Juegos Peligrosos de Kelly Dreams pdf

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***SOLO HOY Las Guerreras Maxwell, 7. Atrévete a retarme De Megan Maxwell

Regresa Megan Maxwell con la séptima entrega de la famosa saga «Las guerreras Maxwell».

Sin duda te llegará al corazón. Descubre, con esta nueva entrega, cómo los retos acaban dando paso a nuevas oportunidades...

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Elizabeth tiene una única meta en mente, matar a su hermanastro y saldar la deuda que este ha contraído con el irritante, sexy y despiadado Luca Viconti; un hombre que ha surgido de su pasado y que no se conformará con nada menos que su absoluta e incondicional rendición.
Luca solo se ha arrepentido en su vida de una cosa; abandonar a la única mujer capaz de completarlo. Quince años después, el destino quiere que una inesperada deuda lo lleve de nuevo hasta ella, pero Elizabeth ya no es la dulce y cándida niña de entonces, ahora es una mujer sexy y peligrosa dispuesta a hacerle morder el polvo.
Tentar a la bestia era un juego demasiado peligroso, pero ella estaba dispuesta a correr el riesgo.

NUEVA EDICIÓN 2021
(Novela Independiente de Romance Paranormal Adulto)

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Juegos Peligrosos

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PRÓLOGO
Los rayos de sol de las primeras horas de la tarde entraron por la ventana derramándose sobre la felina figura acostada en el enorme almohadón que había bajo esta. Era su lugar favorito para echarse una siesta, el punto exacto en el que recibiría todo el calor del astro rey.
Bostezó, sus bigotes se movieron espasmódicamente mientras abría las enormes fauces un segundo antes de dedicarse a lamer una de las negras patas con despreocupación.
Hoy era uno de esos días en los que desearía no haber salido de la cama. La mañana comenzó cuesta arriba, la reunión programada para las once se retrasó una hora a causa de algún problema técnico del lado de sus socios y terminó de manera abrupta al dar él mismo por zanjada la videoconferencia, no sin decirles antes a esas comadrejas, dónde podían introducirse su oferta.
Humanos. En ocasiones podían ser mucho más salvajes y peligrosos que los animales, por no añadir también su repetitiva estupidez.
Sacudió la larga cola ante el solo recuerdo. En su forma felina las emociones adquirían otra dimensión, al gato le traían sin cuidado los negocios o que sus socios fueran unos gilipollas integrales. No le importaba lo más mínimo que hubiese renunciado a un jugoso contrato, todo lo que quería era disfrutar del calor del sol mientras se echaba una larga siestecita.
Se incorporó y estiró los músculos con pereza, tenía el pelaje caliente por la exposición, una sensación de lo más agradable que invitaba a dar media vuelta y continuar dormitando.
Cedió a la modorra felina y se recolocó, recogió la cola y a punto de estaba de dejar caer de nuevo la cabeza cuando el penetrante timbre del teléfono irrumpió en su descanso seguido del posterior sonido de su voz humana emergiendo a través del altavoz del contestador.
«Acabas de llamar al teléfono personal de Luca Viconti. Si tienes algo interesante que decir, suéltalo después de oír la señal, sino ahórrame el tedio y salva tu propia vida borrando mi número de tu agenda».
El pitido de la señal que anunciaba el comienzo de la grabación reverberó en sus sensibles oídos seguido de la voz de una de las últimas personas de la que esperaba tener noticias.
—Interesante mensaje disuasorio, gatito —oyó—. Si estás ahí, coge el teléfono; se trata de Elizabeth.
El nombre activó su mente humana al momento, se levantó y saltó hacia el otro lado del despacho aterrizando sobre dos piernas. Estiró el brazo y respondió a la llamada.
—¿Qué ha ocurrido?
CAPÍTULO 1
Luca llevaba un buen rato contemplando las vistas de la ciudad desde la ventana de su oficina atento a la información que le brindaba Pietro Fiori sobre los recientes acontecimientos. Mientras hablaba con su viejo amigo y este lo ponía al día, recuperó la ropa que había dejado pulcramente doblada en un sillón y se vistió, adoptado de nuevo el aspecto del hombre de negocios que era.
—¿Y si digo que no? —contestó tras meditar unos minutos sobre la jugosa propuesta que le hacía.
—¿Vas a renunciar a ella una vez más?
Los labios se le curvaron solos al escuchar la franca y directa respuesta. No podía negar que sabía cómo presentar una oferta, aquella era difícil de rechazar, sobre todo porque se había pasado los últimos quince años esperando una oportunidad como esta.
Se había mantenido en las sombras, vigilante, luchando con la salvaje naturaleza que lo había llevado a darle la espalda a sus propios deseos. Se había obligado a ser paciente, a esperar el momento adecuado y este parecía que al fin había llegado, aun si lo hacía bajo la forma de una peligrosa oferta.
—Necesitarás algo más que eso para convencerme —declaró con fingido aburrimiento, sabiendo que tendría que elegir sus palabras con mucho cuidado—. Ya lo hice una vez, ¿qué te hace pensar que no lo haría otra?
—Quiero pensar que estos últimos años te han reportado algo de sensatez —le soltó con cierta jocosidad en la voz—. Además, si ella no te interesase lo más mínimo, no la habrías estado vigilando como una fiera agazapada entre las sombras.
Sacudió la cabeza y dio gracias por que no pudiese ver la mueca que acababa de hacer. El tono de la voz de su interlocutor decía lo que opinaba sobre sus lacónicas respuestas, pero no le importaba, no era más que un juego y ambos lo sabían. Su decisión quedó clara desde el mismo instante en que escuchó su nombre; su felino no le dejaría alejarse una segunda vez.
—¿La suficiente sensatez como para que hayas decidido acudir a mí?
Le escuchó resoplar.
—¿Tengo que recordarte quién dio el primer paso y por qué? —le soltó oportunamente—. Si ella no te importase, aunque fuese un poco, no habrías tomado la decisión que tomaste en su momento.
Sacudió la cabeza perdiendo interés en las vistas a través de la ventana para volverse de nuevo hacia el teléfono.
—Das demasiadas cosas por sentado, Pietro.
Y con él eso era algo que muy pocos se permitirían.
Si había algo por lo que se lo conocía era su habilidad para mantener a todo el mundo en suspenso, incapaces de averiguar cuál sería el movimiento o la decisión que tomaría a continuación. No se consideraba un hombre previsible, al contrario, su forma de ser y de actuar eran a menudo contradictorias, aunque siempre obedecían a un plan; el suyo.
—¿Prefieres quedarte entonces de brazos cruzados y que Callaghan se haga con el control del club? —insistió su amigo, dejándole claro lo que podía pasar—. Tiene todas las cartas para ganar esta partida y hacerlo de forma legal.
Dejó escapar un resoplido ante la sola posibilidad de que eso ocurriera y tomó asiento.
—Elizabeth se ha metido en un negocio que le queda demasiado grande y ha hecho tratos con quién no debía —aseguró recreando la imagen de esa hembra en su mente. Y este, en concreto, era uno en el que nunca se había imaginado verla—. Ese carácter suyo siempre la mete en problemas…
Era explosiva y poseía una fogosa impulsividad, rasgos que se habían ido afinando en los últimos años y que habían dado como resultado problemas como el que tenía ahora entre manos.
La dulce y cándida jovencita que había conocido años atrás había dado paso a una mujer decidida y hostil. Si una vez había regalado su ternura, ahora era la dura sofisticación la que esgrimía con mano experta, se había convertido en una mujer que no admitía que se burlasen de ella y que no se plegaba ante los deseos de ningún hombre.
No, la mujer que había estado hasta el momento al mando del Dangerous era una hembra acostumbrada a hacer su santa voluntad, a doblegar a los hombres y llevarlos exactamente hasta dónde quería. Ella era la que ponía las normas, la que decidía con quién, el cómo, el cuándo y el dónde… pero eso cambiaría en el momento en que él entrase en el juego.
Se obligó a respirar profundamente, podía sentir su naturaleza felina revolviéndose en su interior, protestando por su inamovilidad como lo hacía cada vez que pensaba en ella.
—Yo que tú no le diría eso a la cara —chasqueó su interlocutor—. Esa chica puede tener tus pelotas en una bandeja para la cena y querer repetir con el desayuno.
Se recostó en la silla, cruzó las manos sobre el estómago y chasqueó la lengua ante su respuesta.
—No tengo por costumbre insultar a las mujeres por las que siento… verdadera admiración —siguió con ese tono desenfadado, manteniéndole en la cuerda floja y sin darle una respuesta firme—. Pero es innegable que tiene imán para los desastres. No piensa, la pierde esa dulce boquita y los resultados… bueno, saltan a la vista.
—Algo que no pareció molestarte a juzgar por tus propias acciones —lo pinchó recordándole su parte en aquella secreta sociedad que habían iniciado años atrás para la protección de dicha mujer—. Permíteme que te recuerde que no fui yo el que invirtió una escandalosa cantidad de dinero para mantener a flote ese local.
Ese era un secreto compartido por ambos, uno que tenía a esa mujer como única protagonista.
—El dinero es sencillamente dinero.
El resoplido al otro lado de la línea lo dijo todo.
—Sabes tan bien como yo que si Elizabeth llega a descubrir que el socio capitalista y ahora único propietario del club eres tú, que eres el responsable del pago de cada una de las deudas que había sobre el local y que además, te has pasado los últimos años vigilándola como un perro guardián y que yo se lo he ocultado… Tío, a mí puede que me mate, pero de ti no quedará ni el recuerdo —replicó con absoluta convicción.
No pudo evitar echarse a reír ante el directo puñal que le lanzó su viejo amigo, uno dolorosamente certero por la verdad que encerraba.
Sí, él era el único responsable de lo ocurrido quince años atrás, había vivido con la culpa y el arrepentimiento durante demasiado tiempo y ya era hora de ponerle fin.
—¿Te das cuenta de que lo que voy a pedir a cambio? —respondió con absoluta seriedad—. Sabes qué es lo que quiero…
Había esperado demasiado por una oportunidad como esta y no iba a desperdiciarla.
—Si no fuese así, no te habría puesto el primero en mi lista de «a quién acudir cuando Elizabeth la cague» —aseguró con goteante ironía—. Si alguien puede hacerse cargo del Dangerous y evitar al mismo tiempo que esa locuela se inmole, ese eres tú.
Sacudió la cabeza, respiró profundamente y se inclinó sobre el teléfono sin tocarlo.
—De acuerdo —aceptó sin andarse con más rodeos—. Arreglaré el asunto con Callaghan.
Lo primero era evitar que su mujer cometiese alguna temeridad más.
—Te veré a las siete en el Giovanni y esta vez procura ser puntual.
Una sonora carcajada reverberó en la línea.
—Casualmente estoy ya en él, así que no seré yo el que llegue tarde.
Puso los ojos en blanco.
—Te veré en veinte minutos.
—Casualmente ya estoy en él.
No esperó a obtener respuesta y colgó.
—Cuando decides meterte en problemas, lo haces a conciencia, Elizabeth —murmuró para sí, saboreando su nombre, el de la mujer que deseaba—. Pero no me quejaré, no esta vez.
No cuando las desafortunadas decisiones de esa mujer le habían dado la mejor mano que podía utilizar en aquella partida.
Recuperando el teléfono, marcó un número nuevo y abandonó el asiento, trasladándose de vuelta a la ventana.
Tras un par de tonos escuchó la voz de su interlocutor.
—Vaya, vaya, ¿se ha congelado el infierno y por eso me llamas?
Puso los ojos en blanco ante la mordaz réplica y no perdió el tiempo en decir claramente lo que le interesaba.
—Daniel —atajó—. Me han informado que tienes una deuda que puedo quitarte de las manos.
Deslizó la punta de la lengua sobre el labio inferior mientras escuchaba la respuesta de su interlocutor y sonrió, dedicándose a charlar unos minutos más con él, escuchando sus argumentos y poniéndose al día.
Tras colgar, estaba mucho más entusiasmado y animado.
—Esta vez no habrá indulto, gatita, espero que sepas jugar bien tus cartas porque pienso alzarme con la victoria.
CAPÍTULO 2
Había un indiscutible poder en las manos de una mujer cuando se trataba de ofrecer sexo oral a un hombre, un poder que Elizabeth Fiori no tenía duda alguna en utilizar en su propio beneficio. Sonrió traviesa a su amante de esa noche, deslizó los dedos de cuidadas y pintadas uñas a lo largo del duro miembro y se lamió los labios excitándolo incluso más. Todo era cuestión de manipulación, una caída de ojos, una caricia adecuada y esos idiotas se ponían de rodillas y te ofrecían la misma luna. Bajó la mirada y dejó que su lengua emergiese entre los labios para prodigarle un delicado lametón, la forma en la que se sacudió en el confinamiento de sus dedos la hizo sonreír. Sopló la punta, deslizó la lengua por la columna y dibujó una hinchada vena hasta la base donde unos pesados testículos aguardaban sus caricias.
—Joder, eres… condenadamente caliente, dulzura —gruñó él con voz ronca, hundiendo ahora los dedos en su pelo, desordenando el perfecto recogido y dirigir así sus movimientos.
Hizo una mueca al notar el tirón del cuero cabelludo, pero no se amilanó. Ella era la que ponía las normas, la que llevaba la batuta y hacía lo que quería, en el momento en que quería.
Ah-ha. Las manos en los brazos de la silla, Max —declaró con ese sensual murmullo que sabía lo enloquecía—. O no tendrás tu premio.
Lo oyó gruñir, soltó alguna frasecilla inteligible y retiró la mano dejándola de nuevo al mando de aquella sesión.
Sonrió, se pasó la punta de la lengua por el labio inferior y admiró la dura erección que retenía entre los dedos. Deslizó el puño hacia arriba y luego hacia abajo, apretó suavemente la punta, la acarició con el pulgar y finalmente se la metió en la boca para degustar la caliente y salada carne.
—Jo-der —jadeó al sentirse succionado—. Oh, nena… sí, justo así…
Sonrió interiormente. Hombres. Eran todos iguales. Los cogías por los huevos o por la polla y podías hacer con ellos lo que te diese la gana. Vació su mente como solía hacer y se limitó a disfrutar del poder que tenía entre manos y del acto en sí. No le daba vergüenza admitir que disfrutaba del sexo y lo hacía hasta el punto de poseer un club propio de danza erótica, uno que había terminado en sus manos como parte de un legado.
Su excitación comenzó a crecer al tiempo que se entregaba al placer, degustó esa dura y cálida carne como si fuese un caramelo y lo succionó arrancándole nuevos gruñidos.
—Joder, espero que nada haga que cambie tu forma de pasar las noches en el club.
Las extrañas palabras pasearon por su mente sin prestarles demasiada atención. Se echó atrás y deslizó la lengua una vez más por el erguido pene al tiempo que jugaba con los testículos.
—¿Por qué habría de hacerlo cuando este es uno de mis fetiches favoritos? —ronroneó mordisqueándole la punta de la polla.
Su amante tembló y siseó antes de soltar abruptamente.
—Dios… —jadeó echando la cabeza atrás—. Sí, mantén ese pensamiento y todo irá de fábula.
Sonrió de medio lado y empezó a meterse de nuevo el miembro en la boca solo para detenerse para acariciarle la punta con su aliento.
—Empiezas a hablar demasiado, Max —ronroneó—, y prefiero escucharte gemir.
Lo succionó y utilizó la lengua para jugar con él.
—Apoyo la sugerencia —gimió de deleite—, prefiero tu dulzura ocasional a la cabreada fiera infernal que sueltas sobre Pietro.
Se retiró, alzó la mirada y enarcó una ceja.
—¿De verdad acabas de mencionar su nombre mientras te hago una mamada? —preguntó con absoluta ironía.
Él se encogió, hizo una mueca y deslizó la mano sobre su rostro, acariciándole la mejilla.
—Una muy mala, pero que malísima, respuesta de mi parte —aseguró—. Olvidémosla y sigamos con lo que estábamos.
Frunció el ceño y se echó hacia atrás. Conocía muy bien a su amante. Maxis llevaba demasiado tiempo en su vida como para no reconocer que le estaba ocultando algo cuando lo hacía. Era el mejor amigo de su hermanastro, Pietro, se conocían desde hacía años y recientemente había entrado en la categoría de amante esporádico.
A ambos le venía bien ese arreglo y pasaban la noche juntos cuando la ocasión lo ameritaba, momentos en los que lo único que importaba era el placer y dejar el mundo en el que se movían fuera de aquellas cuatro paredes.
¿Y Max le mencionaba ahora a su hermanastro?
—¿Qué está pasando aquí?
Él pareció más fastidiado por la interrupción que sorprendido por la pregunta.
—Eliz…
Enarcó una ceja ante el tono condescendiente en su voz.
—Ni se te ocurra —lo frenó en seco—. Has mencionado a Pietro y no en un momento de charla, precisamente.
—Bueno, es mi mejor amigo y vivo con él, es normal que lo tenga presente…
Entrecerró los ojos, se lamió los labios y empezó a acercársele de nuevo con gesto sinuoso.
—Max… —ronroneó su nombre, sus dedos deslizándose por la cara interior del muslo para finalmente cerrarse de golpe y con fuerza alrededor de su erección.
—¡Hostia puta! ¡Joder! —graznó visiblemente sobrecogido—. ¡Elizabeth, joder!
Sonrió con dulzura, pero no soltó su agarre.
—Estoy esperando, querido —ronroneó apretándole ligeramente.
Su amante gimió, pero no tardó ni dos segundos en responder de manera acalorada.
—¡Joder! ¡Pietro se ha citado en el Giovannis con intención de buscar una solución a tu reciente problema con el club!
Se levantó de golpe, sus pechos se bambolearon por encima del corsé. Había perdido todo interés en lo que estaba haciendo después de escuchar lo que acababa de decirle.
—¿Qué ha hecho qué?
Él la taladró con la mirada y saltó fuera de su alcance al tiempo que se metía la dolorida polla en los pantalones.
—Lo que hace siempre, sacarte las castañas del fuego —escupió sin más.
El dardo fue certero, pero más que avergonzarla la cabreó.
—¿Quién te crees que eres…?
Dio un paso hacia ella, entonces otro y otro más obligándola a retroceder, a perder el deseado control que ostentaba en el dormitorio. Aquel ya no era su amante o su amigo, era el implacable abogado que no perdía un solo jodido caso, el que poseía un aire letal que lo hacía comparable con un fiero lobo hambriento.
—Si dejases de pensar solo en ti misma y abrieses los ojos a lo que te rodea, te habrías dado cuenta de las muchas cosas que suceden y de las que no tienes ni puta idea —le espetó sin contemplaciones—. Tu hermano…
—Hermanastro —puntualizó alzando la barbilla. Lo único que la unía a Pietro era el matrimonio de sus respectivos padres.
—…ha echado mano de sus contactos para rescindir la deuda que tienes con Callaghan.
Parpadeó visiblemente sorprendida, entonces arrugó la nariz.
—¿Qué contac…?
Él la interrumpió sin más.
—¿Te suena el nombre de Luca Viconti?
Se le quebró la voz cuando ese nombre abandonó los labios masculinos. Esas dos palabras se filtraron en su mente con aplastante contundencia dejándola sin respiración.
—¿Qué… qué acabas de decir?
Max no cesó en su crudeza, del hombre divertido y despreocupado que conocía no quedaba más que el recuerdo. Sus ojos se oscurecieron adquiriendo un tono letal, poseían un color entre castaño y dorado que a menudo le resultaba hipnotizante.
—Lo que has oído —respondió un poco más calmado, pero igual de crudo.
Perdió el color, tropezó con sus propios pies y casi se tuerce el tobillo al vacilar sobre los altísimos tacones que seguía llevando. Se le escapó el aire, alzó la mirada y lo contempló incrédula.
—No. Pietro no puede haber ido a él. No puede…
¿En qué diablos estaba pensando ese imbécil? ¿Por qué había acudido a ese hombre? ¿Cómo tenía siquiera contacto con él después de tanto tiempo? ¿Había perdido la cabeza por completo? ¡Le había dicho que ella arreglaría las cosas! De algún modo, esperaba poder llegar a algún acuerdo con Daniel Callaghan y aplazar la deuda que pesaba sobre el club, pero esto…
—Claro que puede, lo ha hecho —insistió su irritado amante—. Deberías darle las gracias en vez de echar pestes como acostumbras a hacer. Él es quién siempre te está salvando el culo.
Sin más, recogió la chaqueta, se la puso y cruzó el dormitorio dispuesto a marcharse.
—Maldita sea —siseó. Se pasó las manos por el pelo y se encogió por dentro al ver como su amante de esa noche se marchaba cabreado—. Max… joder, espera…
Él solo se detuvo al llegar a la puerta del dormitorio y le dedicó una fría y salvaje mirada por encima del hombro.
—Te daré un consejo a sabiendas de que no lo has pedido —le dijo mirándola a los ojos—. Bájate del pedestal en el que estás subida antes de que alguien te derribe, porque la caída puede resultar fatal para tu orgullo.
Sin más salió por la puerta.
—Max, espera, esto no… —lo llamó y finalmente soltó un bufido cuando la puerta se cerró con contundencia—. Mierda.
Fantástico, Elizabeth, sencillamente fantástico. Acabas de cabrear al único tío que tiene neuronas funcionales y que aún encima folla bien.
Era todo culpa suya. Estaba tan desesperada ante la posibilidad de perder el local y por la falta de soluciones propias que había recurrido a su hermanastro en busca de un préstamo o alguna idea que pudiese sacarla de este problema. Pietro debía habérselo contado a Maxis, algo que tenía que haber visto venir.
—Mierda, mierda, mierda… ¡Mierda!
Había sido un error, un jodido error. Tenía que habérselo callado, intentar arreglar las cosas por su cuenta y no pedir ayuda, pero estaba tan desesperada… ¡Si no conseguía ese dinero o hacía algo iba a perder el Dangerous!
Sacudió la cabeza.
«Pietro se ha citado en el Giovannis con intención de buscar una solución a tu reciente problema con el club».
Tenía que haberlo supuesto. Pietro no se quedaría de brazos cruzados. Podía haberle gritado, llamado tonta y mil cosas más, pero al final siempre era el primero en acudir en su ayuda.
«¿Te suena el nombre de Luca Viconti?».
¿Pero Viconti? ¿Por qué había acudido a ese hombre?
«¿Acaso te dijo en algún momento que había dado la espalda o dejado de ver, al que una vez fue, su mejor amigo?».
—No, no, no… no puede haberlo hecho.
No podía haberla traicionado de esa manera, no sabiendo lo que había pasado por culpa de ese tipo.
Su mundo empezaba a venirse abajo como un castillo de naipes y, en medio de todo, se encontraba el infame Luca Viconti, el puñetero causante de todas y cada una de sus desgracias.
—¡La madre que te parió, Pietro Fiori!
Iba a matar a su hermanastro y a la mierda las consecuencias.
CAPÍTULO 3
Luca localizó de inmediato a Pietro, no solo ocupaba la mesa habitual, sino que su apariencia y presencia hacían de él alguien difícil de ignorar. Un corte de pelo inusual, una línea de aros en el arco superior de la oreja derecha y una amplia muestra del álbum de un tatuador cubriendo los musculosos brazos conferían al hombre un aire de peligrosidad y rebeldía que solía repeler y atraer por igual. Pero toda la apariencia no era más que una fachada, una forma tan buena como otra de escudarse ante el mundo y mantener su propia privacidad.
Su gato se revolvió al captar su aroma y lo reconoció como a un miembro de su especie. Su hermana no tenía la menor idea de lo que era o a lo que se dedicaba, por otro lado, la realidad era que a Elizabeth había pocas cosas que le importasen que no tuviesen relación consigo misma o con el club que poseía. De la muchacha que había conocido ya no quedaba nada y, la mujer que ahora era, resultaba un estimulante desafío.
Pietro se había convertido en un inesperado aliado en su causa, el que ambos tuviesen una filosofía común y compartieran la misma naturaleza, les había llevado a hacer un frente único para mantener a esa polvorilla lejos de los problemas.
Atravesó la sala y lo saludó mientras ocupaba una de las sillas vacías.
—Tan puntual como un reloj suizo —lo saludó su amigo.
Se encogió de hombros.
—¿Para qué perder más tiempo cuando ya estabas aquí? —declaró mientras se sentaba.
Pietro cogió su vaso y vació el contenido de un trago.
—¿Has conseguido algo de Callaghan?
Se desabrochó el botón de la americana y se puso cómodo mientras echaba un vistazo por encima del hombro y llamaba a la camarera con un gesto.
—Lo cité a las siete —comentó girándose hacia él—, aunque la puntualidad no es una de sus virtudes. ¿Alguna idea de cómo Elizabeth y él han acabado teniendo negocios en común?
Negó con la cabeza y miró a la camarera que acababa de detenerse al lado de su mesa.
—La noticia me ha sorprendido tanto como a ti.
Asintió, podía imaginárselo.
—Un whisky con hielo —pidió entonces volviéndose hacia la empleada—, y otro igual para el caballero.
La mujer se tomó su tiempo en anotar sus bebidas mientras los devoraba disimuladamente con la mirada. Era un momento típico, ambos intercambiaron una mirada cómplice e ignoraron a la chica hasta que se marchó.
—No hay registrado ningún pago o ingreso con esa cantidad de dinero —aseguró. Pietro era el tesorero del club y estaba al tanto de todas las transacciones—. No sé para qué demonios quería el dinero, pero está claro que no para el Dangerous, ya que aún encima lo puso como aval.
Se frotó el mentón pensativo.
—¿Nunca te solicitó esa cantidad? —preguntó intentando dilucidar en qué demonios estaría metida ahora esa mujer—. ¿Es posible que lo haya gastado en alguna fruslería?
Negó de nuevo con la cabeza y señaló lo obvio.
—Si me hubiese pedido tal cantidad de dinero, créeme, lo recordaría —respondió con ironía—. Especialmente porque tendría que haberme dicho en qué iba a emplearlo. No, Eliz no es de las que invierte ingentes cantidades de dinero en joyas.
Elizabeth no era una mujer dada a los excesos, el haberse hecho cargo del local la había llevado a convertirse en una sensata empresaria, por ello, la aparición de esa inesperada deuda y la ausencia de conocimiento de a qué correspondía los tenía en vilo.
Oh, sí. La mujer era dada a los problemas, había tenido que sacarla de ellos una y otra vez en los últimos años, pero todos se debían a la inexperiencia o a esa dulce boquita que la perdía, pero nunca había llegado tan lejos.
—Lo que más me preocupa es que lo ha hecho a mis espaldas y cuando le pedí que se justificara… Me mandó a la mierda —aseguró su amigo con un bajo gruñido que dejaba traslucir su verdadera naturaleza—. Por más que insistí no obtuve una respuesta que me gustase, solo conseguí que me asegurase que no lo había empleado en nada ilegal. Eso y que me diese a entender que ella misma se encargaría de salir del lío en el que se había metido.
Enarcó una ceja.
—¿La creíste?
Asintió.
—Sí —aceptó rotundamente—. No es estúpida, Luca, no se metería en nada turbio a propósito. Pero sí me preocupa que quiera arreglarlo ella misma, ya sabemos cómo suelen acabar ese tipo de cosas con mi hermana.
Se contuvo de responder ante el regreso de la camarera, la cual dejó ambas consumiciones y volvió a marcharse, no sin antes dedicarle una generosa visión de su escote y un sensual guiño. No pondría la mano en el fuego por la gatita, no lo hacía por nadie, pero después de todo el tiempo que llevaba vigilándola creía en las palabras de Pietro; Elizabeth no era una mujer que se involucrase voluntariamente en nada turbio, no estaba hecha de esa pasta. Debajo de la fachada de femele fatal existía una mujer sensata, pero no podía negar lo evidente.
—Lo hizo en el momento en que le pidió un préstamo a Callaghan y puso el club como aval —resumió de mala gana—. Y va a tener que dar muchas explicaciones.
Su amigo lo contempló atentamente, entonces chasqueó la lengua y sacudió la cabeza.
—Está claro que te gusta el peligro —comentó Pietro—. Estás a punto de ponerte al alcance de sus uñas. Si no supiese que es totalmente humana, me preocuparía mi propia integridad…
Sonrió de medio lado ante la apreciación de su amigo. Ambos eran cambiantes de la raza felina, mientras que la pequeña Elizabeth era totalmente humana. La chiquilla había llegado a la vida de Pietro en un momento inesperado, cuando su madre se casó con el padre viudo de su amigo y ampliaron la familia.
—No te preocupes, soy un buen gladiador.
El gesto en el rostro masculino lo decía todo, pero no tuvo tiempo a darle una respuesta pues el teléfono que tenía sobre la mesa empezó a sonar y vibrar al mismo tiempo.
—Hablando de la Reina de Roma… —declaró con un mohín y no dudó en cortar la llamada. No le llevó más que un par de segundos volver a sonar.
—Contesta o insistirá hasta que te quedes sin batería.
Puso los ojos en blanco.
—Cógelo tú.
Enarcó una ceja ante su respuesta.
—Lo haría, pero dudo que quiera hablar conmigo.
Su amigo resopló y contestó a la llamada.
—Eliz estoy ocup…
No puedo terminar la frase, pues una serie de gritos y chillidos inundó la línea llegando hasta sus sensibles oídos.
—¿Cómo has podido? —Escuchó claramente su voz—. ¡Te dije que yo me encargaría de solucionarlo! ¿En qué demonios estabas pensando para citarte con Viconti? ¡Pero qué clase de maldito perro traidor eres!
Ouch —gesticuló con palpable diversión—. Las noticias vuelan.
Pietro puso los ojos en blanco, respiró profundamente y cortó la llamada sin más.
—¿Crees que ha sido un movimiento inteligente?
Si algo había descubierto de esa mujer era que no se tomaba nada bien que la dejasen con la palabra en la boca. Estaba acostumbrada a hacer su voluntad, a obtener lo que deseaba al precio que fuese y a no ceder ante nada.
—¿Colgarle el teléfono? —señaló—. No. Pero la otra opción era quedarme sordo.
Solo pudo asentir mientras le daba un nuevo sorbo a su bebida, sus propios oídos lo agradecían.
—¿Cómo ha podido enterarse tan pronto de que te has puesto en contacto conmigo?
Estaba claro que ella sabía que estaban juntos o al menos que se habían citado para algo y, a juzgar por el gesto que hizo su interlocutor, diría que sabía perfectamente cómo había llegado a tal conclusión.
El teléfono volvió a sonar poniendo de manifiesto lo que recordaba de Elizabeth, que era una mujer insistente.
—Eliz tiene una manera única de descubrir hasta los más turbios secretos —masculló al tiempo que cogía el aparato y lo miraba como si fuese un animal peligroso—. Y de hacerte pagar por ocultárselos, Margaret es un claro ejemplo de ello.
—¿Siguen sin hablarse?
Pietro compuso una mueca, sabía perfectamente a qué se refería. Margaret era la madre de Elizabeth. La mujer estaba al tanto de la existencia de su raza, su marido no lo había ocultado, pero por algún motivo ella había preferido mantener a su hija lejos de ese mundo o más concretamente, lejos de él.
—Ese día cambió todo para ella, Luca —le recordó y no eludió la tibia acusación en el tono de su amigo—. De la niña que conocías no queda ni el recuerdo. Elizabeth se ha encargado de enterrarla. Tomó una decisión y la ha mantenido hasta hoy. Si te soy sincero, me sorprendió que no me retirase la palabra a mí también, aunque bueno, tampoco es que se lo hubiese permitido.
Chasqueó la lengua y miró de nuevo el móvil.
—No te va a perdonar, eres consciente de ello, ¿no?
—No voy a dejarla de nuevo, Pietro, no cometeré el mismo error por segunda vez.
El hombre asintió y cortó una vez más la llamada.
—¿Respondo yo por ti?
Le miró y sonrió de medio lado.
—¿Tanta prisa tienes en morir?
Sí, posiblemente estaba de un ánimo suicida.
—Qué puedo decir, ardo en deseos de escuchar su voz y responderle… como se merece —aseguró con doble intención—. Es algo que sin duda debiste haber hecho tú mismo años atrás, eso habría evitado que se descontrolase de este modo.
Se limitó a negar con la cabeza.
—No soy su niñera, ese dudoso honor te lo adjudicaste tú mismo quince años atrás —le recordó antes de coger de nuevo el teléfono y responder—. Eliz…
¡Eres un cabrón hijo de puta! —La voz de la mujer volvió a sonar alta y clara—. ¡Ni se te ocurra volver a colgarme el teléfono, capullo! ¿Dónde estás? Dime que no estás con ese hijo de puta. Pietro, te juro que…
Resopló y volvió a colgarle.
—Y eso es una muestra de lo que te espera…
El teléfono volvió a sonar, colgó una vez más y optó por desconectarlo.
—Todas las mujeres son una constante fuente de complicaciones —comentó recuperando su propia copa para beber de ella—, pero mi hermanastra se lleva la palma —levantó el vaso y le dedicó un brindis—. Espero que tengas lo que hay que tener para manejarla, Luca, porque te va la integridad en ello.
Hizo lo mismo y le dedicó su propio brindis.
—¿Dónde estaría la emoción de la caza si las mujeres se comportaran siempre como se espera de ellas?
—Un pensamiento que sin duda comparto. —Los interrumpió una voz masculina—. Caballeros.
Ambos se giraron para ver al recién llegado.
Vistiendo de manera informal, con tez bronceada y pelo corto, Daniel Callaghan acababa de hacer su aparición.
CAPÍTULO 4
—¡Coge el maldito teléfono, maldito! —siseó Elizabeth mientras se paseaba de un lado a otro del salón.
Iba a estrangular a alguien, preferiblemente al hombre que le cortaba las llamadas una y otra vez.
—Pietro o coges el puto teléfono o date por muerto —siseó volviendo a marcar solo para escuchar como esta vez saltaba directamente el buzón de voz—. No puedo creerlo, ¡será hijo de puta!
—Eliz, cielo, ¿podrías bajar el volumen? Los clientes empiezan a imaginarse que se está cometiendo algún tipo de asesinato aquí detrás.
Se giró para mirar por encima del hombro a una de sus camareras y se quedó atónita al ver el aspecto desaliñado de la mujer que la miraba desde la puerta.
—¿Julie? ¿Pero qué te ha…?
La mujer no la dejó ni terminar, levantó la mano en un gesto diseñado para detenerla y sacudió la cabeza.
—El karma —declaró con un ligero encogimiento de hombros—. El jodido karma.
Julie Anderson había llegado al Dangerous por pura casualidad. Una cadena de acontecimientos había traído a la pequeña y curvilínea morena hasta las puertas del club y a su vida.
Nunca podría agradecer lo bastante al destino el haberla puesto en su camino, ella había estado a su lado en los peores momentos, se había convertido en su apoyo, en su voz de la conciencia y a menudo era la única capaz de frenar sus impulsos y hacerla entrar en razón.
La chica solía compaginar sus turnos en la cafetería en la que trabajaba durante el día con las ocasionales noches en las que venía a echarle una mano en el club.
No pudo evitar hacer una mueca ante el aspecto desaliñado de la mujer, quién siempre vestía con pulcritud; en estos momentos parecía haber atravesado una línea de trincheras.
—Si el karma tiene esa mala leche, prefiero no tener que encontrarme con él —aseguró con una mueca—. Especialmente si pertenece al género masculino.
—Por supuesto que pertenece, ¿acaso no es obvio?
Sonrió ante el tono en su voz y chasqueó al mirar de nuevo su teléfono.
—De lo que no tengo dudas es que los hombres pueden ser considerados la plaga del momento —resopló y volvió a centrar su atención en teléfono. El contestador surgió una vez más, dejando de manifiesto que el móvil al que llamaba estaba apagado—. Coge el puto teléfono —siseó una vez más antes de escuchar como saltaba el contestador—. Hijo de la gran… Uff. Será mejor que des la cara, Pietro, porque estás muerto.
Su compañera enarcó una ceja y señaló el aparato.
—¿Necesitas ayuda para ocultar el cadáver?
—Solo si no te importa mancharte las manos de tierra para enterrar a mi hermanastro —masculló cortando la comunicación.
La mención de su familiar la llevó a esbozar una comprensiva sonrisa.

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