Cautivo de tu mirada de Marian Arpa

Cautivo de tu mirada de Marian Arpa

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Regresa Megan Maxwell con una novela romántico-erótica tan ardiente que se derretirá en tus manos.

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Cautivo de tu mirada de Marian Arpa

Comienza la apasionante bilogía «Los Cherry».
Una historia de amor entre el Londres de la regencia y las altas tierras escocesas.

¿Logrará Ferguson olvidar aquellos ojos violetas que le quitan el sueño?

¿Cambiará Beth las comodidades de Londres por las Highlands?

Beth es una muchacha voluntariosa, huérfana de madre y el ojito derecho de su padre, Sebastián Cherry. Él es hermano del vizconde de Sheffield y, al ser el menor, se gana la vida comerciando con las colonias, actividad criticada por buena parte de la alta clase social.

Cuando llega la hora de presentar a su hija en sociedad, esta lo convence para atrasarlo un año y pasar una larga temporada en una de las propiedades de la familia en Newcastle. Cuando Beth se dirige allí, el carruaje tiene un percance y mientras espera a que se solucione da un paseo por la orilla de un riachuelo cercano# y encuentra una cesta destartalada con un bebé dentro.

Durante los meses que pasa en Newcastle, Beth es raptada por un escocés, pero cuando el jefe del clan Ferguson se entera del secuestro, le obliga a que la devuelve a su casa. Sin embargo, queda cautivado por el coraje de aquella muchacha de ojos violetas que le habla como ninguna otra mujer lo había hecho hasta el momento.

Ferguson ha vivido la muerte de sus padres traumáticamente y se niega a tomar esposa. No quiere que la historia de sus progenitores se repita, no quiere que nadie sufra por él. Una tía suya lo convence para que lleve a su hermana a Londres, para presentarla en sociedad y encontrarle un marido.

Al volver a encontrarse con Beth todos sus planes de futuro se trastocan.

¿Conseguirá el amor que Ferguson, el Vengativo, deje aflorar la ternura que enterró en lo más profundo de su ser?
¿Será capaz de conquistar a la menuda Beth?


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Una respuesta a «Cautivo de tu mirada de Marian Arpa»

  1. Fragmento
    Capítulo 1

    El carruaje llegaba tarde y Sebastián Cherry se paseaba de un lado a otro de su nuevo estudio. La persona más importante de su vida, por la que luchaba día tras día, se estaba retrasando; su hija no era de aquellas muchachas que se hacían esperar: era puntual como un reloj. A veces, sin siquiera mirar, sabía la hora que era, algo que tenía a Sebastián perplejo. Un día, le preguntó cómo era posible y la muy pícara le había apostado un vestido nuevo si no se equivocaba. Por supuesto, ganó. Entonces le dijo su secreto: mirando la sombra del edificio de enfrente de su casa lo sabía o simplemente observando a los criados que acostumbraban a hacer las cosas siempre a la misma hora. Beth era una muchacha muy observadora, inteligente y tenaz. Y su padre estaba orgulloso de ella. ¡Cómo le habría gustado que su madre estuviera con ellos para verla convertirse en la preciosa jovencita que era!

    Pero Rebeca había muerto hacía siete años y lo había dejado con una niña a la que criar y que se había convertido en todo su universo. Sabía que la consentía demasiado, pero no le importaba porque Beth era muy juiciosa. Quizás también se debía a Alice, la nana que cuidó de la chiquilla desde el día que había nacido.

    Por eso mismo, había accedido a la última petición que le hizo Beth. Cuando él le había comunicado que tendría que ir pensando en su presentación en sociedad y en el mercado matrimonial, ella le dijo que no se sentía preparada, que aún no quería casarse. Él lo entendía; le había dado la misma educación que a los muchachos de su misma edad, y ella temía que un marido le quisiera cortar las alas y suprimir la libertad de la que siempre había gozado.

    Beth era una mujercita que, a sus diecisiete años, llevaba las cuentas de la casa mejor que él, visitaba museos y paseaba por el parque, siempre con Alice. Se dejaba aconsejar por su nana, y charlaba con su padre de cualquier cosa. Incluso, en algunas ocasiones, su opinión le había servido a Sebastián para hacer buenos negocios o para dejar pasar otros, que al fin le habrían hecho perder dinero.

    Con esa inteligencia que la caracterizaba, le pidió que retrasara un año su presentación en sociedad, que se fueran a vivir unos meses lejos de Londres para poder disfrutar de su mutua compañía. Ya que una vez que entrara en el mercado matrimonial, se temía no poder estar con su padre todo lo que le habría gustado.

    La muchacha adoraba a su progenitor y él a ella.

    Por eso mismo, se hallaba en ese momento en una casa que pertenecía a su familia en las afueras de Newcastle, esperándola, inquieto por su tardanza. Él había ido antes para controlar que todo estuviera en orden, pues su hermano nunca hacía uso de aquella propiedad tan al norte.

    Sebastián era el segundo hijo del vizconde de Sheffield; su hermano Joseph era el mayor y heredero del título y de las posesiones de su padre. Entre ellos siempre había tenido muy buenas relaciones. De pequeños, donde estaba uno, estaba el otro. Al crecer, habían recibido la misma educación y el vínculo que los unía se había fortalecido.

    Fue así como, en lugar de ingresar en el ejército, como había sugerido su padre, Sebastián se había dedicado al negocio marítimo. Su hermano le regaló un barco para que viajara y, en lugar de eso, él lo dedicó al transporte de mercancías. En ese momento, tenía una flota que cubría la ruta de Inglaterra a América y se había convertido en un hombre para tener en cuenta por la fortuna que había acumulado.

    Eso lo tenía intranquilo, porque quería que quien se casara con su hija lo hiciera por amor, no por su dinero.

    Beth estaba ansiosa. El incidente con la rueda del carruaje los estaba retrasando y sabía muy bien cómo se preocupaba su padre cuando no llegaba a la hora que él ordenaba. Su nana, Alice, se hallaba dormida frente a ella.

    Thomas, el cochero, había ido al pueblo más cercano para arreglar la rueda que se había roto y las había dejado al cuidado de los dos lacayos que viajaban con ellas.

    Beth era una muchacha vivaz e inquieta, que siempre tenía algo entre manos; era incapaz de soportar las horas ociosas como lo hacían sus amistades. Por eso mismo, se había llevado un libro para leer durante el viaje; sin embargo, la espera le estaba crispando los nervios. Miró a su nana y oyó un suave ronquido. Sonrió y saltó del carruaje.

    —Señorita…

    —Necesito estirar las piernas, Josh; no me alejaré mucho.

    —Preferiría que se quedara. Estos caminos no son nada seguros —replicó el lacayo y se quedó mortificado al ver que ella no le hacía ningún caso.

    La sombra que ofrecía el bosque junto al que estaban parados era una tentación para una joven como Beth, que en sus diecisiete años había salido de Londres en contadas ocasiones. Solo había acompañado a su padre en alguno de sus viajes a Nueva Orleans, donde poseía una mansión. Se internó entre los árboles, cuidando de no engancharse el vestido con las ramas y raíces que sobresalían del húmedo suelo.

    Mortificado, Josh le dijo a Ben, el otro lacayo, que la siguiera, pero que no la molestara. Solo quería velar por la seguridad de la muchacha.

    Mientras paseaba, Beth oyó el ruido del agua, como si un riachuelo pasara cerca de allí. Siguió el sonido y unos minutos más tarde estaba maravillada, a la orilla de unas aguas tan transparentes que la cegaban con el reflejo del sol. Lo que daría ella por quitarse los zapatos y las medias, y pasear por el borde del agua, pensó arrugando la nariz; pero era consciente de que no podía hacerlo. Si la descubría su nana, no dejaría de sermonearla hasta haber llegado a su nueva casa, donde la esperaba su padre.

    Se sentía feliz de que su progenitor le prometiera un año de libertad en el campo antes de ser presentada en sociedad.

    Pensando en su nueva vida, vio que algo se deslizaba por la superficie del agua. Parecía un cesto andrajoso, y eso era. No obstante, le pareció oír algo como el maullido de un gatito. Pensó que era imposible; debía ser el aire que movía las ramas de los árboles. Cuando volvió a oírlo, supo que alguien había tirado al río a una mascota molesta. Su enfado la sofocó. ¿Cómo podían existir personas tan insensibles? No lo pensó y corrió hacía el cesto antes de que la corriente se lo llevara, y cuando fue a cogerlo, se le atascó el aire en los pulmones. No era ningún gato… ¡era un bebé!

    Ben se había asustado al verla correr hacía el agua y se quedó mirando a su señora con la boca abierta mientras ella cargaba el cesto y se dirigía a la orilla. Al llegar a tierra, Beth notó que su falda pesaba y chorreaba tanto que se le hacía difícil andar. Con su bello rostro congestionado por la furia que sentía, se encaminó a paso ligero hacia el carruaje. ¡Ni los animales abandonaban a sus crías! Y mucho menos para que muriera ahogado, pues el cesto estaba tan destartalado que las ropas que cubrían al bebé estaban empapadas.

    —Vamos, Ben, necesitamos ropa seca antes de que la pobre criatura muera de frío.

    Corrió entre los árboles con el cesto en sus brazos, sin importarle que su vestido mojado se enganchara en los zarzales.

    Llegó al carruaje al mismo tiempo que el cochero volvía del pueblo con la rueda nueva y, mientras este, ayudado por los dos lacayos, la cambiaban, en el interior del carruaje, Beth y Alice se ocupaban de secar al bebé, que no paraba de llorar.

    —Debe tener hambre —advirtió la nana al ponerle el dedo en la boca y notar como chupaba.

    —Rápido, Thomas, tenemos que llegar a casa antes de que esta criatura muera de hambre.

    Cuando Sebastián vio el carruaje que se acercaba al galope desde la ventana de su nueva biblioteca, pensó que algo malo había ocurrido. Salió de la casa a la carrera y el espectáculo que vio lo dejó petrificado donde estaba. Su hija con un bebé en brazos y su traje de viaje mojado saltaba del carruaje y le ordenaba a su vieja nana que atendiera las necesidades de la criatura. Alice cogió el bulto de manos de su protegida y desapareció en el interior de la casa.

    —¿Qué representa todo este alboroto? ¿Y de quién es ese bebé?

    Al oír el vozarrón de su padre, Beth se lanzó a sus brazos. Habían estado separados poco más de una semana, pero a ella se le había hecho eterno; no estaba acostumbrada a que pasaran días sin verse, sin que su padre le diera las buenas noches y un beso en la frente.

    Hacía ya mucho que Sebastián había dejado sus barcos en las competentes manos de sus capitanes; en esos tiempos, ya no se ausentaba de su casa como en el pasado para pasarse varios meses en el mar.

    Beth le contó lo ocurrido en el camino y cómo se había encontrado con el bebé. Él mismo pudo ver en el interior del carruaje los restos de las ropas que habían cubierto al pequeño junto con la cesta. Un escalofrío le recorrió la espalda al pensar en lo que habría sido de la criatura si su hija no hubiese estado allí.

    Mientras los criados se encargaban del equipaje, llevó a su hija a su habitación y le dijo que, cuando se hubiera refrescado, le enseñaría su nueva casa.

    Beth recorría sus aposentos maravillada. Su casa en Londres era mucho más modesta. No era peque�

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