De boda con un cowboy (De boda como un cowboy nº 1) de Kate Bristol

De boda con un cowboy (De boda como un cowboy nº 1) de Kate Bristol

A compartir, a compartir! Que me quitan los posts!!

***SOLO HOY ¿Un último baile, milady? de Megan Maxwell 

Regresa Megan Maxwell con una novela romántico-erótica tan ardiente que se derretirá en tus manos.

Sexo. Familia. Diversión. Locura. Vuelve a soñar con la nueva novela de la autora nacional más vendida...

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De boda con un cowboy de Kate Bristol pdf

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Charlotte McTavish viaja de vuelta a su hogar para la boda de su prima. No trae acompañante y a su familia no le importa, ni le extraña que su triunfadora hermana vuelva sola a casa. ¡Pero es tan injusto! Por eso cuando conoce a Hug Willson en un bar no puede resistirse a hacerle una proposición. Sí, quizás sean las copas de más, pero ¿podría pedirle a ese stripper que se hiciera pasar por su novio durante la boda?

Hug debería sentirse ofendido, él no es ningún stripper, sino uno de los abogados más famosos de Boston, pero se ve incapaz de decirle que no a una mujer como ella. La atracción es inmediata y el aburrido abogado, pronto se transforma ante la energía arrolladora de Charlotte.

El único problema es que conociendo a los hermanos McTavish, unos cowboys de armas tomar, no sabe si saldrá entero de esta aventura.

Embárcate en esta nueva aventura de los cowboys de Kate Bristol. Si te gustan las novelas románticas del oeste, no puedes perderte la saga de la reina del brilli-brilli.

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De boda con un cowboy

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1
—¡Y por eso mi vida es una mierda!
Charlotte apuró la jarra de cerveza de un trago y después la estrelló contra la barra. Por suerte para ella, el barman del tugurio, que la miraba con cara de pocos amigos, la jarra no se rompió.
—Ha sido una historia muy interesante, chica —dijo un lugareño, sentándose en la barra junto a ella.
—¡Lesbiana! —gritó Charlotte, agitando los brazos.
—¿Cómo dice?
El hombre de mediana edad intercambió una mirada con el barman.
—Mi familia cree que soy lesbiana y ese es el motivo por el cual yo, Charlotte McTabish, me he inventado que tengo novio desde hace más de cinco años. ¡¡¡Sí!!! Mi novio de Canadá viaja mucho.
El hombre abandonó el taburete discretamente, entendiendo que una mujer inestable como aquella, por muy guapa que fuera, solo le traería problemas.
Por suerte o por desgracia, en la otra punta de la barra de aquel solitario antro de un motel de carretera, otro vaquero estaba sonriendo, amorrado al botellín, esperando que la pelirroja soltara otra de sus perlas por la boca.
—¡Ponme otra Sam! —gritó Charlotte, arremangándose la chaqueta de marca, en un gesto que al vaquero le arrancó otra sonrisa.
—No me llamo Sam —le dijo el barman—, y creo que no debería beber más, señorita.
—Sí, eso, soy una señorita —dijo, mirándose el caro traje de chaqueta y falda a juego y lo bien que le quedaban los exquisitos zapatos de tacón que ella misma había diseñado—. ¡Y esta señorita quiere otra jarra de cervezaaa!
—Ponle otra —se escuchó decir al cowboy—, así será más fácil que duerma la mona y no moleste.
—¡Oiga, usted…! —Charlotte se dio la vuelta y señaló con el dedo al que acababa de hablar. —Alzó una ceja, sorprendida de lo bueno que estaba—. Stripper tejano.
El barman soltó una carcajada al ver la cara de pasmo del vaquero, que se había levantado de su mesa para dirigirse a la barra.
Charlotte parpadeó, confusa. ¿De qué se reían todos? En verdad parecía un stripper. Esos vaqueros apretados escondían un culo de infarto. Y seguro que bajo esa camisa de cuadros ese tío bueno tenía unos abdominales de infarto. Hasta podía imaginarse rayando queso encima y luego lanzándolo sobre unos macarrones con queso recién hechos. En su visión, los macarrones estaban en un plato, pero al no resultarle demasiado divertido, de pronto el stripper se convirtió en un comedero de macarrones.
—Mmmm… succionar esos macarrones sobre sus abdominales…
—¿Es consciente de que habla en voz alta? —El cowboy se lo preguntó al barman, y el hombre respondió encogiéndose de hombros.
—Creo que no es muy consciente de nada —respondió, divertido.
Le puso la cerveza sobre la barra y ella la tomó bebiéndosela casi de inmediato.
—Bien, creo que es el momento de hacer de buen samaritano.
Ella vio como el stripper se acercaba a ella y se sentaba a su lado en el taburete.
—Buenas tardes, Charlotte…
—¡Dios mío! —ella lo miró muerta de hambre—. ¿Nos conocemos? ¿Cómo sabe mi nombre?
El tipo le dedicó una sonrisa bajo su sombrero blanco que casi la tumbó de espaldas.
—Creo que lo ha gritado a los cuatro vientos hace un segundo.
—¿En serio? —Charlotte alzó la ceja izquierda.
—Sí, justo antes de decir que era lesbiana.
—No soy lesbiana —lo miró de arriba abajo, golosa—. Y si alguna vez he tenido alguna duda de ello, puedo declarar en este momento, que no tengo ninguna.
Charlotte se relamió los labios.
Oh, Dios, ese tipo le recordaba tanto a su primer novio…
El rancho McTabish siempre estuvo un poco apartado de la civilización, pero desde luego una podía ir al instituto y recrearse la vista con los amigos de sus hermanos, sus tres hermanos. Claro que era lo único que podía hacer, porque ser la pequeña de los McTabish significaba que, si algún incauto se atrevía a mirarla más de la cuenta, habría tres pares de puños incrustándose en su cara y costillas en menos que canta un gallo. Y los gallos cantan a diario.
—En serio —farfulló, sin dejar de mirar a ese hombre, esta vez con cara de lástima—, habrían destrozado al pobre tipo que me tira los trastos. Por eso no he podido tener una vida normal. ¡No sé ligar!
El barman limpiaba un vaso con un trapo limpio de cocina e intentaba aguantar la risa.
—No se muy bien de qué está hablando, Charlotte —dijo ese vaquero con cuerpo de infarto.
—De mis hermanos —respondió ella, extrañada de que ese tipo no pudiese escuchar sus pensamientos. Cosa que era prácticamente imposible, pero iba muy borracha y ella creía que sí era posible—. Mi vida sexual es inexistente y resulta que tengo que encontrar a un cowboy que me acompañe a la boda de mi hermano. Y si está tan bueno como tú, mejor.
—Uno que se haga pasar por su novio desde hace 5 años —apuntó el barman, señalándola.
—¡Seeee! Veo que me está escuchando, eso es maravilloso y muy bonito. Los hombres de mi vida nunca escuchan.
—Igual es porque habla demasiado y no deben saber qué es lo importante —dijo el cowboy.
Ella lo miró con cara de pocos amigos.
—¡Todo lo que sale de mi boca es importante! —graznó.
—Por supuesto —dijo el cowboy, alzando los brazos a la defensiva.
—Eso es. Hágame caso. Las mujeres queremos que nos escuchen y…
Que nos empotre un stripper como si no existiera el mañana.
Con este… bueno, con este me conformo con el empotramiento, lo de escucharme… De momento no es muy importante.
Pero el tipo al parecer tenía ganas de hablar.
—¿Sabéis que quieren los hombres de las mujeres?
Ella lo miró haciendo una mueca.
—No va con segundas. Lo pregunto en serio —aclaró el cowboy—. Acabo de salir de una relación de cinco años y…
—¿Acabas…?
—Me dejó ayer.
—Vaaaya…
Qué lástima… Ay, si no me pusiese esta carita de cachorrito abandonado, hasta dejaría que mi cara sonriese de alegría. Pero no, contrólate, Charlotte, pobrecito…
—Por mi mejor amigo.
Ella asintió, muy seria.
—Quizás no debería decirlo —dijo ella, consciente de que debía decir algo—, pero un amigo que se folla a tu novia, igual no es muy buen amigo.
Muy a su pesar, él asintió con una sonrisa triste.
—Me hubiese venido bien tu franqueza. Intuyo que tú sí podrías ser una buena amiga.
—Y nunca me hubiera acostado con tu novia —apuntó, muy sinceramente—. A pesar de lo que piense mi familia de mi y de mi supuesta —matizó esa palabra en concreto— orientación sexual.
—Entiendo —él sonrió—. Tal vez podrías serlo.
—¿Lesbiana?
—No, mi amiga.
¡Bingo!
—No lo sé, vivo en Boston.
—Oh, qué casualidad. Yo he vivido en Boston los diez últimos años, pero voy de regreso a casa, mi padre quiere que tome el negocio familiar.
Bueno, eso no era del todo cierto, pero no tenía por qué contarle su vida a una desconocida.
—¿Tu padre también es stripper? —se sorprendió ella.
—Joder…
El barman casi se cae de la risa y él dejó de pensar en su autoritario padre y centrarse en esos grandes ojos, verdes y almendrados, de pestañas como abanicos, que lo miraban como si de repente le hubiese salido otra cabeza.
—No, no lleva ese tipo de negocio —aclaró—. Y yo no soy stripper.
Charlotte miró al barman con una sonrisa ladeada.
—Claro que no —canturreó, como si no le creyera ni una palabra—. Pobre, le da vergüenza—gimoteó—. No tienes por qué avergonzarte, es un trabajo como cualquier otro. ¡Ponme otra, Sam!
El barman meneó la cabeza sin dejar de sonreír y ella hizo un puchero.
Hug aprovechó para intentar convencerla de que era hora de parar.
—Creo que es muy tarde, que tiene que asistir a una boda, y que debería retirarse a su habitación.
Ella lo miró con cara de pocos amigos.
—Menudo aguafiestas está usted hecho, señor stripper —le apuntó con el dedo índice, mientras se esforzaba para enfocarle. Cuando él frunció el ceño, ella asintió, condescendiente—. Lo siento, pero es que no sé su nombre.
—Hug Willson.
—¡Dios! —rio con ganas—. Ese es un nombre de perro.
—Jajaja, esta chica si que sabe hacer amigos —se rio el barman.
—Hug Jackman no estaría de acuerdo! —se quejó el vaquero, medio en serio medio en broma.
Ella dibujó con sus sensuales labios una O perfecta.
—No había caído en eso.
—Y lamento que no le guste mi nombre, si un día ve a mi madre puede discutirlo con ella.
—Lo haré, pero después de tantos años no creo que cambie de opinión.
—Tampoco lo esperaría —dijo él apurando la cerveza—. Mi madre nunca cambia de opinión por nada ni nadie.
Cuando la terminó, la miró fijamente, y hasta su sonrisa burlona se suavizó.
—Ahora en serio —le dijo a Charlotte—, el ambiente hoy está calmado, y solo quedan cinco parroquianos más muertos que vivos, pero no me quedo tranquilo dejándola aquí…
Sola y borracha…
Ella alzó las cejas en un gesto que intentó parecer sexy, pero que solo hizo que el barman volviera a reírse.
—¡Callate Sam! —le dijo ella, fingiéndose ofendida. Luego miro de nuevo a Hug— ¿Qué me propone, amable caballero?
—Escoltarla hasta su habitación. Porque imagino que se hospeda en el motel, si no, no habría bebido tanto, ¿me equivoco?
Por supuesto que se equivocaba. Ella estaba allí porque su furgoneta no iba del todo bien, y después de beber como una cosaca no tenía demasiadas ganas de quedarse tirada en la carretera.
—Charlotte, ¿vamos? —insistió él.
Y ella pareció sopesar cual de los planes de esa noche era más atrayente, si seguir bebiendo y quedarse dormida, babeando sobre la barra, o dejarse guiar por ese fornido y sexy cowboy que además era stripper. Soltó una risita involuntariamente. Sería la primera vez que un apuesto stripper la escoltaba a la habitación de un motel. ¡Planazo!
—Vamos… —graznó, bajándose del taburete con cuidado, pues sus impresionantes taconazos de quince centímetros podrían matarla en aquella situación—. En serio, no sé por qué lo pienso. Me atrae mucho la idea de que me lleves a mi habitación —dijo, intentando parecer sexy.
Hug puso los ojos en blanco, mientras la cogía del codo para que no cayese redonda al suelo.
—¡Que bien!
—Por favor —le recriminó Charlotte—, el sarcasmo no te queda bien.
—Vayámonos, yo invito.
Hug dejó un billete de veinte sobre la barra y se levantó del taburete, al hacerlo sintió como la mano de Charlotte se estrellaba contra su nalga.
—¡Al lio, cowboy!
Él la miró con incredulidad.
—¿Qué hace?
—Meterte en el personaje, y no te olvides del sombrero —se lo quitó de la cabeza y se lo puso ella.
Salió dando saltos del bar de carretera. Fuera, a cincuenta metros, estaban las habitaciones, y seguro que una de ellas era la suya. Aunque no podía recordar cual…
Llegaron y Charlotte se quedó mirando las puertas, todas iguales, y cuando él llegó a su lado se encogió de hombros.
—¿Y bien? —dijo, recuperando su sombrero.
Ella también se encogió de hombros y se atusó la larga melena de un rubio rojizo.
—No sé cual es mi habitación.
2
—No me puedo creer que no lo sepa.
Charlotte se encogió de hombros, intentando no caerse de sus tacones. Había pateado medio parking sin problemas, pero de repente el pensar en una cama le había dado sueño…
Sí, sueño.
Miró al stripper, tan guapo, con esa mandíbula cuadrada, la barba incipiente y esos ojos azules, tan azules como el cielo.
—¿Qué mira? —preguntó él, tímido.
—No miro nada. Pero tengo ojos.
Él negó con la cabeza.
—A ver, dígame, ¿Cómo es posible que no sepa cuál es su habitación?
Ella resopló
—Bueno, ¿y qué quiere? Prestaba más atención a las bebidas alcohólicas que había tras la barra que a los números de las puertas.
—Pero habrá dejado el equipaje en alguna parte.
—Por supuesto. Y a mi gata. —De pronto, Charlotte se llevó las manos a la cabeza—. ¡Mieeerdaaaaaa! ¡Mi gata!
—¿Tiene una gata?
—Sí, la señorita Rotermeyer, pero la llamo Roty.
—Ese sí que es un nombre de mierda.
—¡Oiga! —lo miró escandalizada.
—¿Acaso no le resulta cruel ponerle ese nombre a una gata?
Ella lo miró entrecerrando los ojos.
—Usted no la conoce —alegó—. Y deje de ser tan mala persona y ayúdeme a encontrar a mi gata —Charlotte aleteó las espesas pestañas y estiró los labios en una sonrisa que pretendía parecer tierna, de niña mimada—, por favor… Se morirá de hambre… —gimoteó.
Él la miró como si no supiera qué demonios hacer con esa chica. Resopló y pareció darse por vencido. ¿Quién se podía resistir a alguien tan…?
En fin… mejor no definirla.
—¡Vamos a buscarla! —insistió ella, pateando el suelo con el tacón derecho.
—¿Y cómo piensa hacerlo?
—Fácil. Abriendo las puertas de las habitaciones.
Hug la miró como si se hubiera vuelto loca.
—No puede hacer eso.
—Claro que puedo, ¡tengo esto! —ella levantó la llave sujeta a un llavero y que no podía ser de otra manera, con la forma de un sombrero vaquero. Eso sí, sin ningún número labrado en él, y ese era el motivo de la dificultad.
—Cómo, ¿vas a abrir las puertas de todas las habitaciones?
Charlotte puso los ojos en blanco y luego lo miró como si fuera estúpido.
—No se abrirán si no es la habitación correcta.
Él cerró los ojos y rogó a cualquier divinidad que le hiciese caso tener algo más de paciencia.
—Creo que me hago a la idea —dijo al fin, siguiéndola—, lo que me preocupa es que los inquilinos intenten agredirnos cuando intentemos entrar en sus habitaciones.
—Estamos en un condenado pueblo de cien habitantes —ella caminaba con los taconazos, de repente como si no estuviese borracha— ¿Crees que los lugareños intentarán partirnos la crisma?
—Son diez mil y los lugareños no están todos en este motel. Además, ¿qué tendrá que ver el número de habitantes con intentar entrar en habitaciones ajenas y evitar que nos partan la crisma?
—Siempre poniéndolo difícil, Hug —le dijo, como si se conocieran de toda la vida.
No había terminado de decirle eso cuando ella intentó abrir la primera puerta.
—En serio, no me parece una buena idea que intentes abrir sin antes avisar.
Ella lo miró, mientras intentaba encajar la llave en la cerradura.
—¿Quieres que avise?
Hug iba a asentir, pero antes de poder hacerlo, ella alzó el brazo sobre su cabeza y cerró la mano en un puño. Antes de descargarla contra la puerta, lo miró con una sonrisa que a Hug se le antojó diabólica.
—No lo dirás en serio…
—¡¿Hay alguien?! —gritó, Charlotte— ¡Abran la puerta! —Charlotte aporreaba la puerta con ganas— ¡No quiero que la señorita Rotermeyer se muera de hambre! ¡Tengan algo de piedad!
—¡Por Dios, para!
Hug se llevó una mano a la frente cuando la loca del bar dejó de gritar y aporrear la puerta.
—¿Ves? No hay nadie, quizás sea la mía. —Metió al fin la llave en la cerradura y empezó a girar el pomo—. Maldita sea, no se abre…
De pronto los dos se quedaron quietos y miraron la puerta, que se abrió de golpe.
Un hombre de dos metros de altura, barbudo y cara de muy pocos amigos estaba parado bajo el marco de la puerta. Tenía el torso descubierto y una prominente barriga le tapaba los canzoncillos de ACDC. Los numerosos tatuajes de una temática en concreto, amén de los calzoncillos, dejaban claro que era motorista. Y de los chungos.
—¿Qué demonios quieren? —bramó.
Hug apretó los labios. Sabía que se acababan de meter en un buen lio. ¿Por qué demonios esa mujer no le había hecho caso?
—Disculpe a mi…
—Su prometida —interrumpió Charlotte, con convicción.
—¡Dios Santo…! —Hug puso los ojos en blanco, luego miró al hombre y forzó una sonrisa—. Discúlpela. Ha bebido mucho y no recuerda el número de su habitación.
—¿Esa es su excusa? —gruñó el motorista barbudo— ¿No se da cuenta de la hora que es?
—Sí, lo sabemos —Charlotte lo miró como si una masa pestilente se hubiera adherido a su traje de marca— ¿No puede ser un buen samaritano y entenderlo?
El hombre la miró de arriba abajo y la fulminó con la mirada. Después se encaró con Hug.
—¡Largaos de aquí antes de que se me acabe la paciencia!
—¡Oh! —Charlotte se ofendió—. ¡Menudo caballero!
—¡Cállate! —le dijo Hug entre dientes— O va a darnos una paliza.
—¿Una paliza? —Charlote gritó sobre le hombro de Hug. Luego miró al motorista tatuado — ¡Mi prometido puede contigo, Chiwaca!
—¡Por Dios, cierra la boca!
Pero ella no tenía suficiente. Se colocó tras él, utilizándolo a modo de escudo y asomó cobardemente la cabeza para mirar al motorista peludo.
—Hablo en serio, mi peludo amigo. Mi prometido podría mandarte al otro barrio si quisiera, y con una mano atada a la espalda. ¿A que sí, cariñito?
Hug volteó la cabeza y la miró como si se hubiera vuelto majara.
El grandullón resopló y miró a Hug con los ojos en llamas.
—Vamos, no le haga cas…
—¡Ups!
Charlotte se llevó las manos a la boca cuando el puño del orangután se estrelló contra el mentón de su acompañante. Lo tumbó de un solo puñetazo y aunque ella habría jurado que podría haberse defendido mejor, se preocupó realmente al verlo gemir en el suelo.
—¿Estás bien? —le dijo, y luego fulminó al gorila tatuado— ¡Estará contento!
El hombre se limitó a cerrarles la puerta en las narices después de una advertencia.
—¡Largaos de aquí! —gritó, desde dentro de su habitación.
Charlotte se agachó y tomó la cabeza del cowboy entre las manos.
—Lo siento mucho —parecía como si le hubieran quitado el alcohol de las venas en un segundo—. No pensé que ese energúmeno fuera a reaccionar así.
Hug gimió, intentando levantarse.
—¿En serio? ¿No pensaste que después de perturbar el sueño de un tipo a las cuatro de la madrugada e insultarle, podría reaccionar mal?
—Pero… no contra ti.
Era una excusa muy pobre, pero era la única que se le ocurrió.
Lo ayudó a levantarse.
—Estoy bien, y ahora déjame a mí.
Ella lo miró intrigada cuando él se sacudió la camisa.
—¿Qué harás? No estarás pensando en aporrear todas las puertas… Mira que como haya una convención de moteros…
—Sí, ya hemos visto que eso no funciona. ¿Qué tal si vamos a recepción y preguntamos cual es tu habitación?
—Dios, eres un genio —dijo convencida de que era una idea brillante. Algo que era simplemente lo más lógico. —¿Cómo no se te ha ocurrido antes? Te habrías ahorrado el mamporro.
—¿En serio? —dijo él, sarcástico, mientras se acariciaba el mentón—. Anda vamos, y no hagas que me arrepienta de haberte acompañado en esta aventura nocturna.
Hug la agarró del brazo y caminó hacia el fondo del pasillo.
Diez minutos después estaban rumbo a la habitación de Charlotte con una llave de seguridad.
—Habitación 15, ¿podrás recordarlo?
—¡Por supuesto! —dijo ella, levantando los brazos en señal de triunfo.
—Ssssh… ¿eres siempre tan escandalosa?
Ella le lanzó una larga mirada de arriba abajo.
—En la cama, sí.
No fue lo que dijo, sino cómo lo dijo, y junto a esa ligera y sexy caída de párpados, lo que le provocó a Hug una erección que se obligó a ignorar.
—No te he preguntado eso.
Ella se rio e hizo un gesto con la mano para quitarle importancia.
—No es cierto, solo era una broma.
No era broma. Pero por probar que no quede…
—Hemos llegado. Habitación 15.
Hug metió la llave en la cerradura mientras ella se apoyaba en el marco de la puerta y lo miraba con cara sonriente.
—Estaba convencida de que habría tardado más de cinco minutos en meter la llave en la cerradura. Qué bien que estés aquí.
Él se limitó a gruñir, molesto aún consigo mismo por las traidoras reacciones de su cuerpo y ella, de pronto, le miró el mentón.
—¿Te duele? —lo arrulló, alzando la mano para acariciarle la zona—. Lo siento mucho…
Él no se apartó, pero tampoco hizo ningún movimiento para darle a entender que ese roce le había gustado.
—Entra e intenta dormir —dijo, al fin.
La puerta se abrió y del interior se escuchó el maullido de la gata.
—¡Roty…! —Charlotte entró corriendo con la luz apagada y el estruendo que hizo a continuación equivalió a un taburete volcado y una lámpara rota. Estruendo que se escuchó desde afuera.
Hug resopló.
—¿Podrías por una vez intentar no meterte en líos?
Entró, encendió la luz y la vio boca abajo en el suelo, gimiendo y agarrándose la rodilla. A sus pies estaba el taburete volcado que había golpeado a una lámpara de pie que se había caído sobre su cabeza.
—Esto no debería estar aquí —dijo ella, quejándose.
—¿Siempre encuentras excusas para no aceptar tu responsabilidad?
Ella hizo un mohín con la boca e intentó levantarse, pero no pudo. Su gata le saltó encima desde la cama y le clavó las uñas en la espalda.
—¡No! ¡Para!
—¿Esa es tu gata? —dijo él, divertido— ¿La que intenta matarte?
—A veces a la gente no sabe lo que le conviene.
Él asintió divertido. Ahora esa gata, que muy bien podría haber salido de las entrañas del averno, era “gente” para su extraña nueva amiga.
Sintió un arrebato de ternura.
—Ven, te ayudo. —Su fuerte mano la tomó por el antebrazo y tiró de ella.
La puso en pie y la gata desapareció de su mirada periférica. Se quedaron muy juntos cuando se hubo incorporado del todo.
—Yo… gracias —gimoteó Charlotte.
Y de nuevo, esa sexy caída de pestañas.
—No hay de qué. Siempre es un placer ayudar a una dama.
Ella resopló, luego se mordió el labio inferior y soltó una risita.
—¿Te estás poniendo romántico conmigo?
Se miraron un largo instante. Ella seguía mordiéndose el labio inferior, y él intentaba contener la risa.
Esa personita menuda y con carácter, le había hecho reír más en una sola noche que su exnovia en cinco años. Claro que también había colaborado en que le golpearan en la cara, algo que no había pasado en… algo que no había sucedido jamás.
Hug era demasiado buen chico, o eso decía su madre. Pero claro, ser un cowboy rudo era lo que marcaba la ley en su familia, y él jamás tuvo el buen tino de serlo, para desgracia de su padre. Ahora regresaba después de diez años, y durante la primera noche que pasaba en su pueblo natal conocía a la mujer más excéntrica y divertida, y alocada y… bueno, ahora que la miraba bien, sí, también era de las más bonitas que había visto jamás.
No era muy alta, pero sí tenía un cuerpo de sensuales curvas. Vestía muy bien, una mezcla elegante e informal, como su carácter. Sus ojos eran preciosos, verdes y almendrados, y sus labios carnosos y rojos. Su cara era muy linda, tan linda como atrevida era su expresión, como el color de su pelo, rojo tirando a rubio, largo y ondulado. Era arrebatadora. Se la quedó mirando embobado unos instantes, hasta que se vio sorprendido por una frase muy indiscreta, teniendo en cuenta a lo lo que él acostumbraba.
—Me encantaría compensarte lo que has hecho por mí —ronroneó Charlotte, lamiéndose el labio superior.
Hug no escondió la sonrisa.
—No es necesario que en un acto de misericordia te acuestes conmigo —respondió.
Ella puso los brazos en jarras e hizo un puchero.
—¿Qué clase de respuesta es esa? —gimoteó—. Créeme… estoy tan cachonda…
—¿Cómo dices?
Ah, ¿es que era en serio?
Por supuesto que Hug comprobó lo en serio que iba Charlotte cuando con el dedo índice tocó el botón de su camisa. Él se vio obligado a enarcar la ceja izquierda.
—¿Qué haces?
—¿Qué haces tú además de striptease? —ella dejó caer las pestañas, para luego alzarlas y clavar los ojos verdes en los suyos— ¿Crees que si soy lo suficientemente generosa podrías hacer algo más que quitarte la ropa?
Hug era incapaz de hacer nada más que parpadear.
Ella parecía no tener piedad.
—Llevo tanto tiempo sin follar que el acto de misericordia sería recordarme como se hace —ronroneó— ¿Podrías hacerlo?

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