Al Mismo Compás de Maite Figueroa

Al Mismo Compás de Maite Figueroa

A compartir, a compartir! Que me quitan los posts!!

***SOLO HOY Y ahora supera mi beso de Megan Maxwell 

Regresa Megan Maxwell con una novela romántico-erótica tan ardiente que se derretirá en tus manos.

Sexo. Familia. Diversión. Locura. Vuelve a soñar con la nueva novela de la autora nacional más vendida...

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Al Mismo Compás de Maite Figueroa

Quería preparar la cena, pero con la falta de apetito y la inseguridad que tenía por ver a Santino en la noche, después de clases, no se creía capaz de hacer la comida, por el contrario, se consideraba un peligro para hacer cualquier tipo de alimentos. O lo iba a quemar o lo iba a salar o posiblemente, lo iba a condimentar mal. Como aquella vez en que, en vez de sal, le echo azúcar impalpable al estofado y quedó con un sabor bastante raro. Ahora mismo, se imaginaba en un incidente como ese, así que más o menos, buscó un lugar medio decente, que no fuera tampoco demasiado caro para comprar la cena y llevarla a la casa de él. Tenían que hablar. Hacía varios días que lo venía esquivando y él le había reclamado su actuar extraño a causa de esto. Pero no tenía el valor suficiente como para decírselo o siquiera, explicarle que no era por él lo que sucedía, que era ella y que se sentía idiota por no poder expresarlo de manera sencilla. Ingresó a la vivienda y encendió las luces. Pensó que no estaba al ver que no había nada encendido, pero escuchó el piano y se sintió aliviada al pensar que estaba ahí y que podrían hablar rápidamente de todo. O se iba a poner mucho más nerviosa en la espera de que llegar. —Amor, llegué —dijo desde la cocina, dejando la comida en la encimera. La música dejó de sonar y el sonido de sus pasos hizo eco en la casa. Santino sonrió con una alegría que no había visto antes en él al verla. Sus ojos brillaron, por fin veía esa chispa apasionada en sus ojos cuando la miraba y se sabía la dueña de ese sentimiento. Y eso sólo causó un estremecimiento más fuerte y un tirón en la boca del estómago, algo que se reflejó en su rostro, preocupándolo. —¿Te encuentras bien? —se acercó y frotó su espalda, sosteniendo su brazo con su otra mano. Leire asintió e hizo un ademán con la mano restándole importancia. Lo miró a los ojos y lo besó, deslizando sus manos por sus brazos hasta entrelazar sus dedos. Dejó escapar el aire de sus pulmones y se apoyó contra su pecho. Sabía que ese era el momento para hablar, pero se le acababa de escapar el valor del cuerpo y no sabía cómo hacer para retomarlo. Inspiró profundo y se separó de él, tomándolo de la mano. —Tengo algo qué decirte.

Hubo silencio, uno de esos abrumadores, al punto que él también se sintió tenso por el tono que acababa de usar Leire. Ella no era así, era una mujer animada, alegre y con una curiosidad que desbordaba a cualquiera. No se contenía cuando se emocionaba y cuando quería algo, lo conseguía, aunque fuera un poco torpe para hacerlo. Ahora, no se parecía nada a esa mujer. Taciturna, distante, poco habladora ¡eso último lo tenía mal! Ella hablaba hasta por los codos y ahora, se veían envueltos en constantes silencios que lo ponían inquieto. Se sentaron uno frente al otro. Ella siguió sin soltar su mano, en ningún momento, como si sintiera que, al hacerlo, iba a perderlo. Santino notó esa inquietud y aprisionó su mano entre las suyas, llevándola hasta sus labios y dándole un beso en el dorso. —¿Qué es lo que quieres decirme?

Leire lo supo entonces. No había forma sencilla de hacerlo, así que sólo lo mandó: —Me iré por año y medio del país.

Cerró los ojos, los apretó hasta que le dolieron. No podía ver la cara de tristeza, de malestar que él tendría por eso. Ciertamente, lo que ella menos esperó fue lo que pasó: la estrechó entre sus brazos con tal fuerza que rompió algo en ella: justo todos esos sentimientos que ella había estado albergando con tanto pesar, explotaron en ese abrazo y lloró en sus brazos. Él no dijo nada. La consoló silenciosamente hasta que se desahogó por completo, secando sus lágrimas con las yemas de sus dedos. Y cuando finalmente lo miró, estaba con los ojos hinchados, la nariz roja y la voz ronca por el llanto. —Te amo y lo que menos quiero, es marcharme. Pero es una oportunidad única. La banda podría tener carrera con la música y… No es como si no fuéramos a vernos más. sino que… debo hacerlo. Es decir ¿Cuántas veces hay oportunidad de un contrato de este calibre? —concluyó Leire más que abatida. Sabía que tenía que tomar una decisión: el amor o su futuro. Si bien, como se había dicho antes, iba a ser sólo temporal, quién sabía qué es lo que iba a pasar con ellos una vez la distancia se metiera de por medio. Iban tan bien porque se veían a diario, estaban juntos cada vez que podían. Pero ahora… iba a ser mucho más tiempo el que pasarían solos, sin poder verse y tampoco sabía cómo es que iba a ser su horario, pero, de todas formas, ella prometió hablarlo a diario. Lo que menos quería era perder lo que tenían, aunque tuviera que tomar una decisión sí o sí. —Lo entiendo, Leire. Está bien. Debes hacerlo —dijo él abrazándola de nuevo. Acarició su espalda al tiempo que ella intentaba asimilar las palabras que acababa de decirle, apoyó sus manos en el pecho de su novio, guardando las distancias. —¿Lo dices de verdad? ¿Quieres que lo haga? Él asintió, no tenía mucho más qué decir. —Leire —acarició su mejilla, manteniendo su mano contra su piel mientras su pulgar se movía en suaves caricias por su rostro. Ella se dejó llevar por ese sentimiento de tranquilidad que le infundía. Esa era una de las cosas que más adoraba de estar con él. la calma que él le transmitía, la confianza, nada de eso lo había sentido con nadie y no quería dejar de sentirlo tampoco. Quería un futuro con su banda.

Quería un futuro con Santino.

¿Cómo es que podía hacer que ambos caminos que eran tan diferentes se cruzaran en un punto? Aun no lo sabía y no estaba segura de averiguarlo esa noche. —Leire —repitió su nombre— tú tienes que hacer lo que creas correcto. Yo hice lo que me gusta, me dedico a lo que amo y he conocido a una mujer increíble gracias a eso —ella agachó la mirada, su cabelló cayó sobre su rostro y él hizo que lo levantara para poder verla mejor, volviéndola a peinar con los dedos dejando despejado su rostro una vez. No le importaba en lo más mínimo que hubiese estado llorando, para él, se seguía viendo hermosa, aun con los rastros de las lágrimas en sus mejillas— yo no quiero ser eso que se interpone entre tus sueños. Si tienes que seguir, hazlo. Como dijiste, es una oportunidad de una sola vez en la vida. Y realmente, me molestaría mucho contigo si renunciaras sólo por no verme un tiempo. —¿Y nosotros?

—Estaremos bien. Podremos seguir viéndonos y llamándonos, no es como que fueras a desaparecer del planeta —bromeó y fue la primera risa que escuchó esa noche. Se tomó un momento, acomodó su cabello y se echó aire con las manos antes de entrelazar las de él con las propias. Las miró y las acarició con sus dedos, tragó saliva, tenía la boca reseca, pero no era momento de levantarse por un poco de agua: aún tenían cosas que arreglar con él. —Santino. Este tiempo que he estado contigo ha sido maravilloso. Yo… estoy locamente enamorada de ti. Te amo. Y si hay alguien con quien quiero intentarlo a pesar de las distancias, es contigo ¿me esperaras? Su declaración fue un golpe de felicidad que quedó impreso en el rostro de él. la tomó de la cintura y haciendo un rápido movimiento que provocó un grito en ella, quedó sentada obre su regazo. —Te esperaré el tiempo que haga falta —susurró contra sus labios antes de probarlos con suma lentitud, los fue mordiendo con suavidad y los estiró entre sus dientes. Leire lo rodeó por el cuello y cuando se separaron, la acunó contra él, quedándose así un largo rato. —¿Sabes? Traje la cena… que ya debe estar fría ¿Comemos algo? No hubo más que hablar de decisiones difíciles. Leire se sentía arrepentida de no haber hablado con él mucho más antes, que sentía que habría hecho mucho más sencillo todos esos días y podría haber disfrutado muchísimo más el tiempo con él, lo que les quedaba antes de irse.

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