Hasta que nuestra muerte nos separe: Trilogía Hasta la muerte 3 de Ava River

Hasta que nuestra muerte nos separe: Trilogía Hasta la muerte 3 de Ava River

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***SOLO HOY ¿Un último baile, milady? de Megan Maxwell 

Regresa Megan Maxwell con una novela romántico-erótica tan ardiente que se derretirá en tus manos.

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Hasta que nuestra muerte nos separe de Ava River pdf

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El fuego de la venganza le abrasó, las heridas comenzaron a sanar y culminó la redención dando su vida por Helena.

Y casi pierde ambas cosas.

Ahora presionado por los agentes federales queda un último paso para cercar al magnate: ocupar su lugar en Nueva York al frente del imperio Duncan.

Jugar a dos bandas nunca fue tan difícil, pero si ella está a su lado nada puede salir mal.
¿Cómo de profundas son las cloacas en la ciudad de los rascacielos?

Bienvenidos al Upper East Side.
Trilogía Hasta la muerte. Volumen 3

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Hasta que nuestra muerte nos separe

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Prólogo
Miró el reloj de la sala de estar de enfermería: quedaban treinta minutos para que el turno de mañana llegara.
Puso en marcha la cafetera y revisó sus notas.
Esa noche había llevado los boxes cuatro, cinco y seis. El primero desaturó hasta tal punto que casi entra en parada, al segundo los intensivistas tuvieron que cambiarle la vía central por una femoral y el tercero, su chico, había pasado la noche tranquilo, salvo cuando intentaba quitarse el tubo endotraqueal.
Soltó una risita mientras se masajeaba el puente de la nariz. Que fuerza tenía aquel hombre.
Había luchado por su vida con uñas y dientes desde que saliera de la sala del despertar, después de una complicada intervención.
Ninguno de los médicos daba un céntimo por él, así se lo habían hecho saber a su esposa, una joven a la que dejaron entrar para poder darle el último adiós.
Ella lo vio, estuvo esa mañana contemplando la desoladora imagen.
Y, sin embargo, le había callado la boca a ese grupito de batas blancas petulantes.
Los primeros días fueron difíciles, lo normal en una unidad de cuidados intensivos, pero, ya fuera por la historia o por lo joven que era, se convirtió en el favorito del personal, sus pequeños logros eran motivos para festejar, y así lo hacían.
Sirvió una taza de café en cuanto vio a una de sus compañeras aparecer.
Esa no iba a llevar sus camas, aún tendría que esperar.
Se preguntó si el FBI estaría fuera hoy también. Ayer los había echado a patadas, uno de los médicos más jóvenes de la unidad estuvo a punto de dejarlos entrar, y eso no lo iba a consentir.
¿Después de veinte años de profesión dejaría que esos capullos trajeados molestaran a un paciente sedado?
Bastante lloraba la esposa cuando se acercaban a ella antes de entrar en el horario de visita, que lo dejaran tranquilo hasta que subiera a planta.
Y esos hombres que la acompañaban se aseguraban que estuvieran lejos de allí, pero no siempre lo conseguían.
Todavía buscaban al tipo que le disparó de madrugada, en el puente de Carlos IV. Se rumoreaba que era un robo, o un ajuste de cuentas. Había protegido con su cuerpo a su mujer, la hija de un ricachón yanki.
Que de historias había en el hospital, cuántas anécdotas para contar después de tantos años de trabajo.
Su cambio llegó jadeante, soltando el bolso y dando los buenos días. Era una enfermera nueva, aunque eficiente y trabajadora, le tenía bastante respeto a la unidad.
Lógico.
La animó a ponerse una taza de café, y esta la rechazó, prefirió recibir el pase de turno a pie de cama.
Y así lo hicieron.
Le informó de la situación de los pacientes cuatro y cinco, de sus cambios de tratamiento y las pruebas que tenían ese día.
Al llegar al seis sonrió con ternura. Su chico. Jardani.
Desde hacía dos días tenía el respirador calibrado en modo apnea, lo que significaba que sus pulmones estaban trabajando. Los intensivistas planeaban extubarlo pronto si seguía así.
La velocidad de la bomba que lo alimentaba mediante sonda nasogástrica, fue modificada, y esa noche le habían hecho un lavado vesical por la sonda urinaria.
La enfermera que la relevaba nombró al FBI, que ya estaban increpando a su mujer fuera, cuando quedaban veinte minutos para la primera visita del día.
Su compañera le chistó, molesta. Los enfermos nunca perdían el oído por muy sedados que estuvieran.
La mano de su paciente se movió, parecía arañar la sábana que con tanto mimo habían colocado limpia después del aseo.
Pero la chica no pilló la indirecta, y continuó hablando como si nada del FBI, del malnacido que le disparó, y de las fotos que se hicieron los turistas, las primeras horas del altercado junto al descomunal charco de sangre que dejó.
Las constantes vitales de Jardani se dispararon, el monitor empezó a pitar como loco, y el resto de compañeros se acercaron a ver lo que pasaba.
Temblaba de pies a cabeza, con los dientes apretados mordiendo el tubo.
La mujer lanzó una mirada desdeñosa a su compañera, para hacerle saber que tenía que callar y se acercó a tranquilizar a su chico.
Antes de que pudiera acariciarle el brazo y susurrarle las pocas palabras que conocía en ruso, este se llevó la mano al tubo con decisión y tiró de él, arrancándolo.
Los compañeros que lo habían presenciado corrieron a llamar a los médicos, y estos, al igual que todos, se quedaron sorprendidos: su saturación de oxígeno era buena, y sus constantes se estaban estabilizando.
Su esposa estaba fuera, que contenta se iba a poner.
 
Capítulo 1
Hans
Había pasado tres semanas en la unidad de cuidados intensivos, dos en planta y ahora no podía creerme que el muy cabrón tuviera ya el alta para salir del hospital.
Todavía se me ponían los vellos de punta al recordar el sonido de los disparos. Oleg y yo íbamos de camino, Jardani nos había avisado de madrugada, iría a reunirse con Mads Schullman en el puente de Carlos IV.
Por desgracia, no pudimos llegar a tiempo, pero estábamos tan cerca que después de escuchar el tiroteo y los gritos de Helena, temimos lo peor.
Corrí con todas mis fuerzas, con Oleg tras de mí haciendo un esfuerzo titánico.
Fue un camino interminable, las estatuas se difuminaban a los lados y sentía que me faltaba el aire.
Rogué al cielo para que no fuera demasiado tarde, y entonces lo vi, la macabra estampa de la muerte, la sangre.
En los brazos de Helena, Jardani perdía la vida, tan pálido, tan quieto.
Los gritos, las lágrimas, Oleg disparando a Mads que se escabulló veloz, el sonido de la ambulancia, perros ladrando… Se desató el caos.
Las primeras horas fueron interminables, no daban un euro por su vida, y lo cierto es que yo tampoco.
Muy crítico.
Primero entró Helena a despedirse y, tras un rato, pasó Oleg, hecho un mar de lágrimas, para ver a su último sobrino.
Después entré yo y pensé que no fue la mejor opción.
No quería quedarme con ese último recuerdo de él, del tipo con el que compartí trabajo, mujeres y juergas.
Era un amigo, un hermano, y en esos instantes estaba conectado a mil cacharros, que hacían todas las funciones básicas de un ser humano.
Le susurré al oído que cuidaría de su mujer y de su tío, pero que lo quería vivo, que saldría de esta.
Lo dije sin demasiada convicción, creí que había llegado el final.
Sin embargo, superó la primera noche, y a esa le siguió una segunda.
«Este tipo de pacientes son muy inestables, no se confíen.»
Y un carajo.
Jardani calló a esos capullos, ya fuera por su naturaleza inquebrantable, por los cuidados recibidos o por el vodka que había tomado a lo largo de su vida.
Los días se convirtieron en semanas.
Y fue increíble.
Al principio comía por una sonda, meaba por otra, estaba monitorizado y respiraba gracias a un tubo.
En menos de un mes, le sobraban varias cosas.
En la planta todo empezó a ser más fácil, iba sobre ruedas, tenía una dieta de inicio y daba paseos del brazo de Helena.
El primer día que lo vi así lloré como una nena. Estaba desmejorado, cierto, pero seguía siendo una leyenda. Le habían cortado el pelo y afeitado, para que, a las enfermeras, le fuera más fácil asearlo durante las primeras semanas.
Agarrado a su mujer era capaz de llegar a cualquier sitio, ella era su mejor medicina.
Hay que joderse, como me alegraba por él.
Lo único que lo tenía más alterado, era el FBI.
Consiguió darles esquinazo, prometió reunirse con ellos, el día después que le dieran el alta domiciliaria. Ni un día menos.
Se habían acercado a nosotros mostrando sus relucientes placas, dos agentes, un hombre y una mujer. Querían hablar sobre Arthur Duncan.
Helena no quiso atenderlos, Oleg tampoco y yo hice de guardaespaldas y les dije que dejaran de tocarnos los cojones, que no estábamos bajo su puta jurisdicción.
Me miraron con mala cara y se largaron, sabiendo que tenía razón.
Pero no era momento para pensar eso, era un día para celebrar, el enfermito volvía a casa.
Compré cervezas, como para emborrachar a toda la ciudad de Praga, y pizza.
¿Cómo se le ocurrió a Oleg que prepararía algo decente para el almuerzo?
«Hans haz esto, Hans haz lo otro… Deja de quejarte, eres como un grano en mi culo…» Yo refunfuñaba, entonces veía su bigote negro moverse en una sonrisa discreta. En realidad, le caía bien, pero era nuestro juego.
Nunca olvidaría como salvó mi vida y me sacó de Berlín, cuando Erick Schullman estuvo a punto de matarme.
Fue rocambolesco, el muy cabrón llevaba una pistola y desde el espejo retrovisor de mi coche, lo vi apuntándome.
Quién sabe dónde estaría él y su hijo.
Abrí la primera cerveza y di un trago largo, con la intención de olvidar. No fue así, pero me vendría bien para evadirme.
Di vueltas por el salón que se había convertido en mi nueva casa.
Joder, tenía que llamar a mi madre.
Hacía días que no hablábamos, estaba seguro de que no se había tragado eso de mi nuevo empleo en la República Checa. Ser el pequeño de seis hermanos, me convertía en un experto mentiroso que había aprendido de sus predecesores.
También eso hacía que mis padres no me hubieran prestado la suficiente atención. Cuando tenía doce años nació mi primer sobrino, así que con la abuela ocupada y fuera de juego, hice que lo me dio la gana durante mucho tiempo.
Y ahora estaba histérica por verme y saber por qué abandoné de la noche a la mañana, un empleo en la mejor empresa de Alemania. No era tonta.
Algún día se lo contaría, mientras mentiría como tan bien sabía hacer.
A quien no pude seguir mintiendo fue a Olivia.
Adoraba a Arthur Duncan, él ayudó a su madre, una viuda afroamericana de clase media baja con problemas económicos.
Le dio un trabajo bien remunerado, pagó los estudios de su hija, sus seguros médicos y cuando Helena creció y dejó de ocuparse de ella, fue gobernanta de uno de sus hoteles, donde se había jubilado.
Le conté toda la verdad, desde los planes de Jardani, hasta lo acontecido en el puente de Carlos IV.
Al principio se quedó en shock, demasiada información como para asimilarla de golpe.
Luego habló con Helena, habían estado distantes, una amistad un tanto extraña llena de secretos.
Nada volvería a ser igual con las cartas sobre la mesa, pero el cariño y los buenos recuerdos de la niñez estaban ahí.
No me avergonzaba pensar en el futuro, en dos parejas haciendo una barbacoa en un jardín y muchos niños jugando a nuestro alrededor.
Cuando Arthur Duncan estuviera bajo tierra, solo así se cumpliría la mariconada de sueño que tenía.
Escuché alboroto en la entrada, y una llave introduciéndose. Risas. Bendito sonido.
—No beberás cerveza, ¿ha quedado claro?
Me acerqué a la puerta, con la dulce regañina de Helena, dando unos golpecitos en el brazo de Jardani que cruzaba el umbral de la puerta, caminando con lentitud.
Una enorme sonrisa perfecta se formó, tenía mejor aspecto, le había crecido el pelo y la barba de tres días le hacía parecer salido de una peli de adolescentes.
—Ven a mis brazos, sé que lo estás deseando.
Lo hice, con mucho cuidado para no hacerlo caer, daba la impresión de que de un momento a otro se rompería.
—Puedes darme un beso, Helena te ha dado permiso —dijo entre risas, palmeándome la espalda sin apenas fuerzas, no como en otros tiempos, había perdido masa muscular.
—¿Te gustan en el cuello? Me ha dicho un pajarito que es tu lugar preferido.
—Le tiemblan las piernas, Hans, te lo prometo —corroboró Helena cuando pasamos al salón para sentarnos.
Oleg fue a la cocina y gritó encolerizado al ver las pizzas.
—Te gusta cabrear a mi tío.
—Es como cabrear a una versión tuya más vieja.
Los cuatro brindamos, mi querido amigo con agua, y parloteamos sin parar, riendo como si todo hubiera sido una cruel pesadilla que había terminado.
No era así, pero durante unas horas nos olvidamos de las vicisitudes del destino, de Arthur Duncan, los Schullman y el FBI.
Éramos un grupo dispar de personas pasándolo bien.
Ojalá de ahora en adelante fuera así.
Helena
—Helena, ¿Vas a venir? Me he tomado el calmante y estoy quedándome dormido. Si quieres podemos hablar mañana…
—No se te ocurra dormirte —advertí desde el baño de nuestra habitación, mientras terminaba de retocarme el maquillaje.
Me subí el elástico de las medias hasta los muslos y observé mi reflejo en el espejo sin ropa interior. Con los tacones estaría fabulosa.
Había cogido cita el día de antes en una esteticista para que me depilara por completo, y hasta el mínimo roce con la ropa interior, me ponía a cien.
Después de cinco semanas de sufrimiento, sobre todo las primeras, era una buena forma de dar las gracias a mi marido por salvarme la vida.
Mi marido
Ese con el que compartía padre, que urdió un plan para hacer caer un imperio enamorándome, el que no había parado de darlo todo por mí.
Se me llenaron los ojos de lágrimas al rememorar el último adiós. Le dije que no estaba preparada, que sentía no haberlo perdonado antes y no haber dado mi brazo a torcer.
Hablamos de eso largo y tendido las noches que pasé con él en un sillón junto a su cama, cuando subió a planta y me permitían acompañarlo sin restricciones.
Se acabaron las idas y venidas, la culpa o la desconfianza, todo eso quedó atrás.
Ahuequé mi cabello y subí a los altísimos zapatos de charol negro. Quería que fuera lo más parecido a sus gustos, complacerlo en todo.
«Tu destino no era morir. Es estar conmigo para siempre
Un escalofrío me recorrió cuando pronunció esa frase.
Caminé hasta apoyarme en el marco de la puerta, con toda la sensualidad de la que pude hacer acopio.
Mierda, se había quedado dormido.
«No creo que se me ponga dura en una buena temporada… A saber.»
Dijo días antes, después de desayunar. Con el camisón del hospital seguía dando la misma imagen, un hombre que podía follarte contra una pared hasta que perdieras el sentido.
Sus ojos indescifrables y magnéticos tenían implícita la promesa del placer. Si estaba convaleciente, sería yo la que se lo proporcionaría, a fin de cuentas, se lo había ganado.
Un aura de misterio y oscuridad seguía envolviéndolo, con su sonrisa seductora de medio lado y la barba de tres días, pocas cosas habían cambiado en él. Me gustaba pensar que era la versión mejorada del hombre que me sedujo, y que cada día lograba hacerlo un poco más.
Carraspeé dos veces para hacerme notar.
—Solo estaba descansando la vista —saltó rascándose los ojos e inmediatamente abrió mucho la boca—. Joder. Ven nena, acércate.
Dejé escapar un suspiro. Dios, estaba mojándome con solo escuchar su voz gutural.
Hice caso omiso a su orden y me arrodillé en la cama, a sus pies.
—La próxima vez que lleves puesto eso, me llamarás amo.
—Por supuesto —ronroneé mimosa, quitándole los pantalones del pijama—. Tengo un amplio repertorio en mente de ropa interior sexy.
—Seré yo quien la escoja.
Una advertencia posesiva, demandante.
Pasé la mano por encima de su bóxer, estaba endureciéndose.
—¿Ves?
Repartí besos por la cara interna de sus muslos sin dejar de tocarlo, y yo misma me encendí.
Su piel sabía tan bien.
Se había duchado y después cubrí su pecho con apósitos limpios.
Al principio me asustaron, gran parte del torso lleno de suturas enrojecidas, con drenajes…, pero acabé acostumbrándome.
La vida giraba y yo tuve que adaptarme de nuevo al medio, de una forma rápida y dolorosa. Ver a la persona que amas en semejante estado, me había dado fuerzas renovadas para enfrentarme a todo, para amarlo con más fervor.
—Pero que tenemos aquí…
Lo tomé en la mano, duro y suave, y con una rodilla apoyada sobre el colchón le mostré mi femineidad en todo su esplendor, perlada y hambrienta para que pudiera ver cómo me tocaba.
Me encantaba que se retorciera y siseara. Hoy era su día, hasta mantuvo las manos quietas y se dejó llevar.
Hans y el tío Oleg estaban viendo un partido de fútbol y sus voces eclipsarían el ruido de nuestros cuerpos.
Nunca deseé tanto a un hombre, y dudo que jamás lo hiciera. Todo lo que provocaba en mí desde que lo conocí había sido una locura, una vorágine de sentimientos que me engulló.
¿Se podía amar con tanta desesperación?
O, mejor dicho:
¿Algo así se podía considerar amor?
No era solo el deseo o la pasión desmedida, eran los pequeños actos diarios lo que nos convertían en lo que éramos.
Existía la química, la locura, el desenfreno. Quería todo eso.
Y lo tenía.
Un futuro, solo para nosotros.
Pasé la lengua a lo largo de su miembro pulsante, lanzándole una mirada feroz, depredadora… No iba a apartarme de mi comida hasta quedar plenamente saciada.
Arthur
Por el ventanal se veían a la perfección los imponentes rascacielos de la ciudad. Antes de que el sucio traidor disparara a mi hijo, había acondicionado el apartamento en el que iba a vivir cuando aceptara venir a Nueva York.
Con Helena fuera de juego todo tenía que haber sido más fácil.
¿Acaso no era un hombre ambicioso y sin escrúpulos?
No dejaba de sorprenderme. Cuando Schullman hijo apretó el gatillo su cuerpo hizo de escudo para salvar la vida de su hermana.
¿Después de todo podía quererla? ¿Y lo que hizo con ella un año antes?
Miles de preguntas se habían formado en mi mente. Jardani no era para nada como yo creía.
Logré averiguar casi a diario su estado de salud y creí que lo perdía, estuvo muy grave.
Hasta yo empeoré, aunque no lo suficiente, todavía quedaba mucha partida.
Ya había salido del hospital, imaginaba que rumbo al cuchitril donde vivía con Oleg y ese amigo suyo.
Y por supuesto con su hermana.
Quizás, y solo porque había estado a punto de quedarme sin heredero, debía considerar bajar mi apuesta y mostrarme más afable.
Revisé el salón, las habitaciones y los baños. Lo había decorado justo como a él le gustaba, con el jodido estilo minimalista.
Cuando Charlotte murió, o, mejor dicho, cuando su hija la mató, abandonamos ese enorme y ostentoso apartamento en el Upper East Side y nos trasladamos a Central Park, a una bonita mansión que perteneció a mi abuelo.
Y ahora, Jardani, viviría allí. Estaba dispuesto a pasar por alto su relación con Helena. Por ahora.
La alta sociedad neoyorquina era capaz de corromper el alma más cándida, él sería una presa fácil.
Me apresuré a salir, rumbo a mi oficina, el chófer esperaba en la entrada, y al parecer nuestro viejo hombre de mantenimiento, con su escoba en la mano y una sonrisa temblorosa.
Era un poco más joven que yo, muy moreno, con el pelo oscuro veteado de blanco.
—Buenas tardes, señor Duncan —saludó con su habitual cortesía—. Llevaba años sin verlo por aquí. ¿Cómo está Helena? Perdón, la señorita Duncan. Tengo entendido que se casó.
Maldito cabrón.
En un arrebato lo agarré por las solapas de su camisa abotonada, estampándolo contra la pared más cercana.
—No vuelvas a preguntar por mi hija asqueroso degenerado, ¿me oyes? —avisé, con los dientes apretados—. Haré que te deporten a Israel, de donde nunca debiste salir.
Parecía un conejillo al que acababa de morder. Levantó los brazos en señal de rendición y asintió como un monigote.
—Tus hijos tampoco han nacido en este país… Cuida muy bien lo que haces.
Y con eso, huyó despavorido.
Si mi pareja favorita se mudaba aquí, Jardani mantendría a ese tipo a raya.
 
Capítulo 2
Jardani
El dolor no me dejaba seguir durmiendo era agudo, punzante, lo sentía por mis entrañas. Retorcerme no era una opción, allí boca arriba en esa estrecha cama ni siquiera podía.
Mierda.
Estaba amaneciendo, a través de las cortinas la oscuridad se tornaba de un lila claro.
Mierda.
No quería despertar a Helena para pedirle un calmante, bastante había hecho en ese hospital como para tenerla fuera de él siendo mi enfermera personal, aunque pensándolo de otro modo, podía ser un rol play muy divertido.
Su culito igual de rojo que la cruz que llevaría en su cofia blanca.
Oh sí, esos eran los pequeños placeres de la vida.
Ni que decir que me habían cuidado muy bien y respetaba la profesión, pero desde el respeto, podía jugar con mi esposa en la intimidad de nuestra alcoba.
Mi esposa. Y mi hermana.
La vida marital se desplegaba ante mí, la auténtica, la que nunca pensé en tener con ella.
Amar de esa manera tan desmedida me hizo cometer la mayor locura, o el mayor sacrificio. Supongo que el pago fue que el de arriba me salvara y devolviera mi espíritu a mi cuerpo.
Creo que morí.
No estaba seguro, era una intuición.
Me vi rodeado de médicos, con sus manos e instrumentos dentro de mí, y la sangre. Siempre la sangre.
Entonces algo salió mal, se escucharon gritos, el personal corría. Me metieron algo en la boca, parecía un cincel de metal al revés, y luego el tubo por donde respiraría.
Y la luz que llevaba un buen rato viendo desapareció, tan fulgurante y cálida, me dejó un vacío desolador, frío y oscuro.
Un día de esos en los que perdí la cuenta y la esperanza arranqué ese tubo que invadía mi garganta y mis pulmones se expandieron buscando aire.
Y sus lágrimas de alegría al verme. Las toqué, me empapé de ellas y sonreí de la mejor manera que pude.
Ella. Siempre ella.
El FBI la molestaba, en su estado no pararon de atosigarla y puede que ese fuera el empujón que necesitaba para despertar.
Hasta llegamos a un acuerdo, el día después de recibir el alta, podían venir y soltar de una puta vez aquello que tanta prisa tenían por decir.
Pasar tantas horas tumbado en una cama, sobre todo los últimos días en la unidad de cuidados intensivos, cuando aún llevaba sonda vesical y no podía levantarme ni para ir al baño, me hizo pensar que podía ser buena señal la llegada de esos agentes. Arthur Duncan había cometido dos asesinatos, contrató sicarios de poca monta en forma de importante empresario alemán y su hijo, y tenía numerosos negocios turbios ligados a los suyos.
Y mi familia.
¿Habría pruebas de eso último? El tío Oleg se enteró, poco antes de morir mi padre, que Duncan liquidó a los dos hombres que entraron en nuestra casa, incluido el que me violó.
Cerré los ojos con fuerza.
No. No pienses.
Me llevé la mano al costado después de un fuerte latigazo. Eso sí que había dolido, aunque yo sabía bien lo que significaba la palabra dolor, en todas sus vertientes.
—Jardani, ¿estás bien? —preguntó Helena adormilada, poniendo una mano en mi pecho—. No te estará doliendo, ¿verdad? El médico dijo que no aguantaras el dolor. Y yo también.
—No, casi nada. Muy poco.
—Ya, no se te da tan bien mentir, y además estás sudando, voy a ponerte el termómetro ahora mismo, hay que vigilar tu temperatura.
Puse los ojos en blanco y lancé un suspiro al techo. Cada vez que tenía fiebre, era un drama para el equipo médico.
Pero lo entendía, faltándome trozos de órganos cualquier mínima infección suponía un problema.
Esperaba que hicieran algo útil con todo lo que me quitaron.
«—Olvídate de ser modelo de ropa interior tío, menudas cicatrices.»
Había dicho Hans entre risas para disgusto de mi mujer, que torció el gesto, besándome en la sien con aire protector.
En realidad, me hacía gracia. Mi cuerpo gustaba a las mujeres, era innegable, tenía el torso marcado, no como esos musculitos de veinte años que se pasaban el día en el gimnasio para después tomar litros de batidos proteicos.
No, yo era equilibrio, un tipo con una altura imponente, ancho de hombros y piernas fuertes.
Así me describía Helena. No me preocupaban las cicatrices a su lado, a fin de cuentas, todas fueron por ella.
—No tienes fiebre, genial —anunció mirando la pantalla del termómetro—. Te daré tus pastillas cuando hayas desayunado, pueden sentarte mal con el estómago vacío. Vamos a darnos una ducha y te curaré. Es temprano, tenemos que estar preparados.
En el baño escuché la tos matutina de mi tío y cómo despertaba a Hans, dormido en el sofá.
Todos debíamos prepararnos.
—Tienen mejor aspecto, esta noche apenas han supurado —informó quitando los apósitos manchados y observando mi pecho—. Nunca…, nunca olvidaré ese día.
—Yo tampoco. Tenía claro que no dejaría que ese desgraciado te matara.
Y a pesar de lo asquerosas y recientes que eran mis cicatrices, me abrazó desnuda, besando mi corazón como solo ella era capaz de hacerlo.
Nos sentamos en torno a la mesa como si fuéramos un clan mafioso.
Con Helena a mi izquierda, el tío Oleg a la derecha y Hans al lado de este, servimos café y algo de comer para los agentes del FBI que acababan de llegar.
La mujer se había presentado como la agente Anderson. La apretada trenza rubia y sus gafas de pasta le daban aspecto de severa institutriz a pesar de su juventud. Tanto ella como su compañero, el agente Harris vestían de manera informal, como si fueran dos turistas.
El problema era que no parecían turistas.
Él posiblemente había rebasado los cuarenta, las líneas de expresión de su cara así me lo decían. De haber tenido pelo no sé si hubiera sido canoso, estaba seguro de que se rapaba la cabeza.
Uno de los dos tenía que ser el poli malo y apostaba el único pulmón completo que me quedaba, a que sería la chica, quién con su boca torcida miraba su taza de café como si estuviera envenenada.
Fue el agente Harris quien rompió el silencio en esa particular partida de póker sin cartas.
—Nos alegramos mucho, señor Petrov, de que haya salido del hospital.
—Gracias.
Fui rápido y escueto. Helena agarró mi mano por debajo de la mesa y se la apreté, estaba asustada, desde hacía varias horas pensaba que quizás los agentes harían preguntas sobre los documentos que firmó en el pasado, esos que yo mismo conseguí y podían meterla en un serio aprieto.
—¿Podríamos hablar con usted y su esposa en privado?
Por el rabillo de ojo vi a Hans cruzarse de brazos, al igual que haría el de seguridad de una discoteca.
—No —respondió mi tío apoyando los codos en la mesa—. Esta es mi casa, hablarán aquí.
—Tengo entendido que esta no es su casa, usted vive en Moscú.
Sus ojos azules, viejos y feroces, lanzaron una mirada de advertencia a la chica, que se enderezaba en el asiento sin ningún temor.
—Y yo tengo entendido que están fuera de su jurisdicción. No tienen ninguna orden, oficial. Sé cómo va esto, hija, no quieras morder más de lo que puedes tragar —agregó, en tono conciliador.
—Usted está retirado.
—Uno nunca abandona el Centro por completo.
—Basta —intervino el otro agente, poniendo una mano en su hombro—. No hay problema entonces, pero deben saber que todo lo que aquí se trate será confidencial, y que, si sale una palabra de lo que hemos hablado fuera de esta sala, yo mismo conseguiré una orden.
—¿De qué trata todo esto? Acabo de salir del hospital, he estado a punto de morir y ustedes vienen aquí a interrumpir mi descanso. Espero que sea rápido.
—Seremos breves e iremos al grano ―dijo el hombre mirando a su compañera—. Llevamos años detrás de Arthur Duncan y sus negocios.
Helena mantuvo la vista al frente, apretando mi mano con más fuerza.
—Tenemos algunas de sus líneas intervenidas, posee varios teléfonos. Por desgracia la conexión no es buena y no podemos escuchar tanto como nos gustaría, es un tipo muy listo. Estamos convencidos de que ha intentado matar a su esposa. Nos encontramos con eso de manera casual, y como su «accidente», pensamos que esto no es algo fortuito, dado el giro de los acontecimientos.
Que chicos más listos.
—¿Y qué quieren decir con todo eso?
―Sabemos que ustedes —prosiguió el hombre, señalándonos a ambos—, son hermanos del mismo padre. Ya estaban casados antes, suponemos que les tomó por sorpresa, vivían en diferentes continentes y no se conocían previamente.
—Si ha venido aquí para ofender a mi sobrino y a su espo…
—Por favor, Oleg, déjeme continuar, no pretendo faltar al respeto, solo quiero que escuchen nuestra oferta —indicó sereno cuando su compañera iba a abrir la bocaza—. Desconocemos los pormenores de la relación con Duncan, pero creo que usted es la mejor arma que tenemos contra él.
No me sorprendí, en absoluto, solo lamenté no haberme quedado en la cama.
—Contar con el apoyo del FBI les beneficiaría. Nuestras escuchas durante los últimos meses no pueden garantizarle la cárcel, por desgracia, sufrimos muchas interferencias y solo captamos frases sueltas. Creemos que tiene un buen amigo detrás de eso, dueño de la línea telefónica más grande del país, y como son suposiciones, no nos queda más que guiarnos por nuestro instinto.
—¿Y cuál es la famosa oferta?
—Duncan quiere que usted sea su heredero, como varón y primogénito. Pues bien, hágalo.
Solté una carcajada sin ningún ápice de humor, sin embargo, la máscara de seguridad del agente no se desvaneció en ningún momento.
—Ha intentado matar a mi mujer, ¿y pretende que yo vaya y actúe como si nada en un despacho? Están locos.
—Les daremos protección. Además, ella ya no es su objetivo. No intentará matarla en Nueva York, se lo aseguro, sabe que le estamos siguiendo la pista, no va a arriesgarse a que lo acusen por homicidio premeditado.
—No entiendo para qué me quieren, ese hombre es el mismísimo diablo y no pienso estar cerca de él.
—Usted tendría acceso privilegiado a importantes documentos, se movería en sus círculos sociales, que son piezas básicas en su partida de ajedrez —imploró la agente Anderson, que llevaba un buen rato callada. Su pose distaba mucho de la de antes—. Su esposa se crio allí, conoce los entresijos de la sociedad en la que se mueve Arthur Duncan, los dos pueden ser de ayuda.
La miró comprensiva, invitándola a hablar, pero Helena negaba con la cabeza. Sabía que odiaba ese mundo y que lo había desterrado de su vida.
El agente Harris se encogió de hombros, despreocupado, ahora le tocaba a él.
—No quería tener que decir esto, señora, tenemos información sobre usted, firmas que casualmente deberían ser las de su padre y que la implican. Fraude, evasión fiscal, blanqueo de capitales… El FBI entiende que desconocía lo que firmaba, Duncan es su padre, ambos comparten acciones y algunas cuentas bancarias repartidas por todo el país. Estamos dispuestos a hacer la vista gorda por eso, no obstante, hay algo que estamos investigando. Karen Von Ritcher se subió a un ferri en Dover con destino Calais, justo el mismo día que ustedes dos, Harold y Erika. En la hora y media de trayecto tuvo que pasar algo, porque la señorita Von Ritcher no bajó, y ustedes sí.
—No se le ocurra amenazar sin pruebas.
—Bueno, puede que tenga más pruebas de las que cree, como la grabación de una cámara de seguridad. Fue en defensa propia, o al menos eso parece. No sé cómo de claro lo vería un jurado popular en Inglaterra, en EEUU no habría problemas. Legítima defensa. Tenemos las cintas, hemos violado la jurisdicción de ese país por usted. No tenemos intención de devolverlas.
—¿Entonces que quieren de nosotros?
Esta vez habló Helena, firme. Su mano sudaba bajo la mía.
—Colaboración, señora, es todo —concluyó la chica, que al parecer era el poli bueno—. Destruiremos esas cintas a su debido tiempo. Mientras el FBI les garantiza protección en Nueva York, desde aquí no podemos hacer nada por ustedes. A cambio queremos que su marido ocupe su lugar y se meta en el círculo social y empresarial del señor Duncan. Entiendo que esto es difícil para usted, si mi padre hubiera hecho todo lo que el suyo… Créame que somos la mejor opción, la más segura y fiable.
Chantaje. Ahora sí estábamos perdidos.
—No tenemos ninguna alternativa, ¿verdad? —inquirí desolado. Joder—. ¿Solo tengo que espiar a Duncan?
—Mezclarse en su entorno como el perfecto yerno, hacer copias de algunos documentos…, le iremos dando instrucciones —enumeró el hombre con pasmosa tranquilidad—. Se pondrá en contacto con usted en los próximos días, no ha perdido la esperanza de que sea su heredero, hasta ha acondicionado uno de sus lujosos apartamentos. Tratará de convencerlo, ponga sus condiciones y acepte sin pestañear.
Guardé silencio unos instantes y apoyé la cabeza en el hombro de mi mujer, cansado. Ya no podíamos seguir huyendo, era hora de enfrentarnos a él. No esperaba hacerlo de la mano del FBI, y no sabía qué me daba más miedo.
—De acuerdo, acepto. Pero el día que destruyan las cintas de seguridad del ferri, estaré presente. Si algo le pasa a mi esposa a lo largo de este teatrillo, rodarán cabezas, y las primeras serán las suyas.
Los señalé para después dar un puñetazo sin fuerzas en la mesa.
Siempre había un pez grande que se comía al pequeño, y a su vez, un pez mucho más grande se comía al primero.
Así iba a hacer el FBI con Arthur Duncan. Nosotros éramos el pez pequeño.
 
Capítulo 3
Helena
—No sé cómo pensaste en dejarme solo. Cuando el teléfono sonó y no te vi en el asiento de al lado pensé que me volvería loco.
Derramé lágrimas silenciosas. Era el segundo día que lo escuchaba hablar, tenía la voz ronca por la falta de uso.
Llevaba varias bombas de perfusión conectadas a la vía de su brazo, y las enfermeras entraban de manera constante a cambiar los sueros y la medicación.
—Solo quería terminar con esto.
—¿Inmolándote? ¿Dejándome solo y devastado?
—No tenías que haberte interpuesto… Hay muchas mujeres, mi pa…, él no parará hasta matarme.
—Tú eres mi mujer —declaró con firmeza—. Y si alguien quiere matarte me interpondré en su camino mil veces si hace falta.
—Lo siento.
—No llores. Estoy mejor, vamos a salir de esto. Quédate conmigo. Siempre.
Comer a través de una sonda y orinar por otra no era verlo mejor, pero era un avance respecto a las últimas semanas.
—Hasta que la muerte nos separe.
—Te lo dije, ni la muerte nos separará. Voy a esquivarla para que me dé tiempo de estar contigo.
Sonreí. Había asumido que lo perdía y sin embargo lo tenía en frente, casi no podía creerlo.
—Estuve acordándome del día que me dijiste que nuestro matrimonio era una patraña.
Cerró los ojos y se mordió el labio inferior.
—Ni yo mismo estaba convencido de mis palabras. Estaba lleno de rabia y rencor, y lo vomité todo, tenía que ser así. ¿Aún te duele?
Podía ver a esa Helena en albornoz, recién salida de la ducha, arrodillada en su alfombra nueva, siendo traicionada por el hombre al que amaba.
El mismo, y a la vez otro distinto.
—No. Me dolió más creer que morías en mis brazos.
Y era cierto. El perdón existía, y el amor más puro y auténtico también. Ambos iban de la mano.
—¿He saldado mi cuenta contigo?
Fruncí el ceño, limpiándome las lágrimas. Ese hombre convaleciente era el mismo que me traicionó, ante el que lloré de rodillas por su crueldad.
—Por favor, no digas eso.
—Pero, ¿lo he hecho? —insistió, sus ojos oscuros implorantes.
—Hace tiempo.
—Iré con vosotros, Olivia y su madre están allí solas, no puedo quedarme de brazos cruzados.
—No es necesario Hans, estarás más seguro aquí, además, ¿qué vas a hacer en Nueva York?
—Trabajar contigo, tío, puedes enchufarme, eres el hijo del jefe, de hecho, tengo enchufe por partida doble —rio señalándonos a Jardani y a mí—. Esa puede ser una condición para aceptar su oferta.
Mi marido se pasó una mano por el pelo, y suspiró exasperado mientras el tío Oleg le traía la cena y yo su medicación, que no era poca.
—No tiene gracia, esto es serio Hans. Nosotros estamos envueltos en este lío, tú no. Quédate con mi tío un tiempo.
—¿Te crees que necesito una niñera? —rezongó, tras un fuerte golpe de tos—. Estará mejor con vosotros, y quiere ayudar, deja que haga algo aparte de beber vodka y comer.
—Venga, Oleg, no me digas que no vas a echarme de menos.
El hombre refunfuñó, como siempre, y le sirvió a su peculiar compañero una copa.
—He visto moscas menos molestas que tú, pero la compañía me venía bien. Y tienes que cuidar de tu chica.
El ambiente era fraternal y amistoso, jamás me había sentido tan cómoda con gente que apenas conocía.
Mientras Jardani estuvo en el hospital fueron como una familia para mí.
Y Oleg quería a Hans. Mucho.
—¿Quieres una copa, sobrina?
Plantó un vaso corto y estrecho hasta arriba de vodka fresco.
Siempre hacía lo mismo, preguntaba y servía antes de que le contestara. Yo daba un sorbito de cortesía, pero esa noche lo bebí de un trago.
La garganta me ardía. Daba igual.
Nueva York. El perfecto yerno heredero. No paraba de reproducir las palabras de los agentes del FBI en mi cabeza. Qué bien les había salido la jugada nombrando a Karen. Todavía podía ver sus ojos sin vida mirándome desde el suelo. Nunca se me ocurrió pensar que hubiera cámaras en la bodega del ferri.
Volvía al punto de partida, de donde una vez me fui para iniciar una nueva vida, engañada, y regresaba con una relación sincera y consolidada entremezclada con un juego peligroso.
La alta sociedad neoyorquina.
Yo sabía moverme bien allí. Era como un estanque repleto de pirañas, esperando a que hicieras cualquier movimiento en falso para morderte. Excepto si tenías lazos de sangre con Arthur Duncan.
Había asistido a fiestas de debutantes, inauguraciones de restaurantes y galerías de arte, todo ello bajo su influencia, y superé con creces todos y cada uno de ellos.
Quizás me mimetizara demasiado con el ambiente.
Detestaba ese mundo, y a la vez estaba ansiosa por volver a él. Se me formó un nudo en el estómago solo de pensarlo. Era mi mundo, donde había nacido y me había criado, era lo que conocía.
Los trajes de firma, las peluquerías elegantes, las cenas en la 5th Avenida, los bolsos de Chanel que las dependientas guardaban recelosamente para mí en sus almacenes, para que solo yo, tuviera en primicia el exclusivo modelo.
Mis zapatillas de deportes blancas se escandalizarían si tuvieran vida.
Estaba ansiosa. Y temerosa.
Era de Arthur Duncan de quien hablábamos, no de una hermana de la caridad.
Cuando se proponía algo lo seguía hasta el final.
¿Podría dejar de ser un objetivo?
—¿Vas a cenar algo? Voy a irme a la cama, te espero.
—Yo puedo curarte —se ofreció el tío Oleg, que se llevó las manos a la cabeza, indignado cuando vio a su sobrino levantarse para llevar su plato vacío a la cocina—. Siéntate ahora mismo, estás débil como un gatito, vamos.
No andaba con paso firme, cojeaba un poco, más bien parecía que su cuerpo pesaba demasiado, se cansaba con facilidad.
Hacía verdaderos esfuerzos. Intentaba no poner cara de dolor, y durante ese día no paramos de reñirlo como si fuera un niño. El doctor que firmó su parte de alta fue muy estricto con eso, nada de hacerse el valiente. Descanso, y dejarse cuidar.
Me hundí más en el desvencijado sofá, ensimismada con el ruido de fondo de la televisión.
—Creo que la necesitas.
Hans abrió una cerveza para mí. Sus ojos tan azules e inocentes reflejaban preocupación. Me gustaba su pelo rubio, más bien oscuro. Le había pasado la maquinilla unas semanas atrás, y su cabello comenzaba a crecer de punta, dándole aspecto de niño malo.
—Necesito una vida nueva.
—¿Y un marido con todos sus órganos?
Su sonrisa ladeada y seductora me encantaba, y hasta las bromas de mal gusto respecto a su salud.
—No, imbécil, te quiero a ti. Solo que…, pensaba que esto se había terminado.
—Esto solo acabará cuando vuestro padre esté bajo tierra, si es que no deja en su testamento algo escrito para…
—Déjalo, no lo estás arreglando.
Adoraba a Hans, pero su sentido del humor podía ser un auténtico dolor de cabeza.
—¿Oye y el testamento de tu tío Charles? —preguntó Jardani de repente—. Hace poco dijiste que tenías que ir a Londres, el notario te había llamado.
Resoplé tapándome la cara. Se me acumulaban las obligaciones.
—No te preocupes por eso ahora, si hablas con él y firmas otro poder notarial, yo mismo puedo volver a representarte.
Asentí aliviada. Mi particular tío. El solterón británico que vestía trajes de tweed, el reputado psiquiatra que una vez viajó a Nepal e hizo que su vida cambiara para siempre.
Y Will, ¿sabría algo su familia? ¿Lo habrían repudiado? Repudiar a un hijo por ser homosexual era deleznable, pero quería pensar que sus padres lo habían llorado.
—No tenía hijos y yo era su única sobrina. Me gustaría ir tan pronto como fuera posible, todo dependerá de tus obligaciones.
Miré a Jardani, que jugaba distraído con las migas de pan que había dejado en la mesa.
—Esto es una puta pesadilla. Primero arruina la vida de mi familia, luego quiere matarnos, después quiere matarte a ti porque yo le era útil y ahora voy a tener que trabajar a su lado.
—Míralo por el lado bueno, te quedarás con su fortuna legalmente, eso es lo que querías desde el principio.
—No estoy seguro de querer ese dinero, Hans.
—Lo aceptarás, es tuyo por derecho, y es lo mínimo que mereces después de todo. Piensa en tu hermana —aseveré y los presentes asintieron, dándome la razón.
—No importa, Helena, ahora nuestra prioridad es sobrevivir, salir de una pieza de todo este embrollo.
—Y saldrá bien, yo estaré contigo. Prepárate para meterte de lleno en la diabólica sociedad neoyorquina, no la dé a pie, sino la aristocracia de la ciudad.
—La jet set. Bueno, Jardani, tú te has codeado con ellos en Berlín, Schullman quería darte un ascenso, ya vivías en el edificio de los peces gordos casados.
—Joder, el Mitte, es verdad. Tenemos ropa y algunas perte…
—Quédate tranquilo, hablaré con mis contactos —contestó cansino el tío Oleg, limpiándose las gafas. Nuestro salvador, el hombre que siempre estaba ahí.
—No te lo podemos dejar todo, no tienes edad para todo esto.
—¿Me estás llamando viejo? ¿Te acuerdas de los abuelos? El abuelo murió con noventa y tres años y la abuela con noventa.
—Claro que me acuerdo, tía Alina, tuvo que cargar con sus cuidados.
—Y a mí me cuidará mi sobrina.
Me giré a mirarlo, alarmada.
—Tienes que cuidar de tu tío, en mi país es tradición.
Jardani trataba de aguantarse la risa y Hans insistía en buscar residencias de mayores por internet.
—Descuida, el día que esté impedido me pegaré un tiro.
—No hace falta ser tan radical —contestó mi marido dándole una palmadita cariñosa en la espalda—, pensaba que podías ser el abuelo de nuestros hijos.
—Pues tendréis que daros prisa, no quiero que me vean en una silla de ruedas con pañales.
—Tu sobrino los ha tenido, puede hablarte de la experiencia, hasta lo bañaron un montón de mujeres.
—Y hombres, no lo olvides. Aunque no me acuerdo de la mitad de las cosas.
—Y volviendo al tema… ¿Cuándo vais a tener hijos?
La cerveza que había rechazado me pareció muy apetecible en ese momento.
—Eso deberías preguntárselo a tu sobrina, es la que toma anticonceptivos —señaló Jardani, con un ligero tono de reproche—. Aunque es pronto. Los Schullman sueltos, un padre sociópata o psicópata… Por desgracia no es el mejor momento.
Y el miedo. ¿Y si mi placenta no era apta después del desplazamiento?
Salvaron mi útero de milagro, palabras textuales de la doctora. No era algo que quisiera repetir en un corto periodo de tiempo.
Siempre podíamos tener un perro.
Decidí cortar por lo sano, no me gustaba el camino que había tomado la conversación y estaba demasiado cansada como para hacerle frente.
—Me voy a la cama, tú deberías venir conmigo, tengo que hacerte la cura y es tarde.
Hans aprovechó para acomodarse en el sofá y el tío Oleg estaba preparado para encenderse un cigarrillo en cuanto cerramos la puerta de la habitación.
—Espero que sepas dónde vas a meterte —avisé a Jardani, mientras preparaba los apósitos limpios y el desinfectante—. Es un mundo más turbio de lo que te piensas.
—¿Vas a estar conmigo?
—Pues claro que sí.
—Entonces estaremos bien. Pero por favor, no hagas las cosas por tu cuenta, ya sabes…
Gracias a eso había estado a punto de morir. Me mordí la lengua.
Él no tenía que haber interceptado esos disparos.
—Tú también quisiste entregarte, estabas dispuesto a dar tu vida por la mía.
—Somos dos románticos empedernidos.
Profirió un quejido al pulverizar el antiséptico.
—Perdón, dos semanas más y te librarás de esta tortura. Creo que las cicatrices no se verán demasiado cuando te broncees.
Conocía el tono que adquiría su piel cuando tomaba el sol, y ya estaba pensando en pasar la lengua por todos lados.
—Eres muy optimista, cariño. Si te gustan a ti, me da igual, eres quien me las va a ver.
Trazó el contorno de mi mandíbula con suavidad, una caricia a la que podía acostumbrarme toda la vida y a la que no iba a renunciar más.
—Tengo tantas ganas de que vivamos juntos. Acompañarte en la habitación de un hospital, o estar aquí con Hans y tu tío… Necesito nuestro hogar.
—¿Eres consciente de todo lo que voy a hacerte en la intimidad? —musitó, levantándome la barbilla—. Quizás no sea a diario, pero quiero que al llegar del trabajo me recibas con una copa de vino en la mano, las medias de anoche y tus tacones. Nada más.
Quedé atrapada en la profundidad de sus ojos. Y por supuesto por esa lujuriosa promesa.
—¿Y qué vas a hacer después?
Tragué saliva, sintiendo un cosquilleo entre las piernas.
—Lo que se me antoje.
Y yo le iba a dejar.
No me di cuenta de que jadeé, o tal vez dejara escapar todo el aire de mis pulmones.
—Puedo…, comer sobre tu cuerpo o atarte desnuda en el sofá con las piernas abiertas. Privada de visión y de caricias, hasta que yo lo decida.
—¿Y qué haré yo?
—Tener tu preciosa boquita cerrada. Si te pones muy quisquillosa te azotaré hasta que me salgan callos en las manos.
Pasó el pulgar por mi labio inferior, y lo introdujo como yo había hecho con su polla veinticuatro horas antes.
Vivir juntos. Otra vez.
La muerte de aquella grandísima puta, que había asesinado a Charles y a Will, según Mads, iba a salirme muy cara.
El FBI se había aprovechado para meter a Jardani y arrastrarme con él hasta Nueva York.
Y aunque nuestra nueva vida se presentara ante mí de lo más novedosa y sensual, tuve un mal presentimiento.
Arthur
—¿Cuándo va a tomar Helena el testigo? Te estás haciendo viejo, Arthur, déjala que empiece a asumir el papel para el que ha nacido.
Y además me queda un año de vida.
Sonreí como el gilipollas cortés y maquiavélico que era. Mis reuniones con el actual alcalde de Nueva York consistían en cenar en un italiano cerca de Times Square todos los sábados y hablar sobre nuestras familias y el futuro.
El tiempo. Justo lo que me faltaba a mí.
—Pues, aunque te sorprenda, será mi yerno el que lo haga.
—¿No me digas? Tengo entendido que es un arquitecto de prestigio, es joven, pero está muy cotizado. ¿Trabaja para el capullo ese que se ha dado a la fuga? Sí, al que ha denunciado su secretaria por acoso sexual.
Guardamos silencio unos segundos cuando el camarero se acercó a dejarnos el primer plato.
—El mismo. Está en paradero desconocido —certifiqué, cortando la carne con el cuchillo. Poco hecha, justo cómo me gustaba—. Llevo un tiempo queriendo tenerlo en mi equipo, aunque su estilo es más moderno que el de los Duncan, tendré que enseñarle cómo trabajamos.
—Por supuesto, Duncan es sinónimo de clase y elegancia, tenéis un sello propio y hay que conservarlo. Helena puede ayudarlo —aconsejó, sabía que la apreciaba—. Aunque se quede en casa para cuidar de los hijos que vengan, ¿quién mejor que ella para guiarle y que no se salga del camino? Esos rusos son muy temperamentales, y cambiantes. Ten cuidado si alguna vez se divorcian, déjalo todo bien atado, Arthur.
Si supiera. Había intentado eliminar a Helena y fracasé. Estrepitosamente.
Con el FBI pisándome los talones tendría que cuidarme.
Ya barajaba varias opciones. De tenerlos aquí en Nueva York no sería fácil.
Miré el teléfono móvil junto a mi copa de chardonnay. Quería hablar con él, debía seguir presionando.
—Aún no se lo has propuesto, ¿verdad?
El brillo malévolo de su mirada rancia me hizo pensar que estaba disfrutando por mi inseguridad.
—Estoy en ello.
Y eso hice, cuando terminó nuestra pequeña reunión y volví a la oficina. Me encerré haciéndole saber a mi secretaria que no quería ningún tipo de interrupción.
En Praga todavía era temprano.
¿Podía recuperar el tiempo perdido con un hijo que no conocía?
Quién sabe.
 
Capítulo 4
Jardani
En algún momento desperté, mis sueños confusos y siniestros, se vieron interrumpidos por delicados besos.
Abrí un ojo, y Helena recorría mis mejillas hasta llegar al cuello.
Sabía cuál era mi punto débil.
Sus dedos traviesos descendieron hasta el elástico de mi pantalón, pero la vibración del teléfono móvil hizo que pararan.
Ya había metido la mano dentro de sus bragas y estaba tocando su calidez, pensando en que quizás ese día podía hacer más esfuerzo, o pedirle que abriera las piernas sobre mi boca y poder degustarla.
Nos miramos, e inmediatamente supimos quién llamaba. Fue algo más que una intuición.
—Duncan, habla rápido, estoy ocupado.
Pasé un brazo por sus hombros y la acerqué a mi cuerpo, sonriendo de forma fugaz. Estábamos juntos en esto, y así quería demostrárselo.
—Supongo que podrás dedicarme unos minutos.
Hacía semanas que no escuchaba su voz grave y fría, capaz de helar una estancia. La seguridad de un hombre, que realmente era un monstruo disfrazado de ejecutivo brillante.
—Pocos, estoy a punto de follarme a tu hija, en este caso mi medio hermana. ¿Querías algo?
Se formó un silencio tenso e incómodo al otro lado de línea, sabía que aguantaría todas mis groserías una por una.
Helena me dio un codazo en las costillas, sin parar de gesticular.
—No necesitaba tanta información —alegó como si no pasara nada—, por otro lado, tampoco voy a robarte mucho tiempo.
—Pues tendrás que darte prisa.
Presioné, con la seguridad de un hombre capaz de ver su futuro.
—Quiero que vengas a Nueva York, y comiences a hacerte cargo del negocio familiar.
Bingo.
—Eso me dijiste la misma noche que reconociste ser mi padre y me propusiste matar a Helena.
—Las cosas han cambiado.
—¿Cuándo el tío que pretendía matar a tu hija me disparó?
—Te pusiste en medio.
Arrastró las palabras con rencor, desaprobando mi actitud.
—Y voy a hacerlo siempre.
—Te subestimé, Jardani.
—No has parado de hacerlo desde que me conociste.
—Tienes razón. Lo reconozco.
Otro silencio, no se oía nada excepto su respiración intranquila.
—El tiempo corre en tu contra, voy a colgar.
—No, escúchame es importante —su seguridad se desvanecía, el ruego implícito en la petición—. Necesito que vengas. Necesito a mi heredero. Piénsalo, salvarías la vida de tu hermana, y eso es importante para ti.
Era un buen negociador. Conmigo desde luego nunca lo había sido, o quizás no me interesaron sus propuestas.
—Me da asco tenerte cerca, Duncan. ¿Se te ha olvidado lo que pasó esa noche? A mí no, lo he reproducido mil veces en mi cabeza.
Más de mil. No quería llevar la conversación hasta esa parte, sin embargo, no pude evitarlo.
Mi mujer puso la mano sobre mi pecho y vi su mirada cargada de preocupación.
—Lo sé. Hace tiempo te pedí perdón, y sé que nunca será suficiente. No pasa un solo día que no me arrepienta de lo que sucedió. Yo quería a tu madre. Tengo que contarte toda la historia.
—Lo que le hiciste a mi hermana…
—Fui un animal, un degenerado, puedes llamarme como quieras, lo merezco. Querías adueñarte de mi fortuna casándote con mi hija, bien, vas a tenerlo.
—Tú querías que Helena fuera tu heredera, en nuestro compromiso dijiste que tarde o temprano tenía que volver a Nueva York para cumplir sus funciones.
—Eso era antes —matizó, volviendo a ser el engreído narcisista que ya conocía—. Nunca he querido que heredera nada, porque hace mucho tiempo que dejé de quererla, solo lo fingí. Tampoco tenía más hijos y después de la enorme estupidez que cometió al dejarse engañar por ti y casarse, la veo menos apta aún. A saber, quién será el próximo tipo. Por otro lado, me acercó a ti.
—No habrá próximo tipo.
Fui tan tajante que escuché como se caía algo al otro lado del teléfono.
—Estás decidido a continuar esa relación incestuosa.
—Sí. Para ninguno de los dos es incesto. Hay cosas mucho peores, como violar a una menor, pagar a un tipo para que viole a otro menor y matar a su madre ante sus narices, así que no vengas a darme lecciones de moral si quieres seguir con esta conversación.
—Se me fue de las manos, todo esto. En el pasado, ahora…
—Querrás decir de tus garras.
—Tómate tu herencia como una ofrenda de paz, quiero resarcirme. Tendrás todo lo que siempre quisiste de mí.
Suspiré, haciendo como que lo pensaba, aunque en realidad temblaba de rabia.
—Será bueno para mí y mi carrera profesional —dije al fin, siguiendo las líneas que marcó el FBI.
—Claro, estoy seguro de que harás un gran trabajo, tienes el éxito asegurado. ¿Sabes la cantidad de dinero, empresas y propiedades que serán tuyas?
Tuve una extraña sensación de vértigo mezclada con un déjà vu. Eso fue lo que quería hace poco más de un año, y jamás pude imaginar que iba a conseguirlo de esa manera.
—Sí, lo sé. Mi esposa y yo podemos ir la semana que viene, necesito reponer fuerzas.
—Tu… ¿Esposa?
¿Acaso pensaba que iría solo?
—Es una de mis condiciones para aceptar. O con ella, o nada. Te propuse algo parecido y no aceptaste.
—Las cosas han cambiado —aseguró, apesadumbrado—. ¿Alguna vez has estado cerca de perder lo más valioso que posees? Justo eso me ha pasado.
—Sí. Casi pierdo a mi mujer. Y la vida.
Lo último no me importó durante años. Malvivía, dejaba pasar los días y las semanas tratando de llenar el vacío que me ahogaba.
—Entonces sabrás de lo que hablo.
—Volviendo al tema que nos atañe, quiero llevar a un buen amigo, y mejor arquitecto para que trabaje conmigo.
Me lancé al vacío casi sin pensar.
Pon tus condiciones.
Bien, eso haría.
—¿Hans Webber?
—El mismo.
Resopló y chasqueó la lengua varias veces. Estaba entre la espada y la pared.
—Lo acepto todo.
Helena hizo una señal de victoria y yo la abracé entusiasmado.
Ya no sonaba como el ejecutivo frío e implacable y en mi fuero interno, me regodeé de ello.
—Tú nunca te rindes, Duncan.
—Tal vez ya esté muy viejo para esto. Quiero pasar el testigo a mi único hijo varón, y acataré sus deseos en beneficio a la empresa que fundaron mis antepasados.
—¿El pobre irlandés que vino con cincuenta dólares en el bolsillo?
Reí con sorna. Ese cuento para críos que habían inventado para establecerse en Estados Unidos.
—Pronto conocerás la historia completa. Te espero dentro de una semana, me gustaría que cenáramos juntos y explicarte ciertos detalles. Ah y…, me alegra saber que estás mejor. Puede sonarte a broma, pero he rezado mucho por ti.
—Sí, suena a chiste malo —confirmé, haciendo una mueca de incredulidad—. Allí estaremos.
Colgué la llamada y rodé en la cama para mirar a Helena en la penumbra.
—Siempre lo he sabido, desde que mi madre murió dejó de quererme.
Bajó la mirada, y trazó líneas difusas en mi pecho.
—Siento que hayas tenido que pasar por eso. No merecías un padre así.
Recordé la primera vez que hablé con ella, la preciosa joven del vestido rojo, la única hija de Arthur Duncan.
Qué percepción tan errónea tuve y qué iluso fui al pensar que un tipo así sufriría por ver a su única hija siendo infeliz. Él ya lo hizo y yo solo contribuí con más sufrimiento gratuito.
Serendipia. Mi hallazgo afortunado, ese que no esperé encontrar, algo que me había prohibido durante años pensando que no lo merecía, que estaba condenado a pasar por la cama de muchas mujeres sin que ninguna fuera mía.
—Tengo miedo.
—Estoy contigo.
—Te dije que solo te traería problemas —murmuró pegada a mi boca, rompería a llorar de un momento a otro—. Hiciste una mala elección interponiéndote entre esas balas y yo.

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