Bésame cuando caiga la nieve de Sarah Jane Rose

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Ella ha perdido todo. ¿Le devolverá él la esperanza?


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  1. Capítulo 1 Nieve
    Las luces parpadeaban furiosas, la confundían dejándola fuera de juego y no era capaz de saber qué era lo que en realidad ocurría. Su padre, sobre la camilla manchada de sangre, era atendido a toda prisa entre ruidos metálicos, sirenas y los gritos de los que, como ella, se encontraban sumergidos en esa vorágine de horror que la mareaba.          
    Todo a su alrededor era caótico; un extraño vínculo de circunstancias que se habían puesto en su contra. No recordaba apenas nada, miraba sin poder apartar los ojos de los vehículos amontonados unos sobre otros, utilitarios, ambulancias, coches de  bomberos y policía.            
    Permanecía cerca de su coche, su padre, inconsciente, no hubiese podido salir de allí sin ayuda. Una manos firmes la habían alejado de la escena, otras le habían colocado una manta azul rugosa sobre los hombros porque al parecer tiritaba aunque ella no lo notaba.             
    Observaba, sin poder moverse ni ayudar,  cómo los bomberos trabajaban arrancando la puerta que había quedado plegada sobre sí misma y sacaban a su padre de su ataúd  metálico. Quería preguntar si estaba bien, si todavía seguía con vida, pero le asustaba que la respuesta fuese que no, así que  dejó trabajar a los hombres que sin descanso trataban de aliviar el espectáculo atroz que en un momento se había desatado sin decir nada. Nieve. Solo podía concentrarse en los copos que caían con suavidad y sin cesar sobre todo, sobre ella.           
    Cuando su padre estuvo fuera cambió de manos tan rápido que apenas lo percibió. Le hablaron, aunque no era capaz de recordar qué era lo que  le habían dicho, y, después, la subieron a la ambulancia junto a su progenitor.            
    La carretera se volvió un borrón gris interrumpido, de vez en cuando, por las luces verdes y rojas de los semáforos hasta que por fin se detuvieron en el hospital. Bajaron a su padre a toda prisa y ella los siguió como una autómata, sin  estar allí en realidad. Sus pies pisaban el suelo blanco con vetas marrones, sin embargo su mente estaba perdida en una nebulosa de la que no lograba salir. Por  más que cerraba los ojos, para aislarse y tratar de recordar, no era capaz de conseguirlo… Tan solo sentía su sangre caliente manchando su rostro y pegada a su cabello rojizo.           
    Todos en el hospital trabajan a una velocidad asombrosa y entre el barullo y el estado de shock en el que se encontraba, no podía chillar o llorar como en realidad deseaba hacerlo; con todas sus fuerzas.             
    Gritar hasta sentir que sus pulmones se rasgaban y su cuerdas vocales se desgastaban. Sin embargo, permanecía inmóvil siendo zarandeada de un lado a otro por el personal sanitario que la mecía a su paso, como si fuese un barco sin ancla en mitad de una tormenta, llevándola a un lado y otro del pasillo de paredes verdes desteñidas.       
    Las sirenas se sucedían, llegaban sin descanso hasta la puerta de emergencias. Las escuchaba, pero no podía apartar la vista de la camilla donde yacía su padre.     —Señorita, ¿se encuentra bien? —escuchó de repente la voz de un hombre que la miraba y tocaba su cuerpo para comprobar su estado.           
    Ella alzó la mirada y se topó con unos grandes ojos marrones que la miraban preocupados y, en ese instante, supo que no estaba bien.          
    Se llevó una de sus temblorosas manos a la boca liberando al fin el llanto que ansiaba sacudir su cuerpo dolorido y con la visión de esos ojos pardos, todo se desvaneció a su alrededor.               
    El ruido metálico de las camillas, chirriando por los pasillos, la hizo regresar al presente. Se sentía aterida por el frío y, al tratar de moverse, un latigazo agudo atravesó su cuerpo arrancándole un aullido.           
    Las imágenes de lo sucedido acudieron a su mente en ráfagas dolorosas que la obligaron a cerrar sus ojos de nuevo para contener el dolor dentro, ese pesar que deseaba escapar a toda costa. No era posible… Su padre… ¿Dónde estaba su padre? ¿Estaría bien?             
    El olor a sangre todavía le rondaba bajo la nariz y la arrugó para deshacerse del penetrante olor metálico.     
    —Buenos días —la saludó una voz mecánica, una voz acostumbrada a realizar lo mismo día tras día, en cada habitación, con gente que nunca era la misma. Una voz que necesitaba verlos como objetos para no llevarse todo el dolor a casa por las noches y poder pretender que vivía una vida feliz.     
    —Buenos … días —consiguió decir y al tratar de llevarse una mano a la cabeza, observó que tenía una vía puesta.     
    —No se mueva, por favor, llamaré al médico —la informó la mujer sin variar su tono.     —Gracias —susurró.            
    La enfermera se alejó dejando una huella blanca tras ella y al quedarse a solas, las lágrimas acudieron para acompañarla y bañar su rostro. Se sentía mal, dolorida y confusa. Sola, sin nadie a su lado para tranquilizarla, para ofrecerle una mano cálida, una sonrisa de aliento, unas palabras de ánimo…            
    Y nadie que le pudiese decir cómo estaba su padre.              
    El ruido del camión al golpear el automóvil la sorprendió por lo real del recuerdo, el sonido de los cristales haciéndose añicos, la sensación de ser sacudida con violencia contra la puerta del coche, su salida a través de la luna delantera, a pesar del cinturón de seguridad, hasta caer  y golpear contra el duro y frío suelo de asfalto. La nieve. No podía quitarse la visión de los blancos copos sobre la roja sangre…          
    Su padre, ¿estaría bien? No había escuchado mucho de lo que los médicos hablaban mientras lo asistían.     
    —Buenos días, señorita … —interrumpió una voz sería desde la puerta de la habitación— Duarte —la nombró tras comprobar la carpeta que contenía su informe y sus datos.    
    —Buenos días —balbuceó de nuevo.    
    —¿Sabe qué es lo que le ha sucedido? ¿Lo recuerda?    
    —Tuvimos un accidente —musitó con voz temblorosa.    
    —¿Tuvieron? —preguntó sorprendido.    
    —Sí, mi padre y yo —contestó incómoda. ¿Acaso nadie sabía que había llegado al hospital acompañando a su padre?     
    —¿Su padre? —volvió a interrogar confuso.        
    —Así es, ingresó anoche, lo trajeron en camilla, venía en la misma ambulancia que yo… —comenzó a explicar con nerviosismo—. Alguien tuvo que verlo, nos embistió ese camión … —trató de explicar nerviosa y asustada.    
    —Entiendo. No se altere, voy a preguntar por el estado de su padre.          
    El doctor de la voz seria se acercó hasta ella y la luz dio en su rostro, haciéndolo parpadear. Abril se fijo en sus ojos profundos y supo que eran los mismos ojos que vio  antes de caer.     
    —Usted … usted estaba allí cuando… —la interrumpieron sus lágrimas.    
    —Sí… —dijo sorprendido—. Era yo. —Su mirada afilada la traspasó—.  Al menos sabemos que su memoria no está afectada.     
    —Por favor…            
    Él entendió la suplica oculta en esos ojos color avellana. Sabía que el hombre de la camilla había llegado en un estado deplorable. Y temía que no hubiera sobrevivido.      
    —En seguida vuelvo, no se mueva —pidió.    
    —Bueno, eso es algo que puedo obedecer con facilidad —suspiró con tristeza.
    —Claro —acertó a decir a la vez que se daba la vuelta y cerraba los ojos, ¿cómo se le había ocurrido soltar esa tontería?            
    Salió de la habitación y cerró la puerta. El sonido sordo le ayudó a equilibrarse, temía terminar su turno de la peor manera: diciéndole a esa joven que su padre no lo había conseguido.              
    Una vez recuperado el aire perdido, se dirigió en busca de la doctora Castro, era a la que habían asignado ese caso en particular. Una gran cirujana con la que no congeniaba en absoluto y mucho menos, después de que él le hubiese pedido el divorcio varios meses atrás.             
    Suspiró y comenzó a caminar. Debía comportarse como el adulto que era y realizar su trabajo sin importar las cuestiones personales. Llegó hasta la sala de médicos y al abrir la puerta la encontró en seguida; estaba sentada con la mirada perdida en el papeleo y una taza de café humeante para aliviar la larga noche. El accidente había sido monstruoso, una docena de vehículos implicados y el doble de heridos. Los bomberos habían pasado una larga noche también, al igual que el personal de las ambulancias que no dejaron de atender y trasportar a los heridos a diferentes hospitales.     
    —Buenos días, Alicia —saludó con su tono más formal.    
    —Buenos días, Rafael.    
    —Te buscaba.    
    —¿Sí? —su tono sonó esperanzador.    
    —Sí, tengo una paciente ingresada, una de las heridas en el accidente de anoche.   
    —¿El del camión? —preguntó mientras sorbía de nuevo de su vaso de papel, aunque sabía a qué accidente se refería.     
    —Sí, en ese. El hombre que llegó en estado crítico… iban juntos en el coche —aclaró.     
    —Pensé que  era el único ocupante del vehículo —soltó desconcertada    
    —No, no lo era. Es su hija.    
    —No puede ser —susurró.    
    —Bueno, supongo que la chica sabrá quien es su padre —. El tono de Rafael sonó más cortante de lo que pretendía, pero esa vena de superioridad que poseía Alicia Castro lo sacaba de quicio.     
    —Según el historial medico del paciente es estéril. Aspermia. Lo sometieron a pruebas en este mismo hospital hace muchos años, así que dudo que esa mujer sea su hija, al menos no es su hija biológica —. Rafael admitió que de nuevo ella le había ganado por la manga, contaba con información que a él no se le hubiese pasado por la cabeza—. ¿Crees que no sabe que puede ser adoptada?     
    —La verdad es que no lo sé.    
    —Deberías comentárselo, necesitamos sangre. Si es su hija legítima mejor que mejor, aunque lo veo imposible. Además, tendrías que avisar al resto de familiares, no puedo asegurar que sobreviva mucho más, la colisión contra el camión lo destrozó.         
    Rafael se quedó pensativo, ¿lo sabría? Tal vez no, ¿sería posible que le sucediera después de concebirla? Le parecía una posibilidad remota, la verdad, aunque sabía que algunos antihipertensivos podían causarla. ¿Qué debía hacer?     
    —Sé que no te gusta dar malas noticias —continuó—,  así que sino te ves con fuerzas, avísame —dijo mientras le guiñaba un ojo como si nada. Como si decirle a alguien que un ser querido había fallecido fuese lo más agradable, o fácil, del mundo.     
    —No te preocupes, me haré cargo. Hablaré con ella, es mi paciente —se rindió.            
    Rafael apretó los puños, era otra de las cosas que nunca le había gustado de Alicia; que no tenía corazón. Se preguntaba muchas noches si acaso no se había abierto ella misma el pecho y se lo había arrancado cauterizando las venas, pues su  sangre parecía congelada en un cuerpo sin latido.     
    —Está bien, como quieras. Adiós  —se despidió la mujer dando un golpe fuerte en la puerta al salir.            
    Bueno, después de todo, no había ido tan mal como pensaba, ¿o sí?        
    Se acercó hasta la máquina de café y se sirvió uno solo, sin azúcar. Le gustaba el sabor amargo y fuerte del café, además le despejaría la mente después de esa interminable noche. Caminó hasta la unidad de vigilancia intensiva donde se encontraba el hombre que la chica decía que era su padre y agarró el expediente de la carpeta pegada a la pared, efectivamente comprobó que en su historial médico constaba que era estéril.       
    Miró al hombre, los tubos plásticos y los botes de cristal que contenían las diferentes medicaciones adornaban su recién estrenada urna de cristal, la que, con toda probabilidad, se convertiría en su última habitación.         
    Los informes no eran nada esperanzadores, había sufrido un severo trauma cráneo encefálico con perdida de masa cerebral, rotura de fémur con grave hemorragia, y  la consecuente pérdida de sangre, y laceración del pulmón izquierdo por una de las costillas que se había roto por el impacto.    
    No tenia muchas esperanzas de sobrevivir a pesar de que los paramédicos habían hecho un gran trabajo entubándolo en el mismo lugar del accidente. Los bomberos tuvieron que sacarlo del vehículo y eso retraso el auxilio.       
    Menudo plan. Y ella, ¿no había tenido conocimiento de nada y nadie la había visto? ¿Cómo era posible? ¿Había salido disparada del vehículo e ilesa? ¿Quién la había llevado hasta el hospital desde el lugar del accidente? ¿La ambulancia? Muchas preguntas que lo confundían y que permanecían sin respuesta.       
    Y ahora, le tocaba precisamente a él decirle a esa pobre chica que su padre, que al parecer no lo era, tenía muchas probabilidades de morir de un momento a otro de un fallo multiorgánico.          
    Desde luego, tenía que haberse ido la noche anterior y no ofrecerse a hacerle el turno a Gonzalo. Vaya papeleta ganadora.        
    Suspiró y se dirigió con paso cansado hasta la habitación a la que por una razón extraña, ahora temía más que a sus peores pesadillas.

  2. Capítulo 2 Malas Noticias
    Abrió la puerta con suavidad y vio a la joven mirando con fijeza hacia la ventana desde la que  solo se podía ver el edificio de ladrillo oscuro de enfrente: el de las especialidades. No era una vista hermosa que admirar, a pesar de todo, parecía relajarla.        
    La luz iluminaba su pálida tez destacando la curva de su generosa boca. No debía fijarse en esos labios llenos y rosados, era una paciente a la que debía darle malas noticias. Pensó en el protocolo a seguir al darle la noticia: darle el parte médico y dejarla sola para que  lo asimilase en la intimidad de la habitación.      
    No quería molestarla, pensaba alargar la paz que la envolvía y no perturbarla durante todo el tiempo que le fuese posible, de todas formas, su turno había acabado y se quedaba por cortesía hacia esa joven que parecía tan desvalida. También debía reconocer que lo movía la curiosidad de cómo alguien era capaz de salir prácticamente ileso de un accidente como ese y cómo había llegado al hospital sin ser atendida por nadie.     
    —¿Doctor, cómo está mi padre? ¿Lo ha visto? ¿Ha logrado encontrarlo? —lo bombardeó a preguntas cuando se dio cuenta de su presencia.     
    —Lo siento, no pretendía incomodarla.    
    —No…, no se preocupe, no podría aunque quisiera, en estos momentos no hay nada que pueda decir o hacer para que esto se ponga peor —murmuró.           
    «Eso es porque no sabes lo que tengo que decirte», pensó apesadumbrado.    
    —He visto a su padre.    
    —Tutéeme, por favor —pidió.    
    —Tú también, por favor —pidió de vuelta.    
    —He visto a tu padre.    
    —¿Cómo…, cómo está? —inquirió, aunque se temía que conocía la respuesta. Ella había sido espectadora en primera fila del estado en que había quedado su padre.      
    La atmósfera se tensó más tras el llanto contenido que ocultaba su voz, atascando en su garganta la sensación de que el fin era irremediable. Rafael dejó escapar el aire y desvió la mirada hacia el suelo. Abril, al percatarse del estado del médico abrió los ojos al ser impactada por la realidad: las noticias no eran buenas, ni siquiera esperanzadoras.  Una lágrima resbaló solitaria por su pómulo afilado y él no pudo evitar sentir que su corazón se conectaba con el de ella, como si un delicado hilo los uniese por un instante. Había algo en la mirada triste de esa joven que despertaba en él un deseo de protección diferente al que solía sentir por los demás humanos. No era esa sensación de salvar vidas como médico, era algo que iba más allá.         
    Se sentó, con cuidado de no rozarla, a los pies de la cama y dejó que sus manos, grandes y suaves, envolvieran las de ella.  Advirtió que la izquierda lucía inflamada y amoratada debido, sin duda, a los golpes que tuvo que recibir.          
    ¿Cómo demonios seguía viva? Era un misterio que resolvería más adelante, ahora mismo, no era la pregunta más adecuada.      
    —Está grave —susurró sin saber muy bien por qué lo hacía.     
    —Entiendo —musitó a su vez sin fuerza, dejando que las lágrimas humedeciesen el rostro que no se preocupó en secar.    
    —Fue un accidente muy grave, ha sufrido un fuerte trauma y la doctora que lleva el caso no tiene muchas esperanzas… El diagnostico no es nada favorable, la doctora Castro teme que de un momento a otro sufra un fallo multiorgánico.     
    —Entiendo… ese maldito camión… salió de la nada y nos embistió —susurró con algo de rabia envolviendo su delicada voz.     
    —¿Ibas en el coche? —preguntó a pesar de que conocía la respuesta.     
    —Sí, íbamos a cenar fuera.    
    —¿Y cómo es posible…? —interrumpió la pregunta.      
    Abril sabia que el médico se debatía entre conocer los hechos y la situación por la que pasaba, podía leerlo en su mirada, esa disputa interna por satisfacer su curiosidad y la pena que sentía por darle noticias tan poco alentadoras.     
    —¡No lo sé! ¡Maldita sea! —gritó desesperada—. No lo sé… —su voz se convirtió en un suave sollozo.            
    Rafael no tuvo más opción, no pudo evitarlo ni luchar contra ese poderoso instinto, la incorporó con suavidad y la acercó hasta su pecho firme ofreciéndole consuelo. Sus manos cobraron vida propia y empezaron a acariciar la larga y sucia melena rojiza de la joven tratando de apaciguar su llanto y su dolor, sus labios se posaron sobre sus cabellos llenos de sangre reseca sin importarle en absoluto y dejaron un suave beso sobre su cabeza.           
    No era consciente de que  la consolaba, solo del calor que esa mujer despertaba en su cuerpo al tenerla entre sus brazos y…  no importaba nada más. Nada, ni la humedad de las lágrimas que empapaban su bata médica  y la camisa bajo esta, ni que se supusiera que debía dejarla sola porque ese comportamiento entre médico y paciente no era correcto. Le daba lo mismo. Lo tenía claro; no pensaba apartarse de ella ni un instante, no la dejaría sola para lidiar con el dolor y asimilar todo lo que iba a suceder, no por ahora.        
    Abril tenía algo que despertaba en él una ternura de la que hacía mucho tiempo que no gozaba, un sentimiento que, hasta el momento, solo había sentido con su pequeña hermana Lucía y que desapareció el día que dejó que respirar. Fue por ella por la que no hizo caso a su padre y dejó   al despacho de abogados de su progenitor sin heredero y se dedicó a la medicina.          
    Trataría de salvar a todas las personas que pudiese porque sabía que, tras cada caso, había una madre, un padre, hermanos, abuelos y amigos llorando una perdida. Y, ahora, esa mujer que llevaba en su vida apenas unas horas, le recordaba porqué estaba ahí. Y su corazón, congelado durante tantos años, volvía a latir con fuerza y el sentimiento era tan arrollador que lo dejaba sin aliento, sin habla.      
    Estuvieron abrazados el uno al otro una eternidad. Abril no era capaz de controlar sus sollozos y había algo en ese joven y desconocido médico que la sosegaba y consolaba, allí, entre sus brazos, donde escuchaba con claridad el ritmo de su corazón.     
    —Hay algo más que debo contarte —interrumpió el momento Rafael.     
    —¿Más…? —preguntó entre hipidos.    
    —Mi compañera me ha pedido que te pregunte si habría algún problema en donar un poco de tu sangre para tu padre.     
    —Claro, claro, sin ningún problema… —afirmó rotunda. Y lo supo, ella no tenía ni idea de que su padre era estéril. ¿Sería adoptada? El año en el que diagnosticaron a ese hombre no estaba claro. Eso lo hacía dudar, ¿podría haberla engendrado?     
    —¿Estás segura? —insistió.    
    —Sí, claro. ¿Por qué no iba a estarlo? —curioseó confusa.     
    —Verás —carraspeó—, en el historial médico de tu padre aparece que es… —Abril lo miraba a los ojos con curiosidad y tristeza, y Rafa sintió que se le rompía de nuevo el corazón al tener que ser el responsable de decirle algo que quizás cambiaría su vida para siempre.     
    —¿Qué sucede? —lo animó al ver que se detenía.    
    —Bueno, a lo mejor no es nada y ya lo sabes —calló de nuevo.     
    —¿Qué… qué tengo que saber?    
    —Bueno, ¿qué sabes sobre tu… nacimiento?    
    —Pues…, supongo que lo mismo que todos los niños —murmuró la respuesta sin entender qué tenía que ver eso en esa situación—. ¿Por qué me hace esa pregunta?    
    —En el expediente médico de tu padre aparece que es estéril —soltó a bocajarro, pero sabía que no podía darle más vueltas al asunto.     
    —¿Quién? —inquirió sin comprender lo que quería decir.    
    —Tu padre, es estéril.    
    —¿Qué quiere decir eso? —interrogó a la vez que se daba cuenta de qué quería decir —. Pero, eso significaría que…     
    —No sabemos si fue después de concebirte… —aclaró para darle algo de esperanza.            
    Abril lo miró a los ojos almendrados y comenzó de nuevo a llorar. Una sacudida enorme que la arrasaba y dejaba sin fuerzas. Pensó que nada en su cuerpo funcionaba con normalidad, su cabeza iba a estallar por el dolor agudo que sentía y su corazón latía tan aprisa que su fin era detenerse de repente…     
    —No puede ser real… Todo esto… —dijo señalando la habitación con sus manos, describiendo un amplio circulo que lo incluía todo—.  Hace apenas unos días era una mujer feliz, con un padre al que adoraba y ahora, no solo me dices que voy a perderlo sino que además es más que probable que no sea mi padre biológico… No puedo con esto, no puedo con esto —sollozó de nuevo.           
    Las sacudidas se intensificaron, Rafael sentía cómo esa mujer temblaba entre sus brazos y eso le partía el alma sin saber porqué. Era una desconocida, su paciente, y él su médico. Uno que había roto la primera y más importante de las reglas:  mantenerlo todo como médico y paciente. No acercarse, no dejar que las desgracias de los demás se colaran bajo su piel. Había bajado la guardia y no podía permitírselo.  La mujer estaba al borde del colapso, tal vez a punto de sufrir un shock si es que no lo tenía ya y solo se detuvo al escuchar un golpeteo suave en la puerta que lo devolvió a la realidad.         
    Abril escuchó el ruido sordo en la puerta y parpadeó, por un instante se había evadido de  esa puta realidad en la que su padre estaba en la U.C.I. esperando que su maltrecho cuerpo sufriera un fallo multiorgánico y al ser consciente de lo que podía perder,  las sacudidas estremecieron su cuerpo al verse privada del calor del hombre que se alejó de pronto y sus dientes empezaron a castañetear.   
    —¿Está en shock? —Quiso saber la mujer alta y elegante que acababa de interrumpirlos señalándola con sus largas y delicadas manos.  Su cabello, dorado como rayos de sol, se ocultaba en un elegante recogido en su nuca, unos pequeños pendientes de brillantes hacían que cuando la luz se estrellaba contra ellos apareciera un aura dorada que lo llenaba todo a su  alrededor.              
    Abril, a pesar de la pesadilla en la que se había visto envuelta y de la que no era capaz de escapar, se percató de cómo esa mujer miraba al joven médico que, a su vez, no apartaba los ojos de los suyos, un gesto que parecía molestar a la mujer. No podía culparla; ella era todo lo contrario a esa mujer elegante y segura de sí misma, tan solo una insulsa paciente con demasiadas pecas y el pelo del color de las zanahorias que temblaba tanto que en cualquier momento iban a escucharse sus trozos caer al suelo como los cristales de un vaso roto.     
    —No, doctora Castro, no está en shock, tan solo necesita asimilar las noticias.    
    —Entiendo… —dijo no muy convencida—. Estamos esperando lo peor, Abril, si deseas ver a tu padre y despedirte…     
    —¿Qué…? —soltó de repente como si las palabras, pronunciadas por la boca de la fría mujer, cobraran en realidad el sentido que tenían. Como si la verdad de que su padre iba a morir de un momento a otro se hubiese hecho más real al decirlo esa mujer frente a ella.         
    El llanto ahogó las palabras que deseaba gritarle y abrumó su mente con miles de recuerdos de ambos. Lo recordaba a su lado desde siempre y al de su madre, si es que era su madre real…, hasta que los dejó cuando tan solo era una adolescente, que la necesitaba más que nunca, sola. Sola con un padre destrozado por su abandono que no entendía de periodos, tampones o compresas y mucho menos de charlas sobre sexo y chicos.             A pesar de todo salieron adelante y, ¿ahora? ¿Qué le quedaba de todo aquello? Un puñado de recuerdos a punto de desvanecerse por culpa de un pirado que los había destrozado…            
    —Vamos, Abril —susurró Rafael a la mujer mientras la abrigaba con una de las muchas mantas raídas y descoloridas del hospital—,voy a sentarte en una silla, te voy a pinchar un calmante y te llevaré a ver a tu padre, ¿está bien?            
    Abril asintió sin más, no podía hacer otra cosa y aunque hubiese querido negarse no habría sido capaz;  las convulsiones de su cuerpo, por el dolor, la hacían cabecear asintiendo a todo.     
    —Que lo haga un celador, no es tu trabajo —comentó molesta la doctora.     
    —Nadie te ha pedido opinión, Alicia —la cortó de inmediato, lo que le hizo ganarse una mirada dura de reprobación.          
    Es algo curioso como funciona la mente humana, de maneras extrañas y diferentes dependiendo de las situaciones porque a pesar del dolor, el llanto y el miedo, todavía era capaz de percibir de la tensión entre esos dos desconocidos.         
    Rafael la cogió como si no pesara apenas y la sentó en una silla de ruedas que hasta ese momento no había visto, le puso una manta sobre las piernas y le dedicó una paternal sonrisa.            
    —Dame tu brazo —pidió.          
    Abril obedeció sin ser consciente, no supo en qué momento lo estiró hacia él, pero antes de darse cuenta la estaba invadiendo una extraña paz que la hacía sentirse relajada; su cuerpo se convulsionaba menos y las formas a su alrededor se empañaron.         
    Ni siquiera fue del todo consciente del camino por los pasillos hasta que el joven médico se dirigió a ella.    
    —Tu padre está ahí, ¿quieres que te levante y te acerque?        
    Abril asintió, asumiendo que era lo único que podía hacer. Al enfocar la visión contuvo un grito. Si no fuese porque su cuerpo parecía de trapo, hubiese pataleado, gritado y salido corriendo de allí. Esa persona, tras el cristal grueso, esposado a la camilla por cientos de tubos plásticos que contenían líquidos variados, no podía ser su padre. Su cuerpo inflamado y de tonos rojos y morados por diferentes zonas no podía ser el suyo. Se negaba a creer que ese hombre, que sí que parecía que iba a morir en cualquier momento, fuese el hombre junto al que había crecido.     
    —No… —musitó aunque su intención era gritar —. No puede ser mi padre…     
    —¿No es tu padre, Abril? Quizás haya algún error —suspiró esperanzo. En ese instante lo que más deseaba era que ese hombre no fuese su padre, que todo hubiera sido un malentendido.     
    —¡Tiene que haberlo! Tiene que haberlo… —lloró de nuevo—. Ese hombre no puede ser mi padre… ¡Es un maldito cadáver! —aulló rota de dolor, un dolor que ni el calmante pudo contener.      
    Rafael la miró a los ojos y vio el dolor, el miedo y la confusión… era común entre los familiares que sobrevivían a accidentes de este tipo y no comprendían por qué ellos seguían con vida mientras otros se perdían por el camino…     
    —Abril, es tu padre. Cálmate —explicó con voz suave cuando comprendió que no había error sino negación.     
    —No, no, no puede ser… no puede ser… —repetía desconsolada.            
    Su cuerpo resbaló con lentitud hasta quedar sobre el blanquecino y frío suelo del hospital, dejó que el helor la cubriera y cerró los ojos en un acto inútil por contener el dolor, la rabia y la impotencia que sentía, pero nada era capaz de controlar el huracán de sentimientos que la asolaban dejándola sin aliento: vacía.          
    De nuevo, los brazos del hombre, alrededor de su cuerpo, atenuaron las convulsiones y el calor que sentía la hizo flaquear, apareciendo un deseo inesperado de refugiarse en su boca y olvidarse de toda la mierda que le estaba tocando vivir     
    —Abril, ¿quieres que llame a alguien? ¿Hay algún familiar más? ¿Tu madre, un hermano, un… novio?
    —No sabía apenas nada de ella, si estaba sola o no.     
    —No, no hay nadie más, estábamos solos… Estoy sola ahora —confesó con tristeza.     
    —¿Quieres que te lleve a tu habitación de nuevo?    
    —No, si es posible prefiero esperar aquí, con él. ¿Podría cogerle de la mano?     —En realidad…    
    —Ya, supongo que no es lo normal, pero me habéis dicho que esperáis que muera de un momento a otro por lo que entiendo que no hay peligro de que le contagie algo mortal y, además, no me gustaría que… cruzara al otro lado solo.         
    Rafael miró los ojos enrojecidos y húmedos por el continuo llanto y pensó que era la mujer más hermosa que había visto jamás.     
    —Tienes razón.        
    Y, con esas palabras, Rafael la cogió entre sus fuertes brazos mientras ella apoyaba con comodidad la cabeza en su pecho, con la mano de su padre entre las suyas y el sonido del latido del corazón del hombre arrullándola como una nana. Ambos se sentaron a esperar la muerte de su único familiar. Abril no soltó su mano hasta varias horas después de que su padre la hubiese abandonado.

  3. Capítulo 3 Todo más claro
    Dos días después de la muerte de su padre, Abril por fin tendría el alta. Le había sentado muy bien el baño caliente que acababa de darse, aunque hubiese sido con las esponjas jabonosas que no hacían apenas espuma y sin su crema hidratante, se sentía limpia a pesar de que la tristeza, por más que la había frotado, no se había colado por el desagüe.   Había llorado sin parar durante horas, después había llorado intermitentemente sin seguir una pauta concreta, tan solo cuando su cuerpo necesitaba liberar la pena que se acumulaba demasiado rápido. Había sido una semana muy dura.         
    Su única amiga y compañera de trabajo, Vanesa, había pasado por el hospital varias veces desde que se había enterado. Lo había arreglado todo por ella en el trabajo, y le habían concedido unos días de vacaciones adelantados para superar el trauma que el doloroso golpe le había producido. Desde luego su jefe no había sido muy comprensivo con su estado ya que Vanesa tuvo que ponerse sería para que entrase en razón.        
    Su amiga la esperaba en la puerta de la habitación sin prisa y con la pena asomando en sus ojos azules y una sonrisa de animo que en realidad no sentía.   
    —¿Estás lista?    
    —Todavía no, me gustaría despedirme de alguien.    
    —¿Del doctor buenorro?    
    —Su nombre es Rafael —aclaró suspirando a la vez que ponía los ojos en blanco.            
    Si para algo no estaba, era para pensar en esos temas ahora mismo.     
    —Está muy bueno, parece un modelo de los de las paradas de autobús.     
    —No tengo cabeza para eso.    
    —Vale, lo siento, tienes toda la razón del mundo. Pero es que ese hombre destaca —se excusó encogiendo los hombros.          
    Abril no quería contarle a Vanesa que, si era sincera, había reparado en él como hombre además de como médico, estaba hecha un lío por todo, y triste. Y tenía el tema de si era o no adoptada rondando por su cabeza como una molesta moscarda.   
    Era su doctor, solo eso, pero no le parecía bien irse sin despedirse. No cuando había compartido con él unos momentos tan dolorosos y horribles y él la había consolado y acompañado sin reparos. Había sido su único apoyo en los días que había estado ingresada y en los que le hizo miles de pruebas para asegurarse de que estaba bien por increíble que fuera.          
    Había sido el único testigo de sus horas más horribles, todavía se sentía un poco avergonzada cuando recordaba que la había sostenido en brazos, como si fuera una niña pequeña, en el incómodo sofá durante las largas horas que pasó sin poder soltar la mano de su padre, tratando de retenerlo unos instantes más a su lado.           
    Y él la había consolado, había acariciado su larga melena en silencio, dejándole el tiempo suficiente para asimilarlo. Al final su padre la había dejado más sola que nunca y con un montón de preguntas por contestar.       
    —¿Quieres que le diga a alguna enfermera que lo busque? —preguntó su amiga para romper el mutismo en el que se había sumido.          
    Abril la miró a los ojos, en realidad no estaba segura de si él querría que se despidieran. Meditaba sobre qué hacer, cuando apareció ante sus ojos. Rafael estaba en la puerta sin su bata de trabajo. Llevaba unos pantalones de vestir claros y un jersey de un suave azul que se pegaba a su musculoso pecho. Llevaba entre sus fuertes manos un puñado de papeles que imaginó que sería su informe de alta.    
    Vanesa lo miró boquiabierta y decidió dejarlos a solas haciendo a las espaldas de Rafael gestos muy poco femeninos dirigidos al trasero del médico.    
    —Buenos días, te veo mejor —dijo en voz baja acercándose hasta ella.     
    —Gracias —musitó sintiendo cómo un leve calor se instalaba en sus mejillas.     
    —Vengo a traerte tu alta. Puedes irte a casa. Estás casi bien.     
    —Sí, supongo que lo estoy —suspiro. No creía estarlo, pero se temía que esa sensación duraría para siempre.      
    —Abril… yo…          
    Abril lo miró a los ojos y por un instante, que se hizo eterno, sin tener claro qué era lo que quería decirle.     
    —Rafael —llamó una voz de mujer.          
    Abril vio a Alicia, la doctora rubia, elegante y estirada que lo miraba de esa forma que denotaba posesión, Rafael se giró y ella sin saber qué hacer se escabulló de la habitación. Salió al pasillo y vio a Vanesa al final, junto a la máquina expendedora de café y se dirigió, todo lo deprisa que era capaz, hacia ella.     
    —¿Ya? ¡Qué rápido! —exclamó con tono de broma.   
    —Vamos, corre —la apresuró tirando del brazo de su amiga hasta encontrarse fuera del maldito lugar que tanto le había arrebatado.          
    No dijo nada durante el camino a casa, al llegar rechazó con amabilidad la ayuda que le ofrecía su amiga y al cerrar la puerta, se desplomó y volvió a llorar.  
    Habían pasado un par de semanas en las que Abril había pensado mucho sobre todo lo que había sucedido en el hospital. Ahora, después de haberle dado un entierro adecuado a su padre y de haber llorado durante varios días más, sopesaba si quería o no averiguar si, en realidad, su padre era su padre biológico o la había adoptado, ocultándoselo durante todos estos años, lo que le llevaba a pensar si su madre sería su madre biológica o no. Estaba hecha un lío, uno de los gordos.         
    Se había convencido de que primero, por pronto que fuese, donaría toda la ropa que había pertenecido a su padre, pensaba que era lo mejor y que no resultaría tan difícil; tan solo era ropa. Pero, justo en el momento en el que abrió la puerta del armario supo que no iba a ser capaz.        
    Cometió el error de mover con la mano la ropa colgada sin mirar nada concreto y el aroma que aún conservaban algunos de los trajes le recordó lo que había perdido. Y dolía. No estaba segura de poder volver a oler a algún hombre que usara Solo de Loewe sin que le sangrase el corazón. Esbozó una débil sonrisa al recordar aquel momento junto al árbol de Navidad las pasadas navidades, cuando abrió su regalo: «No hay otra fragancia igual, hija mía, gracias por el detalle», le dijo  dándole a su vez su regalo. Ya no tendría que comprar nunca más ese perfume y el pensamiento, aunque frívolo, le encogió el corazón. El vaivén de las prendas hizo que una caja de madera oscura cayese de dónde estaba colocada, sobre la madera que cubría la cajonera y hacía las veces de estante, vertiendo su contenido por el suelo.    
    Vio la alianza de su madre y el anillo de pedida, una fotografía había caído del revés y al darle la vuelta se encontró con la imagen antigua de una mujer que, aunque desconocida, le resultaba familiar, quizás, era su abuela. La tomó con cuidado y observó que estaba muy arrugada, como si alguien la hubiese convertido en una bola de papel y después hubiese tratado de alisarla para devolverla a un estado que no era posible.        
    Se acercó más la fotografía y se limpió las lágrimas, que ya parecían perennes en sus ojos, para enfocar la mirada.  Allí estaba, reconoció a su madre muy joven, tanto que parecía una niña y estaba embarazada. Su tripa redondeada lograba destacar sus rasgos escuálidos y sus larguiruchas piernas.          
    Una foto de su madre embarazada, no era mucho, pero al menos ahora sabía que su madre sí que podía tener hijos, tal vez, lo de su padre ocurriese después. ¿Por qué no había fecha para lo de su esterilidad? ¿Lo había preguntado? ¿Si los médicos no habían sospechado que pudiese tener hijos sería que lo era desde siempre? Su mente giraba deprisa, igual que un vals acelerado que la mareaba  cuando el timbre de su móvil la sacó de su solitario baile.          
    Contestó sin mirar y una voz seria y fría, que le recordó sin saber porqué a cómo hablaría el tronco de un árbol, le habló.     
    —Buenos días, ¿podría hablar con la señorita Abril Duarte, por favor?     
    —Sí, soy yo, ¿quién llama? —interrogó confusa.    
    —Encantado de saludarla, la llamo del despacho de abogados con el que trabajaba su padre, lamentamos su pérdida.     
    —Gracias —musitó más aturdida si cabía.    
    —Queríamos informarla de que vamos a hacer la lectura del testamento —aclaró la voz al otro lado.     
    —¿Testamento? ¿Mi padre había hecho testamento? —formuló las preguntas en voz alta.  «¿Cuándo? ¿Para qué?».    
    —Así es. Como es la única heredera, quería saber cuando podría acercarse. ¿Mañana a las doce del mediodía le viene bien?     
    —Si, perfecto, supongo —balbuceó.    
    —Confirmado entonces, anote la dirección, por favor —pidió el hombre. Abril cogió un bolígrafo y anotó la dirección detrás de la fotografía que todavía sostenía entre sus manos, después se despidió y colgó sorprendida por la información.        
    Lo último que se esperaba era que su padre hubiese hecho testamento, que ella supiera lo único que tenían era la casa en la que vivían juntos, un cúmulo de recuerdos y un montón de trajes marrones que utilizaba para dar clase en la facultad.        
    El teléfono sonó de nuevo y al ser, otra vez, un número desconocido contestó dando por hecho que al abogado se le había pasado por alto comunicarle algo más.   
    —¿Sí?    
    —Hola, ¿Abril?—preguntó titubeante al otro lado una voz de hombre.    

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