El beso de un canalla (Las hijas de Lucifer nº 1) de Vanny Ferrufino

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Su empresa naviera ha sido perjudicada, alguien ha dejado una bomba en uno de sus barcos y la pérdida es bastante considerable, por lo que Thomas Frensby y sus socios, su hermano menor y su mejor amigo, tienen que regresar a Boston en contra de su voluntad para enfrentar a su nuevo enemigo y conseguir las pruebas suficientes para hacerlo pagar por sus crímenes.

No obstante, ellos tampoco son unos santos y las hijas de Lucifer no dudarán en hacerles la vida imposible una vez que pongan un pie en su tierra, puesto que las hermanas Gardener jamás olvidarán a los hombres que arruinaron sus vidas, dejándolas en la ruina total.


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3 respuestas a «El beso de un canalla (Las hijas de Lucifer nº 1) de Vanny Ferrufino»

  1. Prólogo
    Thomas Frensby apenas y podía creer lo que sus ojos leían, cada palabra que estaba escrita en esa carta no hacía más que empeorar su estado anímico y no era para menos, habían explotado uno de sus barcos en el muelle, uno cuya mercadería equivalía a más de cincuenta mil dólares, y el suceso afectó a más de setenta empleados, contando a las personas que se encontraban trabajando cerca del navío.
    «Un castigo divino», pensó, recordando a las últimas tres damas que estafaron en los últimos ocho meses, aprovechándose de los corazones débiles e inocentes de dichas mujeres, cuya protección masculina era nula. Sus víctimas favoritas solían ser viudas ansiosas por atenciones masculinas, solteronas desesperadas por una simple caricia o palabra bonita y mujeres de edad avanzada que comprendían que sólo con dinero conseguirían un buen amante.
    La Tríada infernal, estafadores y contrabandistas de renombre, no buscaban víctimas que pudieran ser vengadas, sino a mujeres totalmente desprotegidas, demostrando que, en ciertos aspectos, los hombres más temidos de América, también podían ser grandes cobardes.
    «Somos estrategas», había dicho Sheldon en el pasado, pero para Thomas ellos sólo eran tres parias de lo más despreciables.
    Nunca estuvo de acuerdo con las bajezas que cometía junto a su hermano menor y su mejor amigo, pero si quería seguir al lado de la única familia que tenía, sólo podía seguir sus pasos y ser uno más de ellos, ¿verdad? 
    Desde que tenía uso de razón, siempre estuvieron juntos. No importaba que fueran tan diferentes como el día y la noche, cuando estaban juntos eran un equipo imparable.
    Sheldon Bass, su mejor amigo y el mayor del grupo por un año, era el más astuto de los tres y se encargaba de manejar todas las finanzas. Thomas diría que gracias a su ingenio y crueldad estaban donde estaban, aunque la mayoría de las veces los que se encargaban del trabajo sucio eran su hermano y él; Maximiliano, su hermano menor por apenas unos minutos, era el más indiferente y frío del grupo, él sólo seguía las órdenes de Sheldon y aplastaba a todo aquel que se pusiera en su camino, las mujeres más que desearlo solían temerle cuando lo tenían en frente, y en cuanto a él, Thomas era el seductor del grupo, el encargado de encontrar a las víctimas e idiotizarlas con sus encantos; y no precisamente porque sus amigos fueran de mal ver, tanto Sheldon con sus bucles rojizos y atlético cuerpo, como Max con su mirada color cielo y su piel besada por el sol, podrían tener a la mujer que quisieran a sus pies, pero ellos tenían muy poco tacto a la hora de tratar con las féminas, así que ese trabajo le correspondía a él, porque su buen porte, su exquisito gusto para vestir, combinado con su perfecto cabello color oro y ojos verdes, eran la perdición de cualquier mujer.
    Cualquiera que lo observara, podría determinar que era feliz; es decir, poseía belleza, dinero y grandes amigos, pero lastimosamente, todo el dinero que tenía no era suficiente para acabar con el tormento que existía en su consciencia. Cada vez se sentía más distante de sus amigos, quienes con el pasar de los años se habían convertido en seres despreciables.
    Thomas no podía olvidar todo el daño que causaron a su paso para llegar hasta donde se encontraban, dejaron atrás a muchas personas, sin pensar en su bienestar o futuro, y odiaba que sus víctimas, en su mayoría, fueran mujeres. Había tres mujeres en particular que siempre lo atormentaban, sus primeras víctimas, tres jóvenes que no hicieron más que abrirles los brazos y sus corazones, para después ser vilmente traicionadas por ellos. 
    —¿Qué haremos?
    Esa carta sólo significaba una cosa: su regreso a Boston, el lugar donde se hicieron de la naviera de Gordon Gardener después de su muerte y dejaron a sus tres hijas sin un solo centavo. Empezó a sudar frío, ellos nunca volvían a los lugares donde radicaban sus víctimas, por eso ahora mismo se encontraban en Múnich, probando suerte con nuevas féminas. En Boston tenían a un hombre de su confianza manejando la naviera, así que su presencia nunca fue necesaria en aquel lugar, pero ahora Vincent Clarkson les había escrito para solicitar su regreso inmediatamente.
    —¿Cómo es posible? —gruñó Sheldon y golpeó la pared con rabia, incapaz de soportar una pérdida tan grande. Su amigo amaba cada maldito centavo que estaba en su cuenta, por lo que le costaría mucho asimilar todo el dinero que perdieron por la explosión.
    Hace más de diez años, el Sheldon que alguna vez fue su mejor amigo, no habría pensado en el dinero, sino en las vidas que se cobraron injustamente. Muchas familias debieron verse perjudicadas por el incidente, así que esperaba que Clarkson estuviera brindándoles su apoyo, era lo mínimo que ellos podían hacer por sus trabajadores.
    —Nunca nos ha sucedido algo así en los últimos siete años. —La tranquilidad con la que habló su hermano podría hacer creer a cualquiera que lo que sucedió no era tan grave, pero Max era así, casi nunca tenía una expresión en el rostro ni revelaba sus emociones.
    Era frío, como un tempano de hielo, y si bien era algo muy característico del pelinegro, con el pasar de los años sus actitudes se habían vuelto exasperantes.
    Lo cierto era que ya no podía reconocer a sus amigos en las dos personas que estaban junto a él en aquel despacho, era evidente que los años los habían cambiado y ahora no pensaba como ellos ni quería seguir sus pasos. 
    —Repito mi pregunta: ¿qué haremos? —No era momento para que divagaran en sus pensamientos, si tenían un enemigo que era capaz de volar uno de sus barcos, era evidente que no tenían mucho tiempo que perder—. Clarkson pide nuestra presencia en Boston.
    —Regresar a Boston implica muchas cosas —comentó Maximiliano, girando la copa de whisky en su amplia mano—. Para ti y Sheldon —aclaró.
    El recién nombrado dejó de descargar su rabia en la pared y se volvió hacia ellos, sus ojos celestes pálidos estaban más oscuros de lo normal y su rostro se parecía al de un toro enjaulado.
    —Acaban de volar uno de mis barcos y me arrebataron más de cincuenta mil dólares, ¿de verdad crees que tres hermanas impedirán mi regreso a Boston? ¡Quiero mi venganza! ¡Encontraré a ese maldito y lo mataré con mis propias manos! 
    En otra situación, quizá habría hecho un chistecito sarcástico, algo así como «el barco que debería ser de esas tres hermanas», pero como amaba su vida, decidió no provocar a su amigo.
    —Entiendo que Sheldon se sienta comprometido, pero yo no hice nada malo. —Se atrevió a decir, incluso sabiendo que no era un santo, y su hermano lo acusó con la mirada—. Nada transcendental —masticó sus palabras y se cruzó de brazos, pensativo.
    «¿De verdad te gusto?, ¿qué tan interesado estás en mí?»
    La melodiosa voz llegó a su mente aún en contra de su voluntad y decidió callarla con rapidez, antes de que el remordimiento lo carcomiera por dentro. Nunca pidió el amor de Gardenia Gardener y tampoco le interesó mantener un buen concepto de su persona en la morena, por lo que robarles no representó una gran pena para él en aquel momento.
    —Son mujeres. —Max abandonó el sillón y empezó a caminar por la estancia—. Las americanas más fastidiosas que he conocido en mi vida, desde el primer momento que las vi supe que serían un grano en el culo, y algo me dice que no nos dejarán vivir tranquilos.
    —Si somos objetivos: para ti todas las mujeres son un grano en el culo —acotó, restándole importancia a sus palabras, y Max observó a Sheldon, buscando una respuesta más madura e interesante.
    —¿Crees que puedan tener algo que ver con la explosión? —inquirió el pelirrojo, estaba tan tenso como una vara—. ¿Querrán venganza?
    —Por favor —bufó Max, entretenido—. No confundas, sólo las considero un dolor de cabeza, no una amenaza. —Hizo un gesto con la mano para aligerar la tensión en el cuerpo de su amigo—. ¿Qué podrían hacer tres féminas para afectarnos?, ¿desde cuándo le temes al sexo débil? —se mofó y su amigo cerró sus manos en dos puños—. ¿Temes ser seducido una vez más por la más zorra del trio?
    —Claro que no —farfulló Sheldon, furibundo, y Thomas se rascó la nuca, nervioso. No le gustaba hablar de ese tema—. Pero sucede, que mientras no me case con una de esas hermanas, no soy el dueño legal de la naviera, ¿lo olvidas?
    —No, no lo olvido —dijo Max—, pero Clarkson está de tu parte y nunca reveló la cláusula del testamento de Gordon.
    —La que dice que: si quiero toda su fortuna, debo desposar a una de sus preciadas hijas —completó Sheldon, más tranquilo—. Tal vez me estoy preocupando sin razón alguna, estamos hablando de americanas salvajes e incultas, ellas jamás descubrirían algo así y sería un milagro que siguieran con vida, considerando que se quedaron en la cochina calle.
    Thomas sintió como un escalofrío recorría su espina dorsal y las sienes le martillearon, no necesitaba imaginarse escenarios desagradables justo ahora. Sí, las hermanas Gardener eran mujeres burdas y un tanto exasperantes, pero nunca le cayeron mal, sino todo lo contrario. Ellas y su padre les dieron una cálida bienvenida cuando nadie quería saber nada de los ingleses empobrecidos que tocaron tierra americana. 
    Ahogó un juramento y decidió servirse una copa de whisky, por eso no le gustaba su trabajo, porque él se encariñaba muy fácilmente con cualquier fémina que le sonriera.
    —¿Entonces iremos a Boston?
    Le urgía acabar con esa conversación de una vez por todas, recordar a esas mujeres no le había caído nada bien.
    —¡Claro que sí! —afirmó Sheldon apasionadamente.
    —¿Y las hermanas Gardener? —preguntó Max con inmediatez—. No podemos olvidar a las jóvenes de quince, diecisiete y diecinueve años que traicionamos, ahora son mujeres adultas y tal vez debamos lidiar con ellas antes de buscar a nuestro enemigo.
    Thomas palideció y miró a su hermano con incredulidad, ¿qué estaba sugiriendo?
    —Una tan bella y radiante como el sol, la otra tan salvaje como el hijo varón que Gordon siempre quiso y nunca pudo tener, y la tercera la más insípida de todas —acotó Sheldon con sequedad, sirviéndose una copa de whisky para aligerar la tensión de su cuerpo.
    —Las tres flores de Gordon Gardener: Margarite, Hortensia y Gardenia. Las mujeres a las que abandonamos a tan sólo un día de la muerte de su padre —susurró, abatido—. Supongo que si las vemos podemos hacer algo por ellas —dijo con rapidez, considerando una buena oportunidad para rectificarse con ellas en vez de causarles algún mal innecesario, y tanto su hermano como Sheldon lo miraron como si estuviera loco y tuviera tres cabezas.
    —¿Hacer algo por ellas? —repitió su hermano con lentitud.
    —La naviera era suya.
    —Lo dijiste: era suya, ahora es mía —escupió Sheldon.
    —Nuestra —le corrigió Max.
    —Deshonraste a una, lo mínimo que puedes hacer…
    —Ella se deshonró sola y por su bien que ni se interponga en mi camino porque la mataré con mis propias manos.
    Estar con ellos ya no era divertido, ellos ya no eran personas agradables.
    —Alisten sus cosas porque partiremos a Boston mañana mismo.
    —¿No armaremos un plan? —preguntó espantado—. Tenemos un enemigo, esperará nuestro regreso.
    —Como si alguien tuviera las agallas para meterse con la Tríada infernal a plena luz del día —soltó su amigo con indiferencia y abandonó el despacho de la casa que alquilaban con la intención de preparar sus maletas.
    —Esto es una locura —susurró y su hermano se acercó a él con el ceño fruncido—. ¿Qué?
    —Tú odias esto, ¿verdad? —Se tensó y apartó la mirada con rapidez—. Lo supuse —admitió con desinterés—. Siempre quisiste una familia y siendo quien eres sólo tendrás dinero.
    —¿A dónde quieres llegar?
    —Quiero llegar al punto en el que te digo que: si no piensas ser de ayuda, no nos estorbes.
    Lo que le faltaba, llevaba treinta y tres años viviendo junto a ese hombre y él acababa de pedirle que saliera de su vida como si fuera un animal indeseado. Claramente su hermano requería de algo de afecto, ¡no podía ser tan frío toda una vida! 
    Sin embargo, tal vez seguiría su consejo una vez que llegaran a Boston. Si era sincero, eso de ser cruel y seducir a las mujeres para tomar su dinero no era lo suyo. Estaba cansado de ser un canalla, quería un poco de paz en su vida y eso no lo conseguiría ni con todo el dinero del mundo.

  2. Capítulo 1
    Durante la primera semana, el viaje no fue nada cómodo ni entretenido para Thomas, quien trataba de evitar a su amigo y hermano la mayor parte del tiempo porque ellos no hacían más que hablar del dinero y el barco perdido. Ninguno era capaz de pensar en las personas que murieron en dicha explosión y en la situación de las familias de dichas víctimas, algo que hace más de diez años no habría sucedido, porque ellos solían tener un gran corazón.
    Cuando vivían en Londres, bajo la protección del conde de Worcester, un hombre que los acobijó después de que sus padres murieran en combate, ellos sólo tenían un objetivo: cuidar a las hijas del noble, las hermanas Answorth, dos damas que consideraban como sus pequeñas hermanas y con quienes habían cometido muchas travesuras. Lo cierto era que su estadía junto a Worcester había sido agradable, gracias a él adquirieron conocimientos y buenos modales, Arnold Answorth llegó a considerarlos como sus hijos y los envió a América con la idea de convertirlos en hombres de negocios.
    Él se decepcionaría mucho si viera en lo que se habían convertido.
    Les inculcó grandes valores y la capacidad suficiente para crear su propio dinero, pero cuando no eres nadie en el mundo, pocas personas quieren abrirte las puertas, por lo que cuando consiguieron la naviera de Gordon Gardener, la ambición pudo con ellos y terminaron buscando más y más, sin importarles a quienes pisoteaban en el camino.
    Eran estafadores, contrabandistas y ni un solo dólar de su cuenta era dinero honrado.
    —¿Y cómo es Londres? —preguntó Gardenia con una cálida sonrisa en el rostro, buscando llamar su atención, y Margarite giró el rostro en su dirección, dejando sus flores de lado para escuchar su respuesta—. Debe ser hermoso.
    «Hermoso para las personas que tienen un título y dinero», pensó distraídamente, arreglando la cajita musical que la morena le llevó esa mañana para que le ayudara a repararla. Todo indicaba que era muy importante para ella porque era el único recuerdo que tenía de su difunta madre.
    —¿Cómo son los nobles? —exigió saber Margarite, la rubia de bucles perfectos y ojos verdosos, la joya más preciada y joven de Gordon Gardener—. ¿Son guapos, buenos, altos? —Se rio por lo bajo, era evidente que sólo era una niña—. Deben tener mucho dinero.
    «Pero una niña astuta».
    —No todos, en su mayoría buscan esposas con grandes dotes para cubrir las deudas que sus vicios les dejaron —respondió con sencillez, no muy seguro de cómo solucionar el problema de la cajita musical—. ¿Qué fue lo que sucedió? —Miró a Gardenia y su rubor lo entretuvo en demasía.
    —Se le cayó mientras te miraba cabalgar con Sheldon y Maximiliano.
    Sí, ellos llevaban más de tres meses conviviendo y se tenían la suficiente confianza como para llamarse por sus nombres de pila, algo que a Gordon le tenía fascinado, porque al parecer quería emparejarlos con sus hijas, usando toda la fortuna que poseía para encandilarlos.
    Una verdadera locura, porque el hombre sólo poseía una hija deseable y esa era Margarite; no obstante, ellos no peleaban por mujeres, por lo que sólo el mejor se quedaría con la rubia. Aunque si era sincero, Maggie no llamaba su atención en lo más mínimo. 
    —Yo tengo una dote maravillosa —dijo la rubia, regresándolo a la realidad, y él se rio—. Quiero ser una lady —decretó con firmeza y él no quiso apagar sus ilusiones.
    —¿Podrías relajarte? —ordenó Hortensia, uniéndose al grupo con ese extraño aspecto varonil que a veces le parecía atractivo, más cuando ella estaba de espalda y él podía apreciar su lindo trasero y contoneadas piernas—. La gente como nosotras no les cae bien, ya te lo dije, busca a alguien que esté a tu nivel.
    Era la cruda verdad. Ni siquiera ellos, que eran ingleses, les caían bien a los nobles.
    Sus ojos no pudieron apartarse de la recién llegada, quien tenía un porte que destilaba seguridad y elegancia, y se preguntó cómo sería su cabellera castaña cuando creciera, Maggie tenía el cabello rizado y Gardenia lo tenía lacio. Sabía que estaba rapada, un día mientras ella jugaba con Sheldon, él le había quitado su gorro de lana, revelando una cabeza con una diminuta mata de cabellos color chocolate.
    «Odio mi cabello, me gusta tener la cabeza así», había dicho en aquel entonces, un tanto apenada por la sorpresa que ellos mostraron al descubrir ese hecho.
    —¿Qué haces? —Se sentó junto a él y le arrebató la caja musical de su hermana—. Así no se arregla, ¿los ingleses siempre son así de estúpidos? —Lo provocó y Thomas se rio por lo bajo, ya se había acostumbrado a sus comentarios viperinos. 
    —No tengo hermanas, no estoy acostumbrado a reparar objetos de este tipo. —Apoyó el mentón en su mano y la miró con una coqueta sonrisa en el rostro; sin embargo, como de costumbre, Hortensia no pudo percibir nada y lo ignoró.
    —Aquí tienes, Gardenia. —Le entregó la caja musical, totalmente arreglada, a su hermana mayor con orgullo—. La próxima búscame a mí, yo te ayudaré en todo lo que quieras. —Hortensia se desvivía mucho por sus hermanas cuando ni siquiera era la mayor, sino la hermana del medio.
    Su sonrisa captó su atención y tuvo que reconocer que sus labios le gustaban mucho, eran rosas y carnosos, pero su piel era aún más hermosa, no poseía ni una sola peca como sus hermanas, ella era pálida como la leche y sus ojos color chocolate eran tentación pura por su inmenso tamaño.
    ¿Por qué no podía ser tan femenina como sus hermanas? 
    —Gracias, hermana. —La voz de Gardenia lo regresó a la realidad y la buscó con la mirada. Como de costumbre, ella mantuvo su mirada gacha y eso sólo provocó que dejara de mirarla para observar a Hortensia.
    Era puro fuego y pasión, ni siquiera Maggie llamaba tanto su atención como ella. 
    —Tú sabes que puedes pedirme lo que quieras.
    Y era dulce, tierna y generosa, al menos siempre trataba con amor a sus hermanas.
    —¿Le gustaría tomar el té, señor Frensby?
    Gardenia demandó su atención una vez más y en esta ocasión ella no bajó el rostro, por lo que Thomas pudo notar su disgusto, así que decidió dejar de mirar a su hermana para centrarse en ella, quizá estaba siendo algo grosero.
    —¿Le gustaría tomar el té, señor Frensby? —Le imitó Hortensia, empleando un tono de voz desdeñoso, y él se rio con diversión, comprendiendo que no fijarse en esa mujer era simplemente imposible—. Yo arreglé tu caja, ofrécemelo a mí —gruñó molesta. 
    —Claro. —Thomas ignoró a la hermana de en medio, quien provocó un intenso sonrojo en las mejillas de Gardenia—. Me encantaría.
    Ella se esforzaba mucho para pasar tiempo con él, sabía que se sentía atraída hacia su persona, pero ¿qué mujer no lo haría? Era guapo, galante y conocía muy bien todas las artes amatorias para complacer a cualquiera.
    Aunque… era evidente que Hortensia no se sentía nada atraída por él. 
    —¿Ah sí? Pues yo también quiero, no los dejaré solos —gruñó la dueña de sus pensamientos y evitó reírse por lo alto—. ¿Verdad que tú también quieres un té, Maggie?
    —No quiero nada —dijo la rubia con indiferencia.
    —Sí quieres —farfulló Hortensia y Maggie enderezó la espalda con nerviosismo—, ¿verdad?
    Ella asintió con rapidez.
    Lo que Thomas daría por tener esa autoridad sobre Max, eso sería entretenido.
    —¡Maggie!
    La voz de Gordon captó la atención de todos y Thomas frunció el ceño al ver al hombre junto a Sheldon, últimamente su amigo pasaba mucho tiempo junto al anciano, era evidente que estaba tramando algo.
    Hortensia estiró el cuello con interés, esperando ser llamada, pero eso no sucedió.
    Gordon sólo le pidió a su hija menor que fuera con ellos.
    Enarcó una ceja al ver como el brillo de sus ojos decaía, así que la fierecilla con disfraz de hombre atesoraba sentimientos hacia su amigo. No le resultó tan divertido, Sheldon estaba interesado en Maggie, podría jurar que ahora mismo iba a cortejarla, pero el que se llevara tan bien con Hortensia no estaba siendo de ayuda para ella.
    —¿Vamos? —Quiso llamar su atención.
    —Ya no quiero.
    Hortensia se olvidó completamente de su hermana mayor y Thomas siguió en silencio a Gardenia, comprendiendo que una vez más la mujer de su interés prefirió fijarse en uno de sus amigos. Odiaba los terrenos peligrosos, por lo que estudió a Gardenia con pericia. Su piel no era tan blanca como las de sus hermanas, poseía una nariz demasiado larga desde su perspectiva y tenía muchas pecas en el rostro. Lo único lindo que tenía en el rostro eran sus ojos verdes, puesto que incluso su cabellera era lisa y oscura, nada que pudiera considerarse llamativo.
    No era guapa, ni poseía un cuerpo atractivo, pero era una mujer y él llevaba mucho tiempo sin disfrutar de una.
    —¿Le gusta mi hermana? —Su pregunta lo tomó por sorpresa y más aún el hecho de que lo mirara con tanta determinación, eso era muy poco común en ella. Detuvo su marcha, para ver si la intimidaba, y ella no bajó el rostro—. Sea sincero, para saber si es conveniente que me siga acercando a usted.
    Enarcó una ceja.
    —¿Qué cambiaría si te digo que sí?
    —Me haría a un lado, jamás pelearía con mi hermana por un hombre.
    Vaya, tenían algo en común, él tampoco pelearía con su hermano ni amigo por una mujer. Dio un paso en su dirección y ella titubeó, pero no bajó el rostro. Mejor, eso le gustaba más, tener sus grandes ojos en él era bastante atrayente.
    —¿Qué tal si te digo que prefiero ir de paseo al lago en vez de tomar el té, vendrías conmigo?
    —¿Solos? —Abrió los ojos con sorpresa y él asintió—. Pero… pero… mi pregunta…
    —No, no me gusta tu hermana —mintió, era lo que todo canalla hacia cuando deseaba tomar algo de una mujer—. ¿Por qué nunca me llamas por mi nombre? Tus hermanas dejaron las formalidades desde hace mucho.
    —Yo…
    —Dime Thomas, a mí me encantará decirte Gardenia a partir de ahora.
    Sus mejillas se tiñeron de un rojo intenso y sus instintos más primitivos despertaron, indicándole que debía ser rápido si quería salirse con la suya. Hortensia estaba deprimida, Gordon estaba haciendo de carabina para su hija menor y Sheldon, y Max… él siempre se mantenía alejado de todo, por lo que era su oportunidad perfecta para descubrir qué tan apasionada podía ser Gardenia Gardener.
    —¿Vienes? —Le tendió el brazo y la satisfacción que sintió cuando ella lo sujetó fue indescriptible—. No te arrepentirás —musitó con voz ronca y muy lentamente se alejaron de la casa, ingresando por la arboleda a una aventura que no terminaría nada bien para la morena.  
    Thomas odiaba recordar, pero desde que dijeron que volverían a Boston, no había hecho más que pensar en las hermanas Gardener y en Laurine, otra mujer a la que traicionó vilmente porque rechazó su amor, después de haberle generado grandes ilusiones durante largos años.
    «No fuiste tú», farfulló una vocecilla y apretó la mandíbula, claro que fue él. Todo era su culpa, si hubiera tenido el carácter para detener a Sheldon y a su hermano, ellos no le habrían robado su dinero ni la receta de sus perfumes, condenándola a la ruina total.
    ¿Qué sería de ella?
    ¿Lo odiaría?
    Posiblemente sí, era lo menos que merecía después de semejante traición. Todavía le parecía un milagro que su hermano, el conde de Devonshire, no hubiera venido por ellos. Tal vez Laurine no dijo nada al respecto, quizá ni siquiera acudió a su hermano para pedir ayuda, eso debería mantenerlo tranquilo; pero no era así, le había quitado todo cuando una noche antes le había jurado amor eterno.
    Se frotó el rostro con frustración, eso de recontar todo el daño que causó no lo estaba ayudando en lo más mínimo. Algún día la volvería a ver y le devolvería su dinero, en el fondo sí llegó a enamorarse de la rubia y a querer a su tierna hija, por lo que no estaba orgulloso de sus acciones.
    Cada vez que la recordaba, sólo sentía ganas de vomitar.
    —¿Qué te sucede? Has estado actuando raro.
    La intromisión no deseada de Sheldon no mejoró su estado anímico, pero alzó el rostro para recibirlo.
    —Pienso.
    —¿En qué?
    —En que ya no quiero seguir con esto —confesó con voz tensa y su amigo se sentó junto a él, aprovechando que la cubierta estaba vacía y era de noche.
    —¿Por qué no? Llegamos lejos, conseguimos todo lo que queríamos y lo hicimos trabajando juntos.
    —Pero ¿a qué precio? —preguntó con frialdad, odiando que Sheldon se sintiera orgulloso de todos sus logros—. Hemos dañado a muchas personas.
    —¿Estás así porque volveremos a ver a las hermanas Gardener?
    A su amigo le costaba creer que su arrepentimiento fuera sincero.
    —No quiero que les hagas nada —aseveró y el pelirrojo enarcó una ceja—. Si las tocas, juro que dejaré de ser tu mejor amigo.
    —Vaya —se rio con socarronería—, al parecer volvió el Thomas defensor de las féminas.
    —Prométemelo.
    —Jamás le tocaría un solo pelo a Maggie —dijo con voz ronca, mirando a la nada—. Gardenia me es indiferente; además, conociéndolas, serán prudentes y se mantendrán al margen. Son mujeres sensatas.
    —Hortensia…
    —Ella no debe meterse en mi camino si no quiere salir lastimada —aseveró y Thomas empuñó las manos—. No puedo prometerte nada cuando de esa mujer se trata, tú mejor que nadie sabe que está loca y es capaz de hacer cualquier cosa por conseguir lo que quiere.
    Hortensia no estaba loca, ella simplemente actuó sin pensar y dejó que sus emociones la gobernaran. Se enamoró del hombre equivocado, quiso conquistarlo y atraparlo de la manera incorrecta, y Sheldon la había castigado cruelmente.
    Sólo esperaba que los años le hubieran enseñado a ser más prudente.
    —Tal vez entraron a un convento —trató de ser optimista.
    —O tal vez dejaron Boston al no tener a dónde ir.
    Lo miró con obviedad.
    —¿Y a dónde irían sin dinero?
    —Mucha gente las quería, dudo mucho que las hayan dejado solas.
    —Otra razón para preocuparse —recordó y Sheldon arrugó el entrecejo—. La gente las ama y a nosotros nos odiarán por todo el daño que les hicimos.
    —No pueden odiarnos, gracias a nosotros muchas personas tienen un buen empleo, compramos su confianza.
    Pero la confianza no se compraba, eso era algo que uno debía ganarse.
    —¿Quién crees que pudo ser el culpable de la explosión?
    —Sé que hay una nueva empresa naviera de Londres que empezó a funcionar hace unos meses en el muelle, algo me dice que la competencia quiere deshacerse de nosotros.
    Era lo más probable.
    —No me gusta que actúes de esta manera, Thomas, tú no eres así.
    —Volveré a ser yo mismo si te tranquilizas un poco, estás haciendo de mi viaje una pesadilla. No sabes las ganas que a veces tengo de saltar de este barco.
    Su amigo rompió en una sonora carcajada que le generó algo de tranquilidad, al menos Sheldon aún recordaba lo que era una risa.
    —De acuerdo, te prometo que me relajaré.
    —Eso me ayudaría, a veces extraño a mi mejor amigo —confesó con congoja y el pelirrojo lo miró con curiosidad—. Me pregunto qué sería de nosotros si nos hubiéramos quedado en Londres.
    —Seguiríamos siendo unos donnadies —gruñó.
    —Pero al menos seríamos honrados.
    —¿De verdad seguirás con eso?
    —No. —Sonrió con amargura, ya se había dado por vencido en cuanto a Sheldon y su hermano—. ¿Entramos? Hace frío.
    —Prometes que tomarás el viaje con mayor calma.
    ¿Acaso tenía otra opción?
    Últimamente soportarlos se le había hecho todo un reto. 
    —Sí.

  3. Capítulo 2
    Gardenia aguardó pacientemente para que la señora Irene cerrara los ojos y minutos después lanzó un suspiro de alivio al ver que por fin pudo conciliar el sueño. La mujer llevaba tres días sin dormir y su cuerpo se encontraba débil, la pérdida de su esposo la estaba hundiendo en la tristeza y eso no era nada bueno, considerando que tenía tres hijos que necesitaban de ella. Birdie y Scott sólo eran dos adolescentes, no podían hacerse cargo de la pequeña Susan, que ahora dormía plácidamente en sus brazos.
    —Hiciste bien en ponerle el sedante, nana —susurró y Nancy apartó la vista del pequeño cuenco que tenía en manos—. Ella ama tu comida, estoy segura que ni siquiera lo notó.
    —¿La ama o simplemente estaba hambrienta? —inquirió su nana con pesar, mirando por la ventana de la pequeña casa que estaba cerca del muelle—. Muchas familias han quedado afectadas, Bass y los hermanos Frensby no planean ayudar a la colonia y si las cosas siguen así los niños morirán de hambre.
    —Lo sé —susurró abatida— y Clarkson no hace más que ignorar a Maggie.
    —Le ordenó que no se meta donde nadie la llama, que lo que suceda con la colonia no es de nuestra incumbencia.
    —Pero sí nos incumbe —espetó con frialdad—, esta gente es nuestra familia. —Dejó a Susan en la pequeña cesta de mimbre y le hizo una seña a su nana para que salieran de la casa—. Si algo sucede, no duden en ir a buscarme —les dijo a los niños que la miraban con atención y ambos asintieron con desenfreno.
    —Gracias por la comida.
    Era lo menos que podía hacer por ellos, lo cierto era que, si por Gardenia fuera, haría más que prestarles servicios medicinales y darles un poco de comida. Desde la explosión en el muelle, la zona había quedado bastante desprotegida, muchas mujeres se quedaron sin sus maridos y los niños sin sus padres, y habían más de cuarenta heridos que aún no se recuperaban en su totalidad. Atender todas las quemaduras de aquellos hombres le generó una inmensa tristeza, porque ellos no merecían ese destino, llevaban años trabajando para la naviera y no entendía quién pudo haberles causado tanto mal.
    —Nuestro padre jamás les habría dado la espalda —dijo frustración, presionando su desgastada falda con rabia—. Él ni siquiera tendría enemigos tan peligrosos.
    Gordon Gardener fue un gran hombre y su mayor error fue confiar en Sheldon Bass, un desgraciado que juró cuidar de sus hijas y su negocio cuando él ya no estuviera. Sin embargo, ni bien falleció, Sheldon salió huyendo con el dinero y dejó la naviera a cargo del administrador que alguna vez trabajó para su padre.
    —¡¿Cómo puede hacer algo así, Clarkson?! —bramó su nana, la mujer que siempre estuvo junto a ellas desde que su madre falleció—. Son las hijas del señor, esta es su casa.
    —Lo siento, pero el señor Gardener le dejó toda su herencia al señor Bass y él decidió que las cosas fueran así. No siente ninguna responsabilidad hacia ninguna de las tres hermanas y el compromiso se rompió por obvias razones. —Miró a Hortensia con desprecio.
    Gardenia se estremeció al ver como sus hermanas palidecían y por primera vez en años ocupó el puesto de hermana mayor y las sujetó de las manos con firmeza. Ahora mismo Maggie estaba lidiando con el abandono de su prometido y Hortensia con el abandono del hombre al que se entregó hace poco.
    La garganta se le cerró, nunca se imaginó que Sheldon les haría algo así.
    ¡Habían convivido juntos por más de ocho meses!
    Por un momento pensó que eran amigos.
    —¿Qué sucederá con ellas? —Su nana se veía muy nerviosa—, ¿a dónde irán a parar? No tienen nada.
    —Y tampoco pueden llevarse nada —aseveró Clarkson y Gardenia apretó la mandíbula—. Nada de esta casa les pertenece, así que le pediré que me deje cumplir con mi trabajo. Ellas deben salir de aquí ahora mismo.
    ¿No podrían llevarse nada?
    «Mi cajita musical».
    No era momento para pensar en eso, la situación era bastante delicada.
    —No —siseó su nana, una mujer de cincuenta años que las estaba protegiendo con su propio cuerpo del hombre que las miraba sin piedad—. Es imposible, me rehúso a creer que el señor Gardener les hizo esto a sus hijas.
    —Sea prudente, señora Nancy, usted podrá mantener su trabajo como ama de llaves y…
    —Me iré con ellas —sentenció la mujer, tomándolas a las tres por sorpresa—. Espérenme afuera. —Se volvió hacia ellas con rapidez—. Iré por mis cosas, no hablen nada con él. —Se refirió a Clarkson, quien miraba a Maggie con avaricia—. Encontraremos una solución.
    Gardenia jamás olvidaría todo lo que su nana hizo por ellas. De no haber sido por ella, ni siquiera habrían tenido donde dormir durante las primeras noches. Gracias a Nancy la estabilidad entre sus hermanas nunca se rompió, ella pudo lidiar con el odio que Maggie albergó hacia Hortensia y con la tristeza que consumió a su hermana más fuerte durante meses.
    Se frotó las sienes con frustración, odiaba recordar esa etapa de su vida.
    —Creo que terminamos por hoy. —Su nana la regresó a la realidad—. Ya se repartió comida en todos los hogares y se hizo un seguimiento a las quemaduras de los hombres.
    —No sé qué haría sin ti, nana —musitó con ternura y la abrazó por los hombros—. Gracias por todo.
    —Lo hago con gusto, pero nos estamos quedando sin recursos. —Asintió con tristeza—. La colonia es una gran responsabilidad para ustedes, Gardenia.
    —Gracias a ellos tenemos nuestro pequeño hogar —susurró, incapaz de olvidar como los empleados de su padre fueron por ellas para brindarles un hogar y algo de protección cuando se quedaron en la calle—. Si no fuera por ellos, no estaríamos aquí.
    —Se hace tarde, debemos ir por Maggie —le recordó su nana y se alejaron de la pequeña colonia en silencio, esperando que todo siguiera en calma hasta el día de mañana.
    Margarite trabajaba en un taller de costura, normalmente Nancy siempre se encargaba de llevarla y esperar por ella, pero desde que sucedió la explosión, su nana sólo la llevaba y luego regresaba para ayudarla, algo que agradecía mucho porque si no la presión sería demasiada.
    —¿Dónde estaban? Tardaron mucho —gruñó Maggie nada más verlas y se acercó a ellas con paso altanero.
    —En la colonia, Irene no se encontraba bien —respondió y su hermana rodó los ojos con aburrimiento, lastimosamente ella no apreciaba en lo más mínimo a las personas de la colonia.
    —¿Cómo te fue en el trabajo? —Nancy sujetó el brazo de Maggie con cariño y eso logró aligerar la tensión en los hombros de la rubia, quien sonrió abiertamente y le dio una respuesta.
    —Es horrible, pero al menos la paga es buena.
    Emprendieron camino hacia su casa y Gardenia se preguntó qué habría pasado si Maggie hubiera seguido sus pasos y los de Hortensia, ¿sería así de altanera, odiosa y malagradecida?
    Tal vez no, pero Hortensia jamás habría permitido que la delicada y hermosa Maggie se convirtiera en lo que ellas eran.
    —¿Cómo que nos estamos quedando sin fondos? —La pregunta de su hermana hizo que abandonara su letargo y miró a su nana de reojo, no debió haberle dicho eso—. No pienso permitir que toquen mis ahorros.
    Nunca pensaron en pedirle un solo centavo.
    —Estoy harta de ser pobre —gruñó y Gardenia contó las calles que le faltaban para llegar a su casa, eran demasiadas, por lo que no tenía más opción que escuchar el berrinche de la rubia.
    Maggie aún era joven, sólo tenía veintidós años y, de alguna forma, Hortensia y ella habían impedido que viviera lo más feo de esa vida. La sobreprotegían y consentían, y todo porque Hortensia nunca se perdonó el haber arruinado su compromiso para condenarlas a esta vida.
    Gardenia suspiró.
    Desde su perspectiva, Hortensia no tenía la culpa de nada, Bass y los hermanos Frensby nunca las tomaron en serio, dudaba mucho que ellos se hubieran hecho cargo de ellas al final de todo.
    —Debe sentirse cansada —musitó su nana una vez que llegaron a su casa y Maggie subió a su alcoba enfurecida—, durante los últimos días ha tenido mucho trabajo en el taller de costura.
    Se frotó las sienes con frustración, si trabajar en un taller de costura le parecía una responsabilidad pesada, Maggie no estaba lista para el mundo exterior.
    —¿Sabes a dónde fue Hortensia?
    Hortensia estaba desesperada con la situación, amaba los barcos de su padre, amaba a la gente que solía trabajar para su padre, y ahora mismo estaba fuera de control porque los dueños de la naviera no querían indemnizar a las familias ni ayudar con el bienestar de la colonia.
    —No. Cuando Maggie dio la noticia de que Clarkson volvió a ignorarla, ella simplemente subió al techo de la casa de los Robinson y se marchó.
    Gardenia se cruzó de brazos, pensativa.
    —¿En qué tanto piensas? No me gusta tu mirada.
    —Creo que debemos buscarlo.
    Los ojos de su nana se abrieron de par en par, su idea no había hecho más que horrorizarla, y es que llevaban más de un año alejadas de Lucifer y las crueles tareas que él siempre tenía para ellas; no obstante, sólo él les daba una paga decente.
    —No lo hagan, dijimos que dejarían esa vida.
    —Siempre y cuando nuestra situación sea estable —le recordó con dureza y al ver la tristeza en el rostro de su nana, se pasó una mano por el cabello con frustración—. No sucederá nada malo, sólo es una idea que se me ocurrió, aún debo hablarlo con Hortensia.
    —Eso no me alivia —comentó la mujer delgada y de cabellos grises—. Estoy casi segura que ella lleva días planteándose la misma idea, pero no quiere decírtelo.
    Era probable, ellas pensaban de manera muy similar, tal vez porque habían pasado por muchas cosas juntas, pero no podía pasar por alto el hecho de que, si Hortensia podía alejarlas del peligro, no dudaría en sacrificarse a sí misma con tal de conseguirlo. Algo estúpido, porque Gardenia no pensaba dejarla sola en esto.
    No por nada era la hermana mayor.
    —Necesito un baño —susurró con cansancio y empezó a preparar todo lo necesario para tomar uno, en esa casa sólo vivían las cuatro y la única que no movía un solo dedo era Maggie, algo que ella estaba tentada a cambiar lo antes posible.
    Todavía no podía entender quién pudo dejar una bomba en el barco, sospechaba que el navío poseía mucha mercadería de contrabando antes de ser destruido, porque era a lo que se dedicaban sus némesis, pero un enemigo que quisiera hundir el negocio llevaría a las autoridades, no lastimaría cruelmente a tantas personas, ¿verdad?
    En un principio, sólo había querido ayudar a la gente que fue afectada por la explosión, pero ahora mismo quería encontrar al culpable y castigarlo. Empuñó las manos con rabia y empezó a respirar con dificultad, por esa razón acercarse a Lucifer no era tan mala idea, porque él no sólo les pedía reliquias valiosas que fueron robadas y necesitaba recuperar, sino que reclamaba vidas de hombres que ni siquiera deberían existir.
    Cuando Lucifer las encontró, no sólo les dio la oportunidad de salir de la mísera pobreza, sino que las entrenó y preparó durante meses para convertirlas en mujeres temidas y peligrosas. Las hijas de Lucifer eran el misterio más grande de Boston y nadie podía imaginarse que dos de las hermanas Gardener ostentaban ese título.
    Hortensia y ella eran las hijas de Lucifer, dos mujeres que no conocían la piedad.
    De vez en cuando, Lucifer solía buscarlas para pedirles uno que otro favor, pero volver a trabajar con él, bajo sus reglas, significaba algo mucho más grande y complejo.
    Lanzó un gemido cuando el agua tibia rodeó sus entumecidos músculos y trató de idear otro plan que no implicara volver a sus andadas, la vida que llevaba como enfermera le gustaba mucho, siempre y cuando nadie pretendiera meterse en su camino o pasarse de listo, pero ese trabajo no le daba el dinero suficiente para mantener a toda una colonia. El olor a gardenias inundó sus fosas nasales y empezó a limpiar su cuerpo con un paño, esperando que los hijos de Irene se encontraran bien.
    —¿Cómo estuvo tu día? —No giró el rostro hacia la ventana, ni mucho menos mostró expresión alguna cuando su hermana ingresó por la misma, para después correr las cortinas.
    —¿Estuviste robando?
    —Sólo un poco, Richman fue al teatro y me pareció una buena víctima —explicó y ella entendió el porqué de su atuendo.
    Hortensia iba vestida de negro, con un corsé de cuero encima de su camisa y un pantalón holgado que se perdía a la altura de sus rodillas dentro de sus botas. Por supuesto, no llevaba el sobretodo rojo, porque esa sería una advertencia para la ciudad, el día que ellas sacaran esa prenda de su armario, Boston sabría del regreso de las hijas de Lucifer.
    Su hermana se quitó la boina y tiró de la media para liberar su cabellera castaña de su cautiverio, los rizos eran abundantes y rebeldes, por lo que era normal que ella se sintiera fatigada al tenerlo tan apresado.
    —¿Conseguiste algo?
    —Conseguí mucho. —Tiró el saco de monedas sobre su pequeña mesa y puso las manos en jarras—. Bass y los hermanos Frensby llegarán a Boston. —Cada músculo de su cuerpo entró en tensión y miró a su hermana con los ojos muy abiertos.
    —Imposible, ellos nunca vuelven al lugar donde radican sus víctimas.
    —Lo harán, perder un barco y una considerable fortuna es razón suficiente para que dejen de ser unos cobardes.
    Apretó la mandíbula con tanta fuerza que por un momento pensó que sus dientes tronarían. Odiaba a esos hombres con cada fibra de su ser, por un momento pensó que nunca más volvería a verlos, pero al parecer el dinero realmente era capaz de mover lo que sea.
    —¿Crees que indemnicen a las familias?
    Su hermana caminó por su habitación, pensativa.
    —No, claro que no, ellos nunca quieren perder un centavo.
    Y eso los hacía más despreciables.
    —Necesitamos dinero, he pensado en buscar a Lucifer, él siempre tiene un trabajo para nosotras.
    —Creí haber dejado claro que nos alejaremos de él.
    Al parecer, en esta ocasión, ellas no estaban en sintonía.
    —No es fácil, cuando eres una de las hijas de Lucifer —se mofó y su hermana gruñó.
    —Yo no quería eso para ti. —Pateó el piso, furiosa—. Me habría encantado que te mantengas tan inocente como Maggie, sin un pecado que cargar sobre tus hombros.
    —Lo hice por voluntad propia —aclaró y ambas se desafiaron con la mirada—. Soy tu hermana mayor, no iba a dejarte toda la responsabilidad.
    Hortensia gruñó.
    —Dices que Bass y los hermanos Frensby volverán. —Se levantó de la bañera y su hermana le lanzó una toalla—. Clarkson se la ha puesto difícil a Maggie, ¿qué te parece si las hijas de Lucifer le hacen una visita? —Los ojos almendrados de Hortensia brillaron con interés—. Tal vez es momento de desempolvar nuestro uniforme.
    —¿Con qué fin?
    —Quiero saber cuándo llegarán.

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