, hasta que de pronto dice:
—Oye, yo te llamaba para hacerte una proposición indecente.
—Mmmm, ¡me gusta! —me mofo.
Ambas reímos, y ella prosigue:
—Sé que, además de para trabajar, quieres irte a Suecia para poner tierra de por medio entre Óscar y tú, ¿verdad?
Sin dudarlo, asiento.
—Te ha faltado mencionar a Luisa y a Jesús —añado—. Y, sí, creo que me vendrá muy bien marcharme una temporadita de Madrid para coger aire.
Sin ver a Verónica, pero conociéndola, la imagino asintiendo.
—Tengo una propuesta laboral para ti, en Tenerife —suelta de pronto—. ¿Qué te parece?
Según lo dice, asiento con la cabeza. Está claro que Tenerife pone tierra de por medio entre aquellos y yo.
—¿Pagan bien? —pregunto.
—En mi opinión, creo que sí.
Me río.
—Parezco una pesetera, pero ¿cuánto pagan? —insisto.
—Dos mil euros al mes. Además de casa y comida gratis.
Asiento. En Suecia me pagarían mil quinientos al mes, y a eso tendría que descontarle el piso compartido y la comida, así que indico:
—Me parece muy interesante lo que dices… ¡Soy toda oídos!
Tigre se sube a mi regazo. Lo que le gusta al jodío estar encima de mí.
—¿Recuerdas lo que te comenté sobre la paternidad de mi cuñado Liam? —comenta Verónica a continuación.
—¿Hablas del guaperas tiquismiquis?
—El mismo —afirma ella.
Rápidamente asiento. No conozco a Liam en persona. Nunca he coincidido con él, aunque sé de su existencia.
—¿Te refieres a lo del hijo que de pronto apareció porque la madre del niño mintió diciendo que era del buenorro de Tom Blake pero resultó ser de tu cuñado? —pregunto.
—¡Exacto!
—Madre mía, ¡qué culebrón!
—Y tanto —concuerda Verónica.
—No quiero ni pensar lo que tiene que ser encontrarte con algo así —me mofo.
—¡Un caos! —oigo que cuchichea.
En silencio, cabeceo. La llegada de un bebé a cualquier familia debe de ser siempre un caos, así que no quiero ni imaginarme cuando un bebé aparece de la noche a la mañana.
—Antes de nada —dice entonces Verónica con cierto apuro— has de saber que el trabajo sería cuidando al pequeño. Y…, bueno, aunque quizá no sea lo que más deseas…
—Es un trabajo muy bien pagado y lejos de Madrid, Verónica —repongo.
—Naím y yo le hemos hablado de ti a Liam. Él valora mucho que seas mi amiga y, sobre todo, enfermera. Y, oye, me consta que paga bien. Y…, bueno, vivirías en una preciosa casa frente al mar y, lo mejor, ¡cerca de donde yo estoy, por lo que podríamos vernos!
Sonrío. Sin duda, pinta bien.
—Una cosita… —tercio—. ¿Tu cuñado no tiene quien cuide al niño?
Según digo eso y oigo el silencio al otro lado del teléfono, me río y cuchicheo:
—Vamos, suelta eso que no me has contado…
Verónica se ríe.
—Mi cuñado es un pelín especialito —dice.
—¿Especialito en qué? —pregunto con curiosidad.
Oigo que ella resopla y, bajando la voz, añade:
—Es muy exigente con todo lo que tenga que ver con Jan. Además, ya te conté que su familia lo llama por el apodo de don Limpio y Ordenado…, aunque si se te ocurre decírselo, ¡te mato!
Eso me hace reír. Limpia soy. Ordenada es otra cosa. Y, dispuesta a saber más sobre el trabajo, indico:
—Mira, dale mi número de teléfono, dile que me llame y…
—Estoy en su casa y lo tengo a escasos metros de mí hablando con Naím —me corta—. ¿Qué te parece si te lo paso ahora y lo habláis?
—¡¿Así, sin más?!
—Es trabajo, Amara. Mejor ahora que en otro momento.
Asiento y me mofo. Recuerdo que, aunque no conozco a Liam, Verónica siempre dice que, a diferencia de Naím, este siempre va impoluto, vestido con trajes, por lo que me mofo:
—¿Crees que debo hacerme un peinado especial y ponerme un traje para hablar con él?
Mi amiga se carcajea al oírme y, bajando la voz, suelta:
—Liam es un hombre que llama mucho la atención entre las féminas. Ya te lo conté, ¿verdad?
—Sí. Pero, si mal no recuerdo, me dijiste que físicamente no tiene nada que ver con Naím.
—Nada en absoluto. Mi chico es moreno y este es más de pelo y ojos claros.
Asiento y sonrío.
—Perfecto —indico—. Estoy inmunizada contra los rubios.
Oigo la risa de mi amiga. Sabe que lo que digo es cierto. Nunca, pero nunca, nunca me he fijado en un rubio.
—¿Tiene redes sociales? —cuchicheo interesada—. Lo digo para verlo.
Verónica vuelve a reír y musita:
—No, cielo. Es de los que pasan de eso.
Cabeceo. No es la única persona que conozco que pasa de las redes sociales.
—Reina, pues mándame alguna foto para conocerlo —insisto.
—¡Espera! Creo que tengo alguna en el móvil.
Acto seguido se hace un silencio; al cabo recibo un mensaje en el teléfono y, tras abrir la fotografía adjunta, veo a un tipo alto de pelo claro, con gafas de sol y exquisitamente vestido con un bebé en los brazos.
—Soy más de morenos algo macarrillas —murmuro.
—Lo sé.
—Demasiado trajeado y repeinado. No me va.
—Ya. Por eso te propongo este trabajo.
Eso me hace gracia. Verónica sabe muy bien qué tipo de hombre me gusta.
—Espera —añade—. Voy a pasarte con él.
—¡Vale!
—Te quiero.
Oír eso me hace gracia. Decirnos que nos queremos es lo más normal del mundo entre nosotras. Cuando voy a contestar Tigre da un salto para bajarse de mi regazo, el teléfono se me cae al suelo y, maldiciendo, lo cojo y, tras comprobar que no se me ha roto la pantalla, murmuro:
—Yo sí que te aisloviu locamente a ti mucho… mucho… mucho…
Percibo un silencio extraño al otro lado de la línea y de repente:
—¿Perdón?
Al oír la voz de un hombre, resoplo. Verónica ya debe de haberle pasado el móvil a su cuñado, y algo agobiada indico:
—Ay, por Dios, disculpa, estaba hablando con Verónica, se me ha caído el teléfono y he pensado que seguía ella al teléfono.
El silencio prosigue, y añado apurada:
—Soy Amara López, la amiga de Verónica…, y me estaba comentando lo de…
—Encantado, señorita López —me corta—. Soy Liam Acosta. Yendo a lo que nos ocupa, quiero que sepa que no contrato a nadie para cuidar de mi hijo sin conocerlo. Sin embargo, en este caso me urge y haré una excepción al venir recomendada por Verónica y mi hermano y saber que es usted enfermera.
Asiento. Me gusta oír eso a pesar de su seriedad. Y, siendo consciente de cómo él ya ha marcado las distancias entre ambos, tiro de esa educación que mi Maribel me dio y respondo:
—Un placer, señor Acosta.
No sé si aquel asiente o no, pero prosigue:
—Busco a alguien responsable para trabajar interno en casa, que sepa cuidar a un bebé con esmero y dedicación. Tendrá ocho días libres al mes. Sería dada de alta en la Seguridad Social y el sueldo que ofrezco son dos mil euros netos mensuales, más alojamiento y comida.
Según oigo eso, asiento. Está claro que es una buena oferta de trabajo. Asegurada. Dos mil euros limpios. Manutención y alojamiento gratis. Es como poco tentador.
—En caso de aceptar, ¿cuándo debería comenzar? —pregunto.
En un tono de voz autoritario y seguro, oigo que él responde:
—La niñera que lo cuida ahora nos dejará pronto. Me interesaría que usted estuviera aquí dentro de una semana. Querría que mi hijo, Jan, la conociera antes de que la niñera se marche.
Vale. Tengo que arreglarlo todo en una semana.
—¿El contrato de cuánto tiempo será? —digo a continuación.
—De entrada, tres meses. Si pasado ese tiempo a ambos nos conviene, se lo haré de seis y, superados esos nueve meses, mi intención es que sea indefinido. Quiero estabilidad para mi hijo con una persona responsable.
Asiento, lo entiendo, y, mirando a Tigre, indico:
—Señor Acosta, necesito comentarle algo importante para mí.
—Usted dirá.
—Tengo un perro pequeño que…
—La casa tiene un gran jardín y yo también tengo perros —me corta—. No hay problema con que lo traiga, siempre y cuando su perro esté educado y sepa controlarlo.
Sonrío. Estoy a punto de preguntarle qué significa según él que el perro esté educado, pero cuando voy a hacerlo oigo que dice:
—La paso con Verónica. Espero su respuesta entre hoy y mañana. Un placer conocerla, señorita López.
Dicho esto, me deja boquiabierta. ¡Pero si le iba a decir ya que sí!
—¿Cómo ha ido todo? —pregunta entonces mi amiga.
Oír su voz me reconforta.
—Parece muy serio tu cuñado, ¿no? —cuchicheo.
Ella se ríe.
—Liam es un cielo, aunque todo lo que tenga que ver con el niño lo lleva a rajatabla. Se ha tomado muy en serio su papel de padre y a veces, la verdad, es agobiante. Parece que él es la única persona que tiene un bebé a su cargo en el mundo.
Asiento. En el fondo, saber eso me complace. Precisamente por cómo yo me crie, me gusta que un hombre se implique tanto en la educación de su hijo.
—Iba a decirle que aceptaba el trabajo —indico—, pero…
—¡Ay, Dios, qué ilusión! —exclama ella.
Su felicidad es también la mía, y pregunto:
—¿Por qué se han ido las otras mujeres que cuidaban al niño si la oferta de trabajo es tan buena?
Verónica resopla, oigo sus pasos al caminar, por lo que imagino que se está apartando de Liam y de Naím.
—La primera —dice— porque a Liam le informaron de que metía hombres en la casa cuando debería estar cuidando de Jan. La segunda, porque Liam se percató de que algunas tardes se le olvidaba dar de merendar al pequeño. La tercera, porque se pasaba el día entero de postureo en Instagram en vez de cuidar al niño…
—Madre mía —me mofo.
—La cuarta, porque se preocupaba más de beber vino que de cuidar a Jan, y esta quinta, que era la que más estaba durando, porque ha decidido regresar a su país.
Asiento. Sin duda, o no ha tenido mucha suerte con las mujeres que ha contratado o el tipo no es fácil de soportar.
—¿Cuánto tiempo lleva la quinta? —pregunto.
—Mes y medio.
Vuelvo a asentir. Cuidar a un bebé es lo mío. Lo hacía todos los días en el hospital. Y, obviando los problemas que puedan surgir, exclamo:
—¡Verás cuando se lo digamos a Leo y a Mercedes!
Verónica se ríe.
—¡Tenerife no es Suecia! Aquí estarás conmigo.
—También tienes razón —afirmo encantada. Y, mirando a mi alrededor, musito—: Me apetece mucho cambiar de aires, la verdad. —Ambas sonreímos, y añado—: Cerraré la casa hasta mi regreso, y en cuanto dejemos de hablar comenzaré a mirar qué tengo que hacer para llevarme a Tigre, mi moto, la guitarra y algunas otras cosas a Tenerife.
—Yo te lo explico —dice Verónica—. Al fin y al cabo, hace nada que me traje a Paulova y mis cosas a la isla. Luego te mando un correo con la agencia de viajes que me lo organizó todo. Y en cuanto a Tigre, al ser pequeño podrás llevarlo en la cabina contigo, metido en un trasportín.
Asiento, tiene razón. Y, segura de mi decisión, suelto:
—Dile a tu cuñado que acepto el trabajo y que dentro de una semana estaré allí.
—¡Genial! —exclama—. Te alojarás en mi casa hasta que comiences el trabajo. A Naím le encantará.
Asiento y sonrío.
Cinco minutos después, tras despedirnos, sonrío de nuevo mientras pongo música en mi Spotify y empieza a sonar About Damn Time, de Lizzo y me pongo a bailar de felicidad abrazando a Tigre. Tengo trabajo. Me van a pagar maravillosamente bien, voy a estar cerca de Verónica, me voy a alejar de personas que son tóxicas para mí y voy a vivir en la playa… Como dice la canción, creo que voy a estar muy bien. ¡Sin duda, es un excelente plan!
Capítulo 4
Cuando aterrizo en el aeropuerto de Tenerife con Tigre metido en su trasportín, estoy feliz. Un cambio de aires siempre viene bien. Y, sin duda, alejarme de muchas cosas me irá genial.
Mientras espero a que salga el equipaje, enciendo mi móvil y, al hacerlo, recibo dos mensajes de Óscar. ¡Joder! Y, por lo que leo, intuyo que su madre ya le ha dicho que me he marchado. Menos mal que no le dije adónde…
No entiendo nada. No comprendo a Óscar. Con él es un quiero y no puedo y, aunque yo intento aclararme, él me desconcierta. Me desconcierta mucho, y más aún cuando leo su mensaje, que dice:
¿Adónde has ido?
Leer eso me duele. Hace que algo dentro de mí se destroce. Debería bloquearlo, pero no puedo. Si le ocurriera algo a Encarnita, quiero saberlo, y si no lo bloqueo tengo clarísimo que es por eso.
Sin contestarle a Óscar, mando mensajes a su madre, a Maribel y a Vasile y, después, al grupo del Comando Chuminero, para decirles lo mismo.
Mis amigos rápidamente responden. Leo y Mercedes se quedaron desconsolados en el aeropuerto de Madrid. Fueron a despedirme y se pusieron a llorar y, claro, yo, que soy muy empática, pues lloré también. ¡Vaya tres llorones! ¡Ni que me fuera a la guerra! Aunque, bueno, al final terminamos riendo. Nosotros somos así.
Una vez que salen mis maletones junto a mi guitarra y me cuelgo el trasportín con Tigre a la espalda, me encamino hacia la salida como una mula de carga.
¡Madre mía, qué cargada voy!
Según se abren las puertas, ahí está mi Verónica con una gran sonrisa, junto a Naím, que sonríe también.
¡Qué parejita tan mona! Y qué maravilla que en la vida de mi amiga apareciera una persona tan encantadora y romántica como Naím.
Tras darnos besos y abrazos hasta hartarnos, mis amigos me ayudan con el equipaje y nos dirigimos hacia su vehículo, un todoterreno oscuro, donde metemos los maletones y la guitarra.
—Oye, una cosita… —digo cuando terminamos de cargarlo todo—. ¿Cuándo podré recoger mi moto?
—Espero que no te importe —responde Naím mientras se pone el cinturón de seguridad—, pero he dado la orden de que nos la lleven a mi casa mañana por la mañana.
—¡Genial! —exclamo encantada.
Gustosa y feliz, saco a Tigre del trasportín para que deje de lloriquear. Luego Naím, mirándome por el espejo retrovisor, dice:
—¿Qué te parece si escuchamos un poco a nuestro Carrasco?
Asiento encantada. Entre risas y aplausos abrazo a Naím desde atrás y, cuando comienza a sonar la canción Sabrás de nuestro Manuel Carrasco, los tres, incluida Verónica, empezamos a cantarla a pleno pulmón y yo sonrío feliz, consciente de que vivir en Tenerife será un nuevo comienzo para mí, aunque esa canción me recuerde a Óscar. Desde luego, nadie nunca lo querrá como lo quise yo.
Al llegar a El Sauzal, que es donde viven Verónica y Naím, me sorprendo. ¿En serio viven en este sitio tan bonito y en esa casa tan espectacular?
Sin dar crédito, recorro la casa con Verónica, mientras Naím se encarga de hacer las presentaciones entre Donut, su perro, un golden retriever precioso, y Tigre, el mío.
En un momento dado, cuando estamos en la bonita terraza que da al mar, tomo aire y, observando el rostro feliz de mi amiga, susurro:
—Te veo muy bien.
Verónica asiente. Por un problema que tuvo en el pasado, ella se había cerrado al amor, hasta que apareció Naím. Y, mirando hacia donde él está con los dos perros, murmura:
—Nunca imaginé que pudiera existir alguien tan maravilloso y especial.
Encantada, sonrío; el amor es una maravilla cuando es correspondido. Sacando esa vena romántica que tengo, musito:
—Ojalá algún día yo encuentre quien me bese el corazón de esa manera tan especial.
Mi amiga sonríe. Sabe tan bien como yo que soy una jodida romántica empedernida, y que si algo he deseado siempre ha sido una preciosa historia de amor.
—Si yo lo he encontrado siendo la tía más escéptica del mundo en ese aspecto —dice—, ese alguien especial también aparecerá para ti antes o después.
Ambas sonreímos nuevamente y, cuando le suenan las tripas a Verónica, Naím indica mirándonos:
—Creo que es hora de ir a comer, antes de que la fiera que hay dentro de mi niña salga y nos devore.
Divertidos los tres, tras comprobar que Donut y Tigre no se van a matar, nos montamos de nuevo en el coche y me llevan a un guachinche típico de la zona, donde pido pollo a la brasa y unas berenjenas con miel que…, madre mía, madre mía, ¡qué ricas están!
Durante la comida Naím recibe una llamada.
—Era Liam —comenta cuando cuelga—. Dice que vayamos a su casa sobre las siete. Antes, imposible, pues tiene que resolver un asunto de trabajo. Me ha sugerido que luego podríamos salir a cenar algo los cuatro. Reservará en ese restaurante que tanto te gusta —añade dirigiéndose a Verónica.
Ella asiente, sonríe y, mirándome, cuchichea con mofa:
—Mi cuñado también me mima.
Dicho esto, mi amiga propone ir a otro sitio a comernos un helado, pero uno de esos en copa, con nata, sirope y toda la fantasía que te puedas imaginar. Me llevan a un lugar impresionante, desde donde se ve el mar, a zamparnos unas copas de helado de esas que saben a vacaciones en la playa.
A las siete menos cuarto los tres nos levantamos, nos dirigimos al vehículo de Naím y, entre risas y confidencias, vamos a la casa del que será mi jefe. Tengo ganas de conocerlos a él y al niño.
Durante el trayecto Verónica me va informando de por dónde vamos. Veo un cartel que dice EL SAUZAL, y Verónica me indica que Liam vive también por allí. Callejeando, llegamos hasta una impresionante urbanización de casas de líneas modernas, y cuando Naím para el vehículo soy consciente de algo: ¡yo voy a alojarme aquí!
Emocionada, miro a mi alrededor. Esto no tiene nada que ver con la calle de Madrid en la que vivo. Verónica, que parece leerme el pensamiento, sonríe. Y, bajándose del coche como yo, me coge del brazo y cuchichea:
—Ahora estamos en la playa y tenemos que disfrutarlo.
—¡Ya te digo yo que lo vamos a disfrutar! —afirmo gustosa.
Ambas reímos. En la vida imaginamos que podríamos vivir algo así.
—Mañana he quedado para cenar con Jonay y su chico —dice ella entonces—. Y después iremos a un sitio a bailar salsita. ¿Qué te parece?
—Pues me parece un excelente plan. —Sonrío feliz.
—Por cierto, de mi casa a la tuya hay veinte minutos en coche.
—En moto, doce —aseguro.
Verónica asiente mientras Naím, acercándose a la garita de vigilancia, indica:
—Id entrando. Ahora voy.
Encantada, sigo a Verónica. ¡Estoy flipando! Entonces mi amiga susurra con picardía:
—Ese es Agoney, el vigilante privado de esta zona.
Sorprendida, miro al hombre. Alto. Canoso. Con cara de mala leche…
—Agoney fue quien informó a Liam de lo que hacía la primera niñera —murmura a continuación.
—¿La que metía hombres en la casa?
Mi amiga asiente y yo tomo nota. Como se suele decir, ¡la información es poder!
Después de que Verónica llame al portero automático, la portezuela se abre y, al entrar, veo un magnífico y cuidado jardín y a un señor cortando el césped. Madre mía, qué maravilla.
—Ahí viene Pepa —dice mi amiga.
Al mirar, veo una preciosa golden retriever como Donut que corre hacia nosotras. Su ímpetu es tremendo, y Verónica exclama divertida:
—¡Esta loca nos tirará!
Estoy mirándola cuando veo que aparece otro retriever con la misma impulsividad y, con gesto de «vamos a salir rodando como albóndigas», pregunto:
—¿Y el otro quién es?
Pepe —dice Verónica—. Son hermanos de Donut.
Los perros nos alcanzan y comienzan a saltarnos por todos lados, mientras nosotras reímos y los saludamos. Los animales se vuelven locos con los saludos y, como era de esperar, terminamos por el suelo muertas de la risa por la efusividad de aquellos, que nos llenan de lametazos, hasta que oímos un silbido y que alguien exclama «¡Quietos!», y los perros se paran en seco y se sientan.
Montando un buen escándalo, Verónica y yo nos revolcamos a carcajadas en el suelo hasta que Naím entra en la propiedad y, mirándonos divertido mientras escupimos el césped recién cortado, exclama:
—A ver si controlas un poquito a tus perros, Liam…
Según oigo ese nombre, aún en el suelo, miro hacia la derecha y entonces lo veo en vivo y en directo. ¡Madre mía…, qué pedazo de tío!
Capítulo 5
A escasos pasos de nosotros está el hombre más interesante e impresionante que he visto en mi vida. ¿Ese es Liam? ¿Mi jefe?
Mientras me saco unas briznas de césped de la boca, lo observo: alto, pelo claro muy corto y unos labios que… ¡Por Dios, qué labios tiene!
Mi corazón se acelera. Yo me acelero. ¿Qué me ocurre, si a mí me van los morenos de toda la vida? ¡Ni que nunca hubiera visto a hombres nórdicos e impresionantes!
Intento centrarme. Ser consciente de qué hago aquí y por qué, pero no puedo. Mis ojos solo tienen ojos para él. Y sonrío al ver que va impoluto, vestido con un traje gris marengo y una camisa blanca. ¡Qué elegante…, pero qué aburrido también!
Mientras observo cómo Naím saluda a su hermano, me levanto junto a Verónica del suelo y, acercándome hasta aquel, que me mira con curiosidad, me limpio las manos en los vaqueros para quitarme los cachitos de césped y, tras tenderle una, consigo decir entre risas:
—Hola, soy Amara, y desde ya te digo que ¡me encantan tus perros!
Según digo eso, él se quita las gafas de sol que lleva y veo su extraño color de ojos. ¡Guauuu, qué mirada de ángel malote tan impresionante!
Recuerdo que Verónica comentó alguna vez que los ojos de su cuñado y de su suegro eran impactantes por su heterocromía parcial. Y, sí, lo son. Tener el ojo derecho mitad azul, mitad marrón no es lo normal, y reconozco que todo él me deja impactada.
Acto seguido, tras mirar mi mano con trocitos de césped pegados, y sin tocarla, él suelta con sequedad:
—Liam Acosta.
«Vaya…, con apellido y todo que me lo dice», pienso divertida.
—Liam, lo de Pepa y Pepe ¡es demasiado! Mira cómo vamos de césped y babas —oigo que dice Verónica divertida.
El aludido por fin sonríe. Madre mía, qué preciosa sonrisa tiene. Y, tras mirarme, responde dirigiéndose a mi amiga:
—Vamos dentro para que podáis lavaros.
Dicho esto, da media vuelta y, junto a Naím, camina hacia la preciosa casa.
Verónica se acerca entonces a mí y yo susurro:
—Oye, una cosita…


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