Dónde están las margaritas cuando más las necesitas de Dublineta Eire

Dónde están las margaritas cuando más las necesitas de Dublineta Eire

A compartir, a compartir! Que me quitan los posts!!

***SOLO HOY Y ahora supera mi beso de Megan Maxwell 

Regresa Megan Maxwell con una novela romántico-erótica tan ardiente que se derretirá en tus manos.

Sexo. Familia. Diversión. Locura. Vuelve a soñar con la nueva novela de la autora nacional más vendida…

DESCARGAR AQUÍ


Dónde están las margaritas cuando más las necesitas de Dublineta Eire pdf

Dónde están las margaritas cuando más las necesitas: Comedia romántica de enredo, llena de amor, humor y secretos de Dublineta Eire pdf descargar gratis leer online

He heredado un niño. Sí, ¡un niño! A mí, que se me mueren hasta los cactus. Y un niño compartido con un tal señor Cortada.
¿Que quién es ese Édgar Cortada?
Aparte de ser un tipo que despierta mis instintos más primarios cuando lo tengo cerca, solo sé que compartimos la herencia de la señora Merkel.
Y te estarás preguntando quién es la señora Merkel, claro. Pues no tengo ni idea, pero déjame que empiece por el principio para que empecemos a entendernos.
Me llamo Vera, tengo treinta y ocho años y acabo de dejar a mi novio de toda la vida, porque no se le ha ocurrido otra cosa que pedirme que me case con él y formemos una familia. ¡Una familia! Yo, que vivo por y para mi trabajo y disfruto siendo una mujer independiente
Y lo he dejado a pesar de que mi señor padre intente por todos los medios que acepte su propuesta y pase por el altar, igual que han hecho casi todos mis hermanos. Hermanos que me tratan como si fuera una cría de doce años y tuvieran que organizarme la vida. Una vida en la que hay un testamento, un ex, una familia tradicional, un tipo que perturba mi paz mental y secretos, muchos muchos secretos que van a salir a la luz.
¿Te atreves a conocer a los Martín de Olmedo?


Publicado

en

,

por

Etiquetas:

Comentarios

5 respuestas a «Dónde están las margaritas cuando más las necesitas de Dublineta Eire»

  1. CAPÍTULO 1
    «No aceptes la propuesta de una muerta», me gritaba mi conciencia, pero mi cerebro se había quedado sordo. 
    Y así comenzó mi historia, una que no pedí y con la que me di de bruces. Unos se encuentran dinero o un anillo de brillantes; otros, con menos suerte, se topan con su suegra en el peor de los momentos; y luego estaba yo, que me encontré con un marronazo.
    —¡Buenos días! ¿Podría facilitarme su DNI? —me preguntó una amable anciana que debía llevar allí desde que se trazó la reconstrucción de la ciudad, después de la Guerra Civil—. Si lo desea, puede esperar en el despacho del señor Puente.
    —Gracias. —Alargué la mano para darle mi documento de identidad con una sonrisa fingida, y atravesé el hueco de la puerta que me abrió.
    Y no fue necesario esperar, pues, sentado en un sillón del Pleistoceno, me esperaba el que, entendí, sería el notario.
    Después de intercambiar un par de frases de cortesía, abrió una carpeta azul, como las que llevaba al colegio cuando era pequeña, y sin mirarme extrajo un sobre. Se recolocó las gafas, tosió y comenzó a leer.
    En principio no le presté demasiada atención, me dediqué a enroscar y desenroscar en el dedo uno de mis mechones, que encontré sobre el hombro; solía hacerlo cuando estaba nerviosa o aburrida. No tenía ni idea de qué iba a contarme; no quiso explicarme nada cuando llamé, tras recibir en casa de mis padres la citación. En ningún momento me planteé de qué podría tratarse; en el trabajo estábamos tan desbordados revisando expedientes que me había olvidado por completo hasta que saltó la notificación en el móvil. Mi cabeza estaba en otra parte, más concretamente en la fiesta sorpresa que mis hermanos y yo pensábamos organizarle a Inma, la mayor de los cinco.
    —«…en plenas facultades mentales, hago tutora legal a la señorita Martín de Olmedo…». —Del susto, pude sentir hasta cómo me explotaban en la cara los cientos de globos dorados que pensaba atar en el arco de entrada al jardín. Tal fue mi grito que el notario se detuvo en seco. Dejó sobre la mesa la carta que llevaba más de cinco minutos leyendo y se quedó observándome —con el ceño fruncido por encima de las gafas— esperando a que me calmara. Cuando comprobó que volvía a respirar, continuó.
    De nuevo, había dejado de escuchar la voz de aquel señor, estaba concentrada en contar los latidos de mi corazón. Al oír que me había convertido en tutora legal de alguien, empecé a ver borroso.
    —Disculpe. ¿Po-podría repetir? —le pedí entre susurros, pues no me salía la voz.
    —Tranquila. Le decía que tiene hasta el doce de octubre…
    —No, no. Repita desde el principio. —Suspiré y me pasé la mano por la boca hasta dejarla temblando en la barbilla.
    Obedeció sin más. De nuevo desconecté en el mismo punto. No podía ser cierto aquello que salía por boca del señor Puente. No.
    —Debe de tratarse de un error. No conozco a ninguna señora Merkel, salvo a la expresidenta de Alemania, y hablo de que si sale en televisión sé quién es; posiblemente, si me topara con ella por casualidad, dudo mucho de que supiera reconocerla. —El notario escuchaba mi aclaración, atento y paciente, asintiendo, sin soltar la hoja—.  Además, de haber fallecido, habría salido en todos los medios de comunicación. Y por muy desagradable que cuenten que es, entiendo que tendrá a alguien más cercano al que dejarle a su hijo, digo yo… Y más los alemanes, que son tan cuadriculados y desconfiados. Lo siento mucho por ese tal Alan Merkel, pero no tengo intención de hacerme cargo. Entenderá que es un tema lo suficientemente serio como para aceptar así, a la ligera.
    Tragué saliva con la esperanza de que aquel hombre aprovechara mi silencio para darme las gracias y me comunicara que podía marcharme de allí. Necesitaba salir de aquel despacho, necesitaba respirar aire, y el de aquel lugar me era insuficiente.
    —Entiendo. —Elevó las cejas a la vez que se empujaba las gafas hasta dejarlas colocadas sobre el puente de su prominente nariz.
    —Entonces, no se hable más. —Me puse en pie, me colgué el bolso en el hombro y, antes de dar un paso, volvió a hablar.
    —No se preocupe, los orfanatos alemanes no son como de países tercermundistas, allí comen todos los días… —Abrí de par en par los ojos y agarré con fuerza la tira de mi bolso, como si con ese gesto impidiera que cayera desplomada—. Claro, el chiquillo podrá hacerlo siempre que conserve todos los dientes. Todo el mundo sabe que en esos sitios hay pandilleros, y más en ese país. Está a la orden del día.
    —¿Qué pretende? —pregunté asustada y con la respiración agitada, como si mientras él hablara yo pedaleara en una bicicleta estática.
    —Nada, nada. No pretendo nada. Si es comprensible que se desentienda. Usted tendrá su vida y ahora, hacerse cargo de un muchacho que lo ha perdido todo, pues es normal que prefiera vivir tranquila y feliz, calentita frente a su televisor de cincuenta pulgadas, en su ático dúplex en el campo de Golf.
    —Y usted cómo sabe…
    Pero qué estaba diciendo. Claro que conocía mi residencia, le acababa de dar mi DNI.
    —Hagamos una cosa: usted, piénselo. Tiene un mes. Vaya a casa, coméntelo con su… ¿marido? —Fruncí el ceño sin apartar la vista de sus manos, que sostenían aquella inoportuna carta amarillenta—. Haga cuentas, no sé. Pero no rechace la propuesta así, sin más. Piense en Alan Merkel. Otra opción viable es que no espere a que se cumpla el plazo. Si lo desea, puede volver a mi despacho en unos días y aceptar. Creo que necesita salir de aquí, analizar todo lo que le he contado y, después, en frío, tomar una decisión.
    —Póngase en mi lugar. No puedo aceptar así, sin más detalles. Por ejemplo, ¿cuántos años tiene el niño? Yo ahora mismo no podría hacerme cargo de un bebé. Andar pendiente de si hay que darle un biberón, de si el pañal le va a estallar. No sé, esto es una locura —expuse mis motivos mientras él sonreía como si se estuviera aguantando las ganas de soltar una carcajada tras otra en mi cara—. Y ¿no tiene padre?, ¿abuelos?, ¿tíos? No sé, ¿quizás una vecina cotilla que jugara a la canasta con su difunta madre?
    Antes de continuar, me frené en seco. No lo dije, porque a aquel señor no le importaba mi vida sentimental; mejor dicho, mi inexistente vida sentimental, por no hablar de la sexual… Y, sin desviarme del tema importante, no podía aceptar esa carga. Más, cuando lo había dejado con el presunto amor de mi vida justo porque me negaba a tener hijos. Y, digo presunto, porque al romper sentí una gran liberación y no lloré ni un segundo cuando él se desgañitaba —agarrado a mi pecho— suplicándome que volviéramos juntos.
    Tenía que marcharme de aquel despacho antes de que ese hombre usara sus malas artes para derribar la coraza que me había creado desde hacía tantos años con tal de que no me afectara la vida de nadie.
    —Veamos, solo podré decirle algo más, si usted acepta. Es la voluntad de la señora Merkel.
    —Pero es que no conozco a esa tal Merkel, ha debido de equivocarse. Seguro que esa «herencia» iba dirigida a otra. Mire bien en su expediente. —Moví las manos y los dedos en dirección a su mesa como una histérica.
    —Bueno, permítame que le saque de su error. Dudo mucho que haya en todo el planeta otra persona con su nombre y apellidos. Reconózcame que es un tanto peculiar.
    Alcé las cejas, ahora se mofaba de mi nombre completo.
    —Pongámonos en que asumo que soy yo la que sale en esos documentos. Que no hay un error… ¿Me podría decir qué relación tiene, perdón, tenía conmigo, esa señora? ¿Por qué yo? Todo este secretismo me pone nerviosa.
    —Normal. Si yo la entiendo, pero entiéndame usted a mí, yo solo comunico las últimas voluntades. En su mano está que las acepte, ahí ni pincho ni corto.
    —Veo que no llegamos a un entendimiento, y no puedo estar aquí en su despacho todo el día discutiendo sobre algo que desconozco. Deje que lo consulte con mi…, con mi familia. Solo tengo una pregunta. Si acepto y luego las condiciones no me parecen las más idóneas, ¿podré echarme atrás?
    «Vera, vete, vete aún que hay tiempo. Ya has empezado a dudar».
    —Claro, por eso no se preocupe. Estoy completamente seguro de que aceptará en cuanto descubra las condiciones. Espero su llamada. Que tenga buen día.
    Sí, claro, iba a tener un día maravilloso. ¿Qué se pensaba, que era de piedra? ¿Qué persona con dos dedos de frente se iba a quedar tan pancha sabiendo que, vagando por un recóndito lugar de Europa, había una personita sola y desvalida que acababa de perder a su mamá?
    Inspiré con fuerza, me pasé la mano por la nuca y esperé a que el señor Puente llegara al otro lado de la mesa. Alargó su mano hasta rozar la mía. Se la estreché sin ganas y salí de aquel cubículo que olía a perro mojado.
    Aquellas cosas solo podían ocurrirme a mí. Abandoné el edificio como si huyera del mismísimo diablo y, al poner un pie en la acera, caí de bruces contra el suelo.
    —¿Estás bien? —Unas enormes manos me apretaban los antebrazos mientras yo me pasaba las mías por las rodillas con una mueca de dolor.
    —Sí, sí. Si me dejas, podré ponerme en pie —contesté aguantando las ganas de llorar, y no era por el golpe, no, era de rabia, por culpa de la noticia que acababa de recibir.
    —¿Seguro que estás bien? Menuda leche te has metido, guapa —soltó entre risas, plantado delante de mi cara.
    —Pero cómo tienes tanto morro, si me has lanzado por los aires —me quejé, ya en pie.
    —¿Yo? —Se golpeó el pecho. Tremendo pecho, todo sea dicho de paso. Aquel torso era un bloque de hormigón esculpido con deseo—. ¿Será verdad? Bueno, si aceptas un consejo… —No lo dejé terminar.
    —No, no lo acepto. Faltaría más.
    Tragué saliva y hui de allí. No podía quedarme discutiendo con un tipo que tenía un algo que me obligaba a mirarlo como si acabara de visitarme la corte celestial, al completo, a anunciarme que era la elegida y que en breve tendría un bebé.
    ¡Ay, Señor! Pero si era justo lo que acababa de ocurrir. Yo había sido la elegida entre… no sé cuántos millones de mujeres pueblan la faz de la Tierra —y que estuvieran más capacitadas que yo para asumir una maternidad tardía—, y me la adjudicaban a mí, a alguien que había decidido no tener descendencia.
    Cuando volví a girar la cabeza para despedirme, el ángel anunciador había desaparecido. Pestañeé un par de veces. Me temí lo peor: el golpe me había desplazado el cerebro y habría sido una alucinación.
    Crucé al bar de enfrente, me senté a la mesa más próxima a la salida y pedí una tila doble.
    —Santi… —llamé a la única persona que sabía que me entendería. Mi hermano.
    —Dime, preciosa.
    —No sabes lo que me ha pasado.
    —No, pero seguro que lo voy a averiguar en breve. Cuéntame.
    Empecé diciéndole que acababa de salir de un notario, que me había ocurrido algo insólito. Y, cuando fui a explicarle que una desconocida me había incluido en su testamento, escuché cómo se reía al otro lado de la línea. No entendía qué le hacía tanta gracia; sin embargo, a mí su risa me iba cabreando por momentos. Cuando lo amenacé con colgar y bloquearlo para siempre, me pidió que no me moviera de donde estaba, que le pasara la ubicación y que, en cuanto pudiera, vendría a mi encuentro y ya le lloraría en condiciones.
    —¿Puedes ponerme tres más? —le pregunté a la camarera cuando se acercó a recoger la mesa de al lado. Me miró sorprendida.
    —¿Tres bolsitas en un vaso?
    —No, tráeme tres tazas, lo prefiero así. —No me contestó, se marchó murmurando algo que no entendí y que me dio igual.
    Mientras esperaba, cogí mi teléfono y entré en Google, busqué si había alguna noticia relacionada con el fallecimiento de alguien que se llamara Merkel. Después empecé a buscar noticias sobre cámaras ocultas. Sí, lo sé, en ciertas ocasiones puedo resultar un poco infantil, pero no me negaréis que todo lo que acababa de sucederme, cuanto menos, era un poco peliculero.
    Nada, no encontré nada que pudiera aclararme algo, que me diera luz; y, antes de dejar mi teléfono para beber de mi taza, apareció Santi.
    —Perdona, había tráfico —se disculpó mientras me daba dos besos con la respiración agitada—. Vine corriendo.
    —¿Qué quieres tomar? —le pregunté antes de acabar el solajillo que me quedaba de mi última tila.
    —En otra ocasión diría que lo mismo que tú, pero va a ser que no. —Observó con carilla de asco las cuatro tazas vacías, con sus respectivas bolsitas de infusión estrujadas, que descansaban en los platillos; y sonrió.
    Levantó el brazo para hacerse ver. Entonces, la camarera se acercó a nuestra mesa. Empezó a colocar, en la bandeja que había traído, mis tazas; y, sin mirarlo, le preguntó a mi hermano qué tomaría.
    —A estas horas, como que pega una cervecita —comentó con una sonrisa espontánea, que iba dirigida a la chica que pacientemente esperaba a que pidiera su consumición—, pero, no sé, ¿un lunes? Ay, si nos viera papá…
    —Joder, Santi. Decídete ya, anda —me quejé, sin dejar de estrujarme los dedos de una mano con la otra.
    —¿Tenéis tostadas? —preguntó a la vez que se pasaba la mano por la nuca.
    —¿En serio? No tienes término medio, hijo. Y ¿te las vas a tomar a palo seco? —quise saber.
    —¿Estrella de Galicia? —le contestó la camarera, y él asintió. Después, le guiñó el ojo. Yo me quedé con la boca abierta.
    —Trae un par, por favor. —Volvió a guiñarle el ojo.
    —Pero ¿qué le has pedido?
    Y no dio tiempo a que contestara porque la eficiente y simpática empleada nos trajo un par de botellines de cerveza, acompañados de una jarrita para cada uno.
    Dos cervezas después, dos para cada uno, conseguí soltar la bomba.
    —Dispara, que sé que te mueres por hacerlo.
    —¿Te puedes creer que el notario me ha dicho que me han dejado una herencia?
    —¡Oh, para nada! —se carcajeó.
    —Santi, por favor, que estoy muy agobiada —confesé entre suspiros.
    —Vera, si me hubieras dicho que el panadero te ha dejado una herencia, pues igual me habría sorprendido, pero que te lo haya comunicado un notario, entiende que no me sorprenda. Igual si pruebas a decirme qué es lo que te han dejado, a lo mejor empiezo a entender un poco tu estado.
    —Te aseguro que lo harás y, casi seguro, creerás que me he vuelto loca. Yo estoy empezando a creerlo.
    —Vera, venga, dispara. ¿Qué hay de sorprendente en la herencia? ¿Conozco al muerto? ¿Quizás un amante?
    No sabía cómo comenzar, así que me lancé y lo solté sin rodeos:
    —Escucha: me han dejado un niño. ¡Un niño! ¡¡Un ser vivo!! A mí, que se me mueren hasta los cactus. A mí, que dejé a mi novio porque quería casarse conmigo y formar una familia.
    —¿Estás de coña? —preguntó después de darle un trago a su cerveza.
    —Ya me gustaría a mí. Tan cierto como que estoy medio pedo contándotelo.
    —Siempre puedes rechazarla —me sugirió, sin mirarme, mientras toqueteaba la pantalla de su teléfono.
    —¿Y si le revientan los dientes y no vuelve a comer emparedados? ¿Y si lo captan en una secta…? —sollocé muy dramática yo, animada por los efectos del alcohol.
    —Frena, frena, que nos conocemos. —Colocó la mano sobre la mía y la apretó con suavidad.
    Y ahí ya dejé salir todos los sentimientos que había ocultado durante la última hora.
    Lloré como si conociera y quisiera a la señora Merkel, tanto o más que a mi propia madre y que, tras su muerte, acabara de quedarme huérfana. También lloré por Alan Merkel. Lo imaginé solito vagando por las calles repletas de ratas gigantes, de traficantes de armas, de prostitutas que le compraban un perrito caliente después de una semana sin llevarse nada nutritivo al estómago. Y las carcajadas de mi hermano no impidieron que dejara volar mi imaginación, hasta el punto de encontrarme arrodillada sobre una lápida en mármol blanco roto con vetas azules. Si hasta notaba el frío en las palmas de mis manos. Allí, llorando a moco tendido en un cementerio alemán la pérdida del hijo de la señora Merkel, a la que le pediría perdón, porque estarían los dos enterrados en el mismo lugar. Sí, muy peliculera que es una. Pero la culpabilidad me golpeaba el corazón y me hacía imaginar idioteces que no me llevaban a ninguna parte.
    —Vera, si te dijo que hasta que no aceptaras no te informaría de más, queda con él, pide una cita y que te cuente. No te preocupes de nada más. Total, con que no firmes, no hay mayor problema —me explicó mi hermano, sujetando mi mano y limpiándome los lagrimones que resbalaban por mis mejillas, corriéndose todo el rímel—. Si quieres, puedo acompañarte.
    Sonreí agradecida, me mordí el labio y me aparté el pelo que se me empezaba a quedar pegado sobre las lágrimas.
    —Pero… Santi. ¿Yo, al cargo de un niño? ¡Un niño!
    —Técnicamente no sería tuyo, solo harías de tutora legal. ¿Cuántos años tiene? ¿De qué conocías a la difunta?
    —Y yo qué sé. ¿Tú me escuchas? Si te he dicho que no sé nada más. ¿Cómo voy a aceptar? ¿Qué le diré a papá? ¡Joder, Santi! Cuando se entere me matará. Se imaginará cosas raras. —Me cubrí la cara con las manos mientras lo observaba entre los huecos de mis dedos.
    —A ver, ¿qué culpa tendrás tú de que esa señora no tuviera a nadie más en el mundo para dejarle a su niñito? A lo mejor es de alguna clienta que vio en ti un modelo maternal a seguir…
    —En serio, no había caído en que papá se terminará enterando…
    —Igual hasta te felicita. Digamos que puedes vendérselo como una obra de caridad. Estas cosas están muy bien vistas entre los cristianos…
    Los dos sonreímos. Qué diferentes éramos a nuestros padres y demás hermanos. Éramos algo así como las ovejas negras de la familia. Con la diferencia de que a él no lo machacaban a todas horas con que debería formar una familia, que se le iba a pasar el arroz y… Entonces, se me encendió la bombilla. Si aceptaba, cabía la posibilidad de que mis padres no volvieran a suplicarme que les diera nietos, no volverían a machacarme con la absurda petición de que me casara con Jaime. Igual no era tan mala idea aceptar aquella inesperada tutela…
    —¿Podrás esperarme unos minutos? Tengo algo importante que hacer. Si quieres, puedes ir pagando. Te quiero.
    Asintió con su brillante sonrisa, luciendo dentadura perfecta, blanca, alineada. Después, se apartó unos mechones que le caían por la frente y alzó la mano a modo de despedida. Supongo que se imaginó que sacaría del bolso el teléfono, que me quedaría en la puerta del bar y que llamaría al trabajo para avisar que iba a llegar tarde. No sé, algo que haría una persona normal y no una desquiciada como yo.
    La ruptura con Jaime me tenía las emociones a flor de piel. El sentirme liberada hacía que me comportara como si volviera a tener catorce años y cero responsabilidades. Pero yo quería demostrarles a todos que estaban equivocados, que podía, por una vez en mi vida, hacer algo por alguien que no fuera yo. Si rechazaba la propuesta antes de conocer las condiciones, y dejaba abandonado a su suerte a aquel niño, sabía que no volvería a dormir tranquila.
    Abrí la puerta del bar, le lancé un beso a Santi y corrí a atravesar la carretera. Crucé sin mirar. Tras un frenazo y varios pitidos después, recuperé la movilidad en las piernas y conseguí llegar a la acera y traspasar el portal que me llevaría al notario.

  2. CAPÍTULO 2
    Las ganas de comunicarle mi decisión acabaron con mi paciencia. Como el ascensor tardaba demasiado, decidí subir por las escaleras. Lo hice saltando de dos en dos los peldaños, con una habilidad que me sorprendió, y eso que iba con tacones.
    Con lo poco en forma que estaba, era normal que me faltara el aire. «Pero ¿tanto?». Me asusté cuando empecé a sentir los latidos de mi corazón golpeándome el pecho, solo me faltaba sufrir un infarto y dejar huérfano al pobre Alan Merkel antes incluso de hacerme cargo de su custodia. Con el susto me entró hipo y, sin haber llegado al rellano del notario, ya sentí ganas de vomitar. ¡Qué angustia más tonta me había entrado! Estaba claro que la cerveza me sentaba mal.
    La puerta estaba abierta, la traspasé como si me persiguiera una horda de vampiros y tuviera una milésima de segundo para atravesar un portal antes de que desapareciera para regresar a mi dimensión. Tan concentrada iba en mi huida que me enganché el bolso en la esquina del mostrador y me tambaleé. La anciana recepcionista no se encontraba en su puesto, en su lugar había un cartel que decía: «Vuelvo en cincuenta minutos». Pues sí que se tomaba su tiempo para desayunar. Aproveché su ausencia para continuar mi carrera, cada vez estaba más cerca de darle la noticia al señor Puente.
    Entre la falta de aire por el ejercicio, y la euforia que me recorría el cuerpo entero por haberme dado cuenta de lo buena persona que podía llegar a ser, abrí sin llamar a la puerta y grité como si estuviera en mitad del campo:
    —¡¡Sí, sí, acepto!! —berreé con el pomo de la puerta entre mis dedos, hipando y llorando a partes iguales.
    Dos cabezas se giraron hacia mí. El notario dejó sobre la mesa la carta que leía antes de mi aparición estelar. Me pareció la misma que me había leído a mí. Y lo más sorprendente es que se la leía al ángel anunciador.
    —Adelante, guapa, no te cortes. Madre mía, si a todo le pones las mismas ganas… —susurró el idiota que me había tirado al suelo.
    —¿Tú? —pregunté entre jadeos.
    —Señorita Martín de Olmedo, ¿se encuentra bien? —intentó averiguar el notario, un poco preocupado por mi estado.
    —Sí, esperaré fuera, no hay problema. Hip. —Me coloqué la mano en el pecho, rezando para adentro de que no me empezara de nuevo el hipo—. Fue la emoción del momento. Puedo esperar. Hip.
    —No, no hay problema. Estoy convencido de que al señor Cortada no le importará.
    Me acerqué hasta su silla y lo observé con detenimiento.
    Solté una sonora carcajada. Los dos me miraron sorprendidos, casi asustados. No los culpo. No entenderían a qué venía mi risa, no la entendía ni yo. Lo podría justificar con que se trataba de la inoportuna risa nerviosa. La típica que te entra en el peor de los momentos, y que, cuanto más quieres parar, no puedes.
    Pues ahí estaba yo, doblada sobre mí misma, con la melena cayéndome hacia los pies, con la cara tapada, mientras me sujetaba la barriga para controlar la risa y sin dejar de lloriquear.
    Cuando logré calmarme un poco, me senté en la silla libre que había junto a Cortada. Así de cerca, parecía mucho más joven. Más o menos tendría mi edad. Estaba segura de que todavía no había cumplido los cuarenta. Embobada, alargué la mano hasta rozarle el antebrazo y poder comprobar que era real, vamos, de carne y hueso. No entendía qué me ocurría y por qué mi comportamiento había dejado de ser el de una persona normal. Desconocía si se trataba por el alcohol que llevaban aquellas cervezas tostadas que me bebí casi sin respirar. O era la mezcla de no haber dormido, el impacto de la noticia, más la bebida y la maratón que me había metido sin estar acostumbrada, pero os juro que por un momento pensé que se me había ido del todo la cabeza. Tanto que estaba segura de que aquel individuo no era otro que Rubén Cortada, el actor. Sus ojos rasgados, como un gato salvaje, ese color claro que contrastaba con sus miles de pestañas, que ya las quisiera yo para mí y así no me encontraría hecha un mapache por la necesidad de usar máscara de pestañas para que me diera volumen. Que me notaba cómo me caían unos chorretones de un dedo de grosor, pero un dedo de los gordos. Con esa barbita incipiente, tupida, esa naricilla perfecta… Paré antes de que me empezara a caer la baba.
    «Reacciona, Vera, por Dios». Necesitaba dejar de hacer el ridículo; sobre todo, delante de aquellos dos desconocidos que me observaban estupefactos. Y lo mejor de todo es que el actor me caía como el culo de mal.
    —Adelante —le pidió Rubén; perdón, el señor Cortada.
    —¿Quiere un vasito de agua? —me preguntó el notario, con el brazo alargado sobre la mesa, ofreciéndome una caja de pañuelos de papel.
    —No se preocupe, estoy bien. ¿Me puede explicar qué significa que estemos aquí este…, perdón, él y yo? —intenté averiguar a la vez que me restregaba el pañuelo por la cara.
    —Si lo del agua lo dirá por el hipo —me aclaró el graciosillo de la sala. Lo ignoré.
    —Antes de que apareciera, le contaba al señor Cortada…
    —Una cosilla, ¿no serás el actor?
    —¿Qué actor? —me preguntaron los dos sin entender.
    —Da igual. Le escucho.
    Se recolocó las gafitas, cogió aire y lo soltó:
    —La señora Merkel los ha elegido como tutores legales de su hijo Alan Merkel.
    —¿En serio? —preguntó Cortada.
    —¡¿A los dos?! Esto tiene que ser una pesadilla —grité—, despierta, Vera, despierta.
    Me abofeteé un par de veces con la intención de abandonar aquel horrible sueño, hasta que una mano me agarró con fuerza de la muñeca y sentí un pequeño escalofrío en el brazo.
    —Vamos a escuchar qué nos dice.
    Asentí avergonzada. Me liberé de su agarre y, mientras me frotaba la muñeca, intenté averiguar qué decía.
    —Entonces, según lo que dice ahí, tendremos que hacernos cargo de un niño que vive en Berlín. Pero, si aceptamos, el niño vendrá a España, ¿verdad? Odio volar, y no es mi mayor ilusión cambiar de residencia. Ahora que el pub me va como la seda, no pienso cerrarlo.
    —Efectivamente, señor Cortada.
    —Édgar, por favor.
    —Lo siento, no lo entiendo. ¿Por qué yo? Nosotros, bueno, igual… Édgar Cortada conoce a la difunta… Como comprenderéis no pienso hacerme cargo del niño de una exnovia de este señor. —Lo señalé con el dedo tembloroso, tanto me temblaba que parecía que estuviera fingiendo el movimiento.
    —Negativo. A cuadros me he quedado cuando me lo ha dicho. No tengo ni idea de por qué he sido el elegido, junto a ti, claro está —me explicó con una sonrisa maligna y arrebatadora. Una de esas que te deja tiritando de gusto y que deberían ser pecado mortal.
    —Y entonces, por qué te parece una idea tan maravillosa.
    —No sé, creo que será divertido.
    —¿Divertido educar a un niño? No tienes hijos, ¿verdad? —indagué mientras me recolocaba en el asiento.
    —¿Tú sí?
    —¡No! Por eso lo digo. Tengo sobrinos y puedo asegurarte que pueden llegar a ser insoportables.
    —Bueno, señores, no discutan; al menos, aquí. Les recuerdo que tienen un mes hasta que llegue el chaval. Aquí tienen las últimas voluntades de la madre y…
    —Y las instrucciones, supongo.
    —Que no es una lavadora, mujer.
    —Las condiciones exactas las tendrán cuando acepten la herencia —nos informó aquel hombre, que sonreía todo el tiempo como si para él aquello que nos contaba fuera un juego.
    Resoplé, me puse en pie, me senté de nuevo mientras me abanicaba la cara con las palmas de la mano. ¡Qué nerviosa estaba! No podía más. Al menos, el hipo ya me había abandonado, al igual que las lágrimas. Volví a levantarme y no sabía hacia dónde dirigirme. Qué estúpida me sentía.
    —Aquí, por favor. —El dedo del señor notario apuntaba a un recuadro en la hoja que firmaba Cortada—. Si es tan amable, señorita Martín de Olmedo…
    Cogí el bolígrafo como si quemara y planté mi rúbrica junto a la de Édgar.
    El señor Puente se guardó los documentos, comprobó el interior de un sobre marrón y se lo ofreció a mi acompañante.
    Los dos se pusieron en pie junto a mí, se estrecharon la mano, y, tras unos segundos en silencio, los dos me miraron, como esperando a que hiciera lo mismo. Preferí no dársela, pues me había obsesionado con que tendría dos enormes rodales a la altura de las axilas. Había empezado a notar cómo me resbalaban surcos de sudor por la espalda y el cuello. A lo tonto me iba a deshidratar.
    —Si no tienen más preguntas, doy por concluida la reunión. Espero sus llamadas. Que tengan buen día.
    Y, sin venir a cuento, Édgar me colocó la palma de su otra mano sobre mi espalda, como si nos conociéramos de toda la vida.
    Se guardó en el interior de su chaqueta el sobre que le había entregado el notario y nos marchamos.
    —Y ahora, ¿qué? —me preguntó ya en la calle.
    —A mí no me mires.
    —No, claro, miraré a la farola. —Se acercó a la más próxima y se puso a hablar con el poste. Sonreí, me hizo gracia aquella tontería. Debía de ser el alcohol de las cervezas que todavía correría por mis venas, porque siempre he odiado a los que iban de graciosos.
    —Supongo que deberíamos hablar de cómo lo vamos a hacer, en el caso de que al final aceptemos hacernos cargo de la tutela del niño.
    —Eso ya lo veremos, ¿no? —me comentó con la cabeza ladeada sin apartar sus ojazos de mis labios. O eso me pareció.
    —Mira, yo trabajo de sol a sol, prácticamente. Necesitaría conocer tu disponibilidad por si tuviera que contratar a una nani —le expliqué mi preocupación.
    —¿Una qué? —arrugó la frente y la nariz.
    —Una persona que se haga cargo de los horarios del niño cuando yo esté trabajando. Te acabo de decir que soy una mujer muy ocupada.
    —Si tienes tiempo para una cerveza, podemos hablarlo; aunque, sinceramente, creo que lo mejor será esperar a que llegue el hijo de la difunta señora Merkel. —Sonrió, y pude intuir unos pequeños hoyuelos ocultos bajo la barba.
    —Dejaremos la cerveza para otro día, si no te importa. En estos días mira a ver cómo tienes tu agenda y pedimos cita en el notario, no creo que pudiera soportar la incertidumbre un mes. Necesito tenerlo todo controlado para mantener a raya mi paz mental. Si me disculpas, me marcho.
    Édgar se abalanzó hacia mí, dándome un susto de muerte. Me rozó con sus labios la mejilla y, cuando aún no estaba recuperada, me susurró en el oído:
    —Dame tu número de teléfono y prometo llamarte.
    Cuando recuperé el habla, le pedí también el suyo. Y eso hicimos, intercambiamos los números de teléfono y cada uno se fue en una dirección.
    Antes de doblar la esquina, cometí el error de girarme para poder verle por detrás. Una tontería como otra cualquiera, pero lo hice; y entonces, nuestras miradas se cruzaron. Sonreí como una tonta estúpida al comprobar que él también había hecho lo mismo.

  3. CAPÍTULO 3
    Había pasado una semana desde que nos comunicaron que compartiríamos tutela. Seguíamos sin conocer más datos, solo nos los darían en el momento de entregarnos al niño. Yo no entendía lo suficiente de leyes, y no tenía demasiado claro si todo lo que había ocurrido era legal, pero como no me atrevía a consultarlo con mi hermano mayor, que de otra cosa no, pero de leyes sabía un rato largo…, llevaba sin dormir seis días.
    Y a ver quién era la guapa que conseguía mantenerse en pie todo el tiempo que durara el partido de pádel. Me había comprometido con mi hermano Santi para jugar un torneo que organizaba el colegio en el que daba clases. Me tocó la fibra sensible con eso de que si él era el único que siempre estaba a mi lado cuando no veía la luz, y como tenía razón, pues acepté.
    —Y ¿tu ropa? —le pregunté nada más abrir la puerta de su coche para subirme y toparme con él.
    —¿Estás ciega? —contestó, con una ceja alzada, estirándose de la tela de su jersey con las yemas de su dedo índice y pulgar.
    —Santi, por favor, no me tomes el pelo. ¿No íbamos a jugar al pádel? ¿Qué haces vestido con vaqueros y un suéter? —Señalé su ropa, sujetando la puerta del coche con una mano, con un pie dentro y otro todavía en la acera, haciendo equilibrios para no caerme.
    —Ah, anda, sube, me cambio allí. No me apetecía salir con pantaloncito corto y los calcetines hasta media pierna con todos los pelos del revés —me respondió sin mirarme a la cara, apretando los labios reteniendo la risa, con las manos colocadas en el volante y con ganas de arrancar.
    —¿Voy mal entonces con la ropa de deporte? —quise averiguar. No pensé en cambiarme en el vestuario y me había recorrido media calle enseñando el culo por culpa de la minifalda de licra que me había colocado, y con un polo blanco, que no recordaba tan diminuto.
    —Vamos, sabes que no me gusta llegar tarde.
    Tomó la primera salida de la rotonda para meterse en la autovía. Me sorprendió que fuera por allí, pues el club de pádel estaba en la playa de San Juan y desde mi casa se podía ir por el interior.
    —¿Dónde vamos? —Giré la cabeza hacia la ventanilla con la intención de leer el cartel que acababa de pasar.
    —Espera, anda.
    —Santiago, vamos a casa de Beltrán. No me mientas.
    —Mi pala está rota. Voy a por la suya. —Me regaló una sonrisa angelical y traviesa. La misma que ponía de pequeño cuando sabía que lo habíamos pillado en alguna mentira.
    —¿Piensas que soy gilipollas? —pregunté, despegándome del respaldo del asiento para verle bien la cara.
    —No, ¿por? —Me ignoró, alargó la mano hasta alcanzar el botón de la radio y subió el volumen.
    Diez minutos después salió de la autovía y se encaminó hasta el chalet de nuestro hermano mayor. El abogado.
    ¡Mierda! Sabía qué pretendía.
    —Para el coche o salto en marcha, Santi.
    —Uf, qué tonta eres. ¿En serio piensas que Beltrán te va a castigar o algo parecido? Se lo cuentas, lo mismo que me contaste a mí y listo. Él podrá asesorarte. Que no te han dejado un gato, coño.
    No se trataba de eso. Durante la semana, había evitado pensar en el niño, en lo que conllevaría ser su tutora legal, en si… en si terminaría encariñándome de él y luego me lo quitarían. Me daba miedo descubrir que igual, un tutor legal no puede oponerse a que una familia solicite su adopción. Tampoco sabía si dentro de diez años, por ejemplo, mi vida habría cambiado tanto que no podría hacerme cargo de él. Intenté no pensar en si sería capaz de hacerlo bien, de si sabría educarlo, darle el suficiente amor que un niño necesita, y más él, que se había quedado huérfano. Echaría de menos a su madre. No analicé cómo sería mi vida con la custodia compartida de un niño que no había visto en mi vida junto a un ser engreído, que iba de gracioso y que no conocía de nada. Y lo que más miedo me daba de todo y no era capaz de pronunciarlo en voz alta: «y si no le gustaba al niño». Pues todo eso no lo pensé. Y no lo pensé porque si lo hubiera hecho, me habría echado atrás, renunciando a mi herencia.
    —Vera, ¿me estás escuchando? —La mano de Santi me sacudía el brazo izquierdo. Tocó el claxon sin necesidad de llamar al timbre y las puertas se abrieron.
    Por cada metro que recorría el coche por el interior del terreno de Beltrán, yo encogía un centímetro. Cuando llegó a la zona de aparcamiento, me sentía muy pequeñita.
    Cuatro pastores alemanes salieron a nuestro encuentro y, tras ellos, uno de nuestros sobrinos, el pequeño.
    Santi aparcó en un lateral de la casa. Bajó del coche, se recolocó el bajo de su suéter, mientras me observaba a través del cristal, yo seguía allí sentada, con el cinturón bien atado. Fingía que no me había dado cuenta de que ya habíamos llegado. Me negaba a poner un pie en la gravilla.
    Se acercó hasta el retrovisor derecho, abrió la puerta, dejándome expuesta, luego alargó el brazo hasta tocarme y, en cuanto lo noté, cerré los ojos. No quería verlo. Quería desaparecer. Estaba enfadada con él.
    —Vera, en serio, ¿esto te parece normal? —me preguntó entre risas.
    A cámara lenta, mostrando mi desgana, alargué mi brazo con la mano cerrada. Santi me sujetó del codo.
    —¿De qué vas disfrazada, tía? —me preguntó mi sobrino Bosco, mirándome las piernas desnudas.
    —¡Hola, cariño! Nada, cosas del tonto de tu tío —le dije dándole un beso en la mejilla. Subimos los tres peldaños que separaban el jardín del porche y apartando perros, conseguimos llegar a la puerta de entrada. Estaba abierta.
    —Aquí, en el despacho. —Escuchamos la voz de Beltrán al fondo del pasillo.
    —No pienso contarle nada.
    —Pues estaremos aquí hasta que se lo digas. Tú misma. Yo no tengo clase hasta el martes.
    —¡Joder! ¡Qué bien vives! —me quejé.
    Sin haber sido consciente de mis pasos, ya estábamos dentro del despacho de mi hermano, uno de ellos cerró la puerta, y segundos después nos pedía que tomáramos asiento.
    —A ver en qué lío os habéis metido esta vez —nos preguntó, anudándose el cinturón de su bata de estar por casa. Luego, se pasó los dedos entre los mechones castaños que le colgaban por encima de los ojos, se los recolocó a la izquierda y caminó al otro lado de la mesa.
    —Ella, ella. —El traidor de Santi me señalaba con sus manos.
    —No pasa nada, Beltrán. Este, que es un imbécil.
    —No me lo puedo creer. Da igual que este tenga más de cuarenta y tú estés a punto de cumplirlos, seguís igual de repelentes que cuando eráis unos críos. Venga, hermanita, cuenta. ¿Penal o civil?
    —¿Cómo? ¿Qué narices le has contado? Maldito estúpido. —Me encaré a mi hermano, apuntándole con el dedo.
    —Son las once, os agradecería que esto se quedara solucionado antes de la una. Pino ha ido con Beltrán y Mencía a misa y les prometí una barbacoa.
    Puse los ojos en blanco, mi hermano y su maravillosa familia siempre tan perfectos…
    —El otro día fui al notario… —empecé a decir sin mirarlo a la cara. Sabía que, de hacerlo, descubriría qué estaba pensando. Siempre lo acertaba.
    —¿Y?
    —A esta, que le han dejado un hijo.
    —¡Imbécil! —le grité comportándome como si tuviera ocho años. Luego le di un manotazo.
    —¿Cómo que un hijo? —Sorprendido, se puso en pie. Vi cómo se ajustaba el cinturón y, a continuación, apoyaba las yemas de sus dedos en el borde de la mesa.
    Le conté lo poco que sabía. Me echó una bronca impresionante cuando me pidió los documentos y tuve que decirle que no me los habían dado. Solo le expliqué que se los quedó Édgar, del que no había vuelto a saber nada desde que le di mi número de teléfono. Podría haberle llamado para que me dijera qué había metido en aquel sobre el notario, podría haber hecho tantas cosas que por miedo a descubrir algo que no me gustara, no hice… Suspiré.
    —Y ¿para qué dices que sí si no sabes nada? —me preguntó bien pegado a mi cara, casi podía sentir el calor de su aliento en mi mejilla. No podía decirle que acepté para que me dejaran en paz con el tema de formar una familia.
    —La culpa es de Santi, me lo pintó todo tan bonito…
    —¿Mía? Pero ¿qué estás diciendo, loca? La que hablaba de ratas gigantes y de perritos calientes fuiste tú.
    —Pero… pero porque tú… —Beltrán nos interrumpió.
    —¡Dios! ¡Qué cruz tengo con vosotros! Vera, tendrás al menos el nombre del notario. Dime que sí.
    —Sí, sí, claro, es uno de los que está en la calle París.
    —Bueno, algo es algo. Y el tal Édgar ese, ¿quién es?
    —El otro al que le ha tocado la lotería. —Soltó una carcajada Santi y yo intenté darle una patada sin éxito.
    —Calla. A ver, el notario me comentó que si aceptaba sabría todas las condiciones, y claro, este que sabe tocarme la fibra sensible… Déjame acabar. —Le apunté con el dedo en la cara—. Se supone que en tres semanas llega.
    —¿Quién llega? ¿Édgar? ¿De dónde? —preguntó agobiado Beltrán.
    —El niño, ¿quién si no?
    —Pero ¿lo del niño va en serio?
    ¡Qué nerviosa me estaban poniendo entre los dos!
    —Ha sido un error venir a verte. Bueno, me ha traído este traidor engañada. Que, si es por mí, nunca os habría dicho nada. —Me puse en pie, me solté la coleta y, mientras me la ataba de nuevo, mi hermano me agarró del brazo, obligándome a sentarme en el sillón.
    —No, claro, tú siempre tan hermética. Que dejas a tu novio y nos tenemos que enterar por su madre.
    Cerré los ojos y cogí aire, lo único que tenía claro es que me negaba a discutir ese tema con mi hermano, y menos con Beltrán, abanderado del matrimonio eclesiástico, y en su defecto, de una relación de larga duración con tu novio de toda la vida, y, por supuesto, era de los que prefería que llegaras virgen al matrimonio; aunque en mi caso, igual levantaba un tanto el listón, que con mi edad no creo yo que pensara que conservara mi flor, pureza o el nombre ridículo que quisiera ponerle.
    —Vera, debes tomarte las cosas en serio. Espero que recapacites sobre la propuesta que te hizo Jaime. Yo creo que necesitas una boda para recordar que de verdad lo quieres, y…
    —Vamos a dejar el tema de Jaime en paz, por favor. Vais a conseguir que me vuelva loca.
    Ya estaba predicando el defensor a capa y espada de la familia. Bufé sin apartar los ojos de Santiago. Él me había traído a casa de Beltrán, él tenía la culpa. 
    —Cariño, tú siempre has estado un poquito loca —me confesó Santi entre risas colocando su dedo gordo e índice para que viera a lo poco que se refería.
    Al ver que se me habían empezado a llenar los ojos de lágrimas, Beltrán bordeó la mesa, se sentó en el brazo del sillón y me obligó a mirarlo a los ojos. La situación me había empezado a superar.
    —Nena, a ver, lo primero, cálmate. No quiero que te tomes mis consejos como un ataque. Sabes que te queremos y queremos lo mejor para ti, aunque también podemos equivocarnos. Solo te pido que lo pienses y que si necesitas hablar, aquí nos tienes. —Me besó en la frente.
    —Bueno, volvamos al tema que nos ocupa —nos recordó mi otro hermano.
    —Con respecto al tema de esa tutela. Antes de tomar cualquier decisión, vamos a analizar qué dice el documento. ¿Vale? Como no has firmado nada, no tienes de qué preocuparte. —Sentí cómo apretaba sus dedos en mi barbilla y la elevaba más alto. Pude notar la preocupación en sus ojos y él, la culpabilidad en los míos—. Porque no has firmado nada, ¿verdad?
    —Ha firmado, fijo —se adelantó Santi a la vez que daba una palmada en el aire.
    —Y yo qué sabía… —confesé con la cabeza agachada, mirando los cordones de mis deportivas.
    Se colocó las manos en las sienes, gesto que me agobió sobremanera. Comenzó a dar vueltas por el despacho mientras la risa de Santi me taladraba los tímpanos.
    —No pasa nada. Pásame el teléfono del tal Édgar.
    Saqué mi móvil del bolso, busqué en la agenda y se lo mostré. Él marcó el número desde su teléfono fijo.
    Un tono, dos tonos… No, no. Se escuchaba perfectamente: «El número de teléfono al que llama no corresponde a ningún abonado». Sentí una fuerte presión en el estómago, como si me acabaran de dar un puñetazo.
    —No me lo puedo creer. ¿No les habrás dado dinero? —gritó a la vez que dejaba caer las palmas de la mano sobre la mesa.
    —No creo que haya sido tan tonta… O ¿sí? —intervino Santi con un tono de voz burlón.
    —¿Vera? —Escuché muy de lejos.
    —No, no. Solo firmé un papel y él nos entregó un sobre.
    —¿Qué ponía?
    —No lo sé, se lo guardó Édgar…
    —En el sobre noo. En el documento, hija, que pareces tonta.
    —¡No me chilles! No ves que estoy nerviosa. —Me dejé caer en la silla que había junto a la ventana y empecé a llorar. En aquel instante comencé a preocuparme de verdad. ¿Qué había hecho?
    Mis hermanos intentaban calmarme cuando unos golpes en la puerta nos sobresaltaron a los tres.
    —Un momento. ¡Enseguida vamos! —gritó Beltrán—. Bueno, mira el lado positivo, si este tipo te dio mal su teléfono, si al final hay niño, el notario volverá a ponerse en contacto contigo. Y cuando eso suceda, te ruego, no, te exijo que dejes que te acompañe. ¿De acuerdo? Y ahora vamos, que Pino ya ha llegado.
    Entre hipidos lamentables, me limpié la cara con un pañuelo que me ofreció Santi y justo cuando me iba a poner en pie, la puerta se abrió de par en par y volvió a cerrarse en un golpe seco antes de que me diera tiempo a mirar quién había entrado.
    —¡No me lo puedo creer! ¿Qué ha hecho esta vez? —La voz potente de mi hermano Pelayo inundó el despacho. Al escuchar sus palabras, cerré los ojos.
    —Dejadme en paz —me quejé entré lágrimas de nuevo.
    —No le digas nada, está sensible —murmuró Beltrán.
    —¡Oh, mi niña está sensiblona!
    ¡Mierda, también estaba mi hermana Inma!
    —Hablábamos de bebés —se chivó Santi.
    Me abrazó con fuerza, apretándome contra su pecho como si fuera uno de sus hijos y me empezó a mecer mientras Santi el traidor y Beltrán el bocazas los ponían al día.
    —¿Un bebé? Pero, Vera… Eso es sensacional —gritó Inma en mi oreja, me separó de su cuerpo y me sujetó con ambas manos de las mejillas. Me plantó un beso en la frente.
    Y otro portazo.
    —Yo creo que un hijo es una bendición —me explicaba Inma mientras me acunaba.
    Me sentía súper estúpida. Parecía la escena de una película aburrida, de esas que ponen a las cuatro de la tarde de un sábado. Lo peor es que todo aquello era en lo que se había convertido mi vida.
    —¿Qué? ¿Qué me dices? ¡Un niño! ¡Ay, enhorabuena! Ya decía yo que habías echado más culo —chilló mi cuñada Manuela, la mujer de Pelayo, que había aparecido de la nada.
    —No, no. —Escuché a Beltrán a mi espalda.
    —Bueno, cariño, da igual que estés soltera. A estas alturas de partido como comprenderás, dudo mucho que tu padre siga creyendo que eres virgen —Manuela intentaba consolarme sobre la película que se había montado en su cabeza, por haber escuchado la palabra «bebé».
    —¡Manuela, déjalo! —Pelayo la reprendió.
    —Yo qué sé, la chica habrá tenido sus momentos con Jaime. Digo yo…
    —Anda, bonita, cállate, que ahora mismo lo que menos necesitamos es una imagen de nuestra hermana pequeña entre los brazos de ese…
    —¡Hola! Sigo aquí, por si no os habéis dado cuenta. Y os recuerdo que tengo treinta y ocho años, dejad de tratarme como si tuviera doce.
    Me puse en pie, me limpié las lágrimas con el dorso de la mano. Miré a Santi y le solté:
    —Mira la que has liado. Si no sabes mantener la puta boca cerrada, a partir de ahora no te contaré nada.
    —Qué manía más fea tienes de decir palabrotas. Si al final aceptas, tendrás que controlar esa boquita. Los niños son como esponjas… —me reprendió Beltrán, al que no miré, porque los dejé allí dentro, y me largué.
    Ninguno me detuvo.
    Saqué mi teléfono y volví a marcar el número de Édgar. No podía creerme que me hubiera dado uno falso. Ni que fuera una acosadora…
    —¿Sí?
    Me aparté el móvil, miré sorprendida la pantalla y volví a escuchar la voz varonil de Édgar al otro lado.
    —Soy Vera —contesté en un susurro lastimero.
    —¿Vera? Ahora no caigo. —Soltó una carcajada.
    —Bueno, solo te llamaba porque mi abogado me ha pedido una copia de los documentos —según hablaba me iba inventando y sorbiendo los mocos.
    —Anda, calla. —Se escuchó una risa—. Si eres la morena de ojos verdes que lloraba en la notaría.
    —Sí, la misma que llora ahora, pero en casa de mi hermano. —Me limpié una lágrima gigante con el dedo.
    —No debes tomarte las cosas tan a pecho. Si me permites el consejo… —lo interrumpí.
    —Gracias, pero no lloro por gusto. Últimamente estoy más sensible de lo normal y… —Suspiré con ansias.
    Allí me encontraba en mitad del jardín de Beltrán, sentada debajo de una palmera canaria, que me pinchaba la espalda, contándole mi vida a un desconocido, mientras deshojaba una triste margarita.
    —Vera, dame una dirección para que te haga llegar los documentos y…, y para decirle al notario dónde deberá enviar al niño.
    —¿Perdona? Creo que no te he entendido. ¿Cómo que enviarme al niño? —No quería creerme que tuviera tanta cara el hombre este.
    —Sí, claro, en algún sitio se tendrá que alojar.
    —Bueno, también podría ir a tu casa, digo yo.
    —Veras, Vera. Anda, qué gracioso suena. En realidad, he renunciado a mi herencia. Tenías razón, tener un hijo no es ninguna tontería por mucha ilusión que me hiciera vivir la experiencia junto a ti —me contaba divertido, como si todo lo que acabara de decirme fuera gracioso.
    —¡¿Cómo?! ¿Estarás de coña? —grité, sintiendo un fuerte tirón en el pecho.
    —No, para nada. De hecho, he puesto en venta el pub y ahora mismo estoy en… Da igual, no creo que te interese. Solo te informo de que estaré un tiempo fuera de España. Me he dado cuenta de que la vida son dos días y voy a disfrutar de ella. ¿De qué sirve tener dinero si lo tienes guardado en el banco? Espero que Alan y tú seáis muy felices.
    —No puedes hacerme esto. No, no pienso encargarme de un niño, al que no conozco de nada, yo sola. Su madre nos lo ha dejado a los dos. No, no me cuelgues. ¡Édgar!
    No solo colgó, si no que apagó su teléfono. Y allí me quedé, rodeada de pétalos de margaritas, debajo de la palmera, con el móvil en la mano y con cara de tonta.

  4. CAPÍTULO 4
    No me atreví a contarle a nadie lo que me había ocurrido con Édgar, preferí olvidar el tema, al menos, hasta que saliera de esa casa. Mis hermanos reían, hablaban y bromeaban sobre sus cosas y mis cuñadas y hermana se sentaron a ver una serie que le había recomendado alguna madre de algún compañero de mis sobrinos. Yo decidí que me calcinaría en el borde de la piscina mientras leía una revista de decoración que le cogí a Pino. No podía concentrarme, el nombre de Alan me bombardeaba el cerebro y la imagen de Édgar me quemaba las retinas. Aprovechando que todos estaban dentro, cogí mi bolso y me marché. Caminé unos diez minutos por la urbanización privada y cuando llegué a la carretera nacional, llamé a un taxi. Antes de darme cuenta, ya estaba en mi casa.             
    Justo cuando iba a meterme en la cama, mi teléfono sonó.
    —¿Sí? —pregunté sin mirar quién era.
    —¡Hola, cariño!
    Mierda, mi madre. O se había muerto alguien o alguno de mis hermanos se había ido de la lengua.
    —¿Ha pasado algo? —pregunté preocupada, con el pelo enredado entre los dedos.
    —No, tranquila, es que acabo de acostarme y he recordado que no te dijimos que este domingo habrá comida en casa. —Puse los ojos en blanco, activé el altavoz y me recoloqué en la cama. Intuía que la conversación iba para largo.
    —Mamá, queda una semana por delante, son las diez de la noche, hay días para avisarme. ¿Seguro que está todo bien?
    No sabía para qué insistía, si yo lo que quería es que no me dijera nada, en el caso de saber algo de lo mío.
    —Creo que este domingo no tengo ningún compromiso —respondí, mirando al techo, con el teléfono sobre la almohada.
    —Sí, tienes una comida con tu familia…
    —Mamá, me refiero a que no tengo ningún compromiso y podré ir. —Me cubrí la cara con las manos y resoplé.
    —Vera, es el cumpleaños de tu hermana Inmaculada. No puedes faltar.
    —Eso ya lo sé. Y te acabo de decir… Da igual. ¿A qué hora?
    Para qué estar dándole vueltas a lo mismo, mi madre era así, y a su edad no iba a cambiar.
    —A las diez para que nos dé tiempo a organizarlo todo. Es una fiesta sorpresa, tenlo en cuenta, no vayas a meter la pata, que tú eres muy de meterla…
    —Tranquila, mamá, no suelo hablar con mis hermanos entre semana. Así es imposible meter la pata. —Apreté los ojos con fuerza, sabía lo que venía a continuación.
    —Eso es otra. ¿No te das cuenta que te has alejado de nosotros? ¿Cuánto tiempo hace que no vienes a casa? Cariño, el trabajo no lo es todo, estamos mayores y… —Escuché sus dramáticos sollozos al otro lado de la línea.
    —Mamá, por favor, te he dicho que el domingo iré. ¿Qué más quieres? ¿Necesitas que lleve algo?
    —Lo que quiero es que vengas más a vernos. Tu padre cualquier día se va al otro barrio.
    —¡Mamá! No digas esas cosas que me dan mal rollo.
    —Vera, ¿qué te ha pasado? Hija, tú no eras así.
    Me estaba poniendo enferma, qué necesidad había de darme aquella charla sin sentido.
    —No he tenido un buen día, en realidad, llevo una semana horrible, si quieres mañana te llamo cuando haga un descanso en el trabajo. ¿De acuerdo? —Me incorporé, apoyándome con el codo sobre el colchón, con el dedo en alto preparada para colgar la llamada.
    —Trabajar tanto no debe de ser bueno, y más con la edad que tienes. Si no hubieras dejado a Jaime, ahora mismo estarías casada y sin necesidad de trabajar. —De un momento a otro me iba a poner a contar ovejas. Qué don tenía para sacarme de quicio…
    —Mamá, Jaime y yo lo dejamos el mes pasado. Es materialmente imposible que hubiera dado tiempo a organizar una boda y más una boda de la familia Martín de Olmedo.
    —No bromees. Tú no sabes el disgusto que tiene papá. Y Geno, ay, la mujer no se repone de esta.
    —Buenas noches. Dale un beso a papá de mi parte y a Geno dile que no sufra, que estoy segura de que con lo buen partido que es su hijo, encontrará a una mujer que de verdad lo quiera y haga feliz.
    Colgué sin más.
    Quería mucho a mis padres, a mi familia en general, pero no soportaba que intentaran organizarme la vida y decidir qué era lo mejor para mí. Tenía treinta y ocho años, un trabajo que me había ganado yo solita, no me pasé tres años en Estados Unidos estudiando los últimos años de la carrera para depender de un hombre, y aunque no hubiera estudiado, me daba tanta rabia que el final feliz de una mujer fuera estar casada, en casa y cuidando a su maridín porque así lo habían decidido por ella.
    Antes de apagar la luz, cogí mi teléfono y marqué el número de Édgar, no sé qué pretendía, pero necesitaba hablar con él, que me dijera que se lo había pensado mejor y que olvidara lo que me había dicho en nuestra última y única llamada. Necesitaba saber que podía contar con Édgar para esta aventura.
    Apagado.
    Cerré los ojos y me dormí.

    El lunes a primera hora tenía una reunión importante —trabajaba de coordinadora en una empresa de Prevención de riesgos laborales—, pero anoté en mi agenda que, en el primer descanso, llamaría al notario. Yo también renunciaría. Ojos que no ven, corazón que no siente. Eso dicen, sin embargo, sabía que conmigo aquello no funcionaría. Ser una persona histérica y obsesiva no ayudaba en mi caso. Ya decidiría sobre la marcha.
    Llegué a la oficina, saludé al conserje y me dirigí a mi planta. Antes de entrar en mi despacho, comprobé que estaba todo preparado en la sala de juntas. No me gustaban las interrupciones. Cuando estaba dejando el bolso sobre mi mesa, escuché sonar mi teléfono en el interior. Casi no me dio tiempo a contestar.
    —Verita. —Era mi hermana Inma.
    —¡Qué solicitada estoy últimamente! Dime.
    —Qué rancia eres, chiqui. Nada, te llamo ahora que sé que todavía no has empezado con tu jornada laboral, que luego me toca hablar con tu secretaria y sin conocernos ya somos íntimas amigas —mientras ella hablaba, yo comprobaba que llevaba todas las carpetas con el listado de las empresas a las que había que enviar a los técnicos para dar los próximos cursos de prevención, y que no me dejaba nada importante. Odiaba las interrupciones.
    —Inma, tengo prisa. Dime, porfa —me quejé con el teléfono apoyado entre la oreja y el hombro, estaba contando que el número de expedientes coincidieran con el de carpetas.
    —Ayer…, verás.
    Eso decía yo, me podía salir con cualquier cosa.
    —Inma, te lo digo en serio, en dos minutos te colgaré porque habrá empezado una reunión súper importante y luego me echarás en cara lo maleducada que soy. —Me sabía mal colgarle, por lo que cerré con llave mi despacho y mientras hablábamos corría por el pasillo para llegar antes a la sala de juntas.
    —Vera, a las cinco pasamos a buscarte.
    —¿Quiénes? —pregunté asustada plantada como un ficus en la puerta que en un segundo abriría.
    —Las chicas y yo. ¿Quién si no? Si tus hermanos están trabajando. Bueno, menos el descarriado de Santi, que ese vive mejor que quiere…
    Sonreí, era cierto lo que decía.
    —Entiendo que te refieres a Manuela y a Pino. —Pasé al interior, aún no habían llegado todos los compañeros. Tenía margen. Sonreí y tomé asiento. Inma continuaba con su historia.
    —Por supuesto. Bueno, que a las cinco pasamos a recogerte por el despacho, así no perdemos tiempo. Luego te cuento, que ya han pasado los dos minutos y me siento menos mal si la que te cuelga soy yo.

    A las cinco y media me avisó el conserje de que me esperaba un grupo de señoras en el hall del edificio. Ya se me había olvidado.
    Me despedí de mis compañeros en el ascensor. Los lunes se cerraba la oficina a las cuatro, aunque muchos de nosotros nos quedábamos, de manera voluntaria, acabando trabajo, por lo que no tenía excusa para rechazar la propuesta de mi hermana y cuñadas. No me atreví a preguntarles dónde me llevarían.
    Pensé que merendaríamos en la cafetería que estaba enfrente del colegio de mis sobrinos, como tantas otras veces, y después pasaríamos la tarde de compras. Como siempre que quedábamos, pero me equivoqué.
    —Entonces, ¿no tienes ni idea de en qué pub trabaja? —quiso saber Pino.
    —No entiendo. ¿Para qué queremos saber dónde trabaja? Ya me lo dejó bien claro el domingo, ha renunciado a su herencia y se ha ido del país.
    —Chica, a veces me sorprende lo inocente que puedes llegar a ser. ¿Qué persona con dos dedos de frente, de un día para otro, se pira? Eso lleva un tiempo. Es que pareces nueva —me riñó Inma, convertida en una experta en conductas ajenas.
    —Vaya, ya veo que lo tenéis todo más claro que yo. Por si no lo sabéis, que sé que no sois muy de salir, en Alicante, otra cosa no, pero bares hay a patadas. Y los lunes suelen cerrar por descanso del personal.
    —Ahora va a resultar que no trabajas tanto y en realidad a lo que te dedicas es a hacer la ruta de la cerveza, de bar en bar… —murmuró Pino para que no la oyera. La ignoré, así no entraríamos en una discusión tonta, como tantas otras veces.
    —Dame tu teléfono —me pidió Manuela, mostrándome la palma de su mano—. ¿Dónde tienes el número del notario?
    Y allí sentadas en el banco de un parque, cerca del Corte Inglés, estábamos las cuatro, como si nos hubiéramos convertido en espías y nos estuviéramos preparando para una misión.
    Al cuarto intento, alguien descolgó y se lo pasó a Pino.
    —¡Buenas tardes! Podría hablar con el señor Puente, es muy urgente, soy la abogada de la señorita Martín de Olmedo. Claro, entiendo —mi cuñada Pino charlaba metida en el papel de letrada, y reconozco que lo hacía tan bien, que hasta yo me lo creí—. Mi cliente no se encuentra en la ciudad. Viaje de negocios, es una mujer muy ocupada y bueno, paga genial, no quiero que me despida por incompetente. Necesitaré acercarme al negocio del señor…
    —Cortada —le susurré.
    —Sí, efectivamente, el señor Cortada. —Asintió con la cabeza, nos miró, fingiendo una falsa sonrisa inocente, con la inútil idea de esconder a esa niñita traviesa que se muere por hacer algo indebido y colgó.
    —¿Lo tienes? —preguntamos las tres a la vez.
    —Bueno, me dio el nombre de una sociedad, dadme un segundo…. A tu hermano no lo puedo llamar, si se entera que mandé a los niños con Cleo a solfeo, me mata.
    —¿Cleo? —No conocía a nadie con ese nombre.
    —¡Que sepas que no sabes quién es porque vas a tu aire!
    —Cierto y lo siento, pero sigo sin saber.
    —La nueva chica interna que tiene en casa, mujer —me aclaró Inma mientras se colocaba la tuerca de su pendiente.
    —Que sepas que tú también tendrás que contratar a alguien para que se encargue de tu niño postizo —comentó entre risas una de mis cuñadas, como si lo que hubiera dicho fuese gracioso.
    ¡Maldita la gracia!
    Y mientras me ponían al día en cuanto a tarifas y aconsejándome que sería mejor una interna, Pino hacía otra llamada, esta vez con su teléfono. Pegó un gritito y se despidió.
    Sin decir nada más, mi cuñada levantó la mano y paró un taxi que iba por el centro de la avenida. Yo no entendía nada. Nos acomodamos en el interior y de nuevo Pino tomó el mando. Le dio la dirección al conductor y media hora después nos dejaba en el campo de Golf.
    —¿Vamos a mi casa?
    —No, bonita, vamos al pub del desertor.

  5. CAPÍTULO 5
    —No me puedo creer que esté tan cerca de donde vivo. Igual te han dado mal las señas.
    Era imposible que estando a cuatro calles de mi casa, nunca nos hubiéramos cruzado. De haberlo visto antes, estaba segura de que lo recordaría. Esa mirada era difícil de olvidar. Me daba rabia reconocerlo, pero el chico estaba un rato bueno. Tonto y creído como el solo, pero para un ratito, me serviría.
    «Pero ¿qué estaba diciendo?». En mi vida me había liado con nadie que no fuera mi novio. Bueno, igual debería de empezar una nueva Era. La de después de Jaime. Me reí yo sola.
    Inma abrió la puerta del local, del que colgaba un enorme letrero, en el que podía leerse: «Dolores». No teníamos demasiado claro si aquel pub sería el de Édgar, primero porque allí solo había una camarera rancia, y no era por criticar a la muchacha, más bien se trataba del modo en el que nos miraba. Lo hacía con pocas ganas de vivir.
    —Si lo ves, ¿qué le dirás? —quiso averiguar mi hermana.
    —Creo que deberíamos irnos. Ha sido un error. Ya me dejó claro que había renunciado a todo —me quejé, con las manos apoyadas en la espalda de Manuela, con la intención de que diéramos la vuelta y saliéramos de allí.
    —Lo mejor será que le pidas el famoso sobre. Al menos, nos enteraremos de qué contiene —explicó Pino con los brazos colocados a ambos lados de las caderas—. ¿No te pica la curiosidad de cómo será el niño? ¿Le mantendrás el nombre?
    —Me estoy empezando a marear —susurré mientras me daba aire con un folleto del pub, donde ponía el nombre de los cócteles, que encontré sobre una mesa.
    Tomamos asiento en la que estaba al lado del billar. Mis cuñadas y hermana no dejaban de reírse y de bailar haciendo las tontas. Era como haber soltado a tres niños en Disney World con una Visa Platinum.
    Una parte de mí quería largarse de aquel antro. Mentira. No lo era. El sitio estaba genial, limpio y bien distribuido, al menos, a esa hora. Estaba muerta de miedo por la que se me venía encima. Me negaba a verlo, a que pensara que había ido allí a suplicarle que aceptara de nuevo. Una tenía su orgullo. Y otra parte de mí, quería quedarse, volver a reencontrarme con él. Era evidente que me sentía atraída por aquel espécimen. Mis gustos tendrían que haber variado. Digamos que era el polo opuesto a Jaime. Uno moreno, ojos claros, rasgados, pestañotas, labios gruesos, comestibles… Qué calor me había entrado. El otro, rubio, ojos marrones, labios sin más y trajeado.
    Empezamos con unos Martinis. Mi familia muy en su línea, daba igual que estuviéramos en un lugar donde la mayoría bebía cervezas, y para más datos, directamente del botellín. Dos copas después, estaba más animada y ya no tenía tanto miedo de encontrarme con Édgar. Tenía pensado lo que le diría. Guardaría la compostura y reclamaría mi sobre. Ya no le pertenecía.
    —¿Pedimos otra? —gritó eufórica mi cuñada Pino.
    —¿Qué hora es? —quiso saber Inma mientras metía la mano en el interior de su bolso, supuse que buscando su teléfono.
    —¡Qué más da! Hoy fiesta. Llama a Baptiste y dile que ya llegarás —comentó animada Manuela—. Yo acabo de mandarle un mensaje a Pelayo para que dé la cena al gato y que no me espere despierto.
    Yo continuaba mirando la puerta.
    —Bonita, podrías traernos una coctelera de lo que sea. —Con el brazo en alto para que la viera bien, Pino gritaba a la camarera, mientras las demás nos reíamos—. No, mejor trae una de margarita.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.