Bebé a bordo de Emma Winter

Bebé a bordo de Emma Winter

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Darikson conoció a Lilith en una situación del todo surrealista.
Se encontraron una noche en la que lo más importante era el deseo primitivo que sintieron… a pesar de no estar solos. Ambos fueron parte de un trío desenfrenado y lleno de pasión.
Disfrutaron del sexo, las caricias y una magia difícil de explicar y luego cada uno siguió su camino, pensando que no volverían a verse.
El problema es que la vida, a veces, tiene otros planes y, siete meses después de haber tenido el mejor sexo de su vida, Lilith aparece en casa de Darikson embarazada y con la noticia de que va a ser padre.
La pregunta es: ¿Podrán dejar a un lado el pasado para formar una familia?
Y más importante aún: ¿Serán capaces de volver a crear la magia que ya sintieron esa noche?


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3 respuestas a «Bebé a bordo de Emma Winter»

  1. 1
    Darikson
    Darikson abrió la puerta de su apartamento después de meditar unos segundos e imaginar qué iba a encontrarse. No lo sabía, no tenía ni idea, pero no podía quedarse allí como un tonto imaginando algo que tendría que descubrir antes o después. 
    Empujó la puerta, entró y se dirigió al salón, pequeño pero funcional, donde lo encontró todo impoluto. No era nada raro, pese a vivir solo, Darikson era ordenado y le gustaba mantener la limpieza de su casa al día. Era del pensamiento de que un espacio ordenado era el reflejo de una vida ordenada. Y seguía pensándolo, aunque todo hubiera dado un giro radical y su vida en aquellos instantes fuera de todo, menos ordenada.
    Acababa de llegar de una misión como seguridad un tanto personal, pues había ayudado a su colega y mejor amigo, Alexander, a salvar a su chica, Candy, de un acosador que llevaba amenazándola un tiempo. Podía parecer que la situación no era tan especial, pero es que ella era una de las actrices más aclamadas en Hollywood en aquellos tiempos, y eso lo complicaba todo irremediablemente. 
    Se adentró por el pasillo con suelo de parqué que él mismo había pagado. Vivía de alquiler, pero no le importaba gastar dinero en mejorar el entorno donde se encontraba y ya llevaba años allí. Su casera era una mujer mayor que vivía justamente en el piso de enfrente y que a menudo le hacía regalos en agradecimiento por cuidar tan bien de la propiedad. Para Darikson aquello era un hecho inaudito en una ciudad como Nueva York, conocida porque todo el mundo iba a lo suyo sin pararse a pensar en los vecinos.  
    El piso era cómodo y bonito, tenía dos habitaciones, salón unido a la cocina y un pequeño balcón con escaleras de incendio al que salía cuando sentía que el estrés lo superaba. No era lujoso, ni extremadamente grande, pero era su hogar y siempre le había parecido suficiente. Se asomó a una habitación, la de invitados, y encontró a Lilith dormida plácidamente sobre el colchón. Contuvo un suspiro, mitad de sorpresa y mitad de incredulidad. Su belleza siempre había sido capaz de paralizarlo. Parecía una princesa de pelo moreno y ojos azules y enormes. Ella respiraba suavemente de costado y una de sus manos se apoyaba en ese punto que Darikson no podía dejar de mirar en su presencia. Su vientre embarazado de… su hija. Allí dentro estaba su hija y él todavía no podía hacerse a la idea, pero se había marchado apenas unos días y le parecía que el vientre estaba más grande. 
    Su amigo Alexander le había preguntado cuánto le faltaba a Lilith para parir y él no había sabido responder, aunque más tarde sí que hizo cuentas. Se sintió idiota, pero intentó convencerse de que estaba viviendo una situación excepcional. Lilith se había plantado en la puerta de su casa unas semanas atrás embarazada, muy embarazada, y confesándole que él era el padre. Debería creerla, porque las fechas cuadraban perfectamente, pero era todo muchísimo más complicado que eso. 
    La conoció en el Club Paradise, en el que Darikson trabajaba. Bueno, realmente él no trabajaba para el club, sino como guardaespaldas principal de su dueño, Katriel Horowitz. 
    La vida al lado de Katriel no era fácil. Tenía un año más que él y una fortuna conseguida por un golpe de suerte y un conocimiento extraordinario de la bolsa. Katriel era judío y había abandonado su comunidad unos años atrás decidido a no dejarse comer por una religión que lo asfixió desde que tuvo un poco de conocimiento, según él mismo contaba. Darikson era su guardaespaldas porque, con esa decisión, se había ganado muchos enemigos, pero no fue nada comparado a lo que vino después, cuando decidió llevar una vida llena de lujos, mujeres, excesos y, en definitiva, todo lo que su religión prohibía o veía con malos ojos. 
    A ojos de Darikson, Katriel era un gran hombre con una personalidad arrolladora, aunque mucha gente lo odiara. El problema era que meses atrás se había dejado llevar por esa personalidad. No era la primera vez que Katriel lo trataba más como un amigo que como a un trabajador. Habían alcanzado una especie de intimidad que Darikson no había experimentado nunca. Normalmente hacía su trabajo sin inmiscuirse lo más mínimo en lo personal, pero Katriel rompió todas las barreras aquella noche.
    La noche que Lilith apareció en sus vidas ellos estaban en el club. Katriel iba muy pasado, y no solo de bebida. El propio Darikson lo había visto drogarse al inicio de la noche. El descontrol estaba servido casi desde el principio y cuando Lilith apareció ya era de madrugada. Darikson no había creído jamás en leyendas o fantasías, pero cuando la vio… sintió que algo en su interior se congelaba. No podía explicarlo de otro modo. Era increíblemente bonita, de una belleza etérea. Preciosa. Perfecta. Su largo cabello oscuro, sus ojos azules, sus labios hinchados y rojos evocaban todo tipo de placeres prohibidos y, para su desgracia, su jefe pudo verlo igual que él. Katriel la invitó al reservado en cuanto la vio y, pasadas dos horas, la invitó a subir al despacho asegurándole una vista de 360 grados del Club. Era cierto, el despacho estaba encima de una torre que se construyó en el centro del Club, en una cúpula de cristal. Katriel podía ver todo lo que ocurría, pero desde fuera no se veía nada. Darikson sabía bien lo mucho que le ponía a Katriel follar con mujeres en aquella cúpula, se sentía el jodido rey del mundo teniendo sexo y mirando el imperio que había creado, sabiendo que desde fuera no podían verlo, aunque lo pareciera. 
    Apenas unos minutos después de entrar en la cúpula, Katriel y Lilith se besaban con desenfreno. Darikson se preparó para abandonar la estancia para dejarles privacidad, pero también porque algo ardía fuertemente en su pecho al ver a Lilith en brazos de su jefe. Y fue en ese momento, cuando ya se iba, cuando Katriel lo frenó. 
    —Espera, Darikson, esta preciosidad me ha confesado algo inusual… —Darikson se giró con el ceño fruncido y reparó en la sonrisa traviesa de Lilith—. Ella te quiere aquí. 
    —¿Aquí? —preguntó Darikson con un murmullo incrédulo—. ¿Mirando? 
    La pregunta era algo impertinente, pero el modo en que ella lo miraba lo tenía completamente desconcertado. Era como si quisiera comérselo con los ojos… y algo más. En aquel instante ella se acercó al oído de Katriel y susurró algo que hizo que su jefe soltara una estruendosa carcajada.
    —Al parecer, no quiere que te limites a mirar. —Darikson no contestó. La impresión no le permitía decir una palabra y era un hombre difícil de impresionar. En cambio, Katriel parecía estar pasándolo en grande—. En realidad, es una de las cosas que me faltan por tachar en mi lista. ¿Qué me dices, Darikson? ¿Te unes? 
    Darikson no sabía de qué lista hablaba su jefe. Solo sabía que Katriel debió de haberse drogado más de la cuenta, porque estaba ofreciéndole…
    No, era imposible.
    Miró a Lilith y su polla se alzó dura como el hierro en solo un segundo. Ella era la cara y el cuerpo de todas sus fantasías. Sus deseos más oscuros tenían aquellos labios como protagonistas. Era una puta locura, pero así es como se sentía. Y cuando ella sonrió, Darikson supo que estaba perdido.  

  2. 2
    Darikson
    Aquella noche
    —¿Estás segura de esto? —preguntó Darikson subiendo a la cama redonda en la que Lilith y su jefe se acababan de tumbar. 
    —Te quiero aquí —dijo ella en un tono sugerente que no hizo sino endurecer más la polla de Darikson. 
    Miró a su jefe y se preguntó si sería capaz. ¿Podría acostarse con ella… y con él? A Darikson no le gustaban los hombres, lo tenía claro, no quería que él lo tocara, ni tocarlo, y tenía dudas de que pudiera llevarse a cabo un trío sin que hubiera un mínimo roce, pero antes de poder echarse atrás, Katriel tomó el mando de la situación.
    —Venga, Darikson, deja de pensar como un mojigato.
    —No estoy pensando como un…
    —Claro que sí, te veo las ideas. Soy tu jefe, ahora mismo estás cobrando por protegerme y además tienes la oportunidad de follarte a esta preciosidad. ¿Vas a pararte a pensarlo mucho más? 
    Darikson miró a Lilith, que se arrodilló en la cama, frente a él, y jugó con el borde de su camiseta mientras se mordía el labio. Darikson pensó que lo desnudaría, pero Lilith fue directa al grano para dejarlo KO y apagar su conciencia definitivamente. Acarició su polla sobre el pantalón, se relamió y Darikson supo que estaba perdido. Haría cualquier cosa por meter su polla en ella, por ponérsela en los labios, entre los pechos y en… 
    —Eso es, nena. Sácale la polla y demuéstrale de qué eres capaz. 
    Las palabras de Katriel deberían haber roto su excitación, pero por el contrario, de un modo extraño consiguió calentarlo más. Sí, quería que ella hiciera caso a aquello. Quizás porque sabía que Katriel pediría cosas que él deseaba, pero, dada su situación, no pediría. O quizás por el morbo que suponía ser consciente de que eran tres en aquella cama. 
    En cualquier caso, Lilith obedeció de inmediato. No soltó el botón de su pantalón, sino que bajó la cremallera y se las ingenió para sacar su polla, dura y lista, a través de ella. Era una visión jodidamente excitante, pero fue aún más intenso cuando ella lo acarició con suavidad, esparciendo el líquido preseminal que ya tenía en el glande por todo el tronco y sacó sus testículos también fuera, acariciándolos. 
    —Joder, amiguito, menuda polla gastas —dijo Katriel entonces, desconcentrándolo. 
    Miró a su jefe, que se las había ingeniado para desnudarse por completo mientras Lilith jugaba con su bragueta. Irremediablemente miró entre sus piernas y luego a Lilith, que también lo miraba justo ahí.
    —No tienes nada que envidiarme —admitió Darikson. 
    Katriel rio, se dio un tirón en la polla con la mano y cogió la mano libre de Lilith. 
    —Ven, preciosa, dame un poquito de eso que le das a él. 
    Lilith parecía extasiada. Los acarició a los dos, pero después de unos minutos Darikson fue consciente de que las caricias que dedicaba a su polla eran más intensas. Se esforzaba más, y no era ninguna imaginación suya. Lilith los pajeaba a ambos pero empleaba mucho más los cambios de ritmo, presión y caricias en él que en Katriel. Su jefe no parecía darse cuenta, porque tenía los ojos cerrados y movía las caderas al compás de las caricias de ella. 
    —¿Qué tal si ahora lo haces más interesante? —preguntó abriendo los ojos.
    El corazón de Darikson se detuvo un instante, expectante. Lilith lo entendió perfectamente, sonrió con las mejillas ruborizadas, aparentemente encantada con aquella idea y les pidió que se pusieran uno al lado del otro. Darikson no sabía cómo sentirse al tumbarse en la cama al lado de su jefe, pero sabía que no quería seguir vestido, así que aprovechó para desnudarse y volvió a la cama. La boca de Lilith engulló primero la polla de Katriel, que gimió y le agarró el pelo de un modo que hizo crecer la bola de furia del estómago de Darikson. Estaba excitado, sí, pero quería a Lilith solo para él. No podía negar que había algo excitante en verla tragarse aquella polla pero, maldita sea, quería que fuera su polla la única que se tragara. Quería devolverle el favor él y odiaba la simple idea de que Katriel pusiera la lengua entre sus muslos. Quizás por eso se adelantó, arriesgándose a perderse la mamada. Se colocó detrás de Lilith, que estaba a cuatro patas, separó sus muslos, se tumbó en la cama y metió su lengua entre sus pliegues sin pararse a pensarlo mucho. Lilith se lo agradeció con un gemido que hizo que su polla se aplastara contra el colchón, dolorida y dura como pocas veces en su vida. 
    Darikson no supo cuánto tiempo estuvo así, tampoco le importaba, porque adoraba su sabor, pero en algún momento Katriel gruñó y agarró más fuerte a Lilith. 
    —Joder, me vas a hacer correr. Abre la boca bien, nena, quiero que te lo tragues. 
    Darikson sintió la furia, no quería que se corriera en su boca pero era muy consciente de que no podía exigir nada. Eso sí, si Katriel iba a correrse, él se encargaría de que no fuera el único. Metió un dedo en el interior de Lilith. Un interior que lo recibió maravillosamente húmedo y anhelante. Tanto que metió un segundo dedo enseguida. Atrapó su clítoris con los labios y succionó hasta que Lilith echó hacia atrás el trasero, intentando aumentar la presión. Darikson supo el momento exacto en que Katriel se corrió en la boca de Lilith, igual que supo el momento exacto en que ella se derramó sobre su lengua. Se aferró a los cachetes de su precioso trasero y siguió chupando y sorbiendo cada jugo que salía de aquel maravilloso cuerpo. Cuando Lilith no pudo más, se dejó caer en el colchón, girándose de costado y buscándolo con la mirada.
    Había excitación en sus ojos, sí, pero también algo más: agradecimiento. Él se había encargado de que ella también gozara y ella lo sabía. 
    —Joder, necesito una ducha y una copa —fueron las palabras de Katriel para romper, una vez más, el momento. 
    Se levantó de la cama, se alejó hacia el baño y Darikson oyó el agua activarse en el mismo instante en que sintió que Lilith se acercaba a él a cuatro patas.
    —Te toca…
    Darikson se relamió. Joder, sí, por fin. 
    Se tumbó boca arriba en la cama, pensando que Lilith le haría sexo oral, pero estaba completamente equivocado. Ella gateó por su cuerpo como si de un felino se tratase y Darikson pensó que podría morir en aquel instante y lo haría feliz, porque la mujer más bella del mundo estaba sobre él. Entonces ella acarició su espesa barba con las yemas de los dedos y se acercó a él, dejando sus bocas a escasos centímetros.
    —Sé que acaba de correrse en mi boca, pero mentiría si dijera que no me muero por besarte desde que te vi. 
    Su confesión lo pilló completamente desprevenido, pero Darikson no lo pensó. Él no la agarró del pelo, como hizo Katriel, sino que pasó una mano por detrás de su nuca, bajo su cabeza y la acercó hasta su boca. Le importaba una mierda lo que hubiera hecho antes. Necesitaba besarla. Necesitaba… todo de ella. Todo lo que pudiera lograr. 
    Quizás por eso no le importó una mierda que Lilith se restregara contra su polla, aun cuando él no tenía condón. Por primera vez en su vida fue un puto irresponsable, porque cuando ella se colocó su polla en la entrada y empujó, encajándose, Darikson solo pudo pensar en lo jodidamente bueno que era aquello y en que no todo el mundo tenía la suerte de conocer el paraíso en vida. Era ella, joder, era ella y lo único que quería era sentirla más, por eso sus manos pasaron a sus caderas y la bajaron con intensidad, dejándole claro lo que quería. Lilith gimió, se movió y su polla se encontró completamente enterrada en su cuerpo. 
    Aquello era el puto Nirvana. 
    Lo folló fuerte, rápido, como si ambos supieran que no tenían mucho tiempo porque Katriel volvería y les quitaría aquella intimidad. Se besaron, se mordieron los labios y Darikson se permitió amasar y acariciar sus preciosos pechos. La separó de él para mirarla a los ojos y ella lo entendió como un pequeño rechazo.
    —No lo pares ahora —suplicó en tono bajo para que no los oyera Katriel—. Por favor…
    —Jamás. No podría ni aunque quisiera, nena. Joder, así, fóllame más fuerte. 
    —Estoy a punto de correrme —gimió ella.
    Darikson no necesitó más para coger sus caderas y moverla de modo que su clítoris se frotara contra su propio pubis. La sensación fue tan buena que sus huevos se tensaron, listos para llegar al orgasmo, pero no pensaba permitirlo. Primero, ella. Lilith pareció entenderlo, porque se arqueó buscando su propio orgasmo y cuando sintió sus paredes vaginales apretar su polla Darikson no pensó. Se olvidó de todo, salvo de enterrarse en ella tan hondo como pudiera y eso hizo: alzó las caderas, se clavó en su interior y se corrió con un rugido que le hizo sentir más animal que humano. 
    Lilith lo abrazó, besó sus labios con dulzura y, cuando Katriel salió de la ducha, sonrió, aparentemente satisfecho con lo que veía.
    —Tío, no sabes cómo me alegra que estés aquí, porque no habría podido follarla bien. Estoy muerto. 
    Para sorpresa y regocijo de Darikson, Katriel se tumbó en la cama, cerró los ojos y se quedó dormido en apenas unos segundos. Joder, él aún tenía a Lilith sobre él. 
    Fue entonces cuando se percató de lo que había hecho. Fue cuando ella se levantó, con su semen chorreándole entre los muslos, cuando fue consciente. 
    —Tranquilo —susurró—. Estoy limpia. 
    —¿Tomas la píldora? —preguntó él. 
    —No estoy en mis días fértiles. 
    —¿Seguro? —preguntó Darikson, preocupado por las consecuencias de lo ocurrido.
    —Seguro —sonrió ella—. Mi ciclo está a punto de empezar. Es prácticamente imposible que me quede… ya sabes.
    La vergüenza que pareció envolverla mientras se vestía enterneció a Darikson, que se levantó de la cama, caminó hacia ella y le quitó el vestido de las manos.
    —Date una ducha antes —susurró—. Has sudado mucho —Sonrió de medio lado y se alegró de ser capaz de ponerla nerviosa con ese gesto—. Vamos.
    La guio hacia la ducha y allí, entre chorros de agua, y aun sabiendo que lo que habían hecho estaba mal, la masturbó, provocando que su polla recuperara el vigor, la alzó en brazos y decidió que, una vez que uno hacía una locura, tenía que hacerla hasta el final. Se introdujo en su cuerpo y la folló de un modo que sabía que no olvidaría nunca. Joder, necesitaba más de ella. Era como una droga y Darikson apenas podía esperar para conseguir su número y explorar junto a ella aquella química tan brutal. Lilith parecía pensar lo mismo, porque lo besaba con dulzura y ganas, como si no quisiera que aquello acabara. 
    Esta vez, en cambio, cuando estuvo a punto de correrse y ella lo notó hizo que la bajara, se arrodilló y, ante la cara de sorpresa y satisfacción máxima de Darikson le hizo el mejor sexo oral de su puta vida. Se corrió entre sus labios, temblando y susurrando su nombre, y cuando se hubo vaciado por completo la alzó, la besó suavemente y permitió que saliera primero para secarse y vestirse.
    Él necesitaba unos instantes. Aquello había sido demasiado.
    Demasiado intenso. Demasiado excitante. Demasiado placentero. Su polla estaba flácida por tanto ejercicio, pero estaba seguro de que, en cuanto durmiera un poco y comiera, estaría lista para un nuevo asalto. Solo necesitaba comprar una caja de condones y asegurarse de hacer las cosas bien de ahí en adelante. 
    Salió del baño con la determinación de hacer partícipe a Lilith de sus planes, pero se encontró con una nueva sorpresa: se había ido. 
    Darikson se vistió a toda prisa, bajó de la torre y la buscó por todas partes, pero era inútil. El club estaba a reventar de gente y, si ella se había marchado de ese modo, era porque tenía claro que no quería volver a verlo.
    Darikson sintió algo en el pecho: ¿Dolor? 
    No, no podía ser. 
    Seguramente solo eran los restos de excitación y lo mucho que le jodía perder a una mujer que se entregaba así en el sexo.
    Se olvidaría de ella en cuestión de días, estaba seguro. 

  3. 3
    Darikson
    Presente
    Observó a Lilith dormir durante tanto tiempo que, cuando consiguió salir del trance y dejar de recordar el pasado, temió que ella se despertara y lo pillara allí, mirándola como un acosador. Salió de nuevo al pasillo y se metió en el baño para darse una ducha. 
    Todavía le costaba aceptar el hecho de que Lilith había aparecido siete meses después de aquella noche con una barriga de embarazada y asegurando que el bebé era de él. A Darikson aquello le supuso un conflicto interno. Katriel le había dicho pocos días después de pasar aquella noche que se había follado a Lilith en su apartamento y había sido aún mejor que la primera vez, pero Darikson nunca supo si fue real o fruto de lo pasado que iba el día que se lo dijo. 
    Aquella noche, desde luego, el único que se corrió en su interior fue él. Tenía que preguntarle a su jefe por todo aquello, pero es que hacerlo supondría desvelar que Lilith estaba de vuelta y embarazada, y aunque fuera lógico, no estaba listo para eso. En realidad, no sabía si tenía más miedo de que Katriel quisiera repetir con ella o de que se descubriera que era cierto lo que decía y había conseguido acostarse con ella después. Pensar en Lilith con él le removía el estómago. Ella aseguraba que solo había estado con él y él quería creerla, pero ya se había largado una vez. No se conocían. Lo cierto era que no se conocían y lo poco que lo habían hecho las cosas no habían salido según lo esperado. Primero le aseguró que no había riesgo de embarazo y luego se largó, cuando él contaba con volver a disfrutar con ella. 
    Lo segundo era pasable, pero lo primero… para lo primero todavía no tenía palabras. Lilith aseguraba que su ciclo estaba a punto de empezar y aquello no tenía que haber ocurrido, pero Darikson no había estado especialmente comunicativo y luego Alexander llamó pidiendo su ayuda, así que todo se complicó. Ahora estaba de vuelta y sabía que tenía que afrontar aquella situación de una vez por todas. Su hija nacería en un mes y medio y Darikson no podía permitir que viniera al mundo sin que él tuviera claras sus prioridades. 
    En el peor de los casos, se haría una prueba de paternidad, resultaría no ser el padre y Lilith volvería a marcharse. En el peor de los casos porque él no quería eso. 
    Era una locura, pero quería que ese bebé fuera suyo. Quería que… maldita sea, quería que Lilith fuera suya, no como una propiedad, sino que estuviera allí con él porque quería. Quería hablar con ella, decirle que no había podido quitársela de la cabeza desde que estuvieron juntos y que la creía, pero no podía ser hipócrita. Por mucho que se convenciera de que todo lo que ella decía era cierto, había fantasmas que aguardaban y esperaban asaltarlo en cuanto se descuidaba, normalmente por las noches cuando intentaba dormir.
    Tenía que tomar una decisión con respecto a su comportamiento y acatarla, pero era complicado. 
    Recorrió el camino de nuevo hasta el pasillo y la miró embelesado. Joder, él pensaba que ella no podría estar más bonita que aquella noche, pero se equivocaba. Verla embarazada era aún más hipnótico. 
    Definitivamente tenía que hacer algo al respecto y, aunque le jodiera, porque no quería hacer aquello, era hora de dar algún paso, de modo que salió del apartamento y fue al Club Paradise en busca de su jefe. Teóricamente él comenzaba a trabajar al día siguiente, porque había pedido varios días de asuntos personales. Sabía que Katriel se quedaba con personas cualificadas a su alrededor que lo protegerían del mismo modo que él, pero también sabía que, por alguna razón, Katriel confiaba más en él que en nadie. 
    Al menos, que él supiera, nunca había compartido cama con otros guardaespaldas. 
    El pensamiento llegó con fuerza y Darikson lo desterró con vehemencia. Entró en el club, preguntó directamente por él y le dijeron que estaba en la torre. De camino hacia allí saludó a varios compañeros y trabajadores de allí y, una vez arriba, cuando tocó con los nudillos en la puerta, se preparó para la oleada de sentimientos que lo invadían cada vez que volvía a pisar aquel lugar. 
    La puerta se abrió y Darikson vio a Luc, uno de sus compañeros. 

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